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Todos cuantos aman el libro y cuantos trabajan con cualquier tipo de documento o material en papel encontrarán en esta obra información detallada para comprender las causas, múltiples e interconectadas, que concurren en la degradación del papel. Partiendo de la consideración de las diversas fases técnicas de la producción del papel y los mecanismos de su deterioro —unas generales y otras excepcionales y de difícil previsión—, se exponen ante el lector las distintas opciones operativas que existen en la actualidad para prevenir los posibles daños, y conservar y restaurar el papel en todas sus formas. La obra incorpora de manera anexa un modelo de "Informe de restauración", instrumento ya adoptado por numerosas instituciones, de gran utilidad para la elaboración de un archivo general de referencia. Asimismo un amplio apéndice final ofrece información actualizada de recursos bibliográficos y electrónicos necesarios para afrontar este campo de intervención, de por sí extremadamente especializado.
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Seitenzahl: 218
Veröffentlichungsjahr: 2016
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RESTAURACIÓN
DEL PAPEL
PREVENCIÓN, CONSERVACIÓN, REINTEGRACIÓN
MAURIZIOCOPEDÉ
DEL PAPEL
PREVENCIÓN, CONSERVACIÓN, REINTEGRACIÓN
NEREA
Título original: La carta e il suo degrado
© Nardini Editore, 1991, 2003
© de la edición castellana: Editorial Nerea, S. A., 2012
Aldamar 38
20003 Donostia-San Sebastián
Tel. (34) 943 432 227
www.nerea.net
© de la traducción: Caterina Paolisso, 2012
Revisión de la traducción: Pablo Ramos González del Rivero
Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro pueden reproducirse o transmitirse utilizando medios electrónicos o mecánicos, por fotocopia, grabación, información u otro sistema, sin permiso por escrito del editor.
ISBN: 978-84-96431-64-5
Maquetación: Eurosíntesis
PREFACIO
CAPÍTULO1
LA FABRICACIÓN DEL PAPEL
1.1. El papel como material
1.2. El papel en el período preindustrial
1.2.1. Origen
1.2.2. La materia prima
1.2.3. La preparación de la pasta
1.2.4. La formación de la hoja de papel
1.2.5. La filigrana
1.2.6. El prensado
1.2.7. El encolado
1.2.8. El alisado
1.3. El papel fabricado a máquina y la industrialización de los molinos
1.4. La máquina de papel continuo plana
1.5. La máquina de papel continuo redonda
1.6. El encolado
1.7. La nueva materia prima
1.8. El papel reciclado
1.9. Los aditivos
1.10. Los cartones
1.11. Fabricación del papel. Fechas esenciales
1.12. Bibliografía esencial (cap. 1)
CAPÍTULO2
LA DEGRADACIÓN DEL PAPEL
2.1. Mecanismos generales de degradación
2.2. Naturaleza de los materiales
2.3. Condicionamiento ambiental
2.4. Uso
2.5. Eventos excepcionales e imprevisibles
CAPÍTULO3
LA RESTAURACIÓN DEL PAPEL
3.1. Introducción
3.2. Desacidificación
3.3. Lavado
3.4. Eliminación de manchas y blanqueo
3.5. Limpieza mecánica
3.6. Refuerzo y alisado
3.7. Reparación de cortes y desgarros y reintegración del soporte
3.8. Desinfección y desinsectación
3.9. Informe de restauración
3.10. Bibliografía esencial (caps. 2 y 3)
APÉNDICE
ESTADO DE LA CUESTIÓN. RECURSOS BIBLIOGRÁFICOS Y ELECTRÓNICOS
Ilustraciones
Notas
... y lamentablemente con el paso de los años el papel se torna oscuro, y va la tinta desvaneciéndose...
