Romper el consenso - Gonzalo Wilhelmi Casanova - E-Book

Romper el consenso E-Book

Gonzalo Wilhelmi Casanova

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A pesar de que Franco falleció en la cama el 20 de noviembre de 1975, el franquismo murió en la calle: la movilización en fábricas, barrios, universidades y calles, impulsada por el Partido Comunista de España y por la izquierda revolucionaria; las diferentes corrientes marxistas, libertarias, defensoras de la autonomía obrera y cristianas anticapitalistas… fueron los que pusieron la lápida sobre el dictador. Las organizaciones anticapitalistas desempeñaron un papel decisivo en el desarrollo de los movimientos sociales, desde los más fuertes como el obrero, el vecinal, el estudiantil, el feminista y el pacifista, hasta los más pequeños como el de liberación homosexual, el de minusválidos, el ecologista o el de presos comunes. En su constitución defendieron diferentes proyectos políticos con elementos comunes, como la defensa de una ruptura con la dictadura, la reducción de la pobreza y las desigualdades, el fin de la subordinación de las mujeres a los hombres, una salida a la crisis que aliviara el paro por medio de la creación de empleo y con derechos y una estructura territorial respetuosa con las distintas identidades nacionales presentes en España. Romper el consenso expone la historia de los miles de hombres y mujeres que se enfrentaron a la tortura, a la cárcel e incluso a la muerte para acabar con la dictadura. Miles de militantes que intentaron otra transición diferente a la que finalmente desembocó en una democracia similar a la de los países del entorno.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Siglo XXI

Gonzalo Wilhelmi

Romper el consenso

La izquierda radical en la Transición española (1975-1982)

Prólogo: Álvaro Soto Carmona

Prefacio: Manuel Blanco Chivite

A pesar de que Franco falleció en la cama el 20 de noviembre de 1975, el franquismo murió en la calle: la movilización en fábricas, barrios, universidades y calles, impulsada por el Partido Comunista de España y por la izquierda revolucionaria; las diferentes corrientes marxistas, libertarias, defensoras de la autonomía obrera y cristianas anticapitalistas… fueron los que pusieron la lápida sobre el dictador. Las organizaciones anticapitalistas desempeñaron un papel decisivo en el desarrollo de los movimientos sociales, desde los más fuertes como el obrero, el vecinal, el estudiantil, el feminista y el pacifista, hasta los más pequeños como el de liberación homosexual, el de minusválidos, el ecologista o el de presos comunes. En su constitución defendieron diferentes proyectos políticos con elementos comunes, como la defensa de una ruptura con la dictadura, la reducción de la pobreza y las desigualdades, el fin de la subordinación de las mujeres a los hombres, una salida a la crisis que aliviara el paro por medio de la creación de empleo y con derechos y una estructura territorial respetuosa con las distintas identidades nacionales presentes en España.

Romper el consenso expone la historia de los miles de hombres y mujeres que se enfrentaron a la tortura, a la cárcel e incluso a la muerte para acabar con la dictadura. Miles de militantes que intentaron otra transición diferente a la que finalmente desembocó en una democracia similar a la de los países del entorno.

Gonzalo Wilhelmi es doctor en Historia contemporánea y ha investigado sobre el movimiento autónomo y libertario en Madrid y sobre las víctimas de la violencia política en la Transición. También es autor del guion del documental Ojos que no ven (ojosquenoven.org) sobre las víctimas del fascismo en España desde 1975.

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Gonzalo Wilhelmi, 2016

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2016

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-1799-6

En memoria de Yolanda González, estudiante, trabajadora y militante revolucionaria.

En memoria de todos los hombres y las mujeres que dieron la vida en la lucha por la democracia y el socialismo.

AGRADECIMIENTOS

A los archiveros de la Fundación Pablo Iglesias; a Cristina Arias y Julián Vadillo de la Fundación Anselmo Lorenzo; a Javier Domínguez del archivo de las Comunidades Cristianas Populares; a Pepe Porrero del archivo del Partido del Trabajo de España-Joven Guardia Roja; a Alejandro Molins, responsable de un magnífico archivo sobre la izquierda; a Jorge Sancho del archivo de la LCR y a Manolo Llusía del archivo del Movimiento Comunista. A Eduardo García, Julio Rogero, Felipe Aguado, José Daniel e Inmaculada Margallo, que tuvieron la amabilidad de compartir sus archivos personales.

A Manuel Blanco, Ana Martín, Anabela Silva, Pepe Roldán, Luis García y Paco Salamanca, por su inestimable ayuda a la hora de buscar a los antiguos militantes de las distintas organizaciones.

A todas las personas entrevistadas, que han compartido su tiempo y su memoria.

A David Beorlegui, Javier Contreras, David Ballester, Inmaculada Fernández, Carlos Varea, Esteban, Montse, Pedro Plaza, María Gutiérrez, Pepe Porrero, Alejandro Sánchez y Joel Sans por sus comentarios críticos y sugerencias.

A Juan Manuel Guillem, Ana Aguado, Pedro Oliver, Juan Andrade y Pilar Díaz, miembros del tribunal de la tesis doctoral que está en el origen de este libro, por sus valoraciones críticas, tan útiles para mejorar el texto inicial.

Al profesor Álvaro Soto, director de dicha tesis doctoral, cuya orientación, exigencia de rigor y contraste de planteamientos han sido fundamentales para este libro. Gracias, Álvaro.

A todos los participantes en el congreso España sin (un) Franco, organizado por el CENDEAC en Murcia en octubre de 2014, cuyos debates han sido muy importantes para la elaboración de este libro. Gracias especialmente a Javier Fuentes, director del CENDEAC, que fue despedido a raíz de este congreso por haberse atrevido a fomentar el contraste de ideas y la participación como parte de una gestión cultural ejemplar realizada desde una institución pública.

A Miguel González, fallecido antes de que el trabajo pudiera concluirse, por su entusiasmo con el proyecto, y sobre todo, por su demoledora ironía.

A Javier Romeo, con quien hace ya 20 años compartí largas conversaciones en el remoto pueblo de Amando López, en las que me asomé por primera vez a la lucha en la universidad y en las fábricas de la dictadura. A Carlos Ramos, que me guió por el laberinto del movimiento libertario, y compartió su fecunda trayectoria militante e intelectual. Javier, Carlos, este libro es vuestro también.

Y sobre todo, gracias a mi familia, sin cuyo apoyo constante difícilmente hubiera podido enfrentarme a este trabajo.

A todos, gracias.

ÍNDICE DE SIGLAS

ABI

Acuerdo Básico Interconfederal

AC

Asamblea de Cataluña

ACCP

Archivo de las Comunidades Cristianas Populares de Madrid

ADJ

Asamblea Democrática de la Juventud

ADM

Asociación Democrática de la Mujer

AEPDEN

Asociación de Estudios y Protección de la Naturaleza

AFAL

Archivo de la Fundación Anselmo Lorenzo

AFAPE

Asociación de Familiares y Amigos de Presos y Expresos

AFPI

Archivo de la Fundación Pablo Iglesias

AFSS

Archivo de la Fundación Salvador Seguí

AISS

Administración Institucional de Servicios Socioprofesionales

AMI

Acuerdo Marco Interconfederal

AN-PG

Asemblea Nacional-Popular Galega

AOA

Asociación Obrera Asambleísta

AP

Alianza Popular

AST

Acción Sindical de Trabajadores

AV

Asociación de Vecinos

BEAN

Bloc d’Esquerra d’Alliberament Nacional

BNG

Bloque Nacionalista Galego

BNPG

Bloque Nacional-Popular Galego

BR

Bandera Roja

BVE

Batallón Vasco Español

CAME

Colectivos por la Autonomía del Movimiento Estudiantil

CB

Comisiones de Barrio

CC

Células Comunistas

CCAG

Coordinadora de Col.lectius d’Alliberament Gai de Catalunya

CCM

Centro Cultural Mantuano

CCP

Comunidades Cristianas Populares

CCOO

Comisiones Obreras

CD

Coordinación Democrática

CDC

Convergència Democràtica de Catalunya

CFPC

Consell de Forces Politiques de Catalunya

CFPG

Consello de Forzas Políticas Galegas

CGV

Consejo General Vasco

CGT

Confederación General del Trabajo

CL

Comisións Labregas

CNT

Confederación Nacional del Trabajo

CNT-AIT

Confederación Nacional del Trabajo-Asociación Internacional de Trabajadores

CNT-CV

Confederación Nacional del Trabajo-Congreso de Valencia

COAG

Coordinadora de Agricultores y Ganaderos

COFLHEE

Coordinadora de Organizaciones y Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español

