Soy mi deseo - Susana Münnich Busch - E-Book

Soy mi deseo E-Book

Susana Münnich Busch

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Beschreibung

A través de la lectura de cuatro obras fundamentales, Madame Bovary, El rojo y el negro, La piel de zapa y El paraíso de las damas, S. Münnich analiza la idea del deseo en su manifestación explícita en los personajes de esas novelas, pero también en la posición ideológica de los autores.

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Seitenzahl: 558

Veröffentlichungsjahr: 2020

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© LOM ediciones Primera edición, julio 2019 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN: 978-956-00-1196-1 eISBN: 9789560012630 RPI: 304.510 Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile

Y de nuevo para los “happy few”.

Algo sobre el deseo

La experiencia de leer a estos clásicos me ha hecho entender que para ellos el deseo es lo que organiza y dirige la vida hacia algo. Por eso el título. Los personajes de estas narraciones sienten deseos intensos, aspiran a subir en la escala social, conseguir ciertas posiciones de preeminencia y mucho dinero. Es raro que deseen otra cosa. También desean ser amados, pero habitualmente la elegida o es una noble o una burguesa de fortuna. A muy pocos les interesa cambiar la realidad política y social, a pesar de que muchos dicen no sentirse a gusto en el mundo en que viven. Pero su insatisfacción viene mayormente de no haber podido acceder a los fines más codiciados por la sociedad. Tan pronto llegan a enriquecerse, se convierten en otro de los muchos cooptados por el sistema. Son individualistas, hedonistas, buscan siempre su propio beneficio y muy excepcionalmente alguno se sacrifica por el bien de alguien. Entre estos casos raros se encuentran el coronel Chabert de Balzac y el Fouqué de Stendhal, dos personajes extraordinarios por infrecuentes. No asombra entonces que el temple en esta literatura sea habitualmente desilusionado, escéptico, cínico. La mayoría de los héroes no rechaza lo que la sociedad capitalista les vende como lo máximo, sin embargo padecen una suerte de esquizofrenia por desear lo que ellos mismos consideran despreciable. Un ejemplo de esto es el héroe de La piel de zapa, siempre descontento, deseándolo todo y al mismo tiempo sintiéndose indigno por apreciar tanta cosa vana. A veces cansan estos héroes mundanos, pero hay tanto nuestro en cada uno de ellos, que no podemos sino sentirlos cercanos y queridos a pesar de los dos siglos de distancia. Seguimos queriendo cosas equivalentes a las suyas e igualmente vanas. Las ganancias millonarias de los futbolistas los convierten en héroes y modelos para casi todos los jóvenes y aunque son de origen muy popular se casan con mujeres bellísimas y famosas, que sin duda creen encontrar en ellos lo que el sistema considera máximo. En medio de estas regularidades deseosas del XIX son bienvenidos los rebeldes de Zolá, pese a que no hay mucho de que alegrarse, porque o son desquiciados o ilusos o fracasados.

Por lo general aceptamos desear lo que la sociedad nos propone como valioso. Estos deseos nos dirigen dentro de una realidad que ya está dada por el mundo en que nacemos. Puede que el deseo mayor de los miembros de una comunidad sea el mismo, pero la manera concreta en que cada cual lo persigue es invariablemente diferente, por carácter, por clase social, por género, por la región en que se vive y muchos factores más que nos hacen individuales. Los personajes de nuestros cuatro autores desean diferentes cosas, dependiendo de la clase social, del género y de la región en que viven. Pero como casi todos ellos o son burgueses o nobles, el país siempre es Francia y la época siempre el XIX, la variación no es significativa.

Leo Bersani cree que los escritores realistas no quisieron poner nada valioso en sus héroes fuera de su resistencia contra la sociedad. Supone que habrían tenido un gran temor del deseo, al que habrían asimilado a una especie de cáncer que se propagaba por todo el organismo social. Si bien no estoy del todo de acuerdo con las reflexiones de Bersani sobre el deseo, coincido en que uno de los aspectos más señalados de los personajes de estas novelas realistas es su resistencia a lo que ahora entendemos como los comienzos del capitalismo. Y esa resistencia tiene explicación. A los franceses del XIX no podía dejarlos indiferentes el enorme cambio que significó la revolución industrial. La fabricación de artículos en serie, el acceso de las capas medias al consumo, modificaron poderosamente las vidas de los países industrializados. Hubo muchas mercancías para desear y el dinero se convirtió en el Dios de estos deseosos. Aunque la narrativa realista reaccionó contra esta codicia generalizada, empujó para el mismo lado con sus descripciones de las habitaciones suntuosas y lujos abundantes de los ricos. Algo parecido ocurrió con la «supuesta» democratización de la cultura, que puso al alcance de muchos libros a los que antes sólo tenía acceso una élite. La mayor parte de los escritores y pensadores reaccionaron negativamente frente a esta ilustración de las masas. Pero también valoraban que sus libros tuvieran difusión y fuesen leídos por una gran cantidad de personas. Estas ambigüedades de los narradores constituyen uno de los aspectos interesantes de esta literatura, y uno de nuestros objetivos en este ensayo será detectarlas y comentarlas.

Hoy, en nuestras sociedades se estimula frenéticamente el deseo adquisitivo, y no se toleran los deseos que atentan contra el buen funcionamiento del mercado. Tenemos libertad para elegir entre mercaderías equivalentes, pero todo lo que entorpece el flujo comercial está prohibido. Se admite la crítica, pero solamente si ella no daña los intereses y objetivos fundamentales del poder corporativo. Aquellos que se atreven a desafiar estos intereses son silenciados drásticamente, a veces con violencia extrema.

Si los héroes transgresores de Stendhal pagaron con su vida o con la exclusión no es porque a esa literatura, por un espíritu perverso, le complaciera castigarlos. En la realidad se castigó la disidencia erótica en Flaubert y en Baudelaire y también algunas posturas políticas de Zola. Algunos sostienen que este escritor no murió de muerte accidental y que su asfixia fue resultado de una maquinación cuidadosamente programada para castigarlo por su defensa de Alfred Dreyfus. No creo que exista diferencia entre los escarmientos que reciben los personajes y los que sufrieron varios escritores por denunciar injusticias del sistema. Siempre se ha castigado al disidente, ahora también. En la actualidad, pocos escritores contrarios a la ideología dominante obtienen reconocimientos importantes, y probablemente por eso hay muchos que no se atreven a tener posturas ideológicamente comprometidas.

Al mismo tiempo, hay en la narrativa del XIX una posición ambigua respecto de los objetivos más deseables. Algunos de los bienes que entonces se exaltaban son bastante semejantes a los que los medios de masa publicitan hoy; pero a diferencia de ahora, en que casi nadie cuestiona su validez, en el XIX tenían igual peso los valores románticos, que hoy día son socialmente risibles. Entonces había la posibilidad doble: se podía adherir a los valores mediomasivos, que positivizaban la tranquilidad de la vida familiar, la seguridad económica y la posesión de objetos, pero también se estimaban mucho los valores románticos como el heroísmo, el coraje, el individualismo, el valor del arte, el sentimiento enamorado. Esto originaba una ambigüedad que nosotros casi no conocemos hoy, y me parece que sin ella el mundo se ha aplanado.

