Resurrección - Anne-Béatrice Faye - E-Book

Resurrección E-Book

Anne-Béatrice Faye

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Beschreibung

Partiendo de la consideración de la fe en la resurrección de Jesucristo y la esperanza de la resurrección para toda la humanidad como elementos nucleares de la fe cristiana, Concilium trata su complejidad desde muy diferentes perspectivas: la experiencia litúrgica de la Iglesia; la relación dialéctica entre antropología y resurrección; la visión de la tradición cristiano-ortodoxa, la concepción de la vida y la muerte en la tradición africana, las representaciones de la resurrección en el cine, la interpretación de Tolstoi… El conjunto de este número contiene el propósito de animarnos a cambiar nuestra percepción del mundo y a renovar la fe y la esperanza en un Dios creador fiel a la vida.

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Seitenzahl: 263

Veröffentlichungsjahr: 2024

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CONTENIDO

1. Tema monográfico: RESURRECCIÓN

Béatrice Faye, Margareta Gruber, Gianluca Montaldi y Carlos Schickendantz (eds.): Editorial

Perspectivas bíblicas y litúrgicas

1.1. Tobias Nicklas: Resurrección: algunas perspectivas bíblicas

1.2. James L. Fredericks: La resurrección del cuerpo: revisar viejas heridas

1.3. Harald Buchinger: Pascua: ¿la fiesta de la resurrección?

Perspectivas teológicas y filosóficas

1.4. Georgiana Huian: El misterio de la resurrección. Reflexiones desde una perspectiva ortodoxa

1.5. Tamar Avraham: La resurrección de entre los muertos en Maimónides. Un pensador judeoárabe entre la tradición religiosa y la filosofía musulmana contemporánea

1.6. César Lambert Ortiz: Reflexiones filosóficas sobre la resurrección del cuerpo

Contribuciones de las artes y la literatura

1.7. Christian Wessely: Mostrar lo irrepresentable: resurrección y cine

1.8. Martin Tamck: Resurrección de Tolstói

Experiencias históricas y perspectiva contextual

1.9. Dyan Elliott: La exhumación punitiva en la Edad Media. Una teología extraída de la práctica

1.10. Beatrice Faye: La concepción de la vida en África a la luz de la resurrección de Jesucristo

2. Foro Teológico:

Sergio Massironi / Teresa Forcades / Stan Chu Ilo y Meghan J. Clark Lorena Basualto / Toussaint M. Kafarhire / Adele Howard Agnes Brazal: Hacer teología desde las periferias existenciales

Créditos

Consejo

Suscripción

Contra

TEMA MONOGRÁFICO

Resurrección

EDITORIAL

Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado» (Mc 16,6). La fe en la resurrección de Jesucristo y la esperanza de la resurrección para toda la humanidad pertenecen al núcleo de la fe cristiana claramente atestiguada en los escritos del Nuevo Testamento. En el texto más relevante de Pablo dedicado a este tema se lee: «Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Cor 15,3-5). Como en la comunidad corintia había opiniones que expresaban dudas sobre este acontecimiento, Pablo señala: «Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo andan diciendo algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe» (1 Cor 15,12-14).

Desde su origen en 1965, Concilium ha ofrecido tres números completamente dedicados a la temática de la resurrección. Son las ediciones de 1970 (n. 60), de 1993 (n. 249) y de 2006 (n. 318). Si se presta atención a la escatología en general o a otros temas referidos al final de la historia, existen varios números que incluyen contribuciones sobre este asunto. Incluso es posible encontrar aportes sobre esta temática en números dedicados a la cristología, por ejemplo.

El número 60 de 1970 llevaba el título de Inmortalidad y resurrección. Como pertenecía a la sección de Sagrada Escritura, que organizaba las ediciones en aquellos años, las distintas contribuciones giraron en torno al mundo religioso y cultural de la Biblia, especialmente a los diversos autores y testimonios del Nuevo Testamento. La temática antropológica, naturalmente, ocupó entonces un lugar central, por ejemplo, con el capítulo de Maurice Carrez: «¿Con qué cuerpo resucitan los muertos?». Una temática muy debatida en aquel momento se analizó en el texto de Pierre Benoit: «¿Resurrección al final de los tiempos o inmediatamente después de la muerte?». La centralidad del evento cristológico, más allá del polo antropológico, estuvo bien destacada en varias contribuciones. Es interesante constatar que, entonces, los autores, salvo uno (Severino Croatto), fueron todos europeos, varones además; entre ellos, algunos de los más renombrados biblistas, como Joachim Gnilka.

