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¿Existe el suicidio o estamos ante distintas formas de darse muerte, etiquetadas como suicidios? O, más en extenso, ¿existe el suicidio como fenómeno inequívoco, o de lo que hablamos es de diferentes perspectivas psiquiátricas, forenses, sociológicas, que homogeneizan actos heterogéneos bajo el mismo nombre? La necesidad de apellidar el suicidio con un en implícito (suicidio en el alcoholismo, en los jóvenes, en la depresión) y un por explícito (suicidio lógico, suicidio romántico, suicidio-huida) parecen indicar lo heterogéneo del fenómeno que impone una falsa identidad en base al final común mortal. Entonces, si los suicidios son conductas bastante heterogéneas, ¿no deberíamos acercarnos al fenómeno con pocas pretensiones de saber psicológico y enfrentarlo desde una primera perspectiva autobiográfica? Es por esto que esta obra recoge una amplia muestra de historias que ponen en evidencia que no se pueden homogeneizar con la palabra suicidio y que debería hablarse de Suicidio(s), todos apellidados por su historia biográfica. Guillermo Rendueles analiza esta heterogeneidad a través de las cartas que nos dejan, que son quizás, "la literatura con mayor probabilidad de mostrarnos la veracidad de los hechos", apoyándose en su entorno cercano que en muchas ocasionas considera que fue para ellos absolutamente enigmático, otras veces, sin embargo, son decisiones aparentemente racionales, o envueltas de historias de violencia o realizado en compañía. Otra excelente aportación de este psiquiatra, que ha dedicado su vida a la mejora de la asistencia de las personas con problemas de salud mental, es que nos conecta sus reflexiones con los pensamientos y biografías de Camus, Dostoyevski, Styron, Pavese, Heidegger, Levi, Amos Oz, Durkheim, Foucault y Wittgenstein, entre otros. Es muy interesante también el capítulo final sobre lo que opinan los jóvenes acerca del suicidio que está tomado de la investigación de la tesis doctoral realizada por Mª Elena Pinto. Es indiscutible que escuchar la voz de los jóvenes resulta siempre de ayuda en la prevención del suicidio, y por tanto, es fundamental para todos los que están en contacto con ellos.
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Seitenzahl: 490
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Guillermo Rendueles
Suicidio(s)
Nueva edición revisada y actualizada
© 2025 Guillermo Rendueles
Nueva edición revisada y actualizada
Edición original publicada por Editorial Grupo 5 en 2018, con el número 14
de la colección Salud mental colectiva dirigida por Manuel Desviat
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© EDICIONES MORATA, S. L. (2025)
Madrid - España
edmorata.es
Derechos reservados
ISBNpapel: 979-13-87510-15-2
ISBNebook: 979-13-87510-16-9
Depósito legal: M-16.894-2025
Compuesto por: MyP
Printed in Spain — Impreso en España
Imprime: ELECE Industrias Gráficas, S. L. Madrid
Imagen de la cubierta: Ana Peláez Sanz
Nota de la editorial
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Prólogo a la presente edición, por Paulo Cosín Fernández
Presentación, por Manuel Desviat
Referencias bibliográficas.
Introducción. Explicar y comprender
La fragilización de los vínculos sociales.—Pontífices y artesanos.—Isabel Holguín.—Final del inicio.
CAPÍTULO 1. La magia de las palabras
Cartas desde la frontera.—Arturo.—Manuel.—Ramón.—Ambrosio.—Dorotea.—Amancio.
CAPÍTULO 2. El libre albedrio: Albert Camus o Edward Wilson
CAPÍTULO 3. Nominalismo y realismo: Duns Escoto y el DSM V
CAPÍTULO 4. Dejar memoria
Marcelo.—Godofredo.—Onésimo.—Lamberto.—Basilio.—Sergio.—Mario.—Eutimio.—Serapio.—Bernardino.—Urbano.—Pepe.—Robles.—Ambrosio.—Antonino.—Gardel.—Marcelo.
CAPÍTULO 5. William Styron: matarse o asilarse
Yo también soy Emma Bovary.—Ya nunca nos quedará París.—Los que fracasan al triunfar.—Una teoría psiquiátrica inequívocamente americana.—La salida suicida.—¿Cura el ingreso psiquiátrico?—¿La depresión enseña?—Libros: ¿tóxicos o terapéuticos?
CAPÍTULO 6. El suicidio en compañía
Cesare Pavese y el vicio absurdo.—El miedo al suicidio múltiple.—Heinrich von Kleist y Henriette Vogel.—En busca del valor para matarse.—Valentina y Josefa.
CAPÍTULO 7. Violencia y suicidio
Antón.—Raimundo.—Venancio.—Lorenzo.—Pin.—Xana y Agapito.—Magdalena.
CAPÍTULO 8. Suicidios enigmáticos
Ambrosia.—Alpidio.—Jesús.—Arcadio.—Lucio.—Fulgencio.—Neredo.—Probo.—Longinos.—Matilde.—Berto.—Castor.—Gardenio.—Acacio.—Almudena.—Puri.
CAPÍTULO 9. El decisor racional y el suicidio
Beltrán.—Rigoberto.—Efrén.—María Luisa.—Marules.—Artemio.—Sophie.—Landelino.—Vicencio.—Gervasio.—¿Errores de cálculo?—Arsenio.—Macario.—Nazario.—Anfibia.—Enfermedad mental, falsa conciencia y cálculo hedónico.—Marcos.—Ligoria.—Ada.—Basileo y Heraclio.—Rómulo.—Afrodisio.—Perfecto.—Sigfrido.—Maimónides.—Isaac.
CAPÍTULO 10. El proceso del duelo en familias con suicidio consumado: la posvención del suicidio
Rómula.—Marino.—El suicidio inevitable: tanto amor y no poder nada contra la muerte.—Marcela.—Roberta.—Elvira.—Begoña.—Antigona.—Eulogia.—Ángela.
Referencias bibliográficas
ANEXO. El suicidio juvenil. ¿Qué piensan los jóvenes sobre el suicidio?, por María Elena Pinto Rodríguez
Prólogo a la presente edición
Es habitual que los libros que publicamos en Ediciones Morata contengan casos o viñetas que permiten entender el contexto y acercar al lector al contenido que los autores tratan de transmitir. Se conectan así la teoría y la práctica, y es algo que demandan los lectores pues les permite interiorizar la situación de las persona o personas que llegan a la consulta.
Quizás es por este motivo por el que muchos colegas del autor, Guillermo Rendueles, le han reclamado que su libro sobre los suicidios publicado en 2018 vuelva a ver la luz. Y en Ediciones Morata creemos que es una justa reclamación y una decisión acertada recuperar la muestra de situaciones de suicidio que se recogían en esa edición por varios motivos.
En primer lugar, porque cuando el libro fue publicado en 2018, el suicidio era ya un problema de salud de primer nivel, y los datos actualizados recogidos por el INE en 20231 o de la OMS en 20242 ponen de manifiesto que lo sigue siendo. Porque, cada año, según recoge la OMS “717.000 persona se quitan la vida y muchas más lo intentan. Todos los casos son tragedias para las familias, su entorno y todo el país, y dejan efectos duraderos para los allegados. Los suicidios pueden ocurrir a cualquier edad y fueron la tercera causa más frecuente de muerte en las personas de 15 a 29 años a nivel mundial en 2021. Este fenómeno no ocurre solo en los países de ingresos altos, sino que afecta a todas las regiones del mundo. De hecho, el 73% de los suicidios en 2021 ocurrió en países de ingresos bajos o medianos”. Esta situación demanda por tanto un acercamiento más profundo, y es justo esto lo que se pretende en la obra de Guillermo Rendueles.
