SOUNDTRACK - JAVIER TIBAQUIRÁ - E-Book

SOUNDTRACK E-Book

JAVIER TIBAQUIRÁ

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Beschreibung

Esta novela urbana, filosa y conmovedora pulsa al ritmo de las calles de Bogotá. Miranda, editora freelance y conductora nocturna, intenta mantener el equilibrio entre su hija adolescente, un trabajo ingrato y un pasado amoroso que aún escuece. Pero todo cambia cuando Álex, un pasajero habitual y lector apasionado de Pessoa, desaparece misteriosamente tras un último viaje. Con el libro que él dejó en el asiento trasero como única pista, Miranda se lanza a reconstruir un rompecabezas de afectos, ausencias y fragmentos de país. Una novela de amor maternal, rock clásico, búsquedas inconclusas y silencios que gritan. En el trasfondo, la Bogotá de la posverdad, el "No" al acuerdo de paz, las redes sociales como campo de batalla y los noticieros como espejo deformado. Soundtrack es también una declaración de principios: sobre lo que significa cuidar, recordar, y sobrevivir con dignidad.

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Seitenzahl: 419

Veröffentlichungsjahr: 2025

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©️2025 Javier Tibaquirá Pinto

Reservados todos los derechos

©️Calixta Editores S.A.S.

Primera Edición Septiembre 2025

Bogotá, Colombia

ISBN: 978-628-7759-59-6

 

Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S 

Correo: [email protected]

Teléfono: (571) 3476648

Web: www.calixtaeditores.com

Directora general y editora: María Fernanda Medrano Prado 

Director de proyectos editoriales: Luis E. Izquierdo

Director de diseño y maqueta de cubierta: David Avendaño

Corrección de estilo: Jimena Torres

Primera edición 2025

Impreso en Colombia – Printed in Colombia 

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

Para quienes oyeron y oirán estas canciones conmigo.

¿cómo es un tiempo que no tiene leyes?¿dónde se guarda lo que no se tuvo?María Negroni, Andanza

La conclusión, a la que se ha llegado miles de veces, es que los colombianos seguimos embebidos en un eterno presente.

El Espectador, 24 de junio de 2013

Life’s too short to cry, long enough to try.

Helloween, «March of Time»

Now You’re Gone: lunes, noviembre 21

El Pollo hablaba como conducía.

—Repaniquiada. Eso sacaba el celular, lo guardaba, volvía a sacarlo, a guardarlo, ta, ta… Qué visaje, yo creo que se le olvidó a quién iba a llamar. Menos mal comió cuento facilito. Al final me dio hasta embarrada, pero nada, ya se me pasó.

Estaban afuera de la cigarrería de doña Isa. Miranda esperando el final del Pico y Placa, y el Pollo acompañándola.

—¿Marca? —quiso saber ella.

—Jetta, recién salido del horno. Estrenando pase, la nena. Cochobiz y todo, pero meh, las pupis no son lo mío.

—¿Y cuánto le…?

El Pollo dio un mordisco a su empanada, un sorbo a su Kola Román. De la emoción respondió sin tragar.

—Odzenta bil ducas.

Miranda le sonrió y dejó caer el cigarro en la alcantarilla. El pobre llevaba una semana con el bómper frontal roto y cosido a punta de taladro y amarras plásticas, como el monstruo de Frankenstein. Los días que no le tocaba Pico y Placa hacía turnos de dieciséis o más horas para reunir el valor del repuesto, que su patrón lo había obligado a asumir bajo amenaza de despido. Lo cierto era que, al igual que muchos taxistas de su edad, el Pollo se juraba piloto, una suerte de Rápido y Furioso para quien Bogotá no era sino una enorme pista de obstáculos —huecos, vehículos, semáforos, peatones— que debían ser superados a toda costa, pues el objetivo consistía en completar los servicios —las carreras—, en el menor tiempo posible. Más temprano, al advertir que «la nena» no tomaba las precauciones debidas en una intersección sin señales, se había procurado un choque lo suficientemente fuerte para terminar de desquiciar el bómper y, de paso, a la incauta. El resto, drama y compensación. Miranda pensó que en esta ciudad, en este país, la malicia se aplaude y su ausencia se paga. Y antes de volver a la mesa dijo algo que dos semanas después, quizá, callaría.

—Le hubieras sacado cien.

En el televisor de pared, adornado con lucecitas desde principios de mes, un reportero ojeroso le hablaba a la cámara con aire malhumorado. La voz de Diomedes Díaz reinaba en el local, así que el contenido del informe solo era comprensible a partir de las leyendas que iban sucediéndose en lo bajo de la pantalla: AVANZA REUNIÓN GOBIERNO-OPOSICIÓN. DISCUTEN NUEVO ACUERDO. PIDEN MODIFICACIONES DE FONDO. NO HAY CONSENSO. Enseguida, la previsible aparición del Gamonal, rodeado de micrófonos y celulares. Para él no hacían falta leyendas. No eran necesarias. Sus palabras eran, también, previsibles.

El Pollo deshizo el maleficio.

—¡Empanada pa’l que quiera! —entró, botella en alto—. Este pecho gasta.

Vivas, risas. A pesar de ser lunes, la cigarrería estaba llena de habituales. Uno incluso se animó a preguntar, dirigiéndose al Pollo, pero viendo a Miranda, si podía cambiar la empanada por una cerveza.

—Por tupuesto —el Pollo guiñó un ojo—, ni que estuviéramos bravos. Doña Isa, una chela para el caballero.

—¿Y el bómper? —le recordó Miranda cuando se sentaron.

—Por mucho se van treinta mil. Eigty menos tirty… sobrado. Dos estrelladas más y tolis, bómper de estrene. ¿Con cuántas completaré para una moto?

—Thousand.

—Uy, nooo…

—Se dice eighty thousand, fifty thousand…

—Ah, sisas. Pero como cierta personita no quiere enseñarme inglés.

Lo peor es que iba en serio: seguir estrellándose a propósito y aprender inglés.