Un aspecto muy interesante de estos personajes es que el deseo en ellos siempre está mediado o por otra persona o por estimaciones de clase o por alguno de los modelos que entonces se consideraban dignos de imitar1. René Girard afirmó que una de las mayores violencias sociales viene de este deseo imitativo, porque con frecuencia dos que desean lo mismo buscan destruirse. En El Rojo y el Negro la imitación del deseo es generalizada. Cuando conoce a Mathilde, Julien no se siente en absoluto atraído por ella, la compara con Louise y le parece demasiado rubia, demasiado blanca, sus ojos demasiado fríos. Pero contagiado por la seducción que ejerce Mathilde en los círculos aristocráticos de moda, comienza a sentirse atraído por esos grandes ojos azules que antes le parecían tan gélidos y por esa tez de nieve, que le disgustaba por su blancura excesiva. Algo similar le ocurre a Mathilde cuando Julien le provoca celos con madame de Fervacques y posteriormente con Louise. Desaparecen totalmente sus ambigüedades sentimentales cuando nota que a otras mujeres también les gusta.

Actualmente cualquier persona medianamente culta entiende que el deseo depende sustancialmente de la publicidad. Hoy su tarea es estimular el consumo, es decir inducir el deseo. Vestimos de acuerdo a la moda del momento, y deseamos comprar los objetos de marca para parecer que pertenecemos a un grupo «superior». Comemos lo que nos hacen desear por «bueno», nuestras vacaciones las tomamos en aquellos lugares a donde las agencias de viaje nos hacen querer volar. Elegimos como carreras profesionales aquellas que los medios nos hacen deseables por rentables o prestigiosas. Desearíamos que nuestros enamorados se asemejaran a los actores de cine más publicitados, etc, etc. Aunque las novelas que examinaremos pertenecen a otro tiempo, los deseos de sus héroes no son sustancialmente diferentes de los nuestros. Mi interés en este estudio no es examinar la mediación del deseo, sobre la que existen muchos estudios excelentes. Me importa la insatisfacción que viene del cumplimiento del deseo y la manera como en estas novelas se vincula este descontento con ciertas condiciones sociales y políticas. Siempre que el héroe alcanza un objetivo que le importaba mucho, advierte o que no valía la pena o que es simplemente el origen de otro deseo que reinicia el proceso de la interminable insatisfacción. La adquisición de objetos siempre desilusiona, porque el deseo invariablemente pide más. Solamente hay plenitud cuando se acepta la vaciedad de todo deseo y se admite que la satisfacción del objetivo es imposible.

Cesar Vallejo vio que lo que obtenemos al hacer una obra de arte es la conciencia de la dicha que da la acción junto con el reconocimiento de que nunca se puede alcanzar lo que se persigue. De allí que los grandes artistas se muestren insatisfechos de sus obras, y los sabios siempre terminen sabiendo que no saben, y los santos admitan que nunca podrán alcanzar la perfección por sí mismos. Sin embargo, cada uno de ellos siente la plenitud de su empeño y el duro placer del ejercicio del arte, del conocimiento, de la búsqueda de santidad. Esta plenitud no existe en el caso del deseo de objetos materiales.

Se puede decir que en esta narrativa el deseo es malo por tres razones. O porque el deseoso está totalmente equivocado sobre sus posibilidades, por ejemplo, pintar todo París en un solo cuadro (La obra, Zola), o pintar la obra absoluta (La obra maestra desconocida, Balzac), o porque después de la plenitud aspira a permanecer en ese estado, lo cual es imposible (Madame Bovary, Flaubert), o porque ningún deseo de los descritos en esa literatura tiene el valor absoluto que el deseoso le atribuye. Este valor es la promesa vana con que toda sociedad consigue mantener absortos a sus ciudadanos, condenados por eso a la permanente insatisfacción y al deseo siempre renovado. Ni el poder, ni el dinero, ni el reconocimiento de los demás, ni la posesión de las mujeres más codiciadas y bellas, ni ninguno de los objetivos que la sociedad ofrece como deseables puede verdaderamente satisfacer al deseoso. Y sin embargo, estos deseos son inevitables, son la presencia de nuestra gregariedad en cada uno de los momentos de la historia social. No cabe duda de que esta predisposición es la raíz del consumismo actual. Zola fue uno de los pensadores pioneros sobre el consumo. Se dio cuenta de que la satisfacción de los objetivos que la sociedad capitalista estima máximos no frena el deseo, sino que lo aumenta. Hoy el deseo de más, más, más, es utilizado por la máquina propagandista neoliberal.

Probablemente en ninguna novela del XIX se sienten más poderosamente los límites del deseo como en Madame Bovary. Se sostiene ahora que Flaubert nunca habría dicho «Madame Bovary c’est moi», como se dijo durante un tiempo. Pero supongamos que se comparó con Emma para mostrar que los dos habían conocido la plenitud del deseo erótico. Por el mismo tiempo en que escribió el pasaje en que Emma y Rodolphe copulan por primera vez, anotó en sus apuntes íntimos una experiencia casi mística, en que se sintió unido con todos los elementos del capítulo. Él fue entonces Rodolphe, él fue Emma y también los aspectos naturales que rodeaban a la pareja. Tras esta experiencia narrativa gozosa, quiso repetirla, pero en vez de plenitud hubo sequedad, escasez. Volvieron para quedarse los días en que permanecía hasta la madrugada buscando la palabra, la frase, el ritmo, la idea, el temple.

La experiencia mística de Flaubert, concomitante a su escritura, es similar a la experiencia estética de Emma, concomitante a su estado amoroso cuando tras una experiencia sexual dichosa ve filigranas de oro florentinas en una mancha de aceite sobre el agua. Se trata, en ambos casos, de acontecimientos inesperados y maravillosos que acompañan muy pocas veces a una actividad que no las tenía en vista. Flaubert quería escribir y Emma estar amando sexualmente. Que los dos hayan alcanzado experiencias transfiguradoras y excepcionales relativas a su deseo fue un regalo. Creemos que la diferencia entre Flaubert y su personaje es esencial. Flaubert siguió queriendo escribir por escribir, no por alcanzar experiencias místicas. Emma, en cambio, quería la repetición interminable de esos estados excepcionales. Lo triste que le pasó a Emma fue no haber tenido estas experiencias literarias amargas, pero deleitosas.

A Julien Sorel le ocurren dos veces estas experiencias excepcionales. En la primera se produce una concomitancia inesperada entre su temple triunfal después de haber transformado el ánimo patronal y crítico de De Renal en un aumento salarial importante, y su experiencia gloriosa en la montaña al ver el vuelo del águila. La segunda ocurre al final de la novela, cuando, concomitante de su completa aceptación de la muerte, experimenta la dicha. Esta última concomitancia es la superación definitiva de todas sus ambigüedades, temores y deseos.

A cualquiera que profundiza en el tema del deseo se le hace evidente su enorme complejidad. Está la vida diaria en que nos movemos impulsados por los valores sociales que nos hacen imitadores del deseo ajeno. Vivir consiste en perseguir objetivos, en desear lo que la sociedad nos ofrece como deseable: dinero, reputación, poder, objetos, condiciones de vida, amores, juventud permanente, etc. Y está el acontecimiento excepcional y hermosísimo de ocurrencias deslumbrantes que acompañan muy pocas veces al esfuerzo por cumplir esos deseos o a la alegría de haberlos satisfecho. Suele suceder que nos empeñemos en repetir estas experiencias, y deseemos la imposible repetición del acontecimiento excepcional. Si Julien intentara reproducir el gozo que sintió ante el vuelo del águila, jamás podría, ya que es imposible que se repita el conjunto de componentes que estimularon su dicha. El solo propósito consciente de obtener la repetición impide que se produzca, porque originalmente no fue producto de una intención.

