Relatos - Julián del Casal - E-Book

Relatos E-Book

Julián del Casal

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Beschreibung

El autor de estos Relatos es Julián del Casal, escritor cubano (1863-1893), considerado uno de los principales exponentes del primer modernismo, en su vertiente más decadentista. Su talento fue admirado por sus contemporáneos, pese al lugar marginal que tradicionalmente ha ocupado el poeta dentro del movimiento, a diferencia de figuras centrales como José Martí o Rubén Darío. La narrativa de Julián del Casal no es tan conocida como su poesía. En Busto y Rimas —libro que fue publicado después de su muerte— aparece parte de su labor como prosista. Pero la mayoría de sus relatos se encuentran en las revistas y periódicos de la época. Sin duda, su mayor aporte literario fue en la poesía, donde alcanzó una extraordinaria sensibilidad. Sus relatos, aunque poco divulgados, son de un gran valor literario también. En este género se le considera uno de los mejores narradores latinoamericanos del siglo XIX. Sus obras se caracterizan por la belleza, colorido, melancolía y excelente forma. La presente antología de Relatos de Julián del Casal contiene textos diversos, entre otros: - El velo, - Una madre, - El primer pesar, - La casa del poeta y La tristeza del alcohol. Más allá de los lugares comunes del Modernismo latinoamericano, la narrativa de Casal destaca por su visión peculiar y la atmósfera que recrea.

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Seitenzahl: 79

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Julián del Casal

Relatos Edición de Ángel Augier

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Relatos.

© 2024, Red ediciones S.L.

email: [email protected]

Diseño de la colección: Michel Mallard.

ISBN rústica ilustrada: 978-84-9953-573-9.

ISBN tapa dura: 978-84-1126-648-2.

ISBN ebook: 978-84-9953-431-2.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO. (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 9

La vida 9

La visión 9

Relatos 11

El velo 13

Cuentos amargos 15

Una madre 17

I 17

II 18

III 21

Historias amargas 23

El primer pesar 25

I 25

II 26

III 28

La casa del poeta 31

I 31

II 32

III 34

La tristeza del alcohol 37

I 37

II 38

III 42

La última ilusión 43

El amante de las torturas 49

Esbozo de mujer 57

Ocios semanales 61

Dos encuentros 63

I 63

II 64

Para las mujeres 67

Introducción 67

I. Japonería 68

II. La estudiantina 69

III. En el tranvía 70

El mejor perfume 73

Frío 75

El velo de gasa 77

Un sacerdote ruso 79

La felicidad y el arte 81

Agua fuerte 85

Libros a la carta 89

Brevísima presentación

La vida

Julián del Casal (1863-1893). Cuba.

Nació en La Habana el 7 de noviembre de 1863. Su infancia estuvo marcada por la muerte de su madre en 1868.

No terminó sus estudios de leyes y se dedicó a la literatura.

Más tarde viajó a España con el deseo de visitar París. Pero nunca consiguió su propósito.

A su regreso a Cuba trabajó como escribiente en la Intendencia de Hacienda y como corrector y periodista. Su primer libro, Hojas al viento, fue publicado en 1890. En 1892 apareció Nieve y su volumen póstumo, Bustos y rimas, en 1893.

Es uno de los más relevantes poetas del modernismo junto a Martí, Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva.

Murió la noche del 21 de octubre de 1893, durante una velada entre amigos, de una rotura de un aneurisma provocada por un ataque de risa.

La visión

La presente antología de Relatos de Julián Casal contiene textos diversos, entre otros: El velo, Una madre, El primer pesar, La casa del poeta, La tristeza del alcohol. Más allá de los lugares comunes del Modernismo latinoamericano la narrativa de Casal destaca por su visión peculiar y la atmósfera que recrea. En uno de estos relatos «Un sacerdote ruso», tras unas primeras líneas se lee:

Desde la altura de la blanca terraza, próxima al mar, bajo el toldo que forma el ramaje de verde enredadera, estrellado de flores violáceas, hay un grupo de gentes que contemplan, hundido el sombrero hasta las cejas y los anteojos nacarados entre los dedos, la salida de la fragata rusa que abandona nuestras costas.

Y en esa fragata, al final del relato, se describe a un sacerdote ortodoxo asomado por la borda extasiado mirando el trópico.

RelatosEl velo

Frente a su lecho de sándalo, cuyas cortinas blancas, ornadas de cintas azules, ondeaban al soplo de la brisa, como banderas vencedoras; un poeta, que llevaba siempre los ensueños más hermosos en la mente y las canciones más dulces en los labios, tenía prendido, con alfileres de oro, coronados de perlas, largo velo de gasa pálida guarnecido de encajes.

Un día, al entrar en su habitación, le pregunté:

—¿De quién es ese velo?

—Es de la mujer, de la única mujer que he amado en el mundo.

Tras corto silencio, clavando en mí sus ojos, donde temblaban gruesas lágrimas, como gotas de rocío en botones entreabiertos, exclamó:

—Hace tiempo que la conocí, al salir de la iglesia, cuya torre se divisa a lo lejos —añadió dirigiéndose al balcón—, detrás del ramaje de aquellos laureles.

