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"En México gané mi nombre", dijo alguna vez José Saramago, y no parece que fuera sólo por compromiso con sus anfitriones desde Morelia hasta Guadalajara o Chiapas, o en los diversos recintos universitarios que recibieron al novelista. Para conmemorar el centenario del escritor nacido en Azinhaga, 22 testigos se reúnen para recordar el paso de Saramago por el país que lo quiso incluso antes de que ganara el premio Nobel de Literatura en 1998. Están aquí escritores como Elena Poniatowska, Hernán Lara Zavala u Horácio Costa; también las editoras que construyeron y circularon su obra entre el público mexicano; asimismo hay crónicas personales de momentos irrepetibles junto al novelista: una visita a la Pirámide del Sol en Teotihuacán, charlas junto a fuentes de agua sucia que se tornaron legendarias, comidas con demasiado picante para un estómago lusitano, o el impulso que llevó a la fundación en la UNAM de la única carrera dedicada a las letras portuguesas en Hispanoamérica. Y, siempre, un magnetismo irresistible que produjo interminables filas para llenar de autógrafos libros como Ensayo sobre la ceguera o El Evangelio según Jesucristo. En estos recuerdos, el escritor y su obra se ven a la luz de sus lectores en México, país que se convirtió —por derecho propio— en la capital de la saramagia.
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Seitenzahl: 242
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Saramagia
Saramagia
Testimonios y recuerdos sobre José Saramago en su paso por México
ALMA DELIA MIRANDACoordinadora
Primera edición, 2022
Diseño de portada: León Muñoz Santini y Andrea García Flores
Fotografía de portada: cortesía de Alonso Martínez Canabal
D. R. © 2022, María Noemí Alfaro Mejía, David Barkin, Hermann Bellinghausen, Freja I. Cervantes Becerril, Roberto Domínguez Cáceres, Pablo Espinosa, Enrique García Moreno, Susana González Aktories, Tomás Granados Salinas, Leonardo Herrera González, Laura Lara, Hernán Lara Zavala, Miguel López Montiel, Mónica Mateos, Carlos Martínez Assad, Alonso Martínez Canabal, Alma Delia Miranda, Elena Poniatowska, Claudia Ruiz García, Marisol Schulz Manaut, Ana Rita Sousa, Ambrosio Velasco Gómez, Dulce María Zúñiga
D. R. © 2022, Libros Grano de Sal, SA de CVAv. Río San Joaquín, edif. 12-B, int. 104, Lomas de Sotelo, 11200,Miguel Hidalgo, Ciudad de México, Mé[email protected] | www.granodesal.com GranodeSal LibrosGranodeSal grano.de.sal
D. R. © 2022, Universidad Nacional Autónoma de México Facultad de Filosofía y Letras Circuito Escolar s/n, Ciudad Universitaria, 04510, Coyoacán, Ciudad de México, México
Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México y de Grano de Sal
ISBN 978-607-59437-6-3 (Grano de Sal)
Agradecimientos
Presentación | ALMA DELIA MIRANDA
I. De intelectuales y periodistas
1. Las palabras de un gran escritor intranquilo | ELENA PONIATOWSKA
2. Entrevista con Horácio Costa sobre José Saramago | ALMA DELIA MIRANDA y ENRIQUE GARCÍA MORENO
3. El fin de una cofradía | TOMÁS GRANADOS SALINAS
4. Augurios de un novelista | HERNÁN LARA ZAVALA
5. José Saramago en Teotihuacán | CARLOS MARTÍNEZ ASSAD
6. Junto a Saramago en la pirámide | ALONSO MARTÍNEZ CANABAL
7. Saramago, el desafiante | HERMANN BELLINGHAUSEN
8. Saramago recibe el premio Nobel en Estocolmo | PABLO ESPINOSA
9. La saramagia en México | MÓNICA MATEOS
II. De sus editoras
10. El portugués más mexicano | MARISOL SCHULZ MANAUT
11. La vuelta de José Saramago a México con El cuaderno del año del Nobel | FREJA I. CERVANTES BECERRIL
