sueños ardientes - Donna Sterling - E-Book

sueños ardientes E-Book

Donna Sterling

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Beschreibung

Brynn Sutherland tenía un pequeño problema: era sonámbula, sobre todo cuando estaba estresada. Y desde que había aparecido su antiguo novio, Cade Hunter, no podía estar más nerviosa. Todos los días se despertaba a su lado y, dada su experiencia, la cama de Cade era el sitio menos seguro para ella. Fue entonces cuando le propuso una "cura" para sus problemas nocturnos: debían resolver ciertos asuntos del pasado. ¿Cómo iba a negarse? Lo cierto era que Cade no había conseguido olvidar a Brynn. Por eso, cuando la encontró en su cama no pudo resistirse. El problema era que en aquel momento estaba trabajando de incógnito y su misión era protegerla, por lo que no podía dejarse distraer. Pero había una cosa de la que estaba seguro: la quería a su lado para siempre. Quizá tuviera que prolongar la terapia nocturna hasta que ella admitiera que sentía lo mismo.

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Seitenzahl: 257

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2004 Donna Sterling

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sueños ardientes, Elit nº 467 - agosto 2025

Título original: Sex and the Sleepwalker

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. N ombres, c aracteres, l u g ares, y situ aciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370008673

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Lo vio nada más subir al escenario.

Ahí estaba, sentado en la primera fila del atestado auditorio, con los musculosos brazos cruzados, las piernas cómodamente estiradas y la boca ladeada en esa medio sonrisa que tan bien recordaba de sus días universitarios. Cade Hunter. Se preguntó por qué había tenido que aparecer en la ceremonia de entrega de premios más importante de su vida.

—Para mí es un placer entregar este premio a la increíble, incomparable y única Brynn Sutherland —acababa de anunciar la presidenta de Estados Unidos—, por dirigir el mejor hotel con encanto en la historia del mundo libre.

El auditorio había estallado en aplausos y el público se había puesto de pie. Era el momento de oro de Brynn… el éxito más allá de todos los sueños más descabellados. Pero al tratar de cruzar el escenario para aceptar el enorme trofeo dorado, casi una réplica del Óscar, fue como si avanzara a cámara lenta, como si se moviera por una densa ciénaga. Y todo por su culpa. Él era el único que no aplaudía, el único que no se había incorporado y sonreía con admiración.

Intentó no mirarlo con expresión ceñuda. Se suponía que debía sonreír y acercarse al podio a aceptar el premio, no echar humo por la actitud insolente de Cade Hunter

Antes de que pudiera apartar la vista del rostro rudo pero extrañamente atractivo, lo vio mover los labios. Y aunque no pudo oír la voz, supo qué decía: «Puritana».

¡Puritana! ¡Sabía cómo manipularla! Era una ocasión importante para ella. Una afirmación pública de su talento como hostelera, por no mencionar una gran publicidad para el Three Sisters Bed & Breakfast Inn. Pero Cade Hunter había decidido presentarse, sin invitación, para volver a plantear sus viejos argumentos.

Cerró las manos, dejó de mirarlo y reanudó su marcha a cámara lenta hacia el podio. Notó que la presidenta se había transformado en Candice Bergen y que en ese momento el trofeo parecía la sirena de la marca de una lata de atún. Eso no le importó mucho.

Seguía demasiado irritada por el descaro de Cade Hunter. La había llamado puritana. ¿Acaso no veía que había cambiado? ¿No era capaz de distinguir que ya no era la adolescente virginal que había conocido, sino una mujer sofisticada con más muescas en los postes de su cama que las protagonistas de Sexo en Nueva York?

Se detuvo en seco, a menos de un metro del podio. Por algún motivo inexplicable, otro hombre del público repitió la acusación. «Puritana». Luego lo repitió otro.

Al rato, todo el público se puso a entonar:

—Puritana. Puritana. Puritana.

