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Este es un ensayo filosófico sobre la experiencia del olvido. Se trata de un tema de largo alcance que, al prolongarse en el tiempo, afecta a varias generaciones, a las familias y a los individuos, a cada uno de nosotros en primera persona. Es una cuestión difícil relacionada con el dolor, con el sufrimiento y la pérdida, con los pensamientos que no nos dejan conciliar el sueño. El lector encontrará en estas páginas un recorrido por lo extraño y contradictorio del recuerdo que huye de sí mismo y se hunde en el olvido. Un día nos damos cuenta de que no se puede vivir así y advertimos que solo una frontera entre un antes y un después permitirá fundar un presente del ahora. Más allá de esa frontera, abandonada la huida, se encuentra el verdadero olvido, aquel que cumple una función de verdad para cada sujeto.
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Seitenzahl: 249
Veröffentlichungsjahr: 2012
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Portada
ANNA PAGÉS
SOBRE EL OLVIDO
Herder
Créditos
Diseño de cubierta:Gabriel Nunes
© 2012, Anna Pagés
© 2012, de la presente edición, Herder Editorial, S.L., Barcelona
ISBN digital: 978-84-254-3076-3
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso
de los titulares delCopyrightestá prohibida al amparo de la legislación vigente.
Herder
www.herdereditorial.com
Dedicatoria
Por todo lo que hemos olvidado para poder recordar
y lo que seguimos recordando sin poder olvidar.
ÍNDICE
PREFACIO
1. DESVELARSE Y OLVIDAR
2. EL OLVIDO Y LA INVENCIÓN
3. CARTOGRAFÍAS DE LA MEMORIA
4. OLVIDAR EL FUTURO
5. OLVIDO Y FILOSOFÍA
6. APORÍAS DEL OLVIDO
7. OLVIDO E INTERPRETACIÓN
8. LO INDECIBLE DEL OLVIDO
9. EL OLVIDO COMO RECUERDO ENCUBRIDOR
10. ACERCA DE LO INOLVIDABLE
11. SE DECRETA NO OLVIDAR
EPÍLOGO
Citas
Todos vosotros que amáis el trabajo salvaje y lo rápido, nuevo, extraño, os soportáis mal a vosotros mismos, vuestra diligencia es huida y voluntad de olvidarse a sí mismo.
FRIEDRICHNIETZSCHE,Así habló Zaratustra
Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia delante y no encarnizarse en abrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Solo así es posible el olvido verdadero.
JUANGELMAN, Discurso Premio Cervantes
El olvido es una fuerza que permite una nueva mirada.
MICHELMAFFESOLI, La pensée ordinaire
¿Cómo contar una historia poco creíble, cómo suscitar la imaginación de lo inimaginable si no es elaborando, trabajando la realidad, poniéndola en perspectiva? ¡Pues con un poco de artificio! [...] A fin de cuentas, el reposo físico es secundario. Lo que quisiera por encima de todo es el reposo espiritual. El olvido, dicho de otro modo.
JORGESEMPRÚN,La escritura o la vida
[...] cómo podía ser que yo hubiera dejado que mi memoria se fuera así, por el fregadero.
PATRICIOPRON,El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia
PREFACIO
Un episodio traumático es un muro infranqueable, interrumpe el tiempo brusca e inesperadamente, establece la frontera entre un antes y un después. No hay modo de atravesarlo ni de escabullirse. Ejemplos de episodios traumáticos hay muchos: las guerras son uno, por cómo afectan a los que sufrieron en primera persona, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. El trauma se desplaza pero no sabemos cómo. Cuando se repite sin cesar que «ya pasó» o que «está olvidado» no se dice la verdad, pero tampoco se miente.
