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La Revolución de Octubre de 1917, que supuso la desaparición de Rusia y dio comienzo a la Unión Soviética, pareció traer un "nuevo amanecer". Sin embargo, la toma del poder por parte del partido bolchevique de Lenin reveló pronto su carácter trágico al dar lugar a un régimen totalitario sin igual en la historia. Cien años después, el presente libro ofrece una precisa y completa descripción de las causas, los hechos y las consecuencias inmediatas de este acontecimiento, que en pocos años produjo un cambio sustancial en el orden político europeo y mundial.
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Seitenzahl: 390
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Adriano Dell’Asta Marta Carletti Giovanna Parravicini
Rusia, 1917
El sueño roto de «un mundo nunca visto»
Título original: Russia 1917, il sogno infranto di “un mondo mai visto”
© de la edición original: Fondazzione Russia Cristiana, Milán 2017
© Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2017
Traducción: Isabel Almería Sebastián
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
nº 1
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-9055-850-8
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El 25 de octubre de 1917 —fecha del golpe de estado bolchevique que lleva a Lenin al poder y que ha pasado a la historia como el día de la Revolución de octubre— «comienza una nueva época. Concluye la historia de Rusia y empieza la historia de la URSS. Pero inicia también una nueva era para la humanidad»[1].
Con esta frase, aparentemente sencilla, se plantea el problema más complejo, controvertido y decisivo de la interpretación de este evento, es decir, el problema —tal y como comprenderán inmediatamente los mismos protagonistas— de su radical novedad y de la particular especificidad de esa novedad.
La novedad radical de la Revolución
Rusia, un imperio que parece potente y fundado sobre seculares principios cristianos, se revela débil y se repliega sobre sí misma, con una rapidez y radicalidad inauditas y tan sorprendentes y nuevas que ya desde el principio, la naturaleza de tal fenómeno resulta difícil de comprender. Tenemos análisis como los de Berdiaev (ex revolucionario marxista que regresa al cristianismo), que ponen de manifiesto un carácter catastrófico, llegando a hablar incluso de «suicidio de un pueblo». Pero tenemos también los de Pierre Pascal (un cristiano que mostraba entonces simpatía hacia el comunismo y que después se convertiría en uno de los mejores eslavistas franceses), que para describir el «espectáculo» de la Guerra Civil que siguió a la Revolución, llega a componer una especie de oda y a hablar de una verdadera realización del Magnificat, con «los potentes derribados del trono y el pueblo ensalzado de su miseria».
Y el Magnificat...
Los dos historiadores citados son de indiscutible seriedad, como indiscutible es su conocimiento del objeto. La evidente contradicción de sus posiciones hace aún más fascinante el problema que se nos presenta hoy, cuando intentamos reconsiderar los acontecimientos revolucionarios a un siglo de distancia. Un problema tanto más fascinante cuando la contradicción que acabamos de mostrar no dependía solo de puntos de vista diferentes, sino que estaba en las cosas mismas, como subrayará el mismo Berdiaev cuando, retomando la atmósfera de aquellos años, recordará que una de las características de ese periodo fue precisamente la de haber vislumbrado «un alba nueva» y haber unido «el sentido del atardecer y de la derrota con el sentido del nacimiento de un nuevo día y con la esperanza en la transfiguración de toda la vida»[2].
El proceso desencadenado por aquellos acontecimientos es todavía más interesante para nosotros hoy, en la medida en que no incumbe solo a lo sucedido con el imperio zarista, sino que ha ido mucho más allá de Rusia, en un sentido espacial y temporal, asumiendo características que, aun abarcando radicalmente la política y la economía, han ido, a su vez, también ellas, más allá de los sistemas políticos o económicos. Como dijo Serguey Bulgakov (otro de los autores ex marxistas que había vuelto en esos años a la fe cristiana) en 1918: «¿Por qué usted ve solo la caída de la Rusia derrotada y parece olvidar lo que sucede en el mundo entero? ¿No somos acaso testigos de una catástrofe universal, del derrumbamiento de la “época moderna” en su totalidad?»[3]. Lo que estaba sucediendo tenía que ver con todo el mundo y, aunque había sido generado por un gran y, en buena parte sincero, deseo de cambio, habría significado no el cambio de un sistema y ni tampoco solo su fin, sino el cambio y el fin de todo un mundo.
El problema de la novedad de lo que sucedió y de la subsiguiente necesidad de aplicar nuevos criterios de lectura, se impone, al menos, bajo dos ángulos interpretativos relativos a la estructura social y a la dimensión antropológica. Dichas interpretaciones pueden ilustrarse haciendo referencia a la Revolución Francesa, principal modelo al que se remitían, por lo demás, los mismos protagonistas rusos de aquellos años, sea cual fuere la esfera a la que pertenecían (la comparación se encuentra en Berdiaev, pero también en Lenin y en Trotski y en toda la pléyade menchevique o socialista revolucionaria).
Si consideramos la Revolución desde el punto de vista social, tenemos que constatar que, en el pasado, todas las revoluciones europeas triunfantes (y la francesa de forma más evidente y completa) habían llevado a una redistribución de las fuerzas en contienda, según nuevas relaciones de poder: las clases que estaban sometidas tomaban el puesto de las dominantes y viceversa. En el caso de la Revolución Rusa, por el contrario, esta redistribución no existe, porque, al final, las fuerzas que entran en juego, las distintas clases, desaparecen: la sociedad civil desaparece y es sustituida por el organismo omnicomprensivo del Partido Único.
El secreto del marxismo
Por lo tanto, no captaría la esencia del 1917 cualquier lectura que no pusiera de manifiesto el hecho de que el sistema nacido de los acontecimientos revolucionarios se caracteriza por la «total influencia del partido del poder sobre cualquier campo de la realidad, como nunca antes se había dado»[4]. En efecto, más allá de las polémicas que puede suscitar el concepto de totalitarismo que subyace a esta afirmación, es difícil rebatir que precisamente a esta total influencia apuntaba Lenin cuando, en marzo de 1921, durante el X Congreso del Partido y con la Guerra Civil ya terminada, decía: «El nuestro es un partido de gobierno y las resoluciones aprobadas por el congreso del Partido serán obligatorias para toda la República».
