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Cómo repensar el trabajo, la educación, el deporte, la arquitectura, el diseño, la moda, la salud y la espiritualidad desde el punto de vista del cuerpo. La cada vez mayor difusión de las prácticas corporales basadas en la percepción del cuerpo desde su interior está develando escenarios diferentes e inesperados en todos los campos. Gran parte de las dificultades que encontramos al vivir nacen del hecho que es nuestro ser el que se adapta a la vida que llevamos, y no lo contrario. El motivo de esto es que el proyecto de nuestra existencia no lo lleva a cabo nuestro cuerpo, sino nuestra mente, que se basa en abstracciones tranquilizadoras: simples, plausibles y erradas. ¿Sería posible volver a diseñar los distintos aspectos de nuestra vida a partir de nuestra realidad neurológica y corporal, en vez de a partir de las ideas abstractas elaboradas por la mente? Ser el cuerpo es un texto complementario a Pensar con el cuerpo dirigido a quien desea comprender cómo nuestra vida podría ser repensada en la práctica desde una "perspectiva corporal", es decir desde una perspectiva que sostenga, en vez de penalizar, aquello que somos.
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Seitenzahl: 355
Veröffentlichungsjahr: 2022
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un proyecto realizado por
Tere Puig
utilizando textos y entrevistas de
Jader Tolja
escritas con
(en orden de aparición):
Ima Sanchís
Cristina Llagostera
Patrizia Belardi
Rosella De Nicolò
Claudio Castellani
Emina Vukovic
Rita Sicchi
Alzbeta Pnacekova
Nelleke Don
Silvio Mottarella
Maddalena Buri
Magda Maiocchi
Francesca Speciani
Maria Anita Puzzi
Nota
Los capítulos siguen un camino diseñado para mostrar una visión de conjunto, pero se eligió no numerarlos para dar espacio también al deseo de seguir órdenes de lectura personales.
por Tere Puig
Pienso que uno trabaja, sobre todo, en libros que le gustaría y necesita leer. Cuando leí Pensar con el cuerpo tuve la sensación de que estaba frente a algo original y, al mismo tiempo, sentí cierta familiaridad con los contenidos: estaba descubriendo aquello que sabía, pero que no sabía que sabía. Esta percepción estaba dada – eso lo entendí más tarde – por el origen experiencial, y no mental, de estos contenidos.
Un tiempo después de haber terminado de leer el libro, tuve la curiosidad de volver a zambullirme en aquella misma perspectiva corporal. Tanto por una necesidad personal de profundización, como por la necesidad profesional de poder ofrecer a las personas que se estaban formando, textos que fuesen más cercanos a la realidad corpórea y no expresiones de paradigmas mentales.
De esta forma, me encontré ante la posibilidad de realizar un libro complementario a Pensar con el cuerpo. Y no solo para satisfacer estas necesidades, sino también para abordar desde la misma perspectiva otros temas que me interesan como la educación, el deporte y la espiritualidad. Por último, si bien no menos importante, pensé que era una buena oportunidad para desarrollar con mayor claridad un concepto tan elusivo como crucial: el de embodiment (ser cuerpo).
Solamente puse dos condiciones: tener acceso a todo aquello que ya existía – artículos, entrevistas, contribuciones y otros libros, además de transcripciones de conferencias, clases y seminarios– y tener libertad con respecto a la elección y a la utilización del material. Comencé por seleccionar aquellos textos que, por su estilo comunicativo, me parecían más adecuados para un libro de lectura fluida. En particular, aquellos que más me habían inspirado al reconsiderar los diversos ámbitos de nuestra existencia desde una perspectiva corporal y no mental. Luego organicé, puse al día e integré el material con nuevos textos, de acuerdo con un recorrido que, partiendo de una visión de conjunto inicial, atraviesa una serie de ámbitos distintos para llegar, en los últimos capítulos, a indagar y a desentrañar un elemento esencial del nuestro vivir: ¿cuál es el sentido deser cuerpo?
Al principio, estaba muy preocupada con la idea de que no iba a lograr integrar elementos de origen tan diverso. Luego, a medida que el libro tomaba forma, se fue delineando cada vez más un inesperado y coherente recorrido orgánico que evidenciaba cómo en cada aspecto de nuestra cultura se ha verificado el mismo fenómeno. Me refiero a una sistemática desvaloración de nuestra experiencia para adaptarnos a modelos mentales que poco tienen que ver con nuestra realidad.
En el fondo, aquello que me ha permitido trabajar durante años en la realización de este texto ha sido justamente encontrarme continuamente con esta evidencia. Es como si me hubiese entregado a mí misma la autorización de vivir cada aspecto de mi vida a partir de la experiencia.
Igual que una persona que decide comprar un ordenador para ampliar sus propias capacidades y satisfacer mejor algunas de sus necesidades, el cuerpo, por idénticos motivos, desarrolla una mente consciente. Y por la misma razón que un ordenador no tiene acceso a toda la información de la que nosotros disponemos como individuos, análogamente la mente es consciente solo de una cantidad exigua de información (lo 0,0000005%) con respecto a aquella elaborada por el sistema nervioso del cuerpo en el mismo lapso de tiempo.
