Romero - José Rasero - E-Book

Romero E-Book

José Rasero

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En El libro que tienes entre las manos, José Rasero profundiza en el género de la Ficción biográfica. Tras sueños I y II, sobre la vida de un bailaor, el personaje de ficción que atraviesa este libro es el torero Joaquín Romero, cuya vida y milagros sirven de excusa para hacer el retrato de una época de España y del alma humana. La historia nace en Cádiz y su protagonista les implicará en ella dejando a su paso jirones de ilusión, arte, desengaño y pasión convirtiendo su devenir vital en una película rica en personajes en la que el lector se siente partícipe como un personaje más de la historia. En estas páginas encontrarás desde ambientes y jerga taurina hasta reflexiones sobre la soledad y desde casticismo flamenco hasta disgresiones de filosofía natural, sobre el paso del tiempo. EL estilo claro y directo de José rasero, consigue que estas páginas se disfruten como se disfruta un buen cante por soleá, después de una faena de Morante de la Puebla.

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Seitenzahl: 276

Veröffentlichungsjahr: 2021

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© José Rasero

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Diseño portada: José Manuel Racero

ISBN: 978-84-1386-891-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Mi agradecimiento a Adelina Uribe (periodista) por su crónica,

y a mis amigos, María José y Miguel,

por su ayuda en la realización de esta historia.

Algunos de los personajes y lugares mencionados en esta historia

son ficticios, solo están y forman parte de la imaginación del autor.

.

Esta novela va dedicada

con todo mi corazón a mis nietas,

Violeta y Carmen.

-

Principales personajes

JOAQUÍN ROMERO

Protagonista de esta historia.

TRIANA

Esposa de Joaquín.

FERNANDO ROMERO

Padre de Joaquín.

MARÍA GARCÍA CARVAJAL

Madre de Joaquín.

SANTIAGO Y ANA MARÍA

Hermanos de Joaquín.

LUISA

Criada.

FRANCISCO MARTÍNEZ (PAQUITO DE CÁDIZ)

Mozo de espada.

MANUEL SEVILLA

Apoderado.

BENITO DEL MORAL

Ganadero y padre de Triana.

JULIÁN

Exnovio de Triana.

DANIEL

Mayoral del cortijo.

VALLADARES

Empresario taurino de América.

CARMELO MOLINA

Amigo de Joaquín.

ROBERTO SANTAMARÍA

Segunda pareja de Triana.

PRÓLOGOEl torero

En el mundo de los toros, en general, existen historias anónimas, pero verídicas. No es el caso de esta, que es totalmente ficticia. El autor trata de relatarla hasta donde llega su imaginación, sabiendo que esta historia es una más de las que surgen en la vida de los toreros y que está llena de vivencias, donde se describe un mundo de belleza, amor y arte.

Pero también está la otra parte de la historia, en donde la dureza de la misma vida, en su ir y venir, te da a conocer el desengaño, la envidia y el fracaso, que te envuelven como en una espiral, llevándote a un mundo gris en el que tú no quieres vivir y donde la otra cara de la vida se presenta como un invitado desconocido al que no quieres conocer; siempre echando de menos ese pasado que te acompañará con sus recuerdos, «buenos o malos», a donde él quiera.

La historia que a continuación les contaré nació en Cádiz. Su principal personaje se encargará de implicarles en ella, desglosando minuciosamente cada momento y buscando conectar con su sensibilidad, de manera que se sientan partícipes como un personaje más de esta novela.

El protagonista va dejando jirones «allá por donde va», convirtiendo su vida artística y personal en una película llena de personajes que aparecen y desaparecen; o como los paisajes, a los que solo ve… de paso. Todo esto lo reúne esta historia.

La ilusión, el arte, el desengaño; ¡malos compañeros de la tristeza! que aparecen en esta historia. Y que son, como cuando caen las hojas en el otoño, borrando sus huellas y deformando la verdad de la historia que aquí se cuenta, donde un hombre «se juega la vida un día y otro día». ¡Qué importa el tiempo!, si a él su éxito y su riqueza se le enturbian por el camino equivocado, mostrándole la ausencia de la anhelada alegría por mucho… que lo intenta.

Los amores le persiguen por mujeres que, al sentirse rechazadas, le injurian ante la prensa, solo por llevar su odio donde no encontraron su respuesta.

