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En este libro, Juan Casassus examina treinta años de investigación de las emociones desde la filosofía, las neurociencias y la psicología, para mostrarnos que las emociones son inteligentes y cognitivas y que cada persona las va construyendo a partir de su experiencia vital. Las emociones participan en nuestras vidas para protegernos, abordar problemas y darles sentido. Para potenciar nuestras capacidades emocionales es esencial superar los mitos dañinos que las distorsionan y explorar un conocimiento profundo y operativo de lo que ellas hacen.
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Seitenzahl: 610
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Siento, luego existo: el devenir humano a través de las emociones
Juan Casassus
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 – Santiago de Chile
[email protected] – 56-228897726
www.uahurtado.cl
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
ISBN libro impreso: 978-956-357-405-0
ISBN libro digital: 978-956-357-406-7
Los libros de Ediciones UAH poseen tres instancias de evaluación: comité científico de la colección, comité editorial multidisciplinario y sistema de referato ciego. Este libro fue sometido a las tres instancias de evaluación.
Dirección editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Diseño interior
Javiera Vásquez Martínez
Diseño de portada
Francisca Toral
Imagen de portada: iStock
Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Índice
Prefacio
Introducción
PARTE I LOS TRES ENCUENTROS
Capítulo I. Siento, luego existo
Capítulo II. La historia de la vida en un párrafo
Capítulo III. Encuentros de tres tipos
Capítulo IV. El primer encuentro: el mundo natural
Capítulo V. La mente
Capítulo VI. La especialización
Capítulo VII. El gen egoísta
Capítulo VIII. El segundo encuentro, el ambiente social y las alianzas
Capítulo IX. El tercer encuentro: la extrañeza
Capítulo X. ¿Qué hay adentro?
Capítulo XI. La relevancia del sentir
Capítulo XII. El otro mundo interior
Capítulo XIII. La psicología popular vs la subjetividad
PARTE II LA DECONSTRUCCIÓN Y LA CONSTRUCCIÓN EMOCIONAL DEL MUNDO
Capítulo XIV. Conocer el mundo
Capítulo XV. ¿Dónde se fue la realidad?
Capítulo XVI. Inventamos la realidad
Capítulo XVII. La interfaz
Capítulo XVIII. La percepción emocional del mundo
Capítulo XIX. La verdad de las cosas... para mí
Capítulo XX. ¿Cuán verdadero es el mundo que nos muestran las emociones?
Capítulo XXI. ¿En qué sentido la percepción emocional es disfuncional?
Capítulo XXII. La máquina del tiempo
PARTE III ¿QUÉ SABEMOS DE LAS EMOCIONES?
Capítulo XXIII. Los dos caballos
Capítulo XXIV. ¿Emociones positivas y emociones negativas?
Capítulo XXV. ¿Materialista y conductista?
Capítulo XXVI. El proceso cognitivo de nuestras emociones
Capítulo XXVII. Representaciones y predicciones
Capítulo XXVIII. Sobre módulos y esquemas
Capítulo XXIX. Una mente jerárquica
Capítulo XXX. Construyendo emociones
Capítulo XXXI. Entonces ¿qué son las emociones?
Capítulo XXXII. El complejo mundo de las emociones
PARTE IV ¿PARA QUÉ SIRVEN?
Capítulo XXXIII. Nos protegen
Capítulo XXXIV. Son inteligentes
Capítulo XXXV. Detectan la situación en que me encuentro
Capítulo XXXVI. Evalúan la situación en que me encuentro
Capítulo XXXVII. Formulan juicios y asignan esencias
Capítulo XXXVIII. Nos motivan
Capítulo XXXIX. Deciden por nosotros
Capítulo XL. Orientan la acción
Capítulo XLI. Sirven para comunicarnos
Capítulo XLII. Crean nuestros valores
Capítulo XLIII. Sostienen la conducta moral
Capítulo XLIV. Me muestran quién soy
PARTE VLA EXPERIENCIA EMOCIONAL
Capítulo XLV. ¿Qué es la experiencia?
Capítulo XLVI. La emoción encarnada
Capítulo XLVII. La emoción en la experiencia emocional
Capítulo XLVIII. El pensamiento y la emoción
Capítulo XLIX. La preparación de la acción
PARTE VIPOR FAVOR SIENTE LO QUE SIENTES
Capítulo L. ¿Soy un sistema centralizado o uno descentralizado?
Capítulo LI. Regular la emoción
Bibliografía
Prefacio
Escribir un libro sobre las emociones al inicio de la segunda década del siglo XXI, mientras el mundo está envuelto en una misteriosa pandemia llamada Covid 19, asumiendo las profecías del desequilibrio climático, rupturas de los abastecimientos globales y sumergiéndose en la virtualidad como forma de vida, todas cosas que han revolucionado nuestras vidas, parecería como si este fuese un libro fuera de época. Además, todos tenemos las emociones al alcance de la mano. Es cierto, todos poseemos una idea de lo que son las emociones, pues las vivimos e incluso podemos nombrar algunas, aunque no siempre sabemos por qué están allí y cómo relacionarnos con ellas. Pero a pesar de todo y, sobre todo, este es un libro acerca de las emociones en cada uno.
Este escrito, aspira a contribuir a una redefinición de las emociones de manera que sean más coherentes y accesibles para la persona lectora en este tiempo de incertidumbres, y así poder comprender mejor a la gran motivadora y generadora de sentido que es la emoción y a su expresión, la experiencia emocional.
La incertidumbre acerca del futuro, la soledad creciente, las falsas verdades, la dominación del narcotráfico, la ausencia de sentido, la virtualidad, el lenguaje de guerra, las desigualdades, las divisiones, la falta de confianza en las instituciones, son parte del escenario en el que se desenvuelven actualmente nuestras vidas. Uno podría decir que esto es lo difícil, pero no lo es necesariamente, es solo lo que ocurre en el mundo que nos rodea. Lo difícil y más importante, es comprender lo que ocurre en el mar interno de cada uno en estas circunstancias. Este libro, sin ser un libro de autoayuda, aspira a fortalecer a la persona que lo lee, para que le sirva de orientación ante las elecciones de caminos posibles que nos presenta el laberinto. Este escrito quisiera despertar la emocionalidad de la persona que en este momento lee, dejándose afectar por el texto y tener su particular experiencia emocional. Si se quiere comprender lo que es la experiencia emocional, primero hay que comprender lo que son las emociones.
La idea de este libro es hacer un viaje por el laberinto del ser humano. Nos adentramos por los caminos de la neurociencia y también por las bifurcaciones de la filosofía y la psicología, explorando perspectivas, interpretaciones, meditaciones, interconexiones e intuiciones. En el itinerario descubrimos que las emociones, el hilo dorado de Ariadna y el itinerario sinuoso, es la exploración de los contornos del mundo emocional, que nos lleva al centro del laberinto. Allí donde habita el Minotauro, medio animal y medio humano.
