Rumbo a Ítaca - Víctor Luis Guedán Pécker - E-Book

Rumbo a Ítaca E-Book

Víctor Luis Guedán Pécker

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Beschreibung

Un viaje iniciático para redescubrir el asombro del que nació la filosofía, a través de la historia, la cultura y el pensamiento de la Grecia clásica. Rumbo a Ítaca propone un viaje de descubrimiento, a través de la historia de la Grecia clásica y en busca de los orígenes y primeros pasos de la filosofía occidental; logros condensados en sentencias que compendian mucho de lo que aquellos pioneros fueron capaces de legar a las generaciones futuras. Ulises y su viaje de retorno a la patria son metáfora del espíritu que se pretende alimentar en el lector: el gusto por la travesía, antes que por la llegada; la demora complaciente ante las grandes preguntas y la parsimonia para no reclamar respuestas precipitadas. Porque filosofar se parece más bien a peregrinar hacia Ítaca siguiendo el manual de instrucciones del célebre poema de Kavafis; sabiendo que la playa a la que soñamos arribar se aleja de nosotros siempre que estamos seguros de hallarnos próximos a ella. Pero sin desesperarnos, antes bien, aprovechando la larga e incierta travesía para crecer espiritualmente. El libro arranca en aquel universo mitológico arcaico cuya quiebra haría posible el nacimiento de la filosofía griega, transita por el mundo que recorrieron y pensaron Tales de Mileto, Pitágoras, Heráclito, Parménides, Protágoras, Sócrates, Diógenes de Sínope, Platón, Hipócrates o Aristóteles, y se cierra con la muerte de Alejandro Magno y la extinción de aquella cultura de las ciudades-estado que le vio nacer y que él mismo destruyó. A partir de ese punto, ya nada volvería a ser igual. Se había completado un ciclo.

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Seitenzahl: 388

Veröffentlichungsjahr: 2024

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RUMBO A ÍTACA

RUMBO A ÍTACA

Un viaje a la antigua Grecia en busca de la filosofía

VÍCTOR LUIS GUEDÁN PÉCKER

Rumbo a Ítaca. Un viaje a la antigua Grecia en busca de la filosofía

© Víctor Luis Guedán Pécker, 2024

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2024

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S. L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

© Imagen de cubierta: Alamy

Diseño y maquetación: Reverté-Aguilar

Conversión a ebook: Iglú ebooks

ISBN: 978-84-1361-340-6

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice

Introducción
Conócete a ti mismo
El ombligo del mundo
El aforismo como filosofía
No es fácil conocerse
Maestros de la sospecha
Gnóthi seautón, Nosce te ipsum
Todo fluye
Del mito al logos
Los cosmólogos milesios
La guerra es justa
Dialéctica
Preguntas abiertas
Todas las cosas conocidas tienen número
En los confines de la Hélade
Horror vacui
Dioses como hombres, hombres como dioses
Acusmáticos y matemáticos
Matemáticas y mística
La eternidad de Pitágoras
El hombre es medida de todas las cosas
Las guerras contra los medos
Homo mensura
Subjetivismo
Etnocentrismo
Antropocentrismo
Contra la intransigencia
Nada existe
La guerra del Peloponeso
El siciliano escéptico
No se puede decir
Pasiones o razones
Solo sé que no sé nada
Los Treinta frente a la democracia
Educación del más fuerte
Docta ignorancia
Mayéutica
La filosofía es preparación para la muerte
Apología de Sócrates
La buena vida
La buena muerte
Preparado para morir
Conocer es recordar
Evolución política en la Atenas clásica
Aristocles
Reminiscencia
El cuerpo y alma
Nadie es justo voluntariamente
El mito de Giges
El mito de la caverna
El mito del carro alado
El ideal político
No todo debe revelarse a todos
La inmutabilidad de los números
La educación de los jóvenes
Sombras en la utopía
El movimiento se demuestra andando
Los confines del mundo griego
Filósofos en Elea
El apátrida de Sínope
La ironía de los ‘perros’
Autarquía como ideal de vida
Todos los hombres tienen el deseo ­natural de saber
Atenas, Esparta, Corinto, Tebas… Macedonia
El Estagirita
Enseñándonos a investigar y a pensar
La virtud es el justo medio
La educación del príncipe
La búsqueda de la felicidad
La virtud es el justo medio
El hombre es un animal político
Aristóteles, educador de Alejandro
El animal político
Jenofonte, educador de Alejandro
Tres reflexiones políticas inspiradas en Aristóteles
Todas las cosas están implicadas en un ­orden
Enfermedad y muerte de Alejandro
Hipócrates de Cos
Empédocles y Anaxágoras
Salud, enfermedad y orden
Epílogo
Bibliografía selecta comentada
Notas

Nada de lo escrito aquí hubiera sido posible sin el amor lacerado de Teresa.A ella va dedicado el libro.

Estas páginas deben mucho a tantos alumnos que me han acompañado a lo largo de mi vida profesional dedicada a la enseñanza de la ­filosofía. Y, de manera especial, a mis amigos mayores de Pórtico de la Cultura, con quienes llevo doce años indagando paciente y entusiásticamente los arcanos de la existencia, y a quienes impartí durante dos trimestres en 2021 los contenidos que han dado lugar finalmente a estas páginas.

Cuando emprendas tu viaje a Ítacapide que el camino sea largo,lleno de aventuras, lleno de experiencias.[…]Ten siempre a Ítaca en tu mente.Llegar allí es tu destino.Mas no apresures nunca el viaje.[…]Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,entenderás ya qué significan las Ítacas.

Konstantino Kavafis, Ítaca

Introducción

Siendo todavía niño, cayó en mis manos un disco de vinilo que se titulaba Música clásica para quienes odian la música clásica. Contenía una selección de fragmentos célebres, y escucharlos una y otra vez se convirtió en una experiencia transformadora de la que creo que deriva mi moderada melomanía. Años más tarde, cuajado ya como profesor de Filosofía, el recuerdo de aquel disco vino a presentárseme como una metáfora de mi profesión. Comencé a preguntarme de qué manera podría acercar yo también hacia la filosofía a quienes creían odiarla, cómo descubrirles su magia, convencerlos de que ellos también son filósofos, que no podrían dejar de serlo. Quería alcanzar esa meta sin por ello rebajar la enseñanza de la filosofía, sin engañar acerca de su dificultad intrínseca, sin descafeinarla hasta hacerla irreconocible.