Las barreras de las plazas donde toreaba se adornaban con mantones de Manila. Y las mujeres, luciendo peineta, le miraban llenas de deseo, esperando una mirada suya que nunca, ningún día de la feria… llegó esa mirada.

La entereza de este personaje, su honradez y su nobleza es una lucha constante que se refleja en esta historia, donde el lector, confundido, ve la otra parte de la vida que siempre está… o no está, y que solo el tiempo te contesta.

Sus trajes de «grana y oro» se pasean por Las Ventas, igual que por la Maestranza. Y a sus pies tiene a todas las plazas del mundo, que le veneran.

Él es de Cádiz y se llama Joaquín Romero. Pero prefiere que le llamen Romero.

Su cuerpo esculpido incita a que ojos extraños se fijen en este gran torero, que aunque le llamen Romero, la historia aquí contada le llevó a lo más alto que pueda soñar cualquiera.

«Nació en la Tacita de Plata, donde el toro y el flamenco es algo natural en esta tierra… de mar adentro».

José Rasero

CRÓNICA BIOGRÁFICA DE LA SOLEDAD DE UN TORERO

La felicidad incompleta conforma la columna vertebral de la obra Romero.

Su protagonista, un ambicioso torero que consigue su sueño de triunfar en las mejores plazas, Joaquín Romero, se enfrenta a la fuerza del destino, que le lanza, continuamente, desde lo más alto a lo más bajo, atendiendo a los inesperados giros con los que el autor, José Rasero, sorprende al lector durante la trama.

Esta felicidad cuenta con la soledad «gabiana» de todos sus personajes principales, recorriendo con destreza las pruebas a las que la vida les somete durante todo el periplo vital. Una soledad que es aún más patente al tratarse del aislamiento del artista que se encuentra en el interior de un mundo de luces. Esta se refleja en los familiares del protagonista; en su esposa, Triana; y en el hijo de ambos, Joaquinito. Ellos representan el tesón y la espera de un amor incondicional. ¿Pero lo incondicional es inquebrantable? Esta incógnita queda abierta en la sociedad de una España clásica que dibuja Rasero, enriqueciendo la narración con la utilización de una amplia jerga taurina y el paralelismo histórico del mundo del toro con el del flamenco (del que tanto ha escrito en otras obras anteriores el autor sevillano, también reconocido bailaor, coreógrafo y docente de la danza).

Romero es una obra taurina que aborda todo lo que concierne a este mundo: choque generacional, clasismo, competitividad, distinción entre plazas, temporadas, elaboración de carteles y búsqueda de los mejores contratos… Asimismo, queda reflejada la presión machista que se diluye magistralmente en una firme evolución de la España que crece, según pasan los años para los personajes. Además, Rasero expone la diferencia de oportunidades del ser humano, atendiendo a sus circunstancias, y plantea el significado de la libertad y su posesión ante la justicia (no en vano, el protagonista proviene de una familia que ejerce la abogacía, estudios que Joaquín también lleva a cabo, a pesar de su condición de torero).

Todo se cuenta con el peculiar estilo de José, que ejecuta la trama con un orden exquisito, limpio, claro y sencillo. Eso sí, destacando su original forma de intercalar pinceladas poéticas y reflexiones, al igual que aporta datos históricos reales, elementos tan característicos del escritor.

De este modo, Rasero habla de la necesidad de alimentar el amor a diario, más allá de saciar el ego profesional. El lector se dará de bruces con la cara oscura de la fama, el dibujo de los destinos intercalados y la importancia de la familia por encima de cualquier otra posible felicidad. Elabora el trianero una crónica biográfica de los recuerdos que permiten a Joaquín mantenerse en pie cuando la soledad le invade, un recurso que define la personalidad del protagonista desde su juventud hasta su madurez. Con ello, se puede determinar que en esta novela, la felicidad y la soledad caminan en paralelo; es, por tanto, que la felicidad está incompleta, ya que no consigue escapar nunca de su reflejo.

Adelina Uribe

EL ESCRITOR

Yo nunca he tenido tiempo de pensar, o no quería tenerlo, porque me obligaba a cambiar el rumbo de mi pensamiento. Era algo que me oprimía el cerebro desviando el camino de la sangre, que es la que marca el camino a seguir si no se quiere entrar en la sinrazón, a veces rayando la locura.

