Sorpresa en la Toscana - Caitlin Crews - E-Book

Sorpresa en la Toscana E-Book

CAITLIN CREWS

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Beschreibung

Tenía que empezar una nueva vida... ¡sin secretos!   Al enfrentarse a su nuevo jefe, Antonluca Aniello, Hannah Hansen se dio cuenta de que él era la razón por la que había perdido su último trabajo. ¿Y lo peor? También es el hombre anónimo con el que había compartido un tórrido encuentro... Y si el despiadado italiano la había hecho despedir por un comentario a los medios sacado de contexto, ¿cómo reaccionaría al descubrir que era padre? Exigir matrimonio. Eso iba a hacer Antonluca. Su indignación porque Hannah le había ocultado a su hijo solo era comparable a la necesidad de tenerla de nuevo en su cama.

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Seitenzahl: 211

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Caitlin Crews

© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sorpresa en la Toscana, n.º 3214 - febrero 2026

Título original: An Heir for Christmas

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370172404

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

Esa mañana de diciembre, Hannah Hansen llegó al trabajo rebosante de espíritu navideño.

En parte era por el hermoso paisaje italiano que la rodeaba. Las colinas eran más marrones en esa época del año, los cielos menos dorados y azules, pero para Hannah eso resaltaba la magia de la Toscana. La magia estaba en la niebla que se aferraba a las colinas y al campanario de la iglesia. Estaba en las tranquilas calles empedradas del pueblo de la cima de la colina, que empezaba a considerar su hogar. La magia duraba todo el año, grabada en la tierra como su larga historia.

Italia tenía algo en invierno que la emocionaba. Sobre todo, en Navidad.

Había sido una decisión difícil dejar atrás los Estados Unidos de Norteamérica hacía tres años. Hannah nunca se había imaginado haciéndolo, pero, por otra parte, muchas cosas de los últimos años nunca podría habérselas imaginado.

Esa mañana había dejado la mejor de todas, su hijo, el dulce y alegre Dominic, jugando feliz con sus juguetes al cuidado de la maravillosa Cinzia. Cinzia, que había empezado como casera, se había convertido en la mejor vecina posible y, a todos los efectos, la familia que Hannah siempre había deseado tener.

En lugar de la familia que sí tenía, todos recluidos en un revoltijo de críticas y vergüenza en una pequeña ciudad a las afueras de Omaha, Nebraska.

La perspectiva de que Hannah tuviera un hijo fuera del matrimonio los había escandalizado. «¿Cómo llevaremos la cabeza alta en el mercado?», había preguntado una vez su hermana.

Totalmente en serio.

Ese y otros reproches similares fueron las razones por las que Hannah había decidido, a los seis meses de embarazo, mientras aún le quedaban algunos ahorros, que se merecía algo mejor que ser tratada como la más negra de las ovejas negras del estado de Nebraska.

Siempre había soñado con visitar Italia algún día, como todo el mundo, ¿no? Así que decidió que ese día había llegado. Se había comprado un billete de ida a Florencia, la ciudad que había habitado sus sueños desde que tenía memoria. Había deambulado por las plazas, comido demasiado helado y pasado demasiadas noches en trattorias antes de aterrizar en un pueblecito en las ondulantes colinas de la Toscana que le resultó familiar nada más verlo. Como si siempre hubiera estado destinada a llegar allí.

Destino aparte, estaba segura de haber leído algo sobre ese pueblo cuando vivía en Nueva York.

Se estremeció un poco al recordar de nuevo aquella ciudad frenética y exuberante. Siempre le sucedía, por mucho que se asegurara a sí misma que había dejado de mirar atrás.

Hannah suspiró mientras se abría paso por las estrechas calles del antiguo pueblo aferrado a la ladera de la colina. Siguió la serpenteante carretera hacia los campos y respiró hondo un par de veces más mientras subía otra colina ondulada en el otro extremo.

