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A partir del viernes 18 de octubre, la juventud estudiantil que había estado una semana saltando los torniquetes del Metro en protesta por el alza del pasaje, abrió las compuertas de lo que sería una de las mayores movilizaciones populares de la historia de Chile. Ese fin de semana y en los meses que vinieron, personas de diversas edades, sectores sociales y organizaciones civiles salieron a las calles para expresar su cansancio y reclamar dignidad, agradeciendo a las y los jóvenes por "ayudarlos a despertar". En paralelo, el desconcierto y vacío interpretativo del mundo político e intelectual, y de los medios de comunicación, era evidente. Con el ánimo de profundizar y enriquecer el debate, y sobre todo de abordar una realidad compleja desde diferentes disciplinas y enfoques, este libro permite visibilizar a las y los protagonistas de la movilización, conocer sus anhelos y frustraciones, sus ideas y espacios de acción política, y la manera en que aspiran a vivir en comunidad. Saltar el torniquete. Reflexiones desde las juventudes de octubre se nutre tanto de testimonios como de investigaciones académicas, de tal modo que en sus páginas se genera un riquísimo y original cruce de miradas y experiencias sobre un hito que cambió —y está cambiando— el rumbo de Chile.
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Seitenzahl: 321
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Primera edición, FCE Chile, 2021
Distribución mundial para lengua española
© Sol Alé, Klaudio Duarte y Daniel Miranda
D.R. © 2021, Fondo de Cultura Económica Chile S.A.
Av. Paseo Bulnes 152, Santiago, Chile
www.fondodeculturaeconomica.cl
Comentarios: [email protected]
Teléfono: (562) 2594 4132
Fondo de Cultura Económica
Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
www.fondodeculturaeconomica.com
Coordinación editorial: Fondo de Cultura Económica Chile S.A.
Cuidado de la edición: Álvaro Matus
Diseño de portada: Macarena Rojas Líbano
Fotografía de portada: Marcelo Hernández. Aton Chile
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra —incluido el diseño tipográfico y de portada—, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de los editores.
ISBN edición impresa 978-956-289-220-9
ISBN edición digital 978-956-289-221-6
Diagramación digital: ebooks [email protected]
ÍNDICE
IntroducciónSí hay alternativa
Capítulo PrimeroChocar contra el muro
1. La (re)vuelta de los que sobran: fulgor y crisis del neoliberalismo chileno
Historia de vida: Gonzalo Serrano
2. Las precariedades económicas de los “privilegiados”: morosidad en jóvenes profesionales de Santiago y Concepción
Bibliografía
Historia de vida: Belén Quinchavil
Historia de vida: Carolina Sáez
Capítulo SegundoPARTICIPACIÓN JUVENIL EN EL TIEMPO
1. Una continuidad discontinua: análisis retrospectivo del 18-O a la luz del ciclo de protestas juveniles en el campo educativo
Bibliografía
Historia de vida: Juan Carlos Álvarez
2. Cambios en la participación política de los escolares
Bibliografía
Historia de vida: Vilma
3. Participación en acciones colectivas de los jóvenes en Chile: el rol de las normas familiares e impacto del estallido social
Bibliografía
Historia de vida: Isidora Godoy
Capítulo TerceroNUEVAS FORMAS DE ACCIÓN POLÍTICA
1. Anunciando primaveras: activismo sexopolítico juvenil
Historia de vida: Martín
2. Los estudiantes secundarios frente a los desafíos ciudadanos del cambio climático
Bibliografía
Historia de vida: Max Gallardo
3. Movimiento social y participación institucional en las nuevas generaciones de jóvenes militantes de izquierda
Bibliografía
Historia de vida: Luis Arcos
4. Participación ciudadana escolar en una sociedad desigual: creencias de adolescentes chilenos en cabildos post estallido social 2019
Bibliografía
Historia de vida: Tiare y Millaray
Historia de vida: Pamela Aquino
Capítulo CuartoLA MOVILIZACIÓN JUVENIL DESDE LAS CLASES SOCIALES
1. De olvidados a protagonistas: el estallido social visto desde la perspectiva de jóvenes populares
Bibliografía
Historia de vida: Jorge Aránguiz
2. La movilización de los jóvenes “cuicos” entendida desde procesos de socialización
Bibliografía
Historia de vida: Sofía Riquelme
3. Debe ser un niño que tiene rabia, que tiene como un dolor con la sociedad
Bibliografía
Historia de vida: Nicolás Rosselot
Capítulo QuintoEMOCIONES Y CONSIGNAS DE LA PROTESTA
1. Acontecimiento y ambivalencia emocional: la experiencia de jóvenes de Valparaíso en la revuelta social
Bibliografía
Historia de vida: Mateo
2. Entre la rabia y la esperanza
Bibliografía
Historia de vida: Antonia
3. “Unidos somos cruos”: consignas juveniles en el levantamiento popular en Magallanes
Bibliografía
Epílogo
La rebelión de octubre como estallido generacional: pánico, “beaterías juveniles” y monsergas seniles
Bibliografía
Agradecimientos
Sobre los autores y autoras
Introducción
SÍ HAY ALTERNATIVA
Estamos peor, pero estamos mejor,
porque antes estábamos bien, pero era mentira,
no como ahora que estamos mal, pero es verdad.
