Sonia pide la palabra - Lavinia Braniște - E-Book

Sonia pide la palabra E-Book

Lavinia Braniște

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Beschreibung

Sonia vive en Bucarest y trabaja haciendo colaboraciones en la radio y en varios blogs. Un día recibe un encargo para escribir un guion de cine centrado en un episodio particular de la vida de Zoia, la hija menor de Nicolae Ceaușescu, y su madre, Elena, la implacable esposa del dictador. Fascinada por la propuesta, y a pesar de su desconocimiento del asunto, decide aceptar el proyecto. Al haber nacido poco antes de la caída del régimen y carecer de recuerdos propios de la Rumanía comunista, Sonia se ve obligada a construir desde cero el pasado reciente de su país. El director con el que trabaja la presiona una y otra vez para que le entregue nuevas versiones del guion, porque ningún borrador consigue convencerlo. A medida que se sumerge en un pasado cuyo relato parece monopolizado por las generaciones anteriores, Sonia intenta buscar respuestas y comprender la relación de poder madre-hija para desarrollar la trama, al tiempo que trata de esclarecer su presente (el trabajo precario, la vida en una ciudad cada vez más hostil, un novio al que no consigue entender) y se adentra en su propia historia familiar (un padre que la abandonó, una madre que la crio entre silencios, un abuelo paterno con un pasado oscuro...).

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2025

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TÍTULO ORIGINAL: Sonia ridică mâna

 

Publicado por

AUTOMÁTICA

Automática Editorial S.L.

Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid

 

[email protected]

www.automaticaeditorial.com

 

 

© 2019, 2021 by Editura POLIROM

© de la traducción, Borja Mozo Martín, 2025

© de la presente edición, Automática Editorial S.L., 2025

© de la ilustración de cubierta, Carmen Casado, 2025

 

Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.

 

Support for this publication has been provided by a grant from the Romanian Cultural Institute’s Translation and Publication Support program (TPS).

 

 

 

La traducción de esta obra ha contado con el apoyo del programa de residencias para traductores organizado por el Instituto Cultural Rumano de Bucarest entre los meses de junio y agosto de 2024.

 

 

ISBN: 978-84-10141-18-6

 

Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors

Composición: Automática Editorial

Corrección y revisión: Automática Editorial

Edición digital: Álvaro López

 

Primera edición en Automática: mayo de 2025

 

 

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.

SONIA PIDE LA PALABRA

LAVINIA BRANIȘTE

TRADUCCIÓN DEL RUMANO Y NOTAS DE BORJA MOZO MARTÍN

ÍNDICE

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

PRIMERA PARTE

Paul llega a la cita con un cuarto de hora de retraso y pide disculpas, aún a cierta distancia, antes de darle dos besos. Sabe que ella no soporta esperar. Tiene las manos cubiertas de rasguños y marcas de sangre, y se las muestra a modo de explicación.

Han quedado en la puerta del Art Café, el autoservicio que hay junto a la iglesia nueva de Sfântul Gheorghe, en la estrechez de la acera. El tranvía pasa rozándolos, imponente y ruidoso. El asfalto tiembla bajo sus pies.

Sonia escucha solo a medias su animado relato de cómo ha conseguido escapar del ascensor. Resulta que se ha quedado parado entre dos plantas y ha tenido que utilizar la navaja suiza que siempre lleva encima para abrir la puerta y poder saltar hasta el rellano del cuarto. Le ha costado horrores llegar con el filo de la navaja hasta el tirador de hierro y levantarlo; por unos segundos, el pánico se ha apoderado de él: pensaba que no saldría de allí. Ha barrido la cabina de un vistazo imaginando que podía caer desplomado si se quedaba sin aire. Temía golpearse la cabeza.

El calor abrasa la ciudad. Al pasarse el dorso de la mano por las cejas para enjugarse el sudor, Paul dibuja un fino rastro de sangre. «El pobre, peleando por su vida en pleno Bucarest…», piensa ella. Le entran ganas de estrecharlo contra su pecho y besarle la frente, pero se contiene. «Vaya, vaya, por fin le ha encontrado un uso a la navaja».

En el interior del local, el televisor de pantalla plana retumba entre una constelación de iconos ortodoxos. Se hacen con dos bandejas rojas de plástico y se ponen a la cola. Ella pide sarmale;[1] él, sopa y pescado.

—¿Quieren panecillos? —pregunta la mujer.

—Póngame uno —contesta Paul.

Van a sentarse a un rincón junto a un seto de plástico, luchando por mantener sus bandejas en equilibrio.

Sonia encuentra un pedacito de envoltorio transparente en el plato. Él, nada. Se siente incómodo, sabe que a ella no le van los tugurios insalubres que él suele frecuentar en Bucarest, pero tiene por principio no pisar bares «esnobs», lo cual no deja de ser en sí una muestra de esnobismo.

—¿Y si nos vamos a vivir juntos? —propone de repente.