No hay una forma universal de aproximar la filosofía a la gente, y por eso no hay un libro ideal que pretenda divulgarla. He escrito este pensando en aquellas personas interesadas por la cultura en general, pero que rara vez incluyen, al lado de la historia, la literatura, las artes, la música o el cine, a la filosofía como una fuente de placer intelectual y de crecimiento personal; que ven en ella una disciplina seca, oscura, alejada de las preocupaciones cotidianas y, quizás, obsoleta. Pretendo defender justo lo contrario: que no hay mejor manera de vivir que meditando, que todos estamos capacitados para hacerlo en grado suficiente para nuestro provecho, y que los grandes filósofos del pasado y del presente pueden ser extraordinarios compañeros en esa búsqueda de sentido. Me gustaría haber podido garabatear yo estas palabras de Ludwig ­Wittgenstein:

No quisiera con mi escrito ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimular a alguien a tener pensamientos propios.1

Hacer filosofía bien puede consistir en meditar con sosiego acerca de aquellas sentencias dotadas de hondura, complejidad y misterio que han subyugado a las personas durante cien generaciones. Todo fluye, Conocer es recordar, Pienso, luego existo, Todo lo real es racional, El mundo es mi representación, «La nada misma anonadada»… Se trata de una aproximación no peor que otras; y es, precisamente, la perspectiva que he decidido adoptar en este libro. Por eso, cada capítulo se despliega bajo una máxima que le sirve de título y cuyo contenido procuro aclarar, si bien durante el discurso saltarán inevitablemente a la superficie, como delfines vivaces a los flancos de la nave de Ulises, otros aforismos atraídos por el curso de las reflexiones.

Son tantos los adagios que contienen enroscada en su interior una profunda sabiduría filosófica esperando que alguien la despliegue, que tuve que optar, y mi selección se decantó por un ramillete de ellos que me permitía mostrar un retrato fiel, aunque inevitablemente incompleto, del pensamiento de los primeros siglos de historia de la filosofía. El presente volumen parte de los albores de esta antigua disciplina, allá por el siglo VI antes de ­Cristo, y se cierra con la muerte de Alejandro Magno, justo a punto de que el mundo alumbre una nueva época que llamamos helenismo y en la que Occidente y Oriente se encontraron y mezclaron. Ojalá haya ocasión de continuar la empresa en otros libros, revisando siglos posteriores.

El pensador alemán Martin Heidegger comenzó un seminario dedicado a Aristóteles glosando así la vida del gran filósofo griego: «Nació, trabajó, murió». De esa manera pretendía trasmitir a sus alumnos que la biografía de un pensador poco ayuda para comprender su pensamiento. En filosofía serían importantes los razonamientos, no las circunstancias biográficas de quienes los elaboran. Toda idea filosófica está sujeta a una lógica que la fundamenta, que la sostiene; y es esta la que se debería transmitir y conocer, y no tanto las condiciones históricas y personales que pudieron inducir a un filósofo determinado a plantearla. En una entrevista concedida años más tarde, su hijo Hermann recordaba cómo Heidegger aplicaba estas convicciones a su propia filosofía:

La gente debe dedicarse a mi pensar, la vida privada no tiene nada que ver con lo público.2

Sin embargo, cabe la sospecha de que esa estrategia fuera orientada en parte a desactivar una cuestión lacerante en la biografía de Heidegger: que había sido un nazi convencido, que tras el armisticio se le había sometido a un proceso de desnazificación que incluyó su apartamiento temporal de la universidad, que las justificaciones que dio por su conducta pasada resultaron poco satisfactorias, que nunca pronunció una condena radical del nazismo y que, en fin, sus palabras sobre la vida de Aristóteles fueron pronunciadas justo tras serle restituido su derecho a la docencia universitaria en 1951, pareciendo a muchos que iban dirigidas a su propia exculpación. Martin Heidegger no consiguió tal propósito. Por el contrario, los investigadores detectaron que su vida daba pistas para interpretar su filosofía: si había sido un nazi, quizás su pensamiento —ese que, por su calidad intrínseca, no dejaba de influir en filósofos e intelectuales de todo pelaje, pero que, por su oscuridad, permitía interpretaciones diversas— estuviera afectado de alguna manera por el nazismo y por lo que este significaba.

Contemporáneo y compatriota de Heidegger, y radical y valiente enemigo del nazismo, Karl Jaspers defendía, frente a aquel, la continuidad entre vida y obra. El filósofo medita acerca de lo que vive, de manera que conocer su vida ayuda a comprender su trabajo. Y si deseamos estar al tanto del verdadero significado de las ideas de un filósofo cualquiera, a menudo será necesario que tengamos presentes las circunstancias en que cuajaron. Pues bien, esta última es la estrategia que he elegido: cada capítulo se demorará, con cierto regusto, en mostrar el contexto de aquello que se pretende explicar. Este libro de historia de la filosofía antigua pretende ser también, hasta cierto punto, un libro que recoge una historia sucinta del mundo clásico, compuesta solo por fragmentos memorables, pero deseo que iluminadora de tiempos tan remotos como aquellos en los que Occidente comenzó su extraordinaria aventura ligada al conocimiento de las cosas.

Tengo para mí que la filosofía debería ser concebida como una aventura, antes que como un saber; de manera que en ella es más importante el camino que la meta, son más sustanciales las preguntas que las respuestas. Hay que desengañar al lector: muchos problemas filosóficos planteados hace veinticinco siglos siguen vigentes, quizás porque no tienen una solución definitiva, sino que esperan que cada cual les dé su solución propia.