Introducción
Como cada sábado, va al puesto de reciclaje que hay en la plaza. Al depositar los plásticos en el contenedor, le llama la atención que entre ellos hay un objeto que no corresponde. Consciente de su voluntad ecológica, lo saca y ve que se trata de una lámpara de metal. “Es parecida a la de Aladino”. Como está sucia, la limpia para verla mejor, y claro, al frotarla aparece un genio. “Puedes pedirme lo que quieras”, le dice, “pero hazlo con responsabilidad, pues siempre habrá una condición”. Feliz, ella reflexiona seriamente y decide pedirle riqueza. Mucha más riqueza que lo que pudiera gastar en su vida y, pensando compartirla con tus cercanos, también en la vida del resto de su familia. “Eso lo puedo hacer con facilidad”, le dice el genio, “Pero como te dije, hay una condición: esta es que dejarás de sentir. No más penas, no más alegrías ni admiración, no más angustias, no más fascinación, ni pesares, ni amores. No sentirás nada de lo que ocurre subjetivamente. Por esto mismo, porque es subjetivo, nadie se dará cuenta. Lo que verán los otros es que te beneficias de todo lo que pueda comprar el dinero: viajes, palacios, educación, atención de salud… todo… y nadie se dará cuenta de que no sientes. Esta es la condición. Así que tómate un momento de reflexión para decidir si realmente quieres hacerme esta petición”. Tú ¿qué elegirías?
Por favor, elige sentir, porque es con el sentir que construyes tu mundo, que no es otro que el mundo en que vives. Mientras más sensible, mientras más afinado y de mejor calidad sea tu sentir, más pleno será el mundo en que vives y más enriquecida será tu vida.
Un autor siempre espera que su lector se beneficie con la lectura de su texto. Aunque en realidad nunca sabe lo que va a ocurrir. Lo que a mí me gustaría que ocurriera es que los lectores amplíen su vocabulario y afinen sus conceptos cuando hablan de las emociones. Ojalá este libro entregue puntos de vista, referencias, intuiciones y comentarios que le permitan al lector articular, maravillarse y enamorarse de sus emociones y de las que percibe en los otros.
Junto con el vocabulario, los conceptos e intuiciones, la intención también es la de describir una forma de mirar el mundo desde las emociones. Todo lo escrito en este libro, aunque con algunas referencias al pasado, está fundado principalmente en dos fuentes: los resultados de investigaciones sobre las emociones en los últimos veinte años y en la exploración autonómica basada en una introspección honesta. Digo la palabra “honesta” porque si hay algo en lo que no lo somos, es en relación con lo que no queremos ver en nuestras emociones.
Mi reflexión acerca de las emociones partió en la década de 1990, con su estudio en los procesos de aprendizaje1. En esa época, hacer esto era percibido como algo marginal. Hoy ya no lo es y la emoción se ha vuelto uno de los temas centrales de la investigación a nivel mundial. Desde esa época, me beneficié de conversaciones y trabajos con notables investigadores chilenos del tema. Una serie fue con Susana Bloch, que desarrolló el enfoque Alba Emoting2. Este enfoque pone el acento en la respiración como método para manejar las emociones. Varias conversaciones con Humberto Maturana giraron en torno a la relación entre emoción y acción3, y con Fernando Flores, quién marcó la relevancia del lenguaje en relación con el mundo emocional4. Amanda Céspedes hizo detenerme para poner el acento en la biología y el funcionamiento del sistema nervioso5. Sus enfoques, ya sean desde la biología, la respiración o el lenguaje, han sido un aporte y fuente de inspiración que me llevaron a buscar una visión más integrada del mundo emocional. Eric Baret me orientó en esta búsqueda. Su visión radical del sentir, sin identificación ni conceptos, fue la clave6. El punto fundamental que hacemos en este libro es que la mejor manera de relacionarse con el mundo emocional es a través de la conciencia del sentir.
En este libro, tiendo a no citar a otros autores en el texto, pues lo transformaría en una lectura tediosa llena de nombres y fechas en paréntesis. En vez de eso, puse un número de nota que nos lleva a esos autores en la referencia al final.
Este libro está compuesto de seis partes. En la primera parte, se presentan las emociones como aspectos de lo humano que surgen de sus tres encuentros con el mundo. El mundo natural y físico, el mundo social, más complejo, lleno de códigos, y el mundo interno, el que aun siendo el más cercano es también más inaccesible. En la segunda parte, analizamos el papel de las emociones en este encuentro con los tres mundos. En nuestra vida corriente suponemos que el mundo real está compuesto de objetos como árboles, perros o vehículos que existen en el tiempo y el espacio, pero resulta que esta es una ilusión. Es algo funcional, pero igual es una ilusión. Es probable que no logremos jamás llegar al fondo de una realidad. Lo único que podemos hacer es percibirla y tener la experiencia de ella para así hacer que se transforme en una realidad para nosotros. Una realidad que nos es aparente por la percepción y la experiencia que tengamos de ella. Esto es conocido. Lo que querremos aportar a esta perspectiva, es que la construcción de la realidad —nuestro mundo— depende de nuestra percepción emocional. Por esto consideramos que las emociones son la materia a partir de la cual construimos el mundo. Esto nos lleva a la Parte III, donde nos hacemos preguntas acerca de qué son las emociones. La revisión de los planteamientos más relevantes se convierte en un trayecto hacia una mejor comprensión de la naturaleza y complejidad del mundo emocional. Tradicionalmente, las emociones son consideradas como perturbaciones irracionales que sería mejor evitar. En la Parte IV, se muestra porqué son fundamentales en nuestras vidas y porqué nos son tan útiles. Las emociones no solo son importantes en nuestras vidas, son nuestra vida, y nuestra vida es la experiencia emocional. Este es el tema central de la Parte V y, la parte final, la Parte VI, se interna en la preocupación que comparten muchas personas, a saber, cómo regular las emociones. Las sugerencias de esta parte son distintas a lo que se encuentra en otros libros. Lo escrito se desprende de los argumentos presentados a lo largo de la obra y a la sistematización del enfoque “Conciencia emocional y comprensión emocional” (CECE) que ha sido desarrollado en las investigaciones de la Escuela de Educación Emocional7.
Un debate fundamental que atraviesa este texto es acerca si las emociones son “naturaleza” o “cultura”; o, dicho de otra manera, si son innatas o aprendidas del contexto. Unos sostienen que son de la naturaleza, para decir que son programaciones innatas que vienen con la especie. Otros sostienen que son producto de la cultura, es decir, que son respuestas creadas ante las cambiantes circunstancias en que se encuentran las personas y, por lo tanto, no son preprogramaciones. Muchos sostienen una perspectiva dual, en que las emociones son un poco de una y un poco de otra. Para que tengas un hilo conductor en la lectura de este libro, podrías comenzar intentando responder dos preguntas. Una es: ¿cuál es tu opinión al respecto? Puede ser cualquiera de las tres o, quizá, una cuarta, no optar por ninguna. Si te has dado el tiempo de responderla, considera ahora la siguiente pregunta, ¿cuál es la función de las emociones en tu vida? Estas dos respuestas serán el punto de partida para mantener un diálogo con lo que se expone aquí.
PARTE I
LOS TRES ENCUENTROS
Capítulo ISiento, luego existo8
Este escrito es un argumento en favor de las emociones. En particular, es una invitación a poner la experiencia emocional en el centro de nuestras vidas, y así, sacar las emociones del papel secundario que tienen en la comprensión de ser humano y de su conducta. Todo pensamiento, todo sentir, toda acción tiene su soporte en el mundo emocional. Todo parte y todo termina en alguna emoción. Si entro en un cuarto oscuro y siento miedo, el miedo me predispondrá a encontrar el interruptor y pender la luz. Una vez que la luz alumbre el cuarto, el miedo se disipará y estaré en otra circunstancia con otra emoción. Por esto, es necesario comprender mejor la naturaleza de las emociones y, para ello, un tema subyacente necesario es superar los estereotipos tradicionales que rodean las emociones.
