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Según el Consejo Internacional de Enfermería, el desempeño de la enfermería "abarca los cuidados, autónomos y en colaboración, que se prestan a las personas de todas las edades, familias, grupos y comunidades, enfermos o sanos, en todos los contextos, e incluye la promoción de la salud, la prevención de la enfermedad, y los cuidados de los enfermos, discapacitados, y personas moribundas. Funciones esenciales de la enfermería son la defensa, el fomento de un entorno seguro, la investigación, la participación en la política de salud y en la gestión de los pacientes y los sistemas de salud, y la formación". Vale la pena leer estas líneas con todo detenimiento ya que revelan el papel fundamental de esta función de forma que, si bien el diagnóstico del médico es imprescindible, el día a día, todo el cuidado físico y anímico del paciente ―fundamental en la atención hospitalaria―, recae en esos cuidadores anónimos que lo atienden, de forma que su labor es el eslabón imprescindible de todo equipo sanitario. En este libro, diez enfermeras y un enfermero de distintas áreas toman la palabra invitándoles a conocer el quehacer diario de la enfermería, repleto de historias profundamente conmovedoras, tanto desde la perspectiva del paciente como de la de sus cuidadores. "Todo paciente ―afirman sin dudar todos estos testimonios― es ante todo un ser humano".
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Seitenzahl: 189
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Ser enfermera
Susana Frouchtmann
(compiladora)
Primera edición en esta colección: septiembre de 2011
© Susana Frouchtmann, 2011
© del prólogo, Santiago Dexeus, 2011
© del epílogo, Marta Corachán, 2011
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2011
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-18285-32-5
Diseño de cubierta: Jesús Coto
Fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
La profesión médica ha sido siempre catalogada como VOCACIONAL.
Esta afirmación me ha parecido, como mínimo, poco razonada. Sé que es difícil justificar mi punto de vista porque, inmediatamente, levanta una ola de protestas entre los románticos de la profesión sanitaria que no quieren aceptar lo que ocurre en el ejercicio diario de la sanidad y porque es desmotivador de cualquier juvenil vocación.
Llama la atención que cuando se habla de vocación, solo se tiene en cuenta al médico, como si todavía no hubieran transcurrido más de doscientos años desde la implantación del concepto de SANIDAD, que refleja mucho mejor la realidad del ejercicio profesional, que es una labor de equipo en la que estamos incluidos todos los trabajadores de la sanidad con responsabilidad al cuidado de los enfermos… y desde luego enfermeras y enfermeros.
Por lo tanto, cuando unos orgullosos padres de su retoño afirman, con incontenible admiración, que tiene una gran vocación «pues desde pequeño disecaba indefensos insectos o animales…» no puedo reprimir el recordarles que quizá sería mejor orientarlo hacia un oficio más acorde con aquella temprana inclinación, tal como carnicero o taxidermista, y desde luego les recomendaría que frenaran las tendencias crueles de su joven hijo, orientándolas hacia un respeto por toda criatura de nuestro entorno. Pero este ya es otro discurso y debo centrarme en mi aparente provocación, cuestionando el impulso vocacional.
Mi experiencia de muchos años enseñando a residentes de Ginecología e impartiendo clases a los alumnos de Medicina, me permite afirmar que la cacareada vocación generalmente responde a un sentimiento de admiración hacia una persona determinada, real o de ficción, o a un puro reflejo, perfectamente conocido en el mundo publicitario, que motiva al «espectador» a consumir un determinado producto. En el caso que nos ocupa, sería el de la enfermera abnegada o heroica capaz de las más humanitarias hazañas.
A veces las razones son mucho más prosaicas y se escoge la Enfermería porque se considera una carrera que tiene porvenir y en momentos como los actuales, en que el paro juvenil es dramático, elegir una carrera que tenga una cierta seguridad de empleo inmediato, sea en nuestro país o en el extranjero, es un factor decisorio.
La vocación sanitaria se adquiere a medida que se progresa en los estudios, siempre y cuando se tenga la suerte de recibir las enseñanzas de un profesorado competente, vocacional y con aptitudes didácticas. Durante la licenciatura, quise ser endocrinólogo, porque me sedujo la abnegación de un profesor; luego fue la Dermatología, pues las excelentes clases del catedrático eran una auténtica obra maestra. También tuve suerte con el profesor de Cirugía y, a pesar de que no pisé un quirófano en los tres años que duraba la asignatura, sus clases eran magistrales. Pero mi verdadera vocación llegó con el ejemplo de mi padre, infatigable profesional, que no solo me enseñó la especialidad sino también el comportamiento ético que debe presidir cualquier actividad sanitaria. En sus sesiones clínicas no dejaba de recordarnos la necesidad del estudio. Para el médico, decía, no existe la fatiga y todos los días debe informarse, proseguir en su formación continuada.