Los surcos de su cara significaban diferentes caminos con sus diferentes historias, pero todos ellos revelaban la historia de su vida desde su niñez hasta hoy. Solo se necesitaba mirar detenidamente su cara, y, como si de un libro se tratase, en ella se reflejaban resquicios de alegría en su niñez, pero también mostraban mucha tristeza en el presente.

Este hombre antaño fue célebre y reconocido por las más altas esferas de Andalucía, donde todos le querían conocer. Incluso se comentaba que las mujeres urdían alguna mentira para poder acercarse a él con el fin de intentar enamorarle y, más de una, entregarse a él sin nada a cambio.

Su historia no es nada fácil de escribir; es como si la palabra «historia» se inventase para él. Los calificativos para describirle eran meros personajes que sobraban cuando se escribía de este hombre. Él, solo con su presencia, mostraba una gallardía, personalidad y belleza tan arrolladoras, que hablaban por sí mismas sin necesidad de buscarle adjetivos para entender su grandeza.

1LA HISTORIA HABLARÁ DE ÉL

Joaquín Romero García: torero del barrio Santa María de Cádiz, nacido en el año 1945; hijo de don Fernando Romero Sánchez, prestigioso abogado, y doña María García Carvajal.

Joaquín Romero compartía su gran pasión por los toros con su afición por el flamenco, del que era un gran aficionado. A él le gustaba bailar, porque bailando, se veía delante del toro dibujando unos naturales, ligando el pase de pecho culminando la faena.

Los Romero eran una familia acomodada de la alta sociedad de Cádiz. La vida para esta familia era como un paraíso donde tenían todas las necesidades cubiertas; aunque eso no les hacía sentirse más importantes ni diferentes a los demás. Así se criaron Joaquín y sus hermanos Santiago y Ana María, colmados del cariño de su familia y educados de una exquisita formación llena de los valores que les inculcaron sus padres, siempre basados en el respeto a los demás, independientemente de la clase social a la que perteneciesen.

Joaquín, que era el mayor de los hermanos, solía acompañar a su padre a ver las corridas de toros —don Fernando era un gran aficionado a este arte, en el que contaba con grandes amigos ganaderos y empresarios del mundo taurino, de los que muchos de ellos figuraban en su cartera de clientes—.

Con gran atención, el joven Joaquín se fijaba en todos los momentos de la lidia del toro; «él vivía el momento del torero como si fuese él el que estuviese en el ruedo».

Siempre que padre e hijo asistían a una corrida, su padre no dejaba de observarle y le llamaba mucho la atención el interés desmesurado de su hijo y su forma de sentir el mundo del toro. Pero pensaba que Joaquín era muy joven y se sentía deslumbrado por la valentía del torero al ponerse delante del toro, por lo que no le dio demasiada importancia a ello.

Próximamente cumpliría Joaquín dieciocho años y abandonaría el colegio para entrar en la universidad. Y como casi todos los jóvenes a esa edad, estaba lleno de ilusión y proyectos en mente para su futuro —que en nada coincidían con los que su padre soñaba y tenía planeados para él—.

Joaquín sabía que a su padre le gustaría que siguiese sus pasos como abogado. Pero para él su sueño era otro; quería ser matador de toros y cada vez acariciaba más esa idea, sentía verdadera pasión por el «arte de Cúchares». Él estaba convencido de lo que realmente deseaba hacer en el futuro y no cesaría en perseguir su sueño de ser torero.

Joaquín lo tenía decidido; el próximo fin de semana, cuando volviese a casa, hablaría con sus padres. Sus padres siempre se mostraban muy comprensivos con él y sus hermanos; estaba seguro que le apoyarían en su decisión.

2CARMELO

Los dos hermanos varones estudiaban semiinternos de lunes a viernes en un colegio religioso de élite. Rápidamente se adaptaron a la disciplina del colegio y a la mayoría de sus compañeros de estudios. Entre ellos destacaba un chico de Cádiz llamado Carmelo Molina que estaba en la misma clase de Joaquín y al que se le consideraba como al clásico «empollón», ya que en la horas libres que tenían, mientras los demás hacían tertulias o bien jugaban al fútbol o baloncesto, él las pasaba en la biblioteca estudiando.

Un día que Joaquín tuvo que documentarse para un examen de literatura y necesitaba tomar apuntes sobre el Romanticismo, decidió ir a la biblioteca. Mientras leía e intentaba concentrarse, no era capaz de ello porque notaba insistentemente la mirada de Carmelo —el empollón de su clase— sentado frente a él, con una tibia sonrisa burlona. Joaquín, nervioso y molesto por ello, levantó la cabeza y dirigiéndose a su compañero le dijo:

—¡Bueno!, ¿por qué no me cuentas qué hago para que te rías tanto?

