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No todas las actividades preventivas son inocuas y beneficiosas. Algunas de las acciones para prevenir enfermedades son invasivas y perjudiciales, y no hay argumentación científica que avale el riesgo frente al posible beneficio. Los doctores Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández desgranan en este libro algunos de los casos más importantes, mientras hacen una reflexión fundamental sobre la excesiva medicalización de la sociedad actual y la importancia de, sencillamente, vivir. La salud se ha convertido en una de las preocupaciones principales de la sociedad, incluso de aquellos que gozan de una salud normal para su edad y constitución. Para conseguirla o por el miedo a perderla, aceptamos todo. Los médicos se han convertido en los sumos sacerdotes que dicen qué y cuándo comer, beber o tener sexo. La muerte se vive como un fracaso del médico o del sistema sanitario, con la fantasía de creer que la salud, y pronto la inmortalidad, es un derecho constitucional. Por otro lado, se consigue que todos nos sintamos pacientes y seamos culpables de todo los que nos pasa por no seguir de forma estricta los preceptos médicos de vida saludable. Nos dejamos la salud intentando alcanzar la salud perfecta. Este libro nos hace reflexionar sobre el sentido de la salud y la figura del médico y la sanidad. Nos muestra que algunas de las acciones preventivas que nos realizan habitualmente no tienen fundamento científico, vulnerando nuestros derechos como pacientes al no recibir toda la información sobre las posibles reacciones adversas. Este es un libro que sorprenderá, que permitirá ver con otra perspectiva muchos conceptos que damos por sabidos o por lógicos. Apoyado constantemente en la ciencia, y con decenas de enlaces a estudios nacionales e internacionales, es fundamental para el personal sanitario y, especialmente, para los que pretenden serlo. Un libro, en definitiva, que vuelve a poner en el centro de la vida lo importante: la capacidad de disfrutar de cada momento, de aceptar la vejez y los achaques, teniendo una relación ética con el sistema sanitario y disfrutando de unas acciones preventivas que den prioridad a la mejora de las condiciones de vida para todo el mundo.
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Seitenzahl: 665
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández
Sano y salvo
(y cómo sobrevivir a los excesos de la medicina)
nuevo texto revisado
los autores
Mercedes Pérez-Fernández Licenciada en Medicina por la Universidad de Valladolid (España) y especialista en Medicina Interna, dejó la comodidad del hospital por la posibilidad de ser al tiempo madre y médico de cabecera de 2.000 pacientes. Con cinco hombres en casa, se hizo feminista de armas tomar. Sus pacientes salían con frecuencia en las noticias, en la sección de sucesos, pues dedicó casi tres décadas (70, 80 y 90 del siglo xx) al bronco San Blas, del Madrid del tiempo de antes, durante y después de «la Movida», cuando la heroína mataba tanto como el SIDA. Tras un tiempo en un asilo (como médico), ocupó plaza de médico de pueblo ya sin hijos en casa, en la primera década del siglo xxi.
Entre las experiencias vitales, el viaje de tres meses en el 2011 recorriendo la piel y las venas abiertas de Brasil (25.000 km, 32 ciudades, 19 estados, 70 centros de salud), zonas de bajo Índice de Desarrollo Humano, para evaluar la atención primaria con la Sociedad Brasileña de Medicina Familiar y Comunitaria.
De siempre le gustó la ética médica y le ha dedicado horas de teoría y práctica. También le gusta pintar al óleo y hacer iconos al estilo antiguo. Se le da muy bien el punto y lucen piezas hechas a mano su esposo (Juan Gérvas), cuatro hijos y ocho nietos (y algunos amigos). Todavía, a veces, juega con Honorata, la muñeca que viste y calza como si fuera la hija que nunca tuvo, que le regaló su entonces novio y actual marido. Baila muy bien, es alegre y animosa, buena compañera de viajes y del viaje de la vida. Lee ficción, aprecia el buen vino, disfruta de las calas del Cabo de Gata (Almería, España) y del nadar en el mar Mediterráneo, y no le importa pasar el rato distraída «pensando en las musarañas». No aguanta la injusticia, la corrupción, a los abusones, a los estúpidos, a los chulos ni las tonterías innecesarias.
En 2015 tuvo un grave infarto de miocardio del que está recuperada, más animada y más crítica con la medicina que nunca. Ha publicado con Juan Gérvas tres libros: Sano y salvo, (y cómo sobrevivir a los excesos de la medicina), La expropiación de la salud y El encarnizamiento médico con las mujeres. Entre todas sus publicaciones científicas elegiría para docencia de estudiantes y residentes: El efecto cascada: implicaciones clínicas, epidemiológicas y éticas y Aventuras y desventuras de los navegantes solitarios en el Mar de la Incertidumbre.
Juan Gérvas, Médico y hombre feliz (con camisa y sin ser del todo idiota). Casado con Mercedes Pérez-Fernández, cuatro hijos, ocho nietos. Viajan con ellos, sin sus padres, todos los veranos a lugares variopintos (en 2016 a Islandia, en 2017 a Castilla y León, en 2018 a Estocolmo). Optimista nato, crítico duro, positivo en lo práctico diario. Empezó medicina en Valladolid (España) con 16 años, y acabó a los 22, con un hijo y esperando otro. Durante la carrera, alumno interno de Medicina Interna, y becario de IBM para el desarrollo de la historia clínica electrónica (en 1969 ya decían: «En diez años, la historia resolverá los problemas de coordinación»). Primeros años profesionales dedicados a la docencia (anatomía), a la tesis doctoral en Valladolid (facultad de medicina) y a la investigación en laboratorio (neurología, modelos experimentales de enfermedad de Parkinson) en Madrid (facultad de medicina de la Autónoma y hospital Ramón y Cajal). Búsqueda de «vida» como médico de cabecera (médico general) en la atención primaria, a la que ha dedicado el resto de su vida. Escritor de lo que vive y siente, entusiasmado con lo que hace. Exigente con los demás, pero más exigente consigo mismo.
Primeras décadas de trabajo como médico general en Madrid capital (en la intersección de la riqueza y la pobreza, de los «doctores en» y de los analfabetos, entre la glorieta de Cuatro Caminos y la calle Orense), la última década profesional de médico rural en la sierra de Madrid, atendiendo población del valle del río Lozoya, en el entorno del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama (pueblos de Canencia de la Sierra, Garganta de los Montes y El Cuadrón). Practicante de una medicina con límites, científica y humana (armónica). Profesor siempre en la universidad española, en torno a la salud pública y la atención primaria. A tiempo parcial también en Estados Unidos (Escuela de Salud Pública de la Johns Hopkins, de 1991 a 2013) y en la Escuela Nacional de Sanidad (todavía profesor invitado de Salud Internacional).
Jubilado de la clínica, activo en docencia y en la Red. Le gusta la poesía y el cine en versión original, andar por el campo, nadar en el mar (desnudo), saltar al agua desde acantilados altos y conducir (hubiera sido camionero si no fuera médico). Se defiende en español e inglés, convive con el catalán, el francés, el italiano y el portugués y llegó a saber ruso. Ha publicado con Mercedes Pérez-Fernández tres libros en Libros del Lince (Barcelona): Sano y salvo, (y cómo sobrevivir a los excesos de la medicina), La expropiación de la salud y El encarnizamiento médico con las mujeres. Coordinó el libro del Equipo CESCA sobre Registros en atención primaria y con Josep Casajuana el de Renovación de la atención primaria desde la consulta.
Entre sus publicaciones científicas, para estudiantes y residentes destacaría Is clinical prevention better than cure? y Clinical care and health disparities.