Tomar en consideración el significado de esta afirmación no depende de tomar una particular opción política más o menos anticomunista, sino que es una obligación para cualquiera que quiera intentar entender el funcionamiento de la máquina revolucionaria y del Estado producido por ella, llegando al corazón de la ideología. De hecho, como veremos más adelante, su núcleo esencial no depende tanto de su contenido, como de su forma de pensamiento, del primado de la idea y de su lógica (ideo-logía) sobre la realidad, de modo que una idea, incluso cuando pudiera parecer la mejor del mundo, puede justificar la eliminación de la realidad y, sobre todo, de las personas reales.
Cómo entender a Rusia sin la religión?
Asimismo, considerando la Revolución desde el punto de vista antropológico, también tenemos que constatar que las revoluciones precedentes, cuya radicalidad también comprendía la concepción del hombre, se habían limitado a tocar algunos elementos singulares, a descubrir prerrogativas y derechos antes ignorados (en el caso francés habían sido los clásicos derechos del hombre y del ciudadano); pero después de Octubre, se pretende haber producido un tipo humano, antropológico, nuevo: el hombre nuevo, al que se cantaría en la literatura de los primero años del régimen soviético[5], en el que se encarnaba lo que Serguey Bulgakov definió como «el auténtico secreto» del marxismo, es decir, su radical y esencial ateísmo.
No tener presentes estos dos elementos, como han hecho a menudo los historiadores de la Revolución, utilizando esquemas de lectura que excluyen por principio la idea de la novedad totalitaria y la relevancia del problema religioso, impide dar una lectura de la Revolución creíble y respetuosa con los hechos y con los hombres que han sido sus protagonistas. Rusia era un país marcado por la tradición cristiana y, con todos los límites que pudiera tener, era esta tradición la que irrigaba aún la vida, hasta el punto de que precisamente la lucha contra la religión en nombre de la ideología marxista-leninista será una de las características de la Unión Soviética, desde su fundación hasta su derrumbamiento. Considerar este elemento no depende de la libre elección del investigador, sino de una simple cuestión de adecuación al objeto estudiado y a los hechos que lo caracterizan. En caso contrario, será fácil sustituir los hechos por los mitos.
1 Heller, Michail, Nekrich, Alexander, Geschichte der Sowjetunion, Verlag: Königstein/Ts. Athenäum, 1981, 1982.
2 N. Berdiaev, Autobiografía espiritual, Barcelona, Miracle 1957.
3 S. Bulgakov, Na piru bogov. Pro y contra. Sovremiennie dialogui. en Is gluvini, Ed. MGU, Moscú 1990.
4 M.Geller - A.Nekrich, op. cit.
5 Cfr. infra, p. 137-139.
La novedad radical de la Revolución
«La Revolución Rusa se diferencia esencialmente de las otras grandes revoluciones habidas en el mundo y, especialmente de la francesa, en que ha descompuesto a la que era una Rusia única y grande, y ha herido profundamente el sentimiento nacional ruso. Rusia, el más grande Estado del mundo, arruinado en pocos meses, convertido en un montón de basura. La obra de toda la historia rusa, la obra de la soberanía de Rusia desde Iván Kalita, la obra de Pedro el Grande, la obra de toda la cultura rusa —Pushkin y Dostoievski— ha sido anulada, exterminada, declarada inútil y perversa. En la Revolución Rusa se ha manifestado un oscuro y reaccionario elemento, hostil al progreso histórico, hostil a toda cultura de alto nivel. Nunca, en ningún lugar, se había dado una abdicación tal de la propia historia, una tal traición a los grandes legados históricos. Se trata del suicidio del pueblo, el rechazo de un pasado glorioso y un glorioso futuro en nombre de un aprovechamiento del instante presente, provocado por el nihilismo que se ha apoderado del alma del pueblo».
N. Berdiaev, Rusia y la Gran Rusia, abril, 1918
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Y el Magnificat...
«Espectáculo único y embriagador: la demolición de una sociedad. Se realiza [...] el Magnificat: los potentes son derribados del trono y el pobre ensalzado de su miseria. Los dueños de la casa son confinados a un ángulo y en cada espacio se instala una familia. Ya no hay ricos, simplemente pobres y más pobres. El saber ya no confiere ni privilegio ni respeto. El ex obrero ascendido a director manda sobre los ingenieros. Los salarios, por lo alto y por lo bajo, se acercan. El derecho a la propiedad se reduce a los trapos personales. El juez no está obligado a aplicar la ley cuando su sentido de la equidad proletaria la contradice. El matrimonio no es más que una inscripción en un estado civil, y el divorcio puede comunicarse con una postal. A los niños se les enseña a vigilar a sus padres [...]. La dulzura se considera un vicio. La piedad ha sido asesinada por la omnipresencia de la muerte. La amistad solo sobrevive como forma de camaradería. Los ancianos sienten que se les niega todo futuro, pero no faltan los jóvenes que en esta ruina total encuentran la alegría de vivir. Cambian sus bonos para el pan por una entrada de teatro. Los cursos de danza se multiplican».
