8,99 €
Autor irrepetible, forjador de un nuevo modo de ver y contar, maestro del cuento, la literatura en CHÉJOV se filtra en cada palabra que esculpía, más allá de su obra de ficción: "la literatura es mi amante". Amor, vida y literatura. Eso es lo que el lector disfrutará con esta compilación de cartas y aforismos en los que la figura de CHÉJOV aumenta, crece y nos atraviesa porque quizá no haya mejor lectura que internarse en la mente, en las palabras secretas, en la sensibilidad de un genio. La presente edición –preparada y traducida por el profesor Jesús García Gabaldón– tiene como objetivo reconstruir el pensamiento literario de CHÉJOV a través de sus cartas, opiniones literarias recogidas por sus contemporáneos, y de sus pensamientos, dispersos en cuadernos de notas y apuntes. Cerca de doscientas cincuenta cartas, organizadas cronológicamente, en torno a ciento cincuenta opiniones literarias, distribuidas en apartados temáticos, y una serie de pensamientos, expresados con frecuencia a modo de aforismos, extraídos de las cartas y de sus cuadernos de notas. CHÉJOV al completo.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2019
Antón P. Chéjov
Sobre literatura y vida
Cartas, opiniones y pensamientos
Edición, traducción y prólogo
Antón P. Chéjov, Sobre literatura y vida. Cartas, opiniones y pensamientos
Primera edición digital: septiembre de 2019
ISBN epub: 978-84-8393-649-8
Colección Voces / Ensayo 282
Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
© De la edición, traducción y prólogo: Jesús García Gabaldón, 2019
© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2019
Páginas de Espuma
Madera 3, 1.º izquierda
28004 Madrid
Teléfono: 91 522 72 51
Correo electrónico: [email protected]
Prólogo
Las ideas literarias de Chéjov
El escritor ruso Antón Chéjov (1860-1904) ha pasado a la historia de la literatura como cuentista, narrador y dramaturgo. Su trayectoria literaria está marcada inevitablemente por su origen humilde (su abuelo fue un siervo que compró su libertad; su padre, un modesto comerciante), sus estudios de Medicina, su condición de enfermo de tuberculosis (enfermedad de la que morirá en 1904 en un hotel de Badenweiler), el periodismo (en sus primeros años) y su pasión por el teatro. Chéjov se inicia en la literatura cuando todavía era un estudiante de Medicina en la universidad de Moscú. Empieza su carrera literaria escribiendo cuentos breves en revistas satíricas como Fragmentos (Осколки) y Despertador (Будильник)y colaborando en los periódicos, con pequeños artículos y reportajes, sobre todo en La Gaceta de Petersburgo (Петербургская газета) y, más tarde, en el diario Tiempo Nuevo (Новое Время), dirigido por Alexéi Suvorin. En estos años, Chéjov escribe rápido y escribe mucho. Baste indicar que entre 1883 y 1885 escribe, que sepamos, 588 cuentos. En 1884 acaba la carrera de Medicina y publica su primer libro, Cuentos de Melpómene (Сказки Мельпомены), que pasa desapercibido. No ocurre lo mismo con Cuentos abigarrados (Пестрые рассказы), su segundo libro, que aparece en 1886 y que llama la atención del literato, famoso en la época, Dmitri Grigoróvich, el cual escribe a Chéjov una carta en la que le reconoce como uno de los mejores escritores de su época y le pide que no malgaste su talento y se dedique a escribir obras serias. La carta de respuesta de Chéjov, del 28 de marzo de 1886, representa el comienzo de una segunda etapa en la obra del escritor. Elabora más el lenguaje y el estilo, escribe menos cuentos, comienza a escribir relatos y novelas cortas (La estepa, Una historia aburrida, Mi vida, El pabellón nº 6 ...), pequeñas obras teatrales (El oso, La petición de mano, Los daños que causa el tabaco...) y su primera obra teatral larga, Ivánov (Иванов). Poco a poco, va reicibiendo el reconocimiento del público y de la crítica. En 1888, le otorgan el prestigioso premio Pushkin, de la Academia de Ciencias, por su tercer libro de cuentos, En el crepúsculo (На сумерках). En 1890, interrumpe su actividad literaria para viajar a la isla de Sajalín, que era entonces el mayor centro penitenciario ruso. De ese viaje publicará en 1893, el ensayo La isla de Sajalín (Остров Сахалина). Aunque continúa escribiendo cuentos hasta el final de su vida (La dama del perrito, El monje negro, Grosellas, La novia…), progresivamente dedica, a partir de 1985, gran parte de su labor literaria al Teatro del Arte de Moscú, con el que colabora desde su fundación por Stanislavski y Nemiróvich-Dánchenko, y donde se representan sus obras mayores (La gaviota, Tío Vania, Tres hermanas, El jardín de los cerezos). Muere a los cuarenta y cuatro años, de tuberculosis.
Por otro lado, es sabido que Chéjov mantuvo, desde 1879 hasta 1904, una intensísima correspondencia, en su mayor parte de tema literario, con numerosos escritores, familiares y amigos. Se estima que escribió cerca de cuatro mil quinientas cartas. De hecho, en la última edición académica de las obras de Chéjov (la dirigida por N. F. Bélchikov, publicada en 30 volúmenes entre 1974 y 1983), la correspondencia ocupa 12 volúmenes. Por tanto, es necesario hablar también de otra dimensión literaria de Chéjov, la de escritor epitoslar, actividad que comparte con otros destacados autores rusos, tales como Pushkin, Gógol, Dostoievski, Turguéniev, Tolstói, Gorki, por solo citar a los más conocidos. En realidad, la literatura epistolar tuvo una importancia capital entre la intellingentsia rusa del siglo xix y primeras décadas del xx. En una sociedad que carece de vida política, opinión pública y libertad de prensa, en la que las obras literarias están sometidas a la censura, los géneros ensayísticos de la correspondencia privada y del diario son fundamentales para reconstruir la vida literaria.
