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A mediados del siglo XIX, una familia de Llauradors consigue la cesión del laboreo de unas tierras en el linde de Valencia con Castilla, tras la mediación de influencias con el administrador del "Marqués". Partirán desde la huerta del Levante hasta una comarca agreste y montañosa, una tierra donde levantar un hogar para dar cobijo a una nueva vida: la aldea de Ripias. Pedro, el pequeño de la familia, conocerá desde la infancia los males de la sociedad contra los que peleará el resto de su vida: un caciquismo enraizado dispensador de privilegios y desventajas, tradiciones pretéritas y anquilosadas dictadoras de la corrección, envidias inquisitoriales entre vecinos provocadoras de violencias injustificadas, odios por lindes de tierras perennes heredados a través de generaciones. Empero, todos esos males no serán su única guerra: en su nueva tierra crecerá a merced de un clima siniestro, un clima de dos caras: tan bondadoso unos años como justiciero en otros, en los que condena al hambre. El Nacimiento de una aldea da comienzo a la Trilogía de Ripias, serie que recorre la historia de esta aldea desde la colocación de su primera piedra hasta la muerte del último de sus fundadores, en una lucha permanente contra el clima y la sociedad caciquil del siglo XIX.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
RIPIAS I
© Pedro Montoya García
© Ripias I. El nacimiento de una aldea
ISBN papel: 978-84-686-9396-5
ISBN digital: 978-84-686-9524-2
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
A mi familia: Ying, Coral, Marina y Pedro
Al campo, a sus hombres y sus mujeres
A Paquito
Desde donde vivo, a poniente a don Antonio Machado Ruiz, a levante a don Vicente Blasco Ibáñez
A lo largo de los últimos veinticinco años, he coleccionado las anécdotas y sucesos que he tenido la suerte de escuchar a los mayores en diferentes comarcas. La mayor parte de los capítulos de esta novela se conciben a partir de alguno de esos relatos guardados; ahora bien, acontecieron a hombres y mujeres de épocas y lugares diferentes.
Los personajes propios de la novela son ficticios, así como sus nombres, apellidos y cometidos; los cuales han sido asignados a mi albedrío. En ningún caso guardan ninguna relación, de forma directa o indirecta, con personas, familias o profesiones pasadas y presentes de las comarcas por donde transcurre la novela.
CAPÍTULO I LA TISIS
Durante las últimas mañanas, Eolo me ha despertado con golpes secos meciendo la madera del único ventanuco de mi estancia. El resto de los días, cuando la luz comienza tenue a colarse por esa sonora tronera de mi habitación, suelo abrir los ojos por mí mismo al alba; incluso tras noches sufridas, en las que mi enfermedad me mantiene en desvelo hasta bien echada la oscuridad.
Cada despertar, preciso de mí mismo un mayor esfuerzo para llevar aire a mis adentros. La tisis me castiga con vómitos constantes. Me mata, a más y más, con una firmeza asesina. Gusto sentarme en un lado de la cama unos instantes, con calma; mientras trago aire con la poca fuerza que me va quedando. Procuro no pensar que, tal vez, no haya otra mañana con la fortaleza suficiente para alzarme fuera de la cama. Entorno la puerta del cuarto por la noche, casi cerrada, por si preciso moverme a tientas por la estrecha habitación hasta la entrada; lo suficiente para no precisar el candil y ventilar; pero, sobre todo, para dejar colarse un frágil hilo de luz y saber que todavía no he sido llamado por el Padre. Soy el Sacerdote Amadeo, escribo en el año del Señor 1920.
Algo más de un año atrás, manché por primera vez la manga de mi sotana con sangre. Tan pronto como se me sugirió, atendí la recomendación de un feligrés de visitar al doctor Jaime Ferrán. Por entonces, sobrada y merecida era su fama contra la enfermedad, y, para mi suerte (me animaba en ese momento), practicaba cercano a mi antigua parroquia; hasta él me llevó mi borrica, sin precisar parada ninguna de descanso, ni para el animal ni para mí mismo.
El sanatorio improvisado para pobres agonizantes, donde el santo doctor en ese momento practicaba, quedaba pequeño frente a la pena tan grande que abarcaba la amplia sala. Camas cubiertas con sábanas blancas se extendían en forma de frías lápidas; sobre ellas, colgaban las notas los sanitarios, a modo de epitafios. Desde el instante me encontré ante aquella imagen, un remordimiento por pensar únicamente en mi bienestar me cruzó el corazón. No tardé, en cuanto me permitieron, pasé de egoísta enfermo a dedicado enfermero; en especial para con las pequeñas criaturas con las que compartía enfermedad y, junto a alguna de ellas, pronto escucharíamos la voz de nuestro Padre. A esos pequeños, primero que nada, dediqué mis preocupaciones y cuidados.
El buen médico, agradecido por mis desvelos, en un empuje de sinceridad, primero me recomendó; luego con insistencia me convenció de la razón para pasar en calma mis últimos momentos en la vida. Ni la vacuna en proceso de ensayo, ni la tuberculina, ni cirugía en mis costillas ni la presión de aire para comprimir mi pulmón… ninguno de los medios terapéuticos conocidos me reportarían mejores beneficios que un sanatorio. Los pronósticos del médico sobre cómo transcurriría mi vida, predichos junto al río Júcar, cercano ya a su desembocadura, los escuchaba con el recuerdo de la comparación de Fernández de Andrada. «Como los ríos que en veloz corrida / se llevan a la mar, tal soy llevado / al último suspiro de mi vida.» Los consejos me los recetaba el señor médico con tal franqueza, amén de estar tan bien sujetos a una indudable sabiduría médica, no permitían ni imaginar la más pequeña duda sobre la conveniencia de atenerme a su indicación. De tan buen juicio me parecieron decidí pasar los últimos días en una aldea tranquila a mitad de camino entre las nieves de la sierra y la humedad del mar. Donde el invierno no fuera duro en exceso y durante aquellos veranos me alcanzara el respirar, donde pudiera, al frescor de las noches, descansar sin padecer calor.
Río arriba, la aldea elegida para mi retiro quedaba con paso raudo a un suspiro del curso medio del Júcar. Era la única batalla, aunque fuera poética, que en mi imaginación podía ganar al bacilo; la contienda transcurría ajustada a los pronósticos acertados del señor médico, pues tal como anticipó, mi vida así transcurría hacia la mar.
