Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
"Rosa rosae" es una novela histórica-policiaca. La subinspectora Andrea Salas, a raíz de terminar la relación con su novio, decide poner tierra de por medio y pide destino a Sevilla, dejando atrás su Burgos natal. Tendrá que investigar sobre diferentes robos acaecidos en la ciudad. Todos están relacionados con reliquias de importantes iglesias en la capital. Otros acontecimientos en la Sierra de Aracena y Picos de Aroche se cruzarán en su labor policial. ¿Hay algún nexo de unión entre los objetos robados? ¿Es un aficionado o detrás de estos robos hay un coleccionista? Durante la investigación, la subinspectora Salas se encontrará con varias sorpresas, no todas vinculadas a lo profesional.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 386
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© María Jesús Duque Romero
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-649-5
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
A mis abuelas Dolores y Leonor.
Prólogo
El culto a las reliquias ha sido uno de los elementos más característicos y llamativos del cristianismo desde sus orígenes. Se popularizó durante la Edad Media. Se definen como los restos de los mártires o de los santos, ya sean corporales, como los huesos, el cabello u objetos relacionados con el santo y su martirio y vida. Las guardaban en recipientes especiales llamados relicarios y se colocaban en las iglesias, bajo el altar o en una capilla para que los fieles las veneraran y participaran, en el día de cada santo, de la gracia ligada a esos restos.
La gente esperaba de ellas efectos casi mágicos y no dudaban en peregrinar cientos de kilómetros para alcanzar las más preciadas, las de los apóstoles Pedro y Pablo, y otros incontables santos que había en Roma, o la de Santiago en Compostela, en España. Su uso era una manera de acercar la historia a la población analfabeta. Cuando el cristianismo se empezó a implantar, había una gran mayoría que no sabía leer ni escribir. No tenían ningún tipo de formación. Para dar a conocer la Historia, era mucho más fácil hacerlo a través de la imagen y aquellos objetos servían de referencia y ejemplo.
Han representado un puente entre la divinidad y el hombre. Les permitía acercarse más a la vida de los santos. De esta forma, se convertían en una especie de llave, de puerta espiritual, que permitía sentirse más cerca de la eternidad, más próximo a la santidad. Para los cristianos, las reliquias gozaban de un poder curativo y sanador. Poder tocarlas, estar cerca de ellas, era sentirse protegido y amparado. Por eso, desde el principio del cristianismo, adquirieron un gran poder.
Cuando comenzaron las ejecuciones masivas de cristianos en los anfiteatros, había espectadores que saltaban con paños a la arena, justo cuando terminaba el espectáculo, para recoger en sus trapos la sangre que quedaba en la arena y empaparlos. A este hecho se le denominó «la sangre de los mártires» y, junto con las reliquias de Jesucristo, fueron las primeras reliquias de la Cristiandad. Esos lienzos tenían una importancia fundamental y se vendían por un precio prohibitivo. Había personas que recorrían muchos kilómetros para tener la oportunidad de ver o tocar esa sangre derramada de cristianos que habían sido martirizados por Cristo. Surgieron así, las primeras peregrinaciones, a lugares donde habían vivido o sacrificado a los santos mártires.
En el año 787, se ordenó que para ser consagradas todas las iglesias debían estar en posesión de una reliquia. Esa obligación y la necesidad de jurar ante ellas en los actos públicos aumentaron considerablemente la demanda de las mismas. Este periodo fue crucial para la formación cultural de Europa y el principal factor de unificación fue la religión, a través de la cristianización y la devoción de las reliquias. Las peregrinaciones favorecieron la economía de la zona, el intercambio de culturas y la creación de importantes obras artísticas.
Ante este deseo de poseer y obtener objetos sagrados, para que el pueblo los venerase, aumentaron los robos de reliquias, teniendo un gran auge en la Edad Media. Los santuarios y los sitios más considerables de devoción disponían de algunas, en ocasiones, llegadas allí en circunstancias algo sospechosas o poco claras.
Las que tomaron más relevancia fueron, sin duda, las relacionadas con la Pasión de Cristo: la Vera Cruz, la Sábana Santa, la Sangre de Cristo… En un segundo lugar, las de los apóstoles y santos.
El culto a los mártires estaba muy en boga y las reliquias se buscaban sobre todo en Italia y España; siendo las de Roma las más cotizadas. Esta situación propició la aparición de traficantes y ladrones de reliquias que abastecían, sobre todo, a clientes notables capaces de pagarlas a precio de oro. Entre estos, se incluían principalmente los obispos carolingios y los abades, y posteriormente, en el siglo X a los reyes anglosajones. También los emperadores otones eran grandes coleccionistas, pero estos tenían muchas influencias en Italia y podían garantizarse las mismas sin tener que recurrir a ladrones y traficantes.
Entre los proveedores de la época, el más famoso fue el diácono Deusdona, de la Iglesia de Roma, el cual, aprovechando su rango para moverse libremente por las catacumbas de la urbe, estaba al frente de un grupo de mercaderes de reliquias y organizaba caravanas que en primavera cruzaban los Alpes y recorrían ferias monásticas. Proporcionaba sobre todo mártires romanos, mientras que otros ladrones que trabajaban en Italia proveían santos procedentes de otros lugares. Los traficantes las compraban a clérigos sin escrúpulos o las robaban en iglesias o catacumbas no custodiadas.
Durante el invierno él y sus socios recogían sistemáticamente reliquias en los diferentes cementerios de Roma. Para no levantar sospechas, cada año se concentraban en una sola zona (Labicana, Salaria-Pinciana, Appia). Este trabajo era muy rentable, aun cuando el equipamiento de caravanas y la travesía de los Alpes no era una empresa de poca monta. En la primavera se las arreglaban para que su paso coincidiera con los eventos importantes celebrados en los monasterios de sus clientes porque los peregrinos que acudían a dichas celebraciones eran, a la vez, potenciales compradores.