La única diferencia es que, mientras que un ordenador no pretende – con la poca información de la que dispone – saber quiénes somos, qué espacios debemos habitar, cómo debemos comer, vestirnos, trabajar y relacionarnos, la mente consciente, «ignorando su propia ignorancia», intercambia su propia visión simplista del cuerpo por realidad y diseña los diversos aspectos de nuestra vida en base a esta.
La consecuencia de esto es que la visión que la mente tiene del cuerpo, del pensamiento y de los diversos aspectos de nuestra existencia no es objetiva, sino autorreferencial. La mente se coloca a sí misma en el centro. Para nada diferente de cómo, antes de Copérnico, se colocaba a la Tierra en el centro del universo, no solo por ignorancia, sino también porque, dado que desde allí se observaba el resto, resultaba más simple y reconfortante.
La idea de ser una mente que posee un cuerpo es tan insensata como aquella de que nuestro ordenador nos posea a nosotros. El redimensionamiento de esta ingenuidad se obtiene al pasar de la idea de «tener un cuerpo» a aquella de «ser cuerpo». El proceso de apertura de la conciencia, que nos permite salir de la identificación reductiva con la mente para reconocernos en una conciencia más profunda y tridimensional con el centro de nuestro ser, lleva el nombre de embodiment, es decir «ser cuerpo».
por Jader Tolja
Pero ¿con qué crees que entiendes? ¿con la cabeza?
Bah...
DE ZORBAEL GRIEGO
Percibir el propio cuerpo desde el interior nos permite apreciar y comprender más profundamente el resto de los aspectos de nuestra vida.
La historia de la ciencia nos enseña que cada vez que nos encontramos frente a una incongruencia entre la teoría y la realidad, este conflicto se suele resolver ignorando los datos de la realidad que no corresponden con la teoría de referencia.
Por ejemplo, ignorar la relación entre cuerpo, mente y todo el resto al entrevistar y escuchar a personas que estaban por someterse a alguna intervención en el hospital, antes era lo habitual. Sin embargo, el conflicto entre la teoría y la experiencia real me hacía sentir profundamente incómodo y me generó muchas preguntas sobre esta relación, aún bastante misteriosa y un poco inexplicable.
De hecho, no pensaba que podría llegar a entender cómo funcionaba hasta el momento en que, al comenzar a comprender el rol clave desarrollado por el tejido conectivo1 dentro de todo esto, la niebla comenzó a despejarse.
Todo empezó una bella y clara mañana neoyorquina de principios de los años 80, cuando Rosemary Feitis2 me invitó a su casa. Ella conocía mi interés particular con respecto al tejido conectivo y sus implicaciones, y se había ofrecido a hacerme probar una nueva forma de terapia cráneo-sacral que se había desarrollado muy recientemente.
Las sensaciones que experimenté durante toda la sesión fueron bastante intrigantes, pero la parte más interesante no había surgido aún. De hecho, cuando me puse de pie, sentí la cabeza y la cara no solo diferentes de como estaban antes, sino también asimétricas, por lo cual busqué un espejo para verificar si mis sensaciones subjetivas tenían alguna coincidencia objetiva.
Efectivamente, el ojo derecho estaba más oscuro y la ceja correspondiente decididamente más baja y cerrada3. En aquel momento esperaba que el reequilibrio viniera gracias a una nueva manipulación, mientras que la sugerencia de Rosemary fue algo imprevisto que me resultó surreal: «Prueba a rotar un poco hacia atrás el hemisferio cerebral derecho».
Confieso que mi primer impulso (y tal vez también el segundo) fue pensar en cómo no había podido darme cuenta, con todos los años que hacía que nos conocíamos y habiendo trabajado juntos, que Rosemary estaba loca. Sin embargo, consideré que en el pasado siempre había dado pruebas de competencia y credibilidad, – con mucho escepticismo, lo admito – e intenté hacer aquello que me parecía uno de los tantos trucos new age de moda en aquel período.
Con cierta sorpresa la sensación interna cambió radicalmente. «Mi querido y viejo amigo placebo», pensé enseguida, convencido de que se trataba de una simple sugestión. Pero quedé paralizado por el asombro cuando, al colocarme de nuevo frente al espejo, noté una clara reorganización de los huesos craneanos, que surgió en el plazo de pocos segundos y sin ninguna técnica manual. La forma y la estructura del cráneo habían vuelto a ser simétricas.
Hoy, gracias a las investigaciones desarrolladas con respecto al tejido conectivo, me resultaría más simple describir en términos anatómicos y fisiológicos cómo y por qué se hubiese podido verificar ese cambio, pero en aquel tiempo solo podía pensar que, o se había tratado de una ilusión, o que el modo que teníamos de pensar nuestro cuerpo era muy diferente y absolutamente restrictivo en relación con su realidad efectiva.