En esas frescas y hermosas mañanas de diciembre en la Toscana, lejos de cualquier ciudad, era difícil imaginar que hubiera vivido alguna vez en la emocionante, abrumadora y abarrotada Manhattan. Era como si estuviera recordando un programa de televisión, no su propia vida. Porque aquellos ajetreados y abrumadores años no solo parecían pertenecer a una vida completamente distinta, sino a algo que podría haber soñado una noche. Uno de esos sueños que no desaparecían por la mañana, sino que perduraban para siempre.

–Y luego terminan mal –murmuró, para no olvidar esa parte crucial de sus años en Manhattan.

Aunque Dominic compensaba todo lo que pudiera haber ocurrido antes de su nacimiento.

Dejó de pensar en el pasado ante las vistas que se abrían ante ella. Y suspiró de alegría, como siempre hacía en ese punto del trayecto al trabajo desde su querida cabaña al otro lado del pueblo. Porque allí, detrás de la siguiente colina, estaba la finca.

No era un castillo en el sentido clásico del término, sino un conjunto de casas solariegas engarzadas sobre la ladera, como un collar de joyas que algún noble italiano hubiera arrojado a un lado en su camino hacia el Renacimiento. A principios del siglo XX, la finca, otrora el hogar de una sucesión de nobles menores, había caído en el abandono. Desde entonces, había sido adquirida por sucesivos individuos optimistas y/o adinerados, porque los viñedos aún producían ricos vinos tintos y los cipreses seguían marcando los antiguos caminos. Era un lugar entre el cielo y la tierra antigua, rodeado de olivos, lavanda y glicinias.

Pero un lugar como ese requería visión para resucitarlo del todo, y había permanecido inactiva durante algún tiempo. En el pueblo llamaban follia, locura, al intento de convertir un montón de piedras y casas abandonadas en algo lujoso.

Sin embargo, hacía unos diez años, la esposa del riquísimo empresario italiano dueño del lugar se lo había quedado como parte de su acuerdo de divorcio. Renovó toda la finca y la transformó en un hotel que desprendía estilo por cada piedra. La Paloma, como se la conocía a ella, y a la finca, era famosa por su afán vengativo sobre quienes la habían perjudicado, incluyendo sus numerosos exmaridos, así como por sus dotes arquitectónicas y su buen ojo para el diseño.

Hannah había entrado en el hotel apenas diez días después de llegar a Italia, tras su semana en Florencia, porque necesitaba encontrar trabajo. Al llegar al pueblo, la había invadido una sensación de regreso al hogar. Había comido en la pequeña trattoria del pueblo y observado a los ancianos reunidos en la plaza. Se había alojado en una pensión un poco alejada del centro, y caminando de regreso a su habitación había visto la finca de la colina.

«Qué hermoso», fue lo primero que pensó.

Cuando supo que era un hotel, se emocionó. Ella podría trabajar en un hotel, mejor que en un restaurante. Cualquier cosa era mejor que el caos nocturno de un restaurante.

Había expuesto su caso al gerente del hotel, aunque pasando por alto las razones por las que había dejado su último trabajo: gerente de un restaurante con estrella Michelin en Nueva York. Se centró más en el hecho de que siempre había trabajado en hostelería. Y más aún, que acababa de mudarse a la zona y estaría encantada de trabajar en cualquier puesto vacante que él tuviera, porque sin duda La Paloma estaba destinada a convertirse en la resplandeciente y gloriosa joya de la región.

–Tal vez la signora debería estar en casa con su marido, esperando el feliz acontecimiento. –El gerente había mirado su barriga, soltado un bufido y, solo entonces, la había mirado a la cara–. Seguramente haría un mejor uso de su tiempo.

No dijo «y del mío también», aunque quedaba implícito.

La Paloma había descendido sobre ellos, en una nube de perfume y furia. Era una mujer formidable en todos los sentidos. Delgada, vestía prendas de alta costura hechas a medida en lugares como Milán y París, perfectamente ceñidas a un cuerpo demacrado que hablaba más de determinación y autocontrol que de estética. Había señalado con un dedo enjoyado al gerente.

–Quizá deberías seguir tu propio consejo, Raffaele. –Y así, sin más, Hannah fue contratada.

La Paloma, feroz defensora de las mujeres, aunque sin contemplaciones para nadie, había informado a Hannah de que tenía dos semanas para entender el trabajo de gerente y destacar en él. Si lo conseguía, el puesto sería suyo, permiso de maternidad incluido.

