Siéntate aquí, si quieres - Martina Díaz - E-Book

Siéntate aquí, si quieres E-Book

Martina Díaz

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Beschreibung

eLit LGTBI 16 Sentí, de pronto, que dentro de la habitación se hacía verano a su lado. Elisa está hecha un lío. No tiene ni idea de qué le pasa, de por qué ese ensimismamiento en clase, el porqué de esas mariposas en el estómago ni la razón por la que solo un nombre gira en su cabeza. Solo sabe que el mundo se derrumba para ella cuando se da cuenta de una realidad diferente: se ha enamorado de Teresa, su mejor amiga. Tras el varapalo que supone enfrentarse a su rechazo, Elisa está convencida de que la única opción para enterrar ese amor imposible es marcharse a estudiar a Irlanda. A sus treinta y tantos, Elisa apenas se acuerda de aquel desastroso primer amor, olvidado junto a su adolescencia en los años noventa. Hoy es una brillante química que acaba de regresar a su Zaragoza natal gracias a un nuevo proyecto de su empresa. Después de tanto cambio, cree que por fin tiene su vida bajo control, pero las mudanzas lo ponen todo patas arriba. Un detalle inesperado destapa la caja de pandora de su pasado, poniéndola tras la pista de Teresa. Veinte años después nada es lo que parece, y aquellas olvidadas mariposas de la adolescencia parecen dispuestas a volver. Siéntate aquí, si quieres es una historia de búsqueda de la identidad personal y una invitación a la reflexión sobre la evolución de nuestra sociedad, reflejando la necesidad de mostrar con naturalidad y sin etiquetas estas historias de amor; pues al fin y al cabo solo son eso: historias de amor como otras cualquiera. PREGUNTAS A LA AUTORA -¿Qué te inspiró esta historia? Cuando escuché en las noticias la polémica sobre un pin parental para permitir o no que se impartiesen talleres o charlas sobre diversidad afectivo-sexual en los centros educativos, no pude evitar pensar en el retroceso que eso supondría. Cuánta gente del colectivo LGTBIQ+ no hubiéramos dado lo que fuese para que en nuestros años de adolescencia hubiéramos tenido esa facilidad en los institutos. Si hubiera habido información, apoyo y referentes, cuando estábamos en esa etapa tan crucial de nuestra vida, seguramente hoy gozaríamos de mayor salud emocional y habríamos crecido en una sociedad con menos prejuicios.

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Seitenzahl: 276

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2023 Alicia Montarroso

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Siéntate aquí, si quieres, n.º 16 - abril 2023

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Elit y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9788411419307

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

 

A todas las personas que creen en el amor sin etiquetas.

Prólogo

 

 

 

 

 

«Siéntate aquí, si quieres». Fue lo primero que me dijo. Era la única persona que había dentro. No nos conocíamos de nada. Yo simplemente llegué al centro cívico y asomé con timidez la cabeza por la puerta de aquella sala vacía, un miércoles por la tarde del mes de octubre. Era mi primer día y, sin saber por qué, esas palabras atravesaron mis oídos a la velocidad de la pólvora hasta estallar como fuegos artificiales, animándome a entrar.

Ni siquiera sabía su nombre, y tampoco le di la menor importancia a aquel hecho en ese momento. Solo sabía que acababa de plantarme allí, decidida a vencer mi retraimiento, y que me había apuntado a aquellas actividades de voluntariado en un intento por salir de mi mundo interior, hacer algo diferente y desconectar del instituto con algo nuevo.

No le dije nada; asentí, pasé y me dirigí al asiento de al lado. No recuerdo si nos presentamos justo entonces o si fue después, cuando empezó a llegar el resto de la gente y apareció por fin la monitora para darnos la bienvenida al grupo. Tampoco recuerdo mucho más, ni si conversamos sobre algo en concreto o si al acabar me marché directamente a casa. Solo tengo grabada la dulzura con la que se dirigió a mí aquella primera vez, aquel «Siéntate aquí, si quieres», que hizo que me atreviera a entrar cuando ya estaba a punto de dar media vuelta, para ir hacia su sitio y sentir, de pronto, que dentro de la habitación se hacía verano a su lado.

Tenía quince años. Y entonces no tenía ni idea de lo que iba a suponer en mi vida conocer a Teresa.