No es el mejor momento después de lo del ascensor, pero lleva demasiado tiempo dándole vueltas y tenía que soltarlo.

Ella se fija en la cruz del panecillo mordisqueado, seguramente son sobras de alguna misa reciente.[2] Se imagina a la feligresa que vende velas a la entrada de Sfântul Gheorghe cruzando las vías del tranvía, cargada con una bolsa enorme de tela atiborrada de panecillos.

La pregunta la ha pillado por sorpresa y la ha dejado descolocada. Como tarde en responder, él se tomará su titubeo a la tremenda y lo sobreinterpretará. Paul y los límites de la interpretación. A eso se dedica precisamente, imparte clases de interpretación de textos en la universidad. Vive de ello.

—¿Irnos a vivir adónde?

—A mi casa.

«Su casa» está en el último piso de un edificio con punto rojo[3] de Căderea Bastiliei. Por la ventana de uno de los dormitorios se ve toda la avenida Magheru y por el balconcito de la cocina, todo Lascăr Catargiu. El piso no es suyo, sino de los padres de su ex, con quien estuvo viviendo en Londres hace seis años. Paul regresó solo, y como los padres de ella no encontraban un comprador para el piso, decidieron renunciar por un tiempo y dejar que viviera allí, al menos cubriría los gastos. Un conocido de confianza, un chico tranquilo. No le cobran alquiler. La humedad ha dibujado mapas en las paredes y en la habitación pequeña aparecen goteras en cuanto llueve. Tiene que estar siempre con el cubo preparado. Los vecinos no quieren poner dinero para reparar la azotea.

Cada vez que va de visita, Sonia sube los siete pisos a pie. Suelen hablar de los terremotos y Paul siempre tiene respuesta para todo: que si no es real hasta que no sucede, que si no ganas nada con vivir en un edificio seguro si te pilla por la calle, que si su bloque es tan peligroso como cualquier otro edificio de Bucarest… Conocen los distintos tipos de ondas sísmicas y les gusta perderse en conversaciones abstractas sobre el miedo.

Como tarde en responder, se tomará su titubeo a la tremenda.

—Ya sabes que no me llevo bien con los puntos rojos —le recuerda Sonia.

Se le nota el chasco en la cara.

Paul se decepciona a la primera de cambio.

Sonia piensa entonces en su estudio con vistas a un patio interior, rodeado de bloques altos y con solo dos horas diarias de luz —entre las once y la una de la tarde, el único resquicio de sol que penetra en ese cañón de asfalto y hormigón que es Calea Victoriei—, en los cortes de electricidad semanales, en el señor Gelu, su vecino, que controla la factura comunitaria de agua y le añade cada mes dos metros cúbicos extra para compensar las supuestas pérdidas del circuito, el riego del jardín o los cubos de fregona que nunca pasa por la escalera o el portal; piensa en las babosas que aparecen por el desagüe de la ducha cada vez que llueve y en la sal que les echa encima, tal y como aconsejan los tutoriales de YouTube; piensa en la pared del recibidor, otro mapa de humedad, y en el alquiler que paga por ese zulo de diecisiete metros cuadrados que en su día debió de ser un almacén. Necesita un cambio.

—Venga, vale —acepta.

Pueden llevar las cosas de Piața Amzei a Piața Romană en una bolsa de deporte, aunque tendrán que hacer unos cuantos viajes.

*

Vlad Petre es un director de cuarenta y cinco años que lleva veinte deseando estrenar su primer largometraje. Ha leído varios artículos de Sonia, además de un relato que publicó en una antología, y la sigue en el blog de la emisora de radio con la que colabora. Sonia tiene un programa semanal dedicado a «los jóvenes que nos inspiran». En el blog escribe sobre el futuro.

Luego está su trabajo secreto, que no comparte con nadie: redactar textos online para empresas de todo tipo. Ahora, sin ir más lejos, se dedica a escribir etiquetas para guisantes congelados y maíz en conserva, básicamente recetas y consejos. También redacta reseñas para los mismos productos en varias webs bajo cientos de identidades falsas y publica comentarios negativos sobre la competencia bajo otras tantas.

A Vlad no le costó localizarla en Facebook y tampoco se anduvo con rodeos: le dijo que le gustaría hablar con ella y hacerle una propuesta.

Hace un verano tórrido en Bucarest y las cucarachas trepan por las cañerías hasta su piso. Lucifer. Así han bautizado la ola de calor que asola Europa. «Siento como si miles de insectos corretearan por mi piel… ¿Será el bochorno?», piensa Sonia cada noche antes de acostarse. Y lo mismo piensa ahora, al entrar en la terraza del Verona, donde ha quedado con Vlad.

La espera sentado en una mesita justo a la entrada, de cara al exterior. En cuanto la ve, le hace un gesto con la mano, exageradamente estirada hacia arriba, como si los separara una marea humana. Deja el móvil sobre la mesa y se inclina para presentarse.

—Justo te estaba llamando… —le dice.