El número 249 de Concilium, de octubre de 1993, llevó por título: ¿Reencarnación o resurrección? Como lo mostraron los editores de entonces –H. Häring y J. B. Metz–, se trataba de un asunto complejo que ya entonces, constataban, estaba «causando una fascinación inesperada en los países occidentales, incluso entre cristianos». La necesidad de un diálogo bien conducido representó un objetivo bien visible en el número si se verifica que toda la primera parte concedía la palabra a autores representativos de esas diversas tradiciones y geografías que sostenían la creencia en la reencarnación. El diálogo comparativo incluyó perspectivas amplias: el origen y futuro del ser humano; la existencia de la injusticia y el mal, el sufrimiento y la desigualdad entre las personas; la vinculación más allá de la muerte con los antepasados, con los amigos y las personas que queremos; la idea de un camino de purificación de todo egocentrismo; «la experiencia de las oportunidades perdidas, de las propias limitaciones y de las numerosas posibilidades que no se alcanzarán nunca en una vida. A un ser finito ¿no le será posible crecer mucho más en su ser de lo que pudo crecer en los escasos años de una vida?». Con estas preguntas y consideraciones se advierte el valor de aquel número de Concilium de 1993.

El número 318 de Concilium de noviembre de 2006, por su parte, llevó por título: La resurrección de los muertos. En esa edición era ya más palpable la perspectiva contextual en la interpretación de los autores. Las contribuciones, divididas en tres partes (lo común religioso, lo específicamente cristiano, la resurrección en la vida actual) afrontaron, con una crecida conciencia hermenéutica e histórica, los diversos contextos culturales populares, aquí especialmente latinoamericanos, la complejidad del mundo y tiempo bíblicos, y asuntos clave contemporáneos, como el de la ecología y el sufrimiento injusto de los pobres. Editado por los teólogos Andrés Torres Queiruga, Luiz Carlos Susin y Jon Sobrino, el número reflejó bien el espíritu de la revista Concilium, atenta a los procesos globales, a los contextos regionales, a las situaciones concretas de las personas, a diferentes experiencias religiosas y a urgentes cuestiones del momento, puestas siempre en relación con los núcleos centrales de la tradición cristiana.

Si se presta atención a las semejanzas y diferencias, se puede apreciar con claridad el aporte que ofrece este nuevo número de Concilium, el 405 de 2024. En particular, nuevas temáticas y diversas perspectivas disciplinares y culturales encuentran aquí su tratamiento, si bien asuntos de valor más permanente también reciben atención. Destacamos algunos aspectos principales en las diferentes contribuciones.

El discurso sobre la resurrección de Jesús y el discurso de la resurrección de todos los muertos pertenecen al centro irrenunciable de la fe cristiana. Con esta afirmación fundamental se inicia el aporte de Tobias Nicklas, que, entre otros aspectos, muestra las complejidades que rodean los testimonios acerca de la resurrección en los escritos neotestamentarios. Por una parte, su enraizamiento en varios pasajes del Antiguo Testamento; por otra, los distintos términos que están en juego para caracterizar estos acontecimientos. En ese primer ámbito, sin embargo, un horizonte parece común, según muestra Nicklas: es crucial la idea de que el Dios de Israel es también el creador del mundo, creador de la vida, justo y fiel, que se interesa por las personas. Dicha complejidad y limitaciones de las fuentes impide asumir, por ejemplo, que las ideas de una resurrección de los muertos al final de los tiempos fueran, sin duda, parte del conocimiento común del pensamiento judío en la época de Jesús. En ese marco caracterizado por la complejidad, otro dato no aparece siempre evidente en las fuentes: la relación entre la resurrección de Cristo y la resurrección general de los muertos, aunque sí claramente atestiguada en 1 Cor 15. Las diversas formas de narraciones de la Pascua, muestra el autor, no solo tienen la intención de mirar hacia atrás, hacia los eventos del domingo de Pascua, sino que, gracias a las propias experiencias de vida, también contienen el propósito de animarnos a cambiar nuestra percepción del mundo, y a renovar la fe y la esperanza en que este mundo está sostenido por un Dios creador fiel a la vida, el Dios de Israel, que se identificó profundamente con Jesús de Nazaret, el crucificado. En la vida y en la muerte de este hombre judío podemos encontrarnos con este Dios de la manera más directa posible para los seres humanos.

