Situación de emergencia - Judy & Pamela Kaye & Bauer - E-Book

Situación de emergencia E-Book

Judy & Pamela Kaye & Bauer

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Beschreibung

Grant Harris estaba acostumbrado a resolver situaciones de emergencia, pero cuando aceptó dirigir temporalmente la guardería de su hermana, se dio cuenta de que aquello era más difícil de lo que hubiera podido imaginarse. Pero tener que cuidar de un puñado de críos revoltosos no era el problema; era Susan Spencer, una de las madres, quien lo estaba volviendo loco. Grant se había enamorado de ella, pero Susan no confiaba en él ni en ningún otro hombre. Nada de lo que Grant hiciera estaba bien, ni sus ingeniosos planes para entretener a los niños ni su cariñosa actitud hacia su hijo Jamie. Y si no lograba convencerla de su talento como padre, ¿cómo iba a persuadirla de que podía ser un buen marido?

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Seitenzahl: 147

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1997 Pamela / Judy Bauer / Kaye

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Situación de emergencia, n.º 1400 - octubre 2021

Título original: Almost a Father

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-226-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

EL OLOR a antiséptico y a medicinas golpeó la nariz de Grant Harris mientras caminaba por los pasillos del hospital. Llevaba un billete de avión para Jamaica en el bolsillo de su chaqueta y había dejado la maleta en el coche, pero cuando vio la pálida figura de su hermana en la cama del hospital se olvidó de todos sus planes.

—Hola. ¿Cómo estás? —preguntó, preocupado.

—Tan bien como puedo, con este dolor que me está matando —sonrió Gretchen Harris mirándolo con sus ojos azul zafiro, iguales a los de su hermano—. Grant, me encuentro fatal —añadió, dejando de disimular.

—¿Qué te ha dicho el médico?

—Apendicitis. Me van a operar enseguida.

—¿Peritonitis?

—Cree que no, pero podría ocurrir en cualquier momento —contestó ella, pasándose una mano temblorosa por la frente. El cabello rubio, tan espeso como el de su hermano, se pegaba a su frente sudorosa—. Gracias a Dios que has venido a ayudarme.

Grant tuvo inmediatamente un presentimiento.

—¿Ayudarte? Lo siento, Gretch, pero soy abogado, no cirujano. Y no creo que vayan a dejarme sujetar tu mano en el quirófano.

—No me refiero a eso. Me refiero a la guardería —explicó ella. A veces, Gretchen decía cosas muy raras, pensaba Grant. Sin duda, era debido a que pasaba demasiado tiempo rodeada de niños—. No me mires así. Sabes perfectamente de lo que estoy hablando. Yo tengo una guardería, ¿te acuerdas? Con eso es con lo que pago mis facturas. Y con lo que te compro los regalos de Navidad.

—Ya sé de qué estás hablando —dijo Grant, impaciente—. Pero, ¿qué puedo hacer yo? ¿Es que has despedido a tus empleadas?

—No. Bueno, la verdad es que ahora…

—¿Qué?

—Que mi ayudante está de vacaciones.

—Llámala y dile que vuelva.

—¿De Roma? Imposible.

—Mira, Gretch, tus empleadas pueden llevar la guardería perfectamente durante unos días —dijo Grant, sintiendo el peso del billete de avión en el bolsillo.

—Mis empleadas son expertas en cuidar niños, pero no tienen ni idea del aspecto administrativo de la guardería. Mary Ellen es la única que podría dirigir la guardería y no está… ¡ay! —exclamó Gretchen, cerrando los ojos. Una enfermera entraba en ese momento para ponerle una inyección y, mientras preparaba la aguja, Gretchen miró a su hermano con ojos de súplica—. Ya sé que tú tienes tu trabajo, pero sólo sería durante unos días. Eres el único que tiene experiencia dirigiendo un negocio.

—Pero yo no puedo encargarme de una guardería…

—Lo único que tienes que hacer es estar allí para encargarte de la parte administrativa, que se cumplan los horarios de las clases… y para ayudar un poquito con los niños.

—¡Por Dios bendito, Gretch! Yo soy un abogado, no una niñera. Además, no he tenido vacaciones en dos años.

Gretchen lanzó un gemido cuando la enfermera clavó la aguja en su brazo.

—¿Cuántas veces te he ayudado yo, Grant? —preguntó ella—. ¿Cuántas veces he tapado tus travesuras cuando éramos pequeños? ¿Cuántas veces te he preparado la comida mientras estabas estudiando en la universidad?

—Yo no sé nada sobre niños… —insistió él.

