Sagitaria A - J. A. Muñoz - E-Book

Sagitaria A E-Book

J. A. Muñoz

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Beschreibung

Edo vive solo y alejado de la civilización cuando recibe la terrible noticia de la muerte de su única hija, de modo que decide volver a la metrópoli para tratar de averiguar lo que realmente ha pasado. A su regreso se verá obligado a lidiar con mentiras, remordimientos, intrigas y manipulaciones, sumido en un mundo futurista y distópico que se ha retorcido aún más si cabe desde que dos décadas atrás, hastiado por el asfixiante estilo de vida socialmente implantado por el estado, tomó la drástica decisión de distanciarse de todo y de todos. Ahora ya sólo le importa la verdad, sin medias tintas.

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Seitenzahl: 508

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© J.A. Muñoz

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-987-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Quisiera agradecer a Núria Domènech, Gerard Palazón, Antonia Lima y a Dolors Agustí por su mecenazgo y apoyo incondicional.

También reconocer el inestimable asesoramiento temático de Joan Riba Pellisé, experto en micología.

Y, para terminar, dar las gracias a mi mujer, Sarai, por estar siempre ahí ofreciendo incondicionalmente su excelsa ayuda.

.

Para mis hijos, Annaïs y Nolan, por hacerme entender que las cosas pueden ser tan fáciles como uno sea capaz de imaginarlas.

.

«Ninguna cantidad de evidencia logrará convencer a un idiota»

Mark Twain

Z

Anochece.

Nunca ha dejado de sobrecogerme la implacable forma en que oscurece en el bosque.

Reconozco que cuando llegué aquí hace ya casi dos décadas, incluso me daba cierto pánico que me pillara la noche por ahí, lejos de la Guarida. Así que siempre recogía los bártulos un buen rato antes de la caída del sol y regresaba tranquilamente al refugio. No era tanto por temor a desorientarme en la vuelta sino por un irracional miedo a la noche en sí.

Quizá solo fuese un recelo, algo absurdo heredado de mi vida metropolitana. Pero la verdad es que en este lugar jamás ha dejado de sobrecogerme ese preciso instante en que el sol se esconde tras la frondosa arboleda y la noche cae sobre todo implacablemente.

Aunque a día de hoy, ya hice callo, no me queda otra. Ahora suelo regresar cuando me place ignorando todas esas ilógicas alertas cerebrales.

—¿Qué hora es?

No puedo creer que esté preguntándome esto. Y además en voz alta. Ni siquiera puedo recordar los años que hace que no me hacía esta pregunta…

Sin falta, mañana mismo iré al Centro de Aprovisionamiento, hace meses que no me acerco por allí. Tengo que registrar algunas cosas que he ido posponiendo y de paso hablaré un rato con mi viejo amigo Noel, que es el gerente. Fijo que me sentará bien tratar con alguien…

Hablar en voz alta no es algo muy típico de mí y es un claro indicativo de que es un buen momento para pegarme un viajecito de ocho kilómetros de ascenso, en el mejor de los casos. Si finalmente la lluvia no hace acto de presencia, no abandonaré el sendero del reguero seco, que serpentea por el este.

Aquí casi todo me llega vía Automáticos, siempre aéreamente, ya que la mayoría de entregas terrestres son exclusivas de las metrópolis. También mis envíos de material los mando del mismo modo. O sea que casi todas mis visitas en persona al centro son por temas estrictamente burocráticos, o por puro capricho de romper la rutina de una vida solitaria en el bosque.

Antes de salir de ruta, debería pasar por la plantación de Libras. Debo regar. Hace semanas que no llueve y por lo menos una vez al mes deben hidratarse bien para poder florecer adecuadamente. De momento la canalización de riego que reparé hace unos meses está aguantando perfectamente.

Esta es mi única fuente de ingresos. Mis tickets duraron mucho menos de lo que imaginé cuando decidí irme de la ciudad para instalarme a este lado de la Frontera para vivir con los Emancipados. Fue Noel quien me sugirió la idea de dedicarme a las Libras.

La verdad es que fue una propuesta muy acertada y aunque costó lo suyo ponerlo todo en marcha, gracias a mi plantación, a día de hoy no me hace falta nada de nada.

De hecho, si regresara a la civilización con mis tickets actuales pasaría de saque a pertenecer a la casta de los Elitistas. Pero antes muerto que regresar a la metrópoli, a la reglamentación estatal, al control absoluto acérrimo, a dejar de ser dueño de cada uno de mis minutos, a no poseer absolutamente nada propio, al dispositivo palmar, al tedio de la monotonía diaria, etc.

Llegó un punto en el que todo ese tipo de cosas se me hicieron imposibles de tragar y no pude seguir allí a pesar de mi cómoda situación sociocultural, de mi casta y de mi apacible situación económica.

Incluso pesaron más que mi matrimonio y aunque suene mal decirlo, también de la compañía diaria de mi hija de siete años. Tuve que dejar atrás a ambas después de comprobar que era inútil seguir tratando de convencer a mi mujer para largarnos juntos.

Visto ahora, con la certera perspectiva que solo el paso del tiempo puede ofrecerte, he de confesar que mi llegada al bosque fue una locura en todos sus estratos.

Mi salida de la civilización fue un proceso largo y tortuoso. Debo reconocerlo. Lo primero que inició este serpenteante recorrido fue el hecho repentino de perder mi trabajo en la Central.

Vivíamos en una de las últimas colonias de factorías que quedaban en el mundo. Antiguamente había sido un pueblo fructífero de los millones que había repartidos por toda la geografía, hasta que prohibieron residir fuera de las colosales metrópolis, salvo casos muy excepcionales. Y trabajar en la vieja Central nuclear entraba dentro de esos parámetros admitidos.

En las metrópolis solo trabajaban algunas castas y en trabajos muy específicos. Estaba terminalmente prohibido dejar el trabajo asignado voluntariamente. Aunque hay un sinfín de reducciones horarias posibles y compensaciones comunitarias que podían hacerlo desaparecer casi por completo de tu dietario. En verdad, solo una minoría de ciudadanos trabajaban.

En mi caso, los Meridianos, estábamos autorizados a trabajar en el sector de la seguridad y en toda la amplia gama que lo engloba. Los Autómatas todavía no habían acaparado completamente esa parte del tejido empresarial, simplemente por meros motivos económicos.

Por todo ello, mi familia estaba autorizada a vivir en la colonia, ya que yo trabajaba como técnico contra incendios en la vieja Central, que había sido clausurada y descontaminada hacía décadas.

Fue de las últimas de este hemisferio. Tras la gran transformación posterior a La Definitiva, como se la conoce en los libros de historia, a la que sería para mis bisabuelos entendida como la Cuarta Guerra Mundial. La Tercera, se limitó al mundo virtual, millones de ataques y contraataques, pero todo cibernético, no se disparó ni un solo tiro, aunque igualmente hubo millones de muertos y heridos derivados de aquellas tácticas despiadadas que barrieron los todavía presentes miles de estados mundiales.

Pero fue La Definitiva, la que trajo la guerra propiamente entendida y la que aportó la categórica transformación del mundo, tanto en su reestructuración estatal, fronteriza, económica, social, ecológica, energética, humanística y otras docenas de temas capitales para el planeta entero. De ahí el nombre.

Justo al lado de la Central nuclear desmantelada, se había instalado la planta de Fusión Media y también la de procesamiento de Helio3. En ellas, durante los primeros años después de instalarnos, todavía trabajaban personas. Aunque no tardaron en mandarlos a casi todos para Metrópoli Delta, la metrópoli más cercana.