Una mirada desde la experiencia litúrgica de la Iglesia a través de la comparación de la celebración de la Pascua en distintas épocas históricas ofrece el aporte de Harald Buchinger. El título de su artículo, presentado bajo la forma de una interrogación –«Pascua, ¿la fiesta de la resurrección?»–, indica un punto central de su perspectiva: no solo la resurrección, sino todo el Misterio pascual, con su dinámica y sus distintos momentos, se conmemoran y actualizan en las celebraciones centrales del calendario litúrgico cristiano, particularmente en la Vigilia pascual. El Vaticano II, en varios de sus documentos, caracteriza a la liturgia como una especial instancia de testimonio de la fe: en ella se expresa la fe en la forma de su realización, esto es, la celebración de los misterios divinos, con sus oraciones, cantos, imágenes, lecturas y diversos gestos que visibilizan las realidades de la fe. Por eso debe considerarse la experiencia litúrgica como un lugar teológico privilegiado: es una preciosa fuente de conocimiento para la reflexión de la fe; colabora a su profundización y es una vía para su transmisión. Esta consideración fundamental pone de relieve cuán oportuno es incluir esta mirada en un número de Concilium sobre la resurrección.

Las categorías básicas de alma-cuerpo, tan determinantes a lo largo de la historia para las distintas concepciones de la resurrección, aparecen en variados contextos. Hay que suponer que, más de lo es inmediatamente perceptible, bajo estos términos se esconden posiciones diversas y que, a menudo, la terminología es ocasión de posibles equívocos. En particular, ¿qué es el cuerpo? ¿Qué dimensiones incluye? ¿Cómo imaginar su naturaleza en el estadio de la vida futura? La relación dialéctica entre antropología y resurrección, su recíproca influencia, es un dato importante en el estudio de este tema de la fe. En el análisis del filósofo chileno César Lambert, «Reflexiones filosóficas sobre la resurrección del cuerpo», se visibiliza la variabilidad de los conceptos, sobre todo, pero no exclusivamente, a partir de los grandes autores de la tradición griega. Interesante es el texto de James Frederick, que combina, con gran sinceridad, la experiencia personal del autor con algunos testimonios neotestamentarios clave sobre la resurrección de los cuerpos. ¿Cómo imaginar ese cuerpo glorificado que ahora hace experiencia de discapacidad debido a diversas esclerosis múltiples? ¿Qué indicios de una respuesta pueden ofrecer los textos revelados, en particular, enseñanzas tomadas de Pablo y del evangelio de Juan?

La contribución de Georgiana Huian, titulada «El misterio de la resurrección. Reflexiones desde una perspectiva ortodoxa», muestra de manera muy nítida el aporte específico que proviene de la tradición cristiano-ortodoxa. Ante todo, los párrafos dedicados a la reflexión sobre el fresco de Anastasis en el ábside de la Iglesia bizantina de San Salvador de Cora, Estambul, revela el lugar peculiar que se reconoce a la iconografía en la ilustración y la comprensión de la fe. La autora caracteriza bien su aporte advirtiendo que los enfoques teológico-sistemáticos suelen tratar la resurrección a través del prisma de los tratados dogmáticos habituales en la enseñanza de la teología, es decir, el tema suele desplegarse en sus dimensiones cristológica y soteriológica, antropológica y escatológica. Por el contrario, G. Huian elabora aquí, predominantemente, la relación entre resurrección, gloria, transparencia y luz. Pone de relieve, de forma particular, los presupuestos trinitarios y pneumatológicos en relación con relatos y reflexiones pertenecientes a la tradición cristiano-ortodoxa. La vinculación del acontecimiento de la resurrección con las experiencias de amor, plenitud y alegría se aborda en relación tanto con el mundo venidero como con el presente, particularmente, en la práctica litúrgica que sirve de inspiración para una escatología ya «presente», para la experiencia del «ahora» de la resurrección.