—No es justo —gritó Brynn a pesar de la conmoción—. Había buenos motivos para no llegar hasta el final con él. Sólo tenía dieciocho años. ¡No estaba preparada!

El público no la escuchó. El cántico se había vuelto atronador. Con ese brillo arrogante en sus ojos de color miel dorada, Cade Hunter musitó:

—Lo más probable es que sea frígida.

—¡Frígida! ¿Yo? —eso era más de lo que cualquier mujer sofisticada que se respetara podía aceptar. Temblando de indignación, pasó por delante de Candice Bergen y siguió hasta un lado del escenario, donde bajó los escalones para ir a plantarse ante el despreciable Cade Hunter—. ¿Crees que soy frígida? ¿Una puritana? Bueno, comprobémoslo, ¿qué te parece? —a cada paso que daba, se iba abriendo la blusa de seda, arrancando botones de perlas, que saltaban como si fueran palomitas de maíz en el microondas—. Vamos, chicarrón —se desprendió de la blusa y bajó la mano a la cremallera de los pantalones—. ¿Deseas una parte de mí? Intentémoslo, Romeo…

Surgida de ninguna parte, una protuberancia larga y dura la golpeó en la mandíbula, lanzándola contra una pared. A su alrededor reverberó el sonido de metal. Algo húmedo y laxo se plegó sobre su cara. Las luces se apagaron, sumiéndola en la oscuridad, y el dolor le recorrió el cuerpo.

Necesitó un momento, un largo y agónico momento de aturdido desconcierto, para que sus ojos se adaptaran a la oscuridad, recuperara plenamente los sentidos y reconociera dónde estaba.

En el armario de la limpieza. Más específicamente, en el frío suelo de terrazo del armario de la limpieza, con el palo de una escoba cruzado sobre la garganta, una fregona en la cara, los pechos desnudos liberados de la parte superior del pijama y un pie metido dolorosamente en un cubo de metal.

Y aunque no lo había visto en nueve años y esperaba no verlo jamás, era culpa de Cade Hunter.

 

 

El estrés. El simple estrés era lo que había causado su paseo nocturno. Al menos, eso era lo que dedujo a la mañana siguiente. Comenzaba la temporada de fútbol, el momento más ajetreado del año en su negocio, con los alumnos que regresaban para animar a los Georgia Bulldogs. Eran una fechas divertidas pero de actividad frenética para los hostales locales, y en especial para el Three Sisters Bed & Breakfast Inn, una antigua fraternidad de mujeres que Brynn y otras dos compañeras de hermandad habían comprado y restaurado. Conseguir unas ganancias decentes durante la temporada de fútbol podía establecer la diferencia entre el éxito y el fracaso. Y a diferencia de los tres años anteriores, no estaban completos para el primer partido. El estado de la economía pasaba factura. Tenía buenos motivos para estar tensa.

Y tampoco era un misterio que Cade Hunter protagonizara sus sueños. Trish Howell Hightower, su preciosa y rubia socia, había mencionado que se había topado con él el día anterior en una cafetería de la localidad. Al parecer, se hallaba en la ciudad por asuntos de negocios. La idea de tener a Cade Hunter cerca de ella bastaba para causarle pesadillas. Nueve años atrás, él le había roto el corazón.

Lo había superado, desde luego. Cade Hunter le era indiferente. Pero a menos que hubiera cambiado mucho, representaba una amenaza para cualquier mujer vulnerable que le gustara. Odiaba pensar en la carnicería emocional que podría provocar en su pequeña ciudad. O, y que Dios no lo quisiera, en su amiga y socia, Trish. Recién divorciada, sería una presa fácil.

—¿Qué sucede, Brynn? ¡No me digas que te pones del lado de Trish en el tema de la salsa barbacoa!

La pregunta ansiosa de Lexi Dupree la devolvió al presente. Estaban sentadas en unas mecedoras en el porche con columnas de la mansión, disfrutando de la suave mañana de agosto. Bebían unos Bloody Marys y hablaban de la comida que servirían durante las fiestas del fin de semana.