Esto sucedió después de que los Autómatas se hiciesen con el noventa y ocho por ciento del empleo, exclusivamente dedicado a la manufactura y producción industrial. Momento tras el cual, a duras penas quedaron allí una veintena de familias viviendo en la Colonia dependientes directamente de esas plantas activas.

Por otro lado, en la vieja central nuclear, trabajaban una cincuentena de familias, entre las que se incluía la mía. Todos los que trabajábamos allí, nos dedicábamos exclusivamente a los departamentos de prevención contra incendios, supervisión eléctrica, control ecológico o al de instalaciones mecánicas.

Después de su desmantelamiento, aquellas instalaciones habían pasado a ser un enorme cementerio de residuos industriales de toda índole. Dichas instalaciones también disponían de un almacén especial para todo tipo de piezas y unidades que todavía fueran activas radiactivamente. Protocolariamente se debía controlar su correcto almacenamiento.

De modo que vivíamos allí y la vida era saludable, tranquila y apacible. Era un pueblo fantástico y muy bonito franqueado por un caudaloso río, el cual hacía de límite natural visitable. No podías cruzar el cauce, ya que como en el resto de colonias estaba prohibido abandonar las zonas urbanizadas del pueblo e ir más allá de cualquier área no asfaltada.

Vivir allí era lo más parecido a cómo vivieron mis bisabuelos y me recordaba mucho a las historias que siempre había escuchado de crío en las eternas sobremesas de mi familia.

Mi mujer echaba de menos la metrópoli y siempre estaba dando la vara para solicitar el traslado allí. Yo por el contrario me sentía el tío más afortunado del mundo y no solo por tener un trabajo ciertamente bueno, sino por poder seguir lejos del esclavismo mal disimulado que pringaba todos los aspectos de vivir en cualquier metrópoli.

La mayoría de las casas del pueblo no ocupadas estaban en muy mal estado de conservación. En las que vivía gente, las reformas eran gratuitas por parte del Estado y solo había que rellenar una treintena de formularios para conseguirlas. Raramente eran denegadas estas licencias.

Vivíamos a escasos diez kilómetros de la Frontera. Desde mi azotea se podían ver las luces brillar durante la noche a lo lejos, tras una loma verdosa con la que siempre fantaseaba poder visitar algún día.

Jamás me concedieron ni un permiso para salir del área asfaltada y eso que inventé un montón de excusas para que me autorizaran una salida. Incluso solicité un par de veces una visita guiada a la Frontera con mi hija, por motivos educativos. Todos fueron denegados en menos de veinticuatro horas.

Sin embargo, ella sí pudo ir con la escuela en unas pequeñas colonias programadas cuando cumplió los cuatro años. La escuela es la forma más fácil de venderles cualquier cosa por más infumable que a una minoría nos parezca todo.

Pues toda esa bonita forma de vida semirrural que duró los primeros ocho años de mi matrimonio, se vino abajo con el incendio. Han pasado muchos años desde entonces y cada vez tengo más claro que fue provocado, ya que jamás se nos dejó realizar inspección alguna.

La orden vino rápida y sin medias tintas. De repente teníamos tres días para abandonar el pueblo. Nadie, ni siquiera los trabajadores de las plantas activas, podían continuar viviendo en la Colonia. A todas las unidades familiares desplazadas se le asignaría un apartamento acorde al número de personas en Metrópoli Delta y una reasignación de trabajo o la exención, según cada caso en particular.

Los pocos que continuaron asignados a las plantas energéticas deberían desplazarse desde la metrópoli hasta su puesto de trabajo, con la mareante, pero híper veloz Cápsula Flotante.

El fuego se declaró a tan solo dos kilómetros del pueblo y aunque el sistema de extinción urbano instalado estaba más que preparado para extinguirlo, en tan solo unas horas, algo hizo que fallara y que llegara a afectar algunas de las casas habitadas más próximas a la zona no asfaltada.

Recuerdo que estaba de turno cuando se nos notificó. La palma de mi mano de repente empezó a iluminarse de color violeta, conocido coloquialmente como Luz violeta, que era el distintivo de aviso grave de respuesta inmediata.

No contestar a un aviso de aquella índole podía suponer una penalización económica o incluso ser arrestado por obviar un aviso con distintivo violeta.

Salí a toda prisa del almacén de herramientas contaminadas y me dirigí al Edificio de Control dando grandes zancadas.

Aquí se acabó todo lo que bajo mi punto de vista puede definirse como vida en la civilización, pues lo que vino después fue una letal agonía que tragué a sorbitos.

Además, dejar la Colonia fue a todas luces el principio del fin de mi matrimonio.

Y

Nada más llegar a Metrópoli Delta me prohibieron trabajar y me tramitaron La Global, que era una asignación económica propia de mi casta. Aquello me dejaba fuera del mercado laboral indefinidamente, pero nos alcanzaba para vivir tranquilamente con mucho tiempo disponible para dedicarlo a mis obligaciones civiles que cada vez eran más y más y más.

En una de esas actividades horripilantes conocí a Nacho, el cual se convertiría en muy poco tiempo en mi mejor amigo y a la postre en mi pasaporte para abandonar definitivamente la metrópoli unos años después.

Nacho era biólogo marino y trabajaba en un moderno laboratorio de esos con acceso megarrestringido, en el que debías firmar con tu dispositivo palmar mil documentos de confidencialidad cada vez que vas al baño.

Mi hija Zoe crecía rápido y vivía ajena a la tortura psicológica en la que estaba enfrascado su padre. Asistía a diario a sus clases de Formación Urbana, allí era donde te iniciabas antes de acceder al SPEO, Sistema Público de Educación Ordinaria.

Por otro lado, mi mujer también tenía una asignación Global, pero ella a diferencia de mí, estaba encantada con todo y se pasaba todo el tiempo posible solicitando actividades civiles más allá de las reglamentadas. De modo que pasaba casi todo su tiempo fuera de casa, ya que las actividades no obligatorias siempre duraban un mínimo de cinco horas.

En mi caso, por ejemplo, acudía a la actividad reglamentada diaria, me pegaba tres horas de falso voluntariado y luego tenía el resto del día para dedicarlo a la familia o a mis aficiones autorizadas.

Nacho estaba organizando un evento de conferencias para colegas de otros territorios en su laboratorio, así que le concedieron varias horas de actividades civiles a su disposición.

A las dos primeras fui tres horas en el turno de tarde. Recuerdo perfectamente cómo le di sin querer con el culo, mientras arrastraba de espaladas un par de sillas, a un extraño artilugio electrónico que alguien había dejado por el medio y se cayó de la diminuta mesa con ruedas en la que estaba colocado. Se hizo añicos y se armó un buen alboroto.

Salió gente de todas partes para vocearme y abroncarme. No tardé en empezar a encararme con el que tenía más cerca. Por entonces ya estaba tan quemado de mi vida en la metrópoli que me importaba todo bien poco. Si Nacho no hubiese salido de una de aquellas puertas, me hubiese cargado de una patada en la cabeza al tiparraco que me estaba gritando enloquecido y casi sacando espumarajos por la boca.

Nacho me llevó a tirones hacia una de las salas contiguas y trató de calmarme hablándome de cosas insulsas. Primero pensé que tan solo quería curiosear con uno de mi casta, vamos con el populacho. Los Meridianos teníamos fama de gente bregada que había pasado por un sinfín de variopintos trabajos y vidas poco sencillas.

Él era Elitista gracias a su condición académica, la cual le aportaba directamente esa excelente posición social, pero como contrapartida, también le otorgaba esa visión cerciorada de la realidad que le rodeaba.

Así que le vi con ganas de pegar un profundo vistazo a su alrededor, aprovechando la situación tensa que se había producido. Sé que fue una intervención espontánea de buen tipo que quiso evitar que alguien como yo tuviese problemas serios. Pero siempre he sospechado que, en el fondo de su psique de investigador científico, habitaba la curiosidad de conocer algo más allá de lo que se le había permitido conocer por la vía reglamentada.