Texto escrito en un pizarrón
La sociedad chilena está en un profundo proceso de cuestionamiento al orden que se construyó en los últimos 47 años. El relato que por años articuló los distintos ámbitos de la vida nacional, que marcaba un horizonte de futuro para las personas, empezó a perder credibilidad hasta caer en una completa deslegitimación.
En lo económico, el camino del crecimiento y las políticas públicas focalizadas fueron insuficientes para enfrentar las profundas desigualdades, minimizadas por los triunfalismos. La bonanza económica fue solo para unos pocos. La política institucional perpetuó el modelo obsoleto de la transición, el “consenso” se volvió sinónimo de inmovilidad y, al final, en nombre de la moderación y la estabilidad consagrada en la Constitución, se frenó el avance en derechos sociales, políticos, sexuales y reproductivos. La ciudadanía infantilizada por los nuevos códigos políticos poco podía hacer para incidir en las decisiones que los afectaban día a día y la participación quedó relegada al ritual de la votación de autoridades.
El discurso de la meritocracia y la movilidad social, ejes centrales de ese nuevo Chile, alimentaron los sueños de las nuevas capas medias surgidas del crédito y el acceso a la educación superior. Orientados hacia el futuro y orgullosos de ser el motor del país, inútilmente esperaron por el reconocimiento y compensación a sus esfuerzos desmedidos. No hubo mucho, el país está clausurado para la mayor parte de sus habitantes.
Pero no solo fueron las promesas rotas, con el tiempo se fue haciendo insostenible el contraste de los privilegios de las élites políticas y económicas respecto de la experiencia de los comunes y corrientes.
Aunque por años pensamos que los robos millonarios, los fraudes al fisco, las autoridades deshonestas y los sobornos políticos eran cosa de otros países, descubrimos que el abuso y la corrupción estaban en todas partes, en el mundo empresarial, en las instituciones del Estado, en los partidos políticos, en las fuerzas armadas, carabineros y en las iglesias.
La precarización generalizada de la vida, la desigualdad en el trato social, la lucha por subsistir en medio de una vida social irritada, transformaron en poco tiempo el malestar anunciado en los años 90, en frustración; y la frustración en una rabia muy profunda, pero aún contenida hasta que aconteció lo impensado: todas las fracturas y debilidades del orden económico, político y social impuesto por el neoliberalismo, evidenciaron lo que éramos realmente. El “oasis de paz” no era más que un espejismo.
Desde octubre de 2019, Chile inició un proceso de cambio. Las y los jóvenes estudiantes de enseñanza media y luego quienes están en educación superior, seguidos por personas de diversas edades, sectores sociales y organizaciones, se sumaron a lo que se ha registrado como una de las mayores movilizaciones populares de nuestra historia.
Lo que comenzó saltando el torniquete en el Metro de Santiago, para protestar por un alza en la tarifa adulta del servicio, se regó por todo el país entre el 18 y 19 de octubre. En ese fin de semana, las chilenas y chilenos abrimos las compuertas para expresarnos contra la desigualdad y para reclamar dignidad.
El imaginario simplista que se ha intentado construir de una juventud individualista y apática fue rebatido, los y las jóvenes no viven en otro mundo, son conscientes de sus historias familiares, han vivido junto a sus madres, padres, abuelos y abuelas, la experiencia de la asfixia y el agotamiento.
Queremos poner de relieve que estas generaciones de jóvenes volvieron a activarse, como en dictadura, como a principios de siglo, como el 2006 desde la enseñanza media, como el 2011 desde la enseñanza superior, como el 2018 con las feministas y disidencias sexuales. Volvieron a mostrarnos que son actores y actoras que buscan protagonismo en tiempo presente, que no quieren ser el futuro (si ello implica postergar el mañana). Han construido un acontecimiento, esos hitos que marcan transformaciones profundas en el devenir de una sociedad, y han mostrado que, eventualmente, el individualismo podría dar paso a mayores niveles de colaboración, la discriminación a un respeto más profundo por la diversidad y la endogamia de las élites a un sistema más plural y representativo.
Hemos logrado por fin quebrar la impotencia reflexiva en la que hemos vivido, tal como una mujer adulta expresaba en una pancarta: “Este movimiento me quitó la pena”. Nos hemos atrevido a soñar un país con nuevos horizontes y sacarnos de encima la profecía autocumplida que Margaret Thatcher sentenció en los 80, “no hay alternativa”.
En esta activación juvenil e intergeneracional, llama la atención, entre otras cuestiones, las formas de acción política a las que se ha recurrido. Ellas marcan continuidades con antiguas maneras de acción, pero también han aparecido nuevos repertorios que nos interesa observar y poner en la conversación. Una de estas novedades está en el fuerte guiño a lo emocional, como un componente que necesita ser estimulado en los procesos sociales de movilización, a contracorriente con la supuesta racionalidad que prima para negar otras formas humanas de expresión. El abrazo intergeneracional en este acontecimiento tiene mucho de esta emocionalidad de quienes agradecen a las y los jóvenes por “ayudar a despertar”.
Rescatamos también la potencialidad que han cobrado las expresiones performáticas, en que los cuerpos son constituidos como continentes de las expresiones de las luchas realizadas. El baile, el canto, el teatro, la pintura en la piel, la “primera línea”, el voluntariado y el socorro ante el ahogo, todas expresiones de una forma de “poner el cuerpo en la lucha”. La performance de Las Tesis, que dió la vuelta al mundo, es un muy buen ejemplo del cuerpo como territorio de lucha.