Durante cientos de años se ha opuesto razón a emoción, considerando que las emociones son un obstáculo a la razón. En casi todas las épocas, se ha asociado a las emociones con lo irracional. Encontramos que se sostienen ideas como que la tristeza, los celos o la rabia, serían la explicación de porqué a veces las personas se comportan de manera no racional. Esto reforzó la idea de la oposición entre emoción y razón, y, naturalmente, contribuyó a que las emociones fueran vistas como fenómenos que habría que evitar, para que así la mente racional pudiera funcionar libremente. Es de buena fortuna que los últimos treinta años de investigaciones sobre las emociones hayan evidenciado una revalorización de su papel, en particular su relación con la racionalidad. Ha surgido un consenso que ha mostrado que las emociones son parte del proceso racional. Facilitan el acceso a la racionalidad, a la acción adecuada, y también presentan una lógica y racionalidad particular que nos enriquecen como es, por ejemplo, el caso de la emoción en el arte y la belleza, que contribuyen a una vida más plena. Ante esto hemos decidido dejar de lado la forma corriente de hablar que distingue entre “emoción y razón”, pues es algo que confunde. Para subsanar esto, aquí hablamos de “emoción y pensamiento”, puesto que ambos conceptos están imbuidos de procesos racionales.
Otro estereotipo clásico es considerar que hay emociones negativas. Ejemplos de ello serían el miedo, la rabia, la tristeza y varias otras. Pero este no es solo un abuso del lenguaje, que desvía la atención de los beneficios de las emociones y hace de las emociones algo que amerita ser disminuido y alejado de nuestras vidas, restringiendo su envergadura. Esto es lamentable pues las emociones, entre otras cualidades, son señales. Nos informan acerca de lo que sucede. Si sentimos miedo, es porque la emoción ha detectado una amenaza y si no le ponemos atención, nos podrá dañar. Pensar que hay que evitar la emoción del miedo, es pensar mal. Atribuirle negatividad al miedo es un error, pues lo negativo no es una propiedad de la emoción, sino de aquello que es señalado por el miedo. Si sentimos rabia, la negatividad no está en la emoción sino en la causa que le da origen, como el estar consciente de que han cometido injusticias. La negatividad no radica en la emoción, sino en la interpretación de lo que ocurre.
Las emociones nos sirven para detectar y solucionar problemas. Aunque a veces la información que nos entregan las emociones no bastan para encontrar la solución a un problema. Pero ello no es responsabilidad de la emoción, sino de la persona que está emocionada, de las características de su personalidad y del contexto en que se encuentra. Puede ser que ello ocurra porque no ha procesado o no cuenta con la información adecuada para afrontar la situación en la que se encuentra. Considerar la emoción como información es relevante, pues nos permite formular una mejor evaluación de lo que ocurre y qué es lo que hay que hacer. Analizar la emoción es procesar la información que la señal está entregando. La emoción es también motivación. Un astrónomo, enamorado de su profesión, persistirá en la investigación y enfrentará los problemas que se le presentan tanto en base al cúmulo de la información que ha acumulado, como por el amor por su profesión. Si solo tiene la experticia de su profesión y no está enamorado de su profesión, es probable que no logre tener la persistencia necesaria para resolver los problemas que enfrenta, intentar conocer cómo surge nuestro sistema solar.
Las emociones son inteligentes, lógicas, racionales, predictivas y anticipatorias de acción, de manera que, como hemos dicho recién, si las personas no actúan de manera racional en una situación, no es por las emociones, sino que es porque esas personas son poco conscientes de lo que ocurre y no piensan bien. Es a través del sentir emocional que conocemos el mundo. Por ello, introducir mayor conciencia en el sentir, es una forma de potenciar el valor epistémico de la emoción. Dejarse llevar por las emociones puede llevar a excesos. Pero ello ocurre por la falta de conciencia reflexiva acerca de la fuerza de la emoción que está presente y la incapacidad de comprender el porqué de la emoción en ese momento.
La relación entre emociones y pensamiento es una dinámica central de la vida humana. Esta no es una relación conflictiva como se la ha hecho aparecer. Se trata de una dinámica de complementaridad. En esta relación, un aspecto central es comprender que, en la dinámica de la relación dialéctica entre ellos, las emociones preceden al pensamiento. Las emociones llaman e informan el pensamiento y, de retorno, el pensamiento interpreta, expresa razonamientos, agregan precisión y le dan “respetabilidad” a la emoción sentida. La razón del pensamiento siempre justifica la razón de la emoción sentida.
Otros estereotipos mantienen ideas tales como que las emociones son cosas que están en un lugar del cerebro. Pero no están en ningún lugar, están entre lugares cerebrales, formando conexiones entre ellos, conexiones que están impregnadas de experiencias personales, percepciones subjetivas y conceptos.
Las emociones son un flujo de energía vital. Nos demuestran que estamos vivos (de aquí viene el título de este libro y capítulo: “Siento, luego existo”). Situadas en el corazón de la complejidad de lo que es vivir, son vibrantes y pulsantes. La rabia puede ser vista como algo destructivo, pero también como algo que tiene que ver con la justicia; el amor puede ser hermoso y virtuoso, pero también tormentoso y demoledor; la envidia nos puede mostrar el lugar donde nos sentimos inferiores, pero también puede ser fuente de superación; la vergüenza puede alejarnos de un grupo, pero también puede ser la fuerza que mantiene la regulación social. Las emociones no son unilineales, cada una tiene muchas dimensiones, y en particular, aunque las emociones son vividas individualmente por cada persona, siempre son relaciones y frecuentemente tienen un componente social.
Considerando esta dimensión social, notemos que algo necesario ha sido dejado de lado. Me refiero a la ética. Históricamente, en la Antigua Grecia, toda la reflexión filosófica giraba en torno a la eudaimonía, que no era otra cosa que reflexionar acerca de cuál era la buena vida y cómo se debía vivir, o sea, la ética. También en Oriente, la buena vida y el cómo vivir estuvieron y han estado siempre en el corazón de la reflexión hindú, budista, taoísta y confusionista. Para entender la relación de la emoción con la ética, es preciso ver que es parte de la naturaleza de la emoción el identificar lo que es importante para una persona. Esta es la razón de porqué se siente. Si algo no fuera importante no se sentiría. La emergencia del valor tiene su origen en este sentir y la ética es su expresión. La ética no es algo solamente individual. Si no hay un otro, la ética no tiene sentido. La emoción es una relación, por ello, la sensibilidad hacia la emoción implica una sensibilidad hacia el objeto de la relación. En este caso, es hacia los otros humanos y, con ello, a ser sensibles a su sufrimiento. Es algo natural que ocurre en nosotros. Esta es la base de la ética: sin compasión no puede existir9. Ética, valores, moral, compasión y emoción, están enlazados, van juntos.