Este comercio, aunque ilegal, no estaba mal visto ni siquiera por el clero y las comunidades monásticas que, a menudo, se convertían a su vez en traficantes porque las necesitaban. Obviamente, se prestaba a muchos fraudes: un mismo santo podía ser vendido, en partes o incluso entero. Esta fue una de las principales causas de duplicidad de una misma reliquia. A falta de huesos de santos, se vendían huesos de gente común o incluso huesos de animales como huesos de santos.
Los cuentos medievales de los diferentes traslados de reliquias en su mayoría esconden un robo o una compra ilegal. Pero de alguna manera en aquella época un robo era mucho más apreciado que una donación, porque daba mucha más importancia al santo, significando una «conquista» para quien había podido conseguirla.
Hubo gente muy fanática y obsesionada con el poder de las reliquias. Hasta tal punto que, en varias ocasiones, han sido motivo de disputas y guerras por la posesión de ellas. Actualmente, cuestan una fortuna y se pagan verdaderas sumas por ellas. Hay coleccionistas de reliquias dispuestos a pagar cantidades desorbitadas por objetos sagrados. Uno de los mayores coleccionistas de reliquias fue el rey Felipe II que, según parece ser, entre 1569 y 1599 llegó a acumular más de ochocientas y venía gente de todo el mundo a contemplar su colección. Todas ellas se conservan en la basílica del monasterio de El Escorial.
Situándonos en España, las reliquias más importantes y más veneradas nos llevan a Santiago de Compostela, con la tumba del apóstol; en Valencia, con el Santo Cáliz custodiado en la catedral; el mantel de la Sagrada Cena en Coria (Cáceres); el Arca Sacra en Oviedo; el sepulcro de Santa Teresa en Ávila. No hay que menospreciar, poblaciones más pequeñas, donde, en mayor o menor medida, se veneran reliquias de sus propios santos, beatos y mártires.
Después de tantos siglos, las reliquias siguen formando parte primordial de peregrinos, cristianos y visitantes. Y aunque en nuestra época parece que la razón se impone a la fe, la fuerza y el poder de ciertas tradiciones, no deja de ser sorprendente la resistencia a que desaparezca la devoción por ellas.
Hoy en día, en casi todas las iglesias, se venera una reliquia, por muy pequeña e insignificante que sea. No tiene que ser de un santo muy conocido, ni ser demasiado relevante, puesto que poseer ese objeto permite hacer el lugar más interesante y transformarlo en un espacio sagrado.
Actualmente, existen millones de personas, en todo el mundo, para las cuales las reliquias siguen teniendo una gran importancia, sin cuestionarse si son verdaderas o no. Lo que aprecian es su valor como símbolo.
.
Aroche, 7 de octubre de 1937
Los árboles de la entrada habían comenzado a perder sus hojas, y en las últimas jornadas, el suelo del patio se había cubierto de un manto ocre que era motivo de juegos y travesuras entre los alumnos. Dámaso, conserje de la escuela, barría con paciencia cada mañana, pero sentía que era un trabajo inútil porque cuando no eran los chiquillos era el viento, y no veía nunca la hora de terminar la tarea. A pesar de ello, al remover la hojarasca, emergió el aroma enmohecido y junto al aire que olía a tierra mojada, le trajeron a la memoria recuerdos de otros otoños, de otros amaneceres… Mientras va saludando a unos y otros, todos están dispuestos a comenzar un día más. Por el camino de La Portilla, que va paralelo a los Grupos Escolares, van caminando varias mulas tras sus amos, dirigiendo sus pasos hacia los inmensos y verdes olivares. Estampa que también se conserva en la retina de Dámaso, de su infancia y de juegos inventados en el recodo del camino, donde a modo de hermoso mirador, más de una tarde divisó su pueblo. Restos de murallas, edificaciones romanas y la torre de la iglesia que resalta sobre las casas blancas que aparentan estar colgadas unas sobre otras.
Ensimismado en sus pensamientos va observando entrar al gentío. Maestros y alumnos juguetones, que desde bien temprano se echan sus carreras, sin ninguna otra preocupación que aprovechar cada instante.
Doña Leonor, que vivía en las Cuatro Esquinas, llegaba más rezagada que su esposo, también maestro de los Grupos Escolares, y a punto estuvo de caer con el traspié que dio si no llega a agarrarse a su compañera doña Margarita, que en ese momento iba a su lado.
Las alumnas de ambas maestras, al igual que el resto, esperaban en fila antes de entrar con sus respectivas docentes. Ya empezaba a refrescar en aquellas mañanas y no se demoraron mucho en pasar adentro.
El edificio era una amplia galería con grandes ventanales que regalaba una gran luminosidad, incluso los días más oscuros del invierno. En ese lateral del edificio había cuatro clases. El pasillo estaba decorado con macetones grandes que otorgaban una bonita estampa y daba un ambiente acogedor a los largos metros que recorrían las criaturas para entrar en sus aulas. Al fondo se situaban los aseos.
La clase de doña Leonor era la segunda y sus grandes ventanales daban al recreo de los niños por donde pasaba un arroyo bordeado por muchos árboles. Tenía un pequeño altar con la Virgen María que intentaba tener siempre adornado con flores naturales. Esa mañana, Dolores Duque había traído flores silvestres que había recogido la tarde anterior cerca del Camino de la Vica.
Antes de comenzar la lección, doña Leonor tuvo que regañar a una de las pupilas porque con sus bromas ya había manchado el pupitre de tinta.
—¡Pues sí que comenzamos temprano con la guasa, señorita Sancha! No nos ha dado tiempo de sentarnos y ya usted ha hecho una trastada. —Las niñas rieron, pero al ver la cara seria de la maestra cesaron las risitas enseguida. Doña Leonor era una maestra joven de gran talle. Su figura imponía, aunque tenía una gracia gaditana y un carácter afable que la hacían encantadora. Era muy respetada por todos y se sentía muy querida.
Al escribir la fecha en la pizarra indicó al grupo que, aunque no era sábado, hoy rezarían el Rosario, por ser siete de octubre.