COPEL

Coordinadora de Presos Españoles en Lucha

CPM

Comité Provincial de Madrid

CPP

Comité Pro Presos

CRPE

Convención Republicana de los Pueblos de España

CSM

Comités de Soldados y Marineros

CSUT

Confederación de Sindicatos Unitarios de Trabajadores

DGS

Dirección General de Seguridad

ECD

Estatuto de Centros Docentes

EE

Euskadiko Ezkerra (Izquierda de Euskadi)

EG

Esquerda Galega

EHB

Euskadi Herrikoi Batzarra (Asamblea Popular de Euskadi)

EHGAM

Euskal Herriko Gai Asakapen Mugimendua (Movimiento de liberación gay vasco)

EIA

Euskal Iraultzarako Alderdia (Partido para la Revolución Vasca)

EMK

Euskal Mugimendu Komunista (Movimiento Comunista Vasco)

ERC

Esquerra Republicana de Catalunya

ESK-CUIS

Ezker Sindikalaren Koordinakundea - Coordinadora Unitaria de Izquierda Sindical

ETA

Euskadi Ta Askatasuna (Euskadi y Libertad)

ETA (m)

ETA militar

ETA (p-m)

ETA político-militar

FAC

Federación de Asamblea Cristianas

FACUM

Federación de Asociaciones Culturales de la Universidad de Madrid

FAGC

Front d’Alliberament Gai de Catalunya

FAI

Federación Anarquista Ibérica

FAS

Fuerzas Armadas

FAVB

Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona

FECO

Federación de Comunistas

FLHOC

Frente de Liberación Homosexual de Castilla

FIC

Frente de Izquierda Comunista

FIGA

Federación Ibérica de Grupos Anarquistas

FLM

Frente de Liberación de la Mujer

FLM de CNT

Federación Local de Madrid de CNT

FLP

Frente de Liberación Popular

FN

Fuerza Nueva

FOC

Front Obrer de Catalunya

FOP

Fuerzas de Orden Público

FP

Formación Profesional

FPAV

Federación Provincial de Asociaciones de Vecinos

FRAP

Frente Revolucionario Antifascista y Patriota

FSS

Fundación Salvador Seguí

FST

Federación Sindical de Trabajadores

FTT

Federación de Trabajadores de la Tierra

FUDE

Federación Universitaria Democrática Española

FUSM

Federación de Uniones de Soldados y Marineros Demócratas de las Fuerzas Armadas

FUT

Frente por la Unidad de los Trabajadores

GRAPO

Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre

HASI

Herri Alderdi Sozialista Iraultzailea (Partido Socialista Revolucionario Popular)

HB

Herri Batasuna (Unidad Popular)

HOAC

Hermandad Obrera de Acción Católica

ID

Izquierda Democrática

IR

Izquierda Republicana

IRPF

Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas

JCE (m-l)

Juventud Comunista de España (marxista-leninista)

JDE

Junta Democrática de España

JGRE

Joven Guardia Roja de España

JOC

Juventud Obrera Católica

KAS

Koordinadora Abertzale Sozialista

LAB

Langile Abertzaleen Batzordeak (Comisiones de Obreros Abertzales)

LAIA

Langile Abertzale Iraultzaileen Alderdia (Partido de los Obreros Revolucionarios Abertzales)

LAU

Ley de Autonomía Universitaria

LC

Liga Comunista

LCR

Liga Comunista Revolucionaria

LISMI

Ley de Integración Social del Minusválido

LKI

Liga Komunista Iraultzailea (Liga Comunista Revolucionaria)

LOAPA

Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico

LPRS

Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social

MC

Movimiento Comunista

MCE

Movimiento Comunista de España

MCG

Movimiento Comunista de Galicia

MCV

Movimiento Comunista Vasco

MDH

Movimiento Democrático de Homosexuales

MDM

Movimiento Democrático de la Mujer

MDM-MLM

Movimiento Democrático de la Mujer-Movimiento de Liberación de la Mujer

MELH

Movimiento Español de Liberación Homosexual

MIL

Movimiento Ibérico de Liberación

MJC

Movimiento de Juventudes Comunistas

MLC

Movimiento de Liberación Comunista

MOC

Movimiento de Objeción de Conciencia

MU

Minusválidos Unidos

MUP

Movimiento Unitario de Parados

NE

Nacionalistes d’Esquerres

OCA

Organización de Clase Anticapitalista

OCE-BR

Organización Comunista de España-Bandera Roja

OIC

Organización de la Izquierda Comunista

OICE

Organización de la Izquierda Comunista de España

OJE

Organización Juvenil Española

OMLE

Organización Marxistas-Leninistas Españoles

ORT

Organización Revolucionaria de Trabajadores

OSE

Organización Sindical Española

OSO

Oposición Sindical Obrera

PAU-PTA

Pueblo Andaluz Unido-Partido del Trabajo de Andalucía

PCC (p)

Partido Comunista Canario (provisional)

PCE

Partido Comunista de España

PCE (i)

Partido Comunista internacional

PCE (m-l)

Partido Comunista de España (marxista-leninista)

PCE (r)

Partido Comunista de España (reconstituido)

PCU

Pueblo Canario Unido

PCT

Partido Comunista del Trabajo

PGSD

Partido Galego Social Demócrata

PIB

Producto Interior Bruto

PNV

Partido Nacionalista Vasco

POD

Plataforma de Organismos Democráticos

POG

Partido Obreiro Galego

POUM

Partido Obrero de Unificación Marxista

PSA-PA

Partido Socialista de Andalucía-Partido Andaluz

PSAN

Partit Socialista d’Alliberament Nacional

PSAN (p)

Partit Socialista d’Alliberament Nacional (provisional)

PSC

Partit dels Socialistes de Catalunya

PSD

Partido Social Demócrata

PSG

Partido Socialista Galego

PSOE

Partido Socialista Obrero Español

PSP

Partido Socialista Popular

PST

Partido Socialista de los Trabajadores

PSUC

Partit Socialista Unificat de Catalunya

PT

Partido de los Trabajadores

PTA

Partido del Trabajo de Andalucía

PTE

Partido del Trabajo de España

PUCC

Partido de Unificación Comunista de Canarias

SDEU

Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad

SEREM

Servicio de Recuperación del Minusválido

SEU

Sindicato de Estudiantes Universitarios

SOC

Sindicatos de Obreros del Campo

SOG

Sindicato Obreiro Galego

SP

Secretariado Permanente

SU

Sindicato Unitario

TOP

Tribual de Orden Público

UAG

Uniones de Agricultores y Ganaderos

UCD

Unión de Centro Democrático

UDF

Unión Democrática de Funcionarios de Prisiones

UDS

Unión Democrática de Soldados

UGT

Unión General de Trabajadores

UMD

Unión Democrática Militar

UNAI

Unión Navarra de Izquierdas

UPC

Unión del Pueblo Canario

UPG

Unión do Pobo Galego

USO

Unión Sindical Obrera

USP

Unión Sindical de Policía

UTT

Unión de Trabajdores y Técnicos

VO

Vanguardia Obrera

PRÓLOGO

Pensábamos que éramos muchos y en realidad no llegábamos al 3 por 100 de los ciudadanos con derecho al voto. Estábamos convencidos de que portábamos los valores democráticos, despreciando a eso que denominábamos «democracia burguesa», situando por encima a la «democracia obrera», que donde existía no era otra cosa que la dictadura del partido. Vimos, ante nuestra impotencia, cómo el dictador moría en la cama y la sucesión en la Jefatura de Estado se llevaba a cabo con toda normalidad, no produciéndose el tan deseado día de la irrupción de las masas en la calle tomando el «Palacio de invierno» y proclamando el socialismo. Continuaron los mismos jueces, los mismos policías, los mismos generales, los políticos provenientes de la dictadura.