El caso de Chéjov como escritor epistolar es excepcional. ¿Dónde está Chéjov? ¿Cuál es la ideología de Chéjov? ¿Qué opina Chéjov? Resulta difícil responder con cierto rigor a esas preguntas a partir únicamente de su «literatura artística»: los cuentos, relatos y obras teatrales, puesto que en ella la imagen del escritor bien se oculta tras la exquisita, fría y distante objetividad que caracteriza la voz del narrador, bien se enmascara ocasionalmente en el monólogo de un personaje, por lo general médico o escritor –llámese Astrov (en Tío Vania) o Trigorin (en La gaviota)–, pero en ningún caso se muestra abiertamente. Muy al contrario sucede en las cartas. En ellas Chéjov es siempre Chéjov: dice y escribe lo que piensa, se muestra tal cual es. En este sentido, las cartas permiten conocer al Chéjov escritor, al Chéjov hombre y al Chéjov ciudadano, ya que nos proporcionan valiosísima información sobre la génesis y la interpretación de sus obras, las ideas de Chéjov sobre la situación de la Rusia de su tiempo, o su compromiso ético y cívico inquebrantable (véase las cartas en las que se queja de la censura, defiende la actitud de Zola en el caso Dreyfus, o renuncia al cargo de académico honorario en protesta por la exclusión de Gorki). Además, las cartas literarias de Chéjov constituyen, de hecho, una de las principales reflexiones teóricas modernas sobre el cuento y el teatro.
En su conjunto, las cartas literarias de Chéjov tejen un espacio narrativo fragmentario, diríase que impresionista, en el que se revela la peculiar imagen del escritor, hombre y ciudadano, captada en su esencia y en su devenir, ya que permiten reconstruir su trayectoria literaria, así como las ideas y los valores estéticos que configuran su poética. Se trata ciertamente de una poética implícita, fragmentaria y epistolar, de gran valor no solo para comprender mejor sus obras, sino también para mostrarnos una relevante y generosa faceta suya como lector de cuentos y obras de teatro. Para Chéjov las cartas constituyen un medio de comunicación privada, íntima y directa con sus lectores. Recuérdese a este respecto el consejo que dio al joven Gorki: «procura conocer a tus lectores». Chéjov es también un lector agradecido. Siempre guiado por la simpatía y el respeto enjuicia con una penetrante capacidad crítica los cuentos y obras teatrales (incluso hasta los poemas, a pesar de reconocer expresamente su incompetencia como lector de poesía) que le envían tanto sus hermanos (Alexánder, y Mijail), admiradoras (Lidia Avílova, María Kiseliova, Elena Shávrova), amigos (Alexéi Suvorin, Iván Leóntiev (Scheglov), Nemiróvich-Dánchenko, entre otros), actores y actrices del Teatro del Arte de Moscú (entre ellos, Stanislavski y Olga Knipper, quien se convertiría en su esposa en 1901), así como numerosos desconocidos.
Las ideas literarias de Chéjov que encontramos a lo largo de sus cartas, maduran entre 1886 y 1889. Se articulan como una poética realista, orientada hacia el lector, que se articula primero en torno al cuento y luego se expande a la narrativa breve y al teatro. La poética de Chéjov se fundamenta como poética de la experiencia, cuya finalidad artística consiste en representar verazmente la vida. Por eso, Antón Chéjov recomienda a su hermano Alexánder, el 6 de abril de 1886: «No imagines sufrimientos que no hayas experimentado y no dibujes cuadros que no hayas visto». Precisamente a Alexánder está dirigida la carta del 10 de mayo de 1886 contiene las seis recomendaciones que, a mi juicio, constituyen los seis pilares de la poética de Chéjov:
1) Ausencia de palabrería prolongada de naturaleza socio-político-económica.
2) Objetividad total.
3) Veracidad en las descripciones de los personajes y de los objetos.
4) Brevedad extrema.
5) Osadía y originalidad (huye de los lugares comunes)
6) Sinceridad.
Chéjov busca nuevas formas literarias (narrativas y teatrales) para representar la vida moderna rusa. La novedad y la originalidad guían la búsqueda estética del escritor. Por otro lado, la brevedad, considerada sentenciosamente por Chéjov como «la hermana del talento», y la sencillez, son sus dos mandamientos estilísticos. Desde el punto de vista compositivo, Chéjov opta por romper la estructura cerrada del cuento romántico, suprimiendo deliberadamente el principio y el final y sumergiendo la fábula en una trama sin aparente argumento, de unidad emocional, que concentra al final en el lector la impresión de toda la obra.
Para Chéjov, la literatura es el arte de representar verazmente la vida. Sobre todo, la vida humana. El escritor estudia la vida del hombre. A partir de la observación y de la experiencia, ayudado por la imaginación y sus intuiciones, intenta construir una imagen lo más ajustada a la realidad posible. La misión del escritor consiste, según Chéjov, en ayudar a los hombres a verse a sí mismos, pues cree que este autoconomiento le hará mejorar. La base de esta visión teleológica de la literatura y del arte es la ética. Para él, lo fundamental es respetar la dignidad y la libertad humanas. Cada persona es diferente y es única en su dolor, en su lucha por la vida, en su intento de entenderse y entender el mundo. Chéjov se dirige a los estratos más profundos de la conciencia del lector para hacerle sentir y comprender la vida de los otros, para así poder comprender su propia vida, poder comprenderse. El escritor, como artista de la palabra, como estudioso de la vida humana, debe ser fiel a la realidad, construida a partir de su intuición y meticulosa observación. Es, en cierto modo, un científico. Intenta ser objetivo e individualizar cada caso, cada vida concreta.
La presente edición tiene como objetivo reconstruir el pensamiento literario de Chéjov a través de sus cartas, opiniones literarias recogidas por sus contemporáneos, y de sus pensamientos, dispersos en cuadernos de notas y apuntes. Consta de cerca de doscientas cincuenta cartas, organizadas cronológicamente, de aproximadamente ciento cincuenta opiniones literarias, distribuidas en siete apartados, y de una serie de pensamientos, expresados con frecuencia a modo de aforismos, extraídos de las cartas y de sus cuadernos de notas. He seleccionado los fragmentos que se refieren específicamente a aspectos literarios y a sus opiniones sobre la vida. En determinadas ocasiones, se ofrecen las cartas completas. Las fechas corresponden al calendario gregoriano, vigente en Rusia hasta 1917. En caso necesario, los textos se acompañan de breves notas a pie de página y de corchetes. Al final, se incluye un censo onomástico. He optado por una transcripción de los nombres propios que aproxime, en la medida de lo posible, la fonética rusa a la española. Para la traducción he usado la edición académica rusa de las obras de Chéjov, y las compilaciones Chéjov en los recuerdos de sus contemporáneos y Sobre la literatura.
Jesús García Gabaldón
Cronología
1860 Antón Pávlovich Chéjov nace el 17 de enero en Taganrog, junto al mar de Azov, en Crimea. Hijo de comerciantes y nieto de un siervo.