P. Pascal, Mon jornal de Russie. 1918-1921
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El secreto del marxismo
«Marx mira a la religión, especialmente al teísmo y al cristianismo, con una violenta hostilidad, como ateo militante y combativo intenta liberar, curar a la gente de la locura religiosa, de la esclavitud espiritual. En el ateísmo militante de Marx encontramos el nervio central de toda su obra, uno de sus mayores estímulos, la lucha contra la religión es, en cierto sentido [...] el auténtico, aunque escondido motivo práctico de sus más importantes trabajos teóricos. Marx lucha contra el Dios de la religión, valiéndose ya de su ciencia, ya de su socialismo que, en sus manos, es un instrumento del ateísmo, un arma para liberar a la humanidad de la religión. La aspiración del hombre a ‘organizar su vida sin Dios, de una vez para siempre’ de la que de modo penetrantemente profético escribió Dostoievski y que fue objeto, entre otros, de sus constantes y mortificadores pensamientos, adquirió una de sus más claras y concluyentes expresiones en la doctrina de Marx. Este nexo interno entre el ateísmo y el socialismo en Marx, el verdadero espíritu de su obra, normalmente no se entiende o no se considera, porque, por lo general, interesa poco este lado de la cuestión y, para demostrarlo con la suficiente claridad, hay que adentrarse en la historia de su desarrollo espiritual».
«La tarea de la filosofía, es decir, la doctrina de Feuerbach, y más precisamente la liberación de la humanidad de la religión y la obra del proletariado se unifican aquí en su persecución de un único objetivo: al proletariado se le encomienda la misión de realizar en la historia la obra del ateísmo, es decir, liberar, en la práctica, al hombre de la religión. ¡He aquí al verdadero Marx! ¡He aquí el verdadero ‘secreto’ del marxismo, su verdadera esencia!».
S. Bulgakov, Karl Marx como tipo religioso, 1906
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Cómo entender a Rusia sin la religión?
«En los libros que hablan de la historia de la Revolución Rusa, el espacio dado a la religión es poco o ninguno. W.H. Chamberlain dedica a este argumento menos de cinco páginas en un libro de casi mil. Otros investigadores (como Sheila Fitpatrick y Leonard Schapiro) lo ignoran por completo. Esta falta de interés solo puede explicarse por el laicismo de los historiadores modernos. Pero, aunque los historiadores sean laicistas, la gran mayoría de las personas de las que se ocupan en sus estudios eran religiosas. Desde este punto de vista puede decirse que los habitantes de lo que se convertiría en la Unión Soviética, cristianos, judíos y musulmanes, por igual, vivían en la Edad Media. Para ellos, cultura quería decir religión, tanto en el sentido de la fe, como, y, sobre todo, en el de los ritos y las fiestas. [...] Su vida giraba en torno a las ceremonias del calendario religioso, porque, además de dar significado a su difícil y monótona existencia, esos ritos conferían al más humilde de ellos un sentimiento de dignidad ante Dios, para el que todos los seres humanos son iguales. Los comunistas atacaron la fe y las tradiciones religiosas con una violencia nunca vista desde el Imperio Romano. Su agresivo ateísmo golpeó a las masas de ciudadanos de forma mucho más dolorosa que la represión por el disentimiento político y que la imposición de la censura. A parte de las dificultades económicas, ningún otro acto del gobierno de Lenin acarreó mayor sufrimiento a la población, a las así llamadas ‘masas’, como la profanación de su fe religiosa, la clausura de los lugares de culto, el maltrato al clero».
R. Pipes, Rusia bajo el régimen bolchevique
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El cuadro de Rusia al alba de 1917 es bastante diferente del que presenta tanta historiografía que alimenta el mito del retraso de Rusia, razón por la cual, nacerían las sublevaciones populares que habrían provocado la explosión de la Revolución. En realidad, la Rusia de los umbrales del siglo XX es un país como tantos otros países europeos, con bolsas de pobreza que se van reduciendo progresivamente. Según los datos oficiales, en 1910, Rusia cuenta con 112 millones de habitantes y tiene un incremento medio anual de unos 3 millones de personas.
Es todavía un país esencialmente agrícola, en el que la servidumbre feudal ha sido abolida apenas cuarenta años atrás, en 1861 (por lo demás, en Estados Unidos la esclavitud es abolida oficialmente en 1865). Pero, a pesar de su retraso, Rusia ya no sufre las carestías que habían menguado su existencia durante el siglo XIX (la última había sido entre los años 1891-1892 y había causado casi medio millón de muertos)[1] y conoce, por el contrario, un rápido desarrollo económico (no solo agrícola, sino también industrial), si bien concentrado en la zona europea del Imperio.
Tal y como señalan dos estudiosos de la historia soviética, en Rusia «el incremento de la producción industrial, en el periodo de 1900 a 1913, fue del 74,1%, teniendo en cuenta el aumento de los precios. La red ferroviaria, que en 1890 tenía 26.600 verstas [una versta equivale a 1.067 metros], alcanza las 64.500 verstas en 1915. Los progresos de la industria rusa, llevaron a una sensible reducción de la dependencia del capital extranjero. [...] El historiador inglés Norman Stone revela que la cuota de las inversiones extranjeras se había reducido al 50% en 1904-1905, y al 12% en vísperas de la Guerra Mundial. Edmond Thèry subraya que la agricultura en Rusia no se quedaba atrás respecto a la industria: en el periodo de 1908-1912 la producción de trigo había aumentado un 37,5% respecto al lustro precedente; [...] la de maíz, un 44,8%. Este es su comentario: ‘No es necesario añadir que ningún otro pueblo en Europa puede presumir de resultados similares. Un incremento tal de la producción agrícola [...] no sólo permite satisfacer las nuevas necesidades de una población que crece cada año un 2,7% y que se alimenta mejor que antes, sino que también permite aumentar considerablemente la exportación’. En los años de buenas cosechas (por ejemplo, el 1909-1910), la exportación de trigo ruso representaba el 40% del comercio mundial, mientras que en los años de malas cosechas (por ejemplo, el 1908 y el 1912), se reducía al 11,5%»[2].