Al día siguiente cuando llegué al laboratorio para cumplir con mis obligaciones de voluntariado impuesto, me hicieron ir directamente a su despacho. Allí me sonsacó varias cositas sobre mí y mi vida. Pero la que hizo que iniciáramos una buena y continuada relación creo que fue mi pasión entregada por la Historia.

Jamás me gradué y solo estuve tres años en el CES, Centro de Estudios Superiores. El sistema entero está viciado, pero si en algún punto estos retorcidos estrangulamientos del pensamiento se manifiestan descaradamente, es sin lugar a dudas, en los contenidos de la carrera de Historia. Simplemente no tuve estómago para seguir lidiando con todas aquellas patrañas que fácilmente para los que siempre nos había interesado la materia eran todo un desvergonzado retorcimiento de la verdad y los hechos.

Se podría decir que continué mis estudios por libre. Así que, digamos que soy un autodidacta. Mi ímpetu por esta materia quedó intacto a pesar los procesos retorcidos del Estado. Toda esa desfachatez inventora sobre hechos fácilmente comprobables, no consiguió quitarme mis ganas por seguir aprendiendo Historia y siempre, incluso durante mis años de currela, invertí todo el tiempo no asignado del que disponía a seguir curtiéndome y documentándome por libre.

Desde niño he conservado ese interés desbocado por la Historia. Y ya con la perspectiva que me dan los años, diría incluso que, verdad e Historia deberían ser lo mismo.

Gracias a Nacho tres años después conseguí el popularmente conocido como Permiso de Acompañante, que en realidad era un 320 HF, formulario estándar, el cual te autorizaba a salir de la civilización y cruzar la Frontera.

No fue nada fácil y hubo miles de horas previas de cálculos y preparativos secretos una vez que Lena me dejó clarísimo que prefería divorciarse que ser una Emancipada.

Con Lena, mi mujer por aquel entonces, lo intenté de todos modos. Incluso le propuse una situación intermedia que no era ni la insufrible vida que llevaba en Metrópoli Delta, ni la pura libertad que disfrutaban los Emancipados.

A esos miembros, de ese estrato libre e intermedio del sistema de castas, se les llamaba los Acogidos, que no eran otra cosa que los herederos de los que una vez fueron unos simples refugiados climáticos, los cuales vivían fuera de la Frontera, sin ciudadanía, pero tutelados completamente por el Estado.

Hace décadas, cuando ocurrieron los primeros y épicos desastres naturales, se empezaron a levantar enormes e interminables muros electromagnéticos por todos lados y muchas de esas comunidades quedaron instaladas fuera de las metrópolis. Aunque disponían de todo tipo de asistencia estatal. Vamos, que no tenían autonomía alguna, pero vivían en comunidades externas, cuya forma de vida y organización interna se parecían mucho más a las de las sociedades de preguerras.

Pero no hay que olvidar que estos lugares pertenecían en todos los aspectos a las metrópolis que quedasen más próximas a dichos asentamientos. Así que aquel estilo de vida se balanceaba en una zona intermedia. No era la vida libre a la que yo aspiraba, pero tampoco la asfixiante vida en la civilización que me estaba matando por dentro cada día un poco más.

Pero Lena no quiso ni siquiera debatir el tema en profundidad.

En la civilización no está permitido tener propiedades salvo un centenar de excepciones muy pero que muy controladas estatalmente. Se pueden resumir en dos grandes bloques: los pertenecientes a la categoría de bienes sentimentales y los denominados de fuerza mayor.

Por ejemplo, las joyas familiares se englobarían dentro del primer grupo exento y las herramientas o instrumentales propios, derivados de actividades laborales, pertenecerían al segundo grupo de bienes autorizados a poseer como propios.

El Estado te proporcionaba cualquier bien que pudieras necesitar categorizado como fuerza mayor, que no son otra cosa que bienes básicos o imprescindibles, bajo la subcategoría de rotativo o permanente, dependiendo del bien en cuestión.

Todo lo demás podías rentarlo por tu cuenta siempre a plazos, cantidades y condiciones completamente reguladas, supervisadas y asignadas exclusivamente por ellos…

Parecido, aunque un pelín más complejo, funcionaba el sistema orientado al control del sector servicios.

Esa fue la primera normativa que me salté, nada más decidirme a tirar para adelante con mi sueño de largarme de allí. Me alquilé un dosímetro mineral por un valor de cuarenta tickets mensuales durante diecisiete años.

Toda la operación fue validada sin más. Lo hice a través de una organización poco conocida y dedicada al renting en la cual, si tenías los suficientes contactos oscuros, podrías comprar algunas cosas fuera del control estatal.

Aunque siempre sospeché que simplemente era el propio Estado quien ponía todo aquello en marcha para adueñarse también del reducido espacio residual que ocupaba el mercado negro, siempre imprescindible en cualquier organización social que pretenda prosperar.

Así fue como me hice con las escrituras de propiedad de un modesto terreno con una diminuta caseta de herramientas agrícolas al otro lado de la Frontera. Por cierto, jamás recibí aquel barato dosímetro mineral, en su lugar solo llegó la documentación de la propiedad.

Aquel sería mi refugio durante mi estancia en el bosque y estaba situado treinta kilómetros al norte de la colonia donde residí mientras trabajé en la Central.

El segundo paso, fue buscar la excusa para salir de manera legal de la metrópoli. Esto mucho más dificultoso, corrió por cuenta y riesgo de Nacho y tras muchas ideas especulativas al respecto, finalmente se fue concretando hasta que se materializó como un 927 IM, o sea, una autorización para investigación marina avanzada.

Durante todo este tiempo noté la tensión y la implicación motivada de Nacho, el cual no paró de alucinar con toda aquella loca idea de largarme para siempre de la metrópoli y convertirme en un Emancipado.

Mis preparativos familiares fueron complejos, ya que por un lado debía dejar las cosas bien con Lena para que me permitiera mantener alguna clase de contacto con Zoe, mi hija de siete años, a la que dejaría atrás para evitar enloquecer con toda aquella vida urbanita que me estaba asfixiando por capítulos.

También debía vigilar que Lena no tuviese muy claro ni cuándo ni cómo iba a llevar a cabo mi plan, para evitar chivatazos o alguna medida traicionera por su parte para hacerme daño.

Fueron meses de mucha tensión entre nosotros y medias tintas por todos lados. Pero, tengo que admitir que, a la hora de la verdad, me lo puso todo muy planito, primero para facilitar mi divorcio, en unas condiciones ventajosas para mí, y segundo siendo discreta con mis intenciones de cruzar la Frontera.

Afortunadamente acordamos que los dos pelearíamos para conseguir un régimen de visitas que me permitiese, de una forma u otra, seguir ejerciendo de padre.

Pero con Zoe, lamentablemente la cosa se torció a última hora ya que no pude despedirme de ella ni explicarle personalmente la nueva situación con la que se iba a encontrar.

No pude y me hubiese gustado, teniendo en cuenta su edad, intentar por lo menos hacerla participe de mi lógica y motivos por los que la dejaba atrás. Confieso que no poder hacerlo me atormentó durante años.

Las cosas van como van y hubo una serie de problemas con los permisos y no sé qué rollo del ciclo de corrientes marinas que obligaban a realizar los experimentos río arriba, diez días antes de lo previsto inicialmente para mi partida.

Nacho repentinamente me envió un Aviso naranja al dispositivo palmar, que es el equivalente a una emergencia privada de primer nivel. Estos avisos están exentos de sanciones y penalizaciones, pero deben ser atendidos en las siguientes cuatro horas para que te dejen en paz.

