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En Seis nocturnos, el reconocido periodista cultural Juan Carlos Garay reúne sus dos pasiones: la música y la noche, y se vale de la primera para guiarnos como un faro hacia una mejor comprensión de la belleza que esconden los misterios nocturnos. En estos seis ensayos el autor narra la experiencia que vive con la caída de la noche, con los ciclos de la luna, con el mundo onírico y el silencio. A la par, como lo haría un amigo durante una velada, compone un paseo nocturno en el que nos acompañan Frédéric Chopin, Johannes Brahms, John Cage, Henry Milton, Paul McCartney y tantos noctámbulos más que afianzaron su creatividad en las horas más oscuras.
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Seitenzahl: 184
Veröffentlichungsjahr: 2025
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rey naranjo editores
www.reynaranjo.net
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Seis nocturnos
©Juan Carlos Garay, 2025
©Rey Naranjo Editores, 2025
Primera edición | Julio 2025
Dirección editorial: John Naranjo • Carolina Rey Gallego
Dirección de diseño: Raúl Zea
Edición: Alberto Domínguez Diagramación: Isabella Viracachá
Ilustración: Isabella Barajas • Isabella Viracachá
Equipo R+N:Maria Paula Beltrán • María José Guerrero
Impreso en Colombia por Grupo Hola S.A.S.
isbn 978-628-7589-68-1
Hecho el depósito de ley
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial en cualquier medio, sin permiso escrito de los titulares del copyright.
A la memoria de Bernardo Hoyos
(1934 – 2012)
Seré un benefactor si conquisto algunos reinos de la noche, si informo a los periódicos de cualquier cosa que ocurra en esta temporada tan digna de su atención, si puedo mostrar a los hombres que hay alguna belleza despierta mientras ellos están durmiendo.
Henry David Thoreau
¿Por qué hay noche?
Una nota introductoria
la particular cercanía que tenemos con una estrellaamarilla mediana, a la que llamamos el sol, nos permite la vida y, si se quiere, la conciencia de ser. A esa estrella la sentimos plenamente por intervalos aproximados de doce horas y luego dejamos de percibir su influencia directa, sobre todo su luz, más o menos durante otras doce horas.
La paradoja es que eso que llamamos día, ese cálido y luminoso contacto con la radiación de la estrella, es un momento excepcional en el contexto del universo, cuya naturaleza es fría y oscura. La mayor parte del cosmos es vacío puro. Hay zonas en que la distancia entre dos galaxias alcanza los mil millones de años luz. La materia es una absoluta excepción en todas las escalas. Y eso es lo que nos recuerda el tiempo de la noche. En el día nos asomamos al sol; cuando se hace de noche nos asomamos a lo inconmensurable.
La idea puede ser perturbadora, lo sé. Quizá por eso exploré estos seis ensayos que nos hablan de una noche inspiradora y estimulante. Estoy convencido de que la música, pero también la poesía, la pintura o la astronomía, tan presentes en estos textos, nos ayudan a entender mejor la belleza que subyace en esas horas de misterio.
Cae la noche
uno de los recuerdos más tempranos que tengo está relacionadocon la conciencia de los ciclos de la luz y de las horas del día. Yo tendría cinco años, a lo sumo seis, cuando un amiguito del colegio me dijo: «Una de las cosas más lindas que hay en el mundo es el amanecer». Los niños están descubriendo su entorno y juegan a las clasificaciones. «¿Cuál es la cosa más bonita que existe?», nos preguntamos en una especie de concurso a la hora del recreo. Era curioso, sin embargo, que este amiguito no se fijara en un objeto concreto, algo que se pudiera apreciar en cualquier momento, sino en un instante efímero. La alborada.
Caí en la cuenta de que nunca había visto amanecer. En mi corta vida, me quedaba dormido de noche y cuando me despertaba ya era de día. Nunca había tenido la curiosidad para averiguar cómo sucede esa transición. Así que en los días siguientes tomé la decisión: yo sería testigo de esa belleza única. Aproveché una temporada de vacaciones en el campo y me propuse abrir los ojos unos minutos antes de que saliera el sol. No tenía a mano un despertador y tuve que hacer varios esfuerzos; los primeros días, sencillamente, me despertaba cuando ya era tarde. Hasta que un amanecer lo logré. Pero no salí ni me asomé a la ventana siquiera, sino que observé todo el tiempo, dentro de mi cuarto, ese proceso lento de una penumbra que se va disipando. Varias décadas después descubrí, en un poema de Wisława Szymborska, ese mismo efecto. Allí está narrado de forma única:
Sucesivamente, sin prisa,
porque es una ceremonia,
amanecen las superficies del techo y las paredes,
se separan las formas,
una de otra,
el lado izquierdo del derecho.