Sonia consulta la hora. En punto.

—… por si ya estabas por aquí y no me veías.

—He cotilleado tu perfil —admite ella—, te habría reconocido.

Vlad tiene los ojos verdes y luminosos, y una mirada penetrante. No para de hacer preguntas, seguro de su éxito antes siquiera de emprender la batida. Un cazador nato.

En resumen: se le ha ocurrido una idea para una película y quiere que ella escriba el guion; valora mucho su sentido del humor y parece una persona rigurosa. Ha notado su chispa. O, más bien, la ha leído.

«¿De dónde habrá sacado mi nombre?», se pregunta Sonia, «¿Por qué yo? ¿Por qué no lo escribe él solito? Mal camino lleva si ya de entrada no ha podido permitirse buscar a otra…».

La historia que le interesa se remonta al año 1974 y se centra en Zoia Ceaușescu y su madre, Elena. Ha oído un rumor que no tiene desperdicio.

—Resulta que Zoia trabajaba en el Instituto de Matemáticas —arranca Vlad— con otros cien investigadores en plantilla. La Securitate no la dejaba ni a sol ni a sombra… su madre no soportaba que saliera con chicos. Un buen día, desapareció y no dio señales de vida en todo el fin de semana. Cuando regresó a casa, contó que había estado en el monte con un tío. Total, que la buena de Elena se cabreó y, como castigo, ordenó que cerraran el Instituto.

—¿Y qué pasó con los cien investigadores? —pregunta Sonia horrorizada.

Ella acababa de salir del vientre de su madre cuando estalló la Revolución en 1989.

—¡De patitas en la calle! —proclama él satisfecho por el potencial de la intriga.

A Vlad le brillan los ojos cuando cuenta una historia, y no porque le guste contar historias, sino porque le gusta poseerlas. Historias que oye por ahí, algunas verdaderas. Y no, no le molesta su falta de inventiva, es lo suficientemente entrometido como para sacárselas con pinzas a los demás.

—¿Cómo puede una madre portarse así con su propia hija? —reflexiona Sonia en voz alta.

—¿Crees que puedes escribir sobre ello? —lanza él mientras se acomoda contra el respaldo de la silla.

La mira con distancia, la estudia.

—Tendría que documentarme —advierte ella.

—Claro.

—Me va a llevar mucho tiempo.

—Te pago un adelanto.

Termina aceptando por su insistencia y porque necesita el dinero. Además, investigar la vida de ambas mujeres ha picado su curiosidad. Hasta ahora jamás se había parado a pensar en ellas en serio. Sí, el destino de esos cien investigadores es injusto, pero lo que a ella le interesa realmente es la relación de poder madre-hija.

—¡Faltaría más! Claro que puedes adoptar una perspectiva femenina/feminista —la tranquiliza Vlad. Sonia no tardará mucho en descubrir su afición a separar conceptos mediante barras.

—¿Femenina o feminista?

—Llámalo como quieras.

*

¿Por dónde empezar?

Vlad le ha dejado bien claro que en la película tienen que aparecer Zoia y Elena, la temida Elena. Así que le toca investigar sobre el tema, darle al guion un grado de veracidad que a él le permita afirmar que su película trata de la Elena Ceaușescu real y no de otra.

Sonia se da cuenta de que no sabe gran cosa de la época anterior a su nacimiento, pese a haber vivido hasta ahora con la sensación de lo contrario. Conoce de sobra las imágenes que suelen retransmitir por televisión cada mes de diciembre, justo después de su cumpleaños: el discurso, la huida, la ejecución, la televisión libre… Esa galería de imágenes que ha moldeado los recuerdos de tanta gente. A veces tiene la impresión de que se trata de sus propios recuerdos, y hasta casi juraría haberlas visto ella misma en directo cuando era pequeña. Sabe hasta en qué sillón estaba sentada entonces, en brazos de su madre. Cada vez que oye aquello de «por aquel entonces», le vienen a la cabeza esas imágenes. Nada más.

Eso significa para ella «por aquel entonces».

¿Pero qué pasó antes de «aquel entonces»?

El ángel de la guarda que guía sus pasos siempre le da un empujoncito. En los momentos cruciales, Sonia escucha a un ángel que la anima desde la cueva donde se refugia para leer y rezar, como todo buen creyente. Le asegura que ella puede, pero lo hace sin despegar los ojos del libro. Se lo recuerda entre página y página o mientras retoma alguna frase que se le haya escapado.

Sonia inventó la figura del ángel cuando se marchó de casa, a los dieciocho.

Trata de no molestarlo más de la cuenta; para ella es un consuelo saber que está ahí.

«Venga, que tú puedes», la alienta.

Sonia no es periodista de investigación, así que tal vez debería empezar por una Introducción al periodismo de investigación o algo por el estilo, un manual, un tutorial… Lo que sea. Antes de que se decida, Vlad ya le ha enviado un puñado de enlaces a vídeos que tiene que ver sí o sí, un par de ellos en Vimeo, contraseña incluida.