Al lector atraído por la palabra «deseo» de nuestro título quiero advertirle que muy a menudo a lo largo de este libro se encontrará con exposiciones de ideas que no parecen tener relación con ese tema. Quiero advertirle que la comprensión del deseo en este trabajo es realmente muy amplia y necesita ocuparse de muchos temas que a primera vista parecen impertinentes. No lo son. Toda la vida humana y los caminos por donde se desarrolla está traspasada por el deseo. Se diría que todo libro resulta parte de lo mismo. En cierto sentido, desde nuestro punto de vista, eso es verdadero, pero la diferencia es que aquí gobierna todos los movimientos textuales. Cuando hablo de revoluciones, movimientos sociales, intrigas políticas, dinero, apunto siempre al mismo objetivo: el componente deseoso que está detrás de todas estas realidades. Otro tanto cuando me ocupo de temas que parecen puramente literarios, como por ejemplo, alguna reflexión sobre los epígrafes en Stendhal, o la voluntad de Flaubert de escribir sobre nada, o los enigmas del desarrollo de la piel de zapa o la estructura de alguna de las novelas. En todos estos casos, ruego al lector que no olvide mi propósito central: hacer manifiesto el deseo en las sociedades, en los textos, e incluso en los autores. Pienso que así la lectura le resultará ojalá más agradable o por lo menos, más interesante.2

El esfuerzo de escribir este libro me ha regalado la compañía de cuatro «personas» con las cuales me he relacionado con el gusto que da la lectura, aunque alguno de ellos quizá me hubiera desagradado en la vida real. Al mismo tiempo me ha servido de entrada en mundos que al principio creí absolutamente distintos del mío, pero luego me parecieron bastante semejantes. Esto también fue un disfrute, mayormente cognitivo, frente a la sentimentalidad del otro. Ojalá quienes se aventuren a leer los resultados de este esfuerzo compartan mi deleite en ambas experiencias, la cognitiva y la sentimental. Si consiguiera tan sólo estimular al lector a disentir cognitiva y sentimentalmente me daría por satisfecha. De todos modos estoy segura de que en ambos casos habríamos entrado todos en contacto con algunas de las mejores novelas de todos los tiempos. Aunque pueda parecer absurdo, me parece que estas cuatro novelas nos ayudan a entender la situación mundial en que nos encontramos hoy. Cada una, desde su perspectiva, describe los comienzos del capitalismo industrial. Flaubert identifica el enorme poder que tienen los medios de masas en la forma en que pensamos y soñamos. Stendhal prueba que nada en la vida humana es ajeno a la política, tampoco el amor. Balzac describe la desorientación de aquellos que viven en un mundo que sienten en decadencia y el pavor que suscita la mortalidad en tiempos oscuros. Y la novela de Zolá, aunque ciertamente no es un clásico, aborda el consumo y la idea de crecimiento permanente, dos temas de la mayor importancia en la actualidad.

No recuerdo quién dijo que escribía para saber lo que pensaba. A mí me pasa algo parecido. Me gusta lo que dice Anne Carson en Eros de Bittersweet: que el deleite de escribir se encuentra en estar pensando, entendiendo, sabiendo que no se sabe y no en el producto de todo este esfuerzo3. Es evidente que parte importante del placer reside en el esfuerzo, aunque muchas veces pudiera parecer lo contrario. Habitualmente se entiende la voluntad de poder nietzscheana como acumulativa; querer más, tener más, acumular más. Hay eso en Nietzsche, pero la marca que lleva ese deseo material insaciable nunca es positiva. La estimación positiva se encuentra en estar pudiendo, en estar conociendo, en estar sabiendo, en estar gozando, en estar creando. En ese caso la palabra poder no identifica una adquisición, no describe la consecución del deseo, sino el movimiento hacia. Desde allí se entiende que no da lo mismo desear un objeto material que desear la belleza como tal, el bien como tal, la verdad como tal.

1 Esta mediación ha sido ampliamente examinada por el brillante ensayista René Girard y no tengo nada que agregar a sus conclusiones, que comparto plenamente.

2 Para no salirme del tema central, mucho de lo que en un principio fue parte del texto lo puse finalmente en notas bibliográficas. Es verdad que de esta manera también nos vemos obligados a abandonar el texto, pero somos libres de hacerlo. En estas notas hay mucho material interesante, debo grandes alegrías a los críticos y me gustaría compartirlas con ustedes. No todo lo que leí lo cité, a veces porque no venía al caso, otras porque la metodología era muy diferente.

3 Anne Carson, Eros the Bittersweet. New Jersey: Princeton University Press, 1986.

Stendhal: Deseo ser noble y morir como tal

a. Algo sobre el contexto político de El Rojo y el Negro4

El trasfondo político de esta novela es la Revolución de Julio de 1830, cuando en París se levantaron 6000 barricadas y Carlos X se vio obligado a abdicar en favor de Luis Felipe de Orleans. Las barricadas se convirtieron en una eficacísima estrategia de combate urbano recién a partir de 1830, antes fueron utilizadas, pero nunca de manera tan masiva. Las calles estrechas de entonces, donde el paso era fácil de interrumpir, y se podían levantar obstáculos gigantescos, impedían el movimiento de las llamadas fuerzas del orden. Estas barricadas fueron la expresión más genuina de la resistencia popular parisina. Todos los que deseaban oponerse a la autoridad real pudieron contribuir en su ingeniería. Con todo, esta feroz oposición contra el gobierno sólo pudo mantenerse tres días.

Cuando comenzó la revolución, Stendhal se encontraba corrigiendo la última versión de RyN. Recién pudo imprimirse el 4 de agosto (Crouzet.2012: 435), la imprenta se hallaba junto a una barricada donde la multitud luchaba enfurecida. Esta crónica de 1830 fue entonces escrita, revisada, completada y corregida durante un tiempo histórico muy agitado, y solamente en los capítulos XXI, XXII y XXIII de la Segunda Parte, titulados: “La nota secreta”, “La discusión” y “El clero, los bosques, la libertad” hay referencias expresas a hechos políticos, aunque en medio del segundo, el narrador dice que la inclusión de la política en la novela a todos irrita, como el ruido de un pistoletazo en una ópera. La imagen no requiere explicación y el lector actual entiende que para el gusto de la época no estaba bien que se pasara del relato de los amores del héroe a la narración de un incidente político. Eran dos tópicos diferentes que convenía mantener separados. Pero para esta novela nada es ajeno a la política, y la disculpa probablemente quiere destacar lo expresamente político que va a narrarse.

En los capítulos mencionados, el héroe participa en una conspiración de nobles. Su patrón, el marqués de la Mole, le ha dado la misión de aprender de memoria lo que dicen los conspiradores (representantes de la aristocracia y el clero) para transmitírselo a agentes del exterior, dispuestos a financiar una contrarevolución. A estas alturas de la novela, Julien quizá ya no cree en las ideas liberales que lo estimularon en su primera juventud, cuando era preceptor de los hijos de Louise. Ahora está persuadido de que le conviene obedecer al marqués en su embestida promonárquica. De la Mole propone costear con un quinto de la riqueza de cada uno de los presentes un ejército para defenderse de la rebelión de los jacobinos. Exterioriza su profundo odio a los periodistas y escritores, y teme que el trono, el altar y la nobleza pudieran desaparecer si no las defiende una tropa integrada por un noble acompañado de un campesino, «hermano de leche». Aclara que si no actúan, en 50 años sólo habrá presidentes de la república y ningún rey. El primer ministro, también presente en la reunión, refuerza los argumentos del marqués cuando promete suprimir la Cámara para volver a darle a la monarquía el poder absoluto que tenía bajo Luis XV.

Recién al final de la novela, el lector entiende la enorme dimensión que tiene la política en la vida pública y privada de todos los personajes. En ella, cada individuo vela únicamente por sus propios intereses y ambiciones, sin considerar el daño que pudiera producir a otros. Todos son parte de un complejo entramado político, donde vencen los que saben arrimarse a los personajes más influyentes, pero como es tiempo de grandes cambios, no es fácil saber a quién apostarle.