12. Saramago, el corazón a la izquierda | LAURA LARA
III. Del ámbito académico
13. José Saramago y la carrera de Letras Portuguesas en la UNAM | AMBROSIO VELASCO GÓMEZ
14. José Saramago en la UNAM memorias y testimonios | SUSANA GONZÁLEZ AKTORIES y CLAUDIA RUIZ GARCÍA
15. Un torbellino en otoño | LEONARDO HERRERA GONZÁLEZ
16. Una visita imprevista, histórica e imperecedera | MARÍA NOEMÍ ALFARO MEJÍA
17. José Saramago en Guadalajara: las claves del azar | DULCE MARÍA ZÚÑIGA
18. Un premio Nobel en el Jardín de las Rosas | MIGUEL LÓPEZ MONTIEL
19. José Saramago en la Cátedra Alfonso Reyes, noviembre de 2004 | ROBERTO DOMÍNGUEZ CÁCERES
20. José Saramago en un aula heterodoxa | DAVID BARKIN
21. Tras las huellas de Saramago en México: una suerte de agradecimiento | ANA RITA SOUSA
Mi agradecimiento para cada una de las personas que tan amable y generosamente aceptaron participar en los diversos aspectos de la preparación de este libro. Muchas gracias a todas las personas que colaboraron con sus testimonios; muy en especial a la maestra Elena Poniatowska, quien rescató tiempo de su muy demandada agenda y terminó siendo la primera colaboradora en entregar su texto. Asimismo, a quienes, además, contribuyeron aportando imágenes, en especial a Laura Lara, Dulce María Zúñiga, Carlos Martínez Assad, Alonso Martínez Canabal, Horácio Costa y Noemí Alfaro. También le agradezco a Enrique García Moreno, estudiante de Letras Portuguesas, por haber aceptado participar como parte de su servicio social en las diversas actividades de este libro que fueron un apoyo muy grande para mí a lo largo de los meses que duró la preparación de este proyecto. Agradezco a Tomás Granados Salinas y a Freja I. Cervantes Becerril por sumarse a este libro conmemorativo. Gracias a Federico Saracho y a Olmo Balam Juárez González por la retroalimentación. Mi sincera gratitud a Julio Aguilar, Horacio Molano y Luz Elena de la Vega por todo. Estos testimonios no habrían visto la luz sin el apoyo de las instituciones que respaldan la edición: la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y dentro de ella, un agradecimiento muy especial a la Secretaría Académica, en las personas de la doctora Nair Anaya y Guadalupe López, por el apoyo siempre dado a las iniciativas de la Cátedra Extraordinaria José Saramago. Por último, agradezco al Instituto Camões da Cooperação e da Língua, sin cuya aportación económica este libro conmemorativo no existiría.
ALMA DELIA MIRANDA
José Saramago en una de sus visitas a la Universidad de Guadalajara, sin fecha. Cortesía de la Cátedra Julio Cortázar de la UdeG.
Alma Delia Miranda1
José Saramago aún no ganaba el premio Nobel y en México ya lo queríamos. De hecho, no fue por haber recibido el galardón literario más prestigioso del mundo que Saramago fue tan significativo en suelo mexicano, pues la entrega del público —constituido, además de lectores, por intelectuales y políticos— se puso de manifiesto en marzo de 1998, meses antes de que se anunciara que era el ganador del Nobel de Literatura. Este libro conmemorativo, que presento en nombre de la Cátedra Extraordinaria José Saramago de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el año del centenario del nacimiento del autor —nacido un 16 de noviembre de 1922 en Azinhaga, Portugal—, reúne 22 testimonios en 21 textos que dan cuenta de la relación afectiva de México con este escritor, así como también de los vínculos intelectuales, personales, artísticos e incluso políticos que estableció Saramago con México, o México con Saramago.