En diciembre de 2007 fue aprobada en España La Ley de la Memoria Histórica. Esta Ley propone reparar legalmente las injusticias vividas durante la Guerra Civil y la Dictadura, tal como dice en su exposición de motivos:
La presente Ley quiere contribuir a cerrar heridas todavía abiertas en los españoles y a dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron, directamente o en la persona de sus familiares, las consecuencias de la tragedia de la Guerra Civil o de la represión de la Dictadura. Quiere contribuir a ello desde el pleno convencimiento de que, profundizando de este modo en el espíritu del reencuentro y de la concordia de la Transición, no son solo esos ciudadanos los que resultan reconocidos y honrados sino también la Democracia española en su conjunto. No es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva. Pero sí es deber del legislador, y cometido de la ley, reparar a las víctimas, consagrar y proteger, con el máximo vigor normativo, el derecho a la memoria personal y familiar como expresión de plena ciudadanía democrática, fomentar los valores constitucionales y promover el conocimiento y la reflexión sobre nuestro pasado, para evitar que se repitan situaciones de intolerancia y violación de derechos humanos como las entonces vividas.1
«Contribuir a cerrar heridas todavía abiertas», «dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron», «promover el conocimiento y la reflexión sobre nuestro pasado»: he aquí tres aspectos fundamentales de la delicada tarea de reconstrucción de lo traumático. La Guerra Civil Española, como tantas otras guerras y episodios dolorosos en la historia de los países, trascendió a la generación que la vivió en primera persona. Sus efectos alcanzaron a los hijos, a los nietos, incluso a los bisnietos. Dichos efectos fueron polivalentes y desiguales, pero sobre todo singulares: cada sujeto, incluido en una generación en particular, participó de su transmisión para darle sentido a partir de un relato propio sobre lo que sucedió. El problema sobre lo que sucedió es notable: como dice Freud «lo que recordamos está, en primer lugar, mutilado por la infidelidad de nuestra memoria, que parece sumamente incapaz de conservarlo y quizás ha perdido justamente el fragmento más significativo de su contenido».2 ¿Cuál es el fragmento más significativo de un episodio traumático, aquel que atraviesa la experiencia colectiva hasta alcanzar a las futuras generaciones y a cada uno de los sujetos que las integran? Al parecer, las primeras generaciones directamente afectadas no fueron capaces de interrogarse; sí de condenar la injusticia vivida, la pérdida, y su persistencia bajo la modalidad del rencor o del perdón. Más adelante, los nietos y bisnietos empezaron a preguntar sobre lo sucedido, en un intento de recuperar «ese único jirón»3 de lo olvidado en la memoria infiel. Algunas preguntas no obtuvieron respuesta y condujeron a nuevas preguntas; otras fueron más o menos respondidas. En la línea sucesoria de los interrogantes un resto quedó «congelado». Es la petrificación de lo que nunca se asimiló, por lo absurdo y lo insoportable de su acaecer, aquello que yace en las «lagunas creadas por el olvido».4
A principios de septiembre de 1936 un grupo de hombres irrumpió bruscamente a la hora de cenar en el domicilio de mi bisabuelo y lo arrestaron. Estuvo en paradero desconocido durante tres días y después fue asesinado en una cuneta de un tiro en la nuca. Terminada la Guerra Civil, y acompañado por un vecino que sabía dónde le habían matado, mi abuelo fue a reconocer el cadáver de su padre para enterrarlo.
En el trauma vivido por la generación de mis abuelos, se conocen aproximadamente los hechos, pero no así los efectos devastadores en la vida de los que lo vivieron, directa o indirectamente. Sin embargo esta historia, que parecería prototípica —la de muchos que sufrieron durante la Guerra Civil en uno o en otro bando—, es al mismo tiempo única e irrepetible. La particularidad de estos relatos reside en las consecuencias que tuvieron, su incidencia en las vidas concretas de los que compartieron el sufrimiento y sufrieron la violencia. Se trata de historias que han atravesado el velo de las generaciones sin que pudiesen ser olvidadas en el sentido verdadero del término. Porque una cosa es no recordar un nombre o una cifra en un momento dado; otra muy distinta es conseguir olvidar el impacto de lo que sucedió; también existe una amnesia involuntaria que funciona eficazmente para dar rodeos, y otra amnesia irrecuperable, que puede tener una base orgánica, como el Alzheimer. Frente a todo ello, el verdadero olvido es una operación subjetiva, que atraviesa la infidelidad del recuerdo para decidir su reconocimiento y dejarlo donde está, en el lugar del trauma. «Lo que sucedió» es un objeto en fuga permanente, al que debemos tratar de detener encontrándole un lugar en el tiempo.