Clarean las distancias entre los objetos,
pían los primeros destellos
en el vaso, el picaporte.
No solo parece, sino que es plenamente
aquello que ayer fue movido,
lo que se ha caído al suelo,
lo que se encierra en los marcos.
Solamente los detalles
no se han hecho aún visibles.
Pero atención, atención, atención,
muchas cosas indican que regresan los colores
y hasta la más pequeña recuperará el suyo,
junto con el matiz de la sombra.
No conozco otro texto que describa con tanta sutileza esa transición. Ese poema («Hora temprana»), como muchos otros de Szymborska, toma un suceso cotidiano y llega a desglosarlo de una manera casi atómica. La mirada es tan detallada que se acerca a la observación científica. El hecho, por ejemplo, de señalar una correlación entre la cantidad de luz y la presencia del color.
En el fondo, lo que revela el poema es el funcionamiento del ojo humano. Como lo señaló por primera vez Isaac Newton, la luz es incolora. Lo que sucede es que las ondas lumínicas tienen diferentes frecuencias de oscilación y, cuando golpean nuestra retina, se desencadenan procesos neuroquímicos que generan lo que llamamos colores. El psicólogo cognitivo Daniel J. Levitin aborda este fenómeno con una idea inquietante: «Las paredes de mi cocina dejan de ser blancas cuando me voy».
Pasadas aquellas vacaciones, regresé al colegio y pude contarle a mi pequeño amigo que yo también había visto un amanecer. Pero fui sincero: para mí no tenía la misma carga de belleza que él le atribuía. Tal vez incluso fui un poco sarcástico sin proponérmelo: «No sé qué tiene de bonito», recuerdo que le dije. «Es un atardecer al revés». A mí me ha gustado siempre la noche más que el día. Encuentro un placer estético en la llegada del ocaso y siento que está en mora de escribirse el poema contrario a «Hora temprana»; o al menos no he descubierto uno que exprese con la misma precisión el arribo gradual de las sombras.
¿Por qué unas personas prefieren madrugar y otras, en cambio, trasnochar? En el año 2014, el neurogenetista Louis Ptacek de la Universidad de California concluyó, después de varios experimentos, que se trata de rasgos genéticos. En la base del cerebro, el hipotálamo regula los ritmos circadianos, es decir, las funciones de vigilia y sueño relacionadas directamente con la luz y la oscuridad. Sin embargo, este ritmo puede ser levemente acelerado o decelerado de acuerdo con mutaciones de un gen que reside en el cromosoma 2. El doctor Ptacek profundizó en esa clasificación coloquial que hacemos de las personas como alondras o búhos, de acuerdo con su rutina de sueño. Identificó en las primeras un «síndrome de sueño anticipado» y en las últimas un «síndrome de sueño retrasado».
Pero el reloj biológico no es inamovible. A lo largo de nuestra existencia el ritmo circadiano se desplaza: podemos ser alondras en la infancia y la tercera edad, y búhos durante la adolescencia. Otro estudio afín, dirigido por el cronobiólogo Till Roenneberg de la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich, analizó los patrones de sueño de doscientos mil individuos. Concluyó que las mujeres se levantan más tarde a la edad de diecinueve años y medio, y los hombres a los veintiuno. El profesor Roenneberg llegó a plantear que, en aras de un verdadero rendimiento laboral, son las oficinas las que deben adaptarse al individuo, y no al revés. «Deberíamos cambiar nuestros horarios de trabajo y hacerlos más individuales, que encajen con nuestros cronotipos», declaró. En general, a nivel de las jornadas laborales, las alondras siguen teniendo ventaja porque su pico de rendimiento está al mediodía.
Se cree que las primeras células de nuestro planeta eran dañadas por los rayos ultravioleta del sol y, por ende, se adaptaron para repararse a sí mismas durante la noche. El tiempo de la noche regenera, refresca, centra el pensamiento y la emotividad. Es también, en contraste con la actividad diurna, el tiempo de la calma. En el hinduismo existe una clasificación de las emociones según la cual alegría y tristeza son dos extremos, mientras que en el centro se ubica la calma, que es la fuerza a la cual tiende el espíritu sensato. El pianista Stephen Drury, quien ha explorado la presencia de esa estética en la música, dice que la calma es «la emoción sin colores» como si la equiparara con un periodo en que no hay agitación lumínica. El estado apacible no tiene extremos emocionales, así como la noche profunda no tiene colores. El compositor John Cage exploró ese concepto de tranquilidad en su música, reduciendo la variedad de tonos hasta llevarla a los confines del silencio. Su objeto era moderar y apaciguar la mente para, según él, hacerla más susceptible a las influencias divinas.
