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"Estos retazos inconclusos de entrevistas y esta descosida colección de apuntes a lápiz manuscritos en cuatro tipos diferentes de papel, nunca se llegaron a publicar en ninguna revista porque una sobredosis de cocaína en mal estado fulminó la vida de mi esposa Márbara y de camino el consolidado prestigio de MMM. Ocurrió este concluyente hecho en un chiscón de Vicálvaro, donde un centenar de enfermos terminales sin recursos boqueaban gratis sus últimas fumaradas de autoestima acunados en los brazos de unos desinteresados voluntarios especializados en triturar memorias. Quienes deseen adentrarse en profundidades televisivas desde una óptica ajena a lo académico encontraran en estas páginas una figurativa reflexión a salvo del aguacero." El autor
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Veröffentlichungsjahr: 2017
“Luz,más Luz”, Johann WolfgangGoethe
Estos retazos inconclusos de entrevistas y esta descosida colección de apuntes a lápiz manuscritos en cuatro tipos diferentes de papel, nunca se llegaron a publicar en ninguna revista porque una sobredosis de cocaína en mal estado fulminó la vida de mi esposa Márbara y de camino el consolidado prestigio de MMM. Ocurrió este concluyente hecho en un chiscón de Vicálvaro, donde un centenar de enfermos terminales sin recursos boqueaban gratis sus últimas fumaradas de autoestima acunados en los brazos de unos desinteresados voluntarios especializados en triturar memorias.
Quienes deseen adentrarse en profundidades televisivas desde una óptica ajena a lo académico encontraran en estas páginas una figurativa reflexión a salvo del aguacero.
Reservados todos los derechos
© Eduardo Toral Calvo, 2017
© Editorial El Ángel, SL, 2017
www.elangel.es
ISBN: 9788494587580
PÁNTA REI. ¿PERO ES IMPOSIBLE CAER MAS ALTO?.
SOY EL OJO INDISCRETO DE DIOS: UN ECLIPSE, una televisión nómada, errante, ambulante y vagabunda... Una televisión de sueños digitales y analógicos celestes y terrestres. Estoy en todas partes y esto no es una revolución cargando sus deposiciones sobre la televisión convencional, es una evolución divina producto de una sobresaliente maniobra de progreso que altera los espacios de influencia sobre la opinión pública y un vocacional llamado a la emisión de nuevos espacios para nuevas audiencias. Ya no podemos observar el cielo, nos lo han de retransmitir para que no quedemos ciegos. Un omnipresente escrutador ojo orwelliano que todo lo ve en cuya pupila caben todas las nuevas imágenes inéditas imaginadas para no dejar de parpadear en el futuro nos hace el favor de no obligarnos a levantar la cabeza. Una televisión felizmente aliada con el teléfono, con el ordenador y con la mente. “Lo veo todo” no es ya un –claim- publicitario tópico, es más un incuestionable lema que transmite la cosmología de trabajo en mi forma de mirar. Y cuando te miro... ¡Qué bien te veo! Te tapa la luna y ya no existe ni un minúsculo asunto invisible. Todo está dispuesto para dejarse contemplar con detenimiento: ¡¡¡¡Conéctate y mira!!!! (Que nadie olvide que la más excelente de las ventajas de ser dios es la clarividencia). Todo lo vislumbro con una perspicacia fuera de cuestión desde la transparencia más pura y extraordinaria. Puedo viajar al interior de lo insondable cuando me apetece y observar lo conocido desde el privilegio de la absoluta totalidad de los ángulos. ¿No es maravilloso? ¿No soy el paradigma y la envidia de esos pasmados ojitos de cristal que intentan ser simples espejuelos graduados que el mundo adapta a su nariz para observar su decrepitud con mejor detalle?. Camino sin desmayo hacia una luz cegadora. Soy una televisión nómada sin ambliopías, sin miopías y sin legañas. Soy tu tercer ojo catódico: el que te hace suponer que todo es menos verdadero que tu oscuridad interior.