«No se puede aprender filosofía […] Solo se puede aprender a filosofar»,3 reconocía Immanuel Kant en aquel Siglo de las Luces que estaba viendo florecer a las ciencias, gracias al aplomo envidiable que mostraban en sus tesis. Y Ludwig Wittgenstein completaba así, a principios del siglo XX, esta misma impresión que podía resultar descorazonadora:

Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en lo más mínimo.4

Filosofar no consiste en realizar una tarea esperando su inmediata resolución, una conclusión irrefutable, la conquista de una nueva verdad, la llegada venturosa a puerto, tras una travesía accidentada, pero guiada con pulso firme. No, no es eso. Filosofar se parece más bien a peregrinar hacia Ítaca siguiendo el manual de instrucciones del célebre poema de Kavafis; sabiendo que la playa a la que soñamos con arribar se aleja de nosotros siempre que estamos seguros de hallarnos próximos, pero sin desesperarnos por ello; antes bien, aprovechando la larga e incierta travesía para crecer espiritualmente. Caben muchas rutas y escalas. Yo he optado por algunas que considero atractivas para el viajero que se avenga a acompañarme. En cualquier caso, a lo largo de estas páginas plantearé problemas y no pocas veces los dejaré abiertos, para que el lector pueda seguir por sí mismo el rumbo que marca la brújula en la bitácora.

Conócete a ti mismo

La filosofía no puede reducirse a una colección de máximas más o menos afortunadas y memorables, ni a una serie de consejos que nos procuran guiar de manera adecuada por la vida. Una obra de filosofía no es un libro de autoayuda, porque no se puede socorrer a todas las personas usando las mismas fórmulas.

Pese a todo, es precisamente con sentencias breves, secas, a menudo difíciles de descifrar, como comenzó la aventura filosófica. Quizás lo hizo con un aforismo concreto que recomienda pensar por uno mismo, y hacerlo sobre uno mismo. No existe ninguna otra exigencia más propiamente filosófica, y comprender su significado parece un buen punto de partida para adentrarnos en la aventura que nos espera al navegar por los mares de la filosofía.

El ombligo del mundo

Hacia el siglo II después de Cristo el historiador griego Pausanias, viajero infatigable y observador meticu­loso, escribió Descripción de Grecia, una obra que guarda, aún hoy, gran valor para los arqueólogos dedicados a sacar a la luz restos marchitos del esplendor heleno, porque está repleta de datos precisos sobre geografía, monumentos, tradiciones, historia y mitos. Entre los lugares descritos se encuentra Delfos, con su santuario dedicado al dios Apolo. Cuando Pausanias lo visitó, hacía mucho que había entrado en decadencia. Aquel que fuera el mayor centro de peregrinación religiosa de Grecia declinaba hacia su olvido, signo ine­quívoco de que el mundo estaba cambiando irremediablemente.

El origen mítico del santuario de Delfos se remontaba a tiempos en que los dioses participaban de manera directa en la vida de los humanos; antes incluso de que los héroes griegos pugnaran por alcanzar la inmortalidad luchando a muerte ante las murallas de Troya. Pero la influencia máxima de Delfos se había vivido en torno al siglo VI antes de Cristo, así que la visita de Pausanias distaba más de setecientos años de aquellos tiempos dorados. Para entonces el impulso creador de los helenos había decaído hacía mucho y las legiones romanas que señoreaban el Mediterráneo habían saqueado ya en varias ocasiones el santuario. Deberían pasar aún dos siglos más para que el emperador Teodosio I el Grande decretara que una religión extraña al mundo clásico, el cristianismo, en la que no había cabida para los dioses del Olimpo, era la única fe permitida oficialmente en el Imperio romano y prohibiera todo culto pagano. Tras esa acta de defunción, Delfos iría languideciendo, sepultada, a partes iguales, por la indiferencia de un mundo que iba sustituyendo las antiguas deidades paganas por el Dios cristiano, y por capas de tierra acumulada por los siglos sobre sus ruinas.

Grecia antes del siglo VI a. C.

Hubo que esperar hasta el siglo XVII para que viajeros procedentes de países de Europa occidental, guiados precisamente por el libro de Pausanias, descubrieran indicios de dónde podía encontrarse soterrado el mítico santuario; y casi dos siglos más hasta que comenzaran los trabajos arqueológicos para el desescombro sistemático y la recuperación de las gloriosas ruinas que podemos contemplar en nuestros días, pero en las que ya no habitan dioses, musas, sacerdotes, pitonisas ni fieles venidos de todos los confines de la Hélade. Delfos es hoy solo el recuerdo funerario de algo que palpitó durante más de mil años, pero cuyo pulso es ya inexistente. Quizás solo quepa rescatar con la imaginación el aroma de aquellos tiempos de colores vivos que aún flota entre los restos arqueológicos, así como algunas enseñanzas de lo acontecido allí.

El mito relata cómo el dios Apolo encontró en un paraje de la ladera oriental del monte Parnaso el emplazamiento ideal para el templo que deberían levantar y visitar en su honor todos los griegos. Pendiente abajo, el angosto valle del río Pleisto se abre hacia una llanura poblada por olivares y campos de almendros que desemboca, diez kilómetros mediante, en el golfo de Corinto. Mientras que, hacia arriba, sobre aquel lugar sacro rodeado de nogales, laureles, pinos y cipreses, asoman las peñas amenazadoras y desnudas que protegían de la invasión humana unas cumbres de dos mil quinientos metros de altitud.

Hacerse dueño de semejante sitio resultó una empresa peligrosa para el joven dios, porque Hera, la esposa de Zeus, lo reclamaba como propio, y había encomendado a la serpiente Pitón proteger el lugar; de manera que Apolo hubo de enfrentarse al monstruo y darle muerte. Después, convenció a las nueve musas para que lo siguieran hasta las cimas del Parnaso. De esta manera, en compañía de aquellas diosas encargadas de inspirar en los humanos la música, las artes y las ciencias, así como de las náyades y ninfas que vivían asociadas a los arroyos, las arboledas, las fuentes y los riscos en aquel espacio mágico, Apolo pasaba los días tocando su lira.