Giovambattista Bodoni
La investigación en el campo de la conservación de bienes culturales, en especial del libro, del documento de archivo, de los grabados, los dibujos y de los documentos gráficos en soporte celulósico, no ha experimentado aquellos avances que encontramos en otros ámbitos científicos y que afluyen, con ritmos siempre más acelerados, sobre todo en la actividad práctica de los que trabajan y actúan en el sector, en nuestro caso, conservadores/restauradores. Veinte o veinticinco años, sin embargo, son muchos, aunque se avance despacio, y este es el tiempo que ha pasado desde la primera y única redacción de esta publicación. Las instituciones universitarias, en particular con la creación en muchos países de las numerosas carreras en conservación de bienes culturales, han permitido el desarrollo de las investigaciones realizadas sobre los materiales que constituyen estos objetos, con la experimentación de nuevas sustancias y metodologías aplicadas a su restauración. Sin embargo, desgraciadamente, las aplicaciones que se han desarrollado a raíz de estas investigaciones, a menudo realizadas solo bajo la supervisión de expertos en las materias científicas de referencia, sobre todo la química, han conducido a individualizar y practicar algunas metodologías de restauración que examinan sola y exclusivamente el material dañado, y, en consecuencia, únicamente consiguen la simple reparación de este.
No obstante, solamente una profundización histórica en la obra y en su contexto, como documento histórico, lleva a la elección del tipo de restauración más adecuada a sus características específicas. La evaluación exhaustiva de los datos que contiene la obra y las modificaciones que la intervención de la restauración implica son condiciones necesarias para una acción correcta. Se puede realizar una buena limpieza del papel, o una consolidación y reparación de un corte o un desgarro, pero muchas veces estas intervenciones, pese a estar muy bien realizadas desde el punto de vista técnico, puede que no sean las más adecuadas para la conservación de la obra en cuestión (como documento histórico). Un libro, por ejemplo, puede presentar una reencuadernación realizada en época posterior, no adecuada a la obra, antiestética, mal hecha: su eliminación podría suponer prescindir de un elemento fundamental para conocer su historia, estratificada sobre ella, donde hasta una degradación causada por el uso podría ser fuente de importantes datos. Estos bienes culturales, como otros, son fragmentos materiales que la senda de la historia nos ha dejado, y a través de ellos podemos recorrerla y comprenderla. No tenemos que olvidar que la historia no solo está constituida por grandes acontecimientos, obras o personajes, sino también por pequeñas realidades y objetos cotidianos de uso común; sin ellos, como sin los grandes procesos, sería incomprensible, o aún peor, malinterpretada. En el ámbito de la restauración de los bienes culturales a menudo se menciona la palabra reversibilidad como requisito necesario para cualquier intervención realizada por un restaurador: desafortunadamente, esta condición muchas veces se observa con impericia o, cuanto menos, está infravalorada. La reversibilidad, en el espacio real, es un concepto abstracto, inexistente; cualquier intervención realizada por el restaurador sobre un objeto, cualquier sustancia que utilice, nunca puede ser completamente reversible. En nuestro caso, esta palabra (que se podría sustituir fácilmente) adquiere un significado diferente: ¡la intervención debe intentar poseer la mayor reversibilidad posible! Parece casi un oxímoron, pero hay que ser consciente de ello.
Volviendo al objeto específico de esta publicación, nos podemos aproximar a la restauración del papel de diferentes maneras: por un lado, como componente estructural del documento, hay que preservar sus funciones (no solo las originarias, sino también las que hoy reconocemos como útiles), con todo lo que esto implica; por otro lado, el papel es también un producto manufacturado muy importante en la historia del hombre, con un recorrido histórico propio, donde cada cambio —así como ocurre con muchos otros productos manufacturados— ha sido inspirado por el diferente uso que de este se hace. Por este motivo, el mismo papel puede representar un documento histórico con múltiples informaciones. Si, por poner un ejemplo práctico, en la fase de restauración, se consolidara y alisara un papel del siglo XIII o XIV, por ser frágil y absorbente, se destruirían sus características originales, con graves consecuencias para su estudio e investigación. Esto es válido tanto para papeles antiguos como para papeles de períodos más cercanos a nuestros tiempos. El conocimiento exhaustivo de la historia de la manufactura del papel nos permite comprender su valor exacto y encontrar, por lo tanto, el método de restauración más correcto, donde las decisiones que muchas veces hay que tomar son oportunas solo con los conocimientos más amplios posibles.