1861 Decreto de emancipación de la servidumbre.
1876 Su familia se arruina y parte para Moscú. Chéjov se queda solo en Taganrog, donde estudia el bachillerato y da clases particulares de lengua y literatura rusa.
1877 Viaja por primera vez a Moscú. Guerra ruso-turca.
1879 Ingresa en la Facultad de Medicina de la Universidad de Moscú.
1880 El 9 de marzo publica su primer cuento «Carta del propietario del Don Stepán Vladimírovich N. a su sabio vecino el doctor Friedrich», en la revista satírica La libélula, dirigida por Nikolai Leikin.
1881 Asesinato de Alejandro II. Llega al trono Alejandro III.
1882 Prepara una primera compilación de cuentos, Travesura, que finalmente no publicará.
1884 Comienza a ejercer como médico en la clínica rural de Chikinski, situada cerca de Voskresensk, y luego en Zvenigorod, en las cercanías de Moscú. Descubre que está enfermo de tuberculosis. Imprime a cuenta suya el libro Cuentos de Melpómene. Drama de caza.
1885 Primer viaje a San Petersburgo. Conoce personalmente a Grigoróvich, Suvorin y Bilibin. Comienza a colaborar en Tiempo Nuevo, el periódico dirigido por Suvorin, que será su amigo y editor. Relación con Natalia Golden.
1886 Relación con Dunia Efros. Ha publicado cerca de un millar de cuentos en revistas y periódicos y ya es un escritor famoso. Recibe una importante carta del escritor Dmitri Grigoróvich, instándole a que se dedique en serio y exclusivamente a la literatura. Aparece su libro, Cuentos abigarrados, firmado con el seudónimo de A. Chejonté.
1887 En febrero, conoce a Korolenko. Ahorcamiento de cinco estudiantes, condenados por intentar asesinar al zar. Discursos inocentes. El 19 de noviembre se estrena Ivánov, en el Teatro Korsh de Moscú.
1888 En marzo ve la luz la novela corta La estepa en la revista El Mensajero del Norte. Publica en la editorial de Suvorin la colección de cuentos En la penumbra, por la que el 7 de octubre le conceden el premio Pushkin de la Academia de Ciencias, dotado con 500 rublos. Conoce a Chaikovski y a Stanislavski. El oso. La petición de mano.
1889 Una historia aburrida. Conoce a Lidia Avílova. Se imprime su tercer libro, Cuentos. El 17 de junio muere de tuberculosis su hermano Nikolái, que era pintor. Viaja a Odesa y Yalta.
1890 Aparece la recopilación de cuentos Gente sombría, dedicada a Chaikovski. Viaja a través de Siberia hasta la penitenciaría de la isla de Sajalín, donde permanecerá desde el 11 de julio al 13 de octubre, recopilando información para hacer un censo. Regresa en barco desde Vladivostok hasta Odesa.
1891 El duelo. Envía más de mil libros a la biblioteca de Sajalín. Viaja con Suvorin por Europa Occidental. Ayuda contra el hambre a los campesinos de Nizhni-Nóvgorod y Vorónezh.
1892 Compra una finca en Mélijovo, a unos cien kilómetros al sur de Moscú. Se traslada a vivir a Mélijovo. Relación con Lika Mizínova. El pabellón número 6. Historia de un desconocido. Colabora en la campaña contra el cólera en la provincia de Tula.
1893 Publicación por entregas de La isla de Sajalín en Pensamiento ruso.
1894 Muere Alejandro III. Le sucede Nicolás II. Relatos y Cuentos. Segundo viaje a Europa Occidental (Austria, Italia, Suiza, Francia). Temporada en Yalta. El estudiante. El monje negro. El profesor de literatura.
1895 Amistad con Lev Tolstói. Conoce a Iván Bunin. Casa con desván. Ariadna. Anna al cuello.
1896 Fracasa el esteno de La gaviota en San Petersburgo. Mi vida. Dona libros a la biblioteca de Taganrog.
1897 El hombre enfundado. Las grosellas. Del amor. Financia la construcción de tres escuelas rurales en Mélijovo y sus alrededores. Campesinos. Viaja a Francia. Pasa el invierno en la Pensión rusa de Niza. Distanciamiento con Suvorin por el caso Dreyfus y el antisemitismo de Tiempo Nuevo.
1898 Primavera en París. En septiembre, conoce en el Teatro del Arte de Moscú a la actriz Olga Knipper, su futura mujer. Parte a Yalta, donde establece su residencia. El 12 de octubre muere su padre, Pável Yegoróvich. Estrepitoso fracaso del estreno de La gaviota en San Petersburgo. El 17 de diciembre se estrena de nuevo, ahora con un éxito clamoroso en el recién inaugurado Teatro del Arte de Moscú, dirigido por Stanislavski y Nemiróvich-Dánchenko.
1899 Estreno de Tío Vania en el Teatro del Arte de Moscú. Colabora en la campaña contra el hambre en la provincia de Samara. Discusión con Suvorin por las revueltas estudiantiles.
1899 Resurrección, de Tolstói. El 17 de enero firma un contrato con el editor Adolf Marx, para la edición en exclusiva de sus obras completas a cambio de 75 000 rublos. Conoce a Maxim Gorki y Alexánder Kuprín. Construye una casa y se traslada a vivir a Yalta. La señora del perrito.
1900 Es elegido académico de honor, junto a Tolstói y Korolenko. En el barranco.
1901 Viaja a Francia (Niza) e Italia (Pisa, Florencia, Roma). El 25 de mayo se casa en Moscú con la actriz Olga Knipper. Se estrena Tres hermanas.
1902 Renuncia como académico tras la exclusión de Gorki. Verano en Moscú. El obispo.
1903 Se inaugura el ferrocarril transiberiano. Pogromos en Kishiniov. La novia.
1904 Se estrena El jardín de los cerezos. Guerra ruso-japonesa. Muere el 2 de julio en Badenweiler (Alemania).
Autobiografía1
Yo, A. [Antón] P. [Pávlovich] Chéjov, nací el 17 de enero de 1860 en Taganrog. Estudié al principio en la escuela griega del zar Constantino y después en el Instituto de Taganrog. En 1879 ingresé en la Facultad de Medicina de la Universidad de Moscú. En general, sabía poco sobre las facultades y elegí la de medicina, no recuerdo por qué motivos, pero luego no me arrepentí de ello. Ya en el primer curso empecé a publicar en las revistas semanales y en los periódicos, y esa dedicación literaria se convirtió en permanente y tuvo un carácter profesional a comienzos de los años ochenta. En 1888 recibí el premio Pushkin. En 1890 fui a la isla Sajalín para después escribir un libro sobre nuestra colonia de deportados y sobre los trabajos forzados. Sin contar las crónicas judiciales, las reseñas, los folletines, las notas y todo lo que escribí para los periódicos, y que ahora sería difícil hallar y recopilar, en veinte años de actividad literaria he escrito y publicado más de trescientos pliegos tipográficos de relatos y cuentos. También he escrito obras teatrales.