Y esta capacidad de respuesta se mantiene incluso ya comenzada la Guerra Mundial, hasta tal punto que asistiremos a una rápida conversión de la industria siderúrgica para responder a la necesidad bélica: «La producción rusa en 1914, ascendió al 101,2%, respecto al 1913; en 1915 al 113,7% y en 1916, al 121,5% [...]. Ateniéndonos a los datos del 1 de enero de 1917, las fábricas rusas produjeron en agosto de 1916 más proyectiles que las francesas y casi el doble que las inglesas»[3].
Piotr Stolypin (1862-1911)
Es verdad que existía también la pobreza y el abuso, particularmente en el campo, a causa de una reforma agraria incompleta y confusa que había afectado negativamente a los campesinos. Pero, aun así, hablamos de niveles comparables con otras sociedades europeas: recordemos que, por ejemplo, en España, entre 1882 y el 1935, se produce el pico del flujo migratorio a América, calculándose en torno a 4,7 millones de emigrados en ese periodo. Hay que recordar también que, en 1906, el primer ministro, Stolypin[4] inicia una reforma agraria bastante radical, que promete resolver los seculares problemas del latifundio y de las comunidades rurales. En particular, la reforma apunta a la adquisición de las tierras de los latifundios, con el fin de venderlas a precio político a los campesinos, ofrecerles amplios créditos por invertir en la tierra y, sobre todo, liberarlos de la propiedad comunitaria de la tierra, que frena la modernización y la iniciativa personal. La prueba indirecta del éxito de esta reforma está en el hecho que las innumerables sublevaciones campesinas, que tienen su ápice en 1905-1906, disminuyen considerablemente a partir de 1907, hasta ser totalmente inexistentes en 1913. Además, la reforma incrementa de forma consistente el movimiento cooperativo, que llega a agrupar a unos 14 millones de campesinos (contando los miembros de las familias, se llega a 70 millones de personas). De esta forma, el latifundio pierde su tradicional peso económico y, en 1916, el 89,3% de las tierras son trabajadas por pequeños propietarios. Se trata de un cambio radical, y no es extraño que fuera combatido tanto por la derecha como por la izquierda: por parte de los revolucionarios, porque no se podía admitir que del Gobierno pudiera venir algo bueno y, porque, además, la retórica política de los socialdemócratas, socialistas revolucionarios y cadetes[5] insistía en el valor simbólico (proto-socialista) de la comunidad campesina (atacada por la reforma de Stolypin) y en el papel anticapitalista del campo en general. Por su parte, la derecha veía con irritación el desmembramiento de los latifundios.
Volviendo a la complejidad de Rusia, se puede decir que están presentes en ella una serie de elementos que, aun sin resolver todos los problemas del país, le dan una configuración ya ampliamente europea: un proceso de industrialización cada vez más rápido, una reforma agraria asociada al programa de reformas derivado de la emancipación de los campesinos (hay que recordar aquí, en particular, la creación, en 1864, de los zemstvo, asambleas de distrito que concedían un papel efectivo a la nobleza), la reforma del sistema judicial y, por último, la existencia de una gran cantidad de profesionales integrados en el Estado. Existían sí, motivos de tensión, pero exagerados, en realidad, por la propaganda revolucionaria que, como observa Solzhenitsin, «contribuirá eficazmente a enardecer a las masas populares».
Cuando se habla de la Rusia de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, no se puede dejar de hablar de su cultura. Son aún muchos los estratos de la sociedad que se mantienen al margen de este mundo, pero también en este sentido las cosas están cambiando velozmente.
Por lo que se refiere a la alfabetización, el porcentaje de analfabetos es superior al de la media europea, en 1897, la tasa de alfabetización se mantiene en el 21%, pero en 1913 sube ya al 40%[6]. En España, en 1900, la tasa es del 46% y en 1910 sube al 53%. Pero, vale la pena hacer también alusión a la cuestión de la instrucción pública. «En 1908 se aprobó una ley sobre la obligatoriedad de la enseñanza elemental, cuya realización fue interrumpida por la Revolución (hemos de señalar que el poder soviético la puso en marcha mucho después, en 1930). Los esfuerzos del Estado en el sector de la enseñanza se pueden deducir fácilmente por el incremento de los fondos dedicados a dicho sector: del 1902 al 1912 aumentaron un 216,2%. En 1915, el 51% de los niños de entre 8 y 11 años había recibido la instrucción elemental y el 68% de los soldados del servicio militar sabía leer y escribir. Rusia sufría un retraso con respecto a los países occidentales más desarrollados, pero los datos relativos al aumento del número de colegios y los que se refieren a los fondos destinados a la instrucción, demuestran un conspicuo compromiso por parte del Estado y notables éxitos»[7]. Por lo demás, si la industria editorial era una de las más florecientes de esa época, hasta el punto de que se ha dicho de la carrera de Iván Sitin, uno de los editores de ese momento, que «puede ser tomada como ejemplo de uno de los grandes éxitos empresariales de la Rusia prerrevolucionaria»[8], quiere decir que existía un público lo suficientemente amplio como para alimentar dicha industria.
Finalmente, no podemos olvidar el variado campo de la ciencia, el arte, las humanidades en general, donde Rusia vive un momento excepcional. Los estudiantes e investigadores rusos llegan cada vez en mayor número a las universidades y centros de investigación europeos y si bien algunos, tras haberse formado en Rusia, se establecen definitivamente en el extranjero, como es el caso de Ilia Méchnikov, premio Nobel de medicina en 1908, otros, después de un periodo de estudios en Occidente, regresan a la patria, como es el caso de Boris Pasternak, que tras una estancia a Marburgo y una oferta para iniciar la carrera académica de filósofo, decide volver a Rusia. De modo que, los estudiosos que dejan huella no sólo en la cultura de su propio país, sino en la cultura mundial, no son pocos. Sólo por citar algunos nombres: el matemático Nikolay Lobachevski, que sobresale en el estudio de las geometrías no euclidianas; Dmitri Mendeleev, que crea la tabla periódica de los elementos; el fisiólogo Iván Pávlov, descubridor del «reflejo condicionado»; el físico Alexandr Popov, quien descubre las ondas radio. Y, por supuesto, los gigantes de la literatura como Dostoievski, Chéjov y Tolstoi, o de la música, como Músogski, Chaikovski, Rimski-Korsakov, Stravinski, o pintores como Kandinski, Malevich, Chagall...