Tejer redes, aprovechar las plataformas digitales como instrumento de acción política, es una característica novedosa que, desde los blogs del movimiento estudiantil del 2006 hasta ahora, sigue ganando espacio en las luchas sociales y cada vez con mayor amplitud de uso —las personas mayores también se van sumando en esto— y con mejores contenidos. Aportar a desbaratar la pretendida desinformación en la población ha sido algo inédito, las y los jóvenes han aprovechado como nunca las redes sociales para compartir conocimientos, desmentir noticias falsas, crear consciencia y sumar a nuevos adherentes.
Otro elemento novedoso que destacamos en este libro es la participación desde abajo. Si bien en la memoria de las luchas populares existen procesos potentes de esta práctica social, su reemergencia a través de cabildos, asambleas territoriales, coloquios, nuevas organizaciones, vuelve a situar la relevancia de desplegar la acción política con el componente participativo como identidad fuerte, que regula y da sentidos a los modos de hacer en la experiencia.
Hay mucho aprendizaje por producir, ya que tal como señalamos, la infantilización de la ciudadanía ha consistido en quitarnos la palabra, en negar y cooptar la participación en diversos ámbitos de nuestra sociedad pero gracias al impulso de las juventudes, quizás, por fin podremos alcanzar esa promesa de ciudadanía activa, abriendo espacios de creatividad democrática.
Queremos enfatizar en el origen y tono de este libro, las reflexiones sobre la revuelta de octubre han sido plasmadas en diferentes publicaciones. Sin embargo, creíamos necesario llevar adelante un proyecto que ofreciera diversas perspectivas de la juventud como protagonista de esta experiencia histórica, primero para entender y poner en perspectiva su rol en la movilización y contrarrestar los “profetismos de cátedra”, los análisis superficiales y en ocasiones burlescos de los intérpretes de los fenónemos sociales.
Para esto invitamos a investigadores e investigadoras en temas de juventud, con el fin de conocer sus visiones sobre este acontecimiento. Sabemos que el lenguaje y los códigos de la academia no siempre facilitan la divulgación del conocimiento, pero como primer ejercicio intentamos alivianar estos trabajos para llegar a nuevos públicos. Creíamos fundamental que las y los jóvenes hablaran por sí mismos e incorporamos sus testimonios en primera persona, para conocer sus trayectorias de vida y experiencia en el proceso de movilización.
Al igual que la diversidad de personas que formó parte de este hito, Saltar el torniquete: reflexiones desde las juventudes de octubre, entrega desde diferentes perspectivas y formatos (análisis de encuestas, entrevistas en profundidad, grupos de discusión, ensayos y testimonios en primera persona), algunas luces y códigos para leer y entender, quiénes son las y los jóvenes detrás de la revuelta.
Dieciséis textos reflexionan acerca de las juventudes observadas en torno al período del estallido social, organizados en cinco capítulos, para dar cuenta de la amplitud, diversidad, protagonismo, profundidad y claridad que los jóvenes han tenido (y muy probablemente tendrán) en los eventos sociopolíticos del último periodo.
En el primer capítulo, “Chocar contra el muro”, Manuel Canales, María Cristina Hernández, Víctor Orellana y Fabián Guajardo plantean una imagen general de la crisis actual desde la perspectiva juvenil, a partir de la canción “El baile de los que sobran”. Por su parte, Lorena Pérez y Constanza Ayala proponen una bajada concreta de esta imagen, reflexionando acerca del “privilegio” de acceder a la educación superior y las precariedades económicas y el sobreendeudamiento de jóvenes profesionales.
En el segundo capítulo, “Participación juvenil en el tiempo”, Cristóbal Villalobos muestra un análisis histórico en torno a ciclos de protestas en el campo educativo, desde el año 1990. Propone que el estallido social del 18-O puede entenderse como una continuidad discontinua respecto de diversos aspectos observados en ciclos previos de movilizaciones. Daniel Miranda y Juan Carlos Castillo muestran cómo han cambiado las disposiciones de las y los escolares a participar de acciones tanto no disruptivas como disruptivas en los últimos 20 años. Además, discuten cómo estas disposiciones se diferencian entre grupos sociales y entre países. También Roberto González, Cristian Frigolett, Claudia Bazán y Pía Carozzi analizan la participación de jóvenes universitarios en acciones colectivas convencionales y radicales, sus vínculos intergeneracionales y la evolución que estas actividades tuvieron entre agosto y diciembre del 2019, en pleno estallido social.
En el tercer capítulo, “Nuevas formas de acción política”, Marcia Ravelo y Klaudio Duarte reflexionan en torno al movimiento feminista como un antecedente del estallido social, revelando cómo una parte importante de la acción política juvenil gira en torno a lo sexual y al género. Carolina García y Luis Flores discuten el creciente interés y compromiso de jóvenes por involucrarse en temas de interés público, particularmente aquellos ligados al cambio climático, usando formas de expresión extrainstitucionales para la construcción colaborativa del bien común. Isidora Iñigo muestra las visiones juveniles acerca la relación/tensión entre la participación en movimientos sociales y participación institucional. Para cerrar, Danae Videla y Paula Luengo muestran la visión de estudiantes de enseñanza básica acerca de las causas del estallido social y sus demandas como aporte al bienestar de la comunidad nacional.