Se suelen presentar muchos aspectos del procedimiento de conservación y restauración de bienes culturales, comparándolos con la praxis del procedimiento médico. Pero cuidado, aún está muy generalizada cierta orientación hacia el tratamiento médico que, según una nueva visión de la medicina (aunque sea ya una práctica de hace dos mil años), actualmente no se considera correcto: algunos médicos analizan y enfocan el tratamiento atendiendo únicamente a la patología médica, es decir, a la enfermedad, cuando en realidad se debería analizar y curar observando al enfermo.
Una actualización meticulosa de la primera redacción de este libro habría implicado una intervención excesivamente amplia en el texto. Por este motivo, hemos preferido añadir además de esta introducción algunas indicaciones, señaladas en el apéndice, que en cierta manera puedan ayudar al lector a aproximarse a las principales innovaciones relativas a los temas aquí tratados que han tenido lugar en los últimos años.
CAPÍTULO1
En italiano el término carta deriva del latín charta y designa tanto la hoja o folio de papel como el material con el que se fabrica. A lo largo de los siglos ha servido para denominar distintos formatos, es decir, los que en cada momento se preferían como soporte de la escritura: primero el papiro (del cual derivan el vocablo inglés, francés, alemán y español); luego el pergamino y, finalmente, el producto elaborado a partir de una pasta de fibras celulósicas1, que aún hoy en día, en Italia, se llama carta (papel). El elemento fundamental del papel es la celulosa: una molécula (polímero) formada por millares de moléculas de glucosa. Se trata de uno de los principales componentes de las plantas, y está constituida por una singular combinación de dos compuestos muy sencillos, el dióxido de carbono y el agua, unidos por el conocido proceso de la fotosíntesis.
Químicamente la celulosa pertenece a una clase de compuestos orgánicos denominados hidratos de carbono, y su fórmula química (C6H10O5)n fue identificada en 1913 y aislada en 1938.
Se trata de un polisacárido constituido por unidades o monómeros de glucosa (C6H12O6) que se encadenan entre sí de manera que originan una estructura de secuencia lineal. El número de monómeros determina el llamado grado de polimerización (dp), que puede variar de 300 hasta 4.000, según el origen de la celulosa y del método utilizado para su extracción de la planta (el algodón, por ejemplo, tiene un dp superior a 3.000, y es la celulosa nativa con el mayor número de moléculas de glucosa). Las cadenas de celulosa están unidas químicamente entre sí en haces paralelos, de manera que forman una especie de cuerda, y originan fibras que contienen o bien zonas compactas y ordenadas (zonas cristalinas), o bien otras irregulares y desordenadas (zonas amorfas). Asimismo, estos haces paralelos, llamados fibrillas elementales, se unen a su vez para formar filamentos planos, que son las llamadas microfibrillas.
La unión de microfibrillas forma una estructura denominada fibrillas (o macrofibrillas), un conjunto de las cuales se dispone espacialmente para estructurar la fibra. Finalmente, el entrecruzamiento de fibras de diferentes tamaños y longitudes da como resultado la hoja de papel.
Las distintas características que presenta el papel (aspecto exterior, robustez, adaptabilidad a usos diferentes, conservación en el tiempo) dependen de una serie de factores como la longitud de la cadena de celulosa, la mayor o menor presencia de zonas cristalinas o zonas amorfas, o la existencia y particularidad de otras sustancias mezcladas con la celulosa, que provienen en última instancia de la materia base de la cual se extrae o del proceso seguido para fabricar el papel2.
1.2.1. Origen
Hasta las primeras décadas del siglo pasado, el proceso de fabricación del papel seguía un ritmo y un orden de trabajo que venía marcado por los artesanos, que producían las hojas manualmente. Este proceso se mantuvo prácticamente inalterado a lo largo de siglos.