Aquel día recuerdo que estaba acabando mi actividad reglamentada en un viejo teatro del centro. Así que puse una excusa sin mucha preocupación por si me creían o no, rellené los formularios de renuncia voluntaria a mis obligaciones civiles para ese día y salí pitando para casa.

Tenía una hora escasa para recoger las cosas de mi pequeño apartamento de divorciado y salir disparado por la puerta para llegar a tiempo al convoy que saldría del laboratorio hacia la Frontera, conmigo o sin mí.

Zoe y Lena nunca estaban a esas horas en su casa. Y ni siquiera me sentí inspirado cuando les escribí a la vieja usanza, papel y lápiz, mi nota de despedida para meterla a toda prisa en su caja de notificaciones físicas.

Por cierto, mi hija conservó ese torpe escrito mío, durante años. Al menos eso me dijo hará unos meses cuando no sé a colación de qué conversación nuestra, salió a relucir este tema sobre mi escrito torpe, penoso y seco con el que me despedí como metropolitano.

Lena se casó de nuevo relativamente rápido y mucho antes de agotarse el plazo legal que establecía por aquella época el Estado.

Con Zoe la cosa no salió tan fácil, ya que me costó tres largos años después de mi marcha el conseguir la autorización 720 FE, para su pase especial para familiares de Emancipados.

Desde entonces vino de visita durante un mes entero todos los veranos hasta que los estudios, la vida de metropolitana, su vida social y la edad, supongo, le hicieron tomar la decisión de interrumpir aquellas, para mí, mágicas visitas anuales.

Admito y entiendo que para alguien que no ha escogido este tipo de vida y que está acostumbrado al ritmo de la ciudad, pueda suponer un tostón esas estancias al otro lado de la Frontera. De modo que un año, sin más, de repente empezó a decir que no pensaba venir y así fue. Aunque esta decisión no comportó en ningún caso que dejásemos de mantener contacto.

A partir de entonces nuestra relación fue muy distinta y se fortaleció en otros aspectos debilitándose evidentemente en otros, que hasta entonces había dado por sentado que serían siempre inquebrantables. Pero soy una persona con gran capacidad adaptativa y supe reinventar nuestra relación padre-hija, convirtiéndola en algo distinto y completamente nuevo a lo que otros estilaban.

Fue de aquella precipitada manera, como si de una catarata de sucesos se tratase, como aquella misma noche crucé la Frontera con otros treinta colaboradores y científicos. Todo gracias a Nacho, con el cual, he mantenido el contacto discretamente durante los casi veinte años que llevo ya por aquí.

Por cierto, el pobre tuvo que pagar una buena suma de tickets a modo de sanción, por haberme ayudado. También le repercutió en algunas penalizaciones de carácter académico, de cierta importancia en su trabajo y fue vetado en algunas prometedoras investigaciones del momento. Todo por haber perdido a uno de sus supervisados en aquella salida al otro lado de la Frontera.

Pero Nacho jamás me ha reprochado nada de nada de todo aquello. Y creo que, secretamente, está incluso orgulloso de mi valiente decisión, ya que me ha confesado en alguna que otra de nuestras conversaciones a distancia, que siempre ha presumido en sus eventos sociales de conocer personalmente a un Emancipado.

Antes de ir a mi caseta y nada más llevé a cabo el plan para abandonar la expedición sigilosamente y desaparecer en el bosque, fui directo al CA, Centro de Aprovisionamiento y cambié todos mis tickets por lo que ellos llaman créditos.

Los créditos vienen a ser lo mismo que lo que llamaban dinero los antiguos o tickets los metropolitanos, pero la gran diferencia reside en que dependes del CA para hacer de intermediario con la metrópoli de turno.

Lo único que al principio debes tener en cuenta es su valor, ya que equivalen a la mitad de los tickets digitales, y que los créditos también existen físicamente.

De manera que debes borrar el dispositivo palmar de tu ecuación mental cuando realizas un intercambio o una sencilla compra. A mí me costó bastante interiorizar ese sencillo mecanismo y durante meses inconscientemente tenía la manía de estirar el brazo tras realizar una compra para identificar mi dispositivo palmar y eso no solo te ridiculiza con los Emancipados, sino que incluso puede encarecer tus futuras adquisiciones.

En verdad, a ningún metropolitano corriente se le ocurriría anular voluntariamente su dispositivo palmar, por él pasaba todo lo que uno podía necesitar como ciudadano, tickets, salud, meritorios sociales, así como los puntos específicos otorgados por tu casta, entre otros miles de motivos que harían impensable que un ciudadano de bien pensara en renunciar a este dispositivo.

Quizá por eso no fue algo complejo el anular mi dispositivo palmar. Había visto muchos tutoriales al respecto. Sabía que la mayoría de esos sistemas de anulación no eran otra cosa que simples cebos de los largos y sombríos tentáculos del Estado, para descubrir a posibles Reticentes sociales, como les llamaban a los inadaptados al sistema que vivían dentro del propio sistema. Pero allí estaba a salvo, así que fui probando sin prisas un sistema tras otro hasta que lo logré.

Mi cuerpo físico se desconectó de la red general de manera silenciosa. No sé por qué había fantaseado durante meses con la idea de que cuando por fin lo lograra se escucharía un sonido fatídico de desconexión o un pitido de alerta, pero no fue así. Todo fue silencioso.

Tan solo los CA disponen de conexión con la metrópoli. Aquí al otro lado se vive el lema de: sin conexión, solo vida. Y está grabado a fuego en los corazones de los habitantes que viven fuera de las metrópolis.

Solo tras la anulación del dispositivo palmar, pasé a ser anónimo, libre, ilocalizable y sin acceso a la nanotecnología de salud que hasta entonces me había asegurado una vida larga, medicada y saludablemente idónea.

No fue posible extraerlo completamente de mi cuerpo, ya que seguramente hubiese muerto por las ramificaciones que el mismo había desarrollado por mi sistema nervioso. Pero por lo menos dejó de estar operativo convirtiéndome en un Emancipado, o, mejor dicho, en un Salvaje, tal y como se nos conoce a los que vivimos en este lado de la Frontera.

Sentí una sensación especial y muy emocionante en el preciso instante en el que vi cómo se oscurecía para siempre el dispositivo. Ya era un hombre libre como dicen por aquí, o un hombre vivo, como me gusta sentirlo a mí.

X

Treinta y dos, treinta y seis, treinta y siete.

Es una pasada. Me hechiza mirarlas. Llevo años haciéndolo casi a diario. Vengo aquí y me siento en el viejo banco de travesaños de maderos que me hice para alargar las estancias, ya que el suelo es pedregoso y después de diez minutos ahí sentado me dolía hasta el pelo.

Cincuenta y nueve, cincuenta y cinco, cincuenta y uno… Cuarenta y ocho, cuarenta y tres… Ya empieza…

Siempre me pregunto dónde van con tanta determinación. Suelen coger, casi todas, la misma dirección para irse. Sin embargo, cuando regresan al caer el sol llegan de todas partes.

Es un ritual del que no me canso y me lo paso bien mirándolas con mis destartalados prismáticos.

Tienen unos sencillos colores, pero hay que entrenar bien la vista para advertir el millón de matices que tienen esas gamas de grises y marrones débiles. La mayoría son tórtolas, pero hace unos años empieza a haber cada vez más palomas. Con estas últimas flipo aún más por ese contraste de morados y ocres que van y vienen aumentando y disminuyendo su intensidad, según impacten en ellos la perpendicularidad de la luz.