Durante los años que impartí la asignatura de Obstetricia y Ginecología en la Escuela de Enfermería de Santa Madrona eludí, sistemáticamente, el puro mecanicismo que relegaba al personal de enfermería a comportarse como autómatas, sin apenas conocimiento alguno del porqué de su actividad cotidiana. El último año que impartí el curso, lo simultaneé con los alumnos de Medicina. El examen final de ambos colectivos tenía un 50% de preguntas comunes y puedo asegurarles que las enfermeras fueron muy superiores en sus atinadas respuestas a los aprendices de médico. Para estos, la Ginecología era una asignatura «maría», es decir, poco importante; para las enfermeras, al final de sus estudios y plenamente motivadas, era un eslabón importante que las acercaba al cumplimiento de una vocación que se estaba consolidando.
Pero no todo es un camino de rosas en el ejercicio profesional. La primera decepción que suele surgir, es la de constatar la relativa incomunicación existente entre el médico y el personal de enfermería. La labor de la enfermera en el control de los pacientes ingresados es de primordial importancia. El cirujano que se precie como tal consultará siempre las anotaciones o los comentarios de enfermería. No solo se trata de controlar el débito de un drenaje o de cualquier otro signo clínico, sino que la enfermera será un observador privilegiado, o quizás único, del estado anímico del paciente, tan importante en el proceso de curación.
Personalmente puedo asegurar que siempre he tenido a gala ocuparme no solo de tratar la enfermedad, sino a la persona enferma. Este intento a veces es difícil de cumplir, pues, así como el paciente jamás miente en cuanto a sus dolencias físicas, en no pocas ocasiones, no manifiesta u oculta su problemática personal, por considerarla como algo independiente de su alteración orgánica.
Es la enfermera la que, en su constante observación del paciente, nos advierte de situaciones de estrés psíquico que pasan desapercibidas a la rápida consulta médica de la planta de internados.
Lógicamente el ejercicio de la Medicina, en cualquiera de sus estructuras sanitarias, puede constituirse en un factor potenciador y gratificador de nuestra vocación, completando nuestra realización personal o… desgraciadamente, la infraestructura sanitaria burocratizada o tecnocratizada podría convertirnos a todos los que hemos escogido esta maravillosa profesión que es el servicio a la humanidad que sufre, en simples funcionarios de la salud. Si esto ocurre,
recomiendo vivamente que abandonen la profesión y dirijan sus esfuerzos laborales hacia otros fines que, probablemente, serán incluso más lucrativos. Pero si su vocación se reafirma día a día, no contarán ni la falta de sueño, ni las guardias agotadoras, ni la comparación con otras profesiones más confortables y mejor pagadas, porque nuestra única retribución será el agradecimiento del paciente.
Este libro trata precisamente de la belleza de la Medicina, que debe ser una ciencia pero también es un arte y para conseguir la creatividad hay que amar. El ejercicio de la Medicina es, en síntesis, un ejercicio de amor.
PROF. SANTIAGO DEXEUS
Clínica Tres Torres, Barcelona
Me gustaría empezar esta introducción diciéndole al lector que este libro fue idea mía, pero no es así: un día me llamó Jordi Nadal, director y editor de Plataforma, con quien había publicado mi primer libro, Mi cáncer y yo, proponiéndome escribir Ser enfermera. Para ello tendría que entrevistar a algunas profesionales sanitarias de diversas áreas e intentar reflejar el cometido de estas personas cuya labor, en general, queda medio oculta tras la imponente figura del médico. Entrevistar es el género periodístico que más me gusta y en el que soy incansable con el entrevistado, así que con esta premisa, más mi familiaridad con el mundo de la Medicina, por ser hija y nieta de médicos, acepté el encargo y empecé este viaje, porque cada libro lo es. Unos, en verdad, porque hablan de otros países; otros, de personas, y cada persona es un gran viaje hacia lo más profundo del ser humano. Tras muchas entrevistas en mi vida profesional, puedo asegurarles que es así. Lo que no llegué ni a imaginar es que acabaría cautivada de cada una de las once personas entrevistadas. Un encantamiento que no era inmediato porque, mientras hago entrevistas, siempre intento quedarme no solo con cada palabra, sino con cada gesto del entrevistado, lo cual hace que invariablemente salga algo aturdida y, sobre todo, repleta de palabras y sensaciones, lo que hace que acto seguido precise distancia para ver claro (como en todo sortilegio, en suma). Pero cuando me sentaba en mi ordenador a pasar estas conversaciones, sentía no volver a tener a Carme, a Neus, a Assumpta… a cualquiera de ellas delante, porque todas las protagonistas de este libro hacen el mundo mejor. Y lo hacen desde la singularidad de su esencia, de su carácter, de su edad… pero hay algunos factores que son comunes en todas:
Los pacientes ante todo son personas.