—¿Y qué tiene que ver que hoy sea siete de octubre para rezar el Rosario, doña Leonor?
—Porque hoy es el día de la Virgen del Rosario, ¡parece mentira que no lo sepas!
—Entonces, hoy es la onomástica de mi madre, ¿no? —preguntó otra niña.
—¡Ya no os acordáis de lo que explicamos hace unos días!
—Yo sí lo recuerdo —pronunció la niña de ojos turquesas.
—A ver, haremos un repaso de la lección de historia que ya dimos el otro día. ¿Alguien recuerda de qué batalla estuvimos hablando? —Varias niñas levantaron la mano, pero la maestra quiso preguntarle a la que seguía mirando por la ventana desde hacía un buen rato—. ¡Explíquenos qué es tan interesante, señorita Cuaresma!
Doña Leonor restó importancia al hecho y comenzó a explicar la Batalla de Lepanto colocando sobre la alcayata de la pared un mapa de Europa que deslizó para ser visto por todas.
Tal día como hoy, siete de octubre, pero de 1571, tuvo lugar la Batalla de Lepanto en aguas del Mediterráneo. Para tal lucha se creó la Santa Liga, formada por los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de Génova, el Ducado de Saboya y España. Su propósito era frenar el avance de los turcos que, por motivos económicos, deseaban dominar el Mediterráneo y ya habían conquistado varios terrenos importantes. La Santa Liga, por otro lado, quería impedir que, con la invasión de los otomanos, convirtieran las tierras cristianas al musulmán. Podemos decir que, gracias a esa victoria, Europa siguió perteneciendo al cristianismo.
Uno de los protagonistas de esta batalla fue don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II. Era un joven apuesto que había llamado la atención por sus cualidades físicas, pero que ya destacaba también por su valentía, arrojo y prudencia militar.
—Doña Leonor, ¿cómo se puede saber que era apuesto si aún no existían las cámaras de fotografía? —cuestionó una de las alumnas sentada en la primera fila.
—En aquella época, los fotógrafos eran los pintores y artistas del momento. Conocemos las características físicas de esas personas gracias a los cuadros que pintaban de ellos —explicó la maestra—. Algún día os llevaré a visitar Madrid, y entraremos en el museo del Prado, donde están muchos cuadros de los reyes y reinas de España de siglos pasados. —Las niñas alegres y vigorosas aplaudieron la propuesta de doña Leonor.
—¡Viva la maestra! —exclamó una de las niñas.
—Bueno, bueno, no nos despistemos de lo que estábamos hablando —dijo la docente dando paso a la lección que había comenzado.
Pío V, en una ceremonia religiosa celebrada en la iglesia de Santa Clara en Génova, y en manos del cardenal Granvela, entregó a don Juan de Austria el estandarte de la Santa Liga. El día de la batalla, don Juan ordenó que se desplegase en la cofa de gavia.
La escuadra española estaba compuesta por noventa galeras, veinticuatro grandes naves y cincuenta fragatas. A esto hay que añadirle las naves venecianas, las galeras y fragatas de la flota papal. Cuando se echaron a la mar, según cuentan los cronistas, parecía un bosque de mástiles en el que las inmensas velas se removían en el aire, al igual que se mueven las hojas amarillas de los árboles en otoño.
Poco tardó en divisarse la flota turca en el horizonte. Había llegado el momento decisivo. Sabían que unos morirían y otros sobrevivirían para contar tal hazaña que, aún hoy, perdura en la memoria de la historia.
A las diez de la mañana se escucharon los primeros disparos. Se dice que fueron los turcos quienes abrieron fuego. Cada una de las flotas de la Santa Liga se había colocado estratégicamente. Habían trazado una táctica inicial para engañar a los otomanos, haciéndoles creer que eran menos de los que participaban, quedándose en la retaguardia parte de la armada.
En una de las naves cristianas, a cuyo mando iba Juan de Cardona, luchaba Cervantes, que fue herido en el brazo izquierdo y por eso le apodaron como el manco de Lepanto. Pero vosotras, señoritas, espero que lo recordéis siempre como el gran autor del Quijote, entre otras novelas, y que alguna vez lo leáis, pues es el libro más leído después de la Biblia.
.
Lepanto, 7 de octubre de 1571
El mar estaba en completa calma. Los veleros más rápidos que habían sido enviados por don Juan de Austria para buscar información sobre la escuadra enemiga otearon unas extrañas velas, al este, a la altura de las islas Curzolarias. Poco tiempo después se divisó la flota turca en el horizonte.
Cerca de la bodega, el padre Tommaso hacía una plegaria, con rodillas hincadas en la madera y con rosario en mano: «Pater noster qui es in caelis sanctificetur nomen tuum adveniat regnum tuum…».Confiaba plenamente en que Dios y la Virgen Santísima les protegerían. Él no era hombre de espadas ni de artillería. Su único escudo era la oración. Su lucha no era contra la carne ni la sangre, sino contra los espíritus del mal que acechaban contra la fe, tal y como proclamaba la carta a los Efesios de San Pablo. Acabada su oración y poniéndose de pie, agarró la cruz de su rosario y gritó a los hombres que ya empuñaban sus armas: «¡Revestíos de la armadura de Dios empuñando las armas de la luz! ¡Dios nos ampare!».
El Vaticano lo había enviado a él como representante de la Santa Sede en las galeras pontificias.
Don Juan de Austria subió en alto y con espada empuñada pronunció en voz alta a sus hombres:
¡Hijos, a morir hemos venido,
a vencer si el cielo así lo dispone.
No deis ocasión a que con arrogancia impía
os pregunte el enemigo: ¿dónde está Dios?
¡Pelead en su Santo Nombre
que muertos o victoriosos
gozaréis de la inmortalidad!