La muestra que se recoge, como veremos, pertenece a los sumarios judiciales entre los años 1975 y 1986 de un área geográfica que en esa época tenía los mayores índices de suicidio de España. Cada uno de ellos es una historia de vida, un chico con un amor no correspondido, otro presionado por los estudios, un hombre en paro, un cáncer, una ruptura familiar, un trauma, etc. Casos que dentro de una estadística se desvanecen, se desfiguran para no mostrarnos nada. Y por eso tiene valor recuperarlos, porque se puede aprender mucho de ese espectro de historias, quizás para que al final como dice Rendueles en su Introducción “sobre las cuestiones de fondo no sabemos nada, más bien aparentamos saber”. Yo creo que no es así, que cuando se finaliza el libro el lector se lleva mucho, no solo de las historias sino de las grandes aportaciones del autor que las relata.
La primera edición de Suicidio(s) publicada por Editorial Grupo 5, pertenecía a la colección Salud Mental de esa editorial dirigida por Manuel Desviat. La decisión que en aquel momento tomo Grupo 5 de aceptar la propuesta de su director de colección fue tan acertada, como pensamos lo sigue siendo que lo hagamos ahora en Ediciones Morata. En aquella edición Desviat escribía un epílogo que en esta hemos decidido poner como Presentación, pues así comenzamos con una aproximación a la obra y a la figura de su autor.
Por último, durante los últimos años ha crecido la preocupación por la salud mental en los jóvenes, quizás por la tendencia creciente de las muertes por suicidio juvenil en el periodo 2000-20213 que podemos encontrar en algunos estudios:
El grupo de adolescentes y jóvenes el panorama merece mención propia. El suicidio es la primera causa de muerte en jóvenes y adolescentes entre 12 y 29 años. Solo en 2021, se registraron 336 muertes por suicidio en este grupo de edad en España, siendo estas cifras alarmantes. Además de dos muertes de menores de 12 años, elevando la cifra a 338 suicidios en menores de 30 años en nuestro país4.
Otros estudios recientes como el de la Fundación Atalaya nos informa de que:
1 de cada 5 jóvenes de 15 a 19 años siente dificultades graves relacionadas con la ansiedad, más de la mitad del grupo entre 20 y 24 años tiene dificultades relacionadas con el estado de ánimo, y concluyen que “las personas que encuentran en riesgo grave de conducta suicida son las que pertenecen al grupo de jóvenes adultos, seguidas por las del grupo de adolescentes5”.
Más todos aquellos relacionados con las conductas de riesgo, consumo de sustancias, adicciones, redes sociales, etc.
Es por esto por lo que hemos incluido un anexo que hemos titulado “Suicidio juvenil, ¿qué piensan los jóvenes sobre el suicidio?”, que recoge algunas opiniones sobre el suicidio de unos grupos de jóvenes. Corresponde a una parte de la tesis doctoral de M.ª Elena Pinto Rodríguez sobre suicidio juvenil6. En su investigación realiza preguntas a distintos grupos de jóvenes sobre su visión del suicidio. Para ello toma el caso, entonces reciente y de gran impacto mediático, del suicidio del joven Jokin en 2004, cuatro días antes de cumplir 15 años. Jokin era un joven estudiante de Hondarribia, en el País Vasco, que sufrió acoso escolar por parte de sus compañeros.
La situación sobre acoso escolar que refleja M.ª Elena Pinto en su investigación de 2006 sigue siendo una realidad y motivo de preocupación como podemos observar en las conclusiones del informe anual7 sobre acoso escolar publicado por la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña refleja que8:
El 9,4% de los/as alumnos/as son víctimas de acoso escolar y/o ciberbullying.El 6,5% sufren sólo acoso escolar presencial, el 1,1% ciberbullying y en el 1,8% de los casos, padecen simultáneamente ambos tipos de acoso. De acuerdo con los datos, si bien se aprecia un descenso con respecto al curso anterior, el acoso escolar en grupo sigue siendo mayoritario (49,8%),tanto en educación primaria como en educación secundaria, y es el más frecuente por parte de los chicos (62,4%) que de las chicas (37,1%). Específicamente, el ciberacoso se lleva a cabo principalmentea través de Whatsapp (71,9%), Instagram (44,8%) y Tiktok (41,7%). En un 20% de los casos, se ha hecho uso de la inteligencia artificial.
A esto habría que añadir el efecto de las redes sociales que pueden inspirar a conductas de riesgo, al suicidio individual y colectivo entre los que incluimos también el llamado efecto Werther9.
Incorporamos este capítulo porque creemos importante encontrar espacios que nos permitan mantener un diálogo abierto sobre las preocupaciones y los sufrimientos que tenemos, y de manera especial con los jóvenes. Lo que hizo M.ª Elena Pinto, a quien agradecemos la cesión del contenido de su tesis que reproducimos aquí, es un buen ejemplo de las preguntas y los diálogos que deberían estar muy presentes en el ámbito escolar. Esa investigación recoge lo que los jóvenes expresan sobre las causas de suicidio, donde buscan apoyo, cómo afrontar el acoso, la función del psicólogo del centro educativo, los problemas de inclusión y se atreven incluso, como veremos, a hablar de sus intentos de suicidio. Lo que dijeron esos chicos y chicas en la investigación de M.ª Elena Pinto, son mensajes que conviene escuchar pues son tan actuales como entonces.
Paulo Cosín FernándezDIRECTOR EDITORIAL
1 https://www.ine.es/dyngs/Prensa/es/pEDCM2023.htm
2 https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide
3 https://consaludmental.org/centro-documentacion/evolucion-suicidio-infantojuvenil-2020-2021/
4 Iván Pérez Diez, Paula Arias Rodríguez, Yolanda Sánchez Carro, Alejandro de la Torre Luque, Evolución del suicidio en España en población infantojuvenil (2000-2021).
5 Fundación Atalaya, Observatorio de Salud Mental Infanto-Juvenil (2025). Estudio Inquietudes y precupaciones y salud mental de la juventud en España. Páginas 14 y 15. Madrid. España.
6 Pinto Rodríguez, M.ª Elena (2006). Suicidio juvenil: Sociología de una realidad social. Universidad Complutense de Madrid, Madrid.
7 Fundación ANAR y Fundación Mutua Madrileña (2024). VI Informe de Prevención del Acoso Escolar en Centros Educativos.
8 https://www.infocop.es/el-94-del-alumnado-sufre-acoso-escolar-y-o-ciberbullying-segun-fundacion-anar/
9 Véase https://proyectohombre.es/articulos/efecto-werther-digital/
Presentación
“El antiguo capitalismo construye, el hiper-capitalismo destruye, explota, clausura, despide. Es un sistema que incita al suicidio y que nos hace suicidas. ¿Por qué lo aceptamos?”