El aumento de la demanda del papel, debido sobre todo al auge de la industria editorial, que necesitaba abaratarlo, provoca que a inicios del siglo XIX, en el transcurso de pocos años, se introduzcan numerosas innovaciones que revolucionan el proceso de su fabricación, transformando el papel en un producto de consumo masivo.
La invención del papel se atribuye al chino Ts'ai Lun, en el año 105. Recientes estudios arqueológicos parecen avalar un origen más temprano, situándolo algunos siglos antes de Cristo.
Ts'ai Lun, cuya existencia está acreditada, probablemente se limitó a perfeccionar el proceso de fabricación, adaptándolo a los usos de la escritura3.
La fabricación del papel queda circunscrita durante muchos siglos al área china; en el siglo VII se introduce en Corea y poco después en Japón. En el 751, tras una batalla en Turkestán, los vencedores árabes conocen los secretos de su fabricación a través de prisioneros chinos, y en poco tiempo empiezan a fundar talleres en las distintas ciudades de su territorio: de Samarcanda a Bagdad, pasando por Damasco, hasta Fez y, en los primeros años del siglo XII, en los territorios ocupados en Europa, como Xátiva en España o Sicilia (Palermo) en Italia4.
Quizá se deba a la labor de trabajadores árabes procedentes de Sicilia el nacimiento, en las primeras décadas del siglo XIII, de los primeros molinos papeleros de Fabriano, conocidos en Italia como las cartiera. En esta ciudad se ha documentado la primera producción de papel de factura occidental5.
Los árabes mejoraron las técnicas de fabricación, introduciendo los mazos de triturar accionados manualmente, y sustituyendo la materia prima, corteza de morera y otros vegetales, por trapos y telas. Es posible que también utilizasen directamente el algodón, planta muy cultivada por ellos pero desconocida por los chinos. Se ignoran las modificaciones que introdujeron en los cedazos: se sabe que los utilizados por los chinos se formaban con cañas de bambú y tiras finas de vegetales entrelazadas6.
1.2.2. La materia prima
La materia prima para la fabricación del papel puede estar constituida de trapos de origen vegetal (cáñamo, lino y algodón); puede ser extraída directamente de la planta (de la cual se obtiene la celulosa); y, naturalmente, también del mismo papel, que puede ser reciclado.
El primer material empleado en Occidente fue el trapo; para ser utilizado debía ser blanco o de color claro, y de origen vegetal. El lino era el material de uso más común en Europa y producía el papel de mejor calidad, aunque frecuentemente, sobre todo para fabricar otros de peor calidad, se mezclaba con distintos materiales como cordajes, redes de pesca, trapos de diferentes colores e incluso tejidos de seda y lana.
El material, después de una primera fase en que se separaban las diversas clases de trapos por calidad y color, era despojado de las partes inservibles (botones, costuras metálicas, etc.), y luego se troceaba. Para eliminar el polvo y barro que pudiesen contener los trapos, eran batidos (en el siglo XVIII se introdujeron cilindros giratorios especiales para realizar esta tarea); posteriormente, se lavaban y blanqueaban. Esta última operación, que no siempre se efectuaba, servía para desengrasar y ablandar los tejidos: al principio, se hervían en una solución de agua con cenizas de madera; más tarde con cal o sosa cáustica7.
Esta operación valía también para blanquear ligeramente los colores, lo cual se lograba tras haber puesto los trapos a secar al sol.
Después de un segundo lavado dirigido a eliminar los productos de la lejía, los trapos, con el auxilio de grandes cuchillos (cortadores o guadaña), quedaban reducidos a pequeñas tiras (este trabajo podía realizarse también antes del blanqueo, práctica generalmente adoptada tras la introducción de la pila holandesa).
A partir de la segunda década del siglo XIX, este procedimiento se efectuó por medio de cortadores mecánicos.
Luego, los trapos se vertían en un gran pilón lleno de agua (pudridero), donde se dejaban fermentar de cuatro a siete semanas, según la estación y la calidad del papel que se quería fabricar.
Esta operación era muy importante y delicada: solo el maestro papelero podía establecer, comprobando la temperatura del agua, cuándo la fermentación había alcanzado su punto justo.