El delirante showrunner de programas televisivos Manuel Monterde Milano, -el padre que nunca lloró-, había probado también la incierta aventura de escribir sobre sí mismo: “Un general sin guerras que odiaba el uniforme y amaba a Baudelaire. Un animoso cabronazo al que ni la más severa derrota se atrevería a bajarle los humos”. Este primer documento a investigar era un pensamiento para endogámicos profesionales del emborronamiento mediático que Márbara leyó digitalizado en el IPad, mientras vigilaba de reojo a su bebita de cinco meses en el fresco jardín del adosado. Los regarabateados papeles de un desvencijado anciano que paseó su fama por los platós como falsario creativo ni la impresionaban ni la emocionaban más allá de su dudoso contenido literario. Pero la curiosidad, ese animal transparente que se cuela sin vergüenzas por las costuras del alma, alimenta su voracidad con una dieta simple compuesta básicamente por aburrimientos y hastíos, circunstanciales, enseres vitales de los que Márbara y sus treinta años andaban más que sobrados. Se derramaba a borbotones la primavera con la violencia que sucede a un marzo muy lluvioso y los pájaros se cortejaban en las rectilíneas mutiladas ramas de las arizónicas del vecindario. Márbara sopesó por primera vez en ese hermoso día la posibilidad de dedicar su tiempo libre a ese empeño de rescatar los arcanos escritos de su padre “a todo vapor”.
¿Cuántas vidas y cuantos videos tuve que recorrer hasta llegar a ti?.
Enfurecido se derrumbó en el sillón y se dedicó a hacer tiempo entre voluta y voluta, entre pausa y pausa, entre perezosos sueños. Así permaneció durante cuatro calurosos días envuelto en aromas de hoja criolla. Absorto en aquella maldita fotografía en la que el tiempo había sudado con saña borrando sombras y luces. Sus ojos se habían tintado de esa amarilla y pálida humedad que clarea la pupila como si un huevo frito se pasara de tiempo sin terminar nunca de carbonizarse. Nicotínicos severos. Así una eternidad tras otra, sin descanso. Y en momentos de lucidez reconocer su cara. Ese sutil delirio donde ella, como bailando un bolero, pistola en mano, avanzaba hacia él sin piedad y tras dispararle en la frente sin parpadear, soplaba en sus labios un dulzón sabor a final de culebrón caribeño.
Márbara, educada en las excentricidades del maldito MMM que le regaló ese sugerente nombre “con sabor a sal y a catalejo”, no pensó en ese momento que la alborotada vida de su progenitor podría depararle una temporada de insomnios frente al ordenador y trasladó todo su interés a la observación complaciente del ansia con el que nuestra hija daba cuenta del biberón de cereales. Pero, como el viento y las nubes de ese mar salado que la habitaba, volvía a su cabeza una irritada metáfora de la nicotina haciendo su trabajo en favor de la adicción y de la autodestrucción al igual que la televisión - sofronizando la cotidianidad de la vida -. Sin ella darse cuenta, se había prendido una fogata en su interior que hacía arder el interés por descifrar y reivindicar el oscuro lado inexplorado de su padre y que no se apagaría hasta tener completado una especie de ensayo periodístico sobre la difusa peripecia del mercenario de la televisión que él gustaba de llamar pública, dando un sonsonete a la palabra que la confinaba en resonancias y tufos de puta barata. Le vino de pronto a la cabeza, mientras arropaba con primor a la niña, una sugerente frase de Sábato que se había tatuado en la retina de los recuerdos de etapa universitaria: "El estar monótonamente sentado frente a la televisión anestesia la sensibilidad, hace lerda la mente y perjudica el alma". Desde que la leyó nunca había permanecido más de media hora seguida frente al tentador electrodoméstico que ocupaba un lugar preferente en nuestra -sala de estar-. Ni siquiera en las películas. Ese espíritu rebelde contra un medio idiotizador sería una buena idea fuerza para un texto de investigación sobre ese cadáver viviente que babeaba sin descanso en el sofá con sus ojos ciegos disipados sobre cualquier pared y al que ella aludía como “MMM: en el espíritu de la golosina”. No sabía, no recordaba o no le interesaba si ese inerme y pasivo pedazo de carne había llegado a ejercer de padre con ella un solo día. Si lo había hecho sería circunstancialmente y sin tomar en cuenta la responsabilidad que eso representa en una sociedad como la nuestra donde se le supone a un progenitor el cariño y la ejemplaridad. MMM siempre se comportó como si hubiera olvidado el trato materno y paterno de su niñez y mantuvo con su familia una espesa distancia que se fue escurriendo entre los dedazos del tiempo hasta convertirse en la seca, áspera y gruesa piel del guante de un mundo con vida propia ajeno a cualquier normal caricia de la convivencia.