Y tras ello, ordenó que se desplegase el estandarte de la Santa Liga en la cofa de gavia que cubrieron todo el espacio, y al instante, atronaron vítores parecidos a una gran tempestad. El estandarte era de gran tamaño, no en vano debía colocarse en una galera. Era azul con grandes borlas y cordones gruesos de seda; tenía bordado en la parte central un crucifijo, rodeado de arabescos de seda y oro. A los pies del crucifijo estaban representadas las armas del papa. Junto con las del rey de España a la derecha, las de la República de Venecia a la izquierda y las de don Juan de Austria debajo, unidas todas ellas con cadenas de oro bordadas, representando la unión de la Santa Liga. El bastón de mando también tenía una alta carga simbólica: estaba formado por tres bastones unidos con una cinta de oro y guarnecidos de piedras preciosas, y en él estaban representados los escudos de armas del papa, el rey de España y la República de Venecia.
Había llegado el momento decisivo para todos aquellos hombres que se habían preparado en menor o mayor medida para una lucha que se presentaba difícil, pero cuya victoria permitiría hacerse con el rumbo de la historia y el futuro de Europa.
Don Juan ordenó dar el cañonazo como señal de batalla, y cada capitán desde sus respectivas naves dispuso lo necesario para el combate.
Todo cuanto pudiera entorpecer la acción de los soldados se había eliminado. Por eso se habían cortado los espolones de las galeras, para aumentar la puntería de la artillería, así como los bancos de los remeros, a los que se les entregó armas, animándoles a usarlas, llegado el caso, bajo la promesa del perdón de sus condenas.
Don Juan inspeccionó toda la flota. Veniero, el veneciano, mandaba el ala izquierda; y Colonna, capitán de la flota pontificia, se situaba en el otro lado. Se reforzó la flota de la retaguardia al mando de la Santa Cruz, cuya misión era acudir allí donde pudiera debilitarse cualquiera de las cuadrillas.
Los galeones se habían quedado atrás del conjunto de la escuadra. Y para compensar su ausencia en la batalla, en el lado izquierdo, Barbarigo, comandante experto, iba al mando de sesenta y tres galeras, navegando pegado a la costa de Etolia, con la intención de impedir que esta parte del grupo aliado fuera desbordado por un ataque del enemigo.
Por el otro extremo iban las galeras bajo las órdenes de Doria, almirante de la flota genovesa.
La flota turca iba bajo el mando de Alí Bajá, que gozaba de la ayuda de poderosos corsarios, a los que también les venía bien obtener dominio sobre la cuenca mediterránea.
La armada turca, ante la zona de batalla, se había desplegado en forma de inmensa media luna, con el deseo de envolver a la escuadra cristiana por ambos lados.
Eran las diez de la mañana cuando se escucharon los primeros disparos. La batalla había comenzado.
La puntería de la artillería turca no era muy eficiente y las balas pasaban por encima de los mástiles de las naves, debido a que el punto de mira tenía como obstáculo los espolones, que ya don Juan había hecho cortar previamente a los suyos.
Barbarigo y el ala izquierda estaban ligeramente adelantados, pero separados del margen porque no conocían esas costas ni su calado y temían por la seguridad de las galeras. Abrieron fuego sobre las naves de Sirocco, que se fue acercando a la costa etolia hasta que estuvieron arrinconados por Barbarigo, que aprovechó la ocasión para disparar a mansalva, acabando así con ellos. El comandante cristiano fue mortalmente herido y produjo cierto desconcierto entre los venecianos, aunque se rehicieron y vencieron la batalla por ese flanco. Sirocco cayó por la borda y también falleció por las heridas causadas. Muchos marinos y jenízaros turcos huyeron playa arriba.
Doria, mientras tanto, luchaba contra Uchalí. Se había abierto una brecha entre sus naves y la parte central, hecho que aprovechó el otomano para penetrar con sus naves, arrasando las galeras de los caballeros de Malta, degollando a todos sus tripulantes e izando su propia bandera en el buque insignia maltés.
Advirtiendo lo que sucedía, Juan de Cardona, a cuyo mando luchaba Miguel de Cervantes, en socorro de aquella catástrofe, se enfrentó con sus ocho galeras a Uchalí, donde el propio Cardona perdió la vida y Cervantes fue herido en su brazo izquierdo. Toda la retaguardia junto con la escuadra central de don Juan avanzaron hacia las naves de Uchalí y este comprendió que la batalla estaba perdida y huyó.
La escuadra bajo mando de don Juan había avanzado lentamente en perfecta formación y orden hacia el enemigo. Antes de entrar en combate, sobre las cubiertas de todas las naves se habían tocado las trompetas y los añafiles, mientras que los marineros habían mantenido un profundo silencio. Muchos de ellos, mirando el cielo, habían rezado antes de entrar en combate. Hubo dedos que antes de armarse recorrieron las cuentas de un desgastado rosario. El saberse y sentirse protegidos por la Santísima Virgen les hacía más valientes, más seguros ante aquel ejército turco que deseaba dar muerte a todo lo que olía a cristiandad y Occidente.
El combate entre las dos naves insignias simulaba ser un duelo entre caballeros en el campo de batalla, y así La Real de don Juan arremetió contra La Sultana, de Alí. El espolón de la turca empotró en el aparejo de la española, y ambos bajeles, como si estuvieran cosidos, convirtieron sus cubiertas en un ancho espacio de contienda.
Los jenízaros con sus fornidos y enormes cuerpos envolvieron la cubierta española. Pero su avance fue repelido y pronto invadieron La Sultana, que no tardaron en ser derrotados porque entre las naves cristianas se habían tendido escalas de cuerdas por las que pasaban de una a otra tropa, asistiendo con su refuerzo donde le necesitaban. Alí cayó en la lucha. La batalla de Lepanto había terminado, la cristiandad estaba a salvo y los intereses comerciales de los venecianos también.
Se oyeron cantos de victoria que resonaron en las aguas de un Mediterráneo más bravío de lo que fue en el amanecer, y los hombres se abrazaron sacando fuerza para seguir gritando y cantando. El estandarte de la Santa Liga se mecía con las olas del mar y parecía bailar al son de los acordes que entonaban voces roncas pero unidas por una misma causa.