A partir de ese año clave de 1998, y en un lapso de apenas siete años, José Saramago fue recibido con calidez por importantes intelectuales identificados con la izquierda: Gabriel García Márquez,2 Carlos Fuentes,3 Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska; al igual que por políticos como Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano e incluso Andrés Manuel López Obrador; también por diversas instituciones educativas nacionales, y —quizá sobre todo— por los miles de seguidores que convocó en los actos públicos, académicos o literarios en los que estuvo presente: conferencias, ferias del libro, presentaciones, firma de ejemplares. Aunque el fenómeno mediático surgió el año en que recibió el Nobel, su presencia era tan orgánica que parecía uno más de nosotros.
Muchas de las personas que tuvieron un contacto estrecho con Saramago ya no viven hoy y actualmente sólo es posible recuperar, o reconstruir, el vínculo establecido con esos personajes mediante los testimonios de terceros, o bien con la lectura de los Cuadernos de Lanzarote y la investigación hemerográfica.
La referencia al año de 1998 es necesaria, aunque, como señala Hernán Lara Zavala en su testimonio, Saramago ya había pisado suelo mexicano como escritor años atrás, pero sin suscitar un impacto mediático. En este sentido, resulta indudable el papel central que desempeñó el periódico La Jornada en la difusión de la obra y el personaje, debido a las contundentes declaraciones del autor en torno a la matanza de Acteal en diciembre de 1997 y a las condiciones de vida de los indígenas de Chiapas.4 Pero la dimensión nacional de ese diario se deberá complementar en el futuro con un levantamiento de datos en publicaciones locales de Michoacán, Jalisco, Chiapas y Estado de México, que de seguro también registraron el paso del autor por esos espacios y que podrán aportar más de una sorpresa, sobre todo porque sus primeras visitas ocurrieron en un momento en el que internet no lo registraba todo y aún no existían las redes sociales digitales. De ahí que, al menos en línea, sea muy difícil encontrar las traducciones de los textos de Saramago que habrían aparecido en México antes de 1996, año de publicación de El equipaje del viajero, una coedición de la UNAM y la Universidad de Guadalajara. Ése sería el caso de los textos que habrían aparecido en la revista michoacana El Centavo, con la que Saramago habría entrado en contacto después de pasar por el IV Encuentro Internacional de Narrativa en Morelia en 1989 que refiere Lara Zavala.5
Justamente ese mundo ajeno al de hoy, en el que internet no alcanzaba las dimensiones actuales, propició confusiones como la mía, cuando creí haber traducido por primera vez al español un breve ensayo titulado “Del canto a la novela, de la novela al canto”, que encontré en portugués en un número del Bulletin of Hispanic Studies (revista de la Universidad de Liverpool especializada en las literaturas en lengua española y portuguesa).6 Mi traducción se publicó en 1996 en Ensayo. Revista de la Observación;7 sin embargo, en fechas recientes, gracias a internet, supe que ya había aparecido en español en el número 11-12 de la revista española Letra Internacional, ¡de 1988!8
Si se me permite introducir algunas líneas más con mi propio testimonio, diré que yo también conocí y hablé con José Saramago. De ninguna manera fue con la profundidad y confianza de varios de los testimonios que aquí se publican, pero sí con la emoción de mis veintitantos años cuando descubría en ese momento una nueva lengua, el portugués, y una nueva literatura, a la que me habían llevado las clases con Horácio Costa en la licenciatura de Letras Hispánicas en la UNAM. La primera vez que lo vi fue en la 49.