Jean-Paul Galibert, Suicide et sacrifice
El suicidio es una traba para la salud pública, la justicia, el ciudadano común y el psiquiatra y, sin lugar a duda, puede ser una de las acciones más complejas e insondables del ser humano. ¿Atentado contra un Dios creador?, ¿egoísmo?, ¿altruismo?, ¿cobardía?, ¿inestabilidad emocional?, ¿acto de libertad? “Vivo porque puedo morir cuando quiero”, exclama Ciorán (2000). O en palabras de otro suicida: “No tengo miedo de pervivir desde que oculté un revolver cargado entre los muelles de mi cama” (Roorda, 2004) ¿Capacidad o incompetencia debido a la alienación psicopatológica? ¿Raptus o lúcida decisión? Aquel que se mata tiene que estar loco, escribe Esquirol, uno de los padres de la psiquiatría. La cosa es que somos los vivos quienes recreamos lo que pretenden decir las palabras o el gesto del suicida, las razones que lo han llevado a los barbitúricos, la soga, la cuchilla, la escopeta o el salto en el vacío. La psiquiatría viene, con los primeros alienistas, a dar una causa médica a la muerte voluntaria, a la muerte por la propia mano, explicando la conducta suicida como un hecho patológico, consecuencia de una enajenación mental o manía (Pinel), hasta el punto de atribuir a la locura cualquier fallecimiento al que no se le encuentre una causa natural. Sin embargo, este arrebato medicalizante no puede ignorar que, aunque el suicidio es frecuente entre los enfermos mentales, buena parte de las conductas suicidas se dan en personas a quienes difícilmente se les puede considerar enfermos psíquicos. Por otra parte, salvo en los casos, no tan frecuentes, de los estados delirantes o alucinatorios, los motivos por los que la gente se suicida suelen ser los mismos, sean enfermos mentales o no. Y, en todo caso, están condicionados por la consideración del suicidio que cada grupo social tiene. El hecho es que se da en todas las franjas de edad, género, clases sociales, países, etnias, credos y que su número se incrementa año tras año. Los datos epidemiológicos son abrumadores: más de 750.000 personas se suicidan cada año en el mundo, lo que representa una muerte cada 40 segundos. El suicidio es en la actualidad la tercera causa principal de defunción en el grupo de edad comprendido entre los 15 y los 29 años (OMS, 2025).
Sin duda, la alienación social, el desempleo, el desarraigo, la aculturación o la anomia a la que se refería Émile Durkheim, son factores predisponentes, como lo son los desastres, los abusos, las hambrunas, o la sanción cultural de ciertas formas de auto-aniquilación comunes en varias sociedades asiáticas y entre pueblos indígenas (los suicidios religiosos, la inmolación de las viudas en la India...)1. Tales circunstancias interrogan al orden mundial, a los centros de poder económico y político, sobre modos de vida no vivibles, condiciones de miseria, temor y humillación difícilmente tolerables y sin salida; pero también nos interpelan sobre las formas de vida de las sociedades opulentas, la soledad, la insolidaridad, la desigualdad, la competitividad, la idiocia social, esa patología social cada vez más emergente. Son formas de vida que psico-patologizan los comportamientos, especialmente entre los jóvenes, induciendo autoagresiones y conductas suicidas como formas de expresión.
En esta situación, podemos comprender que el problema para el clínico no es fácil. No es fácil saber cómo afrontar desde la clínica la muerte por la propia mano, la atención al superviviente, ni es fácil la ayuda, y menos aún el diseño de los programas preventivos, sobre todo por el riesgo de psiquiatrizar el acto suicida. No hay que olvidar que todavía hoy en muchos países es un delito, un atentado contra el orden social. Atentado contra la comunidad religiosa, contra un Dios creador y un Estado propietario, como lo era en el derecho romano para los esclavos, no para los patricios. Delito por el que se llegó a confiscar sus bienes, al igual que hoy se destruye la casa del palestino hombre-bomba, la propia o la de su familia, como medida disciplinaria y disuasoria.
En psiquiatría, en psicología, en la medicina, la concepción del suicidio está fuertemente lastrada por la ideología, por las propias creencias, en la medida en que nos enfrenta, como bien señala el autor de este libro, Guillermo Rendueles, a dos valores universales: el valor de la vida y el valor de la libertad. Por una parte está la vida, que tanto el médico como el sanitario, prometieron velar, y, por otra, está la libertad, un derecho constitutivo de los seres humanos. Es esta una dicotomía que tanto el clínico como el legislador tienen que tener en cuenta. Una vez más, la clave está en el respeto a la dignidad de la persona. Este respeto es el punto de equilibrio de la actuación del profesional de la salud mental, del juez, y del legislador en defensa de la dignidad de la persona del suicida, pues entender el acto y los factores subjetivos, sociales, antropológicos, que pueden lúcidamente conducir al suicidio, no significa inhibirse en la obligación de las sociedades de disponer de unos servicios sanitarios eficaces, capaces de actuar temprana y sostenidamente y de desarrollar programas de prevención de la conducta suicida, sino, sobre todo, actuar sobre los factores de riesgo, las situaciones sociales adversas que precipitan la conflictividad emocional que en la mayoría de los casos subyace en la decisión del suicida.
Guillermo Rendueles, con amplia experiencia clínica como psiquiatra en un centro público de salud, miembro de la progresista Asociación Española de Neuropsiquiatria-Profesionales de Salud Mental (formó parte de su Junta directiva allá por los años noventa del pasado siglo), se acerca a los actos suicidas a través de sus propias voces y también a partir de escritos de personajes suicidas famosos. Las palabras de los suicidas presentes en los sumarios judiciales (entre los años 1975-1986, en el partido judicial de Gijón), y las declaraciones de sus allegados, que trascribe Guillermo Rendueles, reflejan con claridad la multiplicidad de factores y de circunstancias, que concita la muerte por la propia mano. Pero, en último término, sea tornar contra sí mismo la agresividad contra el otro (Freud), sea la culpa del superviviente (Primo Levi), sea la respuesta lúcida frente a la humillación y la vergüenza, frente al destino implacable de la hiper-explotación2, sean otras múltiples posibles causas el motivo previo al acto, este es, como escribe Francisco Pereña (2005), “de por sí un tipo de rechazo capital y contundente al coste de la servidumbre social de la vida, cuando el deseo no constituye ya espacio alguno de dignidad para el sujeto”.
En última instancia el suicidio nos sitúa ante una cuestión existencial inextricablemente subjetiva, pues juzgar si la vida vale la pena o no vivirla, como bien señala Albert Camus (1996), es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. O lo que es lo mismo, de la existencia.
Referencias bibliográficas
Camus, A. (1996). El mito de Sísifo. En Obras completas, tomo III, Madrid: Alianza.
Cioran, E. (2000). El aciago demiurgo. Madrid: Taurus.
Esquirol J. E. D. (1989). Des maladies mentales. Paris: Frénésie.
Galibert, J. P. (2012). Suicide et sacrifice. París: lignes.
Instituto Nacionalde Estadística (2025). “Defunciones según la causa de muerte: año 2024”. https://www.ine.es/dyngs/Prensa/EDCM2023.htm
Knock, M. K.; Borges, G.; Bromet, E. J.; Alonso, J.; Angermeyer, M. y otros (2008). Cross-National prevalence and risk factors for suicidal ideation, plans and attempts. British Journal of Psychiatry,192:98-105.
OMS (2018, 2025). Datos y cifras sobre suicidio 2013, 2021. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide
Pinel, P. (1988). Tratado médico-filosófico de la enajenación mental o manía. Madrid: Nieva.
Pereña, F. (2005). El suicidio y la vergüenza. Átopos: salud mental, comunidad y cultura, 4. [atopos.es].
Roorda, H. (2004). Mi suicidio. Madrid: Trama.
Scocco, P.; De Girolamo, G.; Vilagut, G., y Alonso, J. (2008). «Prevalence of suicide ideation, plans, and attempts and related risk factors in Italy: results from the European Study on the Epidemiology of Mental Disorders-World Mental Health study». Comprehensive Psychiatry, 49(1) Jan-Feb: 13-21.
1 La falta de confianza en las estadísticas de suicidio hace que todavía no exista evidencia científica concluyente de su relación con la crisis económica, pero se sabe que en 2013 España registró el mayor número de suicidios desde que se poseen estadísticas (año 1906): 3910 suicidios, más de diez al día (Instituto Nacionalde Estadística, 2015). Datos actuales del INE 2025 distingue caídas accidentales y suicidios, pueden consultarse en https://www.ine.es/dyngs/Prensa/EDCM 2023.htm. Pueden consultarse también: Scocco y otros (2008); Knock y otros (2008).