Olvidar no tiene nada que ver con lo que propone la Ley de la Memoria Histórica: significa todo lo contrario, aunque sí supone, en cierto modo, algo con lo que cerrar heridas abiertas. ¿Cómo se cierra una herida abierta? Olvidando en el sentido verdadero del término: dejando donde estaba la herida no una cicatriz al aire (porque no puede cicatrizar) sino un esparadrapo o una venda para protegerla; así será más fácil localizarla, porque se siente. Hay un olvido que no es lo que parece: es la huida hacia delante. En cambio, hay un olvido que deja el dolor y la ausencia en un lugar que los aloje. Es el verdadero olvido; verdadero, no en el sentido de objetivo o de recuperable, sino porque cumple una función de verdad para cada sujeto en su vida presente.
Decidí entonces escribir sobre el olvido. Pero no en el sentido de lo que no podemos olvidar sino en la dirección de cómo olvidar más o menos en el buen sentido. Y también decidí escribir sobre el olvido como algo que nos sucede en el nivel concreto de nuestras vidas, ausentes de pasado y por ello olvidadas en sí mismas. El olvido, especie de brusco despertar, queda camuflado por la memoria para que no surja de mala manera. Sin embargo, no se puede disimular toda la vida, por esto el contrario del olvido no es la memoria, siempre infiel a los hechos, sino la mortificación y el resentimiento.
El informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), publicado en Argentina en los años ochenta y conocido con el nombre ¡Nunca más!, reveló el trauma de las desapariciones bajo la dictadura militar y supuso un modelo para otras Comisiones de la Verdad que se fueron gestando en distintos países víctimas de la violencia política. Poco a poco, la cultura de la memoria se fue afianzando sobre la base de una reinterpretación colectiva del pasado. En ese contexto surgieron una pluralidad de significaciones que entraron en conflicto y se impusieron unas a otras. De ese modo apareció un determinado «régimen de memoria» concebido como
aquellas memorias emblemáticas que se tornan hegemónicas en la escena pública al instaurar, a través de prácticas y discursos diversos, los marcos de selección de lo memorable y las claves interpretativas y los estilos narrativos para evocarlo, pensarlo y transmitirlo. Los regímenes de memoria son el resultado de las relaciones de poder y, a la vez, contribuyen a su reproducción. Sin embargo, si bien su configuración y expansión en la esfera pública son el producto de la relación entre fuerzas políticas, también obedecen a la integración de sentidos sobre el pasado producidos por actores que, al calor de sus luchas contra las ideas dominantes, logran elaborar e imponer sus propios marcos interpretativos.5
Los marcos interpretativos y los regímenes de memoria pueden contribuir a delimitar el contexto para un determinado olvido, que los particulariza según la historización que cada sujeto sea capaz de elaborar en relación con su propia experiencia. En el marco de lo sucedido en la Argentina, por ejemplo, las desapariciones de personas implicaron una condición general de significación de la memoria:
Su condición fronteriza entre la vida y la muerte quebró, en la trama de relaciones ligadas a los desaparecidos, los marcos sociales básicos para la evocación: el tiempo, el espacio y el lenguaje. El progreso lineal del tiempo, el momento del fin natural de la vida —la muerte—, quedaba en suspenso, con lo cual se desafiaba la diferenciación subjetiva entre pasado y presente, y se alimentaban ciclos de angustias y expectativas que se renovaban constantemente. [...] en la mayoría de los casos, la inexistencia de cuerpos y tumbas borró la distinción que supone el cementerio entre el mundo de los vivos y el de los muertos, e impidió la práctica de ritos, como el velatorio y el funeral, que ayudan a elaborar la pérdida.6
Las distintas modalidades y circunstancias de la pérdida en el episodio traumático revelan la variedad de opciones posibles para cada persona a la hora de delimitar qué queda del trauma para el presente. Esta es una cuestión sumamente difícil y compleja, que no puede ser planteada en general o a partir de una determinada definición de «régimen de memoria» sino a partir de las ambigüedades de lo que representó, para cada existencia singular, el episodio traumático que no puede ser desvelado del todo, ni atravesado por completo, ni mucho menos resuelto o «superado» de ninguna manera.