Teresa era algo más alta que yo. Aunque solo me ganaba por un par de centímetros, a veces bromeábamos compitiendo de manera absurda sobre nuestra estatura. Nos poníamos una enfrente de la otra para medirnos, casi pegando nariz con nariz, y nos comparábamos llevando la palma de la mano hacia la cabeza, como si fuésemos el metro de una farmacia. Nos daba la risa y a mí me parecía estar tocando el sol; era como si el mundo entero ardiese bajo mis pies cuando notaba su respiración a escasos milímetros de mi cara. Me ponía roja y, para disimular, insistía en que me hacía trampa: que la suela de sus zapatos era más alta, o que ese día había mayor fuerza gravitacional terrestre que tiraba de mí hacia el suelo y me impedía estirarme correctamente… Cualquier cosa para probar otra vez, con tal de estar cerca de sus labios mientras la hacía reír. No sé bien en qué momento empezamos con esas tonterías, solo sé que aquella sensación que me invadía era tan agradable como llegar a casa al final del día.

Si ahora pienso en ella, Teresa era una chica normal y corriente, aunque a mí me parecía preciosa. Me atrapaba su mirada de Bambi, con esas pestañas interminables que nacían de sus ojos color chocolate, y que me hacían sentir que no había nada ni nadie más sobre la faz de la tierra.

Pero lo que más me fascinaba de ella era su sonrisa. Su boca era perfecta, y si tenías la suerte de tenerla frente a frente, cuando sonreía notabas, hipnotizada, cómo todo lo que la rodeaba se llenaba de luz mientras se ampliaba el gesto de sus labios, suaves, llenos de alegría y de vida… Su sonrisa era un disparo a quemarropa.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Lo que comenzó siendo un pasatiempo poco productivo y sin mucho convencimiento, se convirtió en mi momento favorito de la semana. Los miércoles, bajo la tutela de Elena, nuestra monitora, nos reuníamos un total de ocho chavales en el centro cívico del barrio. Teníamos alrededor de dieciséis años. A algunos ya los conocía de clase: Carlos, Silvia…, también había chicas de mi barrio de toda la vida, como Bea o María; pero a otros, a pesar de estar estudiando en el mismo instituto, no les había visto en la vida hasta entonces, como Alberto, Esther… y Teresa.

Elena era la trabajadora social más joven del centro y enseguida conectó con todos nosotros: sabía cómo hacernos sentir cómodos, sin retraimientos ni timideces, pues era ese tipo de persona que parece que conoces de toda la vida, aunque solo hubieras hablado con ella una vez. Era tan natural y tenía tal vitalidad que siempre conseguía animarnos a participar en cada iniciativa que se le ocurría. En ocasiones se hacía difícil imaginarla en el papel de instructora, pues se implicaba tanto con nuestras historias que, en lugar de nuestra monitora, parecía una adolescente más, a pesar de sus veintipico. Desde el principio, además, a mí me trató con un punto extra de cariño, pues me recordaba como la hermana pequeña de Esteban, ya que mi hermano y ella habían sido buenos amigos cuando iban al instituto.

Aquellos «grupos de voluntariado» (así se hacían llamar) formaban parte de un programa del Ayuntamiento para el centro cívico del barrio. Pretendían fomentar la implicación de los chavales con la comunidad mediante actividades, tareas, proyectos… Yo no estaba nada convencida de inscribirme en algo como aquello, pero ante la insistencia de mis padres de que «tenía que hacer algo por las tardes» para no estar todo el día metida en casa después de salir de clase, acabé por claudicar.

Por aquel entonces, mi timidez había conseguido que me ganase la fama de «bicho raro», y es que pasaba olímpicamente de ir a las cosas a las que se apuntaban las chicas de mi edad, en especial cualquier tipo de deporte. Lo odiaba. Baloncesto, natación…, se me daban todos fatal, sentía que no encajaba y que nada de eso iba conmigo; además, me veía igual de ridícula en bañador que corriendo y saltando entre aspavientos para atrapar un balón. Era como si todo el mundo solo se fijase en mí y en mi torpeza para señalarme y reírse a mi costa. Por supuesto, aquello eran imaginaciones mías, pero con ello tenía la excusa perfecta para encerrarme en mi habitación y pasarme todas las tardes leyendo o escuchando música. Por no salir, apenas accedía a las peticiones de mis amigas los fines de semana para ir a tomar algo por la noche y dar una vuelta por donde solía juntarse la gente para ir de fiesta. Me daba una pereza horrible volver a casa a las tantas, medio sorda por el volumen de la música en las discotecas y apestando al humo del tabaco de los demás.