ª Feria del Libro de Fráncfort, en octubre de 1997. El país invitado era Portugal, que llegó a la feria del libro más importante del mundo con lo mejor de su cultura. Ahí escuché en una sola mesa a Saramago, a José Cardoso Pires, al cineasta Manoel de Oliveira y al compositor Azio Corghi, quien escribió una ópera basada en Memorial del convento. Sin embargo, no pude acercarme demasiado porque eran titanes rodeados de periodistas, editores y su público, así que sólo le tomé una fotografía a Saramago. Al día siguiente, en el stand del canal portugués SIC, tuve la oportunidad de intercambiar unas palabras con él y me firmó un ejemplar de El año de la muerte de Ricardo Reis, en mi edición de Seix Barral. Ese día gané la dedicatoria, el beso y el abrazo de Saramago, además de la amistad de Isabel Pereira, una chica de origen portugués residente en Münster con quien tuve tiempo de conversar e intercambiar direcciones postales mientras esperábamos, ya que los reporteros que estaban ahí nos aseguraron que Saramago tenía que llegar a una entrevista. La segunda vez fue el jueves 19 de marzo de 1998, día en que junto a mi amiga Mariana Pineda y cientos de universitarios hice fila desde las nueve de la mañana para ver al escritor, quien a la una de la tarde acudiría al auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El anuncio había aparecido en La Jornada un día antes. Estábamos súper entusiasmados y después molestos porque, cuando abrieron las puertas, ¡nos dimos cuenta de que los asientos de hasta abajo estaban reservados! Pero ese disgusto desapareció cuando en el proscenio se fueron colocando las autoridades y los flashazos de la cámara de Omar Meneses anunciaron que Saramago se acercaba. La ovación que lo recibió fue en verdad estremecedora y al final nadie quería que la conferencia terminara. La tercera ocasión fue en octubre de 1998, en Lisboa. Yo acababa de llegar a la capital portuguesa gracias a una beca del Instituto Camões. En toda la ciudad pendían carteles con la foto del autor, su nombre y la leyenda “Premio Nobel de Literatura 1998”. Se organizó un homenaje en el Centro Cultural de Belém, cuyo auditorio estaba lleno y donde de vez en cuando se oía a algún entusiasta atrevido que gritaba “¡Viva Saramago!” Fue bonito, pero nada parecido a la apoteosis que yo había presenciado en México. Lo vi una vez más a finales de 1999, en el campus Ciudad de México del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), universidad en la que yo había empezado a trabajar. Todo fue muy rápido, a pesar de que la fila era interminable, pero conseguí que me firmara una copia de O Evangelho Segundo Jesus Cristo [El Evangelio según Jesucristo], cosa que lo sorprendió pues era un ejemplar en portugués, y más cuando le dije “isso não é uma bica” señalando la taza de café americano que se enfriaba mientras él firmaba cientos de libros. Curiosamente también lo acompañé en su funeral en 2010, porque me encontraba en Lisboa cuando murió y nos acercamos a la capilla ardiente de la Cámara Municipal para rendirle homenaje. No podía imaginar entonces que 12 años después estaría organizando este libro.
Me disculpo por el excurso para volver a esta presentación. Medité bastante sobre el orden que debían tener estos testimonios y al final opté por dividirlos en tres secciones, tomando en cuenta el ámbito de procedencia de los textos. Es cierto que algunos colaboradores se ocupan de las actividades en las tres categorías que propongo, pero no estaba convencida de acomodar los nombres de manera alfabética y había que decidir, así que clasifiqué los textos de la siguiente manera: en la primera sección, los testimonios de intelectuales y periodistas que fueron la sombra de Saramago en sus visitas a México e incluso fuera del país, así como figuras que convivieron con él en un contexto privado; en la segunda parte, el corazón del libro, se pueden leer los testimonios de tres excolaboradoras muy cercanas al autor en la editorial que lo publicó en español, Alfaguara, y cuyas voces no suelen citarse al hablar de él, por lo cual es significativo escucharlas ahora; en una tercera sección están los testimonios que hablan de la presencia de Saramago en diversas instituciones académicas. Estos últimos cubren un espectro amplio, que va desde las circunstancias de la creación de la Cátedra Extraordinaria José Saramago hasta el modo en que Ensayo sobre la ceguera se puede estudiar en una carrera como la de Economía que se imparte en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), por ejemplo. Por supuesto hay más testimonios de colegas procedentes de la UNAM, debido al estrecho vínculo que Saramago estableció con nuestra casa de estudios, pero la riqueza de las colaboraciones estriba en el ángulo desde el que cada quien escribe: profesores de lengua portuguesa, antiguas responsables de la Cátedra Saramago, o desde el lectorado del Instituto Camões en la UNAM.
