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En el origen de este libro hay un testimonio que parece nimio pero dice mucho: un exmilitante montonero le cuenta a la autora que en 1973 fue a Ezeiza con la ilusión de recibir a Perón y que, cuando empezaron los disparos y las corridas, él no dejaba de preguntarse dónde estaba la chica que le gustaba. Lejos de banalizar un pasado que todavía duele y se discute, Rotos corazones cuenta cómo los vínculos afectivos, amorosos y eróticos fueron constitutivos de la lucha política, la sensibilidad de izquierda y el proyecto de las organizaciones revolucionarias. A partir de entrevistas, archivos y las mejores herramientas de análisis, Isabella Cosse reconstruye con maestría años vertiginosos: las revueltas de 1969 −cuando en la adrenalina de las protestas callejeras y los enfrentamientos con la policía se producían flechazos y se consolidaban lazos de militancia y complicidad−, la formación del PRT-ERP y Montoneros, la radicalización política y la lucha armada, el pasaje a la clandestinidad y la escalada represiva previa y posterior al golpe. Con foco en las relaciones de pareja, muestra cómo patrones familiares tradicionales convivían en tensión con el anhelo de mayor libertad, y cómo el compañerismo y las infidelidades, los triángulos y los conflictos, los reencuentros y las separaciones no son meras anécdotas sino una llave maestra para entender a una generación que hizo del amor de pareja una experiencia inescindible del amor al pueblo. Atenta a esa dimensión pasional que funcionaba como motor, contención y refugio, y que desbordaba la rigidez moral de las organizaciones, Isabella Cosse propone una nueva y fundamental historia de los setenta.
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Seitenzahl: 429
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
Introducción. El amor: llave maestra para volver a los setenta
1. Pareja y política: la entrega mutua en la sensibilidad revolucionaria
Ser pareja, ser compañeros
Amores, desamores y batallas políticas
2. Revueltas: género, deseo y cotidiano en las protestas estudiantiles
Imágenes canónicas
Nuevas semánticas
Goces
3. Seducción, conflictos y pérdidas en la praxis revolucionaria
El pequeño grupo: amor y complot
Volverse militante
Exogamia social, endogamia política
Conflictos, pérdidas, dolores
4. Breve frenesí: trayectorias afectivas y dilemas políticos/sexuales
Éxtasis triunfal
Expansión y desborde
Amor comprometido
Las ambivalencias de un sentimiento
Consagrarse pareja
5. Vidas precarias: entre la represión y la justicia revolucionaria
Verano hirviente
Género, clase, internas
Lealtad política, fidelidad amorosa
6. Los afectos y la estrategia represiva
Intemperie y tensión emocional
Los “tesoros” en riesgo
Erotismo, moralismo y terror
La perversidad del mal
Epílogo
Agradecimientos
Isabella Cosse
ROTOS CORAZONES
Amor y política en los setenta
Cosse, Isabella
Rotos corazones / Isabella Cosse.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2025.
Libro digital, EPUB.- (Pasados que Insisten)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-801-532-3
1. Historia Argentina. 2. Historia Social. 3. Montoneros. I. Título.
CDD 982
© 2025, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de colección y de cubierta: Emmanuel Prado / <manuprado.com>
Fotografía de cubierta: Amores clandestinos, 1972, despedida de solteros de los militantes Nora Patrich y Horacio Machi (quien fue asesinado en Rosario por la dictadura cívico-militar el 1/3/77) en la quinta de la familia Guevara Lynch. Gentileza de Nora Patrich
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: noviembre de 2025
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-532-3
a Tomás, mi hijo,
otra vez
Introducción
El amor: llave maestra para volver a los setenta
si te quiero es porque sos / mi amor mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos
Esta estrofa, perteneciente al poema “Te quiero” de Mario Benedetti, fue copiada innumerables veces por militantes políticos en todo el mundo. Gertrudis Hlaczik la transcribió para dedicársela a José Poblete Roa. Le entregó la copia con una cartita. Los dos se habían conocido en la militancia cristiana y en el trabajo en las villas ligado a la Juventud Peronista. Fueron secuestrados a finales de noviembre de 1978. Gertrudis fue capturada en su casa con su hija, Claudia, de 8 meses. Se las llevaron al centro clandestino Olimpo, que funcionó bajo la órbita del Primer Cuerpo de Ejército. Luego de dos o tres días, la beba fue sacada de allí y apropiada de forma ilegal por un teniente coronel que revistaba en esa unidad militar. Claudia fue buscada incansablemente a lo largo de los años por su familia junto con Abuelas de Plaza de Mayo, hasta que en 1999, a través de la justicia, se enteró de su origen. Un día, su abuela Buscarita Roa le dio una copia del poema transcripto por Gertrudis. Quería que Claudia supiera de su madre y de la pareja que había formado con su papá.[1] En esta historia se unen la familia, el compromiso político y el amor revolucionario con los avatares más trágicos del pasado de la Argentina, nudo del presente libro, en el que los vínculos de pareja, los sentimientos amorosos y el deseo son la puerta de entrada para comprender una época vertiginosa y abierta.
Al igual que Gertrudis y José, gran cantidad de jóvenes de clase media y trabajadora se comprometieron con el cambio social y político en los años sesenta y setenta, erigiéndose en protagonistas de una lucha antidictatorial que concebían unida a la consecución de la revolución socialista. Vivieron en 1973 el retorno del peronismo al poder, proscripto desde 1955, y casi en simultáneo comenzaron a ser perseguidos y a enfrentar una represión atroz que tenía el objetivo de exterminarlos. ¿Qué sentidos y efectos jugaron el deseo, la atracción, los afectos en la praxis, las estrategias, las identidades políticas y en las vidas de estos jóvenes que pronto virarían del optimismo extático a enfrentar el terror de Estado? ¿Qué lugar tuvieron la entrega amorosa y la entrega al pueblo en la emergencia y el crecimiento de la izquierda revolucionaria y en su declive?
Estas preguntas, que habitan el centro del libro, no estaban en el origen de mi investigación, en 2013, cuando la sociedad argentina discutía con vigor sobre los años sesenta y setenta, las condenas en los juicios de lesa humanidad ascendían y la cuarta ola feminista global estaba en ciernes. En ese entonces, pensaba que había poco que añadir a lo que sabíamos acerca de la historia de las organizaciones revolucionarias en América Latina desde la perspectiva del género, la sexualidad y la subjetividad. Las feministas de los años ochenta y las investigadoras pioneras en el estudio de las mujeres habían mostrado que en la Argentina los movimientos que se creían a la vanguardia de la revolución política habían estado dominados por el machismo y el moralismo.[2] De hecho, las principales organizaciones guerrilleras habían considerado a la revolución sexual una estrategia del imperialismo y, cuando el Frente de Liberación Homosexual, en 1973, les había propuesto una alianza a la izquierda revolucionaria peronista, la respuesta había sido: “No somos putos, no somos faloperos, / somos soldados de FAR y Montoneros”. La saga de estudios posteriores (surgidos a horcajadas de la doble expansión de los estudios feministas y la historia de la memoria y el pasado reciente) dio cuenta de la importancia crucial del género y la sexualidad en la subjetividad, las dinámicas y los discursos de las organizaciones y las memorias militantes. En ese sentido, Vera Carnovale describió al Partido Revolucionario de los Trabajadores y el Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) como una “organización total” y, a la vez, valorizó la clave afectiva.[3] Poco después, nuevos aportes mostraron, además, la centralidad del género para comprender la construcción de la figura del “enemigo interno” y la represión misma.[4] Con ese panorama, yo pensaba, en aquel entonces, que quizás podría agregarse alguna pincelada novedosa a esa historia, pero que, en lo sustancial, ya estaba escrita.