El compañero se violentó al ver el enfado de Joaquín y le pidió disculpas, aclarándole:

—¡Ah!, perdona, no me río, es que te has equivocado de libro. En el que has cogido no viene el Romanticismo.

A continuación se levantó, fue a la estantería, cogió un libro y se lo llevó a Joaquín:

—Toma, ¡este es!, a mí ayer me pasó igual, el Romanticismo viene en el segundo tomo.

Joaquín le dio las gracias, y en ese momento se acordó de por qué le llamaban, y con toda la razón, empollón. Se conocía todos y cada uno de los libros de la biblioteca y el lugar donde encontrarlos.

A partir de ese día los dos se hicieron muy amigos, comenzando una amistad que duraría muchos años.

Un día Joaquín invitó a Carmelo a pasar el fin de semana en su casa. A sus padres les pareció bien la idea, ya que de continuo los dos hermanos, siempre que volvían a casa, no dejaban de hablar de él.

Carmelo aceptó con agrado la invitación:

—Gracias, Joaquín; intentaré ir lo más elegante posible para deslumbrar un poco.

—¡Ah, Carmelo!, prohibido hablar de los estudios, porque tú te animas y no hay quien te pare —le advirtió Joaquín.

—¡Bueno!, pues ya me dirás de qué quieres que hable.

—Es broma, hombre, puedes hablar de lo que te dé la gana. Pero eso sí, te presentaré a mi hermana Ana María, que es muy bella y educada.

—Joaquín, que te conozco, no empieces delante de todos a liar a tu hermana y a mí.

—Yo… Nada de nada, yo… calladito. Bueno, Carmelo, quedamos en ello. Para el sábado próximo te espero.

Los dos se abrazaron.

Pasó un tiempo en el que llegó el día en el que las familias de Joaquín y Carmelo, ante la insistencia de sus respectivos hijos, acordaron conocerse.

Joaquín y su padre don Fernando esperaban en el porche de su casa la visita de la familia de Carmelo cuando vieron llegar su coche. Les abrieron la verja y les indicaron en qué parte podían dejarlo aparcado.

Se saludaron muy cordialmente. A continuación pasaron al interior de la casa, donde Joaquín hizo de anfitrión, como se esperaba de él, presentándoles a sus padres y a sus hermanos Santiago y Ana María. Y por descontado a Luisa, que, muy respetuosa, se mantenía alejada.

El protocolo duró poco. Los hombres, que como si se tratase de amigos de toda la vida, charlaban animadamente. Y como no podía faltar, para acompañar la charla, don Fernando les ofreció unos puros acompañados de un buen oporto que les sirvió Luisa.

Mientras, la señora María y su hija Ana María hicieron lo propio con la madre y hermana de Carmelo, invitándoles a pasar al salón y después enseñándoles varias estancias de la casa, por las que doña Isabel y Rocío no dejaban de felicitar a doña María de tan singular y elegante decoración.

Su padre, don Carmelo Molina, era recaudador de la Agencia Tributaria de Cádiz. Su aspecto tan serio imponía mucho respeto, pero solo era esa primera apariencia seria; engañaba cuando estaba entre gente amiga como la familia Romero. En esos momentos don Carmelo mostraba su parte simpática, con una risa contagiosa con la que a todos invitaba a ello.

La familia de Carmelo tenía en todo momento un comportamiento exquisito. Durante el almuerzo, su madre, doña Isabel, derrochaba simpatía y se encargaba de amenizar la sobremesa con sus ocurrencias, como una gran gaditana.

Y así, poco a poco…, las familias de ambos se fueron conociendo, intercambiándose las visitas frecuentemente y llegando a mantener una amistad tan sólida entre los padres como la de sus respectivos hijos e hijas. Ana María, la hermana de Joaquín, y Rocío, la hermana de Carmelo, también terminaron siendo grandes amigas.

La amistad que llegó a forjarse entre ellos fue como la continuación de una gran familia y se prolongó más allá de los años de estudios de Carmelo y Joaquín.

Pero esa amistad, unos años más tarde, la distanció las obligaciones laborales de don Carmelo, que le trasladaron a la Delegación de Hacienda de Valladolid para prestar allí sus servicios, instalándose en esta capital toda la familia. Aun así, la amistad con la familia Romero se mantuvo en el tiempo, incluso llegaron a pasar algunas Navidades juntos.