*

Cuando se afilió a Uber, más o menos un año atrás, lo último que imaginaba Miranda era que acabaría simpatizando con sus principales enemigos. Desde el comienzo mandó polarizar los vidrios de Chispita —manejaba un Spark Life—, compró un tubo de gas pimienta y acomodó el horario a las tardes y las noches, aunque nunca trabajaba más allá de las diez. Salvo galanes esporádicos cuyos coqueteos neutralizaba diciendo que se había puesto al volante para costearse el tratamiento de una periodontitis o, en casos extremos, el VIH, las primeras semanas transcurrieron sin incidentes. Hasta que una noche cayó en el radar de un «bloque de búsqueda»: cuatro taxis la interceptaron frente a un parque en Ciudad Montes, minutos después de haber recogido a un pasajero. El pasajero, un tipo calcado al Eric Clapton de los noventa, cometió la imprudencia de bajarse para intentar razonar con los taxistas, que manoteaban y escupían los hijueputas protocolarios. Se le fueron encima, y al poco tiempo el buen Eric atravesaba el parque correteado por dos desgraciados mientras los otros dos caminaban hacia Chispita. Rápidamente, Miranda se inclinó sobre el asiento del copiloto para accionar el seguro, pero entonces uno de ellos la emprendió a patadas con la puerta. Y bueno… Nadie se metía con su hija ni con Chispita. A ella la unía la ceguera de la sangre; a él, la del sudor: muchas páginas había tenido que revisar solo para la cuota inicial. Echó mano del gas pimienta antes de bajarse y, temblando, apuntó la lata al segundo taxista, un calvo a lo Rob Halford que daba palmadas en el capó. Se quedó perplejo al verla. Luego la escaneó de arriba abajo y sonrió, feroz.

—¿Usted sabe que lo que está haciendo es ilegal? —dijo con un movimiento de barbilla.

—El burro habla de orejas —respondió ella, procurando estabilizar el brazo.

—Burro, mami, pero por otra cosa.

—¿El hocico?

—En la juega, Guille —dijo el pateapuertas, azorado por los chismosos que empezaban a reunirse en el andén.

—Buena, lámpara —lo reprendió el calvo, echándole un vistazo a los perseguidores de Clapton, que se le habían plantado detrás.

—No pudimos agarrarlo —informó uno, jadeante—. El pirobo se metió a una panadería.

—Abrámonos —dijo el otro—. Estamos dando mucha boleta.

El calvo le lanzó a Miranda una ojeada resentida.

—Ya tenemos la placa, ¿oye? Si la pescamos haciendo servicios otra vez, le volvemos mierda el carro.

—¿Mierda de burro?

Encajó la réplica con una serie de chasquidos. Lo hizo para distraer, ganar centímetros, y cuando Miranda cayó en cuenta ya le había atenazado la muñeca. Se retorció y, antes de que le arrancaran el tubo de la mano, presionó el pulsador con todas sus fuerzas. El calvo retrocedió entre gruñidos, tapándose la cara. Miranda quiso volver a la cabina de Chispita, pero un picor en la nariz la clavó al suelo. De pronto sintió arena bajo los párpados y brasas en la garganta. Mierda, pensó, doblándose. Mierda de burro. Ahora vendrían las arcadas, los mocos, el ardor en los pulmones. Sensaciones que no había experimentado desde sus años universitarios y que se reactivaban como los chismosos que, pasando de la inercia a la solidaridad, arremetían contra los taxistas, poniéndolos en fuga. Y en todo momento la risa bronca del tal Guille. Porque reía. El imbécil reía.

Veinte minutos después, Miranda todavía lagrimeaba. La garganta y el pecho le dolían de toser. Algunas buenas conciencias le ofrecían ramilletes de pasto o agua. Las más indignadas grababan videos del taxi que el bloque de búsqueda había abandonado durante la huida y prometían viralizarlos. A nadie se le ocurrió traerle leche, aunque tuvo que rogarle a una señora en licras que se abstuviera de darle a oler Vick VapoRub. Para zafarse, se encerró en Chispita y le pidió a uno del montón, un flaco de capucha que había aparecido tras la riña y se mantenía en segundo plano, que se quedara con ella mientras llegaba la policía. Lo pilló tan desprevenido que se vio obligado a dar un paso al frente. Cruzó cabizbajo entre los mirones y, luego de forcejear con la abollada puerta del copiloto, se instaló en el asiento trasero.

No le habló hasta que tuvo el valor de fijar la vista en ella por el retrovisor.

—Hay que ser muy bestia para arriesgarse a un linchamiento —dijo Miranda con un carraspeo.

—No podía dejar el carro botado —él miraba a los chismosos, que empezaban a dispersarse.

—Hay que ser muy bestia para dejar el carro botado.

—Alguien tenía que manejar el otro, el…

—¿De Guille?

—Todos para uno.

—Para Guille.

—El man estaba herido, tocaba sacarlo.

—Herido…

—Lesionado.

—Qué buen amigo.

—Yo pa’ las que sea.

—¿Y los demás? ¿Dónde están?

—Por ahí…

Los chismosos habían formado células que, conversando sobre otros asuntos, iban perdiendo integrantes en cada esquina. Miranda encendió el motor e hizo rodar a Chispita hasta dejarlo cerca del taxi. El pateapuertas miró a los lados y se bajó la capucha. Por esos días usaba un corte al rape, no la crestita de color variable que habría de adoptar para hacerle honor a su apodo.

—Me pica —dijo Miranda, rascándose la nariz.

—Pa’ que afine —gruñó el pateapuertas—. Ustedes nos están gusaneando el trabajo. Peleamos por lo que es nuestro, sss.

—¿Peleamos? Fuiste el único que volvió…

Él se escurrió en el asiento, sorprendido por el tuteo.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora —dijo ella, reprimiendo un estornudo— me invitas un yogur.

—¡Oigan a mi tía!

—Debería cobrarte los daños, pero es obvio que te vas a negar y qué mal tener que ir a tu empresa, armar problemas… Además no quiero lidiar con policías ni irme para la casa y que mi hija me vea en este estado. Le daría argumentos al papá. Entonces, yogur. Trocitos de melocotón, sin lactosa.

El pateapuertas solo tenía que halar la manija y recorrer los dos o tres metros que lo separaban del taxi.

—Ish.

—Un yogur y en paz, ¿okey?

—¿A lo bien?

—Sí.

—O… key.

Miranda se había vuelto hacia él.

—Apúrate.

—Ya, ya.

Así conoció a John Fredy, alias el Pollo: crédulo, leal y, sobre todo, tan optimista como de malas.

—Ay, parce —se quejó al meterse en el taxi—. Se me tumbaron la tablet. Qué inseguridad tan berraca.

*

Las leyendas resumían el parte final sobre la salud del Nobel: POSITIVO RESULTADO DE EXÁMENES. NO HAY MASA TUMORAL NI METÁSTASIS. RECOMIENDAN MEDICAMENTOS Y SESIÓN ÚNICA DE RADIOTERAPIA. NO AFECTA FUNCIONES COTIDIANAS.

Con un ojo en el televisor y otro en la clientela, doña Isa comentó que el Gamonal y sus partidarios debían de estar rasgándose las vestiduras. No le faltaba razón. Hubo un tiempo en que el Nobel y el Gamonal fueron aliados, hasta que el Nobel, que a la sazón no era Nobel, ocupó el lugar del Gamonal y le dio la espalda. Ahora no podían verse ni en pintura, pero sus continuos pulsos mediáticos habían obrado el milagro de dividir, todavía más, a una de las naciones más felices del mundo según la encuesta anual de la Gallup.