Sin embargo, no se me entienda mal: no tengo miedo a la muerte. Antes de mi enfermedad lo afirmé muchas veces; ahora, lo siento de verdad. Las dudas ya ni tan siquiera me turban; las rebato con ternura por medio de mis largas horas de rezo; mis conversaciones con el Padre; mi compromiso por cumplir su voluntad… y no sería justo reconocerlo, no solo por la confianza en Él; cualquier pensamiento sobre la vida eterna se disipa al poco de disfrutar de la compañía de mi entrañable casero, Pedro. Un hombre mayor, anciano podría decirse, pero todavía con un vigor y una fuerza envidiables.
Otro de los feligreses de mi parroquia que me deparó gran cariño de siempre, me trajo hasta esta pequeña aldea llamada Ripias. A la casa propiedad de un quinto suyo a quien apreciaba como un hermano. Combatieron en la guerra de Cuba, juntos despidieron el puerto de Cartagena y juntos divisaron la catedral de la Santa Cruz de Cádiz. Ya con el papel de la licencia mantuvieron la amistad de por vida. Además, como sus pueblos distaban a menos de un día en mulo compartieron la comida de Navidad durante muchos años; nunca precisaron buscar excusa válida ni poderosa para escapar de la reunión, pues, al contrario, era el momento más esperado del año. Así la cita sobrevino año tras año, hasta cuando la salud envejecida de ambos consintió.
Ocupo, de balde, la alcoba más pequeña de la casa. Estancia como el resto de la casa de decorado propio de milicia romana, nada más que lo necesario: cama, palancana con jabón para el aseo y una lámpara de aceite sobre una pequeña mesa. Pedro, el dueño, fue junto a su familia uno de los primeros pobladores de esta pequeña y desordenada agrupación de casas y cuadras; levantada en el centro de un valle peculiar; apartado lugar en el linde de Valencia con Castilla. Ellos pusieron el nombre Ripias: nadie me ha explicado ni el porqué, ni quién lo bautizó de esta manera.
Pedro no es dado a acompañarme en mis oraciones. Al parecer (algo sobre lo que no quiero discernir), siempre le ha sido indiferente la religión, digo al parecer porque, por lo contrario, el cariño me dispensa bien serviría para definir la gloriosa Caridad Cristiana. Él es casi con la única persona con quien me relaciono; ningún miedo le tiene a mi tisis, según dice: «Muchas enfermedades he conocido, las que me visitaron no supieron matarme y para lo que me queda en la vida, a ninguna le será menester…».
A pesar de nuestra diferencia de edad (yo no llego por poco a los treinta años y él como si nada habrá dejado atrás los setenta), la convivencia conforme al paso de los días es cada vez más amistosa y entrañable. Somos tan diferentes también en los físicos: Pedro es menudo, de complexión muy fuerte, mano, brazos y pecho anchos formados tras mucho trabajo de fuerza, bajo una cabeza redondeada con ojos y nariz pequeños; yo soy más alto, chupado, de porcelana comparado con su robustez; con la cara y sobre todo la nariz aguileña.
Muy madrugador, Pedro me espera levantado fuera de la casa, enredado en alguna tarea. De buena mañana, sin faltar, bajo un cuidado y hermoso olmo, portero de la casa, desayuno un trocito de queso cortado con pan me dispensa mi casero. Siempre el trocito más tierno… con la opción de un trago de vino o el agua dentro del cántaro, recién subida de la fuente. Me decanto por el agua, no me acostumbro al sabor del vino toman en esta tierra, con el tiempo se avinagra…
Mi primera mirada de la jornada es siempre al sur; gracias a Dios, teníamos año de lluvias, desde el mismo olmo hasta la fuente, ladera cuesta abajo, cientos de rucas: flores egoístas y bellas toman toda la extensión hasta donde la siembra de cebada las consiente; sus pétalos resplandecen tan blancos en la claridad del amanecer, tal si fueran un espejo tumbado donde se reflejan las estrellas.
¡Ese momento del día al sentarme junto al olmo! Como menciono, desde días atrás Eolo abanica con fuerza, desde el norte; el frío me eriza la piel y me hacía inspirar un nuevo soplo de vida. Para mi fortuna, también disfruto con mis oídos, nuestro olmo ha tomado las aguas del cielo; agradecido, con vigor, verdea sus ramas con multitud de hojas frescas y sanas; estas, cuando sacudidas por el viento, nos regalan soplidos intermitentes sintiéndolos tan puros en mis pulmones como celestiales en mis oídos.
Nunca antes me reparé a pensar en la música de los árboles, el sonsonete vespertino del ventanuco es mucho más que compensado por estas melodías; pues nada me regala más reposo, más tranquilidad que las diferentes sonoridades de los árboles de esta tierra: pinos, cipreses, sauces, olmos, almendros, oliveras, castaños, alcornoques… cada uno diferente en su ramaje. Unos se doblan para volver a su posición cuando el viento para el baile, otros como nuestro olmo lo disputan firmes sin moverse, solo sus ramas se turban. Cada árbol propala por el viento una música diferente. Para mí, todos juntos suenan como una magnífica orquesta. Mi amigo el viento no cuesta un real y me regala un tesoro llamado paz. Por todas estas bondades doy gracias al Señor: por el aire montero, el agua rocosa, los manjares tiernos. Tal vez ya me encuentre en las «Sextas Moradas», ya «tierno de amor» como escribía Santa Teresa, al recibo de tales gracias sobrenaturales.
CAPÍTULO II LA HISTORIA DE UNA ALDEA
Vivimos alejados escasos pies del resto de nuestros vecinos, sobre todo, cuido todas las medidas a mi alcance para no tener contacto ni poner en peligro a ninguno de los aldeanos. Desde la casa podemos ver casi toda la aldea, en cuanto el momento le otorga la ocasión Pedro se gusta al recordar: «Fui el primero en venir y levantar esta aldea con mi familia»; junto a padres, sus dos hermanos y la niña (así nombra a su hermana). Ellos fueron los primeros pobladores. Cenando una de las primeras noches, me contó cómo vinieron a parar a esta tierra. «Dejamos una vida de hortelanos, para empezar otra de serranos. Mi infancia son los recuerdos de una tierra generosa, blanda y llana, donde a ese trozo de la huerta del Levante le llaman Patraix; el resto de mi vida, por los riscos de cerros, montañas, serranías…».