Lo que hacía tan especial el santuario de Delfos no era solo el soberbio conjunto de edificios presidido por el templo consagrado a Apolo, ni las estatuas monumentales que adornaban el sitio, ni la condición única que aquella ladera del Parnaso suponía para los poetas, donde, más que en ningún otro lugar de Grecia, podían sentir próxima la fuerza inspiradora de las musas. Lo más extraordinario de Delfos era la convicción que albergaban los griegos de encontrarse ante el Ónfalos, el «ombligo del mundo», el centro de la Tierra. Zeus había localizado ese espacio sagrado haciendo volar a dos águilas desde extremos opuestos del orbe, y señalando con una piedra en forma de medio huevo el lugar en el que se cruzaron; piedra que se conservó en una de las cámaras del templo de Apolo, y de la que hoy guardamos solo una réplica romana.

Apolo había concedido a su santuario el orácu­lo más célebre de toda la Hélade, al que los griegos iban a consultar cuestiones de orden doméstico y decisiones militares y políticas de especial gravedad. El orácu­lo daba respuestas a todos. Los séptimos días de cada mes, la pitia, una mujer virgen consagrada de por vida a Apolo, aspiraba los vapores narcotizantes que emanaban de una grieta en la montaña, se sentaba sobre un trípode, cada una de cuyas patas simbolizaba, respectivamente, el pasado, el presente y el futuro, y mientras masticaba sin parar hojas de laurel, entraba en trance. En semejante estado, respondía proféticamente a las preguntas que le hacían llegar los peregrinos. Las respuestas de ­Apolo eran siempre escuetas y misteriosas, pero los griegos estaban seguros de que encerraban verdades profundas que era menester desentrañar. Como afirmara el filósofo Heráclito de Éfeso:

El señor, cuyo orácu­lo está en Delfos, ni habla ni oculta nada, sino que se manifiesta por señales.5

De manera que la profecía requería de una interpretación acertada, y el recinto sagrado contaba con sacerdotes dispuestos a ayudar en ello a los peregrinos, si bien esta tarea no siempre resultaba satisfactoria, y provocaba, a veces, errores trágicos.

Todos los griegos conocían, por ejemplo, la leyenda de ­Creso, rey de Lidia, un pueblo limítrofe con las ciudades griegas de Asia Menor, que ocupaba la mayor parte de la actual península de Anatolia, en Turquía. Creso era inmensamente rico, amante de las artes, belicoso y entregado a los vaticinios de los orácu­los. Preocupado por el poder creciente de un pueblo vecino, el de los persas, dudaba en enfrentarse a su rey, Ciro II el Grande, fundador de la dinastía imperial Aqueménida; así que decidió consultar al orácu­lo de Delfos, y este le respondió que, si enviaba a sus tropas hacia el este cruzando el río Halis, provocaría la destrucción de un imperio. Creso interpretó que el orácu­lo se refería al Imperio aqueménida, de manera que, confiado, resolvió invadir su territorio. El resultado de aquella campaña fue la derrota total de las tropas lidias, precisamente tras la batalla del río Halis. Los lidios tuvieron que ver cómo Ciro conquistaba Sardes, la rica y bella capital que sus habitantes creían inexpugnable, y cómo apresaba al ­propio Creso y lo condenaba a muerte. Se había cumplido el orácu­lo y un imperio había dejado de existir; solo que se trataba del Imperio lidio.

Podría acusarse a la pitia de haber sido demasiado ambigua, dando una respuesta que servía para cualquier resultado en la guerra, porque en cualquier caso un imperio acabaría destruido. Pero lo cierto es que Creso contaba con dos profecías más, que no valoró adecuadamente. Porque el orácu­lo había vaticinado también que el rey lidio nunca sería vencido hasta que gobernara entre los persas un mulo. Y Creso no cayó en la cuenta de que Ciro era hijo del persa Cambises y de la princesa lidia Aryenis; es decir, un «mulo», por tener progenitores de distinta estirpe real. Además, ignoró otro augurio: que aquel linaje fundado en Lidia por Candaules se extinguiría en la quinta generación; y ese era precisamente el lugar que correspondía a Creso en el árbol dinástico. Aún más. Creso obvió un último aviso, que lo hubiera ayudado, quizás, a evitar la guerra y el desastre sobrevenido; un consejo que Apolo daba a todos sus fieles, y que el monarca lidio seguramente despreció. Tardaré aún un poco en señalarlo.

El aforismo como filosofía

Antes de entrar en el recinto sagrado, cada peregrino a Delfos debía purificarse en las aguas sagradas de la fuente Castalia. Solo entonces, subía hasta el templo de Apolo, recorriendo medio kilómetro de la Vía Sacra, a cuyos costados se situaban los Tesoros, pequeñas edificaciones sufragadas por aquellas ciudades que ­querían sentirse representadas en el ombligo del mundo, y en las que guardaban las ofrendas al dios. Hay que imaginar cómo, llegando a la imponente columnata que presidía la fachada principal del templo construido por Agamedes y Trofinio, aquel peregrino lo haría impresionado por el entorno, contagiado de la religiosidad de quienes le rodeaban y sensible a cuantas señales pudieran aparecer. Y justo allí, en el pronaos que daba paso a la cámara que guardaba la estatua de Apolo, estaba grabada, bien visible y en letras de oro, la siguiente sentencia, para que el peregrino la hiciera suya y la meditara:

Conócete a ti mismo.

Gnóthi seautón.6

¿Quién pudo ser el creador de ese aforismo que ha recorrido la historia de Occidente? Entre los candidatos se encuentra cualquiera de los Siete Sabios de Grecia: Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Quilón de Esparta, Bías de Priene, Cleobulo de Lindos, Solón de Atenas y Periandro de Corinto. Eran estos unos personajes cuyas vidas, envueltas en brumas de leyenda, cabe situar a caballo entre los siglos VII y VI a. C. Se les imaginaba viajando por todo el mundo griego, entablando relaciones de amistad entre ellos y reuniéndose para pensar en comunión, en sitios como la propia Delfos. La sabiduría de aquellos hombres se presentaba a menudo en forma de máximas como la que nos ocupa, que respondían a una profunda experiencia vital y que contienen recomendaciones acerca de la manera adecuada de vivir: Ante el triunfo no te ensoberbezcas, y ante la desdicha no te humilles, Nada en demasía, Sabiendo, calla, La confianza trae la ruina... Platón reconoce que en eso consistió precisamente la sabiduría de los antiguos: en expresiones lacónicas.I

Favorecer que determinadas ideas quedaran bien fijadas en la memoria fue, al parecer, la principal función de la poesía clásica, destinada a ser cantada ante personas generalmente analfabetas. La estructura en estrofas y versos, la reiteración de elementos en la rima y el ritmo… todo estaba dirigido a que el contenido del poema pudiera ser retenido por quienes escuchaban embelesados a los rapsodas, memorizaban sus versos y se convertían, a su vez, en nuevos transmisores de las enseñanzas guardadas en el poema.