No dudo que la dedicación a las ciencias médicas ha tenido una seria influencia en mi actividad literaria: amplió el campo de mis observaciones, enriqueció mis conocimientos. Todo ello tiene auténtico valor para mí, como persona y como escritor, y solo puede entenderlo quien es médico. También ha tenido una influencia capital, y seguramente gracias a la proximidad con la medicina he podido evitar muchos errores. El conocimiento de las ciencias naturales y del método científico, siempre me ha hecho ser más atento, y cuando ha sido posible, he tratado de tener en consideración los datos científicos, y no escribir en absoluto donde no ha sido posible. Por cierto, señalo que las condiciones de la creación artística no siempre permiten el pleno acuerdo con los datos científicos. No se puede representar en la escena la muerte por envenenamiento, tal como sucede en la realidad. Pero el acuerdo con los datos científicos debe sentirse en esa convención, es decir, es preciso que para el lector y para el espectador quede claro que es solo una convención y que está tratando con un escritor competente.
No pertenezco a la clase de literatos que consideran la ciencia de manera negativa. Tampoco querría pertenecer a la de aquellos que sacan todo de su mente.
Respecto a la medicina práctica, hice mis prácticas como estudiante en el hospital rural de Voskresensk (cerca de Nueva Jerusalén) con el famoso doctor rural P. A. Arjanguelsk. Después fui médico durante poco tiempo en el hospital de Zvenigorod. Durante la epidemia de cólera (en 1892 y 1893) me ocupé del sector de Mélijovo en el distrito de Serpújov.
1. Esta autobiografía fue publicada por primera vez en Médicos que acabaron los cursos en la Universidad de Moscú en 1884-1899, Moscú, 1900, p. 12. Aquí se ha traducido de las Obras completas, t. 16, pp. 271-272. Moscú, Nauka, 1979. Fue escrita por Chéjov a comienzos de octubre de 1899, a petición de su colega, compañero de curso y amigo, el doctor Rossolimo, para un libro conmemorativo de la Facultad de Medicina.
I CARTAS
A Mijaíl P. Chéjov
Taganrog, 6 y 8 de abril de 1879
Haces bien en leer libros. Acostúmbrate a leer. Con el tiempo, valorarás esa costumbre. ¿La señora Beecher Stowe1 te ha arrancado unas lágrimas? La leí hace tiempo y he vuelto a leerla hace unos seis meses con un fin científico, y después de la lectura sentí la sensación desagradable que sienten los mortales que comen uvas pasas en exceso… Lee los siguientes libros: Don Quijote (completo, en siete u ocho partes). Es bueno. Las obras de Cervantes se encuentran a la altura de las de Shakespeare. Aconsejo a los hermanos que lean, si aún no lo han hecho, «Don Quijote y Hamlet», de Turguéniev. Tú, hermano, no lo entenderás. Si quieres leer un viaje que no sea aburrido, lee La fragata Palas, de Goncharov…
*
A Alexánder P. Chéjov
Moscú, 20 de febrero de 1883
En tus obras pones énfasis en la morralla… Sin embargo, no has nacido para ser un escritorzuelo subjetivo… Eso no es algo innato, sino adquirido… Renunciar a la subjetividad adquirida es tan fácil como decir que dos y dos son cuatro… Basta con ser un poco más honesto: situarse al margen de todo, no meterse en la piel de los héroes de tu propia novela, renunciar a uno mismo aunque sea media hora. Tienes un cuento en el que un matrimonio joven se pasa el almuerzo besándose, gimiendo, en fin, llueve sobre mojado… ¡No hay ninguna palabra sensata, sino solo placidez! No has escrito para el lector… Has escrito porque esa palabrería te resulta agradable. Describe el almuerzo, cómo y qué han comido, cómo es la cocinera, cómo es de trivial tu héroe, satisfecho con su felicidad indolente, cómo es de trivial tu heroína, lo ridícula que resulta en su amor por ese ganso grasiento y bien alimentado, envuelto en una servilleta… Es verdad que a todos nos gusta ver personas bien alimentadas y satisfechas, pero para describirlas no basta con contar lo que ellos dicen, y cuántas veces se besan… Hace falta algo más: eliminar la sensación particular que produce la felicidad almibarada en las personas tranquilas… La subjetividad es una cosa horrible. No es buena solo por el hecho de que pone en evidencia al pobre escritor de la cabeza a los pies…
*
A Alexéi S. Suvorin
Moscú, 21 de febrero de 1886
Estimado señor Alexéi Sergueiévich:
He recibido su carta. Le agradezco sus juicios halagüeños sobre mis trabajos y la rápida publicación del cuento2. Cuánta lucidez y cuánta inspiración ha suscitado en el autor la amable atención de un hombre experto y de talento, como usted, es algo que puede juzgar por sí mismo…
Comparto su opinión sobre la supresión del final de mi cuento y le agradezco esa útil indicación. Hace ya seis años que trabajo y usted es el primero que se ha tomado la molestia de darme indicaciones y de motivarme.
El seudónimo A. Chejonté, quizás es extraño y rebuscado. Lo pensé en los albores de mi nebulosa juventud, me acostumbré a él y por eso no me di cuenta de su extrañeza…
Escribo relativamente poco: no más de dos o tres cuentos por semana. Encontraré tiempo para trabajar en Tiempo Nuevo, y me alegro que no haya puesto una fecha fija como condición para que colabore en él. Donde hay una fecha fija, hay apresuramiento y una sensación de presión, que impide trabajar… Personalmente, para mí la fecha fija es incómoda porque soy médico y me dedico a la medicina… No puedo garantizar que mañana me sacarán todo el día del escritorio… Eso conlleva el riesgo de no escribir a tiempo y de retrasarse continuamente…
Los honorarios que ha fijado para mí son suficientes por ahora3. Le estaré muy agradecido si puede hacer que me envíen el periódico, que veo muy raras veces.