1.2.3. La preparación de la pasta
Los trapos, reducidos casi a celulosa pura, se sometían a trituración con el fin de separar las fibras, para que así posteriormente pudiesen ser trasformados en pulpa o pasta de celulosa.
Para este trabajo los chinos utilizaban morteros de mano fabricados con madera; los árabes renovaron esta técnica introduciendo la pila, recipiente de piedra (pilas) con pisones (mazos) accionados a mano.
A los fabrianeses se les atribuye, a finales del siglo XIII, el uso de la muela hidráulica para accionar los mazos, a los cuales, además, les añadieron clavos para facilitar el troceado8.
Los mazos, que funcionaban todavía a mitad del siglo XIX, estaban formados por grandes martillos de madera; estos, por medio de un árbol de levas (árbol grande o de las cuñas) accionado por una rueda hidráulica, eran elevados y luego dejados caer sucesivamente en las pilas de madera o de piedra.
Las mazas variaban en formas y tamaños según el tipo de pasta que debían producir. Para un papel de buena calidad los trapos eran desfibrados mediante sucesivas operaciones: primero, se deshilachaban en una pila con mazos más gruesos (de deshilachar), reforzados con virolas o cuñas de hierro puntiagudas y cortantes; después pasaban a una segunda pila con mazos provistos de clavos de cabeza llana (de afinar o de arrepisto). En algunos establecimientos, entre la primera y la segunda pila se dejaba descansar la pasta unos días en recipientes con cal, para hacerla más clara y conseguir limpiarla de posibles impurezas.
La pasta de papel, finalmente, se introducía en una última pila con mazos más pequeños y sin clavos (de desleír), que cumplían la misión de disolver bien las fibras con el agua.
Las pilas de madera procedían generalmente de un único tronco de árbol, y las mazas eran accionadas simultáneamente desde el mismo árbol de levas (también este era sacado de un tronco de árbol).
El agua que entraba en la pila se filtraba mediante coladores para evitar que alguna impureza pudiese incorporarse al papel (las características del agua influían mucho en la calidad del producto final). El agua de estas pilas salía por la parte inferior de la pila, donde una espita con un tamiz detenía las fibras y permitía el desagüe.
Un molino de grandes dimensiones tenía generalmente cinco pilas, cada una de las cuales admitía el batido de un máximo de tres mazos.
En 1680, en Holanda, fue inventada una máquina para el deshilachado de los trapos llamada pila holandesa (pila o máquina refinadora de cilindro). Se difundió por el resto de Europa a partir de 1710 y poco a poco fue sustituyendo a las pilas clásicas de mazos. En Italia, su introducción encontró cierta resistencia9; de hecho, hasta el siglo XIX, cuando se hizo imprescindible la fabricación mecánica del papel, no consiguieron una implantación masiva.
La pila holandesa estaba compuesta por un pilón de piedra, en el cual rotaba un cilindro giratorio de madera provisto de aspas cortantes de acero. De esta manera, el deshilachado de los trapos se producía con más rapidez que con los mazos múltiples, el desfibrado era más fino, se realizaba sin romper las fibrillas y, además, la pérdida de materia prima era mucho menor (con los mazos el rendimiento medio alcanzado por los trapos era del 70%, mientras que con la máquina holandesa llegaba al 95%). Mediante este proceso se conseguía un encolado del papel mucho más uniforme, a lo que se sumaba que se evitaba la fermentación en el pudridero. Por último, el desfibrado duraba aproximadamente 10 horas, en vez de las 30-40 horas que se invertían con los mazos.
Sin embargo, esta máquina producía un papel con fibras más cortas, es decir, menos resistentes. A ello también contribuyó que eliminase la fase de fermentación de los trapos en agua de cal, y que la pasta fuese preparada más rápidamente: el resultado final fue la obtención de un papel menos fuerte y menos duradero. De ello ya eran conscientes, incluso en la primera mitad del siglo XIX, algunos papeleros que prefirieron seguir con el método tradicional, al menos, respecto a la fabricación de papeles de mejor calidad. Otros, aún en el siglo XIX, utilizaban la máquina de cilindro tras el primer desfibrado con los mazos.