© Juan Gérvas y Mercedes Pérez Fernández, 2013
Primera edición: junio de 2020
© Barbizon s.l. 2021 para Acta Sanitaria
ISBN: 978-84-122249-0-0
Edición y correcciones: Patricio Jiménez García
Diseño y maquetación: Esperanza Nicolás Torrejón
Se han utilizado las fuentes tipográficas Fontin y Fontin Sans creadas por Jos Buivenga (exljbris) www.exljbris.com
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin permiso previo del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (art. 270 y ss. del Código Penal).
A nuestro hijo Pedro, que pidió este libro para sus amigos y tuvo infinita paciencia para leer varias versiones preliminares y ayudar a templar la impaciencia impertinente de sus padres como divulgadores.
Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gérvas
prólogo
Son actividades sanitarias preventivas las que tratan de evitar daños futuros mediante intervenciones médicas específicas generalmente en sanos, o aparentemente sanos; se pueden emplear medicamentos, cirugía, técnicas de imagen, consejos, etc.
Las actividades preventivas intentan impedir males y costes mayores en el futuro mediante intervenciones que producen inconvenientes y costes menores en el presente. La propuesta de evitar grandes y costosos daños futuros es tan atractiva y prometedora que adquiere fuerza profesional y social que termina cegando el buen juicio y la prudencia. La prevención viene a ser el anillo único de El señor de los anillos. La posesión del «Anillo de la prevención» embriaga hasta el delirio. El buen médico, la buena enfermera, otros buenos profesionales y hasta el buen gestor y el buen político caen sumisos ante las propuestas preventivas, y no siempre es por intereses indignos ni por dinero, ni siquiera por arrogancia, pues en muchos casos se debe a la simple ignorancia.
Las propuestas preventivas deslumbran también a pacientes y poblaciones con sus promesas de un mundo mejor, con menos enfermedad, menos sufrimiento, menos muertes y un coste sanitario menor. En su consecución, se ignoran la ciencia y la ética, pues todo lo justifica el bien futuro. Buen ejemplo es el daño que ha hecho la transformación de los factores de riesgo en enfermedades, con la medicalización consiguiente. Así, el caso de la hipertensión, un factor de riesgo considerado como enfermedad y tratado en exceso con medicamentos, con los daños consiguientes.
La medicalización se impone a través de la biometría, las definiciones de salud y enfermedad basadas en percentiles y en cifras, en general. También se impone a través del miedo, el miedo a enfermar y a morir cuando no se cumplen las indicaciones médicas, miedo que se generaliza a través de un higienismo social que da calificaciones morales negativas, por ejemplo, a la obesidad y a la promiscuidad. Es el salutismo coercitivo, la «salud persecutoria» que pretende ignorar los profundos determinantes del comportamiento humano y asumir que, por ejemplo, «los fumadores son idiotas», ya que continúan fumando pese a conocer el daño que causa el tabaco. Tal salutismo coercitivo ignora la acracia de Aristóteles, cuando el conocimiento y la racionalidad no definen nuestras acciones ni comportamientos. La medicalización infantiliza a la población, que espera e incluso exige consejos médicos para todo; por ejemplo, por dónde caminar en verano (¡por la sombra!), qué hacer ante un simple catarro, cuánto sexo es «conveniente» o qué comidas son más «saludables». Los médicos devienen sacerdotes de la nueva religión de la «salud» y ellos dictaminan qué está bien, qué mal.
Extender a los sanos el negocio de la salud es un asunto relativamente sencillo. Solo hay que persuadir a los sanos de que no es lo mismo estar sano que sentirse sano, pues incluso uno podría tener una enfermedad y no haberse dado cuenta de ello. Así que, estando sano, pero con el miedo metido en el cuerpo, uno se convierte en enfermo al buscar desesperadamente la imposible salud perfecta.
Por ello, ante cualquier propuesta preventiva, hay que mostrarse precavido en extremo, como cuando estamos ante un taimado embaucador. La mirada hipnótica de la prevención nos atonta y envilece hasta terminar convertidos en homicidas, como terminaron los pediatras con lo de «dormir boca abajo» durante más de cuatro décadas, los ginecólogos con los parches para la menopausia durante más de tres décadas, los endocrinos ahora con la hemoglobina glucosilada y los psiquiatras con los neurolépticos para el control social de los pacientes singulares y/o molestos.
Las propuestas preventivas son más arrogantes cuanto más ignorantes son los que las proponen, pero, además de ignorancia, la arrogancia incluye también desprecio a la discrepancia. No deje que las propuestas preventivas aniquilen los principios éticos básicos de autonomía y no maleficencia. Nunca dé un rápido sí a las propuestas preventivas. Ante la prevención, precaución.
Los individuos de las sociedades de los países desarrollados y en desarrollo gozamos de una salud envidiable. Disfrutamos de mejor salud que nunca. Por ejemplo, jamás la humanidad había contado con poblaciones de naciones cuya expectativa de vida al nacer fuera de más de 70 años (en 2015, 76 años en Brasil, 82 en Portugal y 84 en España).
Sin embargo, a mayor salud objetiva, peor salud subjetiva. Es lo que llamamos la paradoja de la salud, de forma que los individuos de las sociedades ricas con gran expectativa de vida sana se sienten más enfermos que los individuos de las naciones pobres, donde la expectativa de vida (con y sin enfermedad) es muy baja. Además, resulta llamativo que la salud no contribuya en mucho a la felicidad, por más que sea popular aquello de «salud, dinero y amor».
Si tener mayor salud no contribuye al bienestar ni a la felicidad, hay que pensar que nos estamos equivocando en algo importante. Erramos con la salud, y quizá erramos en la forma en que la disfrutamos y la mejoramos.
A la paradoja de la salud se suma la vergüenza de la desigualdad, tanto en las naciones ricas como en los países en desarrollo. La desigualdad implica enfermedad y pobreza, injusticia y abuso, sufrimiento y muerte. Pareciera que tal desigualdad y pobreza se compensaran con el sentimiento de mala salud entre los afortunados.
En este libro hemos empleado lo mejor del conocimiento científico1 y de nuestra experiencia clínica para tratar de la salud y de la enfermedad, y de cómo estar a salvo de las intervenciones sanitarias que provocan pérdida de bienestar y de felicidad sin mejorar la salud. Estas intervenciones médicas e industriales intentan mejorarla y evitar sufrimiento, enfermedades y muertes, pero realmente son innecesarias y perjudiciales, o bien, siendo necesarias, se utilizan indebidamente en persona, tiempo y/o lugar.
Trataremos, pues, de cómo estar sano y de cómo disfrutarlo sin intervenciones sanitarias innecesarias. Hemos hecho un repaso empleando diversos ejemplos, escogidos por su importancia y por la capacidad docente de los mismos. En general, incluimos recomendaciones para enfrentarse de la mejor manera a los problemas considerados. Sin embargo, nuestras propuestas no pueden aplicarse a todos los casos particulares, en los que se debe contar con el médico de cabecera.2
Este texto puede ser leído por profesionales y por legos, ya que para entenderlo basta un nivel cultural medio y tener interés por disfrutar de la vida y de la salud. Recomendamos leerlo apartado tras apartado, en su orden, con sosiego y tiempo, pero cada apartado puede ser de lectura independiente, ya que hemos repetido lo necesario para darle sentido por sí mismo. Por ejemplo, si le interesa especialmente la osteoporosis, el cáncer de mama y/o el cribado prenatal de cromosomopatías, vaya directamente a su lectura, pues el contenido es autosuficiente en lo que respecta a los conceptos necesarios para su interpretación. Por otra parte, los conceptos importantes se repiten en distintas situaciones y problemas para facilitar su comprensión. En ese sentido, no nos ha importado «clavar el clavo y remacharlo».