En 1830, tras una larga crisis política y económica, que afectó no sólo a la industria sino también a la producción agraria, Carlos X puso al pueblo en su contra cuando intentó un golpe de Estado. Durante su mandato autocrático se dispararon los precios de los productos de primera necesidad, lo que produjo una gran cesantía y un número considerable de mendigos, vagabundos y ladrones. Los campesinos presionaron para que se rebajaran los impuestos sobre el grano, pero el rey antepuso los intereses de los terratenientes y los mantuvo altos. Fuera de eso intentó reponer los mayorazgos y se dispuso devolver las tierras confiscadas por la Revolución a sus antiguos dueños, iniciativas que contentaron a los nobles y al clero, pero indignaron a los burgueses y pequeños campesinos. Tras las elecciones de la Cámara Baja en 1829, donde triunfaron los liberales moderados, optó por disolverla, y posteriormente decretó las cuatro ordenanzas de julio con que esperaba reconstituir una mayoría parlamentaria que le fuera favorable. Las ordenanzas suspendían la libertad de prensa, alargaban el período de los diputados, reducían su número y limitaban el derecho a voto. Este golpe realista que pasaba por encima de la Carta de 1814 fue rechazado por los diputados, los dueños de comercio, los estudiantes y periodistas. El periódico Le National encabezó la resistencia cuando publicó un manifiesto en contra de la censura y de la disolución de la Cámara. El 27 de julio se gestó una rebelión masiva en que participaron los dueños de comercios que cerraron sus tiendas en señal de protesta, a la que se unieron los obreros, los estudiantes, los periodistas, los exmilitares, incluso las mujeres y los niños y entre todos levantaron cientos de barricadas con todo lo que pudieron conseguir, adoquines, mesas, cómodas, escalas, troncos de árboles, vehículos, «todo lo que rodaba por la calle» y «todo lo que se podía arrancar del suelo». Encima agregaban un trapo tricolor, más la leyenda: ‘la Carta o la muerte’. Luchar contra estos amotinados fue una pesadilla para la Guardia Real, escribe Jean-Louis Bory en su alucinante ensayo sobre la Revolución de Julio:

«los miembros de la Guardia Real, abrumados por el peso del uniforme, disciplinados, pero pesados, sin cesar acosados por un enemigo poco experimentado pero inapresable y entusiasta, han perdido su capacidad bélica, ¡y qué guerra tan lamentable, tan innoble, para un oficial del Rey, que esta guerra de bacinicas! Es imposible encontrar una manera de combate más ingrata: cuando se ataca una asamblea todo el mundo corre a toda carrera, todas las puertas se abren, en un instante ya no hay nadie. Ningún sablazo, ningún lanzazo que asestar, mientras que una lluvia de piedras os cae sobre la cabeza sin que se consiga ver quién las arroja y en cuanto uno pasa, las puertas vuelven a abrirse y vomitan arrojadores de piedras que os disparan con fusiles por la espalda. Los granujas de París son terribles, pululan, se alinean siempre en las primeras filas, casi desnudos, descalzos, llevando un fusil más grande que ellos; casi siempre son ellos los que llevan la primera piedra a la barricada, hacen el primer disparo, cantan, ríen, se burlan, van al combate como a un juego, más habituados a batirse que a jugar. ¡Y las mujeres! Desaforadas, tanto en los barrios de los hoteles y boutiques como en los vecindarios populares. Ellas suben los adoquines a los pisos, instalan trapos en las ventanas, llevan sus moldes para hacer balas. Ellas mezclan la pólvora, instalan su tienda de cartuchos en un cabaret o en el boliche de la esquina, organizan los socorros, traen de beber y de comer, ayudan a morir, ellas se baten, son ellas las que transforman cada uno de sus muebles en “arma guerrera”»5. (1972: 404)

Mientras ocurría todo este desenfreno en las calles, el rey recibía muchas misivas y visitas de personajes ilustres, entre ellos al banquero Laffitte, que describía estos motines populares como muy alarmantes, pero nada de ello alteraba a su majestad y el barón de Vitrolles al verlo tan calmado se asombraba ante su incapacidad para proporcionar respuestas rápidas a situaciones inesperadas. Le parecía que lo perjudicaba identificar a la realeza con una condición divina e inamovible (1972: 406) Esta indolencia y falta de respuesta del rey contrastaba con la actividad febril en las calles, que el 29 de julio sumaba unos 7000 insurgentes. El grito Vive la Charte reforzaba el deseo de volver a legitimar la Carta pisoteada por el rey y sus ministros. Con el apoyo de la Guardia Nacional, los amotinados lucharon como leones contra los soldados del rey y a mediodía consiguieron tomarse el Louvre. La alta burguesía, asustada de que el poder pudiera quedar en manos del pueblo, se adelantó a los acontecimientos y propuso a Luis Felipe, duque de Orleans –amigo del banquero Laffittte- como sucesor de Carlos X. El rey se vio obligado a abdicar y dos días más tarde el duque de Orleans fue proclamado nuevo rey. Estas jornadas de julio hay que entenderlas como un triunfo importante de la alta burguesía y fueron el detonante de otras jornadas parecidas en países vecinos, donde ocurrieron también revoluciones liberales.

Los párrafos finales del ensayo de Jean-Louis Bory, titulado “Reacción” descubren otro lado de estos días gloriosos, que vale la pena citar por su coincidencia con ciertos acontecimientos históricos actuales, donde se hermanan los proyectos políticos con los de la gran Banca:

«Habiendo sido favorecidos los especuladores a la baja por las Tres Gloriosas -¿no es cierto, señor Tayllerand?- los especuladores a la alta exigen que la liquidación de las primas sólo suceda el 9 de agosto- lo que permitiría a los banqueros alcistas y en posición de actuar sobre la bolsa intensificar el curso de las compras convenientemente calculadas. Se acuerda la demora. Por otra parte, las primeras declaraciones del rey de la Greve reaniman la confianza: en todo caso detienen la caída de los fondos públicos. Los Rothschild inquietos durante Las Gloriosas por la baja de las rentas y la incertidumbre de las repercusiones internacionales […] declaran que la época de los borbones está revuelta. Más vale contribuir a la consolidación del nuevo régimen y a la salvaguarda de la paz internacional [...] Al comienzo de agosto, James de Rothschild le hace un regalo de 15000 francos a la Comisión Municipal destinada a los desdichados herederos, a las viudas, a los niños, a los hijos de quienes han sucumbido en los últimos días de julio, primer gesto que los periodistas se apresuran a destacar. Luis Felipe sonríe: siempre hay interés de contar a este banquero de su lado en el juego. Estos dos hombres van a entenderse muy bien: hablan la misma lengua y dan prácticamente el mismo sentido a palabras como libertad, principio monárquico, anarquía, república, paz internacional y defensa del orden […]».

