Somos lo que decimos - Juan Eduardo Bonnin - E-Book

Somos lo que decimos E-Book

Juan Eduardo Bonnin

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Beschreibung

¿Qué dicen de nosotros las cosas que decimos? Un ensayo indispensable para comprender qué hay detrás de nuestras palabras... La lengua es política. A esta altura, esta afirmación no sorprende a nadie. Lo que sí viene a confirmar Somos lo que decimos —desde el título mismo— es cuán enraizada está la lengua que usamos con la construcción de nuestra propia identidad, al punto tal de que estos dos elementos no se pueden analizar como entidades separadas. A través de una prosa descontracturada y, por momentos, hilarante, sin abandonar nunca la rigurosidad académica, Juan Eduardo Bonnin nos lleva por un camino que va desde el análisis del discurso de los medios masivos de comunicación al de una cita en un café o una consulta médica, pasando por una proclama sanmartiniana que quedará en la memoria de todo lector, tanto por las palabras del prócer como por el análisis de Bonnin. "Juan Eduardo Bonnin sabe que en cada una de las palabras que estoy escribiendo se esconden decenas de secretos, intenciones, hasta sesgos que desconozco por completo" (Fabricio Ballarini).

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Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Bonnin, Juan Eduardo

Somos lo que decimos : cómo usamos el lenguaje para vivir -y sobrevivir- en sociedad / Juan Eduardo Bonnin ; prólogo de Fabricio Ballarini. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tilde Editora, 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-82824-3-5

1. Análisis del Discurso. I. Ballarini, Fabricio, prolog. II. Título.

CDD 401.41

© Juan Eduardo Bonnin, 2023

© Tilde editora, 2023

Primera edición: 2023

Edición cuidada por Nicolás Scheines

Diseño de cubierta: Julieta Vela, a partir de graffitis pintados en paredes de CABA y GBA

Maquetación: Adriana Llano

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

Tilde editora

www.tilde-editora.com.ar

[email protected]

Yerbal 356, Ciudad de Buenos Aires

Tilde editora tiene en cuenta las recomendaciones para un lenguaje no sexista. El uso del masculino genérico busca facilitar la lectura. Dejamos expresamente indicado que es nuestra intención incluir a todas las personas desde una perspectiva de géneros amplia.

 

 

En Tilde editora creamos contenidos digitales para la enseñanza y el aprendizaje.

Encontralos en www.tilde-editora.com.ar

Índice

CubiertaPortadaCréditosDedicatoriaPrólogo, por Fabricio BallariniAbrir la cabezaCapítulo 1. El burro en la habitaciónDiscurso e ideologíaMarcos sociocognitivosTomamos decisiones (más o menos)Procesos y roles: cómo presentamos la experiencia en el lenguajeCómo procesamos la información discursiva. Algunos experimentos sobre procesos verbalesVerbos y responsabilidad en relaciones abstractas. La ideología geométrica (?)Las nominalizaciones (y otras formas de tirar la piedra y esconder la mano)Para ir cerrandoCapítulo 2. Somos lo que decimosDiscurso y comunicación: pues no, mi cielaLa lengua es fascistaSeamos libres y lo demás no importa nada¿Existe el discurso objetivo? (spoiler alert: no)La deixis socialDiscurso, identidad, identificaciónCapítulo 3. Nadie habla soloConversar es una feliz causalidadLa ciencia de tomar un caféNo todos hablamos igualLos nenes con los nenes, las nenas con las nenasConversar en el consultorio: asimetría, poder y resistenciaBueno…Un final (que es un comienzo)Referencias bibliográficasSobre este libroSobre el autor

A Rolo y Estela, por la familia que me formó.

A Sole, Julia y Maia, por la familia que formamos.

PRÓLOGO

Por Fabricio Ballarini

 

 

 

 

Entender algo representa un acto de tremenda valentía. Quizás los miles de años de evolución le pusieron un chimichurri extra que favorece enormemente nuestras ganas de descubrir y aprender. Ni hablar del placer por lograrlo. Pero por fuera de ese subidón dopaminérgico y previo a todo proceso deductivo, se juega en nosotros una ecuación mental que nos imprime una utilidad ante cualquier gasto energético cognitivo.

¿Para qué me sirve saber esto o aquello?