La librería Tsinzerling, en San Petersburgo (1913)
Por último, no hay que olvidar a los grandes filósofos y teólogos que marcarán la historia de Occidente, donde emigraron tras la Revolución. Basta pensar en Berdiaev, quien dará un decisivo impulso al nacimiento del personalismo francés, o a los teólogos que, con la eclesiología de la comunión, influirán fuertemente en el mismísimo Concilio Vaticano II o determinarán la historia de algunos de los mayores teólogos católicos del siglo XX, como Jean Daniélou, quien, hablando de los trabajos de Mirra Lot-Borodina, una autora rusa de la década de los treinta, escribe: «La lectura de estos artículos fue decisiva para mí. Cristalizaban algo que estaba buscando, una visión del hombre transfigurado por las energías divinas. Puede que gracias a estos artículos orientara mis primeras investigaciones hacia la teología mística de Gregorio de Nisa. Lo que sé es que este libro está penetrado de la influencia de Mirra Lot-Borodina». El cardenal Daniélou precisaba más tarde que no recordaba quién le había recomendado estos artículos, pero, añadía, debía de haber sido «seguramente el padre De Lubac o Urs von Balthasar»[9], lo que da una idea muy clara de la importancia de estos autores. El valor cultural de Rusia en este sector ya se había puesto de manifiesto antes de la Revolución, cuando en Rusia había sido publicada la primera traducción de las Investigaciones lógicas, de Husserl[10]. No se trataba de autores singulares o de algunas disciplinas en particular, la plena inserción de Rusia en el panorama de la cultura europea y mundial era una realidad de facto que llevó, por ejemplo, a un gran poeta centroeuropeo como Rilke a escribir en una carta de 1920: «¿Qué le debo a Rusia? Ella es quien ha hecho de mí lo que he llegado a ser, de ella he salido interiormente, mis más profundas raíces están allí»[11].
Estos pocos datos bastan para concluir que la Rusia prerrevolucionaria, si no era un país desarrollado en todos los sectores, en algunos campos (como el de la cultura) bien podía competir con países más desarrollados y en otros, era un país como tantos que estaba dando pasos agigantados hacia adelante. Un país como tantos otros, ni mejor ni peor, que no se encontraba, ni mucho menos, bloqueado en el insuperable abismo de subdesarrollo del que a menudo se habla, al contrario, existía un movimiento real que, en muchos ámbitos, ya había dado resultados consolidados.
Un testimonio de que este movimiento es real lo tenemos en las nuevas generaciones, que, desde principios del siglo XX, junto a muchos intelectuales y hombres de cultura, acogen con entusiasmo la idea de un cambio radical, inspirado por un ímpetu ideal, por un ansia de renovación. Este deseo de novedad se contrapone a la mezquindad de la mentalidad dominante. A pesar de la dinámica positiva de la economía, la mentalidad común está marcada por una particular «disposición de espíritu que se va apropiando gradualmente de todos, sin excepción: un sentimiento de odio, de rencor, que impregna la atmósfera y se respira por todas partes. Que crece de hora en hora. En algunos, se manifiesta en su reacción frente al orden constituido, en otros, hacia los huelguistas. La población se ha dividido en dos facciones que se odian mutuamente. El amor se ha aridecido. En esto radica el infinito horror del presente», como escribe el padre Yosif Fudel, filósofo y capellán de una prisión moscovita.
Nikolay Berdiaev (1874-1948)
Por lo que se refiere a la inteligentsia, no se contemplan por el momento urgentes reivindicaciones de justicia social o democracia política, más bien, se percibe cierta espera escatológica que crece poco a poco, hasta convertirse en pronóstico de una «tormenta» terrible y purificadora, la percepción del «derrumbamiento del humanismo tradicional» y la sensación —como dirá Alekxandr Blok en 1919 (La caída del humanismo)— del surgimiento de un nuevo «movimiento, el ímpetu de masas solo exteriormente cristianizadas que, hasta ahora, no eran partícipes de la cultura europea». Blok llegará incluso a trazar un paralelo entre los acontecimientos revolucionarios que se producirán a continuación y la caída de la civilización romana durante las invasiones bárbaras, en un mundo en el que «se manifestaba una nueva fuerza cultural, conservada hasta entonces bajo tierra, en las catacumbas cristianas, y que después se alió con el movimiento que vino a sustituir a la cultura antigua».
Se percibe un deseo de infringir todo formalismo, cuando «la realidad, como una hija natural, escapa, semidesnuda, de la prisión y se contrapone a sí misma a la historia legítima, ella, de los pies a la cabeza ilegítima y desheredada» (carta de Boris Pasternak a Rilke).
Muchos son, en estos años prerrevolucionarios, los fascinados por la figura simbólica de Vladimir Mayakovski, poeta futurista y futuro gran y explosivo cantor de la Revolución, en cuya personalidad se intuye una fuerza, un «impulso maravilloso que lo hace parecer tan inmenso y natural», como dirá el joven Pasternak. La excepcionalidad de Mayakovski estaba en que, «en lugar de jugar a una u otra cosa por separado, él jugaba a todo a la vez, en lugar de desempeñar un rol, se jugaba la vida [...]. Esto era lo que de él atraía y asustaba» (El salvoconducto).
Este ímpetu, esta fuerza primordial, esta «música de la revolución» es lo que fascina y acomuna a personas de distintos estratos sociales y de diferentes concepciones.