El dinero, ¿y si fuese él el verdadero vencedor de las barricadas? ¿Los rayos del gran sol de julio no serían otra cosa que el oro de un escudo? Si, el dinero tiene un olor. Las Tres Gloriosas nos enseñan este detalle y la sabiduría de las naciones se equivoca sobre este punto. Y este olor, se sabe, lo hemos respirado en el mercado de los Inocentes la tarde del 28 de julio; en la plaza San-Antonio, plaza de Greve, y en la plaza del Louvre el jueves 29, en los jardines de las Tullerías y en la trinchera de Babilonia. Es él, el que flotaba alrededor de la barca de los muertos sobre el Sena, al pie de la Morgue». (630)

Lo que se dice aquí del dinero recuerda acontecimientos actuales. Las guerras en Medio Oriente se han hecho por dinero, las sanciones con que Estados Unidos y la Unión Europea castigan a los países que se oponen a sus intereses geoestratégicos son siempre por dinero. Y siempre hay aprovechamiento financiero en los tiempos de efervescencia popular. Ahora hay otros ultrapoderosos, que hacen temblar los mercados mundiales en los momentos de turbulencia política con sus compras y ventas de acciones, nunca obstaculizadas por los gobernantes de turno. En el caso de las Tres Gloriosas, Bory destaca el buen entendimiento entre Luis Felipe y James Rothschild y casos semejantes se pueden encontrar en la historia actual. Se trata, por cierto de otras economías, otras guerras y otros proyectos geoestratégicos. También podemos aplicar al presente lo de que la Gran Banca y los gobernantes de turno hablan el mismo idioma; por democracia, libertad, derechos humanos entienden algo muy diferente del contenido que el diccionario da a estas palabras. Probablemente el cinismo sea más intenso ahora. Hoy la maquinaria mediática tiene como preocupación central mantener al ciudadano desinformado y entontecido, de modo que las guerras del Imperio y los negocios del complejo militar industrial puedan funcionar sin frenos incómodos. En suma, lo descrito por Bory no es muy diferente de lo que vemos en el siglo XXI.

La novela no recoge los importantes sucesos descritos por Bory, aunque su subtítulo es: “Crónica de 1830”. Pero al final de ella se siente el peso de estos acontecimientos, especialmente cuando habiendo mudado de humilde preceptor a caballero de la Vernaye, el héroe muere guillotinado por atentar contra la vida de una mujer noble.

La noche del 26 de julio, después de haber pasado el día entero rehaciendo el manuscrito de El Rojo y el Negro, Stendhal visitó al conde Real y a su hija, donde se habló de la inminencia de una insurrección popular. La idea despertó la hilaridad del novelista, le resultaba gracioso imaginar al pueblo francés, legalista y militar ,participando en una revolución enérgica, capaz de destruirlo todo. El 27, mientras la efervescencia crecía, Stendhal seguía no creyendo, y las notas al margen del manuscrito prueban que apenas salió de su casa, concentrado siempre en el trabajo de corrección. Recién el 29, como a Guilia, su enamorada de ese tiempo, le dio miedo el espectáculo del pueblo armado, Stendhal acudió donde ella para tranquilizarla y para eso tuvo que atravesar París en llamas, y luego escribió que había visto la revolución desde debajo de las columnas del Theatre-Francais y que el azar lo había salvado de haber sido herido por una bala. El 1o de agosto reconoció que el exceso de felicidad no lo dejaba leer, su sentimiento esperanzado le hacía creer que vendrían tiempos mejores para Francia. El 3 de agosto solicitó una audiencia a su amigo Guizot, que estaba encargado del Ministerio de Interior en el gobierno provisional y le pidió una prefectura, pero tras una semana supo que no se la darían. Este rechazo fue el primero de una seguidilla de actos persecutorios que la máquina burguesa puso a funcionar en su contra. Algunos de sus amigos escritores lo compadecieron por tener que marcharse de París para hacerse cargo de su puesto de cónsul en Civitavecchia. Lo apoyaron desde la distancia, escribiéndole sobre los importantes sucesos que en ese momento ocurrían en la capital. Hay que agregar al rechazo de Guizot, el del tutor de Guilia, que rehusó su petición de matrimonio, argumentando que su trabajo de cónsul no le parecía muy sólido.

Casi 4 meses después de haber partido a Italia (sin siquiera haber terminado de corregir las galeradas), el 13 de noviembre RyN salió a la venta. Fue un libro de moda, la prensa atacó su lado político rebelde y espíritu desilusionado y se quejó de que Stendhal hubiera destruido las más bellas creencias del hombre. Lo acusaron de haber practicado una especie de disección de las pasiones y las costumbres, y mostrado que el amor contiene odio; la generosidad, el cálculo; la belleza, la fealdad. A pesar de estos juicios, o quizá precisamente a causa de ellos, el libro tuvo muy buena venta, y su editor, en vez de pagarle lo que le correspondía, se guardó para sí más de la mitad. Y después de escribirle una carta a Italia donde le informaba sobre el éxito de ventas, lo apuró a que escribiera otra novela.

Pero Stendhal renunció por un tiempo a escribir sobre lo que estaba viendo. Siempre es difícil sostener una novela política, pero es peor cuando lo que se narra corresponde a la actualidad. Las novelas políticas habitualmente despiertan reacciones muy negativas, porque junto con cuestionar al régimen vigente, no contentan a ninguno de los bandos. Peor si se trata de un ataque frontal, que identifica claramente lo que rechaza. RyN dijo lo que veía, y eso no era ni bello, ni justo ni bueno. Sin embargo, la novela no condena, simplemente presenta, y lo hace desde adentro. Para pronunciarse sobre la verdad religiosa, política o moral tendría que alejar su mirada y desde fuera emitir un juicio. Eso casi no sucede y cuando ocurre, el juicio viene envuelto en disimulo. El texto no dice cómo deberían actuar sus personajes, sólo alcanza a ver cómo actúan y muestra que sus comportamientos son consecuencia de valores de clase, de concepciones religiosas y de un sistema político. Probablemente el libro tuvo una recepción tan negativa precisamente por no haber ni condenado ni aprobado. La aprobación se acepta sin más, la condena también, porque permite identificar, ubicar y reducir al que condena a enemigo del sistema. Los lectores esperaban que su autor tomara partido, pero Stendhal no lo hizo, y en vez de eso describió neutramente el desplazamiento del poder de los aristócratas al de la burguesía. No dijo que en las Tres Gloriosas los pobres habían desempeñado el papel más activo, y que habían muerto en las calles para volver a su condición de siempre.

En vez de describir las pugnas políticas públicas de los principales actores de este proceso revolucionario, Stendhal prefirió contar la vida privada de algunos personajes pertenecientes a diferentes estratos sociales. La descripción de esta crónica política comienza en provincia, donde monsieur de Renal, aristócrata dueño de una fábrica de clavos y monsieur Valenod, burgués que se ha enriquecido con los dineros que aprovecha de un hospicio para indigentes, compiten por el poder. Las pugnas continúan en el Seminario de Besancon, allí se confrontan el jesuita de Frilair con el jansenista Pirard. El primero quiere poder, riqueza, galas, mientras el segundo estima el ascetismo, la relación con Dios, la probidad moral. En París, lo descrito son los nobles que habitan en el hotel de la Mole y también los que lo visitan. Son aristócratas de título antiguo, cuya autoridad aún vigente se siente amenazada por el poder económico de los burgueses y los repetidos levantamientos de los trabajadores. En el juicio en contra de Julien se prueba que han vencido los burgueses adinerados y su éxito decide la suerte del héroe.