De manera que, cuando vi la publicidad sobre los grupos de voluntariado en el centro cívico, pensé que quizás aquello serviría para que en casa se conformaran con algo; parecía una iniciativa interesante, así que me inscribí con el ánimo de que así me dejaran tranquila, pero sin ninguna expectativa más allá. Lo probaría durante algún tiempo, luego lo dejaría sin más, y en casa se darían por satisfechos.

Pero poco a poco, semana tras semana, iba dejando atrás mis reticencias y cada vez me encontraba más cómoda. Estaba encantada de que llegasen los miércoles por la tarde. Teníamos muy buen ambiente entre todos, y eso que a mí siempre me había costado horrores abrirme a conocer gente nueva.

Cada día hacíamos una actividad diferente: colaborábamos en iniciativas de las asociaciones de vecinos, echábamos una mano en una protectora de animales de la zona, ayudábamos en la organización de algún evento festivo o alguna competición deportiva local. También hacíamos alguna excursión al campo para encontrarnos con la naturaleza y concienciarnos sobre la importancia del cuidado del medio ambiente.

Pero otras veces, las reuniones tenían un toque mucho más personal. Había días que Elena nos animaba a reflexionar sobre un libro o alguna canción que nos gustase, a abrir un debate sobre alguna noticia impactante que hubiera ocurrido en los últimos días, a escribir sobre nuestras preocupaciones y sobre lo que esperábamos del futuro, y nos impulsaba a meditar sobre aspectos de nosotros mismos que no imaginábamos.

Gracias a todo aquello, poco a poco fui descubriendo aspectos de Teresa que, de otra forma, no hubiera conocido ni en un millón de años. En el instituto, las conversaciones con mis amigos de siempre enfilaban otros derroteros que tenían más que ver con la revolución hormonal que atravesaban nuestros cuerpos entonces, que con la manera de entender el mundo o con intereses por temas más profundos.

Así conocí a Teresa, y aprendí de ella que le gustaban los cantautores porque decía que las letras de algunas canciones escondían misterios que había que descifrar. O que el olor de la tierra mojada le recordaba la casa de sus abuelos en el pueblo, rodeada de campos de girasoles, y eso le hacía rememorar cómo de pequeña jugaba con su hermana a desgranar, una por una, las semillas de la flor una vez seca.

También supe que su libro preferido era El diario de Ana Frank, y que desde que lo leyó quería viajar a Ámsterdam para conocer en persona la casa donde vivió. Por eso estaba tan concienciada con la guerra de los Balcanes, a pesar de que cada vez que salían noticias en la televisión sobre Sarajevo se le revolvía el estómago. Comprobar cómo el ser humano podía tropezar con la misma piedra, repitiendo historias de guerras pasadas, le hacía pensar en un mundo pesimista y sin sensibilidad, por eso le gustaría implicarse en alguna ONG que intentase mediar para resolver esos conflictos a los que no encontraba explicación.

Le encantaba el mes de abril, porque decía que notaba cómo la vida dormida durante el invierno se despertaba de golpe, y la sensación de tumbarse en la hierba en el campo, aunque acabase llena de espigas enredadas entre las ondas morenas de su pelo, y luego, por culpa del polen, le hicieran estornudar más de cincuenta veces al día.

Había intentado leer en cuatro ocasiones Cien años de soledad, pero nunca conseguía terminarlo. Le encantaba La voz a ti debida, de Pedro Salinas, porque fue la primera vez que sintió un nudo en la garganta al leer poesía, y le ocurrió un atardecer en la playa de San Juan, en Alicante, donde siempre iba de vacaciones. Desde entonces, la playa de San Juan era su paraíso privado. Y confesó que odiaba sus pecas porque, de pequeña, en el colegio se reían de ella y algunos niños la señalaban exclamando que tenía la cara sucia…

No sabía por qué me embelesaba de aquella manera escucharla hablar. Cada palabra que decía la atesoraba en mi memoria para reconstruir después sus historias en mi cabeza, como si de un puzle se tratara, y así parecía que la sentía un poco más cercana a mí.

