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¿Alguna vez has sentido el vacío que nos deja un ser querido cuando se marcha?, ¿el vacío de tener que abandonar tus sueños?, ¿has sentido el gran vacío del amor cuando este se acaba?, ¿o el vacío de esperar una segunda oportunidad que jamás llegará?... Un vacío lúgubre, solitario, oscuro. —La oscuridad no es infinita. La soledad no siempre hace mal. Los humanos no siempre estamos solos… Nadie sabe realmente quiénes son las personas que habitan dentro de estas historias, pero sabemos que las situaciones en las que viven están situadas desde el oscuro vacío que la soledad dejó en ellos. Una serie de 19 diferentes relatos que comparten una única conexión: todos ellos son narrados desde la oscura soledad en el alma de aquel personaje que nos vienen a contar su historia. Adéntrate en el vacío de estas historias y descubre lo que les espera al final del camino, ¿te atreves a acompañarlos?
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Seitenzahl: 114
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Isaac Armendáriz
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-384-6
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Para mí. Para ti.
No estás solo(a).
«El concepto de soledad es difícil de explicar y entender. Todos tenemos una percepción diferente de lo que es soledad dependiendo de nuestras vivencias y experiencias de vida. Jamás he podido explicar lo que es la soledadpara mí, pero sé que es importante en mi vida, tanto, que decidí escribir todo un libro dedicado a entenderla. Que lo disfruten».
Isaac Armendáriz
Oscuridad, dulce oscuridad
—Lucy, hija, hora de desayunar.
—Mamá, volví a tener otro sueño.
Los sueños se repetían una y otra vez, no entendía lo que estaba pasando, ni siquiera mi mamá entendía que estaba pasando. Nadie lo entendía.
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—Usualmente los sueños son represiones del inconsciente —decía el terapeuta al que me recomendaron asistir, pero yo sabía que no era así, sabía que no era una represión, lo sentía más como una precognición—. ¿Podrías dar una explicación más detallada sobre tus sueños? —preguntó el terapeuta.
Mis sueños variaban, eran algo locos, como todo lo que habita en este mundo. Una vez me dijeron que los sueños eran una especie de película de lo que pasa en nuestro día a día. Eso daría explicación a aquellos sueños drásticos en los que terminamos volando sobre un unicornio mientras comemos pastel, pero ¿qué hay de esos sueños que no tienen explicación alguna? Esos donde no logras diferenciar la realidad de la ficción, justo como el sueño que tuve esa noche.
—Entiendo que aún estés asustada. Antes de la sesión, tu madre me comentó que volviste a tener otro de esos sueños.
—Este fue diferente.
—Diferente ¿en qué aspecto?
—Se sintió más real de lo que parecía.
—¿Puedes hablarme de ello?
Jamás olvidaré ese sueño, realmente parecía ser real. Me encontraba en el mismo consultorio en el que tomaba mis sesiones de terapia psicológica, lo reconocía por los colores turquesa y beis que sobresaltaban de los muros. Sin embargo, solo estaba yo ahí dentro, sola. Las paredes comenzaban a trozarse, como si fueran a quebrarse completamente, pero las líneas del trozo formaban un perfecto zigzag; de pronto, las paredes comenzaban a abrirse dejando ver la oscuridad tras ellas, por alguna razón me sentía asustada, tenía miedo.
—¿A qué le tenías miedo? —preguntó el terapeuta.
—A que las paredes no se volvieran a cerrar.
—¿Y por qué tenías miedo de que las paredes no se volvieran a cerrar?
—Porque podía ver la oscuridad.
Dentro de la oscuridad siempre habita algún mal. Nos lo han hecho ver así desde que somos niños. Dentro de la oscuridad hay monstruos, arañas, fantasmas; dentro de la oscuridad habita el peligro.
—¿Le tienes miedo a la oscuridad?
—Le tengo miedo a lo que puede haber dentro de ella.
—¿Y si dentro de ella hubiera paz o tranquilidad?
—¿La tranquilidad realmente es buena? —cuestioné.
Lo último que mis sueños me dejaban era paz y tranquilidad. Seguía sintiendo como si algo malo podía pasar, ¿acaso era un presentimiento? O ¿solamente me estaba volviendo loca?
—¿Hay algo más en lo que quieras trabajar por hoy?, ¿alguna duda que tengas? —preguntó el terapeuta minutos antes de terminar la sesión.
—¿Los números tienen significado?
—¿A qué viene esa pregunta?
Pareciera como si el número cincuenta y cuatro me persiguiera, veía mi celular aleatoriamente en momentos de mi día para saber la hora y, ¡oh!, sorpresa: era la una y cincuenta y cuatro, las cinco cincuenta y cuatro, las diez con cincuenta y cuatro; salía a correr y pasaba un carro con el número cincuenta y cuatro en sus placas; veía los números de las casas y muchos tenían el cinco y el cuatro; incluso, una vez le pregunté a una viejecita el nombre de la avenida en la que nos encontrábamos, a lo que ella respondió: «Avenida n.º 54». ¿Coincidencia?
