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Este es el primer libro realizado en Chile del fotógrafo Sergio Larraín, el libro está dividido en tres cuerpos, el primero contiene una exhaustiva investigación biográfica de Sergio Larraín, su historia, el contexto social, político y cultural de Chile de los 60 y 70. Para esta biografía se realizaron una serie de entrevistas tanto a familiares como amigos del fotógrafo. La segunda línea investigativa se desarrolla en el trabajo fotográfico documental realizado por Sergio Larraín en las revistas O Cruzeiro, Agencia Magnum, revista Paula, y otras de América Latina y Europa. Además esta investigación es ampliada con un estudio sobre las publicaciones que él realizó de sus fotografías en libros de su propia autoría y en conjunto con otros artistas. Finalmente el libro incluye trece fotografías de Sergio Larraín.
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Veröffentlichungsjahr: 2015
Este libro emana del trabajo de investigación realizado en el marco del proyecto Fondecyt Nº 1110385
«Representación fotográfica e imaginarios visuales en Chile: 1840-2000».
ISBN: 978-956-8415-48-8
Registro de la Propiedad Intelectual Nº 216.946
Imagen de portada: Retrato de Sergio Larraín, Luis Poirot, Ovalle, 1998.
Diagramación y corrección de estilo: Antonio Leiva
Diseño de portada: Carola Undurraga
Impreso por Salesianos Impresores S.A.
© ediciones / metales pesados
© Gonzalo Leiva Quijada
© Fotografías páginas 133-151, Magnum Photos
© Fotografías páginas 153-157, Colección de Alejandro de la Fuente
www.metalespesados.cl
José Miguel de la Barra 460
Teléfono: (56-2) 632 89 26
Santiago de Chile, junio de 2012
Gonzalo Leiva Quijada
Sergio Larraín
Biografía / estética / fotografía
«La mirada de Larraín: un espejo arborescente».
Roberto Bolaño
Un verdadero enigma se disipa en medio de los cerros al interior de Ovalle. Al pie del majestuoso cordón cordillerano de los Andes, al final de una huella rutera, aparece Tulahuén. En este, uno de los últimos villorrios antes del portento andino, en un callejón ciego, encontramos la sencilla morada de una leyenda, un chileno reconocido y admirado en lejanos países que, desde la paz y la fuerza reparadora de la meditación, miró deslizarse los meandros de vida tal como el agua del riachuelo cercano: sin premuras ni aflicciones.
Con sencilla ropa y una tímida sonrisa nos invita a pasar a su espacio de intimidad. Tras unos instantes en que la formalidad cede lugar a la confianza, las observaciones agudas van dando paso al diálogo sobre las grandes verdades que le conmovían: huella lumínica, paz interior, quietud del alma. Son estas sensibles conquistas las que vigilaba con celo. Y es que tras años de búsqueda espiritual, él se cuidaba de no contaminar con falsas expectativas estos inmejorables frutos, trascendentes logros de un estado con marcados desprendimientos y arduos trabajos de exégesis y contemplación. Cuando no de dolor e incluso temor entre sus cercanos.
En esta suerte de abandono del mundo, teniendo como marco telúrico un territorio tan arrebatadoramente bello como árido, quedan sus propuestas vitales, abiertas al fragor del viento y a la luz del entendimiento. Lejanos quedaron ya sus posiciones estéticas, sus juicios iniciales sobre la imagen fotográfica, que tantas inquietudes provocaron y que aún siguen dando que hablar, pues se ubican en el centro de la «recta fotografía», fotografía de conquista y emancipación de la mirada.1Y aunque lejano se encuentra el tiempo en que se enunciaron, aún se escuchan sus ecos: «Es en mi interior que busco las fotografías cuando con la cámara en la mano paseo la vista por fuera. Puedo solidificar ese mundo de fantasmas cuando encuentro algo que tiene resonancia en mí».2
De este modo, el murmullo interior posibilitó las «imágenes mágicas» de Larraín: silenciosas apariciones plasmadas de poesía, y es que sus fotografías logran traspasar los correlatos exteriores con los de su interioridad, provocando acosos y transfiguraciones de los referentes. ¿Acaso es posible realizar esta unión cognitiva sin ser tildado de modernista?, ¿es practicable mantener la originalidad de la mirada prístina?, ¿es posible un cauce exultante del ojo poético como ejercicio de límites?