Para finalizar, deseo destacar —sin ningún ánimo hagiográfico, pero necesariamente justo— la generosidad y conciencia intelectual de Saramago, quien se convirtió en el mejor embajador cultural de su país en el nuestro. Y es que no habría tenido nada de malo que hubiera decidido disfrutar de la gloria de la autoridad adquirida, pero fue más lejos —como era muy propio en él— al demandar la dignidad merecida para el estudio formal de la literatura escrita en portugués en la UNAM, como lo deja ver el testimonio del exdirector de la Facultad de Filosofía y Letras, Ambrosio Velasco. Saramago no exigió extravagancias materiales, sino que se estudiara de manera curricular su literatura, su cultura. Sin esa beligerancia intelectual no se habrían echado a andar los pesados y lentos engranajes de la burocracia universitaria, tan necesaria para crear espacios de conocimiento: primero, esta cátedra que se fundó en 2004; después, en 2010, la carrera de Letras Portuguesas, única licenciatura en Hispanoamérica centrada en el estudio de las literaturas de Brasil, Portugal y países africanos que hablan y escriben en esta lengua, como Angola, Cabo Verde, Guinea Bissau, Mozambique y San Tomé y Príncipe, sin olvidar una nación en el sureste asiático: Timor Oriental. A pesar de que otras personas lo habían intentado, únicamente la saramagia9 fue capaz de lograrlo. Aunque el exdirector Ambrosio Velasco cumplió su promesa de crear la carrera, la muerte se adelantó y Saramago ya no pudo ver el alcance de sus palabras, pues falleció en junio de 2010 y la carrera vivió su primer semestre en agosto de ese año.
Por eso, a nombre de todo lo que se ha creado en tu honor: obrigada, Saramago.
1 Cátedra Extraordinaria José Saramago de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
2 Según rememora la autora portuguesa Lídia Jorge en “José Saramago e as Letras Portuguesas” —texto que se incluye en “Sessão da Classe de Letras. Evocação de José Saramago no ano do centenário do seu nascimento” (24 de febrero de 2022) y que leyó en ocasión de un homenaje organizado por la Academia das Ciências de Lisboa—, García Márquez y el autor portugués se conocían por lo menos desde 1983, ya que coincidieron en Lisboa durante una cena en honor al colombiano. En el evento también se encontraba José Cardoso Pires, otro importante autor lusitano. El discurso de Jorge está disponible en www.youtube.com/watch?v=Z4U9quUsy7c.
3 En 1997, Carlos Fuentes acompañó a la periodista Silvia Lemus, su esposa, a Lanzarote, donde ella grabó una entrevista con Saramago para el programa Tratos y retratos.
4 Enumero algunas declaraciones que fueron titulares de periódico durante la visita de Saramago en marzo de 1998, todas de La Jornada y varias en la portada: “No debo más respeto al gobierno de México que a los indios de Chiapas” (9 de marzo de 1998, en portada); “Ir a Chiapas, obligación cívica para informarme como cualquier persona” (9 de marzo de 1998, p. 25); “Saramago: la memoria de Acteal no debe desaparecer” (15 de marzo de 1998, en portada); “En Chiapas, guerra del desprecio: Saramago” (16 de marzo, portada); “El racismo en Chiapas está ahí para quien quiera verlo, señala Saramago” (17 de marzo de 1998, portada y p. 8); “Llama Saramago a la insurrección moral, ante la situación en Chiapas” (20 de marzo de 1998, p. 3).