3LA DECISIÓN DE JOAQUÍN

Luisa, la sirvienta de la familia Romero, era una mujer de mediana edad. Hacía mucho tiempo que trabajaba en la casa y quería mucho a los niños, ya que desde que nacieron se ocupaba de ellos. Por su parte la familia la trataba como a uno más de ellos.

Por Joaquín, Luisa sentía predilección; aunque a veces le hacía rabiar, con ella siempre mostraba tener un gran corazón. Cuando Luisa enfermaba, él no dejaba de verla y preocuparse por ella. Luisa decía que era el hijo que siempre quiso y no tuvo.

—Joaquín, te espera tu padre en el despacho. ¡Qué habrás hecho! —le preguntó Luisa intrigada.

—Nada, Luisa, es que tengo que hablar con él.

A continuación llamó a la puerta del despacho de su padre.

—Pasa, hijo, déjame que termine estos documentos; después me cuentas de qué quieres hablarme.

—Cuando puedas, papá, no tengo prisa.

El despacho de su padre parecía un museo. De sus paredes colgaban varios títulos y diplomas elegantemente enmarcados, así como fotografías con personajes relevantes de la ciudad con los que se había relacionado a lo largo de su carrera y se seguía relacionando. Todo aquello impresionaba a Joaquín, que sentía gran admiración por su padre y al que adoraba. Sí que era muy serio y con una disciplina de hierro, pero a la vez, tierno y comprensivo, al menos con los suyos. Y no dejaba de aconsejarles de continuo con estas palabras:

«Hijos, la disciplina y el trabajo es el camino del éxito. Tened en cuenta siempre esto que os digo, que es importante: la vida te pone por delante oportunidades que no las podéis dejar pasar. Son como un tren que estás esperando, y sin dudarlo, tienes que cogerlo rápido para no dejarlo escapar. Estas cosas nos las envía Nuestro Señor para que lo hagas tuyo y, con ello, plantearnos esa vida que a veces soñamos.

Ahora que sois jóvenes, sin ninguna experiencia de la vida, ese tren os llevará a que tu mente reconozca día a día las cosas buenas y las cosas malas, y eso será como una prueba que vosotros tendréis que solucionar con inteligencia».

Su padre terminó de ver los documentos, guardándolos en un portafolios que siempre llevaba consigo, y se dirigió a Joaquín:

—Bueno, hijo, ¿para qué querías hablar conmigo, de qué se trata? Pero antes te diré, que estoy muy orgulloso de ti por lo bien que llevas los estudios. Joaquín, tú estás llamado a ser un gran abogado. Ahora dime qué es eso tan importante que tienes que decirme.

Joaquín no sabía cómo empezar, su cerebro —esa máquina que dirige todos nuestros movimientos— parecía no funcionarle.

El padre le observaba y sonreía.

—Joaquín, un futuro buen abogado como tú no se puede quedar colapsado como estás tú en este momento.

—Ya, papá, lo siento, no sé cómo empezar. Tú me impresionas mucho, y esto que quiero decirte es algo que lleva conmigo mucho tiempo y temo que no te vaya a gustar.

»Papá, yo quiero coger ese tren del que tú nos hablas y no bajarme de él el resto de mi vida. Sé que es una vida complicada, llena de sorpresas y sacrificios, en la que continuamente pones tu vida en peligro, sin que ello te importe. Y como tú nos dices, con trabajo y disciplina, triunfaré.

—Bueno, Joaquín, me has expuesto a grandes rasgos lo que quieres. Y como los grandes abogados, me has hecho una exposición muy amplia sin querer ir directo al tema que quieres exponerme, y eso, en un juicio, se usa para llamar la atención del jurado. Así que, de una vez, dime qué quieres.

—Papá… ¡Quiero ser feliz!, quiero… ser torero. A eso quiero dedicar mi vida; es algo superior a mí, solo de pensarlo, mi corazón se llena de satisfacción.

Su padre no se esperaba esta decisión. Sabía que su hijo decía la verdad, lo veía en sus ojos, que, aunque llenos de inocencia a pesar de su edad, tuvo el valor de decidir la vida que quería.