La experiencia emocional es lo que integra la experiencia humana. Integra distintas actividades del cuerpo, produciendo sentido en los encuentros entre sensaciones, percepciones, intuiciones, interpretaciones, memorias y razones. Lo que se siente, se siente verdaderamente. Al sentir miedo, siento irradiar desde dentro de mi cuerpo una experiencia que me toma y me instala en el plano emocional de la situación en la que me encuentro. En este plano emocional situacional, mi persona se integra con un espacio pleno de simbolismos, matices, significaciones directas e indirectas. Puedo agregarle un término para darle especificidad. Si trato de vivir “plenamente”, el concepto de plenitud me apoya. Pero, cualquier reconstrucción lingüística de lo que sienta, será menos verdadera que lo vivido. Lo vivido es lo más real. La reconstrucción lingüística no solo viene después, sino que también es una reconstrucción de la experiencia original y una generalización de algo que es siempre particular. La experiencia emocional no depende del lenguaje.
Afortunadamente, en las ciencias neurológicas se ha ido abandonado la tendencia reduccionista que tiende a dejar de lado el resto del cuerpo, las características psicológicas, los ambientes físicos, sociales y culturales, y, es más, ya no se busca fundar las emociones en principios materialistas10. Desde luego, no se trata de negar que hay aspectos fisiológicos y neurológicos en las emociones, pero a nuestro entender, estos son un aspecto menor en el mundo emocional.
Sentir, aunque a veces sea una molestia, ante las ocurrencias de cualquier tipo, abre el espacio a la acción. Las emociones me entregan la energía necesaria para mantener la atención en la búsqueda de una vida. Aquí proponemos abuenarse con la emoción. Es necesario aceptar plenamente la emoción, sin temor, y entregarse al sentir, y a lo que hay más allá, a la maravilla y al misterio, que se revelan solo en el sentir. No se trata de algo abstracto, sino concreto. El conocimiento de las emociones es lo que nos abre el camino autoconocimiento, nos permite ver con más claridad lo que ocurre, lo que me ocurre y lo que me ocurre en lo que ocurre. Aceptar la emoción es una forma de vivir.
Cada uno sabe que lo importante en el conocimiento que uno pueda lograr acerca de las emociones es a partir de la experiencia de ellas. Partiendo de ello, mi propósito es complementar la experiencia personal dando una perspectiva acerca de las emociones que se fundamenta en estudios recientes de las neurociencias, en filosofía y la psicología cognitiva (en particular la psicología evolucionista), en un intento de superar el desprecio mutuo que se tienen estas distintas disciplinas. A mi entender esto nos puede dar una visión más integral acerca de cómo funcionan y para qué nos sirven las emociones.
Las emociones se guardan en la memoria. Se guardan como la síntesis de la historia sin palabras de nuestras vidas. Son el registro testimonial que define quiénes somos. Es sobre la base de esta historia, que percibimos, evaluamos y actuamos en las nuevas circunstancias. Aun cuando estamos tranquilos y sin actuar, las emociones nos acompañan como guardianes atentos a los eventos que nos rodean. Están allí, listos para avisarnos si es que algo ocurre, incluso antes de que nos demos cuenta, y nos preparan para actuar. Las emociones nos protegen.
Nos encontramos en una en una época de transformaciones en el cual la robótica, los algoritmos y sobre todo la inteligencia artificial están por tomar el control de nuestras vidas. Ante nosotros se abre una bifurcación de caminos. Uno representa la fuga hacia la inmersión en la simulación de la realidad, hacia la realidad virtual. El otro, que nos lleva a afrontar la realidad sensible. Las nuevas y poderosas tecnologías pueden captar y manipular todos nuestros actos guiándonos en un mundo diseñado por algoritmos. Los diseñadores de algoritmos han captado bien la capacidad que tienen la emociones de mantenernos atentos a cualquier movimiento. Por ello, constantemente van apareciendo nuevos pop ups en las pantallas que buscan capturar nuestra atención, la que una vez capturada, con tanto cambio, van reduciendo nuestra capacidad de mantenerla fija. Por su parte, la inteligencia artificial ha demostrado tener capacidades que sobrepasan las humanas, y llevan las de ganar en la manera de afrontar la vida. Pero la diferencia y peligro principal con relación a los humanos, es que ni la inteligencia artificial ni su operatoria sienten, no tienen emociones y, por lo tanto, no tienen moral. Por esto vale la pena y parece urgente revindicar el mundo emocional. Es en las emociones que yace el secreto de lo que somos y son nuestro último refugio. Siempre lo han sido.
Para sumergirnos en ello, vamos al inicio, cuando comenzó la vida.
Capítulo IILa historia de la vida en un párrafo
Al principio, la vida existía en una bacteria unicelular. Ella estaba hecha de tiras de información que se autorreproducían. La célula pudo subsistir gracias a que, aun cuando no tenía un sistema nervioso, estaba dotada de un cierto tipo de sensibilidad. La gracia de esta facultad era que le permitía a la célula ser sensible al entorno. Con ello, la función de la capacidad de ser afectada era de orientar la acción de la célula, desde su interior al exterior, para asegurar su supervivencia y reproducción. La supervivencia resultaba de un doble movimiento: acercarse a lo que la nutriera y al mismo tiempo evitar todo lo que le hiciera daño. La reproducción en ese tiempo no era un encuentro sexual, era una autodivisión de la célula. Pero esto cambió. En la dinámica de supervivencia y reproducción, unas células se juntaron con otras células y generaron un organismo multicelular. Algunos de estos organismos multicelulares generaron sistemas nerviosos y cerebros, y siempre impulsados y guiados por la orientación sensible propia de la evolución natural y las mutaciones, algunas especies de estos organismos generaron algo particular: cerebros sociales. Se volvieron más sensibles a los objetos y a otros sujetos. El ambiente pasó de ser solo natural, a ser también social. Eventualmente, estos organismos se volvieron autosensibles. Esta toma de conciencia de sí mismo posibilitó la aparición de una representación de sí mismo para sí. Así fue que evolucionamos hasta lo que somos hoy: organismos complejos que nos movemos desde adentro hacia fuera, impulsados por la emoción que ocurre en nuestros encuentros con el mundo, con los otros y con nosotros mismos.
El resto de este libro es una elaboración de lo que acabas de leer.
Capítulo III Encuentros de tres tipos
Volviendo atrás en el tiempo, en la resumida historia de la vida que acabamos de leer, podemos reconocer que en nuestra evolución han ocurrido secuencialmente tres encuentros cruciales en la historia de nuestra existencia. La naturaleza del encuentro es lo que caracteriza el tipo de encuentro. El primer encuentro es con el mundo físico que nos rodea, el segundo es el encuentro con el mundo social y el tercero es el encuentro consigo mismo. Las emociones están en el centro de la relación que se da entre el sujeto que siente y el contexto en que se encuentra. Se trata de un fenómeno interactivo. Es más, las emociones expresan la manera en que se da este encuentro. El tipo de relación define la emoción y la emoción define el tipo de relación.
