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El reconocido historiador argentino Eduardo Lazzari nos inivita a realizar una retrospectiva histórica de los presidentes constitucionales de la Argentina. Desde Rivadavia a Milei, quienes fueron o son, su vida privada, su vida pública, su mandato y la manera en que cada uno honró -o intentó hacerlo- ese juramento que les entregó por designio popular el mando del destino de la Nación. Esta mirada al pasado, que procura ser fiel a los hechos como el autor nos tiene acostumbrados, ofrece la inmensa posibilidad de comprendernos, repensarnos y encarar el futuro desde la aceptación de una herencia imposible de desconocer y una ascendencia que nos exige coherencia y responsabilidad.
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Seitenzahl: 306
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Lazzari, Eduardo Si, juro : de Rivadavia a Milei / Eduardo Lazzari. - 1a ed - Ciudad AutÛnoma de Buenos Aires : LID Editorial Argentina, 2024. Libro digital, EPUB - (Biblioteca Lazzari / Eduardo Lazzari ; 1) Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-1822-32-4 1. Historia Argentina. 2. Poder Ejecutivo. I. TÌtulo. CDD 320.0982
Algunos fragmentos de este recorrido histórico fueron primeramente publicados en la columnadominical de Eduardo Lazzari en el diario El Liberal de Santiago del Estero, Argentina
© Eduardo Lazzari
© LID Editorial Empresarial SRL 2024
LID Editorial Empresarial, S.R.L.
A. Magariños Cervantes 1592 – CABA – Argentina
ISBN: 978-987-1822-25-6
Dirección general: Lía Sottanis
Dirección editorial: María Laura Caruso
Edición: MLC Servicios Editoriales
Corrección: Diana Cavallaro
Diseño: Cecilia Ricci
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Libro de edición argentina.
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Bernardino Rivadavia
Primer presidente legal de la República Argentina
El sillón de Rivadavia se ha convertido en el símbolo de los primeros mandatarios argentinos. Sin embargo, no existe. Salvo una poltrona que don Bernardino usó siendo presidente en los oficios religiosos en la Catedral de Buenos Aires y que se conserva en su museo, no hay ningún mueble que pueda ser vinculado con el primer hombre que fue titulado presidente del país. El vestíbulo de honor de la Casa Rosada luce los bustos de los presidentes argentinos, aunque ubicarlos no resulta tarea fácil, ya que cada nuevo jefe de Estado dedica tiempo a cambiar el orden de presentación de las esculturas. Allí se encuentra el rostro de don Bernardino Rivadavia que la escuela hizo familiar a los argentinos.
Sus familias. Su formación académica
Bernardino de la Trinidad González de Rivadavia nace en Buenos Aires el 20 de mayo de 1780, en el hogar formado por un abogado de la Real Audiencia porteña, el gallego Benito González de Fernández, quien cambia su apellido por el de su tío materno José Rivadavia, y la porteña María Josefa de Jesús Rodríguez de Rivadeneyra. El recién nacido fue bautizado, como era de estilo, al día siguiente en la parroquia de Catedral al Norte. Era el cuarto de siete hermanos. Bernardino estudió en el Colegio Real de San Carlos, antecesor del Nacional de Buenos Aires, la filosofía y la teología. Abandonó las aulas antes de graduarse por la necesidad de ocuparse de los negocios de su padre, por ser el mayor de los varones. El prestigio familiar había sido afectado por un juicio que sufrió don Benito y que le costó su carrera como funcionario.
Bernardino participó como miliciano en la reconquista de 1806 y en la defensa de 1807, durante las Invasiones británicas de Buenos Aires. De esos tiempos quedaron notas prolijas que relatan su participación en los acontecimientos, recuperadas y publicadas por Florencio Varela. Llegó a ser alférez real nombrado por Santiago de Liniers. El 14 de diciembre de 1809 se casó en la iglesia Nuestra Señora de la Merced, el mismo templo donde fue bautizado, con Juana Josefa Joaquina del Pino y Vera Mujica, hija del virrey Joaquín del Pino y de la santafesina Rafaela de Vera Mujica, la virreina vieja. Esto le granjeó a Bernardino una figuración social que no tenía y que supo aprovechar para convertirse en un protagonista de los sucesos por venir. El matrimonio tendrá cuatro hijos: José Joaquín, Constancia, Bernardino y Martín. Solo los varones llegarán a edad adulta. Los principales trabajos que ejerció don Bernardino en el ámbito privado fueron la procuración y el oficio de martillero.