Los cuidados que les procuran son físicos, pero también anímicos.
Atender a la familia es una parte fundamental e indisociable de su cometido.
La muerte forma parte de la vida y cada una de ellas la acepta, aunque a veces lleven la de algún paciente varios días a cuestas.
Todas son tan próximas como lejanas. Han tenido que aprender a serlo para poder ejercer su profesión sin desmontarse y poder llevar, asimismo, una vida personal gratificante.
Cuidar, ayudar, es un privilegio.
Empecé entrevistando a Anna Negre, enfermera de Oncología infantil, quien vive feliz al lado de estos niños, sea el que sea su pronóstico y su tiempo de vida. «Yo no vivo la muerte de un niño como una derrota porque todos hemos peleado, entregado y dado al máximo», dice Anna. En su capítulo explica cómo es su día a día con cada niño pero también con sus padres. Un capítulo que, como otros, puede parecer duro pero ¡hay tanta ternura y entrega en cada línea!
Pero no todas las enfermeras sienten la vocación desde niñas, como fue el caso de Anna Negre, ni siquiera más tarde. Para Carme Fabra, a quien le gustaban las letras y que estudió Filología Catalana, durante un tiempo, la sanidad fue un recurso con el que ganarse la vida. Pero cuando finalmente podía ejercer como filóloga, el mundo de la sanidad y el cuidado de las personas la habían enganchado totalmente. En sus propias palabras: «Para entonces, el contacto humano que procura mi profesión ya me había tocado muy hondo. Me seguían gustando las letras y leer, pero un enfermo al que cuidar es un privilegio al que no quería renunciar…»; extraído del capítulo «Por qué quise ser enfermera».
En «Por qué quiero ser enfermera», Neus Prat, quien este año acabará la carrera, nos muestra la vocación desde niña; una vocación en la que la influencia de su madre, enfermera en un geriátrico, no ha sido ajena. En sus prácticas durante la carrera, Neus ha estado en Oncología, Cardiología, Medicina Interna-Infecciosos, Urgencias… Todavía no ha decidido la unidad en la que le gustaría trabajar, pero no duda en afirmar: «Cuando empecé me seguía interesando mucho la residencia geriátrica y, en concreto, la Salud Mental porque como auxiliar atendí a muchos con senilidad, esquizofrenia, Alzheimer… Me gustaban mucho. Los adoraba». Los adoraba. No queda nada por añadir ni aclarar.
Aroa López, quien, con treinta y un años, está en Urgencias nivel 2, el más grave, no lo tuvo tan claro como Neus. La recuerdo como una moto: joven, llena de vida y de optimismo, pero con los pies bien asentados en la tierra. «Saber gestionar el sufrimiento forma parte de tu profesión, pero has de saber involucrarte sin que te afecte de manera negativa porque si el paciente muere, has de auxiliar a la familia en todo lo que puedas», dice Aroa.
Silvia Garrido, enfermera en el Centro de Atención Primaria de El Pont de Suert, un pequeño pueblo de los Pirineos, vive feliz lejos de la ciudad porque le proporciona calidad de vida y más proximidad con los enfermos con los que cada día se cruza por la calle. Pero esta vida idílica contrasta con la realidad cuando alguno enferma gravemente porque como la propia Silvia dice: «En los pueblos hay calidad de vida, humanidad, calor, más tiempo para nosotros y nuestras familias, pero tenemos que estar muy sanos».
Assumpta Tries, enfermera de Cuidados Paliativos a domicilio, estudió artes plásticas, tuvo un taller de cerámica… hasta que decidió que quería hacer un trabajo que le permitiera viajar y conocer otras culturas. Con este punto de partida, ¿se puede desarrollar una gran vocación y asistir nada menos que al último tramo de vida? Assumpta lo hizo y lleva a cabo su trabajo con una profundidad y una humanidad conmovedoras; y nunca habla de los que se mueren, sino de «los que se van», «porque hay que entender la muerte como una dimensión más de la persona».