El proceso de cambio político fue reformista y cuando hubo elecciones, aparecieron como el referente más importante de la izquierda los jóvenes socialistas que en su inmensa mayoría habían estado lejos de los lugares donde se luchaba contra el franquismo, eran unos desconocidos. Además tuvimos que aprender que la democracia que se iba a implantar era muy distinta a la que nos enseñaron nuestras lecturas (Jean-Paul Sartre, Marta Harnecker, Nicos Poulantzas, Louis Althusser, Isaac Deutscher, o los mismísimos Mao Tse-tung, León Davidovich Bronstein (Trotsky) o Vladímir Ilich Uliánov (Lenin). Javier Praderas, antes de fallecer, mirando unas estanterías llenas de libros de estos autores en su casa de Cantabria decía «qué pérdida de tiempo». O aún más contundente era el camarada Eugenio del Río, secretario general del Movimiento Comunista (MC), cuando afirmaba: «menos mal que no ganamos».

Lo cierto es que pese a estas críticas no exentas de nostalgia, hicimos lo que debíamos de hacer y contribuimos a los cambios habidos, para en la gran mayoría de los casos adaptarnos a los nuevos tiempos y disfrutar de aquella denostada «democracia burguesa» en nuestros trabajos y hogares. Mientras una minoría activa siguió en política desde siglas muy dispares, la mayor parte de ellas muy alejadas de los planteamientos que defendíamos durante los últimos años de la dictadura y la transición a la democracia.

El libro que tiene el lector en las manos es una excelente y necesaria investigación, hoy convertida en síntesis, realizada por Gonzalo Wilhelmi. En el amplio panorama, de calidad muy desigual, de lo escrito sobre la Transición, los trabajos dedicados a la «izquierda revolucionaria» eran escasos o demasiado localistas, lo que hacía que nos perdiésemos en detalles sin tener una visión global del papel que desempeñaron aquellos miles de militantes.

Estos últimos dedicaron mucho tiempo, su patrimonio e incluso en algunos casos su vida a «derrocar» la dictadura y a plantear un modelo alternativo a la sociedad capitalista. Vistos desde la actualidad constituían una minoría muy activa del antifranquismo, pero es cierto que estaban presentes en todas las asambleas de la facultad, la fábrica o el barrio, en los «saltos» (comandos) de su ciudad, o durante la noche trabajando con la «vietnamita» para poder tirar los panfleto por la mañana cuando entraban los trabajadores a las fábricas, o hacer una pintada en el suburbano de Madrid o Barcelona. En sus lugares de trabajo o estudio criticando lo existente y explicando lo que deberíamos conquistar, podíamos «llegar al paraíso». Y cuando no había que agitar o repartir propaganda, discutiendo en las células, en los círculos rojos con los compañeros simpatizantes o más cercanos a sus posturas. La vida se dedicaba a la militancia, las amistades se concentraban en ámbitos concretos de la política, que se constituía como una pieza clave de su vida.

Cuando Gonzalo Wilhelmi me propuso realizar una investigación sobre el papel de la «izquierda revolucionaria» en Madrid durante la Transición, me pareció una idea excelente. Existía un motivo personal, aparte de la necesidad académica: yo había militado durante cinco años en la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). Pensé que con la dirección y el buen hacer de Gonzalo, se podía hacer una investigación rigurosa que marcase un antes y un después de lo que hasta el momento conocíamos.

Los cierto es que Gonzalo Wilhelmi tenía todos los atributos para realizar una buena investigación. Era de una generación que no había vivido la Transición y mantenía severas críticas a la misma, pero sin sectarismos. Estaba comprometido con distintos movimientos sociales, lo que le hacía conocer bien los debates internos de los múltiples «grupúsculos» que aparecían y desaparecían con gran facilidad entre aquellos que rechazaban lo «existente» o lo «políticamente correcto». Tenía la formación necesaria y la voluntad para realizar la investigación, aunque le restase tiempo de su vida privada y de su tiempo de ocio.

La construcción de la investigación se hizo utilizando fuentes escritas y orales. Respecto a las primeras, pese a su elevado número y la dificultad de localización de algunas de ellas, fueron analizadas exhaustivamente. Como diría el maestro de historiadores Georges Duby, las «agotó». Las fuentes orales fueron escogidas cuidadosamente: se trataba de conocer las vivencias de aquellos militantes, que como ya hemos dicho, dieron todo lo que tenían por un «ideal».

Ahora había que combinar adecuadamente los ingredientes. Optar por una visión temporal era necesario, ya que dentro del proceso de transición había claramente marcados tres planos temporales: la reforma, el consenso y el desencanto. Desde comienzos de 1982, se asistió a un nuevo plano, «el cambio», que anunciaba lo que iba a venir y fijaba las tareas propias de la democracia, no de la transición.

Entre la muerte del dictador y la celebración de las primeras elecciones democráticas tras 41 años sin ellas, se produjeron importantes movilizaciones sociales (protagonismo de la sociedad civil) dependientes de diversos proyectos políticos, que sirvieron, junto a la opinión pública, para que se pusiera en marcha el proceso reformista. El papel de las organizaciones políticas a la izquierda del Partido Comunista de España (PCE) fue buscar un proyecto político viable que no se alejase de los planteamientos que se habían mantenido antes del tan esperado «hecho biológico». Fue, más que difícil, en gran medida un fracaso. La sociedad que oía con agrado a la «izquierda revolucionaria» no estaba dispuesta a introducirse en un terreno pantanoso, con demasiados riesgos y un final incierto.

El espíritu unitario fue solo propaganda, buen ejemplo de ello fue la actitud de los sindicatos dependientes de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) y del Partido del Trabajo de España (PTE), que primero rompieron con Comisiones Obreras (CCOO) y luego, en vez de seguir una senda unitaria, rompieron entre ellos. Demasiado sectarismo existía en los «chinos». Pero no era exclusivo el monopolio de esta actitud en dichas organizaciones, creo que a la mayoría de nosotros nos condicionaba una actitud «anti-PCE». Es cierto que esta organización, conducida por un Santiago Carrillo que nunca olvidó sus conductas estalinistas, no lo puso fácil, ya que trataba de condicionar los comportamientos de toda la izquierda y, de forma especial, la de sus propios militantes, quienes terminaron por abandonarlo.

Llama la atención la cantidad de movimientos sociales que confluyeron en dicho momento, aunque creo que como bien estudia el autor, el hecho político y partidista era decisivo para explicar lo que estaba ocurriendo.

Pienso que durante la transición a la democracia hubo una ruptura, solo el hecho de pasar de un Estado con derecho a un Estado de derecho es suficiente para mostrar lo sucedido. Ello no impide decir que el proceso fue reformista, ya que los gobernantes tuvieron en todo momento el control de los «aparatos de Estado», como afirma acertadamente Maurice Duverger.

Al abandonar los planteamientos rupturistas la izquierda mayoritaria (PSOE-PCE), estos quedaron en manos de la «izquierda revolucionaria», pero no los supo aprovechar. Su incapacidad para mostrarse como una fuerza electoral atractiva, sus divisiones internas –fruto del sectarismo anteriormente mencionado–, su falta de propuestas movilizadoras, la falta de un liderazgo claro y vinculante y su incapacidad para combatir políticamente el significado del «consenso» fueron letales. Temas como la amnistía (ley de punto final), el contenido flexibilizado de los Pactos de la Moncloa, la permanencia de personal vinculado al franquismo, o la sistemática violación de los Derechos Humanos durante la dictadura no fueron suficientemente defendidos, aunque es cierto que se encontraron con una sociedad que mayoritariamente prefería «el olvido».

Tras la Constitución y las elecciones generales de 1979, tan solo quedaba recoger los restos del naufragio. La única «izquierda revolucionaria» que se significaba como tal se encontraba vinculada a movimientos nacionalistas, y cada vez primaban más estos últimos planteamientos que los derivados de la «lucha de clase». Nos quedamos huérfanos, con un PCE que iba a autodestruirse por sus luchas internas y falta de democracia y un Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que desde el Congreso Extraordinario de septiembre de 1979 abandonaba los planteamientos de la izquierda política para apostar por un proyecto reformista con una alta dosis de liderazgo político.

