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En la primavera del año 1920, el poeta, universitario y anarquista José Domingo Gómez Rojas murió en la Casa de Orates después de dos meses de encarcelamiento, acusado de subversivo. El libro recorre cuatro meses del año 1920 en Santiago, y en él interactúan anarquistas y aristócratas, estudiantes y profesores, poetas y policías, fiscales y sindicalistas.
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Seitenzahl: 570
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© LOM ediciones Primera edición, diciembre de 2017 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN IMPRESO: 9789560010117 ISBN DIGITAL: 978-956-00-1317-0 edición originalThe Cry of the Renegade: Politics and Poetry in Interwar Chile Imagen de portada: Alimento para el alma: la concentración en la Alameda de las Delicias organizada por la AOAN, el 22 de noviembre de 1918. Cortesía del Instituto Internacional de Historia Social. Las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones hanz sido sometidas a referato externo. Edición y maquetación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 68 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Registro: 211.017 Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile
Este libro lleva mucho tiempo escribiéndose. Recibí un importante apoyo financiero del Dean’s Fund del College of Arts & Sciences de Cornell, del Franklin Grant de la American Philosophical Society y del Institute for the Social Sciences de Cornell y quien fuese su director, Ken Roberts.
Algunos fragmentos del capítulo 1 aparecieron en español en Martirio, memoria, historia: Sobre los subversivos y la expulsión de Casimiro Barrios, 1920 (Santiago: Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, Serie Signos de la Memoria, 2015) y en inglés («Anarchism and Alterity: The Expulsion of Casimiro Barrios from Chile in 1920», en Barry Maxwell y Raymond Craib, eds., No Gods No Masters No Peripheries: Global Anarchisms. PM Press, 2015), siendo publicado de manera ligeramente modificada en Geoffroy de Laforcade y Kirk Shaffer, eds., In Defiance of Boundaries: Anarchism in Latin American History (University of Florida Press, 2015). Se publicaron fragmentos iniciales del capítulo 2 con el título «Students, Anarchists and Categories of Persecution in Chile, 1920», en A Contracorriente, 8:1 (otoño, 2010).
Muchos colegas y amigos han contribuido a este proyecto leyendo capítulos, escuchando presentaciones, teniendo conversaciones espontáneas, compartiendo hallazgos de archivo o recomendando lecturas. Le agradezco (sin orden en particular) a Alice Michtom, Mary Roldán, Bert Altena, Constance Bantman, Michael Kidd, Jeannine Suzanne Routier-Pucci, Rebecca Tally, Dalia Muller, Camilo Trumper, Hal Langfur, Jonathan Ablard, Ricardo Brodsky, Roberto Brodsky, Robert Travers, Nancy Appelbaum, Nilay Özok-Gündogan, Barry Carr, Bruno Bosteels, Durba Ghosh, Karen Benezra, Gil Joseph, Claudia Verhoeven, Emilia Viotti da Costa, Tom Klubock, Barry Maxwell, Camille Robcis, Lessie Jo Frazier, Jeff Gould, Kyle Harvey, Duane Corpis, Pablo Silva, Silvia Federici, Jim Scott, Danny James, Ryan Edwards, Josh Savala, Jennifer Jolly, María Cristina García, José Luis Gutiérrez Molina, Salah Hassan, Fouad Makki, Susana Romero Sánchez, Shelly Wong, Paul Nadasdy, Leonardo Vargas-Méndez, Neema Kudva, Bill Goldsmith, Ernesto Bassi, Alfonso Salgado, Marianne González le Saux, José Moya, Susan Gauss, Viranjani Munasinghe, David Ethridge, Guillermina Seri, Kirk Shaffer, Martin Oyata, Geoffroy de Laforcade, Heidi Tinsman, Consuelo Figueroa, Steve Hirsch, Ramsey Kanaan, Mark Overmyer-Velázquez, Charles Walker, Tori Langland, Marian Schlotterbeck, Lina del Castillo, Thom Rath, Andrej Grubačić, Federico Finchelstein, Carlos Forment, Jessica Stites-Mor, Shawn McDaniel y Kari Soriano. También recibí una excelente retroalimentación de parte de los y las asistentes al International Planning Series de Cornell en el College of Art, Architecture and Planning; del Departamento de Historia en la Universidad de Connecticut; de la European Social Science History Conference en Glasgow en 2012; del Hemispheric Institute of the Americas en la Universidad de California en Davis; de la conferencia No Gods No Masters No Peripheries en la Universidad de Cornell; del Institute for Comparative Modernities en la Universidad de Cornell; del Latin American Studies Program en la University de Miami; del Departamento de Historia en la Binghamton University; del Transnational Americas Working Group de the University of Buffalo; del taller «Desencuentros»en la Indiana University; del Janey Latin American Studies Program en la New School for Social Research; del New York State Latin American History Workshop; del Departmento de Historia en la University of British Columbia-Okanagan; y del Latin American Studies Program de la University of Bergen. Tuve la oportunidad de presentar parte de este trabajo en la Cátedra de la Memoria, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Santiago en 2014, y fue un honor. Agradezco a Ricardo Brodsky, Carlos Peña y Marc Chirnick por la cordial invitación y a Consuelo Figueroa por sus comentarios.
Me siento particularmente en deuda con algunos investigadores de Chile que están trabajando temas similares. Víctor Muñoz Cortés, Mario Araya, Santiago Aránguiz, Alberto Harambour, Pablo Abufom Silva y Eduardo Godoy Sepúlveda son la máxima expresión del apoyo mutuo. Nunca hubiese encontrado el gran archivo de actas de interrogatorios relacionados con Pedro Gandulfo sin la ayuda de Mario y de Víctor. Los parientes de algunos de los principales personajes de este libro fueron extraordinariamente amables y solidarios. Agradezco a Teresa Lonis, Jorge Andrés Barrios Pulgar, Odette Benavente, María Peñaranda Barrios, Graciela Gandulfo y Quena Blanco. Agradezco especialmente a Juan Luis Gandulfo y su familia, Victoria y Juan Pablo, quienes me recibieron amablemente en su hogar. Juan Luis respondió a mis múltiples preguntas, me envió una gran cantidad de material y me impulsó a seguir adelante con sus amables cartas y correos electrónicos. Otros que respondieron con generosidad a mis preguntas son William Sater, Rudolf de Jong, Melissa Sepúlveda, Sergio Grez, Mieke Izjermans, Oscar Ortiz, Miguel Silva, Rafael Sagredo y Fabián Pavez. Nunca conocí personalmente a Tomás Ireland y Juan Humberto Vera, pero sus correos con preguntas y muestras de apoyo me mantuvieron motivado. Mi investigación fue respaldada por la excelente asistencia de Ryan Edwards, Josh Savala, Jorell Meléndez-Badillo y Claudia Gilardona. Le agradezco a Kyle Harvey, quien me salvó de un desastre de última hora con algunas imágenes.
En Chile, el Grupo de Estudios José Domingo Gómez Rojas, el Archivo La Revuelta, la Librería Proyección y El Surco han creado excelentes espacios políticos e intelectuales para el estudio del anarquismo. Estoy en deuda con los archivistas del Archivo Nacional, el Archivo Nacional de la Administración, la Biblioteca Nacional del Congreso, el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, la Fundación Pablo Neruda y el Instituto Internacional de Historia Social en Ámsterdam. Agradezco particularmente a Claudia Tapia (en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional) y José Huenupi (en el Archivo Nacional).
El manuscrito completo fue leído por Karin Rosemblatt, Paulo Drinot, Sasha Lilley y por lectores de la Oxford University Press, quienes ofrecieron extensos y excelentes comentarios. No he aceptado todos sus consejos, pero espero que vean reflejados sus esfuerzos. David Ethridge hizo los mapas a pesar de los plazos breves. Susan Ferber ha sido una editora ideal. Con mucha paciencia, me ha escuchado hablar de este proyecto por años. Cuando llegó el momento de llevarlo a cabo, hizo memoria de todas esas conversaciones y me ayudó a conducirlo adonde quería que llegase. Estoy muy agradecido con Maya Bringe por supervisar la producción del libro con tanta diligencia.