En los primeros años del siglo XX, el ansia de la novedad no viene aún asociada a un sentido catastrófico, sino más bien a una espera apocalíptica, es decir, la espera de una «revelación» que saque a la luz los hilos secretos y las secretas genealogías que unen las realidades tradicionales con las nuevas expectativas. Esto explica por qué casi todos los artistas de la vanguardia rusa (como, por otro lado, también Matisse y otros occidentales) subyacen a la fascinación del icono, que en esos años vuelve a ser conocido gracias a importantes trabajos de restauración, y del que obtienen la visión de otra realidad.
El mismo Mayakovski escribe en 1914: «Una pléyade de nuevos artistas —Goncharova, Burliuk, Larionov, Mashkov, Lentulov y otros— ha empezado ya a resucitar la antigua pintura rusa, la simple belleza [...] de los antiguos iconos, no menos notables que Leonardo y Raffaello».
El nexo entre el icono y la vanguardia rusa se manifiesta de forma evidente, durante la «Última exposición futurista de cuadros 0,10», en Petrogrado, a finales de 1915, en la que Malevich instala su Suprematismo de la pintura —siguiendo la tipología del «ángulo sagrado» de las casas ortodoxas rusas— en cuyo centro, pone su famosa obra Cuadrado negro sobre fondo blanco, que define como «el icono de nuestro tiempo», es decir, una imagen esencial, que tiende a percibir una presencia real que no está en la imagen simbólica representada, sino en la relación de ésta con el modelo invisible.
Vladimir Mayakovski (1893-1930)
Como muchos artistas de su generación, Malevich mantiene una posición escéptica hacia la Iglesia oficial, pero percibe en sí mismo y en el arte, fuerzas y energías inmateriales que guían su pincel y que él trata de fijar en su obra. Su arte es un arte apofático, que niega la representación material para «permitir que el arte vaya más allá de sus límites tradicionales, más allá del mundo visible y cognoscible, hasta alcanzar la Nada absoluta, que no es el vacío, sino Algo que no se presta a descripción alguna».
En definitiva, existe un interés general por el cristianismo como novedad y fuerza transformante, pero es un interés que se desarrolla al margen de la institución eclesiástica, demasiado rígida y solemne.
De hecho, hasta la catástrofe revolucionaria, la institución eclesiástica permanece completamente impermeable y hostil a la inquietud religiosa que subyace en el arte del momento, y sólo percibe en él su potencial subversivo y la falta de deferencia formal a la tradición. Por ejemplo, la pintora Natalia Goncharova se convierte en piedra de escándalo cuando, en 1912, muestra un cuadro que representa a los cuatro evangelistas, similares a los de los iconos de un iconostasio, en una exposición titulada «Cola de asno». La censura no podía soportar que obras con un tema sacro —en dicha exposición había también un cuadro titulado Dios— formaran parte de una exposición cuyo nombre era jocoso y provocativo.
«El sistema —dirá Maria Skobtsova, poeta y más tarde monja— ha elaborado una particular psicología religiosa, un particular tipo humano, con unos principios morales específicos, un arte particular y un estilo de vida cotidiana... A la devoción de tipo sinodal, se puede llegar a través de la educación, la costumbre y la tradición, pero no puede, ciertamente, acercarse a ella a través de la libre búsqueda del seguimiento de Cristo».
El Cuadrado negro, de Malevich, expuesto en la galería de arte de N. Dobichina, Petrogrado, 1915
1 En el siglo XX, por el contrario, la Unión Soviética sufrirá tres carestías, todas con varios millones de muertos y todas debidas no solo a adversidades naturales, sino, sobre todo, a decisiones de carácter exclusivamente político: la de 1920-1922, en plena Guerra Civil, la de 1930-1933, la terrible hambruna derivada de la colectivización forzada de los campos, y la del 1946-1947, tras la Segunda Guerra Mundial y la anexión de nuevos territorios.
2 M.Geller - A.Nekrich, op. cit.
3 M.Geller - A.Nekrich, op. cit.
4 Como veremos más adelante, el mismo que promulgará las leyes especiales contra el terrorismo.
5 Para conocer las características de estas formaciones políticas, ver más adelante las pp. 53 ss.
6 Crf. J. Brooks, When Russia Learned to Read. Literacy and Popular Literature, 1861-1917, Emerson
7 M.Geller - A.Nekrich, op. cit.
8 J. Brooks, op. cit.
9 J. Daniélou, Introduction a M. Lot-Borodine, La déification de l’homme, Cerf, París 1970.
10 Publicada en San Petersburgo en 1909, con el título Loguicheskie issledovaniia, con una introducción de S. Frank (pp. V-VII).
11 R.M. Rilke, Briefe, II, 1914-1926, Insel, Wiesbanden 1950.
1907
más de 3.000 víctimas de atentados terroristas
El 20%
de los terroristas socialistas revolucionarios tiene entre 15 y 19 años
1878
atentado contra el gobernador de San Petersburgo
1881
asesinato del zar Alejando II
1905-1907
4.500 víctimas, entre funcionarios, oficiales y ministros; 2.180 víctimas ciudadanas
1906
atentado contra el primer ministro Stolypin, asesinado después en 1911
Foto: Residencia de Stolypin después de la explosión, 12 de agosto de 1906
Querida mamá, te odio
En la primavera de 1906, en Ekaterinoslav, Leybish Rapoport, un joven de dieciséis años, se siente ofendido por su madre que, «con su comportamiento provocativo» ha tratado mal a una amiga suya. Por esa razón, roba dinero a sus padres, se escapa de casa, piensa en suicidarse y finalmente, decide hacerse revolucionario y le escribe a su madre esta carta:
«¡Mamaíta! [...] sepa que ahora soy miembro de una organización de lucha de revolucionarios terroristas y, por orden del Comité, tengo que irme a ejecutar algunos atentados en otras ciudades de Rusia. Pero sepa también que no me habría importado quedarme aquí para pegar un tiro en la frente a un pájaro como usted. Hablaré de usted al Comité y estoy totalmente seguro de que mis camaradas no ahorrarán municiones para acabar con su vida».