—¿Salsa barbacoa? —repitió, luchando por comprender de qué hablaba Lexi.

—Creía que te encantaba. A los clientes les fascina. El que algún gurú gastrónomo le haya dado a Trish una receta nueva no significa que tengamos que dejar de utilizar la mía.

—Oh… estoy de acuerdo. No haremos ningún cambio sin una prueba de degustación.

—¡Una prueba de degustación! —Lexi cruzó los brazos y frunció el ceño—. Creía que era yo quien estaba a cargo de la comida… y a mí me gusta la salsa que hemos estado usando. ¿Por qué debería cambiarla por la de Trish? Ya ha metido mano en el bufé del desayuno, en el postre de la cena y en mi horario del fin de semana. Se suponía que Trish iba a ser una socia silenciosa, ¿lo recuerdas? Silenciosa.

—Sí, pero ha puesto casi todo el dinero. Es dueña del cincuenta y uno por ciento. No podemos soslayar sus sugerencias.

—Puso casi todo el efectivo, pero tú y yo también hemos invertido mucho… con el acuerdo de que tú dirigirías el hotel y yo me haría cargo de la comida y las actividades. Trish no debería interferir.

Brynn percibió que la irritación de Lexi con Trish alcanzaba un nivel peligroso. Y comprendía la causa. Trish tenía tendencia a dominar Cuando les ofreció ayuda financiera para su empresa, probablemente deberían haber imaginado que no sería capaz de mantenerse al margen para siempre. Al involucrarse en la dirección cotidiana del hotel, sólo era cuestión de tiempo que las volviera locas. Lexi ya parecía hallarse próxima al punto de inflexión, y Trish se había trasladado allí hacía sólo dos semanas. Odiaba el conflicto entre sus amigas. O en cualquier parte.

—Hablaré con ella —prometió. No sería la primera vez que negociara la paz entre sus socias. Aunque las tres eran amigas desde el primer año de universidad, los asuntos de negocios habían tensado un poco su amistad—. Pero, Lex, intenta ser paciente con ella. Tiene buenas ideas y sabe lo que es popular en los círculos sociales. Si pensamos servir las comidas a los alumnos de las fraternidades, necesitamos conocer eso. Además, está pasando un momento duro tratando de adaptarse a soltería y de trazar una ruta nueva para su vida.

—Sí, bueno, me encantaría indicarle qué ruta tomar —musitó Lexi, aunque sus ojos oscuros se habían suavizado un poco.

Con el pelo teñido de color platino y cortado en punta alrededor de su bonita y regordeta cara, Lexi parecía una muñeca cuyo pelo hubiera sido cortado por una niña creativa. La multitud de aros de plata que alineaban sus orejas, la guitarra tatuada en el hombro y la camiseta escueta y corta que lucía la delataban como la música moderna y sexy que en realidad era, cuya personalidad había emergido plenamente en el último par de años.

Trish, una purista clásica, tanto en la música como en la moda, desaprobaba el tatuaje y el pelo teñido de Lexi. Si Lex hubiera probado algunas de esas innovaciones en sus tiempos universitarios, lo habría pasado mal, porque Trish también había sido la abeja reina de su fraternidad.

Por otro lado, Brynn consideraba que los cambios en Lexi eran estimulantes. La imagen encajaba a la perfección con el carácter de su amiga. En cierto sentido, le envidiaba esa metamorfosis. En la universidad, Lexi y ella habían sido las morenas tranquilas en una fraternidad llena de rubias y pelirrojas vivaces.

—Eh —manifestó Lexi súbitamente—, con su cincuenta y uno por ciento, puede despedirme, ¿verdad?

—Supongo, pero jamás lo haría. A veces es un incordio, pero Trish te quiere, Lex. Empezamos este negocio juntas, y juntas lo convertiremos en un éxito.

Lexi se encogió de hombros y centró su atención en los menús que había planeado para los clientes del fin de semana.

