Relatos de Auryum - Enric Justo Llopis - E-Book

Relatos de Auryum E-Book

Enric Justo Llopis

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Beschreibung

Auryum se dirige fatídicamente a su destrucción. La vejez de su soberano, así como las luchas internas de sus gobernadores, conducen a este reino a un sorprendente nuevo escenario. Sin embargo, enfrascados en sus propias batallas, pocos prestan atención a la peor amenaza posible para su futuro; la maldición que conlleva la vida de una niña. Los augurios son claros, la oscuridad se cernirá sobre el reino mientras esa muchacha siga respirando. En este mundo de fantasía, múltiples personajes con sus propios intereses y ambiciones intentan aprovechar la ocasión para procurar amasar más poder. Nadie es completamente honesto ni malvado, sus actos solo responden a sus propias inquietudes. Combates, sexo, traiciones y mucha sangre están presentes en cada uno de los capítulos, que ofrecen más de un inesperado giro de guion. Una novela adaptada a nuestros tiempos, con tramas envolventes y priorizando siempre la acción. Acompaña a Meda en sus luchas de poder, vive las confabulaciones de Astrid en la corte, combate el funesto destino de Aja, empuña las armas con los Erikson, atemorízate con la familia Valdyr, disfruta de una vida de opulencia con los Mancini… No dejes pasar más tiempo y empieza a devorar esta obra; vive en primera persona un mundo de ensueño.

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Seitenzahl: 648

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Enric Justo Llopis

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-466-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Capítulo 1 UN FUTURO INCIERTO

Familia: Izamal

Región: Kinich

Capital de la región: Ait Ben Sharra

Era una fría y oscura noche en el reino de Auryum. El habitual silencio del desierto, hoy, era roto por un ensordecer estruendo de tambores. El sonido se expandía por toda la polvorienta explanada delante de la imponente ciudad de barro de Ait Ben Sharra. La ciudad estaba apagada, sin vida, sin luces, sin personas…, ya que todos sus habitantes estaban concentrados cerca del río que pasaba próximo a la ciudad. Ciertamente quedaban los esclavos en la urbe, pero ellos no tenían la consideración de personas ni habitantes de la población.

Una parte de ellos llevaba antorchas, otros tocaban los tambores, pero la gran mayoría restaban tranquilos presenciando todo lo que ocurría. La ciudad de barro asistía imponente a su esperada cita, la cual solo se daba una vez cada diez años y en donde se predeciría el porvenir de la tribu. Para todos los asistentes presenciar ese impactante ritual era como experimentar una catarsis; una conexión divina con sus dioses. Por eso asistían al evento con sus mejoras ropas y con sus caras pintadas, preparados para encontrar la vida eterna si eran los elegidos en esta ocasión. Familias enteras esperaban la elección de la sacerdotisa para dar inicio al esperado sacrificio. Cada linaje se mantenía agrupado, de pie, manteniendo una cierta distancia respecto a las otras familias.

Tilda, la sacerdotisa, que portaba un cráneo de vaca en su cabeza y alrededor de su cuello lucía una brillante melena de león, parecía estar cavilando. Se hallaba sentada en el suelo y, a su lado, de pie, el veterano y canoso líder de la tribu, Uzael. Este portaba un recipiente de barro del que no dejaba de emanar un potente humo gris, que tendría un papel crucial en el acto. Uzael se acercó un poco más y aproximó la vasija a Tilda. Ella respiró de ese vaho e inmediatamente entró en una especie de trance. No paraba de moverse en el suelo, parecía que se retorcía de dolor y así estuvo unos segundos hasta que, tirada en el suelo, señaló con su dedo a una prole. El ritmo de los tambores se aceleró, hubo gente que empezó a gritar y a saltar, mientras que el primogénito de la familia marcada se despedía de su querida hermana pequeña y de sus padres.

La familia seleccionada debía ofrecer en sacrificio a su hijo mayor. Sin embargo, lejos de considerarse una atrocidad o una desgracia, era motivo de celebración y felicidad para todo su linaje. Todos ellos radiaban alegría y sus lágrimas eran de emoción por su buena fortuna; celebraban este hermoso destino y el hecho de ser los elegidos para ayudar a su tribu. El joven dio besos a sus familiares y se dirigió con valentía al lado de la sacerdotisa. Retiró su capa, se quitó el collar y dejó, también en tierra, su tocado de plumas. Tilda, sin cruzar palabra, examinó toda su anatomía, palpando con sus manos cada centímetro de su oscuro cuerpo musculado. Debía asegurarse de que no había ninguna imperfección o debería escoger a una nueva familia. Tras unos pocos segundos, lo aceptó como apto para el sacrificio y así se lo indicó a Uzael con un leve movimiento afirmativo de su cabeza. Al aceptar al joven, volvieron los gritos y los saltos de todos los asistentes, pero pronto, la sacerdotisa levantó la mano solicitando silencio para dirigirse a su pueblo.

—Hoy te sacrificas por todos nosotros. Por ti sabremos qué nos depara el futuro para la próxima década. Pero tú serás el afortunado. Te reencontrarás con nuestros dioses, nuestros creadores, cenarás con ellos y gozarás de la vida eterna. Solo puedo decir gracias por este acto de generosidad que nos ofreces. Toda la región de Kinich y el reino de Auryum te están eternamente agradecidos —dijo Tilda. Al terminar, volvieron a retumbar los tambores.

El muchacho se estiró en el altar de piedra, tras la indicación de Tilda, y quedó a la espera de la llegada de cuatro soldados con unos tocados de plumas marrones muy elegantes. Estos eran las únicas personas con permiso para llevar armas durante la ceremonia y los únicos autorizados para actuar en caso de que fuera necesario. Aparte de la sacerdotisa y estos guerreros, nadie más debía intervenir en el ritual o no se garantizaba un buen augurio para la tribu. Cada uno de ellos sujetó una de las extremidades del joven, que reposaba en el altar, para evitar que pudiera hacer algún movimiento de forma inconsciente y que, entonces, el sacrificio saliera mal.

Uzael entregó un cuchillo perfectamente afilado a la sacerdotisa y ella lo tomó entrelazado en sus manos y lo mostró al cielo, en señal de devoción y de entrega de todo lo terrenal a los dioses. Tilda se acercaba al muchacho mientras el ritmo de los tambores no paraba de aumentar; todos gritaban y saltaban a la vez. Ella seguía avanzando, volvió a levantar las dos manos con el puñal cogido entre ellas y esperó hasta que todo ruido cesara y se volviera al habitual silencio del desierto. Fue solo entonces cuando bajó sus manos de golpe y, con mucha fuerza, clavó el cuchillo directamente en el corazón del sacrificado. Él gritó solo un instante y, después, su voz se apagó. El joven no había sufrido y parecía que todo había salido bien.

Tal como marcaba la costumbre, la sacerdotisa debía sacar el corazón del muchacho y analizarlo para hacer su presagio. Tilda tenía mucha experiencia y lo pudo hacer sin muchas complicaciones, mientras que del cuerpo ya inerte de la víctima, no dejaba de brotar sangre, convirtiendo el color marrón de la arena en un intenso y brillante color rojo. Al extraer el corazón y estudiarlo, vio que no presentaba un tono rojizo, como era de esperar, sino que era totalmente negro. La sacerdotisa no daba crédito. Era un momento de muy poca luz y dudó mucho sobre lo que estaba viendo. No podía ser; nunca se habían encontrado en una situación similar. Los libros no hablaban sobre qué hacer y estaba segura de que sus antepasados tampoco habían presenciado nada como esto. Tilda estaba nerviosa, pero se mostraba serena delante de la tribu. Por su cabeza solo pasaba la idea de que aquello solo podía indicar un mal presagio. No se lo pensó dos veces e hincó los dientes en aquel corazón; debía probarlo para estar segura del vaticinio. Intentó masticarlo, pero era evidente que algo no iba bien; ya no le quedaba ninguna duda. El corazón estaba totalmente podrido. Escupió el trozo de inmediato y pidió a Uzael que se acercara. Quería hablar con él antes de hacer su predicción. Todo los allí reunidos se mantenían atentos y en completo silencio, a la espera del augurio.

