Superemocional - juanpe lópez sánchez - E-Book

Superemocional E-Book

juanpe lópez sánchez

0,0
10,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Juanpe Sánchez López se pregunta y nos pregunta en este ensayo sobre el amor, sus distintas y contradictorias definiciones para, desde múltiples perspectivas, tratar de responder no tanto a qué es sino más bien a cómo funciona el amor dentro de un entramado social, cultural y económico y cómo se relaciona inevitablemente con otros grandes temas. A lo largo de estas páginas, el autor nos invita a pensar de la mano de Eva Illouz, Roland Barthes o Judith Butler, y a ritmo de Lana Del Rey, qué puede suponer el amor en un marco contemporáneo, aceptando que este es un concepto histórico, movido y movible por los contextos, las disposiciones de género, clase, racialidad, discapacidad y orientación sexoafectiva, entre otras. En palabras de la prologuista, Belén Gopegui: «Lo hermoso de su texto es que [Juanpe] no considera la opinión un modo autónomo de conocimiento, sino que sale a buscar causas, y causas de las causas, en libros a los que no tendremos, quizá, tiempo de acercarnos y nos lee fragmentos de esos libros y su voz nos llega como si estuviera muy cerca, en un café, en una casa. Para entender mejor su propia pregunta, elige retroceder hacia el futuro, lo visita y regresa para contarnos cómo habrá sido el amor cuando se deje a un lado el cálculo individual por ambas partes y también por todas las partes, porque no hay amor que no sea multidireccional. Y aunque diga "el amor", hace con esas dos palabras un sintagma nuevo, no patético, no cerrado, no igual a sí mismo, no carente de movimiento y vida. El amor en este ensayo está, en expresión suya, precisa, "cedido a la apertura"».

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 280

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Superemocional

juanpe sánchez lópez

Superemocional

Una defensa del amor

Prólogo: Belén Gopegui

juanpe sánchez lópez

Superemocional. Una defensa del amor, Editorial Continta Me Tienes,

colección La pasión de Mary Read, serie #Cuerpas, mayo de 2023

Edición a cargo de Sandra Cendal

288 pp., 13 x 18 cm.

ISBN: 9788419323439

IBIC:QDTS: Filosofía social y política

Continta Me Tienes

C/ Belmonte de Tajo 55, 3º C

28019, Madrid

91 469 35 12

Colección La pasión de Mary Read, nº 44

Título número 100 del catálogo de Continta Me Tienes

www.contintametienes.com

[email protected]

www.facebook.com/ContintaMeTienes

@Continta_mt

Los textos son propiedad de su autor.

© de esta edición: Continta Me Tienes

Diseño de colección: Marta Azparren

© Del prólogo: Belén Gopegui

Corrección: Sergio Herrero

Maquetación: Marta Vega

Contenido

Prólogo, por Belén Gopegui

Introducción Fracasar para mirar en los espejos

Primera parte cómo amamos

Capítulo 1 La promesa eterna del amor romántico

Capítulo 2 Elegir el amor porque somos libres

Capítulo 3 Si no podemos amar a los demás

Segunda parte cómo no amar

Capítulo 4 Demasiado cansados para querer

Capítulo 5 La vergüenza de los hombres que amaban a otros hombres

Capítulo 6 El amor será cursi o no será

Tercera parte cómo seguir amando

Capítulo 7 Imaginación y esperanza desde el amor

Capítulo 8 Querer querer y querer no hacer nada

Landmarks

Cubierta

Índice

Prólogo

Superemocional

Juanpe Sánchez López

A mis amigas que ya no son mis amigas,

porque fueron mis primeras grandes rupturas.

Prólogo,

por Belén Gopegui

Las herramientas de la noche

Superemocional se titula el ensayo de Juanpe Sánchez López, y superdescomunal es lo que se pregunta; no tanto, a mi modo de ver, qué es el amor, sino ¿por qué el amor? Juanpe ha escrito y publicado poesía, hay en su libro Desde las gradas (Letraversal, 2021) una fusión posible entre los versos de César Vallejo y los temas de Lana del Rey. En su cuenta de Twitter, dice: «a veces las palabras me hacen llorar», y luego, «investigo sobre filosofía, literatura y cultura». Algo de su historia conocerán cuando lean este libro singular, porque está escrito desde la vida y para la vida.

«¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé». La tan citada frase de las Confesiones de Agustín de Hipona no huye de la investigación; es, en cambio, la manera en que el filósofo tomaba impulso para explicar lo que sí sabía y para averiguar cuánto podía llegar a conocer. «Lo que sí digo sin vacilación», continua Agustín, «es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente». Un eco de ese conocimiento aplicado al amor resuena en este libro, recorre sus páginas respetuosas, pues no buscan imponer una verdad, y valientes, pues tampoco eluden la responsabilidad de saber. Glosemos al de Hipona con voz de Juanpe: «Lo que sí digo sin vacilación es que si nada se amase no habría tiempo pasado; y si nada se amase, no habría tiempo futuro; y si a nadie amases no habría tiempo presente». No anticipo con ello una posible conclusión del libro; apenas, tal vez, uno de sus estribillos, un poco de la música que suena mientras las cosas, las ideas emocionadas y las emociones pensadas se experimentan a través de la lectura demorada de su texto, y nos hacemos conscientes de ellas mediante el proceso de imaginar, línea a línea, lo leído.

¿Por qué el amor ahora, cuando ya solo nombrarlo parece ingenuo? Aunque algunos, masculino específico casi siempre, no quisieron entenderlo, la lucha contra el amor romántico fue necesaria y trajo consigo historias de futuro, historias de personas libres que pueden quererse con menos daño y mayor intensidad ahora, pues no hay intensidad sin libertad, y no hay libertad con mitos que oprimen a quienes están en el lado más débil de la ecuación. Lo que no quisieron entender, y sí entiende Juanpe Sánchez López, es que la lucha contra el amor romántico era, como su denominación indicaba, la lucha contra un mito y no la lucha contra el amor.

«Largo se le hace el día a quien no ama / y él lo sabe. Y él oye ese tañido / corto y duro del cuerpo, su cascada / canción, siempre sonando a lejanía. […] Y dice aire: palabras muertas con su boca viva. [...] Día largo y aún más larga / la noche. Mentirá al sacar la llave. / Entrará. Y nunca habitará su casa». Ese «él» que protagoniza el poema de Claudio Rodríguez pudo haber estado al timón de varias historias de amor romántico y no haber amado en ninguna de ellas. Ese «él» del poema, si fuera recreado ahora por Juanpe Sánchez, no sería un él a solas, sería un él social, una tercera persona del plural en todas sus formas y en las que aún aguardan. Su libro construye, sobre todo, un pronombre social que ama o que podría amar a un ser o a varios o a muchos, por más que las relaciones económicas y sociales se lo pongan tan difícil o, precisamente, por eso: el amor no como refugio, sino como potencia necesaria.

Lo hermoso de su texto es que no considera la opinión un modo autónomo de conocimiento, sino que sale a buscar causas, y causas de las causas, en libros a los que no tendremos, quizá, tiempo de acercarnos y nos lee fragmentos de esos libros y su voz nos llega como si estuviera muy cerca, en un café, en una casa. Para entender mejor su propia pregunta Juanpe elige retroceder hacia el futuro, lo visita y regresa para contarnos cómo habrá sido el amor cuando se deje a un lado el cálculo individual por ambas partes y también por todas las partes, porque no hay amor que no sea multidireccional. Y aunque diga «el amor», hace con esas dos palabras un sintagma nuevo, no patético, no cerrado, no igual a sí mismo, no carente de movimiento y vida. El amor en este ensayo está, en expresión suya, precisa, «cedido a la apertura».

Entreveradas en el ensayo, como narración contra la que rebota, encontramos unas cartas de amor titubeante, adolescente, bailable. Algo me hace entonces recordar las palabras de Sayak Valencia, su «verdadera (falsa) teoría» recogida en el Libro del buen amor (Ayuntamiento de Madrid, 2019). «Dices: “A significa sin y mor es una contracción de la palabra mortem”. Dices: A-mor significa sin muerte. Dices más y yo te veo trazar caminos paralelos y contradicciones». Sin muerte, y habrá que preguntarse qué es la muerte. Hay una clase de muerte menor y, no obstante, grave: la de quienes se creen inmortales, invulnerables y tratan a los sujetos como objetos. Contra esa muerte cualquier amor que no oprima, contra esa muerte lo cursi vale, cuando abriga, y lo ingenuo sirve, cuando es un paso hacia lo imaginado sin trampa. Las divas cantan, las frases adolescentes de sus temas atraviesan los años y no importa la desmesura si, tal como trae intensidad, hace también visible la interdependencia, la nuestra de los demás aunque no solo; paso a paso revela a quienes piden ser amados que interdepender conlleva al mismo tiempo hacerse cargo, que sujetarse a los demás es, a la vez, sostenerles.