Desde un criterio actual se diría que Stendhal era un demócrata progresista, que por un lado simpatizaba con las luchas populares y los valores de la Revolución: libertad, igualdad, fraternidad, pero por otro no le agradaba la idea del pueblo en el poder, especialmente cuando pensaba en la alta cultura. Quizá por eso todos sus héroes estiman los modos refinados de los nobles, pero por otra parte querrían cambios estructurales que sustituyeran los valores monárquicos por otros más justos y democráticos. La visión política de Stendhal fue compartida por los escritores realistas, que por un lado criticaban al orden vigente con gran severidad, despreciaban su chatura de costumbres y modos de pensar, pero por otro lo preferían a la ideología socialista.6

Como es sabido, RyN es la ficcionalización de una historia real; la de un preceptor francés de provincia llamado Berthet,7 que fue condenado a la guillotina por haberle disparado a su amante. Las ediciones de RyN habitualmente incluyen la defensa de Berthet en el juicio, como si este texto fuese indispensable para comprender la novela. No pienso lo mismo, incluso me parece que se le hace un flaco favor a la novela cuando se la circunscribe al caso Berthet, porque la semejanza entre las dos historias son ciertos hechos generales (Julien hijo de campesinos, Berthet hijo de artesanos, ambos preceptores en la casa de personas acomodadas, ambos amantes de la madre de sus discípulos, ambos seminaristas, ambos guillotinados), pero todo lo que constituye la novela, eso que Stendhal llamaba su sustancia, no está. Ni siquiera son parecidos Berthet y Julien; el primero aparece en el juicio como un individuo arribista, un tanto psicópata, no muy inteligente, aunque con algunos talentos, mientras que el héroe de RyN es un personaje excepcional. La amante de Berthet es un misterio para el que lee la defensa, mientras que las dos enamoradas de Julien constituyen dos personajes literarios sólidos, comprensibles, enamorantes. Explicar las decisiones estéticas que conforman la novela como influencias de la historia de Berthet me parece una manera de evitar explicar la novela misma y reducirla a un error literario producido por la fuente de la anécdota. Me refiero concretamente a aquellos que critican el atentado de Julien y su intervención en el juicio como tonterías estéticas producidas por un supuesto apego de Stendhal a la historia de Berthet.

b. La dedicatoria, los epígrafes inventados, el azar y el título

Son muchas las originalidades de RyN, quizá la mayor fue haber vinculado la realidad política con la vida concreta e íntima de los personajes, pero eso no gustó a los críticos de su tiempo. Tampoco les gustó que incluyera relaciones amorosas entre personajes de clases distintas.8 Les pareció inverosímil que una noble como Mathilde pudiera enamorarse de un hijo de campesino. También sintieron inverosímil a Julien, lo juzgaron un «monstruo», siguiendo al narrador de la novela, que repetidamente lo califica así, aunque el apelativo tiene en su caso un sentido casi opuesto al corriente. Para los críticos, lo monstruoso de Julien era que osara subir de clase y se atreviera a dispararle a la que se lo impedía. En cambio, para el narrador stendhaliano, Julien es monstruo cada vez que resiste, se rebela y conculca las valoraciones de su tiempo. Es decir, lo que molestaba de Julien a la crítica era precisamente aquello que encantaba a Stendhal. Por lo mismo, un par de años después pensó que no valía la pena publicar Lucien Leuwen,cuyos componentes políticos eran mucho más explícitos. Resignado, conociendo muy bien su país y su tiempo, se sabe que le habría comentado a una amiga suya: «qué quiere usted, se es bastante bestia en la Francia de hoy para no comprenderme». Todo esto explica, quizá, que la dedicatoria de RyN haya sido para los happy few.

¿A quiénes aludió Stendhal con estos happy few? A algunos comentaristas les parece que alude al texto del Antiguo Testamento: “muchos son llamados, pero pocos son elegidos” (Mateo 22.14), otros suponen que estaba pensando en la novela The vicar of Wakefield, de Oliver Goldsmith, donde el vicario se lamenta de que su publicación haya sido leída solamente por happy few. Y hay los que piensan que alude a la famosa arenga de Enrique V a sus soldados en el texto de Shakesperare. Antes de la batalla de Agincourt, el rey los reúne y anima: We few, we happy few, we band of brothers. En este caso lo de few es por el desequilibrio de fuerzas, ya que por 6000 ingleses había 36000 franceses, es decir seis veces más. Pero la eficaz estrategia guerrera de Enrique V les permitió vencer a los franceses.

Lo curioso es que los tres textos se complementan bien, porque lo señalado en cada uno es siempre la escasez: escasos los llamados, escasos los lectores, escasos los combatientes. Como señaló el propio Stendhal en una carta dirigida a Louis Crozet el 28 de septiembre de 1816, El Rojo y el Negro estuvo destinado a los lectores «sensibles», dispuestos a apreciar una obra de arte original, es decir, a algunos muy pocos. Si Stendhal tuvo en mente el texto de Shakespeare, es significativo que lo evocara en el contexto de las Tres Gloriosas, cuando las fuerzas más progresistas lucharon para terminar con el reinado de Carlos X. No creo que pensara ni en la aristocracia derrotada por la burguesía ni en el pueblo vencido por ambas clases. ¿En quienes pensaba entonces?

De las reflexiones numerosas que el narrador hace sobre Julien se desprende que Stendhal apreciaba el refinamiento, la inteligencia, la pasión y la locura romántica de su héroe. Por cierto que también lo critica mucho, le refriega constantemente su locura, su hipocresía, pero el lector siente que lo mismo que ocurre con la palabra monstruo pasa con hipocresía y locura. Shoshana Felman probó que en el universo literario de Stendhal la palabra locura tiene un sentido eminentemente positivo, y creo que algo parecido se puede decir de “hipócrita”. En una novela realista nadie, nunca, puede decir siempre la verdad. Y se dice que El Rojo y el Negro es una de las primeras novelas realistas francesas. Fue leída por una masa lectora acostumbrada a otro tipo de novelas, donde los personajes o eran muy buenos o muy malos. En las novelas de Stendhal los buenos nunca lo son tanto, en ellos hay ambición, celos, falta de generosidad, resentimiento, deseos de venganza y a veces cierta vileza. Los críticos rechazaron a Julien por arribista, ambicioso, hipócrita, descarado e incluso narcisista, pero lo que más les molestaba era su rebeldía política. Lo querían respetuoso del orden establecido. Obediente y dócil al sistema. Tampoco aprobaron a Mathilde, cuyas ideas políticas consideraron inadmisibles. Una marquesa no podía desafiar las costumbres de su clase. Se sintieron personalmente agredidos y alegaron que ni los aristócratas eran tan vanos como Stendhal los había representado, ni los burgueses tan viles y apegados al oro como aparecían en su novela. Los pocos que leyeron con gusto RyN entendieron e incluso justificaron los grandes deseos de subir de Julien. Y también comprendieron su deseo de ser hombre honesto y verídico. Leyeron que había sido educado por jansenistas, y que muchos de sus valores correspondían a esa educación, pero comprendieron que, a diferencia de sus maestros, el joven terminó dando su vida por ser fiel a sus convicciones. Los maestros jansenistas de Julien también juzgaban mal el mundo en que vivían, pero se consolaban imaginando que después de muertos morarían en uno mejor.

Tras haber examinado con cuidado RyN me atrevo a decir que sus happy few aspiran a una libertad diferente de la que publicitan los voceros oficiales del sistema, que hacen una resemantización perversa de realidades negativas aplicándoles palabras que las hacen parecer muy positivas. Pasa no sólo con «libertad» sino también con «fraternidad» e «igualdad». Se diría que el significado real de estas palabras es opuesto polarmente a su significado manipulado y mediático. Los happy few entienden que la verdad está manipulada, es decir, la ven como no verdad, sin embargo, ellos mismos no se consideran dueños de ella y esta falta de certidumbre ni los asusta ni inmoviliza, más bien los envalentona. No creen que la verdad sea algo fijo y definitivo, piensan que se mueve, que es histórica y por ello han hecho de lo resbaladizo su suelo, en que a menudo sufren costalazos. Pero de cuando en cuando se apasionan por una idea y son capaces de dar la vida por ella. Y a pesar de su número, vencen en una batalla y esa experiencia no sólo los alegra a ellos, sino también a sus seguidores.