Interesantes son las comparaciones –similitudes y diferencias– entre las distintas tradiciones filosóficas y religiosas. A menudo, en este tema, en la vida del mundo futuro y la forma de imaginarlo, se observan fronteras poco definidas y cambiantes, incluso al interior de una misma tradición. La contribución de Tamar Abraham sobre la resurrección en Maimónides (1138-1204) –una personalidad significativa en la Edad Media que tuvo un influjo perceptible en teólogos de la alta escolástica– y, más en general, en el judaísmo rabínico y sus paralelos en la teología islámica es bien ilustrativa. En ese texto también se advierte otro asunto que es común a distintas cosmovisiones religiosas: la tensión entre los textos de las diversas tradiciones y su renovada interpretación en nuevos contextos contemporáneos de debate; en concreto, por ejemplo, hasta qué punto determinadas formulaciones pertenecen al código irrenunciable de una determinada creencia. El debate acerca de la doctrina sobre la inmortalidad del alma o la resurrección de los cuerpos es un caso particular que se visibiliza bien en esta contribución.

El texto de Christian Wessely, «Mostrar lo irrepresentable: resurrección y cine», constituye un aporte novedoso por su perspectiva si se revisan los anteriores números de Concilium sobre este tema, referidos más arriba. Es un testimonio de la creciente conciencia de la importancia del arte en la vida de las sociedades y, particularmente, el significado que él tiene para la fe y la teología. Es un auténtico «lugar teológico» que abre el espíritu para comprensiones más allá de la conceptualización precisa y argumentativa. Wessely reconoce, como todos los demás autores en este número, que el concepto de resurrección es esencial para la religión cristiana. Pero se pregunta: ¿qué significa exactamente «resurrección»? Y a partir de esa cuestión, ¿qué ejemplos de películas se podrían utilizar para ilustrar la comprensión respectiva? Utilizando las tres interpretaciones que refiere como más comunes del concepto –la resurrección como acontecimiento real, como metáfora y como evento simbólico–, el artículo presenta un ejemplo de cada una de esas interpretaciones. Sus reflexiones finales destacan la dificultad para imaginar el suceso de la resurrección de Cristo, pero también la necesidad de múltiples representaciones en imágenes, precisamente en un contexto cultural global que difunde retratos, pinturas e iconografías por los más variados medios, incluso ahora con fuentes autónomas como la IA (inteligencia artificial).

Un aporte sugestivo está dado por la contribución de Martin Tamcke referida a la figura del célebre novelista ruso León Tolstói, en particular a su novela Resurrección, publicada por primera vez en 1899. Con una trama ficticia que incluye elementos autobiográficos, Tolstói ofrece allí una comprensión existencial de la resurrección, esto es, como una fuerza propulsora en el presente para el cambio continuo en la propia forma de vida. Tamcke aduce una cita del experto en literatura, Ludolf Müller, que sostiene que la resurrección en Tolstói «consiste en que el principio espiritual triunfe en el ser humano sobre lo carnal, en que deje de seguir los falsos ejemplos proclamados por el afán de poder y la lujuria del yo carnal, y comience a obedecer la voz de la razón divina que nos habla en la conciencia». De allí que el artículo afirme que la resurrección no es pensada en esta obra como la esperanza de una vida después de la muerte. Tolstói, en cambio, sostiene, elabora otra visión de una esperanza de resurrección que hace presente lo celestial en la vida terrena, no como un consuelo metafísico, sino como una posibilidad que debe ser comprendida cada día: en la vida terrenal, la presencia de lo celestial. Más allá de este interesante ejemplo concreto –el de Tolstói y su novela Resurrección–, el reconocimiento de la literatura como un auténtico «lugar teológico» –en donde es posible encontrar una cantera de conocimientos y estímulos para la reflexión de la fe– es un enfoque en continuo crecimiento.