Si tiene dificultad con algún apartado, no se rinda y continúe la lectura, pues muchas veces los apartados siguientes le ayudarán a entender los precedentes. Proceda igualmente ante los datos concretos y sáltese los párrafos con cifras y nombres si le resultan incómodos: aunque ayudan a justificar razonamientos y a entender el contexto, nunca son absolutamente necesarios.
El libro está pensado para el lector español y para el brasileño3, pero hemos tratado de ser globales, de forma que los localismos sean ejemplares y los extranjeros también puedan leerlo con provecho.
Para terminar, invitamos al lector a disfrutar de las maravillas que hemos intentado reunir en este libro. Maravillas en el sentido de conocimiento nuevo que asombra, pero también en el sentido del placer de descubrir lo obvio y cercano que se nos revela con reluciente brillo. Deseamos que este «libro de las maravillas» abra las puertas de muchas «ciudades invisibles» donde establecer un silencioso diálogo consigo mismo que ayude al lector a conservar e incrementar su salud.
De la salud y de la prevención de enfermedades: una visión entre la biología y la sociología
En España, la expectativa de vida al nacer se dobló en un siglo: pasó de los 40 años en los nacidos a principios del siglo xx a los 80 años en los nacidos a principios del siglo xxi. En Portugal pasó de 40 a 76 años y en Brasil de 30 a 70 años (más del doble). Este espectacular resultado se debe especialmente a las mejoras de las condiciones ambientales, culturales, económicas y sociales, y, en algunos aspectos críticos, a intervenciones sanitarias4 como vacunas, antibióticos, cirugía, rehabilitación y otras.
Se cifra en un 10 % el impacto del sistema sanitario en la salud, dependiendo el 90 % de la genética y de otros determinantes (alimentación, vivienda, educación, suministro y depuración de aguas, redistribución de la riqueza, democracia, etc.). Sin embargo, el resultado global que lleva a duplicar la expectativa de vida suele atribuirse popularmente a «los médicos», que ciertamente ofrecen intervenciones casi milagrosas mediante técnicas diversas, como la anestesia local y general, el diagnóstico precoz y el tratamiento adecuado del infarto de miocardio y la escucha terapéutica curativa en la depresión leve y moderada.
La duración de la vida no se ha doblado. Es decir, no se vive el doble, sino que muchísimos más viven mucho más. Al comienzo del siglo xx ya había muchos octogenarios (y algún centenario), sobre todo entre los miembros de la clase alta. El logro social ha sido evitar las muertes consiguientes a la pobreza, al hambre, al analfabetismo, a la falta de suministro y de depuración de aguas, a las malas condiciones de las viviendas y de los trabajos y a la carencia de atención sanitaria efectiva. Como en casi todo, se ha conseguido el éxito por el esfuerzo común. Leonardo Boff (teólogo brasileño) sugirió que el milagro de los panes y los peces no consistió en lograr la multiplicación de estos, que sería lo sencillo, sino en lograr la puesta en común de todo lo que tenía cada uno y su justo reparto (que es lo verdaderamente difícil). Nada lo demuestra mejor que la salud de los niños británicos pues, durante el tiempo de racionamiento por la Segunda Guerra Mundial, se lograron índices que no se han repetido. Había poco, pero se repartía justamente y, en consecuencia, mejoró como nunca la salud infantil en su conjunto.
La mejor distribución y uso de la riqueza ha permitido evitar causas de muerte que eran frecuentes al comienzo del siglo xx, como la desnutrición. Además, esa misma riqueza bien distribuida ha llevado la atención sanitaria efectiva a toda la población y, con los nuevos recursos generados por el progreso científico y técnico, ha permitido dar respuesta a causas frecuentes de muerte, como las neumonías infantiles.
En España y en Brasil a lo largo del siglo xx, el incremento de la riqueza y su mejor distribución llevaron a la disminución de la mortalidad por las enfermedades y lesiones de la pobreza (malnutrición, lepra, violencia, accidentes domésticos y laborales, tuberculosis, deshidratación, fiebre reumática, cáncer de cuello del útero, complicaciones de embarazo, parto y puerperio y otras) y al incremento de la mortalidad por las enfermedades y lesiones de la riqueza (diabetes, gota, accidentes en actividades de ocio, insuficiencia cardíaca, demencias seniles, efectos adversos de medicamentos y otras), sin grandes cambios en las enfermedades congénitas (hemocromatosis, hemofilia y otras). A su vez, el progresivo envejecimiento de la población también ha introducido cambios cuantitativos y cualitativos en la mortalidad. Por ejemplo, las muertes por demencia senil y por Alzheimer se incrementan donde aumenta la longevidad, ya que son enfermedades inexistentes en edades tempranas.
No hemos conseguido una larga vida con una muerte «corta», pues en el siglo xxi es frecuente morir de viejo, pero tras años de un lento y progresivo deterioro (y ello afecta más a las mujeres, que viven más años con enfermedades y minusvalías). Sin embargo, en conjunto, la mejor expectativa de vida al nacer es en cantidad y en calidad. Se han añadido años de mejor salud, y a este respecto es muy importante la atención médica efectiva. Por ejemplo, medicación para aliviar el asma, intervención quirúrgica para eliminar cataratas, tratamiento odontológico para la infección de un molar, seguimiento del paciente con diabetes, prótesis en la artrosis (y fractura) de cadera, vacuna contra la poliomielitis, etc. Obviamente, en un ejemplo, además de recuperar la vista por la intervención de cataratas (o de no perder la visión por retinopatía diabética evitada con un tratamiento apropiado), es importante saber leer y tener tiempo, ganas y libros que leer (poder comprarlos, o disponer de una red de bibliotecas públicas bien surtidas).
En la salud se entrelazan siempre los determinantes biológicos, ambientales y sociales. Podemos considerar la salud como el vector final en un momento dado de la combinación de otros muchos vectores (determinantes), que dan por resultado un estado concreto que permite el disfrute de la vida, aun con sus limitaciones e inconvenientes.
El aumento de la cantidad y la calidad de vida no se ha acompañado de una mayor felicidad general ni de una mayor satisfacción con la propia salud. Todo parece poco en este campo. Es paradójico que el aumento de la salud genere un apetito insaciable de mejor salud sin casi disfrutar de la que ya se tiene. Se busca la salud por sí misma, y lograrla no sacia, sino que invita a mayor consumo. Amartya Sen (economista y filósofo bengalí y estadounidense) lo describió como la paradoja de la salud. Dicho con palabras de Iván Illich (teólogo, sociólogo y pensador austriaco): «En los países desarrollados, la obsesión por la salud perfecta se ha convertido en un factor patógeno predominante. El sistema médico, en un mundo impregnado del ideal instrumental de la ciencia, crea sin cesar nuevas necesidades de atención médica. Pero cuanto mayor es la oferta de salud, más son las personas que tienen problemas, necesidades y enfermedades. Todos exigen que el progreso ponga fin al sufrimiento de los cuerpos, que mantenga el mayor tiempo posible la frescura de la juventud y que prolongue la vida hasta el infinito. Ni vejez ni dolor ni muerte. Olvidando así que esta rebelión es la negación de la propia condición humana».
El apetito insaciable de consumo de servicios sanitarios (preventivos y curativos) por pacientes y poblaciones tiene un precio, no solo monetario, pues la actividad del sistema sanitario termina siendo la tercera causa de muerte, como se ha demostrado en Estados Unidos, donde causa unos 250.000 muertos anuales. En la Unión Europea mueren cada año, por efectos adversos de medicamentos, unos 200.000 pacientes. En España, y solo respecto a los medicamentos, se calculan unos 19 millones anuales de efectos adversos, de los que un millón son graves y en el 0,65 % mortales; es decir, provocan la muerte de unos 6.500 pacientes. En el mundo, especialmente en Israel, se ha demostrado que las huelgas de médicos se asocian al descenso de la mortalidad general de hasta el 45 %.
