Siete días y una foto - Tessa Cooper - E-Book
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Siete días y una foto E-Book

Tessa Cooper

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Beschreibung

Un pueblo en guerra, una despedida de casada y un bombero que no apaga fuegos. Ella: Cuando tu marido te pide el divorcio en su cuarenta cumpleaños crees que es una broma. Cuando un pueblo entero espera que repongas el habitante que se ha ido, sabes que están locos. Cuando tu exsuegra decide que lo que necesitas es un viaje sanador a Ibiza, piensas que algo muy malo hiciste en otra vida. Él: Cuando te das cuentas de que el mundo que te rodea no está hecho para ti, crees que has sido un iluso. Cuando descubres que no tienes fuerzas para salir de él, sabes que la opresión del pecho no cesará. Cuando te envían un billete a Ibiza para que desconectes de todo y te bajes de la rueda, aunque sea por unos días, te aferras a ello sin importar las consecuencias. Ellos: Un encuentro inesperado. Confesiones frente a una chimenea. Una foto que lo cambiará todo. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 174

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2022 Raquel Haro

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Siete días y una foto, n.º 320 - marzo 2022

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1105-489-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Epílogo

Agradecimientos

 

 

 

 

 

A mi marido y a mi hijo, siempre.

Prólogo

 

 

 

 

 

Los habitantes de Tres Naranjos discrepaban en multitud de cuestiones, aunque había tres normas que convertían a esa comunidad en una muralla imposible de derribar:

Los forasteros debían ser tratados con el respeto justo para que la voluntad de regresar se instalara en su mente, pero con la indiferencia necesaria para evitar que establecieran allí su segunda residencia.

Cualquier cambio urbanístico estaba autorizado siempre y cuando el setenta y cinco por ciento de sus vecinos lo aprobasen en asamblea extraordinaria, entre torrijas y almendrados.

El número de habitantes debía ser superior a cinco mil, pero jamás sobrepasar los cinco mil cien.

Los Tres Mandamientos, como eran conocidos dichos acuerdos entre los parroquianos, constituían un secreto a voces entre los demás pueblos de la sierra de Guadarrama. Nadie, aparte de ellos mismos, comprendía el fundamento de unas normas acordadas mediante votación popular hacía treinta años, y que marcaban a Tres Naranjos como el pueblo con menor actividad económica de la zona. Teniendo en cuenta su ubicación, un sacrilegio, en opinión de muchos.

Los escasos setenta kilómetros que separaban Tres Naranjos de Madrid, sumados a las dos pistas de esquí a menos de veinte minutos en coche, transformaban cada uno de los días de sus habitantes en una lucha titánica, un equilibrio entre las bondades de los pelotazos urbanísticos, las hordas de turistas vaciando sus comercios y la búsqueda de nuevas formas de vivir, mezcladas con un ecosistema propio basado en la tranquilidad, el respeto por el entorno y el conocimiento exhaustivo de la vida del prójimo más que la de uno mismo.

Pero, como en todo, los cambios, más que necesarios, son inevitables. Una noche cualquiera, de un invierno más, cuando muchos dormían a pierna suelta y con una sonrisa en el rostro por mantener intactos sus ideales, un vecino soltó la bomba que les robaría el sueño durante algo más de siete días.

Capítulo 1

VIERNES, 13 DE FEBRERO

 

 

 

 

10:03 horas. En el despacho de un abogado. Tres Naranjos

 

—¿Ocurre algo? —Nacho se deslizó bajo las patas de la mesa para pegar su nariz a la de Nora.

—Nada. Solo comprobaba si ya se había abierto la tierra y Lucifer había venido a llevarte consigo.

—Anda, incorpórate.

{ }

—Ya eres libre como un jamelgo. Ahora, ¡a comerse el mundo!

—Nora…

—Dime, Nachete.

—No lo estropees en el último momento.

—Vendo consejos que para mí no tengo, ¿no es así el dicho? Porque esto es cosa tuya, ¿sabes? Que lleve meses sin dormir es cosa tuya; que no sepa qué hacer con mi puñetera existencia es cosa tuya; incluso que me sienta vieja también es cosa tuya. Que no lo estropee, dice. ¿Quién empezó? ¡Respóndeme a eso si tienes huevos!