Esta vez le envío un cuento4, que es exactamente el doble de largo que el anterior y… mucho me temo… dos veces peor…
Con todo respeto,
A. Chéjov
*
A Nikolái P. Chéjov
Moscú, marzo de 1886
¡Pequeño Sabelin!5:
Me han dicho que estás ofendido por mis bromas y por las de Shéjtel6… La capacidad de ofenderse es patrimonio solo de almas nobles, pero en todo caso, si es posible bromear sobre Ivanenko, sobre mí, sobre Mishka, sobre Nella, ¿por qué no es posible hacer bromas sobre ti? Es injusto… Por lo demás, si no lo dices en broma y te sientes ofendido, perdóname.
Se hacen bromas de aquello que es ridículo o que no se comprende… Escoge cualquiera de las dos opciones.
En segundo lugar, por supuesto, es más halagüeño, pero ¡ay!, para mí personalmente tú no eres una adivinanza. No es difícil comprender a la persona con la que has compartido la dulzura de las botas tártaras, [la escuela de] Vúchina7, los latines y, finalmente, la vida moscovita. Además, tu vida tiene algo tan sencillo desde el punto de vista psicológico, que se comprende incluso sin haber estado en un seminario. Por respeto a ti, te hablaré abiertamente. Te enfadas, te muestras ofendido…, pero la cuestión no está en las bromas ni en el noble y parlanchín Dolgov… La cuestión está en que tú, como persona honesta, te sientes en un terreno falso y quien se cree culpable busca siempre justificarse desde fuera: el borracho alega la desgracia; Putiat, la censura; y, quien huye de Yakimanka por lujuria, echa la culpa al frío en la sala, a las burlas, etcétera… Si yo dejara ahora a la familia a la voluntad del destino, intentaría hallar una disculpa en el carácter de la madre, en los esputos, etcétera. Eso es algo natural y disculpable. Así es la naturaleza humana. Y también es cierto que te sientes en un terreno falso, de otro modo no te llamaría persona honesta. Pero si se pierde la honestidad, entonces es otro asunto: te resignas y dejas de sentir la falsedad…
También es cierto que tú no eres para mí un enigma, y que a veces eres un ridículo bárbaro. Pues tú, simple mortal, y todos nosotros, mortales, solo somos enigmáticos cuando somos imbéciles y ridículos cuarenta y ocho semanas al año… ¿No es cierto?
A menudo te has quejado a mí de que «no te entienden». De eso, incluso Goethe y Newton no se quejaron… Se quejó solo Jesucristo, pero él no hablaba de su «yo», sino de sus enseñanzas… Te entienden perfectamente… Si tú no te entiendes a ti mismo, no es culpa de los demás…
Te aseguro, como hermano y como persona cercana a ti que te entiendo y simpatizo contigo con toda mi alma… Conozco todas tus buenas cualidades, como los cinco dedos de la mano, las valoro y las tengo en la mayor estima. Si quieres, para demostrarte que te entiendo, incluso puedo enumerarte esas cualidades. A mi entender, eres bueno hasta la médula, generoso, no eres egoísta, eres ahorrador y sincero, no eres celoso ni iracundo, eres bondadoso, te compadeces de la gente y de los animales, no eres hiriente ni rencoroso, eres confiado… Estás muy bien dotado de algo que no tienen los demás: tienes talento. Ese talento te sitúa por encima de millones de personas, pues en la tierra solo hay un artista entre dos millones… El talento te sitúa en una situación aparte: seas sapo o tarántula, te estimarán, pues el talento lo perdona todo.
También tienes una carencia. En ella está tu terreno falso, tu desgracia y tu enteritis. Es tu extrema falta de educación. Perdona, por favor, pero veritas magis amicitiae8… La cuestión es que la vida tiene sus condiciones… Para sentirte a gusto en la esfera de los intelectuales, para no ser un extraño y no cansarte de ellos, tienes que ser reconocido como alguien educado… El talento te ha llevado a esa esfera, a la que perteneces, pero… te alejas de ella, y te toca buscar un equilibrio vis a vis entre el público culto y los vecinos. Se pone de manifiesto en la vida pequeño burguesa, crecida entre castigos, tabernas y limosnas. Es difícil, terriblemente difícil vencerla.
La gente educada, en mi opinión, debe cumplir las siguientes condiciones:
1) Respeta al individuo, y por eso siempre es indulgente, blanda, cortés y condescendiente… No arma escándalos ni por el martillo ni por la pérdida de la goma de borrar; si vive con alguien, no lo hace como un favor y al irse no dice: ¡no se puede vivir contigo! Disculpa el ruido, el frío, la carne demasiado hecha, la acritud y la presencia de extraños en la casa…
2) No solo se compadece de los mendigos y de los gatos. Sufre de corazón por lo que no ves a primera vista. Así, por ejemplo, si Piotr sabe que a sus padres les salen canas por la nostalgia y no duermen por las noches, porque raras veces le ven (y si le ven, está borracho), él se apresura a ir a su casa y deja de beber vodka. Ellos no duermen por las noches para ayudar a Pozheláiev a pagar los estudios de sus hermanos y vestir a su madre…
3) Respeta la propiedad ajena y por eso paga impuestos.
4) Es honrada y teme la mentira como el fuego. No miente, incluso en las nimiedades. La mentira ofende a quien la escucha y hace vulgar a quien la dice. No hace alardes, se comporta bien en la calle y en casa, no deja entrar el polvo en los ojos de los hermanos menores… No es charlatán y no se sincera cuando no le preguntan… Por respeto a los oídos ajenos, a menudo calla.