Hoy miramos al interior del fuego, descifrando los motivos que organizan la percepción del maestro fotógrafo. Claramente «solidificar fantasmas» es una contradicción, pero sabemos que el demiurgo supera antinomias y contradicciones con su producción creativa. La recta fotografía requirió intuición y osadía.
Ahora, el solo restañar de las llamas nos reencauza. Pues ¿qué restaura nuestra imaginación al recurrir a las imágenes arborescentes de Larraín?, ¿solo ilusiones pasajeras?, ¿por qué la constante de sus sombras invisibles y fantasmales en sus imágenes fotográficas?
El fuego es arborescente, atiza nuestra mente con su incandescencia y su frágil forma translúcida y se instala al medio de la contemplación de sus instantáneas.
Así, las imágenes construidas por Sergio Larraín en su período de fotógrafo intuitivo se formulan en un gran ceremonial iniciático. Al centro de su producción visual está el fuego en que rituales sagrados elevan los misterios desde el interior del creador hacia el exterior: al conocimiento y goce de todos. Así, el fuego elevado constituye un discurso ardiente que desencadena en nosotros una observación hipnótica.3Es justamente en la seducción del fuego donde encontramos la grandeza de su esfuerzo, al mismo tiempo que su autodestrucción. Así, nuestras fantasías chocan con la belleza encarnada en las ígneas imágenes que irradian calor, antorchas que se encienden pero que al asomar la aurora se consumen en cenizas.
La inflamación densa del centro del fuego expira por combustión, energía de vida que se va degradando hasta extinguirse. Una metáfora perfecta, como los fantasmas del imaginario subjetivo de Larraín, concentrando en sí los goznes que unen la vida y la muerte, ideario de la intuición del fotógrafo que pone en acción valores del inconsciente para mantener en las cenizas y al abrigo el fuego del mañana.
La subjetividad interior recoge los ecos de una tensión desplazada que se va posando sobre esos fantasmas transformados en íconos. Es la acción de lacámara en la mano y en particular el gesto del dedo al obturar los que hacen la solemne señal del acto fotográfico más preciado. Definitivamente, la mayorafirmación fotográfica en Sergio Larraín no se hace con la mirada. Es un actolitúrgico del cuerpo completo donde la percepción y especialmente el brazo y eldedo que captura son ejes que establecen una nueva epistemología: construcción patente de la realidad desde la reverberación interior que se ubica en los límites corporales de las manos. El rectángulo es el espacio de creación; el instrumento medial la cámara; el gesto es acción kinésica del cuerpo tensado, activo.
El resultado son sus imágenes en exposiciones, libros, reportajes en revistas, la emergencia epifánica de las visiones, a modo de expresiones gráficas patentes que transfieren realidad convertida desde las llamas restauradoras.
El creador fotográfico convoca como un mago los torrentes de locuciones visuales, dando un sentido vital y afectivo, entregando fuerzas al mundo que construye. Con un gesto direccionado, el fotógrafo Sergio Larraín, creador de temporalidades personales, toma la cámara y busca los fantasmas aludidos. De una manera constante, sus clichés van mostrando en guiños pequeños la diversidad de estelas que los espectros dejan. Con estos seres luminosos y anónimos va poblando un imaginario desconcertante, con ángulos y escorzos inéditos, sin muestras de arrebatos apasionados de la mirada, pues son juegos simbólicos, alterados. Los fantasmas se ubican en los rayos de luz. Subjetividad poblada de espectros lumínicos que mantienen la hoguera imaginativa.