¿Has leído ¡Salva al gato!?, le pregunta por mensaje pasada la medianoche.

Al día siguiente, llama a su madre. Le confirma que está bien, sin novedades, y le pregunta a quemarropa:

—¿Tú tienes algún recuerdo de 1974?

—¿Qué recuerdo quieres que tenga?

—Yo qué sé, cualquiera… ¿Cómo eran las cosas entonces?

—¿Por qué?

—Por nada, simple curiosidad.

—¿Tiene que ser justo del 74?

—Bueno, o del 75. ¿Cómo era la vida? Aparte de gris.

—Hmmm —reflexiona su madre—. Recuerdo que me moría por unas aceitunas y, como no se podían encontrar en ningún sitio, se las pedía al tío Tudor cuando venía a Bucarest en viaje de delegación.

—¿Pero la crisis de alimentos no fue en los ochenta?

—Ah… Entonces, ¿no fue en el 75? —pregunta su madre, confusa.

—Yo tenía entendido que en los ochenta.

—Bueno, igual lo de las aceitunas fue más tarde…

—Eres demasiado joven —concluye Sonia.

En el 74, su madre tenía nueve años. ¿Qué recuerdos va a guardar que puedan resultarle útiles?

De sus nueve años, Sonia solo recuerda los diez reglazos que le propinó la maestra delante de toda la clase: cinco en una mano y cinco en la otra. Y todo por equivocarse en una resta con decenas y unidades. Recuerda la vergüenza que sintió y el miedo a que su madre descubriera precisamente eso: la vergüenza.

Y esas cosas sucedían mucho después del 89.

Durante toda su infancia y adolescencia vivió convencida de merecer cada reglazo. Fue una niña resignada; el capullo en el que creció antes de convertirse en mariposa recordaba más bien a un saco de boxeo. No en sentido físico, por suerte, pero en ningún momento se sintió protegida ni vivió con despreocupación. No, la infancia no es un lugar al que le gustaría regresar. No había nadie para defenderla.

Sonia nunca fue la mejor de la clase y de ahí dedujo que, simplemente, nunca sería buena en nada.

*

A las dos semanas de su primer encuentro, le llega un mensaje de Vlad: Cómo lo llevas?

No han hablado de plazos ni de versiones parciales o intermedias.

Deambula por casa media hora y se da una ducha innecesaria. El olor del champú la ayuda a tomar decisiones, como si le limpiara la cabeza por dentro, como si le aclarara las ideas.

Decide responder: He empezado. Aunque lo cierto es que está aún muy lejos de poder poner nada por escrito. Qué más da. El simple hecho de no dormir por las noches pensando en lo que tiene que hacer forma parte de su dedicación al proyecto, así que puede decirse que sí, ha empezado.

La única idea que se le ocurre —bastante descabellada, por otra parte— es buscar historias de antiguos agentes de la Securitate. Esos personajes tan pintorescos hacían cosas alucinantes y podrían proporcionarle muchas pistas para el guion. Además, algunos todavía viven. Debería buscar libros de memorias. Y personas.

*

Hay una exposición en el Ateneo titulada «El comunismo en Rumanía».

—¿Te apetece que vayamos? —le propone Sonia a Paul.

Se le acerca intrigado por detrás y mira la pantalla del portátil por encima de su hombro para ver el anuncio.

—«El comunismo en Rumanía»… y no se les ocurre nada mejor que poner el pasillo de una cárcel en el cartel. Cojonudo.

—¿Y acaso no es eso lo que fue? —pregunta ella.

Paul esboza una mueca de asco:

—Creo que paso de ir.

Hace dos años, cuando se enamoraron, sentía que aprendería muchas cosas de él, tal vez eso la conquistó. Le pareció inteligente (ahora diría más bien «leído») y decidido (ahora diría más bien «rígido»).

En teoría, en los archivos del CNSAS[4] se puede acceder libremente a los expedientes, pero no te dejan entrar a no ser que seas investigador o solicitante.

Vuelve a llamar a su madre.

—¿Tú crees que al abuelo lo denunciaron a la Securitate? Me gustaría leer lo que recopilaron sobre él.

Desde que murió hace diez años, su abuelo materno se ha convertido en un personaje mítico para la familia y su imagen ha sufrido toda clase de transformaciones, a cada cual más espectacular. Sonia está convencida de que habría sido un buen tipo de haber tenido acceso a una educación. ¿Quién sabe? Tal vez los estudios le habrían abierto las ideas y no habría maltratado a la abuela. De lo que no hay duda es de que era un hombre inteligente y espabilado. Tenía cuadernos repletos de cuentas que nadie sabía descifrar. Desde luego, no habrían faltado detalles para rellenar un expediente secreto a su costa.

—¿Y si presentas una solicitud? —la anima Sonia.

—¡Bah! —rechaza su madre—. ¿Para qué?

—Para que me cuentes cómo es el CNSAS por dentro.