«Tampoco pretendo», escribe Juanpe en una nota al pie, «estudiando el amor desde lo queer, participar de lo que Lila Abu-Lughod denomina “la romantización del estudio de la resistencia”». Y es que hacer convincente la esperanza tiene su larga tarea, de maquillaje y baile, de comunidad y lucha. Juanpe Sánchez López no romantiza la resistencia, la hace imaginable página a página, y muestra cómo entender mejor nuestras formas de amor es entender mejor la espera sin quietud, las herramientas de la noche, el cansancio que haremos estallar.

Why do we love if we are so mistaken?

Charli XCX y Christine & the Queens

I don’t knowBut I believe

Caroline Polachek

Tú sabes, Tino:

El día que te vi cruzar por la puerta de la cafetería de la universidad ya casi imaginé que te besaría los labios. Ahora lo recuerdo pasado por el filtro de la nostalgia, como en una película adolescente: tú dejas atrás la puerta que acabas de abrir y de cruzar detrás de ti a cámara lenta y la ropa y tu cuerpo se mueven al son de una canción bonita que yo quiero guardar en mi móvil para luego obsesionarme con ella y tu pelo (que, por cierto, nunca lo has tenido tan bonito como en mi imaginación) ondea como las olas del mar que detesto porque cerca hay arena que se me mete por todas partes y me hace estar de mal humor. Yo ya me imaginaba en ese momento bailando en nuestra futura cocina mientras sonaba de fondo esa canción que dice Quizás quizás quizás. Te imaginé cogiéndome de la cintura (era la primera vez que alguien me amarraría así el cuerpo; con ese cariño, digo) y cantando muy fuerte como gallos cuando llegase el estribillo Quizás quizás quizás. Yo te miraba entonces con un café en vaso de plástico en la mano, quemándome los dedos, como atontado por la luz, diciendo para mis adentros que quizás yo bailaría contigo en una cocina Quizás quizás quizás.

Te acuerdas, por supuesto. Bailamos esa canción, como una peonza torpe dando vueltas por un suelo desgastado, pero de repente alguno de los dos (quiero recordar que fuiste tú, pero esto no va de echarse las cosas en cara) soltó un comentario sobre los gastos de la casa y yo te recriminé que qué feo ese comentario cuando estamos justamente bailando Quizás quizás quizás que había sido mi sueño. Da igual quién fue, lo importante es que sucedió y se rompió ese algo extraño que había por el aire pululando como perfumes. Tú sabes a qué me refiero, porque hay veces que la vida es otra cosa distinta: ni es magia ni es monotonía; es algo que corre pero no como un río sino como una moto por la ciudad llena de ruido y que hace un sonidito agudo al frenar en los semáforos en rojo. La vida es todo, claro, pero la vida que querría vivir es diferente a ese todo. La vida que querría vivir es cuando coincido con la gente que quiero, sobre todo contigo. El resto es respirar, reírte por algún recuerdo y esperar a volver a encontrarnos.

No me puedo creer, de verdad, que ya no quieras bailar más Quizás quizás quizás conmigo.

Cuidado con los fantasmas del armario y con la moto.

Te quiere siempre,

Ramón24 de junio de 2023

IntroducciónFracasar para mirar en los espejos

Todo está destinado a fracasar. No solo por el mero hecho de que fracasar se contrapone a tener éxito y tener éxito continuamente es algo imposible, sino —también y sobre todo— porque el éxito se asocia con la vitalidad y el fracaso con lo muerto. Y, claro, grandes noticias: nos estamos muriendo. Vivir es acercarse a la muerte, vivir es enfermar y deteriorarse. Pero no es nada malo, es algo natural. Ya estamos fracasando en la vida en el mismo momento en el que ponemos un pie en este mundo. Todo lo que alguna vez tocamos e incluso lo que no tocamos e imaginamos perecerá. La gente que quiero morirá. Los espejos, en algún momento, se romperán.