No cabe duda: la atención sanitaria es un factor de riesgo y conviene su uso precavido, en caso de verdadera necesidad.
El objetivo de este libro es ayudar al lector a resolver el dilema entre disfrutar de la salud (e incrementarla) y temer perderla con el disfrute. Se trata de encontrar un equilibrio entre las expectativas de salud que desearíamos conseguir y las posibilidades presentes que tenemos a manos llenas.
Al valorar la salud en un país concreto, conviene tener en cuenta el grado de desarrollo. Así, son muchas las diferencias entre la España y el Brasil y Portugal a comienzos del siglo xx y a comienzos del siglo xxi. En nuestra opinión, algunas se relacionan intensamente con la salud y con la insatisfacción sobre la salud. Por ejemplo, se está pasando de una sociedad rural y caciquil, a una urbana y democrática (dentro de lo que cabe). De una economía basada en la agricultura y la ganadería, a otra basada en los servicios y la industria tecnológica. De lavar en el río, a la ropa de (casi) un solo uso. Del botijo/cántaro (sin agua corriente), al aire acondicionado. Del fuego en el hogar, a la cocina de inducción (que se emplea poco, pues se cocina poco). De la pobreza pavorosa, a la riqueza ostentosa. De un estado de malestar (pendiente de la sequía, sin pensiones), a un estado de bienestar (sin exagerar). De una población con fuertes sentimientos de pertenencia a la comunidad (gracias a la estabilidad de residencia y a las relaciones cara a cara), a una población de individuos sin adscripción geográfica, conectados a distancia por medios de comunicación diversos. De la importancia de lo comunal, a la sacralización de lo individual. De analfabetos (no incultos), a universitarios (sin trabajo). Del individuo como un eslabón más en la cadena de la evolución, al personaje que se siente el final (y fin) de la misma. Del matrimonio como remedio a la concupiscencia, al amor libre (y al aborto voluntario a cargo del sistema sanitario público). De la aceptación (de la muerte y del «destino»), a la negación (de la muerte y del «destino»). Del sobrevivir (y gracias), al disfrutar (aquí, ahora y todo). De la mala nutrición escasa (un «chusco y vale»), a la abundancia de comida de baja calidad (comida basura). De la enfermedad aguda (única, de causa infecciosa), a la enfermedad crónica (multicausal y asociada a otras varias enfermedades, multimorbilidad). De la religión como consuelo, a la medicina como señuelo. De la curación (de lo que se podía), a la prevención (todo se exige, incluso riesgo cero). De la salud como experiencia personal y social, a la salud como producto personal de consumo «médicamente certificado». Del oprobio social de ser madre soltera (e «hijo de»), a la desaparición del estado de soltería (y a la consideración legal de igualdad entre los hijos, con independencia de su origen). De la vida de parto en parto (y muerte por defectuosa atención, con familias numerosas y numerosos hombres casados de «segundas» y «terceras» nupcias), a la esterilidad voluntaria por causa económica (y a la pareja de hecho, con divorcio legal).
El resultado es una población con una salud envidiable y habitantes insaciables consumidores de productos y de servicios sanitarios. ¿Cómo hemos llegado a tan inesperado final?
Lo sintetizaron bien Soledad Márquez (médica sevillana, de salud pública) y Ricard Meneu (médico valenciano, economía y organización de servicios) al analizar la participación de quienes son protagonistas de la medicalización (intervenciones médicas en situaciones de normalidad o de variación de la normalidad) y de la patologización (conversión en enfermedades de problemas no médicos), a veces sin saberlo.
Se ha producido una colusión (confluencia) de intereses entre actores varios, incluyendo individuos y poblaciones que eligen como ideal la etapa juvenil y aspiran a la juventud eterna de manera que envejecer y morir se rechazan, pues se entienden como errores y fracasos del sistema sanitario.
Los médicos se convierten en sacerdotes de la nueva religión de la salud del cuerpo y de la mente, y a ellos se fía la certificación de salud tras cumplir las normas de buena conducta que dictan. Se mide la salud con métodos rigurosos y aparentemente científicos (pero mudables de tanto en tanto, según intereses varios), basados siempre en cánones biológicos, lo que se denomina biometría.
Los propios pacientes comulgan con la biometría y aprenden cifras normales de tensión arterial, colesterol HDL (antes «colesterol bueno»), percentiles infantiles, genes, densitometría, PSA y demás. Las sociedades científicas, financiadas por las industrias, cambian las definiciones de enfermedades, ampliando el negocio de dichas industrias al incrementar el número de «enfermos». En China, se calculó en 2017 que, al aplicar las nuevas definiciones de hipertensión, dislipemia y diabetes, habían incrementado el número de pacientes en 360 millones de personas, y el coste de los tratamientos correspondientes era el 57 % del total del gasto sanitario chino.
La aspiración general es encontrar una píldora mágica o una solución sencilla que elimine de raíz y sin molestias los complejos problemas del enfermar en el siglo xxi. Se rechazan los inconvenientes de la vida diaria y las variaciones de la normalidad, de forma que todo turba y espanta, y se aceptan propuestas casi del tipo de las que hace la astrología. Finalmente se expropia la salud, término que acuñó Ivan Illich, y, por ejemplo, la salud del niño la define el pediatra con sus artes y su ciencia, no la madre experimentada ni la abuela.
Las actividades sanitarias, especialmente las preventivas, se justifican por victorias pírricas contra la muerte. Basta salvar una vida para compensar programas millonarios (en euros) que causan, como efectos adversos, dolor, sufrimiento y muerte que no se valoran. Se produce una especie de medicina basada en la sensiblería que bien podría llevar a prohibir totalmente el tráfico de vehículos para evitar la muerte por accidente en las carreteras. Naturalmente, el buen juicio se suele imponer casi siempre y se mejoran las normas, los vehículos y las carreteras, y no se prohíbe la circulación. Pero, a veces, la prevención se justifica por ese final feliz de evitar una muerte visible a costa de provocar daños invisibles, incluso mortales.
No podemos olvidar que los cuerpos encuentran la forma de morirse, para cumplir con la Ley de Hierro de la Epidemiología (muere todo el que nace). Los médicos, como mucho, prolongan vidas y añaden calidad a la mismas, pero no «salvan vidas», si hablamos científicamente. En palabras de James McCormick (médico general irlandés), «Curar solo significa retrasar la muerte, pues no confiere inmortalidad. Por mucho que mejore la ciencia médica, nunca erradicará el sufrimiento ni el miedo y el hecho de la muerte».
Muchos médicos y sociedades profesionales alimentan creencias absurdas y contribuyen a su génesis; por ejemplo, insistiendo en que tener dolor es un fracaso de la medicina, en lugar de considerar el papel protector del dolor en la vida (como bien demuestran las amputaciones que conlleva la anestesia local por lepra) y de que solo existen algunos dolores patológicos que habría que evitar. Se crean expertos y grupos de expertos que transmiten consignas sobre el problema de salud «de esta temporada» (y su biometría y tratamiento) desde el ojo del huracán académico, corporativo y tecnológico.
Los médicos no suelen estar solos ni vivir del aire, de forma que las industrias los sostienen, los animan y en cierta forma los crían a sus pechos, pues la inmensa mayoría de las actividades de formación y reunión están contaminadas con humos industriales y comerciales.