De un modo paradojal, no podemos olvidar que por este gesto caprichoso del dedo fotográfico se mediatiza una tecnología industrial. Flusser, con bastante atingencia, explicita que las tecnologías como la fotográfica están destinadas a cambiar la visión del mundo.4He aquí como el trabajo de Larraín aporta con nuevas superficies simbólicas a la mirada transformadora y revolucionaria del entendimiento medial de la realidad.
Los fantasmas, sus íconos y resonancias subjetivas, afloran multiplicándose. En este sentido, el imaginario de Sergio Larraín instala un original trabajo metodológico en la disciplina fotográfica chilena y latinoamericana. Hay muchos aspectos intuitivos en su camino visual, pero también reconocemos reservorios culturales recogidos desde frentes distintos y de los cuales hablaremos en este libro: familia, viajes, oportunidades, formaciones, iluminaciones interiores.
Así, este proyecto editorial pretende argumentar desde una matriz biográfica, con análisis semiológicos e iconográficos del corpus de su producción fotográfica.
Las imágenes de Larraín son un dispositivo de captura que va reunificando y fraguando posiblemente su aporte más certero: auténtica expurgación fotográfica. Quizás está aquí la base estética que tanto impacta en las fotografías de Sergio Larraín: transparencia formal y honestidad expuesta.
No es la quietud de la sonrisa de una mujer o el gesto reparador de los niños jugando; en todas sus fotografías hay un desasosiego, intranquilidad, zonas brumosas, espacios abiertos, incluso en sus no lugares: calles, estaciones, restaurantes, etc. Así, las fotografías de Larraín, no importando el contenido transmitido en Chiloé, Londres, París o Sicilia, observan un patrón poético con seres melancólicos, acongojados, a la deriva. Todas muestras humanas impertérritas ante un pronto naufragio.
No obstante el proceso depurativo en la argumentación visual de Larraín, se levantan numerosas hipótesis sobre su trabajo, en particular cuando alcanzó un grado canónico en el reconocimiento fotográfico mundial, que para un latinoamericano es un mérito doble dada la periferia donde se transita.
En el intento de querer delimitar la posición del nuevo conocimiento instaurado por Sergio Larraín con sus imágenes, le reconocemos una veta como emisario de la tierra y del silencio, pues sus rituales, hechos desde el artificio tecnológico, muestran realidades yuxtapuestas con poéticas visiones sensibles en mundos inestables, la mayor de las veces evanescentes.
La mitología más atrevida de Larraín, su gesto fotográfico más ampuloso como exiguo en recursos visuales, fue la mirada del encuadre incorrecto, el corte oblicuo que busca establecer asociaciones inconclusas, sabiendo que se va desbaratando un cosmos por la instauración de otro.
Así pues, Sergio Larraín buscó afirmar su camino en medio de las contingencias para, desde ellas, en un juego constante de presencias y ausencias, construir un mapa estratégico y liberador del espíritu. Al modo de Walter Benjamin, su propuesta es una liberación a todo punto de vista que encapsule, oprima o reduzca las iluminaciones a simples certezas comprensivas.5
¿Qué queda después de este gesto comprometido con la autentificación visual en un país periférico, en realidades tan alejadas de las categorías estéticas?
Las certidumbres y confianzas que da un cielo estrellado como testigo, la atmósfera diáfana y la tierra protectora como tutelas testimoniales de un «ya fue». Así, lo evanescente de la huella lumínica que en algún momento la imagen fotográfica registró, se va disolviendo al momento de volver a contemplar el mundo, la realidad referencial, exterioridad opaca tras esa sacudida de sentidos. Sergio Larraín es un interrogador desde su origen familiar, nacido en las coyunturas históricas de 1931. Significativamente, este es también el año del estreno deLuces de la ciudad, película de Chaplin que habla de la ceguera humana y las bondades del corazón. Un paralelo sincrónico que es asediado por las ideologías históricas de la época, totalitarismos que negaban las tramas de vida individual, los caminos propios. Solo los artistas con sensibilidad enunciaban un nuevo porvenir.
