Relatos para ratos - Isidro Moreno Carrascosa - E-Book

Relatos para ratos E-Book

Isidro Moreno Carrascosa

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Beschreibung

"Isidro Moreno no es autor monotemático. Su hábil pluma es capaz de abordar desde asuntos domésticos hasta futuristas pasando por escenas históricas a las que da su particular visión. Es capaz de captar siempre la atención del lector, desde la primera línea, con una muy cuidada prosa no exenta de un personal y fino humor. Su obra destila muchas veces la comicidad del absurdo que bebe de las fuentes de nuestros clásicos de mediados del pasado siglo". Rafael Olivares Seguí "El primer relato que Isidro envió a nuestra querida Cincuenta palabras fue "Ausencias". Quedó finalista aquel mes y poco más tarde saldría publicado en nuestra primera antología de relatos. Veréis, cuando uno recibe un relato de alguien nuevo, a menudo sucede una de dos cosas: pensar en secreto que no se le echará de menos si no regresa o, por el contrario, desear que produzca más, muchas más historias. A la vista está que Isidro cayó en la segunda categoría". Alejandro Garaizar  "Quien tenga la oportunidad de tener este libro en sus manos podrá comprobar que estas casi doscientas historias sorprenden y se salen de lo común, aunque provengan de lo cotidiano; el aderezo de lirismo, intensidad y recovecos las vuelve originales, unas perlas creativas que abarcan multitud de temas, con sorpresa final asegurada". Ángel Saiz Mora

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

Colección: Novela

© Isidro Moreno Carrascosa

Edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.

Diseño de portada: Antonio F. López.

Fotografía de cubierta: © Fotolia.es

ISBN: 978-84-17542-15-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Perdón a Ana Rojo, mi mujer, por el tiempo que le he robado.

Gracias a Ana y a toda mi familia por sus ánimos y ayuda incondicional.

Gracias a mis amigos del «CamaroteCincuentista» por su apoyo.

Gracias a mis profesores de lengua y literatura que me animaron a escribir y a los que les hice caso, pero cuarenta años después.

Gracias a ti por leerme.

IsidroMoreno

PRÓLOGO de Rafael Olivares Seguí

EL CUARTO GÉNERO LITERARIO

Al microrrelato ya se le conoce como «El cuarto género literario». Y no es baladí la apreciación cuando observamos el ritmo frenético de nuestras vidas y de las de quienes nos rodean, en especial de las nuevas generaciones. La era de las nuevas tecnologías, el avance de las telecomunicaciones y el desarrollo de las redes sociales, ponen a disposición del lector, al instante y en cualquier lugar en el que se encuentre, ingente cantidad de información y los medios para tenerla disponible para ser consumida. La literatura ha sabido adaptarse a este nuevo contexto y la narración breve, desde el tuit de unos cuantos caracteres, hasta el relato de corta extensión, encajan en el género del microrrelato que, no por ser de lectura rápida, carece de los elementos de calidad, ingenio y excelencia de cualquier otro género. Pueden dar buena fe de ello autores tan reconocidos como García Márquez, Julio Cortázar, Juan José Millás o Max Aub, por citar solo una muestra.

El desarrollo y difusión de este género ha propiciado la aparición de autores que se encuentran cómodos en la distancia y son capaces de volcar su ingenio para disfrute de sus lectores. Uno de ellos es Isidro Moreno, escritor castellano manchego que en poco tiempo –empezó a escribir en 2013– ya ha cosechado una buena colección de reconocimientos en certámenes y foros de microrrelatos.

Isidro no es autor monotemático. Su hábil pluma es capaz de abordar desde asuntos domésticos hasta futuristas pasando por escenas históricas a las que da su particular visión. Es capaz de captar siempre la atención del lector, desde la primera línea, con una muy cuidada prosa no exenta de un personal y fino humor. Su obra destila muchas veces la comicidad del absurdo que bebe de las fuentes de nuestros clásicos de mediados del pasado siglo.