Entre las industrias destacan las farmacéuticas, pero también las tecnológicas, las alimentarias, las de medios de comunicación, las de organización de servicios, las de materiales, etc. Los médicos con más conflictos de intereses se apoyan y son apoyados por desarrollos industriales para crear enfermedades (disease mongering) para producir un mercado y consumidores de cada nueva promesa (medicamento, alimento, conducta, prótesis, intervención quirúrgica, etc.) que nos acercará al ideal del joven como ídolo y de la muerte como evitable. Lo esperable es la «juventud eterna», si no mañana, pronto. Los accionistas de estas empresas buscan cada vez más el beneficio inmediato, y en su obtención a veces se dañan los mejores intereses sociales (y la salud de los pacientes).
Los medios de comunicación pertenecen a empresas que se concentran para formar conglomerados que buscan la atención de los consumidores con imágenes impactantes, mensajes cortos y simples, la dramatización de la vida diaria, promesas irreales y novedades sorprendentes. Cabe poco análisis sensato, sereno y extenso. Muchas veces, los intereses de los periodistas y de sus patronos se alían con los de los médicos y las industrias que los cuidan. Es noticia diaria cualquier gen, medicamento, intervención preventiva y opinión que sorprenda a la audiencia y satisfaga sus expectativas de salud siempre y para siempre.
Los políticos tienen legitimidad democrática, pero muchas veces su práctica cotidiana es distante y poco transparente, y a veces directamente corrupta. Su comportamiento se guía por el corto plazo y el rendimiento electoral. Con su habitual olfato, sintonizan frecuentemente con los intereses industriales y siempre encuentran médicos y expertos que justifiquen científicamente «el negocio» de que se trate, sea una vacuna contra la gripe, sea la osteoporosis. Lamentablemente, muchos políticos no se guían por el bien público y en correspondencia desacreditan a las instituciones y a sus actividades.
Los gestores son en su mayoría dependientes de los políticos (nombrados a dedo) y temen la destitución tanto como la presión de los médicos líderes de opinión (los que a veces confunden «conflicto de interés» hasta dejar el concepto en la raspa, en el puro «lucrativo interés»). La gestión es conservadora y continuista, pues pronto se aprende que el que se mueve no sale en la foto. En consecuencia, se sigue la moda, y los recursos se consumen en la medicalización y patologización de individuos y poblaciones.
La academia (universidades, institutos de investigación) suele callar y otorgar. Emplea su tiempo en el desarrollo, la realización y la publicación de estudios de gran elegancia interna, pero de creciente irrelevancia externa (muy bien hechos pero inútiles). Su mundo es de otro mundo, excepto para los que participan en la creación de opinión y emplean la púrpura con mucho aire para defender hoy «esto» y mañana «aquello», según el son que toque la industria que aporta más presupuesto. Los estudiantes se forman en este ambiente alejado del devenir social, teniendo una atención biológica fragmentada y tecnológica, que agosta y esteriliza su empatía con el enfermo ya en el tercer curso de medicina, y pueden acabar la carrera, por ejemplo, sin haber estudiado nada sobre el impacto del analfabetismo y de la soledad en la salud de los ancianos. Sobre los estudiantes influyen tanto el currículo oficial como el currículo oculto que de facto hacen evidente que lo importante es la biología, la especialización y la tecnología. Lo que destaca es una enseñanza centrada en la tiranía del diagnóstico, en el uso de la tecnología y en la visión fragmentada del cuerpo (apenas sin alma) como campo de batalla contra la enfermedad y el factor de riesgo. La persona propiamente dicha, el ser humano doliente en su contexto familiar, cultural y social, no suele existir en la enseñanza a los profesionales sanitarios. Lamentablemente, no se enseñan dos tareas médicas básicas:
Adaptar las respuestas posibles a las creencias, expectativas y problemas específicos de cada paciente (el viejo «no hay enfermedades, sino enfermos»).Dar crédito y acompañar al paciente en su «ser doliente», sin críticas ni juicios de valor.En este complejo mundo de intereses, deseos y expectativas, cuajan y se aceptan las propuestas de prevención imposible, de intervenciones sin justificación que dañan a la población con las pruebas diagnósticas y los tratamientos consecuentes. Todos perciben el problema, pero se suman a la moda con dosis variadas de inocencia y de malicia, y ponen su granito en la construcción social de aspiraciones imposibles. Los años de mayor expectativa de vida se transforman en años de miedo a la muerte, y por evitarla se vive con temor noche y día. Son pandemias iatrogénicas de miedo; es decir, miedo provocado por la propia intervención médica. Buen ejemplo es el embarazo, que de «estado de buena esperanza» se ha transformado en la travesía de un campo de minas que durante cuarenta semanas obliga a la toma de medicamentos preventivos y a pruebas, análisis de sangre y orina, ecografías, exploraciones, citas y recitas y estudios varios para estar seguros de que «todo va bien», pero sin lograrlo nunca del todo, hasta llegar a un parto en muchos casos por cesárea (innecesaria en general).
Por supuesto, hay políticos, periodistas, médicos clínicos, gestores, científicos y académicos que tratan de frenar y revertir el devenir medicalizador de una atención sanitaria que camina hacia una visión biológica, fragmentada y tecnológica de la prestación de servicios a pacientes y a poblaciones.5 Contrastan con los médicos y expertos interesados en el negocio que manejan con malicia la información y atemorizan. Repiten como un mantra, por ejemplo: «Todos los años se diagnostican 500.000 nuevos cánceres de cuello del útero, y mueren por ello 250.000 mujeres en el mundo. En España se diagnostican al año unos 2.500 nuevos casos y mueren unas 700 mujeres por cáncer de cuello del útero (cada año mueren por todas las causas unas 190.000, de un total de unos 24 millones). En Brasil se diagnostican unos 15.600 nuevos casos y mueren unas 5.000 mujeres por cáncer de cuello de útero (cada año mueren por todas las causas unas 515.000 mujeres, de un total de unos 102 millones). Ahora, finalmente, dicen que hay una «vacuna contra el cáncer». Con ello, la mujer acepta hacerse una citología anual (si puede ser, semestral) sin dudar de que el cáncer de cuello uterino sea frecuente como enfermedad y causa de muerte. Acepta también vacunarse y vacunar a sus hijas contra el virus del papiloma humano.
Es difícil mantener la calma y entender que la vacuna es inútil. Se requiere calma fría para pensar que hay más de 3.000.000.000 de mujeres en el mundo, que cada año mueren casi 180.000.000 de ellas por causas varias (alrededor de la mitad por hambre, desnutrición, guerra y otras enfermedades de la pobreza) y que el cáncer de cuello del útero es justo una de esas enfermedades de la pobreza y muy frecuente como causa de muerte en los países más pobres del planeta, como Haití. En España, las mujeres que mueren por cáncer de cuello del útero son también en su mayoría pobres y marginadas (drogadictas, vagabundas, prostitutas, fumadoras...). Se hacen al año diez millones de citologías, innecesarias la inmensa mayoría, y casi nunca se hacen en las mujeres pobres y marginadas. En España, las estadísticas demuestran que la muerte por cáncer de cuello del útero es más insólita que la muerte por suicidio (en la mujer).
La prevención se ofrece como la solución urbi et orbi, y se supone que en el futuro próximo se eliminará todo sufrimiento, toda enfermedad y hasta la misma muerte. Solo se trata de ir controlando los factores de riesgo, hasta no dejar ni uno. Este deseo desmedido fue definido en 2003 por Vicente Verdú (escritor y periodista valenciano) como «pornoprevención».
Se utiliza la aureola positiva de la prevención para justificar casi cualquier intervención. Es cierto, por ejemplo, que es muy efectivo el consejo del médico de cabecera contra el tabaco, pero es cierto también que el diagnóstico precoz preventivo del cáncer de pulmón con TAC (tomografía axial computarizada, escáner) es inútil.