En el cuarto capítulo, “Movilización juvenil desde las clases sociales”, Nicolás Angelcos, Andrea Roca, Emilia Cuadros, María Luisa Méndez, Alejandra Rasse y Valentina Álvarez muestran una imagen del estallido desde la perspectiva de jóvenes populares, contrastando la idea de “(in)activismo político” con el protagonismo de jóvenes en el “despertar” de la sociedad chilena. Modesto Gayo y María Luisa Méndez muestran cómo jóvenes de clase alta visualizan lo político y sus coincidencias/diferencias en torno a las demandas presentes en la movilización. Además, reflexionan sobre el rol de las familias en la socialización política de jóvenes privilegiados. Emmanuelle Barozet, Óscar Mac-Clure, José Conejeros y Claudia Jordana describen la evolución de la percepción y resignificación de la figura de jóvenes de sectores urbanos antes, durante y después del estallido social.
En el quinto capítulo, “Emociones y consignas de la protesta”, Juan Sandoval reflexiona acerca de las ambivalencias emocionales y las formas de organización espontánea de jóvenes porteños durante la revuelta social. Por su parte, Rodrigo Asún, Karina Rdz-Navarro, Claudia Zuñiga y Raúl Zamora muestran cuáles son las emociones positivas y negativas vinculadas antes y durante la participación en las movilizaciones estudiantiles. Adicionalmente, Margarita Makuc y Walter Molina reflexionan en torno al registro sistemático de las consignas juveniles surgidas durante la revuelta social y su relación con el malestar desde el cuestionamiento al sistema general hasta el malestar social regionalista.
Yanko González cierra el libro con una reflexión en torno a las interpretaciones sobre el estallido social que tempranamente pusieron su foco en los jóvenes. Este capítulo discute explicaciones alternativas que permiten nutrir el imaginario acerca del rol de múltiples generaciones en los últimos ciclos de movilizaciones sociales. En sus palabras: “El movimiento estudiantil del 2011 vigorizado por una mayoría multigeneracional, movió para siempre las fronteras de lo pensable, de lo deliberable y de lo imaginable”. Este proceso tendría en el estallido social de octubre 2019 su continuación.
Probablemente, por un buen tiempo estaremos analizando, desde los distintos quehaceres, disciplinas y ciencias, este acontecimiento. Esperamos que este proyecto contribuya a una discusión fundada y desprejuiciada, lejos de las caricaturas y estereotipos que se construyeron a partir de octubre.
Sol Alé, Klaudio Duarte y Daniel Miranda,
noviembre de 2020
Capítulo Primero
CHOCAR CONTRA EL MURO
1. La (re)vuelta de los que sobran:fulgor y crisis del neoliberalismo chileno
Manuel Canales, Víctor Orellana,Fabián Guajardo y Cristina Hernández
En un país donde los que mandan han mandado tanto,es posible que los mandados comiencen a estar hartos de que los manden.
Jesús Ibáñez. El regreso del sujeto, 1989
Entre las grandes imágenes que dejó la movilización sobresalta, por lo simbólico y emocional, el momento en que se vuelve al canto “El baile de los que sobran”, de Los Prisioneros, frente a la Biblioteca Nacional.
La cuestión juvenil fue formulada con magisterio en 1985 por Jorge González en su afamada y triste canción, que denunciaba la exclusión de las juventudes populares que venían entrando a ese Chile neoliberal naciente. Luego, el tema fue acallado por el potente dispositivo de sujeción que vino a ser la industria de las oportunidades de educación superior. De sobrar pasaron al tú puedes. Un proyectil al núcleo de deseo tan antiguo como la impotencia.
¿Cómo esa denuncia vuelve a escucharse —ahora como himno, sin danza— 35 años después? Pero no ya por los que sobraban con su enseñanza secundaria, sino los/las de ahora: con su carrera profesional y su título a cuestas.
Para entender el sentido apremiante, inexcusable, de la situación/exclusión, pueden considerarse los dos gráficos siguientes. El primero señala la expansión de la matrícula de estudios superiores (todo el crecimiento es prácticamente de instituciones de este nuevo tipo). El segundo señala, respecto de los empleos, la postal de una sociedad rentista-extractivista, como siempre. Seis veces se multiplicó una matrícula (ver gráfico 1), apenas se movió una décima la otra (ver gráfico 2). Aquí se reproduce el relato de esa torsión o incoherencia estructural, y se refleja cómo esta termina en un quiebre de los que lo cuentan y viven. Esa es la fractura final del régimen neoliberal. Su fracaso en medio de su afamado y bien vendido modelo.
Gráfico 1. Evolución matrícula total educación superior(1965-2019)
Fuente: elaboración propia a partir de datos oficiales sies-mineduc (período 1983-2019) y Garretón, M. A., & Martínez, J. (1985). Antecedentes estructurales de las universidades chilenas (sur, ed.). Santiago: sur (período 1965-1981).
Gráfico 2. Evolución de la distribución de ocupaciones directivas, profesionales y técnicas en la estructura general de ocupaciones* (1982-2017)
Fuente: elaboración propia a partir de datos oficiales casen-mds (período 1994-2017) y Censo-ine (período 1982-1992).