—¡Pero hijo!, no sabes lo que dices. Tu formación y tu inteligencia es la que necesitan los grandes representantes del derecho. Tú no puedes, ni yo consentiré que tires por la borda tu futuro a ese mar que no sabrás dónde te llevará, porque no tendrás estabilidad ni rumbo fijo.

—Papá, quiero para tu satisfacción, terminar la carrera de Derecho, y después, dedicarme a lo que realmente me gusta, que es ser torero. Ahí está mi verdadera vocación y mi corazón, pero para ello, papá, necesito tu apoyo y bendición.

El momento era duro para su padre. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, se desvanecía la ilusión de que su hijo siguiera sus pasos en la abogacía. Por otro lado, se sentía vencido; sabía que era un juicio perdido de antemano, donde la defensa de la razón ganó la absolución para un hombre que quería ser… torero.

El silencio se apoderó de ellos; ninguno hablaba. Sus mentes eran como dos volcanes a punto de erupción, donde sus lavas ardientes marcarían diferentes caminos para dos corazones divididos. Aunque el amor de padre se impuso al ver el razonamiento de su hijo, que eso es lo que les enseñó a sus hijos: ¡respeto con los demás!, aunque lleves razón.

Don Fernando se acercó a su hijo. Sin dudarlo un segundo, y sin titubeo alguno, lo abrazó con eso que solo tienen y sienten los padres: amor incondicional; permaneciendo fundidos un largo rato en un abrazo que recordarán toda la vida.

A continuación, don Fernando le dijo a su hijo:

—Ya sabes que tengo bastantes amigos ganaderos, hablaré con ellos para que te dejen ir a los tentaderos para formarte. También quiero decirte, hijo, que no olvides nunca que aquí estará siempre tu familia para apoyarte en todo. Otra cosa, hijo, déjame que a tu madre se lo diga yo primero; esto a ella le va a sorprender y es mejor prepararla antes.

—Gracias, papá.

Joaquín, asombrado de la bondad y generosidad demostrada por parte de su padre, radiaba felicidad.

Al día siguiente se levantó con ganas de afrontar su nueva vida.

Se había quitado un peso de encima al habérselo contado por fin a su padre y la buena reacción de este para con él.

Ahora Joaquín necesitaba centrarse para saber por dónde empezar. Pero su alegría no era completa. Le faltaba la bendición de su ser más querido, su madre, y de cómo se tomaría su decisión de ser torero.

Estaba en ese momento de reflexión cuando llamaron a la puerta de su habitación. Joaquín no pudo evitar su nerviosismo pensando que sería su madre. Abrió la puerta y no, era Luisa, que venía a avisarle.

—Joaquín, tu madre te espera.

Su madre le esperaba en una pequeña salita contigua y comunicada abiertamente al dormitorio de sus padres.

Junto al gran ventanal de la salita, se encontraba su madre tejiendo, sentada en una mecedora al lado de una mesa camilla. Doña María siempre estaba haciendo canastillas y jerséis que luego regalaba a las monjas para los niños del hospicio; era una persona muy caritativa.

La madre, al verlo entrar, le recibió con la mejor de sus sonrisas y muy cariñosa. Este recibimiento a Joaquín le extrañó por lo inesperado, ya que él se temía que estuviese enfadada. Pero no, no fue así; como siempre, su madre era diferente y no dejaba de sorprenderle una vez más.

—Hijo, tu padre ya me ha contado a qué te quieres dedicar, y es nada menos que a torear, lo que significa jugarte la vida cada vez que salgas al ruedo. Eso quiere decir que me tocará sufrir mucho. Pero como creo que no te convenceré, y me consta que tu padre lo ha intentado, yo no voy a insistir más en ello. Tú ya sabes que en esta familia nos respetamos todos y, entre ello, las decisiones de los demás. Joaquín, la carrera tienes que hacerla; nunca se sabe lo que puede pasar.

A continuación, doña María le preguntó:

—Ahora, hijo, cuéntame cómo y por dónde vas a empezar esta aventura.

Joaquín estuvo explicándole a su madre que, de momento, estaría en el campo para tantear algunos becerros de la ganadería de don José Herrera.

—Él es amigo de papá y me ha ofrecido su casa para el tiempo que desee. También nos recomienda a un extorero como asesor, se llama Manuel Sevilla. Según dice don José, entiende mucho de toros. Él lleva muchos años ligado a esta profesión, de la que lo conoce todo.

