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Este libro tiene el objetivo de dar a conocer, al público interesado, cómo adentrarse en la relación que los mixtecos establecieron con su territorio desde la época prehispánica hasta nuestros días. Para ello, el autor toma como referencia al señorío prehispánico y colonial como unidad de análisis para entender los cambios y continuidades que experimentaron estas formas de organización política y territorial a través del tiempo. Destaca que el territorio es otra de las unidades de análisis que dan sentido y estructura al libro, reconoce que los coautores, no llegan a comprender el territorio como una entidad abstracta, sino que lo abordan a partir de una de sus expresiones más notorias: su representación en mapas, códices y documentos o a través de las narrativas creadas por las comunidades. Los ocho capítulos del volumen se estructuran con metodologías novedosas ya sea para el estudio de un señorío en particular, de un mapa o códice transcrito, de una entidad territorial amplia o de un largo proceso de reubicación o repoblamiento. Aunque, se destaca que la característica más importante de todo el texto está en el alcance transdisciplinario, porque en varios textos existe el dialogo entre varias disciplinas con aporte de las herramientas o conocimientos necesarios que llevarán a una mejor comprensión del pasado. Su estructura tiene un eje cronológico que parte de la época prehispánica para enlazarse con el siglo XVI y continuar hasta el siglo XVIII. El último capítulo tiene la intención de abordar el estudio del territorio a partir del análisis de las líneas narrativas recogidas en voz de algunas comunidades actuales que reflexionan sobre su pasado y su actual situación territorial. Esta publicación es el resultado del proyecto "Sociedad, gobierno y territorio en los señoríos de la Mixteca: Siglos XVI al XVIII. Segunda fase" desarrollado en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social y da cuenta de arduas investigaciones llevadas a cabo en las tres subregiones conocidas como Mixteca Baja, Alta y de la Costa, ubicadas entre los actuales estados de Puebla, Guerrero y Oaxaca. El lector encontrará esta investigación, la explicación, con la ayuda de los Sistemas de Información Geográfica (SIG), cómo el paisaje arqueológico de la tradición Teuchitlán estaba dividido en pequeñas unidades sociopolíticas interconectadas en una configuración flexible y fluida, que compartían cotidianamente elementos culturales.
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Seitenzahl: 556
Veröffentlichungsjahr: 2023
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El Colegio Mexiquense, A.C.
Dr. César Camacho Quiroz
Presidente
D. José Antonio Álvarez Lobato
Secretario General
Dr. Raymundo C. Martínez García
Coordinador de Investigación
910.9 NHT 1KLCM
Señoríos mixtecos. Su dimensión histórica, geográfica y territorial / Manuel A. Hermann Lejarazu, coordinador. — — Zinacantepec, Estado de México: El Colegio Mexiquense, A.C., 2021.
287 p.: mapas y fotografías. Incluye referencias bibliográficas. ISBN: 978-607-8509-78-2 (edición impresa) ISBN 978-607-8836-28-4 (edición electrónica)
1. Mixteca (Oaxaca. Región) — Historia — Siglos XVI-XVIII. 2. Mixteca (Oaxaca. Región) —Territorio — Historia — Siglos XVI-XVIII. 3. Mixtecos — Oaxaca — Historia y cultura. I. Hermann Lejarazu, Manuel A., coordinador.
Edición y corrección: Trilce Piña MendozaDiseño y cuidado de la edición: Luis Alberto Martínez LópezFormación y tipografía: Adriana Juárez ManríquezIlustración de portada: Luis Alberto Martínez López
Primera edición: 2021 Primera edición digital: 2022
D.R. © El Colegio Mexiquense, A.C. Ex hacienda Santa Cruz de los Patos, s/n, Col. Cerro del Murciélago, Zinacantepec 51350, México, MÉXICO Ventas: [email protected] Página-e: <http://www.cmq.edu.mx>
Este libro fue apoyado en el marco de la convocatoria de Investigación Científica Básica Conacyt CB-2015-01 que financió el proyecto “Sociedad, gobierno y territorio en los señoríos de la Mixteca. Siglos XVI-XVIII” con número de registro 259015.
Esta obra fue sometida a un proceso de dictaminación académica bajo el principio de doble ciego, tal ycomo se señala en los puntos 31 y 32, del apartado V, de los Lineamientos Normativos del Comité Editorial de El Colegio Mexiquense, A.C.
Queda prohibida la reproducción parcial o total del contenido de la presente obra sin contar previamentecon la autorización expresa y por escrito de los titulares de los derechos patrimoniales, en términos de la LeyFederal de Derechos de Autor, y en su caso de los tratados internacionales aplicables. La persona que infrinjaesta disposición se hará acreedora a las sanciones legales correspondientes.
Hecho en México/ Made in Mexico
ISBN: 978-607-8509-78-2 (edición impresa) ISBN 978-607-8836-28-4 (edición electrónica)
Avances en el estudio del territorio en la Mixteca: introducción
I. Ñuu Yava, Tamazola. Historia y territorio en la Mixteca AltaManuel A. Hermann Lejarazu
II. Jurisdicción prehispánica y colonial de Tlaxiaco, ¿un territorio integrado? Consideraciones a partir de un estudio transdisciplinarMarta Martín Gabaldón
III. Estudio de los códices-mapas transcritos relacionados con la cabecera de San Juan Bautista Suchitepec, en la Mixteca BajaLaura Rodríguez Cano
IV. La Pintura de AmoltepecRodolfo Rosas Salinas
V. Un pueblo con nuevos habitantes: despoblamiento de mixtecos y ocupación de pardos en el territorio del antiguo pueblo y sede del corregimiento de CuahuitlánMaira Cristina Córdova A.
VI. La descomposición de un cacicazgo: composiciones de tierras y litigios entre don Fernando de Velasco cacique de Chalcatongo y sus pueblos, siglo xviiiÉdgar Mendoza García
VII. Las cajas de comunidad y sus bienes en la Mixteca Baja en el siglo xviiiMargarita Menegus Bornemann
VIII. Líneas narrativas en el paisaje: un lugar de fundación compartido por tres comunidades de Ñuu SaviEmmanuel Posselt Santoyo y L. Ivette Jiménez Osorio
Epílogo
Manuel A. Hermann Lejarazu
Desde una perspectiva mesoamericana, la Mixteca se percibe como una región homogénea en la que el idioma, la cultura y la sociedad parecieran comportarse de igual forma en todos y cada uno de los pueblos que conforman esta vasta superficie del sur de México. Cuando se habla de la Mixteca se cae, de manera regular, en generalidades; se piensa en un territorio donde las comunidades, sean prehispánicas, coloniales o modernas, conservan muchos elementos en común al grado de que se les mira como sociedades prácticamente indiferenciables una de la otra.
Esta idea sobre nuestra área de estudio ha cambiado con el paso del tiempo, pues se han llevado a cabo, recientemente, numerosas investigaciones en las que se están visibilizando las diferencias que existen tanto en el ámbito lingüístico, social, religioso e, inclusive, histórico, lo que ha enriquecido el complejo mosaico cultural de esta porción de México.
La Mixteca tiene un grupo importante de habitantes en la porción occidental del estado de Oaxaca, pero también existe un número de población significativo en la parte oriental del estado de Guerrero y en la porción sur de la entidad poblana. En 2015, según datos de la encuesta intercensal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el número de mixtecos era de 517 665 personas,1 cálculo que seguramente se ha incrementado con el censo de población y vivienda realizado en 2020.
Pero la complejidad de la Mixteca no solamente se observa en la multiplicidad de sus variantes dialectales, en las diversas manifestaciones religiosas, en los distintos grupos de habla (nahua, chocholteca, chatina, amuzga, triqui y cuicateca) que tienen presencia ahí o en la población afrodescendiente tan fundamental para la región, sino también en la complicada realidad geográfica, ambiental y territorial que ha caracterizado por siglos a toda la zona. Este tipo de estudios ha dado cuenta sobre la compleja realidad orográfica o climática de la región con muy interesantes resultados, pero todavía en un menor grado que las investigaciones de carácter histórico, arqueológico o antropológico.