Su vida pública. Secretario del Triunvirato, diplomático y ministro de Gobierno
Con 30 años participa del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, pasando desapercibido, al igual que Mariano Moreno. Al constituirse el Primer Triunvirato el 23 de septiembre de 1811, fue nombrado secretario de Guerra sin voto. Fue el promotor de la fundación del Museo de Historia Natural, que hoy lleva su nombre, de la instalación de la Biblioteca Pública. Redactó los decretos de fomento de la inmigración y de la industria. La represión del motín de las trenzas en el Regimiento de Patricios y el sofocamiento de la conspiración nunca probada de Martín de Álzaga tuvieron la inspiración de Rivadavia, quien impulsó medidas severísimas, como los fusilamientos de los jefes rebelados y del propio Álzaga. También fue cuestionada la actuación del secretario por las órdenes enviadas al jefe del Ejército del Norte, el general Manuel Belgrano, que este desobedeció: no izar estandarte alguno y retroceder hasta Córdoba con las tropas.
La llegada desde Europa de José de San Martín, Carlos de Alvear y José Matías Zapiola, fundadores de la logia Lautaro, y la actuación de Bernardo de Monteagudo como líder de la Sociedad Patriótica, lo mostró a Rivadavia enfrentados con ellos, culminando esta crisis política en la caída del Triunvirato por la revolución del 8 de octubre de 1812.
En 1814 vuelve a la actividad pública como enviado diplomático junto a Manuel Belgrano y Manuel de Sarratea ante las cortes europeas. Luego fue solo a París, donde recibió la noticia de la declaración de la Independencia en San Miguel de Tucumán y el nombramiento de su amigo Juan Martín de Pueyrredón como director supremo. Permaneció en Europa hasta 1820, cuando regresa al país. Asume como ministro de gobierno de la recién creada provincia de Buenos Aires bajo el mando del general Martín Rodríguez en los albores de 1821, y su gestión fue conocida como la “era feliz” según sus contemporáneos y la historiografía liberal.
Durante su ministerio, se crearon la Universidad de Buenos Aires, el Archivo General, el Registro Oficial y el Banco de Descuentos, antecesor del Banco de la provincia de Buenos Aires; se fundó la Sociedad de Beneficencia, se produjo una ambiciosa reforma militar y una reforma eclesiástica, la medida más polémica tomada por Rivadavia. Se construyó la fachada de la Catedral de Buenos Aires y se comenzó el edificio de la Sala de Representantes en la Manzana de las Luces. Se fomentó la prensa. Se realizó la Campaña del Desierto comandada por el gobernador Rodríguez, que duplicó el territorio bajo control del Estado provincial.
Pero su visión política, que se puede calificar de proto–unitaria, lo enemistó con los federales y con el libertador San Martín. Y el préstamo provincial contraído con la firma inglesa Baring Brothers es la decisión económica más cuestionada a Rivadavia, aunque las precauciones que tomaron los prestamistas no fueron desacertadas para sus intereses. Se tardó ochenta años en cancelar esa deuda. Sin embargo, la situación económica floreciente y la calma política hicieron posible pensar en la convocatoria de un congreso para organizar el país, en el que se iba a manifestar un predominio de las ideas a favor de un régimen de unidad, que la historia argentina conoce como “unitario”. Puede destacarse que, a pesar de sus visiones políticas divergentes, cuando San Martín regresó a Buenos Aires luego de la entrevista de Guayaquil y a pesar de las prevenciones contra Rivadavia, este trato al Padre de la Patria con todos los honores y sin causar ninguna incomodidad.
El primer presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata
La convocatoria a un Congreso General con diputados de todas las provincias, su elección como diputado porteño y el apoyo a la gesta de los 33 Orientales, iniciada contra la invasión luso-brasileña del territorio de la Banda Oriental, que derivó en la guerra contra el Imperio del Brasil, lo pusieron a Rivadavia en el camino hacia la presidencia. El 8 de febrero de 1826 juró el cargo de presidente de la República de las Provincias Unidas, creado por una ley llamada “de presidencia”. Luego se disolvió la provincia de Buenos Aires y su territorio se convirtió en capital de la nación. Los nombramientos de Carlos de Alvear a cargo del Ejército argentino y de Guillermo Brown a cargo de la Escuadra de guerra permitieron el logro de grandes victorias militares y navales que pusieron la guerra a favor del país.
Sin embargo, las difíciles condiciones internas y el envío de una gestión diplomática para negociar la paz en Río de Janeiro terminaron en un desastre. El Congreso General había continuado en su tarea de redactar una constitución del Estado central, pero el proyecto aprobado fue rechazado por las provincias, ya que las obligaba a disolverse. El enfrentamiento entre federales y unitarios se acentuó y eso condicionó la misión del ministro de Relaciones Exteriores, Manuel José García, que en la capital del Imperio negoció bajo la presión del apuro. Eso no justifica la redacción de la Convención Preliminar de Paz, en la que el territorio en disputa de la Banda Oriental quedó bajo dominio del Brasil.