Pareciera que la prevención no tuviera efectos adversos, olvidando que las intervenciones médicas siempre pueden producir daños (y beneficios), del mismo modo que las monedas tienen cara y cruz. «Más vale prevenir» es verdad cuando no se cumple que «es peor el remedio que la enfermedad». Prevenir es lo mejor cuando prevenir es mejor que curar. En muchos casos es lo contrario, como bien demuestra el fracaso de los tratamientos farmacológicos contra la obesidad.
Todas las mejoras en salud se atribuyen a la prevención, como, por ejemplo, la disminución de los ictus cerebrales por el control de la hipertensión, por más que haya disminuido continuadamente desde comienzos del siglo xx, quizá por las mejores condiciones de vida, de conservación de los alimentos y de trabajo, la mayor redistribución de la riqueza y otras muchas mejoras.
Incluso el médico bien intencionado termina dedicando recursos excesivos como su tiempo, pruebas y tratamientos a la prevención innecesaria. La prevención clínica invade campos de la salud pública como si fuera mejor salvar a los que se ahogan en la riada, uno a uno, que no evitar las riadas.
Los casos anecdóticos se emplean para deslumbrar, sin análisis que ayuden a su interpretación. Buen ejemplo es el caso del «no cáncer» de tiroides, en 2012, de la presidenta de Argentina. Fue una mutilación en toda regla, pero se justificó con el «es un tiroides con nódulos» (como todos los tiroides). Tras la intervención, el tratamiento de por vida con tiroxina y su control. Pero la prevención todo lo justifica, e incluso ese efecto adverso sirvió para promover el diagnóstico precoz preventivo del cáncer de tiroides, una propuesta sin fundamento científico.
Los daños de la prevención se perciben generalmente a largo plazo. Así, por ejemplo, la terapia hormonal sustitutiva logra un beneficio inmediato de los incómodos sofocos y de la sudoración, tan frecuentes, lo que explicó su aceptación por muchas mujeres. Al cabo de los años se demostró que provocaba infartos de miocardio, embolias y cáncer de mama (55.000 nuevos cánceres de mama en el Reino Unido, por ejemplo).
El balance a favor de los daños de muchas actividades preventivas conlleva también un coste no justificado. Se estima que en torno al 30 % del total del presupuesto sanitario (unos 30.000 millones de euros anuales en España) es gasto ineficiente, y más del 75 % del despilfarro correspondería a actividades preventivas innecesarias. No es extraño que el incremento del gasto sanitario tenga escaso «rendimiento» en salud e incluso llegue a tener impacto negativo (a mayor gasto, menor salud).
Como normalmente se trata de personas sanas, la prevención exige por ética que las intervenciones tengan un claro balance a favor de los beneficios y que los daños sean muy infrecuentes y muy leves. Conviene ver las ventajas e inconvenientes de la prevención, y elegir las pruebas preventivas que logran un balance final beneficioso. Para ello es importante no confundir:
Promoción de la salud (mejora del estado de salud promoviendo actividades varias; por ejemplo, una visión tolerante de la diversidad sexual).Protección de la salud (normativa y legislación que protege e impide dañar la salud, por ejemplo, reglamentos sobre comercialización de alimentos).Prevención en salud (intervenciones que evitan el enfermar, por ejemplo, con vacunas eficaces o con el consejo médico contra el tabaquismo).En cuanto a la prevención propiamente dicha, conviene distinguir las medidas «aditivas» (que «añaden» intervenciones, como vacunas) de las medidas «restrictivas» (que disminuyen modificaciones, como el consejo médico contra el tabaquismo) pues las primeras pueden tener mayores efectos adversos y precisan de mayor conocimiento científico que las fundamente.
El segundo y último objetivo de este libro es facilitar al lector información organizada, completa y comprensible sobre las intervenciones preventivas más comunes. Para ello, se consideran separadamente las actividades de prevención primaria y las de prevención secundaria.
En ambas, la intervención se hace sobre personas sin síntomas ni signos de la enfermedad que se quiera evitar o diagnosticar precozmente.
En prevención se busca:
Evitar la enfermedad (prevención primaria).Diagnosticar la enfermedad en su fase asintomática (antes de que provoque molestias y/o produzca síntomas, prevención secundaria).El presente libro está organizado en cuatro secciones. La primera versa sobre la salud y sus determinantes, y en ella se hace un planteamiento científico, ideológico y social para explicar que la salud es algo más que biología, pues los determinantes del ambiente y los determinantes sociales han sido, son y serán fundamentales.
Otras dos secciones se dedican a la prevención primaria y secundaria. Insistimos en que las actividades analizadas se realizan cuando no hay signos ni síntomas que permitan sospechar la enfermedad que se quiere evitar.
Hay un último apartado sobre las diferencias entre el contrato clínico curativo y el contrato clínico preventivo, pues conviene que el lector se aproxime al impacto de la prevención primaria y secundaria en la relación médico-paciente. Queremos reivindicar así a los profesionales sanitarios que, con su trabajo, logran mover un sistema sanitario que ofrece servicios efectivos, pese a la medicalización de la sociedad y a otros problemas ideológicos.
Finalmente, en el corolario sintetizamos lo que creemos que resulta evidente tras el análisis de la información contenida en el libro.
En este libro analizamos actividades de prevención clínica, es decir, la prestación de servicios personales preventivos que tienen estrecha relación con la actividad médica diaria. En él no analizamos las medidas de prevención colectiva, dirigidas a la población (con o sin servicios personales). Por ejemplo, son actividades específicas del ámbito de la salud pública aquellas para potabilizar y fluorar el agua, las campañas de fomento del uso del preservativo, las medidas legales para disminuir la intoxicación por plomo o los programas de intercambio de jeringuillas para disminuir la transmisión de enfermedades infecciosas entre drogadictos. Sin embargo, incluimos el análisis de servicios como las vacunas, el cribado del cáncer de mama, el diagnóstico prenatal de cromosomopatías, el consejo contra el tabaco y otros, pues, al prestarlos, se solapan salud pública y prevención clínica.
No incluimos en este libro la prevención terciaria ni la prevención cuaternaria, dos actividades típicas del buen médico clínico. Es prevención terciaria limitar el daño que provocan las enfermedades una vez que dan síntomas y/o signos (tras el diagnóstico), así como lograr la reintegración del paciente a su mundo y a su actividad habitual. Es prevención cuaternaria evitar las actividades médicas innecesarias y/o el daño que provocan las actividades necesarias; en cierta forma, es la expresión moderna del viejo principio básico médico de «primero no hacer daño» (primum non nocere).
En este libro tampoco tratamos de enfermedades propiamente dichas, aunque en alguna ocasión se hable de ellas. El foco es la prevención clínica, no el diagnóstico, el tratamiento ni la rehabilitación de los pacientes.
Esperamos que el lector finalice la lectura con provecho, y haber logrado cumplir el viejo lema de La Cordorniz, revista satírica que se declaraba «la revista más audaz para el lector más inteligente».
La salud y sus determinantes biológicos, ambientales y sociales
analema y medicalización
«Analema» es el término astronómico para la figura que se obtiene cuando se determina desde el mismo punto geográfico la posición del Sol cada día a la misma hora durante un año. Por ejemplo, sobre el cristal de la ventana se marca con un punto el lugar del Sol en el cielo a las cuatro de la tarde, todos los días durante un año. Al cabo, se unen los puntos entre sí y se forma una figura que llamamos analema.
En la Tierra, el analema es una figura curva cerrada, un enorme ocho inclinado, con un lazo superior cuyo extremo corresponde al solsticio de verano (cuando el Sol llega a su máxima altura). El lazo inferior del ocho se sitúa en el sureste y su extremo corresponde al solsticio de invierno (cuando el Sol se encuentra a menor altura sobre el horizonte). El punto de unión de los dos lazos del ocho corresponde aproximadamente a los equinoccios de primavera y otoño.