2 Jean-Paul Galibert plantea que el modo de producción hiper-capitalista induce al suicidio. El antiguo capitalismo, escribe, permitía escoger entre vivir explotado o morir de hambre. El hiper-capitalismo nos deja elegir entre una vida hiper-explotada y la inmolación hiper-explotable. ¿Qué revolución en la idea misma de la rentabilidad permite ver una rentabilidad al suicidio? (Galibert, 2012:12).
Introducción. Explicar y comprender
Hace más de veinte años codirigí una tesis doctoral que estudiaba los suicidios consumados en Gijón (Asturias) a lo largo de una década1. En el ritual de la comida que celebraba el cum laude bromeábamos sobre si, tras la tesis, sabíamos algo más sobre el suicidio, y coincidíamos en que el hallazgo fundamental era que sobre las cuestiones de fondo no sabíamos nada, que más bien aparentábamos saber. El hecho de que algunos suicidólogos pretendiesen elaborar escalas de riesgo suicida, como la de Pöldinger, era una temeridad porque propiciaba una gestión pretenciosa del riesgo suicida que auguraba un futuro impredecible.
Pero más allá de la ironía de que en suicidiología no había más psicopatología que las biografías y autobiografías de los suicidas, existen algunos parecidos de familia entre nuestros suicidas que quizás merezcan ser reseñados2.
Hay que tener en cuenta que el trabajo estaba basado en la investigación espontánea que los juzgados llevan a cabo para determinar la causa de la muerte, pero principalmente para descartar el homicidio como su causa. El procedimiento consistió en revisar los sumarios, bien registrados como suicidios o bien informados como suicidios por el médico forense o las investigaciones policiales, y a partir de ellos obtener las características de los fallecidos que habían sido recogidas en la investigación judicial. En los resultados aparecían tópicos repetidamente citados, como los referentes al género:
Tanto en frecuencia absoluta como en frecuencia relativa los hombres casi triplicaban a las mujeres. Otro tópico confirmado era la relación inversa entre géneros para la tentativa suicida, con tan solo el 17% de tentativas previas en los hombres para el doble de mujeres. Y también la comunicación de la ideación suicida alguna vez, que se encontró en un 40% de mujeres, lo que contrasta con el 17% de hombres. Durante el último año de vida del suicida existían, además, según sus allegados, el doble de problemas de tipo psicosocial entre los hombres que entre las mujeres; mientras que estas presentaban un predominio de problemas psiquiátricos respecto a los varones. Del 61% de los suicidas que habían consultado alguna vez al médico por su problema clave en el último año de su vida, el 76% de las mujeres Io había hecho con el psiquiatra, frente a un 53% de los hombres.
Existía referencia de la existencia de un diagnóstico psiquiátrico en casi el 60% de los suicidas, pero en su inmensa mayoría no podían los allegados concretar dicho diagnóstico y Io referían con palabras como “estaba de los nervios”, Io que esconde, evidentemente, la depresión, pero también las toxicomanías o el alcoholismo. El 80% de las mujeres presentaban referencia de diagnóstico psiquiátrico, mientras que los hombres lo presentaban en un 50%. Además, un 85% de mujeres presentaban dichos problemas psiquiátricos como reagudizaciones de problemas ya presentes anteriormente. Los delirios esquizofrénicos, la hipocondría, e incluso cuadros obsesivos muy entronizados, aparecían en los sumarios estudiados con cifras cercanas al 20%.
Entre las enfermedades somáticas, las patologías pulmonares y el cáncer de diversa evolución afectaban también al 16% de la muestra. Los problemas somáticos predominaban más entre los hombres suicidas (el 44%) que entre las mujeres (el 32%). Las mujeres presentaban, sin embargo, el doble de ingresos médico-quirúrgicos que los hombres.
También respecto al escrito suicida, presente en tan solo un 15% de suicidios, los hombres dejaban tres veces más escritos que las mujeres.
Respecto al método suicida, los hombres recurrieron preferentemente al ahorcamiento, seguido de la precipitación, mientras que las mujeres lo hacían al revés. Las mujeres nunca utilizaron un arma de fuego para matarse.
Hombres y mujeres, sin embargo, coincidían en la elección de la casa familiar como espacio para llevar a cabo el suicidio, mientras que los espacios semiprivados —habitación de hotel— o públicos —acantilados, vías de tren— eran rehuidos. La casa como espacio acogedor donde se vive servía de refugio para darse la muerte, con cierto respeto incluso por las fiestas de guardar: los suicidios se cometían preferentemente los lunes y martes, y en las horas de mayor actividad social (entre las seis de la mañana y las cinco de la tarde). Curiosamente, a lo largo de la semana los máximos y mínimos varían de la misma manera en ambos sexos.
Respecto al estado civil, aunque en las frecuencias absolutas predominaba en ambos sexos la situación de casados, en las frecuencias relativas (corregidas por población) predominaban, también en ambos sexos, las situaciones de viudos o separados o divorciados. También en cuanto a su municipio de origen existía una coincidencia marcada entre las frecuencias absolutas y relativas en ambos sexos: la mayoría había nacido fuera del municipio de residencia.
Si todo puede ser determinante o al menos significativo en la etiología del suicidio, nada lo es. Como volveremos a ver más adelante, apenas hay un dato que no sea contradicho por otro: en los suicidios consumados de la serie asturiana de 1975-1986 (Díaz Suárez, 1990) el número ascendía de lunes a viernes y descendía en fin de semana. Otras series de territorios cercanos afirman el aumento suicida en fin de semana o durante las vacaciones. El contacto psiquiátrico, y por tanto algún tipo de sufrimiento mental, estaba presente en el suicidio en cerca del 60% de nuestros pacientes, sin embargo, en otras muestras llegaba al 90%. Dicha patología psiquiátrica era absolutamente desigual en los hombres, en los que solo el 50% había tenido patología psiquiátrica diagnosticada, mientras que en las mujeres era del 80%. Tampoco el alta de un internamiento psiquiátrico concita acuerdo, pues en nuestra muestra no llegaba al 20%el número de suicidas con un ingreso en el último año previo al suicidio frente a otras series que triplican esas cifras. El 22% de nuestros suicidas habían tenido alguna tentativa previa y, además, la proporción de mujeres que terminaba con su vida al primer intento doblaba a la de hombres, lo que tampoco coincide con otras series.
En nuestra serie, el invierno y la primavera eran las estaciones con más frecuencia de suicidios, frente a los clásicos otoños o primaveras prevalentes en el imaginario popular. El alcoholismo y el consumo de tóxicos son un factor de alto riesgo suicida, dado que aumentan la impulsividad y alteran la regulación de las emociones, pero el dejar de beber y el síndrome de abstinencia también lo son en la medida en que favorecen lo mismo.
La agitación impulsiva favorece el llevar a cabo el acto suicida, pero también una extraña calma cubre al depresivo que ya ha decidido el método de matarse y solamente necesita el aislamiento adecuado para poder llevarlo a la práctica tranquilamente y de modo seguro.
En nuestra muestra de suicidios las mujeres presentan preferencia por la precipitación y baja preferencia por los tóxicos, lo que choca con los estudios en nuestro país. Entre nuestros suicidas existía poca frecuencia de referencia al diagnóstico de alcoholismo mientras que otros estudios duplican dicha cifra, quizás por la baja sensibilidad social en nuestro medio al consumo de alcohol, incluso entre los allegados. Soltería, religiosidad, fanatismo político y disforia de género son factores de riesgo que aparecen en unas muestras y que sin embargo otros trabajos minimizan.
Los datos podrían extenderse y compararse con estudios similares que son escasamente coincidentes en diversos medios culturales, por lo que la pregunta es si todos esos datos nos hacen más sabios sobre el suicidio o si todo ese esfuerzo no aporta saber sino confusión al homogenizar lo heterogéneo.