En la Mixteca, el avance acerca de los estudios de su pasado tiene una profunda huella que se remonta a la década de 1930 con los primeros recorridos de tipo arqueológico. Pero el impulso más grande se desarrolló en el ámbito de la historia y la etnohistoria con el notable desciframiento de los códices mixtecos iniciado por Alfonso Caso. A partir de ese momento, el estudio de la Mixteca comenzó a cobrar un mayor interés entre diversos especialistas que han seguido estudiando los códices, los documentos, los mapas, los lienzos y muchos otros manuscritos que se elaboraron a lo largo del periodo colonial.
Por otro lado, la arqueología empezó a labrar su propio camino con las exploraciones de Ignacio Bernal, del propio Alfonso Caso, de Jorge R. Acosta, entre otros; pero de una manera que apenas se puede explicar, la arqueología y el estudio de los códices se fueron separando cada vez más, uno de la otra, como áreas irreconciliables, derivado, quizá, de la naturaleza de cada disciplina o de los diferentes métodos, enfoques y materiales con los que trabajan. Es más, ni siquiera el estudio de los códices se considera una disciplina porque mucha de su metodología implica el empleo de herramientas de la historia, la historia del arte, la filología (en alguna medida), o recientemente, de la epigrafía que tuvo, en un inicio, un pleno desarrollo para el desciframiento de la escritura maya.
Otro detalle que también ha repercutido en los estudios de la Mixteca es el carácter tan individualizado de sus investigadores. Si bien los arqueólogos, normalmente, trabajan en equipos y realizan proyectos en los que interviene un amplio número de participantes, las publicaciones que se derivan responden a una sola tendencia, idea o teoría que no permite el intercambio o la discusión entre los propios participantes, por lo que no se distinguen las voces que trabajaron en el proyecto colectivo.
Lo mismo ocurre en el estudio de los códices, cuyas investigaciones han quedado en manos de un solo especialista que discurre de una interpretación a otra sin el debate o el intercambio de ideas que sirva para la construcción de un conocimiento más amplio. Esto impacta, de forma negativa, en la selección de los temas, áreas o documentos que aún requieren ser analizados para comprender mejor la realidad histórica y social de la Mixteca. Hay muchas materias, en términos históricos, que no han obtenido la debida atención para su análisis, por ejemplo, la religión, el comercio, las formas de gobierno o la territorialidad, y este es, precisamente, el tema del presente trabajo, el cual tiene la intención de llevar a cabo estudios sobre el territorio en la Mixteca desde una perspectiva más amplia.
Poco es lo que se ha avanzado para tratar de comprender la realidad territorial de numerosas poblaciones indígenas mixtecas a lo largo de los siglos. Nunca se ha hecho un verdadero esfuerzo para acercarse a las nociones de espacio o territorio que se pueden obtener tras el estudio de los códices, mapas y otros documentos históricos elaborados, la mayoría de ellos, durante la administración gubernamental española.
El libro que ponemos a consideración de los interesados en el tema busca ampliar los horizontes metodológicos para el estudio del territorio en la Mixteca. Si bien, varios de los capítulos se apoyan de manera importante en los datos extraídos de los documentos, la obra da cabida a otras experiencias interdisciplinarias en las que se conjuntan datos proporcionados por la arqueología, la geografía o el análisis moderno de las líneas narrativas. Pero todo ello es realizado con el objetivo común de aplicar nuevos enfoques relacionados con el análisis espacial empleando herramientas como los Sistemas de Información Geográfica.
Cabe señalar que, además de que los códices, mapas y otros manuscritos alfabéticos mostrados aquí se abordaron con métodos filológicos, iconológicos o, incluso, epigráficos, se logró el esfuerzo adicional de aterrizar los datos en la realidad geográfica. Uno de los ejes principales que se contemplaron para la realización del libro fue que varios de los capítulos expresaran los resultados de su investigación por medio de una cartografía especializada creada con los datos recopilados en campo, por lo que algunos de los estudios se basaron en rigurosos recorridos en comunidades indígenas para identificar el espacio y el territorio representados en los códices, mapas o en códices-mapas transcritos que, como después veremos, brindan una visión completamente diferente a la idea de territorio.
Otra de las aportaciones de este texto es que, por primera vez, tenemos la oportunidad de poder comparar, en un mismo libro, estudios sobre la documentación de la Mixteca Alta, la Mixteca Baja y la Mixteca de la Costa que, normalmente, son tratadas de manera muy general, o en los que se privilegia el análisis de una sola área. Existen, en la actualidad, muy pocos trabajos colectivos donde se aborde el estudio de la Mixteca de forma más amplia e integral, en la que se conjunten métodos interdisciplinarios, nuevas propuestas de análisis e interpretaciones que aporten argumentos para la discusión, en este caso, para el estudio del territorio.
La estructura del libro tiene un eje cronológico que parte de la época prehispánica para enlazarse con el siglo xvi y continuar hasta el siglo xviii. El último capítulo tiene la intención de abordar el estudio del territorio a partir del análisis de las líneas narrativas recogidas en voz de algunas comunidades actuales que reflexionan sobre su pasado y su actual situación territorial.
El primer texto, escrito por el autor de estas líneas, toma como unidad de análisis el territorio del señorío de Tamazola, comunidad muy poco trabajada y casi desconocida por la etnohistoria mixteca en general. El trabajo, a partir del estudio de la Relación geográfica de Tamazola, recoge los datos que proporciona la fuente para poder identificar en la actual geografía del lugar, las antiguas estancias o sujetos que quedaron bajo la cabecera jurisdiccional de Tamazola. Mediante un exhaustivo trabajo de campo, el autor logra localizar la ubicación, tamaño y tipo de asentamiento de los pueblos que pertenecieron a finales del siglo xvi a uno de los señoríos más importantes de la Mixteca Alta. De ahí que llame la atención sobre el escaso trabajo arqueológico que se ha realizado sobre la zona. La identificación de los topónimos en el actual territorio de Tamazola se complementa con el análisis y traducción de los nombres escritos en náhuatl, mixteco y con su probable detección en los códices prehispánicos. Sobre esta vía de análisis se observa, además, que la presencia de Tamazola en los códices prehispánicos es más importante aún de lo que se había pensado, pues no se había realizado un estudio en términos de alianzas y enlaces matrimoniales con uno de los linajes de mayor prestigio y duración en la Mixteca: Tilantongo.
El segundo capítulo, de Marta Martín Gabaldón, titulado “Jurisdicción prehispánica y colonial de Tlaxiaco, ¿un territorio integrado? Consideraciones a partir de un estudio transdisciplinar” se aproxima al escasamente estudiado señorío de Tlaxiaco desde una perspectiva territorial. Se cuestiona acerca del modelo funcional al que pudo ceñirse este vasto complejo político-territorial teniendo en cuenta aproximaciones arqueológicas, etnohistóricas –incorporando fuentes tanto pictográficas como alfabéticas– y de historia ambiental. Para ello, parte de la reflexión en torno a las categorías administrativas indígenas y su relación con la territorialidad de origen europeo impuesta en toda la Nueva España a partir de dos eventos: el análisis del devenir del señorío de Tlaxiaco en época prehispánica y de su primera congregación acontecida a mediados del siglo xvi en relación con la organización política, social y territorial.
De singular interés es también la atinada revisión que realiza la autora sobre los conceptos y percepciones que se tienen académicamente sobre los vocablos yuvui tayu, ñuu, siqui, etc., que han sido definidos por los investigadores de la región durante los últimos 20 años. El análisis de Marta Martín pone en entredicho la creación de modelos y términos preconcebidos que, en la mayoría de las ocasiones, no coinciden con el verdadero escenario o telón de fondo que existe en la realidad geográfica.
Un texto muy revelador y que rescata datos valiosos sobre la conformación de territorios, linderos, conflictos entre comunidades y el papel de las estancias bajo el nuevo orden jurisdiccional español, es el capítulo “Estudio de los códices-mapas transcritos relacionados con la cabecera de San Juan Bautista Suchitepec, en la Mixteca Baja” de Laura Rodríguez Cano. La autora, a partir de la definición de códices-mapas transcritos, elabora una muy significativa reconstrucción de los territorios de las comunidades de San Juan Suchitepec y de Santiago Miltepec con base en los datos de dos importantes expedientes que consignan un conflicto entre ambas comunidades. Un códice mapa-transcrito es un documento en el que se registran datos, descripciones o nombres de rasgos topográficos que refieren a linderos o mojoneras empleados para trazar límites territoriales entre pueblos vecinos. Los códices-mapas transcritos están basados, en muchas ocasiones, en pictografías o cartografías originales que desaparecieron con el paso del tiempo, pero también, por otro lado, son resultado de la compilación de “vistas de ojos” ordenadas por las autoridades, pero que nunca se plasmaron en un mapa.