* En base a la serie de ocupaciones por oficio utilizadas por las estadísticas nacionales, reagrupadas en categorías genéricas de ocupación que responden a los grandes grupos de la calificación ciuo 08 (incluye fuerzas armadas).
** En las cifras del censo de 1982 la clasificación de ocupaciones (Cota 70) no considera la categoría de grandes grupos equivalente de “técnicos y profesionales de nivel medio” del sistema ciuo 08.
¿Qué pasó?
Crisis del cotidiano neoliberal
Esta crisis no es, en su origen, ni política ni económica; tampoco se debe a circunstancias externas ni fue impulsada por movimientos sociales. Es la crisis del sujeto y el cotidiano popular formado bajo el régimen neoliberal. Ese es el quién y el contra qué de la revuelta; también la razón de su escala, cuándo y cómo.
El espíritu de octubre es la disconformidad, por definición subjetiva, crecida y madurada según se profundizaba el modelo neoliberal. De su éxito nace, de su duración y sus durezas, el sujeto que viene a interrogarlo y a inquietarlo tan gravemente. Es el pasivo o la deuda social que acumula el neoliberalismo cuando se le deja fluir al modo chileno: quiebra sujetos que quebrarán el orden.
Pueblo
Esta fue una revuelta de clase, popular. Todavía el 2011 la representación y la dirección del movimiento estuvo en las clases medias tradicionales. Ahora el protagonismo, de voz y presencia, fue de la gente de trabajo, los comunes:millones, de caras mestizas y apellidos corrientes, por todas partes, convergiendo desde sus mismas y variadas periferias. Esa presencia no es nueva, pero no se había visto hace 40 años y hasta se habría creído que estaba extinta.
Pueblo nuevo, técnicos y profesionales
La revuelta fue liderada por las generaciones nuevas, que nacieron bajo el neoliberalismo. Como ya se anunciaba el 2006 y el 2011, se van desligando los antiguos, que traen en su memoria las huellas de la pobreza y el castigo estamental como norma. Los nuevos, en cambio, están formados sin esos estigmas de clase. Si sus padres y abuelas fueron hijos del rigor y el terror, ellos no temen ni están para el sacrificio.
Los/las que creyeron, aborrecen
Destinatarios de la promesa (los creyentes del régimen)
Niños/as y jóvenes de los 90 en adelante, tienen toda su vida formada en el apogeo y madurez del proyecto neoliberal chileno.
La expansión de la educación superior, pago mediante, se presentó disponible como la nueva ola de prosperidad social. Fue la joya del modelo: ahora, todos los jóvenes, sin diferencias por origen socioeconómico, pueden acceder a estudios superiores o formarse como profesionales.
Ellos/as encarnan el ser social neoliberal chileno realizado, exitoso; llamados a agradecer la historia: universitarios de primera generación, les nombraban, como quien señala a los afortunados de su tiempo; tantas generaciones anhelantes tras lo mismo y, al fin, se escucha la señal del ahora sí. Largo viaje para llegar a ser alguien; salir de número y de llano, de fuerza simple y abstracta en capacidad compleja y diplomarse, adquirir título y rango.
Conocedores del fracaso y la frustración/ defraude
El caso es que la promesa era frustrante y el haberlo creído un defraude: una vez titulados, una vez egresados, a la salida, hay un muro, impasable, el mismo para todo. Los/las que creyeron no pueden descreer lo pasado ni seguir creyendo.
El camino se corta. Una subjetividad formada ha de desafirmarse, deformarse. Se rompe una identidad, una imagen de sí (querida desde lo más profundo, proyectada, y lograda y perdida casi al mismo tiempo). Llevarán, como memoria de su ser social, esa contradicción de ser y no ser. Es su logro personal, potente y valioso, y al mismo tiempo la negación otra vez.
El quiebre, así de personal y autobiográfico, es al mismo tiempo un hecho estamental: lo de cada quien, como individuo, es también lo del conjunto de su clase, como por reproducción de un mismo esquema y su distorsión.
Han de vivírselo, sin embargo, en la misma sola individualidad en que les enseñaron a proyectar lo que sería su conquista. Así sea de todos y del mismo modo, el viaje es solo y el naufragio también.
No entienden dónde estuvo la falla, suya; cavilan, se interrogan, se inculpan, compadecen, preguntan, ironizan, intentan el humor… lo que sea para sobrellevar esta disforia que les carga y entristece el habla.
Así fue hasta octubre, y por eso pasó lo que pasó.
Análisis del discurso, fragmentos
a) Sobran
La forma normal es el fracaso. El lugar común es allí donde no están, salvo para señalar la anomalía.
Tengo dos compañeros que están trabajando.
En la mía también súper poco. Egresamos como 30, hay trabajando cuatro.
Sobran, por número o masa:
Hay 500 currículos antes del tuyo.
Sobran, por nombre o prestigio:
…que si alguien de Recursos Humanos tiene todos estos currículums, lo que hace es revisar si son de la Católica o de la Chile, usach, y ahí eligen y ahí está el ranking entre las tres, y los demás aquí quedan, o sea, esa es la realidad. Es un descarte inmediato.
La estructura les gana, dos veces, al sujeto y su intento: por la matriz productiva, que los requiere simples, y por la dualidad social chilena, que los requiere abajo. Del viaje —que los requirió airosos— salen perdiendo y extraviados. Y debiendo.
b) El muro
Para los de su estamento, el pueblo, la salida (estudios profesionales) no conduce a una entrada (trabajos profesionales). Egresan, pero no ingresan; deben regresar.