Resulta inútil advertir al lector de que, en la antología que tiene en sus manos, deberá estar muy atento para evitar la sorpresa que le aguarda al final de cada relato. De nada le servirá. Isidro Moreno le envolverá en su embaucadora prosa descriptiva y provocará su perplejidad al final de la lectura, hasta el punto de obligarle a releer el cuento para confirmar que ha sido, otra vez, juguetonamente burlado. Ese es el marchamo de los buenos escritores. E Isidro lo tiene en propiedad.

Rafa Olivares

Febrero 2017

PRÓLOGO de Ángel Saiz

PARA EMPEZAR BIEN EL DÍA

Los que conocemos al autor de esta antología sabemos que, aunque no nos demos cuenta, al leer o recordar su nombre vendrá a nuestros labios una sonrisa, seguida de un concepto que forma parte inseparable de su naturaleza, como un tatuaje indeleble. Me refiero al microrrelato, un género peculiar marcado por la brevedad, un capricho literario y nada sencillo, un hijo de este tiempo que vivimos, donde las prisas y el consumo rápido todo lo dominan.

Amenizar y conmover, cualidades que debe intentar reunir toda obra de estas características, no faltan en las que produce esa factoría de inquietudes andante que se llama Isidro Moreno. Quien tenga la oportunidad de tener este libro en sus manos podrá comprobar que estas casi doscientas historias sorprenden y se salen de lo común, aunque provengan de lo cotidiano; el aderezo de lirismo, intensidad y recovecos las vuelve originales, unas perlas creativas que abarcan multitud de temas, con sorpresa final asegurada.

Toda aproximación a este volumen quedaría incompleta sin una mención expresa al humor, rayano en lo absurdo, que nos encontramos en unas creaciones parcas en palabras y largas de contenido, sucursales de un hombre sabio, que lo es porque sabe no tomarse en serio.

Hay que dar las gracias a Isidro por compartir estas chispas de genialidad. Personalmente, cada mañana al despertar, en lugar de encontrarme con el dichoso dinosaurio, que seguro que sigue ahí, quisiera que no me faltase este libro en la mesilla, una prosa necesaria y refrescante para recordar que la vida debe tomarse con alegría; que nada ha de dejar indiferente, como le sucede a estas letras; que no hay mejor desayuno que una dosis de buena fantasía inquieta.

Ángel Saiz Mora

Febrero-2017

PRÓLOGO de Alejandro Garaizar

(Creador de: «Cincuenta Palabras»)

El primer relato que Isidro envió a nuestra querida Cincuenta palabras fue “Ausencias”. Quedó finalista aquel mes y poco más tarde saldría publicado en nuestra primera antología de relatos.

Veréis, cuando uno recibe un relato de alguien nuevo, a menudo sucede una de dos cosas: pensar en secreto que no se le echará de menos si no regresa o, por el contrario, desear que produzca más, muchas más historias. A la vista está que Isidro cayó en la segunda categoría.

Cuando lo conocí en abril de 2015, mencionó que hacía poco había comenzado a escribir con regularidad. Testarudo como es “cualidad común a la mayoría de escritores”, no es de extrañar que en unos años haya aglutinado material para publicar su propia antología.

Reconocer un buen microrrelato es mucho más fácil que definirlo. Por lo general, debéis buscar entre los siguientes ingredientes: un ritmo ágil, una historia o perspectiva ingeniosas, una gran concisión en las palabras, un título relevante y un final sin artificios que provoque una reacción en el lector, desde una sonrisa hasta una profunda reflexión.

En última instancia, sin embargo, es pura cuestión de gustos, así que no hay mejor aprendizaje que lanzarse a leer y, por qué no, escribir. De hecho, es al producir microrrelatos cuando uno toma conciencia de lo complicado que resulta condensar una gran historia en un espacio reducido, o sorprender al lector en apenas un minuto.