Pedro gusta repetirse como si maestro de escuela se hiciese por unos segundos hablando cara a los mozalbetes: «Me parieron con la sabiduría dels llauradors, junto al mar; para trabajarla con la fuerza de los labradores de Castilla». Esa frase, ¡le gusta tanto repetirla!, ya cada día la espero, y reconozco: a mí no me molesta escucharla.
Con paciencia comía el queso con pan acompañado de traguitos de vino aguado. Tal como cualquier otra de las mañanas, acostumbrado al pasar de los días en la aldea; mas sentados bajo nuestro olmo, gansear y mirar a los montes frente a nosotros pensaba sería el quehacer… tanta era la tranquilidad que mi cuerpo pide cerrar los ojos, dejar la mente con el único pensamiento de la tonadilla compuesta por viento en las hojas…
—Padre, necesito me acompañe al cementerio.
Abrí los ojos con sobresalto, me despertaron las palabras de Pedro de mi ligero sueño. Me hablaba con la cabeza agachada y ojos cerrados, una mano sobre la otra y las dos sobre la garrota. Eran sus primeras palabras del día.
—Pedro, aún respiro, ¿tan pronto te apetece llevarme al cementerio?, ¡¿no puedes esperar una miaja?! Déjame disfrutar algunas noches más tu hervido tan rico. ¿O te has cansado de mi compañía? —le contestaba, mientras reíamos los dos.
No me encontraba con mucho ánimo esta mañana, pero tampoco pecaba al bromear con alguna chanza de poco gusto.
—¡Vaya, el señor cura se ha levantado con ganas de gracias! —Levantaba Pedro la cabeza, fruncía el ceño, de nuevo con seriedad—. Tie usted que regalarme un servicio. Con esa escritura suya, tan derecha, ni escrita por los ángeles.
—¿Cuál es la urgencia? —Sin entender la relación entre el cementerio y mi escritura.
—Arree camino al cementerio o le suelto con la garrota. —Dándome la orden se levantaba al mismo tiempo.
Cuando mentó mis letras, lo primero que me vino a la cabeza fue la idea de ser su albacea, o tal vez escribir alguna carta a persona en estima… pero no atinaba a entender la necesidad de caminar al cementerio. No suponía mucho pesar recorrer los escasos pies de separación entre nuestra casa, de la casa de los unos pocos muertos de la aldea, y como la faena del día ya… Despacio calle arriba, caminamos hasta llegar a la valla rectangular de medio metro de altura y unos veinte metros de largo por cada lado, donde en su interior enterraron a sus primeros; aquellos de este poblado el Señor ha tenido a bien llamar.
La pulcritud de la valla del cementerio contrastaba con la triste visión del interior. Sobresaliendo de la tierra languidecían once lápidas: cruces formadas por dos hierros pequeños, enmohecidas y teñidas de gris ocre. Los túmulos vestidos por malas hierbas denotaban el tiempo que estaban sin asear. Los nombres de los difuntos no estaban tallados de forma ninguna. No se podía conocer la onomástica del cementerio; en cualquier caso no sería de mucha utilidad. Con la excepción de Pedro, no creo que nadie en la aldea supiera leer y al ser tan pocas tumbas, los aldeanos conocerían a cada uno de los difuntos. No quise preguntar la curiosa sincronía de ver todas las cruces y sus cúmulos apuntando al norte. Pensaba en la coincidencia de las despensas de las casas de esta aldea, donde se guardan las conservas de las comidas; también, esas habitaciones están orientadas al norte y cerradas de la luz a cal y canto, para la mejor conservación de los alimentos; como si hubiera alguna relación en caso de haberla, quise intuir: ¿pensarán de esta forma conservar los cuerpos durante más tiempo? En cualquier caso, olvidé esos pensamientos necrófilos y nocivos, me traía más impaciencia el motivo por el cual estábamos allí.
—¿Cuántas lápidas cuenta usted? —Me miró Pedro, me preguntaba conforme ladeaba la cabeza señalando dentro del cementerio.
—Once —contesté rápido… las tenía contadas.
—Ahora mire a la aldea.
Me pidió, mientras se daba la vuelta y con su garrota señalaba dirección de la aldea. El cementerio yace en una elevación, así permitía ver todas las casas. Una vez los dos mirábamos al mismo sitio:
—Padre, todos esos hogares los podemos ver gracias a los muertos de este cementerio. Quiero contar su historia. El siguiente en morir voy a ser yo, ¡seguro! Padre, los apóstoles, ¿no dicen que eran doce…? ¡Ea!, pues yo el último y usted quien cuente nuestra historia.
—¡Blasfemo! —alcé la voz sin gritar, riendo, con cariño.
Aunque no quería ofender, no me agradaban esas bromas. La actitud de mi viejo labrador de pasarse por un hombre culto empezaba a excederse. Apenas me exalté, pero lo suficiente para alterar los nervios y llevarme el pañuelo a la boca para toser con molestias.
—¿Vas a comparar a esos señores y señoras enterradas con los primeros pastores de nuestra religión? ¿La propagación del Evangelio con cuatro cuadras mal levantadas? —De esta forma le reñía, aunque reñir sería excesivo, pues lo decía con tono cariñoso. Pero a las claras: poca gana tenía de pasarme el resto de mi existencia de escrituras.
Mientas, Pedro reía:
—Padre, le aseguro con esas tumbas se enterraron muchas aventuras, peleas, pasiones, padecimientos, gracias… Esta aldea se ha levantado con mucho esfuerzo.
No le contesté, quería entendiera que no echaba ninguna cuenta de ponerme a escribir. Él continuaba:
—Le pido escriba nuestra historia. No pretendo escriba usted uno de esos libros para plantar en las librerías de la capital. No, simplemente pido que dentro de cien, doscientos años, alguien; aunque sea uno, nada más que uno de nuestra sangre o de algún otro lugar venga a parar a estas tierras, sienta quiénes fuimos los primeros por estos lindes y todas las calamidades sufridas para levantar nuestro pequeño pueblo.
En mi mente pensaba: «¡Esta vez hablas tan convencido!».
—Pedro, hijo mío, entiendo los sentimientos de amor te mueven hacia ella, pero hay cientos de aldeas como esta por todos los lugares de España. Cientos de hombres han trabajado tanto o más habéis trabajado vosotros, como cientos de labriegos de nuestro país. Los españoles del grano, de las pámpanas y del aceite han pasado necesidades de siempre. Rezo a nuestro señor nos regale alivio, pero seguirá así por mucho tiempo —le hablaba con ternura tras haberle levantado la voz—. Muchos libros se han escrito…
—Padre —me interrumpió—, escriba unos cuantos días. Si sus vómitos no le permiten, nos olvidaremos de los escritos para volver a nuestra vida normal.