La llegada del documento a Buenos Aires causó una feroz reacción, provocando una formidable crisis política que se llevó puesto a Rivadavia, quien asumiendo la responsabilidad de todo lo actuado, renunció el 27 de junio de 1827, siendo sucedido por Vicente López y Planes. Solo dos meses después se aniquiló el gobierno nacional, se disolvió el Congreso General y se restauró la provincia porteña.
El retiro y el exilio
La historia suele regalar momentos únicos. Los dos grandes adversarios de unos años atrás permanecieron embarcados al mismo tiempo, en mayo de 1829, en el Río de la Plata. Desde Montevideo, José de San Martín emprendió el exilio definitivo rumbo a Europa. Y desde Buenos Aires, Bernardino Rivadavia partió hacia la calle Neuve St.-Augustin 51, en París, donde se recluyó y luego viajó por el Viejo Continente durante 5 años. Regresó a Buenos Aires en 1834 habitando su casa, que aún sobrevive, en la calle Defensa al 300 por solo cuatro horas, ya que fue expulsado del país. Se refugió en su hacienda de Colonia del Sacramento, en Uruguay.
La guerra civil oriental lo llevó a la cárcel, para ser luego desterrado a la isla de Santa Catalina, en Brasil. Allí vivió en forma miserable con su esposa. Indultado, viajó a Río de Janeiro, donde doña Juana resbaló en una bañera de mármol, se desnucó y perdió la vida. Decidió viajar a Cádiz solo. Nunca aceptó hablar con los argentinos que lo intentaron. Murió en una habitación alquilada el 2 de setiembre de 1845. Diría un periodista, al trazar la necrología del porteño: “Se adivinaba en su andar cansino cubierto por su raída capa negra el caminar de un monarca depuesto”. Su casa en la calle Murgía 145 fue adquirida años después por el catalán José Roger Balet, dueño del bazar “Dos Mundos”, para donarla al Estado argentino, que instaló allí un consulado.
La negación de su última voluntad
Bernardino Rivadavia puso pocos mandatos en su testamento. El más claro ordenaba que “su cuerpo no volviese jamás a Buenos Aires y mucho menos a Montevideo”. La Argentina, en algunas ocasiones, no respeta ni la voluntad de sus muertos ilustres. Los restos de Rivadavia llegaron a Buenos Aires en 1857 y fueron sepultados en una bóveda del cementerio de la Recoleta. Los dos mayores acorazados de la historia naval argentina y los últimos buques de guerra con nombre civiles fueron el “Moreno” y el “Rivadavia”, bautizados así en 1915. En 1932 se inauguró su mausoleo en la plaza de Miserere (conocida como plaza Once), y allí fueron trasladados sus huesos. Es el monumento funerario más grande del país y luce la frase de Mitre que lo ubicó a Rivadavia entre los padres de la patria: “A la más grande gloria civil de los argentinos”.
Vicente López y Planes
Segundo presidente legal de la República Argentina
Vicente López y Planes es un personaje de gran trascendencia histórica, a quien uno de los actos más significativos de su vida contribuyó a ocultar todo el resto de su trayectoria como hombre de Estado. El haber sido autor de la Canción Patriótica, que hoy conocemos como el “Himno Nacional”, uno de los símbolos de la Argentina, ha dejado de lado lo que López y Planes significó para la historia argentina entre los tiempos de la Independencia y la organización nacional. El asombro que suele causar el conocimiento exhaustivo de su vida merece su reconocimiento como presidente en tiempos borrascosos.
Sus familias. Su formación académica
El autor del Himno, don Vicente Alejandro nació en Buenos Aires el 3 de mayo de 1784 en la familia conformada por el cántabro Domingo López Cantero y la porteña María Catalina Josefa Planes Espinosa, siendo el segundo de nueve hijos. Fue bautizado en la iglesia de Nuestra Señora de la Merced una semana después de su nacimiento. Aprende sus primeras letras en el colegio de San Francisco, para pasar luego al Real Colegio de San Carlos y, finalmente, gracias a la posición económica de su familia, puede mudarse a Chuquisaca, donde se forma en Derecho en la Universidad de San Francisco Xavier y recibe el título de abogado.