—Los dos sabemos que lo nuestro murió hace siglos. Ni siquiera recordamos la última vez que disfrutamos de un rato juntos tirados en el sofá, con una birra en una mano y la otra abriéndose paso entre la ropa interior del otro. Solo por calentarnos, por ver cuál de los dos soltaba antes el botellín para comerse al otro.

No es que ella atravesara una crisis existencial. Lo que ocurría es que Nacho había cruzado la barrera de los cuarenta con una frase lapidaria: «Nora, no me veo contigo hasta los restos. Prefiero decírtelo a callármelo y cometer una estupidez». Pero la mente de Nora fue más allá, y las palabras de Nacho sonaron así en su cabeza: «Te dejo antes de ponerte una cornamenta más propia de un caribú que la de una pequeña cabra». Nora buceó en sus recuerdos de los últimos años. No encontró ninguno que rebatiese el argumento de Nacho.

Un relámpago agrietó el cielo plomizo, al que se veía con ganas de aguar la fiesta. Él tenía razón. Ella lo sabía. Pero dieciséis palabras habían torpedeado el mundo equilibrado en el que creía vivir. De eso sí que era el culpable.

—Ven aquí.

—¿Por qué?

—Levántate.

—No. Tú ya no me mandas.

—No sueltes estupideces, Nora. No te he mandado en la puta vida.

Sintió las yemas de Nacho sobre su rostro. Sus iris se entrelazaron.

—Dime, ¿qué sientes?

—Dolor. Inmenso y cruel. Uno que no vi venir; uno al que acompaña la decepción más absoluta.

—Jamás imaginé que nos sucedería algo así —aseguró Nacho.

—Ni yo.

—¿Escuchas esos gritos?

—Vienen de la plaza. Hostias, esas voces… Asómate tú a la ventana, que me da pánico sacar la cabeza.

—¡La madre que las parió! —gritó Nacho.

Más bien, la madre que lo parió a él, acompañada de su hermana y la de Nora, ataviadas las tres con diademas de esas que llevan un pene de plástico y unas bandas cruzadas en el pecho donde podía leerse Despedida de casada, y que voceaban lo siguiente: «Nora, tú puedes, Nacho se lo pierde». Entre los dedos, una pancarta rosa con purpurina plateada: Tranquila, de un polvazo lo infarta.

—¡La Virgen! Ya voy yo.

Nora se plantó en medio de la plaza. Un «oh» suspirado para dentro y un «cada vez están más idas» masticado con estupidez calentaron sus oídos. Ni se giró. No lo necesitó para reconocer a las emisoras de esas frases.

—Estáis como un cencerro.

—¡Nora, tú puedes, Nacho se lo pierde! —Los penes se balanceaban. Temió acabar con un ojo a la virulé.

—Pero… ¡os queréis callar!

Miró a los lados con el aliento contenido. Algunos parroquianos se congregaban bajo los soportales de las fachadas de colores que delimitaban la plaza. Doña Encarna y don Aurelio aparecieron con sendos tacatacas; sus vistas de águila aterrizaron sobre la cabeza de la exsuegra de Nora. Rafa, el dueño de uno de los bares del pueblo, dejó caer su peso contra una de las columnas de la entrada a su establecimiento para llamar a su mujer, quien, segundos después, salió a uno de los balcones del edificio de enfrente, con bata de ir por casa, el tinte a medio poner y ojos anhelantes. Incluso Matilda, la acérrima opositora en el Ayuntamiento, sacó su móvil desde el otro extremo de la plaza. Nora temió que quisiera grabar ese momento para la posteridad. O para subirlo a alguna red social, que su exsuegra era la alcaldesa del pueblo y esa imagen se convertiría en trending topic España en un pestañeo. Bueno, en el país tal vez no, pero en Tres Naranjos… en Tres Naranjos, la imagen de Charo con una polla en la mollera se recordaría en los hogares durante lustros.

—¡Nora, tú puedes, Nacho se lo pierde!

—Charo, por lo que más quieras. Que, de esta, Matilda te planta mañana una moción de censura por escándalo público y exaltación al sexo. Eso, guíñale un ojo. La que se va a liar va a ser chica.

—¡No seas tímida! Ven, nos haremos un selfi.

—Lola, te lo pasas bien, ¿verdad? —le dijo a su hermana.

—Se hace lo que se puede, Norita.

—Ni selfi ni selfos que valgan. Ahora mismo le pido a Rafa que nos saque una foto de grupo. Bea, aguanta mi trozo de pancarta que voy a por el fotógrafo —ordenó Charo.