—El corazón del muchacho es negro y en estado de putrefacción. La oscuridad se cernirá sobre todo el reino si no acabamos con la vida de esta familia —le susurró Tilda a Uzael.

Uzael se quedó petrificado, tampoco él había estado nunca en una situación similar, pese a toda la experiencia que tenía gobernando su región. Nunca había sucedido que se tuviera que sacrificar a todo un linaje, pero si no había más remedio… Era la familia o todo un reino. Dejó a un lado sus dudas y ordenó a los soldados, que aún sujetaban las extremidades del joven sacrificado, que acabaran con toda aquella prole.

—¡La oscuridad se abatirá sobre todos nosotros si no acabamos con la vida de esta familia! Son malos augurios y los dioses nos reclaman más sangre para aplacar su ira. Estamos obligados a ofrecerles todo lo que nos solicitan —gritó Tilda para que todos los asistentes la pudieran oír bien.

Los cuatro guerreros, pertrechados con lanzas, fueron velozmente hacia los integrantes que restaban con vida de aquella desdichada estirpe. Los padres no estaban dispuestos a aceptar más muertes por la tribu. La tradición marcaba sacrificar al primogénito; aquello era una locura y el exterminio de su linaje.

Los padres gritaban a su pequeña para que se fuera corriendo hacia la urbe, lo más rápido que pudiera y que se refugiara dentro de su hogar. Ella salió rauda hacia la ciudad de barro, mientras sus padres se preparaban para luchar desarmados por sus vidas. Solo tenían en mente conseguir más tiempo para la huida de su hija.

El padre de la familia era fuerte y tenía buenas aptitudes para plantar batalla, así como su esposa, la cual estaba lista para una última y feroz lucha. El progenitor esquivó el primer embiste, con mucha habilidad, y robó una de las lanzas de su atacante. Precisamente con ella hirió el brazo de su oponente. Sin embargo, la llegada de los otros tres guerreros iba a dar un vuelco a la situación. Uno de ellos respondió tirando su lanza con tal fuerza que atravesó por completo al padre, el cual cayó fulminado de rodillas. Mientras el cuerpo del progenitor dejaba esta vida, su hija estaba ya muy cerca de las murallas.

—¡Que no se escape la niña! ¡Acabad con ella también! —ordenó Tilda, totalmente fuera de sí.

Se hacía evidente que uno de los guerreros no ponía demasiado interés en la lucha y se mantenía en un plano secundario, quedándose más rezagado. Esta situación no era esperable, ya que los cuatro soldados seleccionados para ayudar durante el ritual eran reconocidos por su tribu como los más bravos y fuertes.

La madre aún permanecía con vida y debía lograr más tiempo para su pequeña. Así que arrancó la lanza clavada en su esposo y se conjuró para plantar cara a los cuatro soldados. Sin embargo, sería presa fácil para aquellos experimentados guerreros. Rápidamente la rodearon, pero ella pudo zafarse, revolviéndose por el suelo y clavando su arma en el cuello de uno de ellos, que falleció en el acto. No obstante, con esta acción la madre perdió su lanza, que quedó ensartada en su enemigo, y pronto pudieron acabar con ella fácilmente. Estando aún en el suelo con vida, pero ya herida mortalmente y sin poder moverse, aún pudo gritar:

—¡Cuida de ella! ¡No le falles! ¡Es tu familia! —dijo la mujer, justo antes de morir.

Solo pudieron oír esas palabras los soldados presentes en aquel instante, ya que su voz se extinguía. La amenaza para la tribu aún seguía muy presente, la niña ya había llegado a la población cuando los tres soldados empezaron a correr tras ella. Nadie daba crédito a todo lo que había pasado y tampoco sabían cómo iba a acabar aquel suceso.

Los guerreros eran más rápidos que la pequeña y, aunque ella tenía una gran ventaja, pudieron acortar distancias sin perderla de vista en ningún momento. La niña subía por las calles de la ciudad a gran velocidad, pero cada vez estaba más cansada y, en cambio, los combatientes, atléticos y siempre listos para las batallas, no presentaban aún síntomas de cansancio. Debido al estrés y al agotamiento, la chiquilla cayó al suelo y se lastimó la rodilla. Había llegado prácticamente a la puerta de su casa, pero no le serviría de nada, ya que los tres soldados la habían alcanzado y estaban dispuestos a acabar con su vida. Hubo un momento de dudas entre los guerreros, sobre si debían hacer este vil acto o no, ya que les estaban pidiendo asesinar a una cría. Finalmente, uno de ellos se decidió y dirigió su lanza hacia el cuerpo indefenso de la niña. Justo antes del fatal impacto, el mismo atacante notó cómo otra asta le atravesaba la cara y no pudo terminar con su arremetida, ya que murió de forma instantánea. Uno de los guerreros de la comitiva que perseguía a la chiquilla parecía haberse apiadado de ella y había cambiado de bando. Eran momentos de mucha confusión. El otro soldado, al ver este hecho, intentó reaccionar rápidamente, pero no tuvo ocasión, ya que la niña cogió una piedra del suelo y la estampó en la cabeza de aquel guerrero. Solo quedaban vivos el soldado que había salvado a la pequeña y la criatura en cuestión.

—Arja, es normal que no entiendas nada, pero soy la única familia que te queda. Debes confiar en mí. Conocía a tu madre y éramos buenos amigos. Le prometí que siempre cuidaría de ti. Me llamo Rhys —dijo el guerrero, mientras le ofrecía su mano para ayudarla a ponerse en pie.

Arja estaba totalmente en shock, había conseguido huir, salvar su vida, pero, por otro lado, todo era muy confuso y acababa de perder a todos sus seres queridos. No podía articular palabra, pero aceptó el auxilio que le prestaba el soldado desconocido. Rhys la cogió y se la llevó a cuestas hasta su propia casa. La dejó allí, en la cama, tapada para que intentara descansar, y le pidió que no hiciera ruido ni saliera a la calle, que él volvería en un rato. Ya estaba segura, pero Arja aún no entendía nada y, por este hecho y por todas las muertes de los suyos, cuando Rhys se fue, empezó a llorar desconsoladamente.

El guerrero no podía volver al lugar del sacrificio sin un cuerpo… No había más remedio o si no la niña no estaría a salvo nunca. La idea le repugnaba, pero la elección era fácil para él, ya que la vida de un ser querido dependía de ello. Se armó de todo el valor que le quedaba y fue directo hacia la zona de la ciudad donde vivían los esclavos. Se conocía muy bien toda aquella área, ya que periódicamente le tocaba vigilar por allí. Sabía muy bien a dónde debía ir para encontrar lo que necesitaba.

Con una fuerte patada rompió la puerta de la casa de unos siervos y entró decidido. Toda la familia dormía junta, en la única habitación que tenía aquel hogar. Rhys fue directo a coger a una de las niñas de la familia, la agarró y se la llevó. Los padres se despertaron e intentaron evitarlo, pero él los amenazó con su lanza y les gritó:

—¡No hay nada que hacer! Podéis luchar y morir o vivir y cuidar de vuestros otros hijos. Aunque se me parta el alma, no dudaré en acabar con todos vosotros si es necesario.

Con lágrimas en los ojos y con su alma rota, se marchó de allí y volvió con aquella pequeña hacia el altar de sacrificios. El parecido entre Arja y esa niña era muy alto y, en medio de la noche, nadie sería capaz de darse cuenta del cambio. Tenían rasgos parecidos, mismo tono de piel, edad similar y una altura parecida. Rhys había elegido muy acertadamente.

—Aquí os entrego a la niña. ¡Por los dioses y para evitar malos augurios a nuestra tribu y a todo el reino, os ofrezco el cuerpo y alma de esta pobre cría! —dijo Rhys mientras acababa, delicadamente, pero con rapidez, con la vida de esa chiquilla.