Hace aproximadamente 3.800 millones de años, el primer encuentro fue con el mundo natural. Es el encuentro con el mundo físico que nos rodeaba. Luego, algunos millones de años después, no se sabe muy bien cuándo, ocurre el segundo, que es el encuentro con los otros o, para darle una perspectiva más simbólica, lo llamamos el encuentro con el mundo social. El tercero, esta vez muchos miles de años después, aparece el encuentro consigo mismo. Cada uno de estos ambientes, presenta condiciones contextuales diferentes y, con ello, problemas de adaptación diferentes. Antes de ver algunas características de estos, notemos que todos tienen un elemento común: la sensibilidad al ambiente y la influencia del contexto. En lo que sigue de este libro, la orientación será mantener en mente que la vida se mueve entre la búsqueda del placer y la evitación del daño, intentando no perder contacto con el mundo de la afectividad y su evolución posterior, el mundo de las emociones.
Capítulo IV El primer encuentro: el mundo natural
El primer encuentro es con el mundo natural, también llamado ambiente físico o ecológico. La primera bacteria tuvo la capacidad de sobrevivir, reproducirse y traspasar su estrategia gracias a que le fue posible adaptarse a las condiciones del entorno. Esta bacteria, el primer ancestro, tiene nombre: se llama Luca11. No sabemos cómo lo hizo, pero sí sabemos que tiene que haberlo hecho, porque, en su relación con el entorno, pudo sobrevivir y también reproducirse. Las dos características principales de los organismos vivos son sobrevivir y reproducirse. De no ser así, el organismo desaparece. Por una razón que no sabemos, lo que hizo Luca fue encontrar una estrategia de supervivencia y adaptación en el ambiente acuoso en que se encontraba. De algún modo desarrolló la capacidad de ser sensible al ambiente de manera de poder interactuar y reaccionar con el ambiente físico para encontrar nutrientes, reproducirse y evitar el daño… en la medida de lo posible. Esta sensibilidad expresa el doble movimiento de lo que se ha llamado “afectividad”12. Para definirla, la afectividad es la capacidad de generar afectos y percibir las afectaciones. Los afectos son un movimiento interno, una capacidad de acción que va desde adentro hacia afuera, como reacción a los estímulos del contexto. Las afectaciones se refieren al movimiento inverso, desde afuera hacia adentro, que activan la capacidad de los afectos. Dicha sensibilidad consistió en un movimiento interno. Luca estaba dotada de afectividad y, por ello, pudo adaptarse al contexto físico externo.
Es relevante notar que Luca y sus descendientes más o menos cercanos, no tenían sistemas nerviosos. Los estudios del genoma nos dicen que los sistemas nerviosos en los seres vivos aparecieron hace unos 600 millones de años. Esto quiere decir que, durante aproximadamente 3.400 millones de años, los procesos de adaptación de los seres vivos no dependieron de la existencia de un sistema nervioso, sino de una forma de adaptación basada en una sensibilidad no consciente. La sensibilidad que tuvo Luca fue la de sentir y responder al entorno. Desde el primer encuentro adaptativo, esta estrategia se ha mantenido y ha sido transmitida de generación en generación hasta hoy13. Esto sugiere que la base del desarrollo de nuestro sistema afectivo que nos acompaña desde el inicio ha transitado desde una forma no neurológica y no consciente hacia una forma neurológica y consciente. Cuando aparecen los vertebrados, aparecen las neuronas, luego el sistema nervioso, y todo se vuelve más complejo y sofisticado. Pero nuestro sistema de supervivencia contiene en su ADN, impulsos heredados de Luca.
Lo principal de este encuentro es lograr la supervivencia y en el primer encuentro prima la afectividad. Aunque parezca una sobre simplificación, estamos en lo correcto en decir que desde la primera bacteria unicelular hasta los humanos que somos hoy, la afectividad es lo que ha permitido la mantención de la vida. Los afectos son disposiciones emergentes que surgen de la relación entre dos cuerpos14. Es una sensibilidad a lo que acontece en el ambiente físico que nos rodea. En nuestra vida cotidiana, podemos ver cómo las condiciones ambientales en que vivimos nos afectan. El aire que respiramos, las contaminaciones, los ruidos, lo que ingerimos, los pájaros que vemos, el computador que consultamos, los smartphones que usamos, la realidad virtual en que nos inmergimos, todo lo que nos rodea y con lo que interactuamos, de alguna manera nos afecta modificando nuestros cerebros. Al interior nuestro, también todas nuestras células funcionan de manera afectiva con relación al ambiente interno que cada uno les ofrece.
No es solo que seamos sensibles al medio, en un sentido receptivo. La afectividad implica también una capacidad de respuesta activa al medio, de manera de poder seleccionar lo que nos nutre y evitar lo que nos daña. Este es un principio fundamental de la vida y de la derivada del afecto, la emoción. La afectividad nos permite interactuar con el ambiente, y obtener de allí lo que necesitamos para sobrevivir.
La afectividad es la característica de los seres vivos que ha permitido desarrollar la aptitud para adaptarse al mundo natural en que viven. Arriesgándome a decir una tautología, adaptarse significa tener la capacidad de resolver problemas de adaptación. Y ¿qué es un problema de adaptación? Es lo que un ser vivo tiene que resolver para asegurar su supervivencia y reproducirse.
No hay una sola manera de adaptarse. Todos los seres vivos encuentran similares problemas de adaptación ante el mundo en que les toca vivir. Sin embargo, cada especie mediante la selección natural ha ido desarrollando distintas aptitudes para adaptarse. Estas aptitudes resultan de la evolución natural de las especies. Si bien en la Patagonia hoy hace frío, antes, hace unos 14 mil años, a la salida de la última glaciación, hacía mucho más frio que ahora. Para los animales de ese entonces, el poder mantener la temperatura del cuerpo era un problema de adaptación. Animales no humanos de ese tiempo, como los milodones, habían resuelto el problema gracias a que sus antecesores habían tenido la aptitud de sobrevivir desarrollando una piel gruesa con mucho pelo; los pingüinos lo hicieron gracias a que sus ancestros habían resuelto el problema desarrollando gruesas capas de grasa, al igual que las focas y lobos marinos. Pero los Selknam, como todo animal humano, estaban dotados de poca grasa y poco pelambre. ¿Cómo lo hicieron para resolver este problema de adaptación? Lo hicieron gracias a su creatividad, a los animales con grasa y los animales peludos. Ellos mantenían el calor de sus cuerpos embetunándose con grasa y cubriéndose con pieles de animales peludos. La forma de adaptación de los Selknam nos dice que, para los humanos, a diferencia de los otros animales, la aptitud de adaptación desarrollada por la evolución natural tiene importancia, pero mucho más importante ha sido la forma de resolver los problemas de adaptación basada en mecanismos cognitivos mentales particulares que aparecieron en los humanos y que les dieron la posibilidad de dar una respuesta adecuada al frío.
En este punto quisiera introducir una palabra poco usual. Se trata de la “exaptación”15. Esta palabra originada en la biología significa que, en el proceso evolutivo, debido a las mutaciones y mezclas genéticas, surgen nuevas capacidades y funciones que constituyen una discontinuación de la función original de algo. Esto se traduce en que una función deja de ser cumplida y en vez, se da un salto para pasar a cumplir otra función. Las plumas eran aptitudes desarrolladas para mantener el calor en el cuerpo de algunos dinosaurios, pero luego de una exaptación, las plumas empezaron a cumplir la función de facilitar el vuelo de las aves. Aunque la palabra es de origen biológico, bien se puede aplicar a fenómenos de otra índole. Hoy en pleno siglo XXI, podría pensarse que los teléfonos celulares que fueron aparatos creados para hacer o recibir llamadas de radiofrecuencia mientras uno se movía de un lado a otro, han tenido un proceso de exaptación que los llevó a transformarse en un computador de bolsillo, donde la menor de las funciones parece ser el usarlo para llamadas telefónicas.