Mercè Cámara trabaja como enfermera en el Hospital Clínic de Barcelona, pero en su capítulo nos habla de su labor como enfermera cooperante, un trabajo muy diverso de su día a día habitual y por el que se ha desplazado a Camerún y Ecuador. Una experiencia que repetirá tan pronto pueda porque asegura que en estos desplazamientos ha recibido y aprendido mucho más de lo que ella ha dado. De forma que al regresar de su primer viaje a Camerún, comprendió que no solo tenía el privilegio de trabajar en la labor que más le gusta, sino que en España lo hacía con muchos más medios de los que incluso se necesita. Y, como ser humano, aprendió «a saborear la paciencia porque me la mostraron como parte de sus vidas… Me mostraron la filosofía con la que viven: “Todo lo que ocurre forma parte del vivir, es la vida”». Y Mercè asegura que no pasa ni un solo día en el que no piense en volver a cooperar.
De Sílvia Graell, directora a los treinta y tres años de un centro geriátrico, obviamente, lo primero que me sorprendió fue su juventud para semejante cometido. Pero Sílvia tiene una cabeza tan clara y resolutiva, que incluso puedes llegar a pensar que es expeditiva hasta que la escuchas decir: «Los ancianos me producen ternura, especialmente desde que fui madre hace dos años. Asocio la fragilidad de los niños con la de los ancianos…». Y más. Como comprobarán.
María José Coll es comadrona y, por tanto, está en una unidad esencialmente placentera y dichosa, aunque no por ello repleta de vivencias muy diversas, en las que ahora hay que contar con las nuevas estructuras familiares o la circunstancia de la madre soltera. En cualquier caso, María José asegura que no hay nada tan maravilloso como ver nacer una vida.
Jordi Quílez, especializado en Salud Mental, es el único hombre de este libro. Alguien puede pensar que ello se debe a que se trata de una especialidad más propia de hombres, pero Jordi no escogió su destino: lo hizo su tutora porque vio en él cualidades para estar con estas personas a quienes tantos marginan porque su dolencia «no se ve». Y no se equivocaba su tutora: de estos pacientes, Jordi dice que «le aportaban la posibilidad de ayudar a los demás y aliviar su sufrimiento, un sufrimiento muy solitario». Y él quiere estar a su lado.
Laura López es supervisora de planta en el Hospital de Sant Pau de Barcelona. Hasta llegar a esta responsabilidad, hay todo un recorrido vocacional que descubrió ya siendo niña. Así que hizo toda la carrera con metas muy definidas y pasando por varias unidades en las que adquirió experiencia para, en lo posible, mejorar la atención al paciente a través de la gestión. ¿Ha olvidado el factor humano en este empeño que con frecuencia no deja de ser muy burocrático? Sin duda, no; por algo asegura: «Lo más difícil es gestionar el sufrimiento de la familia; dejar que se expresen respetando sus límites que, para cada cual, son diferentes. Ese es el trabajo de una enfermera. Y que el paciente no sufra».
En esta nueva edición de Ser enfermera, proyectada en plena pandemia de la COVID-19, se hizo evidente la necesidad de añadir un nuevo capítulo con una sanitaria que hubiera trabajado en primera fila de lo que está siendo una lucha gigantesca y planetaria para la que, hoy en día, no hay un fármaco ni tampoco una vacuna. Eva Fainé Nadal, enfermera de cuidados intensivos (UCI) del Hospital General de Granollers, con un importante bagaje en su trayectoria tras más de veinte años de profesión, aporta un testimonio tan valiente como emotivo y realista. El virus sigue extendiéndose mientras algunos, con su conducta irresponsable, parecen ignorar que, aunque tal vez a ellos la enfermedad apenas les afecte, pueden trasmitirlo a sus padres, abuelos y también a sus amigos. En nombre de los sanitarios que siguen luchando a riesgo de su propia vida, Eva solo pide sensatez y respeto. Se trata de recuperar cuanto antes nuestra vida, condicionada, por ahora, a que la COVID-19 no campe de nuevo a sus anchas en deterioro no solo de nuestra salud, sino también de nuestra economía y del futuro de nuestros hijos. Si tras esta pandemia no nos damos cuenta de que los valores «eran y son» otros, es que, cuando la sociedad empezó a perder el norte, lo perdió todo.