Escribir sobre el olvido implica necesariamente referirse a una memoria que funciona con el encubrimiento, a partir de los cuadros colectivos de significación, pero, sobre todo, según las circunstancias particulares que caracterizaron el episodio traumático, para cada una de las existencias que lo sufrieron. La memoria es el pretexto para no ver que ha habido olvido en lo que se recuerda; es, en cierto modo, una de-negación. La reflexión sobre el olvido, por lo tanto, no debe ser tomada a la ligera y mucho menos se ha de considerar como una tarea de fácil cumplimiento. El olvido no es un estado que se alcance por obligación; no puede ser un imperativo moral o algo que hagamos, en cierto sentido, a propósito. Con razón la Ley de la Memoria Histórica dice: «No es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva», aunque dicha Ley configure un cierto régimen de memoria «cuyas proposiciones organizan el debate público».7 El legislador no puede hacer verdaderamente nada en relación con el olvido sobre el que vamos a escribir, que está más allá, aunque se inscriba en el marco de «las interpretaciones divergentes de los regímenes de memoria». El olvido no puede legislarse: puede ordenarse tal cosa o tal otra, pero no se puede «obligar por ley» nada que tenga que ver con lo que no queremos saber. O mejor dicho, todo régimen de memoria implica un determinado tratamiento de lo que no se quiere saber, a nivel colectivo, que no puede transcribirse del mismo modo a nivel subjetivo. Sin embargo, no se trata de un problema, ¡sino de una suerte! Es el eje fundamental que atraviesa nuestras vidas, en el sentido de que las hizo ser como son, ahora, en el presente. Gadamer dijo que lo que atraviesa nuestras vidas no es la historia (los hechos) sino la historicidad (las secuelas de lo sucedido en el relato de cada uno). En este libro vamos a reivindicar un olvido vinculado a las secuelas de lo que no recordamos en el instante preciso de recordar otras cosas. A veces, dichas secuelas no dejan vivir el momento presente: son demasiado dolorosas como para que ese exceso permita otra vida más actual. En ese caso, las secuelas deben de ser dejadas ahí donde surgieron, sin manosearlas. Manipular las secuelas de mala manera es el mejor modo de no vivir una vida que un día se acaba. En este libro reivindicamos las secuelas que no se manipulan, pero que, en cierto modo, como hace el experto en artefactos explosivos, «se desactivan», es decir, quedan ahí donde fueron encontradas sin ser ya un riesgo mortal para nadie. Porque las secuelas se refieren a alguien en particular y también a quienes le son próximos.
El olvido es singular y al mismo tiempo compartido. En España, después de la Guerra Civil, hubo algo más que la cuestión de la memoria histórica: los efectos de la memoria que encubría el recuerdo generaron muchos de los síntomas de un país que, actualmente, funciona con un sistema electoral, pero que aún tiene miedo a los verdaderos debates en la plaza pública y no se atreve a hablar de lo que se perdió. Hubo algo que se perdió definitivamente, y de esa pérdida, que quedó atrás, hemos querido saber muy poco… al no querer saber no hemos podido olvidar de verdad. Y lo que hemos olvidado en la huida hacia delante vuelve para reabrir viejas heridas. Esta frase «reabrir viejas heridas» se utiliza hoy con frecuencia en España cuando se trata de retomar «el jirón» de lo que pasó durante la Guerra. Mejor olvidar, en el sentido de huir o de negar. El olvido como huida consolida precisamente esa reapertura de heridas. Sin objeto alguno más que el dolor que producen.
Escribir sobre el olvido en el registro de la subjetividad, de la existencia particular de cada uno de nosotros, implica imaginarlo como una experiencia personal, extraña y azarosa, que se desarrolla sobre un recorrido temporal singular. Sería una especie de regresión inesperada que permite a veces un nuevo impulso, lo cual sucede en el nivel del acontecimiento del tiempo para cada uno. El olvido paraliza el instante o la duración de lo que pretendíamos conocer e introduce un punto de desconocimiento. No todo es el recuerdo en su evidencia.
Entonces, escribir sobre el olvido implica rodear, en cierto modo, el obstáculo (o la resistencia) de lo inesperado. El obstáculo de lo inesperado es como decir que la maquinaria se estropeó en su funcionamiento eficaz. El olvido es el óxido de la máquina y es aquello que la detiene —en ocasiones casi por completo—. Por ello resulta filosóficamente útil acercarse al olvido como si fuera una experiencia del azar para una existencia vivida mecánica y productivamente. De repente el aparato se escacharró, y surgió un vacío ahí donde los resortes actuaban haciendo su trabajo. El olvido es la verdad de una tarea o un procedimiento que ya no será más como antes.