5) No se humilla con la finalidad de suscitar compasión en el otro. No toca la fibra sensible del otro para que, como respuesta a eso, suspiren y le cuiden. No dice: «No me entienden» o «Me he convertido en calderilla», porque todo eso huele a falso, viejo, banal y chabacano…
6) No es vanidosa. No lleva joyas falsas como conocer a celebridades, apretar la mano al borracho de Plevako, emocionarse al ver a alguien en un salón, ser conocido por los porteros… Se burla de la frase: «Soy representante de la prensa», que solo dicen a la cara Rodzévich y Levenberg. Si tiene dinero, no va con un fajo de cien rublos y no alaba a quien han dejado pasar, donde a otros no dejaron… Los talentos auténticos siempre se sientan a oscuras, entre la gente, lejos de las exposiciones… Incluso Krylov dijo que un tonel vacío suena más que uno lleno…
7) Si tiene talento, lo respeta. Sacrifica por él el sosiego, las mujeres, el vino, los trajines… Se siente orgulloso de su talento. Así, no se emborracha con los bedeles del colegio, ni con los invitados de Skvortsov, siendo consciente de que han sido invitados no para vivir con él, sino para influir, con buena educación, en él. Y por eso, es aprensiva…
8) Educa su gusto estético. No puede dormir vestida, ver chinches en las grietas de la pared, respirar aire viciado, andar viendo escupitajos en el suelo, alimentarse con el hornillo de petróleo. En la medida de lo posible intenta domar y ennoblecer el instinto sexual… Acostarse con una mujer, respirar a su lado, comprender su lógica, no separarse de ella, y hacer todo eso, porque sí. De una mujer, no necesita ni la cama ni la montura, ni una mente que simule con destreza un falso embarazo y mienta sin descanso… Necesita, especialmente el artista, frescura, gracia, humanidad, capacidad para no ser una…, sino una madre… No bebe vodka en todo momento, no olisquea en los armarios, porque sabe que no es un cerdo. Solo bebe cuando está libre, en alguna ocasión… Porque necesita mens sana in corpore sano9. Etcétera.
Así hace la gente educada… Para educarse y no estar por debajo del nivel del medio en el que está, no le basta con leer a Pikkvin y recitar de memoria el monólogo de Fausto. No le basta con sentarse en el pesacante e ir a Yakimanka, para huir de allí al cabo de una semana…
Hace falta el trabajo constante día y noche, la lectura permanente, el estudio, la voluntad… Todo ello, como un camino a cada hora…
Ir y volver de Yakimanka no ayuda. Hay que tener el coraje de renunciar y arrimar el hombro. Rompe la garrafa de vodka y acuéstate a leer…, aunque sea a Turguéniev, a quien no has leído…
… Tienes que dejar a un lado el amor propio, porque ya no eres un niño… ¡Pronto cumplirás los treinta! ¡Ya es hora! Lo espero… Todos lo esperamos…
Tu
A. Chéjov
*
A Dmitri V. Grigoróvich
Moscú, 28 de marzo de 1886
Su carta, mi querido y buen bienhechor, me ha impactado como un rayo. Me conmovió y casi rompo a llorar. Ahora pienso que ha dejado una profunda huella en mi alma. Del mismo modo que usted ha acariciado mi juventud, quiera Dios se sosiegue su vejez, pues no encuentro palabras ni hechos para agradecérselo. Ya sabe con qué ojos mira la gente corriente a los elegidos como usted; por eso puede juzgar qué representa para mi amor propio su carta. Está por encima de cualquier diploma y para un escritor principiante representa los honorarios presentes y futuros. Estoy embriagado. No tengo fuerzas para juzgar si merezco o no esa alta recompensa. Le repito únicamente que me ha impactado.
Si tengo un don que deba ser respetado, le confieso, ante la pureza de su corazón, que hasta ahora no lo respeté. Sentía que lo tenía, pero me acostumbré a considerarlo insignificante. Para que un organismo sea injusto consigo mismo, receloso y desconfiado, son suficientes razones de naturaleza puramente externa. Y, si mal no recuerdo, tales razones abundan en mí. Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor.Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben y no puedo recordar ni a uno solo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado «círculo literario». Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y derrochan sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta, se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria. En seguida me acostumbré a mirar mis trabajos con indulgencia y a escribir de manera trivial. Esa es la primera razón… La segunda es que soy médico y siento una gran pasión por la medicina, de modo que el proverbio sobre las dos liebres10 nunca quitó tanto el sueño a nadie como a mí.
Le escribo todo esto solo para justificar un poco ante usted mi gran pecado. Hasta ahora he mantenido, respecto a mi labor literaria, una actitud superficial, negligente y gratuita. No recuerdo ni un solo cuento mío en el que haya trabajado más de un día. «El cazador», que a usted le gusta, lo escribí en una casa de baños. He escrito mis cuentos como los reporteros que informan de un incendio: mecánicamente, medio inconsciente, sin preocuparme para nada del lector ni de mí mismo… He escrito intentando no desperdiciar en un cuento las imágenes y los cuadros que quiero y que, sabe Dios por qué, he guardado y escondido con mucho cuidado.
Lo primero que me llevó a la autocrítica fue una carta muy amable y, por lo que entiendo, sincera, de Suvorin. Comencé entonces a prepararme para escribir algo más serio, pero, a pesar de todo, no tenía fe en mi valía literaria.
Y entonces, inesperadamente, me llegó su carta. Disculpe la comparación, pero ha actuado en mí como la orden gubernamental de «abandonar la ciudad en veinticuatro horas», esto es, de pronto he sentido la imperiosa necesidad de darme prisa, de salir lo antes posible del lugar donde me hallo empantanado…
Estoy de acuerdo en todo con usted. El cinismo que me señala, lo sentí al ver publicado «La bruja». Si hubiera escrito ese cuento no en un día, sino en tres o cuatro, no lo habría…
Me libraré de los trabajos urgentes, pero me llevará tiempo… No es posible abandonar el carril en el que me encuentro. No me importa pasar hambre, como ya pasé antes, pero no se trata de mí… Dedico a escribir mis horas de ocio, dos o tres por día y un poco de la noche, esto es, un tiempo apenas suficiente para pequeños trabajos. En verano, cuando tenga más tiempo libre y menos obligaciones, me ocuparé de asuntos serios.
No puedo poner mi verdadero nombre en el libro, porque ya es tarde: la viñeta ya está preparada y el libro, impreso. Mucha gente de San Petersburgo me ha aconsejado, antes que usted, no echar a perder el libro con un seudónimo, pero no les he hecho caso, probablemente por amor propio. No me gusta nada mi libro11. Es una vinagreta, un batiburrillo de trabajos estudiantiles, desplumados por la censura y por los editores de las publicaciones humorísticas. Creo que, después de leerlo, muchos se sentirán decepcionados. Si hubiera sabido que usted me lee y sigue mis pasos, no lo habría publicado.
La esperanza está en el futuro. Solo tengo veintiséis años. Quizás me dé tiempo a hacer algo, aunque el tiempo pasa deprisa.
Le pido disculpas por esta carta tan larga. No se lo recrimine a quien por vez primera en su vida se atrevió a deleitarse con el placer de escribir una carta a Grigoróvich.
Envíeme, si es posible, su tarjeta de visita. Me siento tan inquieto y colmado de atenciones por usted, que me parece que le escribiría no una hoja, sino toda una resmilla. Que el Señor le otorgue felicidad y salud.