La Universidad de Cornell sigue siendo un lugar muy productivo y gratificante para trabajar, entre otras cosas debido a mis maravillosos colegas de Historia y el resto del campus. Agradezco especialmente a mis camaradas intelectuales Eric Tagliacozzo, Wendy Wolford, Barry Maxwell, Fouad Makki, Derek Chang, Chuck Geisler, Paul Nadasdy, Steven Wolf, Neema Kudva, Ernesto Bassi, Durba Ghosh, Suman Seth y Robert Travers. Estoy en deuda con el personal del Departamento de Historia (Katie Kristof, Barb Donnell, Judy Yonkin y Katy Stickane) y del Institute for the Social Sciences (Anneliese Truame y Lori Sonken). He aprendido mucho de nuestros estudiantes de posgrado a lo largo de los años, y necesito agradecer particularmente a Ryan Edwards, Josh Savala, Kyle Harvey, Susana Romero Sánchez, Rebecca Tally, Mónica Salas Landa y Daegan Miller por la gran variedad de comentarios y sugerencias que me ofrecieron. Estoy especialmente en deuda con mi ex colega Mary Roldán, con quien tuve muchas conversaciones formativas sobre este proyecto, y con Rick López y Mark Overmyer-Velázquez por más de dos décadas de amistad e intercambio intelectual. Además siento que tengo una deuda significativa con tres personas muy especiales: Thomas Kennedy, cuyo trabajo ha sido inspirador y cuyo apoyo ha sido inquebrantable, y que percibió las estrellas titilando en la noche oscura y despejada; Leonardo Vargas-Méndez, con quien he compartido tantas conversaciones sobre Chile, la izquierda y el futuro; y Tamara Loos, excelente intelectual y máxima expresión de amistad y humanidad. Muchas gracias.
Para esta versión en español, agradezco a Víctor Muñoz, Juan Luis Gandulfo, Paulo Slachevsky y todo el equipo de LOM. En particular, tengo que agradecer a Pablo Abufom Silva por el apoyo, la solidaridad y la excelente traducción.
Tal como ha ocurrido durante más de dos décadas, mi familia ha respaldado mis obsesiones. Agradezco muy profundamente a Mary Brock y mi hermana Linda. A su vez, Cynthia Brock ha sabido enfrentar con generosidad mis múltiples viajes a los archivos lejanos y mis hábitos de escritura con un grado extraordinario de paciencia y amor. Además, su propio ejemplo como centinela fiel (véase el capítulo 1) ha sido una fuente de inspiración permanente. Este libro está dedicado a mis padres (en el año número dieciséis de mi propia experiencia parental comprendo cuánto les debo), a mis hijos Connor y Alana, que han convivido con este libro desde el comienzo, y a Anthony, que se nos sumó en el camino. Espero que este trabajo resuene a través de las generaciones.
Un reconocimiento final: en el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam encontré una impresionante colección de materiales relacionados con el tema de este libro en el archivo de un historiador que, justo después del golpe de Estado de 1973 en Chile, había sido encarcelado, torturado y eventualmente exiliado de su hogar en Santiago. Había reunido con diligencia este material para su propio trabajo; un trabajo y una vida interrumpidos por una cruel dictadura. En cada carpeta que abría y en cada página que volteaba sentía a Marcelo Segall Rosenmann. Su trabajo permanece inacabado, pero tengo la esperanza de que este libro servirá para dar testimonio de su labor y del hecho de que ningún archivo es creado en vano.
AN Archivo Nacional de Chile
IS Intendencia de Santiago
FCAP Fondo Colecciones y Archivos Particulares
JS Judicial de Santiago, Criminal
ARNAD Archivo Nacional de la Administración de Chile
MI Ministerio del Interior
MJ Ministerio de Justicia
BN Biblioteca Nacional de Chile
AE Archivo del Escritor
MRE Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile
AGH Archivo General Histórico
IISH International Institute for Social History (Holanda)
MSR Colección Marcelo Segall Rosenmann
DAS Colección Diego Abad de Santillán
leg. legajo
f. folio
Es evidente que las líneas más generales del proceso histórico resultan de factores que nos rebasan, que no podemos dominar, de los que sólo imperfecta y fragmentariamente tomamos conciencia. Pero no es menos evidente que el carácter de los hechos históricos (y su orientación misma en algunos casos) depende bastante ampliamente de la capacidad de los seres humanos.
Victor Serge, Memorias de un Revolucionario
Agradecimientos
Abreviaciones
Introducción
Capítulo 1 Un centinela constante
Capítulo 2 Los hermanos Gandulfo
Capítulo 3 Santiago subversivo
Capítulo 4 Un Estado salvaje
Epílogo Vidas más allá
Bibliografía
Figura del plano de Santiago, 1920. Mapa de David Ethridge.
El cadáver del «poeta cohete» se abría camino a través del centro de Santiago. El cortejo fúnebre se extendía a lo largo de quince cuadras y alcanzaba las decenas de miles, un número bastante grande para cualquier funeral. Pero, ¿para un poeta de veinticuatro años, estudiante universitario y funcionario municipal?1
La procesión había comenzado a la entrada de la sede de la Federación de Estudiantes de Chile (FECh), donde lo despidió Pedro León Ugalde, amigo y defensor de José Domingo Gómez Rojas. Los residentes de las elegantes casas del Paseo Ahumada miraban desde las ventanas y balcones el paso del cortejo hacia el sur de la Alameda, la principal avenida de Santiago, que pronto resonaba con la música que acompañaba la procesión. En una típica y ocupada tarde de viernes, el centro de Santiago se había detenido. Los automóviles circulaban, cada vez más comunes en las calles de la ciudad desde hacía pocos años, pero los tranvías, el medio de transporte más usado y accesible de la ciudad, permanecían en sus estaciones. No volverían a operar hasta la mañana siguiente. Los trabajadores del tranvía, al conocer la noticia de la muerte de Gómez Rojas, habían llamado a un paro con la intención de asistir al funeral2. Se sumaron a otros trabajadores, impresores y tipógrafos, carpinteros y pintores, zapateros y vidrieros, miembros de la Federación Obrera de Chile (FOCh), el Partido Obrero Socialista (POS), y, clandestinamente, los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW, también conocidos como wobblies), entre otros, para marchar hombro a hombro, como habían hecho reiteradas veces en los meses y años anteriores, junto a estudiantes de la FECh. Los wobblies que no pudieron asistir porque estaban presos en la cárcel de Valparaíso enviaron un ramo de flores para decorar el ataúd de Gómez Rojas, mientras que sus contrapartes en la penitenciaría de Santiago recolectaron fondos para la familia del poeta. El ánimo entre los estudiantes de la FECh, quienes normalmente se hubiesen estado preparando para el festival de poesía, teatro y arte que se realizaba cada primavera en Santiago, era melancólico.
Figura I.1. Despedida al «poeta cohete»: el cortejo fúnebre de José Domingo Gómez Rojas en Santiago Centro, 1 de octubre de 1920. Sucesos (7 de octubre de 1920).
Desde la Alameda, la procesión se dirigió al norte y pasó frente al Palacio de La Moneda. Sólo meses antes, en la víspera del que sería un golpe represivo de tres meses contra supuestos subversivos y que culminaría con la muerte de Gómez Rojas, un senador había atizado las pasiones patrióticas de una multitud, arrojando invectivas y amontonando acusaciones contra la FECh. Sus líderes eran anarquistas y subversivos, afirmaba el senador. Era un hervidero de sentimientos pro-peruanos; buscaba la destrucción del orden social; sus líderes habían sido lo suficientemente insolentes y temerarios como para cuestionar las políticas nacionales. La multitud en aquel entonces, de casi tres mil personas, se dirigió a la sede de la FECh y causó destrozos al interior, destruyendo la cantina y las mesas de billar, saqueando la biblioteca e incendiando sus archivos y colecciones literarias. En otras palabras, la ruta de la procesión fúnebre era una sucesión de espacios simbólicos, cuyo significado era evidente para todos los participantes y sobre todo para los nerviosos soldados a cargo de las dos ametralladoras montadas que apuntaban a los manifestantes desde el piso del palacio presidencial3.
Desde La Moneda, la procesión continuó hacia la Plaza de Armas, la plaza central de Santiago, donde el hijo de un conocido político conservador había sido asesinado de un balazo sólo horas antes del asalto contra la FECh. Los anarquistas serían culpados por el asesinato y el intendente de Santiago, cuyas oficinas miraban a la plaza, ayudaría a supervisar la respuesta del Estado. Más hacia el norte, la masa de asistentes al funeral se acercaba al río Mapocho, avanzando cuatro cuadras hacia el este de la cárcel pública donde Gómez Rojas, uno de los cientos de individuos que serían detenidos y acusados de subversión, había permanecido en aislamiento, malnutrido, maltratado y torturado.