Algunos domingos por la tarde me tumbaba en mi habitación a la hora de la siesta pensando en sus relatos, mientras repasaba mentalmente el recién aprendido mapa de sus pecas, que a mí me llenaba de ternura.

Su cumpleaños era el 24 de enero, y la suerte quiso que aquel año cayese en miércoles. Llevaba días rompiéndome la cabeza buscando un regalo para ella y era todo un mar de dudas. No tenía ni idea de qué podía regalarle, pero quería que fuese especial.

Por otro lado, no tenía nada claro cómo iba a hacer para dárselo… No quería que fuese delante de todo el mundo, sería muy raro ser yo la única persona que tuviera un detalle con ella; al fin y al cabo, nos conocíamos desde hacía tan solo unos meses, aunque para entonces ya había bastante complicidad entre nosotras. Pero la opción de esperar a la salida para quedarnos a solas me ponía demasiado nerviosa. Ingenua de mí, sacudí la cabeza, maldiciendo lo que entendía por «timidez».

La respuesta a qué regalarle me vino de golpe al recoger la mesa en casa unos días antes. Estaba retirando un periódico que había estado leyendo mi padre, cuando me fijé en un artículo sobre recomendaciones y reseñas de varios libros. No lo dudé ni un instante: había encontrado el regalo perfecto. Recorrí seis librerías hasta que di con él. Tenía, además, el tiempo justo para poder leerlo antes de dárselo, y así poder compartir sus impresiones a posteriori. Sabía que iba a ser especial.

Aquel 24 de enero nos reunimos en una cafetería que estaba bastante cerca de mi casa. Fue idea de Elena, que quiso hacer el día un poco distinto, y Teresa, encantada, nos invitó a merendar. La ocasión no podía ser más idónea para darle el regalo. Nos pasamos la tarde riendo y haciendo bromas. María y Silvia no paraban de cantarle Cumpleaños feliz cada vez que venía el camarero y los demás aplaudíamos sin parar mientras Teresa, muerta de vergüenza, no paraba de decirnos que nos calláramos.

—¡Chicos, por favor, que nos van a echar! —Elena trataba de poner calma, pero sin mucho éxito. Entre risa y risa, café y café, y algún cambio de conversación, yo hice varios intentos de sacar el libro de mi mochila, pero mi mano se quedaba paralizada cada vez que lo tocaba, y volvía a dejarlo dentro. Fue pasando la tarde y, uno a uno, los compañeros se fueron marchando. Al final, en la cafetería solo quedábamos Elena, Teresa y yo, que seguíamos charlando por los codos.

—Bueno, chicas, creo que ya va siendo hora de irnos —dijo Elena después de un buen rato, apurando lo poco que quedaba en la mesa—. ¿Te acerco a tu casa, Teresa?

-—Vale. Voy a pagar y nos vamos —dijo Teresa levantándose y dirigiéndose a la barra. Me levanté de golpe, nerviosa. Ya no iba a tener más oportunidades si se marchaban. No podía quedarme paralizada otra vez.

—Esto… Esperad un momento… —acerté a decir.

—Eli, que tú vives aquí al lado, no me digas que quieres que te lleve en el coche —bromeó Elena.

—No, no es eso. Es que… —tragué saliva— tengo una cosa que darte, Teresa —solté por fin. Teresa se dio la vuelta. Yo bajé la cabeza metiéndola literalmente dentro de mi mochila, rebuscando el libro.

—Pero…

—Toma. Feliz cumpleaños… —Saqué el paquetito envuelto en papel de regalo rojo. Estiré tanto el brazo para dárselo que se lo puse debajo de la nariz. A Teresa se le iluminó la cara. No se lo esperaba.

—¡Pero qué suerte, Teresa! ¡Qué bien! —Menos mal que Elena empezó a hablar, y así yo no tenía que seguir diciendo nada, de la vergüenza que estaba pasando. Teresa deshizo el lazo con sumo cuidado y desenvolvió el regalo, despacio para no romperlo. Nunca había reparado en lo bonitas que eran sus manos. Leyó el título en voz alta:

—«Diario de Zlata». —Sonrió y giró el libro para ver la contraportada—. «Durante trece años, Zlata Filipovic vivió en Sarajevo, desde donde escribió este diario: el testimonio de una niña que cuenta en sus páginas la vida cotidiana en la capital bosnia hasta que la guerra irrumpe en ella». —Teresa levantó la cabeza y me miró. En sus ojos se adivinaba una mezcla de sorpresa y ternura que me dejaba fuera de juego.