El Pollo se limpiaba los labios con una servilleta transparente de grasosa. La noticia le resbaló.

—Si estaba aprendiendo a manejar, para qué se compraba un carro nuevo. Es que también…

—Mucha bruta, ¿no?

—Sorry, Mir.

—Y baja esa mano. El que quiera más empanada o cerveza, que la pague.

De vez en cuando era necesario hablarle con sonsonete. Para marcarle desatinos o recordarle que lo que creía sentir por ella no era amor sino capricho, fantasía pura y dura, más dura que pura, la clásica atracción hacia una mujer que, en efecto, podría ser su mamá.

Se hacía llamar Miranda, pero ese no era su nombre verdadero, que odiaba más que sus orejas y probaba que la torpeza onomástica le venía de familia. Había escogido Miranda por su sonoridad aunque nadie, salvo una prima flowerpowery el trío amarillo, la llamaba así.

El presentador del noticiero, un molde de elegancia y profesionalidad, lo hizo todo bien. Casi todo. Miró a segunda cámara cuando correspondió, emparejó las yemas de los dedos y frunció el ceño justo en el momento en que apareció la nueva leyenda, que se alternó con otra por espacio de minuto y cacho: INTERRUMPIÓ ENTREVISTA PARA HACER DENUNCIA. SU HIJO, DESAPARECIDO DESDE EL VIERNES. Sin embargo, se le escapó una sonrisa al terminar de leer sus líneas en el teleprónter. Miranda vería la repetición muchas veces a lo largo de los años, pero no encontraría motivo distinto de la costumbre: en el siguiente segmento, una mujer salida de la nada le rapa el micrófono a un reportero mientras este se esfuerza por extraer opiniones de un anciano remilgoso. En su desesperación, la mujer se explaya con el anciano, no con el reportero, que le hace tijeras al camarógrafo. Corte y plano medio de ella, el rostro crispado, micrófono en mano, pues no ha querido o no ha podido soltarlo. Y entonces, los dos rótulos estremecedores.

LIRIAN ROZO

MAMÁ DE ALEXANDER

Lirian Rozo.

Alexander. Rozo.

—¡Volumen! —gritó, enderezándose en la silla, pero cuando doña Isa empuñó el remoto, ya el tiempo de la nota se había agotado y la pantalla centelleaba con imágenes de deportistas bebiendo Gatorade para recobrar los electrolitos perdidos.

El Pollo puso una mano sobre la suya.

—¿Qué fue, Mir? —le preguntó, los ojos alzados hacia el televisor.

—Nada —ella corrió la mano—. Me pareció ver a alguien.

—¿A quién?

—No era.

—Ish…

—Mejor… me voy para el apartamento.

—¿No vas a darle otro ratón? Ya se acabó el Pico y Paila.

—Tengo el estómago como revuelto. Sobredosis de café, creo…

El que no creía era él, pero aun así le siguió la corriente.

—No jodás, y yo cuadrando francachela con Flavio y Malujo en La Azucena. Toca cancelar.

—¿Mañana?

—Todo bembi, reprogramamos. ¿Necesitas escolta?

—Tranqui.

—¿Shur?

—Shurísima.

El Pollo se rascó la frente y aprovechó el impulso para verificar la rigidez de su cresta. Luego miró en torno, sacó su billetera con cierre en velcro y le alargó tres billetes de veinte mil.

—Guárdame, plis.

—¿Y eso?

—Para el repuesto. Por aquí ya me están haciendo ojitos de miel.

—Dame.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Confía en mí. Como dice el viejo Wisin, estoy muriendo, agonizando a fuego lento.

Miranda se inclinó hasta quedar hombro a hombro con él.

—Velcro, Pollito —le dijo al oído—. Billetera de velcro. Ya sé qué voy a regalarte de navidad.

—Ushhh. Las de cuero son pulidas, pero se les sale la plata.

Le dio un beso en la mejilla, se levantó y, despidiéndose de doña Isa, salió a la calle. Por una vez no tuvo que aguantarse el manoseo ocular de los clientes en las otras mesas porque casi todos se habían quedado enganchados al televisor afónico. Siguió la visual colectiva con la esperanza de que el noticiero hubiera retomado donde lo había dejado, pero enseguida comprendió que se trataba de una cuestión mucho más importante.

JAMES, EN CONVOCATORIA PARA ENFRENTAR AL SPORTING

*

La mujer estaba bocarriba. Llevaba un vestido morazul y un antifaz de carnaval. Tras concluir que el asesino había huido por uno de los balcones del palacio, el cazador, algo así como un hípster medieval —barba y pelo blanco recogido en una coleta alta—, se lanzaba en su búsqueda.

—Ya pasaron diez minutos.

—Pera, pera…

—Si mañana te deja la ruta, no puedo llevarte.

—Otros diez, porfis. Mira que lavé la loza y le cambié la arena al gato.

—No vamos a comprar gato.

—Por eso. Diez más y supero el trauma.

El cuarto más pequeño del apartamento era el estudio. Apenas cabían un escritorio compartido, un mueble de biblioteca y un canasto de ropa. Aunque Miranda se esmeraba en nutrirlo con libros de bolsillo y revistas National Geographic, Andrea empleaba la mayor parte de sus horas libres jugando. En el fondo se alegraba, no de que no fuera una lectora empedernida, sino de que a sus catorce años no se pasara el tiempo pidiéndole permisos o fabricando mentiras para irse a patear calles, a exponerse a la ciudad y a las hormonas, propias y ajenas. Por lo demás, Andrea estaba lejos de ser un bicho raro. A diferencia de Miranda, que a los catorce defendía con uñas y dientes la burbuja espesa que había levantado a su alrededor, en parte porque ya había escogido el rock como pose vital, en parte porque la Bogotá de finales de los ochenta, lo mismo que la actual, estaba cundida de predadores.

Se alegraba, pero también sabía que no faltaba mucho para que su hija se abriera a lo desconocido. Cuando ese día llegara, Miranda tendría que resignarse a esconder el rabo de paja entre las piernas y cruzar los dedos con la ilusión de pasar menos disgustos que los que, de adolescente, le había hecho pasar a su familia.

De pronto, Andrea dio un respingo que hizo crujir la silla giratoria.

—Ma-ri-ca…

—¡Hey, hey!

—¡La lamia de «A Night to Remember»!

—¿La qué de qué?

—La vampira del tráiler…

Una bella pelirroja con aspecto de aristócrata le había cortado el paso al cazador, que llevaba un rato saltando de balcón en balcón.

—¿Esa maniquí?

—Y sale hasta la segunda expansión. Qué tesos.

Miranda tardó algunos segundos en comprender que se refería a los diseñadores del juego.

—Pilla —dijo Andrea, abriendo una pestaña en el navegador; quería enseñarle el tráiler.