No podría estar más satisfecho, en suma, de asistir ahora a la publicación de esta antología, en la que no es casualidad que abunden los relatos de 50 palabras. Yo sólo os puedo garantizar que las historias de Isidro merecen con creces vuestra más expectante atención.

Álex Garaizar

EL CIELO DE LA PRISIÓN

Las cuarenta habitaban juntas, sus esbeltos cuerpos y cabezas permanecían en continuo roce debido a que el habitáculo estaba diseñado para simplemente albergarlas, custodiarlas, cabeza con cabeza, rígidas, sin lujos ni miramientos.

En tan oscuro y enjuto recinto, la inquietud crecía con el paso de las horas, pues se observaba que, de en cuando en cuando, el techo de aquella celda se deslizaba hacia atrás y la estancia se iluminaba.

La situación prometía momentos felices si no fuera porque además de entrar la luz y nuevos aires, también eran invadidas por dos extraños seres que atrapaban y sacaban a una de ellas. Aquella compañera ya no regresaría.

Ya sólo eran cuatro prisioneras y crecía el temor por el destino incierto y sin retorno que ese cielo corredizo, les anunciaba.

De forma implacable y tras una fuerte sacudida, el techo se abrió nuevamente y dos vigorosos dedos entraron en la caja de cerillas atrapando una de las cuatro que aún restaban.

Fuerte rasque de la cabeza con la rugosa superficie de la caja. ¡Cabeza en llamas!... ¡fuego abundante!... ¡Es el fin!...

Sí, era el fin, pero la asustada cerilla, con su cuerpo en llamas y ante la punta de un cigarro, recuperó su dignidad, ofreciéndose a realizar la efímera misión a la que se le había destinado y que acabada de conocer. Era su fin y su final.

Rápidamente el cigarro, observando a la cerilla en llamas y muy compungido, comprendió que sus vidas eran paralelas y parecidas. Su incineración había comenzado. Ahora su fin era inexorable.

* * *

DESEO DE CUMPLEAÑOS

Con rigor científico narraba a su abuelo, múltiples historias, episodios de la guerra y anécdotas que, el mismo anciano, le había venido relatando desde que David era niño.

Esta cita diaria fue el deseo expreso del abuelo en un cumpleaños, cuando aún era conocedor y temeroso de sus progresivos olvidos.

CONVERSACIÓN CON CERVANTES(DE MI VIAJE, LA VISITA A DON MIGUEL Y CUANTO EN SECRETO ME NARRÓ)

Nuevamente excuso explicarles cómo conseguí viajar en el tiempo, pues me debo al secreto profesional de unos amigos y temor padezco por si el secreto fuese revelado, ya que no podría volverlo a utilizar y quizás, duras penas legales habría de sufrir.

Me vi en el año de 1614 y tras algunos intentos fallidos, conseguí captar la atención del mismísimo D. Miguel de Cervantes Saavedra que, a pesar de la fama de su Quijote, seguía manteniendo una existencia humilde, casi precaria. Era en una taberna de Valladolid y con gran desconfianza por su parte y unas cuantas jarras de vino, al diálogo se avino.

—Joven, ¿Cuál es vuestra gracia?

—Diego Malacalza —improvisadamente respondí suponiendo que deseaba conocer mi nombre, aunque pseudónimo le enuncié.

—¿De dónde procedéis que tan extraños hábitos exhibís?

Le di largas a su comprometedora pregunta y tras unas notas de humor y una nueva jarra de vino peleón, le hablé de mi admiración por sus letras y en especial a su obra «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha», quedando muy sorprendido al sugerirle que debería publicar pronto una segunda parte. Tanta sorpresa llevose, que su desconfianza creció por momentos quizás considerando que yo sería un espía pagado por alguno de sus tantos enemigos que,—como él me dijo—con envidias y malas artes, le rondaban.