La sacerdotisa dio por concluido el sacrificio e invitó a todos los asistentes a que volvieran hacia sus casas. Nadie parecía satisfecho con todo lo que había acontecido, pero al menos la amenaza parecía haberse evitado o ese era su pensamiento. Reinaba un incómodo silencio, mientras todos desfilaban hacia la urbe. Ya se empezaban a atisbar los primeros rayos del sol y las aves carroñeras hacían acto de presencia para alimentarse con los despojos que habían dejado atrás, después del desgraciado sacrificio.

Capítulo 2 UN REINADO EN DECADENCIA

8 AÑOS DESPUÉS

Familia: Aguilat

Región: Cásilon

Capital del reino: Tólitrit

Tólitrit, capital del basto y rico reino de Auryum, ocupaba una posición central en el territorio y eso le permitía tener buenas conexiones con cada una de las regiones que abarcaban sus dominios. Era conocida como la ciudad amurallada, por sus infranqueables y gruesos muros que rodeaban enteramente su recinto. Nunca había caído frente a sus enemigos, aunque pocos habían osado atacarla. Estaba situada en una zona con un clima templado y, precisamente gracias a ser la capital, los negocios y el comercio habían florecido en ella y eran su principal atractivo. Todo el poder y todas las instituciones del reino se encontraban allí, lo que propiciaba constantes luchas de poder.

Edward, el monarca reinante, caminaba lentamente hacia la sala del trono, para ocupar su lugar y resolver las disputas de sus súbditos, tal como se esperaba de él el primer día de cada mes. Normalmente, este tipo de asuntos eran manejados por los consejeros, pero Edward quería mostrarse accesible con su pueblo, así que decidió implementar esta audiencia mensual. Este contacto le había permitido ganarse muchas simpatías y ser verdaderamente respetado por su pueblo.

El veterano rey lucía una larga barba blanca y muchas arrugas en su rostro; tenía ya cierta edad, pero estaba demasiado desmejorado para ella. Además, últimamente se encontraba muy débil. Entre toses y con dificultad, consiguió llegar hasta su trono. El águila imperial y el color rojo impregnaban la sala. Los sitiales de los monarcas estaban tallados en madera y presentaban unos hermosos acabados de gran calidad. Precisamente, del trono de Edward destacaba una preciosa águila imperial de roble bañada en oro.

—¿Empezamos, querido? —dijo la joven reina Meda, sentada al lado de su esposo.

—Por supuesto, no les hagamos esperar más —confirmó Edward.

Los heraldos reales empezaron a hacer sonar sus clarines y, al unísono, cuatro soldados abrían las altas y pesadas puertas de hierro para dejar entrar al pueblo ante su majestad. Toda la muchedumbre se dirigía hacia el interior de la sala, caminando lentamente, ya que se quedaban fascinados observando aquel salón tan grande y sumamente decorado.

El Consejero de la moneda, Ludwin, que también estaba presente para la ocasión, era el encargado de mantener la organización y dar paso a cada uno de los casos. También era veterano, como su alteza, y su piel oscura contrastaba con su pelo y corta barba blanca. Era reconocido en todo el reino como una eminencia en la gestión de la hacienda real y había llevado al reino a una etapa de gran prosperidad.

—¡Silencio! ¡Bienvenidos al castillo de Edward I! Por favor, distribúyanse de forma ordenada, presenten su caso cuando se lo requieran, sean breves y permanezcan en silencio a la espera de su turno —comentó Ludwin.

—¡Empecemos! Primer caso —dijo Edward con un filo de voz muy débil.

—Su majestad, mi nombre es Aldengar y soy granjero de su región, en un pueblo muy cercano a Tólitrit. El problema pasó hace cuatro noches, cuando vi cómo mi vecino me intentaba robar dos de mis gallinas. Pude evitarlo, lo capturamos, pero acabé perdiendo una de ellas, que consiguió huir. Me gustaría solicitar a su alteza una compensación por perjuicio y un castigo ejemplar, para que no vuelva a suceder otra vez —requirió aquel hosco campesino.

Mientras Aldengar explicaba su caso, un soldado acompañó al ladrón frente al rey. Presentaba mal aspecto, estaba sucio, tenía un semblante cansado y la cara ensangrentada. Seguramente había recibido algunos golpes de los guardias como castigo previo a la espera de la resolución del soberano. El soldado lo obligó a ponerse de rodillas frente el rey, a la espera de escuchar su veredicto.

—Querido, debemos castigar este tipo de comportamiento. No podemos permitir que nuestra gente tenga estas conductas y se empiecen a robar los unos a los otros. No estamos en Kinich, donde les falta mucho para estar verdaderamente civilizados. Creo que deberíamos cortarle la mano como castigo por su robo —afirmó de forma contundente la reina.

—Si me lo permitís, majestades, antes de decidir nada, deberíamos entender los motivos de sus actos —comentó Ludwin.

—Estoy de acuerdo. Que hable el acusado y defienda su caso —pronunció el gobernante.

El ladrón se intentó poner de pie, pero el guardia no se lo permitió y lo obligó, de nuevo, a permanecer de rodillas frente a su señor. Débil y cabizbajo, pronunció unas palabras para su defensa.

—Su majestad, hace unos meses perdí toda la cosecha en un incendio en los campos que cultivaba. Tuve que seguir pagando los impuestos y repartiendo lo poco que había salvado entre los habitantes del pueblo, tal como marca la ley. Con el paso de las semanas, cada vez me era más difícil alimentar a mi familia. Tengo tres hijos y una esposa que mantener y sin las provisiones que obtenía de la tierra, era totalmente imposible. Intenté de muchas maneras obtener un sustento para los míos. Incluso hablé con mi vecino para ver si él nos podría ayudar durante esta mala situación, pero no encontré comprensión ni compasión. Durante un tiempo vivimos con la ayuda de la Iglesia, pero con muy pocos alimentos. Y justamente, hace cuatro noches, mi hijo pequeño, ya totalmente desnutrido, enfermó. Para salvar su vida, me vi en la obligación de conseguir comida fuera como fuera y la opción más cercana y factible eran las gallinas de mi vecino. Con ellas habríamos podido vivir y alimentarnos un tiempo y, cuando el campo se recuperara, se las hubiera devuelto y, también, le hubiera dado frutas y verduras de mi terreno como compensación. Mi hijo está muy mal de salud y sin vuestra generosidad, morirá. Hagan lo que quieran conmigo, pero, por favor, ayudad a mi familia —suplicó llorando el ladrón.

—¿Te arrepientes de los hechos? —preguntó Meda.

—¡No! Nunca lamentaré lo que hice. Salvar la vida de mi familia es un buen motivo. Lo repetiría si hiciera falta.

—No tengo ninguna duda, Edward. Mi opinión sigue siendo la misma. No se arrepiente y lo volvería a hacer. Debe ser castigado —se reafirmó Meda con una total falta de empatía.

—Discrepo totalmente, querida. ¡Soldados, soltad a este afligido padre! Ludwin, encárgate de que le den algunas provisiones para alimentar a su familia. No apruebo tus actos, pero tenías tus motivos. Si vuelve a pasarte algo similar, acude a la Iglesia o a mis consejeros, porque no habrá clemencia para una segunda vez —dictaminó el soberano.

—¿Y respecto a la gallina que perdí, su majestad? —preguntó Aldengar.

—Te negaste a ayudar a tu propio vecino y preferiste ver cómo su entera familia podía morir de inanición. Tienes suerte de no recibir un castigo. Ahora, marchad los dos —dijo Edward mostrando una verdadera desaprobación y empezando a toser de una forma muy intensa.

Ludwin ordenó a los soldados que soltaran al acusado y que se le ofreciera la ayuda acordada y también pidió que acompañaran a Aldengar fuera de la sala del trono. Su malestar era evidente, así como el de la joven reina, que no entendía cómo un robo podía llegar a ser premiado.

—¡Siguiente caso! —continuó el consejero para terminar lo más rápidamente posible con la incómoda situación mientras marchaban los dos hombres.