Se amontonan muy juntitas durante escasos minutos en la antigua torre metálica de alta tensión. La misma que un día acogió gruesos cables de acero y de los cuales solo queda el de una patilla, cortado y deshilachado en el extremo, que balancea levemente a escasos tres metros de las copas de los árboles. En días de mucho viento suele asustarlas cuando ese trozo de grueso cable impacta contra el metal de la estructura. Pero enseguida rectifican su espantada y regresan a la quietud de la torre.

En momentos como ahora cuando el sol empieza a despuntar por la cima de las crestas de las montañas del este, sé bien que salen escalonadamente de la espesa arboleda que se extiende, como una algodonosa alfombra, por todas partes bajo los pies de la torre. Se posan ahí durante un ratito en busca de algo de claridad, socializar, calentarse o para decidir quién será la primera en salir pitando a buscar comida.

Al caer el sol, pasa algo extraño para mí y quizá sea esto lo que más me atrae de observarlas. Trato inútilmente de descifrar sus soniditos escandalosos para entender a qué se debe ese comportamiento social que adoptan.

Desde mi punto de vista, lo normal para mí sería que, después de un largo día buscándose la vida, al llegar hasta allí, se fueran directamente en busca de su merecido descanso en la rama del bosque que más les plazca. Pero incomprensiblemente, ellas, aproximadamente a la misma hora, empiezan a llegar de todas direcciones y a apelotonarse en la torre. Es como un estadio intermedio. Llegan y se posan en la torre quedándose allí un largo rato, hasta que el sol finalmente se esconde del todo. En ese momento, escalonadamente empiezan a ir dejando el bullicio de la vieja torre eléctrica. Una a una se van volando hacia las copas de los árboles, desapareciendo para mí tras esa majestuosa frondosidad.

No sé, quizá para cualquier otro pueda resultar una estupidez, pero a mí me encanta poder ver a las tórtolas hacer ese ritual, sobre todo en época de No-clima como en la que estamos. Siempre que puedo me escapo a verlo.

Tengo otro observatorio situado en el otro extremo del terreno, pero ya fuera de él. En plena arboleda, cavé un buen agujero en el suelo y me lo aislé lo mejor que pude con viejos plásticos y estacas. Luego me monté una pequeña estructura de madera para colocar un tejado corredizo bien camuflado, que a duras penas dejaba un hueco abierto de veinte centímetros alrededor de los trescientos sesenta grados del agujero.

Allí también me paso buenos ratos de mi tiempo libre parapetado con mis prismáticos mirando pájaros. Nunca he cazado allí, es un lugar solo para disfrutar del espectáculo. La variedad y cantidad de pájaros es alucinante. La pega del sitio es que a duras penas me puedo poner de pie y que la movilidad es dificultosa debido a sus dimensiones.

Como soy solo un aficionado, muchas especies desconozco cómo se llaman. A pesar que alguna vez vía Automático me llegó algún libro del tema y conseguí aprender un poco, la verdad es que me aburrieron enseguida. Así que me invento los nombres de las especies. A mí me vale para diferenciarlos y disfrutar de su presencia.

Por hoy ya está bien de relax y tranquilidad. Empezaré a moverme. Me queda una caminata de unas seis horas, en el mejor de los casos, reguero arriba. Si fuera época de Clima me hubiese sido imposible atreverme a hacer esta travesía con la ligereza de mochila que llevo hoy y sin hacer noche durante el trayecto, ya que el reguero seco es peligrosísimo utilizarlo en esa estación. Por el otro camino son catorce horas de caminata continua. O sea que puedo tardar dos buenas jornadas para llegar hasta el CA y solo se me ocurriría hacer algo así en un caso de extrema necesidad y no sin antes hacer decenas de preparativos.

Esto de los preparativos me recuerda cuando llegué aquí. Durante un año entero, una vez la cosa estuvo clara, me empecé a preparar concienzudamente. Solo llegaría aquí con una pila de tickets y unas escrituras de un terreno con una caseta para herramientas. Tendría poco tiempo una vez cruzara la Frontera para anular el dispositivo palmar, cambiar los tickets y tener claro qué cosas iba a necesitar para levantar mi hogar allí, en tierras salvajes, sin red de seguridad.

Cuando después de varios días e intentos para encontrar mi propiedad, recuerdo lo decepcionado que quedé cuando vi el estado real de la caseta. En la foto que vi, pintaba mal, pero, aunque la idea era que sería un refugio temporal, la verdad es que no me sirvió ni para pasar la primera noche.

Le faltaba todo el techo de chapa y solo quedaba un pequeño alerón en la parte frontal que quedaba fuera del recinto interior. Saqué mis cosas y me puse con las manos a arrancar inútilmente la vegetación que emergía vigorosa del centro del pequeño habitáculo. Luego lo intenté con el hacha.

No tardé en descartar la idea. Estaba reventado de la travesía y solo quería apoyar la cabeza en alguna parte y dormir un poco. De modo que me situé lo más encastado posible en el suelo a tocar de lo que un día fue la puerta de acceso y lo más cobijado posible bajo el pequeño alerón. A pesar de los hierbajos que me rodeaban por todas partes con posibles bichejos inmundos adheridos a ellos, me dormí profundamente como un bebé.

Unas horas después me desperté de golpe porque un chorrillo de agua me caía exactamente a la altura del hombro que me quedaba en la parte superior de mi posición fetal. Abrí un ojo, pensé que era pis de algún bicho que hubiera trepado hasta el alerón, pero enseguida lo descarté porque no tardó en apretar la lluvia y a pegarme de lleno, ya que un airecillo la hacía caer en diagonal y empezó a empaparme entero.

Me incorporé, tiré a un lado mi tupido saco encharcado y busqué el calzado palpando alrededor de donde recordaba haberlo dejado. Tras algo de esfuerzo lo encontré y nada más me puse el zapato derecho, noté un picotazo horrible. ¡Algo me había picado! Pensé en serpientes o en alacranes, pero cuando por fin recordé que tenía un potente frontal pegado a la frente con elásticos y lo encendí, vi claramente salir un ciempiés de la bota.

El dolor era terrible. El pie en solo dos minutos se me puso como una cabeza de cochino. Rabiaba y me temblaban las manos del dolor atroz que sentía sumado a un ardor horripilante. Dejé de sentir la punta de los dedos mientras iba inspeccionando la mochila en busca del botiquín.

Lo desmonté casi todo a tirones y tiré todo por el suelo y entre las ramas nudosas que me rodeaban. Finalmente di con el suero para picadas no venenosas, una especie de cóctel de antiinflamatorios y sedantes, que me había costado un ojo de la cara y del cual solo pude conseguir tres viales.

Uno se me cayó y cuando traté de recuperarlo entre unas raíces alborotadas que emergían del suelo junto a mi pie bueno, lo rompí con mis torpes manos al no calcular bien la presión de mis dedos por culpa del dolor abrumador que mi cuerpo estaba experimentando.

Empecé a gritar desesperado, ahora también me había cortado un dedo y sangraba bastante. Mientras la lluvia iba calándome y yo me iba empapando de agua y sangre por todas partes. Como pude, conseguí coger un segundo vial. La sangre del dedo empezaba a cubrirlo todo.

Asombrosamente me fue dificilísimo encontrar el bote de cicatrizante, a pesar que el frasco era bastante grande y se distinguía de cualquier otro por su llamativo color del tapón.

Me unté la punta del dedo con un montón de spray. Del todo innecesario, ya que había leído con anterioridad que, con tres segundos de aplicación, era suficiente para la cicatrización de la mayoría de cortes y heridas no superiores al centímetro.

Casi desde el primer segundo dejé de sangrar. Acto seguido me inyecté de tirón el vial en el lateral del muslo tal y como me habían indicado al comprarlo. La aguja era especialmente resistente y atravesó la ropa sin problemas. Enseguida empecé a dejar de notar la pierna y acto seguido me caí hacia delante y los enrevesados hierbajos me acomodaron amortiguando la caída sin dejarme tocar el suelo.