—¿Es que no lo has visto en internet?

—Quiero que me digas a qué huele.

—Lo más seguro es que me pique la nariz, empiecen a llorarme los ojos y se me hinche la cara. Ya sabes que ni siquiera puedo ir a la biblioteca, esas antiguallas me dan alergia…

Sonia recuerda el día en que su madre se hinchó como una pelota por culpa del pelo de gato.

De tanto hablar del abuelo, a su madre se le ocurre por vez primera que quizá debería hacer la declaración de herederos y vender la casa del pueblo. Desde que está deshabitada, el jardín se ha transformado en una jungla en miniatura. Después de todo, tal vez no tenga el deber de conservarla ella solita como había hecho hasta ahora, empecinada porque su padre había construido la casa con sus propias manos. ¡Menudo insulto si el abuelo se hubiera enterado en vida de que la casa acabaría en venta! Por mucho que jurara y perjurara que aguantaría en pie un siglo, han bastado cincuenta años y un par de generaciones para que el fruto de su esfuerzo se eche a perder.

—Estoy pensando que debe de ser fascinante leer informes sobre uno mismo. Algo así como verse desde fuera… —le confía Sonia a Paul entre risas.

De repente, rebuscar entre viejos expedientes le parece una actividad curiosa, algo así como consultar los anuarios del instituto. Solo ella se ríe.

A Paul le asquea la idea. Está arrellanado en el sillón del balcón, entre los ventanales y los marcos de hierro. El humo de su cigarrillo no va a ninguna parte, simplemente se expande, con toda probabilidad debido al calor. A sus pies, en la rotonda de Piața Romană, los coches dan vueltas y más vueltas, como en las películas, y un manto invisible impide que el estruendo suba hasta ellos.

—Si no lo entiendes, mejor déjalo —suelta Paul.

Sonia lamenta haberse reído.

—¿Y quién le ha dado permiso al tío este para hacer una peli sobre el comunismo? —insiste él, irritado.

—Es una historia, no una peli sobre el comunismo. Ni siquiera nos interesa toda la verdad.

Sonia se acerca y se sienta en su regazo. Paul no protesta. Ella le rodea la nuca y lo deja inmovilizado, no tiene la fuerza suficiente para apartarla, así que no le queda más remedio que aceptar su peso sobre el suyo, sentirlo en los huesos. Sonia se reclina sobre su cadera derecha y le aplasta la tripa. Sabe que ejerce presión sobre él. Cuando están en esa postura suele decirle que lo quiere.

Pero ahora se limita a preguntar:

—¿No podrías hablar con tu profesor para que me firme un papelito de investigadora y me dejen entrar en los archivos?

Paul tiene que presentar un informe de tesis que lo trae de cabeza. Ya no sabe por dónde cogerlo: no hace más que escribirlo y reescribirlo, pero su director se lo devuelve una y otra vez sin aclarar lo que no le convence. Está a punto de terminar su segundo año, en otoño enfilará la recta final hacia la obtención del ansiado título y la idea le quita el sueño. Aún no tiene claro qué rumbo tomar una vez agote su etapa de doctorando y la beca correspondiente. En lugar de tranquilizarlo, el hecho de presentar los informes lo agobia cada vez más, porque lo fuerza a pensar en qué hará después. Le gustaría seguir impartiendo clases en la facultad, claro está, es el sueño de todos sus compañeros, pero siente que no da la talla. Le falta carisma, por así decirlo, si por carisma se entiende la resistencia al peloteo y al servilismo.

Al final del primer año, la directora del departamento le anunció que iban a sacar una plaza de ayudante y le preguntó si le interesaba presentarse; un notición inesperado para un joven ambicioso recién llegado a Rumanía tras varios años en el extranjero. La historia de su exilio de ida y vuelta ha ido adoptando formas muy diversas a lo largo del tiempo, tanto en su discurso interior como de cara a los demás. Paul no se corta en asegurar (esforzándose por creérselo él mismo) que volvió porque su lugar estaba aquí, porque quería «participar en el cambio», como suele decirse. Tenía algo que ofrecer y quería ofrecerlo en su país. En realidad, huyó de un medio que se había vuelto hostil y de una persona cuya traición le provocó tal repugnancia que decidió poner tierra de por medio.

Su regreso a Rumanía fue una aventura, no una huida. Esa es la historia que le cuenta a cualquiera que se cruce con él. Porque para Paul —como no tardará en percatarse Sonia—, el pasado se asemeja a un ovillo de lana cardada del que se puede tirar y sacar el hilo que convenga mejor.

La alegría le duró dos días, lo que tardó en descubrir su tutor que pensaba presentarse. Aunque no llegaba a ejercer oficialmente de director, era la persona más influyente del departamento y ya tenía a alguien en mente para ocupar el puesto. El escándalo estaba servido. Le reprochó a Paul que se hubiera entrometido, y fue entonces cuando Paul se enteró de que el hombre no soportaba a la directora del departamento. El resultado es que ahora está en guerra abierta con su tutor de tesis, que aprovecha cualquier ocasión para ponerle trabas.