Sin embargo, en una entrevista con un exmilitante montonero, una anécdota en particular me hizo ruido. Me contó que en su primera “acción” (colocar en una esquina una caja con panfletos que volaban cuando se activaba un pequeño explosivo) la policía lo descubrió y él salió corriendo: “Nunca corrí tan rápido. Mientras corría pensaba que me iban a matar y que me iba a morir virgen”. Relató también que cuando Perón llegó a Ezeiza, él estaba en la seguridad de su columna con un brazalete que lo enorgullecía y que cuando la confrontación comenzó y el caos lo invadió todo, no dejaba de preguntarse dónde estaba la chica que le gustaba. Temía que sus amigos y compañeros se la birlasen. Esa historia me cambió el foco. Les seguí la pista a otros relatos similares. Fiché. Hice series. Encontré a cada paso numerosos vínculos efímeros que, sin embargo, podían haber tenido gran significación afectiva. Registré “dobles relaciones” –como se le llamaba a la circunstancia de tener en simultáneo más de una pareja–, triángulos amorosos y “amores prohibidos”. Esas historias desentonaban con la visión dominante, que yo había compartido, sobre la rigidez de las organizaciones y su disciplinamiento sobre el cuerpo y la sexualidad. La vida desbordaba los códigos morales y el moralismo machacón.[5] Existía una nueva perspectiva para pensar a la izquierda revolucionaria y la revolución sexual: seguir las vicisitudes movidas por el deseo, el erotismo, la atracción sexual y los afectos para entenderlas en términos políticos en su doble sentido, como construcciones que involucran en sí mismas al poder y como parte de la acción y la praxis política.
No llegué a ese lugar por casualidad. La historia sociocultural de los años sesenta me había llevado a, casi sin proponérmelo, observar a los militantes de izquierda con un alcance que los traspasaba: en su condición juvenil, sexuada, de clase, embarcados en contiendas contra el orden no solo social y político sino también de género, familiar y sexual. Tampoco estaba sola, por cierto.[6] En forma simultánea surgieron nuevas miradas inspiradas por el giro afectivo que notaron, como hizo Mariela Peller, la construcción discursiva dual del PRT-ERP que sentimentalizaba la figura de los militantes muertos pero, al mismo tiempo, minimizaba lo afectivo. Dialogué con esas investigaciones y los múltiples nuevos estudios sobre las organizaciones de mujeres y el movimiento feminista y LGTBQ+.[7] Me basé, por supuesto, en la cantera, cada vez más desbordante, de trabajos en el campo de la historia reciente, que apuntan a una reconstrucción de los acontecimientos per se. Volví sobre el problema de pensar la vertebración de la política y lo afectivo o emocional en los movimientos sociales en un momento en el que llegaban a América Latina discusiones sociológicas y antropológicas sobre las emociones.[8]
Seguí adelante convencida de que existía una historia aún por contar, a pesar de la catarata imparable de valiosas producciones sobre esa época. O, más bien, segura de que había un ángulo –y no solo un “tema”– que tenía sentido explorar. Fui construyendo así una perspectiva propia.
Inicialmente esta tarea supuso dos decisiones encadenadas. La primera implicaba hacer una historia social de lo político. Con la inspiración clásica de E. P. Thompson, me propuse observar las dinámicas sociales y cotidianas y partir de la experiencia de las personas, de sus vínculos e interacciones, vividas en contextos concretos. Puse atención al modo en que esas trayectorias y dinámicas colectivas involucraban la praxis y los acontecimientos políticos en el epicentro de las tormentas políticas.[9] La segunda decisión apuntaba a discutir la visión estanca de lo privado y lo público, lo íntimo y lo social, para concebir, por el contrario, la interpenetración de ambas dimensiones, cuestión nodal de la teoría feminista. Volví sobre el pionero estudio de Tyler May porque trabaja sobre la mutua configuración de lo íntimo y lo político durante la Guerra Fría, con múltiples dimensiones en juego (políticas, demográficas, sociales), y atiende a la vez a las dinámicas políticas y a las reconfiguraciones culturales de los años sesenta. Fui plenamente consciente de que, a diferencia de lo sucedido en los Estados Unidos y Europa, observar el proceso desde América Latina modifica la mirada de conjunto. Pone en primer plano el carácter “caliente” de la conflagración mundial que se volvió una tragedia en esta y otras regiones.[10]
Con el tiempo, se hizo evidente la necesidad de adoptar una tercera decisión, que involucró el juego entre la diacronía y la sincronía. Quise atender a las características propias de cada momento en una época histórica en extremo vertiginosa. En este sentido, busqué desarrollar una perspectiva que diera cuenta de la indeterminación de los acontecimientos (que evitara dar por sentado lo que hoy conocemos que sucedió), que confluyera en una sincronía densa, pero, a la vez, que no me privase de mirarlos retrospectivamente. Al mismo tiempo, coloqué esa reconstrucción en una temporalidad mayor, la “larga” y “media” duración, ineludible al ocuparse de las configuraciones subjetivas y los sentimientos que no surgen ni cambian intempestivamente. A partir de esas decisiones y a medida que avanzaba, me encontré incorporando diferentes escalas espaciales. De hecho, el análisis traspasa las fronteras de la nación en un doble sentido: introduce las dinámicas locales y a la vez las escalas regional y transnacional.[11] Por último, para darle densidad a la comprensión asumí un enfoque relacional de lo político, esto es, presté atención a la pugna de los movimientos de izquierda con las organizaciones de derecha y con el Estado represivo, que las combatieron.
Estas claves analíticas –que podrían ser útiles para iluminar organizaciones y movimientos sociales de diferente caladura, objetivos, surgidos en diferentes contextos históricos– están aquí orientadas a comprender la sensibilidad revolucionaria. Me he concentrado en el PRT y en su brazo armado, el ERP, y en la organización Montoneros.[12] Con diferentes orígenes, tradiciones y estrategias políticas –que serán referidas con bastante detalle en este libro–, las dos organizaciones hegemonizaron la radicalización juvenil a partir de la militancia sostenida, clandestina y de masas, afirmada en la lucha armada. Cobraron entidad nacional, tuvieron un crecimiento exponencial a comienzos de la década del setenta y desplegaron una épica propia. En la coyuntura de 1973, la Juventud Peronista, liderada por Montoneros, fue decisiva para el regreso de Perón al país y el peronismo al poder. Una vez tangible el retorno, las discusiones fueron encarnizadas dentro y fuera de la izquierda armada en el contexto de un crescendo de polarización y violencia, que culminaría en uno de los períodos más infaustos de la Argentina. La generación militante que protagoniza esta historia fue diezmada por un plan de exterminio basado en la represión ilegal, que incluyó secuestros, desapariciones, y apropiación de niños y bebés.