—Es muy fácil, de verdad. Y a mí no puedes engañarme con ese duro exterior. Te conozco bien y sé que dentro de ti hay un niño grande.

—Eso no significa que pueda encargarme de una guardería llena de ellos.

—No tendrás que cuidar de ellos. Lo que tienes que hacer es llamar a una empresa de trabajo temporal y contratar a una profesora para que ocupe mi puesto. Tú sólo tendrás que encargarte de la dirección.

—¿Y qué pasa si algún día no me queda más remedio que cuidar de los niños?

—Haz lo que te diga el corazón.

—Mucha gente opina que carezco de esa parte concreta de la anatomía.

—Pero yo sé que no es verdad. Dime que lo vas a hacer.

—¿No puedes contratar a un director hasta que salgas del hospital?

—No quiero contratar a otra persona. Quiero que lo hagas tú —gimió ella.

—¿Por qué yo? ¿No soy yo el que dijo que los niños deberían nacer con veintiún años y dispuestos a marcharse de casa?

—El mismo. Y es posible que trabajar unos días en la guardería te venga bien. Puede que descubras que te gustan los niños —intentó sonreír ella. Grant hizo un gesto de incredulidad.

—Nuestros propios padres se portaron como si hubieran vivido mejor sin hijos y no creo que nada me haga pensar que ser padre es algo maravilloso.

—Por favor, tienes que ayudarme. Será bueno para ti.

—¿Bueno para mí? —sonrió irónico Grant—. Ya, claro.

Los ojos de Gretchen empezaban a cerrarse después del sedante.

—Gracias, Grant. No te arrepentirás. Ahora no me importa que me operen porque sé que la guardería estará en buenas manos…

—Gretchen, yo no he dicho que… —intentó protestar Grant, pero su hermana ya casi no lo oía.

Cuando dos enfermeros entraron empujando una camilla, Grant se apartó para permitir que la llevaran al quirófano.

—No te olvides —murmuró ella mientras salía en la camilla de la habitación—. Sé que lo vas a hacer muy bien.

Inmóvil, Grant se quedó mirando cómo la camilla y su viaje a Jamaica desaparecían a la misma velocidad. ¿Por qué había tenido que elegir su hermana precisamente aquel momento? El último sitio en la tierra en el que le hubiera gustado pasar sus vacaciones era precisamente una guardería llena de críos llorones.

Ni siquiera le gustaban los niños aunque, en realidad, nunca había tenido ocasión de relacionarse con muchos. Para él, los niños eran algo tan desconocido como los tigres de Bengala y no recordaba cuándo había sido la última vez que había hablado con alguien de menos de diez años.

—Adiós, Jamaica. Hola, mocosos —murmuraba en la sala de espera.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

EL DESPERTADOR sonó a las seis de la mañana y Susan Spencer lo apagó con un suspiro de resignación. Las noches se hacían cada vez más cortas, al menos para ella. A esa hora ya podía oír a su hijo Jamie en la habitación de al lado, parloteando en la cama con sus muñecos de peluche.

Rápidamente, antes de que el niño se cansara de sus juegos, Susan se dio una ducha y preparó el café. Casi estaba terminando de ponerse el maquillaje cuando su hijo empezó a llamarla.

—¡Mami! ¡Mami, ven! —gritó el niño alegremente. Sonriendo, Susan se dirigió hacia la habitación. Jamison Edward Spencer, de dos años y medio, estaba de pie en la cama, vestido con un pijama azul y enredando un dedo en sus rizos castaños. Cuando ella entró en la habitación, sus ojos se iluminaron de alegría—. ¡Mami, mami, mami!

El niño había heredado los ojos castaños de su madre y sus atractivos rasgos.

—Hola, cariño. ¿Has dormido bien? —preguntó Susan, inclinado su metro setenta y cinco para tomar al niño en brazos y besarlo ruidosamente en la mejilla. Después de quitarle el pijamita, le puso un peto rojo y unas diminutas zapatillas de deporte y, mientras desayunaban tostadas con canela, puso en marcha el lavavajillas, colocó carne congelada en el horno y barrió el suelo de la cocina. Cuando volvió a mirar el reloj, eran casi las siete de la mañana.

Suspirando, se apoyó en el palo del cepillo y observó a su hijo aplastar un trozo de tostada sobre la mesa. Él era lo más bonito en su vida, la imagen de la inocencia y el amor sin condiciones.