También pude deducir que sus relaciones con el gremio literario, no eran del todo satisfactorias y que Dios me perdone, pero creo que atisbé un rescoldo de odios y celos, ya que era extraño el desdén que mostrar quería al hablar de Lope de Vega, Quevedo o incluso Góngora.

—Don Miguel, ¿por qué eligió a dos personajes tan dispares como Sancho y Quijote?, pues entiendo que la elección fuese entre dos seres antagónicos, pero en su caso, me parece que además de antagónicos son completamente… asimétricos.

—Apreciado Diego, en género novelesco siempre quise narrar y dejar a la intemperie, las grandezas e infortunios del género humano que, actualmente, yo diría que en gran crisis se encuentra, aunque quizá vuestra merced esté de acuerdo conmigo, que eso de las crisis parece inherente a nuestro alocado y mísero existir a juzgar por nuestra historia. Ante tal reto —continuó don Miguel hablando— hube de buscar la forma, o sea, los personajes que no incomodasen al lector y que éste, como conciencia popular, se encontrase superior, en mayor rango o mirando por encima del hombro aun en plena muestra o insinuación de las miserias y honores de los hombres y mujeres actuales.

—De esta forma —prosiguió D. Miguel—, surgieron de mi mente dos seres que no ofenderían la moralidad: ¡Un paleto y un loco! A ambos se les permiten cualquiera clase de pensamientos con incluso, buen grado de condescendencia y humor, pues hasta reírnos de ellos se puede sin temor a represalia.

Deliberadamente quiso don Miguel dejar de hablar de su obra, pues apenas me refirió unas palabras sobre sus tribulaciones habidas con un tal Avellaneda.

Comprobé que ambos estábamos esforzándonos sobremanera en pronunciar correctamente las palabras de nuestro ameno diálogo. Sabíamos que el trabalenguasera fruto del vino ingerido que ya comenzaba a hacer mella, aunque quisiéramos disimularlo.

Su rostro cambió de gesto, así como la historia que él mismo iniciaba y que en verdad comenzó a interesarme, pues resumiendo y omitiendo detalles que, lamentablemente, mi memoria no quiere recordar, el ilustre Cervantes me contaba así:

—No hace muchos meses, un mercader portugués, llegó a estas tierras castellanas preguntando con insistencia por mi paradero, no siendo difícil localizarme, ya que refiriéndose a tan exitoso autor,obtuvo certera y rápida respuesta —adujo el célebre escritor, con evidente tono de falsa modestia—

—Tras una primera entrevista —continuó narrando don Miguel— consiguió convencerme para una segunda cita en la que me ofrecería una importante posibilidad de negocio, del cual no me podía hablar mucho más en ese momento, por cuestiones de seguridad.

—¿Y vuestra merced tuvo a bien acceder a la convocatoria? —le dije mientras me mordía el labio para evitar la risa que me producía el forzar mi lenguaje al del siglo XVII.

—No tengáis vos tanta premura por conocer la historia que narro —dijo don Miguel— pues el gaznate se me seca y los recuerdos se me emborronan, no sé si por lo bebido o por lo no comido.

Acto seguido, a golpe de palmada, llamé al tabernero para que trajese unos buenos cortes de queso para llenar nuestras tripas y que ayudaran a digerir el tan peleón vinoque estragos nos empezaba a hacer.

—El lugar previsto para la reunión —continuó narrando—, era una vieja y solitaria posada en el páramo castellano y a mitad de camino entre dos aldeas que recordar no puedo.

—Llegado el día, viajando a lomos de mi caballo y tras largas horas de entretenidas conjeturas, arribé al viejo caserío y que al ver su aspecto y mugrientas dependencias me dije: «El camino es siempre mejor que la posada», mas debí pensarlo en voz alta, pues el posadero mirome con gesto no muy amistoso.