Podemos ver nuestras vidas como analemas terrestres, como curvas cerradas que van y vuelven al punto de origen, del nacimiento a la muerte. Podríamos imaginar nuestro analema vital recordando qué hicimos y dónde estuvimos, por ejemplo, cada 21 de diciembre a las 12 de la mañana. ¿Qué hicimos, sentimos, vivimos en los previos 21 de diciembre de nuestra vida, a las 12 de la mañana? ¿Cómo podríamos describir nuestro analema vital si fuéramos observadores ajenos situados en ese punto fijo? ¿Dónde cambiamos, dónde iniciamos nuevos caminos, dónde tomamos desvíos y atajos, en qué punto y lugar de la geografía física, social, sentimental, profesional, personal, familiar y económica? ¿Qué otros analemas vitales se entrelazaron con el nuestro y cómo se solaparon y entrecruzaron, cuándo y cómo, por cuánto tiempo?
¿Qué retrasos y adelantos tiene nuestro analema respecto a la normalidad, al tiempo oficial, a lo correcto y prudente? ¿En qué somos como el común y en qué somos especiales? ¿Dónde querríamos haber llevado el analema, y dónde estamos y por qué?
Es importante tener una idea mental de ese analema vital que se dibuja al recordar una fecha memorable, y sobre todo es clave ajustarlo para que cuadre con nuestras expectativas, nuestros deseos y nuestras fantasías. En ese proceso está una gran parte de la salud, en ese decir «esto es lo que hay, esto lo acepto y esto lo cambio», «mi analema ha tenido tales características y querría que hubieran sido y que fueran estas otras, pero por experiencia sé que las futuras serán aquéllas». No se trata de tener la estabilidad y la fuerza de la roca, sino la flexibilidad asentada del junco. Analizar serenamente el analema vital personal añade salud, pues la salud no se encuentra en el despacho del médico ni en las intervenciones sanitarias, por más que a veces dichas intervenciones sean determinantes. Sentirnos vivos, disfrutar de la vida, superar los inconvenientes y aceptar nuestras limitaciones, eso es salud.
Estar sano es la capacidad de superar los inconvenientes de la vida y ser capaz de disfrutar de la misma. De hecho, en latín, salus alude a estar en condiciones de superar un obstáculo. No hay una dicotomía entre salud y enfermedad, sino que ambos estados se entremezclan y cabe una «mala salud de hierro», como dicen a veces los pacientes. La vida ofrece oportunidades de disfrute hasta ser posible «morir sanamente» después de un «sano envejecer» que convive con los inconvenientes lógicos del vivir.
Cuando nos dejamos seducir por los cantos de sirena que desvían nuestro analema vital, entramos sin necesidad en órbitas a veces perjudiciales. Conviene recordar que en el siglo xxi podemos ser:
Sanos. Por serlo y por no haber tomado contacto innecesario con el sistema sanitario ni con los que propagan promesas imposibles de salud.Sanos preocupados. Por haber tomado contacto innecesario con el sistema sanitario o por creer lo que difunden los medios de comunicación que se hacen eco de la propaganda médica y técnica sin sentido. Por ejemplo, son personas preocupadas por los factores de riesgo y por la probabilidad de estar enfermos.Sanos estigmatizados. Por estar marcados con algún factor de riesgo (o alguna probabilidad de enfermar) como hipertensión, mutación genética, colesterol alto, osteoporosis, etc. Dicho factor de riesgo les hace entrar en la rueda de los cuidados sanitarios, como si fueran pacientes.Enfermos, reales o imaginarios (inducidos). Por sufrir un problema de salud cierto o imaginario (una enfermedad imaginaria o «no enfermedad», en inglés non disease, como, por ejemplo, los pacientes que creen que la hipertensión es una enfermedad).Cuando dejamos de sentirnos sanos y de disfrutar de la vida por haber sido estigmatizados y/o diagnosticados de una enfermedad imaginaria, pasamos a engrosar un gran sector de la población que sufre sin causa y, por ello, cumple con analemas vitales deformados artificialmente.
En Noruega se calculó que, considerando solo las cifras de riesgo de tensión arterial y colesterol en sangre, el 50 % de la población de 24 años estaría fuera de la categoría de sano y en alguna de las otras tres categorías nombradas; a la edad de 49 años sería el 90 %. Vale la pena recordar que la expectativa de vida en Noruega es de más de 82 años, por lo que esta legión de sanos preocupados, sanos estigmatizados y enfermos imaginarios presenta en la práctica una salud de hierro.
El sufrimiento suele seguir al desarrollo de una nueva técnica diagnóstica o de un nuevo tratamiento que justifica una nueva enfermedad, pues su propio nombre agobia. Parece no importar que el enfermar conlleve sufrimiento, asunto clave para el enfermo.
A veces parece que ese sufrimiento significa poco para el médico que de buena fe (o con malicia sanitaria) llega a creer que la enfermedad existe sin tal sufrimiento. Por ejemplo, el caso del síndrome por déficit de testosterona, que transforma el normal envejecer en una enfermedad que «se cura» administrando testosterona. Al transformar un proceso normal en patológico cambia la percepción personal y social y surge el agobio y el sufrimiento, el enfermar que lleva a depender de los médicos y de sus actividades.
Este enfoque descarnado de la enfermedad es peculiar del médico centrado en lo biológico, que desconoce el enfermar de la persona en su complejidad de individuo singular en un contexto sociofamiliar concreto. Una cosa es el enfermar (el sufrimiento por estar o creerse enfermo) y otra la enfermedad (el conjunto de signos y síntomas que pueden recibir una etiqueta, un nombre).
Los médicos que inventan enfermedades y crean nuevas etiquetas son como agentes infecciosos que transmiten enfermedades. Su labor crea enfermos y hace enfermar a la sociedad con enfermedades imaginarias (disease mongering). El término lo acuñó en 1994 Lynn Payer (periodista científica estadounidense) en su libro Disease Mongers: How Doctors, Drug Companies and Insurers are Making You Feel Sick (Invención de enfermedades: cómo le convierten en enfermo los médicos, la industria farmacéutica y las aseguradoras).
Se llega así a la medicalización y patologización de la vida diaria, y son muchos los intereses que se suman a esta actividad «infecciosa» que cambia los analemas vitales de millones de personas que, siendo sanas, desvían sus órbitas saludables y pasan a ser sanos preocupados, estigmatizados o sencillamente enfermos imaginarios, todos girando en torno a los médicos y a los medicamentos. Como dicen irónicamente los estudiantes de medicina españoles agrupados en Farmacriticxs: «Estamos desarrollando nuevos fármacos para enfermedades en proyecto».
Entre los intereses que confluyen en la medicalización de la vida, destacan las propias expectativas individuales y sociales de una juventud eterna y de una vida sin inconvenientes, la avaricia de codiciosos accionistas de las industrias farmacéuticas, tecnológicas, alimentarias y otras, los beneficios en poder, prestigio y dinero de médicos y políticos, y una ciencia sin conciencia que se centra en los problemas irrelevantes de las sociedades opulentas.
La resolución de los problemas de dudosa justificación creados en los pacientes con enfermedades imaginarias justifica el trabajo de más y nuevos especialistas, con innovaciones en técnicas diagnósticas y terapéuticas. En sanidad, «la oferta crea demanda». Así, por ejemplo, a más hospitales más enfermos, pero no mejor salud (sino al contrario).