En estas páginas observo ese proceso a partir de los vínculos amorosos –afecto, erotismo, atracción, compañerismo–, que sostuvieron complicidades, pero también desinteligencias y enemistades. Coloqué estos vínculos en relación constante con las configuraciones culturales y los acontecimientos políticos en una época en la que los contemporáneos (de izquierda y de derecha) creían inminente la revolución. Propongo que ese ángulo ofrece una llave maestra para entender la radicalización política, la lucha desigual y la derrota del horizonte revolucionario. En otras palabras, sostengo que el entrelazamiento entre la pasión amorosa y la pasión política es clave para comprender no solo a las organizaciones armadas y las generaciones militantes, sino el sentido de la contienda en torno al statu quo social, político y cultural a escala global en los años sesenta y setenta. Para ello, parto de las parejas –no del sentimiento etéreo– con el fin de reconstruir tramas amorosas, concebidas de modo amplio, abierto, que incluyeron relaciones con diferente intensidad, duración, formadas por un sinfín de motivos. Pero, también, atiendo a los sentimientos de amor al pueblo, la patria, la revolución.
Concebí al amor, voluble en su expresión y con múltiples elaboraciones culturales, como algo que remite a aquello fuera de lugar, un lazo capaz de convocar diferentes elementos. Francesco Alberoni, al preguntarse por el enamoramiento, dice que este nace de una “fuerza terrible” que tiende a la fusión y hace al otro insustituible. Si bien no coincido con muchos de sus presupuestos –considera el vínculo amoroso necesariamente heterosexual y monógamo en su momento pasional–, me interesa el papel que le otorga a eros, que en sus términos implica una fuerza revolucionaria, difícil de manejar, que impone giros vitales y tentativas de cambio, que exige el riesgo.[13] Creo, a diferencia de este autor, que es necesario desnaturalizar esa “fuerza” del amor. Es decir, concebirlo históricamente. ¿Qué significa esto? Supone que ese sentimiento que vivimos como irrepetible, intransferible, ha cambiado a lo largo del tiempo y de las sociedades, e incluso difiere según los grupos sociales en un mismo espacio y tiempo histórico. Implica, también, que lo que sentimos está configurado social y políticamente. Este punto de partida no es menor. Entraña afirmar que la expresión física del enamoramiento, el deseo y la pasión, que podemos vivenciar al leer obras de las que nos separan más de cuatro siglos, como Romeo y Julieta, no es universal.[14]
Sin embargo, los sentimientos amorosos, al igual que otras elaboraciones unidas a vivencias inmediatas, suelen imaginarse dados por la naturaleza. Freud concibió a la energía sexual, la libido, en el centro de la constitución del “yo” y entendió que, en buena medida, esta interviene en lo social mediado por el individuo. La represión del deseo del hijo por su madre, el complejo de Edipo, un conflicto nodal que exige reprimir el instinto, está en la base de la cultura según Freud. Como han sostenido las feministas, la interpretación estuvo unida a un universal masculino y, además, con frecuencia, a una única “naturaleza humana”, concebida incluso atemporal en los vínculos primarios. Wilheim Reich, discípulo crítico de Freud, asumió con él la centralidad de la energía sexual, pero propuso eliminar su represión para fundar una revolución. Entendió al deseo como motor de un cambio histórico, aun cuando este se produciría por la liberación de la naturaleza, del instinto humano.[15] En mi análisis, no restrinjo el deseo a lo libidinal. Lo concibo en relación con lo colectivo en ese estado de revuelta, ese momento breve pero decisivo, imprevisible, dominado por el anhelo de cambiarlo todo, como observaron Verónica Gago y Georges Didi-Huberman.[16]
En la actualidad, la polémica en torno al carácter natural de los sentimientos está más vigente que nunca. Con el impulso de las neurociencias, nos encontramos a diario ante una explicación biológica sobre las relaciones sociales. Desde esta perspectiva, se presenta al enamoramiento como el resultado del metabolismo y la intervención de las hormonas y, con frecuencia, el mismo registro se utiliza para entender otros comportamientos humanos, como la violencia. La fuerza que tomó esta visión biologicista de lo social es sintomática: ofrece la seguridad de un regreso a los fenómenos naturales, mensurables, predecibles, en una época signada por la desestructuración y las incertidumbres cotidianas propias del capitalismo tardío que, por cierto, han sido el contexto del fortalecimiento de una derecha en extremo racista, excluyente, misógina, a escala global.
Vale recordar que las elaboraciones sobre el amor, surgidas en diferentes momentos históricos, perduran y se superponen unas sobre otras. Están hechas de idas y vueltas, de renacimientos en los que cobran vida las diferentes fantasías en torno al amor, que operan o pueden operar en forma simultánea en un mismo momento histórico, como plantea Barbara Rosenwein.[17] Por eso, me he cuidado de presuponer los sentidos y, al mismo tiempo, evité pensarlos exclusivamente en función de la individualidad. Por el contrario, he otorgado atención a la proyección amorosa sobre sujetos colectivos (el pueblo, la revolución, la infancia) y a la interacción entre las personas. Dicho de otra forma, intenté desplazar cualquier estándar o definición previa para comprender lo amoroso, y me centré en los vínculos concretos, las relaciones, las dinámicas grupales y la praxis misma de las organizaciones políticas sin desconocer las elaboraciones simbólicas y las construcciones culturales o discursivas.
Este ángulo permite auscultar las relaciones de poder, los conflictos generados a partir de los vínculos afectivos o sexuales e incluso las violencias que se legitimaron en la supuesta naturaleza de las emociones o las pasiones como han mostrado recientes estudios para la Argentina y América Latina.[18] Esas investigaciones revelan que para comprender la ambivalencia de los sentimientos es imprescindible atender a las relaciones de poder y las construcciones socioculturales en torno a las jerarquías de clase, género, raza. De allí que este libro busca dar cuenta de ese carácter disputado de los sentimientos a partir de la política. También se propone traspasar la mera constatación del conflicto y la complejidad de lo social-afectivo: sostengo que existió una sensibilidad, que fue matriz común pero también campo de batalla, y una praxis que unió el compromiso afectivo y el compromiso político con la promesa de revolución. Es decir, propongo que amor, atracción, deseo se entremezclaron por completo en las experiencias y las acciones, estrategias y retóricas y fueron decisivas en la praxis de las organizaciones y la confrontación de fuerzas en un momento de gran intensidad política y en una época de transformaciones en las formas de vivir, sentir y pensar las relaciones afectivas en la sociedad argentina y el mundo entero.