Vivíamos en su presencia inerte un mundo tosco y despegado que no se correspondía con nuestros sentimientos y que era tan distante como inspirador. Márbara cambió el pañal a la niña en una rutina sin ascos. Estaba humedecido y un poco amarillo. No había caquitas. La bebita que gimoteaba sin motivo, con dos sencillas y expertas caricias de Márbara, volvió a su redondo rostro la sonrisa bobalicona de quien percibe el cariño sincero derrochado a manos llenas y por un momento el aire del planeta tierra se llenó de esa mezcla de Nenuco y cagada que los humanos relacionamos sin titubear con el tierno amor a nuestros cachorros. Márbara había heredado de su madre el don de la sencilla elegancia y el dominio perfecto sobre las emociones de los niños. La abuela Pepa, que solo dominaba esas innecesarias fundas para las emociones, fue una pésima madre ejemplar y una ejemplar pésima esposa. Tras hacer la vida imposible al disparatado MMM y perder la relación, su estupidez la impidió el intento de recomponer la familia. MMM una vez perdido el sosiego familiar, el amor y el respeto, engordó su escasa afición a lo doméstico con divertidos viajes a los brazos de coyunturales jóvenes amantes que se sentían atraídas por su fama de caballero, sus reconocidas dotes amatorias y su alegre billetera.
Enredada frágilmente en este torbellino de reiteradas reflexiones que importunaban su estudiada y comprometida banalidad, Márbara se miró reflejada en la cristalera y contempló entre la melancolía y la ansiedad esa verdad a medias que casi siempre devuelven los espejos. Tenía treinta años muy mal cumplidos. Realmente, pese a las incipientes ojeras violáceas aparentaba estar en la flor capicúa de los veintidós. -Un cielo grande cabe en un infierno de andar por casa-. La niña estaba dormida. El reino celestial comenzaba a desnudarse. ¿El azul es propiedad de los gorriones? -El firmamento solo es el lugar más azul de la tierra-. La niña estaba dormida. Unos suaves rayos de sol se colaron entre las blancas nubes y la capota azul del cochecito le proveía sombra unos centímetros por debajo de los ojos cerrados. El castaño cabello de Márbara, siempre tan bien cepillado y tan lustroso, se mecía con la brisa y en momentos se le enredaba en las bien perfiladas cejas y en las enrimeladas pestañas sin dejarla leer con comodidad. Entonces ella se pasaba los largos dedos abiertos desde la frente a la nuca y era como si remitiera todos sus pensamientos a la espalda y los estrellara afectuosamente contra la blanca pared a la espera de algún milagro lluvioso de abril que los regara de viajeras gotas de rocío tan cursis como ella. En el momento que se detenían, abatidos por la brisa, ella retomaba las líneas de lectura justo en la frase donde había dejado descansar su mirada. Y como decía la abuela Pepa “se los atusaba” agitada y descuidadamente.
Dos años después, en la página final de un periódico de la Comunidad Castellano-Manchega se publicaba la entrevista que transcribimos. En la fotografía Márbara mostraba un perfil casi de espaldas a cámara mientras observaba un membrillo al atardecer. El tono mieloso nos recordaba aquella moda de color que impuso un tiempo “El espíritu de la colmena”, la fantástica película de Erice que nos reconcilió con ese ánimo todopoderoso del destino al que obedecemos ciegamente como abejas y que rubrica testimonialmente la esencia de nuestros aciertos y nuestros fracasos de “ovejas” cuando como en “La vida es sueño” no somos capaces de distinguir con claridad entre realidad y ficción. Así, en respuestas con poco brillo, segismundeamos nuestras interioridades para satisfacer la frívola confundida curiosidad de los desconocidos.
--¿En qué oscura galería del alma viaja tu pasado y a que frenética velocidad lo hace?—No recuerdo si quise hacerle esa pregunta a sabiendas de que no me respondería o no me atreví por falta de seguridad en la franqueza de la respuesta. El perfil horizontal de MARABARA MIRA, (MARBARA MONTERDE PEREZ), (--EPIBLOGO--. Editorial Visión), tiene unas atractivas curvas que al llegar al pecho se convierten en retadoras cimas para escaladores de alto riesgo.