El siguiente caso no podía empezar, ya que el rey se mostraba cada vez más débil, con un rostro muy pálido y sin dejar de carraspear.

—¡Ludwin! Haz venir a Gael de inmediato —requirió la reina.

El médico de la corte entró raudo a la estancia. Era un hombre de mediana edad, tenía el pelo ligeramente largo y de color negro, y lucía una prominente barriga, la cual había adquirido disfrutando de uno de sus múltiples placeres en la vida, la buena mesa. Gael examinó con sumo detalle a Edward, haciendo una revisión exhaustiva de su garganta. Todo el mundo estaba a la espera de que el médico real diera la autorización para poder proseguir, pero él no parecía tener demasiada prisa en terminar con la exploración. Desde hacía un cierto tiempo estos exámenes se habían ido incrementando, poco a poco, lo que indicaba que su majestad había llegado a un momento de alta fragilidad y agotamiento en su larga vida. Gael sacó de su maletín un frasco de cristal y le dio al rey unas pocas gotas de una sustancia viscosa. A continuación, le habló al oído y después se dirigió a Ludwin para que anunciara al gentío la situación.

—¡Su alteza real no podrá continuar con las audiencias! Deberá guardar reposo durante lo que resta de día. La reina Meda resolverá los asuntos pendientes —anunció Ludwin mientras el monarca, acompañado de dos soldados, volvía paulatinamente a sus aposentos.

Ya era de noche cuando Meda, después de un intenso día dirimiendo sobre todo tipo de asuntos, se encontraba en su alcoba bebiendo una copa de vino. La joven reina deslumbraba por su belleza; poseía una larga y brillante cabellera morena, unos ojos verdes y unos labios carnosos. A la soberana le gustaba disfrutar de un momento de reflexión y descanso en la oscuridad y esos instantes siempre eran acompañados de unos buenos tragos. Le servían para recordar, aunque también para cavilar en todos los planes que tenía en marcha para el futuro.

Meda se encontraba en una de las ventanas del castillo, oteando el horizonte, pero con la mente puesta en el día que conoció a su esposo. Por aquel entonces, ella tenía solo unos veinte años, y sus padres, de alta cuna, habían acordado este matrimonio para asegurar una provechosa posición en el reino para su familia. Edward, que había gozado de mucha libertad durante su juventud, finalmente sentó la cabeza con Meda, por su belleza e inteligencia. El monarca quedó completamente hechizado por sus encantos y pasó por alto su deber primordial como gobernante: dar un heredero al pueblo. Pues aun siendo joven y en edad fértil, Meda parecía incapaz de ofrecerle el regalo más ansiado por todos: un vástago.

Los pensamientos de la soberana se vieron interrumpidos abruptamente por la llegada de un hermoso joven a sus aposentos. El veinteañero había accedido a la alcoba de la reina por un pasadizo secreto, que muy pocos conocían.

—No te esperaba tan pronto, Liam… —comentó Meda.

—¿Prefieres que vuelva más tarde?

—No, acompáñame. Sírvete una copa y ponme más vino.

El joven se apresuró a contentar a Meda e hizo velozmente lo que le requerían.

—¿En qué pensabas? —le preguntó Liam.

—Recordaba el momento en el que conocí a Edward…

—¿Le has llegado a querer alguna vez?

—Nunca ha sido malo conmigo, pero si tú fueras una joven sin experiencia en la vida y te casaran con un hombre bastante mayor que tú y, además, sin conocerlo prácticamente, ¿lo querrías?

—Obviamente no. Pero tú tienes algún año más que yo y te quiero —bromeó Liam.

—Eso sí que es lógico, ¿es que no has visto lo hermosa que soy? —afirmó la reina mientras brindaban los dos amantes.

—Entonces, ¿te estás arrepintiendo de lo que estás haciendo?

—¡Claro que no! Simplemente recordaba cómo llegué aquí. Mis decisiones están muy meditadas y, ahora, ya estoy preparada para dirigir este reino y poder tener el control de mi vida. Me he cansado de hacer lo que otros querían de mí.

—Y así podremos estar juntos… —insinuó el joven.

—Para llegar a este punto, aún nos falta un largo recorrido, querido. Una muerte real no se consigue de un día para otro, ni un heredero al trono —sonrió Meda pronunciando estas palabras.

—Edward ya está mayor y débil y, con lo que le está dando Gael, no tardará mucho en fallecer.

—Pronto llegará el día en que todo será mío. ¡Ha llegado mi momento!

—Tú siempre serás mi reina, Meda —pronunció el enamorado joven.

—Pues, entonces, demuestra lo que vales, Liam —dijo la reina terminándose la copa de un trago y, tras ello, sentándose sobre la mesa, levantando su vestido y ofreciendo su cuerpo para el placer.

—¡Es tu momento, alteza! —afirmó Liam tirando su cáliz al suelo y, rápidamente, despojándose de sus pantalones y yendo a ofrecer lo mejor de sí mismo para contentar a Meda.

Estos encuentros en los aposentos de la monarca eran muy comunes desde hacía unos meses. Liam no era de alta cuna, pero tenía una belleza también deslumbrante. Era rubio y con ojos claros, lucía un cuerpo atlético y llevaba una barba de unos pocos días. La reina se prendió de su hermosura cuando lo vio en unas de las audiencias mensuales con el pueblo y le ofreció trabajo en los establos reales. Desde entonces, eran recurrentes sus visitas a la alcoba de Meda, aunque solo eran conocidas por la doncella de la reina, ya que el joven accedía siempre por un pasadizo secreto, entrada ya la noche.

Liam estaba totalmente prendado de su señora, pero, en cambio, ella solo buscaba satisfacer sus necesidades carnales con aquel joven. Ciertamente, Meda cada vez era más feliz con él. Sin embargo, tenía en mente unos objetivos muy claros y no estaba dispuesta a tener distracciones en su camino. Ella quería el poder y lo conseguiría fuera cual fuera el precio; había sufrido mucho para llegar a esa posición y estaba segura de que aún conseguiría mucho más.

Capítulo 3 UN NIDO DE SERPIENTES

Familia: Valdyr

Región: Nílatryn

Capital de la región: Brasov

Un hombre moreno, fornido y de alta estatura, yacía inerte en el suelo de un claro del bosque fronterizo entre Nílatryn y Nádingrum. La región de Nílatryn pertenecía al reino de Auryum, pero limitaba con otro dominio mucho más pequeño y de una sola región, llamado reino de Nádingrum. Estos dos territorios estaban en guerra desde tiempos inmemoriales; la religión y el hecho de ser tan distintos culturalmente los habían llevado siempre a las armas.

El hombre parecía muerto, no se movía lo más mínimo, pero, aun así, se podía ver perfectamente que era uno de los soldados de la familia Valdyr, gobernantes de Nílatryn. Era fácil deducirlo porque todos ellos llevaban unos uniformes oscuros y unas máscaras para ocultar su rostro y acobardar al oponente. Los rivales sentían un intenso terror al ver que, aunque los guerreros de la familia Valdyr podían caer en combate, siempre eran remplazados por otros militares que parecían iguales, gracias al efecto de sus caretas, y eso era totalmente desmoralizador. Nunca eras consciente de si habías acabado con tus enemigos o no.

