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La esencia de la acción de gobierno es la forma cómo se administran y se aplican los recursos recaudados por impuestos, de modo que lleguen en bienes y servicios a toda la comunidad, en especial, a los que más lo necesitan. De nada sirven los eslóganes y proclamaciones "nacionales y populares" si se administra con demagogia y despilfarro, comprometiendo el equilibrio macroeconómico presente y futuro. Por esa convicción, el autor de este libro ha decidido reivindicar el tipo de liderazgo de Carlos Alberto Reutemann, caracterizado por la austeridad, la honestidad y la administración estricta de los recursos públicos, aplicados con una impronta social y una vocación decidida hacia el bien común. En esa dirección, el autor rescata y testimonia hechos puntuales vividos junto a Carlos Reutemann, que muestran esa impronta y su firmeza para saber decir no a la demagogia, no a la corrupción, no a los abusos y prebendas con la que se suele tentar la clase política. Un hombre que, consciente de que su perfil no era el adecuado para el momento histórico, supo incluso renunciar a una candidatura presidencial que contaba con amplios consensos.
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Seitenzahl: 130
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Ángel Enzo Baltuzzi
REUTEMANN
El hombre que pudo
y no quiso ser presidente
Baltuzzi, Ángel Enzo
Reutemann / Ángel Enzo Baltuzzi - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Austral Infinita, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-90179-1-5
1. Conducción Política. 2. Liderazgo Político. I. Título.
CDD 300
© 2023 Ángel Enzo Baltuzzi
© Austral Infinita
Cerrito 1250, C1010AAZ, CABA.
Primera edición: octubre 2023
ISBN: 978-631-90179-1-5
Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723
Director de la editorial: Miguel Ángel Rapela
Coordinador editorial: Javier F. Luna
Corrección: Clarisa Vittoni - Estudio melHibe
Maquetación: Javier F. Luna - Estudio melHibe
Diseño de tapa: Melina Bevilacqua - Estudio melHibe
Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de la editorial.
AUTOR
• Ángel Enzo Baltuzzi. Nació en Rosario en 1946. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Salesiano “San José”. Es abogado por la Universidad Católica Argentina (UCA), egresado en 1969 como medalla de oro de su promoción. Es Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, donde obtuvo la calificación “Sobresaliente cum laude” por su tesis doctoral en 1979. Su tesis sobre “Intervención del Estado, planificación y socialismo en la Doctrina Social de la Iglesia” fue dirigida por el Prof. Don Luis Legaz y Lacambra. Ejerció como abogado durante cuarenta años en Rosario, Madrid y Capital Federal. Integró el Departamento Jurídico del Banco Peninsular de Madrid. Fue Director Adjunto de Recursos Humanos y Relaciones Laborales del holding Rumasa hasta 1982. Fue gerente de Recursos Humanos y de Asuntos Legales (área laboral) de SEGBA entre 1985 y 1990. Entre 1995 y 1997 ocupó la Gerencia de Asuntos Legales de la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES). Ha desarrollado una intensa actividad política y en la gestión pública. Fue sucesivamente Concejal de la Ciudad de Rosario (1973/76), Diputado Provincial, Senador Provincial y Diputado Nacional por la Provincia de Santa Fe. Ocupó cargos ejecutivos en el Ministerio de Trabajo de la Nación (Área de Formación Profesional-1994/1995), en la Empresa Provincial de la Energía de Santa Fe (EPE) de la que fue Presidente en 1997/1999. En 1991 fue convocado por Carlos Alberto Reutemann para integrar los equipos políticos con que preparaba su futuro gobierno. Lo acompañó como legislador provincial en el primer gobierno y como Ministro de Gobierno, Justicia y Culto y Presidente el Partido Justicialista de Santa Fe, en su segunda gobernación. La relación política y personal con Reutemann se extendió en todos los años en que este ejerció funciones públicas.