—¡Qué original, Eli! —dijo Elena, tan espontánea como siempre. Había cogido el libro y lo estaba hojeando. Siguió hablando, aunque yo había dejado de oírla. Mientras, Teresa seguía mirándome, sonriendo. Para mí, el resto de clientes de la cafetería se habían desvanecido y, a pesar del ruido de la gente y del ajetreo, oía los latidos de mi corazón agolpándose a mil por hora a medida que Teresa se acercaba a mí.

—Mil gracias, Eli… ¡Me encanta! —Y me rodeó con sus brazos. Acerté a decirle «de nada» con un hilo de voz que no sé de dónde salió, a la vez que cerraba los ojos, perdiéndome en un intenso abrazo con olor a vainilla. No debió de durar más de cinco segundos, pero para mí habían pasado horas.

—Bueno, Teresa, vámonos que se está haciendo tarde. —Elena se encargó de bajarme de la órbita. Teresa se volvió hacia la barra para pagar, recogieron sus cosas y se dispusieron a marcharse.

—Bueno, pues hasta la semana que viene. Nos lo hemos pasado genial, ¿eh? —se despedía Elena desde la puerta—. ¿Eli, sales con nosotras ya? —me preguntó. Yo tenía la sonrisa tonta en la cara.

—No, no…, voy a ir al baño antes —mentí. Solo quería permanecer allí un poco más para terminar de saborear lo ocurrido y poder admirarla unos segundos extra, aunque fuese de espaldas mientras abandonaban la cafetería. Seguí flotando, feliz de que le hubiera gustado mi regalo, feliz de sentirme por fin su amiga.

 

 

Debía de ser todavía invierno, porque hacía un frío atroz. Ese miércoles habíamos decidido quedar en el parque y hacer alguna actividad al aire libre. Lo que la semana anterior nos había parecido una idea estupenda, pronto se volvió una pésima decisión. Creo recordar que el objetivo de aquel día era realizar un conteo de los nidos de pájaros del parque, para luego pasarle la información a la protectora de animales.

Empezamos a caminar por uno de los paseos, observando las ramas de los árboles. Yo llevaba mi cuaderno de notas en la mano para ir anotando lo que viésemos. Al abrirlo, un golpe de viento helado alborotó las hojas y me pareció entrever algo raro en una de las últimas páginas. Me quedé un poco atrás, rezagada del grupo, para comprobarlo. Alguien había escrito algo en una de las páginas finales sin que yo me diese cuenta. Reconocí la letra de inmediato. Ha sido maravilloso conocerte. ¡Gracias por el libro, pero, sobre todo, gracias por dejarme ser parte de tu vida! Siempre lo serás de la mía. Teresa.

Se me pasó todo el frío. No tenía ni idea de cuándo Teresa había escrito aquello, a escondidas. Debió de ser poco después de su cumpleaños. Como por instinto, abracé el cuaderno contra mi pecho y alcé la vista para buscarla entre los demás. Cuando me di cuenta de que me sacaban un buen trecho de distancia, aligeré el paso, iba pletórica, cantando bajito, sin poder disimular mi alegría, y eché a correr para alcanzarlos… con tan mala suerte que pisé un charco congelado, resbalé y caí al suelo cuan larga era. No sé si me dolían más las rodillas o el orgullo.

Al oír el trompazo, los chicos se giraron y me vieron en el suelo de una manera un tanto ridícula. Todos empezaron a reírse y bromear.

—¿Pero qué haces? —me gritaban—. ¿Has aterrizado?

—¿Estabas practicando patinaje sobre hielo o qué? —les oía entre carcajadas. Hasta María y Silvia se tapaban la boca intentando disimular la risa.

«Tierra, trágame», pensaba yo. Me temblaban las manos del susto y del frío. «La madre que me parió, qué vergüenza», maldecía mientras intentaba levantarme.

—¿Te has hecho daño, Eli? —De pronto vi a Teresa agachada a ras del suelo, mirándome con cara de preocupación y tendiéndome la mano. No la había visto llegar. Era imposible que hubiese aparecido ahí tan rápido sin teletransportarse. Pero allí estaba. Detrás se acercaba Elena, haciendo callar a los demás. Entre las dos me ayudaron a levantarme.