Justo cuando la discusión iba a cerrarse, un Porsche rojo rodeó la entrada circular y se detuvo al pie de los escalones del jardín. Trish bajó del vehículo.

—Buenos días —saludó, subiendo la escalera enfundada en un corto vestido de tenis y con el pelo rubio oscilando en torno a su cara. Alta y delgada, con grandes ojos azules, un bronceado mediterráneo y la actitud relajada de aquéllos que nacen entre la riqueza, parecía exactamente la estudiante que una vez había sido—. Lexi, ¿has preparado ya esa salsa barbacoa? Estoy impaciente por que la pruebes. Hace furor en Manhattan. Le supliqué al chef del Club Noir que me diera la receta.

A pesar del tono ligero de la educada voz sureña de Trish, Lexi se crispó y Brynn respondió rápidamente por ella.

—Hemos estado demasiado ocupadas en la planificación como para que Lexi pudiera hacer algo en la cocina. ¿Por qué no te sirves un Bloody Mary de la jarra que hay en la nevera y te unes a nosotras?

—No puedo. He de ducharme, y luego irme a la ciudad para un almuerzo a las once —la expresión que puso indicó que no le entusiasmaba la idea. En el último año no había tenido mucha suerte con las citas—. Pero volveré a las dos para encargarme de la recepción.

—No te tengo apuntada para la recepción —expuso Brynn. Sabía que Trish se concentraba mucho en el negocio para evitar pensar en su vida personal.

—Se me ocurrió darte un descanso. Dejar que prepares el ajetreado fin de semana que se nos viene encima —fue hacia la puerta, pero entonces se detuvo—. A propósito, Brynnie… ¿hubo algún problema anoche?

—¿Problema?

—En el desayuno, la señora Hornsby mencionó haber oído un alboroto procedente de tu suite. Gritos, golpes sordos y estrépito. Yo no oí nada, pero mi habitación está en el otro extremo del hotel. ¿Sucedió algo?

Las dos la miraron con curiosidad y Brynn sintió que se ruborizaba.

—Debió de ser mi televisor —se sintió culpable por haber perturbado a una huésped, y más todavía por mentir al respecto. Pero no quería que nadie conociera el episodio de sonambulismo. Y menos Trish. Dios sabía qué pensaría. Ella misma consideraba que estaba a punto de tener un ataque de nervios.

Trish enarcó sus rubias cejas.

—¿Tú estabas viendo la tele a las tres de la mañana? Si por lo general caes rendida a las once.

—Me quedé dormida sin apagar el aparato

—Oh. Me alegro de que no hubiera ningún problema. Pero… quizá podrías mantener el volumen bajo, ¿eh? —con una sonrisa de despedida, entró en la casa.

Brynn respiró hondo y trató de no reaccionar negativamente a la suave reprimenda de su amiga. Trish tenía todo el derecho de esperar que la directora de su hotel evitara despertar a los clientes a las tres de la mañana.

—Bueno, ¿qué sucedió de verdad?

—¿Crees que miento? —miró a Lexi de soslayo.

—Con descaro. Reconocería ese rubor culpable en cualquier parte. Algo pasó anoche.

—Nada. No fue nada. De verdad.

Lexi clavó la vista en los dedos de los pies hinchados y levemente amoratados de Brynn, visibles en las sandalias.

—Entonces, ¿qué le pasó a tu pie? No recuerdo que ayer estuviera así.

—Me los golpeé, eso es todo —tenía que pensar en una forma de cambiar de tema—. Cuando fui a contestar el teléfono. Era mi hermano. Aún no han atrapado a aquel secuestrador… ya sabes, el caso que John investigaba, y volvió a llamarme para decirme que tuviera cuidado con los desconocidos que alojáramos. Aunque me pregunto cómo se puede no alojar a desconocidos cuando diriges un hotel. Tener a un poli en la familia basta para volver paranoico a cualquiera.