Se alista como voluntario en el Regimiento de Patricios durante la primera Invasión británica en 1806, llegando al grado de capitán. Luego de la victoria criolla, despunta su oficio de poeta escribiendo la oda “El triunfo argentino”. Participa del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y es uno de los más duros en las posiciones contra el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, acompañando la moción de su destitución. Su amistad con Manuel Belgrano será fundamental en esos tiempos. En julio de 1810, parte como secretario auditor del Ejército Auxiliar al Alto Perú, que conocemos como del Norte, pero cuando su jefe Francisco Ortiz de Ocampo es reemplazado por Antonio González Balcarce vuelve a Buenos Aires.
Enrolado entre los seguidores de Mariano Moreno, se enfrentó con Cornelio de Saavedra, convirtiéndose en secretario de Hacienda del 1° Triunvirato a mediados de 1811. El 1° de marzo de 1813 se casa con la porteña Lucía Petrona Riera Merlo, con quien tendrá a su único hijo Vicente Fidel, que con el tiempo se convertiría en el primer compilador de la historia argentina desde la perspectiva liberal. Este tiempo coincide con las primeras sesiones de la Asamblea General Constituyente de 1813, de la que es diputado por Buenos Aires.
Su vida pública. Diputado y autor del Himno
La Asamblea del Año XIIIfue el primer intento de organización del país, aunque fracasó en sus principales objetivos, que eran la declaración de la independencia, que deberá esperar hasta el 9 de julio de 1816, y la constitución del Estado, que tardó cuarenta años hasta el 1° de mayo de 1853. Pero tuvo grandes logros, como la libertad de los hijos de esclavos, por el solo hecho de nacer en el territorio de las Provincias Unidas, la supresión de los títulos de nobleza, la prohibición de la tortura, la mita y la encomienda, y el establecimiento de dos de los cuatro símbolos nacionales: el Himno Nacional Argentino y el Escudo Nacional.
1813 es un año crítico de la guerra de la independencia sudamericana. Tomada la decisión de continuar resistiendo el embate del Imperio español para reconquistar sus colonias, los diputados reunidos en la vieja sede del Real Consulado de Buenos Aires ordenan la redacción de una canción patriótica para el estímulo de las tropas y el adoctrinamiento de los pueblos. Es elegido un poema escrito por fray Cayetano Rodríguez, que es posteriormente desechado por su tono romántico y pacifista. Entonces aparece la canción escrita por López y compuesta por el catalán Blas Parera que desde 1813 identifica a nuestro país. Vale destacar que es el himno nacional más antiguo de América y la versión actual de la música responde a los arreglos de Juan Pedro Esnaola, que convirtió a una composición marcial belicista en una mazurca elegante. Al ser elegido Carlos de Alvear como director supremo del Estado, Vicente López lo acompaña y la caída en desgracia del primero lo lleva a López y Planes a la cárcel.
La presidencia
Es convocado por Juan Martín de Pueyrredón como ministro de gobierno del Directorio entre 1816 y 1819, y luego la actuación pública de Vicente López se diluye en cargos de poca importancia, volviendo al ruedo ante la convocatoria a un Congreso General en Buenos Aires para 1824. Es elegido diputado porteño y resulta electo por sus pares como secretario del Congreso. Fue un colaborador cercano a Bernardino Rivadavia y actuó a favor de la sanción de las leyes Fundamental, de Presidencia y de Capitalización, además de participar de la redacción de la fallida constitución unitaria de 1826.
En esos tiempos de la guerra contra el Imperio del Brasil, Bernardino Rivadavia es elegido presidente en medio de un brutal enfrentamiento entre las dos tendencias presentes en el Congreso, que es antecedente de la lucha entre federales y unitariosa noticia del ruinoso pacto de paz firmado por el delegado diplomático Manuel José García con el Brasil, que definía la incorporación de la Banda Oriental al Imperio a pesar de las victorias militares y navales de las tropas republicanas, provocó la renuncia de Rivadavia, que fue aceptada rápidamente por los diputados.
El Congreso General, en forma inmediata, procedió a nombrar a Vicente López y Planes en reemplazo de Rivadavia el 7 de julio de 1827. A López le cupo la responsabilidad de rechazar el acuerdo de paz, restituir la existencia a la provincia de Buenos Aires suprimida por Rivadavia y aniquilar la presidencia, luego de dos meses de gobierno. Así fue como el 18 de agosto de 1827 desapareció el gobierno central hasta la asunción de Justo José de Urquiza un cuarto de siglo después y tras 25 años de guerras civiles.