En fecha reciente, los rumores del viento y la cordillera indicaron que el maestro Larraín emprendía un nuevo viaje. Las sensaciones son corroboradas por medio de la prensa: se confirmaba la noticia de su fallecimiento el 7 de febrero de 2012, a los ochenta y un años, en su tierra de adopción.
Tras su muerte se abre en Chile y Latinoamérica un interés general por descubrir a este especial fotógrafo. La información se concentra a raudales en su vida privada, en su opción de alejarse del «mundanal ruido», y entonces se exponen verdades a medias, rumores inciertos; en fin, se banalizan los denuedos de vida y se olvidan los contextos en que surgen estas decisiones.
Lo cierto es que quedan numerosos hilos dispersos de un enigmático laberinto humano. Sergio Larraín construyó su singular vida mirándola desde ángulos originales. No obstante, fuentes diversas, amigos de rutas, familia y en particular reportajes y fotografías, tratan de explicar procesos vitales profundamente anclados en su quehacer y legado visual.
Al momento de enterrar el cuerpo de Sergio Larraín, los fotógrafos chilenos le rinden un sencillo y emocionante tributo. El maestro resplandecía en su silencio con su cuerpo descansando en la tierra de acogida.
El laberinto del misterio humano con Sergio Larraín abría sus puertas para tratar de entender, empatizar con una vida que intentó conservar un espacio propio hasta la vejez. Los escenarios visuales construidos con sus fotografías pre y post Magnum pugnaban por darle conmovedor contenido a sus motivaciones e imaginarios. Como un héroe silencioso, el maestro de yoga Sergio Larraín y su producción fotográfica refulgen para abrirse a los misterios de la inconmensurable luz.
Sean los perfiles esbozados en este texto los hilos de Ariadna: llaves para comprender los misterios vitales y los sentidos de una obra que se atrevió poéticamente a transitar entre artificios de todo tipo.
Nos ha legado múltiples destellos, espejos con luz arborescente, incandescente, irradiada, siempre en ascenso, vertical.
1En el sentido de las formulaciones de José Falconi,Techniques for Leaving an Apartment, The Extraordinary Ordinariness of Jorge Mario Múneras Photography. Portraits of an Invisible Country.Harvard University Press, 2010.
2Sergio Larraín.El rectángulo en la mano.«Cuadernos Brasileños», mayo 1963, p. 9.
3Gastón Bachelard.Psicoanálisis del fuego.Editorial Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 14.
4Vilém Flusser.El acto fotográfico. Hacia una filosofía de la fotografía.Editorial Trillas, México D.F., 1990.
5Walter Benjamin.El surrealismo, la última instantánea de la intelectualidad europea.Editorial Taurus, Madrid, 1980.
«Todo lo que he creído recordar hasta ahora
no estaría dominado por la niebla,
que no era sino el signo de que toda la vida era sueño».
Umberto Eco, La misteriosa llama de la reina Loana
El año que Sergio Larraín García-Moreno se recibía de arquitecto y contraía matrimonio se publicaba en Santiago de Chile el libroLa fronda aristocrática,de Alberto Edwards, uno de los libros clave para revisar desde una perspectiva histórica y sociológica la cultura y conformación de la aristocracia chilena y en particular su transformación como sostenedora del alma del país.6
Chile se iba desprendiendo de viejas prácticas decimonónicas tal como dejaba atrás la costumbre de retratarse en las sesiones fotográficas de los estudios de Spencer, Garreaud o Heffer.7La historia iconográfica de Chile estaba retenida en las sepiadas imágenes de sus estudios que habían mostrado las tradiciones agrarias, la fluidez de clases, los polos de industrialización y minería. En 1928, Chile era un país que se abría al mundo exterior, modernizando sus ciudades, incorporando a la mujer en la vida pública. En este contexto se sitúa la historia inicial de esta joven e ilusionada pareja aristocrática que se enlaza en un país en clara transformación.