En 1909, el joven Leybish es arrestado y, dispuesto a hacer sentir a su madre culpable de su muerte, se declara autor de un homicidio que no ha cometido. Es condenado a doce años de cárcel, pero lo excarcelan después de tres años, gracias a los esfuerzos de su propia madre y a una potente campaña social que se aplica a fondo para demostrar su inocencia.
A. Geifman, Tú matarás: terrorismo revolucionario en Rusia, 1894-1917
La real y, mirándolo con perspectiva, trágica debilidad de la sociedad rusa no depende, como hemos visto, de ningún problema económico. Tiene su origen a otro nivel, político y, al mismo tiempo, eclesial, en el orden de las instituciones principales del país —el zarismo y la Iglesia Ortodoxa— donde se hace evidente el vacío de autoridad y la falta de consenso.
La incapacidad del zarismo de dialogar con las instancias de liberación y progreso social, que empiezan a tomar forma en los ambientes culturales rusos ya desde mediados del siglo XIX, abre un profundo foso entre el Gobierno y las clases cultas, que termina por favorecer el nacimiento de movimientos y grupos de oposición —populistas, socialistas, anarquistas— que, con su idealismo social, captan la simpatía de los jóvenes. Los ambientes universitarios (y, a menudo, también los seminarios)[1] están totalmente ideologizados y, con el paso del tiempo y la persistente represión, se radicalizan, hasta que dentro de los movimientos surgen los primeros grupos terroristas. Se pasa así de los primeros círculos estudiantiles clandestinos de los años 60, a los grupos revolucionarios que contemplan, entre sus líneas de acción, los ataques terroristas a personas determinadas. Tal es, por ejemplo, el caso del grupo «Tierra y libertad» (Zemlia y volia), desde 1876. Los grupos existentes empiezan a escindirse, dando lugar al nacimiento de grupos cada vez más radicales, como «Voluntad del pueblo» (Narodnaya volia), en 1879, que se harán tristemente famosos por sus acciones terroristas a gran escala.
Desde mediados de los años 60 del siglo XIX, el sistema judicial ruso, y con él, todo el país, tiene que hacer frente a un terrorismo político que se difunde hasta desembocar en una verdadera guerra, haciendo crecer el hábito de recurrir a la violencia para resolver los problemas. En 1881 es asesinado el mismo emperador, Alejando II, como más tarde lo serán también otros miembros de la casa imperial y numerosos ministros. Pero, lo que hasta finales del siglo XIX parecía ya un fenómeno terrible y sin precedentes, pronto será superado por un radical cambio cualitativo. En 1905, el cuñado del zar, el gran duque Alexandr Mijailovich, recuerda que «habían sido asesinados tantos gobernadores, que el hecho de ser nominado a ese cargo equivalía a una condena a muerte».
Pueden dividirse en dos los periodos del terrorismo ruso: el primer periodo abarcaría desde su nacimiento hasta el 1900, con un balance de un centenar de muertos en 35 años, en atentados siempre personales (como el asesinato del emperador); el segundo periodo abarcaría los años 1900-1917, y refleja una multiplicación en el número de víctimas, así como un cambio cualitativo en el modus operandi, tratándose, por lo general, de masacres colectivas que suman 11.000 muertos.
El atentado contra el zar Alejandro II, en una publicación de la época
Por lo tanto, lo que distingue a Rusia de los demás países europeos es la presencia de una oposición política armada que, en el arco de pocos años, produce miles de víctimas. El vértice se alcanzará entre los años 1905-1907, con casi unas 4.500 víctimas mortales entre funcionarios, oficiales y ministros, a las que hay que añadir otras 2.180 entre los ciudadanos civiles[2]. Por hacer una comparación, en 1980, año en el que se registra la mayor actividad terrorista en España, los muertos por atentados de distintos grupos terroristas fueron 133; en Rusia, solo en el año 1907, las víctimas son más de 3.000[3]. Aparecen incluso grupos terroristas que se autodefinen como «terroristas sin motivos» (bezmotivnie terroristi) y que golpean como y cuando tienen ocasión, sin planes ni objetivos prefijados, basta llevar «un par de guantes blancos» para ser un objetivo. Y muchos de los terroristas son jóvenes o jovencísimos: se calcula que más del 20% de los terroristas del partido Socialista revolucionario tenía una edad comprendida entre los quince y los diecinueve años. Como diría el gran poeta Alexandr Blok, allí donde faltaba una motivación adecuada para vivir, parecía que no hubiera otra salida que la revolución y la violencia. En cierto sentido, Lenin tenía razón cuando decía que «los heroicos métodos terroristas de lucha han contribuido a la sistemática educación revolucionaria del pueblo ruso».
El trágico terrorismo de los años 2000 no parece haber supuesto una novedad cualitativa: ya entonces se planeaba destruir el Palacio de Invierno con un ataque aéreo y, sobre todo, se habían convertido en una práctica habitual los ataques suicidas. El 14 de octubre de 1907, una joven de veintiún años, Evstoliya Rogozinnikova, entró en el edificio de la dirección carcelaria de san Petersburgo con cinco kilos de explosivo encima, solo consiguió matar a golpe de pistola al general comandante, porque no tuvo tiempo de hacerse explotar (tres días después sería condenada a muerte, y moriría, como dicen los testimonios, con una sonrisa en los labios). La operación se culminó, al menos en parte, el 12 de agosto de 1906, cuando tres revolucionarios penetraron con una carroza, al grito de «¡Viva la libertad! ¡Viva la anarquía!», en la residencia del primer ministro Stolypin, en San Petersburgo, y se hicieron saltar por los aires con no menos de 250 kilos de explosivos. El atentado fracasó, en cuanto a su objetivo principal, ya que el ministro salió indemne, pero además de los tres terroristas que quedaron literalmente destrozados, murieron veintisiete civiles y hubo más de treinta heridos (entre ellos dos hijos del primer ministro, de cuatro y catorce años).