—En la estancia grande de la casa, austera, parca en muebles y junto a una chimenea sin fuego, dos hombres me esperaban; reconocí al mercader luso que muy amablemente me obsequiaba una bienvenida con múltiples aspavientos y me presentó al otro personaje como su amigo, al que hablaba en lengua inglesa y que me dijo se llamaba Guillermo. Éste era de noble aspecto y un tanto distinguido quizás por su proporcionada complexión, aunque de rostro completamente ovalado y de frente inmensa, ya que sus largos cabellos surgían y cubrían la mitad trasera de su cráneo.Bigote y perilla de tonos rojizos, adornaban el exótico rostro.

—Rápidamente comprobé —prosiguió don Miguel— que el conocimiento de la lengua inglesa del mercader portugués, era muy deficiente, así como del castellano, pues de no ser por la semejanza de éste y mis conocimientos del gallego e italiano, difícilmente le hubiese entendido palabreja alguna.

—A modo de charlatán de ferias, tras un breve discurso de presentación de su oferta y con más duda que confianza por mi parte y la del inglés, sacó de un zurrón lo que nos dijo era un manuscrito proveniente de Grecia, en el que se recogían casi una docena de inéditas tragedias griegas cuya traducción del griego,copia y leve adaptación, nos aportarían suculentos éxitos literarios y beneficios económicos.

—It isn´t Mr. Shakespeare?—pronunció el intrigante mercader.

—¿Cómo dice vuestra merced? —pregunté yo muy extrañado.

—Sí amigo Diego, en ese momento —dijo don Miguel— comprendí aquella reunión y reconocí al famoso autor teatral inglés del que hacía apenas un año, me habían llegado traducciones de algunas de sus obras. ¡Era el mismísimo William Shakespeare!

—En las confusas conversaciones y traducciones a tres bandas —prosiguió don Miguel— deduje que Guillermo, o mejor William, sí que era sabedor de mi nombrey también de mi obra Don Quijote de la Mancha, pues según el traductor —aunque nada fiable— me había dedicado unas palabras de elogio ante tan magna y exitosa obra literaria.

—Finalmente tanto William como yo, comprendimos que el portugués pretendía vender al mejor postor, aquel mamotreto de roídos papeles manuscritos con signos griegos, ofreciéndonos todo tipo de garantías y juramentos sobre el carácter inédito y auténtico de las tragedias que allí dormitaban deseando que alguien las pusiera en boca de buenos actores de corrala teatral.

—Evito contarte, amigo Diego, las múltiples trabas que supuso el desconocimiento de un idioma común, pero finalmente llegamos a la conclusión, tanto William como yo, que nuestro honor y nuestra ética literaria, nos invitaban a rechazar la idea de plagiar a otros autores por muy clásicos que fueran.

—Dado que nuestra reacción no fue del agrado del mercader, ambos intentamos relajar la situación y entre otras conversaciones que como intérprete nos tradujo, fue que:

Ninguno de los dos escritores sobreviviría al otro.

—Esta sentencia en forma de acuerdo, nos provocó a los presentes, unas sonoras carcajadas que incitaron, como amistoso broche de la jornada, al último brindis antes de retirarnos a nuestros aposentos, pues ya sufríamos el cansancio del viaje, de las traducciones y del vino.

Ya creo que no me queda nada más interesante por narrar a cerca de mi viaje ycita con D. Miguel de Cervantes, pero reconozco la gran sorpresa que me traje a nuestro tiempo al conocer el secreto acuerdo de Guillermo y Miguel, pues ciercierto fue que, Cervantes y Shakespeare murieron en la misma fecha.

Fdo.: Diego Malacalza

REGRESO A LA BIBLIOTECA

A pesar de los múltiples visitantes, se respiraba un ambiente de sosiego paz y silencio tal y como debe corresponder a una biblioteca pública que se precie y a la que accedí con el principal objetivo de conocer sus instalaciones, salas, recovecos, puertas, dependencias privadas, escaleras y demás espacios que conformaban tan insigne edificio.