Es una historia fantástica, que Gonzalo Wilhelmi ha sabido plasmar con claridad. Lo mejor de la obra es cómo ha sido capaz de resolver la complejidad de los hechos que estudia en un relato apasionante, cercano, comprensible y riguroso.

Álvaro Soto Carmona, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid

Tres Cantos, 20 de noviembre de 2015

(40 años después)

PREFACIO

Un libro que hay que leer

La cuestión, para quien lleva tantos años leyendo libros y aún más años viviendo en este país de historias ocultas y deformaciones académicas y televisivas de la historia, la cuestión, digo, es saber si el volumen que tiene uno entre las manos, por azar, por curiosidad o por inicial interés, merece o no merece la pena leerse.

Si detrás de tantas páginas hay un trabajo serio de investigación, de búsqueda, de interpretación, que no nos repita lo ya leído cien veces, lo ya escuchado a los mandarines culturales de la monarquía, sean del lado que sean, pero siempre mandarines, que no repita, en fin, lo que estamos hartos de oír a mayor gloria de los poderes actuales… y se da la feliz circunstancia de que tal es el caso, pues sea bienvenido el libro y dispongámonos a su lectura.

Romper el consenso. La izquierda radical en la Transición española (1975-1982) es, no cabe duda, un libro que merece la pena y Gonzalo Wilhelmi, un autor esforzado e inquisitivo, un verdadero investigador tanto de archivos como «de calle y campo». Y ha hecho un buen trabajo. Que no es poco.

El libro, entre el aluvión de libros que se publican sobre todo lo habido y lo no habido, constituye una aportación ambiciosa al tema que trata y no muchos han tratado antes: la un tanto olvidada izquierda revolucionaria que, con generosidad y sacrificio, se enfrentó al fascismo en España, y su papel polémico, contradictorio, difícil, en la transición de la dictadura franquista a la discutible democracia monárquica que todavía vivimos.

Aquella izquierda, dividida y poco flexible, tuvo su indudable influencia social en los momentos más duros de la lucha, aunque el prestigio ganado en la misma no pudo traducirse, en la nueva situación, en la suficiente fuerza electoral.

Sin apoyos económicos (la banca tenía, evidentemente, otras opciones avaladas por la socialdemocracia internacional), excesivamente fragmentada, poco dada a ceder en sus particularismos de sigla, la izquierda radical fue sobrepasada por los acuerdos interesados entre el neofranquismo (entonces representado por Adolfo Suárez y su improvisada UCD y hoy encarnado en el PP) y quienes, a la postre, previa instrumentalización del PCE como cuerpo de contención, se convirtieron en los nuevos gestores del gran capital (PSOE y nacionalismos periféricos), con base en el apoyo electoral de las nuevas clases medias urbanas formadas básicamente en el desarrollismo de la década de los sesenta.

Fueron años convulsos, sangrientos y apasionantes. Ahora, en la distancia, para quienes los vivimos en el ojo del huracán, pienso que sí, que mereció la pena vivirlos, que mereció la pena intentarlo.

El libro de Wilhelmi puede leerse como una gran crónica en la que todos los temas y todos los protagonistas de aquellos años y aquellas vicisitudes, tienen su lugar y su correspondiente análisis. Una crónica global y pormenorizada de los hechos más relevantes y de las organizaciones, sindicatos, partidos y movimientos que los protagonizaron. Desde los partidos más caracterizados de esa izquierda revolucionaria (MC, LCR, PCE [m-l], PCE [r] ORT, PTE…), hasta los sindicatos del momento, el movimientos vecinal, el feminismo, las comunidades cristianas, la aparición del movimiento gay, la COPEL y un largo etcétera. Todo ese magma se mostró unas veces aliado y otras extremadamente crítico y enfrentado a los dos grandes partidos de la izquierda más institucional, el PCE y el PSOE, ambos discutidos y ambos desempeñando un importantísimo papel, determinante, en la consolidación de la alternativa neofranquista de democracia: la monarquía constitucionalizada en 1978.

Un periodo, la Transición y sus borrones y cuentas nuevas (los borrones para el pueblo trabajador y las cuentas nuevas para esos nuevos gestores a los que hemos aludido), todavía sin zanjar, y cuyas consecuencias gravitan, en estos días de nuevo críticos y expectantes, sobre nuestra existencia, impulsando los actuales deseos de cambio.

Particular importancia tiene en el libro la «cartografía» de la época, el mapa conceptual que nos presenta. Eso lo convierte desde ya en un texto de consulta, en un referente para quien desee acercarse a la época. En sus páginas puede informarse de lo que habitualmente no se informa y comprender aspectos generalmente banalizados por los tópicos de la interpretación canónica del periodo.

Creo sinceramente que no debo decir más, ni desentrañar el contenido del libro, ni opinar sobre lo que ha de opinar el lector. Creo que hay que leerlo. Nada más, nada menos. Algo que no puede decirse de muchos libros.

Manuel Blanco Chivite,

miembro de la Asociación de represaliad@s por el franquismo La Comuna

INTRODUCCIÓN

En el corazón de la lucha antifranquista

A comienzos de diciembre de 1974, en pleno franquismo, en decenas de viviendas obreras de Navarra y Guipúzcoa se celebraron reuniones clandestinas. En pequeños salones llenos de humo de tabaco, con las ventanas cerradas para no ser delatados, grupos de jóvenes, obreros industriales en su mayoría, preparaban una jornada de lucha por la mejora de las condiciones de trabajo, contra la dictadura y por la libertad. Se trataba de las células de dos partidos ilegales, la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) y el Movimiento Comunista de España (MCE). Los militantes comenzaban las reuniones repasando la historia que contarían a la Policía en caso de ser detenidos. Las ganas de acabar con el régimen y de lograr las libertades democráticas como primer paso hacia un sistema socialista ayudaban a sobreponerse al miedo a la tortura y a la cárcel. La rabia ante la pobreza, las desigualdades sociales y la represión alimentaban la voluntad de estos hombres y mujeres que, junto al Partido Comunista de España (PCE) y activistas de organizaciones católicas, habían puesto en pie un movimiento obrero, ilegal pero de masas, llamado Comisiones Obreras (CCOO).

A pesar de la represión, CCOO convocaban huelgas y manifestaciones en las principales zonas industriales de España. Las reivindicaciones eran laborales (principalmente salariales) y políticas, desde la readmisión de los despedidos hasta la democracia y la libertad. Durante las protestas, las asambleas de trabajadores, también ilegales, celebradas en fábricas y en iglesias, se habían revelado como espacios fundamentales para la participación y la toma de decisiones.

En este ambiente de huelgas, que en ocasiones llegaban a afectar a sectores y comarcas enteras, ORT y MCE decidieron intentar generalizar la protesta, con el apoyo de la Liga Comunista Revolucionaria-ETA VI, una escisión de Euskadi Ta Askatasuna (ETA) que había roto con el nacionalismo y había abandonado los atentados. La izquierda radical consiguió que su propuesta de jornada de lucha fuera aprobada por CCOO de Navarra y Guipúzcoa, gracias al prestigio y la influencia derivados de su papel decisivo en la creación de este nuevo movimiento obrero. Era la primera movilización de cierto alcance que se realizaba al margen y en contra de la opinión del PCE, principal organización de la resistencia antifranquista y fuerza hegemónica dentro de CCOO, tanto en el conjunto de España como en la gran mayoría de las provincias.

Y llegó la fecha señalada, el 11 de diciembre. Ya en las primeras horas se percibía que no iba a ser una protesta más. El cinturón industrial de Pamplona amaneció parado, con piquetes y asambleas en las puertas de las principales empresas. En Guipúzcoa y Vizcaya, la convocatoria tuvo un amplio seguimiento no solo en las fábricas, sino también en la banca, los centros de estudio y el pequeño comercio. Las amas de casa hicieron huelga de consumo, dejando de acudir al mercado y realizando asambleas y movilizaciones. La Policía Armada arremetió con sus jeeps contra las manifestaciones y disparó fuego real, provocando varios heridos. Algunos de los detenidos fueron torturados en los cuarteles de la Guardia Civil.