Esta historia me enfrentó a varios dilemas. Me pregunté muchas veces qué hacía inmiscuyéndome en las tramas íntimas de la vida de militantes que habían sufrido experiencias extremas, muchos de los cuales habían sido secuestrados y siguen desaparecidos. ¿Cómo evitar un enfoque voyeur? Traté de resguardar ciertas zonas de intimidad y eludir que la descripción favoreciese una visión descarnada o morbosa. Intenté, a cada paso, que las intimidades sirviesen para una interpretación densa, significativa, sustantiva, que trascendiera las anécdotas, aunque estas le dieran carnadura. El peligro era que el lente de los vínculos afectivos y el amor pudiera banalizar un pasado relevante y desgarrador. Para enfrentar esta preocupación, apunté a darles espesor histórico a las reconstrucciones. Esto dejaba al descubierto otro frente de problemas. Estaba escribiendo una historia de los vínculos afectivos, pero en mi perspectiva, ninguna historia, ningún proceso, puede explicarse de modo unidimensional. Como ya he mencionado, en esta reconstrucción los avatares de las parejas y los sentimientos amorosos están entrelazados con las dimensiones sociales, culturales, políticas que resultan ineludibles para comprenderlas. De allí que fuese necesario atender al carácter político de lo personal en un análisis siempre a doble mano: uno que trabaja sobre la significación de la política en las trayectorias afectivas y a la vez coloca esos sentimientos en el centro de la comprensión de lo político en las dinámicas entre las personas, en el interior de las organizaciones y en la lucha política e incluso armada enfrentada por la represión de Estado. Presté atención, también, a las características de las dos organizaciones revolucionarias (en un esfuerzo por avanzar en un estudio de conjunto, lo que ha sido infrecuente) para identificar sus rasgos en común y sus diferencias, así como los vínculos que sostuvieron entre sí.
Mi reconstrucción sigue una línea cronológica. Como los acontecimientos no estaban prefijados, ese tiempo acelerado requería seguirle el pulso. Si eso hace difícil seguir la historia de las acciones políticas y definiciones programáticas, el desafío es todavía mayor al releer esa historia a partir de los vuelcos del corazón. Al concebir la mutua interdependencia de lo político y lo afectivo en una época de aceleramiento de ambas dimensiones, resulta crucial identificar los puntos de encuentro y de fuga, sumar las coordenadas de tiempo y contexto. Aquí los detalles y los indicios, con Carlo Ginzburg, ganaron gran entidad.[19] Se volvieron una obsesión. Fueron el modo de pisar terreno firme, precisar y dar vida a la reconstrucción y, a partir de ella, elaborar las claves interpretativas.
Con esta intención, utilicé múltiples fuentes. Los testimonios orales y escritos fueron centrales y recurrí a todas las incontables memorias éditas, biografías y literatura de no ficción que fui capaz de procesar, al tesoro creado por Memoria Abierta, con su archivo de más de mil trescientas entrevistas, a las que se agregaron denuncias y testimonios judiciales que, a raíz de la pandemia, comenzaron a transmitirse virtualmente. Hice, también, decenas de entrevistas que se sumaron a las muchas que había realizado en mi investigación anterior (aunque siempre que me fue posible preferí remitir a fuentes éditas o de acceso público). Trabajé, como es de rigor, asumiendo el carácter retrospectivo y construido de esos recuerdos. Desde luego, estas fuentes fueron tan importantes como las más convencionales: documentos políticos y prensa partidaria, diarios y revistas de circulación masiva, informes de inteligencia del Estado, estadísticas y censos, películas, novelas, fotografías, correspondencia.
El recorte de archivo es siempre propio. Hecho a la medida de nuestras preguntas y posibilidades, pero también influido por los vacíos y la fragmentación de la documentación. Me beneficié de la expansión de los archivos, dado que mi trabajo coincidió con lo que Lila Caimari ha denominado el “momento archivo”, es decir, con una nueva valoración social, política, emocional de los archivos y una ampliación del acceso, concebido parte crucial de la democratización y el activismo.[20] El incremento de las potenciales fuentes documentales a mi disposición generó nuevas posibilidades (que en nuestro presente se encuentran en grave riesgo a raíz de las políticas del gobierno). También produjo disyuntivas ante la necesidad de recortar esa disponibilidad y al carácter sensible de mucha de esa documentación.[21] Con ese archivo que crecía a cada paso, recompuse vestigios, ensamblé retazos, contrasté versiones y ausculté fragmentos, armé contextos y repuse estilos discursivos, es decir, tomé los recaudos propios de la investigación histórica. No obstante, se impone notar que esta investigación, como cualquier otra sobre estas temáticas, enfrenta la particularidad de que ciertas zonas de la vida clandestina, de la acción armada y, sobre todo, de la represión de Estado (de la desaparición de militantes y la apropiación de niños y bebés) sigue velada, silenciada. La documentación lleva el sello del proceso histórico y la huella de las relaciones de poder vivida por los protagonistas. La reconstrucción nos reclama recordar que aún está vigente el pacto de encubrimiento de los represores en torno a los crímenes de lesa humanidad. No menos importante es reconocer que existen temas tabú entre quienes han reclamado verdad.
Aun con estos recaudos metodológicos, no pretendí ninguna narración lineal, sino componer un prisma facetado –con múltiples aristas y perspectivas– para pensar cómo se entrecruzaron el amor, el deseo, la sexualidad y la lucha revolucionaria en los espacios de la militancia armada, y el influjo que tuvieron en la sensibilidad de izquierda. Este libro apunta a validar un espacio de enunciación capaz de sostenerse por fuera de la legitimidad de las memorias en primera persona, la vivencia, el dolor. Intenté mirar a las y los protagonistas de esta historia, reconstruir sus decisiones y dilemas, sin pelearme. No siempre lo logré. Pero me impuse no pensar a las organizaciones y las vidas militantes en función de aprobarlas o desaprobarlas, sino de entenderlas, como si vinieran de una época por completo desconocida. Sé que es un distanciamiento falaz. Tengo claro que los mundos de esos militantes son parte de mi propio tiempo histórico y las posiciones en torno a ellos son parte crucial de las luchas políticas del presente. Sin embargo, esa toma de distancia es útil. Nos permite recolocar al testigo y al lugar otorgado a su voz. Valorizar el esfuerzo sostenido en la reflexión. Evitar seguir los meros ecos de esas memorias o las inclinaciones propias.
Se trata, por lo tanto, de proponer un juego a dos puntas. Entablar una conexión empática (la empatía –explica Lynn Hunt– es la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento de los demás y reencontrar a los “otros” como iguales a nosotros mismos en cuanto seres humanos)[22] y, a la vez, un temple de extrañamiento, esa mirada distanciada que habilita una composición diferente a la que tenían los protagonistas. Ese esfuerzo en dos vertientes es un juego difícil. Se parece a caminar por una cornisa. Pero, paradójicamente, ese equilibrio inestable me ha dado seguridad. En parte, porque me muestra los límites –los propios y los de cualquier interpretación– y también porque posibilita divisar más allá del piso, sondear el horizonte.