A lo que apuntamos aquí, es que una particularidad de la adaptación de los humanos al ambiente implicó que, en algún momento, ocurrió una exaptación que implicó una especialización mental para resolver los problemas que plantea el entorno16. Hemos sobrevivido como especie, no por ser más fuertes o rápidos, sino por el tipo de mente que tenemos. La mente nos hace más creativos en el uso de nuestras capacidades cognitivas para adaptarnos al mundo natural e, incluso, para cambiarlo. Lo que se puede ver en los animales no humanos, es que sus adaptaciones tienen con ver con ajustes de conducta que ellos tienen para que la adaptación funcione bien. Sin embargo, si a veces no hemos sido capaces de resolver los problemas de adaptación, nuestro tipo de inteligencia se las ha arreglado para cambiar el mundo para sobrevivir. Hemos imaginado soluciones adaptativas que, poco a poco, fueron transformando el ambiente ecológico del mundo natural en un ambiente marcado por la acción humana. Si necesitamos transportarnos, hemos imaginado rutas de cemento en medio de la naturaleza y vehículos para desplazarse por ellos. Podemos imaginar, comunicar, realizar y compartir todo tipo de cosas. Esto no lo vemos en los otros animales. No digo que por esta capacidad cognitiva seamos mejores que los otros animales, pero lo que sí podemos afirmar es que somos diferentes, para bien o para mal. En el periodo actual, a diferencia de los animales no humanos, nuestra capacidad de transformar el ambiente ecológico del mundo natural está poniendo en peligro su capacidad de sustentar la vida humana.
Lo que estamos diciendo es que, en los procesos adaptativos al mundo natural, es la mente humana que ha estado dirigiendo el proceso. Si este es el caso, lo que sigue es preguntarse ¿qué es la mente?
Capítulo V La mente
La mente es algo completamente extraordinario y maravilloso, y, hasta nuevo aviso, sobrepasa nuestro entendimiento. Quizá por ello no podemos decir qué es. De hecho, si hay algo sobre lo cual hay diferentes opiniones, incluso oposiciones, es sobre la mente. Para el budismo, la mente es como una pantalla vacía, tal y como sería la del cine o la de un computador, que tiene el potencial de contener todo17. En la posición contraria, algunos psicólogos y filósofos sostienen que la mente no existe y que se trata solo de una ilusión18. Entre una y otra postura hay una gran distancia. Afortunadamente, en los últimos años, se han ido generando nuevas perspectivas en el estudio de la mente que están enriqueciendo el tema. En filosofía se ha generado una subdisciplina llamada “filosofía de la mente”, pero, incluso allí, aún no se ha llegado a mucho acuerdo. La psicología, que surgió como una disciplina para el estudio de la mente, en el siglo XX evolucionó hacia el conductismo, cuyos exponentes principales convergieron en la idea de eliminar la mente como objeto de consideración y concentrarse en la conducta que era algo más visible. Desde fines del siglo pasado, la conciencia, como expresión de la mente, ha vuelto a ser considerada como el centro del estudio de la psiquis. El psicoanálisis, por su parte, optó por una perspectiva más subjetiva y en vez de explorar la mente en sí, se concentró en explorar la experiencia mental. Las neurociencias se han concentrado en el estudio de la fisiología de los procesos cerebrales con el supuesto de que el cerebro es el órgano de la mente; y, finalmente, la ciencia computacional, que se concentra en generar modelos mentales artificiales que se puedan usar en la inteligencia artificial. Estas disciplinas no han llegado a mucho acuerdo entre sí, pero al menos evidencian el gran interés que existe por comprender la mente y el mundo mental.
Para no perderse en los detalles de los debates actuales y avanzar en nuestro argumento, podemos tomar la definición operacional generalmente aceptada que considera a la mente como “esa parte de la persona que le permite sentir emociones, pensar y conocer el mundo”19. Los tres elementos puestos en esta definición son realmente muy importantes. Las emociones, el pensamiento y el conocimiento del mundo son el contenido de la trama donde se despliegan nuestras vidas. La experiencia de las emociones, del pensamiento y del mundo es el territorio donde ocurre nuestra vida. Somos lo que ocurre en nuestra mente.
El mundo nos llega y estamos en el mundo. Está siempre llegándonos y nosotros siempre tratando de ver qué es lo que nos llega. Lo que nos llega, ocurre por medio de la experiencia que nos dan los sentidos. No nos llega todo. En realidad, nos llega una parte ínfima. Solo nos llega lo que atrae nuestra atención y, principalmente, aunque no únicamente, por la experiencia visual. Gran parte del mundo queda afuera de nuestra percepción. Lo que nos llama la atención es placentero o displacentero, esto es, nos atrae o nos distancia; lo que nos llega, nos llega porque tiene una cualidad emocional. Es la cualidad emocional la que activa el pensamiento para interrogarse y explicarse acerca de lo que se ha sentido.
Nuestras vidas giran al interior de esta trilogía dinámica compuesta por la experiencia del mundo entrante, la cualidad emocional que lo hace aparecer bajo una cierta forma y los pensamientos que tenemos para interpretarlo. La calidad de nuestras vidas depende de la conciencia que logremos acerca de cómo ocurre esta dinámica en cada uno. En nuestra cultura contemporánea se valora el éxito como el objetivo que hay que lograr en la vida, especialmente el éxito económico y, con ello, satisfacer el deseo de lograr una vida de bienestar. Sin embargo, he conocido monjes zen que no poseen nada material y se los ve bien, alegres y tranquilos, claramente una vida de bienestar. También conozco personas que tienen mucho de lo material acumulado y que parecen estar tranquilas, pero también hay muchas en quienes se aprecia que no lo están. ¿Cómo es posible esto? La respuesta radica en el hecho de que el bienestar no depende del éxito material. Lo que se logre en tranquilidad dependerá de la conciencia que se tenga de la dinámica de la trilogía de la mente, que son las emociones, los pensamientos y la experiencia del mundo. Por ello, lo más relevante es explorar en qué consisten estos tres elementos de la mente, entender cómo se relacionan entre ellos y cómo esto nos afecta. Esta es la exploración que haremos a lo largo de este libro.
La definición de la mente que acabamos de compartir es una buena introducción al tema, pues permite simplificar y hacer accesible algo acerca de los cual, hay mucho debate y sobre el cual, aún no se termina de llegar a acuerdos. Al respecto, debemos decir que existe una postura tradicional propia de la creencia popular y la de algunos científicos, que consiste en creer que es el pensamiento el que conoce el mundo mientras que las emociones serían solo el aspecto afectivo impulsivo. Como veremos más adelante, aquí consideramos que este es un error.
