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¿Conocés cómo vivían o cómo eran las costumbres de nuestros criollos del norte cordobés, allá por los siglos XIX y XX? ¿Sabías que los belgas que llegaron a Córdoba a mediados del siglo XIX cambiaron el destino de la cultura de la ciudad? Con un estilo dinámico y ameno, el autor nos enseña más sobre nuestra historia en pequeños relatos o cuentos verdaderos, que seguro despertarán en el lector sonrisas y simpatía, por lo entrañable y ocurrente de sus historias. Y si te quedaste con la duda de saber si los personajes o lugares realmente existieron, podrás, al pie de página, saber quién era quién y qué fue de sus vidas.
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Seitenzahl: 132
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Quinteros, Pablo Jorge
Relatos contra el olvido : San José de la Dormida y Córdoba Capital en el siglo XIX y principios del XX / Pablo Jorge Quinteros. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
102 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-765-9
1. Historia. 2. Historia Regional. 3. Narrativa Histórica. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Quinteros, Pablo Jorge
© 2021. Tinta Libre Ediciones
A la memoria de mis ancentros y de Antonio en particular…a las generaciones que vienen y en especial a mi hija Dolores
RELATOS CONTRA EL OLVIDO
SAN JOSÉ DE LA DORMIDA Y Córdoba Capital siglos xix y principios del xx
memorias de don antonio s. quinteros
Prólogo
La ciencia no ha logrado demostrar hasta hoy que el talento artístico se trasmita por vía genética, pero hay suficientes evidencias empíricas para sospechar que es así. De lo que no cabe duda alguna es que, en la génesis de la vocación por el arte, están presentes los valores culturales recibidos de los mayores. Y en el caso de don Antonio Quintero me permito suponer que incidieron en su amor y su aptitud para la pintura ambas fuentes, la hereditaria y la cultural, por cuanto su sexto abuelo, el capitán Lázaro Quintero, vecino de Córdoba ya en 1624, era también pintor.
Pero como el fin de todas las manifestaciones del arte es el goce estético, es frecuente en los artistas la inclinación por más de una de ellas, lo que por cierto ocurre con don Antonio, quien a su notable talento para la pintura añadía su vocación literaria, expresada en estos cuentos y relatos que su bisnieto Pablo rescata, custodia y reproduce en estas páginas. Quien, además, ha tenido el buen tino de añadirles comentarios que las enriquecen, a la vez que ilustran al lector acerca de las circunstancias históricas y geográficas de los episodios relatados, y de las personalidades de sus protagonistas.
Conocía ya a don Antonio Quintero pintor y tuve el gusto de reproducir en mi libro El Pueblo de la Toma. Orígenes de Alberdi1, un magnífico óleo suyo —proporcionado, ciertamente, por Pablo— del puente Florida, construido en 1890 sobre el Suquía y reemplazado en 1956 por el Santa Fe, en la avenida que hoy lleva dicho nombre. Y ahora, gracias al honor que me ha hecho de invitarme a prologar este libro, pude deleitarme con la lectura de sus pintorescas anécdotas, que nos ilustran acerca de hechos y personajes del pasado cordobés. A través de esta vocación suya, que comparto, me siento unido a don Antonio por un vínculo cultural, que se añade al de sangre, que ya tenía, pues también llevo en mis venas la del capitán Lázaro Quintero, el pintor.
Córdoba tiene —además del privilegio de ser la cuna del primer poeta y del primer historiador2 nacido en esta tierra argentina— la suerte de haber contado siempre, a lo largo de los siglos, con cronistas que nos legaron con sus narraciones fragmentos del pasado, que a nosotros nos toca unir para reconstruir la historia.
La feliz iniciativa de Pablo nos proporciona hoy un nuevo narrador, que con su pluma amena enriquece ese acervo, para el que es nuestro deber preservar y divulgar. Demos entonces la bienvenida a estos Relatos contra el olvido, de La Dormida y Córdoba capital, y las gracias a su autor por tan valioso obsequio.