La contribución de Dyan Elliot presenta una práctica peculiar surgida en el siglo XI en Europa: la exhumación punitiva del cuerpo de un pecador a manos de las autoridades religiosas. El artículo examina de qué manera y por qué motivaciones surgió este ritual –una suerte de castigo post mortem– y especula sobre su posible significado, no fácil de dilucidar con exactitud, puesto que dichas exhumaciones aprovecharon un sustrato de creencias que entraban en conflicto con la doctrina oficial. Esta doctrina sostenía que el destino del cadáver no afectaba a la salvación de un individuo, a su participación en la resurrección general. Se muestran en esta contribución los distintos argumentos y las diversas autoridades citadas para fundamentar estas prácticas, por ejemplo, sobre el destino de personas excomulgadas que murieron antes de completar su penitencia, por lo que permanecieron sin reconciliarse con la Iglesia. El texto concluye con la breve referencia a un caso reciente de exhumación en la comunidad mohawk en Canadá. Este incidente –la remoción de un cadáver de un cementerio perteneciente a dicha comunidad entendida como un rito punitivo de separación– está enmarcado por un nexo de contextos culturales que enfatizan lo difícil que es discernir el significado solamente a partir de una práctica ritual. El texto de D. Elliot muestra claramente cómo se entrecruzan determinadas creencias de la fe, en este caso lo referido a la resurrección de los muertos, con un sinnúmero de factores sociales, históricos y culturales.

¿Cuál es la concepción de la vida y la muerte en la tradición africana? La respuesta a esta amplia pregunta orienta la contribución de Beatrice Faye, que se articula en torno a tres ejes. En el primero, se destaca el valor de la vida en África desde una perspectiva de continuidad incluso después de la muerte. La vida y la muerte están ligadas y son inseparables; constituyen los dos rostros de la existencia humana. Pero la concepción de la vida prevalece sobre la de la muerte, y no termina con ella. Se relaciona así con el sentido de la resurrección. El segundo eje se refiere al significado de los rituales de iniciación que marcan el final de la infancia y el comienzo de la edad adulta. La idea de continuidad entre la vida y la muerte está muy arraigada en dichos ritos mediante los cuales las personas aprenden a «vivir simbólicamente su muerte» para llegar a una nueva fase de su existencia, convertirse en una nueva persona. Las personas jóvenes iniciadas aprenden a soportar el sufrimiento y a aceptar la muerte como un camino hacia la vida; aprenden que la muerte no es un obstáculo para la vida, sino un camino hacia la vida. Por último, el tercer eje aborda la cuestión del significado de la resurrección en África y su relación con la creencia en «la vida del mundo futuro», según la afirmación del Credo de Nicea-Constantinopla. B. Faye destaca la concepción de la vida en las religiones tradicionales africanas y su paralelismo con la enseñanza de la resurrección cristiana. Las tradiciones iniciáticas africanas y la resurrección convergen en la celebración de la vida triunfante más allá de la muerte. Es posible, argumenta la autora, una simbiosis entre la sed de vida de las personas africanas y el don de la vida en abundancia que trae Jesucristo.

Cierra este número el Foro teológico con la presentación de un interesante proyecto internacional que, iniciado en el año 2021, ha publicado ya algunos resultados en octubre de 2022 por parte de varios grupos de investigación en todos los continentes. Hacer teología desde las periferias existenciales es un proyecto de investigación en desarrollo de la Sección Migrantes y Refugiados (M&R) del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, Santa Sede. Su objetivo es profundizar en la enseñanza del papa Francisco, particularmente en los documentos Evangelii gaudium, Laudato si’ y Fratelli tutti, y promover una renovación de la teología a partir de lo que su coordinador general, Sergio Massironi, caracteriza como el sensus fidei pauperum. El proyecto se basa en la convicción de que aquellos que han sido marginados, ya sea socioeconómicamente o de otras maneras, poseen una sabiduría capaz de enriquecer la reflexión de la fe de modo de renovar su intrínseca fuerza transformadora. En concreto, se trata de poner de relieve el sensus fidei fidelium de quienes, a menudo, quedan excluidos de la conversación en la sociedad y, especialmente, en la Iglesia y la teología. Las personas que han coordinado el trabajo en los diversos continentes presentan brevemente sus reflexiones y conclusiones en este Foro teológico.