Como consecuencia del descubrimiento del cloro10, y su posterior uso como blanqueador de tejidos (por parte de Berthollet en 1789), se empezaron a emplear también trapos de colores para la preparación de papeles blancos finos.
Los trapos de colores ya se utilizaban, como hemos visto, con anterioridad. En los casos en que después del descoloramiento quedaban residuos cromáticos (normalmente un gris más o menos intenso), los papeles se solían teñir de azul, generalmente de un azul índigo, para darles un mejor aspecto y conseguir una blancura óptima.
Al principio, se blanqueaban directamente los trapos, y a partir de 1789 se empezó a blanquear la pasta, en una fase intermedia del desfibrado. Este proceso se realizaba en tinas especiales utilizando cloro gaseoso o soluciones de cloruro de cal; a esta fase le seguía una inmersión en agua que podía ser más o menos larga.
De todos modos, con este lavado no se conseguía la eliminación completa del cloro; y la degradación que infligía al papel obligó, unas décadas más tarde, a que la pasta blanqueada se sometiese a un tratamiento especial anticloro. En una nota de 1857 se menciona el uso, con este fin, de una solución de sulfito de sosa. Posteriormente se utilizó hiposulfito y bisulfito de sodio11.
Ya en época anterior al siglo XII, en algunos casos los árabes añadían sustancias minerales a la pulpa de fibras para obtener un papel más blanco, más pesado y más compacto (y, por lo tanto, más adecuado tanto para los manuscritos como, posteriormente, para la impresión).
La sustancia que más emplearon fue el polvo de mármol (carbonato de calcio). Su menor precio en comparación con las fibras vegetales, además de su mayor peso, fue quizá lo que favoreció el uso impropio que de él se hizo, pues es posible que se utilizase como elemento de adulteración.
Aunque la información con que contamos no nos permite asegurar que esta fuese la intención de los árabes, lo cierto es que la introducción de esta y de otras sustancias de carga en el proceso de elaboración permitía vender con mayor beneficio un producto de peor calidad.
Son cuestiones que propiciaron que los compradores, sobre todo a partir de la mitad del siglo XIX, se quejaran del uso de materiales como el yeso, el sulfato de bario o el sulfato de plomo, ya que, añadidos en elevadas proporciones, provocaban un rápido deterioro del papel, que en seguida se oscurecía y tornaba más frágil.
1.2.4. La formación de la hoja de papel
La pasta, producida de esta manera, se introducía en una tina (una especie de cuba) y se diluía según el tipo de papel que se pretendía fabricar. Una vez en la tina, se mezclaba a una temperatura constante (unos 25 °C) obtenida mediante un hornillo colocado en la parte inferior; de ese modo se lograba una distribución homogénea de la fibra en el agua.
La tina ha sufrido pocas innovaciones técnicas con el paso de los siglos; quizá la más importante, introducida alrededor del siglo XVII, fue la tablilla agujereada apoyada sobre el borde de la tina. Esta permitió agilizar el trabajo, facilitando el traslado de la forma del obrero de la tina(sacador o laurente) al ponedor12.
En los primeros años del siglo XIX, se incorporó a la tina un agitador mecánico y una pila de desleír comunicante que facilitaba la disolución de la pasta, logrando así que el nivel de la solución en la tina se mantuviese siempre constante.
En este período los instrumentos más avanzados son quizá los utilizados en el molino francés de Canson.
La formación de la hoja de papel se llevaba a cabo en la tina; en esta fase, más que en ninguna otra, lo determinante para la posterior calidad del papel era la propia habilidad del trabajador encargado del proceso.
La hoja de papel se fabricaba utilizando un bastidor (o cuadro) rectangular de madera (forma, molde o formadora), con un entramado plano (verjura, vergé o verjurado) de alambres de latón, colocados muy cerca, de manera horizontal en el lado mayor (puntizones), y superpuestos y unidos a otros más espesos y más separados entre sí, los cuales a su vez eran verticales a los puntizones (corondeles); estos, finalmente, se hallaban fijados a unos finos travesaños de madera (coroneles suplementarios o puentecillos) que atravesaban y sostenían el bastidor, y eran colocados debajo de los alambres.