—No intentes cambiar de tema. ¿Quién gritaba y tiraba cosas anoche y cómo te hiciste daño? Dime la verdad —cuando sólo recibió silencio, se inclinó y susurró—: ¿Antoine perdió los estribos por algo?

—¡Antoine! —de no haber estado tan sorprendida, habría reído—. Claro que no. Jamás he visto que Antoine perdiera los estribos. Es un encanto. Además, es demasiado educado y refinado para recurrir a la violencia.

—La educación y el refinamiento no tienen nada que ver con las tendencias violentas de un hombre. Y hay algo que no me estás contando —la estudió con intensidad y de pronto abrió mucho los ojos—. ¿Antoine y tú hacíais algo… ya sabes… raro? ¿Algún tipo de juego amoroso que se os escapó de las manos? He oído decir que los amantes franceses pueden ser muy creativos.

Brynn rió.

—Nada más lejos de la realidad —Lexi se quedaría decepcionada si supiera la verdad entre Antoine y ella.

Pero no pensaba contar nada. Lexi había quedado encantada cuando Brynn empezó a salir con el atractivo, encantador y artístico Antoine. Estaba segura de que Brynn al fin había encontrado un amante apasionado. Hasta entonces, había tenido una serie de relaciones con intelectuales más inclinados hacia el estímulo filosófico que físico. Suponía que se sentía más segura con esa clase de hombre, aunque sexualmente aburrida y frustrada. Lexi había reconocido el problema y la había convencido de buscar a alguien que la llenara. Trish ayudó presentándole a Antoine, su primo, que acababa de trasladarse a Georgia procedente de Francia. Éste había mostrado un interés especial en Brynn y desde entonces habían estado saliendo.

No era culpa de Antoine que el aburrimiento no la hubiera abandonado. El problema era ella. Siempre terminaba pensando demasiado en los momentos de intimidad. Analizando cada acto.

No siempre había sido así. Ni mucho menos. Hubo un tiempo en su vida en que el contacto de un hombre la había encendido. Pero se negaba a pensar en ese hombre. Ya era bastante malo que soñara con él.

Quizá se había vuelto demasiado cerebral como para disfrutar de la felicidad sexual. Después de cinco semanas de salir con ella, Antoine probablemente se había dado cuenta de lo mismo. De ahí sus frecuentes viajes de negocios.

Pero había tenido relaciones placenteras. Distaba mucho de ser frígida, como había afirmado Cade Hunter la noche anterior. Sueño o no, esa acusación aún le escocía.

—Si Antoine te puso una mano encima —dijo Lexi—, le pisotearé el trasero. No tolero la violencia.

Brynn contuvo el impulso de señalarle la ironía de esas dos afirmaciones, o de reír por la imagen de la pequeña Lexi pisoteando a un chico grande como Antoine.

—No hizo nada, lo juro. Anoche ni siquiera estaba aquí. Salió de la ciudad después de la cena en otro viaje de negocios.

Al ver la duda en el rostro de su amiga, comprendió que debía contarle la verdad de lo sucedido o Antoine quedaría como un agresor de mujeres.

—Si necesitas saberlo, el alboroto lo provoqué yo misma —admitió—. Estaba soñando.

Lexi frunció el ceño, perpleja.

—¿Qué tiene que ver soñar con…? —calló al entenderlo—. Oh, no. No has vuelto a sufrir de sonambulismo, ¿verdad?

Brynn dio por hecho que recordaba la noche en la fraternidad en que Lexi había despertado y la había visto caminar por la habitación. Menos mal que su compañera no había prestado mucha atención a sus palabras. El que hubiera estado a punto de descubrir su secreto más profundo y oscuro le había conmocionado tanto, que había dedicado meses a tomar infusiones para dormir y a asistir a sesiones de terapia de meditación para contener el sonambulismo o hablar en sueños. Estaba convencida de que lo que al final había podido con el hábito había sido una determinación férrea.