Prudencio Bustos ArgañarásCuarentena de 2020
Contenido
Prólogo Pág. 9
Antonio Segundo Quinteros: pequeña reseña Pág. 13
Recuerdos históricos del pasado Pág. 27
La Dormida Pág. 29
Origen del nombre “Dormida” Pág. 31
Don Avelino Bravo Pág. 34
Las tunas traidoras Pág. 38
Cortesía matrimonial Pág. 41
No hay proporción Pág. 44
Ha sido la yegüita Pág. 47
Son mulatos Pág. 49
¿Pande diablos me lleva? (sic) Pág. 51
Una broma pesada Pág. 53
Ahora en la ciudad de Córdoba Pág. 57
Monsiur VanMark Pág. 57
El cura gaucho Pág. 61
Le pagaré con trabajo Pág. 65
El burro meteorólogo Pág. 68
Se le va a mojar Pág. 70
El rastreador Pág. 72
La luz mala Pág. 74
El más fiel amigo del hombre Pág. 76
Sublime recompensa Pág. 81
Duendes o almas en pena Pág. 85
Loro catamarqueño Pág. 89
Hablando de loros Pág. 91
Don Vicente Casita Pág. 93
A modo de cierre Pág. 95
Referencias Pág. 97
Fuentes del archivo personal del autor Pág. 99
Antonio Segundo Quinteros3*: pequeña reseña
Hace unos quince años, una prima hermana me regaló estos cuentos o relatos, que guardaba su padre como recuerdo y en memoria de su abuelo y nuestro bisabuelo: Antonio Segundo Quinteros. Para todo amante de la historia, tener acceso este tipo de fuentes, datos o recuerdos, que permiten recrear el pasado, significa un tesoro invalorable y una manera de viajar en el tiempo. Durante todos estos años he guardado este tesoro con la idea de sacarlo a la luz, hecho que, por una razón u otra, venía posponiendo. Pero ante la desgraciada situación mundial, de público conocimiento, que vivimos en el presente del 2020, y aprovechando que no hubo más remedio que quedarse en casa, me avoqué por completo al proyecto de hacer realidad este libro con los relatos de don Antonio Quinteros. La mayor parte de los hechos que se relatan sucedieron en su querida y nunca olvidada San José de La Dormida. Además, contienen historias de personajes que aportaron mucho a los cambios que se produjeron en la ciudad de Córdoba y en la provincia toda, entre fines del siglo xix y principios de xx.
D. Antonio Segundo Quintero(s) y Novillo (San José de la Dormida, 1872 - Córdoba, 1970) a la edad de 25 años, aproximadamente. Fuente: archivo documental del autor.
El lector verá que muchos de estos relatos tienen al pie de página una o varias citas cuyo objetivo son ampliar o contextualizar, según el caso, la historia que se cuenta. Verán, con ello, que cada personaje se completa en las citas a partir de datos concretos de su persona. Más aun, también se agregan otros en la medida en que he logrado encontrar características que los destacaran por alguna razón. Finalmente, he incorporado algunas fuentes primarias, como partidas de nacimiento y fotos, extraídas o conseguidas de archivos varios, para darle mayor veracidad al relato.
Estos recuerdos del pasado deben haber sido escritos entre los años 1960-1963, cuando mi bisabuelo Antonio tenía unos ochenta y ocho años. Los escribió de puño y letra, en unas hojas que, al dorso, por cuestiones fortuitas y no buscadas, tienen impreso el año. Así es que de la hoja uno a la ochenta vamos viendo pasar los relatos y los años: su letra, a medida que se acerca a los noventa y un años, ya no es la misma y declina su excelente caligrafía.
Antonio Segundo Quinteros fue un artista plástico que nació en San José de La Dormida el 18 de octubre de 1872, bautizado a los siete meses en la Parroquia de Nuestra señora del Rosario de Tulumba, el día 28 de marzo de 1873. Fueron los padrinos sus tíos David Quintero y Quintero y D.a Tomasa Bustamante (más adelante podrán ver la partida).
Fue confirmado el día 24 de Marzo de 1882, en la Capilla de San José de La Dormida, a los nueve años por fray Mamerto Esquiú, el padrino fue don Pedro Novillo4, en esa ocasión. Con diez años, y después de la muerte de su padre, se trasladan con su madre a la ciudad de Córdoba, donde comenzará a perfilar su interés por el arte. Así, durante dos años, será alumno de uno de los grandes de la pintura de nuestra provincia, el maestro don Manuel Cardeñosa, pero también aprenderá con otros pintores como Genaro Pérez, Emiliano Gómez Clara, entre otros. Con ellos aprendió a dibujar y pintar. En 1897 participa en un certamen organizado por “El Ateneo” —entidad que entonces dirigía el Dr. Cornelio Moyano Gacitúa— y obtiene el primer premio. Sigue exponiendo en varios certámenes y logrando distinciones. “El Ateneo” le concede una beca para perfeccionar sus estudios en Europa, pero obligaciones familiares le impidieron realizar el viaje5.