Una avanzadilla del reino de Nádingrum se acercaba al cuerpo inmóvil. Era un grupo de seis hombres y todos ellos montaban a caballo. Estaban peinando los bosques, vigilando los avances de sus enemigos, ya que la familia Valdyr era propensa a atacarlos. El líder de los soldados levantó su mano, haciendo parar al resto del grupo y ordenó a uno de ellos que bajara del caballo y examinara el cuerpo, todo ello sin mediar palabra y solo con un simple gesto de su mano. Uno de ellos obedeció, rápidamente, descabalgó de su montura, se aproximó lentamente a aquel sujeto, desenvainó su espada y… cayó fulminado al suelo. Acababa de recibir una flecha entre sus ojos proveniente de la espesura del bosque. De repente, el hombre musculado que yacía en el suelo se levantó y fue corriendo a por el líder del grupo. Ahora ya no parecía un simple guerrero fuerte, sino que se veía que se trataba de alguien mucho más grande de lo habitual; era prácticamente un gigante. Con su rápida acción, cogió desprevenido a su enemigo y solo con la fuerza de sus manos lo pudo tirar con facilidad de su corcel. En el mismo suelo, el gigante lo tenía cogido por el cuello con sus manos; la vida del líder de la avanzadilla se iba apagando lentamente. Al mismo tiempo, no cesaban de salir flechas desde todas direcciones. Los soldados de Nádingrum se intentaban proteger con sus escudos, pero no había nada que pudieran hacer, ya que los proyectiles venían de todos lados. Otro guerrero más cayó, debido a los numerosos impactos, al mismo tiempo que los caballos relinchaban, estremecidos de dolor al ser heridos por las flechas.

—¡Rendíos, ahora! ¡Tirad las armas y podréis conservar vuestras vidas! —se oyó exigir a una voz que emanaba desde la profundidad del bosque.

Los guerreros de la avanzadilla de Nádingrum no dudaron ni un momento e hicieron lo que les requirieron. Al mismo tiempo, el gigante soltó a la que iba a ser su víctima y de entre la espesura apareció un pequeño contingente. En total restaban con vida cuatro soldados; eso sí, doloridos y sangrando por los impactos recibidos, a los cuales les ataron las manos a la espalda y los obligaron a desmontar de sus caballos. Iban a hacer un largo trayecto hacia la ciudad de Brasov a pie.

—¡Has hecho un gran trabajo, Raknarot! —dijo el que parecía el cabeza del grupo.

—Siempre dispuesto a luchar para la gloria de vuestra familia, mi señor —comentó el fornido guerrero.

El líder de ese contingente era un joven con el pelo muy negro, pero con los laterales de su cabeza completamente rapados. Aun siendo joven tenía un aspecto bastante sinestro y sus formas, sus actos, sus gustos, recordaban a los de una vil serpiente. Era poco amigable y, realmente, un cobarde en el campo de batalla, pero era el primogénito de la familia y todo el mundo acataría sus órdenes, sin tener duda alguna.

—¡Volvemos a Brasov! Mi padre estará contento con el presente que le entregaremos —anunció Cillian.

El viaje de vuelta a la capital de la región de Nílatryn duró unas horas, ya que la población no se encontraba precisamente cerca de la frontera. Cuando el sol ya se retiraba de esa área, los soldados empezaron a vislumbrar, en la lejanía, la urbe. Era una gran ciudad muy bien fortificada, rodeada de amarillentos campos de trigo, lo que hacía de este territorio el granero del reino. Sus murallas y sus edificaciones de piedra, con aquellos tejados brillantes y rojizos, le daban un aspecto poderoso e imponente. Además, la población estaba dotadade un foso defensivo, repleto de agua, que envolvía todo su perímetro y, por tanto, para acceder a su interior se debía cruzar una pasarela elevada, la cual siempre estaba vigilada por un gran número de soldados.

El contingente, junto a los prisioneros, estaba a punto de cruzar el puente que daba acceso a la metrópoli cuando los guardias allí apostados los detuvieron para hacer algún comentario jocoso de la situación.

—Mi señor Cillian, ¿no cree que habrá demasiado peso en el puente con tantos presos? —le dijo riendo uno de los vigías.

—Esta vez no podremos tirarlos por el foso, lo lamento. Estos infieles tendrán un destino mejor que los anteriores. No debemos perder a ninguno de ellos —les replicó Cillian, mientras continuaba con su marcha.

El grupo cruzaba la pasarela, pasando entre la numerosa guarnición apostada en el lugar. A cada paso los prisioneros recibían insultos y vejaciones de todo tipo. No eran para nada queridos y los años de batallas entre las dos regiones habían llevado la situación a una violencia desmesurada.

—¡Infieles! —gritaron los guardias.

Los reos lucían unas caras de verdadero terror. Sabían qué funesto destino los esperaba una vez eran capturados por sus enemigos. Muchos de ellos preferían una muerte rápida y, antes que caer cautivos, intentaban suicidarse. Sin embargo, esta vez no había sido posible y todos ellos esperaban alguna opción de poder escapar de la trágica situación. Los rumores y las leyendas sobre lo que les sucedía a los presos en Nílatryn recorrían todos los rincones de Auryum y, ahora mismo, eso no los ayudaba a estar más calmados.

El contingente estaba muy cerca de la plaza principal, donde en una parte prominente de ella, se situaba la torre fortificada de la familia Valdyr. Cuando por fin llegaron, tras el largo recorrido de prácticamente todo el día, pudieron presenciar aquella desgarradora y fatídica imagen. La espectacular explanada empedrada tenía un espacio central con arena, destinado únicamente a las ejecuciones de los enemigos del reino. En aquel preciso instante, había seis guerreros de Nádingrum empalados. Todos habían fallecido hacía días y mostraban un estado deplorable. De repente, uno de los prisioneros cayó de rodillas al suelo, plenamente aterrorizado por esa visión, pero Raknarot lo levantó con sus brazos y le indicó que debía seguir andando si quería seguir con vida.

Las habladurías eran reales. Mads, el líder de la familia Valdyr y el padre de Cillian, gobernaba en base al terror y al dolor, y no mostraría la más mínima piedad frente a sus acérrimos enemigos.

—¡Muchas gracias, hijo! Ya era hora de que hicieras alguna cosa útil para la familia y por Auryum. Solo te ha costado veinte años. Aunque estoy seguro de que todo el trabajo lo ha hecho Raknarot, ¿o me equivoco? —interpeló Mads intentando ridiculizar a su vástago.

—He traído estos cuatro guerreros de Nádingrum para que nuestro pueblo encuentre una satisfacción entre tanta guerra y tormento —dijo Cillian, falseando totalmente sus verdaderas intenciones.

No perdamos más tiempo. Tenemos ya los troncos preparados y afilados. Raknarot, encárgate de las ejecuciones y que sea rápido. Me gusta tomar vino disfrutando de unas buenas vistas.

—Padre, ¿me concedería el derecho de salvar a uno de ellos para que me sirva como esclavo? —preguntó Cillian.

—Haz lo que quieras, pero no deseo ver a ninguno de ellos merodeando libre por aquí. ¡Son unas sucias ratas que lo infectan todo!

Cillian cogió a uno de los reos y lo separó del grupo.

—Parece que no morirás empalado, esta vez. Servirás para un propósito superior. Es tu día de suerte.

Mientras el joven se retiraba a sus aposentos con su nuevo siervo, Raknarot dirigía a un grupo de guardias para dar respuesta a las órdenes de Mads. En cuestión de pocos minutos, los tres prisioneros, que se encontraban ahora de rodillas en el suelo y rezando a su dios, sufrirían un terrible y doloroso final.

Cillian y el preso, custodiados muy de cerca por varios soldados de su padre, se dirigían a sus aposentos, cuando su avance fue interrumpido por una voz.

—¡Hijo mío, por favor, te lo suplico, no le hagas nada! ¡Déjalo libre! ¡Ya tenemos suficiente maldad con tu padre en esta familia! —suplicó la madre al hijo, desde la lejanía de su alcoba.

La bella Lucy, madre de Cillian y esposa de Mads, vivía un continuo tormento dentro de aquel linaje. Lo único que le aportaba felicidad era su hija. En cambio, los hombres de la familia solo le traían angustia y penas. Su larga y rizada melena de color caoba destacaba en su rostro. En los últimos años, debido a tanta tristeza y estrés, había envejecido mucho y lucía una faz de preocupación constante.

El primogénito de los Valdyr ignoró a su madre, tal como siempre hacía, y prosiguió con su avance hacia su habitación. El reo, que hasta aquel momento pensaba que iba a tener un futuro mejor que sus compañeros, ya empezaba a dudar. Al cruzar Cillian y el prisionero el umbral de sus aposentos, los guardias se quedaron automáticamente replegados en la puerta, a la espera de ver si eran requeridos.