¿Funciona al menos la noción de progreso en los estudios de suicidiología? Me temo que no. Ramón Andrés (2003) recoge en su monumental bibliografía un trabajo sobre el suicidio en la Edad Media sobre una muestra de 53 casos en los que las muertes de varones triplicaban a las de las mujeres. En 32 casos el método consistió en la ahorcadura; ahogarse fue el método elegido por 12; cinco prefirieron el cuchillo y cuatro el despeñamiento. Los meses más proclives eran marzo, abril y julio, los dos primeros quizás debido al desfallecimiento provocado por el ayuno de Cuaresma. Los lunes y los viernes los días más comunes, así como la noche... casi todos murieron en su propia casa.
Ante ese panorama cabe inscribir la suicidiología como caso particular de la crítica que Niko Tinbergen (1987) hace a toda la psiquiatría y, como visitante ilustre de nuestras bibliografías, califica a lo psi como un campo donde cada vez se publica más pero que, a falta de un marco que incluya-excluya los datos significativos de los irrelevantes, transforma la investigación en masas de información inconexa. Resulta escandaloso que este reconocido etólogo recibió el Premio Nobel por sus estudios con las gaviotas reidoras, y que se acercó a nuestra disciplina estudiando autistas y escribiendo un texto sobre terapia no haya tenido apenas impacto en los gremios psi.
A pesar de toda esta crítica acumulada, ¿hay posibilidad de conectar esa información gigantesca sobre el suicidio con algo parecido a una hipótesis, una predicción o una prevención, o es, por el contrario, una tarea pretenciosa e imposible dada la cantidad de subgrupos que incluyen las poblaciones de suicidios y de tentativas a los que por tanto debamos someter al wittgensteiniano deber de callar? Lo retórico de la pregunta —este es un libro sobre el suicidio— supone un aviso al lector sobre las pretensiones del libro que tiene en sus manos: hay un saber sobre el suicidio que no alcanza lo científico y se limita a unos saberes artesanales.
Podría alargar ese juicio de la bibliografía al respecto con todas las variantes y refinamientos —observaciones en servicios de urgencias, seguimientos de cohortes durante décadas, estudios familiares— sin que ese juicio crítico variase. Insistiremos con Bruno Latour (1992) sobre cómo los datos estadísticos no son algo objetivo, sino un proceso de objetivación construido socialmente que precisa un análisis no solo del producto final, sino principalmente del proceso de construcción de esos datos. Por ejemplo, lo que se denomina estadística de los motivos de suicidio por lo general registra la opinión de los informantes policiales o familiares, y no las notas que los suicidas nos dejan.
De hecho, en el estudio de Gijón, las dificultades respecto a la precisión en las variables se debían tanto a que lo que se preguntaba estaba dirigido fundamentalmente hacia el interés de la investigación judicial de descartar el homicidio —y por tanto predominaba la recogida de variables que ayudaban a justificar que no fuese homicidio—, como a que, además, se basaban a la vez en las informaciones y en las opiniones de los allegados sobre la conducta del sujeto a posteriori.
Aunque toda esta discusión parezca erudita, intenta resaltar cómo todas las investigaciones sobre el suicidio, todos los miles de tesis doctorales sobre el tema, tienen un pecado original: acumulan una colección de datos tan inmensos que son imposibles de integrar por esa falta inicial de precisión en la definición del suicidio y su contexto. Ya Silverman (2006) apuntaba a que la falta de una terminología y de una clasificación estandarizada sobre las conductas suicidas lleva a un problema de homogeneidad de las muestras de suicidios y de tentativas suicidas, lo que explicaría las diferencias de resultados en las investigaciones. “Debido aque el término tentativa de suicidio significa tantas cosas diferentes que corre el riesgo de no significar absolutamente nada”. La influencia de la cantidad de lípidos en sangre en los suicidas, la huelga de los periódicos, la influencia atmosférica (lunes, primavera, aniversarios) el lugar en la fratría, la estación del año en que el suicida nace... todo cabe en las investigaciones según una lógica que cabe llamar sobre-inclusiva y que, carente de un marco, fomenta una dispersión mental que conduce al diletantismo.
La fragilización de los vínculos sociales
Cuando en 1838 se aprobó la ley francesa que institucionalizó los manicomios, los primeros alienistas comenzaron a desarrollar las nosologías psiquiátricas que desde muy pronto abordaron la cuestión de las relaciones complejas entre los comportamientos suicidas y las patologías mentales. ¿Cómo, por qué, a través de qué procesos los alienistas se fueron convirtiendo en los especialistas legitimados para abordar el problema de las conductas suicidas? Un psiquiatra francés ilustrado, Georges Lanteri-Laura, abordó esta cuestión en un estudio integrado en una obra colectiva publicada en 1981 titulada Depresión y suicidio. Su contribución se titula La apropiación psiquiátrica de los comportamientos suicidas y en ese breve texto de unas 12 paginas señaló que ninguna cultura se siente indiferente ante las conductas suicidas, pues se juega en ello su propia supervivencia. Afirmó también que la psiquiatría, a través de la medicina legal, fue asumiendo a lo largo del siglo XIX un papel preeminente en la observación y gestión del suicidio. Y es que, por una parte, el creciente proceso de secularización había ido apartando a la religión del centro de la vida social. Por otra, las confesiones cristianas, dando prueba de una crueldad singular, vetaron el enterramiento de los suicidas muertos en los camposantos, en los cementerios cristianos bendecidos por las iglesias. Para las religiones el suicidio constituía un desafío blasfemo pues el suicida se enfrentaba a la voluntad de Dios, a su divina providencia. Tampoco los juristas asumieron la cuestión del suicidio, si exceptuamos el archivo de casos y la recogida de datos estadísticos por las administraciones. En fin, el número importante de suicidios y de tentativas de suicidio por parte de enfermos mentales reforzó la posición hegemónica de la psiquiatría a la hora de gestionar las conductas no conformes, entre las que se encontraban no solo las conductas suicidas, sino también todas las llamadas perversiones.
La mayor parte de los alienistas del siglo XIX defendieron que las causas del suicidio radicaban en la perversión del instinto de conservación. En todo caso en el siglo XIX la medicina declaró su autoridad en exclusiva sobre el suicidio y las perversiones. Mas allá de los debates, las polémicas, las matizaciones entre los propios alienistas, la medicina mental ha guardado celosamente su autoridad en materia de suicidio. Jean Étienne Dominique Esquirol, uno de los grandes alienistas que inspiró la redacción de la ley francesa de 1838 que instituyó los manicomios, publicó en 1805 una tesis de medicina titulada Las pasiones consideradas como causas, síntomas, y medios curativos de casos de locura. En este libro trató de demostrar que las pasiones están en la base de la alienación mental. Las pasiones nacen de diferentes tipos de necesidades. Concretamente distinguía las necesidades primarias, como el amor, la cólera, el terror, la venganza, fruto de los instintos de conservación y de reproducción, de las necesidades secundarias, que son fruto del desarrollo de nuestras necesidades intelectuales y de la moral. Entre estas se encuentran pasiones como la ambición, la avaricia, la sed de riqueza, el afán de notoriedad y otras que están incardinadas en las relaciones sociales. Ya en el siglo XVIII se hablaba de la perversión de los humores. En la primera mitad del siglo XIX se distinguieron las perversiones del instinto y de las necesidades físicas, por un lado, de las perversiones morales y afectivas. El análisis médico de las perversiones abarcaba por tanto la dimensión física, fisiológica y la dimensión psíquica, psicológica.
Fueron numerosos los alienistas que a finales del siglo XVIII y durante la primera mitad del siglo XIX asociaron el suicidio con las patologías mentales. El gran Pinel, por ejemplo, habló de una melancolía vertida completamente al suicidio, y otros médicos como François Emmanuel Fodéré sostuvo en el Tratado de medicina legal que el suicidio es siempre una prueba de locura. Para Esquirol no todos los suicidios eran producidos por las enfermedades mentales pues las causas podían ser múltiples. Sin embargo C. E. Bourdin, que publicó en 1845 el libro titulado Del suicidio considerado como enfermedad, responsabilizaba al suicidio de un único tipo de locura: la monomanía suicida.