Sancta, Sancta Maria, Mater Dei,
Ora pro nobis peccatoribus,
Nunc et in hora mortis nostrae.
Mientras esto sucedía en las aguas cálidas del Mediterráneo, en Roma aplacaban los nervios y la inseguridad de no saber cómo iba la batalla con rezos continuos y misas. El papa era ya un hombre muy mayor, alto como un árbol, delgado, casi esquelético, de nariz aguileña, con una blanca barba que le caía hasta el pecho, muy deteriorado por el paso de sus muchos años. Pío V, rodeado por los principales cardenales, empezó una oración para rogarle a Dios que ayudara a las tropas cristianas. Se inició la procesión del Rosario en la iglesia de Minerva, en la que se pedía la victoria.
Por toda Roma corrió la voz de que aquella mañana tendría lugar la tan esperada batalla. En Venecia, el gran dux se reunió con el Senado. Estaban preocupados. Una derrota significaría el fin de la República. En España, el rey Felipe II esperaba noticias de la batalla mientras seguía de cerca cómo crecían las torres de El Escorial.
Su Santidad solía rezar arrodillado sobre las frías baldosas del altar de su austera cámara y siempre vestía con el hábito dominico. Terminada la ceremonia, el anciano pontífice pasó a rezar al gran oratorio próximo a su cámara, sobre cuya pared resaltaba sobremanera la famosa Madonna de Fra Angelico. Frente al altar se hallaban cuatro reclinatorios, donde se disponían los cuatro prelados, con blancos roquetes sobre las cabezas, sotanas de color violeta y estolas sobre su cuello. Pío V se arrodilló delante del Evangelio y acto seguido hizo un gesto a los prelados. Estos se acercaron y le colocaron con suma delicadeza los ornamentos para celebrar la santa misa. Pausadamente, fue leyendo el Evangelio hasta llegar al de San Juan. Allí, la serenidad con que el anciano leía las santas palabras se transformó en una lectura más reflexiva y profunda. El tono de su voz cambió, como si ya no fuera él mismo el que hablara, y su débil cuerpo sufrió un súbito temblor. El papa se volvió hacia la imagen de la Virgen pintada por Fra Angelico y mirándola fijamente, le preguntó:
—Fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Ioannes.
Más tarde, estando en otra de las estancias y antes de que los emisarios llegaran a Roma con la feliz noticia, el papa Pío V despachaba con su tesorero, Donato Cesis. Cuando, de repente, se separó de su interlocutor, abrió una ventana y quedó sumido en un prolongado silencio, como en suspenso, contemplando el cielo.
—¡Id con Dios! ¡No es esta hora de negocios, sino de dar gracias a Jesucristo, pues nuestra escuadra acaba de vencer! —pronunció volviéndose hacia Donato con aspecto radiante.
El Santo Padre conmemoró el triunfo designando el siete de octubre como fiesta de la Virgen de la Victoria. Unos años después, pasó a ser el día del Santo Rosario, añadiendo «ayuda de los cristianos» a los títulos de Nuestra Señora, en la letanía de Loreto.
.
Aroche, 6 de febrero de 1960
Desde la cama, aún acostado y algo somnoliento, escuchó las campanas agudas de la torre, sita en la calle Alférez Lobo Carlos, al igual que su casa. Creyó contar nueve toques. Se había quedado dormido. Rafaela, su mujer, seguro que estaría extrañada, pues Paulino, hombre fiel a sus hábitos y costumbres, no solía demorarse en el amanecer. Normalmente, antes de las ocho y media, ya se había levantado y aseado. Pero hoy se sentía extraño. No solo por haberse quedado dormido hasta las tantas, según su reloj vital, sino porque tenía una sensación misteriosa y singular. Intentaba sentir su cuerpo, respirando suavemente y de forma relajada, por si tenía alguna dolencia inesperada. Un vecino de la Corredera, amigo de toda la vida, había fallecido de repente la semana anterior y todos decían que se había levantado con un presentimiento raro, aunque sin dolerle realmente nada. Paulino no temía a la muerte, sin embargo, sí quería estar preparado. No se hacía a la idea de dejarlo todo sin poder despedirse de los suyos. Pero, por otra parte, su fe en Dios le hacía creer y confiar que la Santísima Virgen, a quien tanta devoción profesaba, le ayudaría en el momento oportuno. «Únicamente Dios sabe el día y la hora», solía repetirse.
Se incorporó para alzarse de su lecho y sintió vida al oír el cantar de las golondrinas posadas en los cables del tendido eléctrico. Esa estampa siempre le evocaba recuerdos de su infancia, cuando vivía con sus padres, Gumersindo y Ángeles, en la calle Mar. Se quedaba embelesado mirando las aves y cerraba los ojos para sentir su cantar repetitivo y acompasado. Era como un ritual, la primera imagen del día, asomando su pequeño cuerpecillo por uno de los postigos de la casa. Aún podía sentir la voz de su madre que le apremiaba para que no se entretuviera demasiado, pues el desayuno ya lo tenía sobre la mesa y se le haría tarde para ir a la escuela. Ya era un hombre adulto, pero las golondrinas seguían causándole la misma sensación de su niñez. Su trinar dulce le calmaba. Era un amanecer único, incomparable e inigualable. Un despertar muy arocheno. Las conversaciones de los paisanos en sus saludos matutinos envolvían el ambiente. Entre ellos, la voz cantarina del panadero Asterio que, desde bien temprano, repartía en su burra el pan a cada vecino. Sin asomarse a su ventana, no le hacía falta, podía reconocer la voz de cada uno de ellos. Los conocía bien. En Aroche, su pueblo, todos se conocían. Y sabía con total seguridad, que cerca de la esquina, a escasos metros de su puerta, ya habría varios hombres esperando una oferta de jornal.