M.-De niña me sentía incomoda con las proporciones de mis tetas pero con el tiempo las tomé afecto. P.- ¿Todas las mujeres son deseables o solo algunas? M.- Nacer trofeo de caza es una incómoda cruz. Las mujeres no deseadas son más libres para ejercer su sexualidad. En el grupo de “las algunas” se sobrevive al empujón. Una mujer deseada en exceso es el blanco perfecto de las iras de aquellas que no consiguen entrar en el punto de mira de los cazadores interesantes. Los machos de ocasión son aficionados con muy poca puntería. P.- ¿Es preferible un amor imposible o un amor loco? M.-Lo mejor es un amor de cristal. La dureza, la fragilidad y la transparencia son sus virtudes más ambicionadas. Un amor imposible es una temeridad ridícula de sostener y un amor loco tan solo es soportable en la adolescencia. P.- ¿El tamaño importa? M.-El tamaño importa sensaciones y exporta impresiones. La impresión que produce una sensación es producto de nuestras experiencias anteriores.
P.- ¿Cuándo pisa un charco le gusta que salpique o prefiere humedecerse usted sola? M.-He aprendido a nadar las trampas de la vida de espalda y sin chapotear en exceso. P.- ¿Qué es para usted el miedo? M.-Tener números rojos en el alma, que es deber demasiado a los demás. P.- ¿Una mariposa es más bella que una araña? M.-El hecho extraordinario del vuelo hace que la mariposa sea más preciosa como animal, pero los peligros de la picadura de una araña son un apasionante riesgo que la belleza hila alrededor de la curiosidad. Me quedo con la belleza de la araña. Odio ser mansa. P.- ¿Escribir un libro es desnudarse? M.-No. Es vestir de voces el impulso de compartir y a la vez lavarse el alma con lejía. P.- ¿Cuándo se sintió la mujer más desgraciada del mundo? M.-El día que descubrí mi primera cana. P.- ¿Cuándo se sintió la mujer más feliz del mundo? M.-El mismo día .Cuando me la arranqué. P.- ¿Si le doy las gracias por su tiempo, usted que me da a cambio?
M.-Un beso, un adiós y un consejo: Cámbiese de acera. Aproveche para recordar a sus lectores que las cámaras de vigilancia nos acechan por las calles y que somos los peores actores de su peor televisión. MARABARA MIRA es una montaña rota por el furioso rayo de una tempestad catódica que nunca cesó. Su libro es una cesta de hojas caídas de cualquier árbol con bastante más de -cien años de soledad-.
¿Alguien lo habrá leído?
Mi hermana Malena siempre fue la rarita de la casa. También la más guapa. Cuando mi madre perdió a mi padre tras echarle a coces de su convulso corazón y ponerle las maletas en el descansillo de la escalera del cuarto piso sin ascensor donde vivíamos, intentó vivir con él durante un tiempo. Decía que se lo debía a si misma tras la hogareña devastación sucedida y para no sentirse piedra en el camino. Yo nunca entendí ese razonamiento absurdo: las ruinas son el humo de lo que fue hoguera y ella pretendía ser manguera de bombero donde ni rescoldo quedaba. La peor decisión de su vida, me reconoció entre lágrimas un mes y medio después. Fue testigo de varias orgias de azafatas, participó en una detención policial en la que se intervinieron 160 gramos de coca, protagonizó la portada de una revista del corazón donde se la confundió con la compañera sentimental de una famosa presentadora y se enamoró sofocantemente de Antonio Pernas un colaborador becario de papá que resulto ser gay y portador de VHI. Afortunadamente el muchacho se lo confesó en una borrachera colectiva donde ella pretendía consumar su tórrida fascinación con un memorable revolcón. Mi pobre hermana huyó espantada de la casa de mi padre con el estómago hecho girones, litro y medio de lágrimas “premium” empapando diez paquetones de Clinex y una maletita en la que además de dos bragas, un sostén y un cepillo de dientes, dormían