Pensar sobre el olvido es difícil y requiere mucho tacto. Hay que andar con cuidado al nombrarlo o imaginar lo que, según Weinrich,8 «su circunstancia designa». El olvido es un pequeño dolor en el seno del recuerdo que no alcanza a llegar del todo bien, que no alcanza a decir toda su verdad (a la que nunca, en realidad, alcanzó a decir seriamente, aunque creyera lo contrario).
En una época de olvido como huida hacia delante, escribir sobre el olvido podría parecer una paradoja, e incluso una impertinencia. En general, resulta políticamente incorrecto, contrario al «espíritu de la época» —una época de restitución de la memoria—. Sin embargo, el verdadero olvido nunca es un enemigo de la memoria restituida, puesto que también constituye, en sí mismo, una modalidad de restitución de un presente vivido, pero, esencialmente, «vivible», un presente distinto que engendre lo nuevo. En su recorrido filosófico por el presente, versión del pasaje en el tiempo, de un tiempo en movimiento constante, de una vorágine del tiempo, la lógica del poder en la época de la globalización empuja al tiempo a pasar.9 Todo este recorrido mediático del tiempo contemporáneo requiere un control, una anticipación programada: no perder el tiempo, invertirlo en algo que genere un beneficio, un resultado, un rendimiento final. En cambio, el olvido es ese pequeño —o gran— impedimento a la pretensión de un tiempo a la medida de todas las cosas. Viene el olvido, se inserta en esa dinámica de progreso y bloquea el proceso. En ese punto exacto, y gracias al olvido, podemos perder el tiempo. Con el olvido, nos retrasamos, hay que volver sobre nuestros pasos, deshacer el camino para recuperar lo que perdimos en ese momento, hay que buscar algo que no conseguimos encontrar. Y ya no podemos seguir adelante con el mismo ritmo o aceleración previstos. Quedamos rezagados, nos adelantan en el frenesí del pasar, en la ansiedad del moverse hacia delante.
Pensar sobre el olvido implica atreverse a imaginar que pueda surgir, entre las brechas de la rutina o de la repetición, una novedad inesperada, alejada del frenesí cotidiano. Supone situar el olvido en un lugar que sobrepase la mortificación de lo definitivamente perdido, implica no querer recuperarlo y entonces situarse en otra posición, como sugieren las palabras de Ernst Bloch sobre la esperanza: «[...] ha llegado el momento [...] de que tengamos un sentimiento más acorde con nosotros».10
Busquemos, pues, un sentimiento acerca del olvido más acorde con nosotros.
El olvido aparece como un soplido entre las brasas del fuego que está por apagarse y, en contacto con el aire, se reanima. Con la ruptura de la continuidad del «ya sé» o del «ya me acuerdo» conocemos el blanco, el paréntesis, la suspensión (a veces angustiante) que produce el olvido, cuyo efecto principal es la perplejidad, la extrañeza, el susto o la sorpresa. Aunque el olvido también puede ser vivido como algo cotidiano e incluso familiar, una experiencia de lo más normal. El escritor argentino Patricio Pron, por ejemplo, describe a su padre como un personaje con una memoria «como un colador», incapaz de recordar lo inmediato.11 Sea como sea, ¿qué hacer con todo ello, desde el punto de vista de lo que puede ser vivido, cumplido o incluso amado? En esta fórmula concreta reside la osadía de pensar sobre el olvido, una osadía que atraviesa la experiencia del «no me acuerdo» o del «ahora no me viene a la cabeza» para ir más allá y dejar una especie de vacío flotante… imaginar otra cosa, y dar un rodeo distraído sin querer nada en concreto, deambulando un poco.
El verdadero olvido no tiene arreglo, pero este rasgo que lo define no es un problema sino una condición para otra cosa: una condición para que el presente advenga.
1. DESVELARSE Y OLVIDAR
Hemos abierto los ojos como platos en mitad de la noche. Ya no nos pesan los párpados, nos desvelamos sobresaltados: ¿dónde estamos, qué hora es? Despertamos y nos damos cuenta de que habíamos estado durmiendo profundamente, con obstinación. Al desvelarnos, es como si recuperáramos la memoria, aunque no del todo, casi: sabemos que en nuestro sueño hubo memoria, pero no nos acordamos porque su contenido quedó atrás, al dibujar una frontera entre el antes y el ahora.