Leí en línea que toparte ciertas veces con el número cincuenta y cuatro significaba realizar un cambio en tu actitud o cambiar tu comportamiento con las personas que amas, antes de que algo malo pueda suceder, pero, por favor, ¿por qué confiar en una página de internet cuyo creador es desconocido? En estos tiempos ya no sabes ni en qué confiar realmente.
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Llegué a casa después de otra aburrida sesión terapéutica. De nuevo, sentí como si no me hubiese ayudado en nada, no resolví ninguna de mis dudas.
Al pisar mi hogar un escalofrío recorrió mi cuerpo. Aquel presentimiento había vuelto, sentí que algo malo pasaría, sentí que mi familia estaba relacionada.
Papá en la cocina, mi hermano jugando videojuegos, pero ¿y mamá?
—¿Dónde está mamá? —pregunté exaltada a mi hermano.
—Relájate, llamó para decirnos que se quedaría horas extras en su trabajo para poder tomarse un día libre esta semana —contestó él.
Un gran alivio salió de mi cuerpo. Era eso, esa era mi preocupación, la respuesta a mi sueño: mi presentimiento renacía por parte de mi familia; tenía miedo de que las paredes se abrieran y ya no se volvieran a cerrar, tenía miedo de que un miembro de mi familia se fuera y ya no regresara jamás; eso representaba la oscuridad, el vacío que la persona dejaría en mí.
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Pasaban los días, mi preocupación era cada vez más grande. Cada vez que alguien de mi familia salía debía preguntarles adónde iban o acompañarlos, no quería que nada malo les sucediera, no quería que mis pensamientos se hicieran realidad.
«Debes despejarte un poco del mundo, encontrar la luz en todos esos pensamientos de oscuridad», se repetía la voz de mi terapeuta, una y otra vez, dentro de mi cabeza; tal vez él tenía razón, debía despejarme un poco de todo.
…
—¿Adónde iras? —preguntó mi hermano al verme en la puerta.
—Saldré a correr, sola, como en los viejos tiempos, necesito despejarme. Vuelvo más tarde, los amo.
Salí. Corrí. Lloré. Pensé. Finalmente, me despejé.
La música en mis audífonos se detuvo. Miré mi celular, la batería se había agotado. No había nadie a mi alrededor para preguntar el nombre de la avenida en la que me encontraba. Caminé un poco más; el letrero lo indicó todo: «¿Avenida n° 54?», pensé.
Seguido de eso, todo se nubló. Sentí un fuerte golpe en mi cabeza. El presentimiento se hacía realidad. La oscuridad volvió.
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En últimas noticias, indican que otra joven fue encontrada asesinada a las orillas del río, justo frente a la avenida n.º 54.
Otra joven… Fui otra de ellas…
La joven aún no ha sido reconocida facialmente, pues fue encontrada desnuda con fuertes signos de violencia física.
No solo desfiguraron mi rostro, robaron lo único que realmente apreciaba: mi vida.
Se cree que la joven fue abusada sexualmente, pues las prendas que portaba no fueron encontradas en la escena del crimen. Aun así, el alguacil prefiere evitar toda teoría, pues no se sabe las intenciones por las que la chica salió a altas horas de la noche ni como esta iba vestida, por lo que pudo estar involucrada en actividades nocturnas o pudo haberse tratado de un crimen de odio. Nada se sabe hasta el momento.
Y dudo que realmente se sepa, por favor, ¿un crimen de odio? De odio hacia la mujer, posiblemente.
Vaya, lo que hace la prensa para ahorrarse todo tipo de problemas. Se preocupan más por las prendas que llevaba puestas o por la hora en la que salí que por mi propia muerte. Le daré una pista, alguacil: llevaba un pants deportivo color gris, un suéter tejido que mi abuela me regaló, tenis, una coleta de caballo. Yo solo salí a correr. Terminé violada. Terminé asesinada.
Una familia cercana a la zona ha reportado como desaparecida a su hija mayor, la cual, aseguran, salió a correr, pero jamás regresó a casa. Se teme que la chica asesinada sea parte de esta familia.
Mi familia debe estar destrozada por dentro. Pobre de mi madre, su único día libre será para enterrar a su hija. Me preocupé tanto por ellos, los cuidé tanto que olvidé cuidar a alguien más importante: a mí, pero ¿cuidarme de qué? Yo era libre de salir a caminar sin temor alguno, no tendría por qué cuidarme de si las calles deberían ser seguras para toda mujer que salga a la hora que sea, con lo que sea que lleve puesto. Yo no tuve la culpa.
Las autoridades aún están en búsqueda para atrapar a el, la o los responsables del crimen…
Como si fueran a hacer algo al respecto. Apuesto a que, en un par de meses, los malditos que me hicieron esto seguirán libres, mientras las «autoridades» estarán centradas en otros asuntos, los cuales creen que son más importantes que el asesinato de una mujer, la cual solo salió de su casa a correr, pero jamás regresó.