un fleje de desordenados folios manuscritos, que una vez ordenados constituyen el esqueleto narrativo de este libro. El resto de su equipaje quedó allí: su enfermizo positivismo, los tres vestidos de marca, las deportivas de correr maratones, las gafas RayBan que siempre la ayudaron a pintar de otro color su diminuto universo de maravillas y esa cajita de ibuprofeno que navegaba permanentemente por sus bolsillos buscando fondeaderos seguros. A Malena le costaba un disgusto diario en aquella época abandonar las sabanas de la cama porque ningún estímulo contrario al aislamiento se albergaba confortablemente en su descuartizado corazón. La indecisión era su bandera y mi ilusión, -que la acompañaba sin despeinarse-, era mutar a buena la inútil arquitectura social de ese absurdo mundo-reality sin cámaras que fue nuestra infancia. ¡Sapere aude! ¡Atrévete a saber! Le susurraba cada mañana para despertarla a otro mundo más acogedor. Esta turbadora frase se hizo célebre por un ingenioso texto de Kant ("¿Qué es la ilustración?"), y este la había hallado dormida en una carta del poeta Horacio en el siglo I a.C. ¿Estaba dispuesta a enterarse? Hacerlo significaría entrar en el club de la “mayoría de edad”. Hacerse crítica y reflexiva. Admirar desde el sometimiento la imposible debilidad del héroe y las grandes certezas de la duda enjaulada en pequeños detalles cotidianos. Desvestir nuestra relación y reflexionar sobre nuestras contradicciones influidas por un entorno televisivo tan cenagoso como provocativo. Siempre me he preguntado qué tal vivía mi familia dentro de nosotras y con qué tipos de desahogos la albergábamos.
Nadie, ni siquiera un bombero sin vocación, debe sobrecogerse ante el humo. Un pirómano con casta es aquel que contempla inspirado la llamarada incendiaria a pulmón libre. -Sin miedos-. Veinte quemas diarias tan cercanas a la boca es una proeza digna de la mejor raza de cobardes. Cada vez hablo menos conmigo mismo. No creo que sea cosa de un enfado. Pienso más bien que es un achaque de la toxicomanía. Con los años uno se conoce tanto o tan poco que deja de interesarse por su persona. Nuestro particular conocimiento nos depara muy pocas sorpresas agradables o desagradables. Esa escasez hace que no conversemos habitualmente sobre lo que nos acontece con el primer responsable que muy probablemente sea quien más sepa de lo que cambia de color en nuestra vida. Para hablar bien conmigo mismo, me digo, no debo colocarme en la posición de espectador frente al actor. Actor y espectador observan y odian a la vez el idéntico tipo de defecto y ambos lo padecen por igual. “Para hablar bien con uno mismo hay que hablar bien de las propias cualidades y a la vez ser generosamente adulador. La técnica de las mezquindades para con uno y de la reprobación personal no son aconsejables por su tendencia a encauzar el dialogo a la discusión. Peor que hables mal de ti mismo y que además sea verdad es tu propia reprobación. Un ser reprobable no habría de disfrutar el derecho de quererse o de odiarse con igual intensidad y pasión que un individuo normal.” Me dijo mi psiquiatra. Hoy, harto de nicotina, mi espectador me ha preguntado por qué durante tanto tiempo he permanecido fiel al tabaco y no he sabido responderle con un argumento que justificara tan dilatada amistad. Me he mirado en él y me he asombrado de mi ridícula estampa de traga humos. Después, desde el rechazo, me he cuestionado el seguir con esta vocación de chimenea y no he encontrado ni un solo argumento válido para justificarle mi adición. ¿Habrá enmudecido mi alma o se me habrá terminado la cajetilla? Por los devastadores efectos del humo sobre el azul del horizonte me han prohibido el paso al reino de los cielos. ¡Qué maravilla!: La cajetilla y unas cerillas.