En los años siguientes, el estudio del cuerpo y de la anatomía a través de la vía experiencial no me dejó muchas dudas acerca de cuál era la respuesta correcta. La experiencia que había vivido parecía bastante bizarra y extravagante si se evaluaba en base a los estudios científicos que habían sido parte de mi formación. Pero, al mismo tiempo y paradójicamente, era mucho más simple, obvia y natural de lo que uno se pudiese imaginar.
El acercamiento experiencial hacia la anatomía cambia radicalmente la comprensión que tenemos del cuerpo. En este sentido, los primeros años que dediqué a la exploración de la anatomía fueron una verdadera reprogramación de los conocimientos tradicionales4.
De hecho, las cosas son muy diferentes de lo que se enseña en las profesiones médicas y paramédicas. Buena parte de los paradigmas anatómicos a los que nos referimos no solo han sido superados, sino que, además, son engañosos.
El acercamiento al cuerpo de modo experiencial me ha permitido encontrar una continuidad natural entre ciencia y experiencia en los casos, como ocurre con muchas técnicas, en los que antes existía una profunda zanja superable solo con la fe y la adopción de lenguajes arcanos o pertenecientes a culturas muy diferentes de la nuestra.
Volvamos a la «rotación» del hemisferio cerebral que cité en la anécdota del principio: es un fenómeno totalmente inexplicable y enigmático desde la mirada médica clásica que presenta un cerebro inerte e insensible, suspendido en un liquido llamado cefalorraquídeo, en el interior de una caja llamada cráneo. Aquí nos vienen a la mente aquellas viejas películas de ciencia ficción donde se ven cerebros que flotan en líquidos desconocidos dentro de cilindros de vidrio.
En cambio, si sabemos que el cerebro está constituido en gran parte por tejido conectivo5 sensible, capaz de cambiar de estado y coordinado por el sistema nervioso, que optimiza sus características y funciones según las necesidades, la idea de un cerebro mecánicamente activo nos aparece decididamente menos absurda que antes.
Entonces el cuerpo no es como pensábamos, y ¿ahora qué? Hay un pequeño pero fundamental corolario a este hecho: si es posible percibir de manera precisa la diversa organización interna que el cuerpo asume en relación a las diferentes situaciones, aquello con lo que nos encontramos no es solo un cuerpo distinto, sino también y sobre todo un potente medio para indagar y acceder a la comprensión de la realidad y de la cultura.
En efecto, cuerpo, mente, espacio y cultura están en continua relación, y la posibilidad de sentir y entender un polo (el cuerpo) nos permite entender todos los demás. Mi reconocimiento hacia la anatomía experiencial deriva exactamente de este.
El acercamiento experiencial a la anatomía me ha permitido comenzar un recorrido profesional de investigación que no ha «volcado» solo mi hemisferio cerebral derecho, sino también toda mi comprensión del psicoanálisis y de la psicoterapia, de nuestro funcionamiento psicológico y de carácter, a partir de la observación que pensamientos y emociones diferentes emergen de cuerpos diferentes.
Este trabajo me ha procurado las herramientas para explorar las escurridizas relaciones entre cuerpo y espacio. Para comenzar, finalmente, a comprender, experiencial y teóricamente, los principios del genius loci y del feng shui, que siempre me habían resultado tan intrigantes como huidizos. También para entender, sintiendo el efecto físico, las relaciones humanas en una profundidad diferente para la que antes estaba capacitado. Para percibir con claridad por qué los métodos tradicionales de enseñanza solo pueden fracasar, y para identificar un posible desarrollo de estilos didácticos diferentes y neuro-ergonómicos para el organismo de quien aprende. Para notar como nuestro modo de vestir no cambia solo nuestro aspecto externo, sino también nuestro cuerpo y, como consecuencia, nuestra mente. Para revitalizar la relación con el deporte que, una vez extenuada la pasión competitiva, se estaba convirtiendo en una actividad cada vez más mecánica y aburrida, y que se ha revelado en cambio como una fuente inagotable de placer y curiosidad por las continuas transformaciones y posibilidades que se abren en el interior del cuerpo. Para volverme a acercar y a disfrutar a otro nivel de las técnicas corporales occidentales, como la terapia cráneo-sacral y el Método Feldenkrais, pero también orientales como el yoga, el taichí y la meditación, que había practicado y luego abandonado. Para reencontrar interés en los viajes gracias a la posibilidad de leer una cultura también a través del cuerpo de la población de la cual es la expresión. Para percibir las enfermedades no solo como averías accidentales del organismo causados por los virus, las bacterias, las desgracias, la genética o elementos de otra índole, sino también como resultado natural de específicas organizaciones y estrategias físicas y culturales. Para redescubrir formas sofisticadas de medicina, como la tradicional china, la ayurvédica y la homeopática, cuyo estudio había prácticamente abandonado porque me parecía que se estaba transformando cada vez más en un acto de fe, mientras que ahora me resultan expresiones claras y naturales de un nuevo entendimiento.