Después de cruzar el río, el cortejo avanzó por Avenida Independencia y sus incontables residenciales para estudiantes, hacia la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y más allá del manicomio donde Gómez Rojas pasó sus últimos días, en un delirio inducido por la meningitis, antes de llegar al cementerio de la ciudad. Ya en el cementerio, numerosos oradores dieron un paso adelante para elogiar al poeta. Estos incluían a Alfredo Demaría, presidente de la FECh; Rigoberto Soto Rengifo, otro estudiante, arrestado en julio y liberado de prisión sólo horas antes del funeral; Carlos Vicuña Fuentes, abogado de muchos de los que habían sido detenidos y quien era abiertamente crítico de la república parlamentaria de Chile; y Roberto Meza Fuentes, director de la publicación literaria y sociológica Juventud, cuyo archivo había sido incendiado en su totalidad en los ataques de julio. Otros oradores incluían a conocidos líderes sindicales y miembros del Congreso.
Figura I.2. Pasaje final: la ruta fúnebre de José Domingo Gómez Rojas. Mapa de David Ethridge.
Igualmente notable era la ausencia de una serie de poetas, estudiantes y trabajadores que consideraban a Gómez Rojas como su amigo y compañero. Estos incluían al estudiante de medicina y conocido agitador Juan Gandulfo y al tipógrafo Julio Valiente, quienes permanecían recluidos en la penitenciaría, junto con docenas de otros detenidos en las últimas semanas de julio. Valiente había sido una de las primeras bajas, atrapado el 19 de julio, mientras que Gandulfo había logrado ocultarse y había sido capturado recientemente. Otros, como la futura lumbrera literaria José Santos González Vera, permanecían prófugos. González Vera había dejado la capital durante la ola represiva, dirigiéndose a Temuco en el sur, donde se encontraría con un aspirante a poeta y corresponsal de la FECh llamado Pablo Neruda, quien difícilmente olvidaría el asesinato de un camarada poeta. Otros se hallaban en un exilio aún más lejano: hombres como Casimiro Barrios, que había sido expulsado del país bajo una ley de residencia aprobada hacía poco y quien, para la fecha del funeral, se dedicaba a organizar obreros en el puerto peruano de El Callao. Y finalmente, Adolfo Hernández y Evaristo Lagos, dos jóvenes cuyas vidas parecían condenadas a seguir el destino de Gómez Rojas. Detenidos indefinidamente en el manicomio de Santiago, sus estados psicológicos se deterioraban mientras a unas pocas cuadras el cadáver de un poeta y compañero era sepultado4.
¿Por qué y cómo fue que José Domingo Gómez Rojas, de veinticuatro años, «aún un niño» como dijo su amigo y futura lumbrera literaria Manuel Rojas, y la joven esperanza de la poesía chilena, como recordaría Pablo Neruda, terminó en una prisión, un manicomio y un cementerio?5 Este libro es un intento por responder esa pregunta. No es una biografía de José Domingo Gómez Rojas, aunque este tiene un rol protagónico en sus páginas. Es, más bien, un libro sobre el contexto en el que se dio su arresto, encarcelamiento y muerte, y sobre las experiencias de un número de hombres que consideraba sus amigos y compañeros. El libro recorre cuatro meses del año 1920, en Santiago, y se trata de anarquistas y aristócratas, estudiantes y profesores, poetas y fiscales, policías y wobblies.
«Hay vidas que quedan atrapadas como flores secas entre las páginas de un libro», escribe el historiador y antropólogo Greg Dening, en una preciosa meditación sobre la historia, elaborada a partir de la vida y muerte de un joven marinero, William Gooch. «No quisiera que esta vida de William Gooch fuera así, ejemplar, quieta. Ahora que lo he encontrado, le deseo la resurrección por lo que él mismo fue, no sólo por el uso que yo le daría. Pero su vida no tiene otro monumento que este libro, y por ello está atado a mis propósitos, a mis curiosidades artificiales»6. Esta es la bendición y la maldición de la Historia.
A diferencia de Gooch, la breve vida de Gómez Rojas tiene sus memoriales y monumentos. Después de su muerte, estudiantes y trabajadores se aseguraron de que no fuese olvidado. Su personalidad y su poesía condimentan las páginas de los escritos de sus amigos Manuel Rojas y José Santos González Vera, ambos anarquistas y ambos futuros ganadores del premio literario de mayor prestigio en Chile7. Décadas después, Pablo Neruda, que había llegado a Santiago sólo unos meses antes del funeral del poeta, inmortalizó el asesinato de Gómez Rojas en sus Memorias, destacando que «La repercusión de este crimen, dentro de las circunstancias nacionales de un pequeño país, fue tan profunda y vasta como habría de ser el asesinato en Granada de Federico García Lorca»8. En 1983, un movimiento de estudiantes universitarios contra la dictadura de Augusto Pinochet se llamó Grupo José Domingo Gómez Rojas. A lo largo del siglo veinte, el nombre de Gómez Rojas ha aparecido con regularidad en la prensa chilena, en novelas dentro y fuera de Chile, y en sitios web anarquistas9. También ha sido recientemente el tema de una biografía crítica10. Hay, además, literalmente un monumento a su figura: un parque en un extremo del bohemio barrio Bellavista en Santiago (no muy lejos de una de las casas de Pablo Neruda, La Chascona), que lleva su nombre e incluye una pequeña placa dedicada a su memoria.
No hay que hacer mucho para rescatar a Gómez Rojas del olvido. Ha sido recordado. Pero debemos rescatarlo de un destino historiográfico igual de solitario: el martirio. Esto exige no solamente situar a Gómez Rojas en su contexto histórico, sino además extenderse más allá de su biografía para darle lugar a otros cuyas vidas se entrelazaron con la suya, que fueron perseguidos y acosados, o fueron perseguidores y acusadores, para determinar la trayectoria y el carácter de los hechos históricos. Esto incluye a hombres como Casimiro Barrios, un elocuente y vehemente organizador de cuello blanco deportado del país cuando comenzó a desplegarse la represión (tema del capítulo 1); Juan Gandulfo, estudiante universitario, cirujano wobblie, e inspiración de toda una generación de activistas políticos, incluyendo a Pablo Neruda y Salvador Allende (quien será junto con Pedro, su hermano menor, el tema del capítulo 2); y el juez José Astorquiza, designado para supervisar la acusación de los supuestos subversivos y el hombre señalado como responsable de la muerte de Gómez Rojas (y, junto al consagrado agitador e impresor anarquista Julio Valiente, el tema del capítulo 3). Luego tenemos al mismo Gómez Rojas, poeta, estudiante, dramaturgo, místico y wobblie (nuevamente tema del capítulo 4). Sus historias individuales expresan una realidad colectiva de la vida en Santiago a fines de la década de 1910. Llaman la atención sobre las formas cotidianas de la violencia (el hambre, la enfermedad, el desplazamiento, la explotación, la pobreza, las lumas de la policía) que caracterizaron a Santiago (y a otras ciudades) y contra las que estos individuos se plantaron, a menudo arriesgando su vida. Es igual de importante para mis propósitos el hecho de que sean un recordatorio de la labor cotidiana de organizar y el trabajo cotidiano de mediar entre la teoría y la práctica, que se hallan en el corazón de una política emancipadora. Estas son historias de militancia que no se definen por lanzar bombas o llevar a cabo asesinatos, sino por el trabajo duro de organizar, protestar, comunicarse y elaborar la resistencia durante meses y años. Juntas, son sus historias las que inauguran el acontecimiento conocido como «el proceso a los subversivos» y revelan, tras una historia de represión y un relato de tragedia individual, una historia colectiva de lucha, militancia y esperanza11.