El primero de los documentos analizados por la autora trata de las mojoneras de Miltepec con Suchitepec y Juliaca, y lo ha denominado Códicemapa-transcrito de Miltepec de 1587; y al segundo, elaborado un año después que el anterior, en el que se abordan las dos versiones de las mojoneras declaradas por parte de Miltepec y por parte de Suchitepec en relación con la estancia de Juliaca, lo ha nombrado Códice-mapa transcrito de los pueblosde Miltepec y Suchitepec y estancia de Juliaca hacia 1588. El estudio de la autora es muy interesante porque rescata la toponimia registrada en ambos expedientes, tanto en su glosa nahua como mixteca, así como también las propias descripciones que hace el escribano de un mapa o un “paño” que tuvo a la vista para reunir la información alrededor del litigio.
Sobre esta misma línea de análisis, el capítulo de Rodolfo Rosas Salinas emprende la nada sencilla tarea de investigar a fondo uno de los mapas más fascinantes de los elaborados para las Relaciones geográficas de la Mixteca: la Pintura de Amoltepec. Este documento, que acompañó a la par al no menos famoso Mapa de Teozacoalco, no ha recibido la atención debida, entre otras cosas, por la poca accesibilidad al territorio de Amoltepec y por los retos que conlleva estudiar los glifos que tienen escasos elementos que puedan documentarse en archivos o en el campo. Pero Rodolfo Rosas asume el reto y aporta observaciones muy plausibles que deberán continuarse en el futuro, además de que propone lecturas novedosas de muchos de los glifos que componen los linderos del antiguo señorío de Amoltepec.
Ya adentrándonos en estos territorios que van de la Mixteca Alta hacia la Mixteca de la Costa, Maira Cristina Córdova Aguilar aborda una problemática enteramente nueva no solo para el estudio de la Mixteca de la Costa, sino también para la comprensión de los procesos de abandono y repoblamiento que también fueron tratados en otros capítulos de la obra: “Un pueblo con nuevos habitantes: despoblamiento de mixtecos y ocupación de pardos en el territorio del antiguo pueblo y sede del corregimiento de Cuahuitlán”. En efecto, a partir de la identificación de una antigua cabecera de corregimiento, cuya población fue emigrando a principios del siglo xviii, Maira Córdova realiza un meticuloso rastreo en los documentos, mapas y otros manuscritos pictográficos para conocer las causas del abandono y detectar el paulatino repoblamiento del territorio por parte de grupos negros de origen africano denominados pardos o mulatos. Como señala atinadamente la autora, el nombre de Cuahuitlán no fue olvidado del todo, pues a pesar de que a mediados del siglo xviii sus tierras fueron reclamadas por una hacienda que se estableció ahí bajo el nombre Cortijos, el topónimo permaneció en la memoria colectiva hasta que fue desplazado por el nombre de Tapextla. Finalmente, con base en el estudio de diversos mapas del siglo xvi y modernos, Maira Córdova sugiere la identificación del antiguo Cuahuitlán con la actual Ranchería Cahuitán.
A la par de estos procesos de abandono o despoblamiento de las comunidades indígenas, también observamos que dentro del mismo siglo xviii se llevaron a cabo diversas fragmentaciones de los antiguos cacicazgos que, para esta época, se habían visto bastante disminuidos en cuanto a poder y territorio. Esto es parte del tema tratado por Édgar Mendoza García en su trabajo “La descomposición de un cacicazgo: composiciones de tierras y litigios entre don Fernando de Velasco cacique de Chalcatongo y sus pueblos, siglo xviii.” El autor, mediante un examen minucioso de algunos expedientes resguardados en archivos, explica la desintegración del cacicazgo de don Fernando de Velasco en su última etapa, como resultado de las composiciones de tierras efectuadas en la Mixteca, entre 1707 y 1767, que dieron lugar a la formación de pueblos con sus propias tierras corporativas. Al mismo tiempo, analiza los litigios en los que se vieron involucrados los antiguos terrazgueros y pueblos para apropiarse de las tierras del cacicazgo y formar su propia república. Esto es un aspecto relevante, pues bajo la óptica de Édgar Mendoza varios de estos procesos de descomposición de los cacicazgos originaron muchas de las modernas comunidades mixtecas que lucharon por ganar tierras corporativas para poder constituirse como pueblos con plenos derechos sobre las antiguas propiedades de los caciques.
En un trabajo novedoso sobre la economía y organización de los pueblos, Margarita Menegus Bornemann escribe “Las cajas de comunidad y sus bienes en la Mixteca Baja en el siglo xviii”, capítulo en el cual hace hincapié en los profundos cambios y transformaciones originados por las reformas Borbónicas hacia el último cuarto del siglo xviii. La política borbónica estaba encaminada al arreglo de las finanzas de las repúblicas de indios con el fin de que se limitaran los gastos de la iglesia para que estos excedentes de la comunidad se invirtieran en cosas “productivas”, en infraestructura necesaria para el fomento de la producción y del comercio. No obstante, como la propia autora lo demuestra, los excedentes no llegaron a cumplir del todo dicho propósito; realmente sirvieron para solventar las necesidades de los hacendados y comerciantes españoles mediante diversos préstamos que se hicieron desde el Ramo de Bienes Comunales, en donde se depositaron los excedentes de las Cajas de Comunidad en la ciudad de México. Una buena parte de su estudio retoma libros de comunidad de importantes poblaciones de la Mixteca Baja en los que pudo encontrar detallados estados de cuenta de los ingresos de la población.
Finalmente, cierra el capitulado un acercamiento novedoso para el estudio del territorio desde la perspectiva de sus propios habitantes y las concepciones que se guardan en las comunidades sobre sus lugares de origen. Este tema es tratado a profundidad por Emmanuel Posselt Santoyo y Liana Ivette Jiménez Osorio en el texto: “Líneas narrativas en el paisaje: un lugar de fundación compartido por tres comunidades de Ñuu Savi”. Los autores llevan a cabo un acercamiento metodológico en el que toman en cuenta las líneas narrativas que refieren a la interacción y la relación mutua entre el paisaje y la narrativa expresada por los mixtecos o gente Ñuu Savi a lo largo del tiempo. El grueso del estudio se enfoca en las narrativas de fundación de tres comunidades de la Mixteca Alta: Yuta Nduchi, Tataltepec y Yucunduchi, cuyas historias convergen de manera interesante y llegan a entretejerse orígenes comunes en los que se demuestra lo difuso e impreciso de construir límites o linderos entre los pueblos que, desafortunadamente, solo ha desarrollado enfrentamientos y conflictos interminables. El análisis de ambos autores aterriza perfectamente con el trazo de una cartografía moderna sobre las líneas que unen las narrativas y los lugares que están implicados dentro de estos discursos, con un especial énfasis en el antiguo pueblo hoy desaparecido de Santa Catarina Cuehlle o Santa Catarina Acuea.
En suma, como resultado de los estudios presentados en esta obra, puedo resaltar la importancia de la complementariedad que cada uno de los capítulos establece entre sí. El tema del territorio es abordado desde distintas fuentes, pero mantiene el énfasis sobre la información geográfica que se registra en códices, mapas pictográficos, códices-mapas transcritos, narrativas y otros datos aportados por documentos de archivos. La línea conductora también se transparenta con bases metodológicas similares donde el factor del territorio y el análisis del espacio se cristalizan en recorridos de campo que son registrados con modernos sistemas de posicionamiento global (gps). La elaboración de una cartografía digital deja de ser una mera ilustración que ubica geográficamente el asentamiento para dar paso al mapa como una fuente más de análisis y de investigación bajo la cual se pueden desarrollar nuevos planteamientos. La producción de cartografía con fines de investigación es parte de una nueva corriente de estudio en la que las comunidades históricas y su relación con el espacio y el territorio, cobran una nueva dimensión que puede ser agregada a los estudios tradicionales de los códices, los códices-mapas transcritos o de cualquier otro manuscrito que refleja el interés entre la geografía y la historia.
No me resta más que agradecer el apoyo recibido por el Conacyt en su convocatoria de Ciencia Básica 2015 que permitió financiar el proyecto Sociedad, gobierno y territorio en los señoríos de la Mixteca: siglos xvi-xviii con la clave 259015, así como la enorme ayuda e interés de El Colegio Mexiquense en la publicación de los resultados de este proyecto.