Por el momento, lo que nos concierne principalmente, es retener que la dimensión afectiva en los humanos —las emociones— ocurren en la mente como parte del proceso de conocer el mundo. Las emociones son un fenómeno mental, y probablemente, el fenómeno más complejo de la mente humana pues se expresa en distintos niveles del ser humano20. Lo hacen tanto en la sensibilidad del cuerpo, en el corazón, en el vientre, como en la dinámica del cerebro. Además de las emociones, los pensamientos, que son más propiamente virtuales, completan lo que ocurre en el mundo mental. Las emociones y los pensamientos son procesos que ocurren en la mente y nos ayudan a tomar conciencia del mundo, a conocerlo. Serán estos tres conceptos, emociones, pensamientos y conciencia, los que nos acompañarán a lo largo de este trayecto. Así que entremos.
Capítulo VI La especialización
El considerar el encuentro con el mundo natural físico como el primer encuentro, es reconocer la influencia del contexto sobre los seres humanos y también reconocer la particularidad de la respuesta cognitiva de estos. Si la función de la mente es conocer el mundo, nuestros ancestros no estaban principalmente preocupados de conocer el mundo por interés académico, sino que su preocupación inmediata era enfrentar los problemas de adaptación y, por supuesto, encontrar una solución para ellos. Debemos reconocer que nunca hay una adaptación perfecta entre el organismo humano y el ambiente. Se trata, más bien, de tipos de compromisos entre el organismo y el ambiente.
En años recientes esta idea ha generado una corriente de pensamiento que considera que la mente de los ancestros puede ser vista como un medio de identificar y resolver problemas que plantea el ambiente. ¿Qué tipo de problemas? Bueno, cosas fundamentales como dónde encontrar alimento, cómo evitar ser comido por algún depredador o hacia dónde desplazarse en busca de mejores condiciones ecológicas y nutritivas. Según la psicología evolucionista21, resolver estos problemas supone que se han ido creando tipos de programas o de organización modular en el cerebro, especializados en resolver ciertos tipos de problemas de adaptación. Una manera de comprender la adaptación es siguiendo un camino al revés. Primero se ven cuáles son los problemas que tienen que ser resueltos y luego, a partir de ello, inferir qué tipo de adaptación deben haber tenido los humanos para resolverlos. No se puede negar que es un enfoque metodológico que puede ser fructífero no solo para los ancestros, sino para cualquier época humana, en particular la actual donde los problemas de adaptación están demostrando ser de gran complejidad.
Para no ser el almuerzo de un depredador, se supone que en los animales no humanos y en particular los humanos, debe haber existido algún programa diseñado para detectar la presencia de depredadores o de algo que pueda hacer daño. Una especie de módulo que tenga una función antidepredadora. Los depredadores, como los leopardos, se acercan disimulada y lentamente, y luego actúan por sorpresa con velocidad. Por esto, el módulo antidepredador de la potencial presa, deber ser muy sensible y, en lo posible, aún más rápido que el atacante. Para que funcione lo más rápidamente posible, tiene que alertar lo más velozmente posible, evitando de gastar energía en temas secundarios. Si voy caminando por un sendero en la naturaleza y de repente me encuentro con una víbora, mi reacción instantánea será la de hacer un movimiento muy rápido para alejarme. Ya alejado, puedo ver que en realidad no era una víbora, sino una lagartija, de esas grandes, pero lagartija, la que probablemente estaba más asustada que yo. Simplificando, Joseph LeDoux22 ha planteado que hay dos caminos neurológicos en el cerebro. Uno es el camino “de abajo” y el otro es el “de arriba”. El de abajo es muy rápido y poco preciso. El de arriba en menos rápido, pero más preciso. El que me representó una víbora es el de abajo y el que me representó la lagartija después, es el de arriba. El primero está empeñado en salvarme la vida y, por su parte, al segundo le interesa darme una mejor representación de lo que hay en el entorno. ¿Cuál de los dos elegir? Me imagino que eso va a depender tanto de la persona como del contexto. Pero como regla general, me inclino a pensar que es mejor hacerle caso al camino de abajo, a no ser que uno este particularmente interesado en temas cognitivos y epistemológicos.
Había otros problemas. Uno de esos ciertamente era encontrar el alimento adecuado y que no nos dañara. Entonces, pensando metodológicamente al revés como mencionamos recién, debemos suponer que tiene que haber existido un programa especialmente diseñado para determinar cuáles son los alimentos adecuados (y que nos hacen salivar con solo pensar en ellos) y cuáles son los que nos dañan (que nos producen asco). Investigar esto nos lleva inevitablemente a preguntarnos ¿de dónde vienen estos programas? La respuesta es que estos vienen de los genes.
Capítulo VII El gen egoísta
El gen egoísta es el título de un libro de Richard Dawkings que ha hecho historia23. Es un libro escrito desde el punto de vista del gen y básicamente dice que lo que le “interesa” al gen es sobrevivir, reproducirse y poder transmitir su información a la próxima generación de genes. Esto es lo que lo mueve. En este sentido es egoísta, aunque si ser altruista le sirve para asegurar su reproducción, también puede ser altruista, asociarse con otros o incluso promover la cultura favorable a este fin. Pero egoísta, altruista o asociativo, son solo metáforas, no son algo literal. El gen —hasta nuevo aviso— no tiene ni intención ni conciencia. Está programado para intentar asegurar su herencia. Eso es lo que hace. Así, las elefantas paren elefantes/as que se parecen a ellas, las tigresas paren tigres y tigresas, y no focas; las humanas, humanos y no ranas; las semillas de tomates dan tomates. Todas las reproducciones de seres que se reproducen transmiten su herencia genética. No es el gen, en tanto que tal, que se transmite, sino que lo que continúa es la información que contiene.
En relación con los humanos, a nivel celular, los genes escriben instrucciones en el ADN acerca de cómo debería ser la persona: dos ojos, dos piernas, dos brazos, una nariz y todo lo que sigue. Instruye al ADN acerca de cómo deben ser las características físicas en aspectos tales como el tamaño de la persona, el color de los ojos, tipo de pelo; también lo hace con otras características como el desear cierto tipo de alimentos y no otros; también algunas estructuras mentales como el temperamento y otras instrucciones más sutiles, acerca de cómo actuar e interactuar con el cambiante ambiente en que uno se encuentra. El proceso de la selección natural se ocupa de esto, y ocurre naturalmente.
Lo de la herencia es importante, aunque también a veces ocurre que no se transmite toda la información. A veces, en el proceso hay pérdida de información, y en estos casos, aparecen las mutaciones. También hay que considerar que la aptitud de adaptación no es nunca perfecta y que los ambientes son variables, lo cual son elementos que favorecen la aparición de mutaciones. Cuando ocurren cambios en el ambiente, estos ejercen demandas de cambios en la aptitud para adaptarse. Como estos no siempre se ajustan bien y, como a veces han ocurrido errores en la trasmisión de la información, de a poco van apareciendo nuevos genes para enfrentar la nueva situación. Si estas nuevas proteínas (los genes son proteínas) efectivamente sirven para sobrevivir y reproducirse en los nuevos ambientes, entonces se mantienen y se incluyen en la transmisión de la herencia. En respuesta a las demandas hay mutaciones que ocurren por errores en la trasmisión de los códigos y accidentes, o por ionización, radiación o reacciones químicas24. A veces estos nuevos genes son positivos para la adaptación y permanecen en la transmisión hacia las nuevas generaciones y, cuando no lo son, desaparecen.