Las historias aquí presentes también son un recordatorio de que, en Chile, la experiencia de la represión, la falta de libertades y la violencia no se restringe al infame golpe de Estado de 197312. En el periodo inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial, las tensiones sociales y económicas que habían sido controladas poco tiempo antes, al menos parcialmente, amenazaban con estallar, una impresión que se profundiza cuando se observa el ascenso político de una amorfa clase media y la integración política de la clase trabajadora. Dado el contexto, «el país no puede ser ya gobernado como un feudo de unas cuantas familias afortunadas», proclamaba un diputado en el Congreso13. Como en gran parte del mundo en ese entonces, de Barcelona a Pekín, de Sidney a Atlanta, la combinación de recesión de posguerra, crisis política e inspiración revolucionaria creó una embriagadora mezcla de posibilidad para algunos y temor para otros14. Lo que vino fue la violencia. Pese a los reiterados esfuerzos por parte de muchos por criminalizar a las voces opositoras, y de caricaturizar a los anarquistas y otros como progenitores de la violencia, fue la clase dominante de Chile la que escogió la fuerza sobre la ley. También había estado presente por mucho tiempo la violencia estructural de un sistema radicalmente desigual: la violencia del Estado, del capitalismo y del sistema de salarios, desplegado plenamente en los años de posguerra. En el medio de este tumulto, el advenedizo candidato Arturo Alessandri asumió la presidencia, abriendo un tibio periodo de reformas sociales y laborales que fue frenado por un golpe militar y la redacción de una nueva Constitución en 1925. Pese a los esfuerzos colectivos de trabajadores, estudiantes, profesores y empleados de cuello blanco por afirmar su capacidad política como ciudadanos y por modelar el futuro del país, las reformas de Alessandri y la Constitución de 1925 fueron impuestas desde arriba, ahogando las esperanzas de cambio radical en un sistema moribundo15. Medio siglo después, esta misma Constitución sería vista por Augusto Pinochet como el comienzo de la decadencia del país, y él y sus co-conspiradores iniciarían una persecución aún más cruel y duradera de los así llamados subversivos. Al mismo tiempo, estudiantes y trabajadores recuperarían e invocarían el nombre de José Domingo Gómez Rojas, puesto que buscaban escapar de los confines de la dictadura y sus esfuerzos por obliterar la memoria16.
Así como hay monumentos, también hay «curiosidades artificiales»: artificiales en el sentido de que los historiadores no pueden sino reconocer sus propios intereses en las vidas que eligen narrar, las preguntas que los conducen a dichos sujetos, las curiosidades que los atraen a los archivos y los contextos en los que escriben. Abordo una multitud de curiosidades en los capítulos siguientes, pero hay dos intereses que los guían y merecen al menos una breve mención: las historias de estudiantes y de anarquistas.
Cualquiera que haya leído un periódico en la última década se ha encontrado en algún punto con un artículo sobre política estudiantil en Chile. Desde el «mochilazo» de 2001 hasta las insurgencias estudiantiles de 2011, pasando por la «revolución pingüina» de 2006, las últimas dos décadas han visto cómo los estudiantes secundarios y universitarios de Chile modifican dramáticamente los contornos políticos de la vida y el debate nacional, e inspiran a otros más allá de las fronteras chilenas. A menudo estos movimientos fueron canalizados a través de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh), aunque no dependieron de ella. Pese a estos movimientos, y pese a la atmósfera altamente politizada de la mayoría de las universidades públicas en toda América Latina, los estudiantes universitarios y sus actividades políticas han sido objeto de estudio sistemático sólo en contadas ocasiones, particularmente entre investigadores estadounidenses y europeos que se dedican a estudiar América Latina. Las pocas veces en las que se ha investigado, usualmente ha sido en relación con los levantamientos de los sesentas y después, vinculando implícitamente la política estudiantil con la literatura de los nuevos movimientos sociales que caracteriza la época17. Ni 1968, ni las recientes movilizaciones carecen de precedentes. Los estudiantes han tenido una duradera tradición de organización y agitación política, que ha sido obliterada involuntariamente por el enfoque y el lenguaje asociado a los «nuevos movimientos sociales» y el pasado más reciente18. Durante gran parte del siglo veinte, las universidades públicas en toda América Latina han sido los principales lugares para la formación política de los futuros líderes civiles, intelectuales y activistas políticos. También han sido espacios para un cuestionamiento radical de dicha herencia formativa. En Chile, fue a menudo en la Universidad de Chile donde los futuros líderes e intelectuales se iniciaron políticamente, en organizaciones como la FECh; otros aprendieron de política con la clase obrera, con la que interactuaron cotidianamente en las calles de Santiago, o en cafés, salones de reuniones y sedes sociales, incluyendo la de la FECh.
Hacia 1919 y 1920, la FECh se había convertido en una organización y su sede era un espacio físico donde se reunían, conversaban, estudiaban y encontraban una causa común no sólo estudiantes universitarios cada vez más radicalizados, sino también ex estudiantes, obreros y trabajadores intelectuales. Estas alianzas causaban perturbación en los pasillos del palacio presidencial y el Congreso. Un abogado exiliado (en tiempos de Ibáñez) recordaba que, por toda la ciudad, estudiantes, poetas, trabajadores, jóvenes intelectuales y otros «se reunían, discutían, escribían, pronosticaban y se organizaban en una marea apocalíptica que horrorizaba a una enervada aristocracia»19. En un mundo transformado por una guerra mundial y una revolución socialista, y en un país que experimentaba una crisis de legitimidad política, dichas interacciones parecían cada vez más amenazantes y constituían un desafío para la lógica vigente de las identidades y relaciones sociales20. En una palabra, eran subversivas.
Subversión, al igual que terrorismo, es un término que rara vez se define claramente, mucho menos por parte de quienes lo usan para justificar políticas represivas y que atentan contra la libertad. Su atractivo emana de su ambigüedad exculpatoria. En el Chile de comienzos de siglo, como en gran parte de Europa durante el mismo periodo, subversión era sinónimo de anarquismo, un término igualmente mal definido21. Quienes ostentaban el poder usaban los términos «subversivo» y «anarquista» como un medio para deslegitimar una variedad de voces políticas opositoras, desde el tibio reformista al revolucionario inflexible, y como un medio para legitimar sus propias violaciones de la ley.
El anarquismo, como praxis política y como tema de investigación académica, ha experimentado un merecido resurgimiento en los últimos años, aunque pueda decirse que nunca se ha ido sino que se le ha dejado de reconocer como tal22. Esto es cierto tanto para Chile como para el resto del mundo23. De hecho, en los últimos años, la política y las organizaciones anarquistas en Chile han estado al frente de la protesta social y han sido objeto de esperables distorsiones y caricaturizaciones por parte del establishment político y los medios24. Fuera de Chile, las caricaturas y las distorsiones persisten. Comentaristas de todo el espectro político insisten en promover una imagen de los anarquistas como poco más que la concatenación inarticulada de nihilistas lanza-bombas, radicales incoherentes y desorganizados, y jóvenes de clase media enfermos de insatisfacción burguesa. La propia teoría política liberal establece los márgenes dentro de los que el anarquismo sólo puede ser imaginado como una aberración o una fantasía25. Otros compañeros de ruta dentro de la izquierda no han sido más amables: el perfil del marxismo del siglo veinte ha echado una larga sombra sobre la historia de la izquierda, y en retrospectiva el anarquismo aparece, si es que aparece, como un hijastro inmaduro en la tradición marxiana26. Inmaduro, impaciente, incoherente, su única contribución teórica parece ser su prescindencia de lo teórico. Sin embargo, el anarquismo fue, y sigue siendo, mucho más de lo que ambas perspectivas le permiten ser. Para empezar, fue una poderosa fuerza política e intelectual a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Nada más ni nada menos que el historiador marxista británico Eric Hobsbawm, de quien no puede decirse que muestre mucha simpatía, llegaría a señalar que la izquierda revolucionaria de comienzos del siglo XX fue liderada principalmente por anarquistas y anarco-sindicalistas27. Algunos de los pensadores científicos e intelectuales más destacados del mundo también fueron teóricos y practicantes anarquistas: hombres como Piotr Kropotkin, Elisee Reclus e Iliá. Méchnikov y, si nos extendemos un poco, Oscar Wilde y Henrik Ibsen, entre muchos otros28. El anarquismo hizo eco en una amplia variedad de radicales en términos políticos, sociales y culturales: anti-colonialistas, trascendentalistas y organizadores sindicales, entre muchos otros29. También tuvo sus limitaciones. Por ejemplo, se buscaría en vano siquiera una referencia a las luchas y persecución del pueblo mapuche en los escritos y discursos de los anarquistas chilenos en las páginas de este libro.