El olor a café recién hecho y a pan frito para desayunar le abrió el apetito de repente. Con toda certeza, su mujer o su cuñada Cruz, artífices de esos aromas, ya habrían catado el manjar matutino. Le mimaban demasiado. Era muy feliz. Se sentía muy querido.
Desde que había muerto la abuela María vivían juntos, Paulino, su mujer y sus dos hijos junto a sus cuñadas Cruz y Antonia que, al ser solteras y tras la muerte de su madre, se quedaron desoladas, y la familia vio bien compartir vivienda, aunque estuvieran más estrechos. Su otra cuñada, Marcelina, junto a su marido Manolo, los acompañaban cada día a la hora de comer. Ellos no habían tenido descendencia y disfrutaban de sus sobrinos y familiares compartiendo almuerzos diariamente.
Llevaban poco tiempo viviendo allí. La casa se la había comprado a la familia Riera, arriesgando bastante, según los suyos, pues Paulino no tenía muchos medios. El edificio estuvo catalogado como casa-palacio del primer Ducado de Soria, del siglo XVIII. Se había construido en tiempos de los Reyes Católicos, según se citaba en los archivos municipales, donde Paulino echaba buenas horas de su jornada, leyendo y buscando datos históricos de su pueblo.
En la fachada, en sus inicios, hubo un escudo heráldico que desapareció con el terremoto de 1865. Mantenía aún, y con gran orgullo para sus propietarios, una ventana digna de fotografiar, y de la que Paulino guardaba varios clichés en su estudio fotográfico Rascacielos. Era una ventana del siglo XV, de época de Juana la Beltraneja, con arquillos conopiales, dividida en ajimez por una sencilla y delicada columna de mármol, con capitel y fusta genoveses y un complejo recuadro de ladrillos. Todo salvaguardado con una artística reja rematada con la cruz latina.
—¡Parece que se te han pegado las sábanas hoy! —anunció su mujer desde la cocina al sentirlo en el salón-comedor.
—He dormido del tirón y no te he sentido al levantarte. —No quiso referirse a su intranquilidad ni a esa sensación extraña con la que había amanecido.
Se sentó en la mesa camilla, mientras su cuñada Antonia, que también acudía a desayunar, removía con la badila el brasero de picón que ya comenzaba a regalar calorcito en la gélida mañana de invierno.
—Ya solo nos queda medio saco de cisco —señaló medio encorvada debajo de las faldas de camilla.
—Avisaré hoy a Rosa la piconera para que nos traiga un par de sacos. —Rosa era una mujer sencilla y muy trabajadora que vivía en el barrio de La Cota. Sus hijos la ayudaban a repartir el picón por medio pueblo. Eran muy rubios, de sonrosada y blanca piel. Parecían de raza nórdica. A Rafaela y a sus hermanas les caían muy simpáticos y cuando aparecían por su casa llevando el picón solicitado, siempre les daban alguna propina.
Cruz dispuso ante ellos una bandeja de rebanadas fritas. Desayuno muy típico de la serranía onubense con aporte energético para aguantar toda la mañana hasta el almuerzo. Antonia hablaba entre bocado y bocado, pero Paulino, hoy más callado que de costumbre, tenía la mente en otros asuntos. Ni siquiera echaba cuenta a las noticias que se oían desde la radio que, seguían hablando del estreno de la película de Federico Fellini, el director italiano de La Dolce Vita. La cinta había despertado gran entusiasmo entre la crítica, pero también había desatado la más feroz condena de la Iglesia católica y medios afines, y en España se había prohibido su proyección.
—Todos hablan de esta película —comentó Antonia—. Dicen los expertos que marcará un antes y un después en el arte cinematográfico.
—Puede ser, aun así, no te fíes de los periodistas. La mayoría de las veces están comprados y sus opiniones pasan previamente por caja.
—¿Qué escenas mostrará que el Vaticano la ha calificado de obscena?
—¡Mejor no saberlo! Lo mismo es todo mentira y es publicidad gratuita que se han hecho.
—No debe ser mentira cuando dicen que, por ahora, en España no va a llegar a las pantallas. ¡Ay con lo que me gustaría a mí ir al estreno en el Salón Anarte! ¡La pantalla de los éxitos!
—¡Antonia, por Dios bendito! ¡Cualquiera que te escuche decir esas cosas!
—Yo solo lo digo porque me encantaría ver los vestidos elegantes que dicen que luce la actriz protagonista, esos collares tan brillantes, y que, además, muestran rincones preciosos de Roma y a mí, ya sabes, que me encanta la ciudad eterna.
Paulino guardó silencio y ambos siguieron degustando de la vianda. Continuaron absortos con sus rebanadas de pan frito y su café, ella pensando en trajes elegantes confeccionados por sus vecinas Las Letas, Concha y Milagros, hermanas muy conocidas en Aroche por su buena aguja y su distinguido y fino hilvanar. Y Paulino, mientras saboreaba cada bocado, seguía intentando descifrar esa percepción extraña que, desde que se había despertado, le invadía y le recorría por dentro.
A pesar de la fría mañana, Paulino había decidido acudir al barbero, pues el trajín del trabajo no le había dado tregua para asistir ninguna tarde de aquella semana, pero su cabellera no podía emplazar por más tiempo la inexcusable cita.
Se colocó su abrigo de paño de lana y abandonó su casa. Notó el aire helado en su rostro cuando torció para descender por la calle Gurugú. Una vía muy estrecha y con mucha pendiente que, a más de uno, le había dado algún que otro susto en los días húmedos y lluviosos. Paulino, a veces, en sus carreras y juegos infantiles, se dañó sus rodillas con alguna caída. Y ahora, con el paso de los años, veía como un lejano recuerdo, casi como un sueño imposible, poder subir corriendo la cuesta que desemboca en la plaza del pueblo y que tantas tardes, junto con sus buenos amigos de la infancia, fue testigo de travesuras y trastadas. La esencia que desprende el comercio Las Columnas, propiedad de Virgilio Vidorreta, le dibuja una sonrisa en su cara. Allí era donde intercambiaban, en los días afortunados del año, algunas perrillas por canicas y trompos.