Los dos poetas más grandes de la Grecia arcaica, Homero y Hesíodo, incluyeron en sus poemas ideas que bien pueden considerarse precursoras de la filosofía que habría de nacer siglos más tarde en las costas asiáticas del mar Jonio. Y esa tradición de utilizar la poesía como vehícu­lo para el pensamiento podemos percibirla todavía en alguno de los primeros filósofos; por ejemplo, en Jenófanes de Colofón o en Parménides de Elea. Finalmente, la prosa se apoderó de la filosofía, pero aquellos primeros aventureros descubrieron un modo de compendiar su pensamiento y hacerlo memorable próximo a la poesía: el aforismo, frase breve, tajante, insólita, a menudo paradójica, en la que nada sobra ni debe faltar, a modo de verso suelto.

Un aforismo puede servir para decantar el pensamiento, para encerrar su esencia y para hacerla memorable y transmisible del modo más eficaz. De hecho, conocemos a algunos filósofos clásicos solo por las máximas que la memoria colectiva ha conseguido proteger tras veintisiete siglos, y pese a que las obras que pudieron llegar a escribir se perdieron hace, quizás, dos mil años.

Los griegos aprendían de memoria sentencias como las donadas por los Siete Sabios, las citaban a la menor oportunidad y las enseñaban a los más jóvenes. Y no es de extrañar que aquellos hombres reverenciados propusieran grabar algunos de sus aforismos más afortunados en los muros del templo de Apolo Délfico, para hacerlos pasar por frutos de inspiración divina. Platón relata cómo nuestra máxima, en concreto, era interpretada por los peregrinos a modo de salutación del mismo Apolo.

El problema que encierran los aforismos es que, a menudo, una sentencia concentra tanta riqueza significativa que no siempre se es capaz de comprender de primeras su hondura. Si el orácu­lo de Delfos desorientó a Creso, las sentencias de los Siete Sabios y de muchos filósofos tienen el mismo efecto: requieren de cuidado para ser interpretadas adecuadamente.

No es fácil conocerse

Conócete a ti mismo pudiera parecer una recomendación trivial, la de que, si estamos al tanto de nuestras capacidades y de nuestros límites, de los rasgos de carácter que nos son propios, de las emociones y de las aspiraciones que más o menos conscientemente albergamos, entonces podremos orientar nuestra vida de un modo adecuado; mientras que la ignorancia de esos atributos, rasgos personales y carencias probablemente nos conducirá hacia el desastre. Todo esto, siendo cierto, parece demasiado obvio como para merecer su grabado en letras doradas y en un lugar de tanta significación religiosa. Quizás haya que pensar que, al igual que el orácu­lo de Delfos, este aforismo no oculta ni revela la verdad, solo la insinúa, y que detrás de lo evidente se esconde lo abisal.

Para empezar, es probable que su autor pretendiera subrayar que el conocimiento de uno mismo debe ser una tarea fundamental en la vida de las personas, y no una más entre otras; que cada uno de nosotros necesita perentoriamente bucear en su interioridad. Se trataría de una labor urgente que bajo ninguna circunstancia debiera ser pospuesta ante otras. Así pareció entenderla el ateniense Sócrates, quien, hacia la segunda mitad del siglo V a. C., decidió adoptar como guía personal la máxima délfica. Tan prioritaria sería, que nada daría más sentido que ella a su existencia:

Una vida sin examen no merece ser vivida.7

Una vida sin examen. Conforme. Pero ¿durante toda la vida? ¿Tan complicado resulta conocerse? El historiador Diógenes Laercio atribuye al primero de los Siete Sabios, Tales de Mileto, estas respuestas lacónicas:

Cuando le preguntaron qué cosa es difícil, respondió: Conocerse a sí mismo. Y al preguntarle qué cosa es fácil, dijo: Dar consejo a otros.8

Tan difícil parece, que el riesgo de extravío en esa búsqueda de autoconocimiento es elevado, pese a tanto engreído que cree ser capaz de resumir en dos brochazos la condición última de su alma. Y que conocerse es un logro al alcance únicamente de seres ­extraordinarios.

Don Quijote de la Mancha intentó vacunar a Sancho Panza contra ese engreimiento irreflexivo de creerse quien no se es, en aquella ocasión en que el buen y cerril escudero fue nombrado gobernador de la Ínsula Barataria:

Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey.9

Consejo cuerdo, el regalado a su escudero, que no parecería encajar, sin embargo, con esos otros momentos en los que el Caballero de la Triste Figura alardeaba de una condición propia, la de caballero andante, para lo que no parecía haber adquirido mérito alguno. En una de sus andanzas, un labrador, «admirado oyendo aquellos disparates» que el hidalgo metido a caballero andante profería, intentó abrirle los ojos:

[…] ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.

Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.10

Esa seca y rotunda contestación de Don Quijote, Yo sé quién soy, le parecía extraordinaria a Miguel de Unamuno, y con razón. Extraordinaria porque, a juicio del filósofo vasco, solo héroes como Don Quijote pueden afirmar algo semejante sin caer en el autoengaño. Únicamente ellos pueden saber quiénes verdaderamente son de manera tan nítida y tajante, porque solo ellos pueden moldearse según su voluntad. El héroe es capaz de crearse a sí mismo, y por eso puede eludir la máxima délfica. De hecho, en eso consiste el heroísmo. Los demás no tenemos madera de héroe. Necesitamos descubrirnos, porque nunca llegamos a ser aquello que deseamos ser. Somos solo bosquejos inacabados e imperfectos de nuestros sueños. Como mucho, nos vamos haciendo; y en ese camino, necesitamos ejercitar la tarea continua de ir reconociéndonos en lo que en cada etapa hemos llegado a ser.