—¿Puedes? ¿Estás bien? —inquirió Elena.

—Sí, sí… —acerté a decir, ignorando las burlas del resto. Me levanté, cojeando y con los vaqueros llenos de barro—. No ha sido nada. Podemos seguir. —Dignidad ante todo, claro.

—¿Seguro que no te has hecho nada? —preguntó Elena.

—No, de verdad —dije mientras me sacudía la tierra del abrigo con una mano y con la otra sujetaba temblorosa el cuaderno. Me acerqué a ellas cojeando—. Estoy bien…

—No te preocupes, que ya no te vas a caer más —escuché a Teresa decirme mientras hacíamos oídos sordos a las risitas de los demás. Rodeó con su brazo mi cintura y, acto seguido, echamos a andar.

—Gracias —murmuré. Febrero de repente se convertía en agosto. Me eché a reír, nerviosa—. Vaya tortazo me he dado, parezco tonta —me excusé, todavía abochornada.

—¡Tontos ellos! —zanjó Teresa, dándome un beso en la frente y estrechándome con su brazo.

Agosto. Agosto eterno, de mar y palmeras, emergió en mitad de aquel parque de barro, de árboles pelados, sin hojas, eclipsando el frío sol de invierno.

 

 

Cada miércoles volvía un poco más tarde a casa. No me importaba aguantar la matraca de mis padres: que si vaya horas, que si tenía que avisar antes, que si ya estaban empezando a cenar… Me disculpaba con cualquier excusa, pero la historia se repetía a la semana siguiente. Y es que aquellos ratos tras las reuniones en el centro cívico se fueron convirtiendo en mi pequeña isla paradisíaca en la que naufragar, donde todo lo de alrededor pasaba a una esfera totalmente secundaria. La mayoría de los días, al terminar las reuniones, nos solíamos quedar un poco más por los alrededores, charlando y echándonos unas risas, hasta que cada uno se iba yendo para su casa. Teresa y yo siempre éramos las últimas en marcharnos. Había veces que nos quedábamos horas y horas sentadas en cualquiera de los bancos que había por allí, y cuando nos dábamos cuenta ya había anochecido. Hablábamos de todo y de nada, nos reíamos por cualquier tontería, y nos contábamos nuestros dramas particulares.

Uno de tantos días estaba desahogándome con ella después de la enésima discusión con mi hermano, que para mí era un dolor de cabeza bastante recurrente por aquel entonces.

—Pues es que no entiendo cómo mis padres no le dicen nada, es que es increíble. Desde que empezó a trabajar en Bilbao apenas viene a casa, pero cuando vuelve, es para hacer lo que le da la gana.

—Tía, pasa de él, si solo viene a Zaragoza un fin de semana cada mes, no te cabrees.

—Ya, pero me jode, llega a casa para entrar a mesa puesta y a que se lo den todo hecho, y encima, no para de meterse conmigo. Y mis padres: que si es que viene conduciendo desde muy lejos, que estará cansado y tal… Qué ganas de que lleguen los domingos para que se pire otra vez, tía. Toda la vida discutiendo con él, y yo que pensaba que al currar fuera y marcharse de casa se arreglaba, pero nada.

—No sabía que te llevaras tan mal con tu hermano.

—A ver, si no es que me lleve mal, pero desde siempre disfruta metiéndose conmigo todo el rato. Y como ya no vive en casa, cuando viene se aprovecha y me da la brasa el triple. Qué envidia me dais las que tenéis hermanas y no esto.

—Bueno, que yo con mis hermanas también discuto, no te creas…

—Ya, pero es distinto…, a mí ni se me ocurre contarle según qué cosas a mi hermano, o hablarle de nada, porque se ríe de todo lo que hago, de todo lo que me pasa… Y en lugar de echarme un cable con mis padres para que me dejen hacer lo que sea, encima se pone de su parte. Me saca de quicio. Ni te cuento la de bromas que tengo que aguantarle con todo.

—Vaya, la verdad es que con una hermana hay cosas que son más fáciles.

—Pues seguro… Para empezar, una hermana no se va a reír de ti porque estés con la regla, por ejemplo.