Finalmente, me ha permitido sentir con claridad que la espiritualidad – la percepción de que todas las personas y las cosas del mundo se pertenecen y están ligadas entre sí – no emerge de un progresivo alejamiento del cuerpo, sino de una encarnación más profunda en él.
Aquello que necesitamos es
introducir modalidades corporales
de comprensión del mundo.
JACQUES VAN EIJDEN
Arquitectura, diseño, moda, movimiento, relaciones: algunos ejemplos de cómo cada una de nuestras elecciones culturales nos modifica física y mentalmente, y de cómo a su vez cada condición corporal se manifiesta en el ámbito mental y en el cultural.
¿En qué medida el espacio influye en nuestra fisiología?
Nuestro sistema nervioso está proyectado para realizar precisas modificaciones en el cuerpo como respuesta a estímulos externos. Cualquiera que sea el estimulo externo, incluso la simple presencia o no de agua y vegetación en una plaza, provoca un cambio específico en el interior de nuestro cuerpo.
¿Cuál es el problema?
El problema es que quien proyecta los espacios, como cualquier otro aspecto de nuestra vida, no siempre es consciente o se interesa por los efectos fisiológicos que su proyecto produce. En una plaza de cemento, el sistema nervioso reacciona con una tensión subliminal. Al cuerpo le resulta difícil relajarse. En cambio, lo hace naturalmente ante presencia de agua, de tierra y de vegetación.
¿Existen estudios con respecto a esto?
Sí. Sabemos, por ejemplo, que si desde la habitación de un hospital se ven árboles y verde, la persona internada puede ser dada de alta – en promedio – tres días antes en comparación con aquella que ha sido internada en una habitación sin vistas al verde6.
Curioso.
Un bosque permite que la atención no esté fijada sobre algo en particular. Es naturalmente armonioso y esto activa automáticamente el hemisferio derecho del cerebro, aquel más ligado al sentir. Si, en cambio, en el ambiente hay fuertes y numerosos estímulos visuales, se activa el hemisferio cerebral izquierdo, que induce a restringir la visión, a focalizar.
Todas las características de la vida moderna evocan una dominancia del hemisferio izquierdo del cerebro. Pero, en realidad, el hemisferio izquierdo ha sido proyectado para servir al cerebro derecho. ¿Se acuerda de Perry Mason?
¿Puro cerebro derecho ?
Exactamente. Mason es un abogado que siempre tiene una visión de conjunto y cuando necesita información más puntual y específica se lo encarga a su asistente, Paul Drake: cerebro izquierdo, analítico. Hoy en día, nuestra educación, la cultura y el modo en el que se proyectan los sistemas operativos nos convierten en clones de Paul Drake.
Y esto, ¿qué tipo de sociedad crea?
Una sociedad muy visual, que se focaliza en los detalles individuales y pierde la visión de conjunto, deviene incapaz de distinguir entre apariencia y substancia, y por lo tanto también es fácilmente manipulable. Ver el cielo estrellado nos permite entender que somos parte de una coreografía global. Si todo es selfie, vamos a terminar fácilmente con creer que somos el centro del universo.
Y usted estudia cómo evitarlo.
Estudio cómo volver a proyectar nuestro ambiente, físico y no físico, de modo que se adapte a nuestro sistema nervioso y no al revés.
¿Podría darnos un ejemplo concreto extraído de la vida diaria?
En el diseño de interiores, por ejemplo, cuando la decoración y los muebles son bajos y horizontales, el sistema nervioso se calma, mientras que en presencia de elementos altos y verticales nuestro sistema nervioso se coloca en condición de vigilancia mental. La pregunta que podemos hacernos es esta: ¿las elecciones de diseño que hacemos son coherentes con la condición neurológica que necesitamos, o la contradicen?
¿Cómo influye en nosotros el lugar donde nos encontramos?
Cuerpo, mente y espacio están siempre conectados entre sí, incluso diría «coreográficamente unidos». Sin embargo, el espacio es, en general, el aspecto más rígido de esta terna: mientras que el cuerpo y la mente pueden cambiar instantáneamente ciertos edificios y ciertas plazas tal vez están allí desde hace siglos, y probablemente se quedarán allí otros tantos. La disposición del espacio y los distintos ambientes inducen a un modo de ser y a un estado psicofísico particular. A través de la arquitectura, por lo tanto, se puede organizar la mente y el cuerpo de la persona. Hay lugares en los que nos sentimos espontáneamente cómodos y otros que preferiríamos evitar, aunque estemos obligados a tener que pasar bastante tiempo allí.
¿Podría dar un ejemplo?