—Ahora no.

Andrea rotó sobre la silla y se trazó con el índice una lágrima invisible. Entonces reparó en el libro que su mamá sostenía bajo el brazo.

—Fernando —ladeó la cabeza—. Pe… Pes…

—Pessoa.

—¿Brasileño?

—Portugués. Te gustaría, es una antología bilingüe.

—Ya… ¿Quince?

—Diez.

Volvió a trazarse una lágrima, más sinuosa, y soltó un maullido.

Miranda fue a leer a la sala. Le irritaba el comportamiento de Andrea, pero no tenía ganas de discutir con ella porque eso derivaría en una discusión con Sergio. Había accedido a que le regalara aquel armatoste para gamers, más parecido a una nave espacial que a un portátil, bajo la condición de que supervisara los títulos a que Andrea podía acceder mediante un filtro parental. Pero el muy sonso le daba todo lo que pedía, obviamente influido por Íchel, entusiasta de las narrativas transmedia, la ludología y de hacerla quedar mal si se le presentaba la oportunidad.

Resumiendo: Íchel y Sergio eran matrimonio. Íchel odiaba a Miranda porque había estado casada con Sergio y porque de esa relación nació Andrea, a quien, no obstante, quería como si fuera suya. Miranda sospechaba que Íchel era estéril, pero nunca había podido comprobarlo.

Y aunque en las tardes-noches conducía para Uber, durante el día trabajaba en el apartamento. Editora freelance. Su especialidad eran los contenidos escolares para la enseñanza del inglés. Dos oficios en apariencia disímiles, pero que no respetaban horarios ni fines de semana, producían ganancias irrisorias, exigían flema ante la estupidez e iban minando la salud. Como la mayoría de los oficios.

Para cuando Andrea se fue a la cama, no habían pasado diez minutos, sino más de una hora. No era que Miranda hubiera perdido la noción del tiempo hechizada por la poesía de Caeiro, Campos, Reis y Pessoa, fabricante de los otros y de sí mismo. Simplemente leía y releía en desorden, saltando de aquí allá sin terminar estrofas, sin comparar originales y traducciones, enfocándose solo en las páginas que contenían versos subrayados o encorchetados a lápiz.

¿Qué sé yo de lo que seré, yo que no sé lo que soy?

porque quien ama nunca sabe lo que ama

ni sabe por qué ama, ni lo que es amar…

La vida…

Blanco o tinto, es igual: solo es para vomitar.

Los señalados no eran suyos. La antología tampoco, pero había estado tres días en la guantera de Chispita.

Dejó el libro sobre la mesa de centro y fue a su cuarto. Pasó la siguiente media hora cepillándose los dientes, limpiándose la cara, empiyamándose, mirando tejados pardos y destellos en algunas ventanas. Regresó a la sala y encendió el televisor. Buscó la última emisión del noticiero, exasperada por la lentitud del control remoto, y se dejó caer en el sofá.

No tuvo que esperar mucho. La emisión era un revoltijo de cápsulas. Una de ellas fue la de Lirian Rozo. Al principio creyó que se trataba de la misma versión que había visto en la cigarrería de doña Isa, con el agregado de que ahora podía oír la voz fracturada de aquella mujer de pelo corto y ojos congestionados que se aferraba al micrófono del reportero como a un ídolo salvador. Pero entonces surgió en mitad de la pantalla una foto que había pasado por alto la primera vez y, con una vaga sensación de náusea, se llevó los codos a las rodillas, las manos a la boca. Luego de un instante se deslizó hasta el borde del sofá. Abrió la antología, leyó la dedicatoria en la primera página, tres renglones en una hermosa caligrafía verde, y sintió ganas de llorar.

Para Álex,

muy feliz de encontrarte.

Con cariño, D.

No sabía quién era D., pero conocía a Álex. Alexander Rozo, el muchacho de la foto. La antología era de él: la había olvidado en el asiento trasero de Chispita la noche en la que, según el noticiero, desapareció. Miranda lo había encontrado la mañana siguiente mientras aspiraba la cojinería y lo había puesto en la guantera porque estaba segura de que Álex volvería a llamarla.

Porque según Álex, ella era su conductora favorita.

*

La primera vez fue en octubre, días después de que triunfara el No. Eran las cuatro de la tarde cuando estacionó en la esquina de la 40 con Esperanza, frente al asadero de pollos diagonal a la estatua de Jaime Garzón. Su pasajero, un melenudo de bluyín, camiseta y morral, salió del asadero trotando, como si lloviera, y tuvo que encorvarse para alcanzar la manija.

—¿Alexander?

—Hola…

—Miranda.

—Ah, aquí dice…

No se le ocurrió otra cosa que pegarse al pito para evitar que pronunciara su nombre, el espantoso. Una señora que aguardaba por el cambio de semáforo chilló, sobresaltada.

—Miranda —insistió.

Él hizo un guiño cómplice.

—Mucho gusto —dijo, descolgándose el morral.

Tardó un minuto en instalarse. Como sus rodillas chocaban con la guantera, metió la mano entre las piernas y, al hallar la palanca, se impulsó hacia atrás con tan poco cuidado que Miranda pensó que había desquiciado el asiento. Luego liberó la tranca lateral para ajustar la inclinación del respaldo. Sin prisa, se llevó la cola de caballo a un lado e hizo girar la manivela de la puerta hasta dejar la ventanilla a la altura que quería.

Ella lo miraba.

—Cinturón, por favor.

—Uy…

Normalmente se habría fastidiado, pero el melenudo tenía lo que se decía estrella. No eran solo su estatura y sus rasgos —ojos y labios grandes, barba cerrada, lunar en la mejilla, pelo crespo con visos claros—, aunque estuvieran por encima de la media. Era, además, el magnetismo de quien parece verlo y hacerlo todo por primera vez.

En lo que se abrochaba el cinturón de seguridad, Miranda consultó el aplicativo. Destino: el Tintal.

—Me bota por Las Américas —dijo.

—Es la mejor ruta —respondió él, dando golpecitos en el techo—. No ha empezado el trancón.

Miranda arrancó y, tan pronto cruzaron la Esperanza, subió el volumen.

So maybe we could turn back the hands of time,

maybe we could give it another try

one more time.

—Upa.

—¿Te gusta?

—Whitesnake, ¿no?

—Sí.

—Voladísimo.

Acababan de superar la carrilera. Al tomar Las Américas Miranda notó, por el rabillo del ojo, que el melenudo sonreía.

—Un amigo dice que Whitesnake es la banda que tiene más canciones con «love» en el título —dijo, cogiendo los muslos de batería; hablaba recargando las eses, como un locutor o un bohemio.

—¿Dato oficial o cuenta alegre? —preguntó Miranda, sonriendo a su vez.