Por supuesto que no va a pedirle un favor para Sonia.

—¿Me ayudas a encontrar algún artista que tuviera expediente? —prueba ella—. Así les cuento que quiero tener acceso a su ficha y leerla. Igual hasta le pillo el truco…

Paul estudia Historia del Arte.

Cuando oye las fantasías de Sonia con el CNSAS, pone los ojos en blanco. No sabe ni por dónde empezar a explicarle la relación con su director, lo humillado que se siente por el episodio de la plaza, cuando lo acusó de «entrometido», y sobre todo por su ingenuidad: como si las cosas pudieran resolverse tan fácilmente y a la primera, sin sobresaltos, igual que en esas historias donde a uno le preguntan: «¿Cómo lo conseguiste?», y se limita a responder sin más: «Tuve fe».

En lugar de darle explicaciones —ni siquiera él sabe con respecto a qué exactamente—, lo que le apetece es apartarla de un empujón.

—Vale, muy bien, me odias —se queja ella—. Ya te dejo.

Lo besa en la boca, pero él mantiene los labios apretados. Cuando se incorpora, Sonia apoya adrede todo el peso sobre su tripa.

*

Todos tenemos un pasado. Aunque de cuando en cuando se hace borrón y cuenta nueva: muere alguien cercano, nos marchamos muy lejos… o la lejanía irrumpe en nuestra vida, nos aturde, pasan los años y, al echar la vista atrás, lo vemos todo color de rosa. La memoria se encarga de seleccionar los recuerdos para mantenernos con vida.

A veces, por ejemplo, cuando Sonia le pregunta a su madre por qué la ha apartado de su padre, por qué siempre habla mal de él y por qué ha hecho todo lo posible para mantenerlo alejado de ambas, ella le reprocha que solo se acuerde de lo negativo.

—¿Por qué nunca te acuerdas de las cosas buenas? —insiste su madre—. Yo solo he querido lo mejor para ti.

Y enseguida le recuerda que otros han corrido peor suerte.

No tardan en retomar sus conversaciones sobre cómo lavarse el pelo con vinagre o cómo acabar con las plagas de las palmeras datileras, por si alguna vez le da por plantar una en una maceta.

Por lo demás, aparte de la rabia que le provoca no comprender el mundo ni a los hombres debido a la ausencia de un padre que estuviera ahí para agarrarle el mentón, levantarle la cabeza, mirarla a los ojos y llamarla «mi princesa»; por lo demás, cuanto más echa la vista atrás, más reluciente le parece el pasado. Trucos de la memoria.

Sonia empieza a buscar personas mayores que recuerden de primera mano cómo era la vida entonces. Quiere conocer los pozos de rabia que la memoria ha cavado en ellas. Es consciente de que sus investigaciones apenas llegarán a rascar la superficie, pero le intriga ese pasado que, sin ser tan remoto, permanece enterrado a tal profundidad que nunca podrá ser exhumado como algo íntegro y coherente, sino a lo sumo un cúmulo de fragmentos muy muy dispares.

Su película, si es que sale adelante, será un pequeño fragmento dentro de un mosaico.

Va con Paul a una terraza de barrio donde han quedado con Dani, aún más intransigente si cabe en lo que a pisar bares «esnobs» se refiere. Es un amigo común que primero lo fue de Sonia, con quien coincidió en la facultad. Siempre le ha parecido inteligente y gracioso, pero solo se permitió admirarlo desde el instante en que se enteró de que era gay. Solo entonces se sintió libre de considerarlo un buen tipo y dejar que su aprecio por él aumentara a sus anchas, segura ya de que no traería consigo ninguna clase de sufrimiento. No había peligro de que se sintieran atraídos entre ellos.

Dani también es doctorando. Está en primer año y prepara una tesis sobre la estilística de las notas informativas de los ochenta. Lo que más le fascina son los errores gramaticales.

Sonia quiere hablarle de su proyecto recién empezado y pedirle que la ponga en contacto con gente que pueda proporcionarle información, historias, ideas, lo que sea.

El humo de la parrilla parece haberse quedado atrapado para toda la eternidad bajo las enormes sombrillas rojas de la terraza. El sudor que les chorrea por las cejas y la espalda también apesta a carne a la brasa. La música retumba a todo volumen y por su lado pasa la gente de vuelta del mercado, cargada con bolsas de plástico, garrafas, barreños y otros cientos de armatostes, que transportan a duras penas con andares de pato.

Dani le pregunta de qué se trata y ella empieza por el principio: Zoia Ceaușescu, su madre y la historia de Vlad Petre sobre lo sucedido en el Instituto de Matemáticas. Dani escucha con una sonrisa de oreja a oreja. Paul parece incómodo.

—Hacia mediados de los setenta empezaron las reformas educativas, tal vez esté relacionado con eso —sugiere Dani—. Quizá no cerraran el instituto, sino que lo restructuraron.