Recorrer un espacio largo y estrecho, como un pasillo o un túnel, es como tener anteojeras que nos privan de la visión lateral. Esto nos lleva a una situación de alerta porque limita nuestra posibilidad de fuga y, a nivel inconsciente, nos hace sentir peligro. Por lo tanto, nos induce a atravesarlo lo más rápido posible. En cambio, una plaza abierta o un horizonte libre provee control de la situación y muchas opciones por lo que el sistema nervioso lo percibe como seguro, lo que evoca naturalmente una sensación visceral de mayor bienestar. El problema de fondo es que ahora las ciudades (y la mayor parte de los objetos) no son diseñadas a partir de las respuestas físicas que evocan. Estan proyectadas a partir de la abstracción y de la racionalidad y, en consecuencia, provocan situaciones de continuo esfuerzo físico y/o mental.
Esto es palpable.
Somos nosotros los que nos adaptamos a la arquitectura, a la moda y a todo el resto, en vez de adaptar el espacio y la ropa a nosotros, y esto crea un círculo vicioso: mayor desconexión con el cuerpo, menor conciencia del efecto de las distintas formas de diseño ligadas a nuestro ser. Y, así, las personas pierden progresivamente la capacidad de darse cuenta del precio que pagan desde el punto de vista físico.
Los tacones altos son un ejemplo.
El problema no son tanto los tacones – aunque si alcanzan cinco centímetros es suficiente para que las pantorrillas se acorten y se atrofien en un 13%7 – , sino el hecho de que casi ningún zapato tiene espacio para la distensión natural de los dedos. El diseño se basa en una idea abstracta de cómo está hecho un pie. El molde es cónico con el extremo anterior en punta, que es exactamente lo opuesto al pie, el cual tiene una forma natural en abanico que se abre hacia delante para poder dar estabilidad física y, en consecuencia, mental.
Y esto, ¿qué provoca?
En realidad, el cuerpo es una tenso-estructura por lo cual cualquier modificación en alguna de sus partes repercute en las demás. Es suficiente bloquear una sola de las treinta y tres articulaciones presentes en el interior de un pie, para que simultáneamente se bloqueen otras en el resto del cuerpo. Intenta probarlo: si se camina con los pies contraídos, no es posible relajar otras partes del cuerpo, todo el cuerpo está tensionado. Pero el problema no se limita a esto.
¿Es decir?
Aquello que llamamos ansiedad no es otra cosa que la expresión a nivel psicológico de un bloqueo de la respiración a nivel físico. Si el pie está en un estado de contracción, también la respiración estará limitada. Si por esta contracción ambos pies se mueven constantemente como dos bloques únicos, la alternancia de relajación y contracción estará inhibida entre los dos lados del cuerpo, erradicando el concepto de «dos», en la esfera corporal y la psíquica.
¿Con qué consecuencias?
Por ejemplo, la dificultad que tenemos para percibir las exigencias de dos personas al mismo tiempo, con su similar importancia. En algún punto, seguimos pensando que una debe satisfacer las necesidades de la otra.
Por lo tanto, se podría proyectar a partir del cuerpo.
Como decía, nuestra cultura es sobre todo una expresión del hemisferio cerebral izquierdo, que al ser más mental y abstracto, condiciona cualquier manifestación. Desde la educación hasta el modo de vestirse. La instrucción y el deporte, por ejemplo, podrían ser reprogramados a partir de la idea que nuestro organismo funciona en base a un principio de placer.
¿Qué necesitamos?
Necesitamos un proceso de «educación somática». Es decir, un proceso de humanización cultural que ocurra a través la comprensión del cómo funciona nuestro cuerpo y, en consecuencia, nuestra psiquis. Fundamentalmente tenemos necesidad de recuperar la capacidad de «percibir» nuestro cuerpo.
Se puede definir a la esclavitud como vivir en la mente
sin que ella se haya convertido en una parte del cuerpo.
KHALIL GIBRAN
Si bien hemos entrado, hace ya un tiempo, en el tercer milenio, aún estamos condicionados por una visión pre-copernicana que todavía pone en el centro la mente en lugar del cuerpo.
¿Por qué cree que el cuerpo ha sido relegado a una posición secundaria, dándole mayor importancia a la mente?
El error de fondo es que nos identificamos con la mente y no con el cuerpo entero. Por este motivo tratamos de dominarlo o cambiarlo y ponerlo al servicio de la mente. En realidad, nosotros no somos una mente, sino nuestro cuerpo el que se ha creado una mente. Por lo tanto es la mente la que, en teoría, debería ponerse a nuestro servicio para ayudarnos a entender quienes somos y qué ocurre en nuestras vidas, mientras que a menudo, engañada por la propia visión y por una comprensión parcial, la mente termina por creer que está en el centro de todo.
Cada sensación subjetiva presupone un indicador importante: atracción o rechazo, bienestar o malestar... El saber obtenido a través de la percepción es muy diferente del conocer como proceso mental. Ignorando nuestras respuestas físicas, renunciamos también a la oportunidad de conocernos a través de un camino más accesible y puntual. El cuerpo está aquí, ahora, concreto, presente, vivo, sensible: si prestamos atención, nuestro organismo ofrece continuamente indicaciones profundas y precisas.
Usted a menudo habla de anatomía experiencial: ¿en qué consiste?