Ciro el grande, como Don Quijote, es un personaje portentoso. Emperador de persas y medos, conquistador de Sardes y Babilonia, Señor de Ur, Nínive y Jerusalén, «Rey del mundo y de los cuatro extremos de la Tierra». Tan grande, que despertó la admiración del militar e historiador griego Jenofonte y la emulación de Alejandro Magno. De Ciro podríamos decir que era capaz de conocerse, porque como Don Quijote se había forjado a sí mismo. Creso, por el contrario, nos parece más bien la rana que, hinchándose, se creyó buey. Puede que por ese motivo sucumbiera ante su enemigo. Al solicitar un pronóstico a Delfos, no comprendió que la exhortación inscrita en el atrio del templo es también una indicación a interpretar el orácu­lo que había recibido, únicamente a partir del propio autoconocimiento. Es como si Apolo le estuviera advirtiendo inútilmente: «Si cruzas el río Helis, un imperio será destruido; y, para que sepas cuál, intenta conocerte antes, y verás lo poco que tienes que hacer frente al genio militar de Ciro el ­persa».

O quizás Apolo quería advertirle también de algo aún más determinante: ¿qué podía esperar Creso de sus propias tropas? ¿Estaban a la altura de las persas? ¿Podía confiar en su valor, tanto como Ciro en el de sus soldados? Tuvieron que pasar más de dos milenios, para que los filósofos comprendieran que el conocimiento de uno mismo es también una vía privilegiada hacia el conocimiento de los demás, de manera que resulta ser también esencial para la actividad política. Así lo intuyó en el siglo XVII el filósofo inglés Thomas Hobbes, traductor de los griegos Homero, Tucídides, Aristóteles y Euclides, y, al mismo tiempo, figura capital del pensamiento político moderno:

[…] hay un dicho del que últimamente se abusa a menudo: que la sabiduría se adquiere no leyendo libros, sino hombres […] Pero hay otro dicho que todavía no ha sido entendido, y por el que verdaderamente podrían conocer al prójimo si se tomaran el esfuerzo necesario. Ese dicho es nosce te ipsum, ‘léete a ti mismo’ […] Lo que ese dicho nos enseña es que, por la semejanza entre los pensamientos y pasiones de otro, quien mire dentro de sí mismo y considere lo que hace cuando piensa, opina, razona, espera, teme, etcétera, y por qué, leerá y conocerá cuáles son los pensamientos y pasiones de todos los hombres en circunstancias parecidas.11

De esta manera, aprender acerca de la propia condición ayuda a tratar a otros seres humanos, a calibrar sus pensamientos, sus deseos y sus temores; a no equivocarse, en definitiva, esperando de ellos más de lo que son capaces de ofrecer o están dispuestos a dar.

Es llamativo que, antes de declarar la guerra al Gran Rey persa, Creso procurara la alianza de algunas ciudades griegas de la Costa jonia, y que en Mileto fuese precisamente Tales, a quien Diógenes Laercio pinta como un amante de la soledad y un consejero político pleno de sensatez, quien advirtió a sus conciudadanos del error que supondría semejante coalición. Esa intervención resultó decisiva para inhibir la participación de la ciudad en la guerra y, a la postre, para evitar su derrota frente a Ciro.

Maestros de la sospecha

Solo en los dos últimos siglos hemos llegado a tener una conciencia clara de que esta exigencia divina del autoconocimiento, ­siendo en efecto ineludible, es al mismo tiempo imposible de realizar en toda su plenitud, a menos que nos forjemos a nosotros mismos al estilo de Don Quijote.

¿Qué hace tan complicado el conocimiento de uno mismo? Pues que en esa búsqueda se pretende levantar barreras muy difícilmente franqueables. Durante mucho tiempo se creyó posible. Todo era cuestión de voluntad, tiempo y constancia. Hoy ya no nos engañamos: durante esa exploración de las entrañas de nuestra mente hemos ido descubriendo espejos que nos ofrecen una imagen distorsionada de nosotros mismos, y espacios oscuros de nuestra personalidad, que no sabemos cómo iluminar.

Hasta 1637, el hombre occidental, con pocas excepciones, mantenía una confianza ciega en su capacidad para conocer el mundo en que moraba. Pero ese año el francés René Descartes quebró semejante seguridad: ¿y si, cuando creemos contemplar el mundo tal como es, en realidad lo estamos soñando? Por si acaso fuera cierta esta conjetura —pensó—, deberíamos poner en cuarentena nuestras certidumbres acerca del mundo. Pese a todo, Descartes estaba seguro de que, aun si estuviera soñando, no es posible dudar de la propia existencia.

Cogito, ergo sum.12

(‘Pienso, luego existo’).

Es más —y esta es la clave que nos interesa resaltar—: no solo sé que existo porque pienso, sino que además tengo un acceso privilegiado al conocimiento de mí mismo. Mientras que el mundo se ha vuelto de repente dudoso, por culpa de la hipótesis del sueño, el interior de la mente permanece claro y distinto para quien se esfuerce en observarlo.

Pues bien. Este optimismo fue quebrándose a partir de mediados del siglo XIX; todo se hizo más inestable y confuso:

El filósofo formado en la escuela de Descartes sabe que las cosas son dudosas, que no son tales como aparecen; pero no duda de que la conciencia sea tal como se aparece a sí misma […] desde Marx, Nietzsche y Freud, lo dudamos.13

Esa es la sospecha que estos tres maestros introducen: que aquello que consideramos que constituye nuestra interioridad, igual también es una imagen falsa; que el conocimiento que te­nemos de nosotros mismos es mucho más limitado de lo que creemos; que nuestra alma encierra secretos que se nos escapan; que las justificaciones que damos de nuestras acciones son a menudo coartadas de una falsa conciencia, bajo las que laten los verdaderos motivos que a menudo nos negamos a contemplar. El filósofo francés Paul Ricoeur acuñó la afortunada denominación de Maestros de la sospecha para agrupar a estos tres pensadores que a primera vista poco tienen que ver entre sí, pero que coinciden en señalar esa dificultad del autoconocimiento: Karl Marx, Friedrich Nietzsche, y Sigmund Freud.