Notas
1 Cifra tomada de los cuadros estadísticos desarrollados por el inali (Instituto Nacional de Lenguas Indígenas) con el proyecto Indicadores Sociolingüísticos de Lenguas Indígenas, que permite conocer aspectos sociales y demográficos de los idiomas indígenas. Los datos estadísticos que presenta el inali provienen del Censo de Población y Vivienda 2010 y de la Encuesta Intercensal 2015 de Inegi, entre otros. Fuente:<https://site.inali.gob.mx/Micrositios/estadistica_basica/estadisticas2015/pdf/agrupaciones/mixteco.pdf> última consulta: 14/09/ 2020.
Manuel A. Hermann Lejarazu
La relación que establece el hombre con su territorio es parte de una fructífera interacción que el individuo ha conservado a lo largo del tiempo con el espacio o con el medio natural que lo rodea. Dicha relación tiene un fuerte componente histórico, ya que este ha definido el tipo de conexión que el individuo ha mantenido con el lugar nativo que habita mediante actividades de índole material, social, cultural o, incluso, simplemente de tránsito, pues los hombres siempre requieren conducirse de un ámbito a otro. Esa interacción humana con el territorio solo la conocemos parcialmente por medio de documentos, mapas u otros registros que dan testimonio de las nociones creadas sobre espacio, lugar o región que han sido construidas con el paso de los siglos.
Del mundo indígena mesoamericano, tenemos diversos materiales que nos permiten contrastar las dinámicas territoriales que numerosos grupos mantuvieron con su entorno a lo largo de la historia. Un buen ejemplo de ello lo constituyen los distintos códices, mapas, lienzos, planos y otros manuscritos pictográficos elaborados durante el siglo xvi, y que dan cuenta sobre la posesión concreta de un espacio físico. Con esta clase de documentos es posible acercarse, no solo a las nociones de territorio, sino también al tipo de derechos que tenían sobre él o, incluso, comprender las transformaciones que experimentaron los indígenas en sus concepciones territoriales antes y después de la llegada de los españoles.
Como hemos señalado, no pocos códices, mapas y lienzos han contribuido al análisis del paisaje, la toponimia, el territorio, los linderos, las tierras de cultivo, las estancias de ganado, los terrenos en conflicto, etc. (Smith, 1973; Leibsohn, 1994; Mundy, 1998; Boone, 2000; Montes de Oca et al., 2003; Carrasco y Sessions, 2007; Castañeda de la Paz y Oudijk, 2011 y 2014; Ruz Barrio, 2016); sin embargo, es necesario precisar que estas no son las únicas fuentes de las que podemos abrevar para conocer más sobre la realidad territorial de los pueblos mesoamericanos.
Subsisten también diversos registros que dan cuenta de la relación que distintos grupos indígenas mantenían con su territorio, tales como: crónicas, relaciones históricas, descripciones geográficas, testimonios asentados en algún juicio o conflicto sobre límites territoriales, listas de linderos, visitas de funcionarios administrativos a una población, pareceres que redactaban los jueces visitadores en los procesos de congregaciones de pueblos, censos que registraron nombres de lugares y sus habitantes, documentos que extendían las autoridades para la posesión de un terreno, estancia o parcela a través de una merced o instrumento notariado o protocolizado; en fin, contamos con un gran número de manuscritos que provienen de archivos históricos en los que existen datos susceptibles de analizarse bajo perspectivas de geografía histórica, análisis del paisaje u otro tipo de estudios en que se empleen los modernos Sistemas de Información Geográfica (sig).
Existe una región cultural de enorme tradición mesoamericana en la cual es posible llevar a cabo investigaciones sobre territorio, espacio o paisaje tomando en cuenta los diversos registros documentales que se elaboraron ahí. Nos referimos a la Mixteca (también denominada Ñu Savi o Ñuu Dzavui por sus propios habitantes), ámbito geográfico en el que han sobrevivido un gran número de sitios arqueológicos, así como diversos restos materiales esparcidos en museos, colecciones o en los propios asentamientos. La Mixteca también es conocida por la riqueza documental de sus manuscritos: códices prehispánicos, coloniales, planos, mapas y lienzos en los cuales es posible llevar a cabo análisis espaciales y territoriales.
Los códices, por ejemplo, ofrecen una idea del espacio que los mixtecos quisieron representar mediante pictografías, signos y otros elementos figurativos tomados de la realidad natural de su entorno. A estos signos (que remiten a significados geográficos concretos) se les añadieron datos y narrativas históricas que registran el origen del grupo gobernante o del asentamiento al que se refiere el códice o narrativa pictórica. Si bien en los códices encontramos una preponderancia sobre temas genealógicos, también es posible analizar las características de los enlaces matrimoniales de los linajes principales, o del papel destacado de un guerrero o dignatario en particular. De manera similar a los códices, los lienzos y mapas de manufactura indígena también representan discursos o narrativas históricas sobre el origen del grupo, linaje o familia gobernante.
Regresando a aquellos documentos en los que no se hallan imágenes, símbolos u otro tipo de signos escriturales, en este capítulo me planteo, precisamente, acercarme a la naturaleza de esos datos geográficos que ofrecen las descripciones, las listas de linderos, los conflictos territoriales, las mercedes de tierras, las visitas de funcionarios y otros, para llevar a cabo una indagación histórica sobre el territorio mixteco tomando, como punto de partida, al señorío prehispánico hasta descubrir su conformación posterior como pueblo colonial.
El estudio que mostramos a continuación pretende, no solamente comprender el ámbito sobre el que se ejerce un control político o donde exista una apropiación del espacio para realizar actividades de diversa índole, sino analizar otro tipo de relaciones que pudieron haberse desarrollado entre grupos que llegaron a compartir un territorio determinado.
Para llegar a identificar el tipo de relaciones que mantenía un conjunto de sociedades entre sí, será necesario determinar si existía un linaje preponderante, si había reciprocidad en el sistema de matrimonios, si perduraba un equilibrio de poderes entre las comunidades asentadas y, además, si es posible llevar a cabo un análisis espacial sobre el lugar o entorno geográfico en el que se encuentran establecidas las entidades territoriales. Del universo de asentamientos que existe en la Mixteca, se detectó la relevancia histórica y arqueológica del señorío de Tamazola, unidad territorial ubicada en la Mixteca Alta y que ha recibido poca atención por parte de los especialistas.
Mapa 1 Localización de Tamazola, Oaxaca
En la actualidad, Tamazola es un municipio vecino a las poblaciones de Magdalena Jaltepec, Santa Inés de Zaragoza, San Pedro Teozacoalco, San Antonio Huitepec, entre otras (véase mapa 1); pero en el siglo xvi, formaba parte del corregimiento de Santiago Tilantongo, junto con Santiago y Santa Cruz Mitlatongo (Acuña, 1984: ii, 243). Tilantongo era la cabera del corregimiento y sede de uno de los principales linajes que existieron en la época prehispánica, pues la historia de este importante señorío está registrada en los códices que sobrevivieron a la Conquista, como el Códice Nuttall, Bodley o Vindobonensis (Caso, 1977-1979; Jansen, 1994; Jansen y Pérez Jiménez, 2011; Hermann, 2015 y 2017).
En este capítulo buscaremos definir la naturaleza territorial del señorío de Tamazola según las fuentes disponibles para el siglo xvi. Tengo interés en dilucidar si los señoríos mixtecos estaban inclinados a constituir territorios adscritos a un poder centralizado y personificado por un gobernante o una familia real, o si existieron otras dinámicas políticas y territoriales que llevaron a una configuración distinta a la planteada en la administración colonial española bajo el esquema de cabeceras y sujetos, modelo que permeó las relaciones sociales y políticas en las poblaciones mixtecas entre los siglos xvi, xvii y xviii.
A diferencia del señorío de Tilantongo, no existen muchos datos sobre la historia prehispánica de Tamazola, pues no sobrevivió ningún códice que registrara los nombres o descendencia de sus principales gobernantes. Por el contrario, las fuentes principales de Tamazola se encuentran en los archivos históricos y en algunas descripciones como las Relaciones geográficas del siglo xvi y xviii (Acuña, 1984: ii, 242-248; Esparza, 1994: 212-214).1 Tampoco existen excavaciones o recorridos de superficie que nos ofrezcan algún dato arqueológico sobre ese importante asentamiento, por lo que estamos frente a un sitio casi desconocido para la historia y la arqueología de la Mixteca.