Llegado este momento, cabe una advertencia: en lo que sigue asumo una perspectiva amplia sobre el anarquismo. El hecho es que algunos de los individuos que habitan las páginas de este libro (Armando Triviño, Manuel Silva, Juan Gandufo y otros) se describían a sí mismos como anarquistas, anarco-sindicalistas o anarco-comunistas. Se oponían a lo que veían como las crueles ficciones de la democracia representativa y el sistema de partidos; se rehusaban a votar; promovían el control obrero de los medios de producción; y combatían por la abolición del Estado, las jerarquías y el sistema de salarios. Otros, como Casimiro Barrios y Pedro Gandulfo, ni adherían ni rechazaban el término, sino que lo comprendían como parte de una orientación o lucha más amplia por la emancipación y la igualdad. Leían obras anarquistas, se organizaban con los anarquistas y a veces se describían a sí mismos con palabras que nos recuerdan una posición anarquista, y aún así pertenecieron a organizaciones que se definían como socialistas; imaginaban un cambio revolucionario pero no se oponían a la lucha por reformas dentro del sistema político existente; podían ser políticamente eclécticos sin caer en la incoherencia ideológica. En retrospectiva, podría decirse que su política tenía poco de «anarquista», pero también estaríamos asumiendo un punto de vista demasiado estrecho y anacrónico. El anarquismo era, para ellos, una parte fundamental de su vocabulario político y su horizonte ideológico. Por lo bajo eran anarquistas por afinidad y lo veían como una parte crucial de la tradición más amplia de la izquierda que encontraba, en primer lugar y sobre todo, un enemigo común en la vieja aristocracia, la nueva burguesía y el Estado sobre el que ambas dependían para su riqueza y poder. Una cita muy conocida del anarquista Gustav Landauer puede servirnos para comprenderlos mejor: «El Estado no es algo que pueda ser destruido mediante una revolución, sino una condición, una cierta relación entre seres humanos, un modo de comportamiento humano; lo destruimos al contraer otras relaciones, al comportarnos de otro modo»30. La política revolucionaria a la que adherían debe tomarse muy en serio, pero también las relaciones que crearon y sus modos de conducirse como seres humanos.
En ciertas ocasiones, el término anarquismo era la palabra más adecuada para describir un anhelo, una aspiración, algo casi «poético», como escribiría Manuel Rojas, quien fuese anarquista toda su vida.
Es un ideal, algo que uno quisiera que sucediese o existiera, un mundo en que todo fuese de todos, en que no existiese propiedad privada de la tierra ni de los bienes; por eso lo primero que hay que hacer cuando llegue la revolución es quemar el Registro de Bienes Raíces; en que el amor sea libre, no limitado por leyes, sin policía, porque no será necesaria; sin ejército, porque no habrá guerras; destruyendo la propiedad se acaban las guerras; sin iglesias, porque el amor entre los seres humanos habrá ya efectivamente nacido y todos seremos uno. Algo más también, pero esto es lo esencial31.
Así, los protagonistas de este libro abrazaron una variedad de posiciones anarquistas, desde perspectivas individualistas asociadas con Max Stirner y Friedrich Nietzsche al anarco-comunismo de Piotr Kropotkin, o al sindicalismo de la IWW. Estas perspectivas no eran percibidas como excluyentes, ni diferían sustancialmente en su resultado esperado: el fin del capitalismo y el Estado, y la consecución de la libertad individual y la igualdad colectiva de manera simultánea (más que secuencialmente).
La idea de una ortodoxia de izquierda a comienzos del 1900 es problemática, y una variedad de orientaciones se entrecruzaban de formas que contradicen la asignación fácil de algún «-ismo» en particular32. En Chile, al menos, existía una «izquierda amplia», que era inclusiva, anti-categórica, pluralista, dentro de la que a menudo se difuminaban las distinciones doctrinarias33. Esto no quiere decir que no existiesen diferencias, sino que éstas no estaban ni tan bien definidas ni eran tan inflexibles como parecen a posteriori, algo cierto tanto en el periodo de entreguerras como hoy. Demasiado a menudo las terminologías se convierten en una abreviación lingüística que le hace poca justicia a la complejidad y el alcance de la praxis política. Los agitadores y organizadores de la izquierda frecuentemente repudiaron la rigidez ideológica y la ortodoxia, sin abandonar jamás su compromiso con un futuro socialista caracterizado por ideales de libertad individual e igualdad social. Más que taxonomías, como si los sueños, prácticas e ideales de las personas pudiesen catalogarse y etiquetarse con facilidad como mariposas o escarabajos muertos, lo que necesitamos son historias humanas convincentes, contradictorias y contingentes. Si esto suena demasiado poético, entonces digámoslo de forma más prosaica: anarquistas o no, ¿qué hacían aquellos acusados de actividades anarquistas y filiaciones subversivas? ¿Qué ideas promovían? ¿Qué acciones, si hubo alguna, los llevaron a prisión en 1920?
Puesto que se concentra solamente en la ciudad de Santiago, podría parecer que este trabajo va contra la corriente del giro reciente hacia lo transnacional. Sin embargo, el estudio de una sola ciudad puede ser tan transnacional como el estudio de múltiples lugares en todo el globo o los viajes cosmopolitas de un individuo. La realidad sincrónica de la modernidad (engendrada por las dramáticas transformaciones tecnológicas en transporte, finanzas y comunicaciones) y de la producción capitalista inauguró una era reconociblemente globalizada de la que muy pocas regiones se encuentran exentas34. Esa misma realidad engendró las formas del anarquismo y del anarco-sindicalismo al que adhirieron los protagonistas de este libro. De hecho, dentro de los primeros y más persistentes críticos del Estado-Nación encontramos a los anarquistas, incluidos los de Santiago de Chile35. Los inspiró e impulsó una serie de ideas que provenían de lugares muy distintos; los definieron las fuerzas estructurales de las finanzas, el intercambio y la extracción globales; se vincularon a través de lazos transnacionales de solidaridad y una empatía con el anti-imperialismo. Como afirmó el geógrafo anarquista Piotr Kropotkin, tenían plena conciencia de «la inmensa similitud que hay entre las clases trabajadoras de todas las nacionalidades»36. Los lugares que habitaron habían sido configurados e inundados por las influencias e ideas de todas partes. En otras palabras, el mundo estaba allí en Santiago.
Pero Santiago también estaba allí, en Santiago. Las especificidades de la producción, la industria, las relaciones sociales, la planificación urbana, las políticas económicas y la urbanización configuraron profundamente las formas que adquirió la política y los particularismos militantes, así como los universalismos, que se desarrollaron allí37. Las particularidades de las amistades y antagonismos, las pequeñas historias y las solidaridades profundas, el afecto personal y el odio de clase, impactó en el curso de su historia. Para comprender cómo llegan a radicalizarse las personas es necesario prestar atención a la especificidad de sus alrededores. La mayoría de los personajes de este libro no fueron radicales peripatéticos, transnacionales, sino, como sostengo en el capítulo 1, radicales sedentarios. Se veían a sí mismos como ciudadanos del mundo, leales a la humanidad más que al Estado-Nación, pero también se veían como miembros de un mundo social y político a una escala mucho más inmediata, una escala en la que el auto-gobierno, la asociación, la autonomía y la federación podía practicarse y realizarse al mismo tiempo que se forjaban e imaginaban solidaridades inter- y transnacionales. De modo tal que al mismo tiempo que fomentaban vinculaciones y conexiones inter-locales con sus contrapartes en Lima y Callao, La Paz, Buenos Aires, Ciudad de Panamá, Nueva York, Sidney y Barcelona, y relaciones regionales en el norte y el sur de Chile, también crearon y nutrieron relaciones locales en las calles, plazas y barrios de Santiago38. Establecieron prácticas, hábitos, rutinas, memorias. A través de sus relaciones e interacciones sociales, contribuyeron a crear el espacio santiaguino39. «La geografía», escribió el geógrafo anarquista Elisee Reclus, «no es una cosa inmutable; es hecha y vuelta a hacer cada día». No se rehacía desde cero, sino mediante la acumulación de relaciones e interacciones entre compañeros y amigos, los antagonismos de patrones y trabajadores, y los itinerarios cotidianos de los moradores de la ciudad.
A pesar de las apariencias, esta no es una historia de Chile. No se le dedica mucho tiempo a un examen de la persecución de presuntos subversivos que se dio más allá de Santiago, en lugares como Valparaíso, Antofagasta, Lota y Magallanes. Es más bien una historia de las experiencias y luchas personales y colectivas de una serie de hombres (fueron pocas las mujeres arrestadas y perseguidas, pese a su presencia relevante en el sector industrial y la agitación obrera de Santiago) que hicieron sus vidas en Santiago. No deberíamos apropiarnos de su historia para contar un relato nacional40. Tenían poco interés en perspectivas nacionalistas como esas. Al mismo tiempo, es una historia que no puede carecer de un lugar, ni puede hacer como que el Estado-Nación no existe. En este sentido, es una historia chilena. Después de todo, se trata de una historia que se vería muy distinta si hubiese ocurrido en otro lugar41. Además, puede que los sujetos de este libro hayan abrazado una humanidad común y soñado un futuro utópico, pero tenían plena conciencia de que vivían en un presente distópico y por ello a veces percibían al Estado, sus instituciones, su régimen legal y su estructura política como un medio inmediato a través del cual luchar contra la explotación laboral, la desigualdad social y un colonialismo acechante. De un modo similar, no tenían muchas opciones para evitar someterse a los sistemas de trabajo capitalista y mercados habitacionales, a pesar de que dichas actividades podrían parecer legitimar o reforzar el sistema existente42. Esto no los convierte en falsos anarquistas o liberales encubiertos. Los hace seres humanos que vivían en un mundo social que no fue creado por ellos y que articulaban ideas y aspiraciones que no pueden reducirse a una lista en un manual de teoría política43. A pesar de las categorías desplegadas y las etiquetas asignadas, esta es una historia de individuos y las luchas colectivas que libraron, los futuros que imaginaron y los mundos que ocuparon.