—Ponte de rodillas al lado de la bañera —ordenó el joven.

El preso de Nádingrum vacilaba, no sabía qué era mejor para él. Intentar escapar, ahora que los soldados estaban fuera, u obedecer y esperar una mejor ocasión, donde no tuviera atadas sus manos a la espalda. Tantos pensamientos y tantas dudas lo habían llevado a un momento de completo bloqueo. ¿Qué futuro le esperaba con este joven? El padre era una persona vil y cruel, ¿no debería estar contento de estar con el hijo, entonces? Sin embargo, por lo que había dicho la madre del muchacho, estaba muy preocupado. No era capaz de deducir las verdaderas intenciones de Cillian.

—¡Ponte de rodillas al lado de la bañera! ¡No te lo repetiré!

Esta vez, el prisionero obedeció. Aceptó las órdenes y se arrodilló. El desdichado estaba tan absorto en sus cavilaciones, que no pudo ver cómo Cillian cogía un puñal, el cual siempre llevaba escondido en su bota derecha, y se le acercaba sigilosamente por detrás. En cuestión de unos segundos, la vida del reo fue segada del reino de Auryum. El joven ya procuró que toda la sangre del profundo corte del cuello cayera directamente en la bañera. El primogénito de los Valdyr iba a realizar su ritual mensual de un baño de sangre, para, según él, revitalizar su piel y evitar el envejecimiento. Esta práctica la llevaba realizando desde los dieciocho años, cuando la leyó en uno de los libros que poseía su padre. Hasta ese momento siempre la había probado con sangre de animales, pero ese día había dado un paso más allá y se había convertido en un ser tan perverso como su progenitor. Cillian se desnudó completamente, añadió gran cantidad de leche de vaca, la cual ya tenía preparada en una jarra, y se metió en la bañera con la intención de disfrutar de unos momentos de relajación. La escena era totalmente tétrica, con el joven medio dormido y el cadáver de aquel infiel justo a su lado.

Mads no dejaba de beber vino en el salón, llevaba ya varias copas. Estaba enfadado porque Raknarot aún no había terminado con su cometido. Parecía que estaban teniendo ciertos problemas en fijar los troncos de madera a la plaza, y eso enfurecía mucho al impaciente líder de Nílatryn.

A Mads ya se le empezaban a marcar arrugas en la frente; la edad y la preocupación por la incesante guerra contra los infieles eran los culpables de aquello. Era un hombre que solo se movía por su propio interés y su familia no era relevante para él. La maldad de Cillian precisamente venía de cómo había sido criado por su padre. Un progenitor sin amor hacia sus hijos, con insultos, con humillaciones y con mucha violencia. Pese al cariño que intentó proyectar Lucy a sus vástagos, solo logró salvar del mal a su hija, la joven Millie. Ya no había nada que hacer con su hijo varón.

El líder de los Valdyr era más valiente que su hijo y tenía más destreza con las armas. Era un gobernante fiero y sin ninguna piedad con sus oponentes, que le habían arrebatado a gran parte de su familia en el pasado. Tenía distintas cicatrices repartidas por todo el cuerpo de los numerosos combates contra el reino de Nádingrum. La lucha duraba generaciones y no se había conseguido tener una paz de más de dos meses desde hacía más de cien años. El reino de Auryum y el de Nádingrum mantenían intactas sus ansias de pelear, unos para acabar con la última región independiente del territorio y los otros para intentar ampliar su zona de control.

El enfado de Mads iba en aumento, ya que acababa de apreciar cómo uno de los infieles que esperaba su ejecución había intentado huir, buscando una muerte fugaz, y Raknarot había tenido que acabar con él de una forma rápida y sin sufrimiento. Solo podría ver el ajusticiamiento de dos enemigos. Demasiados pocos para él. Así que el gobernador de la región de Nílatryn, hastiado por la demora, se llenó de nuevo su cáliz y de un trago se lo bebió entero. Después se deshizo de su copa y fue directo a los aposentos de su esposa.

—¡Abre la puerta, zorra! ¡No estoy de humor para juegos! ¡Soy tu marido! ¡Dame lo que quiero! —gritaba el malvado gobernante a su esposa.

Lucy, al ver en qué estado se acercaba Mads y, también, por todas las vejaciones anteriores, rápidamente decidió cerrar la puerta de su alcoba. Ella tenía verdadero terror a su marido. Con los años, las actitudes y la violencia de su esposo habían ido aumentando. Nunca habían sido verdaderamente felices, pero cuando tuvieron a sus hijos hubo un periodo de cierta calma, donde cada uno de ellos gozaba de un cierto espacio y algo de bienestar. Sin embargo, con las últimas derrotas frente a los ejércitos de Nádingrum y, sobre todo, por el hecho de que Mads culpaba a su esposa de cómo era su hijo, un verdadero cobarde, sus malos tratos y menosprecios habían ido incrementándose. Lucy se había planteado escapar de ese infierno en numerosas ocasiones, pero había estado esperando a que su hija, Millie, creciera un poco más para poder huir las dos juntas.

—¡Vete de aquí! ¡Déjame en paz! ¡No quiero saber nada de ti! —contestó Lucy.

El gobernante empezó a aporrear la puerta con sus puños. Pese a los fuertes golpes, aquella puerta de madera maciza no cedía. Mads intuía que Lucy habría movido algún armario para bloquear la entrada. Así que optó por empezar a patear aquella puerta, pero ni con esas lograba acceder.

—¡Te arrepentirás! ¡Solo lo estás empeorando todo! —anunció Mads a su cónyuge.

—¡Lárgate!

Al ver que él solo era incapaz de tirar abajo la puerta, pidió a sus hombres que lo hicieran. Los soldados cogieron un ligero ariete de hierro y, en unos pocos minutos, la entrada a los aposentos de Lucy quedaba abierta. Desde aquel preciso momento, esa puerta ya no volvería a colocarse de nuevo y Lucy estaría obligada a tener su alcoba sin ninguna privacidad ni protección.

Mads entró decidido y con mucha firmeza. Su esposa se encontraba en el otro extremo de la habitación y portaba un candelabro a modo de arma. Ella se defendía blandiendo ese objeto e intentando que su marido no se acercara, pero Mads no estaba dispuesto a perder más tiempo, solo tenía un objetivo en mente e iba directo hacia él. Aguantó el golpe que le profirió su mujer en el brazo y con la otra mano la abofeteó. Ágilmente, le quitó el candelabro y la empujó sobre la cama.

—Ya te había dicho que solo estabas agravando tu situación. Soy tu esposo y tengo todo el derecho de poseerte cuando me plazca. ¡Zorra!

Millie estaba de vuelta a la torre familiar. Había ido a explorar a caballo los extensos territorios de la región que controlaban sus padres y eso le había permitido desconectar de su triste vida familiar. Su cara de felicidad cambió en un instante, al ver cómo la puerta de los aposentos de su madre estaba totalmente destrozada. Veloz, fue a ver cómo se encontraba su progenitora. En otras ocasiones había presenciado cómo su padre insultaba a su madre, pero no había sido consciente nunca de la violencia física que también le prodigaba. Al entrar, Millie se encontró a Lucy llorando en la cama y con un moratón en su rostro. En un acto de consuelo, abrazó a su progenitora fuertemente y se unió a ella en el llanto. Madre e hija tenían una fuerte conexión y, pese a la maldad de su padre y hermano, Millie siempre se había mostrado amable y afable con toda su familia. Sin embargo, ese vil acto lo cambiaría todo.

—Madre, debemos salir de este infierno. No puedes estar más tiempo aquí —pidió Millie.

—No sé qué debemos hacer, hija. Yo solo quiero que estés bien y alejarte de estos animales que tenemos como familia. ¡Lo siento mucho! —dijo Lucy empezando a gimotear de nuevo.