—Hecho, mamá.

—Charo, tú no te mueves de aquí. Seguro que esto ha sido idea tuya; es que me juego el cuello en una timba y no lo pierdo.

—Pues claro que es cosa mía. ¿No quieren estos espectáculo?, pues yo se lo doy, que para eso soy la mandamás. Ando cansada de que te pongan a parir a ti porque mi hijo abandona el pueblo y nos deja con cinco mil habitantes rasos. ¿Quieren hablar?, yo les daré motivos. Que me hagan fotos con una polla en la cabeza y que corran de casa en casa móvil en mano. Pero tú vas a seguir con tu vida y Nacho con la suya. Que ni tú tienes la culpa de que lo vuestro se haya acabado ni tampoco él; lo mal que lleva esta gente que alguien se desempadrone es de psiquiátrico. O corto en seco la tontería o no os dejarán en paz hasta que consigamos un nuevo vecino y volvamos a ser cinco mil uno. Así que anímate y déjame a mí con esta panda de grillados. Les montaré una cortina de humo que ni en la película de Robert De Niro.

El nudo en su estómago la apretó tan fuerte que sus pulmones comenzaron a funcionar a medio gas. En su mente se instaló la certeza de que su exsuegra estaba zumbada, por mucho que la intención fuera buena.

—Es posible que tu plan tenga alguna que otra fuga. El eslogan de la pancarta y la cancioncita no tienen desperdicio.

—Puede, pero a este rebaño lo controlo yo sin necesidad de perro pastor —le susurró Charo, a tres dedos de su oreja. La congoja fue tal que Nora se apartó para limpiarse de un manotazo las puñeteras lágrimas, que también formarían parte de los corrillos de Tres Naranjos—. Eso sí, esas dos de ahí te van a llevar de despedida. Esa cara de acelga pocha que tienes solo se borra con un buen meneo.

Y Nora, que no tenía la menor idea de hasta qué punto ese viaje cambiaría su vida, sintió su cuerpo caer al vacío.

 

 

11:34 horas. En la premier suite de un hotel. Londres

 

Diez días atrás, o quizá siete (hacía siglos que había dejado de controlar el factor tiempo), un amigo le había dicho algo que no estaba dispuesto a admitir. Cuchillazos de realidad que fue incapaz de soportar. ¿Y qué hizo él? Pues lo normal, lo que haría cualquier tipo que presiente que el hostión está al caer, pero se niega a tener las agallas de asumirlo: desactivar el buzón de voz y no leer sus mensajes.

El momento de dar la cara llegó una mañana de viernes en la que apenas había dormido tres horas; una mañana en la que sabía que la jornada de trabajo sería eterna, incómoda y que lo hundiría más en el pozo en el que se encontraba. Una mañana en la que, por pura inercia, descolgó el teléfono del hotel. La voz de su amigo sonó de todo menos amigable: «¿A qué cojones juegas?».

No tenía respuesta para eso.

La conversación transcurrió entre reproches por su forma de actuar, viejos consejos enmascarados bajo otro punto de vista y la propuesta de pasar unos días lejos de todo, a la que se negó en rotundo.

Y llegó la amenaza: «Espero verte en Ibiza antes de la cena. De lo contario, seré yo el que desaparezca de tu vida».

En cuanto la comunicación se cortó, la opresión en el pecho lo atacó de nuevo. Se acodó en las rodillas, dejó caer la frente sobre sus manos y suspiró con miedo. Estaba solo. Otra vez. La certeza de que esa llamada era lo mejor que le había sucedido en la última semana acabó de agrietar un mundo ya de por sí desmoronado.

Su móvil pitó, recordándole que en media hora tenía el primer compromiso del día. Un gemido de frustración, rabia y cobardía emergió de entre sus labios. El ahora o nunca se hizo real, palpable; el último clavo ardiendo al que aferrarse. Llenó la maleta de viaje con una energía que creía haber perdido y desapareció del hotel quince minutos después.

El detonante había sido esa llamada, porque la opresión en el pecho cada vez era más frecuente, más honda. Porque no podía perder a su amigo por mucho que le tocara los cojones. Porque se veía cruzando ese punto de no retorno.

Lo hizo sin saber que, en Ibiza, todo cambiaría.