Es el estudio del cuerpo a partir de la observación y de la percepción directa de nuestra fisiología, y no a partir de esquemas mentales. Potencialmente y naturalmente somos capaces de sentir claramente cada parte de nuestro cuerpo. Solo se trata de «autorizarse» a percibir estas sensaciones.
La anatomía experiencial crea las condiciones para poder focalizar nuestra atención hacia el interior del cuerpo y nos pone a disposición las informaciones necesarias para que esta percepción pueda ocurrir. Es un modo de poner el funcionamiento de nuestro cuerpo en primer plano, para reconocer como cambia en relación a diversas situaciones.
Si el cuerpo es una fuente fundamental de información, ¿cómo podemos acceder a ella?
Sobre todo, pienso que es necesaria una condición de humildad. Si yo sé que mi cuerpo, además de disponer de información infinitamente más numerosa y precisa en relación a aquella de la que dispone mi mente, tiene cualidades instintivas e innatas de comprensión, intuición y elección de las prioridades, entonces asumo una actitud de respeto. Mi mente, en vez de tratar de cambiar mi cuerpo, para adaptarlo a sus ideas, se pone en una condición de escucha y colaboración.
El equívoco principal observado en los training de percepción corporal es que muchas veces se trata de desarrollar algo que no hay, de agregar algo que falta. En cambio, se trata más bien de quitar, de substraer algo que existe en exceso. Es solo un trabajo de substracción de lo que sobra y eso es la actividad mental, que distrae y hace ruido, impidiendo a las sensaciones corporales naturalmente presentes en cada ser humano, que puedan revelarse.
También los procesos totalmente naturales, como un embarazo o un parto, hoy se viven con desconfianza y temor. ¿Por qué tenemos tanto miedo al cuerpo y a la enfermedad?
Principalmente porque el cuerpo cambia continuamente y la mente, como tiene dificultad para seguirlo y para confiar en los procesos en curso, quiere controlar y congelar la situación.
Por ejemplo, un síntoma podría ser entendido como un intento del organismo para reorganizarse de un modo más completo y por lo tanto mejor. Sin embargo, en nuestra cultura, si bien existe el mito del cambio, también está la fobia de la enfermedad y de la crisis. Sin crisis, el cambio no es posible.
Y hay también otras dos ingenuidades de fondo. La primera es que la mente cree que existe solo aquello que puede ver directamente o que nace de su imaginación. La otra es que la mente piensa que es el elemento más refinado de nuestro organismo, y por lo tanto tiene dificultad en admitir que existe un nivel de gestión diferente en el mismo organismo, infinitamente más sofisticado y complejo que el suyo.
¿Cuál sería una posible más funcional en relación al cuerpo y a sus eventuales enfermedades?
Pienso en la curiosidad. Es fundamental no dar respuestas, sino generar preguntas y reflexiones. Para una persona enferma, el síntoma le ofrece también una oportunidad de aprender. Señala una zona poco conocida de sí mismo que puede ser indagada, un aspecto de sí que se tiene dificultad en reconocer, vivir y trasformar en realidad.
Tomar conciencia de los aspectos personales sobre los cuales la enfermedad llama la atención, lleva a que la persona se complete y, por lo tanto, a que se «cure».
¿Esta visión coincide con la de la medicina alternativa?
Depende. Entre los médicos que se definen como alternativos hay muchos que conciben el cuerpo de este modo, y entonces siguen aquello que el cuerpo hace para completar el proceso que él mismo ha iniciado. Hay otros que usan remedios naturales, pero en el fondo simplemente como un instrumento sofisticado para controlar la expresión de los síntomas. La clave no está tanto en el tipo de medicina, o en las técnicas que se emplean, sino en el modo en que se utilizan.
¿Qué le aconsejaría a una persona que tiene una enfermedad grave, por ejemplo un cáncer?
Por lo que he observado, las personas que inesperadamente se curan, incluso de situaciones graves, no son tanto aquellas que piensan en positivo, es decir aquellas que proclaman «le ganaré a mi enfermedad» y se olvidan de todo el resto. Son sobre todo aquellas que, independientemente de la terapia que adoptan o de las convicciones que tienen, pasan a través de una crisis tan profunda que al final no pueden continuar siendo las mismas que eran antes, ni siquiera queriéndolo.
En un experimento, ha sido demostrado que las personas que sienten una tristeza auténtica tienen el mismo incremento de eficacia en el sistema inmunitario que las personas que sienten una alegría profunda8. Existe la creencia de que la tristeza es negativa, que disminuye nuestras defensas, mientras que en cambio la verdadera diferencia no está dada por lo que se siente, por ejemplo, alegría o tristeza, sino entre el sentir y el no sentir.
¿Qué ocurre en el cuerpo si se practican técnicas corporales como por ejemplo el yoga o el taichí?