—Cuenta alegre. Remetalero, aunque a este man lo respeta. Debe ser por Deep Purple…

—¿Y tú?

—Qué.

—¿Metalero?

—Nah, me aburre vivir de una sola manera.

Miranda asumió la respuesta como una promesa de charla que no prosperó: el melenudo permaneció chateando el resto del viaje. Ella no era particularmente sociable mientras conducía, menos con hombres, pero, lo intuía y lo comprobaría después, su pasajero era uno de esos que cargan con el don, o la desdicha, de ir por la vida protagonizándolo todo.

Cinco canciones más tarde dejaban atrás el centro comercial y la biblioteca pública, antigua planta de tratamiento de basuras, que marcaban la entrada al Tintal. En menos de veinte años, el sector había pasado de un brote de conjuntos residenciales a una ciudadela interminable de la que era difícil salir en horas pico. Afortunadamente el conjunto donde vivía el melenudo no quedaba en lo profundo del laberinto, pero Miranda perdió minutos completando los ochocientos de vueltas que no había querido dejarle de propina. Curvaba el tejido del universo, pero era un tacaño.

Estaba rascando el monedero, rumiando una venganza en forma de calificación dos estrellas, cuando timbró su celular.

—Soy yo —dijo él—. ¿Guardas mi número?

Lo miró asombrada.

—¿Perdón? —respondió, dudando entre morderse el labio o estirar la mano hacia uno de los portavasos, donde camuflaba el gas pimienta entre un viejo comparendo enrollado.

—Dale —insistió el melenudo.

—Te estás como equivocando…

—No, no, solo quiero saber si puedes volver a recogerme uno de estos días. Es que es bacano viajar con buena música, siempre me tocan manes en plan Candela, Tropicana, La Mega…

Abrazó el morral.

—No me interesas —agregó—. Te lo juro.

(Eso dolió.)

—Por mi mamá.

(Eso la puso a dudar.)

—A ella… tampoco le gusta su nombre.

(Eso la convenció.)

—No trabajo después de las diez —dijo, entregándole las vueltas.

—Vale.

Cerca de la portería, no tanto para que la vigilancia lo ahuyentara pero sí para que los residentes tropezaran con él, un vendedor de aguacates ofrecía su producto. El melenudo se bajó sin acomodar el respaldo del asiento, le dedicó un pulgar alegre al vendedor y asomó la cabeza por el marco de la ventanilla, que tampoco se había molestado en subir.

—Entonces hasta la próxima, Miranda.

—Hasta la próxima, Alexander.

Él sonrió.

—Álex, para los amigos.

Y se alejó trotando, como si lloviera.

Dream of Mirrors: martes, noviembre 22

La despertó el taconeo en el piso de arriba. Como era costumbre, la vecina iba de aquí para allá abriendo y cerrando puertas, gavetas y grifos. Nunca se acostaba antes de la medianoche, pero se levantaba a las cinco y media en punto, tras lo cual iniciaba una rutina que duraba casi dos horas y estaba dividida en cuatro fases: bicicleta estática, inodoro, ducha, alboroto. Durante esta última a Miranda le entraban ganas de emprenderla a escobazos con el techo para que le mermara al ruido. No la conocía de vista, pero su trajín mañanero, su afición por la música electrónica y los crujidos de su cama los fines de semana habían conseguido que la despreciara, quizá porque la imaginaba joven, sin mayores preocupaciones.

Puertas, gavetas, grifos: alboroto.

¡Alboroto!

Se levantó de un salto y, calculando que serían entre las 7:00 y las 7:30, salió del cuarto furiosa consigo misma por no haber programado la alarma. La primera emisión del noticiero estaba a punto de terminar y ahora debía esperar hasta el mediodía para enterarse de alguna novedad relacionada con la desaparición de Álex. Por si fuera poco, al pasar delante del cuarto de Andrea vio que la puerta seguía cerrada. Entró sin golpear y la encontró durmiendo a pierna suelta. La imagen le provocó una sensación de orfandad: su hija, ajena al mundo, a ella. Hacía mucho tiempo que no la contemplaba desde allí, desde el umbral, y le pareció que de la noche a la mañana se había transformado en un acertijo indescifrable. Tal vez siempre lo había sido. La verdad era que, si no se sintiera como una estúpida haciéndolo, en ese momento habría elevado una plegaria para que Andrea durmiera así todas las noches de su vida: a pierna suelta. Se descubrió sonriendo y endureció la expresión: el papel que debía representar no era el de mamá en comercial de pañales.

—¡ARRIBA!

Mientras Andrea se daba un duchazo de pájaro, Miranda llamó a Malujo y preparó el desayuno, trozos de papaya, chocolate, galletas con mermelada. Pésima elección: Andrea comió en tiempo récord, pero se demoró una eternidad cepillándose los dientes. Cuando regresó a la sala, el taxi de Malujo llevaba un rato estacionado en la bahía para visitantes del edificio.

—Te lo advertí —dijo Miranda, deslizando sobre la barra de granito uno de los billetes que le había dado el Pollo—. No puedo salir, tengo trabajo.

—No parece —Andrea la miraba enfurruñada.

—A partir de hoy, no más juegos entre semana.

Se puso rígida, como si estuviera a punto de llorar. En vez de eso lanzó un vehemente fuck sordo porque le importaba dejar claro cuánto repudiaba el autoritarismo materno, y se fue sin coger el billete ni despedirse. Miranda pensó que daría un portazo, pero prefirió limitar los daños. Chica astuta.

Abrió la puerta corrediza del balcón, donde permaneció hasta que Andrea se metió al zapatico de Malujo: un Chispita en versión amarilla, de los que, en pleno siglo veintiuno, todavía circulaban por las calles sin bolsas de aire ni ABS, pues el decreto que los regulaba no había entrado en vigor. Andrea se subió al carro de tan mala gana que lo hizo tambalear. Antes de darle arranque, Malujo se inclinó sobre el volante. Decir que intercambiaron miradas sería exagerar porque Miranda vivía en un octavo piso y Malujo era la campeona de las miopes. Tratándose de afanes, el Pollo o Flavio eran mejores opciones, pero no los quería cerca de Andrea, al primero por coqueto y al segundo porque no perdía oportunidad de captar ovejas para su iglesia.