—Anoche fue la primera vez que caminé en sueños desde la universidad —indicó, con la esperanza de tranquilizar a su amiga—. Supongo que el comienzo de la temporada de fútbol ha sido demasiado.

—¿Y qué hiciste?

—Choqué con una pared. Desperté en un armario —no mencionó que había sido el armario de la limpieza en el sótano. No necesitaba saber que había salido de su dormitorio.

—Es una pena —Lexi movió la cabeza en sombrío gesto de reflexión—. Apuesto a que sé por qué sucedió. Te contienes demasiado. Sigues siendo una mujer sexualmente reprimida.

Brynn miró asombrada a su amiga. ¿Cómo había llegado a esa conclusión? Por lo que Lexi sabía, su vida sexual era más apasionada que nunca con Antoine.

—Oh, no te muestres tan sorprendida. Te conozco, Brynn Sutherland. Si tuvieras buen sexo, se te vería embriagada de alivio, después de tantos años de acumular presión. Créeme, conozco ese fenómeno por experiencia personal —se reclinó en la mecedora y suspiró—. Tenía tantas esperanzas en Antoine y en ti…

—No es culpa suya —apoyó la cabeza en el respaldo—. Es mía.

—No has encontrado al chico adecuado, eso es todo.

Como no quería que retomara la campaña para encontrarle un buen amante, guió la conversación a su tema original.

—En cualquier caso, dudo de que mi vida sexual tenga algo que ver con mi sonambulismo. Está relacionado con el estrés.

—Has sufrido este estrés muchas veces, pero no te oí mencionar el sonambulismo hasta ahora. ¿De qué trató el sueño?

La pregunta la pilló desprevenida.

—Nada. Nadie. Es decir, nadie que conozca —se sintió irracionalmente sacudida por la pregunta—. Quiero decir, podría haberlo conocido, pero… eh… —la mentira improvisada jamás había sido su fuerte. Lexi volvió a reflejar esa mirada intensa y Brynn estuvo a punto de gemir. Su amiga la acosaría hasta que confesara—. No veo en qué es pertinente —se excusó, cediendo a la presión—, pero la única persona a la que reconocí en el sueño, aparte de a Candice Bergen, fue a Cade Hunter.

—Cade Hunter —Lexi repitió la información antes de esbozar una sonrisa satisfecha—. De modo que tenía razón. El sonambulismo está relacionado con tu vida sexual.

—¡No! Lo que pasa es que Trish mencionó que ayer se cruzó con él.

—Cade Hunter fue el último chico por el que te volviste loca.

—No me volví loca por él.

—Sabes que sí. De hecho, les sucedió a la mitad de las chicas de nuestra fraternidad, y ni siquiera pertenecía a una fraternidad de chicos. Ese hombre tenía un gran magnetismo sexual. Y lo que es más importante, es un antiguo amor, lo que significa que el tiempo probablemente lo ha exaltado en tu mente.

—¿Exaltado? ¿A Cade? Tienes que estar bromeando.

—Todo el mundo sabe que los antiguos amores parecen más intensos en el recuerdo de una mujer que lo que lo hicieron en la vida real.

Brynn se preguntó si sería verdad. A pesar de lo mucho que lo despreciaba por su conducta desalmada, no podía negar que los recuerdos que tenía de Cade Hunter encendían en ella más calor sensual que cualquiera de las posteriores relaciones que había vivido ¿El paso del tiempo habría exagerado ese anhelo hasta el punto de que ningún hombre de carne y hueso podía competir con él? Era un pensamiento desconcertante.

—Una mujer en tu estado de insatisfacción, soñando con un antiguo amor como Cade Hunter… —Lexi sacudió la cabeza—. No me extraña que te excitaras tanto.

—¡No estaba «excitada» por Cade! Al menos no sexualmente. Estaba enfadada porque me insultaba.

—¿Cómo?