Cuando practicamos un trabajo físico exploramos otros aspectos de nosotros mismos. El modo en el cual una persona piensa después de haber practicado yoga, taichí, o alguna técnica análoga, cambia. El cuerpo reacciona constantemente a todo aquello que ocurre a su alrededor: el espacio en el que vive, las personas que lo rodean, el modo en el que usa el lenguaje, la postura corporal... Cualquier cambio que ocurra en una de estas áreas se refleja tanto en el cuerpo como en nuestro estado interior.
El peligro es que, cuando se conoce muy bien una técnica, la persona aprende a usarla para evitar entrar en ciertas partes de sí misma. Por ejemplo, para reducir la ansiedad sin escuchar aquello que la ansiedad puede estar indicando. En estos casos, se usa la técnica para controlar en vez de para descubrir. En general, cuanto más se conoce una práctica, corporal o psicológica, más fácil resulta utilizarla para evitar cambiar. Un poco como la persona que, habiendo hecho psicoanálisis por muchos años, utiliza los instrumentos mentales que esta le ha proveído para rechazar cadafeedback que recibe de los otros atacando a quien se lo ofrece y así convertirse en una especie de máquina de guerra, en vez de profundizar el conocimiento de sí mismo poniéndose con regularidad en discusión.
¿La forma del cuerpo puede responder a modelos de conducta o de pensamiento?
Nuestra estructura corporal y las tendencias psicológicas que manifestamos no son casuales. Por ejemplo, la persona que para vivir adopta inconscientemente una estrategia de necesidad y de dependencia tiene un cuerpo que es sensible, pero le falta potencia. Mientras que aquella persona que está más centrada en la acción muestra un cuerpo más atlético, pero también más rígido. En la práctica vemos que, según nuestra personalidad, podemos dar expresión a algunos aspectos de nuestro ser, mientras que otros quedan en la sombra. La historia cultural y familiar influye en el modo en el que la persona se plantea y se crea una imagen de sí misma, que a su vez determina su metabolismo, sus gustos y su actitud en general.
Pocas personas aceptan y aprecian en serio el propio cuerpo. ¿Cuáles piensa que son las consecuencias?
El riesgo principal es entrar en un círculo vicioso: cuanto menos me gusta, más tomo distancia y menos me cuido con la alimentación, la actividad física, etc. y todavía menos me gusta mi cuerpo. Por ejemplo, cuando una persona corre todos los días pendiente de un cronómetro, el exceso de esfuerzo lo aleja de la experiencia del cuerpo. Más me esfuerzo y menos siento mi cuerpo. Menos siento mi cuerpo y más puedo esforzarme. Por otro lado, más siento mi cuerpo, menos me esfuerzo y más siento placer.
Más siento placer y más siento mi cuerpo. Más siento mi cuerpo y me encarno en él, más fácilmente siento aquello queme hace bien y aquello que me perjudica. De esta manera, me relaciono con otras personas con todo mi cuerpo, regulo mi modo de comer, de moverme, pongo atención en mi espacio. Así, el cuerpo se vuelve más sensible, armónico y agradable. Sentimos placer porque, en este caso, cuerpo y alma se acercan.
¿Cómo sería una relación ideal con el propio cuerpo?
Si se pudiese medir un valor absoluto en este sentido, no tendría ninguna importancia porque aquello que realmente cuenta no es el hipotético nivel desde el cual se parte, sino en qué dirección se quiere ir. La persona que siente un claro interés por la relación con el propio cuerpo no lo hace tanto por una capacidad mayor de ser cuerpo que otras personas, sino de percibir su importancia. Porque, en el fondo, cada uno de nosotros se dedica sobre todo a aquello que siente la necesidad de obtener, más que al potencial expresado.
¿Es necesario mucho tiempo para desarrollar una buena relación con el propio cuerpo?
No, la verdad es que no. Es muy placentero y frecuente comprobar que (apenas se dan condiciones que faciliten la escucha) la percepción física interior de muchas personas que encuentro o con quienes trabajo surge espontáneamente, a veces de forma más profunda y precisa, que aquellos que le han dedicado toda la vida a esto.
Advertencia
Mientras que en el Extremo Oriente existía, en el pasado, una clara distinción entre las técnicas corporales «internas» (basadas en la escucha interior, como por ejemplo el taichí) y aquellas «externas» (como por ejemplo el karate, que tiene modalidades y sobre todo finalidades distintas), ahora tal distinción no está nada clara. Incluso prácticas de origen oriental, como el yoga, pueden ser desarrolladas según modalidades opuestas. Las técnicas de movimiento y las terapias corporales a las que este texto se refiere como «avanzadas» o «sofisticadas» son aquellas basadas en la escucha interna (propiocepción). Por motivos obvios de comprensibilidad, hemos citado como ejemplos solo las técnicas cuyo nombre es más conocido y difundido, pero esto no significa que enfoques menos populares entre el gran público no puedan tener una profundidad aún mayor. En realidad, cuando una práctica cualquiera (no solo corporal, sino también, por ejemplo, artística) nace de sensaciones internas, resulta tan auténticamente individual que mantiene, a veces, un nombre convencional únicamente por motivos de reconocimiento externo. Por lo tanto nos disculpamos con todos aquellos cuyo trabajo no se pudo mencionar en un contexto tan divulgativo, con la intención, sin embargo, de haberlos representados en cuanto al contenido de su operar.