La soledad había sido siempre ferviente y devota compañera de MMM. Padre, ¿alguna vez te habrás parado a analizar en profundidad la lógica interna de todo aquello que considerabas normal?. Incluso cuando simultaneó a mi madre con una secretaria putita en el despacho y una putona de lujo en un ático a orillas del Manzanares. Cuando ya no le quedaba nada que perder, abandonado por todos, incluidos los recuerdos más memorables, la soledad permanecía acampada en su frágil corazón vestida con sus mejores galas de novia en forma de cigarro solo para él. Todo él MMM era un brillante cenicero desamparado en el borde de una esquina sobre la mesa de los postres de la vida. Márbara sospechaba que la ávida enfermedad que le consumía no lograría acabar con su existencia de un solo soplo y que la muerte le llegaría cuando a la soledad le viniera en gana robarle el viento ayudada por un manotazo externo a su fecundo pasar de conveniencia. Muy de tarde en tarde MMM rasgaba el silencio con unas gruesas lágrimas que sonaban al caer sobre la manta que le cubría las piernas con el mismo latoso sonido del campanario de Pozuelo de Alarcón. Desde ese municipio había robado millones de corazones y nunca recordó donde los dejó ni a merced de quién. Todo el pasado y el presente se le hacían difusos o tomaban dimensiones erróneas cuando Brígida, nuestra eficaz empleada boliviana, le cambiaba los pañales y él era ya incapaz de sentir vergüenza. Cuando en alguna de estas ocasiones Márbara tropezaba su mirada sobre esa prosaica labor de higiene, ni la piedad ni la compasión visitaba su bien acorazada sensibilidad que guardaba en conserva como el mejor de los tesoros para su niñita. En esos casos, observado por su hija, por una extraña y en presencia de su nieta, el desamparo tomaba la forma de un hiriente resplandor sin límite que solo podía combatir cerrando los ojos. Ahí ausentaba su ser tras las hundidas cuencas, tras las cejas blanquecinas y tras la desesperación. Ese era el único modo de acceder al pasado, la llave maestra que abría la puerta donde se revivían los momentos donde, como en un inexistente sueño, aún mantenía incomprensiblemente erguida su derrota.
__La Televisión y la vida real son dos mundos muy distintos y muy lejanos. El primero es una deforme ilusión interpretativa del segundo.-
Cuando dijo esto, se agrió un poco su fácil y entrenada mirada de hombre sin maldad y reclamó con el gesto un silencioso tiempo para procurarse otro trago de gin-tonic. El silencio entre amigos de copas es cómplice de las confidencias en la medida que estas sean capaces de rodar por la cuesta de las diferencias sin hielos, sin limón, sin empujones y con un detallito gaseado, pensó. El hecho objetivo de que estos dos periodistas sean del “colorín” no dulcifica mi casi siempre agria exposición.
__La televisión, prosiguió, no es solo una orteguiana “perfecta pasión inútil”, es además un adictivo veneno para los ojos de quienes se dejan embaucar por su afable e inocente apariencia. Me refiero a los espectadores. Una peligrosa droga de diseño tan tóxica como el letal veneno de los políticos que la manipulan, la distribuyen y la consumen.-
Aquí hizo una pausa y observó su alrededor sin buscar el asentimiento que nadie le hubiera negado desde esa teatral confidencialidad sobre “los camellos de las ondas” en la cual obsequiaba al auditorio con sus ampulosos gestos de persona mayor acostumbrada a mandar. Entonces dio un giro al discurso y comenzó a dialogar consigo mismo sin importarle el rol de ácido tertuliano que había interpretado mientras en la cabeza le bullían otros sombríos pensamientos:
__ ¿Quién cojones me desconectó?... ¿Estoy realmente desintonizado?... ¿Existe un programa que se llame “La puta realidad”?.- … ¿Me han jodido los sueños?. ¿Estoy seguro que no retornaré de este viaje a la nada?.-
Alrededores de ese personaje al que han dado en llamar REALIZADOR Si miras la tele y la sientes cuadrada estás viendo el programa de otro. Si no la ves ni cuadrada ni redonda y además te ves dentro, el programa es tuyo. Si no la ves de ninguna de las dos formas no eres de la profesión. Si la ves de espaldas eres el especializado critico de un periódico. Si la ves pero no la entiendes te habrás confundido de país o estarás en España. Si no la ves eres una persona casi feliz. Ver mucha tele es malo. Se gasta mucho tiempo. Hacerla es peor. Se gasta mucho más tiempo y muchísimo dinero. La participación laboral en un programa es por lo que te pagan. Nunca te pagarán suficientemente bien si el resultado es bueno. Si no es el esperado te pagarán muy bien pero será por poco tiempo. Si has de trabajar en un espacio trabaja con pasión, procura que la improvisación