5 La referencia a las traducciones aparecidas en Michoacán la hizo de manera oral Eduardo Langagne en una conferencia titulada “Saramago: las primeras traducciones en México”, pronunciada en el homenaje al escritor portugués organizado por la Cátedra Extraordinaria José Saramago el 19 de mayo de 2011. Disponible en http://ru.ffyl.unam.mx/handle/10391/1344.
6 José Saramago, “Do canto ao romance, do romance ao canto”, en Bulletin of Hispanic Studies, vol. 71, núm. 1, 1994, pp. 119-123.
7 José Saramago, “Del canto a la novela, de la novela al canto”, en Ensayo. Revista de la Observación, núm. 11, 1996, pp. 2-7.
8 Un dato que me ha sido imposible comprobar es si el texto en portugués se había publicado, efectivamente, en 1989 en el número 21 de la revista portuguesa Vértice. Ni la versión de Letra Internacional ni la de Ensayo están disponibles en línea.
9 Término acuñado por la periodista Mónica Mateos —colaboradora de este libro— en las crónicas que escribió y dieron cuenta de las actividades del autor en nuestro país, publicadas en La Jornada.
José Saramago (izquierda) y Carlos Fuentes (centro) en la inauguración del Centro de Estudios Literarios Latinoamericanos de la UdeG, Guadalajara, febrero de 2004. Cortesía de la Cátedra Julio Cortázar de la UdeG.
Elena Poniatowska1
En el Palacio de Bellas Artes, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y en todos los foros de México en los que se presentó, José Saramago conoció el triunfo de un actor de cine. Las mujeres se echaban a sus brazos, cosa que a él le hacía decir con una sonrisa: “¿Cómo voy a decir que no?”
“No queremos lectores tranquilos, no queremos lectores conformados, no queremos lectores resignados, yo no quiero vivir del dinero de esos lectores.” Le tocaron lectores apasionados. Y lectoras muy coquetas.
Así como el ser humano conquistó la Luna en 1969, Saramago conquistó México en 1998; no sólo atrajo a lectores intranquilos, sino también a rebeldes capaces de levantar una guerrilla en la selva Lacandona dirigidos por el subcomandante Marcos. Los rebeldes recibieron al portugués en la jungla chiapaneca en marzo de 1998, apenas ocho meses antes de que el jurado del Nobel decidiera por unanimidad otorgarle el premio en Estocolmo el 8 de octubre de 1998.
¡Qué buena batalla la de Saramago!
En las ferias del libro y en las presentaciones de su Ensayo sobre la ceguera, Saramago abrió los ojos y oídos de muchachos, y hasta de quinceañeras. En las calles de la ciudad de Guadalajara, las lectoras le gritaban su amor. “Saramago, te admiro.” “Saramago, quiero abrazarte.” “Saramago, no he leído nada mejor que Ensayo sobre la ceguera.” “Saramago, cásate conmigo.” Como a Saramago le gustaban las mujeres, no rechazó un solo abrazo. También yo lo abracé porque era uno de los escritores más entrañables. Tomaba en cuenta a sus lectores y les respondía, festivo y risueño —como un galán de cine—, los elogios, y sobre todo los de las bonitas merecían un beso. Los de las feas, no.
Muchos habíamos leído su Ensayo sobre la ceguera el mismo año en que visitó la selva Lacandona. Quizá el subcomandante Marcos adivinó que dialogaba con un visionario, un hombre de la tierra, un viejo que sembraba palabras que nos atañen a todos y todas, un abogado de los millones de seres humanos que vivían en condiciones que atentan contra su dignidad.
En México, en una de sus primeras conferencias, el portugués nos explicó que “la vida es una especie de carrera para llegar a algo que podemos llamar realismo social, estar en el mundo e interrogarse sobre qué es lo que hacemos aquí”. Saramago supo muy pronto lo que significa “hacer algo aquí”.