—Me pides pasar mis últimos días dedicado a la escritura —le paré, no quería dejarle hablar más, con la palidez de su voz empezaba a convencerme—. Pedro, necesito rezar, disfrutar de muchas horas de oración.
—Mi joven cura, le pido escuche nuestra historia y mis memorias, viva una nueva vida al escuchar la nuestra pasada.
Me hablaba con la ternura de un moribundo, yo le escuchaba con la misma ternura, de otro, igual de moribundo o quizá más. Sin saber cuál de los dos sería enterrado antes bajo la lápida número doce de la aldea.
Con el cariño de un sacerdote se debe a un feligrés apreciado, le supliqué:
—Pedro, hijo mío, yo solo quiero descansar mientras espero se me lleve el Señor. Eso sí, mientras al disfrute de tu cocina tan rica.
—Padre, al menos un librico pequeño como nuestra aldea.
—Bien… bien… daré lo mejor de mí, hasta mi cuerpo respire… Necesitaré tinta, papel para el escrito. —Pensaba que tal vez se cansaría pronto, o mi enfermedad le convencería de mi imposibilidad de escribir.
—Padre, tranquilo, todo dispuesto. Mi hijo lo traerá al caer la tarde, de mañana salió a comprar hierros para los mulos, ya sabe bien que…
—¡¿Cómo?! —con una sonrisa, le espeté. El perillán sabía me iba a convencer para escribir su libro.
—Coma usted, padre, coma… Vayamos a la sombra de nuestro olmo, comamos alguna fruta para ganar fuerza con la que empezar nuestro libro. —Esta vez su sonrisa era socarrona.
—Escribiremos vuestra historia. Hoy déjame descansar, mañana de mañana empezaremos.
Del brazo le invité a volver a la casa… No pude negar ese favor a persona tan buena.
De esta forma ha transcurrido el día de hoy, de tal guisa se han sucedido las conversaciones con las que Pedro me ha convencido para ser su escribiente. Dadas las explicaciones sobre cómo hemos llegado hasta el empiezo, sin esperar más, mañana de mañana traeremos a la vida a un librico.
Eso sí, entenderá el lector (ese lector a quien Pedro espera llegar con la historia), mi hábito me obliga a suavizar y omitir la mayor parte de blasfemias y palabras pecaminosas tan dadas en el mal hablar de estos pueblos (Pedro como el que más, aunque nunca en mi presencia). Bajo mi albedrío, tales improperios deberán ser cambiados por aquellas correcciones considero más adecuadas. A fe de buscar la misma justicia: corregiré los palabros y dichos mal formados o alterados de mil diversas maneras, propios de esta comarca (a los que Pedro tampoco escapa), hasta donde considero para la correcta comprensión de los hablantes del román paladino. Una vez conocidas por el lector estas censuras imprescindibles, así escribiré la historia tal como Pedro la cuente en primera persona.
CAPÍTULO III EL PASTOR
Sobre una pequeña mesa, una pluma, papel y tinta me esperaban antes de levantarme; un taburete para sentarme pegado al olmo; hoy me parece más verde, con las hojas más aprestas como si quisiera gustarme con más sombra, tal si diciéndome que él también era parte de la historia a escribir, pues sus raíces ya se extendían cuando los primeros pobladores llegaron.
Distraigo mi mirada al norte, a esas montañas que tanto me gustaría recorrer extendiéndose hacia el este; para mi pesar, demasiado agrestes para mis dañados pulmones. Me consuelo con la vista, no es poco, pues son majestuosas: menos donde se imponen los peñascos, allá donde el canto sin pizca de tierra no permite la vida ni a la cerraja, los pinos alargados con su tapiz verde de hojas finas y con el negro de sus sombras tapan la vista de los suelos de paredes tan empinadas. Esos peñascos, entre esa mezcla de negros y verdes, destapan sus enormes paredes grises con trazos más claros, casi marrones, por unos lados y por otros más oscuros, otorgando al conjunto de la montaña una imagen de fortaleza autoritaria. Fortaleza usada para partir las nubes bajas que cruzan por sus cumbres; y a las llegadas del levante con cántaros llenados en el Mediterráneo romperlos para cobrar el tributo del agua, con la que, tras ser llevada por las barranqueras, guardarla en los manantiales para servirla en la fuente de la aldea.
Apenas vuelvo a sentarme bajo el olmo, Pedro ya estaba dispuesto a empezar la historia. Con paciencia contenida, me deja terminar el disfrute de mi queso, hoy junto a un vaso de leche recién ordeñada. En cambio, yo al verlo con tanta gana de empezar, doy cuenta del desayuno más rápido de lo que me gustaría, para llevarme la pluma a mis dedos. Así me cuenta Pedro la historia de una aldea, la historia de Ripias.
Año 1860
De la tierra donde nací, Patraix, en pleno corazón de la vega valenciana, se me llevaron de crío, con diez años (año arriba, año abajo) hasta este poblado donde nos sentamos hoy; un poblado inexistente, allá por la primavera de 1860, aunque no recuerdo el año con exactitud.
Aquello que primero vimos, pues era lo único a ver: un corral derruido en medio de una era. Suficiente donde guarecerse hasta que la casa fuera levantada y el corral mejorado; al menos, desde el primer momento algo de cobijo. Justo aquí mismo, de una cantera ya agotada, empezamos a recoger y cantear las piedras, con las que cimentamos y levantamos esta misma casa frente a la que estamos sentados. Buenos pedruscos, paredes de una vara de ancho, para guardar el calor en invierno y dejarlo fuera en verano. No nos resultó difícil tampoco conseguir la cal tan necesaria para mortero y limpieza de las paredes; las cejas donde acabábamos de llegar eran abundantes también en pedregales calizos; encima, padre conocía el oficio de calero, ya que de joven trabajó en los hornos de Valencia durante épocas, caso de no alcanzar la faena en la huerta.
Trabajamos los hombres para la nueva casa, madre y hermana para la nueva huerta. Como siempre hicimos y como siempre haríamos, desde que amanecía hasta que se escondía el sol.