Apenas había amanecido cuando lo llevó al coche y lo colocó en su sillita de bebé en el asiento trasero. Trabajar y cuidar sola de un niño era algo agotador, pero siempre sería mejor que seguir con su ex-marido.

Tuvo que apretar los labios cuando recordó al padre de su hijo. Jamie era la luz de su vida, pero Troy Spencer había sido exactamente lo contrario. Si hubiera sabido qué clase de marido y padre iba a ser, nunca se hubiera casado con él. Desgraciadamente, él había mantenido en secreto su lado oscuro hasta que fue demasiado tarde.

Como siempre, sintió un escalofrío al recordar el violento temperamento de Troy. Había soportado los puñetazos en la pared y los gritos, pero cuando había intentado golpear a Jamie, Susan decidió que aquel hombre nunca volvería a hacerles daño.

Se había marchado de casa con el niño y había alquilado un pequeño apartamento. Su puesto en el banco como jefa de negociado le permitía vivir modesta, pero cómodamente y, sobre todo, evitarle a su hijo la angustia de un padre como Troy.

Al principio no había sido fácil. Sin familiares cercanos que la ayudaran, Susan se había sentido sola a menudo y tenía que trabajar muchas horas para poder mantener un nivel de vida apropiado.

El día que su divorcio fue definitivo, Troy la había amenazado con pedir la custodia de Jamie, alegando que ella no tenía medios suficientes para cuidar de él. Afortunadamente, meses más tarde, él había aceptado un trabajo a miles de kilómetros y se había olvidado de todo.

Si una mujer profesional e independiente como ella no podía cuidar sola de su hijo, nadie podría hacerlo, se decía a sí misma. Su meta era educar a su hijo para que fuera exactamente lo contrario de lo que era su padre. Jamie estaría rodeado de amor y paciencia, no de arrebatos violentos.

—¡Gretchen! —gritó Jamie cuando llegaban a la guardería. El patio estaba lleno de columpios, toboganes y juegos para los niños.

—Ya casi hemos llegado, cielo —sonrió Susan. En silencio, le dio las gracias a Gretchen Harris, la propietaria y directora del centro. Gran parte de su sueldo iba a aquel sitio, pero merecía la pena. Gretchen y su equipo eran maravillosas con los niños y ella no tenía que preocuparse de nada porque sabía que estaba perfectamente cuidado. Mientras Gretchen fuera la directora de la guardería, Susan sabía que Jamie sería feliz en aquel sitio.

Mientras aparcaba el coche, Jamie coreaba alegremente el nombre de Gretchen y Susan salió del coche, deseando que el niño pudiera transmitirle algo de aquella energía infantil.

 

 

 

Grant no parecía muy feliz mientras se dirigía a la guardería. Su horario de trabajo en el bufete empezaba a las nueve, no a las siete de la mañana y, aquel día, un gesto de irritación ensombrecía las atractivas facciones masculinas.

Al entrar en la guardería, había podido percibir la mano de su hermana. En una de las paredes había un mural con animales dibujados que, sin duda, había sido obra suya. Ya desde pequeña, a Gretchen le encantaba dibujar. Grant había imaginado que estudiaría Bellas Artes, pero, para su sorpresa, había decidido dedicarse a los niños. Mirando aquel mural de animales, Grant se daba cuenta de que su hermana había conseguido ambas cosas; era una pintora notable y, además, la directora de una guardería. Juntos, Gretchen y él, formaban un todo completo, pensaba Grant. Ella era una mujer dulce y cariñosa; él, un pragmático hombre de leyes. Entonces, ¿qué estaba haciendo allí?, se preguntaba.

—Hola. Tú debes de ser Grant. Yo soy Cassie. Hablamos anoche por teléfono —lo saludó una jovencita con mochila al verlo entrar.

—¿Eres estudiante? —preguntó él, estrechando su mano sin sonreír.

—Sí. Vengo sólo por las mañanas. Denise y Sandy vienen por las tardes.

—Y Elaine y Lois están aquí todo el día, ¿verdad?

—Sí. Empiezan a las ocho. Gretchen, Mary Ellen y yo empezamos a trabajar a las siete.

—Cuento contigo para que me digas lo que hay que hacer. Mi hermana no me ha explicado nada.

—El plan de trabajo está en el despacho —explicó ella, indicándolo que la siguiera a través de una habitación en la que había un montón de sillas diminutas.

En las otras ocasiones en las que había visitado la guardería, Grant no había prestado demasiada atención a los muebles, pero en aquel momento se percataba de que todo allí, las sillas, las mesas, los armarios, estaba construidos para gente diminuta. Por curiosidad, echó un vistazo al cuarto de baño anexo al despacho de su hermana y lanzó un suspiro de alivio al ver que todo era de tamaño normal.