En trabajos que hemos publicado previamente (Hermann, 2015 y 2016), realizamos el análisis territorial de dos señoríos cuyas fuentes pictográficas y alfabéticas son relativamente abundantes: Tilantongo y Yanhuitlán. Sin embargo, de forma contradictoria, no sobrevivió ningún mapa o lienzo que mostrara la distribución geográfica de dichos asentamientos en el periodo colonial temprano. Para el caso de Tilantongo (Hermann, 2015), decidí recrear el mapa que pudo haber acompañado a la Relación geográficadeTilantongo con base en los datos aportados por la misma relación. Es decir, llevé a cabo una reconstrucción del antiguo corregimiento, después de recorrer y descubrir en campo la ubicación de las ocho estancias o pueblos sujetos de Tilantongo, de acuerdo con los datos registrados en la misma fuente (Hermann, 2015: 76 y 86). Este estudio fue realizado bajo un exhaustivo trabajo de campo que se complementó con documentos históricos, más el análisis lingüístico de los topónimos, el hallazgo de sitios arqueológicos y con la posible identificación de algunos lugares representados en códices prehispánicos (Hermann, 2015: 61-72).
Para el análisis de Tamazola, hemos procedido de manera similar: como el mapa que acompañaba a la Relación geográfica de Tamazola se ha extraviado (aunque aparentemente sí se dibujó [ver Acuña, 1984: ii, 247]), realicé personalmente intensos recorridos de campo en el actual municipio de Tamazola para localizar las cinco estancias sujetas a esta cabecera (Acuña, 1984: ii, 243), por lo que, nuevamente, el análisis geográfico de la Relación fue fundamental para hallar la ubicación real de estos antiguos asentamientos.
Como es bien sabido, las Relaciones geográficas del siglo xvi fueron elaboradas a partir de los cuestionarios enviados por Felipe II entre 1579-1585, que pedían dar cuenta de las características geográficas, económicas, jurídicas y culturales de los antiguos pueblos de Nueva España y de otros virreinatos de América. En sí, conforman una de las principales fuentes para conocer más acerca de la historia, lenguas, costumbres, religión, formas de gobierno, producción agrícola, climas, recursos naturales, flora y fauna de una gran cantidad de lugares donde residían tanto españoles como indígenas.
La Relación geográfica de Tamazola, al igual que la de Tilantongo y Mitlantongo, es una de las más completas que se han conservado para Antequera (Oaxaca), pues tiene descripciones detalladas sobre la toponimia, religión y organización social del señorío antes de la llegada de los españoles (Acuña, 1984: ii, 242-248). La Relación de Tamazola se escribió unos días después de que el corregidor, Juan de Bazán, comenzara a redactar las Relaciones deTilantongo y Mitlantongo, pues Tilantongo era cabecera del corregimiento y tenía bajo su jurisdicción a los pueblos de Mitlantongo y Tamazola. De esta manera, una lectura atenta a los datos geográficos que presentan las Relaciones (complementando la información con diversos documentos resguardados en archivos históricos), me permitió identificar a un grupo de asentamientos que formaron parte de la jurisdicción de Tamazola hacia 1579.
Si bien a lo largo de este proyecto he recurrido a las técnicas de investigación documental que usan tradicionalmente los historiadores, he añadido, de manera importante, algo que he llamado “arqueología de las fuentes históricas”, que consiste en la identificación de sitios arqueológicos a partir del análisis de datos geográficos e históricos registrados en las fuentes. Este enfoque tuvo su origen en una investigación formulada con el objetivo de abordar los cambios y continuidades que presentaban los asentamientos prehispánicos mixtecos al momento de la Conquista y su ulterior desarrollo a lo largo del periodo colonial.2
No obstante, la construcción de la metodología que presento no consiste solo en compilar referencias documentales ni aplicar técnicas o herramientas arqueológicas, sino en abordar el estudio del espacio y del territorio con el apoyo de los sig, los cuales son sistemas de computación diseñados para adquirir, almacenar, transformar, analizar y visualizar datos de carácter geográfico, o de cualquier otro tipo, que se pueden organizar dentro de un marco de referencia espacial. Las entidades inscritas en un sig se definen por sus características algorítmicas y por el lugar que ocupan en el área de referencia. De ahí que podemos percatarnos de la capacidad que tiene el sig para procesar información georreferenciada (Jiménez Badillo, 2013: 71).
De esta manera, la aplicación de los sig a la etnohistoria mixteca tiene, como productos principales, la recolección de datos en campo y la creación de mapas o cartas geográficas a partir del reconocimiento del territorio. La creación de la cartografía se desarrolla con el programa Arcgis, en combinación con dispositivos como receptores de posicionamiento global (gps, por sus siglas en inglés), que reciben las señales satelitales para posicionarse geográficamente (coordenadas). Los datos del gps se exportan al sig y se puede visualizar la localización precisa de pueblos, sitios arqueológicos e, incluso, restos cerámicos.
Por lo tanto, estoy tratando de desarrollar una metodología novedosa para el estudio de la geografía y la historia de la Mixteca prehispánica con el apoyo de herramientas empleadas por disciplinas como la geografía y la arqueología. Busco, entonces, crear un moderno acercamiento metodológico a la historia antigua de la Mixteca cuyas fuentes cartográficas regularmente son escasas o donde el trabajo arqueológico es nulo.
Para los ámbitos de la investigación histórica, se ha acuñado el término de sig histórico (Guzmán Bullock, 2017: 194; Lefebvre, 2017: 216; Gregory y Ell, 2007, citado por Guzmán Bullock, 2017; Knowles, 2008; Von Lünen y Moschek, 2011), bajo el cual se plantea la proyección espacial de los datos, hechos y procesos históricos que pueden analizarse ya sea mediante una cartografía digital o por medio de la creación de modelos espaciales.
Al mismo tiempo, la arqueología realiza análisis espaciales a través de los sig (Verhagen, 2017: 181-184), lo que ha contribuido a un mayor conocimiento de los tipos y características de los asentamientos y a una aproximación más precisa sobre la naturaleza de los patrones mostrados en ciertas regiones.
Vale la pena aclarar que el método que propongo, esto es, “arqueología de las fuentes históricas”, no se basa en modelos predictivos, sino en recorridos de campo que cubren áreas determinadas por las propias fuentes documentales. Casi siempre, un modelo predictivo en la arqueología toma en cuenta información cuantitativa para la localización de los sitios, es decir, parte de ciertas variables ambientales que pueden condicionar la ocupación de un espacio por los seres humanos, por lo que a través de un modelo matemático se analiza la correlación entre esas variables con un sitio arqueológico determinado para, después, llevar a cabo una proyección que ayude a encontrar sitios que gocen de condiciones ambientales semejantes (Jiménez Badillo, 2013: 75).
En cambio, en la metodología que propongo, parto del análisis de los datos geográficos de las fuentes en las que se registra la ubicación, características orográficas, descripciones, topónimos o, incluso, distancias entre lugares para poder localizarlos en una cartografía moderna. Así, a lo largo del presente proyecto, nos dimos a la tarea de recrear el mapa histórico de Tamazola a modo de ir “cartografiando la Relacióngeográfica”, o dicho de otra manera, realizamos un “análisis geográfico de los textos” (Murrieta-Flores y Gregory, 2017), en los cuales recuperamos nombres de lugares, rasgos del relieve, localización de los sitios, en fin, todo ello para llevar a cabo un análisis espacial y comprender las dinámicas territoriales de los antiguos señoríos.
Además, como un componente esencial a los datos etnohistóricos, he recuperado la información y la tradicional oral de los propios habitantes mixtecos que conocen, mucho mejor que nadie, su propio territorio, por lo tanto, los recorridos en campo fueron dirigidos por las autoridades comunitarias cuya participación resultó fundamental para la ubicación de los antiguos asentamientos.