–Es muy amable –había contestado Hannah, maravillada, mientras el furioso Raffaele se despedía.

–Nunca soy amable –había continuado La Paloma, mirándola con sus ojos oscuros brillantes–. Pero me gusta creer que distingo un diamante en bruto, mi querida niña. Y sé cómo hacer que brille.

Hannah, obviamente, se había asegurado de superar las expectativas de la mujer.

Cuando nació Dominic, se había tomado un mes de baja y luego había vuelto al trabajo. Permanecía casi siempre en la oficina para poder tener al bebé con ella tanto como fuera posible y atender los asuntos desde allí, ya que los huéspedes no necesitaban ver el lado privado y doméstico de la gerente del hotel.

A los seis meses, Cinzia se había ofrecido a cuidar de Dominic mientras Hannah trabajaba.

Se había topado con esa hermosa y pequeña vida que le sentaba bien, la hacía feliz, y no podría ser mejor en ningún aspecto. Le encantaba lo que hacía. Amaba el hotel, estaría eternamente en deuda con La Paloma y disfrutaba de las exigencias de su puesto y de la resolución de los problemas que conllevaba. La Toscana era el sueño de Hannah hecho realidad.

Aparcó el pequeño coche en su lugar en el aparcamiento del personal y salió al frío de la mañana.

Era un día precioso y tranquilo, con un viento frío barriendo el cielo. Las colinas se adentraban en el horizonte, de un verde más apagado que en su esplendor estival, pero no por ello menos hermosas. Aunque había crecido en Nebraska, a menudo soñaba con lugares como ese. Lugares mágicos alejados de lo que ella consideraba la vida real. Cuentos de hadas hechos realidad, y escenarios hermosos y sofisticados muy lejos de su vida pueblerina.

Su familia solía burlarse de ella, y no siempre con amabilidad. Nada les había gustado más que recordarle que el mundo real no sería amable con una chica que vivía y respiraba fantasías.

Pero ella les había demostrado que estaban equivocados.

Había ido a la universidad y se había abierto camino en el sector de la hostelería. Ellos esperaban que volviera a casa y que se mudara a Omaha, a cuarenta y cinco minutos en coche de la casa de su infancia. A todos les había parecido de mal gusto que, en lugar de eso, se hubiera marchado a un lugar horrible como Nueva York. Peor aún, que se vistiera como el tipo de persona que triunfaría en Nueva York, «como si creyeras que lo vas a conseguir», había dicho su hermana un día de Acción de Gracias con una risa burlona.

Todos se sentían así. Les parecía inimaginable que Hannah empezara nada más salir de la universidad a trabajar en hoteles tan lujosos que nadie de toda su ciudad natal podía imaginar que alguien se gastara tanto dinero en una sola noche de estancia. Mucho menos ir a un restaurante que costaba aún más.

Hannah había aprendido a disimular su éxito porque a todos les parecía ostentoso. Y, en cierto momento, había tenido que aceptar que el denominador común en todo lo que a su familia no le gustaban de ella… era ella.

Y se había vuelto muy claro e imposible de ignorar cuando regresó a casa después de perder su trabajo en el restaurante.

Se detuvo cerca de la zona de aparcamiento que formaba parte de un antiguo patio delantero. En todas direcciones la rodeaban las colinas de la Toscana, los árboles, vestidos de rojizos y profundos colores otoñales, y los viñedos invernales que dormitaban en el frío suelo. El día era soleado, aunque fresco, y ella observó disiparse la bruma matinal.

Hannah respiró hondo, como si al soltar el aire pudiera expulsar a su familia directamente de su organismo. Ese pequeño resoplido que le gustaba hacer a su madre. Los comentarios críticos de su hermana. La silenciosa desaprobación de su padre.

Ninguno de ellos la había contactado después de que se marchara, embarazada de seis meses. Había sido ella la que les había hecho saber que se había instalado en Italia cuando, tres semanas después de irse, aún no había recibido ni un mensaje de texto de ellos.

–Claro que te has ido a Italia, precisamente allí. –Su madre había resoplado–. Típico de Hannah.