—No debes disculparte por nada, madre. Debemos escaparnos lo más pronto posible. Cuando haya la posibilidad, ¿me prometes que vendrás conmigo?

—Sí, hija. Te lo prometo —contestó Lucy y, a continuación, se fundieron en un nuevo y largo abrazo.

Capítulo 4 CASI PERFECTOS

Familia: Erikson

Región: Valhal

Capital de la región: Utgard

Una paloma mensajera surcaba el cielo de la ciudad de Utgard, de la región de Valhal, la cual se encontraba al norte del reino de Auryum. Aquella población estaba protegida por una extensa y alta empalizada de troncos de madera; ciertamente no era la mejor defensa, pero las frías temperaturas eran otro factor para alejar a los enemigos. La urbe tenía una conexión directa con el mar, ya que se ubicaba cerca de un río que desembocaba, finalmente, en el extenso océano. El puerto, también protegido dentro de la muralla de madera, era el punto neurálgico de la localidad. Por allí pasaban la mayor parte de los habitantes día tras día, intentando pescar, saliendo a explorar, comerciando con lo obtenido en sus aguas… Así pues, se trataba de una región completamente volcada al mar. No era de extrañar que su alimentación se basara en el pescado, y que en su escudo luciera un pez. Lógicamente, eran el territorio con la flota más relevante de Auryum.

Sigrid, la consejera de la familia Erikson, ataviada con sus pieles debido al inclemente clima de la región, restaba a la espera de que llegara el ave. La veterana consejera estaba en la torre más alta de Utgard, donde se hallaba el columbario. Unos segundos después, la paloma sobrevoló un instante y se posó en un pequeño mástil diseñado para tal fin. Con mucha delicadeza, Sigrid acarició al animal, le quitó el pergamino que llevaba atado a su pata y leyó el mensaje para sí misma.

«El rey Edward y su amada reina Meda están complacidos en invitar a la familia Erikson a la ceremonia anual de juramento de fidelidad, la cual acontecerá dentro de tres semanas. Se requiere la asistencia del gobernador Hans, así como, también, la del primogénito de la familia, Axel. Será un placer contar con su presencia».

Al final de la carta había un post-escriptum, el cual se apreciaba que estaba hecha a posteriori de la redacción principal del texto.

«Querido hermano espero que esta vez tu hijo Axel sea capaz de derrotar a mi general Clive en el torneo. Tengo muchas ganas de abrazarte. Nos vemos pronto.

Tu querido hermano, Edward».

Esta última anotación la había hecho de su puño y letra el mismísimo rey. Era una práctica habitual entre ellos dos. Siempre se escribían alguna observación más personal, tras el comunicado oficial.

Sigrid volvió a enrollar el pergamino y se dirigió a buen paso al encuentro de sus señores. Hans y su esposa Lilith se encontraban en el salón noble. El gobernador estaba ligeramente reclinado en su sitial, hablando con su mujer, cuando la consejera llegó.

—Mis señores, nos acaba de llegar la invitación a la ceremonia anual de la jura de fidelidad. El rey Edward está deseoso por comprobar si Axel ganará esta vez a Clive en el torneo —dijo la veterana Sigrid, entregando la carta a Hans, con una sonrisa en su rostro.

—¡No me cabe la menor duda! Tengo muchas ganas de volver a ver a mi hermano —contestó el gobernador.

—También me gustaría comentar un hecho que ha llegado a mis oídos recientemente. Empieza a haber rumores sobre el mal estado de salud de Edward —declaró con cierta preocupación la consejera.

—Sí, Sigrid, somos conscientes. Aunque suponemos que no será tan grave como habla la gente. Al gentío le gusta mucho chismorrear y exagerar —supuso Lilith, sin dar mucha importancia a las habladurías.

—En cualquier caso, iré a jurar lealtad a mi hermano. Verlo, seguro que lo ayuda a sentirse mejor —dijo Hans, dando por zanjado el asunto.

El gobernante de Valhal era el único hermano del soberano de Auryum y, como este no tenía hijos, también era el actual heredero al trono. Hans era más franco y directo que Edward, pero también tenía un gran corazón. En cualquier caso, para ambos lo primordial siempre era la familia.

En Hans se empezaba a atisbar una barriga, que había ido ganando poco a poco, debido a las copiosas comidas, y su pelo y su barba eran ya completamente blancos. No obstante, aún no había perdido ni un punto de vitalidad.

Por una puerta lateral de la habitación donde estaban reunidos los gobernadores, entró la joven y elegante Freya. Se trataba de uno de los cuatro hijos que tenían Hans y Lilith. El mayor era Axel, la segunda era Nilsa, después venía Freya y el pequeño de la extensa familia era Trianc. Freya, de unos veinte años, era la hija más dulce, culta y cariñosa de la familia. Por el contrario, era la menos apta para el imprescindible arte de la guerra. Lucía una larga melena rubia; color que era común entre los cuatro hermanos de la familia.

—Madre, por fin he terminado de bordar el cojín para vuestra alcoba —expresó la joven, haciendo entrega del objeto, del que destacaba el escudo de la familia en el centro.

—¡Es magnífico, Freya! Has conseguido un tono de azul espléndido y nuestro símbolo, el pez, resalta muchísimo —comentó Lilith verdaderamente entusiasmada.

—Es precioso, hija. Ninguno de la familia sería capaz de hacer algo así. Te felicito, Freya. —añadió Hans amablemente, mientras apreciaba los detalles del cojín.

Tras unos minutos intercambiando palabras con los presentes, Hans se levantó del sitial y marchó de aquella sala. Tenía ganas de estirar las piernas y ver cómo sus vástagos, Axel y Nilsa, entrenaban. Se trataba de una práctica habitual, ya que, tanto a uno como a la otra, les encantaba ejercitarse y mantenerse en forma. Por lo general, la familia Erikson era inquieta y con muchas ganas de aventura.

—¡Ya tenemos la invitación al torneo, Axel! Este año debemos ganar, sí o sí —comentó el gobernador a su hijo desde la lejanía.

Axel, que llevaba el torso descubierto, portaba un escudo y una espada para el entrenamiento. En cambio, Nilsa practicaba la lucha con dos hachas y apenas tenía cubiertos los senos. Los golpes caían de ambos lados, ya que los dos eran muy diestros con el uso de las armas. Para los Erikson adiestrarse sin camisa era parte del entrenamiento; el cuerpo debía adaptarse a las frías temperaturas para luego mostrarse con más vigor en la batalla.

—¡Haré lo que pueda, padre! ¡Si no siempre puedes llevar al torneo a tu preferida! —dijo jocosamente Axel en referencia a Nilsa.

La segunda de los Erikson aprovechó el despiste de su hermano para, mediante una fuerte patada, tumbarlo en el suelo.

—Creo que es lógico que sea su preferida. ¿Habéis visto cómo lucho? —preguntó retóricamente Nilsa.

—¡No tengas dudas, hijo! Si pudiera, Nilsa sería la elegida —mientras todos empezaban a reír.

Esta vez fue Axel quien aprovechó la ocasión y desde el suelo, con sus piernas, derribó a Nilsa y dirigió su espada al cuello.

—¿Y ahora qué, padre? —preguntó Axel.

—Entonces, no me queda más remedio que elegirte a ti como mi paladín para el torneo.

De repente, empezó a llover; era muy habitual en la zona, así como sufrir temperaturas cerca de los cero grados y, por supuesto, abundantes nevadas. Aunque a Hans le agradaba mucho el clima, prefería el resguardo de un techo y, en aquel momento, también la calidez de una chimenea. Se despidió de sus vástagos y se marchó por donde había llegado, mientras sus hijos se daban la mano y seguían practicando con las armas bajo el chaparrón.