A mediados del siglo XIX se produjeron intensos debates y divisiones entre los alienistas sobre si la única causa del suicidio era la enfermedad mental. Fue también a mediados del siglo XIX cuando en 1957 el médico Benedict August Morel publicó el Tratado de la degeneración de la especie humana que supuso un brusco cambio de paradigma en los códigos psiquiátricos. Para Morel las degeneraciones provocadas tanto por las condiciones físicas como por las morales, tienen siempre expresión en la alteración del sistema nervioso, y más concretamente en el cerebro, y se trasmiten de forma hereditaria. Es el cerebro el que predispone a los individuos para determinadas disposiciones o actos. Las causas más activas de la degeneración de la especie humana, escribe, son aquellas que atacan directamente al cerebro produciendo estados especiales y llevando periódicamente a quienes hacen uso de estos agentes tóxicos a la condición de locura momentánea. La teoría de la degeneración proporcionaba a los alienistas una explicación organicista de las enfermedades mentales.
Michel Foucault en el curso que impartió en el Colegio de Francia sobre los anormales señaló explícitamente que la degeneración es la pieza teórica principal de la medicalización. Y añadió: A partir justamente de la constitución de este personaje del degenerado, resituado en el árbol de las herencias y portador de un estado que no es un estado de enfermedad, sino que es un estado de anomalía, se puede ver que no solamente la degeneración permite el funcionamiento de esta psiquiatría en la que la relación de poder y la relación de objeto no van en el mismo sentido, sino que, aún más, el degenerado va a permitir un formidable relanzamiento del poder psiquiátrico.
Cuando en 1897 Émile Durkheim publicó su famoso tratado sobre El suicidio dedicó el primer capítulo de su libro a impugnar la tesis que hacía reposar los suicidios en las enfermedades mentales. Durkheim, como señala su biógrafo Steven Lukes, quedó conmocionado cuando se suicidó su compañero y amigo de la Escuela Normal Superior Víctor Hommay a quien dedicó una emotiva necrológica. De hecho, Émile Durkheim presentó el suicidio de su colega como un desgraciado accidente, pues la idea de suicidio le resultaba insoportable. Es muy posible que el misterio que representaba el suicidio de Hommay haya servido de estímulo para que buscase una explicación sociológica.
Durkheim consideraba que lejos de existir una incompatibilidad entre el individuo y la sociedad, el individuo moderno es fruto del desarrollo de las formas modernas de solidaridad social. La sociedad, las instituciones, las relaciones sociales ejercen un peso enorme sobre nuestras conductas. Para Durkheim en las sociedades modernas hay dos principales causas del incremento de las tasas de suicidio: la falta de integración de los individuos en la sociedad; la debilidad de los valores y las normas de una sociedad para regular los deseos y los impulsos de los individuos. A partir de la consideración del peso de lo social en nuestras vidas sostuvo que la causa principal del suicidio es el debilitamiento o la ruptura de los vínculos sociales. Los bajos niveles de integración social producen altas tasas de suicidios. La etiología de los suicidios más que encontrarse en las patologías mentales se encuentra en las patologíassociales, es decir, en la fragilización o ruptura de los vínculos que atan a los sujetos a la sociedad en la que viven. De ahí su tesis de que el suicidio varía en razón inversa al grado de integración de los grupos sociales de los que forman parte los individuos. Esos grupos pueden ser las instituciones familiares, las instituciones laborales, las instituciones educativas, las instituciones religiosas, los barrios, el grupo de iguales, los medios de comunicación, en fin, todas las diferentes instituciones que conforman una sociedad política. Las crisis sociales, las reconversiones industriales, el desempleo o la precarización laboral favorecen el incremento de los índices de suicidios como he podido comprobar en Gijón durante los años de plomo de la reconversión industrial en Asturias. Conceptos como sociabilidad, socialización, integración, regulación, vínculos sociales, legislación, normas, anomia y otros, son fundamentales en la obra de Émile Durkheim para explicar las causas del suicidio y proponer medidas para combatirlo.
Un discípulo de Durkheim, el sociólogo Maurice Halbwachs, autor de un librito titulado Las causas del suicidio publicado en 1930, escribía que son múltiples las causas por las que se producen los suicidios, pero hay un rasgo común entre los suicidas y es que todos no perciben en la sociedad que deciden abandonar más que sus aspectos hostiles, sus bordes más descarnados. Deudas, ruinas, amores rotos, infidelidades, pérdidas de seres queridos, depresión, perdida del trabajo, fracasos escolares, enfermedades incurables, alcoholismo, sentimientos de abandono... todas estas razones del suicidio, que las personas que se suicidan nos dejan en sus notas de despedida, no están muy alejadas de lo que Halbwachs resumió como lo que él considera la causa principal del suicidio, es decir, el sentimiento de una soledad definitiva y sin remedio.
Las enfermedades mentales tampoco son ajenas a los sentimientos de soledad pues, para los enfermos que las sufren, son también formas de desenganchar o de fragilizar los vínculos sociales, ponen de manifiesto una inadaptación de los sujetos a sus condiciones de existencia. Los enfermos mentales se encuentran en relación con la sociedad en una situación falsa y anormal.
Norbert Elias fue uno de los grandes sociólogos alemanes que se vio obligado a exiliarse a Inglaterra huyendo del nazismo. Cuando se produjo su muerte en 1990, cuando ya al fin gozaba de un merecido reconocimiento internacional por su potentísima obra, estaba trabajando sobre la vida de Wolfgang Amadeus Mozart. Su libro inacabado fue publicado de forma póstuma por uno de sus discípulos, Michael Schröter, que lo editó con el título de Mozart. Sociología de un genio. Elias pretendía con esta obra reaccionar contra la divinización de los artistas y las grandes personalidades de la historia, pretendía cuestionar las ideas recibidas sobre los grandes creadores y pensadores a quienes se les atribuyen cualidades innatas, una genialidad como músicos absolutamente separada de sus biografías y de su existencia social. No se puede entender correctamente la vida y la obra de Mozart, escribe Elias, mientras no se tenga claro lo ambigua que fue su relación con la sociedad cortesana.
Mozart nació en el interior de una familia vertida a la música. Su padre Leopold Mozart trabajaba como maestro de capilla al servicio del arzobispo de Salzburgo. Mozart es hoy conocido como el niño prodigio por antonomasia. A los cuatro años ya era capaz de tocar obras musicales y a los cinco años empezó a componer. Él y su hermana Nannerl, también una virtuosa de la música, fueron paseados por su padre con éxito para prodigar los conciertos por las cortes europeas.
En realidad, la corta vida del joven Mozart trascurría circunscrita a dos círculos sociales: el de la sociedad cortesana, formada por la nobleza cortesana para quien trabajaba, y el de la pequeña burguesía por su origen familiar. Mozart era un servidor en la corte que vive por tanto en dos círculos sociales muy distintos. Se movía en los círculos aristocráticos, pero a la vez pertenecía al círculo de los empleados de la corte. Elias, a partir de la correspondencia de Amadeus subraya el profundo enojo que sentía por la forma en que la nobleza lo maltrataba. En 1781, poco tiempo después del estreno de la ópera Idomeneo el joven Mozart rompió ruidosamente con el arzobispo de Salzburgo. Quiso ser un artista libre en el seno de una sociedad cortesana en la que no había prácticamente espacio para los artistas libres. Los artistas tenían entonces que pagar un peaje de servidumbre.