Prólogo
Hubo un tiempo en el que, en el intento de destruir las ideas de la política, de frivolizar todo debate ideológico, se recurrió a prestigios externos, como una manera de asumir que las ideas no eran el espacio de los estadistas, de la trascendencia. Entonces fueron muchos los convocados y, desde mi visión personal, solo el “Lole Reutemann” estuvo a la altura del desafío. Era un hombre que de sobra expresaba el sueño de los inmigrantes de forjar un país, de los hijos de aquellos que habían venido a trabajar la tierra y enfrentar con pasión el desafío de la vida. Era, además, un deportista brillante y arriesgado, un productor enamorado de su tierra, y un hombre absolutamente responsable de sus actos.
Pocas veces tuve el gusto de hablar a solas con él, y nunca olvido los nervios de una reflexión que compartió conmigo: “¿Si en mi segunda gobernación hay menos recursos que en la primera implica que somos nosotros los que estamos empobreciendo al país?”.
Ese nivel de autocrítica no solía reinar en el mundillo político, donde casi todos se reducían a disfrutar de sus propias y abundantes prebendas. Hacía política mientras pensaba como un productor, nunca aceptó convertirse en un dependiente del Estado, ni mental ni económicamente. Fue de los pocos, quizás el único, que, proviniendo de afuera de la política, asumió el cargo con la responsabilidad que corresponde.
Luego llegó el desafío de su candidatura a presidente, honor que estaba al alcance de su mano y que, contradiciendo las leyes de nuestra afición por el oportunismo, le ofrecieron y rechazó. Fue en ese tiempo cuando tuve otra oportunidad de acompañarlo en sus reflexiones. Con esa madurez y humildad que era común en él, y casi inexistente entre nosotros, me interrogó si había salida para nuestra decadencia, asumiendo que no se sentía capacitado para enfrentar semejante desafío. Estaba claro que no era un acto de cobardía, sino el más meditado gesto de responsabilidad.
Fue un político consciente de sus actos, que nunca abandonó su vocación productiva y supo renunciar a supuestos honores que no se sentía en condiciones de afrontar. Sin duda, un hombre del que tenemos mucho que aprender.
Julio Bárbaro
Agosto de 2023
Prólogo del autor
No resulta fácil escribir sobre las experiencias políticas vividas con un personaje tan especial y atípico como quien fue dos veces gobernador de la provincia de Santa Fe y ejerció varios mandatos como senador de la Nación. El objetivo de este trabajo no es hacer un estudio histórico ni documentado de dos períodos de gobierno. Se trata de un relato testimonial respecto de hechos relevantes que he vivido personalmente y que son significativos para mostrar el carácter de un dirigente que ha marcado la historia de Santa Fe con una impronta inigualable.
Relato el testimonio de algunos hechos que muestran, sin lugar a dudas, la firmeza del carácter del exgobernador, su voluntad inquebrantable y sus decisiones inflexibles cada vez que merodeó por su gobierno algún posible hecho de corrupción. No temió ni titubeó ante ningún poder económico o político que tuvo enfrente. No dudó en no dejarse torcer el brazo por un personaje equiparado a un “capo mafioso”, o por el dueño de un medio de prensa poderoso y, ni siquiera, cuando se dio el caso, por el propio presidente de la República.
También me refiero al tiempo en que todo el arco político, y la opinión pública en general, habían puesto sus ojos en Carlos Alberto Reutemann como un posible candidato presidencial. Analizo el día en que, ante una multitud de periodistas y en el propio salón blanco de la Casa Rosada, dijo decenas de veces que no sería candidato presidencial, cuando gran parte del país esperaba lo contrario.
Pongo de manifiesto sus debilidades formativas por no haber hecho una carrera universitaria y haber dedicado esos años, en cambio, a una actividad riesgosa (automovilismo de alta competición) que, a falta de formación intelectual, forjó en él un carácter y una voluntad inquebrantables. Aunque Reutemann nunca presumía de su formación ética, en ciertas ocasiones, recordó sus estudios con los jesuitas del colegio “La Inmaculada”, en su momento considerado el mejor de la ciudad de Santa Fe. Y, a decir verdad, habiéndolo conocido en su vida pública (no conozco demasiado de la privada), es indudable que subyacía en sus acciones un trasfondo de formación moral.