Los comienzos son invariablemente arbitrarios. Pero algunos son mejores que otros. Esta historia comienza el 19 de julio de 1920. Y comienza, como tantas historias de un lugar, muy lejos, en una de sus periferias: en este caso, la disputada frontera entre Chile y Perú.
1 Un editorial de Claridad, la revista fundada a fines de 1920 por y asociada a la FECh, estimó el número de asistentes al funeral en alrededor de 50.000. Aún si se tratase de una cifra exagerada, da cuenta del tamaño notable de la procesión. Véase «En pleno terror blanco: Domingo Gómez Rojas ante la justicia chilena», Claridad, 1:1 (12 de octubre, 1920), 2.
2El Mercurio (2 de octubre, 1920), 17.
3 Para la ruta, véase El Mercurio (2 de octubre, 1920), 17; véase también La Nación (1 de octubre, 1920), citado en José Domingo Gómez Rojas, Rebeldías Líricas y otros versos (Talca: Ediciones Acéfalo, s.f. [c. 2013]), 98-99; la anécdota sobre la ametralladora se encuentra en Última Hora (2 de octubre, 1920), citada en Gómez Rojas, Rebeldías Líricas y otros versos, 110.
4«¿Hasta cuándo?» Claridad, 1:3 (26 de octubre, 1920), portada; Última hora, ibíd., 7; y «Otra víctima de la administración Sanfuentes», ibíd., 7. En particular, Hernández había sido maltratado repetidas veces por la policía. En febrero de 1920 la policía lo había golpeado sin piedad durante una manifestación, provocando una huelga de veinticuatro horas por parte de trabajadores de varias industrias en Valparaíso, Viña del Mar y Santiago. Véase Jorge Barría Serón, Los movimientos sociales desde 1910 hasta 1926 (Santiago: Editorial Universitaria, 1960), 279-280.
5 Manuel Rojas, «José Domingo Gómez Rojas,» Babel: Revista de arte y crítica, 28 (julio-agosto, 1945), 29.
6Greg Dening, The Death of William Gooch: A History’s Anthropology (Honolulu: University of Hawai’i Press, 1995), 13.
7 Véase Manuel Rojas, Manual de Literatura Chilena y su novela La oscura vida radiante (Santiago: Zig-Zag, 1996 [1984]), en la que Gómez Rojas aparece bajo su seudónimo Daniel Vázquez; José Santos González Vera, Cuando era muchacho (Santiago: Editorial Universitaria, 1996 [1951]). González Vera recibió el premio en 1950; Rojas en 1957.
8Pablo Neruda, Memoirs (New York: Penguin, 1978 [1974]), 36-37. Confieso que he vivido (Barcelona: Plaza & Janés Editores, 2001), 49.
9 Véase por ejemplo Andrés Sabella, «Carta a los universitarios», El Mercurio de Antofagasta (29 de septiembre, 1969); «Homenaje a J.D. Gómez Rojas. Quedó en el camino: Poeta y Luchador», Puru (Santiago) (1 de octubre, 1970); José G. Martínez Fernández, «Domingo Gómez Rojas, que en el cielo no estás», Palabra Escrita, 33 (mayo, 1999), 3; Elisa Cárdenas, «Un héroe del siglo veinte: Hoy la FECh realiza homenaje al poeta anarquista José Domingo Gómez Rojas», La Nación (1 de octubre, 1997), 79; Virginia Vidal, «Gómez Rojas inédito», Punto Final (Santiago) (21 de noviembre, 1997), 18; Virginia Vidal, «Centenario de Domingo Gómez Rojas», Punto Final (Santiago) (30 de mayo, 1997), 20; Luis Enrique Délano, «Gómez Rojas a medio siglo I», Las Noticias de última hora (Santiago) (3 de octubre, 1970), 14; Délano, «Gómez Rojas a medio siglo II», Las Noticias de última hora (Santiago) (4 de octubre, 1970), 2; Délano, «Gómez Rojas a medio siglo III», Las Noticias de última hora (Santiago) (5 de octubre, 1970), 6; Rubén Santibáñez, «José Domingo Gómez Rojas», Líder provincial (5, 6 y 10 de enero, 1995); Sergio Muñoz Martínez, «Cuando la “canalla dorada” asaltó la FECh», Principios (julio/agosto, 1967), 90-96, en f148, Colección Marcelo Segall Rosenmann (en adelante MSR), Instituto Internacional de Historia Social (en adelante IISH). Para novelas dentro de Chile, véase las obras en nota 7 así como la novela policial de Ramón Díaz Eterovic Nadie Sabe Más que los Muertos (Santiago: Planeta, 1993). Para fuera de Chile, véase la notable Greene’s Summer de Thomas Kennedy, en la que uno de los principales protagonistas es un exiliado chileno (Bernardo Greene) que vive en Copenhague y busca tratamiento para los terribles abusos que sufrió bajo el régimen de Pinochet. Greene recuerda en un momento las circunstancias de su arresto en Santiago: fue encarcelado y torturado por enseñar los poemas de Gómez Rojas a sus estudiantes. Kennedy, Greene’s Summer (Galway, Irlanda: Wynkin de Worde, 2004), 69. La novela fue publicada por Bloomsbury en 2010 con el título In the Company of Angels.
10 Fabio Moraga Valle y Carlos Vega Delgado, José Domingo Gómez Rojas: Vida y obra (Punta Arenas: Atelí, 1997).
11 Sobre «el acontecimiento» y la escritura de la historia, véase William Sewell, Logics of History: Social Theory and Social Transformation (Chicago: University of Chicago Press, 2005), especialmente el cap. 8.
12Véase, por ejemplo, Florencia Mallon, Courage Tastes of Blood: The Mapuche Community of Nicolás Ailío and the Chilean State, 1906-2001 (Durham, NC: Duke University Press, 2005) y Lessie Jo Frazier, The Salt in the Sand: Memory, Violence and the Nation-State in Chile, 1890 to the present (Durham, NC: Duke University Press, 2007).
13 Diputado Pinto Durán, 77a sesión (29 de septiembre, 1920), 1993.
14 Véase Charles Maier, Leviathan 2.0: Inventing Modern Statehood (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2014), para una útil revisión del tema; para el caso de Chile en particular, véase Barría Serón, Los movimientos sociales, esp. 247-249. En el país vecino, Argentina, una serie de huelgas e insurgencias contra los dueños de los latifundios ovejeros sacudirían la Patagonia en 1920 y 1921. Véase Osvaldo Bayer, La Patagonia Rebelde (Buenos Aires: Planeta, 1980). Esta es la edición definitiva de Bayer que condensa y completa su estudio previo, publicado en varios volúmenes entre 1972 y 1976, antes de que la dictadura militar argentina lo forzara a exiliarse.
15 Véase Gabriel Salazar, La enervante levedad histórica de la clase política civil (Chile, 1900-1973) (Santiago: Debate, 2015), esp. 756-808.
16 Véase Leonardo Cisternas Zamora y Claudio Ogass Bilbao, coord., Archivo Oral del Movimiento Estudiantil: Registrando las memorias de la refundación de la FECh (Santiago: Archivo y Centro de Documentación FECh, 2014), y José Weinstein y Eduardo Valenzuela, «La FECh de los años veinte: Un movimiento estudiantil con historia», mimeógrafo, agosto de 1980.