Nuestra casa y nuestro futuro dependían de esos primeros días, con lo que dimos poca atención a los habitantes de aquellas nuevas tierras para nosotros; por ende fueron más bien pocas las conversaciones fuera de la familia. Nos limitábamos a saludar por educación a la gente de un pueblo llamado El Herrero. Dicho pueblo, El Herrero, distaba a un paseo de nuestra nueva casa. Éramos extranjeros, novedad con la quemojetear, como se dice por esta tierra a husmear. Con esa palabra,extranjeros, nos bautizaron y con ese apellido nos dejaron para los restos. En El Herrero cada vez querían mentar a mi familia, lo hacían usando el remoquete de Extranjeros.
Esos pueblerinos de El Herrero se gustaban tomarse un poco de tiempo, para tratar de cascar con nosotros sobre quiénes éramos, qué íbamos a plantar, y la pregunta no contestada nunca por nadie de mi familia: cómo conseguimos nos dieran a trabajar las tierras del señor Marqués, cuánta era la renta… Siempre acababan buscando la respuesta a estas dos últimas preguntas. A cambio, algunos señores, lo más corteses, nos razonaban: cuándo plantar el cereal, las mejores hortalizas según la época… todo tipo de consejos de cómo se trabajaba la tierra por aquellos lugares como la trabajaron sus antiguos. Pero como digo, las conversaciones eran bien cortas, pues quitando lo educado, nos empeñábamos en nuestro trabajo y no dábamos pie a alargar los chismorreos; siempre nos excusábamos en la premura de levantar la casa.
Padre, ya desde el primer momento llegamos, esperaba con impaciencia al viejo pastor de El Herrero; ese pastor, el mismo guía, quien los llevó monte arriba y monte abajo a la búsqueda de los pinos necesarios para armar un nuevo hogar. Padre y hermanos vinieron por unos días, meses antes que el resto de la familia, para cortar los pinos con la menguante de enero; luego bien secos, se convertirían en vigas para toda la vida. Cuando todavía vivíamos en el Levante, al poco de caer la noche partieron, según dijeron, camino de la Meseta. Pasaron fuera de la casa dos días, antes de volver y contarnos cómo fue la corta de los pinos. Según parlotearon padre y hermanos: el pastor de El Herrero desde el mismo momento los recogió y los dirigió al lugar del monte adecuado, no dejó de vocear todo el camino, contando chismes, historias y líos de toda clase de personajes sin par de la comarca. La mayor parte chanzas inventadas conforme caminaba, según pensaban mis hermanos. Mi hermano Fernando, el mayor, para animar un poco más la caminata contaba bromas de mozas, doblaba de risa al viejo pastor; este en su hábitat, con la compañía de mozos jóvenes reía. Desprendía felicidad: disfrutaba al conocer buena gente. Este pastor sería quien cambiaría mi vida para siempre y me enseñó lecciones que me guiarían el resto de mi vida, y en varias ocasiones como contaré, me salvaron. Gracias a él, cuento hoy esta historia y existe esta aldea de Ripias.
El pastor de El Herrero los llevó a una umbría, donde casi no entraba el sol en todo el año, donde se guardaba la humedad para conservar una vegetación más frondosa; como le cayeron en gracia el padre y sus dos hijos, les señaló con astucia el rincón donde crecían los pinos más hermosos, con la mejor tea para montar las vigas de la casa. Venían protegidos por el guarda de montes, bajo la orden del administrador del señor Marqués de cortar tanto como fuese necesario. El pastor no les ayudó en el corte, «soy viejo para liarme a hachazos», ahora, no escatimó al compartir el avío: longanizas, lomo de cabra y una bota de vino. No faltó a la costumbre de ser generoso durante las reuniones en el campo.
Terminada la faena, padre y hermanos, antes de partir de vuelta a Patraix, acordaron con el pastor para finales de mayo pasara con su rebaño a visitarnos al corral; donde ya estaríamos metidos en faena levantando nuestra nueva casa. Para esa época el pastor preparaba su camino hacia la serranía de Cuenca-Teruel con el rebaño. Con la siega del cereal a punto ser terminada en su pueblo, y una vez los animales hubieran comido la paja y el rastrojo dejado en los campos, a los cuales se les consentía entrar, necesitarían verdor. Conforme los días alargaban, el sol con el aire de poniente convertía los campos en secarrales sin más remedio que la búsqueda de tierras más húmedas. Montes donde sus trescientas cabezas y otras trescientas más menos a su cargo, cedidas en renta durante esa época, pudieran comer simientes de mejor temple. Solía pastorear por las tierras de la sierra hasta mediados de septiembre, por esa época llegaban a la par: los fríos de la sierra como la temporada de lluvias en su pueblo.
Padre me había destinado ser pastor; no me vendría mal conocer el oficio, y empezar ese mismo año con la trashumancia. Sería bueno para el guacho empezar cuanto antes. Aprender bien a pastorear, primero por la comarca antes de pasar esos meses de verano en la sierra. Además no llegaba la faena para todos y con ello el pan. Una boca menos que alimentar; con los diez años ya cumplidos, buena era la hora para aprender qué significa trabajar de verdad, sin la protección de mi madre y hermanos.
Mi Pastor, como lo llamaría de por vida, era por entonces ya mayor; un hombre bajito, de hombros caídos, siempre con una boina negra sobre la cabeza y un cigarro toscamente liado a cada momento en la boca, cercado por una curtida barba sin roce de cuchilla de varios días. Solía sentirse a gusto con una camisa fina remendada casi todo el año, menos los días de mucho hielo. Puro nervio, sobre todo al subir las cuestas, así tuviera las piernas de un corzo; negras se las vieron padre y los dos hermanos para seguirlo senderos arriba y abajo por los montes, negras me las vería yo también en el futuro.
Una mañana más, acostumbrándonos a la nueva vida en la nueva tierra, empezamos a escuchar, cada vez más cerca, el ruido de cencerros; cuando por sorpresa apareció una perreta de tamaño medio. Con su mirada angelical pedía si no cariño al menos buen trato, como si ya estuviera sufrida de sobra de hambre y palos en el pasado. Luego supe no era así, pues a mi Pastor casi le faltaba la comida a él antes que a sus empleados y jamás lastimó a sus compañeros de oficio. La frágil cabeza del animal estaba pintada a trazos: marcas blancas, negras y grises por toda la cara, con el cuello y el pecho blanco, los lomos más negros que blancos. Se encaró frente a mí y mi hermana, llegó a nosotros sofocada, la perreta ladró con fuerza alzando la cabecita un par de veces; nosotros sorprendidos como pasmarotes. Nos ladró para decirnos: «Mi Pastor, Lucero, Orejas y mis merinas hemos llegado». Y en un visto y no visto, el animal giró sobre sí misma y disparada encaró galopando hacia rebaño, como si no pudieran sobrevivir un minuto sin ella. Ahora mismo recuerdo todavía embobado mirarla cómo volvía al trabajo, ligera como el viento hacia el barranco por donde empezaban aparecerse el rebaño. Esa perreta sería un amigo leal.