Así, el matrimonio oficializa su compromiso el 5 de mayo de 1928. La tímida novia es Mercedes Echenique Correa y tras la ceremonia los recién casados parten a Europa por un año en viaje de luna de miel. El viejo continente está convulso: se encuentran con la crisis económica de la posguerra y el desvarío de las bolsas mundiales. No obstante regresarán atesorando preciadosrecuerdos de la Francia de las vanguardias históricas y la Alemania bullente de la Bauhaus y su modelo formalista de arte social, alcanzando a vislumbrar el ocaso de la República de Weimar. El círculo de la aristocracia nacional era tan reducido, que las tramas de amistad –que alcanzaban hasta Europa– les posibilitan relacionarse con lo más interesante de la intelectualidad occidental de la época, conociendo a numerosos integrantes de la Escuela de París que desde los surrealistas y los nabis hacían convivir la transgresión con las tendencias no figurativas de cubistas y maquinistas. En tan bullente período también se desarrolla toda una línea de investigación sobre el diseño y la nueva arquitectura conducida por Le Corbusier, el profeta suizo del estilo internacional que influiría después tan marcadamente sobre el joven Larraín García-Moreno, al punto que le llevaría a asumirse como un puente entre la arquitectura tradicional que se practicaba en nuestro país y estas nuevas tendencias y estilos.
El largo periplo muestra a los jóvenes esposos enfrentados con un mundo revolucionado y con marcados contrastes. Pero la inquietud social que vieron en Europa también la sintieron tras su regreso a Santiago de Chile a comienzos del año 1929. En ese momento, el país estaba estremecido tras los reordenamientos de la nueva Constitución de 1925, que ampliaba las libertades individuales, separando Estado e Iglesia.
La ciudad de Santiago, entrando al primer tercio del siglo XX, se conformaba en un campo experiencial vanguardista que se vivía individualmente –o bien en «colectivos culturales» como el del Grupo de los Diez–, impulsado particularmente por los artistas pintores que regresaban de Europa, como el grupo Montparnasse con Camilo Mori, o los poetas con Vicente Huidobro y su impronta cosmopolita y los surrealistas de La Mandrágora, que se acercaron a su alero.
Trayendo este mundo revuelto en la cabeza, la joven pareja se instala en el centro histórico de Santiago. El hogar del matrimonio Larraín Echeniqueamalgama la afición artística del padre arquitecto, Sergio Larraín García-Moreno, y la sensibilidad social en el orden práctico de la señora Mercedes Echenique Correa. Pues sin duda, Mercedes, conocida como «Tía Pin» por sus familiares y amigos, era una mujer fuerte y extrovertida, organizadora de múltiples obras de caridad y de ayuda a los más necesitados. Ella fue una verdadera artífice de la curiosidad intelectual que caracterizó a los cinco hijos del matrimonio: Luisa, Luz, Bárbara, Sergio y Santiago. Por otra parte, este espacio común habrá de simbolizar y constituye un punto de referencia de los afectos, depósito de la fuerte identidad individual y familiar que marcó a todos sus integrantes. Es justamente en torno al hogar donde se viven los más fuertes conflictos personales.
En lo concreto, la vida de la familia Larraín Echenique se sitúa entre muchas casas y en cada una de ellas se va tejiendo una urdiembre de recuerdos que marcan la vida hogareña en la intimidad de la memoria familiar.
La primera fue la casa paterna de la familia Larraín García-Moreno, que se situaba en el poniente del centro tradicional de la elite de Santiago, en la calle de las Agustinas esquina Manuel Rodríguez. En esa casa no solo pasó la niñez y la adolescencia el padre, sino que «después nacieron mis cuatro primeros hijos».8Casona de tres patios, en cada uno de ellos se situaban universos distintos: en el primero la entrada y sala de visitas, el segundo era el patio de la familia, con el zaguán y los salones principales, y en el tercer patio estaba el personal de servicio, con la cocina, despensa y gallinero.