Recuerdo la primera vez que esbocé esa pregunta durante una clase de geometría en la escuela primaria. La respuesta de la Señorita Betty fue contundente: “Fabricio, te sirve… para la vida”.

Necesitaba aprender geometría para la vida. Era una respuesta perfecta, porque corría el foco a miles de cuestiones mucho más importantes, complejas y probablemente previas. Betty me dejó regulando por semanas. Con el correr de los pensamientos surgieron cuestiones trascendentales: ¿Qué es la vida? ¿Cómo se define? ¿La geometría fue fundamental para que la vida se pueda desarrollar?, y así.

Estas preguntas siguen rondando mi cabeza desde aquel entonces, y gracias a Fibonacci muchas veces juego a entender un porcentaje menor de todas ellas. Pero hay algo que me frena. Siento que aún no soy lo suficientemente valiente para enfrentarme a semejante curiosidad. Quizás porque esté convencido de que esa curiosidad es verdaderamente traicionera y que una vez que ingresa a tu cerebro es muy complejo liberarse de ella.

Comienza siendo una leve brisa primaveral de preguntas sencillas y, de repente, una parte importante del organismo está utilizando millones de recursos cognitivos para tratar de atraparla. A los pocos segundos, lo que era una pregunta simple y vulgar, se expandió por todos lados en cientos de miles de preguntas quizás aún mucho más interesantes. Un verdadero flagelo que puede durar décadas en intentar resolverse. Y en el mejor de los casos acompañarnos toda la vida.

Por eso este libro es solo para personas con valentía de acero (por usar una palabra que no tenga sentido pero que me hace creer que es brillante porque nadie entiende su vínculo). Así que desde este humilde lugar, desde este intento de prólogo, tengo el deber y la obligación moral de advertirle que si en algún caso usted decide incursionar en estas páginas, debe tener total conciencia sobre el devenir de su curiosidad.

Porque si la geometría servía para la vida, imagínense estar aprendiendo sobre lo que somos, sobre la realidad, sobre lo que decimos y sobre cómo y por qué lo decimos de esa manera. Póngase a resguardo si la cobardía invade su ser. Porque el señor que escribe este libro se ha formado en prestigiosas instituciones para generar una serie de preguntas fascinantes que se multiplicarán en su cerebro por miles. Tengo mucho cuidado. Juan Eduardo Bonnin es investigador, docente, escritor y una de las personas más cultas e inteligentes que conozco, además de ser un gran amigo. Sabe que en cada una de las palabras que estoy escribiendo se esconden decenas de secretos, intenciones, hasta sesgos que desconozco por completo. Conoce perfectamente la relación entre ellas y el pensamiento, porque cuando hablamos no solo activamos circuitos y conexiones neuronales a una velocidad increíble: también abrimos las puertas de la mente, de la curiosidad, y quizás sin darse cuenta usted mismo en este precioso momento esté jugando a reformular la geometría de su felicidad.

ABRIR LA CABEZA

Estás adentro de un libro. El mundo de todos los días se detiene porque estás en un universo de ficción infinito al que accedés desde la comodidad de tu sillón preferido. No sabés qué hora es, dónde estás; casi que ni sabés cómo te llamás. Te levantás para ver la hora y, de repente, explota en tu cabeza un dolor inexplicable, sin forma, total; por un instante sos puro dolor y sangre. Enseguida te das cuenta: “¡La ventana!”. En el momento en que le das nombre a ese dolor, todo lo que te rodea cobra sentido: te levantaste súbitamente, sin recordar que encima de tu cabeza estaba la ventana abierta. Y, al hacerlo, te abriste la cabeza.

La realidad de la habitación (la ventana abierta para que entre aire, el libro fascinante entre tus manos, el reloj de la cocina que querías consultar) no se alteró por tu comprensión; es independiente de tu conocimiento, de tu lenguaje y hasta de tu presencia. Pero esa realidad no tiene sentido para vos hasta que le das nombre; hizo falta el nombre para describir y delimitar ese dolor que, en un primer momento, parecía abstracto e ilimitado. El discurso no creó la realidad, pero sí le dio sentido; un sentido entre otros posibles.

Primera idea, entonces, para este libro: el lenguaje te abre la cabeza.