Por todo lo anterior, y pensando en los tiempos actuales, creo que la dedicatoria aún vale y reforzada.

¿Habrá incluído Stendhal a Flauber, a Balzac y a Zola dentro de los happy few? No creo. Por razones de probable rivalidad dos de ellos no apreciaban mayormente sus escritos. Flaubert consideraba a Stendhal un diletante y a RyN un libro mal escrito. Tampoco Zola dijo nada positivo de sus novelas, debe haber rechazado sus componentes románticos. Solamente Balzac se pronunció a favor de La Cartuja.9Incluso su buen amigo Merimée no le perdonó que le pusiera ciertos rasgos atroces a su héroe Julien. En cuanto a escritores de otras regiones, el inglés Elliot comparó el estilo de Stendhal a un cuchillo en el alma del lector, «impiadoso destructor de sus ilusiones». Posteriormente Henry James, dijo de RyN que era un libro «casi absolutamente ilegible». Le parecía que la novela que examinaremos tenía «una atmosfera de irredenta corrupción» y que era inmoral.10 Pero a Nietzsche lo ayudó a precisar su teoría de la voluntad de poder, consideraba a Stendhal uno de los grandes escritores de su tiempo. Tolstoi también admiraba al escritor francés y reconocía que había aprendido a narrar una guerra leyendo La Cartuja. Otro admirador de Stendhal fue Gorki, que junto a varios escritores rusos confesaba que RyN lo había marcado como escritor y como individuo. A los novelistas rusos no les importaban las ambigüedades ideológicas de Stendhal, que por lo demás las tenían casi todos los escritores franceses sin reconocerlo. Los franceses criticaban lo ambiguo, pero ellos mismos oscilaban entre su respeto por los refinamientos aristocráticos y su estimación por ciertos valores progresistas. Los rusos tenían sus ambigüedades asumidas, no parecen haberse avergonzado de sus contradicciones ideológicas y quizá por eso empatizaban con la visión política de RyN. Una prueba del gusto con que se leían en Rusia los libros de Stendhal son las ediciones que se hicieron de su obra en tiempos de la Unión Soviética; en veinte años se sobrepasó el medio millón de ejemplares, diez veces más que durante todo un siglo en Occidente. (Rude. 1967: 257)

Muchos críticos encuentran que recién ahora se puede apreciar esta novela en lo que vale. Quizá porque hoy se puede entender lo que Auerbach destacó de Stendhal: que difería de los demás novelistas de su tiempo en que para él la realidad siempre fue un problema y no algo «dado». Lo dado tiene su explicación en sí mismo y no llama la atención por cotidiano. Por ejemplo, las guerras del Imperio norteamericano y sus aliados europeos son algo dado, la población mundial las ha encontrado naturales, ni siquiera las relaciona con el neocolonialismo. También es algo dado que los medios de masas dicen la verdad, aunque constantemente la realidad de las cosas termina desmintiéndolos.

Si la dedicatoria sorprende, más aún asombran los epígrafes, que son numerosos y que juntamente con tener una relación muy lejana o ninguna con los capítulos a los que preceden, son en su mayoría falsos, porque los autores y personajes importantes citados por Stendhal, entre ellos Hobbes y Dantón, no dijeron lo que les atribuyen las citas. De los setenta y tres epígrafes, solamente siete han sido verificados como exactos. ¿Cuál podría ser el sentido de citar en falso? Lo único que se me ocurre es que pertenecen al mismo mundo que la novela, es decir, son tan ficticios como ella. Incluso más, porque aunque demoraron en ser descubiertos, su relación con autores famosos les agrega el carácter de burla al lector, un grado más de rara ficcionalización. Recuerda el famoso consejo del amigo de Cervantes en el prólogo del Quijote: «Epigramas […] que os falten […] se puede remediar en que vos mesmo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiereis, ahijándolos al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda». (Parte I, Prólogo) Cervantes alardea con esto de su originalidad; no está siguiendo a nadie. Igual función cabe atribuirle a los epígrafes de RyN. Stendhal era devoto ferviente de Cervantes.

Y no por inventado, el primer epígrafe de la novela es menos significativo. Al leerlo ideológicamente, se entiende que en: La verité, la apre verite se hace decir a Dantón que la nueva verdad es áspera, es decir, es otra verdad. Los poderosos siguieron dueños de la verdad, pero de una nueva, que vista desde la otra, perdió su dulzura. La acción de los pobres había cambiado las cosas. Fueron ellos los que terminaron con la monarquía mediante la fuerza y la guillotina, pero tras ese paréntesis de caos se impuso como siempre el poder del dinero, aunque de una manera diferente, áspera para Stendhal.

Se conservó el orden jerárquico piramidal, donde unos pocos decidían sobre política y economía. Pero los nuevos actores que se introdujeron en los nuevos espacios de poder modificaron el temple de la vida cotidiana. El refinamiento aristocrático dejó de normar la vida de los poderosos y quedó sólo como un criterio, desde donde Stendhal juzgaba el modo de vivir burgués chato y mediocre. Cambió la forma de producción, la relación entre los trabajadores y su labor, la distribución de la población urbana ya no estuvo regida por los gremios. También cambiaron las fiestas sociales de los nobles, se cerraron los salones. Los burgueses enriquecidos se casaron con nobles empobrecidos y se fueron a vivir a los barrios aristocráticos.

Se ha dicho mucho sobre el título de la novela. Hay los que creen, como Sandy Petrey, (1988: 148) que El Rojo y el Negro no significa nada o que significa todo lo que el lector quiera. Otros descubren contenidos precisos como que refiere a la opción entre el sacerdocio (negro) y lo militar (rojo) o a la pulsión de vida y pasión (rojo) y al deseo de muerte (negro). Uno de los sentidos que conviene a mi lectura es el de las polaridades. Julien vacila entre dos destinos, el eclesiástico y el militar. Tiene dos amantes, una materna y generosa, otra fría e imaginativa. La primera parte ocurre en provincia y la segunda en la capital. Incluso lleva dos atuendos, uno negro cuando desempeña el rol de secretario del marqués y otro azul cuando el marqués le pide que se finja hijo de un amigo suyo. Y siempre en el terreno de las polaridades pueden agregarse los dos colores de la ruleta, que incluye en el título la presencia del azar, que determina donde cae la suerte, en el rojo o en el negro.

Hay una prueba clara de esto al inicio de la novela, cuando el ateo y futuro seminarista decide entrar inmotivadamente a la iglesia de Verrieres, que en ese momento se encuentra adornada con cortinas color rojo carmesí por una fiesta religiosa. El rojo está en las cortinas, en la luz del interior y en la sangre que cree ver Julien junto a la pila del agua bendita iluminada por el sol. Al sentarse en el sitio que corresponde a monsieur de Renal, descubre en el reclinatorio un trozo de periódico que informa sobre el ajusticiamiento de un señor llamado Luis Jenrel. Julien comprueba que el nombre del desventurado acaba igual que el suyo, y no nota (lo que descubrieron posteriormente los críticos), que el nombre y apellido del ajusticiado son anagrama de Julien Sorel. Este pasaje es premonitorio: Julien se ha sentado en el lugar asignado en la iglesia a monsieur de Renal, marido de Louise. Al final de la novela, Julien dispara sobre Louise en una iglesia y de nuevo las cortinas tienen color sangre. El círculo se ha cerrado, y el lector siente que desde el principio el final de Julien estuvo determinado.