Uno sale a un mundo donde las puertas ya están cerradas.
Siempre faltando, siempre debiendo. Como si sus trayectos, y sus títulos, no alcanzaran; forma estamental de incompletitud incorregible y misteriosa que los inhabilita. Quedan debiendo por lo que ya tienen (el título), y por lo que no tienen ni acaso tendrán. Siempre falta algo más. La meta se corre cuando te acercas.
Una forma del desquicio: haga lo que haga, fallará.
Me dicen, “tienes que tener experiencia”, no sé po, “5 años”. “Tienes que hablar chino mandarín”… No sé po, tener cosas, que no sé, que… A uno le da risa igual eso. Pero en verdad, o sea, te piden cosas ilógicas.
Claro, te piden experiencia, pero no te dan oportunidades para.
El orden no resiste un análisis lógico, pero no se inmuta por ello: es real, aunque ilógico. Y ahí se queda la subjetividad con su rabia, impotencia y otros modos de emocionar la debilidad abusada.
c) El quiebre
La urgencia habitual de la economía familiar, por una parte, y la constatación de la inviabilidad de la expectativa laboral profesional, por la otra, fuerzan un quiebre, un “cortar”. Es el momento de la decepción y de alguna forma, acaso insostenible, de resignación.
Entonces, es un tema del trabajo, uno ya se va desmotivando y al final uno agarra lo que hay. Entonces siento que ya está difícil encontrar pega ahora.
Quien se animó y movió, quien ingresó a la competencia por el conocimiento, debe volver/se al régimen de los trabajadores simples o de disponibilidad. El profesional, y su carrera y camino, ceden al jornal y su ley del agarrar, siempre al evento, siempre en presente: donde no se crecerá más, o donde no hay desarrollo posible; mundo que se vive al día y en el que lo único que avanza, y se acumula, es el tiempo.
Pero cuando uno se mete a trabajar a otra [actividad fuera de la especialidad] pierde mucho contacto y no gana nada de experiencia. Eso es lo fome… Pero tampoco se puede estar años buscando pega sin hacer nada más, además yo tengo una hija.
Es la condena social que pasa por su propio condenarse, transmutando el todavía no de la esperanza, en el ya node la melancolía (y acaso de la rabia).
d) La deuda, la duda y el fin de la creencia
El camino seguido es por lejos el proyecto esencial de sus vidas. En ese camino han puesto los esfuerzos mayores y también una idea de sí. Es una inversión y un viaje identitario, y ambas de alcance mayor. El fracaso abate: un proyecto de ser queda tachado y el sujeto debe hacer solo su pérdida.
Es desmotivante, es muy decepcionante… Yo creo que uno se proyecta… entonces es un proyecto donde uno se endeuda, que uno invierte tiempo y lucas, su intención, su concentración todo en eso…
Al final del tú puedes está la impotencia, el árbol de los frutos vanos. Maldicen la razón abusiva y misteriosa, desconocida, que explota sus sueños y luego deshace sus méritos. Mejor, envanece sus frutos.
M: uno dice “estudié y me esforcé para trabajar en algo que no voy a ejercer”, y está esa impotencia, por un tema que uno se esforzó. En mi caso yo era la mejor de mi curso, y estoy trabajando en algo nada que ver… y queda todo en vano.
Lo que sigue son los lentos y tortuosos retornos al camino del jornal, al trabajo simple o a formas de autoempleo equivalentes. Y lo que queda, es la palabra ya dicha, y sus arranques hacia atrás (al sentido de la escuela y los estudios superiores) y hacia adelante (al sentido del orden social y la permanencia de la segregación).
e) Al salir de cuarto medio: ¿el único camino es la educación superior?
Al inicio de este camino, a los 18 años, cuando salían de cuarto medio (incluso antes, cuando sus padres los matriculaban en algún colegio del nuevo sistema con voucher) había un camino prohibido: integrarse sin más al trabajo jornalero de siempre y su ley de la disponibilidad del trabajo simple (salarios de subsistencia, identidad social disuelta en número, sin posibilidades de desarrollo laboral ni promoción social).
Decían, al salir de cuarto medio:
¿Qué viene para adelante? Todavía no estoy bien enfocado en algo en especial, pero después de aquí, no trabajar (…). Me gustaría estudiar y sacar una carrera profesional, y lo que es importante es que después del cuarto medio no salir a trabajar, eso es lo que me interesa.
La mayoría de los papás de nosotros no son profesionales, trabajan el día a día y se sacan la mugre trabajando.
Yo en los veranos he trabajado, uno termina hecho bolsa no quiero esto para mi vida todos los años, toda mi vida, no, entonces como la única opción que tienes es estudiar.
Es sobre esa pulsión de fuga del trabajo jornalero que se montó el sistema. En vez de vocaciones (como en las clases medias tradicionales), se trata de vías de escape de los trabajos existentes. Todos los barcos servían si prometían la chance de “partir” de esos empleos a los de mejor destino.
Hoy, al final de este viaje, ya no parece tan sensato aquello de “al salir de cuarto, no entrar a trabajar”.
Dicen, ahora:
Entonces mejor al final hubiera salido del colegio y trabajado al tiro. Hubiera tenido la experiencia que me piden y todo.