El actual municipio de San Juan Tamazola se localiza en la parte oriental de la Mixteca Alta, con una superficie de 360.79 km2. Se compone de 12 agencias distribuidas en todo el territorio (véase cuadro 1) y jurídicamente pertenece al distrito de Nochixtlán. Tamazola colinda al norte con las municipalidades de Magdalena Jaltepec y Santa Inés Zaragoza; al oriente con Santo Domingo Nuxaa y Santa María Peñoles; al sur con San Antonio Huitepec y San Miguel Piedras, y al poniente con Yutanduchi de Guerrero, San Pedro Teozacoalco y con las agencias de Santa Cruz y Santiago Mitlatongo (véase mapa 1). La cabecera municipal de San Juan Tamazola se ubica en las coordenadas geográficas 17° 09’ 36.44 de latitud norte y a los 97° 13’ 37.67 de longitud oeste con respecto al meridiano de Greenwich y a una altitud de 2 094 m s.n.m. . El centro de la población se encuentra asentado sobre una elevada montaña que ha tenido visibles modificaciones a lo largo del tiempo a través de terraplenes, lamabordos y numerosas terrazas de contorno (véase fotografía 1).
Cuadro 1 Agencias de San Juan Tamazola
1. Llano de la Canoa
2. Monte Frío
3. Ojo de Agua
4. San Juan Monte Flor
5. San Juan Yuta
6. Yucu Xina
7. San Isidro Trementina
8. San José
9. Llano del Par
10. Tidúa
11. Mogote de Piojo
12. Loma de Metate
Fuente: Presidencia municipal de Tamazola.
Fotografía 1. Panorámica de la iglesia de San Juan Tamazola y edificio municipal al fondo. Fuente: Archivo fotográfico del autor, 15/10/2016.
Tamazola pertenece, en términos fisiográficos, a la Sierra Madre del Sur, sistema que corre de modo longitudinal sobre la costa del Pacífico desde Bahía de Banderas, Jalisco, hasta el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, con una extensión aproximada de 1 100 km (Oropeza et al., 2016: 108).
El municipio de Tamazola se encuentra, a su vez, dentro de las subprovincias Sierras Centrales de Oaxaca y Mixteca Alta que forman parte de las siete en las que se divide la Sierra Madre del Sur. Estas siete subprovincias son: Cordillera Costera del Sur, Mixteca Alta, Sierras y Valles Guerrerenses, Sierras Centrales de Oaxaca, Sierras Orientales, Sur de Puebla y Llanuras Morelenses (Oropeza et al., 2016: 108).
La Mixteca Alta se caracteriza por ser una región extremadamente montañosa, con escasos valles y abruptas serranías entre las que se encuentran asentadas las poblaciones. Algunas localidades se sitúan en las partes altas de los lomeríos o en laderas medias y bajas. Entre las elevaciones cercanas a la cabecera municipal de Tamazola se hallan: Cerro el Águila, con una altura de 2 150 m snm; Cerro de la Corona, 2 125 m s.n.m.; Cerro Nacional, 2 400 m s.n.m. , y Cerro Campana, 2 170 m s.n.m.
Por su ubicación geográfica, Tamazola presenta un clima templado con lluvias en verano. Su temperatura media anual oscila entre 12 y 18°C; la temperatura más fría, en invierno puede alcanzar hasta -3°C y la temperatura más caliente, en primavera, es menor a 22°C.
En cuanto a la vegetación, Tamazola conserva una población importante de bosques de pino y encino en partes altas. También existe vegetación secundaria arbustiva de pino-encino, palmar inducido y pastizal inducido. En partes bajas de los lomeríos es común ver palmares, timbres, espinos, enebros, magueyes, sobre todo del tipo papalomé, espadín, cucharilla y lechuguilla.
La fauna en Tamazola es muy rica y variada y cuenta con mamíferos como venados, coyotes, tejones, ardillas, comadrejas, liebres, conejos, zorrillos, aves como gavilanes, codornices, palomas, zopilotes, tecolotes y zanates.
Como señalamos al principio de este trabajo, no existen datos arqueológicos que ofrezcan información sobre el pasado prehispánico de Tamazola. No se han realizado, hasta hoy, recorridos de superficie ni mucho menos excavaciones en todo el territorio municipal de Tamazola; por esta razón, únicamente gozamos de dos tipos de fuentes que pueden brindar información sobre la historia antigua del lugar: los códices y los documentos coloniales.
La presencia de Tamazola en los códices mixtecos fue detectada por Jansen (1982) en sus observaciones sobre las primeras dinastías de Tilantongo. En la página 23 del Códice Nuttall (Anders et al., 1992b: 141; Hermann, 2008: 60-61), se representan los fundadores del linaje de Tamazola junto a su inmediata descendencia, pues algunos de estos hijos van a contraer matrimonio con miembros de la casa de Tilantongo. La pareja fundadora fue identificada por Jansen (1982: i, 274-275), al relacionar, acertadamente, los nombres calendáricos del señor 2 Hierba y la señora 13 Hierba con los personajes mencionados en la Relación geográfica de Tamazola (véase figura 1). De acuerdo con la Relaciónde Tamazola sobre el origen del señorío:
Dijeron que eran de un señor natural deste dicho pueblo, el cual se decía en mixteca Ya Co Cuuñi. Y, preguntándoles de dónde nació y vino este señor a este dicho pueblo, dijeron que este señor bajo del cielo, y la mujer con quien fue casado, que se decía en lengua mixteca Ya Ji Mañe, y que esta mujer nació de una piedra que se abrió. Y destos señores, que fueron los primeros que éstos tuvieron, por línea recta era señor, cuando el Marqués a esta tierra vino, Ya Si Meni, y éste fue bautizado y llamado Don Diego de Velasco (Acuña, 1984: ii, 244-245).
Los nombres calendáricos Co Cuuñi y Ji Mañe parecen transcripciones incorrectas de los nombres Co Cuañe y Si Cuañe que significan, respectivamente, 2 Hierba y 13 Hierba (Jansen, 1982: i, 275). Los nombres calendáricos conforman una categoría especial de denominativos que identifican a los personajes registrados en los códices mixtecos. Gobernantes, sacerdotes y guerreros, entre otros, aparecen representados con dos tipos de nombres: el llamado “calendárico”, por el día en que nacieron dentro de la cuenta de los 260 del calendario ritual, y el denominado por la antropología, es decir, el “nombre personal”, una especie de sobrenombre que designa una característica particular del individuo que lo porta.3
Figura 1. Los señores 2 y 13 Hierba fundadores de Tamazola , Códice Nuttall, p. 23.
Si, en efecto, los señores 2 Hierba y 13 Hierba pueden identificarse como la pareja primordial de Tamazola, ¿cómo explicar el topónimo que se encuentra a la derecha de ellos? (véase figura 1). Según Jansen, este glifo parece representar el nombre antiguo de Tamazola, pues el autor señala que muy cerca del centro de la actual comunidad existe una zona arqueológica, no explorada aún, que lleva el nombre de Deque ñeñu, “Peña Tajada”, y que podría hacer referencia al topónimo colocado detrás de la pareja fundadora (Jansen, 1982: i, 275 y Anders et al., 1992b: 141).
Si bien las observaciones de Jansen parecen acertadas, propongo a continuación algunas precisiones resultado del trabajo de campo que realizamos en la misma comunidad de Tamazola.4 De acuerdo con Cosme López López, se conoce como Diqui Ña’ñu, “Cabeza Partida”, al lugar donde se asienta, en efecto, el sitio arqueológico de Tamazola. Este mismo lugar también es conocido como “Cerro de la Corona”, sitio en el cual pudimos observar cerámica de superficie esparcida y detectamos un piso de estuco junto a un pozo tronco cónico.
Según don Cosme López, Diqui Ña’ñu, “Cabeza Partida” (topónimo que también se puede interpretar como “En la Cima Partida”) es el nombre mixteco de Tamazola, aunque también muchos pobladores reconocen el nombre mixteco de su comunidad como Ñuu Yava.
Existen varios elementos aún por analizar antes de poder establecer conclusión alguna. En primer lugar, el glifo que llamó la atención de Jansen para identificarlo como el posible Tamazola (véase figura 1) consiste en un pictograma que podemos describir como “medio cerro”. Es decir, el glifo de montaña o yucu (en mixteco) se encuentra partido por la mitad, pues justo hay una línea recta que cruza de arriba hacia abajo el signo yucu. Pero hay un elemento interesante a la izquierda de la división del medio cerro, se trata de una sucesión de pequeñas ondulaciones en color amarillo que recuerda la carne cercenada de una cabeza o de alguna parte del cuerpo producto de un sacrificio (véase figura 2). Este patrón de protuberancias semirredondeadas, sí apoya la idea de un “monte tajado”, o también “una peña o roca cortada verticalmente y que forma una pared”.5
Figura 2. El sacerdote 10 Lluvia sostiene la cabeza de un sacrificado. Códice Nuttall, p. 21.