Ahora, sin embargo, permanecemos con los ojos abiertos por el odio, por la pasión, por la obligación que nos mortifica o por la preocupación que interrumpe el descanso, pero no podemos, en ningún caso, volver a conciliar el sueño que hemos dejado a nuestras espaldas, no habiendo ya conciliación posible con lo que, definitivamente, quedó atrás: con lo que olvidamos. Aunque consigamos volver a dormir, nunca se tratará de ese primer sueño que reconocimos al desvelarnos por primera vez. Hemos abandonado toda tenacidad onírica.
El sueño se perdió para siempre al quedar alojado, con el despertar, en un lugar irrecuperable aunque localizable. ¿Cómo surgió ese lugar para cada uno de nosotros, en medio de nuestra impávida y cotidiana certidumbre, esa certidumbre de lo que es siempre igual hasta que el despertar lo invalida?
Hubo, una vez, el sueño que no recordamos, desde donde dibujamos una frontera hacia el presente, al desvelarnos para pensar en este momento. Pensar significa abandonar el velo de lo que acechaba en el sueño y atreverse a cruzar la frontera de un nuevo día. En la máxima de Píndaro «Llega a ser el que eres»,1 que tanto repitió Friedrich Nietzsche en su obra, sobrevolamos lo onírico y abrimos los ojos más allá del sueño invalidante, atravesando el instante de la imposibilidad de ser lo que queremos para «serlo» al fin. Finalmente ponerse en marcha, apoyar los pies en el suelo y abandonar la posición horizontal. Levantarse de una vez por todas. Incorporarse. Ir a por otra cosa. Aunque todo esto solo es posible si se ha podido dormir previamente, en alguna de sus fórmulas: del insomnio al sonambulismo, pasando por el sueño profundo y reparador. Sin embargo, si no hubiera sueño previo, en las distintas modalidades del dormir, ¿podría haber despertar?
Hay despertares y despertares. Hay quien duerme siempre y no despierta; quien está siempre en vela y no consigue dormir... Quien duerme y se desvela, entonces sabe que ha dormido porque despertó, confuso y desorientado. Despertar es una forma de la certeza: el sueño es la condición del despertar, como este es la de aquel. Cuando estamos en el sueño, no nos hallamos del todo ahí. Solo cuando despertamos podemos decir algo de la manera en que estuvimos en el sueño, sin embargo, como dice Freud: «Todo lo que es en el sueño orden y trabazón solo se introdujo en él a raíz del intento de evocarlo».2
Desvelos e insomnios. Parecería que el recuerdo nos desvela y el olvido nos adormece, pero es al revés. A menudo creemos estar despiertos, pero es solo una falsa impresión. En realidad no lo sabemos con seguridad. Únicamente en el despertar como el momento en que dijimos «ya está» alcanzamos a saber que hubo un dormir anterior. Al incorporarnos, reconocemos un momento distinto de ruptura con el sueño, algo así como un poder «empezar de nuevo», sin continuidad con lo que hemos dejado, que era siempre todo lo mismo… o así nos pareció. Recordamos que un día olvidamos porque dormíamos y, al mismo tiempo, distinguimos al fin, entre brumas, que lo que hemos olvidado estuvo ahí, en nuestra actividad onírica o en nuestra imaginación. Al despertar, nos percatamos de la ausencia que estuvo presente en otro tiempo, pero no anulamos la ausencia, la vivimos, sigue ahí.
La literatura de Jorge Semprún describe la experiencia de vivir despierto, sin poder dormir, después de haber conocido la muerte. Este escritor nos enseña una profunda lección subjetiva sobre lo inolvidable imposible de recuperar: si retorna en la forma de recuerdo actualiza la muerte que dejó atrás. ¡En cuántas ocasiones la memoria constituye una amenaza! Semprún transmite en su literatura esta condición del sonámbulo que no sabe de sí mismo, o que sabe que, en la medida en que no despierte, mientras deambule dormido, podrá seguir deambulando. Muchos de nosotros circulamos en una especie de sonambulismo cuya condición de permanencia es la circulación o la hiperactividad. Circular es un modo de no tomar conciencia. Para no tomar conciencia la condición es persistir en mantener viva la totalidad de lo compacto, que responde siempre igual en su coherencia absoluta: el insomnio sería su reverso, el sonambulismo su anverso. En el primer caso no se duerme en la inactividad; en el segundo se duerme con la aceleración del caminar. Formas del Todo o del Uno que impiden que otra cosa surja como una grieta para resquebrajarlo: para producir el desenlace en la lucha del insomnio contra el reposo y dejar que el descanso tenga lugar al fin, sustituyendo al vigilante nocturno; para hacer tropezar al sonámbulo, quien, con la caída, aturdido, abre los ojos un poco asustado. El olvido es el temible tropiezo de la memoria adormecida: al tropezar con el olvido, el recuerdo desconfía de sí mismo. Es el miedo al olvido: tememos olvidar nuestros frágiles recuerdos; tememos recordar no sabiendo desde dónde. Tememos que algo retorne. El recuerdo y el olvido son una pareja inestable que teme cruzarse por la calle por si hubiera que saludar.