Pero era diciembre, se acercaba la Navidad. Y, a pesar de lo mucho que dolía la forma en que la habían tratado, en que siempre la habían tratado, y por mucho que lo intentara, Hannah no conseguía quererlos menos. Sobre todo, en esa época del año.

–El amor no significa acceso total –murmuró. Lo hacía a menudo porque se suponía que era tranquilizador–. Puedo quererlos a distancia.

Llamaba a casa todos los domingos y se obligaba a soportar la conversación habitual, en la que sus padres actuaban como si hubiera tenido a su nieto solo para fastidiarlos. Hannah había dejado de invitarlos a que fueran a visitarla, porque no lo harían. Pero Dominic merecía conocer a su familia, y tomar sus propias decisiones sobre si los quería o no en su vida. Ella no podía tomar esa decisión por él.

Quizá, se decía a sí misma, algún día dejaría de llamar. Pero en el fondo sabía que, si lo hacía, nunca volvería a saber de ellos. Y algo en eso seguía doliendo demasiado.

–Un día –se prometió Hannah en voz baja–, ya no dolerá.

De momento, había cosas mucho más emocionantes en las que pensar que en la vieja y cansada dinámica familiar.

Se alisó la parte delantera del vestido mientras caminaba hacia la entrada del hotel, girando hacia la fachada del edificio principal porque siempre le gustaba percibir el lugar como si fuera nuevo. Como si fuera la primera vez que llegaba.

El edificio principal parecía una antigua fortaleza construida alrededor de un campanario. La entrada era amplia y acogedora, con abetos iluminados en honor a la estación. Incluso mirándolo se sentía en paz. Así quería Hannah que se sintiera todo el hotel. Sobre todo, en Navidad.

«Y así será», se aseguró. Se ajustó el suave chal de lana sobre los hombros y agarró con fuerza la carpeta de cuero que llevaba en la mano.

La Paloma era una mujer de muchos proyectos y un profundo pozo de aburrimiento. O eso le había dicho a Hannah una noche, sentadas en la mejor suite del hotel, que era, por supuesto, el único lugar donde se alojaba cuando iba de visita. Solo bebía gin-tonics de vodka, e insistía en que todos sus invitados bebieran igual. Hannah no conocía a nadie que discutiera con La Paloma.

–He vendido el hotel –había anunciado su benefactora.

Hacía ya dos semanas, de sopetón. Pero así era La Paloma.

–Pero no te preocupes, mi querida niña, he puesto como condición para la venta que sigas trabajando aquí. A decir verdad, creo que estarás encantada.

Hannah había pasado mucho tiempo trabajando con esa mujer en los dos últimos años. La Paloma ya no la impresionaba tanto como al principio. Pero eso no significaba que no mantuviera un sano nivel de respeto. Y esa fue la única razón por la que no expresó inmediatamente lo poco encantada que estaba con la noticia.

–Este lugar es especial para mí por muchas razones –había continuado La Paloma, agitando la copa como le gustaba hacer, para darle dramatismo y énfasis, aunque sin derramar ni una gota–. Entre otras cosas, porque en su día fue una de las posesiones más preciadas de mi exmarido, a quien deseamos todo lo que se merece. Pero también es único en el sentido de que me dio una especie de lienzo en blanco, y encuentro que lo que he hecho aquí ha superado mis expectativas. En todos los sentidos. –Había suspirado, como felicitándose a sí misma–. Sabía que no podía vendérselo al típico financiero acaparador de activos ni a nadie por el estilo. Solo a un amigo.

–Disculpe, señora –Hannah había sonreído–, pero creía que no aguantaba a los amigos.

–Tan necesitada. Tan aferrada. –Paloma rio–. Pero no, querida, soy una gran admiradora de las amistades que discurren precisamente como yo deseo que discurran. En este caso, se trata de un amigo local, al que conozco desde hace tiempo. Lo conocí siendo muy joven, descarado y atrevido. Ahora es… ¿cómo decirlo? Una especie de ermitaño gruñón al que le gusta su pueblo tal y como es. Dormido. Imperturbable.

Otra sacudida de la copa sin que cayera una gota.