Uno de los noctámbulos más notables del siglo XVII fue el poeta John Milton. Suele citarse mucho un verso suyo en el que se pregunta «¿Qué tiene que ver la noche con el sueño?». Esa frase pertenece a una mascarada, una obra de teatro ligera que escribió en 1634, llamada Comus. Es una obra, digamos, aleccionadora, en la cual una muchacha debe resistirse a una serie de tentaciones. YComuses el antagonista tentador, el hijo de Baco y Circe, el espíritu de la juerga que está convencido de que la noche se hizo para todo menos para dormir. Milton tenía veinticinco años cuando escribió aquella obra y ya se identificaba más con su antagonista; por eso le asignó los mejores diálogos. Es muy elocuente que hoy recordemos esas palabras y no las de la muchacha, que ni siquiera tiene nombre: se la llama «Lady» todo el tiempo.
Desde muy joven, Milton se propuso escribir de noche. Un recuerdo de su hermano menor, Christopher, lo registra como un joven que «estudiaba mucho y se mantenía despierto hasta muy tarde, por lo general las doce o la una». En su extenso poema «Il Penseroso» se enorgullece de que lo sepan trabajando a altas horas:
Deja que mi lámpara, a medianoche,
sea vista en lo alto de una torre solitaria1.
La lámpara a la que se refiere el poema era muy seguramente un candil de aceite, cuya luz no difería mucho de la de una vela. Faltaba todavía un siglo y medio para que se inventara la lámpara de Argand, también llamada quinqué, que daba una luz menos titilante y seis veces más intensa. Y ese quinqué, para que nos hagamos una imagen, alumbraba diez veces menos que una bombilla eléctrica actual. La decisión de trabajar de noche, en una época en que el asunto de la iluminación no estaba del todo resuelto, fue problemática. A los cuarenta y tres años, Milton ya estaba ciego. Basándose en los datos que sobreviven, algunos médicos contemporáneos han diagnosticado un desprendimiento de la retina.
Jorge Luis Borges, otro escritor que también experimentó los embates de la ceguera, se refiere en un poema a «la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche». Ironías aparte, no deja de haber algo de justicia poética en la historia de John Milton: un escritor amante de la noche que se fue quedando ciego por la mala iluminación. Es decir, que terminó habitando una noche constante.
En ese sentido, el oficio de la música parecía ser más seguro en las horas de penumbra. Al fin y al cabo es un estímulo para el oído, no para la vista. Claro está que si consideramos la necesidad de leer una partitura, volvemos a las mismas dificultades. El director coral Harry Christophers recuerda haber sopesado las condiciones de la época mientras leía el manuscrito original del Eton Choirbook, una colección de himnos religiosos del siglo xv: «Constantemente pensé en lo increíblemente talentosos que debieron ser los dieciséis integrantes del coro al cantar esta música tan compleja, todos alrededor de un atril, esforzándose por leer a la luz de una vela». También señala que incluso la bombilla eléctrica de Thomas Alva Edison no logra clarear muchas de estas partituras. Cierta opacidad parece habitarlas: «Hoy tenemos ediciones modernas, electricidad, ayudas para la vista y, aún así, sigue siendo difícil».
Pero en muchos otros aspectos, la noche brinda las condiciones idóneas para componer, tocar o escuchar música. En el año 2008, el músico Jordi Savall hizo un recuento de tres décadas de interpretaciones musicales y señaló que la gran mayoría de sus grabaciones se había llevado a cabo entre las ocho de la noche y las cinco de la madrugada, «en la magia de las horas avanzadas o casi matinales». Savall es intérprete de la viola da gamba y uno de los más importantes exponentes de la llamada música antigua, que se graba sin amplificación en espacios como iglesias, monasterios, palacios o castillos. Los estudios de grabación no les interesan tanto a los intérpretes de música antigua porque, si bien aíslan el ruido, no logran recrear la acústica de esas edificaciones originales. Por ese motivo se graba de noche, cuando hay mayor silencio alrededor.