Forma parte de la realidad que nos rodea y nos convierte en personas: somos nuestros nombres, nuestras cualidades, las acciones que realizamos y las que no podemos hacer; lo que dicen de nosotros y lo que decimos de los demás. Nos parece algo natural y siempre presente, como el aire que respiramos, y nos enfocamos tanto en lo que decimos que no advertimos cómo lo hacemos. Se hace algo tan natural que casi no tenemos una palabra para nombrarlo: el “lenguaje”, en realidad, es esa totalidad enorme y heterogénea de materiales que usamos para producir significado (las palabras, los gestos, los colores, los rituales); la “lengua” es una parte, puramente verbal; esa que tratamos de fotografiar –siempre sin éxito– en las gramáticas y los diccionarios.

La lingüística tiene un término para esa realidad difícil de nombrar y delimitar: “discurso”. En este libro entendemos que el discurso es el lenguaje en uso que le da forma al mundo que habitamos, que le da sentido a nuestras acciones y a las instituciones que organizan nuestra sociedad. Incluye tanto a la lengua en uso (y sobre eso vamos a hablar, sobre todo, en los capítulos 1 y 2) como a otros fenómenos del lenguaje (como los gestos, los silencios, la prolongación de sonidos, sobre los que hablaremos en el capítulo 3). Pero el discurso no es simplemente la realidad de la lengua y el lenguaje como sistemas independientes. Es una realidad que depende tanto de la situación de comunicación como del contexto social, histórico y cultural que la hacen posible; sus instituciones, memorias y materialidades.

Para describir y comprender el modo en que funcionan esos discursos, desde finales de la década de 1960 hablamos de análisis del discurso (Maingueneau y Charaudeau, 2002/2005; Wodak y Meyer, 2001/2003). Su objetivo no es descubrir cómo determinados hablantes mienten o distorsionan la realidad. Tampoco busca entender lo que alguien efectivamente quiere decir (es más, la mayoría de las veces, ni siquiera los hablantes saben qué es lo que quieren decir). Lo que le interesa al análisis del discurso es comprender cómo construimos una imagen de la realidad a través del lenguaje; cómo comunicamos, producimos y reproducimos estas imágenes; y, sobre todo, cómo podemos reconocer e intervenir en esos procedimientos. Porque no nos interesa solamente entender cómo funciona la realidad, sino también cómo cambiarla (Bonnin, 2021).

En este libro vamos a revisar algunas de las áreas de interés clave del análisis del discurso. En el primer capítulo, nos vamos a detener en su capacidad para crear imágenes, para producir una representación de la realidad, de quienes la habitamos y lo que hacemos. Con algunos ejemplos tomados de la prensa y los portales de noticias, vamos a describir qué efectos producen algunas clases de palabras (los verbos, las nominalizaciones) y cómo reconocerlos críticamente.

En el segundo capítulo vamos a analizar cómo vinculamos lo que decimos con la realidad de la comunicación. Mediante el análisis de pronombres, adjetivos y algunos sustantivos vamos a entender de qué manera proponemos una relación con nuestro destinatario, adaptamos nuestro lenguaje y nos presentamos como si fuera la puesta en escena de nuestra obra de teatro personal.

Por último, en el capítulo tres nos detendremos en la conversación. ¿Cómo funciona ese mecanismo mágico que nos hace hablar coordinadamente, entender gestos, palabras a medias y silencios? ¿Por qué algunas personas parecen no querer hablar y otras parecen no querer callarse? Además, en este capítulo vamos a revisar algunos mitos (¿hablan las mujeres más que los varones?), vamos a describir cómo conversamos en el consultorio médico y cómo en cada conversación podemos oír y ser oídos, hablar y ser hablados.

 

Este libro es una invitación a conversar.

Te debe pasar todo el tiempo: anotás algo, subrayás fuerte cuando algo te gusta; o te enojás, escribís, te peleás con lo que estás leyendo.

Ojalá que con este libro te pase lo mismo.

Así que acomodate en tu silla o sillón favorito (¡cuidado con la ventana!) y empecemos.

CAPÍTULO 1. EL BURRO EN LA HABITACIÓN

Para comenzar este capítulo vamos a hacer un experimento muy simple. Te voy a pedir que te pongas cómoda (o cómodo), que aflojes los músculos del cuello y trates de relajarte. Tomate un minuto para respirar profundamente, para oxigenar tu cerebro y ponerte en modo creativo.