Ministro, juez y gobernador de Buenos Aires
El nuevo gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, lo llamó a su gabinete y comenzó así un largo acercamiento con los federales. Cuando el general Juan Lavalle derroca a Dorrego y lo fusila en diciembre de 1828, López y Planes parte hacia el exilio en Montevideo. Luego de que Juan Manuel de Rosas asumiera el gobierno, lo convoca para integrar el Tribunal de Justicia provincial desde 1830, organismo que presidió durante dos décadas. El respeto a su persona le permitió un alto grado de independencia, siendo juez de la causa por el asesinato del riojano Juan Facundo Quiroga y del escándalo provocado por el amor del cura Ladislao Gutiérrez y Camila O’Gorman.
Por su condición federal y su independencia de criterio, Vicente López se convierte en el gobernador de Buenos Aires que sucedió a Juan Manuel de Rosas, luego de la batalla de Caseros. En tal carácter, suscribe el 31 de mayo de 1852 el Acuerdo de San Nicolás, pacto fundamental que permite la reunión del Congreso General Constituyente de Santa Fe que dará a luz la Constitución Nacional de 1853. La resistencia de los porteños a sentarse a la mesa en igualdad de condiciones con las demás provincias provocará la renuncia de López y Planes.
Retiro, muerte y homenajes
Para un patriota como López y Planes, la separación del Estado de Buenos Aires del resto de la Confederación Argentina significó un golpe moral insoportable. Se retiró de la función pública luego de renunciar a la gobernación. Se radica por un tiempo en Paraná, Capital Nacional, y fallece el 10 de octubre de 1856, a los 75 años, luego de regresar a la ciudad que lo había visto nacer. Su condición de estadista lo puso a la cabeza de dos ciclos fundamentales de la historia: los cierres de la experiencia unitaria de Rivadavia y del largo gobierno de Rosas. Fue sepultado en el cementerio de la Recoleta, donde yacen sus restos junto a los de su hijo Vicente Fidel, político e historiador, y su nieto Lucio Vicente, también político y el escritor de La Gran Aldea, un libro paradigmático de los tiempos de la organización nacional.
Su condición poética como autor del Himno se convirtió en el timbre de honor de su conmemoración histórica. Calles, plazas, escuelas y bibliotecas lo recuerdan y la provincia que gobernó creó en 1905 un partido con su nombre, lindero a la Capital Federal. La ciudad de Buenos Aires luce un bello monumento del prócer en la esquina de Montevideo y la calle que lleva su nombre, al igual que la plaza en la que está emplazada su estatua. Aún no se ha tallado el busto de Vicente López y Planes que corresponde sea colocado en el Hall de Honor de la Casa Rosada, ya que sin duda ejerció la primera magistratura del país con hidalguía en tiempos graves para el país.
Justo José de Urquiza
Primer presidente constitucional de la Confederación Argentina
La provincia de Entre Ríos fue el último territorio colonizado por los españoles en el viejo Virreinato del Río de la Plata. Recién hacia 1780 fueron fundados los primeros pueblos en esos feroces territorios disputados inicialmente con los indios y luego con los portugueses. Tomás de Rocamora, un fiel funcionario y militar español nacido en Guatemala, es el fundador, sobre la orilla occidental del río Uruguay, de Gualeguay, Gualeguaychú y Arroyo de la China, la Villa de la Inmaculada Concepción.
Una gran curiosidad, de las que gustan a los historiadores, es que aquellos que gobernaron antes de la república constitucional unificada en 1862 nacieron antes de 1810, y los que asumieron después de la definitiva unión nacional fueron dados a luz tras esa magna fecha. Incluso Sarmiento se jactaba de haber sido concebido durante los fragores de la Semana de Mayo. Y como cuna de presidentes constitucionales, por su cantidad, llevan la delantera las ciudades de Buenos Aires y Córdoba, a las que sigue orgullosa Concepción del Uruguay: allí nacieron Justo José de Urquiza y Agustín Pedro Justo.
Su familia de origen. Su formación
José Justo nace en Arroyo de la China el 18 de octubre de 1801 en el hogar formado por el cántabro José Narciso de Urquiza y Álzaga y la porteña María Cándida García González, radicados desde años antes en Entre Ríos, donde don José fue teniente de gobernador, además de hombre dedicado a la ganadería. Era el decimoprimero de trece hijos y, cuando llegó al uso de razón, invirtió su nombre haciéndose llamar desde entonces Justo José. A sus quince años, se radica en Buenos Aires para estudiar en el Colegio de San Carlos, aunque su pasión eran las tareas rurales.
Puede afirmarse que Urquiza fue uno de los empresarios más notables de la historia nacional, y sus negocios lo convirtieron, junto a sus socios, en uno de los hombres más ricos de Sudamérica; era el poseedor de más de un millón de hectáreas en su provincia natal y el fundador del saladero más grande del país, Santa Cándida. Sus empresas tienen representaciones en Estados Unidos y Europa. Entre los hombres que hicieron negocios junto a Urquiza, se destaca Antonio Cuyás, un catalán de Mataró cuya casa en su tierra natal imita al gran establecimiento de campo de Urquiza, el Palacio San José.