Como yo estaba en la miseria, sus padres se negaron a casarla conmigo. Pero ella, vacía la mente de preocupaciones vulgares, rebosante el corazón de ternuras amorosas, se alejó, en noche tormentosa, al fulgor de los relámpagos y al ruido de los truenos, del hogar paterno.

Largo tiempo anduvimos errantes por los campos, entre las aguas que corren, las abejas que zumban y las flores que embalsaman el ambiente. Aunque éramos pobres, siempre estábamos contentos. Teníamos perennemente el amor en nuestras almas y el beso en nuestros labios.

Pero las dichas del hombre, como las flores, solo duran el espacio de una alborada.

Una mañana, al abrir los ojos, la encontré muerta. Su cabeza, coronada de rosas amarillas, descansaba sobre ancha piedra del camino; sus brazos, abiertos en cruz, parecían aguardar la ansiada caricia; sus ojos, entornados tristemente, semejaban flores marchitas; sus pies, al sentir el frío de la muerte, se habían ocultado entre las hojas secas.

Yo, desde aquel instante, tengo siempre ante mis ojos, ante mis ojos que la lloran, el velo que cubría su rostro, su pálido rostro de madonna, el día en que la vi, al salir del templo, por primera vez.

Y alejándose del balcón, cuyos blancos hierros estaban tapizados de verde enredadera, estrellada de flores moradas, me dijo el poeta, con triste voz, con voz más triste que la del viento al pasar por entre las ramas de los pinos solitarios, estas palabras:

—Cuando yo muera, amigo mío, haced que me sirva de mortaja el largo velo de gasa pálida, guarnecido de encajes, que perteneció a la mujer, a la única mujer que he amado en este mundo.

La Habana Elegante, 30 de octubre de 1887.

Cuentos amargosUna madre

I

Allá lejos, en el fondo del bosque, escondida entre las hojas, como un nido en el chaparral, se encuentra una casa rústica, rodeada de árboles corpulentos y de plantas olorosas. Tiene un horizonte delicioso de contemplar. Al frente se mira el cielo azul, jaspeado de nubes blanquecinas, cuyos extremos filetea el Sol de rayas rojas, verdes, violetas, rosadas y amarillas. A la izquierda se desarrolla larga cadena de montañas que se rompe a trechos para dejar ver un espacio del firmamento. A la derecha se divisa la ciudad donde los edificios se presentan apiñados, destacándose en el aire las siluetas de los altos torreones y las fachadas marmóreas de aristocráticos palacios.

El aire que se respira en este sitio está saturado de balsámicos olores. Profunda calma se cierne sobre todas las cosas. Solo se oye, de tarde en tarde, el silbido de lejana locomotora, el galope de rápido corcel, el mugido ronco del toro, el canto de algún pájaro y el murmullo apagado de las ondas al estrecharse en las rocas. Este silencio que parece descender de las alturas se dilata por la atmósfera, se extiende por las verdes campiñas y se infiltra hasta el fondo de las almas para adormecer los pesares más íntimos e infundir sensaciones de inexplicable bienestar. Parece que el hombre se siente allí mejor en medio de aquel Edén salvaje, lejos de sus semejantes y rodeado de seres invisibles.

Dentro de la casa todo revela orden, pobreza y pulcritud. Ningún objeto está fuera de lugar. Se adivina la mano de hacendosa mujer que barre incesantemente el pavimento de ladrillo, impide a las arañas colgar sus telas de la pared, quita el polvo de los muebles y riega las flores abiertas en las macetas. Tampoco se encuentra ninguna cosa superflua. Viejas estampas de santos, amarillentas por los extremos y encuadradas en varillas doradas se destacan en la pálida blancura de los muros. Ante aquellos se postra, en horas de abatimiento, una piadosa mujer, cuya figura enmagrecida circula a veces como fantasma silencioso por aquel interior.

Desde hace mucho tiempo, esa pobre mujer de cabellos blancos, de frente rugosa, de mejillas demacradas y de miradas extinguidas, ocupa la casa, en compañía de su hijo, único ser que hace latir su corazón. Fuera de este hijo, nada existe para ella. Fruto de sus primeros amores, lo colma de agasajos, lo cubre de besos y lo estrecha entre sus brazos temblorosos. Ella siente por él lo que la concha por su primera perla, lo que el árbol por su primer fruto, lo que la planta por su primera flor. Nunca el más leve disgusto ha interpuesto su sombra entre los dos. Juntos soportan la vida, en aquel lugar solitario, para cumplir las prescripciones facultativas que desterraron a la enferma mujer a la soledad de los campos. Ella pasa el día sola, entregada a las ocupaciones domésticas, mientras el hijo trabaja en la ciudad. Al fin de la semana, éste entrega puntualmente a la madre el producto de sus ganancias. Éstas son bastantes cortas y solo alcanzan para cubrir las primeras necesidades.

II

Cada día que transcurre, el hijo regresa más tarde al hogar. La madre inquiere la causa de la tardanza y nunca obtiene respuestas favorables. El fruto de sus entrañas encuentra siempre nuevos pretextos para calmar las inquietudes maternales. Unas veces lo detiene un amigo de la infancia, lo lleva al café y lo distrae largo rato; otras veces el trabajo aumenta, las horas de oficina se prolongan y los empleados no pueden salir. La pobre mujer no dice una palabra y rumia en silencio sus pesares. Limítase a escucharlo y a prodigarle más tiernas caricias.