»Su carrera como torero, aunque fue muy corta, está llena de conocimiento, por lo que me enseñará y aconsejará todo lo necesario para tener una buena formación, hablándome de toros, de las ganaderías, de los toreros antiguos y de los actuales. E intentará que, además de ser torero, sea un buen aficionado; algo que es imprescindible para adentrarme en este mundo de los toros y así conocerlo como la palma de mi mano. Y después, cuando empiece a torear, pienso llevar como mozo de espada y hombre de confianza a mi amigo Paquito Martínez, también conocido como Paquito de Cádiz.

Madre e hijo, estuvieron charlando durante bastante tiempo, uniéndose a la charla Luisa —que, como les constaba que estaría escuchando detrás de la puerta, se lo facilitaron invitándole a pasar—.

—Luisa —dijo la madre—, ¡anda, pasa!, siéntate aquí con nosotros y escucha. No quiero que te quedes como San Juan de Dios, con el dedo tieso para nada porque no hizo nada para remediarlo.

—Mamá, ¿por qué dices eso?

—¡Ah!, ¿tú no lo sabes? Cuéntaselo tú, Luisa, que tienes mucha gracia. ¡Vaya gaditano!, no conocer esta historia —le dijo su madre.

Y así lo contaba Luisa:

Plaza de San Juan de Dios: Semana Santa en Cádiz

En el año 1880, al salir la cofradía del Santo Entierro de una iglesia de Cádiz, uno de los pasos, en el que iba San Juan de Dios, al pasar por debajo de un balcón, este se desprendió, produciéndose un aparatoso accidente y, por ello, originándose el tumulto natural en estos casos, donde el público perdió el control al querer salir de allí rápidamente. El incidente causó varios heridos, teniendo que ser atendidos en el hospital.

Y pensando en la impasible «tiesura» del dedo sagrado de San Juan, esto dio motivo suficiente para que los gaditanos se inventaran un copla.

San Juan con el dedo tieso,

¡qué gracia tuvo!

El balcón que se cayó

no lo detuvo.

Ahora sí que no paso yo

por debajo de ese balcón,

no se vaya a desprender y

me mande a San Juan de Dios.

—¡Qué historia más bonita!, qué desgracia la gente que la sufrió —dijo Joaquín.

—¿Has visto, hijo, qué bien cuenta las cosas Luisa? ¿Quieres saber por qué?, porque habla mucho en el mercado de abastos con las amigas de otras casas y por eso llega tarde a la suya, que es esta. ¡Ja, ja, ja!

Joaquín miraba a las dos y reía como ellas, al mismo tiempo que reflexionaba.

Él, en estos momentos se consideraba el hombre más dichoso del mundo y se decía a sí mismo: «Estas mujeres y el resto de mi familia me llenarán de estímulos y sueños para emprender este camino que he decidido tomar y que con la ayuda de Dios lograré».

La vida de Joaquín dio un giro de forma radical. A veces la incertidumbre que le provocaba y la confianza en lo que quería ser iban unidas.

Él procuraba ser positivo y ver las cosas buenas; entre ellas fue el beneplácito de sus padres.

Una vez empezadas las clases en la facultad, Joaquín procuraba centrarse en sus estudios. De ningún modo quería defraudar a sus padres, que habían depositado su confianza en la promesa que les había hecho de terminar la carrera de Derecho. Además, la abogacía la llevaban en la sangre los Romero, que día a día la respiraban en su casa, muchas veces por comentarios del padre. No en vano tenían como referente a su padre por ser uno de los abogados más solicitados de Andalucía debido a su prestigio.

Los fines de semana, Joaquín aprovechaba para entrenarse con mucha dureza con un preparador físico, el cual valoraba mucho a Joaquín por su gran tesón y le consideraba por ello digno de admiración.

Él no encontraba nada negativo; lo que le pedían que hiciese, hacía. Él, al menos, lo intentaba todo.

Joaquín comprendía que la preparación física para ponerse delante de un toro es importantísima, incluso te puede salvar la vida en momentos de peligro con el toro.

Al poco tiempo de estar asesorando a Joaquín, Manuel Sevilla inmediatamente se percató de lo rápido que este entendía sus explicaciones, lo bien que hacía las cosas y con qué estilo manejaba el capote.

Era tan grande su admiración por el joven Romero, que si por él fuese, lo presentaría de novillero en pocos meses. Pero consideró darle el tiempo necesario para completar su formación.