Siempre me ha intrigado el estado de soledad que deben sufrir o disfrutar los museos y bibliotecas tras las horas de visita del público. Recientemente había leído un relato de Isidro Moreno titulado «Noche en el museo» que me aportó una estrambótica idea.

Tal y como ya puntualizabaMoreno en su citado relato y en previsión de volver a realizar la hazaña en un futuro, tampoco quiero revelar el sistema por mí utilizado para inadvertidamente, ocultarme en la biblioteca con el fin de pasar la noche en compañía de tantas y tantas letras.

Las múltiples salas albergaban cientos de estanterías que soportaban el peso de miles de volúmenes que, a su vez, contenían cientos de historias contadas con millones de palabras discurridas y escritas con penas, emoción, alegrías, sudores o qué sé yo cuántas sensaciones humanas que los autores parían o vomitaban ante una página en blanco, anhelando que esas letras alcanzaran la gloriosa categoría de obra de arte, traspasando así las fronteras de los tiempos y las modas.

Ante un libro cualquiera, que tomé de una estantería, disimuladamente realizaba una serie de dibujos esquemáticos a modo de planos. Tramaba pasar una noche encerrado en aquella biblioteca junto con la soledad de los miles de libros que aquí moraban y cuya vida nocturna era, para mí, todo un enigma que ansiaba resolver.

Para no levantar sospechas y recabar toda la información necesaria, tanto para mis planos como para el conocimiento de las medidas de seguridad, necesité una segunda visita a aquella biblioteca ubicada en un lugar de La Mancha de cuyo nombre prefiero no dar referencias. Así descubrí que, como principal medida de seguridad, un solitario vigilante realizaba rondas durante toda la noche y que otros sistemas electrónicos de seguridad estaban aplicados solamente a los accesos externos del edificio.

Había llegado el día elegido y agazapado tras una estantería desde hacía tres horas, tenía el cuerpo entumecido. El sudor me corría por todo el cuerpo a pesar de ser febrero y apenas quedar vestigios del calor de calefacción ahora desconectada.

Ya no había lectores, ni bibliotecarios, ni apenas luces encendidas, solo rondaba el vigilante nocturno, pero yo no sabía dónde se ubicaba ni cuáles eran sus hábitos o tareas, circunstancia ésta que me inquietaba, pues prefería tenerlo a la vista ante el temor de que me sorprendiese en mi escondite y sin argumentos convincentes que exponerle, salvo deliberadamente declararme loco.

El lugar elegido como escondrijo era la sala de literatura infantil, pues estaba ubicada en la planta baja formando extremo del edificio y tras mi previo estudio de aficionado en las lides de ingenua delincuencia, consideré que sería un óptimo refugio.

Como prólogo a la noche elegida, se inició una tormenta con truenos y relámpagos incluidos que, además de iluminar la estancia a través de los grandes ventanales, permitían descubrir unas brillantes ramas de los árboles. La lluvia también azotaba la cristalera blindada, provocando un efecto óptico que desfiguraba la calle, árboles, coches y cuanto de sí daba la vista en esas instantáneas luminosas que todo lo impregnaban con un halo entre romántico y fantasmagórico.

Debía de abandonar aquella estancia de literatura infantil, para acceder a la sala principal de la biblioteca, situada en la primera planta y en la que dormitaban grandes obras de la literatura y quizás, por qué no, también pululasen los espíritus de esos grandes escritores narrándose unos a otros sus aventuras y desventuras.

Escuché unos pasos que supuse serían del vigilante. El corazón creo que quería salirse de mi pecho. Un nuevo relámpago iluminó la sala y debido al susto, me aferré al primer libro que ante mí tenía, sintiendo una extraña sensación de movimiento etéreo, similar al vuelo dentro de la oscuridad de un túnel.

¡Sí, había entrado en un libro! ¡Había entrado en un libro!