En total, entre los muertos y los heridos, las víctimas del terrorismo en Rusia entre el 1870 y el 1917, son unas 20.000, a lo que el Estado responde con 1.247[4] condenas a muerte ejecutadas hasta 1905, más otras 2.500 entre 1905 y 1911, es decir, en los peores años del terrorismo y de las leyes especiales decretadas por primer ministro Stolypin.
Aun tratando de responder con la represión, el régimen zarista se revela absolutamente desarmado ante la «moral revolucionaria» e incapaz de contrarrestar el terrorismo en el terreno de las ideas. A la intransigencia de algunos cuerpos del Estado (como el primer ministro Stolypin, que será asesinado finalmente en otro atentado en 1911) se contrapone la absoluta relajación de otros, por ejemplo, los jueces, que a menudo simpatizan abiertamente con los terroristas, como demuestra el caso de Vera Zasulich. Esta joven terrorista disparó, en 1878, al gobernador de San Petersburgo, que había hecho fustigar ilegalmente a un terrorista que había sido arrestado. Durante el proceso fue absuelta por los jueces, a pesar de que la ley preveía una pena de quince a veinte años de prisión en estos casos. El juez Koni, presidente del tribunal, se declaró totalmente de acuerdo y Zasulich fue aclamada como una heroína por la opinión pública y la prensa.
Majestad, si usted supiese...
Otro símbolo del nihilismo del momento es el atentado mortal a Stolypin, obra de Dimitri Bogrov, anarquista y, al mismo tiempo, informador de la policía. Este joven terrorista, según las palabras de su hermano Vladimir, no hacía de informador por dinero o por una cuestión de revisionismo ideológico, sino para demostrar la inconsistencia del sistema policial represivo, y de este modo, desacreditar el orden establecido.
Este es el nivel de contradicción de la sociedad rusa entre finales del siglo XIX y principios del XX. En la práctica se está produciendo una guerra civil a la que el Estado trata de hacer frente con la represión como único instrumento, mientras que se muestra derrotado sobre el plano ideal y cultural.
Una de las principales razones de la intrínseca debilidad ante el aumento del terrorismo, reside en el instituto de la monarquía autocrática, tal y como se ha ido consolidando en los siglos, partiendo del modelo bizantino de la «sintonía» entre Estado e Iglesia.
El zarismo cultiva un ideal paternalista que querría mantener fijo e inmutable en el tiempo y según el cual, el pueblo es un eterno niño al que hay que tutelar, pero no hacer crecer.
Las corrientes de pensamiento que se desarrollan desde mediados de 1800, en una sociedad que toma conciencia de sus propios recursos, son vistas por el poder como una amenaza a la unidad ideal y al orden establecido y de aquí, la ausencia de diálogo que dejará terribles huellas en la historia del país. A principios de 1900, a medida que se multiplican en Rusia las revueltas campesinas y las huelgas, el gobierno monárquico se vuelve cada vez más rígido, pero son los atentados lo que termina por empujar a la monarquía a tomar el camino de la represión.
Es el pueblo el que está enfermo
Como veremos[5], el pulso mantenido entre una sociedad en crecimiento y un gobierno a la defensiva, se puede ver reflejado en la atormentada historia de la Duma (el parlamento concedido después de la revolución de 1905) cuatro veces elegida y siempre refutada por el zar, lo que constituye la prueba clara de la falta de diálogo político.
Pero el duelo entre el zar y la Duma nace de algo que tiene razones más profundas de las simplemente políticas, nace del hecho de que el absolutismo retiene poderse regir por sí mismo, con el único soporte de la devoción del pueblo sencillo. En realidad, este vínculo, históricamente real y profundo, se había malogrado desde hacía tiempo porque, como escribe Berdiaev, todos lo habían traicionado, todo el pueblo, tanto los intelectuales como los hombres más sencillos. El vínculo afectivo y espiritual se rompe justo en vísperas de la Revolución.
Ahorcamiento de los terroristas en 1881, en una publicación de la época
Un organismo corrupto
El pueblo está enfermo. Pero la enfermedad que mina el país no afecta solo al pueblo, sino también al zarismo, porque en la Rusia de finales del siglo XIX se habían malogrado tanto la idea de la monarquía como gobierno cristiano, como la imagen del zar como un «padre bueno». La idea del rey cristiano se frustra simbólicamente en 1881, cuando son condenados a muerte los terroristas que habían atentado contra Alejando II. Dos de los mejores intelectuales de la época, Vladimir Soloviov y Lev Tolstoi, pidieron la gracia para los asesinos, no porque su delito no fuera grave, sino porque el emperador cristiano pudiera reafirmar la fuerza de la misericordia, como lo había hecho el santo príncipe Vladimir tras su conversión, cuando renunció a la pena de muerte por ser esta inconcebible para un rey cristiano. El zar Alejando III, sin embargo, no cedió, pero una represión que utiliza constantemente la pena de muerte, hace vana cualquier referencia a la tradición cristiana. Hablar aún de la grandeza de esta tradición, cuando ya no queda nada del amor cristiano que había generado el comportamiento del santo príncipe Vladimir, es más un conjuro para evitar su decadencia que la esperanza en la «aurora de una joven nación». «Cuanto más se afirma una existencia vacía, más claramente se ve todo lo vacía que está», diría a propósito de esto Soloviov, unos treinta años antes de la Revolución.
Nicolás II, último zar
RasputÍn, el genio malvado
El debilitamiento de la imagen del «padre bueno» se da, sin embargo, en 1905, cuando la piedad personal del zar no es suficiente para impedir que tenga lugar la tragedia del Domingo sangriento[6]