Al caer la noche, la tempestad había cogido más protagonismo y ya dominaba toda la escena de Utgard. Un joven encapuchado de una estatura media hizo acto de presencia, cruzando a toda prisa desde la residencia de los Erikson hacia las afueras de la urbe. Ciertamente el aguacero era intenso, pero también se notaba que el joven no quería ser visto por nadie. Se movía rápido, pero sin llegar a correr. A los pocos minutos, consiguió llegar hasta la puerta de la muralla, la cual estaba abierta de par en par, ya que no existía ninguna amenaza real para la población. Pero justo en el momento en el que iba a cruzarla y a salir de la ciudad, apareció uno de los guardias que la custodiaban.

—¡Identifícate! ¡Ya sabes las normas, cualquier movimiento al amparo de la noche debe quedar registrado! —precisó el vigía.

El muchacho, a pesar de no tener ningún interés en revelar su identidad, consideró que lo más prudente era seguir las órdenes del soldado. Así que se retiró la capucha y esperó la reacción del aquel hombre.

—Disculpe las molestias, mi señor Trianc. Ya sabe que son normas de su padre. Todo el mundo debe quedar anotado en el libro. Lo lamento. Como también sabrá, debe indicarme el motivo de su salida —tartamudeó nervioso el guardia.

Repentinamente, apareció un segundo soldado y fue a ver qué sucedía. Al acercarse ya intuyó quién era y aceleró su paso.

—¡Mi señor Trianc! Lamento mucho el incidente. Puede pasar de inmediato; sin registro alguno. Mi compañero es nuevo y aún no sabe el procedimiento para con su familia. No volverá a suceder. Que tenga una buena noche —apuntilló el guardia que acababa de llegar.

Trianc se puso de nuevo la capucha y fue directo a su destino, un establecimiento que se encontraba extramuros. Allí pasaría muchas horas, entre bebida y sexo con prostitutas. Una vez la figura del joven desapareció del horizonte, los soldados dialogaron de nuevo.

—¿Es que no sabes que el pequeño de la familia es un adicto al vino y a la fornicación? Si sigues por aquí lo verás pasar prácticamente cada noche.

—No tenía ni idea, lo siento. No volveré a cometer el mismo error.

—Precisamente Hans nos ordenó que sus movimientos no constaran en el registro, para evitar que alguien que se hiciera con ellos, los pudiera difundir y, entonces, que afectara a la reputación de su familia.

—Como te he dicho, lo siento de verdad. No volverá a ocurrir. —manifestó el soldado por segunda vez.

Capítulo 5 JURA DE FIDELIDAD

Familias: Erikson, Mancini, Aguilat, Valdyr, Izamal

Región: Cásilon

Capital del reino: Tólitrit

El día del juramento de fidelidad era esperado y celebrado como si de una gran victoria se tratara. La puerta de acceso principal a Tólitrit estaba totalmente engalanada con las banderas de las cinco familias que controlaban el reino. En la parte central y de un tamaño más prominente, se ubicaba la insignia de la familia Aguilat, los reyes de Auryum, de la que destacaba un águila imperial negra en un fondo de color rojo. A su lado derecho había la bandera de los Mancini, con dos esbeltos galgos dorados posando sobre un fondo de color gris granito. Al lado izquierdo de la familia Aguilat, estaban los Valdyr, con su serpiente amarilla que se entrelaza en un espada vertical, todo ello encima de un color negro. En el extremo derecho se encontraban los Erikson, con un pez espada sobre una base azul. Por último, a la izquierda de todo, estaban los Izamal, con un escorpión negro en un fondo de tonos terrosos.

Los habitantes de Tólitrit estaban en las calles para ver el desfile de los diferentes gobernantes del reino. Todos ellos competían, los unos contra los otros, para ver quién era el más vitoreado y aplaudido durante su procesión por las calles de la urbe. Al final todo se basaba en quién agasajaba más a la plebe y, en eso, nadie ganaba a Massimo, el gobernador de la región de Dábardom, el cual siempre repartía monedas de oro entre el público.

Las distintas comitivas iban pasando en orden geográfico, de norte a sur, por las vías de la población hasta llegar a la plaza principal, donde eran recibidos por los monarcas del reino, Edward y Meda. Ellos estaban de pie, a la espera de la comparecencia de todos los invitados, en un estrado preparado y decorado para la festiva y solemne ocasión. Para la ceremonia se requería la presencia del gobernador de cada región y de su primogénito, pero, además, cada uno de ellos podía llevar a un máximo de diez soldados como guardia personal o séquito.

La engalanada explanada, donde se reunirían todos los gobernantes, estaba repleta de soldados, los cuales protegerían a los reyes y a sus aliados. Eran tantos los guardias que había, que los adornos florales repartidos estratégicamente por todo el recinto quedaban ocultos a la vista de todos los presentes. Los soldados del rey se repartían haciendo un círculo de protección por todo el perímetro de la plaza, separando al pueblo de sus gobernantes.

Solo quedaba una comitiva por llegar, la cual, en ese momento, se encontraba cruzando las últimas calles. Se trataba de la más exótica, la que procedía de la región de Kinich. Eran los más diferentes y marcaban perfil propio, tanto por su escasez de ropas como por el animal que portaban. Uzael, el líder de esta región, montaba un esbelto camello, en cambio, tanto su hijo Travis como el resto de los guerreros venían a pie. Todos ellos lucían un tocado con plumas en la cabeza, largas capas rojas, una especie de taparrabos y el pecho totalmente descubierto. Ciertamente, el tocado de Uzael era más ostentoso que el del resto; fácil de apreciar por los vivos colores, lo que evidenciaba la primacía y autoridad de su portador.

—Esta gente se ha quedado anclada en el pasado. Si estas son sus mejores galas, no querría ver cómo visten en su día a día —dijo Mads, gobernador de Nílatryn, a su general Raknarot.

—Tiene toda la razón, mi señor. ¡Es una vergüenza! No sé cómo le pueden otorgar la misma autoridad a Uzael que a vos.

—Esperemos que no tarden muchos más años en darse cuenta de este profundo error —deseó Mads, demostrando mucho desprecio con sus palabras.

Por fin había comparecido, frente a los soberanos de Auryum, el último grupo. En aquellos momentos, se podía observar cómo había muchas diferencias entre las regiones. Desde los más ostentosos, como Massimo en una cuadriga con guarniciones de oro y toda su guardia a caballo, hasta los Erikson con menos soldados de los permitidos y con la mayoría de su guardia yendo a pie.

En la tarima real, justo al lado de Meda, se encontraba la Consejera de la diplomacia. Se llamaba Astrid y era una mujer rubia de mediana edad que, a pesar de sus años, lucía un aspecto realmente bello. Llevaba el pelo corto y era reconocida como una persona muy inteligente y verdaderamente ambiciosa. Esta vez, ella sería la encargada de dirigir aquel acto.

—¡Bienvenidos a la ceremonia de jura de fidelidad a nuestro rey, Edward I! —gritó Astrid, esperando el aplauso de los allí reunidos.

No podían faltar tampoco los heraldos reales para esta celebración. Así que, tras las palabras de bienvenida de la consejera, empezaron a hacer sonar sus instrumentos, dando una mayor solemnidad a la ocasión.

—Del extremo norte del reino y, concretamente, de la región de Valhal, la familia Erikson presenta sus respetos y fidelidad a nuestro rey. Hans, como gobernador de la zona y hermano de nuestro rey, y su hijo, Axel, besarán la bandera de Aguilat y se arrodillarán ante Edward I —explicó la conductora del evento a los asistentes.

Automáticamente, después de escuchar la presentación de Astrid, Hans y su hijo bajaron de sus respectivos caballos y fueron a besar la bandera de la familia Aguilat. La portaba el alférez más veterano del ejército de la región de Cásilon, el cual también estaba en el estrado junto a Astrid. Después de aquel acto de sumisión, los Erikson se arrodillaron ante su rey.

—Nuestros vecinos de la región de Dábardom, la familia Mancini, presentan su obediencia a nuestro monarca. Massimo, gobernador de su región, hará el acto.

Massimo dejó las riendas de sus cuatro corceles a su inseparable y joven líder de su guardia personal, Carlo. Rápidamente bajó de la cuadriga y se dirigió a presentar respetos, tal como lo habían hecho los Erikson.