Munida de estas estrategias he recorrido un tiempo corto y, como he señalado, extraordinariamente denso y dinámico. El “punto cero” está en los años cuarenta y cincuenta. Parto desde allí con la idea de mapear el lugar de la pareja y la diferencia sexual en las tradiciones políticas –el peronismo y la izquierda– y las configuraciones previas que eventualmente podían activarse por obra de los jóvenes que protagonizaron el ascenso de la movilización y la radicalización política en la segunda mitad de los años sesenta. Luego coloco el foco en las revueltas de 1969, centrándome en Tucumán, con la intención de observar las construcciones de género, las dinámicas cotidianas y el papel del deseo en el momento alto de las protestas. Siguen dos capítulos dedicados al surgimiento de Montoneros y la consolidación del PRT, que atienden a su praxis política desde 1970 a 1973. Continúo con el análisis del breve éxtasis del triunfo peronista empalmándolo con la reconstrucción de la polarización vertiginosa, como revelaron los enfrentamientos en Ezeiza, con intención de examinar la consolidación de una sensibilidad vertebrada en el amor y la política, que daba sentido a la vida toda. Los últimos dos capítulos se centran en los dilemas que enfrentaron los militantes de izquierda a medida que la represión ascendía y sus organizaciones se militarizaban y luego el papel jugado por la instrumentalización de lo afectivo en la estrategia militar para exterminarlas. En un contexto de experiencias límite, precariedad extrema y represión feroz, los vínculos afectivos de los militantes se revelan en toda su ambivalencia y potencialidad política.
Dicha reconstrucción no cuenta una historia feliz. Pero no precisamos historias felices, sino reflexiones críticas. Se trata de pensar la sensibilidad de izquierda en ese contexto y hacerlo desde el Sur del Sur, con las urgencias de sabernos en una crisis completa; reconocer el agotamiento de una historia hecha de “giros”, con sus visiones unívocas o unidimensionales, para apuntar a la comprensión profunda y significativa del pasado a la luz del presente. Ni el progreso ni el ocaso están inscriptos en la historia. Cada presente contiene diferentes sensibilidades, que emergen en forma simultánea y conflictiva en una contienda cuyo resultado no está prefijado. El futuro está abierto, siempre. El ascenso de la nueva derecha global reclama una mirada cuestionadora y refundacional de la izquierda y el feminismo. Ojalá las historias intensas, plenas, dolientes de este libro puedan alumbrar en algo esa mirada. Rotos corazones.
[1] Mario Benedetti, Poemas de otros, Buenos Aires, Alfa, 1974, pp. 230-231; Analía Argento, De vuelta a casa. Historias de nietos restituidos, Buenos Aires, Marea, 2016, pp. 17-38. Le agradezco a Claudia Poblete Hlaczik la conversación sobre ese episodio, Buenos Aires, 13 de diciembre de 2024.
[2] María del Carmen Feijoó y Marcela Nari, “Women in Argentina during the 1960s”, Latin American Perspectives, vol. 23, nº 1, invierno de 1996, pp. 7-27.
[3] Fue una expansión vasta y rica. Ver Paola Martínez, Género, política y revolución en los años setenta. Las mujeres del PRT-ERP, Buenos Aires, Imago Mundi, 2009; Vera Carnovale, Los combatientes. Historia del PRT-ERP, Buenos Aires, Siglo XXI, 2011; Karin Grammático, Mujeres montoneras.Una historia de la Agrupación Evita, 1973-1974, Buenos Aires, Luxemburg, 2011; Alejandra Oberti, Las revolucionarias. Militancia, vida cotidiana y afectividad en los setenta, Buenos Aires, Edhasa, 2015; Mariela Peller, La intimidad de la revolución. Afectos y militancia en la guerrilla del PRT-ERP, Buenos Aires, Prometeo, 2023 (versión revisada de su tesis de 2013). El colectivo organizador de las Jornadas Historia, género y política en los setenta motorizó decisivamente ese crecimiento. Una de sus expresiones: Andrea Andújar y otros, De minifaldas, militancias y revoluciones. Exploraciones sobre los setenta en la Argentina, Buenos Aires, Luxemburg, 2009.
[4] Marta Vasallo, “Militancia y transgresión”, en Andrea Andújar y otros, De minifaldas, militancias y revoluciones. Exploraciones sobre…, ob. cit., pp. 19-31; Valeria Manzano, “Sex, Gender, and the Making of the ‘Enemy Within’ in Cold War Argentina”, Journal of Latin American Studies, vol. 47, nº 1, 2014, pp. 1-29; Débora D’Antonio, La prisión en los años setenta. Historia género y política, Buenos Aires, Biblos, 2017.
[5] Los resultados en Isabella Cosse, “Infidelities: Morality, Revolution, and Sexuality in Left-Wing Guerrilla Organizations in 1970s Argentina”, Journal of the History of Sexuality, vol. 23, nº 3, septiembre de 2014, pp. 415-450, publicados en español gracias a Silvina Merenson y Prácticas del Oficio, vol. 1, nº 19, junio de 2017 - diciembre de 2017, pp. 1-21.
[6] Isabella Cosse, Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta, Buenos Aires, Siglo XXI, 2010; Karina Felitti, La revolución de la píldora. Sexualidad y política en los sesenta, Buenos Aires, Edhasa, 2012; Valeria Manzano, La era de la juventud en Argentina. Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla, Buenos Aires, FCE, 2017. Se trataba de un campo emergente a escala internacional con diálogos constantes como los mantenidos con Vania Markarian, El 68 uruguayo, Bernal, UNQ, 2012; Eric Zolov (ed.), “Latin America in the Global Sixties”, The Americas, vol. 70, nº 3, enero de 2014, pp. 349-352.
[7] Una visión de conjunto en Débora D’Antonio y Valeria Silvina Pita (eds.), Nueva historia de las mujeres en la Argentina, 4 vols., Buenos Aires, Prometeo, 2023-2024.
[8] Ver Ana Abramowski y Santiago Canevaro, Pensar los afectos. Aproximaciones desde las ciencias sociales y las humanidades, Los Polvorines, UNGS, 2017; en cuanto a las emociones, María Bjerg, “Una genealogía de la historia de las emociones”, Quinto Sol, nº 23, vol. 1, 2019, pp. 1-20. Los sentimientos no habían sido ajenos a la renovación historiográfica argentina, ver Omar Acha, Crónica sentimental de la Argentina peronista, Buenos Aires, Prometeo, 2013; y, más recientemente, Sandra Gayol, Una pérdida eterna. La muerte de Eva Perón y la creación de una comunidad emocional peronista, Buenos Aires, FCE, 2023. De modo realmente pionero: José Pedro Barrán, Historia de la sensibilidad en el Uruguay, 2 vols., Montevideo, Banda Oriental, 1989.