Los pasos para provocar una epidemia de enfermedad imaginaria son cuatro:
Se desarrolla un nuevo tratamiento o método diagnóstico que permite abordar una situación que se vive como enfermedad por la sociedad, los pacientes y los profesionales; por ejemplo, el síndrome por déficit de testosterona.Se define la enfermedad de forma que se adapte al nuevo método o al nuevo tratamiento, lo que conlleva el uso de métodos estadísticos, con los que siempre habrá enfermos (es lo que se llama biometría); en el ejemplo, se definen los niveles «normales» de testosterona en sangre, con lo que se crean pacientes por obligación (siempre habrá quien esté en «la cola» de la distribución normal y será considerado enfermo por más que su nivel de testosterona se acompañe de normalidad vital, sexual incluida).6Con la supuesta facilidad y eficacia del nuevo método o tratamiento se empieza a perder la capacidad de discriminación y se ofrece a los casos límite, los borderline, con lo que aumenta sin fronteras el número de enfermos imaginarios y la epidemia crece en forma explosiva.Se implica a los pacientes y familiares, a los que se ayuda en la organización de asociaciones y reclamaciones para que el problema tenga eco social y la solución se convierta en exigencia y necesidad imperiosa (que consume recursos a costa de otras necesidades perentorias, que se ignoran o relegan). En general, las industrias son muy importantes en el apoyo a las sociedades profesionales médicas, en la generación de «médicos líderes de opinión» y en el patrocinio de las organizaciones y asociaciones de enfermos y familiares y para el trabajo de lobby para presionar a los políticos.Con tal estrategia se crean enfermedades imaginarias que, siendo inventadas, afectan verdaderamente a los pacientes, pues la etiqueta es falsa pero el sufrimiento inducido es real.
Por ejemplo, no hay penes rectos por erectos que se presenten, todos se curvan en cierto grado. Es así mejor. Por ejemplo, alcanzan así mejor el punto G (en la cara anterior de la vagina) durante el coito vaginal tradicional, además de rozar eficiente y suavemente el clítoris. En el coito anal estimulan el cuello uterino a través de las paredes del recto y de la vagina. En la boca, se adaptan al hueco para llegar a la úvula y más allá. Si de varones hablamos, la curva peneana ayuda al estímulo de la próstata del amado y en la boca facilita la succión. Incluso en la masturbación es beneficiosa la suave curvatura que facilita el estimulante masaje. La curva en el pene es lo normal.
A veces se produce una fibrosis del tejido elástico que recubre los cuerpos cavernosos, la túnica albugínea. Tal fibrosis curva más el pene, y en algunos casos puede conllevar una curvatura excesiva que durante la erección llegue a dificultar el coito, por doloroso (para el varón activo). En casos extremos puede impedir físicamente la penetración. Se habla en estos casos de enfermedad de Peyronie, por el médico francés que la describió en 1743. Es una enfermedad muy rara e infrecuente; por ejemplo, en Estados Unidos se vienen a tratar con cirugía unos 5.000 casos al año (para unos 150 millones de varones).
La enfermedad de Peyronie se puede tratar con medicamentos, masajes y cirugía, en general con éxito limitado. En 2011 apareció un nuevo medicamento presentado por la prensa como una maravilla: la colagenasa. En 2019 se ha convertido en tratamiento alternativo a la cirugía, casi un milagro.
No es tal milagro, pues se pasa de 49 grados de curvatura a 31 grados en el grupo de intervención (tratado con colagenasa) y a 39 grados en el grupo control (tratado con placebo).
Para fomentar el uso de la prometedora medicina:
Se introduce un nuevo nombre, más «científico» y sencillo: CITA, por chronic inflammation of the tunica albuginea.Se convierte en muy común («lo padece hasta el 10 % de los varones»).Se relaciona con enfermedades «de verdad» (enfermedades del tejido conectivo como la retracción palmar de Dupuytren).Se define científicamente en grados (biometría).Se emplea un medicamento que en otras aplicaciones es útil. No sabemos si pronto habrá asociaciones de pacientes con CITA para presionar, pero algo inusual se está transformando en muy frecuente.Las ventas de colagenasa para la CITA pueden ser de 100 millones de dólares anuales si la población a tratar sube a 150.000 (solo en Estados Unidos). No es extraño que las acciones de la empresa fabricante se hayan encarecido. Los urólogos diagnosticarán CITA con frecuencia, pues ahora la normalidad imposible será el pene recto. Esa definición de nueva enfermedad conllevará mucho sufrimiento, mucha angustia y preocupación, y mucho enfermar. Es una enfermedad inventada que se promueve sobre una enfermedad muy infrecuente transformando en enfermos a muchos varones sanos.
El analema vital normal, biológico, cultural y social puede tener retrasos y adelantos respecto al tiempo marcado por otros, respecto a la normalidad que se fuerza con la biometría. Es conveniente ser conscientes de nuestro propio devenir, del recorrido vital que es para nosotros normal.
Vivir y morir con salud
Hay muchas definiciones de salud. La peor es la de la Organización Mundial de la Salud: «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». En esa definición está el germen que lleva a la paradoja de la salud, pues nadie consigue tal estado, salvo, quizá, durante el orgasmo.
Estar sano es, primero, estar vivo y ser consciente de ello.Y después, estar sano es disfrutar de la vida con sus inevitables complicaciones. En general la salud no se percibe, pues es un poco como el aire que respiramos, que solo se echa de menos cuando falta.
En la salud hay muchos grados: desde el estado de nirvana (de quietud y paz al liberarnos de todas las ataduras), al de éxtasis (de lucidez y plenitud máximas) —reservado a algunos pocos seres excepcionales, como santones y místicos—; desde la salud desenfadada del joven que disfruta de su vida sin percibir ni salud ni juventud, al sano atormentado con miedo continuo a la enfermedad y a la muerte; desde la falta de salud de algunos niños nacidos con terribles deficiencias neurológicas («peor que la muerte», dicen sus padres), al esplendor de los ancianos que sobrellevan sus achaques bailando en la fiesta del pueblo. Hay grados y grados, pues, en la salud.
¿Se puede envejecer con salud? Sin duda, con salud y con vitalidad. Es importante tener optimismo al respecto. Quienes tienen una actitud positiva frente al envejecer viven de media ocho años más que los que tienen una actitud negativa. Temer al envejecimiento es una actitud que enferma.
Creer que hay épocas vitales perfectas anula la posibilidad de disfrutar de los cambios y de cada etapa. Por ejemplo, aceptar la juventud como modelo es tan absurdo como aceptar la infancia como ideal. Ser joven es solo vivir un periodo de la vida, no establecer marcas de perfección. Cada etapa tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La vejez también.
La vida es corta, y cumplimos en ella el ciclo de la materia viva, pues nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. No hay que darle vueltas, nacemos para morir, sin más. Se ha dicho de cien maneras, y es experiencia vital universal. Buena expresión de este viaje, del verdadero y único viaje, es la piel. De la tersura de la piel de un recién nacido a las arrugas de un centenario no hay más que tiempo. El tiempo que es nuestro propio pasar. La ternura que genera un bebé es imprescindible para la supervivencia humana, como es clave el respeto al anciano, que acumula experiencia y sabiduría.
Los seres vivos tenemos una longevidad muy variable, y a través del material genético nos podemos considerar casi inmortales. Algunas bacterias viven segundos, algunos animales son centenarios, hay vegetales milenarios. Por ejemplo, el propio hombre vive en algunos casos el siglo y más; algunas almejas, ballenas y tortugas viven uno, dos y más siglos; existen olivos, pinos, robles, sabinas, secuoyas y welwitschias que viven siglos y milenios. Pero al cabo todos los seres vivos mueren, sin remedio.
El envejecimiento es signo de vida, pues solo los que están vivos envejecen. Y el envejecimiento digno da crédito y respeto. Por ejemplo, la mujer verdaderamente bella es la anciana que refleja en su cara el equilibrio interior que la hace atractiva y agradable en su serenidad venerable. Los ancianos sabios son los que envejecen aprovechando la experiencia para generar conocimiento, sean varones, sean mujeres.