Más adelante, mucho más adelante, al cabo de varias lecturas salteadas y sin rumbo claro, Sonia descubre que la reforma educativa no se implementó hasta el verano de 1976, tras el Primer Congreso de Cultura y Educación Socialistas. Su objetivo era acelerar la formación del «hombre nuevo». En el 74, se introducen reformas en la Constitución que convierten al secretario general en líder absoluto del país. También por aquel entonces, su esposa ingresa en la Academia Rumana, que se convertirá a su vez, después del congreso del 76, en un apéndice de la Sección de Propaganda y Agitación.

Le cuesta hacerse una idea de lo complicada que es la historia.

La actitud de Vlad, junto con su propia ignorancia sobre los hechos que sucedieron antes de que viniera al mundo, han dejado a Sonia con la impresión de que el pasado es un pozo sin fondo repleto de ficciones sin relación alguna entre sí y del que cualquiera puede disponer a su antojo sin plantearse demasiadas preguntas.

Y aun así…

Tiene que partir de algo que comprenda.

Y para eso necesita entender al menos algún detalle, por insignificante que sea.

—¿Conoces a algún viejo que estuviera metido en la Securitate? —pregunta—. Alguno que esté dispuesto a hablar de su glorioso pasado…

Dani no termina de entender adónde quiere ir a parar.

—Me gustaría que la historia girara en torno al agente de la Securitate que le puso su madre para que la siguiera…

Al recostarse en la silla, Dani abandona la protección de la sombrilla y deja la frente al sol, por lo que se incorpora de inmediato y apoya los codos sobre la mesa.

—¿Y quién dices que es el tipo este que quiere grabar la peli? ¿Qué otras cosas ha hecho?

—Un par de cortos. No sé mucho más de él… Pero solo es una historia. Ficción.

—Entonces, ¿por qué no elegís personajes de ficción? —sugiere Paul.

—Los personajes los traía él ya pensados de casa —lo corta Sonia—. ¿Qué pasa? ¿Tanto te preocupa la memoria de Ceaușescu?

Por toda respuesta, él se limita a menear la boca con los labios apretados, como si masticara la cerveza.

De vuelta a casa, lamenta haberlo enfadado. Antes no parecía tan quisquilloso, no se ofuscaba a la mínima. Antes se reían juntos y ella se sentía más libre. No entiende cómo ha podido degradarse tan rápido su relación. ¿Habrá sido por su culpa? ¿Por su osadía de profana? ¿Por tratar a la ligera un asunto tan serio? Lo cierto es que no le importa demasiado cómo era la vida «por aquel entonces», aunque aún duda de tener derecho a que no le importe algo así. Si al menos fuera capaz de inventarse una historia sobre una madre cualquiera, su hija y un agente de la secreta… Si tuviera la desvergüenza de inventársela… Y de no contarle todo a Paul, claro.

En el cruce de la Academia de Estudios Económicos huele a covrig[5] y a tubo de escape. Los pies se hunden en el asfalto ondulado, es como andar sobre lava. La ciudad te debilita. Después de una caminata, vuelves a casa desgastado, hecho polvo, con el pelo pegajoso, la espalda empapada de sudor y oliendo a gallina escaldada. Bucarest.

Paul gira la llave y empuja la puerta. Del frescor del portal surge un fuerte olor a humedad. El buzón está vacío. Él llama al ascensor, pero ella lo evita y enfila la escalera de caracol, peldaño a peldaño hasta el séptimo.

*

Vlad le envía un correo para fijar una reunión de trabajo. Ha pasado ya un mes y lo único que ha hecho Sonia es buscar en internet sin un rumbo claro y toparse con un montón de cotilleos sobre Elena Ceaușescu e interminables teorías de la conspiración referidas a su carácter maléfico, que movía los hilos a la sombra de su marido. Las supuestas revistas de historia no se cansan de publicar artículos dedicados a sus amantes, a la mujer que le despertó los celos, a las orgías a las que asistía —siempre en el rol de mirona— y demás bulos por el estilo. Al parecer, habría perdido la virginidad con el padre de Gheorghe Zamfir, el célebre músico, virtuoso de la zampoña, que se encargó de confirmarlo. Este último detalle —aún no sabe si escandaloso o absurdo— le despierta sentimientos más complejos hacia Elena, que hasta entonces solo era una bruja.

¿Qué sentido tiene ir a la televisión y soltar que el guaperas de tu padre desfloró a Elena? ¿Qué tipo de orgullo habrá sentido el prodigio de la zampoña al declarar algo así?

«Invéntate algo», le susurra el ángel desde su cueva cuando Sonia pasa la página. Pero ella apaga la lámpara de la mesilla de noche, se gira hacia el borde de la cama y decide que ya contestará a Vlad mañana.

A veces, el cuerpo pide sueño.