SUSANA FROUCHTMANN
Hay enfermeras que nunca dudaron qué querían ser. Otras llegan a esta profesión por otros caminos. Personalmente me parece que dudar, desandar caminos para buscar otros, no indica menos vocación una vez encontrada. Hay quien tarda años. No importa, ¿acaso la vida no es un gran viaje interior? Lo que importa es llegar y ser feliz con el hallazgo. Conozco personas que no han encontrado su sitio en el mundo hasta bien entrada la madurez; y también quien no lo encuentra nunca, tal vez porque, incrédulos, desistieron. Pienso que eso no hay que hacerlo jamás en nada. Solo nos está concedida una vida.
Carme Fabra (Barcelona, 1955), amante de las letras, quería ser filóloga y estudió Filología Catalana. Pero eran familia numerosa y no podía permitirse estudiar sin aportar nada a la economía familiar. En este momento, hubiera podido encontrar algún ingreso con sus estudios, pero el catalán de la posguerra no era lo que se dice una buena herramienta con la que conseguir un salario. Por iniciativa de sus padres, Carme empezó a trabajar por las tardes en el ambulatorio de Cornellà de Llobregat como Auxiliar de Enfermería. Para tal empeño, entonces no hacía falta titulación alguna y la condición normal de la mujer era cuidar. Carme se casó con un químico, acabó la carrera y empezó a trabajar por las mañanas como filóloga en la Escuela Lluís Vives y por las tardes continuó en el ambulatorio. Cuando nació su primer hijo, pudo continuar trabajando en los dos sitios gracias a la ayuda de su madre y de sus abuelas. Eran otros tiempos para la mujer, la cual, una vez había contraído matrimonio solía quedarse en casa y, además, Carme no solo tenía una relación de clan con su familia, sino también con los vecinos del barrio. Algo posible entonces. Dos años después, la empresa multinacional para la que trabajaba su marido le ofreció a éste un puesto en Barbastro, y en Huesca la única opción profesional para Carme no era como profesora de catalán, sino como Auxiliar de Enfermería, para lo que pidió el traslado al hospital de la ciudad oscense. Al final, el matrimonio se quedó ocho años en Barbastro, donde nació su hijo menor, al tiempo que Carme se titulaba como Auxiliar de Enfermería. De nuevo llegó otro traslado para su marido. Esta vez a Barendrecht, Holanda. Y a Carme no le quedó más remedio que pedir una excedencia. Pero, una vez ubicada en el nuevo destino, pensó que para una mejor integración, era necesario incorporarse en algún colectivo, para lo que empezó a colaborar en el geriátrico local, esencialmente haciendo compañía, aunque pronto acabó trabajando unas horas como auxiliar. El primer año fue duro; no por los ancianos, no por ayudarles en el aseo o lavándolos directamente, sino porque no conocía el idioma, que no tardó en aprender. Dice que pasó tres años estupendos tras los que llegó el regreso a España en 1993. Esta vez el destino era Tarragona, donde Carme pidió el reingreso como auxiliar.
–Pues era el momento y lugar para retomar Filología Catalana.
–No, ya no era posible. Para entonces el contacto humano que procura mi profesión ya me había tocado muy hondo. Me seguían gustando las letras y leer, pero un enfermo al que cuidar es un privilegio al que no quería renunciar, es más, me matriculé en la Escuela de Enfermería. El primer año suspendí dos asignaturas: Estadística y Bioquímica. Trabajaba, tenía dos hijos, llevaba la casa… era mucha carga pero mi marido me impulsó a continuar, me apoyó y ayudó en todo; los dos cursos siguientes los hice con notas muy brillantes. Cuando acabé gané una plaza en el Hospital Juan XXIII de Tarragona y entré en la planta de Cirugía Vascular y Urología. Me gusta mucho el enfermo vascular justamente porque precisa muchos cuidados.
–Por lo que sé, son curas bastante duras.
–Con las isquemias graves se necrosan las extremidades: primero los pies, luego las piernas… porque muere el tejido. Son curas contra natura porque no están bien irrigados. Suelen ser enfermos crónicos que empiezan con pequeñas lesiones que van empeorando. Cuando era auxiliar, un enfermo vascular de unos cincuenta y tantos años tenía una isquemia tan agresiva que le cortaron las dos piernas. Las heridas no cicatrizaban y olían; entrábamos con mascarilla y entras y aguantas por vocación y por respeto. En este caso además, él era consciente de su deterioro. Algunos llegan a este punto de degradación porque son diabéticos pero el resto, en general, es por malos hábitos.