JUSTIN BIEBER ENTRENÓ CON LAS ESTRELLAS DEL BARCELONA. En efecto, los coletazos del noticiero prefiguraban la ordinariez del matutino que lo seguía en la parrilla de programación. Miranda apagó el televisor con un pinchazo de culpa, fue por el celular y abrió WhatsApp: la última actividad de Álex había sido, continuaba siendo, a las 11:48 p.m. del viernes. Le marcó una vez más, pero las llamadas se iban directo al buzón. Consultó el historial: se había quedado dormida a las 2:07 de la mañana, tras once intentos fallidos. Por eso olvidó programar la alarma. Antes había pasado dos horas escudriñando el perfil de Álex en Facebook —no pudo localizar sus cuentas de Twitter o Instagram—. Hallarlo había sido relativamente fácil a pesar de los homónimos, y tuvo suerte de que Álex no le aplicara demasiados filtros de seguridad. Le sorprendió descubrir que estudiaba en la Nacional, su universidad, tema que no había surgido en ninguna conversación. Después estuvo un rato examinando los álbumes. Como a casi todos los jóvenes, le entusiasmaba la fotografía, y como casi todos, era bastante bueno. Se inclinaba por los saturados y las tomas en blanco y negro. Una niña de unos diez años y un gatito cuyos ojos celestes harían suspirar a Andrea, eran sus modelos predilectos. También le gustaban el fútbol, la cerveza, los insectos y el anime. Cero fotos de la época colegial y solo una de cuando tendría cinco o seis años, en brazos de su mamá, que entonces no llegaría a los veinticinco: Álex era rechoncho y feo; ella, en cambio, bellísima, muy distinta de la mujer ceniza que, empujada por el dolor, le había arañado un minuto de oro al noticiero en horario triple A. En cuanto a las publicaciones, estaban compuestas por anuncios sobre economía solidaria, tráileres de películas, memes filosóficos y artículos de prensa que lo divertían o le amargaban la bilis, aunque también se enfrascaba en discusiones tontas que iban desde los patinazos de su amado Millonarios hasta si Death Note era o no superior a Cowboy Bebop. A lo largo de julio, agosto y septiembre, Álex había plagado su muro de videos y notas relacionadas con la situación del país, llegando incluso a criticar a sus amistades por darle cincuenta y siete «me gusta» a una foto del gato ojiazul, y ninguno a un PDF referente al origen y la evolución del conflicto armado, que había compartido bajo un áspero «Infórmense antes de votar». Años después, al leer los periódicos o escuchar algún boletín radial, resonaría en Miranda la síntesis de decepción que Álex posteó el día que triunfó el No: «No somos Macondo. Somos Comala». Esa, sí, con varios likes.

Pessoa y ella habían entrado en su vida al poco tiempo. Una certeza que tomó forma cuando Miranda cotejó las publicaciones más recientes con los versos señalados en la antología. Estos habían adquirido un protagonismo casi obsesivo en el muro de Álex, que al parecer los transcribía allí a medida que iba marcándolos a lápiz sobre el papel. Todo indicaba, sin embargo, que se había cansado rápidamente y enfocado solo en la lectura. Ahora Miranda tenía el libro en su poder y además había sido, si no la última, una de las últimas personas en ver a Álex antes de que desapareciera. Ese fue el origen de su propia obsesión.

Como faltaban cuatro horas para la siguiente emisión del noticiero, se duchó y se encerró en el estudio con la idea de llenarlas revisando un material pendiente: el manuscrito de un proyecto de aprendizaje-servicio, APS lo llamaban en la editorial, que guiaba a estudiantes de décimo grado en el diseño y la realización de un curso de inglés básico para el personal de labores generales de su colegio. Una propuesta rica en posibilidades, pero mal ejecutada por el autor, que durante dos semanas se había dedicado a ignorar o refutar sugerencias en vez de aplicarlas. Miranda se sentó al escritorio y observó su reflejo en el vidrio oscuro de la pantalla. Con cuarenta y un años se veía menor que Lirian Rozo, de quien debía ser contemporánea a juzgar por la foto que había visto en el perfil de Álex. Las morenas, pensó, tenemos la ventaja de que las arrugas aparecen tarde. Sacudió la cabeza, molesta con la frivolidad, y se recordó que desde hacía años se teñía las canas, que se le estaba empezando a desinflar lo desinflable y padecía de un colon ya no irritable sino directamente energúmeno.

Cuando rozó el botón de encendido, la pantalla se iluminó al instante; el portátil había estado en reposo toda la noche con un video listo para reproducir: A Night to Remember. La clasificación del contenido y la lista de advertencias no podían ser menos disuasorias.

Mature 17+

Blood and gore

Intense violence

Nudity

Strong language

Strong sexual content

Use of alcohol

El APS podía esperar.

*

La acción comienza de noche, con la pelirroja aristócrata canturreando una melodía infantil cerca al banco de un río cuyas aguas reflejan, no obstante la bruma, el sello lunar. Al otro lado del río, la ciudad, pongamos que feudal, duerme. O calla. La pelirroja la contempla y luego se agacha a recoger una muñeca de madera y tela que ha quedado en el suelo, entre pequeñas acumulaciones de nieve. De pronto oye, a su espalda, la voz del cazador, pero no luce sorprendida; se diría que ha estado esperándolo. En medio de una conversación estándar, expeditiva, que al ser esta una animación por computadora cada segundo vale un dineral, la mujer se vuelve hacia el cazador: se suelta el pelo, deja caer su capa aterciopelada, empieza a desabotonarse el vestido. Entonces, al final de una frase amenazante, distorsiona la voz, y cuando ya asoman sus senos, se esfuma y pasa como una exhalación junto al cazador para luego esconderse en un granero próximo. Antes de ir tras ella, el cazador ingiere un brebaje que le tiñe las venas del cuello, enciende sus ojos felinos y lo hace derramar por la nariz una gota de sangre que escalda la tierra. Nada más entrar en el granero, el dije plateado con forma de cabeza de lobo que le cuelga al pecho vibra frenéticamente, y el cazador se lleva la mano libre —la otra empuña una espada— al cinto, de donde desengancha lo que parece ser una granada de cristal llena de escarcha. Todavía avanza unos pasos, cauteloso, hasta que un crujido y un rastro de polvo que se desprende de una de las vigas del techo le indican la ubicación exacta: allá va a dar la granada con un estallido pirotécnico y ahora el cazador puede seguir los movimientos de su rival, que, invisible pero bañada en escarcha, se precipita hacia él. Inicia un combate repleto de chischases, quiebres, puñetazos y rugidos, y la mujer vuelve a materializarse. Pero ya no es la aristócrata, es una vampira huesuda aunque muy fit, los codos filosos, el pelo revuelto, colmillos del tamaño de falanges. Un ente maléfico que, aprovechando el factor sorpresa, hiere al cazador en las costillas —muy fuerte, su garra penetra con facilidad la cota de malla— y evita un contraataque letal desvaneciéndose por segunda vez. Aturdido, el cazador pierde la referencia de la escarcha. Apenas si logra conjurar un campo protector antes de que lo aplaste una carreta lanzada con alevosía desde la penumbra, otro ardid para distraerlo. Funciona, porque la vampira consigue despojarlo de la espada, le da una paliza y, apareciéndole por detrás, le hunde los colmillos en el cuello. Sonríe ella con sus fauces ensangrentadas y sus ojos lucíferos —azules, como los del gato de Álex—, arrogante. Pero enseguida advierte que algo no anda bien. Algo emponzoña sus entrañas. El líquido negro que recorre las venas del cazador, claro. Ah, cazador marrullero. Y aquí se invierten los papeles: el cazador le descarga a la vampira una bola de energía que la estampa contra una columna de madera, arrancándole un quejido de perplejidad. Rabiosa, se incorpora y lanza un ataque desesperado, excesivamente frontal. El cazador, que ha recuperado el arma, esquiva su zarpazo con un recorte de torero para, luego de tajarle la extremidad y girar sobre sí mismo, cruzarle el pecho con un sablazo que la hace dar un rollo en el aire. La siguiente es una escena perturbadora: la vampira huyendo a rastras del granero mientras el cazador le dispara una flecha de ballesta. Ah, cazador artero. Segunda flecha, la definitiva. Y en tanto él suelta la ballesta y toma del cinto un gancho para colgar carne, se oye de nuevo la melodía infantil, ambiental ahora, pues no tendría sentido que la mujer se pusiera a cantar, mutilada, banderilleada y agonizante como está. Mujer, no vampira, porque cuando al cazador lo abandonan las fuerzas y se desploma, ella ha recobrado el aspecto humano. Escarcha, sangre, veneno y una lágrima. Fundido a negro, epílogo: el cazador vuelve en sí y a su lado encuentra un despojo calcinado por el sol matutino, las cuencas como abismos. Se pone de pie con dificultad, va por su alazán y cabalga en dirección a la ciudad.