Padres lo habían hablado, tocaba convencer al Pastor; no les sería muy difícil, pensaban haría más llevadera su soledad, tanto más si el viejo caía enfermo o requería de alguna cosa podría echar mano del guacho. De toda la vida los pastores llevaban zagales a su cargo. Además, durante la trashumancia mi Pastor y yo no estaríamos solos, siempre nos uniríamos a otros pastores, mayorales… Luego, durante el invierno estaríamos cerca de la casa, El Herrero estaba a tiro de mata.
Venía, además del Pastor y la perreta,Lucero, un mastín de unos cuatro años con pinta de bonachón y despreocupado. Dibujaban su cara cicatrices ganadas y orejas perdidas en peleas con lobos y otros perros. Aprendería luego cuán fiero podía volverse, como oso herido, si algún animal se acercaba al ganado de su dueño, quién le había dado de comer desde cachorro; con enseñar los dientes le bastaba para avisar una vez, no ladraba una segunda antes de tirar bocado. Una carlanca con hierros en punta bien afilados blandía su cuello para proteger la yugular. Al único animal que le aceptaba caricias era a la perretaTina; la que vigilaba atenta al ganado, siempre rauda arriba y abajo, pendiente de que las ovejas no entraran donde no debían; con un oído y olfato fabulosos, no paraba quieta un segundo: miraba al Pastor, se le acercaba por si daba alguna orden, se alejaba, siempre con ganas de trabajar, acariciaba con el hocico el cuello deLucero, se sentaba un suspiro, ladraba y de nuevo a correr, y achuchaba para simular morder a alguna res.Lucero, por lo contrario, no gustaba de muchos trotes, se sentaba donde le parecía la mejor sombra. Los dos perros con el olfato siempre en alerta; confirmaba el Pastor: nunca hasta ahora nunca ninguna alimaña, lobo, zorro, lince o cualquier otro perro se habían acercado sin haber sido olidos antes porTinaoLucero.
El Pastor alegre con su grupo: a la perreta no hacía falta mandarla, ella se bastaba para pastorear todo el rebaño dando igual cuán grande fuera, protegidos por un perro joven y fuerte. Sin embargo, a quien más quería era a Orejas, su burro. El cariñoso animal disfrutaba de la mejor vida, solamente llevaba en su lomo la escopeta y el avío: chorizos y longanizas secas, cecina, queso y hogazas de pan duro. A menos fuera muy necesario, mi Pastor no dejaba a nadie (ni él mismo) subirse a lomos, y la comida cargada sobre el burrito era escasa, a mi Pastor para pasar la jornada a base de liar tabaco y dar tragos cortos a la bota de vino, sin llegar nunca a emborracharse, no le suponía ningún sacrificio.
Los hombres ya conocían al Pastor de la corta de pinos; mi hermano Fernando, el más alegre en verse con el hombre, le ayudó a guardar el ganado en una vaguada. Las mujeres le prepararon la mejor comida posible por el buen trato prestó a la familia con la corta de las vigas.
Una vez terminada la cena, se le pidió se me llevara para aprender el oficio de pastor.
—¡Pero qué demonios me voy a llevar al crío de zagal!, no levanta cuatro pies del suelo —se hacía el sorprendido, alzando la voz. Quería hacerse de pedir, aunque tiempo después me confesó estar lleno de gozo, al saber un nuevo zagal le haría compañía.
—¡Ea!, a su edad yo ya bien trabajaba la tierra, igual que sus hermanos —replicó padre.
—Necesita aprender a pastorear antes de salir de trashumancia, no es tarea fácil… Raro el año no he visto alguno morir de fríos. Tormentas encabritadas nos sorprenderán para bañarnos y dejarnos hechos unos caldos. Si no secas bien, te avía una pulmonía cara adelante, se te lleva en menos se tarda el rezo de un avemaría.
Mi Pastor me miraba, desde el primer momento quiso dejarme claro el cuidado debía tener con el agua y los fríos, los enemigos más malos para un pastor, incluso peor que los granizos.
Mientras yo miraba aturdido, pensaba: «¿Quién era ese hombre mayor fumando? ¿Con quién me quieren mandar a caminar, por algún sitio llamado serranía de no sé dónde?».
Fernando, mi hermano mayor, intervino:
—No cal preocupación. Yo subo con el macho y me aseguro no requieren ninguna ayuda. De paso, os subo verdura y con las dos cabras nos deja usted algo de queso. Si vemos mal el asunto, me bajo a mi hermanico. No padezca, tan presto como se precise o sube mi hermano Fortunato o yo mismo. Favor con favor se paga.
—Al macho viejo mejor dejarlo descansar, darle faena la justa porque le quedan pocos dientes para mascar… Verás, verás, no… si aún me liaran… y si le entra algún mal, ninguna gana tengo de más preocupaciones.
—Pues a llevarlo al barbero o al médico, como al resto de zagales de la serranía. Lo que fuese ya te iríamos pagando con grano, con la huerta, cuando juntemos algún real ya ajustaríamos.
—¡Verás!… Pues a partir de mañana al campo conmigo. Me tiene que cumplir según le mande, así, sin rechistar —mientras lo decía, el Pastor me clavaba su mirada en mis ojos.
Padre, tras escuchar al Pastor, me miró de igual forma: tan serio como para cortarme la respiración:
—¿Escuchas?
—Sí, como mande usted —contesté sin rechistar a padre, como hice toda la vida.
—Si no tiene ganas de trabajar, ¡le arreas! Que aprenda qué es ganarse el pan. —Tras hablar mirando al Pastor, clavó la mirada en mi cara—. ¡Desde ya!, ¡desde este mismo momento a las órdenes de este señor!
—Sí, como mande usted.
Padre autorizó al Pastor a calentarme si fuera preciso; así quedara tranquilo mi Pastor, sería un zagal obediente. Con el ganado a buen recaudo, los hombres cansados de fumar un cigarro detrás de otro y sin más ganas de cascar por parte de ninguno, nos fuimos todos a dormir.