Parece que hacia el final de su vida, escribe Elias, Mozart estaba solo y desesperado; en realidad sabía que moriría pronto y en la situación en la que se encontraba, [todo ello nos lleva a pensar] que deseaba morir y que, hasta cierto punto, escribió el Requiem como su propio canto oratorio fúnebre. Wolfgang Amadeus Mozart murió en 1791 a la edad de 35 años, y fue enterrado el 6 de diciembre en una fosa común. Durante los últimos años de su vida vivió y murió al borde de la desesperación. No se suicidó, pero se podría decir que se dejó llevar por la muerte porque no tenía dónde caerse muerto. Antes de morir estuvo componiendo su famosa Misa de Requiemen re menor K.626. La misa quedó inacabada y fue completada por su discípulo Franz Xavier Süssmayr. La muerte social del joven Mozart antecedió y creó las condiciones para su temprana muerte física.
Pontífices y artesanos
Alfred Jules Ayer (1977) clasificaba a todos los filósofos en dos grandes grupos: pontífices y artesanos. Al primer grupo pertenecían aquellos que con muy poca información del mundo son capaces de formalizar teorías generales sobre la totalidad del ser. La broma con que Bertrand Russell descalifica a San Agustín, al decir que generaliza en exceso cuando deduce la maldad innata de la naturaleza humana de la observación de cómo unos niños robaban y destrozaban unos manzanos sin aprovechar todo el botín. Frente a los pontífices, los artesanos discuten sobre el lenguaje común y las trampas que ocasiona en nuestra razón empastándonos en falsos problemas, o tratan de cortar las alas de las águilas metafísicas reduciendo enigmas a confusiones lógicas.
La psiquiatría clásica pertenece en su casi totalidad al gremio de los pontífices por su gusto en traducir a grandes principios sus escasos saberes empíricos, con Freud a la cabeza —no llegó a tratar un centenar de enfermos— deduciendo instintos de muerte comunes a todos los humanos a partir de repeticiones de malas decisiones amorosas de unos pocos de sus pacientes, o la imposibilidad del socialismo por las envidias infantiles que detectaba durante sus curas. Pero, desde luego, no solo al genio freudiano cabe atribuir esos extravíos, sino que ningún patrón psiquiátrico, de Kraepelin a López-lbor, se priva de diagnosticar el mundo desde sus consultorios como el tiempo de la angustia, la época de la pérdida de la libertad o de la ciudadanía neurasténica.
Por si fuera poco, esa pretensión pontificia frente al suicidio no lo es todo, también la razón común puede tender a pontificar: filosofa espontáneamente sobre el absurdo de matarse, busca causas al azar decisionista y, a veces, los errores se convierten en búsquedas de culpables desembocando, en el peor de los casos, en reclamaciones judiciales y acusaciones de mala práctica contra psiquiatras. El juzgado debe luego dirimir el imposible dilema de cómo corregir errores de la práctica psiquiátrica. En el peor de los casos pretendiendo juzgar a los psiquiatras como si fuésemos miembros de la medicina científica y no artesanos que seguimos nuestro librillo con mayor o menor prudencia3.
Cuando los pontífices aparentan saber, y colaboran con los políticos en planes de prevención de suicidios, tratándolos como si fuesen epidemias de enfermedades, imponen a los psiquiatras artesanos una serie de medidas que terminan siempre en una práctica burocrática y una actitud represiva tratando de gestionar unos riesgos imposibles. Es esta una actitud que contrasta con la psiquiatría clásica de principios del siglo XX que, frente a la pretendida omnipotencia postmoderna, no dudaba en confesar su impotencia frente al deseo de muerte de sus pacientes y daba altas hospitalarias con el pronóstico de un casi seguro suicidio: sabían que la muerte solo se podía evitar con el encierro y valoraban más la libertad que la vida4.
Pero la verdadera motivación de este libro es mi deseo de escuchar a los suicidas concretos, mi convencimiento de que tras esas historias, reducidas muchas veces tan solo a datos epidemiológicos, hay un material precioso que convierte al campo psiquiátrico en algo que aporta profundidad y comprensión a las preguntas románticas sobre el sentido de la vida y que, en ese juego con la muerte, se producen divisiones importantes sobre el sentido del dolor, la resistencia o la esperanza. De ahí que, si bien las conversaciones académicas sobre el tema me llevaban a responder con el “preferiría no hacerlo” de Bartleby el escribiente de Melville a la solicitud de un escrito sobre el suicidio, el deseo de dar a conocer, por ejemplo, el trayecto hacia la muerte reflejado en los poemas escritos por una paciente me llena de entusiasmo por esa tarea de reescribir el suicidio.
Iniciar este libro con la lectura de una patografía puede servir al lector de pequeño test para saber si le conviene continuar el pacto de lectura o si es mejor cerrar el libro y confiarlo a la crítica de la estantería de libros pospuestos.
Isabel Holguín
Isabel Holguín fue una de mis pacientes que, como Ellen West (Binswanger, 1958-1973), evolucionó desde un trastorno alimenticio hacia un rechazo meditado de su vida, ejerciendo durante una década una especie de vocación suicida, aplazada para plasmar en varios poemarios (todos fácilmente accesibles en la red) las vivencias cotidianas que justificaban su elección mortal. La virtud de esos textos consiste, a mi juicio, en que traducen momentos de verdad y perseverancia en el deseo que la puesta en acto suicida certifica, frente a lo retórico de brillantes elogios del suicidio de quien, como Emil Cioran, se deja ir en la demencia hacia la muerte.
El título de dos de los poemarios de Isabel Holguín creo que delimita perfectamente ese trayecto. Siento mi delgadez que se desliza hacia la nada se publica en 2005 como relato de una especie de viaje romántico a la búsqueda de unas vivencias de plenitud vital y amor que termina en un descenso a los infiernos, materializados en una vivencia del cuerpo como carne-prisión y la “posesión” por unos apetitos que niegan y destruyen a ese deseo de pureza y vida espiritual. Anorexia-bulimia es la traducción psi de esa primera crisis vital de la que sale derrotada nuestra autora.
Naturaleza frente a espíritu son los primeros conflictos que vive Isabel, por los que se siente “presa de los nervios” e incapaz de dirigir su biografía por su voluntad libre. Nervios enfermos sentidos como rebelión de un cuerpo que se cansa cuando Isabel le manda estudiar, o come y engorda cuando no debe, o un sexo que tampoco obedece al deseo explícito de su dueña. Esa derrota del espíritu (voluntad de Isabel por un cuerpo insumiso, el hermano asno que decía san Francisco de Asís) la condena a una existencia material vivida como embrutecimiento.
Contra la adaptación a esa vida, contra la aceptación de esos apetitos y sus limitaciones Isabel inicia una larga guerra que la vincula a la muerte como última carta para triunfar contra lo real-material. De ahí el título del último poemario, publicado en 2011 poco tiempo antes de su suicidio: La últimaestación.
Retomar y releer sus versos para iniciar este libro me parece pagar una deuda con quien, como ella, contuvo el dolor y retardó la puesta en acto del deseo mortal para traernos noticias del viaje hasta esa última estación.
La pérdida precoz de lo juvenil (del cuerpo y del deseo) son para Isabel la clave de su estado de desgracia. Cuando la conozco como paciente ya había sido multitratada por psiquiatras y psicólogos. Para iniciar ese balance toma una cita de Giacomo Leopardi con la que prologa su primer poemario:
Y qué mortal puede
ignorar la desgracia, si ya se le ha
pasado aquella bella estación, si su
buen tiempo, la juventud, ¡ay
juventud!
Ramon Andrés (2003) coincide con Isabel en la lucidez de esa guía hacia el suicidio. Fue Leopardi, según Andrés, quien impuso cordura en medio del bullicio romántico sobre el suicidio, afirmando que lo antinatural del suicidio se basa en que somos ahormados en los moldes de una civilización temerosa ante la finitud, y que no hay expresión cultural en Occidente que no sea un conjuro contra la muerte.