Este molde, reteniendo las fibras de la pasta y filtrando el agua, determinaba el final del proceso que daba por resultado la hoja o pliego de papel.
Para obtener hojas de distintos grosores se vertía la cantidad adecuada de pasta en un bastidor de madera (colocado en los bordes de la forma), la llamada frasqueta o cubierta, que ajustaba el grueso de la hoja y el tamaño del pliego. Este elemento se introdujo durante el siglo XVI.
En correspondencia con los hilos de la forma, gracias a su espesor, la hoja resultaba más fina; esto hacía que el papel fuera poco uniforme, de manera que puesto al trasluz se apreciaba muy claramente su textura desigual. Eran las características verjuras, algo parecido al negativo de una fotografía de la forma13.
Para eliminar este defecto, John Wattman14 ideó en Inglaterra, en 1757, una forma con un entramado muy tupido y regular, compuesto por una densa red metálica que permitía producir una hoja de papel más uniforme y sin verjuras.
El papel producido por estos bastidores fue llamado papel vitela15, puesto que recordaba el velino, el pergamino más preciado de la Antigüedad, que según la leyenda procedía de los corderos o terneros nacidos muertos: esta era una piel muy blanca y fina, sin defectos, más uniforme en el aspecto y especialmente resistente.
En Francia, este sistema fue aplicado por primera vez en 1781, probablemente por Montgolfier, que lo mejoró (también se conoce como forma Montgolfier). En Italia aparece en los últimos años del siglo.
Este cambio se debió sobre todo a la mayor finura de las fibras producidas por el nuevo sistema de la pila holandesa, ya que el agua las filtraba más fácilmente a través de los puntizones.
La forma, provista de una frasqueta, era sumergida en la tina por el obrero o laurente, que luego la sacaba de nuevo y la sacudía suavemente, operación que se repetía y que era efectuada mediante precisos movimientos. De este modo se escurría el agua y las fibras quedaban entrelazadas y distribuidas uniformemente. La frasqueta permitía retener la cantidad justa de pasta según el espesor requerido por el tipo de papel que se estaba elaborando.
Después de esta rápida operación, que duraba unos cuatro o cinco segundos, el obrero, quitando la cubierta, ponía la forma sobre el borde de la tina, haciendo que se deslizase a lo largo de la tablilla agujereada. A su vez, otro operario (el ponedor), tomaba inmediatamente la forma y la volcaba sobre un fieltro o sayal; la restituía al obrero y, tras haber puesto otro fieltro sobre el pliego recién extraído, volvía a recoger una nueva forma de la tina.
Los movimientos de los dos trabajadores debían ser muy precisos y sincronizados para que las dos operaciones durasen lo mismo y se evitasen además malformaciones en el papel. Si se lograba un buen ritmo de trabajo, podían producirse siete u ocho hojas de tamaño medio por minuto; de manera que la producción diaria de un taller mediano o pequeño, teniendo en cuenta que la jornada laboral era de doce horas, podía alcanzar aproximadamente unos 4.250 pliegos. Naturalmente, la cantidad producida variaba según el formato y la calidad del papel que se fabricaba, y también según las innovaciones que poco a poco se fueron introduciendo en el proceso de elaboración.
El ponedor, con los pliegos que iba obteniendo, formaba pilas, las llamadas postas, que oscilaban entre los 160 y los 240 pliegos (dependiendo de su formato), a lo que había que sumar los fieltros intercalados que separaban cada uno de ellos.
1.2.5. La filigrana
Normalmente, en la tela metálica de la forma se cosía un fino hilo de cobre a los puntizones y a los corondeles, modelado de manera que pareciese una imagen, un signo o una letra característica. Este cosido, llamado filigrana (o marca al agua), era la marca de fábrica de cada molino.