Hacia el final del libro, abordo el momento más difícil de la vida política de Reutemann. El tiempo en que, acosado por el kirchnerismo fundamentalista y por un sector muy agresivo de la oposición, no encontró respaldo de su partido para su reelección como senador nacional. Una reelección que él, creo que erróneamente, consideraba necesaria para no quedar a merced de sus enconados enemigos. Expongo allí mi discrepancia con el camino tomado. Aunque salvó su banca de senador, perdió el afecto de muchos peronistas que hubieran preferido que resistiera dentro del justicialismo, aun manteniendo posiciones discrepantes con la hegemonía que entonces ejercía el kirchnerismo.
Podrá decirse que el presente trabajo es demasiado condescendiente o elogioso con el exgobernador. Sin embargo, he considerado como una obligación moral dar este testimonio que relata hechos objetivos, aunque poco conocidos, y que reivindica la figura de Reutemann como persona y como dirigente. Ya existen suficientes detractores y habrá quizá otros en el futuro. Espero haber hecho un aporte al traer a la luz algunos episodios que muestran un hombre de Estado, con dotes y atributos poco comunes en comparación con la generalidad de la clase política actual, salvando ciertas excepciones, tanto en la dirigencia de Santa Fe como de toda la Argentina.
Capítulo I
1990 - El peronismo en dificultades
Para abordar aquel momento del peronismo santafesino en que aparece la figura de Carlos Reutemann, debo explicar los motivos y trayectorias que me llevaron a coincidir con él en el escenario de la política provincial. Desde el regreso de mi exilio en España, el 30 de noviembre de 1982, trabajé en la actividad privada. Durante los primeros años, me desempeñé como gerente de Legales de Bodegas Graffigna, empresa que había sido adquirida por accionistas españoles y a quienes conocía desde mis años de exilio en la península ibérica. Luego, a finales de 1985, gané un concurso y fui designado gerente de Recursos Humanos y Relaciones Laborales de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires).
Vivía en Rosario y trabajaba en Buenos Aires. Los fines de semana me reunía con mis compañeros de la agrupación “Movimiento de Renovación Peronista” (MRP) que lideraba mi entrañable amigo y respetado dirigente Gualberto Venesia. Ello motivó que, en la interna de 1987, en la que Raúl Carignano se postuló como candidato a gobernador por la renovación peronista y Gualberto Venesia como candidato a intendente, yo fuera incluido como candidato a senador suplente por el departamento Rosario. La renovación peronista ganó la interna en esa ciudad. Venesia, que era intransigente con ciertas prácticas cuestionables del peronismo santafesino de entonces, no tuvo todo el apoyo que necesitaba de la estructura gobernante en la provincia y perdió por poco margen la elección general contra Horacio Usandizaga.
En el orden provincial, el Dr. Víctor Reviglio, que ganó en forma ajustada la interna a Raúl Carignano, fue, en cambio, consagrado gobernador holgadamente en la elección general contra el “Changui” Cáceres de la UCR.
Cuento estos prolegómenos porque en la mitad del mandato de Víctor Reviglio se produjo una situación extremadamente traumática con su vicegobernador, Antonio Andrés (el “trucha”) Vanrell. Ese episodio, que relataré sucintamente y que termina con la destitución de Vanrell, cambió la suerte futura del peronismo santafesino y permitió, como último recurso o “tabla de salvación”, la aparición de Carlos Alberto Reutemann en la escena política santafesina.
En la segunda parte del mandato del gobernador Reviglio, se produjo un conflicto por la administración del Senado provincial. Hasta ese momento, quienes administraban los fondos del Senado eran los vicegobernadores, en este caso, Antonio Andrés Vanrell. Cumplía esa función con el apoyo de un contador de apellido Alonso, al que delegaba la tarea de justificar con comprobantes la fluida salida de fondos, que decidía el propio Vanrell, y que llegaban del Poder Ejecutivo a través de “numéricos” (tal era el nombre que recibían los envíos). Era un secreto a voces que parte de esos fondos los disponía el vicegobernador para uso propio y para “compensar” el voto favorable, en determinados temas álgidos, de algunos senadores. Sobre todo, estaban destinados a un grupo de diputados a quienes se denominaba “grupo de los coroneles” (dirigentes que habían adquirido vuelo propio y se habían “independizado” de sus jefes de primera línea del peronismo, que habían sido los “generales”).