Cada semana, Joaquín tenía tentaderos de novillos en diferentes ganaderías para acostumbrarse a distintos toros. Y esto le llevó a conocer al toro nada más salir al ruedo. Ahora que él estaba más integrado en este ambiente, reconocía que esta profesión era muy dura y complicada. Pero nunca desistiría en su empeño de ser una figura del toreo y se entregaría a todo tipo de esfuerzo por muy duro que fuese.

4SU DEBUT COMO NOVILLERO

Después de entrenarse durante un año Joaquín a tope; Manuel Sevilla consideró que ya podía torear sin problema.

El ganadero don José Herrera estaba de acuerdo con la decisión de Manuel Sevilla de que ya era el momento de presentarlo. Entonces, le ofrecieron una novillada en el Puerto de Santa María, que es una de las plazas más reconocidas de España.

Joselito el Gallo dejó escrito un día: «Quien no ha visto toros en el Puerto, ¡no sabe lo que es un día de toros!».

Era una novillada benéfica, donde es cierto que se toreaba gratis, pero sí muy importante para los toreros que empezaban.

La terna la compartían Antonio Galán (de Sevilla), Manolo Huertas (de Badajoz) y Joaquín Romero (de Cádiz). Toros de la ganadería de Consecierra.

La entrada era muy buena, los tendidos se llenaron de aficionados, ya que el novillero, Manolo Huertas, traía buenas referencias, cortando siempre las orejas a los novillos.

En los primeros tres novillos, los toreros cumplieron. El segundo de Galán lo recibió a portagayola, siendo muy aplaudido. Con el capote, Galán se lució, pero con la muleta, el público pidió «música, maestro» porque lo merecía. Con el arte que desprendía ese torero, entró a matar hasta la bola, concediéndole una oreja con una gran ovación del respetable.

Manolo Huertas también lo recibió a portagayola para no ser menos. El manejo del capote era espectacular y el público le jaleaba en cada verónica. Con la muleta, tirando de veteranía, dio una tanda de pases de rodilla muy comercial —el público se le comía—, pero entró a matar cruzando el acero, degollando al novillo, y eso le restó más premio, pero se llevó una oreja.

Joaquín estaba asombrado de sus compañeros de ternas —que ya llevaban dos temporadas de novilleros—.

Pero eso no le arrugó. Salió su segundo novillo y, a diferencia de los demás, dejó que lo fijaran los subalternos; cuando él consideró que la colocación era la adecuada, citó al toro con el capote —entre el público se miraban sin entender de dónde salía este muchacho—, llevó el capote bajo, rozando su barriga con el costado del novillo —él estaba concentrado, como poseído; tenía al público encandilado de tanto arte—, cogió la muleta, se fue al centro del ruedo citándolo de lejos. Se le arrancó el novillo y, sin moverse, dejó que el novillo rozase su cintura sin corregir ni un ápice su quietud. La plaza era un hervidero. Allí estaba naciendo un torero, dejando una variedad de pases. Cuando cogió el sitio y cuadró al toro para entrar a matar —el público en silencio, no queriendo molestar a ese joven torero al que sin duda le esperaba la gloria—, llamó al toro y, recibiéndolo, metió la espada haciendo pelo; el novillo cayó como fulminado por un rayo.

El público, no dando crédito a lo que veían, la plaza entera con todos los espectadores en pie, gritaban: «¡Torero! ¡torero!»; otorgándole las dos orejas y el rabo. Inmediatamente, los capitalistas le cogieron a hombros llevándole por las calles del Puerto hasta el hotel donde se alojaba, dejando en la calle cientos de personas aplaudiéndole.

Paquito, su mozo de espada, lloraba rodeando a su torero lleno de celos para que nada le pasara.

Ya en su habitación del hotel, lo primero que hizo Joaquín fue llamar a su madre como le prometió.

La señora María lloraba de alegría al oír la voz de su hijo; todavía tenía el rosario en la mano de haber estado rezando por su Joaquín.

Joaquín se dirigió a Paquito:

—¡Qué, Paquito!, qué callao estás, ¿no me dices na?

—¿Qué quieres que te diga? Si has sorprendido a todo el mundo. Ese torero que estaba en la plaza no era mi Joaquín, era otro que no conocía. Te transformaste; estabas tan concentrado que hasta se te olvidó que tenías a tu lado un toro. El público estaba sobrecogido por el valor del torero, que veían cómo te jugabas la vida sin importarte perderla.