Su vida pública en Entre Ríos
Ya muy joven, participó de los eventos revoltosos para derrocar al gobernador Lucio Norberto Mansilla en 1823, lo que le costó un año de exilio en Curuzú Cuatiá, Corrientes. A su regreso, se convierte en diputado y es el presidente de la Legislatura provincial que rechaza la constitución unitaria de 1826. Durante toda su actuación política, Urquiza jamás descuidó ni delegó sus negocios productivos. En 1832 es uno de los garantes de Pascual Echagüe, que a pesar de ser santafesino y por la influencia de su mentor, el caudillo Estanislao López, fue gobernador de Entre Ríos, lo que ayudó a la pacificación de la provincia mesopotámica.
En 1836 Urquiza viaja a Buenos Aires y conoce al Restaurador de las Leyes, el porteño Juan Manuel de Rosas, de quien se convierte en aliado político y militar. En 1842 asume por primera vez la gobernación, cargo que ocupará durante 16 años en distintos períodos. Desde entonces, se pone de manifiesto el pensamiento orgánico de Urquiza, quien ordena las finanzas provinciales, establece comisarías en todos los pueblos, construye escuelas elementales y funda, en 1849, el primer colegio laico del país: el Colegio del Uruguay. El ejercicio libre de la prensa y el fomento de la educación hicieron que muchos unitarios, la mayoría exiliados, vieran a Urquiza como una alternativa a Rosas, a pesar de su condición federal.
La década comenzada en 1842 pondrá también de manifiesto las condiciones extraordinarias que posee como militar Urquiza, quien participará de varias campañas en el marco de las guerras civiles, y sus enemigos ayudarán a crear una imagen sanguinaria y legendaria sobre el entrerriano. Es el triunfador en las batallas de Pago Largo, Don Cristóbal, Sauce Grande, India Muerta, Laguna Limpia y Vences, y logró tal eficiencia en el ejército provincial, organizado en el campamento Calá, que se convierte en una maquinaria formidable sin par, sobre todo por la condición de ser un ejército de jinetes, dando origen a la fama de la caballería entrerriana.
Sus familias y sus hijos
Los amores de Urquiza se han convertido en legendarios, habida cuenta de sus intensos romances, sus numerosas parejas y su gran cantidad de hijos. Trataremos de ordenar este asunto. Sin duda, Urquiza era un hombre irresistible, y su poder, su dinero y su porte marcial, lo ayudaron a vencer fácilmente las resistencias femeninas. Tuvo ocho uniones conocidas. Con María Díez Monzón, es padre de Concepción a los diecinueve años, en 1820. Con Segunda Calvento, tendrá cuatro hijos entre 1823 y 1829: Pedro, Diógenes, Waldino y José Francisco. Con María López Jordán tendrá a Ana, una de sus hijas dilectas, en 1835. Juana Zambrana dará a luz entre 1840 y 1842 a Justo José y María Juana. Al mismo tiempo, en 1842, nacerá de Tránsito Mercado Pazos, Cándida, y luego Clodomira. María Romero parirá a Aurelia y Cándida Cardozo a Dorotea.
Sin embargo, se puede afirmar que el prócer alcanzó la estabilidad afectiva y emocional con Facunda Dolores Costa Brizuela, con quien convive desde 1851 hasta su muerte en 1870. Se casa con ella en dos ocasiones: la primera en la capilla del Palacio San José el 12 de octubre de 1855, y luego en la parroquia de la Inmaculada Concepción de la entonces capital entrerriana el 23 de abril de 1865, habida cuenta de que la anterior ceremonia no había sido registrada en ningún libro eclesiástico. El matrimonio tendría once hijos. La Ley 41, sancionada por el Congreso Federal, puso en orden los asuntos jurídicos de los hijos de Urquiza. Fueron reconocidos como legítimos 23 de ellos. La fantasía ha hecho subir hasta cifras insólitas los descendientes del Organizador. Pero se sabe que Urquiza nunca descuidó a sus vástagos, y vivió con hijos de sus distintas mujeres en San José. Sin duda, la pasión era parte del ser de Justo José de Urquiza.