Esta idea me ha perseguido durante muchos años: a veces, como tormento; otras, como una especie de proverbio, una fórmula de vida. Conforme iba creciendo, la acepté y me la repetí y empecé a aplicarla y a trasponerla a mis relaciones. Siempre he tenido amistades muy cercanas, grupos pequeños de gente, personas con las que pasaba la mayor parte del tiempo de mis días. La primera vez que dejé de ser amigo de una de mis mejores amigas, no lo entendí. No lograba captar por qué simplemente no seguíamos llamándonos por teléfono durante horas, por qué ya no nos quedábamos en la calle durante las madrugadas de verano fumando los cigarrillos que le habíamos robado a nuestros padres hablando de nada importante. No lograba captar por qué no era fácil lo que parecía fácil: que nos queríamos, que nos conocíamos y reconocíamos y que nos gustaba pasar tiempo juntos. Ahora, unos años más tarde, lo entiendo un poco mejor. Las cosas se acaban; claro, estamos destinados a fracasar. El amor, como todo, también está destinado a fracasar. Tampoco es nada malo. Lo dice Julieta Venegas en «Despedida»: «Es tan bueno despedirnos / como habernos conocido. / Es tan bueno aceptar / la derrota como fue luchar. / Por lo que tuvimos tú y yo / y se acabó. / Por eso brindemos hoy».

Ah, no, no. Yo tampoco sé nada sobre el amor. Yo también lo aprendí sin querer. Aunque el amor no se aprende. Más que eso, se descubre. Pero no de repente, sino de forma paulatina. No lo descubres como descubrí yo que existía una enfermedad llamada cáncer en la lengua una noche cuando veía la televisión con mi madre mientras ella decía «sí, eso es por culpa del tabaco, mírala, pobrecita, se nota que se está muriendo». Tampoco lo descubres como descubres la vergüenza cuando te llevan a una audición de un programa de talentos porque la profesora de música ha insistido en que tienes mucho talento y te ha mandado a que toques con la flauta dulce la banda sonora de La bella y la bestia mientras el jurado te mira como si estuviese asistiendo a un hecho surrealista, como si allí mismo estuviesen contemplando el mismísimo Apocalipsis y, llenos de compasión y pisándose la mandíbula, te ofrecen unas patatas fritas de bolsa del mismo bol del que comen ellos. Te dicen que no pasa nada, que otra vez será. Es el mismo mensaje de los rasca y gana que descubres un día dentro de unas bolsas de patatas que te recuerdan a aquellas que te dieron cuando hiciste el acto más ridículo de tu vida tocando mi sol si do fa. Tampoco lo descubres de la misma forma que descubres que al final sí tendrás una perrita, y vas a recogerla a tus siete años y te dicen que Reina —porque así se llamará tu perrita— nació el día del atentado de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, cuando descubriste que había cosas malas en el mundo mientras estabas comiendo sentado a una mesa en el bar de tus padres y que la vida continuaba porque la gente pagaba, seguía haciendo bromas y se iba como el resto de los días. Ah, no, no. El amor es más un campo abierto con miles de caminos hechos y por hacer. No se descubre sino que siempre se está descubriendo. Esa búsqueda no debería fracasar, aunque los caminos a veces lo hagan.

Si hay algo en mi vida que ha logrado disminuir mi angustia ante el fracaso ha sido el amor. La gente a la que quiero y que me quiere. Gente que siento que me ve cuando le miro a los ojos; ojos en los que veo una persona distinta de la que yo creo que soy. Porque «ser», por supuesto, también es un fracaso. Menos mal. Maggie Nelson escribe en un poema «The selves I no longer am / nor understand». Los yoes que ya no soy ni entiendo. Fracasar en «ser» es un éxito. Nos aleja del esencialismo, de las expectativas dañinas y de la culpa. Me alivia pensarme incapaz de poder nunca agarrar o capturar quién soy, porque me escurro. Me escurro en los demás como un líquido. Me desparramo por los caminos de la vida y del amor, si acaso no son lo mismo. Vuelvo a ser, tan solo por momentos, un niño que va corriendo por esos campos, llenándose de rozaduras, recogiendo flores, plantándolas en mi jardín imaginario para enseñárselas después a todas esas personas que quiero. Yo tampoco sé nada sobre el amor, aunque a veces pienso que sí cuando creo ser, por un instante, ese niño que recoge flores.