–Le expliqué que este hotel no iba a hacer más que crecer en importancia y atractivo, y que él podía o bien quejarse de ello, o bien implicarse. Eligió lo segundo.

–Es muy persuasiva –había observado Hannah.

–Desde luego –había asentido La Paloma, con una sonrisa que podría haber parecido recatada en otra persona. En ella solo era una expresión de poder–. Te reunirás con él cuando regrese del viaje que esté haciendo, o lo que sea que hagan los hombres ricos con su tiempo.

Y se había reído como si supiera muy bien lo que era eso.

–Le dije que le explicarías el Jubileo de Navidad que habías planeado y las reservas, las fiestas y todo lo demás. Estoy segura de que querrá dejar su impronta, como hacen todos los hombres, pero también estoy segura de que lo impresionarás profundamente.

La mujer había sonreído más ampliamente que antes y levantado su copa en dirección a Hannah.

–Porque yo lo estoy, y a mí no me impresiona nada.

Solo más tarde, acurrucada con Dominic mientras le besaba la cabecita y él intentaba valientemente resistirse al sueño, comprendió que Paloma la había halagado para que accediera.

Aparte de proporcionarle el dolor de cabeza de la mañana siguiente. Pero el día y el gran hombre habían llegado.

Todo el hotel había estado agitado durante dos semanas. Il maestro, murmuraban, a veces como plegarias y a veces como salvajes cantos a la luna. Il maestro sta arrivando qui!

El amo estaba llegando.

Hannah no tenía ni idea de quién era el maestro. Pero había aprendido al principio de su carrera en la hostelería que, si se limitaba a exhibir su educación del Medio Oeste, la gente hacía todo tipo de suposiciones sobre ella. Sobre todo, que podían menospreciarla. Por eso había desarrollado una apariencia elegante y fría. Había aprendido a peinarse el pelo rubio con un recogido a la altura de la nuca, porque sabía que la elegancia era un arma cuando se manejaba correctamente.

Cuanto más discreta, mejor.

También sabía que caminar con tacones altísimos que parecía que iban a romperte los tobillos como si fueran ramitas transmitía un aire de autoridad que ningún zapato plano conseguía transmitir, así que había practicado en su pequeño apartamento de Nueva York hasta que habría podido jugar al baloncesto con tacones, si fuera necesario.

Y había aprendido que la gente que mejor respondía a todo eso era el tipo de clientela abiertamente adinerada y salvajemente arrogante acostumbrada a salirse con la suya, que frecuentaba hoteles de lujo de cinco estrellas como ese.

También había aprendido que, aunque la amigabilidad nunca estaba de más, volverse demasiado amistosa con el personal al que quizás tendría que despedir algún día perjudicaba a todo el mundo, incluida ella misma. Así que Hannah no se sentó a charlar con el resto del personal sobre il maestro, fuera quien fuera. Preguntar a cualquiera de los empleados quién era esa persona equivaldría a admitir que ella no controlaba hasta el último detalle del hotel.

Hannah se esforzaba mucho por dejarle claro a todo el mundo que ella tenía el control. Que era, de hecho, el combustible que hacía que todo funcionara a la perfección.

Esa mañana entró como siempre, con unos zapatos que harían tambalearse a otras mujeres en la calle, y fingió no notar cómo todos se escabullían al verla. Todos iban más rectos, se estiraban el uniforme y adoptaban una expresión de agradable insipidez. Una de las mujeres de recepción intentó enderezar uno de los arreglos florales, una sinfonía de flores que no necesitaba arreglo.

Hannah reprimió una sonrisa, asintió a todos con los que se cruzaba y se dirigió directamente a su despacho. Dentro solo tenía fotos del hotel y del hermoso paisaje que los rodeaba.

Ninguna foto del bebé. Ninguna foto que indicara que tenía algún tipo de vida personal.

Había aprendido demasiado bien esa lección en Nueva York.

Un vistazo al fino reloj de oro que llevaba en la muñeca le confirmó que aún tenía tiempo antes de la reunión. Llegaba veinte minutos pronto, lo que para ella era casi tarde. Hannah se acomodó en su escritorio, encendió el ordenador y se dispuso a apagar los fuegos surgidos durante la noche.