De las advertencias le quedaron debiendo los putazos, el alcohol y el contenido sexual, a no ser que interpretara el brebaje como potenciador y la lucha cuerpo a cuerpo como alegoría carnal, de la que la hembra salía destrozada y el macho renovado, listo para otro día en la oficina. En esencia, concluyó minimizando la ventana del navegador, el espectacular universo que fascinaba a su hija estaba poblado de clichés mojigatos y hasta medrosos. Porque para acreditar el verdadero poder de la pelirroja, y con ello la facultad para liquidarla, habían recurrido a una desnudez monstruosa, pero todo el tiempo difuminaron sus pezones y su vulva.

*

Sergio llamó a las diez.

—Sophie dice que no le has enviado el APS.

—El autor no quiso hacer correcciones. Tuve que asumirlas yo.

—¿Cuánto te falta?

—Mañana lo envío. Promise.

—Negra, tú sabes cómo es esto. Si le sigues incumpliendo a Sophie, no acaba a tiempo y se nos friegan las vacaciones.

Sophie era una treintañera sin criterio, más preocupada por ascender en el escalafón que por editar bien. Experta en tercerizar, adoraba el Bon Bon Bum y los top diez, repetía sentencias pomposas que sacaba de un servicio de resúmenes gerenciales pagados con la tarjeta de crédito corporativa, tomaba leche de almendras, vibraba alto, y así. Sergio le tenía ojeriza, pero como aparentaba ser un líder cool seguía dándole oportunidades y afrancesando su nombre, aunque se llamara Sofía y fuera la jefa del área de inglés.

—No soy incumplida —protestó Miranda.

—No «eras» incumplida —la rectificó Sergio—. Pero desde que andas metida en esa vaina…

—Cuál vaina.

—Uber.

—Di la verdad. Tú lo que no quieres es que «Sophie» le vaya con más cuentos a tu esposa.

—No quiero que se diga que tengo preferencias.

—¿Y no?

Se quedó callado, supuso, atusándose la barba rala con que cubría las huellas del acné. Sofía no quería a Miranda porque Sergio presionaba para que la contrataran, y Sergio no quería a Sofía porque le había causado más de un disgusto con Íchel, de quien se hiciera amiga en un evento de endomarketing al que los colaboradores de la editorial habían ido acompañados de sus parejas. Era relativamente nueva, pero conocía el radio pasillo de la historia entre Sergio y Miranda. Eso y codearse con Íchel habían despertado en ella tal solidaridad interesada que se propuso excluir del listado de freelancers de la empresa a Miranda. Pero como la reputación laboral de esta era impecable —a la personal no le cabían desprestigios—, tuvo que conformarse con ejercer de espía, pues estaba segura de que, quince años después, aún le calentaba el oído a su jefe.

Porque para Sofía y muchos otros, Miranda era la villana de esa historia. Acababa de cumplir veintitrés cuando, superadas las pruebas y entrevistas de rigor, la editorial la empleó como editora junior. Los celulares tenían teclas, el mundo albergaba dos mil millones de almas menos y Sergio acababa de celebrar un lustro al frente del área educativa. Durante un par de años, su voz gruesa y sus ademanes impostados le resultaron indiferentes, no porque fuera un hombre de mediana edad o jefe de su jefa —la antecesora de Sofía—, sino porque Miranda estaba enfocada en cogerle el tino al oficio y resolver la contradicción entre sus ideales provenientes de la universidad pública y el pertenecer a una organización privada para la que la educación era, ante todo, fuente de lucro. A la postre, acorralada por las deudas —se había ido a vivir sola a los seis meses de firmar—, aprendió a desentenderse de los modos comerciales y se escudó tras el contentillo de que, en cualquier caso, miles de niñas y niños se formaban con los libros que editaba. Un mantra que le permitió seguir integrando la maquinaria sin remordimientos, infiltrando de vez en cuando, en alguna que otra página, actividades a contracorriente, tímidos mensajes inconformes dirigidos a quienes pudieran descodificarlos.

Había, sin embargo, algo en lo que Sergio y ella coincidían: detestaban la comida del casino. Todos los días almorzaban fuera de la oficina, cada cual por su lado y con sus respectivas compañías. Un día se encontraron en el mismo restaurante, solos, y la charla fue tan amena que hicieron de la casualidad un hábito. Ocho meses después Miranda se mudaba al apartamento de Sergio en secreto, pues las relaciones sentimentales estaban prohibidas por las directivas de la empresa. No importó; se creyeron capaces de ocultarlo. Pero ¿cómo se oculta un concubinato? Las llegadas o partidas juntos, los deslices, las miradas de más, los encuentros fortuitos con colegas en horario no laboral… Poco a poco los rumores fueron enrareciendo el ambiente. Las indirectas salpicaban los descansos y las rondas de las psicólogas se multiplicaron. Una tarde los convocaron a la oficina de recursos humanos y allí, superados por la moralina, aceptaron cargos y acordaron que Miranda debía renunciar: tenían planes, y el salario de Sergio era tres veces mayor.