—Ya, puede que entre nosotras nos apoyemos más con otras cosas —dijo pensativa Teresa—. Pero si es por eso no te preocupes, que yo te quiero como si fueras mi hermana. —Y me sonrió como solo ella sabía hacerlo, dejándome fuera de juego. Solo pude sacudir la cabeza a modo de afirmación, porque no era capaz de contestarle algo con sentido. Nos despedimos y me marché a casa, flotando sobre el asfalto de la acera.

Aquellos y otros momentos de complicidad me llenaban de una sensación indescriptible de bienestar que me hacían olvidarme del reloj y que no me importase en absoluto la repetida bronca por llegar tarde a cenar otra vez.

 

 

Los días eran cada vez más largos y se notaba cómo el buen tiempo comenzaba a abrirse paso. Dice el refrán que «la primavera la sangre altera», y según en qué entornos, la revoluciona. De forma totalmente inimaginable para mí tan solo unos meses atrás, ahora era yo quien apuraba los fines de semana hasta el último minuto y solía quedarme los viernes y los sábados hasta las tantas, peregrinando de garito en garito. Al principio aceptaba de mala gana, ya que mi grupo de amigas se empeñaba en ir cambiando de sitio para ver si coincidíamos con los guaperas de turno del instituto. A mí, si los veíamos o no, me daba igual; yo prefería encontrarme con otra gente, por ejemplo, con el grupo de amigos de Teresa, pero ellos solían salir por otras zonas de la ciudad y rara vez coincidíamos. Pero a mis amigas no les apetecía nada cambiar de plan.

De manera que mientras ellas perseguían a ciertos chicos en cuestión, ellos, a su vez, nos acechaban haciéndose los encontradizos al más puro estilo del juego del gato y el ratón. Y así fue como conocí a Javi.

Javi iba a la clase de enfrente y yo le había visto muchas veces por los pasillos sin más. Pero era imposible no saber quién era, si la mitad de mis amigas suspiraban por los rincones cuando le veían pasar, y la verdad es que no era para menos: Javi parecía un chico sacado de la portada de la Súper Pop.

Fue después de coincidir varios sábados por la noche con él y sus amigos, que comenzamos a juntarnos más con todos ellos, y Javi siempre trataba de entablar conversación conmigo. La verdad es que a mí cualquier excusa me valía para poder salir de la discoteca antes de que el volumen de la música bakalao me taladrase el cerebro. Además, me agobiaba muchísimo ese momento discotequero en el que los tíos se arriman y se quedan pegados como lapas para hablarte al oído, con la excusa de «es que no te oigo». Algo que tampoco ha cambiado mucho, a pesar de los años.

Tardé bastante en darme cuenta de que cada vez que salía a la calle a tomar el aire, Javi se ofrecía a acompañarme. Mis amigas empezaron a bromear al respecto, pero yo me negaba a creerles y les respondía que tan solo nos llevábamos bien. No le daba mayor importancia, de hecho, pensaba que a él le molestaba el humo tanto como a mí, y por eso nos escapábamos mientras el resto de nuestros amigos fumaban como carreteros allí dentro.

Nos quedábamos en la calle, hablando entre el bullicio de cerca de la entrada hasta que, poco a poco, los demás iban saliendo para marcharnos a casa. Durante todo ese rato, yo iba mirando de reojo hacia la esquina, hacia los bares de enfrente o hacia los garitos del otro lado de la calle, vigilando el entrar y salir de la gente por si podía escudriñar alguna cara conocida más allá. De manera que, la mitad de las veces, apenas prestaba atención a lo que el pobre Javi me decía, pero a él tampoco parecía importarle.

Ni que decir tiene que lo que yo esperaba secretamente era que en algún momento de la noche apareciesen Teresa y sus amigos por allí. Aunque fuera tarde y estuviera deseando llegar a casa, agotaba hasta el último minuto mi toque de queda permitido, por si les veía aparecer. Cuando alguna noche daba la casualidad de que se alineaban los astros y divisaba la silueta de Teresa entre la multitud, me olvidaba por completo de Javi y de lo que fuera que me estuviese contando; me ponía a agitar los brazos como un marinero divisando tierra, llamándola a voces desde el sitio donde estábamos, hasta que Teresa se percataba. A mí se me iluminaba la cara al verla hacer aspavientos y acercarse a toda prisa hacia nosotros, dejando a su gente varios pasos por detrás.