[9] Edward Palmer Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, t. I, Barcelona, Crítica, 1963. Me influyeron especialmente Heidi Tinsman, La tierra para el que la trabaja. Género, sexualidad y movimientos campesinos en la Reforma Agraria Chilena, Santiago de Chile, LOM, 2009; Victoria Langland, “Birth Control Pills and Molotov Cocktails: Reading Sex and Revolution in 1968 Brazil”, en Gilbert Joseph y Daniela Spenser (eds.), In From the Cold: Latin America’s New Encounter with the Cold War, Durham y Londres, Duke University Press, 2008, pp. 308-349.
[10] Elaine Tyler May, Homeward Bound: American Families in the Cold War Era, Nueva York, Basic Books, 1988.
[11] Esta clave dio lugar a Michelle Chase e Isabella Cosse (eds.), The Cuban Revolution and the New Left: Transnational Histories of Gender, Sexuality, and Family, Gainesville, University Press of Florida, 2025.
[12] En relación con Montoneros, ver Richard Gillespie, Soldados de Perón. Los Montoneros, Buenos Aires, Grijalbo, 1987; Daniela Slipak, Las revistas montoneras y Discutir Montoneros desde adentro, Siglo XXI, Buenos Aires, 2015 y 2023, respectivamente; Hernán Confino, La contraofensiva. El final de Montoneros, Buenos Aires, FCE, 2021. En cuanto al PRT-ERP, Pablo Pozzi, Por las sendas argentinas. El PRT-ERP. La guerrilla marxista, Eudeba, Buenos Aires, 2011; Vera Carnovale, ob. cit.; Luciana Seminara, Bajo la sombra del ombú. Montoneros Sabino Navarro, historia de una disidencia, Buenos Aires, Imago Mundi, 2015. Sobre la nueva izquierda, ver especialmente María Cristina Tortti (dir.), La nueva izquierda argentina (1955-1976). Socialismo, peronismo y revolución, Rosario, Prohistoria, 2014.
[13] Francesco Alberoni, Enamoramiento y amor. Nacimiento y desarrollo de una impetuosa y creativa fuerza revolucionaria, México, Gedisa, 1990, pp. 17-19.
[14] Esto ha sido enfatizado por los enfoques sociales y antropológicos de las emociones. Ver especialmente Lila Abu-Lughod y Catherine A. Lutz, Language of the Politics of Emotion, Cambridge, Cambridge University Press, 1990. El interés por los sentimientos no era nuevo, entonces, en el campo de la historia, aunque el actual “turn” ha creado un revival. Una discusión al respecto en Erin Sullivan, “The History of the Emotions: Past, Present, Future”, Cultural History, vol. 2, nº 1, 2013, pp. 93-102.
[15] Sigmund Freud, “El yo y el ello”, Obras completas, t. XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, pp. 3-67; Wilhelm Reich, La revolución sexual, México, Planeta, 1985; Joan Scott, “El género: una categoría útil para el análisis histórico”, James Amelang y Mary Nash (comps.), Historia y género, Valencia, Alfons el Magnànim, 1990, pp. 23-58.
[16] Verónica Gago, La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo, Madrid, Traficantes de Sueños, 2019; Georges Didi-Huberman, “Por los deseos”, Sublevaciones, Buenos Aires, Untref, 2017, pp. 83-179.
[17] Barbara H. Rosenwein, Love. A History in Five Fantasies, Cambridge - Medford, Polity, 2022.
[18] Solo a modo de ejemplo, ver María Bjerg, Lazos Rotos. La inmigración, el matrimonio y las emociones en la Argentina entre los siglos XIX y XX, Bernal, UNQ, 2019; Oliva López Sánchez (ed.), Amor, desamor y Modernidad. Régimen de una educación sentimental en México y América Latina (1900-1950), Izapala, UNAM, 2021.
[19] Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia, Barcelona, Gedisa, 2008.
[20] Lila Caimari, “El momento archivos”, Población y Sociedad, vol. 27, nº 2, 2020, pp. 222-233.
[21] La cuestión fue central en el trabajo realizado en el convenio entre el Conicet y el Archivo de Abuelas de Plaza de Mayo que coordinamos junto con Carla Villalta y Daniela Drucaroff, y que dio lugar a una reunión (“Archivos con Información Sensible”) realizada en Buenos Aires (29 de junio de 2023) y al dossier que edité con Carla Villalta, “Archivos: desafíos en tiempo presente”, Políticas de la Memoria, nº 24, 2024, pp. 103-137.
[22] Lynn Htun, La invención de los derechos humanos, Barcelona, Tusquets, 2010.
1. Pareja y política: la entrega mutua en la sensibilidad revolucionaria
Corría 1960. Santiago del Estero se detenía a la hora de la siesta y solo los perros quedaban en la calle. Varios hermanos y hermanas comían juntos en una casa con dos patios y catorce habitaciones, en la que siempre había espacio para quien lo precisase. Quizás era domingo. Uno de los varones, Mario Roberto Santucho,[23] llegó de improviso y les dijo que tenía una sorpresa: “Quiero presentarles a mi esposa”. Allí estaba Ana María Villarreal, una salteña de 25 años, recordada por cierto exotismo en sus facciones que le valió el apodo de “Sayo”, apócope de “Sayonara”, como la película sobre la Guerra de Corea estrenada en 1957.[24]
Santiago del Estero, la provincia norteña, tenía algo menos de medio millón de habitantes, la mayor parte vivían en las áreas rurales. Su clima seco llevó a Witold Gombrowicz –escritor de culto reconocido en Europa y recalado en Buenos Aires– a instalarse unos meses en esa capital. Rápidamente ese inusual visitante trabó relación con los Santucho. Con su humor sarcástico describió que la familia era “típica de la vegetación santiagueña” en la que la tranquilidad desemboca en “arranque y pasión”. Los sacudían –sostuvo– “pasiones violentas” que los inflamaban por urgencia de reformar y crear.[25] No se equivocó. Los Santucho se volverían protagonistas decisivos de las pasiones que sacudirían a la Argentina. Sus historias familiares y políticas se entrelazarían con el ascenso de la agitación y la radicalización social y el surgimiento de la izquierda armada.
Este capítulo hace foco sobre una brizna de esa historia. Sigue la pista de Roberto y de Ana María. Explora uno de sus desencuentros, aquel que se hizo público en la todavía pequeña escena partidaria, cuando Roberto se enamoró de una joven, Clarisa Lea Place, en el ascenso de la movilización de masas a fines de los años sesenta, proceso que él concibió como señal de una insurrección inminente. Esa historia de amor y desamor se enhebra aquí con una reconstrucción que la excede, porque involucra también a la revolución, la militancia, la pasión y la política en ese tiempo augural, al filo de la tormenta. La comprensión de ese momento, que unió las vicisitudes amorosas y políticas, exige atender al juego de diferentes espacios y temporalidades, como ya planteé. Por esa razón conectaré la historia de Santucho, Ana María y Clarisa con costumbres de larga data y el contexto de redefiniciones que se estaban produciendo en los años cuarenta y cincuenta. En especial, pondré la lente sobre la cultura de izquierda y la irrupción del peronismo, y sobre el cimbronazo provocado por la Revolución Cubana, en 1959, con el que La Habana se volvió el cruce de caminos global de la cultura revolucionaria.