Y una se pregunta, ¿por qué estás tan agotada? Tampoco es que el cerebro haya alumbrado nada nuevo, pero aun así te mueres de cansancio, te duele todo el cuerpo, como si te hubieran dado una paliza.

Sonia se despierta en la misma postura en la que se quedó dormida, con la única diferencia de que ahora es de día y ve su cara hundida en la almohada, reflejada en el espejo del ropero. Cierra los ojos de nuevo. Los nota arenosos, y no solo bajo los párpados; como si tuviera el globo ocular repleto de arena, el cráneo entero inundado de arena. Vuelve a dormirse hasta que, en torno a las once, llama Vlad. La sintonía del móvil retumba en el dormitorio, pero está demasiado lejos. Lo deja sonar.

Su única actividad del día, que ahora le parece sobrehumana, será redactar el correo para posponer la reunión de trabajo.

*

La Unión de Artistas Plásticos le ha cedido a Paul un espacio para una exposición de dos semanas en una diminuta galería de Piața Amzei. Tiene un proyecto al que no para de darle vueltas, dedicado a la dinámica del hogar como posible fuente de creatividad —o algo así—, y en la descripción ha empleado reiteradamente la expresión «política doméstica». Estaba casi seguro de que no se lo cederían, pero la palabra mágica, «política», lo ayudó a abrir la puerta de un empujón y a apartar la espesa cortina cubierta de polvo que cubría la entrada a la codiciada estancia, de apenas unos pasos de largo. Para el proyecto seleccionó un puñado de fotografías de su archivo, pero ahora le entran las prisas y obliga a Sonia a quedarse varios días en casa para grabarla y fotografiarla mientras pica montones de verduras y los clasifica por colores.

Paul se siente culpable por ser un hombre blanco, europeo y, para colmo, heterosexual. Se sentiría mucho mejor si lo discriminaran por algo. No duda en pedir disculpas por su condición siempre que se encuentra en ambientes internacionales. En Rumanía también ha desarrollado ese automatismo, la diferencia es que aquí la gente aprieta los labios para aguantarse la risa. Sonia no se atreve a sacarle el tema y menos aún a recordarle que, mientras esté en Rumanía, no sentirse discriminado no supone motivo de vergüenza.

Dejar al otro con su película forma parte del compromiso, de ese término medio, del «ni para ti ni para mí» que uno asume cuando se muda con alguien. O al menos así lo ve Sonia. Después de todo, cualquier plan de vuelo es bueno, siempre que se respete y uno no acabe estrellándose. «Deja a Paul a lo suyo», escucha a veces en su cabeza, aunque no tiene claro si viene de boca del ángel o de la suya.

Entre ellos no existe dinámica del hogar que valga, por la sencilla razón de que su hogar no es dinámico. Comen de cualquier manera, lo que encuentran en el supermercado, y muy de vez en cuando preparan pasta o alguna tortilla. El escaso movimiento en la cocina viene sobre todo por parte de Paul. Ahora, por ejemplo, es él quien trae las bolsas de verduras de la tienda, las pela, las corta en daditos minúsculos y las separa en montoncitos por colores; conforme a su proyecto, el trabajo doméstico produce formas radicales de creatividad. La mitad de los montoncitos los hace él y luego ella toma el relevo.

Eso sí, las fotografías dan a entender que se trata del suplicio de la mujer. De una mujer más.

Sonia se siente halagada de ser su musa, y eso a pesar de que Paul ha optado por que la chica de las fotografías y de la performance tenga la cara oculta por el pelo y no se distingan sus rasgos. Se dedica a picar perejil, zanahorias, pimientos de cuatro colores, patatas —algunas están tocadas y tiene que cortarlas con la punta del cuchillo, una experiencia estética sin igual—, pepinos y calabacines. Le lloran los ojos con la cebolla, pero es un detalle demasiado kitsch y desaparecerá en el montaje. De todas formas, no quería ningún plano en que se le vieran los ojos.

La performance de las verduras se desarrolla en la habitación que Paul usa de estudio, la de las goteras. El techo está cubierto de puntillas amarillentas de humedad y el moho ha ennegrecido los rincones. El contrapicado con el techo de fondo le da a Sonia un aspecto religioso. De mártir. De loca.

La galería lleva una larga temporada en desuso, no se sabe muy bien qué fue lo último que expusieron en la sala, pero necesita una buena mano de limpieza y de pintura. Han llamado a Dani y entre los tres lo han resuelto en un día y una noche. Raspan las paredes, tapan los agujeros, pintan y clavan las escarpias. Como no hay ni una sola silla para descansar, se sientan por turnos en el escalón de la puerta con las piernas estiradas sobre la acera. La chica de la cafetería minúscula de al lado viene y pregunta cuánto pagan de alquiler y si tienen baño. Intercambian impresiones sobre el constante vaivén de aperturas y cierres de los pequeños comercios de la zona y llegan a la conclusión de que el tipo de la bollería debe de tener el local en propiedad, porque es el único que resiste. Invitan a la chica a la inauguración de la noche siguiente.