Precisamente, en la Relación geográfica de Tamazola aparece el nombre Ñu Ñañu con el significado de “Peña Tajada”; no obstante, dicho topónimo refiere a una serranía: “donde se hacían fuertes al tiempo de sus guerras”, ubicada al poniente de la comunidad (Acuña, 1984: ii, 246). Jansen, por su parte (1982: i, 275), opina que esta serranía refiere a un abismo muy cercano a la zona arqueológica ya mencionada, pero antes que un abismo, lo que se sitúa en realidad, por el poniente y noreste de Tamazola, es un enorme cañón que forma parte del sistema de drenajes naturales que dan cauce a las corrientes del río Nochixtlán. La parte del río que corre al norte y poniente de Tamazola se conoce como río Dumacuta, cuya desembocadura al sur se conoce como Río del Cajón (véase mapa 2).
Mapa 2 Río Dumacuta y Cañón de Tamazola
De acuerdo con las mediciones del geógrafo José Manuel Mah Eng, el enorme cañón que rodea a Tamazola tiene una extensión aproximada de 29.1 km de largo, con paredes o acantilados de 1000 a 1200 m de altura. La entrada al cañón se ubica en los límites municipales de Tamazola y Santa Inés de Zaragoza al noreste y desemboca en el tramo del río del Cajón, al suroeste, en límites de Yutanduchi de Guerrero (véanse fotografía 2 y mapa 2).
Desde mi punto de vista, el glifo Monte Tajado o Peña Tajada en realidad hace referencia al gran cañón de Tamazola, pues el corte recto del signo montaña en los códices quizá represente, simbólicamente, una pared o el acantilado del profundo cañón. De esta manera, sugiero que el glifo en el Códice Nuttall (véanse figura 1 y fotografía 2) muestra el lugar en el que nacieron los señores 2 Hierba y 13 Hierba, ya sea en las inmediaciones o, incluso, dentro del mismo cañón. Por lo tanto, más que el glifo mismo de Tamazola, Monte Tajado refiere al sitio de origen del linaje que gobierna en Tamazola, por lo que el glifo llegó a identificar a la familia gobernante nacida en el lugar sagrado de Ñu Ñañu.
Esta hipótesis sobre Monte Tajado o Peña Tajada como lugar de origen, tiene su sustento en la propia Relación geográfica, pues en la respuesta a la pregunta 16 sobre el nombre del asiento en el que se halla la población, se registró lo siguiente: “Está este dicho pueblo poblado en una peña muy alta, y es tierra descubierta y muy áspera. Y la sierra donde este dicho pueblo está fundado se dice Tamazola, que en lengua mixteca es Yahua y, en castellano, Sierra de rana” (Acuña, 1984: ii, 246). Con ciertas correcciones a la fuente, Tamazola significa, más bien, “donde abundan los sapos”, en efecto, Tamazola viene del náhuatl tamazolin, ‘sapo’ (Molina, 2001: 90v), y del sufijo –lah o –tla, ‘abundancial’, “donde hay abundancia de…” (León-Portilla, 1982: 49), por lo tanto, Tamazola significa: “Donde abundan los sapos”. Por su lado, el topónimo mixteco Ñuu Yahua comparte un significado similar: Ñuu, ‘lugar’ y Tiyahua, ‘sapo’, o también ‘rana’ (Alvarado, 1962: 178r y 187r), por lo que Ñuu Yahua puede traducirse como el “lugar de sapos o ranas.”
Fotografía 2. Panorámica del cañón de Tamazola rumbo al cerro Yucuni. Fuente: Archivo fotográfico del autor, 10/12/2016.
Según la Relación geográfica, entonces, el topónimo de Tamazola debe su denominación al sistema orográfico en el que se encuentra asentado el pueblo, es decir, la cordillera de Tamazola y cuyo nombre se aplicó, por extensión, a toda la población. Por esta razón, pienso, que los señores 2 Hierba y 13 Hierba se adscriben como originarios de “Montaña o Peña tajada”, Ñu Ñañu, y no del “Lugar de ranas”, Ñuu Yahua, pues el enorme cañón debió haber sido considerado un lugar sagrado de suma importancia para referirse a este como su lugar de origen.6
Cabe la posibilidad de que, en efecto, tal y como lo mencionó don Cosme López, Diqui Ña’ñu o “Cerro de la Corona”, haya sido el nombre antiguo de Tamazola, lugar en el que se encuentra el sitio arqueológico que ya mencionamos. Diqui Ña’ñu significa “Cabeza partida”, según los propios habitantes de Tamazola; pero diqui, además de aludir el sustantivo “cabeza”, es un locativo que semánticamente expresa una relación espacial para indicar la ubicación de un lugar, por lo que diqui también refiere a algo localizado “en la cima de…”, “en la punta de…”, como por ejemplo: diqui kawa, “en la cima de la peña” (López Gaitán, 2004: 164).
En el mixteco, al igual que en otras lenguas mesoamericanas, las diversas partes del cuerpo adquieren un sentido de direccionalidad y sirven de referente para expresar nociones locativas o relaciones espaciales. Como menciona López Gaitán (2004: 153): “El cuerpo se convierte en centro de proyección. La figura vertical del hombre se proyecta en la figura de un árbol o un cerro […], metafóricamente la cabeza del hombre guarda una analogía con la punta del cerro y entonces se dice: diki tinduu ‘cabeza del cerro’.” Existen varios pueblos en donde los nombres Diki káwa, “Cabeza de la peña”, o Diki yuku, “Cabeza de la montaña”, correlacionan explícitamente a una cabeza como “la parte alta de la peña” o “la cumbre de la montaña”, por lo que se reafirma este carácter locativo de diqui, ‘cabeza’. Los ejemplos aquí tomados provienen de la toponimia de Santiago Ixtaltepec, Mixteca Alta (López Gaitán, 2004: 174-182).
Es interesante que el topónimo Diqui Ña’ñu, en San Juan Tamazola, además de “Cabeza partida” o en la “Cima partida”, puede adquirir el sentido de que la “cabeza” o la “cima de la montaña” se encuentra partida o quizá hendida, tal y como puede observarse en algunos glifos o topónimos de códices prehispánicos. Un buen ejemplo de ello existe en la página 68 del Códice Nuttall (véase figura 3), donde el glifo de yucu, ‘montaña’, se representa literalmente sin la cumbre o con la cima partida, como si la cabeza del cerro hubiese sido decapitada. Si observamos con atención, hay una diferencia importante entre el glifo que hemos tratado de identificar como el cañón de Tamazola, lugar de origen de los señores 2 Hierba y 13 Hierba (véase figura 1), y la montaña sin la cúspide, pues mientras que en aquel topónimo el corte de la montaña es vertical (donde, por lo menos, la mitad de la cumbre es visible), el glifo de la página 68 (véase figura 3) muestra un corte horizontal en donde la montaña carece por completo de la cima, por lo que, desde mi punto de vista, la representación de ambos topónimos no es equivalente.
Figura 3. El señor 7 Flor procedente de Diqui Ña’ñu. Códice Nuttall, p. 68.
Hay otro ejemplo muy interesante del glifo montaña, yucu, que también carece de cima. Es un topónimo que aparece en la vida del famoso guerrero y conquistador 8 Venado, Garra de jaguar, señor de Tilantongo, durante una etapa temprana de su vida (véase figura 4).
En la página 44 del Códice Nuttall se narra un suceso importante ocurrido en el día 2 Agua del año 5 Caña,7 8 Venado en compañía de su medio hermano, el señor 12 Movimiento, Jaguar Sangriento, realizan un sacrificio por extracción de corazón a un perro y un venado como posible ofrenda a una deidad solar que desciende del cielo llamada 13 Caña (véase figura 4).