Una de las reflexiones de Jordi Savall tiene que ver con la manera como la noche influye en el ánimo de quienes ejecutan los instrumentos y, por ende, en la música:
El cansancio y lo avanzado de la hora nocturna modificaron muy a menudo nuestra percepción de algunas obras, sobre todo de los movimientos lentos, que en el silencio profundo de la noche y en la magia del sonido que resonaba en la iglesia adquirían una dimensión expresiva fuera de lo común. Aunque, por encima de todo, sentíamos que a medida que avanzaba la noche más necesario era compensar la falta de energía física provocada por la pérdida de tono y el cansancio natural con un excedente de alma. Sentíamos que, cuando el cuerpo dejaba de responder, era el espíritu quien tomaba el relevo.
Savall menciona además dos géneros musicales que se oyen mucho mejor en horas de la noche: la zarabanda y el tombeau. Como caras de una misma moneda, ambos tuvieron su origen y desarrollo entre los siglos xvi y xvii. La zarabanda es una danza alegre que con el tiempo se fue tocando más despacio en aras de un ideal de elegancia. El tombeau, en cambio, siempre fue lento; es una música lúgubre escrita ante el fallecimiento de un personaje apreciado, una especie de elegía sin palabras.
Existe otra agrupación que ha explorado la manera en que la atmósfera de la noche condiciona una interpretación musical, y sus integrantes se enmarcan también en el ámbito de la música antigua. Es el Dowland Project, llamado así en honor al compositor del Renacimiento inglés John Dowland. A pesar de que su repertorio llega hasta el siglo xvii, los integrantes del Dowland Project cometen unos exquisitos anacronismos al incluir instrumentos más modernos como el saxofón y el contrabajo. Aparte de ese detalle, se puede hablar de una interpretación fidedigna en muchos aspectos.
Más allá de las partituras o tablaturas de la época, estos músicos han estudiado las dinámicas antiguas de improvisación. El tenor John Potter, uno de sus integrantes, habla de dos aproximaciones: una «música diurna» que recurre a las partituras como punto de partida y una «música nocturna» que es esencialmente improvisada y que se desata a partir de poemas antiguos. Se requiere entonces también un conocimiento literario, y la música que se aplica al poema debe seguir las reglas de armonía de su tiempo.
Esta práctica de la música nocturna que describe Potter se parece más a un juego, a un reto creativo. Y es tentador pensar que muchas canciones antiguas, de las que hoy existe registro escrito, partieron como creaciones espontáneas. Tomemos por ejemplo estos versos de Francesco Petrarca que, por lo demás, son una sugestiva evocación de la noche:
Ahora que el cielo, la tierra y el viento callan
y las fieras y los pájaros se entregan al sueño,
la noche hace girar su carro de estrellas
y en su lecho yace el mar sin una ola2.
Las palabras casi llaman a la música, a una música serena y pausada como el paisaje que nos están mostrando. Pues bien, en 1638 el compositor Claudio Monteverdi tomó ese soneto de Petrarca y lo convirtió en un madrigal, una canción para seis voces. Hizo lo que escasamente imaginamos, pero no sabríamos cómo hacer, quienes no somos músicos: le asignó a cada palabra el sonido perfecto de la emoción que encierra. El madrigal («Hor che’l ciel e la terra») nos pasea por todas las emociones del poema: en su música oímos el sueño de los animales y la calma del mar. Luego aparecen, en la segunda cuarteta, los sobresaltos del enamorado que no puede dormir. Y al llegar a los tercetos finales, la melancolía que lo envuelve y la pequeña muerte que representa para él atravesar esa noche.
Ahora imaginemos ese mismo ejercicio, enmarcado por la noche como debe ser, pero alentado por las órdenes de un patrón, un productor discográfico que lleva a los músicos a una situación extrema. Fue lo que sucedió en el Monasterio de San Geroldo, en Austria, donde el Dowland Project se reunió para grabar lo que parecía ser un disco y terminaron siendo dos. Así lo narra John Potter:
Habíamos terminado la grabación y estábamos celebrando… Pasada la medianoche, luego de una velada amigable, Manfred Eicher dijo de repente: «Volvamos a la iglesia y grabemos un poco más». Manfred ha sido el espíritu que mueve a nuestro grupo desde que nos juntamos y es un partícipe inspirador en todos nuestros diálogos musicales, así que no podíamos decir que no. Pero ya no teníamos más música, ya habíamos grabado más de lo que puede caber en un álbum. Fue el instante el que nos proporcionó la música: sucedió que yo tenía unos poemas medievales, así que decidimos ver qué podíamos hacer con ellos.