…
Resulta que la oscuridad no estaba dentro de mí ni de mis pensamientos, la oscuridad habita en el mundo, se esconde en las personas, en los crímenes, en las calles, en donde sea; no solo por ser mujeres debemos vivir encerradas en casa con miedo a que nos lastimen.
La oscuridad no me trajo paz ni tranquilidad.
Sí, finalmente, conseguí la luz, pero no de la forma en la que quise. Fue peor.
Oscuridad, dulce oscuridad…, siempre te odiaré.
La estación indicada
Ya es invierno. Decías que invierno era tu estación favorita del año. Y no estás aquí. Jamás regresaste.
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Aún recuerdo nuestro primer encuentro: era primavera. Esperaba la estación indicada del tren intentando no tomar la equivocada. Todo era nuevo para mí, una nueva vida en una nueva ciudad. Creí perderme, pero solo me perdí en mis pensamientos.
Subí. El vagón estaba casi vacío. Había un par de personas hablando en una butaca, un hombre mayor leyendo el periódico, y ahí estabas tú leyendo un libro detenidamente. Tus lentes se resbalaban por tu nariz y tenías que volver a colocarlos debajo de esos hermosos ojos color del mismo cielo.
Crucé el vagón hasta llegar al final. Tomé mi celular y me distraje un poco hasta que el tren llegara a mi destino, pero no evitaba mirarte. Por más que quería distraer mi mirada, siempre volvía hacia ti, pero tú jamás volteaste a verme.
El tren llegó a mi destino, me dirigí hacia la puerta para bajar, pero tropecé con tu pie. «Qué torpe», pensé en vergüenza.
—Discúlpame, por favor —volteaste a decirme. Nuestro primer contacto visual. No podía dejar de ver tus ojos. ¡Ay!, esos ojos. Todo pasó tan rápido, pero yo lo sentí demasiado lento. Ni siquiera pude contestarte, solo me fui de ahí con la cara enrojecida.
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Siguiente día, no lo negaré, tenía la esperanza de volverte a encontrar. Subí al vagón y ahí estabas nuevamente, con el mismo libro, pero muchas páginas más avanzadas. Supuse que te gustaba la literatura.
Creí que todo sería como el día anterior, pero, esta vez, nuestras miradas se cruzaban seguido. No evitaba que mi cara se enrojeciera y, posiblemente, tú lo notabas. Sonreías cada vez que pasaba y volteabas inocentemente a ver tu libro.
Creí que solo sería eso, un par de miradas día con día hasta llegar a mi estación indicada para bajar del tren. Hasta que, un día, sucedió.
Subí al vagón, como todos los días. Me acerqué al lugar donde siempre me sentaba, solo que había algo diferente: había una hermosa rosa roja en él. Me sorprendí al verla. Creí que era de alguien más, pero no había nadie cerca de ese lugar. La tomé, la pasé finamente por mi nariz y tomé asiento sin dejar de verla.
Primavera siempre fue mi estación favorita porque es la estación donde florecen retoños tan hermosos como el que mis ojos estaban viendo. Sentí tu mirada lejana de reojo, volteé, pero inmediatamente desviaste la mirada. Tu enrojecido rostro te delató. Habías sido tú.
…
Pasaba el tiempo y día con día aparecían rosas rojas en mi asiento. Un día subí al vagón solo para encontrarte junto a mi asiento sosteniendo una rosa en tu mano. Me senté junto a ti. Mi corazón latía muy rápido.
—Linda rosa —te dije con algo de pena.
—Alguien la dejó aquí —respondiste.
—Y ¿viste cómo lucía?
—Tenía lentes, cabello castaño, ojos azules, un libro en su mano…
—Suena familiar —te respondí bromeando, pues sabía que hablabas de ti. Reíste tiernamente. Jamás olvidaré esa sonrisa—. ¿Cómo sabías que las rosas eran mis favoritas?
—Porque luces justo como una —dijiste viéndome fijamente.
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Ahí comenzó nuestra historia. Creí que solo en las películas románticas pasaba eso, ni siquiera creí que fuera cierto, hasta que me tocó vivirlo.
Nos conocimos aquella primavera. Parecía que las flores jamás se marchitaban cuando estaba contigo. ¿Era primavera la estación indicada? Junto a ti, lo era.
…
Llegó el verano, nuestra relación dio inicio. Ya no era temporada de rosas, pero sí de compartir más momentos juntos. Esos momentos jamás se marchitaron.
El calor se hacía presente, pero lo nuestro era tan refrescante. Observábamos las palmeras moverse sentados en la arena junto al mar. Me relajaba sintiendo la ligera brisa del mar sobre mi cuerpo cuando, de pronto, se te ocurría robarme un beso.
Realmente estaba en el lugar indicado. Estar contigo era un lugar seguro.
…
En otoño, la historia dio un giro.
Te volviste un poco distante. Decías que el trabajo te quitaba tiempo y yo siempre te entendía.
Menos mensajes, menos llamadas, menos salidas, menos momentos juntos.