17Hay algunas excepciones, como Richard Walter, Student Politics in Argentina: The University Reform and its Effects, 1918-1964 (Nueva York: Basic Books, 1968); Frank Bonilla y Myron Glazer, Student Politics in Chile (Nueva York: Basic Books, 1970); Andrew Kirkendall, Class Mates: Male Student Culture and the Making of a Political Class in Nineteenth Century Brazil (Lincoln: University of Nebraska Press, 2002); e Iván Jaksic Academic Rebels in Chile: The Role of Philosophy in Higher Education and Politics (Albany: SUNY Press, 1989), pero en los estudios anglosajones la balanza está bastante inclinada hacia mediados del siglo XX en adelante. Algunos excelentes estudios recientes incluyen a Francisco J. Barbosa, «July 23, 1959: Student Protest and State Violence as Myth and Memory in León, Nicaragua», Hispanic American Historical Review 85:2 (mayo, 2005); Lessie Jo Frazier and Deborah Cohen, «Defining the Space of Mexico ‘68: Heroic Masculinity in the Prison and Women in the Streets», Hispanic American Historical Review 83:4 (noviembre, 2003); Victoria Langland, «Birth Control Pills and Molotov Cocktails: Reading Sex and Revolution in 1968 Brazil», en Gilbert M. Joseph y Daniela Spenser, eds., In From the Cold: Latin America’s New Encounter with the Cold War (Durham, NC: Duke University Press, 2008); Langland, Speaking of Flowers: Student Movements and the Making and Remembering of 1968 in Military Brazil (Durham, NC: Duke University Press, 2013); Valeria Manzano, The Age of Youth in Argentina: Culture, Politics and Sexuality from Perón to Videla (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2014); Elaine Carey, Plaza of Sacrifices: Gender, Terror and Power in 1968 Mexico (Albuquerque: University of New Mexico Press, 2005), y Jeffrey L. Gould, «Solidarity Under Siege: The Latin American Left, 1968», American Historical Review (abril, 2009), 348-375. Vale la pena notar la medida en la que este énfasis en 1968 tiende a reificar un relato que ciertos jóvenes radicales de algunos lugares se contaron a sí mismos: que a diferencia de cómo había sido antes, ahora la joven intelligentsia era un agente de cambio histórico. Véase la discusión en Saku Pinta y David Berry, «Conclusion», en Alex Prichard, Ruth Kinna, Saku Pinta y David Berry, eds., Libertarian Socialism: Politics in Black and Red (Londres: Palgrave-MacMillan, 2012), 301, así como, más ampliamente, Kristin Ross, May ‘68 and Its Afterlives (Chicago: University of Chicago Press, 2002).
18 Mario Garcés, El «despertar» de la sociedad: Los movimientos sociales en América Latina y Chile (Santiago: LOM Ediciones, 2012), 7-12. Para una visión general que sitúa dichos movimientos, en varios momentos, en una trayectoria temporal más larga, véase La enervante levedad, especialmente la introducción.
19 Carlos Vicuña Fuentes, citado en Bernardo Subercaseaux, Historia de las ideas y de la cultura en Chile (tomo 3): El centenario y las vanguardias (Santiago: Editorial Universitaria, 2004), 70.
20 El trabajo de Kristen Ross sobre mayo del 68 en Francia me ha sido muy útil en este punto. Véase Ross, May ‘68, especialmente 25 y 60.
21Quizá la mejor definición sea una breve anti-definición hecha por el filósofo argentino Néstor Kohan, ofrecida casi a la pasada: guerra «contra la subversión» es otra forma de decir guerra contra el pueblo. Kohan, Marx en su (Tercer) Mundo: Hacia un socialismo no colonizado, 2a ed. (Buenos Aires: Biblios, 1998), 13.
22Michael Schmidt y Lucien van der Walt, Black Flame: The Revolutionary Class Politics of Anarchism and Syndicalism (Oakland: AK Press, 2013); Carl Levy, «Social Histories of Anarchism», Journal for the Study of Radicalism, 4:2 (otoño, 2010), 1-44; Lucien van der Walt y Steven Hirsch, eds., Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World, 1870-1940: The Praxis of National Liberation, Internationalism, and Social Revolution (Leiden: Brill, 2010); Ruth Kinna y Alex Prichard, «Introduction», en Prichard, et. al., Libertarian Socialism; Andrej Grubačić y David Graeber, «Anarchism or the Revolutionary Movement of the Twenty- First Century», <http://tal.bolo-bolo.co/en/a/ag/andrej-grubacic-david-graeber-anarchism-or-the-revolutionary-movement-of-the-twenty-first-centu.pdf>, consultado el 15 de abril de 2015; y Andrej Grubačić, «The Anarchist Moment», en Jacob Blumenfield, Chiara Boticci y Simon Critchley, eds., The Anarchist Turn (Londres: Pluto Books, 2013). Algunas monografías históricas recientes incluyen: Ilham Khuri-Makdisi, The Eastern Mediterranean in the Making of Global Radicalism, 1860-1914 (Berkeley: University of California Press, 2010); Maia Ramnath, Decolonizing Anarchism: An Antiauthoritarian History of India’s Liberation Struggle (Oakland: AK Press, 2012); Benedict Anderson, Under Three Flags: Anarchism and the Anticolonial Imagination (Londres: Verso, 2007); Mark Saad Saka, For God and Revolution: Priest, Peasant and Agrarian Socialism in the Mexican Huasteca (Albuquerque: University of New Mexico Press, 2013); y Claudio Lomnitz, The Return of Comrade Flores Magón (Nueva York: Zone Books, 2014). En una vena ligeramente distinta, véase el trabajo de James C. Scott, especialmente Seeing Like a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed (New Haven, CT: Yale University Press, 1998), The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia (New Haven, CT: Yale University Press, 2009), y Two Cheers for Anarchism (Princeton, NJ: Princeton University Press, 2012). Algunas formulaciones tempranas incluyen a Pierre Clastres, Society Against the State: Essays in Political Anthropology (New York: Zone Books, 1989), así como el replanteamiento reciente de Miguel Abensour de Clastres en un sentido ligeramente distinto: Democracy Against the State: Marx and the Machiavellian Moment (Cambridge: Polity, 2011), que defiende la idea de no fetichizar la división entre marxismo y anarquismo. En esta misma línea, véase los ensayos compilados en Barry Maxwell y Raymond Craib, eds., No Gods, No Masters, No Peripheries: Global Anarchisms (Oakland: PM Press, 2015). Para un estudio clásico, véase Paul Thomas, Karl Marx and the Anarchists (Londres: Routledge and Keegan Paul, 1980).
23 Víctor Muñoz Cortés, «Anarquismo en Chile: ¿Una promesa?», en Le Monde Diplomatique (edición chilena), <www.lemondediplomatique.cl/ article3170,3170.html>. Véase también su Sin Dios ni Patrones: Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990) (Valparaíso: Mar y Tierra, 2014).
24 Incluso un recuento parcial sería largo. Una posición breve y típica puede encontrarse en Alfredo Jocelyn-Holt, «Melissa Sepúlveda y el anarquismo», La Tercera: Reportajes, Especial Anuario (28 de diciembre, 2013), R30. Una crítica sucinta y devastadora de uno de los casos –el infame «caso bombas» de 2010– se encuentra en Tania Tamayo Grez, Caso Bombas: La explosión en la Fiscalía Sur (Santiago: LOM Ediciones, 2014). Además, pueden encontrarse reseñas sucintas en Hugo Cristian Fernández, Irrumpe la Capucha: ¿Qué quieren los anarquistas en el Chile de hoy? (Santiago: Ocean Sur, 2014); Felipe del Solar y Andrés Pérez, Anarquistas: Presencia libertaria en Chile (Santiago: RIL, 2008); y un panorama general en Muñoz Cortés, Sin Dios ni Patrones.
25Véase la contundente argumentación en James Martel y Jimmy Casas Klausen, «Introduction: How Not to Be Governed», en Casas Klausen y Martel, eds., How Not to Be Governed: Readings and Interpretations from a Critical Anarchist Left (Lanham, MD: Lexington Books, 2011).
26Véase Kinna y Prichard, «Introduction», en Prichard, et. al., Libertarian Socialism. Los marxistas chilenos a mediados del siglo XX tomaron esta posición reiteradamente, percibiendo al anarquismo como una especie de precursor revolucionario, pero inmaduro, de un socialismo más teórico. Un excelente y breve resumen de esa historiografía se encuentra en Peter De Shazo, Urban Workers and Labor Unions in Chile, 1902-1927 (Madison: University of Wisconsin Press, 1983), xxiii-xxvii y n1.
27Hobsbawm, citado en Michael Schmidt, Cartography of Revolutionary Anarchism (Oakland: PM Press, 2014), 59; véase también Anderson, Under Three Flags; Grubačić, «The Anarchist Moment»; y una interpretación más popular en Butterworth, The World That Never Was: A True Story of Dreamers, Schemers, Anarchists and Secret Agents (Nueva York: Pantheon, 2010).