Con profundo y sincero respeto y agradecimiento,
Antón Chéjov
*
A Alexánder P. Chéjov
Moscú, 6 de abril de 1886
Todos los cuentos que me enviaste para que se los entregara a Leikin12 tienen un fuerte olor a pereza. ¿Los escribiste en un día? De toda esa masa, podría elegir un cuento excelente y de talento; los demás parecen salidos de la pluma de Zhivchik13 de Taganrog. Los argumentos son imposibles… ¡Solo un perezoso puede escribir en una revista censurada sobre un pope que bautiza a un niño en una pila bautismal!… Un perezoso que no razona, que trabaja de un tirón, en balde… ¿Dónde has visto al matrimonio de tu cuento que habla en la comida sobre una ponencia?… ¿Y dónde están esas ponencias bajo la luna? ¡Respétate a ti mismo, por amor de Dios, deja las manos quietas cuando el cerebro esté perezoso! No escribas más de dos cuentos a la semana, redúcelos, elabóralos, para que tu trabajo sea realmente un trabajo. No imagines sufrimientos que no hayas experimentado y no dibujes cuadros que no hayas visto, pues la mentira en un cuento es mucho más aburrida que en una conversación…
Recuerda, en cada instante, que tu pluma y tu talento te serán más necesarios en el futuro que en la actualidad, no los profanes…
¿Has escrito al menos alguna cosa que te llevase más tiempo que una noche? Solo «El sonámbulo»… Te pregunto: ¿acaso escribía el payaso? ¡Claro que no! ¡No y no! ¡Para ti, la literatura no constituye un trabajo, pero sí es un trabajo! Si fueras una persona honesta, te sentarías con un cuento (de ciento cincuenta a doscientas líneas) de cinco a siete días, entonces sí saldría algo. No te reconocerías en tus líneas, así como ahora no te reconoces en un espejo… Ten en cuenta que no estás sobrecargado de trabajos urgentes y que puedes, por tanto, dedicar a una obra algunas noches…
Concluyo este sermón con una cita de la carta que he recibido hace unos días de Grigoróvich: «para eso hace falta respeto al talento, que es tan raro… Guarde sus impresiones para un trabajo meditado, elaborado, que no haya escrito de un tirón… Enseguida obtendrá un premio y se situará en un punto visible a los ojos de las personas sensibles y luego de todo el público lector…».
*
A Alexánder P. Chéjov
Moscú, 10 de mayo de 1886
«La ciudad del futuro» es un tema espléndido, tanto por su novedad como por su interés. Pienso que si no te entra pereza, escribirás algo bastante bueno, pero ¡el diablo sabe lo perezoso que eres! «La ciudad del futuro» será una obra literaria solo con las siguientes condiciones:
1) Ausencia de palabrería prolongada de naturaleza socio-político-económica.
2) Objetividad total.
3) Veracidad en las descripciones de los personajes y de los objetos.
4) Brevedad extrema.
5) Osadía y originalidad (huye de los lugares comunes).
6) Sinceridad.
En mi opinión, las descripciones de la naturaleza deben ser muy breves y tener un carácter intencionado. Hay que huir de los lugares comunes del tipo: «El sol poniente, bañándose en las olas del mar que oscurecía, inundaba de oro bermejo», etcétera; «las golondrinas, volando sobre la superficie del agua, chillaban alegremente». En las descripciones de la naturaleza hay que recurrir a los pequeños detalles, agrupándolos de manera que después de leerlos, cuando cierres los ojos, surja un cuadro. Por ejemplo, tendrás una noche de luna si escribes que en la presa de un molino brillaba como una estrella un trozo de vidrio de una botella rota y rodaba como un globo la sombra negra de un perro o de un lobo, etcétera. La naturaleza se animará si no desdeñas usar comparaciones de sus fenómenos con las acciones humanas, etcétera.
En la esfera psíquica, los detalles también son importantes. Que Dios te libre de los lugares comunes. Es mejor evitar describir el estado de ánimo de los héroes; hay que tratar de que se entienda por sus acciones… No hace falta perseguir abundantes personajes. El centro de gravedad debe ser dos: él y ella…
*
A María V. Kiseliova
Moscú, 29 de septiembre de 1886
Recibí ayer de Alexéi Serguéievich su «Raquetas». Lo recibí y enseguida, con una sonrisa maliciosa, le eché un vistazo, me froté las manos y me puse a leerlo…
Recibirá más adelante la respuesta a «Raquetas». De momento, le digo que el cuento está escrito literariamente, con viveza, brevedad, relatividad y cercanía. Creo que la respuesta será favorable.
El seudónimo Pince-Nez es un acierto.
Por supuesto, no hace falta asegurarle que estoy muy contento de ser su agente literario y cicerón. Este cargo halaga mi vanidad y cumplir con él es tan fácil como cargar con su cubo cuando usted vuelve de pescar. Si le resulta indispensable conocer mis condiciones, permítame exponerlas:
1. ¡Escriba lo máximo que pueda! Escriba, escriba, escriba… hasta que los dedos no aguanten más (en la vida es importante escribir bien). Escriba más, teniendo en cuenta no tanto el desarrollo intelectual de la masa como la circunstancia de que en un primer tiempo le devolverán una buena parte de sus escritos por el hecho de no ser conocida para la «pequeña prensa». No le engañaré, ni seré hipócrita ni daré rodeos sobre las devoluciones. Le doy mi palabra. Pero no deje que le importunen. Incluso si le devuelven la mitad de sus escritos, entonces el trabajo será de provecho […]. Y la vanidad… No la conozco, como usted, aunque hace tiempo que estoy acostumbrado…
2. Escriba sobre temas diversos, cómicos y serios, buenos y malos. Haga cuentos, menudencias, chistes, agudezas, calambures, etcétera.
3. Las adaptaciones de autores extranjeros son algo completamente lícito, pero solo en el caso de que el pecado contra el octavo mandamiento no ofenda a la vista… (¡Por «Raquetas» irá usted al infierno después del 22 de enero!). Evite los argumentos populares. Por muy duros de mollera que sean nuestros editores, no es fácil probar su desconocimiento de la literatura parisina, sobre todo la de Maupassant.
4. Escriba de una sentada, con total confianza en su pluma. Le hablo con honestidad, no de manera hipócrita: el ochenta por ciento de los editores de la «pequeña prensa» no son nada comparados con usted.