Tuve el privilegio de coincidir con él en Madrid en una sesión pública el 27 de abril de 2001 antes de que él viniera a México. Me lancé al ruedo como becerra destanteada y él lidió con su capotillo rojo sin enojarse. El público aplaudía “olé” y le agradecí mucho que me sacara de apuros y no me clavara banderilla alguna a pesar de mis torpezas e imprudencias.
A partir de sus 60 años (a pesar de que fue un escritor tardío) Saramago tuvo que responder a los requerimientos de sus numerosos lectores: viajes en Europa, conferencias en América Latina, presentaciones en Estados Unidos. Juan Cruz, entonces director de Alfaguara y uno de los fundadores de El País, llevaba la cuenta de sus apariciones en la tierra, el cielo y las travesías sobre el agua de los océanos.
A lo largo de toda su vida, Saramago evocaba cómo en 1947 su primera novela, Tierra de pecado, había pasado por las librerías sin pena ni gloria. Pero El Evangelio según Jesucristo, de 1991, sí que lo catapultó a la fama cuando él ya no se cocía al primer hervor. La censura del gobierno lo encumbró al vetar su libro. Fue tan persecutoria y rencorosa que Saramago abandonó Portugal y se instaló en Lanzarote, una isla en medio del Atlántico. Rodeado de agua, nadie iría a lastimarlo, aunque me dio la impresión de que él no se dejaba de nadie.
En 1995 publicó su entrañable y terrible Ensayo sobre la ceguera. ¡Reconocimiento inmediato! Sus lectores mexicanos nos enceguecimos. Dos años más tarde, en 1997, Todos los nombres. Los portugueses de la vida diaria, los de a pie, reconocieron a uno de los suyos y arroparon al que siempre supo abrazarlos.
Saramago había nacido cerca del río Tajo, en Lisboa, y nunca pensó que podría ser escritor. Muchos hijos de campesinos no tienen tiempo sino para vivir el día, el sol, el agua. ¿Acaso los elementos no bastan para escribir? Quizá por eso mismo, al venir a México, Saramago quiso ir a la selva Lacandona a hablar con rebeldes, hombres y mujeres cuya única posesión era un palo porque ni a fusil llegaban.
En su foto en la selva chiapaneca, Saramago es un sarmiento y sus surcos, los de sus manos, los de su rostro, van bajando hasta llegar a los zapatistas que se retratan a su lado y le preguntan si cuesta mucho trabajo leer sus libros.
Por alguna razón, hace años fui a Lanzarote, una isla negra frente a las costas de África que Carlos Fuentes me describió: “Haz de cuenta que estalló un volcán dentro del agua y emergieron rocas y cenizas.” Imposible separar la figura de Saramago de la de Lanzarote. Es fácil imaginarlo en medio de carbones ardientes, mientras él se las arregla para sembrar uvas. Nunca permitió que los vientos desenraizaran una vid. Al igual que ellas, Saramago es difícil de desenraizar.
Desde 1993, Saramago tuvo que aprender a viajar en el ruidoso tren de la celebridad y en esto lo ayudó Pilar del Río, su mujer. Con ella durmió en Londres, Lisboa, Madrid, París, Roma, Buenos Aires, Río de Janeiro, Nueva York y México. Estoico, Saramago discurrió frente a grandes auditorios acerca de su obra y el Doctor Fausto, de Thomas Mann, habló de sus amigos y de sus admiraciones. En México, Hermann Bellinghausen, quien siguió a los zapatistas en 1998 y 1999, lo vio elegir a los indígenas. “Millones de personas viven un atentado a su dignidad”, declaró el gran novelista e informó al mundo acerca de la situación en las montañas del sureste de México, la suerte de hombres, mujeres, niños y ancianos que seguía siendo la misma desde 1521 hasta la fecha.