Lo hizo sin sospechar que una foto lo convertiría para siempre en su verdadero yo, alejándolo del ruido.

 

 

14:30 horas. En un lugar indeterminado del espacio aéreo español

 

—¡Deja de mirarme así!

—Ibiza. San Miguel. ¡San Miguel!

—Nora, no te pongas intensita. Hay que cerrar el círculo.

—¿Qué círculo, Lola?

—La etapa Nacho. ¡No me niegues con la cabeza! Es lógico. Allí iniciaste tu vida junto a él, en vuestra luna de miel, y allí habéis pasado todos los aniversarios de boda. Ahora te toca despedirte del lugar. En plan quema. Si resoplas, me callo. Así me gusta, que me atiendas. No lo ves porque estás que no estás, pero es importante despedirnos de un periodo de nuestra vida para lanzarnos a otro y afrontarlo con energía renovada. Ese es un principio megazen, y tú eres muy zen, solo que alguna de tus neuronas debe de estar de desfase porque te empeñas en bloquearlas con tu negatividad.

—Cualquier consejo que me des con un pene en la coronilla, mi cerebro lo desecha de forma automática, que lo sepas.

—¿Por qué no te pones tu diadema? Seguro que sales de ese bucle negativo en el que estás metida. —Bea, sentada a la derecha de Nora, se inclinó hasta pegar la mejilla al respaldo del asiento delantero—. Volar con tormenta no da buen rollo. Mejor os miro a vosotras. Por la ventanilla solo se ven rayos y lluvia.

—Échate hacia atrás, que le vas a dar con eso al señor en la calva.

—¡Anda ya! ¡Uy! Perdóneme. De verdad, lo siento mucho. Ha sido la sacudida. ¿Ve?, ahora el capitán nos dice que nos pongamos el cinturón. Va un poco tarde el hombre.

—¿No cree que está usted un poco crecidita para ponerse diademas?

—Querido…, deja a la muchacha. La pobre no está bien.

—Lola, no te rías. Mire, lo lamento. ¿Me la devuelve?

—No.

—¡Vamos a morir!

—La hostia, ¿quién ha gritado?

—Nora, cálmate. Ha sido ese tipo de allí. —Señaló Lola—. Fijo que es lerdo. Mierda. Ya ha asustado a una cría. Ya verás. ¡Cállate, gilipollas!

El del grito se desabrochó el cinturón, se giró hacia ellas, miró a Lola y le guiñó un ojo. Nora, entre tanto nervio, encontró tiempo para compartir sus pensamientos:

—¡La hostia! Menudo ejemplar. ¡Pero no le hagas una peineta! Se va a liar, Lola…

Otra sacudida. La sensación de que descendían varios metros agobió a Nora, que notó el estómago en la garganta. Sus dedos apretaron con fuerza las manos de Lola y Bea. La idea de que sus cuerpos acabarían en el fondo del Mediterráneo se clavó en su mente igual que un alfiler en un alfiletero.

—Necesito que sepáis, por si morimos…

—Bea, no seas ceniza. Nos queda mucha vida por delante. —Nora tampoco lo tenía claro, pero la animó por no empeorar la situación.

—Hoy, antes de ir a la plaza… —Más sacudidas, de las que elevan el corazón por encima de la cabeza. Gritos y, de nuevo, un «¡vamos a morir, ahora sí que sí!», pronunciado por el robadiademas—. Le he pedido a Sergio que, cuando regrese del fin de semana, no esté en el hostal.

—¡¿Qué?!

—¿Por qué?

La niña seguía a lágrima viva. El chico/hombre del primer grito, con el cuello medio girado y la vista fija en Lola; el calvo discutiendo con su mujer, vapuleando la diadema por un extremo, y el pene ondeando sobre sus cabezas como si de una bandera se tratase.

—No queréis saberlo.

—Pues claro que sí —contestaron las dos a la vez.

Bea se lo pensó. Se lo pensó. Se lo pensó. Finalmente, lo soltó a todo volumen, por encima de gritos, llantos y truenos:

—Porque su juego preliminar es un «mira pa’ Cuenca» acompañado de una risa que ya no soporto; porque se descarga en cero coma, me da un cachete en el trasero y lo remata con la frase: «Si es que soy un fiera». ¡Un fiera! ¿Os lo podéis creer? Y, encima, cuando esta mañana me he desahogado con él, explicándole que tengo mis necesidades y que debíamos buscar juntos la forma de cubrirlas, no se le ocurre otra cosa más que acusarme de frígida. —Las sacudidas habían cesado, la cabina estaba en silencio, los ojos de los pasajeros fijos en ellas—. Así que este fin de semana haré mía la célebre frase «a follar, que son dos días».