Presidió durante varios años la Sociedad de Artes y Letras, que funcionó bajo el patrocinio del maestro Cardeñosa. Dicha sociedad continuó bajo la dirección de don Anselmo Novillo en momentos en que nace la Academia Provincial de Bellas Artes dirigida por Emilio Caraffa6. Expuso en varios salones7 de nuestra provincia. Fueron los paisajes serranos, sobre todo los del norte cordobés, la Cañada, los suburbios y numerosos retratos, entre ellos el de don Agustín Garzón Agulla8, los principales motivos de su obra. A lo largo de su trayectoria, llegó a presidir la Academia de Dibujo y Pintura de la ciudad de Alta Gracia9.
Sin dudas, Antonio Quinteros pertenecía o se inclinaba por el impresionismo, que, si bien es una escuela exclusivamente francesa, de alguna manera fue tomado por artistas de otras latitudes. Por ello fue un pintor totalmente realista, su pincel captaba el paisaje o a la persona que retrataba tal cual era, como si fuera una máquina de fotos. Antonio, siguiendo con los cánones del impresionismo, no renegó de lo moderno y pintó, preferentemente, al aire libre. Salía con su atril y paleta a pintar, durante horas, lugares serranos, la Cañada y otras imágenes de la ciudad. Pero dejemos que sea un artículo de La Voz del Interior, de noviembre de 1960, quien nos lo describa:
Dirán que copia la naturaleza y que mejor lo hace la máquina fotográfica. Pero su realismo de pintor a la antigua sabe captar el detalle de belleza en el paisaje y es obra de la precisión de su pincel que extiende y combina los colores con suavidad y pulimento, difuminando casi los elementos, tal como los abarca su campo visual frente al paisaje. Es puntilloso y detallista para manejar el color, y así presenta el arroyo cuya agua mansa se aquieta entre las piedras y bajo los sauces.
Antonio Quinteros perteneció a un grupo de pintores que quedaron marcados por el realismo y de a poco fueron perdiendo espacio ante la aparición de otros movimientos y artistas que, influenciados por un arte en constante devenir, adoptaron nuevas técnicas y motivos como las del postimpresionismo, el abstraccionismo, el expresionismo alemán, etcétera. Estas nuevas corrientes y tendencias irrumpieron en el siglo xx, y dieron la espalda a todo lo viejo y a la pintura complaciente, en favor de una pintura militante que renegaba y criticaba lo caótico de la sociedad moderna. La Voz del Interior, en un artículo de noviembre de 1943, comenta sobre una exposición de Antonio Quinteros:
La muestra está compuesta por pinturas de la escuela clásica, detallista, que refleja aspectos de la Córdoba antigua, siendo así oleos documentales en su mayoría … Antonio Quinteros fue el fundador con Gómez Clara, Dos Santos, M. Garzón, Lesta, E. Oliva, M. Colaso Rodríguez, M. A. Novillo y otros, de la Primera Academia de Pintura que funcionó en calle Ayacucho entre Deán Funes y 27 de abril. Presidió durante dos años la academia, siendo sustituido por Gómez Clara, hasta 1897 que fue creada la Academia Provincial de Bellas Artes.
Indudablemente Quinteros fue parte de lo que algunos han llamado la camada de pintores “pitucos” de Córdoba. Al respecto, y en relación con ello, queremos citar a un historiador y docente de arte de la Universidad Nacional de Córdoba, el licenciado Marcelo Nusenovich que, en su Manual de la Cátedra de Introducción a la Historia de las Artes (2003, p. 168) dice:
El conflicto que se puede plantear entre Genaro Pérez10 (Córdoba 1842-1900) y Emilio Caraffa (Catamarca 1862- Córdoba 1939) es el cambio de un mundo a otro. El primero pertenece a las familias hispanistas de clase alta y además de no salir nunca de Córdoba, fue titulado en nuestra Universidad, mientras el otro, es un “tano” nacido en Catamarca, formado en Europa y vuelto a instalar en nuestra ciudad…
Nada más claro para expresar el antes y el después del arte en Córdoba y para situar a Antonio Quinteros, más en el primer grupo que en el segundo.