La participación, estimada en unas 200.000 personas, superó todas las previsiones. En Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra hubo una verdadera huelga general por la libertad, contra la dictadura y por la mejora de las condiciones de vida, desligada, salvo en Navarra, de la negociación de los convenios colectivos. Una huelga laboral y política convocada por dos pequeños partidos comunistas a la izquierda del PCE, que incluía entre sus principales reivindicaciones la disolución de los cuerpos represivos y el derecho de autodeterminación para el País Vasco[1].

¿Quiénes eran estos jóvenes, trabajadores en su mayoría, pero también estudiantes de clase media, que habían contribuido al desarrollo de CCOO hasta el punto de disputar la hegemonía al poderoso PCE en algunas zonas? ¿De dónde salían estos partidos y organizaciones de la izquierda radical que no solo aspiraban a la democracia y la libertad, sino además a superar el capitalismo? ¿Por qué se convirtieron estos grupos en uno de los objetivos principales de los cuerpos represivos y el sistema judicial franquista?

Las primeras organizaciones de la izquierda revolucionaria nacieron en la década de los sesenta, durante el desarrollismo económico de una dictadura sostenida desde sus inicios por la represión en sus diferentes formas: encarcelamientos, torturas, desapariciones (al menos 130.199), asesinatos, robo de niños (en torno a 30.000), agresiones sexuales contra las mujeres, represalias laborales y destierros. Un baño de sangre que formaba parte de un programa de «terror y aniquilación» cuyo objetivo era, en palabras del general Emilio Mola, «eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros»[2].

Con estas actuaciones, el régimen fascista[3] logró arrinconar a la mayoría de las organizaciones históricas de izquierda, esto es, al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), a su sindicato hermano, la Unión General de Trabajadores (UGT) y a la anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Solo el PCE logró adaptarse a una nueva situación represiva en la que la mera supervivencia era ya una victoria, convirtiéndose así en la principal fuerza opositora a la dictadura.

A diferencia de lo ocurrido en la mayoría de los países del entorno, el régimen franquista no acompañó el crecimiento económico de los años sesenta con la reducción de las desigualdades sociales, ni con el fortalecimiento de los sectores estratégicos de la economía, ni tampoco con la incorporación de la mujer al trabajo asalariado. A pesar del incremento del Producto Interior Bruto (PIB) y de la renta por habitante, España seguía siendo uno de los países más pobres, con menor gasto público social (8,6 por 100 del PIB frente al 23 por 100 de Francia o el 28 por 100 de la República Federal Alemana) y con mayores desigualdades de su entorno.

Mientras en Europa occidental se construían distintos modelos de Estado del bienestar, caracterizados por políticas de protección social, sistema fiscal progresivo y redistribución de rentas cuyo objetivo era reducir la desigualdad, la dictadura optaba por desarrollar un Estado de asistencia social (que incluía la creación de la Seguridad Social) financiado con el incremento de la presión fiscal sobre los salarios, agravando la ya notable regresividad del sistema, de manera que quienes menos tenían, pagaban proporcionalmente más impuestos. En sintonía con su carácter clasista en beneficio de los grandes empresarios y propietarios, el Estado franquista se sostenía sobre un sistema de impuestos mayoritariamente indirectos[4].

Las desigualdades y la falta de libertad hicieron que la década del desarrollismo fuera también la década del aumento de la contestación social y política al franquismo, sobre todo entre los trabajadores y, en segundo lugar, en las universidades. Fueron también los años del resurgimiento del nacionalismo vasco, que realizó las primeras movilizaciones de cierta entidad desde el inicio de la dictadura.

A pesar de que las huelgas y las organizaciones obreras eran ilegales y objeto de represión sistemática, las protestas de los trabajadores fueron continuas, principalmente en Barcelona, Guipúzcoa, Vizcaya, Asturias y Madrid y especialmente en el metal, el textil (uno de los pocos sectores con presencia destacada de mujeres), la construcción, la minería y la industria química.

En 1962, los mineros asturianos iniciaron una huelga que se extendió a las principales zonas industriales de España. Cuando se retiró la ola de protesta, en la que participaron entre 200.000 y 650.000 personas, no se volvió a la situación anterior. Al calor de la movilización se habían formado nuevos núcleos de militantes en las empresas, agrupados en CCOO. Esta nueva forma de organización, iniciada en los cincuenta, era la respuesta de los trabajadores a la represión, que hacía imposible la extensión de la actividad de los sindicatos tradicionales, como CNT y UGT.

Las primeras CCOO eran muy heterogéneas debido a las diferencias entre los sectores productivos, la diversidad de tradiciones políticas y sindicales de los territorios y las dificultades de los militantes antifranquistas para intercambiar experiencias. A pesar de esta dispersión, la mayoría de las comisiones confluyeron en un movimiento unificado por elementos comunes: carácter unitario; voluntad de actuación abierta y pública combinada con una organización clandestina; uso de los recursos legales y de los medios de presión ilegales, como huelgas o manifestaciones; importancia de las asambleas de trabajadores; uso instrumental del sindicato vertical fascista (entrismo); protagonismo de reducidos núcleos clandestinos de militantes, formados generalmente por los miembros de las organizaciones políticas antifranquistas –principalmente PCE– y también de grupos católicos y de la izquierda revolucionaria; defensa de reivindicaciones laborales junto a exigencias políticas como democracia y libertad[5].

La segunda brecha en la dictadura se abrió en la universidad. Durante el curso 1964-1965, los estudiantes antifranquistas, liderados por el PCE y su rama catalana, el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), lograron copar la mayoría de los cargos del Sindicato de Estudiantes Universitarios (SEU), forzando al régimen a disolverlo. En el mismo proceso, se desarrolló un sindicato democrático de estudiantes que, al igual que CCOO, era ilegal pero de masas.

La oposición ampliaba su alcance, y la actividad clandestina se complementaba con movimientos sociales que actuaban de manera pública. De esta manera, participar no era ya tan arriesgado y no exigía obedecer a un partido concreto para luchar por mejorar las condiciones laborales o lograr la libertad, la democracia o incluso un cambio social profundo en sentido socialista.

El PCE no abandonó su táctica de convocar acciones en toda España «desde arriba» en una fecha predeterminada, pero el protagonismo pasó a ser de las movilizaciones «desde abajo», que nacían en un conflicto local y se extendían hasta llegar a una huelga que paralizaba toda una comarca, como la de Ferrol en Galicia o la del Bajo Llobregat en Cataluña en 1967[6].

La persecución de los opositores fue especialmente intensa en las décadas de los sesenta y los setenta. Entre 1956 y 1975 se declararon ocho estados de excepción, prácticamente uno cada dos años. El Tribunal de Orden Público (sucesor del Tribunal Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo) realizó actuaciones contra 50.609 personas y procesó a 8.943. Además, 5.584 civiles fueron condenados en consejos de guerra, nueve presos políticos ejecutados y un centenar de personas murieron a manos de los cuerpos represivos y grupos parapoliciales[7].

La mayoría de los antiguos militantes de la izquierda revolucionaria entrevistados para este libro coinciden en el impacto que les producían las torturas a los opositores, las ejecuciones de presos políticos, los disparos a trabajadores y estudiantes por repartir octavillas, las palizas de la Policía a los manifestantes.

La rabia frente a la represión espoleó a una minoría de hombres y mujeres, jóvenes de clase trabajadora y estudiantes de clase media, a incorporarse a una militancia clandestina, de pequeñas reuniones, en organizaciones en las que solo se conocía a los miembros de la propia célula para evitar delatar a otros compañeros bajo tortura. Era un activismo de cierta soledad y de miedo constante a la detención y a la infiltración policial.

EL ORIGEN DE LAS ORGANIZACIONES REVOLUCIONARIAS

Una parte de quienes decidieron implicarse de manera activa en la lucha contra la dictadura no se unieron al principal partido del antifranquismo, sino que optaron por el fragmentado espacio político situado a su izquierda, formado por nuevas corrientes de oposición nacidas en los centros de trabajo, en la universidad y en organizaciones sociales de la iglesia como Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), Juventud Obrera Católica (JOC) y Vanguardia Obrera (VO). Se trataba de iniciativas muy diversas en cuanto a origen, referencias ideológicas y capacidad de actuación, pero que compartían el rechazo al régimen y la voluntad de impulsar un cambio revolucionario que superara el capitalismo.