Podemos imaginar ahora a Creso arengando a las tropas lidias antes de enfrentarse a las persas: está excitando en ellos el amor a la patria, símbolo de cultura y refinamiento, ante la amenaza destructora del bárbaro; la necesidad imperiosa de proteger la libertad de las ciudades lidias y, en especial, de hacerlo con su capital Sardes, así como con la integridad de sus habitantes más indefensos; el respeto a la voluntad de los dioses lidios, que aseguran la victoria y todas las venturas a quien participe heroicamente en la batalla; la promesa de gloria entre las generaciones futuras, y de fortuna tras el saqueo que seguirá a la victoria… Ante semejante espectácu­lo, Karl Marx frunciría el ceño y denunciaría los verdaderos motivos que empujan a Creso a la guerra: sus ansias de riqueza, que el monarca Lidio siente amenazadas por la expansión del Imperio persa. No sería menos crítico Friedrich Nietzsche, si bien él apuntaría a un motivo más profundo para explicar la conducta de Creso: su voluntad de imponerse a Ciro, que ha aparecido en el horizonte para disputarle la primacía absoluta en esa parte del mundo; la riqueza no es sino un elemento más que permite el ejercicio eficaz y duradero de esa voluntad de poder. Por fin, el diagnóstico de Sigmund Freud quizás se fijara en el hecho de que las motivaciones reales que Creso oculta a sus tropas en la arenga se las niegue también a sí mismo; que se trate de pulsiones inconscientes y, por tanto, ignoradas por el propio rey de los lidios; pulsiones que seguramente tienen mucho que ver con la vida plena de placeres que ha podido llevar hasta entonces en su corte de Sardes y que la supremacía persa pondría en peligro. De ser cierto cualquiera de los tres diagnósticos, podremos afirmar que Creso no conoce al verdadero Creso, y que esa ignorancia solo presagia desastres.

Gnóthi seautón, Nosce te ipsum

Debemos concluir que el autoconocimiento es una tarea fundamental e inaplazable en los seres humanos. Lo es, porque solo él nos eleva sobre las bestias, a la condición de auténticos seres humanos. Pese a lo cual, conocerse totalmente es una aspiración abocada al fracaso, porque la imagen que tenemos de nosotros mismos oculta, en las sombras del inconsciente, deseos inconfesables y experiencias reprimidas que, sin embargo, son claves para precisar nuestra condición. Cada uno de nosotros sería para sí mismo como Edward Frank Willis James, ese personaje retratado de espaldas por el belga René Magritte, que mirándose en un espejo únicamente ve reflejada en él su imagen posterior, quedándole oculto su propio rostro.II

No importa. En medio de la noche y de un mar embravecido como aquel Egeo que surcaron Ulises o Pausanias en sus viajes, un marino debe orientar la nave tomando como norte la Estrella Polar. Ítaca no está a la vista, pero se sabe que el horizonte que el astro marca con su resplandor, aun siendo inalcanzable, puede salvar del naufragio. Del mismo modo, nosotros debemos aspirar a conocernos, para acertar con el rumbo en nuestras vidas, aunque sepamos que nunca conseguiremos satisfacer completamente tal empeño. En este mundo acelerado en el que nos ha correspondido vivir, el orácu­lo délfico nos reclama, si cabe con más energía aún que hace dos mil setecientos años, que escapemos de las corrientes que nos arrastran sin descanso en todas direcciones y que, reposando en sus orillas, dediquemos tiempo a contemplarnos, a escudriñar nuestra alma.

Todo fluye

La filosofía se inició hacia comienzos del siglo VI antes de Cristo, mirando la naturaleza, fuente de curiosidad e inquietud en todas las culturas antiguas. Ocurrió en la costa turca del mar Egeo, en ciudades cuyos habitantes escudriñaban el estado de la mar, temerosos de que sus travesías se vieran truncadas. Por eso ansiaban una explicación definitiva a la forma del cosmos y a los cambios que se pueden observar en él: cuerpos estelares que parecen sostenerse sobre la nada, sin desplomarse sobre la Tierra; un sol que nace en el punto cardinal opuesto a aquel en que se había acostado la noche anterior, fenómenos insólitos e inquietantes como los eclipses o los cometas; tormentas y huracanes, pero también calma chicha y sequías, terremotos y erupciones volcánicas... La primera filosofía fue sobre todo cosmología y filosofía de la ­naturaleza.

Durante tales investigaciones se coló la idea profunda de que las cosas son en realidad distintas de aquello que marca el sentido común; más inestables y volátiles. Nos sentimos cómodos con todo lo que no cambia porque se nos hace familiar y previsible. Pero los primeros filósofos comprendieron que la realidad es mucho más inconsistente de lo que nos gustaría, y extrajeron conclusiones extraordinarias de esa mutabilidad, algunas de las cuales siguen intrigándonos hoy.

Del mito al logos

Hace más de tres mil años, los devaneos adúlteros de una joven reina y un príncipe provocaron una guerra que aún hoy permanece viva en nuestra memoria. Por fuerza o de buen grado —sobre este particu­lar hay versiones—, Helena, que pasaba por ser la mujer más hermosa de Grecia y era esposa de Menelao, rey de Esparta, partió con Paris, hijo de Príamo, quien ocupaba el trono de la rica y poderosa ciudad asiática de Troya. Menelao reclamó venganza, apelando a la unión de todos los griegos bajo el liderazgo de su hermano Agamenón, rey de Micenas. Y fue así como se convino emprender una campaña de castigo contra los troyanos, que habían dado cobijo a los amantes.