En agosto de 1945, en París, tres meses después de la liberación de Buchenwald, y «deshecho» tras una noche en vela sin pegar ojo, Jorge Semprún acudía a casa de su amiga Claude-Edmonde Magny, en la Rue Schoelcher:
Llamé al timbre de Claude-Edmonde Magny a las seis de la mañana. Yo sabía que se instalaba en su mesa de trabajo al alba. Me ofreció café de verdad.3
Solo el café de verdad despierta para una conversación amiga y complace con su sabor inédito, aunque en realidad sintamos en el paladar un ligero toque amargo, matizado por una cucharadita de azúcar. La amarga cortesía que desvela acecha una inquietud que, a fin de cuentas, no hemos podido dejar atrás del todo, como la muerte, el dolor, o la separación, y muchas otras cosas cuya pesadez no es precisamente la del sueño, y que no permiten ni siquiera un ligero sopor, o una cabezadita. Dichas cosas no tienen piedad con nosotros. Está claro que nos desvelan para el café del alba. Arriba: hay que recuperar algo, declara la tiranía del recuerdo.
Recordar significa despertarse sin rodeos para recrear lo olvidado desde el presente. También significa en cierto modo seguir durmiendo porque creemos que nuestros recuerdos son verdaderos y que permiten un lazo con el pasado. El olvido está en el recuerdo que cree funcionar bien. Si siguiéramos dormidos, sería como si hubiéramos olvidado no despertarnos y, en ese caso, ¿cómo empezaríamos en el sentido de decir «desde dónde» partimos para hacer otra cosa? El olvido rompe la continuidad del recuerdo.
Para empezar de verdad hay que partir de algún lugar distinto, no hace falta que sea verdadero, perfecto o exacto, ni siquiera impecable en su totalidad, o de una pureza absoluta, o eficaz, bastará un pequeño lugar, un modesto punto de partida incierto que nos permita rastrear despacio, deshaciendo lentamente la ruta que nos conduce a un comienzo posible. Seguir con atención el rastro de las miguitas de pan que no alcanzamos a ver claramente en mitad del bosque. Recorrer el trazo de la genealogía, cuyo proceder, dijo Foucault, es «gris, meticuloso y pacientemente documental. Trabaja con pergaminos embrollados, borrosos, varias veces reescritos».4 El recorrido hacia el comienzo supone una «indispensable cautela: localizar la singularidad de los acontecimientos, fuera de toda finalidad monótona».5
«Fuera de toda finalidad monótona»: desperezarse y buscar un comienzo más allá de lo conocido en el roce constante del día a día. Abandonar un alma anestesiada con la mediocridad de lo cotidiano, que persiste en la huida hacia delante, y, en ese particular instante de desidia, al dejar caer lo monótono y localizar otra cosa, despejar la cabeza para recordar, al fin, lo que hemos olvidado.
Al despertar abrimos los ojos para reconocer en el «haber dormido» la experiencia del olvido. Pero no recordamos necesariamente el contenido de lo que hemos olvidado, únicamente el olvido como experiencia de la ausencia en el recuerdo. Se puede recordar algo pero también nada.
Toda historia se abre, entonces, en algún lugar que sea un comienzo nuevo, diferente, del que tenemos noticia o que deseamos «anotar». Sin embargo, ese comienzo no es del todo seguro: surge de la irreparable pérdida del origen. Hubo un origen que no podemos actualizar en el presente. Origen y comienzo no son lo mismo: el origen es irrecuperable; el comienzo, en cambio, se puede construir.6