Era una casa elegante, de altas paredes y costosos muebles. Una edificación más bien oscura, llena de rincones y bastante intimidante para los niños. La joven pareja la abandona a los pocos años, buscando un barrio nuevo, con mayores espacios, en el Santiago que se había formado a continuación del canal Tobalaba, barrio lleno de jardines con cuidadas casas de hermoso y cómodo estilo moderno, y desprovistas, como dirán los tradicionalistas, «de todo carácter criollo».9Por desgracia, esta primera casa de los abuelos Larraín fue posteriormente demolida, pues por allí hoy día pasa, a pocos metros, la carretera Panamericana.
Temporalmente se cambiaron a la casa del tío Carlos Aldunate, que quedaba en Macul. Luego a una del tío Carlos Errázuriz en Providencia, mientras se construía la vivienda definitiva en avenida Ossa con Tobalaba.
La casa familiar la erigió el padre arquitecto en la avenida Ossa bajo los idearios del estilo internacional. Curiosamente, tiempo después la consideraría demasiado cerebral: «Todo tenía que estar perfecto, todo en orden, todo maravillosamente impecable».10Santiago, el menor de los hijos, nacería en este hogar el año 1942. Fue casi por diez años una casa donde vivieron en plena felicidad con una activa vida social. Muy soleada y clara, estaba emplazada en las fronteras de la ciudad hacia el oriente, cerca de grandes campos y viñedos. Pero esta casa estará marcada por un sino trágico: en ella morirá, tras sufrir un accidente, el pequeño Santiago. La dolorosa muerte del niño significó que la familia la abandonara en forma progresiva, buscando rehacerse emocionalmente en un nuevo hogar. Eligieron entonces la casa de calle Napoleón esquina Augusto Leguía, en el barrio El Golf. Aunque sentido como un hogar de transición, fue donde los otros cuatro hijos vivieron su adolescencia.
Movido por su ímpetu y voluntad de emprendedor, Sergio Larraín padre, decide postularse como candidato a regidor por Santiago, por el Partido Conservador, en 1938. Como era muy joven se pensó que tenía pocas oportunidades de resultar electo, pero una audaz iniciativa relacionada con la fotografía le dio el triunfo: «Fui donde Jorge Opazo, el mejor fotógrafo retratista que había en Chile, y le dije: necesito presentarme a regidor y quiero que las mujeres voten por mí [era primera votación histórica municipal en que votaban las mujeres]. Quiero que me tomes una fotografía que aparezca mejor que Charles Boyer». Y su estrategia funcionó: obtuvo la primera mayoría al repartir miles de fotos llenas deglamour.11
Años después, Opazo llegaría a ser uno de los mejores amigos de Sergio Larraín hijo, gracias al interés común por la fotografía. En realidad, Opazo fue probablemente quien le mostró la magia de la captura de imágenes a «Queco» –como era conocido el joven Sergio– y sin duda su primer maestro. En el curso de esos años hizo retratos de toda la familia Larraín Echenique. A él le debemos magníficas fotografías de la madre, las hermanas y una de «Queco» con uniforme de militar.12
Sergio Larraín padre, quien recibió el Premio Nacional de Arquitectura en 1972, era un hombre de amplia cultura, profesor y fundador de la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Chile y también decano de la Facultad de Arquitectura.13En este período consiguió que la Pontificia Universidad Católica de Chile comprara las casas del fundo Lo Contador, al otro lado del río Mapocho y a los pies del cerro San Cristóbal.14En la otra mitad de manzana, al lado de la universidad, arregló su propia morada.
La casa definitiva del matrimonio Larraín Echenique, la que los vería cruzar la madurez y llegar a la vejez, se ubicó entonces en el barrio de Pedro Valdivia Norte. Esta casa era, desde el punto de vista arquitectónico, contradictoria con todo lo preconizado por Sergio Larraín padre sobre la arquitectura moderna, pues se hace continuando el modelo de la tradicional construcción de la zona central chilena.
Casa inserta en un jardín añoso, con alero protector de tejas para pasar observando la caída de la tarde. Austeras paredes de adobe encalado, con altos techos de dos aguas en su volumen central y galería vidriada cerrada. Un frondoso jardín recibía los primeros rayos invernales del sol del oriente.