Una idea se ha comenzado a apagar: y era una idea fuerza que orientaba a las generaciones populares de todos estos lustros. Y entonces, ¿dónde irán los que vienen entrando?
f) ¿Y si no hay camino? Neoliberal sí, feudal también
Es la forma perversa, que niega lo que afirma, de la modernidad neoliberal chilena: los individuos deben orientarse intensamente hacia el sí mismo (como en los juegos de la razón instrumental de la sociedad mercantil), pero, a su vez, los puestos siguen adscritos a estamentos (como en los juegos de la sin/razón comunicativa de la sociedad feudal); que se puede ser neoliberal extremo en lo primero, y feudal naturalizado en lo segundo. Eso es lo retorcido que se corta con el estallido de octubre.
Nada falló, el modelo fue exitoso, todos hicieron como se esperaba, y fue con ganancias, superación de la miseria, etc.
¿Por qué entonces este resultado?
Se equivocaron creyendo que seguía un pueblo antiguo, con su inferioridad social asumida como asunto algo real y natural. Así lo habían conocido por cinco siglos, y creyeron que los tiempos de Frei y Allende eran memoria vacía. Pero este nuevo profesional no se cree aquello. Ni lleva yugo ni se siente menos. Y así, cuando fue el momento de todos, quebrados ellos, quebraron el orden que los quebró.
Y ese es el fondo del asunto: se ha formado un pueblo (nuevo) que no se conforma con el régimen hyle-mórfico de siempre de la sociedad chilena. Y las clases dirigentes siguen imaginando que hubiera de contentarlos con esta posmiseria.
Así se explica su acomodo rentista o extractivista, bien apañado en su autoimagen de estamento superior. Para los muchos, trabajos simples en abundancia; para los selectos, trabajos complejos, a su escala. Todo cuadraba.
No habrá solución sin cambio del modelo de desarrollo, comenzando por repensar la matriz de empleo basada en la explotación, improductiva, aunque rentable, de las capacidades humanas. Eso solo genera ganancia y empleos para los del estamento dominante.
Acaso sea lo mismo, habrá que hacer la crítica de una clase dirigente que nunca ha asumido el principio racional o moderno, dicho en la lengua de los que saben de esto, los uruguayos, que nadie es más que nadie.
g) Rabia o esperanza
Octubre trae rabia y abrió una esperanza (después del tan dolido ya no, de nuevo un todavía no). Si no se politiza lo segundo, se va a radicalizar lo primero. Si no fuere así, no se escuchará de futuros distintos a esta forma actual ya ostensiblemente aborrecida, el ser social seguirá torcido y la rabia campeará.
Si se logra politizar la esperanza que deja octubre, entonces, quizás, otro gallo cantará de nuevo y quiera la sociedad chilena reconstituirse después de estos 45 años de neoliberalismo.
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Historia de vida
GONZALO SERRANO1
Soy Gonzalo, tengo 26 años y vivo en la comuna de Puente Alto. Nací en San Bernardo, viví un par de años en La Florida en la casa de mi abuela y luego nos cambiamos con mi familia a la casa donde vivimos actualmente. Si bien no éramos pobres, pertenecíamos a un nivel socioeconómico bajo, realidad que fue cambiando por el esfuerzo de mis padres y mis tíos y tías.
Mi círculo cercano no era un espacio muy politizado, la vida de los adultos se iba en trabajar y compartir el poco tiempo que quedaba con los hijos. Mi interés por los temas sociales y políticos fue surgiendo en la educación media específicamente, empecé a informarme más, a conocer a los políticos y políticas que nos gobernaban, leer más noticias y así me pilló el movimiento estudiantil del 2011 con su inolvidable eslogan: “Educación pública, gratuita y de calidad”. La verdad es que en ese minuto no sabía ni entendía tanto, pero igual participé activamente de las marchas, me quedaba hasta el final a escuchar las tocatas y mirar los desmanes que quedaban a pasos del escenario. Durante mi infancia y adolescencia casi no salí de Puente Alto y gracias a las marchas conocí mejor Santiago, fue una época increíble, acompañada de un movimiento social muy vibrante.
El 2011 me cambió, sentí que era una persona politizada y mi interés por estos temas fue creciendo, hasta que decidí estudiar ciencia política en la Universidad Diego Portales. Al igual que a todos, allí se me abrió un mundo nuevo, conocí personas de distintas clases sociales, de otras regiones y distintos pensamientos políticos. Esta experiencia me ayudó a dimensionar la profunda desigualdad de oportunidades que existe y el falso mito de la meritocracia.
Mis papás vivieron toda la dictadura y pese a que no conversábamos nunca de política, siempre fueron fieles a la Concertación e indirectamente yo me fui formando bajo esa misma corriente. Al final éramos el resultado del discurso del esfuerzo personal y la movilidad social, el cuento de la reducción de la pobreza y los logros económicos de todo este período, aunque claramente la desigualdad y la sensación de desigualdad nunca se fueron.
Apenas salí de la universidad empecé a trabajar, eso también me abrió un nuevo mundo, viajé a distintas localidades del norte del país y ahí sí que conocí el abandono total, pueblos y comunas que no reciben ayuda de nadie, espacios donde el Estado no existe. Realidades escondidas para quienes vivimos en la capital, comunidades que viven apenas con unas pocas horas de electricidad y acceso al agua, o derechamente el agua es un lujo. Todo esto me ha ido reafirmando cómo el discurso de este país exitoso y el esfuerzo personal para surgir son palabras armadas por personas desconectadas de la realidad.