Lo que sigue lo conocí a través de Miguel Ángel Robles, quien por entonces era senador por el departamento Constitución y no participaba de estos “enjuagues”. Al parecer, una o varias partidas de dinero solicitadas y enviadas a través de la vicegobernación no habían llegado a sus destinatarios. Los fondos habían sido retirados por gente del vice y justificados por el administrador Alonso con una grosera fabricación de comprobantes que referían a supuestas compras de juguetes, colchones, chapas y otros elementos que alegaban necesarios para asistencia social.
Los destinatarios (algunos diputados y senadores beneficiarios de esos pagos por izquierda) protagonizaron una sorda rebelión en ambas Cámaras que culminó con una “intifada” en el Senado provincial que destituyó al administrador Alonso y modificó el reglamento del Senado: se le quitó la administración al vicegobernador y se puso en cabeza de una “Comisión de Administración” de cuatro senadores, entre los que se incluía uno por la oposición.
En ese momento de efervescencia institucional, las circunstancias provocaron que yo deba ingresar al Senado. En efecto, el senador titular por el departamento Rosario era el ingeniero Rufino Bertrán, un hombre de reconocida trayectoria y prestigio, que había sido convocado por el gobernador para ocupar el cargo de ministro de Gobierno en lugar del renunciante doctor Didier. El senador suplente, y que debía ingresar en su lugar, era yo.
Estaba cumpliendo mis tareas en Buenos Aires como gerente en la empresa SEGBA, cuando me informan telefónicamente que debía viajar con urgencia a Santa Fe para incorporarme al Senado de la provincia. Era abril de 1990. El último cargo público que había ocupado era el de concejal en la ciudad de Rosario, hasta marzo de 1976. Habían pasado 14 años durante los cuales había trabajado en la actividad profesional en España y en Buenos Aires, pero no en la actividad rentada por la política.
El panorama con el que me encontré era el de una crisis fenomenal. La nueva Comisión de Administración del Senado provincial, en la que participaba por la oposición el senador Elías, representante del departamento General Obligado, un abogado muy correcto, descubrió una gran cantidad de facturas completamente falsas, hechas a medida por una imprenta de la ciudad de Rosario.
Cuando la Comisión fue a verificar para constatar la existencia de las supuestas firmas proveedoras, se encontró con que los domicilios eran inexistentes y correspondían a manzanas donde había plazas públicas, como la Plaza López de la ciudad de Rosario o la propia plaza San Martín, frente a la Jefatura de Policía de entonces y sede Rosario del Gobierno provincial. Verdaderamente, los autores de estas maniobras suponían un nivel tal de impunidad que les permitía hasta burlarse de controles que creían no llegarían nunca.
El escándalo era imposible de tapar y llegó a la prensa. Y llegó también a la Comisión de Asuntos Constitucionales, cuya presidencia yo acababa de asumir. Esta Comisión tenía un rol fundamental en el proceso de investigación y dictamen en el trámite de juicio político que comenzaba a incubarse.
El escándalo político que se avecinaba era de proporciones gigantescas. Los mismos que habían iniciado este proceso con la destitución de Alonso trataban de morigerar sus consecuencias procurando que “la sangre no llegue al río”. Era demasiado tarde. Toda la prensa y la opinión pública ya estaban anoticiadas de la magnitud del fraude.
Sobre mí, que era presidente de una comisión clave, se ejercieron algunas presiones para que buscara paralizar el juicio político que inexorablemente se avecinaba. Me argumentaban que “no podíamos escupir para arriba”, que ese escándalo tendría graves consecuencias políticas.
Yo no había iniciado esa investigación. Pero no era la persona que iba a pagar el costo político de paralizarla. Yo venía del sector de la “renovación peronista” y, concretamente, formaba parte de las huestes del ingeniero Gualberto Venesia, un dirigente intachable que jamás tuvo la menor acusación de irregularidades o corrupción, en su vasta actuación pública.