PERSPECTIVAS BÍBLICAS Y LITÚRGICAS

Tobias Nicklas *

RESURRECCIÓN: ALGUNAS PERSPECTIVAS BÍBLICAS

Este artículo analiza una serie de tesis relativas a la idea de resurrección en los primeros escritos cristianos. En primer lugar, las ideas neotestamentarias sobre la resurrección están profundamente vinculadas a la idea de que el Dios de Israel es el creador infinitamente creativo, justo y fiel del mundo, que se interesa por los seres humanos y por la vida de este mundo. En segundo lugar, la idea de la resurrección de Jesús y la resurrección de todos los seres humanos pueden estar teológicamente vinculadas, pero no era necesariamente así. En tercer lugar, los relatos sobre la «revivificación» de Lázaro y otros son formalmente diferentes a los relatos de la resurrección de Jesús, pero pueden estar teológicamente vinculados a los relatos de Pascua. En algunos casos, preparan lo que se cuenta en los relatos pascuales. En cuarto lugar, para comprender la resurrección (o mejor: el levantamiento) de Jesús de entre los muertos, no sirve de nada limitarse a reconstruir las fuentes más antiguas posibles y acercarse así «históricamente» (es decir, en términos de tiempo) a los acontecimientos del primer domingo de Pascua.

La resurrección de Jesús de entre los muertos y, normalmente unido a ello, la resurrección de todos los que han muerto (o incluso solo de los justos) constituyen el centro indispensable de lo que define singularmente el cristianismo, más allá de todas las diferencias confesionales. Sin embargo, la cuestión de cómo debe entenderse exactamente «resurrección» o «resurrección de entre los muertos» y qué se entiende exactamente por ello es objeto de disputa incluso en los primeros escritos que se remontan a los que profesaban su fe en Cristo. Los textos del Nuevo Testamento y probablemente todos los demás autores cristianos primitivos (incluidos los apócrifos cristianos) coinciden en que Dios no abandonó a Cristo crucificado en la muerte o que al menos un «componente» decisivo de Cristo no fue eliminado por la muerte en la cruz1. Pero aquí es donde comienzan muchas preguntas. Entiendo los primeros escritos cristianos, hayan llegado a ser canónicos o no, como voces en un diálogo (a veces muy controvertido). Pueden entenderse como declaraciones, algunas de las cuales adoptan una posición narrativa, otras una posición argumentativo-retórica sobre cuestiones concretas –incluidas las cuestiones relativas a la resurrección de Jesús y de los muertos–. Este artículo pretende situar históricamente algunas de estas voces e interpretarlas, al tiempo que las hace fructíferas para el discurso teológico actual. Para hacer justicia a este objetivo en la medida de lo posible, partiré de algunas tesis básicas, cada una de las cuales ilustraré con ejemplos. Para ello tomaré como base un concepto amplio de «resurrección» expresada, metafóricamente, tanto como «despertar» y «elevar/levantar». Por supuesto, estos dos términos deben diferenciarse entre sí; sin embargo, están tan estrechamente relacionados –aunque enfatizan de manera diferente la actividad de Dios– que me interesan ambos. Aunque excluyo los modelos que asumen la inmortalidad fundamental de un componente en el hombre –ya sea un alma, una chispa divina o algo similar–, considero que las ideas de la elevación de Cristo a una posición celestial de poder son fundamentalmente relevantes para el tema. Hablo de la elevación o el despertar de Cristo o de otra persona cuando, por un lado, se asume realmente la muerte de esta persona, pero al mismo tiempo se habla de su existencia continuada después de la muerte. Es importante señalar que esta existencia continuada se debe a la intervención del poder fiel e ilimitado de Dios. En la gran mayoría de los casos, no se trata simplemente de una pura continuación de la vida en una forma de existencia que solo se interrumpe con la muerte, sino que también va acompañada de formas de transformación. Esto suele conducir a una forma cambiada de corporeidad, en la que, sin embargo, se conserva una capacidad fundamental de relación y una cierta continuidad con la existencia anterior. En el caso del despertar de Jesús de entre los muertos, está relacionado, por ejemplo, con el hecho de que se le pueda seguir llamando «Jesús de Nazaret», que se le atribuya el atributo «el crucificado» incluso después de su despertar (ambos, por ejemplo, en Mc 16,6), de hecho, que se le pueda reconocer claramente por sus heridas (por ejemplo, Jn 20,20.25), mientras que las puertas cerradas, por ejemplo, no son un obstáculo para él (Jn 20,19). Sobre esta base, considero especialmente importantes las siguientes reflexiones.