Llegó a la barbería de Félix, más conocida como «la barbería de Carpo». La barbería ocupa toda una gran sala anterior a todo el resto de la vivienda. Su nivel está bien por debajo de la calle, por lo que Paulino baja los altos peldaños con cuidado. Algunos hombres de avanzada edad han tenido que dejar de acudir a Félix, pasando a ser clientela de los otros barberos del pueblo, con un acceso más fácil. Paulino conoce al barbero de toda la vida y él ha sido siempre el que le ha cortado. Tiene un arte especial usando la navaja. Félix tiene una buena y elevada destreza y muchos años de experiencia.
Paulino se sentó sobre el sillón de enea que reposaba delante de un gran espejo colgado en la pared, bajo él y a cada lado, sencillas repisas de cristal y madera mostrando unos tarros transparentes que contenían líquidos coloreados de azul, verde, rojo… Paulino cayó en la cuenta de que jamás había visto a Félix utilizarlos. Simplemente decoración de su gran salón de belleza masculina. Bajo la repisa, la encimera corrida donde el barbero depositaba las tijeras, la navaja, las brochas, los peines… y algunos trozos de papel de periódico para limpiar la navaja tras el uso del afeitado. Entre esos materiales típicos de una barbería había otro objeto que llamó la atención de Paulino.
—¿Es tuyo ese rosario? Parece muy antiguo —comentó señalando la estantería.
—¡Qué va! Lo hallé una tarde mientras barría. Pero no sé quién puede ser el dueño ni a quién se le ha podido caer.
—¿Puedo cogerlo para ver? —Félix hizo ademán de aprobación y Paulino lo sostuvo entre sus manos. Era un rosario de cuentas pequeñas y negras con una cruz de plata. Parecía muy antiguo e intuyó que había sido muy usado—. Su dueño ha rezado muchas avemarías.
—¿Cómo puedes saberlo? ¡Yo no entiendo mucho, la verdad!
—Las cuentas están desgastadas de tanto manoseo. Es una pena que lo haya extraviado. ¿No has preguntado entre tu clientela?
— Todos los que vienen lo ven ahí colocado, pero tan solo tú te has fijado en él. Debe ser que ninguno de nuestros paisanos lo ha perdido, pues nadie lo ha echado en falta. Hace unos días estuvo una mujer con su hijo y no eran de por aquí. Quizás fuera de ella, no sé. No se me ocurre ningún otro dueño.
—Puede ser, pero que no te engañen las apariencias. Hay muchos hombres que rezamos el rosario diariamente y no sería raro que alguno de ellos te pregunte por él, o lo reconozca la próxima vez que te visite.
Félix siguió con su trabajo y dio por finalizado el corte. Paulino seguía mirando el objeto religioso y se había quedado muy callado desde que lo sostuvo en sus manos.
—Si pasa un tiempo y no viene nadie a recogerlo puedes quedártelo —añadió antes de que se marchara.
—Espero que aparezca su amo, no me gustaría en caso de que fuera mío, perder un rosario que con toda seguridad le tendrá tanto aprecio y cariño. Y, además, te aseguro que tiene su valor, es muy antiguo.
—Si eso no sucede, ya sabes. Todo tuyo.
Paulino salió de la barbería y se detuvo a mirar la fuente de los nueve caños, adosada a uno de los lienzos de la antigua muralla. Metió las manos en los bolsillos del abrigo, asegurándose que custodiaba su rosariera e intentando recordar si había visto alguna vez ese rosario perdido en las manos de algunos de sus conocidos paisanos y asiduos feligreses como él.
Las campanas empezaron a replicar avisando del primer toque para misa y convocando, a su vez, a los feligreses al culto. El reloj de la torre marcaba las siete en punto de la tarde. Paulino, que esperaba en su puerta a su señora, comprobó si el suyo coincidía con las agujas que señalaban los números romanos de la nueva esfera de porcelana. Hacía ya varios años que la habían colocado. Procedía de Miranda del Ebro, según figuraba en unos albaranes del ayuntamiento.
Por la acera de enfrente pasó un matrimonio que, también, se dirigía al oficio religioso. Se saludaron amistosamente. Don José y doña Leonor eran maestros de los Grupos Escolares, que así se denominaba al colegio público. No eran oriundos del lugar, pero llevaban ya más de veinte años ejerciendo en Aroche. Habían llegado recién casados. Procedían de tierras gaditanas, aunque él había nacido en Arriates, un pueblo malagueño. Siempre relataban que cuando don José vino a tomar posesión de su plaza, le acompañó su mujer, doña Leonor, para ver la estancia y dejarle preparado el hospedaje donde iba a habitar. Ella tenía su plaza en un pueblo de Cádiz. En el coche de línea que cogieron en Sevilla dirección a Aroche, coincidieron con Claudio, el estanquero, que les informó de que en el pueblo había una vacante de maestra. Y de este modo fue como ella pudo venirse a trabajar al mismo paraje que su esposo. Lo que en un principio pensaron que sería solo por una temporada para volver a su tacita de plata, se convirtió en toda una vida. El matrimonio quedó prendado de Aroche y su gente, y permanecieron en aquel rincón serrano para siempre.
—Don José, disculpe —dijo Paulino acercándose a la pareja—. ¿Por casualidad ha perdido usted un rosario?
—No, ¿por qué me lo pregunta?
—Porque Félix el Carpo se ha encontrado en su barbería un rosario y no sabe de quién puede ser. Al verle, he creído que podría pertenecerle a usted.
—Suelo ir a la barbería de Evaristo.
—Pues si se entera de alguien que lo haya extraviado, lo tiene él en su local. No sabe quién puede ser su dueño. ¡Es una lástima haberlo extraviado, parece muy antiguo!