28Kropotkin, Mutual Aid: A Factor of Evolution (Boston: Porter Sargent Publishers, 1914); John Clark y Camille Martin, eds., Anarchy, Geography, Modernity: Selected Writing of Elisée Reclus (Oakland: PM Press, 2013); Sho Konishi, Anarchist Modernity: Cooperatism and Japanese-Russian Intellectual Relations in Modern Japan (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2013); Daniel Todes, Darwin Without Malthus: The Struggle for Existence in Russian Evolutionary Thought (Oxford: Oxford University Press, 1989); y Butterworth, The World that Never Was, xxix.
29Véase Ramnath, Decolonizing Anarchism; Anderson, Under Three Flags; Ziga Vodovnik, The Living Spirit of Revolt (Oakland: PM Press, 2013); Khuri-Makdisi, The Eastern Mediterranean; y Prichard, et. al., Libertarian Socialism.
30Citado en Colin Ward, Anarchism: A Very Short Introduction (Oxford: Oxford University Press, 2004), 8.
31 Rojas, Sombras contra el muro (Santiago: Zig-Zag, 2012 [1963]), 198.
32Véase Anderson, «Preface», en van der Walt y Hirsch, eds., Anarchism and Anarchosyndicalism; Khuri- Makdisi, The Eastern Mediterranean; Craib, «A Foreword», en Maxwell y Craib, eds., No Gods, No Masters; y Bosteels, «Neither Proletarian nor Vanguard: On a Certain Underground Current of Anarchist Socialism in Mexico», en Maxwell y Craib, eds., No Gods, No Masters. Cf. Thomas, en Karl Marx and the Anarchists, establece distinciones bastante claras entre la tradición marxista y anarquista, principalmente mediante el enfoque de la historia intelectual y la teoría política.
33 Véase Prichard, et. al., Libertarian Socialism, y los ensayos compilados en Maxwell y Craib, eds., No Gods, No Masters. De algún modo esto se asemeja al «anarquismo sin adjetivos» de Fernando Tarrida del Marmol. Dicho eso, este no es un llamado al eclecticismo, del tipo que Aijaz Ahmad critica en su In Theory: Classes, Nations, Literatures (Londres: Verso Press, 1992). «El eclecticismo de posiciones teóricas y políticas es el suelo común sobre el que se levanta en su conjunto la teoría literaria radical». Ahmad, In Theory, 5. La propia estrategia argumentativa de Ahmad fue sometida a una crítica devastadora por parte de Benita Parry, en cuya reseña señaló la aplastante necesidad de «registrar mi disgusto por una argumentación que, al desplegar la recriminación como una estrategia analítica, tergiversa la sustancia de formas de investigación alternativas, y aduciéndolas como expresión de intereses ideológicos retrógrados, no puede sino recordarnos ese dispositivo de asesinato polémico ideado hace mucho tiempo por los partidos comunistas tradicionales en un intento de desarmar otras tendencias de izquierda».
La cuestión es que no es sólo la teoría postcolonial (el oscuro objeto de la ira de Ahmad) sino también el anarquismo, más que cualquier otra tendencia de izquierda, la que ha sido objeto de dichas acusaciones reiteradas de incoherencia. Parry, «A Critique Mishandled», Social Text, 35 (verano, 1993), 121-133.
34Anderson, Under Three Flags; José Moya, «A Continent of Immigrants: Postcolonial Shifts in the Western Hemisphere», Hispanic American Historical Review, 86:1 (febrero, 2006), 1-28; y Emily Rosenberg, ed., A World Connecting, 1870-1945 (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2012).
35El giro transnacional, relativamente reciente, ha tenido el saludable efecto de desnaturalizar el marco del Estado-Nación, un artificio para los anarquistas en particular, pero para la historia humana más en general. El conjunto de obras en este sentido es sustancial. Me han parecido particularmente útiles Scott, The Art of Not Being Governed; Anderson, Under Three Flags; Peter Linebaugh y Marcus Rediker, The Many-Headed Hydra: Sailors, Slaves, Commoners, and the Hidden History of the Revolutionary Atlantic (Boston: Beacon Press, 2000); Paul Gilroy, The Black Atlantic: Modernity and Double Consciousness (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1993); Steven Hirsch, «Without Borders: Reflections on Anarchism in Latin America», en Estudios Interdisciplinarios de América Latina, 22:2 (2011), 6-10; y Davide Turcato, «Italian Anarchism as a Transnational Movement, 1885-1915», International Review of Social History, 52:3 (2007), 407-444. Una revisión más detallada de lo transnacional en relación con los anarquistas chilenos puede encontrarse en Raymond Craib, «Sedentary Anarchists», en Constance Bantman y Bert Altena, eds., Reassessing the Transnational Turn: Scales of Analysis in Anarchist and Anarchosindicalist Studies (Londres: Routledge, 2014).
36Peter Kropotkin, «What Geography Ought to Be», The Nineteenth Century, 18 (1885), 940-956.
37Sobre los particularismos militantes, véase David Harvey, «Militant Particularism and Global Ambition: The Conceptual Politics of Space, Place and Environment in the Work of Raymond Williams», Social Text, 42 (primavera, 1995), 69-98. Véase también Khuri-Makdisi, The Eastern Mediterranean, introduction, y Arif Dirlik, «Anarchism and the Question of Place», en van der Walt y Hirsch, eds., Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World.
38Sobre la translocalidad, véase Ulrich Freitag y Achim von Oppen, «Translocality: An Approach to Connection and Transfer in Area Studies», en Freitag y von Oppen, eds., Translocality: An Approach to Globalising Processes from a Southern Perspective (Leiden: Brill, 2010). Véase también Doreen Massey, «A Global Sense of Place», en Massey, Space, Place and Gender (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1994), 146-156.
39Véase, entre otros, Henri Lefebvre, State/ Space/ World: Selected Essays, Neil Brenner y Stuart Elden eds. (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2009); Paul Carter, The Road to Botany Bay: An Exploration of Landscape and History (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2010 [1988]); Edward Soja, Postmodern Geographies: The Reassertion of Space in Critical Social Theory (Londres: Verso Press, 2011, 2a ed.); David Harvey, The Condition of Postmodernity: An Enquiry in to the Origins of Cultural Change (Oxford: Wiley-Blackwell, 1991); y Doreen Massey, For Space (Londres: Sage, 2005).
40Para un excelente esfuerzo por rescatar un acontecimiento desde la historiografia nacionalista, véase Shahid Amin, Event, Metaphor, Memory: Chauri Chaura 1922-1992 (Berkeley: University of California Press, 1995). En un espíritu similar, véase Kristin Ross, Communal Luxury: The Political Imaginary of the Paris Commune (Londres: Verso, 2015).
41 Estoy en deuda con Paulo Drinot por sus astutos comentarios sobre este punto.
42Jesse Cohn, en un excelente trabajo reciente, ha señalado la «intolerable atadura moral» en la que se hayan los anarquistas, al vivir en un mundo dominado por el estatismo y el capitalismo sin querer simplemente escapar de él (como si fuese posible) porque el punto era (y sigue siendo) cambiarlo. Entonces están condenados a participar y en cierto grado legitimar la misma sociedad con la que quieren acabar. Véase Cohn, Underground Passages: Anarchist Resistance Culture, 1848-2011 (Oakland: AK Press, 2015), 12-14. A los protagonistas que sigo en este libro no los refrenaba ni paralizaba dicho dilema, aunque sin duda estaban conscientes de él, ni recurrieron a una política de la catástrofe, en la que buscasen que la situación fuese peor para poder apresurar la caída del orden social. Eran demasiado humanos (y demasiado humanistas) para eso. Comprendieron los costos inaceptables y el vacío ideológico de dicha posición. En cambio, se organizaron y lucharon cada día. Esto me recuerda el intercambio que hubo hace algunos años entre un editorialista del Wall Street Journal y el antropólogo anarquista David Graeber. Cuando el Journal intentó acusar a Graeber de hipócrita (por trabajar por un salario aunque buscaba acabar con el sistema de salarios), respondió de la siguiente forma: «Con respecto al fondo de tu editorial, debo confesar que me confunde por qué aceptar un trabajo enseñando e investigando a cambio de un ingreso anual más o menos equivalente al de un conductor de trenes (y más o menos con el doble de horas de trabajo) me clasifica como miembro de la clase empleadora. ¿O tu verdadero argumento es afirmar un principio más general: “capitalismo, ámalo o déjalo”? Y si ese fuera el caso, ¿adónde se supone que vaya? ¿Al espacio exterior?».
43Mi enfoque sobre el anarquismo en este punto está inspirado por las perspectivas de Colin Ward y James C. Scott. Véase Ward, Anarchy in Action y Scott, Two Cheers for Anarchism, así como Ramnath, Decolonizing Anarchism.