En el conjunto de España, las principales formaciones anticapitalistas fueron la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), el Partido del Trabajo de España (PTE), el Partido Comunista de España (marxista-leninista) (PCE [m-l]), el Movimiento Comunista (MC), la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), la Organización de la Izquierda Comunista (OIC), el Partido Comunista de España (reconstituido) (PCE [r]) y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). En este libro analizaremos también la trayectoria de los grupos defensores de la autonomía obrera y de las Comunidades Cristianas Populares (CCP), y en el ámbito vasco, catalán, gallego y canario, abordaremos la evolución de las organizaciones independentistas y socialistas[8].

La izquierda radical, junto al PCE, desempeñó un papel decisivo en la extensión de la movilización popular que había provocado la crisis de la dictadura, pero no su descomposición. El franquismo mantenía una importante base social y el aparato represivo intacto, por lo que las fuerzas de la oposición se vieron obligadas a actualizar sus estrategias basadas en un desmoronamiento del régimen que no se producía.

La primera organización que abordó esta tarea fue el PCE. Desde mediados de la década de los cincuenta, su nueva línea de actuación, bautizada primero como «política de reconciliación nacional» y más tarde como «pacto por la libertad», se proponía superar los alineamientos de la Guerra Civil por medio de una alianza que uniera a todos los sectores sociales y políticos partidarios de derribar la dictadura y de sustituirla por un sistema democrático: desde comunistas hasta democratacristianos y desde la clase obrera a la burguesía, incluyendo también a los militares. El partido dirigido por Santiago Carrillo apostaba por una vía al socialismo alternativa a la insurrección armada, que pasaba por la restauración de las libertades democráticas y el pluripartidismo[9].

EL PCE (M-L) Y EL FRAP

Las resistencias dentro del PCE a la política de reconciliación nacional dieron lugar a una escisión en 1964, que tomó el nombre de PCE (m-l) y contó con el apoyo del Partido Comunista Chino y su único aliado en Europa, Albania, que alentaron rupturas en los partidos comunistas alineados con la Unión Soviética, como el español. Por este motivo, el maoísmo se convirtió en un referente para una parte de la izquierda radical.

Para acabar con la dictadura y hacer la revolución, el PCE (m-l) defendía la necesidad de la lucha armada, una seña de identidad del partido que, en cualquier caso, debía realizarse «ligada a las masas». La alternativa de la nueva organización comunista se basaba en una alianza nacional democrática y antiimperialista, inspirada en la revolución china, que se plasmó en 1973 en la creación del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP). En este frente dirigido por el PCE (m-l) se integraron distintas organizaciones sectoriales como la Federación Universitaria Democrática Española (FUDE), la Federación de Estudiantes de Enseñanza Media, la Oposición Sindical Obrera, la Unión Popular de Artistas y la Juventud Comunista de España (marxista-leninista) (JCE [m-l]). El programa político unificador defendía el derrocamiento del régimen, el establecimiento de la república, el fin de la alianza militar con Estados Unidos, la nacionalización de las grandes empresas monopolísticas, la reforma agraria, la renuncia a las colonias y la reforma del Ejército, columna vertebral del franquismo[10].

En su primera etapa, el FRAP logró implantarse en universidades, institutos de enseñanza secundaria y barrios obreros de varias provincias, principalmente en Madrid y el País Valenciano[11]. Sobre la base de una identidad política basada en el «antifascismo militante» y el rechazo al «imperialismo yanqui»[12], desde el frente dirigido por el PCE (m-l) se inició la respuesta violenta a la represión. En la manifestación convocada por el FRAP el primero de mayo de 1973 en Madrid, los «grupos de autodefensa» armados con barras de hierro y navajas hicieron frente a las cargas de la Policía matando a un agente e hiriendo a varios más.

El franquismo reaccionó deteniendo y torturando a miembros del FRAP y del PCE (m-l) y el partido decidió dar el salto a la lucha armada, creando los grupos de combate, que realizaron sus primeros atentados en los que mataron a tres policías. La reivindicación fue realizada directamente por el FRAP, lo cual contribuyó a su caracterización como un grupo armado cuando en realidad se trataba de un frente de grupos sociales y políticos que respaldaba el uso de la violencia contra la dictadura.

La respuesta del régimen consistió de nuevo en cientos de detenciones de activistas, que en su mayoría fueron sometidos a torturas. Tres militantes del FRAP (Ramón García Sanz, José Luis Sánchez Bravo y Xosé Humberto Baena) fueron fusilados junto a dos miembros de Euskadi Ta Askatasuna (ETA) (Ángel Otaegi y Juan Paredes «Txiki») el 27 de septiembre de 1975, tras ser condenados en unos simulacros de juicio.

Los fusilamientos del 27 de septiembre de 1975 provocaron movilizaciones en varios países europeos y el aislamiento internacional de la dictadura. En España, la respuesta fue impulsada por la izquierda radical y la independentista y alcanzó su mayor extensión en el País Vasco y Navarra, donde crecía el apoyo a ETA, y cientos de miles de trabajadores secundaron una huelga general de tres días. En el resto del país, la negativa del PCE a participar hizo que la protesta fuera más reducida, aunque se expresó en los ámbitos más variados, desde la música al deporte. Luis Eduardo Aute compuso la canción Al alba en homenaje a los cinco militantes antifranquistas ejecutados y dos futbolistas del Rácing de Santander, Sergio Manzanera y Aitor Aguirre salieron al campo de El Sardinero con brazaletes negros, como también hizo la plantilla del Athletic de Bilbao en el estadio de Los Cármenes en Granada[13].

LA ORT

Otra de las formaciones radicales con mayor implantación en las luchas obreras fue la ORT, una evolución de la Acción Sindical de Trabajadores (AST), nacida a comienzos de los sesenta a partir de la VO, organización de la acción social católica dependiente de la orden de los jesuitas. La AST se definía como un sindicato aconfesional y revolucionario y aportó a la creación de CCOO su influencia entre algunos de los sectores obreros más combativos como metal, textil, artes gráficas y transportes.

Dentro de CCOO, la competencia con el PCE empujó a la AST a convertirse en un grupo político y en 1969, se transformó en la ORT, que desempeñó un papel central en el impulso del movimiento obrero en Madrid, Navarra, Badajoz y Huelva, así como en el nacimiento del movimiento ciudadano en Madrid[14].

La ORT adoptó el centralismo democrático como forma de organización y el marxismo leninismo como ideología, alineándose con las posiciones de China, enfrentada a la Unión Soviética. El nuevo partido incorporó a un pequeño grupo de trabajadores de servicios, profesionales y universitarios provenientes de la Federación de Estudiantes de las Congregaciones Universitarias Marianas, de donde salió el núcleo dirigente.

La ORT valoraba que el franquismo era incapaz de evolucionar hacia un sistema democrático y, por tanto, solo existían dos opciones: mantener un régimen que por más reformas que hiciera no dejaría de ser fascista; o la revolución democrática y popular, alternativa que consideraban factible en un escenario marcado por «la descomposición» de la dictadura, «el auge de la lucha de masas» y «el aumento de la represión»[15].

EL PCE (I) Y EL PTE

El crecimiento de las movilizaciones obreras y estudiantiles de mediados de los sesenta generó un debate dentro del PSUC, la organización catalana del PCE. En Barcelona, los estudiantes del principal partido del antifranquismo apostaban por acelerar el ritmo de la protesta en la universidad y las empresas, frente a la posición del líder de las CCOO barcelonesas, también militante del PSUC, de «no pegar tirones», considerando que no se daban las condiciones para intensificar las huelgas. Este mismo debate se produjo también en el sector estudiantil del PCE sevillano.

En 1967, la declaración del Comité Ejecutivo del PCE que llamaba a frenar la movilización y a tratar de llegar a un acuerdo con los sectores aperturistas de la dictadura desencadenó la escisión del «Grupo Unidad», formado por unos ochenta militantes, mayoritariamente universitarios, que pronto conectaron con estudiantes y obreros del PCE en Sevilla, Madrid, Valencia y Asturias. Este fue el origen del Partido Comunista de España (internacional), PCE (i), que comenzó a editar el periódico Mundo Obrero Rojo.