Mientras conversaban, Rafaela por fin salió de la casa, y ambos matrimonios dirigieron sus pasos hacia la iglesia. Aunque le caía más cercana la Puerta del Sol, pasaron de largo evitando sus gradas desgastadas, y quizás también, porque desde siempre se habían acostumbrado a entrar en el templo por la puerta de acceso del paseo, llamada Porche de Las Limosnas. En ese lugar, antiguamente, se colocaban los más necesitados que, el día de las fiestas en honor de la Virgen de los Dolores y San José, recibían un pan, gracias a la caridad de los condes del Álamo.
Paulino y don José, amantes ambos del arte y estudiosos de la historia, apreciaban con cada visita la perspectiva que les otorgaba entrar por esta puerta, una portada gótica con arquivoltas apuntadas de granito y sobre el mismo muro, una ventana mudéjar de ladrillo. Acceder por este lado permitía tener una visión de la iglesia más hermosa, más grandiosa. A la misma vez que iban adentrándose en su interior, sus ojos contemplaban la gran nave con sus cuatro pilares de núcleo central cilíndrico de fuste estriado, donde se adosaban cuatro baquetones que enlazaban con los arcos formeros y fajones. Su bóveda, más alta que las laterales, era de crucería estrellada, donde los nervios formaban figuras geométricas complejas con una rica decoración de florones y escudos. Los pilares de sustentación, altos y de ancha base, eran fasciculados. El maestro de escuela trataba de enseñar y mostrar a sus alumnos en sus lecciones la belleza de este conjunto artístico, con la esperanza que, algún día, supieran valorar lo que les rodeaba.
Había poca gente aún en la iglesia, algunos bancos del centro ocupados por varias mujeres con sus cabezas cubiertas con velo negro, al igual que doña Leonor y Rafaela. Todas ellas con rosario en mano, preparadas para el inicio del rezo previo a la eucaristía.
Tomaron asiento en la nave de la izquierda, delante del sagrario en el retablo de Jesús Nazareno. Rafaela, siempre que llegaba, miraba la figura de san Sebastián, colocado en lo más alto y que aparentaba estar mal apoyado.
—¡Cualquier día se cae! —susurró a su esposo que, una vez más, miró al santo con cara de preocupación—. Hasta que no ocurra una desgracia nadie me echará cuenta.
Y al igual que otros tantos días, tomó asiento junto a su marido rezando para que, si sus temores se cumplían, nunca fuera en horario de oficios ni con gente de por medio.
Paulino sacó su rosariera y, siguiendo la voz cantarina de la mujer que había iniciado el rezo, iba pasando entre sus dedos las cuentas de madera con cada avemaría. Su rosario era muy modesto, pero cargado de una pequeña historia. Lo tenía desde enero del año 1951 y había viajado hasta Santiago de Compostela, pasando por el manto del santo apóstol; por Fátima, recorriendo los lugares santos de los pastorcillos, y la cruz estaba formada con trozos del árbol donde rezó San Francisco de Asís.
En ese momento volvió a tener esa sensación extraña de la mañana. No le dolía nada, simplemente se sentía nervioso. Notó que se le aceleraba el pulso y bajó la mirada hacia su rosario, para evitar que Rafaela le viera el rostro apesadumbrado en ese momento.
«¿Qué me sucede? ¿Habrá llegado mi hora?».Y con el alma encogida suplicaba con sus oraciones discernir qué le pasaba, a qué venía ese desasosiego e intranquilidad.
Seguía rezando el rosario junto a su mujer. Ella también recorría con sus dedos las cuentas y bisbiseaba las avemarías. Paulino recorría con sus ojos a unos y a otros, todos con los rosarios en mano, todos con un rosario diferente. Y al mirar hacia su izquierda, al retablo de Nuestra Señora de los Remedios, fijó la vista en Santa Rita y en el que ella sostenía atado a su cíngulo. Nunca antes le había llamado la atención, pero hoy sí. Pensó en la diversidad de rosarios y de personas que lo rezaban desde hacía ya tantos siglos. Y su cabeza comenzó a divagar y a crear un puzle, y a modo de encajar las diferentes piezas, vio que todas esas señales eran por algo. Que Dios, o quizás la Madre Santísima, le estaba invitando a llevar a cabo una misión. Hacer visible el rosario y darlo a conocer a su pueblo, a la gente, al mundo entero.
Perdió el ritmo del rezo sin saber por dónde se había quedado y desconocía el número de cuentas que no habían pasado sus ágiles dedos. Se limitó a musitar al ritmo del resto de los feligreses y a guardar sus manos de la mirada de su mujer. «¿Era una locura lo que se estaba forjando en su mente?».
Ante el sagrario, delante del Nazareno, Paulino fue consciente del esfuerzo que le causaría llevar ese plan hacia delante. Quizá muy avaricioso o demasiado ingenuo. Pero tuvo la lucidez, en ese mismo instante, que la inquietud con la que se había despertado esa mañana, no era más que esa idea sin florecer, sin desarrollarse ni hacerse presente hasta ahora. Como cuando en ocasiones no sale la palabra que se tiene en los labios y no somos capaces de pronunciarla.
Su mente le había tenido agitado durante horas sin darse cuenta de que no era más que su cabeza forjando un proyecto, una idea. Se sintió, sin embargo, estúpido y tonto por haber temido, por haber tenido esos malos pensamientos. Y, una vez más, humildemente pidió perdón por no confiar en el Padre, en el Dios misericordioso. Por verse tan pobre de fe.
La ceremonia comenzó y se desarrolló con normalidad como todos los sábados. Paulino sentía una gran euforia y deseaba que terminara el oficio para contarle a su mujer qué nuevo proyecto rondaba en su cabeza. Rafaela, con total seguridad, calmaría su impaciencia como otras veces, y haría de «Pepito Grillo»,otorgándole el sentido común quenecesitaba y ayudándole con sus consejos. Aunque él sentía que esta idea palpitaba con fuerza en su corazón, en su mente. Deseaba de verdad poder llevarla a cabo.
.
Sevilla, 1 de julio de 2018