Al poner mis manos y mi vista sobre él, pude leer su título:

«DESVARÍOS Y CUENTOS DE LA ABUELA»

* * *

«…Y le dijo a Caperucita que fuese a casa de la abuelita para entregarle aquella cesta de ricas viandas, no sin advertirle del peligro en el bosque por donde rondaba el lobo.

Pero Caperucita, desoyendo los consejos, se internó en el bosque y asustada por haberse cruzado con una ratita presumida acompañada por Mickey y Minnie Mouse, comenzó a correr hasta que ante ella vio aparecer a un niñito llorando que dijo llamarse Pulgarcito. Éste le contó que sobre una roca cercana había visto una enorme fiera.

—¡No temás vos!— dijo un gato con botas altas y marcado acento porteño, —he oído vuestra plática y mis amigos y “so” os salvaremos del peligro—. Dando un silbido, aparecieron tres cerditos rosados y simpáticos confesando que ellos sólo tenían miedo al lobo

—¿El lobo? ¡El lobo no es tan duro como yo!—, se oyó decir a un niño de madera con larga nariz que apareció como arrancado de un árbol.

—Claro, como eres de madera no tienes miedo al lobo— dijo un joven apuesto que se hacía llamar Peter Pan y que aterrizó a lomos de un elefante volador con enormes orejas.

Viendo Caperucita que el calvero del bosque se atestaba de conocidos, se animó a seguir su camino confiada en que sus amigos no le abandonarían, por lo que pusieron rumbo hacia la roca. Minutos más tarde comprobaron que, quien moraba en lo alto del peñón, no era sino el mismísimo Rey León, que viéndose confortado por la visita, decidió erigirse líder de aquel nutrido séquito de celebrities para acompañar a Caperucita hasta casa de su abuela y también poder dar caza al maldito lobo.

A la ya larga comitiva y viendo la afabilidad del monarca del bosque o Rey de la selva como vanidosamente se autodenominaba, surgieron cual hongos, otros personajes de cuentos que no cuento en este cuento, pues mi memoria sólo alcanza a recordar a unos pocos como los canes Pluto y Goffy o las preciosas señoritas Blanca Nieves, Cenicienta, Campanilla y otros que al parecer deambulaban por tan socorrido bosque.

Quiso la buena o mala fortuna que, en una encrucijada de caminos, se topasen con un grupo de cuarenta hombres a caballo y de feroz aspecto gobernados por un tal Alí babá, quien se auto presentó pomposamente y una vez expuestas sus intenciones al Rey León y un tal Capitán Garfio, se unieron a la expedición de Caperucita y su león.

Una tal Campanilla le contó a Caperucita, que el nombre Alí babá significaba padre y gobernante y que dicho individuo, era el jefe de cuarenta ladrones con sus tesoros ocultos en una cueva y también que, en la ya numerosa cabalgata, se rumoreaba que una de las ancianas vestida de abuelita, no era sino un lobo disfrazado y… »

Me vi envuelto en la algarabía de aquel desfile multicolor y de pronto comprendí que, a toda aquella improvisada expedición de variopintos personajes, les unía el deseo de dar caza a un lobo feroz que atemorizaba tanto a Caperucita como a tantos otros personajes de cuento y niños de carne y hueso a los que hasta en sueños se les aparecía.

Me hubiera gustado hablar con la madre de caperucita para reprocharle su grave irresponsabilidad al permitir que su niña cruzara sola el peligroso bosque. Afortunadamente la solidaridad de los personajes de cuentos puede resultar ilimitada.

Escuchando algunas conversaciones, comencé a deducir que, algunos de los personajes de este episodio, además de la caza del lobo, también habían salido de sus cuentos, para unirse en gesto solidario de rebeldía al considerarse maltratados por su creador, teniendo que cargar para siempre, con su popular complejo: Las orejas de Dumbo, la nariz de Pinocho, las mutilaciones de Garfio, la maldad del lobo…