Ser pareja, ser compañeros
La familia Santucho estuvo ausente en el casamiento de Roberto y Ana María, que solo se realizó por la ceremonia civil. Podría pensarse que eran cuestiones sin importancia, pero constituyen gestos significativos. Muchas parejas “daban el sí”, como se decía en aquella época, sin la presencia de familiares por diferentes razones. Podía deberse a una distancia de hecho –física o emocional– respecto de la familia de origen, pero también podía implicar una decisión extrema, una declaración de autonomía o rebeldía. Según Amílcar, el único hermano que estuvo en la ceremonia, Roberto se había negado a pedirle permiso a su padre y eso había producido su firme oposición a la boda, a tal punto que prohibió a su esposa, la madre de Roberto, asistir.[26]
La explicación es relevante. Remite a las costumbres en torno a la unión de una pareja en matrimonio. A fines de los años cincuenta o comienzos de los sesenta, la intervención de la familia tenía por lo general un cariz informal o iba procesándose a medida que el vínculo se profundizaba. Pero era posible que Francisco Santucho, el pater de esa extensa familia santiagueña, sintiese que se lo debía consultar, aunque fuese como seña de respeto a su autoridad. No se concebía, según Amílcar, que un hijo tomase esa determinación sin contar con su anuencia, a pesar de que ese mismo padre se hubiera casado sin el consentimiento de la familia de su primera esposa. Por eso, la llegada de Roberto con Ana María a la casa familiar tenía un significado especial. Implicaba la sutura del conflicto abierto con el padre en una familia unida tanto por fuertes afectos como por profundas disputas que, como veremos, fueron decisivas en las estrategias políticas.
Pensemos en los posibles efectos del episodio. No tengo certezas, pero puedo imaginar que el gesto díscolo de Roberto Santucho de negarse a pedir la venia del padre lo valorizaba ante sí mismo, quizás también ante la cofradía e, incluso, ante la propia Ana María. Son derivas plausibles. Ella provenía de una familia salteña, esa ciudad orgullosa de su pasado colonial y católico y del linaje de sus élites. Su padre era un restaurador de obras de arte y la hija deseaba continuar esa veta. Quería ser artista.
Por su parte, el clan Santucho incluía diez hermanos, nacidos de los dos matrimonios de Francisco Santucho: afiliado al radicalismo a los 16 años, diputado por su provincia y procurador judicial de renombre. Los Santucho tenían cierta alcurnia y una posición suficientemente holgada para instalarse en el barrio de Recoleta, en la Capital, en 1939, cuando el jefe de familia estaba en el Congreso, con el fin de que Amílcar, el mayor, fuese a la Universidad de Buenos Aires. Los hermanos fueron tejiendo en la provincia cierto poder político y cultural que prolongaba el del padre. La librería Aymará, creada por Francisco René “el Negro” Santucho, era un centro de reunión y publicaba una revista con una visión indoamericana.[27] Los Villarreal eran reconocidos en Salta, pero, a diferencia de los Santucho, eran una familia pequeña y, aunque provenían de una clase media ilustrada, parecían estar algo desplazados de la élite local, que por cierto se vanagloriaba de tener una mayor prosapia que la santiagueña.
Me detengo en esta descripción para reponer las relaciones sociales detrás de una unión –los diferentes capitales, para usar esa expresión tan útil de Bourdieu–, y así entender los matrimonios en el marco de las estrategias familiares.[28] Eso también permite situar el comienzo de esta historia en el norte del país, en espacios que si bien las visiones blancas y de clase media consideraban ajenos, eran paradójicamente concebidos como reservorio de la Argentina auténtica, tradiciones nacionales que se retrotraían al país criollo, indígena, latinoamericano. Este comienzo nos muestra, asimismo, el modo en que la radicalización política y las redefiniciones culturales permearon y conmovieron en forma transversal al conjunto de la sociedad argentina: delata su porosidad.
Volvamos, ahora sí, a la historia. ¿Qué sabemos de esa pareja? Roberto era un líder estudiantil, en la Universidad de Tucumán, donde estudiaba. Tenía fama de “entrador con las mujeres”, según recuerda un compañero. Sin embargo, con Ana María le pasó algo especial; quedó prendado. La conoció en una comida familiar en Tucumán. Ella tenía otro pretendiente. Pero él no se amedrentó. Ella le explicó su propia visión del cariño –que desconocemos–, tema que lo impulsó a escribir un poema:
Cervatillo tibio enamorada / pequeño animalito / que creces en mis vísceras. / Suave flor / de clima de montaña. / Como una cosa viva / y palpitante / te introduces en mí por mis antenas […]. Ahora, / al penetrar en el tiempo de la claridad / después de cuatro noches de vigilia / te presiento tendida en mi costado / serena / posesiva / compañera / asida de mi mano / en camino hacia la eternidad.[29]
En su cadencia, estos versos combinan el erotismo de la espera con un proyecto amoroso definido. Roberto piensa en Ana María y la imagina posesiva pero compañera, serena, unida a él para siempre. El poema encadena el deseo –quizás contenido– con la proyección de una pareja tomada de la mano en el camino de la vida.
En esta visión se pueden intuir las promesas de felicidad, centradas en el deseo sexual y la unión estable, que estaban en el corazón de la cultura occidental a mediados del siglo XX, y que en América Latina convivían con expresiones de amores desgarrados, pasionales, tan bien condensadas en boleros y tangos, cuya fuerza nacía de lo imposible de esa estabilidad. Roberto, en cambio, percibía cierta solidez; concebía a Ana María como “compañera”. ¿Qué pensaba ella? No es fácil saberlo. Si en algo hay coincidencias es en la naturaleza reservada de Sayo.