Dormí bajo la lluvia unas horas. Cuando desperté ya era de día y había dejado de llover. Me dolía el pie a rabiar, busqué en lo que quedaba de botiquín de emergencias algunos analgésicos y me los tomé con un poco de agua.

Vi el dantesco espectáculo a mi alrededor de sangre y pertenencias tiradas por todas partes. La inflamación había bajado sustancialmente, pero me costaba apoyar el pie.

Cojeando me acerqué a un árbol próximo y con el hacha corté una rama de unos diez centímetros de grosor y metro y medio de largo más o menos. La idea era utilizarla para apoyar el pie lo mínimo posible.

Como pude, con muchas dificultades y lentitud, recogí mis cosas, olvidando aquellas que se habían metido muy al fondo entre los hierbajos. Recompuse mi mochila y descarté colgar el saco para secarlo. No llovía, pero el cielo estaba encapotado.

Salí de allí a la pata coja unas tres horas después de despertar. Mi idea era buscar algún páramo por el terreno sin tanta vegetación y poder idear algún tipo de cubierta provisional por si la lluvia volvía a hacer acto de presencia.

Deambulé un buen rato hasta que vi en un margen una zona repelada. Era un saliente de una enorme roca que hacía de límite natural del terreno. Me acerqué a echar un vistazo y allí fue cuando vi, en lo alto, una pequeña gruta. Tendría un metro y medio de profundidad por unos tres de longitud y estaba situada a un par de metros del suelo.

Tenía que hacer algo para llegar hasta allí. Necesitaba un par de días para que los primeros suministros que había comprado en el centro llegasen. Todo lo que tenía previsto que podía necesitar, todo lo que consideré después de instruirme un poco teóricamente al respecto antes de venir, lo había podido comprar con mis créditos sin problemas. Pero me dijeron que tardarían semanas en conseguir tal cantidad y variedad de mercancías. Aquí al otro lado de la Frontera no todo lo soluciona el hecho de tener créditos, hay cosas que no existen, o que no se pueden transportar o que escasean, etc.

Me fui hasta un árbol cercano y empecé a cortar las ramas menos gruesas y menos flexibles que pudieran soportar mi peso. Primero pensé en aprovechar los veinte metros de cuerda estrecha de nylon que llevaba en la mochila para construir una improvisada escalera.

Pero después de rato de esfuerzos se me ocurrió la idea: ¿y si rodeaba la enorme mole de piedra y echaba un vistazo antes de chutarme el último vial? El dolor empeoraba y volvía a parecerme insoportable, a pesar de que la inflamación se mantenía estabilizada.

Lentamente conseguí llegar al otro lado y me di cuenta que por arriba no había posibilidad alguna de acceder a la gruta, pero por el lateral izquierdo, tras unas cuantas horas de desbroce, podría ser posible acceder a la gruta.

Cogí el hacha y sin pensármelo me puse a ello, porque nunca había hecho una escalera y estaba casi seguro de que tras horas de duro trabajo pondría un pie encima y se vendría abajo como un castillo de naipes. Desbrozar era duro, pero no requería ingenio alguno.

Cuando el sol empezó a caer pude acceder finalmente a la gruta. No había ningún animal salvaje en su interior como había sospechado durante el intenso desbroce. Me metí dentro con mis pocas pertenencias. Me puse varias capas de ropa para evitar meterme en el saco que aún estaba mojado y me inyecté el último vial. Me desmayé casi inmediatamente y horas después me desperté para contemplar el fenómeno más alucinante que había presenciado jamás en toda mi vida.

La lluvia había vuelto y las paredes sudaban una pasada, volvía a estar empapado, la gruta se estaba encharcando del agua que transpiraba la roca. Esta vez no me tocaba directamente, llovía torrencialmente pero no soplaba ni una gota de aire.

Y ese fue el principio del fenómeno o al menos lo que me llamó la atención del mismo advirtiéndome que algo no iba como tenía que ir. Sin aire ninguno por alguna cuestión mágica a mis ojos el cielo se destapó en tan solo unos minutos, mostrándome un despejado amanecer mientras el tímido ascenso del sol seguía su habitual ciclo.

Iba a salir de la gruta, pero en la parte derecha con más pendiente, a pesar que las paredes seguían exudando agua, el suelo se mantenía húmedo, pero no encharcado así que me desplacé hasta allí. Busqué algo más de ropa seca, pero apenas encontré un par de camisetas interiores dentro de la mochila y unos calcetines. Me cambié y comí algunas tabletas energéticas mientras el sol iba subiendo cada vez más rápidamente.

Me acurruqué y pude dormir un rato más a pesar de mi deplorable estado. No llevaría ni una hora cuando una luz cegadora me traspasó los párpados y el cerebro haciéndome sentir incómodo dentro del sueño.

Me desperté y traté de entender qué estaba pasando. Cuando alcé la mirada vi lucir un sol ardiente en un cielo azul clarito. Su luz entraba por toda la apertura de la gruta calentando locamente la piedra. Las paredes se habían secado, mi ropa también y solo quedaba un pequeño charquito en el centro de la gruta.

—¿¡Pero qué calor es este!?

Era un calor anormal para la época. Había visto mil veces salir el sol después de una tormenta, pero jamás había visto despejarse un cielo tan rápidamente sin viento alguno, para después despuntar un sol con semejante potencia. Pero eso no fue todo…

Para creerme lo que estaba experimentando tuve que coger mi llavero brújula que tenía un pequeño termómetro en la parte trasera. Cuarenta y siete grados. Llegaba hasta cincuenta. Quince minutos después llegó hasta el tope.

Estaba casi alucinando, pero es que realmente el calor era brutal y húmedo a la vez. Me coloqué en el centro de la gruta y empecé a quitarme capas de ropa y a dejarlas a un lado amontonadas. Todo se había secado rapidísimo. Sudaba como un loco.

Allí no se podía estar, me estaba cociendo literalmente. Se me escurrió sudor del pelo en los ojos y empezaron a escocerme. Sin venir a cuento advertí que estaba apoyando el pie sin más. Parecía que había mejorado mucho, le pegué un rápido vistazo. La hinchazón había remitido.

Con el atolondramiento y con las prisas, tontamente me erguí demasiado y me di un porrazo en la cocorota con la parte superior de la piedra que me hizo repicar los dientes. Empecé a rascarme el pelo como si eso me aliviase un montón. Un tibio hilillo de sangre me corrió por la sien. Lo noté y enseguida supuse que era lo que pensaba. Alguna piedrecilla de la roca me había hecho una pequeña brecha. Pero no sangraba demasiado.

Me dio por comprobar la roca a ver si este calor solo estaba en mi cabeza y el calentón que me pegó en la yema del dedo índice me llegó como un rayo al cerebro. ¡Estaba ardiendo!

Rápidamente empecé a meter todo en la mochila como buenamente pude. Con las botas y en calzoncillos salí de allí intentando no tocar nada. Cuando regresé abajo a mi terreno dejé la mochila a un lado y así, en calzoncillos y con el mapa doblado encajado con la goma, empecé a explorar la zona buscando dónde meterme y de paso intentando localizar los límites de mi propiedad. En teoría hoy tenían que llegarme las primeras provisiones prometidas.

El calor empezó a aflojar ya bien entrada la mañana y hacia el mediodía empezó a encapotarse el cielo, igual que la otra vez, sin corriente de aire alguna. Como si todo aquello saliese de la nada.