Isabel acentúa esa incapacidad para aceptar “lo efímero” mostrándose incapaz de hacer duelo por lo ya vivido y esperar conformarse a una metamorfosis del deseo en su envejecimiento5.
Este tiempo de hoy no es mi tiempo...
Un día más y no, no quiero ser huésped
de su invitación, pues sé muy bien
que los días felices
ya me han abandonado para siempre...
Este otro poema concluye: “He matado mi vida y estoy fuera del tiempo”. La derrota no alcanza a Isabel Holguín sin lucha, y en dos poemas recuerda su esfuerzo en vincularse a los otros, en buscar amores, en sentir la luz. En el primero escribe, parafraseando al poeta Ángel González:
Para que un
ser humano
pese sobre
el suelo
es necesario una
y mil veces fundir
su cuerpo en otros
cuerpos, dejar de
ser un cuerpo
único
y ser infinidad de cuerpos...
En el segundo, parafraseando al poeta Jaime Gil de Biedma, reconoce que, como el de Sísifo, el suyo es un esfuerzo baldío:
Si para saber del amor
hay que aprenderlo, yo
jamás lo aprendí, ni
siquiera después de
cuatrocientas noches con
cuatrocientos cuerpos
diferentes, ni siquiera
después de tanta
búsqueda.
Concluye, abatida: “Sé que resulta inevitable que el desaliento me acompañe después de tanta lucha y de tanto naufragio”.
Cuando Isabel llega a la madurez ya conoce el etiquetado psiquiátrico. Anorexia mental es el primero de esos estigmas y ya ha pasado por varios tratamientos farmacológicos y psicoterapéuticos. Aunque termina brillantemente una licenciatura en exactas y ha tenido trabajos en la enseñanza, amores y amigos, su relato interno la excluye de la comunidad del nosotros y la inscribe fuera del tiempo, y por eso Isabel reclama tempranamente su vocación suicida.
Parece que para Isabel todas las edades del hombre ya han sido recorridas antes de la cuarentena y que solo quedan repeticiones de sus terribles vivencias:
Este tiempo de hoy no es mi
tiempo, y da igual
que al otro Iado del cristal bulla la vida
Que asome ya la hora del
olvido, el rostro que
ocultará mi rostro
He matado mi vida y estoy fuera del tiempo.
El balance vital que Holguín hace del tiempo vivido no puede ser más nihilista, hasta el punto de reclamar como epitafio un “no me he ido, sino que nunca estuve” tras iniciar el poema con el verso (siguiendo, de nuevo, a Gil de Biedma) “como todos los jóvenes creía en eso que se ha Ilamado vida”.
Isabel recapitula como inútil ese esforzado viaje por buscar la verdad o la pureza en la vida y reniega del romanticismo que lo sustentaba, al que identifica con la idolatría por un tiempo que, como la liebre que hace correr a la tortuga, “solo son modalidades de la capacidad de esperar”. Cuando la juventud perdida impone su dictadura Isabel alcanza una cierta tolerancia con ese cuerpo, disociándose de él, “que aliado con el tiempo siempre impone su gobierno”. Pasa algunas temporadas en la resignación de tener el cuerpo aún con vida y, sin embargo, muerto, de estar al Iado de otro y contemplar en los espejos su imagen deformada.
Tras esa etapa en que Isabel recibió diferentes tratamientos psiquiátricos que aliviaron sus síntomas y le permitieron llevar a cabo una actividad profesional como profesora, el derrumbe depresivo se produce en Madrid hacia 1995, cuando se siente incapaz de seguir rutinas cotidianas mínimas y empieza a desarrollar rituales y fobias calificadas como obsesivo-compulsivas por los psique la tratan y que le impiden ya no solo alimentarse, sino dormir, salir a la calle o ni siquiera escuchar los ecos del tráfico desde su habitación sin entrar en crisis de angustia.
Isabel es ciertamente consciente de que su patología no solo la invalida profesionalmente o la aísla de familia y amigos, sino que la acerca inevitablemente a una identidad de suicida que se percibe en unos versos que enfatizan ese tránsito hacia la muerte por evitar una locura a la que se ve próxima:
Nunca estuve en ningún
psiquiátrico porque no me
alcanzó la locura pero
estoy presa de mí
misma.
En el mismo poema, otros versos dan cuenta de ese paso a la identidad suicida:
Hoy estoy en paro
y ocupo una
escena
donde mi
sentido
ha perdido su
rumbo donde
invado la
noche
Soy la suicida
que lleva sus pastillas
ocultas en el fondo de un bolsillo.
Isabel hace uso de esas pastillas en dos o tres ocasiones, mientras vive en Madrid buscando curas en diversas terapias que no viene al caso relatar dada la banalidad que dejan en el balance vital que hace cuando yo la empiezo a ver ya con 48 años.
Vive de una pensión por enfermedad mental. Buscando aislarse del ruido y coexistir con fobias imposibles de eliminar a ruidos o aglomeraciones se ha trasladado a vivir a una casa de campo asturiana donde protegerse y aislarse escribiendo, oyendo música y cultivando un jardín. Sin ninguna esperanza de cura —esa es la primera premisa con la que inicia nuestra relación— ni ningún deseo de reabrir cualquier conflicto de su pasado —“no invadirme”, “no abusar de tus saberes” es su petición-condición del tratamiento conmigo—. El contrato terapéutico limita la relación a las “visitas” que ella quiera hacerme para tratar del manejo de fármacos, la valoración de síntomas físicos o psíquicos o, “incluso”, ventilar los sentimientos que ella desee. A cambio no me pedirá ayuda para poner en acto su suicidio ni usará los fármacos que yo le prescriba, ni me informará al respecto de sus planes concretos de muerte a fecha fija.
Alejarse de su medio madrileño no supone ninguna esperanza de retoñar a la vida con una ideología ruralista, sino que obedece a un programa vital de tratar de olvidarse de sí y esperar, sin ninguna esperanza, acumular fuerzas para cumplir su vocación, que junta la poesía con la muerte. El mérito de Isabel es no ceder a la impaciencia que Rainer Maria Rilke6 había reprochado a un joven poeta que también escogió la muerte pero que, a diferencia de nuestra autora, no esperó a florecer en una obra:
No soy de este lugar no
conozco las casas ni
conozco a las gentes que
se albergan en ellas.
Pero sé bien a lo que vine,
he venido a olvidarme de la vida,
he venido a olvidarme de mí.
Isabel claramente insiste en que su horizonte vital es el suicidio y me pasa, en la primera entrevista que mantenemos, un poema en el que insiste que su actividad de leer o escribir, a la que dedica todo su tiempo, tiene que ver con una despedida lenta y un aprendizaje suicida. El poema con el que Isabel Holguín epitomiza su proyecto, que culminará tras seis intentos con la consumación, dice así:
Poetas míos
llevadme hacia
la altura donde
habita el
poema.
Es mi verso de muerte y no me mata.
Poetas muertos
abrazad mi
adelgazada sombra
amamantad mis
alaridos
vestidme la guadaña y
acostadme... Poetas
suicidas ¿por qué
fracaso al alba?
¿es que no soy poeta
o es que no soy suicida?
¿Cuándo reventará
algún tren este cadáver?
¿Qué mano sobre mi
sien apretará el
gatillo?
¿Dónde encontrar cualquier veneno...?
Poetas
míos
poetas
muertos
poetas
suicidas
con urgencia os Ilamo
¡necesito trenes, manos o venenos!
Los animales
eructan la
mañana
y en este albañal os espero
desesperada.
Vendrá la muerte y posará
Sus labios en mis labios.