Libertador del Uruguay y organizador de la Argentina
El 1° de mayo de 1851 Urquiza decide cambiar la historia. El “Pronunciamiento”, la proclama que lee en la plaza central de Concepción del Uruguay, anuncia que Entre Ríos retoma su soberanía, dejando de delegar en el gobernador de Buenos Aires las relaciones exteriores y la defensa. Nace ese día el lema “¡Mueran los enemigos de la Organización Nacional!”, que vino a reemplazar el que llamaba a la muerte de los unitarios. Este documento fue tomado por Rosas como lo que era: un desafío a su poder, y pone en marcha la represalia. Urquiza, en tanto, hace acuerdos con el Imperio del Brasil, con los colorados del Uruguay y con la provincia de Corrientes para destruir el predominio porteño en la política del Plata.
Urquiza amenaza con una expedición contra el bloqueo de Montevideo y, ante la perspectiva de una campaña muy sangrienta a cargo del Ejército entrerriano, que llegó hasta los suburbios de la ciudad, los blancos, encabezados por el general Manuel Oribe, lo levantan. Fue el primer triunfo de Urquiza, que además vio con satisfacción que Rosas le declara la guerra al Brasil. Urquiza se concentra en la formación de un ejército para atacar a Buenos Aires, y logra incorporar orientales, correntinos y un batallón de brasileños en el campamento ubicado en el centro de la provincia, cerca de Rosario del Tala.
El 24 de diciembre de 1851, a la altura de Diamante, el llamado “Ejército Grande”, de 24.000 hombres, cruza el río Paraná rumbo a la capital porteña. En su avance, se incorporaron soldados de todas las provincias, lo que puso de manifiesto el acierto de Urquiza de captar el hastío general de la opinión pública con los largos años de Rosas en el poder. El 3 de febrero de 1852, a orillas del arroyo Morón, en las tierras que hoy ocupan el Colegio Militar de la Nación y la I Brigada Aérea de El Palomar, Rosas fue vencido en toda la línea. Por un cuarto de siglo, inicia su exilio en Gran Bretaña, tiempo durante el cual Urquiza mantendrá correspondencia con su antiguo enemigo y le enviará dinero.
La resistencia porteña a aceptar su igualdad jurídica en el marco del Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos del 31 de mayo de 1852, donde las catorce provincias históricas se comprometen a un Congreso Constituyente en Santa Fe enviando dos diputados cada una, hace que, ante la renuncia del gobernador López y Planes, el propio Urquiza se convierta en fugaz mandatario porteño. Ante la rebelión de Buenos Aires, que se separa de la Confederación Argentina, la visión estratégica de don Justo José permitió seguir adelante con la organización nacional, a pesar de la ausencia de la “hermana mayor”, según los dichos de Juan José Passo.
Urquiza muestra su grandeza llamando a sus colegas a una ciudad que no estaba en su provincia, San Nicolás, y convocando al Congreso en otra, Santa Fe. Que la convención constituyente no lo haya tenido como miembro y haya podido sesionar en calma y sin presiones es un logro notable en un país convulsionado. Hay que destacar el acuerdo político entre los federales, con Urquiza a la cabeza, y los unitarios, liderados por Salvador María del Carril, como el hecho novedoso que cambió la historia: los federales renuncian al sistema de caudillos como forma de gobierno y los unitarios aceptan la federación para la constitución del país. Confía en sus viejos enemigos y así se concreta para siempre la organización nacional. A Buenos Aires le costará una década entender y aceptar la grandeza de Urquiza.
Presidente de la Confederación Argentina
Puesta en marcha la Constitución Nacional sancionada el 1° de mayo de 1852, Urquiza se convierte en presidente luego de ejercer el cargo de director provisional del Estado. Asumió el 5 de marzo de 1854 en Paraná, declarada capital de la Confederación junto a todo el territorio provincial que fue federalizado. Su vice fue su antiguo enemigo Del Carril. El presidente puso en marcha al Estado nacional. Las enormes dificultades económicas hicieron imposible la sustentación de la Confederación Argentina sin Buenos Aires. Logró que el Congreso funcionara con sus dos cámaras. Se sancionaron las primeras leyes nacionales. No pudo nombrar a la Corte Suprema de Justicia.
Por primera vez, un presidente argentino le entregó el poder a otro presidente, luego de cumplir su mandato. Lo hizo a los cincuenta años de la Revolución de Mayo, en 1860. Y decidió unir el país a la fuerza. En 1859, lo logró triunfando en Cepeda, lo que le permitió gobernar sobre todo el país, al menos durante cuatro meses, con la firma en San José de Flores del Pacto de la Unión Nacional. En marzo de 1860 entregó el poder al cordobés Santiago Derqui, pero los eventos referidos a la reforma constitucional prevista para la incorporación de Buenos Aires iban a desatar otra orgía bélica, que culminaría con la batalla de Pavón, donde el gobernador porteño Bartolomé Mitre se convertiría en el nuevo líder de la nación organizada. Urquiza nunca más dejaría su provincia luego de cruzar a Paraná derrotado en 1861.