Estaba a punto de dar la vuelta ya que la espesa vegetación no me había dejado encontrar ninguna linde, ni marca en el terreno que encajara con el mapa. Estaba sudando todavía, pese a que el cielo estaba ya cubierto de nubes al completo. Y entonces lo vi. De repente estaba en mi brazo. Se confundió con los pelos y pensé que había sido un bichejo volador. Sin apartar la mirada y con el brazo inclinado hacia mí lo vi de nuevo posarse con extremada suavidad. Lo miré y dudé durante unos segundos si estaba viendo lo que estaba viendo.

¿Qué demonios pasaba en este lugar?

¿Cómo era posible que estuviese contemplando caer copos de nieve sobre mi brazo?

Miré al cielo y no tardé en alucinar aún más. Empezaban a caer acompasados y flotantes unos pequeños copos de nieve. Estaba petrificado sin más, allí en calzoncillos, viendo nevar, cuando hacía unas horas un calor selvático me había puesto al límite.

Reemprendí el camino de regreso sumido en una algarabía de pensamientos.

Aparte de las condiciones meteorológicas, aquel era un terreno particular en cuanto a que, había trozos en que la vegetación parecía haberse adueñado de todo. Sin embargo, otras zonas estaban peladas en donde no crecía ni una brizna de hierba.

Sin querer, a lo lejos localicé una marca coincidente con el mapa. Intuí que estaba en el sudoeste del terreno, más o menos a unos dos kilómetros en línea recta de la piedra donde había pasado la noche. En una zona alejada y repelada bajo un enorme nogal, vi lo que quedaba de un viejo murito de piedras y debajo un bancal con unos gigantescos olivos de ramas gruesas. Había dado con los límites de este-oeste. Ya solo me faltaba encontrar los de norte-sur.

De pronto lo noté rozarme entero. Era un viento gélido que en minutos empezó a correr por todas partes agitando la caída de los copos cada vez más grandotes. La temperatura bajó drásticamente en cuestión de minutos. Empecé a temblar y a tiritar de frío mientras caminaba lo más rápido que podía hacia mi ropa. Debía dar un gran rodeo debido a la vegetación circundante. Tardaría un buen rato hasta llegar.

Me juraba una y otra vez que jamás me volvería a desnudar en aquel sitio, mientras intentaba mantener el paso tapándome inútilmente el pecho con ambos brazos.

Cada vez veía menos y dudé si estaba andando en la dirección correcta. La temperatura bajó tanto que se me hacía difícil articular mis extremidades. No lo iba a conseguir. Ni siquiera veía a cinco metros en línea recta. La ventisca estaba desbocada y yo en pelotas, hacía una hora estábamos a casi cincuenta grados de calor y ahora iba a palmarla por una tormenta de nieve.

Giré un poco hacia la izquierda creyendo que me estaba saliendo del camino por el que había venido. No veía ni un pijo, estaba engarrotado por completo.

—¡¿Dónde cojones he dejado la mochila!?

Grité varias veces para sentirme todavía vivo. El mapa se escapó de la goma de los calzoncillos y salió volando. Me giré para verlo perderse y desaparecer solo dos metros tras de mí. Avanzaba muy lentamente y al borde del abandono total, cuando de repente noté algo arderme en la tibia. Pensé que algo me había golpeado arrastrado por la ventisca, pero me equivocaba, había sido yo que había impactado contra un montículo de piedras.

Por un momento creí que me había roto la tibia. Dejé de notar la pierna dominada por el calor del impacto. Traté de ponerla en el suelo y presioné la delgada capa de nieve que ya había cuajado y noté que se había endurecido muy rápidamente. Fue entonces cuando noté algo raro. ¿Qué demonios era aquel montículo? Lo rodeé, tendría unos cinco metros de diámetro y una forma aparentemente circular.

A su alrededor no había vegetación en exceso y por eso pude ver una pequeña rendija a ras de suelo en uno de los lados, tendría unos veinte centímetros de alto y un metro de longitud. Me incliné intentando no tocar demasiado el suelo nevado con mi cuerpo desnudo. Pero me falló el brazo derecho y caí al suelo. Aproveché para asomarme a la ranura y aunque estaba muy oscuro, ahí abajo había un habitáculo.

Me incorporé como pude, me sacudí la nieve pegada del cuerpo y empecé como un sabueso a buscar y a palpar todo el montículo de piedra y vegetación incrustada en él, tratando de apartar la máxima cantidad de nieve posible. Debía dar con la entrada a aquel sitio sí o sí.

Habría dado por lo menos dos vueltas enteras cuando la entrada me encontró a mí y no al revés. Porque de repente algo crujió bajo mis pies y se abrió rompiéndose. Caí de culo hasta una escalera de unos diez escalones también de madera que bajé resbalando sin poner pie siquiera. Algunos solo crujieron a mi paso y otros se rompieron dejándome las nalgas repletas de astillas clavadas y rasgándome la piel.

Me detuve nada más tocar la parte inferior del habitáculo. Miré hacia arriba. Allí dos antiguos y enormes postigos se habían partido, la nieve entraba a borbotones según le pegaba a la ventisca.

Me incorporé. Tenía las nalgas raspadas casi al completo. Tardé un poco en acostumbrar los ojos a la oscuridad reinante en aquel lugar. El olor a cerrado y a humedad era notable. La única luz que entraba por la ranura lateral ayudaba bien poco a iluminar la zona. Cuando acostumbré la vista fui inspeccionando el habitáculo.

Lo primero que divisé fue una pila de leña en uno de los laterales. Ahí abajo la sala parecía mucho más cuadriculada que en la superficie. Había una mesa y dos taburetes que se aguantaban solos por los pelos. Algunos cartones y viejos diarios apilados junto a lo que parecía ser un fuego a tierra. Me asomé por la chimenea. Parecía taponada. Allí había mucha humedad y aunque había un helor importante, no tardé en dejar de tiritar. Allí metido estaba a salvo de la tormenta de nieve y seguramente toparme con aquel lugar me había salvado la vida, ya que no creo que hubiera conseguido llegar hasta la mochila.

Hubiese encendido algún fueguito, pero pasaba de morir asfixiado, además no había nada para hacer llama. Cogí los cartones y los diarios y los coloqué desplegados en un trozo de suelo, que, por cierto, estaba embaldosado con unas cuadriculares piezas de unos diez centímetros más o menos. Me senté sobre los cartones y suspiré aliviado porque a pesar de estar en calzoncillos, allí abajo estaba muy resguardado, no solo de la nieve sino del terrible frío exterior.

Incluso dormí un rato. Desperté, abrí un ojo y vi que todavía entraba nieve por las aperturas de los postigos. Aunque ahora la nieve entraba de manera continua, lo que me dio a entender que la ventisca había parado. Ahora solo nevaba.

Me dormí de nuevo. Cuando volví a despertar había muy poca luz. La tarde estaba cayendo. Ya no nevaba. Me asomé por la ranura que me quedaba un poco más abajo de la altura de los ojos si estaba de pie frente a ella. Fuera estaba todo nevado. Saqué el brazo por ella y enseguida noté la diferencia de temperatura. Hacía mucho más frío fuera, pero nada que ver con el que hacía en plena ventisca.

Tenía que ir a buscar la mochila. Si esperaba demasiado en tomar la decisión podría reactivarse la tormenta o llegar algo peor y no podía seguir en pelotas a expensas de aquel tiempo loco.

Subí la escalera como pude intentando no hacer movimientos demasiado bruscos para que no se partiera ningún escalón más y los tres que se habían roto, pude pasarlos porque se habían roto casi por la mitad y a los extremos quedaba algo de madera astillada sujeta de las patillas metálicas que iban clavadas a la pared de piedra.

Saqué la cabeza y miré asombrado la cantidad de nieve que había caído. Escuché caer un pelotón de nieve de un pino próximo. No hacía más frío de lo que creía que sería lo normal dentro de un paisaje completamente nevado.