1. Las ideas del despertar de los muertos o de algunos de los muertos reconocibles en el Nuevo Testamento se remontan muy atrás, al Antiguo Testamento (y al judaísmo primitivo). Difieren en detalles concretos, pero en última instancia se insertan en un horizonte teológicamente comparable: el factor decisivo es la idea de que el Dios de Israel es también el creador del mundo, creador de vida, infinitamente creativo, justo y fiel, que se interesa por las personas y por el mundo.

La cuestión de cuándo y bajo qué influencias se desarrolló por primera vez la creencia en la resurrección de entre los muertos y cuán extendida pudo estar en qué círculos de Israel y del judaísmo primitivo sigue siendo controvertida. En primer lugar, los escritos no solo del Antiguo Testamento hacen hincapié en la radicalidad real de la muerte2. Sobre todo, en los textos más antiguos de la Biblia queda claro que la muerte significa realmente muerte. Esto también tiene que ver con el hecho de que en la Biblia no se concibe al hombre como un ser en el que un alma inmortal se une a un cuerpo mortal: el hombre es una unidad y su existencia se debe enteramente a la relación vivificante con el Dios fiel. En cuanto se concibe a este Dios como único, omnipotente y al mismo tiempo como un justo creador del mundo que se interesa por la vida del hombre (y no solo como un Dios particularmente responsable de Israel junto a otros), no hay límites para sus acciones. La combinación de las posibilidades de Dios más allá de los límites del inframundo y la esperanza de que su fidelidad pueda realmente trascender estos límites se expresa ya en varios salmos (cf., p. ej., Sal 36,6-7 o Sal 73,26). La idea reconocible en el Sal 139,7-8 de que no hay límites para el Dios de Israel incluso en el inframundo, el sheol, no es todavía una idea de resurrección; sin embargo, proporciona una base para lo que empieza a desarrollarse. Los pasos posteriores, que no puedo describir detalladamente aquí, son bien conocidos. Un texto clave es sin duda la visión de la resurrección de los huesos de los muertos en Ez 37, que en sí misma no habla todavía de una resurrección escatológica de los muertos, sino que profetiza un futuro para Israel y lo pone en manos del Dios creador fiel3. Sin embargo, las imágenes de este texto son tan fuertes que resulta bastante obvio desarrollar a partir de ellas una idea de la resurrección de los muertos (o de algunos de los muertos) al final de los tiempos. Que esto ocurrió realmente ya es evidente en 4Q Pseudo-Ezequiel, una adaptación del pasaje descubierta entre los escritos de Qumrán, en la escena en la que el Apocalipsis de Juan describe la resurrección de todos los muertos (Ap 20,4-13), o en la escena de la resurrección del Apocalipsis de Pedro, cuyo núcleo data probablemente de la primera mitad o quizá mediados del siglo II4. El abanico de lo que se desarrolla, sobre todo a partir del siglo II a. C., es amplio y solo puede insinuarse: la idea de una resurrección de muchos para la «vida eterna» (con transformación simultánea) o para la «abominación eterna» en el libro de Daniel (Dn 12,2-3), la esperanza de la resurrección y el restablecimiento corporal de mártires individuales en el segundo libro de los Macabeos (2 Mac 7), la afirmación de que los psychai –aquí probablemente no las «almas» sino las «vidas»– de los justos que murieron prematuramente están en manos de Dios, donde no puede ocurrirles ninguna desgracia, en el capítulo 3 del libro griego de la Sabiduría, y mucho más5. A pesar de la abundancia de lo que se ha transmitido, nuestro conocimiento de los conceptos de resurrección en el diverso judaísmo de la época de Jesús sigue siendo muy fragmentario. Además, lo que tenemos no debe utilizarse para reconstruir desarrollos unilineales, sino que más bien representa una coexistencia e interacción complejas. No podemos suponer que las ideas de una resurrección de los muertos (o de los difuntos elegidos) al final de los tiempos formaran parte del pensamiento judío común en la época de Jesús. El Nuevo Testamento (Mc 12,18 par. Mt 22,23 y Lc 20,27) atestigua que los saduceos, por ejemplo, no creían en la resurrección de los muertos. Pero, sobre todo, hoy ya no es posible reconstruir hasta qué punto estaban extendidas estas ideas, por ejemplo, entre la gente corriente del campo o en diversos contextos de la diáspora. Al mismo tiempo, solo se puede insinuar aquí que las ideas sobre una existencia continuada (de cualquier tipo) después de la muerte no eran desconocidas en el mundo pagano grecorromano y ciertamente no permanecieron sin influencia en el pensamiento judío primitivo6.