Es importante aclarar que el término “compañerismo” tenía diferentes resonancias por entonces. Referido a la pareja o el matrimonio, la idea de compartir la vida significaba renovar la desgastada institución matrimonial. Ya invocada en textos clásicos de un siglo atrás, esta promesa había adquirido visibilidad a mediados del siglo XX, cuando la exaltación de la familia y la pareja monogámica y estable daba seguridad ante las conmociones de la posguerra. Surgida de un flechazo idealizado, la pareja daba paso, con el matrimonio, a la ayuda mancomunada, a la compañía de un varón y una mujer que, con áreas diferentes de intervención, colaboraban entre sí. Esa imagen, que tan bien expresaron las comedias estadounidenses y nuestras propias comedias costumbristas, como la radial Los Pérez García, dio un renovado sentido político a la familia y a la institución matrimonial.[30]
Durante la Guerra Fría la exaltación del varón proveedor y la mujer ama de casa llegó a su paroxismo. Fue parte de una ideología en la que la familia era la retaguardia más importante en Occidente, en términos culturales, demográficos e incluso bélicos. La pareja moderna expresaba la preservación de la sociedad occidental: era un bastión de la nación capaz de resistir posibles ataques y vitalizarla. Debía atender los refugios antiaéreos y, a la vez, crear el confort doméstico asociado a la felicidad, la abundancia, el progreso asociado al ethos americano. En 1959, el encuentro entre Nixon y Jrushchev como parte de los esfuerzos de distensión se conoció como el “debate de la cocina” justamente porque las virtudes estadounidenses se materializaron en una exhibición de electrodomésticos modernos, que resolvían las tareas de la casa y otorgaban glamour a las “reinas del hogar”. Los soviéticos, en cambio, se vanagloriaron de un mundo socialista en el que las mujeres podían desentenderse de la cocina para realizarse en el trabajo, y mostraban con orgullo los altos índices de productividad femenina.[31]
Las mujeres soviéticas eran, de hecho, pilar de la producción. Sin embargo, la “nueva mujer” enarbolada por el socialismo no terminó con la desigualdad. Aleksandra Kollontái, la única mujer que fue comisaria (ministra) bolchevique en los primeros tiempos de la Revolución, instaló una agenda radical. Bregó no solo por el trabajo de las mujeres y la crianza colectiva, sino también por modificar de raíz la forma de entender la pareja. Creía que varones y mujeres debían ser iguales, cada uno definido como amigo y camarada, sin dominación ni posición. Pugnó, en 1923, por la libertad de apasionarse y por el amor libre. Rechazó el amor romántico, en el que confluían la vida doméstica y el sentimiento amoroso. Entendía que la estabilidad y la identidad de las personas debían estar sostenidas por los vínculos colectivos y reclamó que varones y mujeres pudieran entregarse a las alas del deseo.[32] Ella quedó rápidamente relegada. La política soviética con respecto a la pareja tuvo idas y vueltas. Si bien en un comienzo facilitó el divorcio y aligeró la presión para el matrimonio, en los años veinte y treinta adoptó posturas profamiliaristas y pronatalistas, que incluyeron la prohibición del aborto y la promoción del compromiso de los varones con sus esposas y hogares.
En América Latina la noción de “compañeros” referida a la pareja era parte de la jerga de la élite de izquierda en América Latina. Era un compañerismo sostenido en el valor familiar y la relegación de las mujeres (siguo los estudios de Salgado y Leibner para Chile y Uruguay, respectivamente). Existían algunas dirigentes mujeres que priorizaban el Partido frente a su casa y su marido, pero eran excepciones. Lo más común era que vieran limitadas sus posiciones de liderazgo.[33] Sabemos poco sobre las dinámicas de pareja en la izquierda “clásica” de la Argentina, donde, en espacios intelectuales, por lo general ambos eran militantes, aunque las mujeres tenían menos visibilidad. Sandra McGee ha descubierto diferentes configuraciones y estilos de relación entre quienes integraron la Junta de la Victoria en los años cuarenta, es decir, en los entornos que apoyaban a los aliados. Existían, no podemos olvidar, mujeres dirigentes con vuelo propio, con protagonismo y con arrastre en el campo de izquierda o en el mundo intelectual o artístico.[34] Sin embargo, creo no equivocarme al decir que fue más usual que ellas pusieran sus ideas y su fuerza al servicio de un proyecto mancomunado en el que brillaban sus esposos o parejas.
En la Argentina, Eva Duarte y Juan Perón expresaron como ninguna otra pareja la fusión de la pasión amorosa y la política, como percibió Omar Acha. La historia de su vínculo construyó parte del carisma de cada uno y de la propia identidad del peronismo.[35] Eva y Perón tuvieron una relación única, por completo nueva, que, para empezar, suponía el liderazgo inédito de una mujer. Sin embargo, esa innovación quedó enmascarada bajo los conocidos parámetros de una unión en el compañerismo, que se correspondía con ciertas jerarquías de género. De hecho, Evita insistió una y otra vez en que ella solo era el lazo entre los descamisados –como llamaba a los trabajadores humildes– y Perón, su hombre, esposo y líder del movimiento.[36] Su insistencia nos habla del vigor político de las diferencias de género durante la posguerra a escala nacional e internacional. En su furibunda impugnación moral del peronismo, la oposición prestó atención casi obsesiva al vínculo de la pareja presidencial.[37] Intentó descalificar a Perón presentándolo como un hombre débil, dominado por una mujer masculinizada (“la mujer del látigo”) y por su seducción de origen prostibulario. Evita se erigió sobre este antagonismo: haciendo uso de la retórica de la jerarquía de género –no es posible saber cuánto creía en ella–, se convirtió en una líder sin igual cuando, a raíz de las luchas previas, las mujeres conquistaron sus derechos políticos en 1947. Capitaneó un partido en el que innumerables mujeres disputaron día a día su capacidad de hacer política, como ha mostrado Carolina Barry.[38]
Ese liderazgo en pareja –inequitativo y conflictivo– se expresó en toda su magnitud en 1951, cuando Evita fue aclamada candidata a la vicepresidencia en un acto simbólico de su poder y del lazo político y amoroso que la unía tanto con las masas peronistas como con su pareja, marido, líder. La comunicación con la multitud estuvo cincelada por la pasión. La escena ha nutrido el imaginario peronista. Evita sabe que tiene el apoyo de la Confederación General del Trabajo (CGT), pero también que no la favorece la correlación de fuerzas en la interna del peronismo. Está enferma. Debe declinar y hacerlo sin crear ninguna fisura. Aclamada, se excusa. Perón sonríe. Ella mira seria, con preocupación. Quizás no sabe qué hacer. Quizás quiere aceptar, pero sabe que no puede. Solo después declara a Perón (“mi general”), el “presidente de todos los argentinos antes que el voto popular lo proclame”. Repite que “solo aspira al honor del cariño de los humildes de mi Patria”. Les pide a quienes la vivan, un día para decidirse. Al día siguiente, presenta su renuncia “inquebrantable” mediante un comunicado radial.[39] Evita se despidió de sus “desheredados” dos meses más tarde. Participó en la conmemoración del surgimiento del peronismo, el 17 de octubre. El acto expresó el doble vínculo político y amoroso que la unía al pueblo y, al mismo tiempo, a Perón. Él la homenajeó, con menciones insistentes al sacrificio y la lealtad.
1.1. Evita en el llamado “día del renunciamiento”, por Pinélides Aristóbulo Fusco. La imagen expresa ese compañerismo en la inequidad, esa fusión vertebrada en las jerarquías de género que las mujeres –peronistas y antiperonistas– estaban moviendo en la vida concreta.
En los años sesenta, el mito de Perón y Evita se reforzó.[40]