El disco resultante de aquella sesión se llama, naturalmente, Night Sessions y difiere de otros títulos de la discografía del grupo porque es un ejercicio, digamos, menos literal. Es un ejemplo tangible de las dinámicas antiguas de improvisación. Música diurna y música nocturna: pareciera que el día estuviera hecho para una música correcta, precisa, con todos sus contornos bien definidos, en tanto que en la noche esos contornos se van desdibujando y por lo tanto aparecen nuevas formas. Es en la noche cuando sucede la verdadera creación.
El juego al que invita la noche está relacionado también con la intimidad y la sensualidad. Cuando se apaga el día llega para muchos el tiempo del descanso y baja la guardia cierto ánimo censor o represivo. La noche, por supuesto, trae sus peligros relacionados con el delito y ese temor ha alimentado una profusión de fuerzas del orden público y sistemas de vigilancia privada. Pero el amor que se mueve dentro de la misma penumbra pertenece a otra esfera y se le deja ser. «En la penumbra se infiltran y reinan todopoderosos el deseo y el placer», escribe el poeta Manuel Forcano. Por eso la noche y su extensión, la madrugada, son el tiempo preferido de los amantes.
En la poesía antigua del Oriente musulmán aparece incontables veces la escena de los enamorados que se encuentran en secreto durante la noche (a veces con la complicidad de un sirviente) y se despiden antes del alba. Una de las historias de amor nocturno más memorables, tal vez porque en ella se entrelazan la vida con la obra, es la de Wallada Bint Al-Mustakfi, hija del califa Muhammad III, quien vivió en Córdoba en los albores del siglo XI. La princesa Wallada fue una mujer culta y altiva, que enfrentaba a los hombres en batallas de versos y se proclamaba libre de decidir a quién brindaba su compañía.
Pese a que se le atribuyen varias decenas de poemas, lo cierto es que solo sobreviven nueve. Esto se debe quizá a que muchos de ellos fueron creaciones espontáneas, recitados en las batallas de versos que organizaba en su salón literario, nunca transcritos. Pero lo interesante de los poemas que han llegado hasta nosotros es que, a través de su lectura, podemos seguir los pormenores de su historia de pasión más intensa. Wallada se enamoró de Ibn Zaydún, también poeta, también andalusí, pero perteneciente a una casta rival. Por esa circunstancia, sus encuentros debían ser clandestinos:
Cuando caiga la tarde, espera mi visita,
pues veo que la noche es quien mejor encubre los secretos;
siento tal amor por ti que si los astros lo sintiesen
no brillaría el sol, ni la luna saldría,
ni las estrellas emprenderían su nocturno viaje.
De no ser por el tiempo de la noche, el amor de Wallada con Ibn Zaydún no habría podido consumarse. Los amantes no quieren que la noche se acabe. La poeta, incluso, desearía mayor oscuridad en el firmamento para que no haya posibilidad alguna de que los descubran. En este primer poema ya existe, paralelo a la exploración erótica, un registro de los astros conocidos. El sol, la luna, las estrellas trazan una especie de astronomía personal que reaparecerá luego en otro poema, esta vez motivado por la desilusión.
El amor de Wallada fue intenso pero breve. Cuando se enteró de que Ibn Zaydún se había acostado también con la esclava de ella, lo alejó para siempre y le negó el perdón:
Has dejado una rama donde florece la hermosura
y te has vuelto a la rama sin frutos.
Sabes que soy la luna llena
pero, por mi desdicha, de Júpiter estás enamorado.
Para entender aquella mención de Júpiter debemos aproximarnos a los principios de astronomía que regían en el siglo xi, el tiempo de Wallada. Hoy, desde luego, sabemos que Júpiter es el planeta más grande del sistema solar y que su volumen es sesenta mil veces mayor que el de nuestro satélite, la luna. En ese sentido, el poema tendría el efecto contrario porque daría mayor prominencia a la esclava que a la princesa. Pero sucede que estos versos se escribieron antes de la invención del telescopio, cuando la observación de los astros se hacía a simple vista, aplicando a partir de ello algo de matemática y algo de especulación.
El modelo de universo que regía en ese momento era, básicamente, el mismo propuesto por Claudio Ptolomeo en el siglo II, que planteaba que la Tierra estaba en el centro. La luna, el sol y los planetas giraban alrededor de la Tierra en órbitas circulares pero no concéntricas. Y el universo era finito; culminaba en una especie de recubrimiento donde estaban, fijas, todas las estrellas. La existencia de ese manto estelar es una de las ideas que más tardó en ser descartada. Todavía en el año 901 en su Carta sobre la armonía