No llegaron al aniversario. Miranda era, quizá, lo que Sergio esperaba en la mesa y en la cama, pero no en la cocina ni en el baño. Para colmo roncaba, y aplastaba la crema dental por la mitad, y fumaba, y colgaba las tangas en la ducha, y la aburrían Hitchcock y Wilder, a quienes él veneraba. Sin haber terminado de afirmarse, sin haber compensado diferencias y necesidades, Miranda tuvo que regresar con su familia. No sabía que estaba embarazada; lo supo luego, justo cuando las malas lenguas le contaron que Sergio pasaba ya el trago amargo con otra: Íchel, una brillante dama bien que no hacía mucho se había vinculado a la editorial como publisher de literatura y que, en su condición de activo estratégico, era inmune a los estatutos empresariales que a Miranda la habían puesto en la calle. No le constaba que aquella relación hubiera provocado su ruptura con Sergio, pero igual se sacó la espina: no reveló el embarazo hasta bien adelantado, forzando a los tórtolos a cancelar boda y luna de miel. A Sergio le tomó seis meses que Íchel lo perdonara y otros seis que le permitiera girarle a Miranda una pensión fija, sin litigio de por medio. Entretanto, Íchel se encargó de difundir en la empresa, con ayuda de sus aduladores, mentiras sobre su rival, pintándola como una chiflada que se había hecho embarazar a fin de retener a un hombre que ya no la amaba. Sergio brilló por su silencio, pero se aseguró de que Miranda continuara recibiendo contratos como proveedora externa. Trabajó sin descanso para afianzar su posición y, cuando Íchel cambió de horizontes —renunció para convertirse en una exitosa gestora cultural que con el tiempo habría de llegar a la mismísima subdirección del Instituto Nacional de las Artes— y los buenos resultados en ventas hicieron de él un intocable, purgó el área editorial de cuantos soplones y lamebotas consiguió rastrear. Sofía era la última de una larga lista de colaterales, víctimas de una antigua revancha que, lejos de beneficiar a Miranda, había alimentado su fama de neurótica y manipuladora por cerca de quince años.

—Y para que sepas, «este» retraso también tiene que ver contigo —dijo, rompiendo el silencio.

—Qué, ¿no puedes editar porque Andre acapara el computador? —tradujo Sergio.

—Ah, ya hablaron.

—Dos veces. Y me ha mandado un millón de mensajes.

—Es adicta a los juegos.

—No exageres, Negra. Tienes el aparato a tu disposición prácticamente todo el día.

—No me llames Negra.

—¿Y cómo te digo? ¿Miranda?

—¿Íchel sabe que sigues con tus confiancitas?

Sergio resopló.

—A cualquiera se le pegan las cobijas. ¿No crees que se te fue la mano con Andre?

—No.

—El otro fin de semana hablo con ella.

—El castigo se mantiene.

—¿Qué más quieres que haga? Pasa sola las tardes y noches, mientras la mamá anda de…

—¿De?

—Chofer, carajo.

Sergio no perdía el control con frecuencia. Las menciones a Íchel lo ponían nervioso.

—¿A quién se le fue la mano ahora? —dijo Miranda.

—El tema Uber me preocupa.

—Sergio…

—Si lo que necesitas es que te suba la mensualidad…

Por un segundo Miranda visualizó su narizota enrojecida y sus ojos inflamados por el gas pimienta.

—Vete a la mierda.

*

Pasó el resto de la mañana de mal humor, corrigiendo el APS: en el mundillo de los contenidos educativos, editar era coautorar. A las 12:15 cerró el portátil, pidió un par de lasañas a domicilio y se sentó en la sala a ver el noticiero: varios informes acerca de la tormenta tropical que tenía en vilo a San Andrés y Providencia y un largo reportaje sobre la tragedia ecológica causada por la minería ilegal en Chocó, como si la legal no fuera trágica. El domiciliario llegó cuando los reporteros se ocupaban del desacuerdo sobre el acuerdo: mientras los voceros del Gamonal aseguraban que el nuevo documento era un burdo retoque del anterior, los del Nobel sostenían que no, que la versión 2.0 incluía ajustes significativos y por ende no cabía hablar de traición al plebiscito.

Condena por enriquecimiento ilícito y lavado de activos a General en retiro; más de cien municipios afectados por la temporada invernal en el país; dos colombianas en la lista de mujeres más influyentes del mundo. Pauta y, finalmente, la noticia que le quitó el hambre: Álex seguía desaparecido. A medida que el reportero de la víspera trazaba una semblanza genérica —veintidós años, séptimo semestre de Química, amante de la música y el fútbol—, en la pantalla se alternaban fotos de Álex y tomas mudas de Lirian Rozo: una sombra errática, demasiado débil para entender o hablar. Tal vez por eso el reportero había recogido los testimonios de dos compañeros de Álex, grabados a las afueras de la universidad sobre el puente de la Carrera 30 con Calle 45: Salomé Castiblanco, una joven de aro nasal y mechones lila que afirmaba haber estado con él la tarde del viernes —«Me dijo que iba para la casa»— y Jeison Zárate, un gafitas de chivera que no vaciló en denunciar la ola de atracos que azotaba a la comunidad universitaria con la venia de la policía. Policía que, cerró la voz en off del reportero, adelantaba las investigaciones pertinentes.

El televisor siguió escupiendo noticias, pero el cerebro de Miranda ya no las registraba. Tenedor en mano, se había quedado viendo la antología sobre la mesa de centro. En la portada había cuatro Pessoas melancólicos: uno grande que miraba hacia un lado y los otros, diminutos y en columna, hacia el opuesto. Variantes de un mismo retrato: Pessoa esbozado, Pessoa desenfocado, Pessoa acuatizado, Pessoa granulado. Una especie de serie Warhol en verde plomizo que le recordaba las carátulas de Type O Negative. El ejemplar, tapa blanda y papel reciclado, era de una editorial que no conocía.

Algo no cuadraba.

Fue a la cocina y metió los moldes de lasaña en el microondas. Luego extendió las bolsas del domicilio sobre la barra y las plegó una por una hasta que se tornaron en triángulos abultados. No, Álex no se había ido para su casa ni había sido víctima de ladrones. Ella lo había recogido a las nueve de la noche en un bar de La Candelaria y lo había llevado a Usaquén. Una rareza, porque hasta entonces el itinerario había sido más o menos el mismo: miércoles o jueves, cinco de la tarde, Quinta Paredes, Tintal. Pero era viernes, y aunque detestaba ir al centro de la ciudad, terminó restándole importancia a que el día y los puntos de partida y destino hubieran cambiado. Y solo ahora, mientras guardaba los triángulos en el cajón de las servilletas, rumió: ¿un estudiante de la Universidad Nacional rumbeando en una de las zonas más caras de Bogotá? ¿Por qué no? El aire de roquero light de Álex se ajustaba. A fin de cuentas, los esquemas de Miranda estaban desactualizados y en Colombia hasta los metaleros más recalcitrantes se daban mañas para bailar.