Si todo fracasa, en cierta medida, nada lo hace; o lo hace con menos significancia. Aceptar que las cosas terminan ha sido para mí, desde luego, uno de los aprendizajes más duros. Descubrir que ya no llamaré nunca más a alguien, que no descolgará el teléfono o, al menos, no con el entusiasmo con el que acostumbraba, es un hallazgo doloroso. Yo, como cualquier otra persona, creía que el amor no fracasaba. Yo también pensé que el amor todo lo puede, que es para siempre. Pero, al final, con que dure un rato es suficiente. Con un rato me refiero a un instante, unos meses, unos años, unas décadas, toda la vida. Cualquier muestra de amor ya es un éxito. Aunque el amor no es nada excepcional: está y debe estar por todas partes, aunque sea su excepcionalidad la que nos embriague y nos atraiga.

Creo en el amor por encima de muchas cosas. Como escribe Berta García Faet: «da vergüenza admitirlo, pero no encontrarás en el mundo a nadie / que crea en el amor / con más intensidad con más fe con más fervor / que yo». Yo quiero transformar la vergüenza en orgullo, porque transformé mi fe cristiana en fe relacional, transformé la culpa en querer disfrutar más. Escribo este libro a veces yendo un poco en contra de mis principios, porque pienso que el amor, como muchas otras emociones y categorías que tienen que ver con nuestra sentimentalidad, no debería poder (ni tampoco puede) retenerse teóricamente; y que todo intento de sostenerlo es un fracaso. Pero fracasaremos mucho mejor si sabemos, al menos, qué o cómo se nos hace fracasar.

En los últimos años he escrito sobre el amor —académica y literariamente— porque resulta que cuando estoy alrededor de gente que quiero y me quiere todo se vuelve más lento y accesible, la ansiedad deja de ser la protagonista y la vida se vuelve más fácil, pero sobre todo un lugar en el que puedo y quiero estar. Escribirlo me hace entenderlo un poco mejor pero, más aún, sentirme agradecido por lo que posibilita que esté bien en ciertos momentos y el mundo sea un espacio habitable. Escribo también este libro con un miedo inmenso por no saber nunca suficiente. Hablar de amor —y de emociones en general— es una tarea delicada. Su larguísima vida contada en milenios y su fluctuante definición, no solo de forma anacrónica sino también diacrónica, complican y alientan la conversación. No pretendo con este libro determinar normativamente qué es el amor o establecer jerarquías en sus formas, determinando cuáles son mejores o peores (más allá de todas aquellas que supongan desigualdades, opresiones y violencias); sino intentar, al menos, comprender cómo es posible que convivan y convivamos con tantas definiciones distintas del mismo y que, a su vez, muchas de ellas nos parezcan acertadas aunque se contradigan entre sí. El valor e interés del concepto de amor se encuentra en su propia indefinición o, mejor dicho, en su polisemia siempre ambigua. Sortear este carácter plural y anclar su significado sería ir en contra del mismo.

Esto no quiere decir que no nos podamos aproximar desde distintas perspectivas a ver no tanto qué es sino más bien cómo funciona dentro de un entramado social, cultural y económico y cómo se relaciona inevitablemente con otros grandes temas. Para acercarse, primero, a qué puede suponer el amor en un marco contemporáneo debemos aceptar que este es un concepto histórico, movido y movible por los contextos, las disposiciones de género, clase, racialidad, discapacidad y orientación sexo-afectiva, entre otras. No hay, en definitiva, una definición universalista que valga siempre y a todo el mundo. Para comenzar a indagar sobre el amor se debe aceptar que ninguna definición podrá satisfacer plenamente todos los casos de las relaciones románticas (incluso muchas veces no se podrá ni se querrá aplicar a las relaciones románticas tal y como las conocemos) y que su conceptualización no es tan sencilla como concebir este tan solo como un «afecto profundo» —tal y como señala el diccionario— o como un «mero subproducto de la ideología burguesa», pues así, como señala Eva Illouz, no estaríamos «en condiciones de explicar la intersección entre este y el mercado capitalista», pero tampoco podríamos defender que el amor es muchas cosas a la vez y que nos afecta a todas las personas de diferente forma.