Hoy vivimos en un periodo radicalmente nuevo, una de cuyas características principales es la intervención humana en el proceso natural. Las manipulaciones genéticas pueden cambiar un gen desde un tipo de ser, ponerlo en otro tipo de ser y así crear algo nuevo. Esto lo vemos cotidianamente en los alimentos que ingerimos. Hay nuevos tomates que son más redondos, uniformes, se demoran mucho más en pudrirse que los naturales, pero, lamentablemente, carecen de sabor y sus semillas no se reproducen. También hay manipulaciones genéticas practicadas en los seres humanos, con lo cual se inició un proceso de creación de una nueva especie humana. Con esto nos vamos alejando cada vez más del proceso natural y se abre otra época con nuevos problemas.
Por el momento, si nos quedamos en nivel natural, la herencia y mutación son los procesos de la selección natural de los seres orgánicos que no son ni fijos ni predeterminados para siempre, sino que son variables y creativos. Esto se evidencia en la enorme diversidad de seres vivientes que han surgido a partir de Luca, los que han generado distintos tipos de procesos afectivos de adaptación.
Con la llegada de la genética en el siglo XX, hay quienes sostienen que la conducta humana es el resultado de causas genéticas. Al mismo tiempo, hay quienes sostienen que la conducta humana es el resultado de factores ambientales. Hoy, la investigación reciente25 está diciendo que dimensiones humanas, como la inteligencia, son en parte genética y en parte ambientales. Este encuentro, entre lo genético y lo ambiental, ha dado espacio a lo que se llamado epigenética. Lo que hay que retener de esto es que los genes son importantes, pero que son modificables por la intervención humana y por el ambiente. Este hecho pone de relieve la relevancia del entorno y lo que nos interesa principalmente en el conocimiento de las emociones, es el proceso afectivo en la adaptación al entorno.
Por lo que se ha sabido, en el ambiente ecológico de la sabana africana, donde vivían la mayoría de nuestros ancestros, el escenario era en general plano, con plantas altas, algunos árboles, calor y depredadores. En este contexto, la visión y la audición eran aptitudes de adaptación muy importantes para sobrevivir. Para encontrar alimento —ya mencionamos que era un problema de adaptación que había que resolver— era importante poder ver bien para identificar a distancia algún animal que cazar. La estrategia era que una vez identificado, el cazador se acerca sigilosa y silenciosamente a la potencial presa, pero podría ser que le ocurra algo similar a la historia de la víbora mencionada antes: de repente esa persona, ve que en su trayecto hay una víbora. Ya sabemos lo que ocurre, ella salta para atrás, para luego ver que la víbora no era tal sino una lagartija. Si bien es muy bueno poseer una buena vista, para tener una representación adecuada de la realidad para identificar una presa potencial, ¿sigue siendo una buena vista cuando confunde una lagartija con una víbora? Siguiendo las leyes de la visión humana normal, uno puede suponer que cuando el objeto está más cerca, se ve mejor, con más precisión y detalle. Pero en este caso no ocurre así. ¿Por qué? Porque cuando en la percepción de un objeto que potencialmente puede hacerle daño a la persona, interviene el mecanismo afectivo antidepredador genéticamente establecido. No es el señor cazador el que decide saltar hacia atrás, sino que es la acción del gen, que ha generado dispositivos de supervivencia, el que mantiene vivo al señor cazador. La persona del cazador no es más que el vehículo para llevar la herencia del gen hacia la próxima generación de genes.
El cazador está obligado a cazar para alimentarse. Si no lo hace, no sobrevive. Esto lo sabe porque ya ha aprendido que el hambre produce dolor y sufrimiento. Este no es solo un pensamiento. Ya ha aprendido y sabe de antemano que si no caza sufrirá y, mientras no encuentre una presa, va a estar sumido en un mundo lleno de emociones, donde probablemente predominará la angustia. Este es un acto de conciencia. Para ponerlo en perspectiva, las hormigas trabajan constantemente para conseguir alimentos, pero sin angustia. Están incluso predispuestas a sacrificar su vida si llega el momento. Se trata de una preprogramación26. También ocurre con mamíferos. Cuando hay un grupo de ardillas buscando alimento y aparece un depredador, la primera que lo ve, se para en sus patas traseras y comienza a emitir un chillido. Con este chillido alerta a sus hermanas y al mismo tiempo atrae al predador hacia sí. En ambos casos sacrificiales no se trata de consciencia, sino de feromonas. En cambio, si el humano sacrifica su vida, no lo hace por las feromonas, lo hace por un acto de consciencia.
Con los genes no se discute, son parte de la naturaleza química y ellos hacen lo que están programados hacer y, de paso, se activan sensaciones que nos impulsan a hacer algo en el sentido del interés del gen. Esto abre preguntas sorprendentes, como, por ejemplo: ¿quién dirige las acciones humanas?, ¿qué papel tiene la conciencia en el mundo emocional?, ¿por qué a veces el cerebro nos engaña y nos hace ver víboras donde hay lagartijas?, ¿la sensibilidad emocional nos engaña?, o ¿por qué nuestra forma de representarnos la realidad a veces pareciera ser solo una ilusión? Más adelante volveremos sobre estas preguntas, pero, por el momento, registremos que en el fondo, en el proceso de selección natural, hay genes que en su orientación de mantenerse vivos y de trasmitir las instrucciones a la próxima generación, han contribuido a generar dispositivos modulares especializados en resolver los problemas específicos de adaptación, como la detección de depredadores, encontrar los alimentos adecuados y, al mismo tiempo, evitar que los depredadores o los alimentos nos dañen. Son mecanismos de supervivencia no conscientes.
Los problemas de adaptación, como la detección de depredadores y la capacidad de identificar comida adecuada, le presentan desafíos a la mente en su conocimiento del mundo que tiene que superar para poder actuar allí y sobrevivir. Los genes intervienen, pero no son ellos los que causan nuestra conducta. Lo que ellos hacen es crear mecanismos mentales que nos llevan a desear ciertos alimentos como el chocolate y evitar los que nos envenenan haciéndonos sentir asco ante las heces. El deseo de chocolate y el asco a las heces son afectos más elaborados que los que tenía Luca, pero también son parte de la adaptación al medio natural.
Los genes tienen un comportamiento de acuerdo con su interés y también los humanos actuamos de acuerdo con nuestro interés. El tema es que estos intereses, aunque no sean la misma cosa, muchas veces coinciden. El gen está interesado en reproducirse y también muchas mujeres lo están. ¿Son lo mismo? La respuesta es debatible, pero yo diría que no. A mí me parece que, aunque esto esté cambiando, todavía es un hecho el que la mayoría de las mujeres quieren y tienen la intención de tener hijos. Gestar y parir un bebé es parte de la aspiración a la felicidad para una mujer que se proyecta como madre. Tiene que ver con su historia pasada, su cultura, su proyección y muchos otros elementos que van mucho más allá de lo que pudiera expresar el interés reproductivo del gen. Entre el interés del gen y el interés de la madre, aunque parezcan similares, hay mucho trecho.
En síntesisEn el mundo natural físico, encontramos los elementos que nos mantienen vivos y, gracias a la capacidad de adaptación de los humanos, podemos encontrar en el ambiente, la satisfacción de nuestras necesidades de supervivencia y también evitar lo que nos puede hacer daño. Esto supone que hay módulos especializados en identificar y resolver problemas particulares.
Capítulo VIII El segundo encuentro, el ambiente social y las alianzas