Mis ideas, mis principios fundamentales derivan de estas experiencias.
Primero he realizado las observaciones
y solo después he organizado mis juicios.
CARL G. JUNG
El concepto de ser cuerpo está estrechamente ligado a la posibilidad de poder conocer y sentir el cuerpo desde el interior, y no solo desde el exterior. Por mucho que pueda parecer obvia esta afirmación, la idea de una anatomía sentida y vivida es, aún hoy, excluida de casi todos los ámbitos donde el cuerpo tiene un rol central: en la formación médica y en las varias terapias, en la práctica de la mayor parte de las técnicas corporales, en los deportes, en ambientes artísticos como los de la música, de la danza o del teatro, etc.
Cuando se estudia anatomía de manera clásica nunca se experimenta directamente desde el interior, sino a través de intermediarios: libros, modelos, textos e imágenes.
Después de haberse graduado en medicina, cualquier joven médico puede explicar exactamente la estructura de un hígado, ilustrar sus funciones y las interrelaciones con otros órganos. Sin embargo, casi nadie se ocupa del hecho que el hígado puede también ser sentido como experiencia viva y actual.
A nivel cultural, es interesante notar cómo este aspecto está completamente ignorado, y con ello también la posibilidad de tomar conciencia de aquello a lo que involuntariamente se está renunciando. Es como si la anatomía experiencial representase la cara olvidada de la anatomía cognitiva. No es casualidad que los romanos utilizaran dos verbos para expresar el concepto de «saber»: cognosco y sapio; el primero se refería sobre todo a una comprensión intelectual, mientras que el segundo provenía de la raíz que significa «saborear, degustar». En realidad, aunque los dos aspectos sean complementarios y no se excluyan recíprocamente, a las disciplinas que degusta la anatomía, como por ejemplo la danza, les falta un referente cognitivo sistemático y, a la inversa, a la anatomía entendida tradicionalmente le falta el sabor.
Tomar conciencia realmente de que cada componente anatómico está presente en el cuerpo y de que, siendo este algo vivo, pueden ser accesibles por vía experiencial, representa para quien logra capturar sus diversas implicaciones una profunda revolución en el modo de pensarse a sí mismo. Si se considera, de hecho, que focalizando de modo distinto la atención hacia el interior del cuerpo cambia también el estado de la conciencia, el modo de pensar, el nivel de percepción, la calidad del movimiento, de la voz y de la respiración, se pueden entrever algunas de las múltiples posibilidades que se platean con esta exploración.
Consecuentemente, es posible re-explorar sistemáticamente el cuerpo y verificar los enunciados de la anatomía cognitiva a la luz de los elementos aportados por la anatomía experiencial.
Nosotros aprendemos a pensar a través de todo lo que tenemos a disposición, y por lo tanto también a través de nuestro cuerpo. Cuando algunas partes del cuerpo son poco escuchadas y poco conocidas, no son libres de moverse como podrían por su propia naturaleza. Así, no solo se limita nuestra funcionalidad física, sino que se limita también nuestra funcionalidad psíquica. Si, por ejemplo, limitamos la funcionalidad de la tibia y del peroné (los dos huesos que están entre la rodilla y el tobillo) porque los utilizamos como si fuesen un único hueso, tendremos limitaciones también a nivel de pensamiento, de relación emotiva con los otros, de percepción de la realidad y del espacio. Para un atleta o una bailarina esto puede significar moverse de una manera completamente distinta, sin embargo para todos significa modificar el modo de pensar propio y de relacionarse.
Cuando, en cambio, se relaja la membrana interósea que se encuentra entre la tibia y el peroné y, por lo tanto, estos son libres de moverse independientemente uno del otro, eso permite una gran estabilidad física. Como si en el interior de cada pierna hubiese otras dos piernas que con su interacción hiciesen posible poder estar en equilibrio sobre una pierna sola. Pero la percepción inconsciente de la estabilidad física es también la base de la estabilidad mental, por el profundo e inconsciente sentido de seguridad y confianza en uno mismo que tal condición provoca.
Algunas historias pertenecen únicamente a ciertos cuerpos, y con un trabajo de percepción corporal no cambia solo la fisiología, sino también el nivel simbólico, fantástico y psicológico de quien lo experimenta.
Los procesos psíquicos, en esencia, son simbólicos y el hecho de que el simbolismo, esté profundamente enraizado en el cuerpo hace que el estado de este último determine la emergencia de un tipo específico de simbolismo. Si, por ejemplo, activamos los músculos rotadores, no se activa solo un específico componente anatómico, sino también nuestro aspecto sensual, dionisíaco y afrodisíaco. No es causalidad que Dionisio y Afrodita estén siempre representados en una condición de torsión.