Todo fue difícil desde el inicio. Algunos príncipes, como Ulises o Aquiles, se mostraron reacios a participar en aquella guerra en la que nada les iba. Y cuando por fin aceptaron y se consiguió organizar una potente escuadra de más de mil barcos que debían cruzar el mar Egeo y fondear frente a Troya, sobrevino una extenuante calma chicha que mantuvo inmóviles las naves durante días en el puerto griego de Áulide. La situación inquietaba. Calcas, un adivino que acompañaba a la expedición griega, atribuyó la quietud de las aguas al disgusto de la diosa Artemisa, porque tiempo atrás el rey Agamenón había matado un ciervo de su propiedad en un bosque sagrado, ufanándose además de ser mejor cazador que ella. Comprendida la causa, solo era posible ponerle remedio expiando la culpa: Agamenón decidió sacrificar a su propia hija Ifigenia para calmar la ira de Artemisa. La llamó a su lado en Áulide, haciéndole creer que Aquiles deseaba contraer matrimonio con ella; y una vez en su presencia, le reveló el terrible destino que le aguardaba. Su madre Clitemnestra y el propio Aquiles se horrorizaron al comprender el plan de Agamenón. Convencida Ifigenia, sin embargo, de que su sacrificio era necesario, accedió a él, por amor a su padre y a su patria. Si se llegó a consumar, o bien si Artemisa convirtió milagrosamente a la desgraciada joven en una corza con la que reparó la profanación cometida, o si, en fin, la diosa la raptó milagrosamente en el último momento y la llevó a Táulide, es motivo de disputa.

Expedición aquea contra Troya.

El mito de Ifigenia muestra un modo primitivo de razonar según el cual, cuando un suceso inesperado despierta sorpresa, admiración o terror, se lo atribuye a la acción de alguna divinidad movida por sentimientos y propósitos casi humanos. De tal manera, si la calma del viento es excesiva y aborta la expedición contra Troya, ello debe obedecer al disgusto de Artemisa. He aquí una utilidad básica de las religiones: explicar por qué suceden determinados acontecimientos extraordinarios, con objeto de tranquilizar la frágil seguridad de las personas. Gracias a la apelación a dioses que, más o menos arbitrariamente, deciden intervenir alterando el orden natural de las cosas, el misterio turbador pasa a convertirse en un mero problema al que ya solo resta encontrarle una solución, aun cuando en algunos casos esta deba ser tan bárbara como lo fue el sacrificio de Ifigenia.

Semejante manera de sosegar nuestra inquietud ante lo desconocido nació con el propio ser humano, y no hay la menor duda de que hoy sigue siendo un procedimiento que sirve para aquietar la angustia en muchas personas, invocando a dioses, espíritus y fuerzas ocultas. Sin embargo, hacia el siglo VI a. C. la religión griega ya no servía para calmar ese tipo de desasosiegos en un número cada vez mayor de personas. Y si la religión pierde su poder consolador, ¿quién estará capacitado para ocupar ese puesto? He aquí la respuesta que debieron de darse algunos griegos: el mito debe ser sustituido por la razón, por el logos. Hay que asumir que la calma chicha en Áulide no se debió a una intervención sobrenatural y caprichosa, sino a causas naturales, lógicas. Hay que estudiarlas, con objeto de proponer soluciones racionales, en vez de abandonarse histéricamente a conductas supersticiosas y bárbaras como la de Agamenón. Al corregir así la manera de contemplar las cosas, aquellos griegos provocaron un cambio trascendental en la historia de la humanidad que dejó como frutos más esplendorosos la filosofía y la ciencia. Un «milagro griego» que ha sido bautizado también como el «paso del mito al logos».III

Aquellos que iban a dedicarse al ejercicio del logos de manera sistemática acabaron recibiendo el nombre de filósofos. ¿Por qué no el de sabios, como los Siete de Grecia? Este es un caso interesante para la etimología. Ambos conceptos, sabio (sophos) y filósofo, proceden de una misma raíz: la palabra griega sophía, que significa ‘sabiduría’. El matiz diferencial se encuentra en el prefijo que porta la segunda: philein significa ‘amar’. Así pues, el sabio es quien posee sabiduría; mientras que aquel que se hace llamar filósofo (phileo-sophos) es una persona que ama el saber, que aspira a alcanzar la condición de sabio, pero que aún no se considera en posesión de la misma. La vanidad del sabio debería trocarse en la modestia del filósofo.

Los cosmólogos milesios

El primer exponente inequívoco de ese cambio de mentalidad que hace dos mil setecientos años debió de parecer tan revolucionario como peligroso fue Tales de Mileto. Ya hemos aprendido de él que era respetado como uno de los Siete Sabios, gracias a las sentencias que donó a todos los griegos y a los prudentes consejos que regaló a sus conciudadanos para el buen gobierno de Mileto, convenciéndolos, entre otras cosas, de no apoyar al rey lidio Creso en su guerra contra el persa Ciro el Grande. Pero Tales es mucho más que todo eso. Fue también el primer filósofo.

En el siglo VI a. C., Mileto era una próspera colonia griega situada en la costa asiática del mar Egeo, mucho más al sur del emplazamiento que había ocupado Troya hasta su destrucción, y rodeada de otras ciudades helenas; todas ellas, independientes las unas de las otras. En conjunto, aquellas poblaciones constituían aquello que los griegos llamaban Jonia, un territorio costero que lindaba, hacia Oriente, con el Imperio lidio, y que, tras el derrumbe de este, tuvo que aprender a convivir con el Imperio persa. De manera que los milesios vivían en la frontera y comerciaban con pueblos que tenían tradiciones culturales distintas, si bien no necesariamente inferiores.

Ni lidios ni persas eran menos refinados que los griegos, ni sus sociedades podían calificarse de más simples. Por eso es normal que algunos milesios se preguntaran si sus dioses y los relatos mitológicos en que habían creído hasta entonces debían prevalecer, a la vista de los que conformaban las religiones de aquellos pueblos vecinos. Tales de Mileto debió de plantearse estas preguntas, y al hacerlo se convirtió en el primero de los filósofos, precisamente porque decidió buscar causas estrictamente naturales a las cosas, dejando de apelar al socorrido recurso de las intervenciones sobrenaturales. La tarea no era sencilla. A nosotros nos cuesta comprender esa dificultad, precisamente porque en muchos sentidos somos griegos y seguimos confiados la senda que aquellos pioneros trazaron. Pero a ellos les tocó desbrozarla.