El lugar en el que se efectúa el sacrificio está compuesto por diversos elementos que probablemente pueden darnos su identificación. Hay dos corrientes de agua que parecen venir de direcciones opuestas o, quizá también, una corriente que se incorpora a una mayor en lo que podría ser la junta de un río. Al lado izquierdo se haya el glifo que identifica el signo geográfico ‘río’, yuta, en mixteco, en cuyo interior aparece un juego de pelota. Un poco al centro de la escena, y en medio de los ríos, hallamos nuevamente la montaña sin la cumbre (véase figura 4), lo que puede apoyar de manera pertinente mi observación sobre la existencia de glifos de cerros sin la representación de su cúspide.
Figura 4. 8 Venado y 12 Movimiento realizan sacrificios en Diqui Ña’ñu. Códice Nuttall, p. 44.
Propongo que los glifos de las páginas 44 y 68 del Códice Nuttall representan a Diqui Ña’ñu, Cabeza partida o en la Cima partida, nombre antiguo que hoy perdura también con el topónimo de Cerro de la Corona y en el que justamente se encuentra el sitio arqueológico de Tamazola.
Fotografía 3. Restos de un montículo en Cerro de la Corona, Tamazola. Fuente: Archivo fotográfico del autor, 15/10/2016.
Un poco más adelante volveremos a retomar la escena de la página 44 del Nuttall para comprender la presencia del juego de pelota dentro del río, pero por lo pronto quiero señalar las características que hemos detectado sobre el asentamiento localizado en la cima de Cerro de la Corona o Diqui Ña’ñu.
De acuerdo con los someros recorridos realizados en el sitio (véase fotografía 3), el asentamiento prehispánico se localiza al oeste de la comunidad de Tamazola, a solo 450 metros al noroeste de la presidencia municipal y la iglesia. El emplazamiento prehispánico se ubica propiamente en la cima del Cerro de la Corona, el cual tiene una dirección noreste (2 128 m s.n.m.) -suroeste ( 2 122 m s.n.m. ) con una longitud aproximada de 300 m.
Sobre la angosta planicie en donde está el sitio –en su parte más ancha tiene 60 m y en su parte más angosta 15 m–, se pueden observar plazas que dan paso a algunos edificios que están colapsados por el paso del tiempo. Dentro de los elementos representativos en superficie se observan restos de drenaje, alineamientos, montículos, cuartos, nivelaciones, plazas o patios, piso estucado y un pozo tronco cónico. Hacia la zona oeste del cerro se observan terrazas de manera circundante a la elevación. Estas terrazas están dispuestas a manera de acceso pues, posiblemente por este costado, se localizaba la entrada al sitio administrativo. Gracias a la cerámica observada en superficie, el lugar puede fecharse para la época Posclásica tardía (1200-1500 d. C.), pero es necesario realizar un examen más detallado de los materiales o una excavación para determinar la temporalidad del sitio.8
Los habitantes modernos de Tamazola han construido sus casas en los alrededores del Cerro de la Corona, por lo que muchas de sus casas se ubican en las laderas del lugar donde se observan los vestigios arqueológicos.
Considerando las características topográficas del asentamiento prehispánico, es posible que el nombre Diqui Ña’ñu alude a las nivelaciones y adaptaciones que los antiguos mixtecos realizaron en la cima del cerro para que tuviera el aspecto de una “cima partida” o una cumbre cortada. Al observar el emplazamiento en la cima de la montaña se pueden detectar las modificaciones que dieron lugar a la angosta planicie sobre la que se ubica propiamente el sitio. Pero aún es necesario un análisis más detallado sobre el asentamiento para llegar a conclusiones más precisas.
Por lo hasta aquí expuesto, creo que es posible identificar en los códices tres lugares que se encuentran estrechamente relacionados entre sí y que constituyen lo que se conoce como Tamazola.
En primer término, existe un sitio llamado Ñu ñañu en la Relacióngeográfica de Tamazola que se traduce en la propia fuente como “Peña Tajada” (Acuña, 1984: ii, 246) y que, desde nuestra perspectiva, alude al nombre del desfiladero o cañón que corre alrededor de Tamazola, considerado el lugar de origen de los fundadores del linaje (véase figura 1).
El segundo topónimo es Diqui Ña’ñu, Cerro de la Corona, que es en sí la montaña en la que se ubica el sitio arqueológico emplazado en la cima a 450 mts del centro de la actual comunidad de Tamazola, por lo que se trata de un asentamiento separado de donde se encuentra la población actual. A este lugar lo identifico como “Cabeza o cima partida” y propongo que pudiera corresponder con los glifos de montañas que carecen de cimas o cumbres (véanse figuras 3 y 4). Por último, según la Relación geográfica: “la sierra donde está fundado el pueblo se dice Tamazola o Yahua, sierra de ranas.” Es decir, toda la cordillera donde se encuentra el pueblo se llama Tamazola, por lo que el nombre de esta serranía se aplicó por extensión a todo el asentamiento colonial y, de hecho, aún el actual, pues no hay registros de que se realizara algún tipo de congregación en Tamazola. Desafortunadamente, no hay glifos en los códices prehispánicos ni coloniales que registren señoríos, pueblos o montañas que se llamen “Lugar de ranas o sapos”, por lo que no es posible identificarlo como tal en las pictografías.9
De esta manera, considero que el sitio de Tamazola en realidad estuvo conformado por diversos asentamientos entre los que destaca Diqui Ña’ñu, Cerro de la Corona, en el cual pudo haberse ubicado el centro político y religioso de todo el lugar representado por los edificios, plazas y montículos que aún subsisten. Es posible que sobre el asentamiento moderno de Tamazola aún puedan encontrarse vestigios prehispánicos, pues sobre estos se halla también el emplazamiento colonial, pero hasta que no se realice un recorrido completo o un levantamiento detallado no podremos precisar el número de unidades que pudieron conformar al antiguo sitio de Tamazola.
La identificación de los señores 2 Hierba y 13 Hierba, como los fundadores del linaje de Tamazola (Jansen, 1982: i, 275), es un importante precedente para ubicar en los códices mixtecos las relaciones genealógicas que mantuvo este lugar con otros señoríos importantes. Como ya hemos comentado, en la página 23 del Códice Nuttall (véase figura 5) se encuentra la pareja fundadora rodeada de un grupo de personajes que muy posiblemente se trate de sus propios hijos. Los personajes representados son:
Sr. 10 Caña, El que porta el bastón cosmológico
Sr. 9 Lagartija, Jaguar de Piedra
Sr. 10 Hierba, Ojo de Concha
Sr. 9 Mono, Cola de Guerra
Sra. 1 Zopilote, Falda de Lluvia
Sra. 1 Lluvia, Quechquémitl de Venus
Sr. 10 Flor, Pedernal-Pico de ave
Sr. 8 Águila, Piernas de Humo
Figura 5. Los señores 2 y 13 Hierba y su descendencia. Códice Nuttall, p. 23 (la lectura se hace de abajo para arriba).
Es importante hacer hincapié acerca del espacio que le es asignado en el Códice Nuttall a esta familia primordial de Tamazola (Anders et al., 1992b; Hermann, 2006 y 2008). Como podrá observarse en la página 23 del códice (véase figura 5), esta pequeña genealogía de Tamazola ocupa poco más de un cuarto del tamaño de la página dedicada a las tres primeras generaciones del linaje de Tilantongo. Me parece, entonces, que los señores de Tamazola quedaron colocados ahí como un tipo de “notas aclaratorias” relacionadas con la posición que jugó este linaje dentro de la genealogía de Tilantongo.10
Figura 6. En la parte superior el matrimonio del señor 10 Flor y la señora 2 Serpiente. En la parte inferior están sus hijos 12 Lagartija y la señora 12 Jaguar.
En efecto, el lazo principal se establece a partir del señor 10 Caña, aparentemente, el primer hijo de 2 Hierba y 13 Hierba que se casó con la señora 12 Jaguar, Telaraña de Turquesa, hija del señor 10 Flor de Tilantongo y de la señora 2 Serpiente, Serpiente de Plumas, gobernantes de la llamada primera dinastía de Tilantongo (Caso, 1949) (véase figura 6).11
De los siete hijos que tuvieron los señores 10 Flor y 2 Serpiente, únicamente se mencionan en el Códice Nuttall al señor 12 Lagartija, Piernas de Flecha (primogénito y sucesor del linaje de Tilantongo), y a la señora 12 Jaguar, Telaraña de Turquesa (véase figura 6), quien juega un papel importante como enviada a una reunión o encuentro con un personaje llamado 7 Mono. En las láminas 11 y 12 del mismo Códice Nuttall