2. Es posible vincular las ideas sobre la resurrección de Jesús de Nazaret y las de la resurrección de los muertos, pero no tiene por qué ser necesariamente el caso.

En muchas homilías de Pascua se habla con toda naturalidad de la resurrección de Cristo y se concluye de ello que «también nosotros» o que «también los muertos resucitarán». Sin embargo, esto no es en absoluto evidente: si queremos entender la resurrección de Cristo como un signo de la fidelidad de Dios a un mártir individual, como pura exaltación a una posición celestial de poder (basada en el Sal 110, por ejemplo) o como una especie de apoteosis, de ello no se deduce nada para el destino de sus seguidores en el más allá o, de hecho, para todos los hombres. Esto cambia si, como parece hacer Pablo en 1 Cor 15,12-34, la resurrección de Jesús se interpreta como el punto de partida u origen a partir del cual sigue su curso la resurrección de los muertos al final de los tiempos. También es posible tomar tan en serio la conexión de los seguidores de Cristo con Cristo –su «estar en Cristo»– que la vida de quienes confían en él viene determinada por su «inmersión», es decir, el bautismo, en la muerte y en la resurrección por su relación con Cristo (p. ej., Rom 6,1-14). Sin embargo, estas formas de argumentación no son evidentes: varios textos de los primeros seguidores de Cristo aún no establecen esta conexión7. Así ocurre, por ejemplo, con la segunda resurrección para el juicio descrita en Ap 20,11-15, que en el texto no se presenta en modo alguno como dependiente de la resurrección o exaltación de Cristo, y probablemente también con la escena del juicio final a partir de Mt 25,31, el capítulo final de la Didajé (cap. 16) y, sobre todo, la descripción del «Día de Dios» –¡no Día del Señor!– en el ya mencionado Apocalipsis de Pedro (capítulos 4-6), que (en este pasaje) solo se conserva hoy en una traducción etíope8. Pero esto da lugar a un patrón interesante: allí donde la resurrección de los seguidores de Cristo está vinculada a su resurrección de entre los muertos, existe una gran posibilidad de ver la primera como un acontecimiento que hay que esperar. Cuando, por ejemplo, Ezequiel 37 se refiere a una resurrección general de los muertos, que es necesaria para demostrar la justicia de Dios y que conduce al juicio de los últimos días, no se habla necesariamente de una resurrección de los muertos esperanzadora; esa idea de la resurrección de los muertos también puede ser algo que hay que temer9.

3. Los textos sobre la resurrección de los muertos como Mc 5,35-43 par., Lc 7,11-17 o Jn 11,1-44, etc., deben diferenciarse formalmente de las narraciones pascuales sobre la resurrección de Jesús (o textos sobre la resurrección de los muertos al final de los tiempos), pero están teológicamente conectados.