Madre y hermana me asearon, cargaron la muda a cuestas de Orejas, sin olvidarse del zurrón con sustento para varios días; sin abusar, pues era sustento cedido por ellos y no daba para muy largo. Con pena veían a su pequeño irse tan joven; pero no había más remedio: precisaba convertirme en un hombre, bien dispuesto a trabajar. Por mi bien, mejor endurecerme lo antes posible. Padre había madrugado, para con la fresca empezar una horma de piedras en la nueva huerta, no me despidió. Junto a mi Pastor, la perreta Tina, Lucero y Orejas, dejé la casa, de cara a poniente. Ya como Zagal.
Con mi Pastor, solo había tres horas en el día: madrugada, comida y noche, hasta muchos años más tarde nunca miré un reloj. Él, desde luego, nunca supo leer otro reloj no fuera el sol, nunca preguntó o se preocupó por la hora del día. Era tarde o temprano según marcaba la faena pendiente, se levantaba temprano por las mañanas y se acostaba conforme a lo cansado y al trabajo pendiente. Nuestra jornada la marcaban la lluvia, el sol, el viento… Aquello que hacía crecer mejor o peor la comida de nuestras merinas, si los sementales cogían más o menos, si los lechones nos hacían ganar buenos reales… si precisábamos alargar el día, madrugábamos, si no, se alargaba la noche. Los días de la semana no existían, sabíamos que era domingo por las campanas de la misa del mediodía. No recordaba el año que vino al mundo, solamente acertaba a fechar más o menos el año de la muerte de su madre, por la sequía de tan difícil olvido, recordada por todos los campesinos.
Sin embargo, mi Pastor sí sabía que llevar el ganado no era tarea fácil: no se convertía uno maestro con cuatro tardes de paseo. Como dije, antes de la trashumancia, quería que aprendiera el oficio cuanto antes mejor. La escuela empezaba desde esa misma mañana, desde allí mismo.
—Pedro, tú detrás del ganado; yo delante. Mira bien no se nos retrase ninguna, ¡¿estamos?! —Fue la primera orden escuché de su boca.
—Sí, señor.
—Toma esta vara. Cuando veas que alguna oveja tontea, le das en el lomo despacio. Y no acaricies demasiado a la perreta hasta el invierno, es fácil te salte alguna garrapata.
—Sí, señor.
Todavía hoy guardo en la casa ese cayado como uno de mis mayores tesoros.
—¡Arrea entonces!, tras del ganado. Los ojos abiertos como un búho, escucha cómo silbo a la perreta, cada sonido manda una orden. No se precisa casi darle ninguna al animal, atento, Zagal, porque hoy silbaré hasta quedarme seco, aprende bien los sonidos antes de subir a la sierra.
—Sí, señor.
Desde el mismo inicio de la mañana, ya empecé a escuchar al Pastor silbar y barruntar palabras extrañas; para mí todos los silbidos sonaban lo mismo, trataba de distinguirlos y memorizarlos. Tarea demasiado complicada. Pronto comprendí: me sería de mejor uso crear mi propio lenguaje con Tina. Con este pensamiento, poco a poco, con el tiempo practicaría los míos y con paciencia la perreta Tina los aprendió; para, luego a luego entendernos, hasta que llegó un momento que casi nada tenía que silbarle porque según la situación, fuera cual fuera, tan solo con mirarme sabía qué debía hacer: cuándo hacer al ganado caminar más despacio, cuándo dejarlo a su marcha, cuándo avisar a una oveja se acercaba demasiado ande no debía, cómo llevarlo por una vereda estrecha. Sobre todo, por dónde crecía el cereal y no podían ni mirarlo. Si alguna de las ovejas mordía una siembra, a lo menos un disgusto con el dueño, y si el daño era grande, significaba pago de reales.
Aburrido corría un día, no recuerdo cuántos llevaba como pastor, pero seguro no eran muchos, me acaecería un suceso que me marcaría para los restos. Conocería a los más encarnizados enemigos de mi familia, por tanto míos, de por muchos años. Enemistades de tierras que se pasan en herencias a hijos y nietos, junto a esas mismas tierras.
Tres carros venían tirados por dos mulos cada uno de ellos, hasta arriba llenos de sacos de grano camino de la molienda o llevados a algún otro lugar para la venta. Cuatro mozos jóvenes los guiaban con un viejo delante de la caravana. Ese mismo viejo, el padre, se encaró hacia nosotros.
—¿Ese es el hijo de los ladrones que trabajan la tierra del Marqués? —Llevándose la mano al bolsillo, sacó una navaja.
Mientras, sus hijos se acercaban con la misma faz asesina. Mi Pastor silbó a Lucero. El perro rápido se acercó a su dueño enseñando los colmillos, refunfuñando sin ladrar con cara de salvaje. Al tiempo, mi Pastor ya sacaba la escopeta del burro.
—¡Hay que matarlos!, ¡matarlos!, nos han robado las tierras que trabajábamos.
No me costó entender que aquel viejo junto a sus hijos pintaban con muy mala traza, querían matarme. La perreta Tina se colocó a mi lado; imitando a Lucero, empezó a enseñar los colmillos. Los dos perros entendieron raudos el silbido de mi Pastor, como si ya conocieran o se hubieran visto antes en riñas con esa gentuza. Ni la cal era tan blanca como mi piel por el miedo, por todo mi cuerpo.
El viejo llevaba la boina y la chaqueta de mismo color que sus pantalones negros, trapos tan sucios le pesarían un quintal al andar. Igual de marrana la vestimenta de los hijos, de meterla en un abrevadero envenenaban a la caballería. Era pequeño y enjuto, feo ni lo hubieran parido por el trasero. Cuando abría la boca balbuceaba, casi ni hablaba, mucho menos se le entendía si andaba mamado. Le recuerdo la mirada de odio, aunque no me miraba a mí, clavaba los ojos al suelo, mientras respiraba con fuerza escupiendo saliva sin decir nada; era la primera ocasión me enfrentaba a ellos.
—Deja al Zagal, labora para mí, na tiene que ver con las tierras. Eso contra su padre y hermanos. Si tenéis entrañas, ¡id contra ellos! De todos los años a cargo de las tierras del Marqués no le entregaste ni una fanega de grano, ni media cuarta de aceite: ahora llora, judío avariento.