Fundado en ciertas observaciones que hizo Stendhal acerca de la imposibilidad que tenía de escribir todo lo que se le venía a la cabeza, porque su mano no era tan rápida como su imaginación, lo que lo llevaba a perder ideas e imágenes y también aspectos de sus personajes, Georges Blin señaló el peligro de escribir sin un plan preconcebido. Le pareció que al escribir tan espontáneamente, cualquier accidente que pudiera ocurrirle a algún personaje correspondería a un azar de la invención y no a una elección voluntaria. La narrativa de Stendhal sería entonces insegura, porque jamás se podría saber lo que va a ocurrir posteriormente. Pero también sería libre, porque por ser todo en ella azaroso, el lector tendría la impresión de estar asistiendo al movimiento de la acción, como si ella se estuviera escribiendo precisamente mientras se la lee. (1998:130-131)

Veo confuso el razonamiento de Blin. Que a Stendhal, en el acto concreto de escribir, las imágenes se le aparecieran más rápidas que su mano no tiene relación necesaria con que haya carecido o no de un plan general. Las dos cosas me parecen independientes y creo que se puede perfectamente tener claro el camino que se va a recorrer y al mismo tiempo encontrar por ese camino una multitud de imágenes, tantas que superan las que se esperaba encontrar al seguirlo.

Por eso el pasaje de la sangre y de Luis Jenrel contradice las reflexiones de Blin. Al poner este trozo al comienzo de la novela, Stendhal está anunciando su final, y con eso da una prueba indudable de que está desarrollando un plan preconcebido. Aquí hay espontaneidad a pesar de que haya cálculo, esa lógica inflexible que Taine consideró admirable en RyN. Pienso que al incluir el peso de la fatalidad se produce un perfecto encadenamiento entre los acontecimientos, que encajan matemáticamente unos con otros, de modo que el lector queda perfectamente persuadido de lo que está leyendo. Es decir, azar y causalidad no son opuestos en esta novela como ocurre en la lógica aristotélica. Entre otras cosas, porque la acción de la novela, es azarosa, pero no lo es el plan que la articula.

Hay causalidad en la novela, pero ella no es previsible. Cuando el joven descuelga la espada de la pared de la biblioteca del marqués con la intención de matar a Mathilde, ni se imagina que ese gesto suyo la enamorará. Y cuando dispara contra Louise tampoco alcanza a representarse las consecuencias trágicas que traerá este acto a todas las personas que estima. Me parece que la idea de la novela es que de las acciones personales resultan consecuencias completamente insospechadas, creencia que se opone a la cartesiana, de que nuestras elecciones personales determinan resultados previsibles. Nunca es más poderosa la influencia del azar como al final, cuando Julien apuesta por una opción que lesiona los intereses de los burgueses que lo van a juzgar y la bolita de la ruleta imaginaria cae en rojo. Pero si hubiera caído en negro, Julien tampoco se habría librado, puesto que desde el principio de la historia estuvo destinado a morir en la guillotina.

c. El disimulo de Julien y del narrador

Ya nos referimos a la ambigüedad de algunos escritores franceses del XIX, que junto con despreciar el juicio de los lectores esperaban su reconocimiento. Stendhal no era ajeno a este sentimiento.

En 1830, fecha en que RyN salió a la venta, el mercado editorial era un gran negocio y existía en los escritores el deseo de comerciar con productos de fácil consumo y gran rentabilidad. Las editoriales francesas buscaron enviciar a las nobles y a las burguesas con sus folletines y novelas. Ellas fueron las más importantes consumidoras.

Ni Stendhal, ni Balzac, ni Flaubert ni Zola se sintieron cómodos en la sociedad burguesa en que escribieron. No fueron apoyados por sus progenitores, que hicieron cuanto pudieron por disuadirlos de sus empresas literarias. Resulta entre gracioso y triste el caso de Balzac, cuyos padres le dieron dos años para que escribiera una obra que los convenciera y cumplido el plazo se reunieron junto a un amigo de la familia para evaluar el producto. Como no aprobó, le suprimieron la pensión y Balzac se vio obligado a ganarse la vida escribiendo novelas muy mediocres, que su socio Poitevin vendía. De la totalidad de estos libros no hay un registro fiel, y no importa mucho, porque su calidad era muy baja. A Flaubert tampoco le fue fácil, tuvo que estudiar derecho para complacer a su padre, que le compensó su esfuerzo con la herencia que le dejó al morir. Recién entonces Flaubert pudo ponerse a lo suyo. Menos suerte tuvo Stendhal, cuyo padre, rico y de buena familia, se arruinó antes de morir y no le dejó un centavo. Stendhal consiguió un puesto de cónsul, oficio que quizá le hizo bien a su prosa, al ponerla en relación con el mundo real, pero él no parece haber pensado lo mismo. A los cincuenta años se quejaba en Civitavecchia de tener que pasar la mayor parte del día resolviendo problemas burocráticos en vez de conversar de literatura y política con sus amigos parisinos. Para peor, ni la Iglesia italiana, ni los organismos políticos ni sus superiores lo dejaban trabajar en paz; estos últimos lo presionaron -cuando estaba muy enfermo-, a dar una cuenta anual, clara y precisa de todo el movimiento financiero del puerto donde trabajaba. Y los historiadores han probado que Stendhal falsificó detallados informes para que lo dejaran tranquilo y le permitieran volver a París, donde murió poco tiempo después de regresar.

Balzac envidiaba el éxito de Sue, cuyos folletines tenían engolosinadas a todas las parisienses. Se propuso sobrepasarlo en las ventas. No pudo. Sin embargo su empeño ahora es ampliamente reconocido por los expertos, que le alaban haberle elevado el nivel literario al melodrama y convertido este género en algo interesante y seductor. Por otra parte, y como es sabido, todos hemos aprendido a leer con lo fácil para luego pasar a una literatura de mayor nivel. Es así que los malos libros ayudan a vender los buenos, y lo mismo ocurrió en el XIX con los que ahora consideramos clásicos, cuya venta experimentó un notable desarrollo. Los editores firmaban contratos por montos nada despreciables, que a veces hacían posible vivir de su trabajo a escritores como Zola, que recibió una buena suma por Los Rougon-Macquart. Es más, La taberna y Naná obtuvieron un éxito considerable, y con ese dinero Zola compró una casa en las afueras de París. Pero a menudo, como en el caso de Balzac, el dinero no alcanzaba, y antes de haber terminado de escribir una novela, el autor se había gastado el adelanto. Este deseo de triunfo no les fue ajeno a Stendhal y a Flaubert. Aunque a ambos les producía indignación tener que depender del gusto de gentes ignorantes, al mismo tiempo anhelaban que los adorara un público numeroso y por eso se les puede atribuir lo que de sí mismo dijo Nerval: “Yo siento dos hombres en mí”.

Como hemos comentado, en el héroe de RyN también hay dos; uno desea preeminencias, ser distinguido por los personajes públicos importantes, mientras el otro desprecia a aquellas gentes de quienes espera reconocimiento. Esta condición de querer lo que al mismo tiempo menosprecia lo hace sentirse hipócrita. Siempre a la defensiva, atemorizado de lo que le podría pasar si revelara sus verdaderos sentimientos e intenciones, desde pequeño disimula, dice otra cosa de la que siente y piensa. Solamente al final de la novela se asume como un campesino que pudo llegar a ser noble por sus propios méritos. Reclama entonces que lo persiguen por odio de clase, porque resienten su talento, audacia y empuje y por eso lo están juzgando y por eso lo van a llevar al patíbulo. Y los que lo juzgan son burgueses, los mismos que consiguieron elevarse de posición al desbancar a la aristocracia.

Su menosprecio abarca a casi todos, tanto a los que están por encima de él como a los que pertenecen a su misma clase.