Pero Nueva York volvía a estar en su cabeza. A Hannah no le gustaba pensar en Nueva York. En cómo había confiado en su amiga y había sido indiscreta en lo que ella pensaba que era un espacio seguro, y luego se había encontrado con sus comentarios en todas las noticias.

«Al gerente del nuevo local favorito de Nueva York no le gusta la comida», habían coreado todos.

Había sido como una pesadilla, de la que Hannah no había conseguido despertar. Su teléfono se había llenado de mensajes de todos sus amigos del trabajo, preguntando qué demonios la había poseído. Y del odioso jefe de cocina en persona, que le había dedicado horribles insultos.

La sorprendió que no la despidieran en el acto, sino que la obligaran a trabajar el ajetreado fin de semana. Y solo después comprendió que había sido una especie de escarnio público. Porque cada persona que había entrado por aquella puerta ese fin de semana le había preguntado si era ella la que había sido citada, y cuando contestaba que sí, porque sería tonta, pero no mentirosa, le soltaban una letanía de comentarios sobre lo equivocada que estaba. O le habían pedido que señalara los platos del carísimo menú que, según había dicho ella, estaban «inflados de precio».

Habría sido mucho mejor que la hubieran despedido en el acto.

Tal vez debería haber dimitido, pero se había aferrado a la leve esperanza de que, si demostraba que seguía siendo la misma trabajadora de siempre, le perdonarían una única indiscreción…

No lo habían hecho.

Y el domingo por la noche, al acabar su último turno, durante el que ni una sola de las personas que trabajaban en el restaurante la miró a los ojos ni le habló directamente, había aparecido él.

Para entonces, Hannah ya había asumido que la iban a despedir. De lo contrario, no habría permitido que ese hombre alto, brutalmente guapo, la llevara a casa.

Sabía que todo el trabajo que había invertido en su vida estaba a punto de serle arrebatado. Peor aún, que era culpa suya. Nunca debía haber confiado en que estaba en un espacio seguro, no cuando el restaurante en el que trabajaba era la comidilla de Nueva York.

Era el último restaurante creado por el multimillonario restaurador Antonluca. Considerado en su día el mejor chef del mundo, que había dejado de cocinar hacía años y se dedicaba a gestionar una serie de restaurantes asombrosamente buenos por todo el mundo. Incluso había creado un programa de televisión, en el que él no aparecía, que había dado a conocer a un público internacional no solo su forma de entender la comida, sino lo que muchos críticos habían bautizado como «la experiencia gastronómica Antonluca».

Hannah había conseguido formar parte de todo eso, y lo había arruinado.

El hombre que la había observado desde la barra del bar y se había ofrecido a llevarla a casa, le había parecido una escapatoria.

Ojos grises, pelo negro y bien recortado, iba vestido con lo que debía ser ropa informal, una camisa abotonada sobre unos pantalones, pero no había nada informal en él. Quizá porque estaba claro que no era estadounidense. Esos nunca parecían tan refinados, ni tan naturalmente hermosos.

Tal y como ella lo recordaba, se había sentido atraída por él como si la tuviera atrapada en una especie de rayo tractor. Como si no pudiera resistirse.

–Pareces infeliz, cara –había dicho él cuando Hannah se había acercado para recoger otro pedido del camarero al que había considerado un amigo, pero que la trataba como si fuera un fantasma.

–¿Qué es la felicidad, en realidad? –había respondido ella, dándose cuenta después de que había sonado mucho más a coqueteo de lo que pretendía.

Tal vez porque estaba emocionada de que alguien le hablara.

Pero si esperaba que él le devolviera el flirteo, le sorprendió respondiendo muy serio:

–Para mí –había dicho, la mirada intensa, así como todo su perfecto rostro, cincelado, masculino y hermoso–, la felicidad nunca es el objetivo. A menudo se utiliza para conseguir cosas que no importan. ¿No crees? Cuando en realidad, al final, lo que recordamos es la alegría o el dolor.

Había hablado con intensidad, mirándola como si no existiera otra persona en el mundo.