—Pero bien cuidadas crecen las oliveras y bien aradas las siembras con sus barbechos cuando tocan. Hemos recuperado los campos con mucho sudor. Ese fue el acuerdo, levantar las tierras y el fruto para nosotros. Ahora, ¿de qué? Estarían así, estaría todo perdido. Esos Extranjeros no pueden venir a robarnos, nada de fiestas, le rebanamos el pescuezo, enterramos al guacho en un hondo y que se vuelvan por donde han venido.
—¡Eso no lo veré yo, me tendréis que matar o sacarme los ojos! —respondió con un grito mi Pastor.
La furia de mi Pastor no era de broma, la escopeta apoyada fuerte contra el hombro, los dientes tan prietos como sus perros, les gritaba con odio. Lucero esperaba orden para tirarse como un león a por el viejo.
—Así sepan en su casa: aquí no se les quiere y desgraciado de ti si das parte a la Guardia Civil. No vuelvas a dormir, no sea ni siquiera una noche, porque con los ojos cerrados te rebanamos el cuello.
No me quedaba duda: el viejo estaba mamado, ni se percataba de la escopeta apuntándole.
—Si tocas al Zagal, tardan una semana en sacarte el plomo de las entrañas antes de pudrirte. Su os mato a ti o al más joven de tus guachos, al resto los dejo tiesos con la navaja y mis perros.
Mi Pastor era bien conocido por su puntería, su fama se extendía por toda la comarca como un tirador excepcional. En ese momento los miraba a unos cuantos escasos pies, casi a bocajarro. Su escopeta española de pistón, una joya pulida en el norte de muchos reales, mandaba a uno de ellos seguro a rezar los maitines a la mañana siguiente si prendía su pólvora. El mayor de los hijos, que aunque como todos en esa familia no regía con conocimiento para regalar, era el único que tenía algo; asió a su padre y se lo llevó de vuelta al camino para seguir su paso mientras mandaba a sus otros hermanos guardaran las navajas.
Siguieron su camino, mientras tras darse la vuelta y llegar a la altura del carro, el viejo sacaba la bota de vino para mojarse la gola. Mi Pastor esperó unos instantes con la escopeta levantada hasta verlos perderse de la vista, una vez desaparecieron, me llamó:
—¡Zagal, ven aquí y tráete el morral para Orejas!
Rápido, fui a buscar el cobijo del Pastor y de Lucero, mientras veía irse a los salvajes con sus carros. Puse el morral sobre el cuello de Orejas y miré atento a mi Pastor.
—Zagal, ¿has visto a esos cinco? Los vas a tener con una navaja bajo el gaznate toda la vida. Tú y tu familia. ¿Has visto el hierro de Albacete tan hermoso llevaban todos ellos? Son facilones para enseñar la hoja en cuanto les tocan el puchero, igual les da tener o no razón. Hoy hemos tenido suerte, llevaban vino pero no escopetas. Son cazadores con buen tino. Trabajaban las tierras ahora a cargo por tu familia: eso nunca tendrá perdón, a menos os regreséis por donde habéis venido. Tu padre y hermanos son fuertes, pero tú eres un lechoncito para ellos.
En ese momento, mi Pastor me llevó del brazo a la sombra de un pino donde tenía el vino y el resto del talego. Sacó una navaja casi tan larga como yo y dos hondas, una más grande que la otra.
—Aprenderás a usar estas tres armas de momento, cuando ganes un poco de fuerza te ensañaré a disparar la escopeta. Camina tras el ganado, pero te quiero ver hondear piedras a cada momento. Todo el día. Apunta al pino más cercano, en poco y nada debes ser capaz de abrir la cabeza a cualquier desgraciado te desafíe, por los menos a cuarenta pies. No te canses, de principio, no te será fácil; yo hondearé contigo a ratos para que vayas ganando destreza. Cuando paremos, saca la navaja y tira furgás contra el romero, el tomillo, el brezo… cualquier hierba de rama fina se te parezca a bien cortar; de una tajá debes ser capaz de cortar tallos, en un visto y no visto, sin poder dar opción al canalla a pestañear; también te enseñaré a manejarla. El primero que clava el hierro puede volver a rezar por su perdón, al otro le rezan.
El padre y los cuatro hermanos eran conocidos como los Echandos, pero a quien más temía el Pastor era a la mujer y la madre de estos, una arpía beata: la Federica. Según mi Pastor, una mujer mala, sin necesidad de dar más explicación; temida por la mayor parte del pueblo, protegida por un marido bebedor y temerario junto a sus cuatro hijos fuertes y con mucho pulso en el gatillo. Pero esa no era su mayor fuerza, el poder lo imponía por ser la familia de muchas tierras, de las cuales muchos pueblerinos dependían de sus jornales para poder llevar comida a la casa.
Los varones y los dineros de la casa eran respaldo sobrado para la Federica para tener una boca tan dada al chisme, a la crítica, mal hablar y reñir con quien fuera y conforme cuanto le viniera en gana, según los intereses a cada momento. Aquellos de El Herrero quienes rogaban peonadas, la mayoría del pueblo, la dejaban entrar en sus casas. La permitían toda clase de chismes; de esos para con quienes la Federica se llevaba bien, mal o regular en tal o aquella época. Esa mujer no discutía por problemas de lindes de tierra desde hacía años, pues los lindes los marcaba ella, eso o riñas.
El Pastor la llamaba la Vieja Zorra, astuta a la par, por vieja como por listeza, y «como los zorros, que pierden el pelo pero no las mañas». Habladurías falsas de pueblo, escupían que alguno de sus hijos podría ser del cura de El Herrero, don Francisco, al que tenía a su cuidado: dulces las tardes después de rezar el rosario, algunas con bizcochos y chocolate; lentejas con chorizo los domingos después de misa; torrijas con miel en la Pascua; embutido tras la matanza... el cura colgado de su brazo le otorgaba más fuerza.
—Zagal, ¡nunca!, ¡jamás!, no pongas paños a calentar con esa gentuza, son necios y rencorosos, no atienden a otra cosa no sea acumular reales. No vean nunca les tienes miedo, lo contrario, debes ganarte no solo su respeto, también su miedo; si en ello se te llevan la vida, pues al cementerio a descansar. Si te ven temeroso, no hay otra sino largarse a otras tierras. ¿Me has escuchado?
Afirmé, subiendo y bajando la cabeza. El miedo y las palabras de mi Pastor me enternecieron, no pude evitar soltar lágrimas de diez años.