No quería contarle que la había llamado «puritana». Eso induciría a Lexi a analizar las razones subyacentes por las que soñaba semejantes cosas… y no quería tratar el tema de la causa por la que Cade y ella habían roto su relación años atrás. «Hagamos el amor, Brynn, o hemos terminado».

Aún lo pasaba mal al pensar en el ultimátum. Mientras ella se enamoraba profunda y perdidamente, era evidente que Cade sólo la quería para el sexo. Dolida, indignada y humillada, había roto la relación. Y él no había tardado en encontrar a otra. Nada menos que una compañera de fraternidad, que no tardó en quedarse embarazada.

Eso había tenido lugar años atrás. En ese momento, Brynn consideraba todo el episodio como una lección aprendida. Se había recuperado por completo, y era mucho más sabia ante los rompecorazones poco escrupulosos como Cade Hunter.

Pero no quería hablar del tema, ni en ese momento ni nunca.

—No recuerdo exactamente cómo me insultaba —repuso, evitando la mirada penetrante de su amiga.

—Mmm —era evidente que sabía que retenía información, pero no quiso insistir.

Brynn no podría haberse mostrado más aliviada. Porque aunque había estado enfadada con él en el sueño, también se había arrancado la parte superior del pijama en medio del ansia del desafío erótico. Quizá su estancamiento sexual la afectaba más de lo que había creído.

—Sigue mi consejo —indicó Lexi—. Ve en busca de un hombre que te excite de verdad y descarga toda tu energía acumulada. De lo contrario, ¿qué será de ti?

Sin duda eran palabras sabias. Pero Brynn no era una persona que pudiera desinhibirse con facilidad. Salvo, desde luego, en sus sueños.

 

 

—Ya estamos infiltrados —murmuró Cade Hunter al móvil mientras atravesaba el vecindario arbolado que rodeaba el Three Sisters Bed & Breakfast Inn—. Ayer seguí a Trish a una cafetería. Establecí contacto. Me invitó a hospedarme en el hotel. Voy hacia allá.

Su socio murmuró unas palabras de aprobación y Cade cortó. Si el encuentro con Trish no hubiera logrado que le invitara, había dispuesto de otro ardid para justificar la visita. Pero eso era mejor. Trish lo había invitado como antiguo compañero de universidad y él había aceptado. Sus motivos para presentarse en el hotel no despertarían sospechas.

Y eso era lo importante.

Guardó el móvil en el bolsillo y enfiló el descapotable deportivo hacia el hotel. Trish había mencionado que estaría en la recepción mientras Lexi y Brynn realizaban los preparativos para las actividades del fin de semana. No podría haber pedido más suerte.

Porque si Brynn hubiera estado en la recepción, no le cabía duda de que habría puesto el cartel de Completo. Siempre se le había dado bien rechazarlo.

Pero estaba allí para realizar un trabajo importante y no permitiría que la intocable Brynn Sutherland lo detuviera. Ni se permitiría volver a obsesionarse con ella. Además, lo más probable era que con los años hubiera cambiado bastante. Con un poco de suerte, apenas podría reconocerla.

Tampoco le preocupaba verla otra vez. Los últimos nueve años le habían enseñado mucho. Lo habían hecho más fuerte e inteligente, en especial en lo referente a las mujeres. Sus amigos lo llamaban cínico. Él prefería pensar en sí mismo como iluminado.

Al entrar por el sendero de la mansión que otrora había sido la sede de la fraternidad de Brynn, se obligó a relajar las manos sobre el volante.

Años atrás ella le había exigido «autocontrol». Desde entonces, había dominado ese arte. Sin importar lo que Brynn hiciera o dijera o qué aspecto tuviera, bajo ningún concepto iba a permitir que lo afectara.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Muy bien, no era una mujer sofisticada, ni estaba gloriosamente liberada como Lexi, ni al tanto de las tendencias sociales cosmopolitas, como Trish. Y si alguna de ellas conociera su historia personal, lo más probable era que nunca la hubiera dejado entrar en el círculo social que frecuentaba, lo que, en cierto sentido, hacía que se sintiera una farsante.