Quiero que pienses en algo que te guste, que te dé paz. Puede ser un paisaje, una persona, un objeto. Tratá de hacerte una imagen mental lo más nítida y completa posible, de entrar en ese mundo privado y absolutamente individual que creaste con tu imaginación. No dejes que nada te condicione; la libertad creativa es total.

Lo único que te pido es que no pienses en un burro.

En serio, es lo más importante del experimento.

Podés imaginarte lo que quieras: tu familia, ruinas griegas, los incendios en el Amazonas, la playa, una mascota, tu primer beso.

Pero, por lo que más quieras, no pienses en un burro.

 

Ahora decime la verdad: ¿en qué estás pensando?

 

No importa qué imagen mental tenías, ahora en ella hay un burro: blanco, negro, pardo, con o sin sombrero, el burrito cordobés, el burro de Shrek. De una manera u otra, tu mente se pobló de burros. Pero no es mi culpa. Mirá más arriba. Te pedí por favor que no pensaras en uno, ¿no?

Este experimento es usado por el lingüista cognitivo George Lakoff (2004) para mostrar que las palabras que escuchamos o leemos tienen la capacidad de condicionar cómo nos representamos el mundo, cómo imaginamos lo que no podemos ver, o cómo interpretamos lo que sí vemos o conocemos. Esta capacidad, sin embargo, no se traslada directamente del significado de la frase a la cognición de las personas. Como vimos recién, yo te pedí explícitamente que no pensaras en un burro y, sin embargo, no podías pensar en otra cosa. ¿Por qué? Porque, al leer la palabra, tu cerebro activó inconscientemente un marco asociado a ella, aun cuando conscientemente no quisiera hacerlo.

En este capítulo vamos a hablar sobre cómo las palabras dan forma al mundo. Para eso vamos a discutir, primero, cómo se relacionan los mecanismos cognitivos con las relaciones sociales a través del lenguaje en uso. Después vamos a analizar algunos experimentos que muestran cómo los verbos tienen un rol muy importante en ese proceso, porque generan una idea de la acción y de quiénes participan en ella. Por último, nos vamos a detener en algunos estudios sobre la nominalización y una incógnita que todavía no fue resuelta.

Discurso e ideología

El concepto de “discurso”, como lo usamos en este libro, es inseparable del concepto de “ideología”.

¿Qué es la ideología?

En su uso cotidiano, solemos pensar a la ideología como una manera interesada, parcial y hasta distorsionada de ver la realidad. Decir que un libro es “muy ideológico” parece descalificarlo por no ser suficientemente objetivo o fiel a la realidad. Esta idea se remonta al siglo XIX, cuando Friedrich Engels definió a la ideología como “falsa conciencia”. Para el marxismo, la clase obrera no se rebelaba contra quienes la explotaban porque no tenían una “verdadera conciencia” de su situación. En cambio, las instituciones burguesas generaban una ideología que perpetuaba la dominación, con ideas como las siguientes: las leyes de la propiedad privada son sagradas y deben respetarse siempre; Dios va a recompensar en el otro mundo los sufrimientos de esta vida; si uno se esfuerza y trabaja cada vez más, logrará salir de la pobreza. ¿Te suenan?

Esta definición, tan extendida, de “ideología” tiene un efecto doble: por una parte, dice que las ideas del otro son falsas; por otra, dice que las mías son verdaderas. Para Marx, por ejemplo, la manera de desenmascarar la falsa conciencia era con la verdadera ciencia del materialismo dialéctico, que mostraba la realidad de las relaciones de producción capitalistas.

Ya en el siglo XX, el filósofo ruso (y marxista) Valentín N. Voloshinov (1929/2009) hizo una crítica muy temprana a este concepto, señalando que, puesto que el signo “refleja y refracta” otra cosa, distinta de él mismo, todo signo es ideológico, especialmente las palabras. Esta idea es importantísima: las palabras no son simples “reflejos” de la realidad, más fieles o más distorsionados, sino que ofrecen además una perspectiva acerca de ella. Cuando nombramos, tomamos posición y, desde esa posición, contamos nuestra manera de ser y actuar en el mundo. Cuando nombramos “el golpe de Estado de 1976”, “la dictadura militar”, “el Proceso de Reorganización Nacional” o “el proceso” estamos ofreciendo diferentes miradas acerca de un período que, como realidad histórica, ya tuvo lugar pero, como realidad discursiva, es constantemente definido, redefinido y disputado.