Los núcleos de Madrid y Asturias fueron infiltrados por la Policía. Las detenciones, unidas a diferencias internas y a errores como el abandono de CCOO para crear un sindicato propio, estuvieron cerca de acabar con el joven partido, que optó por los atracos a bancos para financiar los gastos necesarios para funcionar en la clandestinidad, como pisos, imprentas, propaganda o viajes de enlace.

El PCE (i) logró implantarse en Barcelona y tras superar una nueva operación represiva, que se saldó con la pérdida del aparato de propaganda y la detención y tortura de una veintena de militantes, realizó su I Congreso en 1973, donde se constituyó como un partido marxista-leninista pensamiento Mao Tse-tung y se eligió al Comité Central y a la cúpula dirigente.

En este congreso, además, se ratificó la nueva línea política, elaborada por la dirección. El objetivo principal pasaba a ser la búsqueda la unidad de todos los sectores antifranquistas mediante un programa democrático común que hiciera posible la insurrección –considerada como la única vía para derrocar la dictadura– y estableciera un gobierno provisional democrático. Para ello se pretendía crear un frente único de la clase obrera, que liderara el frente popular. En la práctica, el primer paso era entrar en CCOO y en las plataformas unitarias de la oposición, como la Asamblea de Cataluña, donde el PCE (i) ingresaría poco después.

Una vez lograda la democracia liberal, que requería la amnistía, el derecho de autodeterminación y el desmantelamiento del aparato de Estado fascista, el PCE (i) se proponía proseguir la lucha para sustituir el Estado burgués por la dictadura del proletariado y continuar avanzando hacia el socialismo.

En febrero de 1975, el PCE (i) cambió su nombre por el de Partido del Trabajo de España (PTE) y se integró en la Junta Democrática de España (JDE), la plataforma unitaria de oposición liderada por el PCE[16].

LA OCE-BR

Del PSUC salieron también, a finales de los años sesenta, los estudiantes que formaron la Organización Comunista de España-Bandera Roja (OCE-BR), un partido que sintetizaba propuestas maoístas y socialistas libertarias y que logró una fuerte implantación en CCOO y las asociaciones de vecinos de Barcelona. A mediados de los años setenta, la mayor parte de la nueva organización, unos 350 militantes, reingresó en el PSUC, que había seguido siendo su referente[17].

LA OMLE Y EL PCE (R)

La crítica a la política de reconciliación nacional del PCE también estuvo en el origen de la Organización de Marxistas-Leninistas Españoles (OMLE), creada por comunistas españoles emigrados a Francia, Bélgica y Suiza. En 1971 los activistas del interior, (fundamentalmente de Cádiz y Madrid), propusieron un funcionamiento centralizado dirigido por un equipo dedicado a tiempo completo («liberados») y se hicieron con el control del grupo. Poco después, se unió a la OMLE un núcleo de militantes obreros con larga trayectoria en el PC de Galicia y sus juventudes, que abandonaron por diferencias tácticas en las huelgas de Vigo y Ferrol, en las que apostaban por intensificar la movilización. En 1975, la OMLE se refundó como PCE (r). El nuevo partido seguía manteniendo que no era posible que el derrocamiento de la dictadura diera lugar a una democracia parlamentaria, por lo que la única alternativa era la guerra revolucionaria que permitiría al pueblo tomar el poder. El PCE (r) no lograba incidir de forma significativa en la creciente conflictividad social y política, entre otras cosas, por su rechazo a participar en CCOO.

EL NACIONALISMO REVOLUCIONARIO VASCO Y EL MC

El nuevo movimiento obrero que se desarrolló en los años sesenta alcanzó sus mayores niveles de radicalidad y extensión en las provincias vasconavarras, donde pronto se relacionó con el nacionalismo vasco configurado en torno a ETA, una organización nacida en 1959 sobre la ola del resurgimiento del vasquismo cultural y social, que se proponía luchar con las armas contra el régimen franquista para lograr una Euskadi independiente y democrática (que incluía Navarra) como etapa previa al socialismo.

La existencia de un enemigo común, la dictadura fascista, facilitó que el nuevo nacionalismo vasco aterrizara en las reivindicaciones laborales, iniciándose un proceso que transformó tanto al movimiento obrero como a ETA, cuya V asamblea, en 1966, acabó en escisión. Por una parte ETA-berri, el sector que evolucionaba hacia el marxismo y daba prioridad a la lucha obrera en CCOO y que, tras perder la batalla por las siglas, se convirtió en 1969 en el Movimiento Comunista Vasco (MCV). Por otra parte, ETA-V, que adoptó la doctrina del nacionalismo revolucionario y elaboró el concepto de «Pueblo Trabajador Vasco», como conjunto de clases sociales con conciencia nacional vasca y sometidas a la burguesía. El factor determinante de la nación vasca dejaba de ser la lengua, el euskera, para ser la conciencia nacional, lo cual facilitaba la integración de los inmigrantes de otras partes de España.

ETA-V se reafirmó en la prioridad de la lucha armada y preparó los primeros atentados mortales. Tras el fallecimiento de Txabi Etxebarrieta en un enfrentamiento con miembros de la Guardia Civil, en el que también perdió la vida el agente José Pardines, ETA mató a Melitón Manzanas, comisario jefe de la Policía política de Guipúzcoa, colaborador de la GESTAPO nazi en la década de los cuarenta y destacado torturador de opositores. La dictadura respondió con un estado de excepción y con dos millares de detenciones, que dejaron al grupo casi desmantelado, pero con un creciente respaldo social. Las nueve penas de muerte dictadas en el proceso de Burgos contra los dirigentes de ETA fueron conmutadas por la fuerza de la presión popular, sobre todo en el País Vasco y Navarra (donde se realizó una huelga general de amplio seguimiento), y menor en el resto de España y en Europa. Con una izquierda independentista débil y embrionaria, la movilización fue impulsada por el movimiento obrero, las organizaciones comunistas, los grupos estudiantiles y el clero antifranquista. La lucha contra la represión se iba convirtiendo en una prioridad para toda la oposición.

En 1971 la VI asamblea de ETA dio lugar a una nueva escisión. La parte principal, ETA-VI, que apostaba por priorizar la lucha obrera y buscar la confluencia con la izquierda española, fue expulsada y, tras abandonar la lucha armada y el nacionalismo, se fusionó en su mayor parte con la LCR, mientras que un pequeño sector se integró en la ORT. La minoría, que mantuvo las siglas de ETA, se reafirmó en la búsqueda de una alianza entre fuerzas nacionalistas vascas y en el protagonismo de los atentados. A pesar de su debilidad numérica, reconstruyó el frente militar, y en 1973 logró acabar con el presidente del Gobierno de la dictadura, el almirante Luis Carrero Blanco, por medio de un coche bomba en Madrid.

Estos atentados fueron bien acogidos por una parte de la sociedad vasca y convirtieron a ETA en el principal referente de un nuevo sector social independentista de izquierdas y de un espacio político diferenciado del nacionalismo tradicional y de la izquierda revolucionaria: la izquierda abertzale[18].

Una de las primeras escisiones obreristas de ETA, el MCV, optó por extender su actuación a toda España, y tras absorber a pequeños grupos revolucionarios en Zaragoza, País Valenciano, Asturias y Madrid[19], pasó a llamarse MCE.

En su primera etapa, el MCE consideraba inviable una reforma democrática de la dictadura, pues valoraba que la debilidad de la burguesía española no le permitía aceptar un sistema parlamentario. La única salida al franquismo era la revolución, a la que se llegaría a través de una Guerra Popular Prolongada, desde el campo a la ciudad, que desembocaría en una etapa democrático popular, tal como establecía la formulación maoísta clásica[20].

En 1974, el MCE viraba su línea política, aceptando la posibilidad de que la dictadura fuera sustituida por una democracia liberal. El objetivo inmediato pasaba a ser la lucha por la ruptura, lo cual requería trabar alianzas con aquellos que pretendieran la democracia más avanzada, pues las libertades se consideraban no solo un bien en sí mismo, sino también un medio que permitiría el desarrollo de las alternativas revolucionarias. El MCE se centraba en lograr las libertades democráticas, que incluían la disolución de los cuerpos represivos y el enjuiciamiento a los responsables de la represión franquista[21].