Javi debía de flipar, porque aquello parecían los reencuentros de los anuncios de turrón por Navidad. Pero como él también conocía a Luis, a Carlos y al resto de los amigos de Teresa, tanto del instituto como de jugar al fútbol, la escena pasaba más desapercibida. Y a mí ya no me importaban ni el ruido de la música bakalao, ni el frío de las dos de la madrugada del mes de abril, ni si Javi se quedaba esperándome o se marchaba a casa solo.

 

 

Llegó junio y con él se acabaron el curso y las reuniones del grupo de los miércoles. Por delante quedaban tres meses en los que, seguramente, apenas nos veríamos ni tendríamos mucho más contacto que las postales que habíamos prometido enviarnos de las vacaciones, ya que la familia de Teresa se marchaba a Alicante durante casi todo el verano.

¡Madre mía! Cuando lo pienso, no hace tanto tiempo de los noventa, pero pareciera que estamos a años luz de aquello… Ni móvil, ni WhatsApp, ni Facebook, Instagram o Twitter… Lo normal era que prácticamente, en todo el verano, apenas supiésemos alguna cosa de la gente hasta la vuelta de las clases en septiembre.

Elegí enviarle una postal de un amanecer en los Pirineos, que fue donde pasé las vacaciones aquel año. Creo que le escribí algún chiste, la rigurosa descripción del tiempo meteorológico del momento y poco más. Pero recuerdo el hormigueo en el estómago al echar la postal en la oficina de Correos y el vuelco de alegría al encontrar la suya en el buzón de casa a mi regreso.

La imagen de su postal era, cómo no, de la playa de San Juan y en la postdata hacía alusión a nuestra broma privada sobre la altura. Me decía que, a la vuelta, tendríamos que volver a medirnos, porque estaba segura de que en todo este tiempo había sido capaz de superar su estatura.

Al leerlo, me entró la risa nerviosa; la sola idea de tenerla frente a frente, a un centímetro de mi boca, provocó que, por primera vez, algo en mí reaccionase de una manera físicamente distinta. En concreto, una determinada zona de mi cuerpo que me obligó a cambiarme de ropa interior… Por aquel entonces, mi mente ignorante pensó que quizás se me había aflojado la vejiga un poco al reírme… Tiempo más tarde, supe que aquella humedad obedecía a otra causa.

Ay, los noventa… Ni la adolescencia de entonces era muy distinta a la de ahora, ni lo eran las señales que enviaba tu propio cuerpo en cuestiones de piel. Simplemente, el contexto era otro, y el ritmo también. En mi caso, ese ritmo para descubrir por qué me pasaba lo que me pasaba con Teresa iba a su bola por completo. No es que yo no quisiera ver más allá, es que no sabía cómo mirar. En una realidad cotidiana, donde cualquier alusión a una posible historia de amor entre dos chicas brillaba por su ausencia, todo tenía cualquier otra explicación. ¿Y cómo identificarse, además, con una palabra que solo se pronunciaba en contadas ocasiones y siempre a modo de burla o insulto?

Porque durante esos meses sin ver a Teresa, aunque yo la recordase a todas horas y solo quisiera pensar en volver a verla, jamás me planteé la idea de que echarla de menos de esa manera significara que sentía algo más que una amistad hacia ella. Y mira que me asaltaba a veces la idea de que conociese a algún chico durante el verano, y que, de vuelta al instituto, se convirtiese en una chica más de esas que dejan de lado a sus amigas cuando salen con alguien. Me aterraba poder pasar a un segundo plano y perder su amistad, porque sabía que, ante un novio, yo, como amiga, no podría competir. Pero ni por esas se me encendía la bombilla.

Solo podía pensar en la suerte que tendría ese supuesto chico. Qué afortunado sería el que consiguiese salir con ella. Porque, desde luego, si yo fuese un chico, bebería los vientos por Teresa, eso lo tenía clarísimo, y esa era la mayor concesión que le permitía hacer a mi cerebro.

El chico que estuviese con ella tendría que ser guapo, cariñoso, dulce, atento… Tendría que hacerle reír de la misma manera que yo lo hacía, tratarla con el mismo cuidado que yo lo haría y que jamás se atreviese a hacerle el más mínimo daño. Que siempre fuese amable con ella y que, como a mí, se le dibujase una sonrisa perenne en la cara cada vez que la viera aparecer. Que fuera rubio, como yo, que le cayera el flequillo sobre los ojos castaños, como los míos. Que vistiera vaqueros de marca Levi