Bea finalizó su discurso entre vítores y aplausos.

Nora se arrellanó en la butaca con la esperanza de que ese fin de semana solo fuese la mitad de desastroso de lo que auguraba. Con cada poro de su ser arrepintiéndose de haber subido a ese avión. Sin saber que acababan de conocer a una persona que tomaría la decisión que cambiaría su vida.

 

 

16:50 horas. En el bar de un hotel. Londres

 

Carlos se tomaba un güisqui doble en el bar del hotel para darse un respiro, para tomar decisiones, para olvidar que Amaia le había mentido. Porque tenía claro que sí sabía dónde se había metido su cliente. Le advirtió que con el tuit que acaba de publicar no arreglaría nada, que decirles a las fieras que un personaje público necesitaba descansar era darle una zanahoria a un león. Se la comerían sin que le diese tiempo a pestañear.

Carlos agitó el vaso. Se lo acercó al rostro y dejó que el olor a madera impregnara sus fosas nasales. Se dio unos minutos para serenarse. Despejar su mente. Inventar una trama creíble que exculpara de cualquier cargo a su mayor fuente de ingresos.

Era lo único que los salvaría a todos.

Era lo único que lo salvaría a él.

Lo había visto venir y, sin embargo, había sido incapaz de meter baza en el asunto. Hacía meses que una enorme alarma roja lo avisaba de que el final, igual que una serpiente que se mantiene estática justo antes de atacar, sería fulminante. El chaval era demasiado inteligente para aguantar ese ritmo. No era como la mayoría. Demasiado sensato para un mundo en el que la exposición pública cada vez era más invasiva. Más perfeccionista. Menos humana.

No. Carlos no había hecho nada, y lo pagaría muy caro.

Dejó el recipiente vacío sobre la superficie de roble. Tras un chasquido de dedos, una camarera de moño apretado le repuso la anestesia. Se aflojó el nudo de la corbata; una sensación de alivio lo embargó durante unos segundos.

No. No había hecho nada, pero es que él habría sido el primero en fugarse de ese espejismo de no deber tanta pasta.

Al día siguiente, si no aparecía, llamaría a Cecelia.

 

 

22:30 horas. Frente a un restaurante mexicano. Ibiza

 

Zeta hundió la nariz en la bufanda al tiempo que metía las manos en los bolsillos del chaquetón. Miró inquieto a su alrededor. La sensación de que en cualquier momento lo señalarían agarrotaba todos sus músculos. Respiró hondo, recordándose que en esa época del año la vida en la isla se ralentizaba. Todo iría bien. O eso esperaba. Con ese afán, antes de salir del hotel con sus amigos, habían acordado olvidarse del móvil mientras estuvieran allí: nada de redes sociales ni noticias que enturbiaran su estancia. De hecho, el suyo lo había apagado justo antes de subir al avión que lo había conducido hasta allí, y no pensaba encenderlo hasta que aterrizase su próximo vuelo.

Un viento helado le congeló la nariz, trasladando sus pensamientos al lugar en el que se encontraba. Había dejado de llover, pero el pronóstico meteorológico para ese fin de semana era de auténtica pena, y aunque eso no debía afectarle, lo hacía. Su idea era desconectar, divertirse y tomar alguna que otra decisión, y el clima no ayudaba. Miró a su primo, que, dos pasos por delante de él, bromeaba con Franc. Edu se mantenía al lado de Zeta en silencio.

Los alcanzaron cuando Pablo paró en seco.

—Pero ¿por qué me pegas? —le dijo a su primo.

—¡Si ha sido una caricia!

—Claro que sí, Pablo, igualita a la que te voy a dar yo con la mano bien abierta como vuelvas a hacerlo.

—Calla, que casi llegamos a su altura.

—¿Habéis visto quién está allí? —Fue Franc quien dio la voz de alarma.

—Hace siglos. Déjame a mí.

—Faltaría más, Pablo.

—Edu, ¿puedes explicarme qué ocurre?

—No tengo ni idea, Zeta. Me temo que nada bueno.

—Escúchame, primo.