Su retiro a Entre Ríos. Asesinato político
Volvió a ser gobernador de su provincia. Se afincó para siempre en el Palacio San José. Comenzó a construir una suntuosa residencia en Concepción, su capital. Su aporte a las filas del Ejército argentino durante la guerra de la Triple Alianza, contra el Paraguay y en alianza con Brasil y el Uruguay, tanto en hombres como en armas y animales, lo malquistaron para siempre con sus viejos amigos federales, a los que no apoyó en su resistencia al gobierno del presidente Mitre. Entendió que la guerra civil había terminado para siempre, y que la unión nacional, su logro más preciado, estaba por encima de cualquier especulación y cálculo político. Recibió a su antiguo adversario Sarmiento con todas las pompas y demostró así una vez más, su astucia política. Apoyó al presidente en su pugna con los liberales porteños.
Pero el destino se convierte en tragedia el 11 de abril de 1870. Hordas seguidoras de su antiguo discípulo Ricardo López Jordán atacan el Palacio San José y asesinan al organizador frente a su esposa y sus hijas. El mismo día son asesinados sus hijos Waldino y Justo en Concordia. Tan brutal fue el episodio que el presidente Sarmiento no interviene, sino que declara “la guerra a la insurrecta provincia de Entre Ríos”. Hasta que no se repuso el orden constitucional, la acción del Estado nacional no se detuvo. La tumba de Justo José de Urquiza estuvo muchos años oculta en la iglesia de la Inmaculada Concepción y recién en la década de 1960 se inauguró su mausoleo en la nave izquierda de la actual Basílica en Concepción del Uruguay, que en 1884 dejó de ser la capital provincial.
Homenajes y deudas
La historia argentina no ha sido aún justa en la consideración de Urquiza como uno de los más grandes promotores de la educación pública. Estudiaron en el Colegio del Uruguay tres presidentes argentinos: Roca, De la Plaza y Frondizi, dos vicepresidentes: Beiró y Quijano, la primera mujer bachiller argentina: Teresa Ratto (también una de las primeras médicas graduadas). Además, desde esta escuela partió hacia Europa su rector, José Benjamín Zubiaur, el único latinoamericano que es fundador del Comité Olímpico Internacional.
El Palacio San José, que, como todas sus propiedades, fue nombrado con el santo correspondiente a cada uno de los miembros de su familia, es la realización magnífica del ideal de modernidad y poder de Justo José de Urquiza. Una fastuosa construcción en la línea de la arquitectura romana, con detalles de lujo como la red de agua corriente, una cocina impresionante, jardines que son un botánico y un zoológico, y la capilla, obra maestra del arte religioso en la que se encuentra la pila bautismal que le enviara de obsequio el papa Pío IX. Hoy es museo nacional por obra del otro presidente entrerriano, Agustín P. Justo.
Calles, escuelas, bibliotecas, plazas y parques lo homenajean, lo mismo que decenas de monumentos en todo el país, destacándose la gran estatua en Paraná y las dos esculturas en Buenos Aires. Su nombre es el del ferrocarril mesopotámico y su memoria se mantiene viva en el Palacio San José, en Concepción del Uruguay, y en todas las instituciones por él creadas e inspiradas, entre ellas las distintas colonias de inmigrantes que poblaron el país en la década de 1850. Urquiza merece el título que le dio una ilustre historiadora de su provincia, Beatriz Bosch: el Organizador.
Santiago Derqui
Segundo presidente constitucional de la Confederación Argentina
La unificación de la Argentina, pactada en San José de Flores entre el presidente de la Confederación, general Justo José de Urquiza, y el gobernador de Buenos Aires, general Bartolomé Mitre, con el auspicio y la mediación del canciller del Paraguay, Francisco Solano López, no iba a estar exenta de malentendidos y de pillerías propias de la política menor, atizado todo por los años de las guerras civiles, que azotaron al país entre 1828 y 1852. La decisión porteña de elegir a sus diputados según las leyes provinciales llevó al Congreso Federal reunido en Paraná a rechazar los diplomas de los elegidos.
La convención reformadora reunida para adaptar el texto constitucional a las demandas de Buenos Aires llegó, sin embargo, a feliz término a pesar de las fuertes discusiones y las mutuas acusaciones. En estos tiempos, gobernaba ya la Confederación Santiago Derqui, quien había llegado a la primera magistratura luego del cumplimiento del mandato de Urquiza. Este protagonista de un tiempo dramático del país se convertiría en la historiografía en uno de los más olvidados presidentes argentinos.
Sus familias. Su formación académica