Pero había un campo en el que se sentía absolutamente cómoda, y ése era el de darle la bienvenida a los huéspedes. Le encantaba conocer a personas nuevas, saludar a las que ya había recibido y que le contaran cosas de sus vidas, sus viajes y lo que les interesaba. Cada llegada la llenaba de expectativas, como si fuera a embarcarse en una aventura nueva. Y cada persona que se convertía en amiga la hacía sentirse mucho más rica. Consideraba que la parte más importante del trabajo que desarrollaba era lograr que los huéspedes se sintieran cómodos. En casa. Sinceramente bienvenidos.

Con eso en mente, permitió que Trish ocupara la recepción mientras ella misma desempeñaba el papel de anfitriona en el vestíbulo con los recién llegados, ofreciéndoles té, café o refrescos.

Mientras Lexi y ella depositaban bandejas con pastas y canapés sobre el aparador antiguo para sus huéspedes de los jueves, un rugido atronador penetró desde la entrada.

—¡Vamos, Bulldogs! ¡Destrozadlos! Rrrf, rrrf, rrrf…

En cualquier otra parte del país, el sonido de hombres ladrando, gruñendo y aullando podría haber despertado alarma. Pero en Athens, Georgia, sede de los Bulldogs de la Universidad de Georgia, la conmoción sólo provocó sonrisas en algunos de los clientes que había en el vestíbulo. Brynn y Lexi fueron un poco más lejos y respondieron a los ladridos con aullidos propios.

—Eh, chicos, creo que hemos encontrado a unas Facilonas DZ —comentó Smitty, el más grande y gritón de los cuatro recién llegados, cuarentones y con barriga cervecera.

El grupo había dejado de dar berridos para detenerse en la amplia entrada abovedada y mirar con lascivia a Brynn y Lexi.

—¿Perdón? —preguntó Brynn con fingida indignación ante el antiguo menosprecio hacia su fraternidad. Esos chicos eran de sus clientes favoritos. Todos los años, al comienzo de la temporada de fútbol, se alojaban en el hotel—. ¿Habéis dicho Facilonas DZ? Que sepáis que es Delta Zetas.

—Deja que los chicos Kappa Alpha sigan sin saberlo —añadió Lexi, lo que instó a los hombres a entonar una canción obscena sobre su amada fraternidad.

—Id a la recepción a registrar vuestras zarpas en el impreso de admisión —ordenó Brynn por encima de la canción mientras servía café a tres licenciadas bonitas y jóvenes.

Como antiguas reinas de la belleza, Miss Athens, Miss Condado de Clarke y Miss Georgia, las chicas estaban apuntadas para participar en las celebraciones de inauguración en el campus. Parecían guardar sus sonrisas para la ocasión, ya que en ese momento daban la impresión de estar aburridas e irritadas.

Brynn se dirigió a llenar las tazas de los huéspedes más afables. Tendría que encontrar un modo de imbuir en esas mujeres jóvenes el espíritu divertido del fin de semana.

Pero antes de poder realizar ese esfuerzo, Trish la llamó por la radio interna para preguntarle si podía echarle un vistazo a un aire acondicionado defectuoso. Subió a arreglar el problema. Georgia en agosto requería aire acondicionado.

Cuarenta minutos más tarde, después de casi desmantelar la unidad de pared, tuvo que llamar a un técnico. Era en momentos como ése cuando de verdad apreciaba la ayuda de Trish. Al menos sabía que la recepción estaba bien dirigida mientras los problemas la mantenían en otra parte.

Cuando al fin bajó, temiéndose lo peor entre los Kappa Alpha y las misses, se dirigió hacia el vestíbulo, pasando delante de Trish, enfrascada en una llamada telefónica en la recepción. Un vistazo hacia la cocina le mostró a Lexi en retirada con un montón de bandejas vacías de canapés.