En el despacho de Gretchen había un plan de trabajo colgado en la pared en el que se especificaba qué debían hacer los niños cada día.

—Ahí está todo lo que hay que hacer —explicó Cassie—. Y en los archivos puedes encontrar las normas de la guardería.

—¿Y ese armario? —preguntó él, señalando un pequeño armario en la esquina del despacho.

—Ahí está la información sobre cada uno de los niños —contestó Cassie, dirigiéndose al escritorio—. En su agenda puedes encontrar los teléfonos de todos los padres. Por cierto, ¿te ha dado Gretchen las nóminas de esta semana? Normalmente, nos paga los viernes.

—Sí, las tengo —contestó él. Él mismo había ayudado a su hermana con la parte administrativa cuando había abierto la guardería.

Cuando salieron del despacho, Grant se fijó en una mujer que entraba con un niño en brazos.

El niño se llamaba Connor y, según Cassie, siempre era el primero en llegar. En cuanto la madre se hubo marchado, la joven le informó de que había que cambiarle el pañal.

—¿Quieres ver cómo se hace?

—No estoy aquí para encargarme de ese tipo de cosas —contestó Grant, pasándose la mano por el pelo.

—Lo sé, pero quizá deberías aprender por si hay alguna emergencia.

Aunque la idea no le atraía lo más mínimo, Grant tuvo que acceder con desgana.

—Me temo que no tengo ninguna experiencia cambiando pañales —dijo, mientras Cassie le quitaba el pantalón al niño con manos expertas.

—La mayoría de los hombres no sabe hacerlo —sonrió Cassie—. Mi novio desaparece cada vez que tengo que cambiarle los pañales a mi sobrino.

—Es territorio extraño para un soltero —replicó Grant.

—Pero es muy fácil —explicó Cassie, soltando las tiras adhesivas del pañal—. ¿Ves? Sólo tienes que despegar las tiras adhesivas y el pañal sale solo —añadió, tirando el pañal al cubo de la basura.

Mientras Cassie le ponía polvos de talco, Connor sonreía a Grant, que lo miraba pensando que aquella cabeza calva le recordaba a la de cierto juez.

—¿Quieres ponerle el pañal limpio? —preguntó Cassie, cubriendo la desnudez del niño con una toalla.

—Bueno, lo intentaré —contestó Grant, apartando la toalla—. Estamos entre hombres, ¿verdad, Connor? No tenemos por qué sentir vergüenza.

—¡No hagas eso! —gritó Cassie. Demasiado tarde. Un chorro de líquido caliente empapaba en ese momento su camisa y, cuando volvió a mirar a Connor, el niño sonreía como si hubiera hecho una gracia.

—Veo que la toalla no era para cubrir sus vergüenzas —sonrió Grant.

—No, lo siento —rió Cassie, intentando secar su camisa con un papel de cocina—. Lo mejor será que te pongas un poco de agua. Yo le pondré yo el pañal.

Grant se quedó mirando su, anteriormente, inmaculada camisa blanca, preguntándose cómo podía limpiar una mancha de orina. Y entonces, recordó la maleta que seguía guardada en el coche.

Ya había amanecido y en el aparcamiento había dos o tres coches además del suyo, entre ellos un Ford Escort blanco que había visto días mejores.

Estaba aparcado al lado de su Porsche y podía ver el redondo trasero de su propietaria envuelto en una falda negra, inclinándose hacia el asiento trasero. Cuando oyó los gritos de protesta de un niño, se acercó para ofrecer su ayuda.

—¿Ocurre algo?

La mujer del trasero redondo lo miró durante un segundo y después volvió a mirar hacia el coche.

—No ocurre nada —contestó. A Grant le parecía que sí pasaba algo, pero no lo dijo. Unos segundos más tarde, la mujer se volvió hacia él, frustrada—. Es el cinturón. Parece que se ha atascado.

Estaba claro que no le hacía ninguna gracia pedir ayuda y, cuando se irguió, Grant se dio cuenta de que era casi tan alta como él.

Momentáneamente sorprendido al ver una cara tan atractiva, tuvo que hacer un esfuerzo para apartar los ojos y mirar al niño. Con aquellos ojos y aquel cabello castaño, el crío era la viva imagen de su madre.

—¿Quiere que eche un vistazo?

—Si no le importa —contestó ella—. Si no consigo sacarlo de ahí, llegaré tarde a trabajar.