“¿Puede levantarse la gloria de Dios y la de un gobierno sobre la miseria de un solo niño muerto?”, preguntó Carlos Fuentes. En San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Saramago declaró:
Si la voz de un escritor les sirve para algo, mi voz es vuestra voz. Seguiré hasta el final de mi vida con la conciencia de que mi voz no es sólo mi voz porque creo que por la boca de cada uno de nosotros está hablando la humanidad entera [...]
La mirada de Saramago sobre Chiapas era la del primer niño chiapaneco que se había preguntado por qué los aviones sobrevolaban su bosque, por qué subían hombres armados hasta su tierra. Saramago habló de la mirada severa de las mujeres, y se preguntó: “¿Cómo es que después de tanto sufrimiento ese mundo indio mantiene una esperanza? ¿Cómo pueden sonreír como ese hombre de Polhó que nos dice con una sonrisa: ‘Mañana puede que nos maten a todos, pero... bueno, aquí estamos?’”
El 3 de diciembre de 1999, en Oventic, Chiapas, Saramago repitió: “No deseamos la muerte de nadie, no queremos que el costo de la justicia, la libertad y la democracia sea la pérdida de muchas vidas humanas, pero cuando es necesario hay que morir.” En 1998, había preguntado frente a los insurgentes: “¿De qué se están alimentando esas personas?” Y él mismo respondió:
Se alimentan de su propia dignidad. Su dignidad los mantiene vivos. Escuché relatos en los que nada está dramatizado. Los dicen con palabras medidas, no calculadas, las justas para expresar lo que hay que expresar. Si hay algo difícil en la vida, es ser. Y ellos que no tienen nada lo son todo, y eso es lo que he venido a aprender a Chiapas.
Los indígenas de Chenalhó se acercaron a un Saramago que se encorvó sobre ellos para escucharlos mejor. Quizá de todos los premios Nobel, el de 1998 es el que mejor comprendió a los levantados. “Las razones que me llevan a contar una determinada historia tienen que ver con mi visión de la sociedad. Soy pesimista porque el mundo no me da ningún motivo para no serlo y eso lo digo en mis libros”.
—¿Usted cree en la felicidad? —le pregunté yo, feliz de ser feliz y poder entrevistarlo.
—La felicidad es una excepción —sonrió.
Como lo recogió Mónica Mateos, Saramago fue siempre el muchacho que escuchaba a sus abuelos:
Sigo siendo el nieto de ese hombre y esa mujer y no quiero perderlos, no quiero olvidar mis orígenes, mis raíces, la casa pobre, el suelo de tierra, la lluvia que entraba, los cerdos al lado. De esa gente que pareciera que no lleva dentro más que la brutalidad de su propia vida, aprendí casi todo lo que he escrito, o por lo menos, ellos abonaron el terreno para mis palabras.
Por esos abuelos, Saramago se alió a los indígenas de Chiapas. Entendió el grito zapatista del 1 de enero de 1994, por eso sus personajes son como él. Cavan hondo. “La vida nos vive”, me dijo una tarde el poeta Jaime García Terrés. Dudamos de todo, porque somos una pregunta. Dice Saramago:
Yo tengo todas las dudas del mundo, las mías y las de los otros. Mi obra es una reflexión sobre el error y la duda. [...] Tenemos algunas certezas. Sabemos, por ejemplo, que la honestidad es preferible al engaño, que el amor es mejor que el odio. Pero esas cualidades, que llamo certezas, no son las que han guiado a la humanidad.
Su novela Claraboya se publicó un año después de su muerte. Generoso, Saramago consolaba a sus lectores.
1 Escritora.
De izquierda a derecha: Laura Lara, Sergio Pitol, Marisol Schulz Manaut, José Saramago y Elena Poniatowska, Ciudad de México, marzo de 1998. Cortesía de Laura Lara.