no abuse de tu compañía y gestiona con mimo el lugar más ardiente de tu vocación dedicándolo a la innovación. El peor y más fastidioso lugar para divertirse sin trabajar es una televisión. Un buen programa es el que le puedes enseñar sin vergüenza a tu amante, a tus amigos, a tu pareja, a tus hijos o a tus padres. Un programa genial es aquel con el cual podrías hacer coincidir a todos a la vez. Un mal programa es aquel que solo le enseñas a tu jefe. Un programa maravilloso es aquel que realizas más de tres veces y todavía te entretiene viéndolo en emisión. El mejor programa es el que se queda en proyecto. Nadie es tan listo como para saber anticipadamente si un programa que pueda ser líder de audiencia lo sea ni tan tonto como para no desearlo. Un programa “perfecto” solo es posible en la declaración de intenciones del programador de la cadena. Un programa perfecto es la perfecta justificación de muchas nóminas. Aprender de los fallos de los demás y de los propios es el ejercicio diario que da continuidad a las emisoras. Con los errores de quienes rellenan de contenidos la parrilla se podrían llenar varias bibliotecas. Con los errores de los realizadores varios pases maratonianos. Para la lista de los aciertos de ambos sobrarían un par de folios. De todas las reglas para hacer buena televisión cuatro son las fundamentales. Desafortunadamente ya se han gastado ese número de generaciones buscándolas y nadie conoce su actual paradero. La experiencia es el menos duradero de los valores televisivos y por lo general el resignado resultado de no repetir equivocaciones. Indirectamente la cualidad más específica de la televisión es el directo y el mejor realizador es aquel cuyo trabajo es tan fluido que pasa desapercibido (el equipo tiene tan claras las ordenes y la planificación que no es necesaria su omnipresencia) y cuando ningún espectador percibe de inmediato ni su autoridad ni su talento.
Un padre impostor es el sustituto perfecto de un frustrante videojuego sin manual. Ni un solo rasgo de Márbara ni Malena se asemejaban a Pepa ni a MMM. Márbara, de adolescente, hacía llorar a la pequeña Malena contándole que era adoptada y que por eso no se parecía a nadie de la casa. Malena llegó a construirse un mundo donde una madre y un padre sin rostro la maltrataban en un oscuro calabozo donde solo le daban pan y agua para comer. Llegó incluso a ponerle cara a un policía vestido de uniforme que tras un épico rescate la entregaba desnuda a la familia. Nunca olvidaría ese rostro benefactor. Recordaba perfectamente el intenso frio que se le clavaba en el cuerpo como alfileres a su llegada y como Márbara le preparaba un baño de sales muy caliente en la bañera del servicio grande y como el agua despedía un vaho que empañaba los espejos. Toda su vida odió que se ensombrecieran de vaho los espejos de los baños y pese a no gustarle se bañaba con agua hirviendo. Odiaba el agua tibia. Márbara sacó siempre ventaja de esos ridículos miedos y utilizó a Malena, que no era precisamente de carácter débil, al antojo de sus imprevisibles juguetones deseos. Era como si entre las dos hermanas se desarrollara un inacabable juego de rol en el cual todos los papeles fueran urdidos por Márbara y perfectamente interpretados a regañadientes por Malena. Esa era en esencia su modelo de relación fraternal. (La hizo deliberadamente desdichada el día que la descubrió que podía y debía mentir, que bajo la lisa superficie de lo profundo se sumergía una agónica verdad y que las emociones de los otros podían variarse sólo con equivocar el orden de los sentimientos. Era tan simple como arrebatarle el impulso a un pájaro en vuelo con un disparo certero que atravesará su corazón. Ella que ya sabía describir el sabor del primer beso de amor sabía también el dolor que infringía el puñal cristalino de la muerte que transforma el tornasol de la colorida existencia en un pavoroso blanco y negro. -Tras mucho tiempo a oscuras la luz deslumbra-. Esa sería la puta madre del cordero).
Un día, Malena inducida por las sospechas de su hermana que se reiteraba pesadamente en la falta de lazos sanguíneos, le preguntó a Pepa -sin venir a cuento- si de verdad MMM era su padre. Como movida por un resorte Pepa la abofeteó sin contemplaciones dos veces seguidas y ambas se quedaron estatuadas mirándose con desprecio durante un buen rato. Pepa con los ojos inyectados en lágrimas y la altivez de una jirafa. Malena muy digna y retadora, como una cebra cabreada desafiando una dentellada de leona herida. Cuando por fin Pepa abrió la boca, solo alcanzó a articular con una mal disimulada desazón de hiena.
__El segundo bofetón era para tu hermana. Devuélveselo en cuanto tengas ocasión.-