En enero de 1976, el partido pasaba a llamarse MC, incorporando cada territorio su nombre: MC de Catalunya, de Euskadi (Euskal Mugimendu Komunista [EMK]), de Galicia, del País Valencià, de les Illes[22].

LA LCR

La LCR fue en sus inicios un pequeño grupo nacido a partir de Comunismo, un colectivo de militantes universitarios procedentes del Frente de Liberación Popular (FLP) en Madrid y del Frente Obrero y Campesino de Barcelona. Estos jóvenes habían participado en el sindicalismo democrático estudiantil, donde se habían enfrentado al principal partido del antifranquismo, el PCE, al que achacaban un funcionamiento burocrático y una línea política reformista. Sus miembros se reivindicaban leninistas, pero preferían definirse a sí mismos como marxistas revolucionarios para diferenciarse de los partidos comunistas que defendían la herencia de Stalin. En 1971, la LCR creció gracias a la fusión con ETA-VI, una escisión de ETA que defendía la primacía de la lucha de clases por encima del independentismo y había renunciado a la lucha armada para dar prioridad al impulso de CCOO. Muy pronto, la organización trotskista sufrió su primera escisión, provocada por «los mitos y hábitos sectarios y doctrinarios, inevitables en una prolongada existencia a contracorriente de grupos muy reducidos», que convertían rápidamente un desacuerdo concreto en una ruptura de principios. El debate sobre la posición ante el nuevo movimiento obrero organizado principalmente en CCOO dio lugar a dos tendencias: la primera, Encrucijada, liderada por el Comité Provincial de Barcelona; y la segunda, En Marcha, dirigida por el Buró Político, que discutían «si la conciencia política avanzaba solo a partir de su movilización unitaria o lo hacía fundamentalmente por medio de experiencias de acción radicales». De estas dos posiciones derivaban sendas orientaciones políticas: «propaganda por el frente único de organizaciones obreras o una política de iniciativas del partido para promover acciones tan masivas como fuera posible, para desbordar el control del reformismo». El debate se transformó en una diferencia de principios fundamentales sobre «la unidad de la clase obrera» que dividió al pequeño partido por la mitad. La tendencia Encrucijada se escindió y formó la Liga Comunista (LC), que optó por abandonar CCOO y realizar su labor sindical en el sindicato socialista UGT.

La LCR planteaba que, aunque la burguesía española se identificaba con el franquismo, el auge de las luchas de masas podría llevarla a aceptar una reforma democrática de la dictadura para neutralizar la movilización social. En ese caso, la formación trotskista trataría de impulsar la organización de consejos obreros para lanzarse a la toma del poder del Estado[23].

OTRAS ORGANIZACIONES REVOLUCIONARIAS EN GALICIA, CATALUÑA Y CANARIAS

Al igual que en el País Vasco, en Galicia, Cataluña y Canarias se formaron organizaciones que combinaron el anticapitalismo con la reivindicación nacionalista. En Galicia nacieron el Partido Socialista Galego (PSG), un grupo marxista que defendía el derecho de autodeterminación –aunque no la independencia–, y la Unión do Pobo Galego (UPG), una formación marxista-leninista y maoísta que consideraba a Galicia como una colonia de España y planteaba la autodeterminación como vía a un socialismo basado en la nacionalización de las grandes empresas y en cooperativas agrarias. El nuevo partido nacionalista contaba inicialmente con militantes en Vigo y se fue extendiendo gracias a su labor en conflictos obreros, en luchas campesinas contra las expropiaciones de tierras para construir centrales hidroeléctricas y por medio también de la creación de grupos culturales de teatro, música tradicional y lengua gallega. Su base social estaba formada principalmente por obreros industriales y trabajadores de servicios, que formaron el Sindicato Obreiro Galego (SOG) y también por campesinos, que constituyeron las Comisións Labregas (CL), en un sector que a comienzos de los años setenta ocupaba a la mitad de la población activa gallega. La UPG intentó formar un grupo armado, pero la Policía lo desmanteló antes de que pudiera consolidarse, en una operación en la que murió uno de sus militantes más destacados, Moncho Reboiras[24].

En Cataluña, el nacionalismo revolucionario compensó su menor presencia en las luchas obreras y vecinales con la participación del Partit Socialista d’Alliberament Nacional (PSAN) en uno de los organismos unitarios de la oposición más potentes, la Asamblea de Cataluña[25].

En Canarias se desarrollaron varios grupos anticapitalistas que defendieron la autodeterminación y, en algunos casos, la independencia. Tres de estos colectivos eran escisiones del PCE: Partido Comunista Canario provisional (PCC [p]), las Células Comunistas (CC) y el Partido de Unificación Comunista de Canarias (PUCC). Junto a estas organizaciones existía también una corriente cristiana de izquierdas con fuerte implantación en las luchas obreras y vecinales. La confluencia de estas formaciones daría lugar a una de las experiencias más interesantes de la izquierda radical en la Transición, como veremos en detalle más adelante.

LAS COMUNIDADES CRISTIANAS POPULARES

La presencia de sectores cristianos en la mayor parte de los grupos revolucionarios y en las principales luchas laborales y vecinales se explica por la importancia de las organizaciones de la acción católica. Fundadas en la década de los cuarenta para la «reconquista» de la clase obrera dentro de los parámetros ideológicos del nacionalcatolicismo, estas asociaciones habían seguido un camino no previsto por la jerarquía eclesial, implicándose en las huelgas y en la construcción del nuevo movimiento obrero, al que también se incorporaron algunos sacerdotes, que ofrecían los locales parroquiales, denunciaban las detenciones y torturas, e instaban a sus superiores a distanciarse de la dictadura. Esta deriva hizo que la dirección de la iglesia católica, uno de los principales puntales del franquismo, decidiera desmantelar la HOAC, JOC, la VO y la Acción Católica Obrera a mediados de los años sesenta[26].

Muchos de los militantes de estas organizaciones se integraron en las nacientes comunidades de base impulsadas por sacerdotes obreros, puesto que además de participar en asociaciones, partidos y sindicatos ilegales, necesitaban espacios donde poder desarrollar y vivir sus creencias cristianas.

En las asambleas de las comunidades se denunciaba la explotación laboral, el paro, las torturas, la falta de servicios básicos como educación, sanidad y vivienda, la ausencia de libertad sindical, y la opulencia de la iglesia. La celebración de asambleas conjuntas entre comunidades y los restos de las organizaciones de Acción Católica como HOAC, VO, Movimiento Católico de Empleados o Movimiento de Apostolado Seglar dio paso a la creación de la Federación de Asambleas Cristianas (FAC) en 1967. La dictadura se empleó a fondo, acosando y deteniendo a sus militantes, entre ellos al cura obrero Mariano Gamo. El régimen también utilizó al grupo parapolicial Guerrilleros de Cristo Rey, cuyos miembros irrumpían en las iglesias armados con pistolas y cadenas apaleando a los asistentes. La FAC no pudo sobreponerse a la represión y, agotada por su lucha contra los obispos, se disolvió a finales de 1969. Una parte de estos activistas abandonaron sus creencias religiosas o se retiraron a la vida privada. Otros, cuyo compromiso social y político nacía de su fe católica, optaron por integrarse en comunidades de base, algunas de las cuales se constituyeron en 1976 como Comunidades Cristianas Populares (CCP). En la creación de esta nueva organización los restos de las VO desempeñaron un papel central, aportando radicalidad obrera y una estructura horizontal de carácter libertario[27].

EL MOVIMIENTO LIBERTARIO

Además de las diferentes tendencias marxistas, la izquierda revolucionaria estaba formada también por una corriente libertaria. Su referente histórico, el sindicato CNT, se encontraba desde la década de los sesenta dividido en exilio y prácticamente desaparecido en el interior[28]. Los veteranos anarcosindicalistas, que habían mantenido una reducida actividad sobreponiéndose a detenciones y encarcelamientos, optaron por cerrar los sindicatos de oficio y su relevo fue asumido por núcleos de jóvenes activistas, que comenzaron a ensayar otras formas organizativas.