En cuanto a su vida familiar, contraerá matrimonio el 31 de Agosto de 1903 con D.a Esperanza Villalba y Quintero, nacida en Punilla alrededor de 1871, hija legítima de D. José Nazario Abraham Villalba y Aguirre y de D.a Cenobia Quintero y Ledesma. D.a Esperanza muere en Buenos Aires el 13 de Noviembre de 1911, a las 15 h, en su domicilio de Avellaneda 1984, del barrio de Flores, a causa de una hemorragia cerebral. Tenía treinta y nueve años. Para entonces, la familia se había trasladado a la capital del país. En 1910, año del Centenario, se llevaba adelante la Exposición Universal, un evento que mostraba los adelantos de la ciencia y el arte, que —como dije, anteriormente— la camada de pintores impresionistas no rechazaba. Antonio y su familia se trasladaron como observadores, atraídos por todo lo que significaba una exposición de esa magnitud en aquellos años de tantos cambios en la industria, en general, y en el arte, en particular. Esperanza y Antonio Quinteros tuvieron tres hijos: Leopoldo Antonio, Julieta Hortensia y Antonio Víctor Quinteros.
Antonio era hijo de D. Antonio Quintero y Quintero, nacido en La Dormida en 1836, y de D.a Froylana Novillo y Argañarás, hija legítima de D. José Eugenio Novillo y Moyano y de D.a María Antonia Argañarás y Novillo. D. Antonio y D.a Froylana, según nos relata su hijo Antonio Segundo en sus memorias (inéditas hasta ahora) “vivían en una finca próxima a la población” de San José, donde “había frutales y aparte de algunas chacras con alfalfa para los animales, dos huertas de tunas riquísimas”. José Antonio (o Antonio, como se lo conocía) murió en 1877 como se podrá ver en su partida de defunción.
D.a Froylana Novillo y Argañarás quien fuera esposa de D. Antonio Quintero y Quintero y madre el pintor Antonio Segundo Quintero..
No hemos encontrado declaratoria de herederos, ni testamento, u otro tipo de documentación, que nos devele más datos sobre el patrimonio y ubicación exacta de la propiedad, pero suponemos que Antonio Quintero y Quintero también habría heredado acciones en las tierras de Chipitín y el Bañado, como ocurrió con sus hermanos. Sobre su rápida desaparición, los datos de los que disponemos son vía tradición oral que cuentan que Antonio, luego de recorrer el campo, llegó a su morada y al apearse del caballo sufrió un ataque repentino que produjo su deceso. La viuda lo sobrevivió un tiempo más en el campo. Suponemos que, tras vender todo, trasladó su residencia a la ciudad de Córdoba, donde tenía familia.
D. Antonio en plena tarea pictórica. Año 1928Fuente: archivo personal del autor.
Para finalizar con los datos biográficos y familiares de Antonio, diremos que su arraigo en el norte tulumbano, en general, y en La Dormida, en particular, se remonta al siglo xvii, ya que los dueños de las tierras de la merced de Chipitín, allá por el año 1647, fueron D.a Lucía Rodríguez viuda de Lorenzo Gutiérrez, quienes tuvieron varios hijos, entre ellos a D.a Lorenza quien tendrá por lo menos tres hijos con el capitán y dueño de la estancia vecina de Cabinda, Francisco Quintero de los Reyes, hijo del capitán y pintor Lázaro Quintero11 y D.a Francisca de los Reyes, quienes dan origen al apellido Quintero luego Quinteros en la Córdoba de la Nueva Andalucía. Dichos hijos fueron Diego (nacido en 1664), José y Francisco. Diego se quedó en Chipitín (lo que será luego La Dormida) y todo indica que fue quien manejó la estancia, por ejemplo, vendiendo mulas a Chile —como lo he visto— en algunos expedientes del Archivo Histórico de Córdoba, además, de ocupar el grado de alférez del ejército. Se casó con D.a Francisca Juncos con quien tendrá numerosa descendencia. Uno de sus hijos fue el capitán D. Antonio Quintero quien casó en 1719 con D.a Francisca de Cabrera, con la cual tuvo varios hijos, entre ellos a D. Justo Quintero y Cabrera que se casó con D.a María Dominga Prado. Este matrimonio fue censado en La Dormida junto a los hermanos de Justo Quintero y la madre, D.a