Aunque durante los años de la Concertación se hicieron varias cosas buenas, veo que nadie se ha hecho responsable por cómo durante este período se normalizaron y profundizaron el abuso de las élites a todos y todas nosotros. La excepción fue el segundo gobierno de Bachelet, que intentó realizar algunos cambios a los que nuevamente las élites se opusieron. La agenda de ese gobierno apuntaba en la dirección correcta y, sin embargo, gente incluso de su propia coalición le hizo la vida imposible, obstruyendo y dificultando todas las reformas que se requerían. Aquí queda claro que quienes se ven favorecidos por este sistema no tienen el mínimo interés en cambiar las cosas, les da igual el bien común y solo quieren mantener su poder intacto. Así nos fuimos acercando cada vez más al 18 de octubre, entre la acumulación de todas estas rabias y frustraciones, y un gobierno insensible a los abusos y humillaciones que las personas viven día a día.
Nunca olvidaré el 18 de octubre. Fui después del trabajo a tomar cerveza con unos compañeros a Providencia, a esa altura ya sabía que sería difícil volver a Puente Alto porque el transporte público dejó de funcionar, el Metro ya estaba cerrado y no pasaban micros, así que decidí despreocuparme de la vuelta a mi casa y caminamos de Providencia a Macul, a la casa de un amigo. En el camino nos encontramos con barricadas e íbamos informándonos sobre las estaciones de Metro de la línea 4, la línea que yo uso habitualmente, se estaba incendiando, realmente no sabía bien hasta dónde iba a llegar todo esto. Durante ese fin de semana participé de las movilizaciones que hubo en Puente Alto, nunca había visto tanta gente reunida en mi comuna, en todas las estaciones de Metro había gran número de personas manifestándose, haciendo barricadas, o solo mirando este momento excepcional.
Cuando comenzaron las primeras concentraciones y marchas en Plaza Italia, me di cuenta de que el movimiento era realmente popular. Durante todo octubre, noviembre y diciembre fui después de trabajar a muchas convocatorias, no importaba si estaba cansado o si era lunes o martes, necesitaba estar ahí. Participé el 25 de octubre de “la Marcha más Grande de Todas” y no me perdí ninguna de las convocatorias de los viernes. Además de ir a protestar valoro mucho el haber podido compartir con mis amigos de toda la vida y amigos de la universidad, también volver a encontrarme con gente que no veía hace años y sentir que además había alegría y esperanza: cantar y gritar, ver a la tía Pikachú y distintos colectivos bailando, los fuegos artificiales por las noches y la creatividad de los miles de carteles, compartir con personas desconocidas, volver a la casa en micros pirata con gente que también había ido a la manifestación y conversar de todo lo que estaba pasando.
Sin embargo, no todo fue bonito y alegre, este proceso está teñido por mucho dolor, angustia e incertidumbre, al principio fue el estado de excepción y los toques de queda, pero esto no era nada con lo que vendría después. Las marchas se fueron haciendo cada vez más represivas, la policía estaba descontrolada, saltándose todos los protocolos y normas que se supone debería cumplir. Estuve ahí al lado de mucha gente a la que le dispararon perdigones, la policía tiraba lacrimógenas sin tener motivos para hacerlo, vi cómo personas desesperadas huyendo de la violencia policial se tiraban a la ladera del río Mapocho. Sentí miedo a que me pasara algo grave, nunca había sentido un miedo así y también mucha impotencia de ver en vivo y por redes sociales abusos y violaciones a los derechos humanos que se repetían en todo el país.
Veo el futuro con optimismo, el estallido social derribó el mito de que los chilenos y las chilenas dejamos que se acumulen los abusos; sin duda tenemos la misma capacidad de cualquier otro país de levantarnos y demandar nuestros derechos. A pesar de toda la incertidumbre que hay en el proceso constituyente, tengo esperanza porque es una oportunidad única. Quizás estoy pecando de optimista, pero si me hubiesen preguntado hace dos años atrás si era posible un estallido social en Chile como el de octubre, mi respuesta hubiese sido que no. Ya no hay vuelta atrás.
2. Las precariedades económicas de los “privilegiados”:morosidad en jóvenes profesionales de Santiago y Concepción
Lorena Pérez y María Constanza Ayala
El invierno del 2011 será recordado por muchos como el inicio del despertar de Chile. Las grandes manifestaciones que inundaron de jóvenes secundarios y universitarios las calles de las ciudades más importantes de Chile comenzaron no solo a inaugurar un ciclo de protestas de alta masividad en nuestro país, sino a instalar con fuerza el rechazo por el endeudamiento estudiantil y el lucro en el sistema universitario. Las altas tasas de interés de los créditos universitarios, las condiciones de pago perjudiciales para los jóvenes deudores y la promesa de movilidad social que ofrecía el endeudamiento estudiantil comenzaron a ser cuestionados en el seno de un movimiento estudiantil con alta legitimidad social. Ocho años más tarde, el endeudamiento universitario vuelve a aparecer en las pancartas de las masivas manifestaciones de octubre del 2019: “Toma