Debía llegar hasta la mochila como fuera. Cuando empecé a andar vi que en algunos arbustos cercanos la nieve empezaba a deshacerse. La temperatura iba subiendo rápidamente a pesar que estaba atardeciendo. El cielo seguía encapotado, aunque ahora las nubes eran negruzcas y se distinguían perfectamente unas de otras.

Intentaba avanzar lo más rápido que podía fijándome en todo para evitar perderme. Si la cosa se volvía a torcer tenía que ser capaz de regresar al amparo del habitáculo.

La verdad es que no tardé demasiado en llegar hasta la mochila. Harina de otro costal era haberlo conseguido con la tormenta de nieve y la caída estrepitosa de la temperatura que había experimentado hacía tan solo unas horas.

Me vestí lo más rápido que pude. La noche estaba cayendo rápidamente.

Regresé casi a la carrera al habitáculo. Pero antes de meterme dentro. Miré los desperfectos de los postigos que estaban a ras de suelo a modo de trampilla de sótano. No había remedio posible. Lo único que podía hacer entonces era cortar algún arbusto cercano y hacer un poco de tapa natural para que no entrara ningún animal.

Pero antes de eso decidí intentar destaponar la chimenea. Subí al montículo y me acerqué a la zona donde supuse que estaría el agujero de la chimenea. Aparté con las manos la nieve y enseguida lo encontré taponado por unos duros pegotes de barro que empujé hacia abajo golpeando con fuerza con el mango del hacha. El tiro se había caído y el agujero estaba a ras del tejado circular. Si apartabas la capa de nieve, en algunas partes se veía directamente la piedra del tejado y en otras la tierra y la vegetación que crecía a sus anchas camuflándolo.

Una vez abajo saqué el chisquero de mi mochila y preparé un poco de lumbre.

Aquella noche dormiría como un señor. Saqué una barrita de cereales y tras beber agua a lo loco, me puse a comérmela tranquilamente, mientras el fuego iluminaba la estancia y empezaba a calentarla.

Saqué todo lo de la mochila y empecé a doblar bien la ropa que había guardado de cualquier manera por la mañana. Estiré el saco sobre los cartones. Me acerqué a la rendija. Saqué el brazo con el termómetro de llavero extendido en la mano y esperé un minuto largo. Luego lo miré, once grados marcaba. Efectivamente la temperatura iba subiendo.

Mientras contaba esperando a que pasara el minuto, me fijé en que el cielo estaba completamente despejado. Era increíble. En mi vida había visto nada parecido.

Me abrigué bien y salí fuera. No tenía miedo alguno de toparme con ningún animal. Ni siquiera lo pensé en verdad. Salí dominado por el impulso. ¡Aquello era un auténtico espectáculo y no me lo pensaba perder!

Cuando vivía en la Colonia se veían estrellas, pero lo de aquel lugar era algo realmente fuera de serie. Había estrellas por todas partes. Difícil encontrar un trocito de firmamento en el que el oscuro cielo tuviese algo de protagonismo.

Había estado a punto de morir y verme allí con la barriga llena y cómodamente abrigado se me hizo algo extraño, pero no me impidió contemplar la fantástica estampa.

¿Encontraría allí todo lo que había ido a buscar? Era difícil de responder a eso, lo que estaba claro es que no iba a ser nada fácil, pero estaba seguro de vivir muchos más momentos intensos como ese.

En muchas ocasiones había oído hablar del Clima. En la metrópoli y en todos sus asentamientos había instalados enormes equipos de control del clima para protegerse de él y poder gozar como antiguamente de las cuatro estaciones.

Honestamente vivirlo de cerca era muy intimidante.

Mi sorpresa fue mayúscula porque me habían asegurado que era Zona exenta. Cuando te dicen Zona exenta, se refieren a aquellas áreas continentales salvajes donde o nunca se ha registrado ningún fenómeno de Clima, o no se tenía registro de ninguno durante los últimos diez años. Incluso en el Centro de Aprovisionamiento me habían confirmado este dato, que yo ya había tenido en cuenta antes de comprar el terreno.

Se suponía que aquella era una zona donde el cambio climático todavía no había hecho acto de presencia. La aparición del Clima en mi propiedad, sin lugar a dudas, era un hándicap muy importante a la hora de hacer viable mi asentamiento.

Fue allí, en aquel preciso instante, bajo aquel cielo repleto de luminarias, cuando decidí cómo llamaría a aquel lugar: la Guarida.

W

Los cañones erosionados me van abriendo un camino tubular por el que voy ascendiendo lentamente, a través del reguero seco. En serio, son alucinantes estos pasos angostos. Una vez por aquí debió de cruzar un caudaloso y sinuoso río que fue clavando y marcando su tránsito en la dura tierra de la zona.

Poco a poco, según vas subiendo, el recorrido se va volviendo más y más estrecho, hasta que al final el cauce y los cañones altos y parduzcos desaparecen, fusionándose en un enorme llano que doy por hecho que es la fuente donde nacía el supuesto río.

A partir de este punto la zona se vuelve escarpada y solo sigue hacia arriba el reguero que forman las tormentas para dejar bajar el agua torrencial de la montaña. Hay varios, pero la mayoría son del todo intransitables. Este por el que voy, es el más famoso, porque puedes recorrerlo con un caballo o mula, siempre y cuando no vayas tú montado en él y el peso de la carga no sea excesivo. Por cierto, el caballo es un animal casi extinto, pero de mulas o burros se suelen encontrar bastantes en el mundo salvaje.

Los últimos cañones que te encuentras antes de que el río desaparezca en lo que se supone que un día fue su nacimiento, son los más increíbles y espectaculares. Tienen una altura de por lo menos cuarenta metros y son más anchos en la parte de abajo justo por donde vas ascendiendo. Sus estratos diferenciados, sus betas pedregosas encastadas en las erosionadas paredes arcillosas y la sal de moro petrificada en gruesas franjas desconchándose continuamente, hacen que pasar por ahí sea algo imponente por su descarada belleza. Esas tonalidades de marrones y rojos son un espectáculo digno de contemplar. Amenizan el paso al viajero.

A veces suelo fantasear y me imagino que un ejército de indios se parapeta en lo alto y se preparan para la letal emboscada. Me divierto recordando y recreando imaginariamente lo que en el siglo pasado llamaban westerns. No habría escapatoria posible para mí. Estaría totalmente a expensas de que las flechas del enemigo confusas errasen el tiro.

Suelen tener pequeños árboles naciendo de sus verticales paredes y sueles ver enormes cuevas, imposibles de alcanzar si no eres una cabra montesa. Esas paredes verticales pulidas y curvilíneas hacen menos duro el trayecto, que dicho sea de paso, es bastante exigente físicamente. Aunque bien es cierto que acortas un montón de kilómetros de ruta. Sería casi un suicidio atreverse a pasar por aquí en época de Clima.

A mis cincuenta años la cosa empieza a complicarse y lo que antes hacía de tirón ahora me obliga a hacer dos o tres paradas para beber, comer algo y reponer fuerzas. Estoy fuerte pero no quiero forzar la máquina. No sería buena idea que la fatiga o el cansancio me hiciese dar un mal paso y que me hiciese daño por aquí arriba. No tengo prisa. No es preciso arriesgar. Eso lo aprendes rápido cuando te vuelves un Salvaje: uno no está solo, sino que todos estamos solos.

A la mañana siguiente de bautizar la Guarida me llegaron las primeras provisiones. Fue un momento mágico y pensé que todas mis desventuras en el terreno estaban solventadas. Nada más lejos de la realidad.

Varios aéreos de tamaño medio, fueron llegando con distintas cajas de madera a lo largo de todo el día.