5. La brevedad es reconocida en la pequeña prensa como la primera virtud. La mejor medida puede ser usar el papel de cartas (este mismo, en el que estoy escribiendo). Cuando llegue a las ocho o diez hojas, párese. Además, el papel de cartas es más fácil de enviar…
Estas son todas mis condiciones…
*
A María V. Kiseliova
Moscú, 14 de enero de 1887
Permítame ahora regañarle un poco en respuesta a su crítica… Incluso su elogio de «En camino» no ha aplacado mi cólera de autor, y quiero vengarme de lo que dice sobre «Limo». Protéjase y póngase cómoda para no dañarse la cadera y no caer desmayada. Bueno, comienzo…
Todo artículo crítico, incluso el ofensivo e injusto, es recibido, en general, con una muda reverencia: esa es la etiqueta literaria… No se admite responder, y quienes responden son acusados, con razón, de excesivo amor propio. Pero como su crítica tiene el carácter de «una conversación nocturna, en el sillón de Bábkino o en la terraza de la mansión, en presencia de Ma-Pa, el Falso Monedero y Levitán14», y porque, al sobrepasar el aspecto literario del cuento, lleva la cuestión a un ámbito general, no infringiré la etiqueta si me permite continuar nuestra conversación.
Antes de nada, al igual que a usted, no me gusta la literatura tendenciosa sobre la que estamos hablando. Como lector y pequeño burgués, la evito de buen grado, pero si usted me pide mi opinión sincera y honesta respecto a ella, le diré que la cuestión sobre su derecho a existir aún está abierta y no ha sido resuelta por nadie […] Ni usted ni yo, ni los críticos del mundo entero, tenemos datos seguros para tener el derecho de refutar esa literatura. No sé quién tiene razón: Homero, Shakespeare, Lope de Vega, los antiguos en general, que no temían rebuscar en el montón de la basura, sino que eran mucho más firmes que nosotros en las actitudes morales, o los escritores de hoy, solemnes en el papel, mas fríos y cínicos en el alma y en la vida. No sé quién tiene mal gusto: ¿los griegos, que no se avergonzaban de celebrar el amor tal como existe de hecho en la naturaleza, o los lectores de Gaboriau, de Marlitt, de Pierre Bobo?15. De la misma manera que las cuestiones sobre la no resistencia al mal, el libre arbitrio, etcétera, esta cuestión se podrá resolver en el futuro. Apenas podemos mencionarla, y resolverla excedería los límites de nuestra competencia. La referencia a Tolstói y Turguéniev, que evitaron el «montón de la basura», no aclara la cuestión. Su repulsa no prueba nada, pues antes hubo una generación de escritores que consideraba basura no solo a «los malditos y a las malditas», sino hasta la descripcion de mujiks y de funcionarios de baja graduación. Además, un periodo, por muy floreciente que sea, no nos da derecho a sacar conclusiones a favor de esta o de aquella tendencia. La alusión a la influencia corruptora de la tendencia mencionada tampoco resuelve la cuestión. Todo en este mundo es relativo y aproximado. Hay personas que serían corrompidas hasta por la literatura infantil, que sienten un placer especial al leer los pasajes picantes de los Salmos y de los Proverbios de Salomón. Hay también quienes, cuanto más conocen la inmundicia de la vida, más puros se vuelven. Los periodistas, los juristas y los médicos, que fueron iniciados en los secretos del pecado humano, no son vistos como inmorales. Los escritores realistas muchas veces son más morales que los archimandritas. Además, al fin y al cabo ninguna literatura logra sobrepasar el cinismo de la vida real; con una copa no vas a emborrachar a quien ya se bebió un barril.
2) Es verdad que el mundo «hierve de malditos y malditas». La naturaleza humana es imperfecta y, por tanto, sería extraño ver en la tierra únicamente a los justos. Pensar que el deber de la literatura consiste en desenterrar la «simiente» de un monte de malditos, significa negar la propia literatura. La literatura artística se llama así porque describe la vida tal como es en la realidad. Su objetivo es la verdad absoluta y honesta. Reducir su función a una especialidad, como la extracción de «simientes», sería para ella tan mortal como obligar a Levitán a pintar un árbol prohibiéndole tocar una costra sucia o una hoja amarillenta. Estoy de acuerdo en que la «simiente» es una buena cosa, pero el escritor no es confitero ni maquillador, ni animador de espectáculos. Es una persona empeñada, contratada por su sentimiento del deber y por su conciencia. Quien entra en la danza tiene que danzar, por más horrible que sea, está obligado a combatir su asco, a ensuciar su imaginación con la inmundicia del mundo… Es como un simple reportero. ¿Qué diría usted si un reportero, por repulsa o deseo de proporcionar satisfacción a sus lectores, solo describiese prefectos honestos, damas sublimes y ferroviarios virtuosos?
Nada en la tierra es impuro para los químicos. El escritor debe ser tan objetivo como un químico. Debe renunciar a la subjetividad de la vida cotidiana y saber que los montones de estiércol desempeñan un papel muy respetable en el paisaje, y que las pasiones ruines son tan inherentes a la vida como las buenas.
3. Los escritores son hijos de su tiempo y, por tanto, deben, como el resto del público, someterse a las condiciones exteriores de la sociedad. Así, deben ser absolutamente correctos. Tenemos derecho a exigírselo a los realistas. Además, usted no dice nada contra la elaboración y la forma de «Limo»… Pues entonces estuve acertado.
4. Confieso que, cuando escribo, raramente converso con mi conciencia, lo que se explica por el hábito y por la insignificancia de mi trabajo. Por eso, cuando expongo alguna opinión sobre la literatura, no me tomo en cuenta.
5. Usted escribe: «Si fuese la editora, le devolvería ese folletín, por su propio bien». ¿Por qué entonces no ir más lejos? ¿Por qué no responsabilizar a los propios editores que publican tales cuentos? ¿Por qué no hacer una advertencia servera en la Dirección General de Prensa, que no prohíbe los periódicos inmorales?
Sería lamentable el destino de la literatura (de la grande y de la pequeña) si la dejasen a merced de la arbitrariedad de las opiniones personales. Esto en primer lugar. En segundo lugar, no hay policía que se considere competente en asuntos literarios. Estoy de acuerdo en que hay que estar alerta, pues también la literatura está llena de fulleros. Pero, por más que usted piense, no encontrará para la literatura una policía mejor que la crítica y la propia conciencia de los autores, pues desde que el mundo es mundo, lo intentan, pero no consiguen encontrar nada mejor…