Sus definiciones fluctúan a través del momento al que se mira y del sitio desde el que se observa. Por ejemplo, el historiador Theodore Zeldin apunta que a principios del siglo xx, el amor se convirtió «para la autoridad paterna, en un gran enemigo, un rebelde proclive a arruinar todos sus proyectos», pues hasta ese momento, el matrimonio —confirmación última del amor dentro de este contexto— se entendía como un acuerdo económico equitativo entre familias. Illouz argumenta, siguiendo a Émile Durkheim, que a partir de este momento de principios del siglo pasado, con la creciente libertad individual para elegir el matrimonio, el amor se convierte en una experiencia cercana a lo sagrado, desplazando a la religión en las sociedades secularizadas. Una definición mucho más divertida se puede encontrar en la novela ensayística-gráfica de Liv Strömquist No siento nada. En una convergencia de las teorías del amor de Platón, Eva Illouz y Byung-Chul Han, Strömquist señala que:

Estar enamorado es como estar completamente indefenso, sin brazos ni piernas, como un trozo de carne de kebab que gira en un puesto callejero grasiento, INCAPAZ DE HACER NADA, solo COCINARSE, impotente, uno no PUEDE hacer nada, solo es una especie de lugar, un lugar que alberga un deseo, que es poder estar CERCA de un chico idiota que se llama Kevin (o quien quiera que sea).

Como afirma Diane Ackerman, trayendo de vuelta una idea anterior, «el amor es el gran intangible. […] Todo el mundo coincide en que el amor es maravilloso y necesario, pero nadie puede definir lo que es». No obstante, esta indefinición no es, por supuesto, algo exclusivo del amor; tan solo demuestra su complejidad e importancia dentro de nuestros modos de vida. Por otro lado, también es interesante la definición que recoge bell hooks del clásico libro de autoayuda El camino menos transitado, de M. Scott Peck, quien define el amor como «la voluntad de extender el propio yo para favorecer el crecimiento espiritual de uno mismo o el de la otra persona». Esta última aproximación al amor como voluntad contradice los discursos que lo ven como un acto instintivo. Desde esta perspectiva ofrece la propia bell hooks su idea de amor, entendido desde la dedicación hacia el otro, aceptando que es mucho (o, al menos, algo) más que un afecto, pues «para amar de verdad tenemos que aprender a combinar varios elementos: cuidado, afecto, reconocimiento, respeto, compromiso y confianza, amén de una comunicación clara y sincera».

Todo sobre el amor de bell hooks ofrece, a grandes rasgos, una crítica a nuestras ideas comunes de las relaciones románticas e insiste en un proyecto futuro del amor. De ahí su insistencia en establecer lo que denomina el amor de verdad. En este proyecto, «amor» y «maltrato» no pueden coexistir, pues «el abuso y el abandono son, por definición, lo contrario de la atención y el cuidado», pilares centrales de ese amor proyectual. Pero sabemos muy bien que dentro de nuestros discursos y formas de amor aceptadas socialmente caben las desigualdades, los maltratos, los descuidos, la desatención por el otro. hooks, junto a otros teóricos como Juan Carlos Pérez Cortés en Anarquía relacional, escriben sus ensayos para trastocar o revolver cómo entendemos el amor y con ello desviarlo.

Este libro no pretende aclarar nada proponiendo una guía o un manual sobre el amor; en él no habrá ninguna propuesta novedosa de nuestros modos relacionales. De hecho, tampoco se procura defender una idea del amor siendo efectista ni catastrofista. Es decir, no quiero defender el amor a través de una crítica superficial a aquello que se ha denominado —por figuras como Zygmunt Bauman— relaciones líquidas; porque no es cierto que ahora haya menos compromisos —o al menos no es tan sencillo como se propone— ni tampoco partir de una idea fácil afirmando que ahora ya no existe el amor y que las parejas duran menos porque ahora podemos buscar amantes a un solo clic. El amor sigue existiendo y sigue cambiando en sus formas y, en cualquier caso, siempre preferiré un amor que nos permita cambiar y sea más líquido que un concepto de amor rígido como un muro que mantenía y sigue manteniendo en los peores casos a las mujeres en sus casas, atadas para siempre a un hombre y a la cocina, a veces legitimando la violencia bajo el paraguas del mismo; un amor que sigue haciendo de las vidas de personas homosexuales y bisexuales un espacio de la vergüenza, del escondimiento en lo privado, de violencia en las calles y en las casas.

Si algo será claro aquí, espero que sea una claridad que abra el texto y lo que se propone, porque nada permanece, porque todo lo ambiguo —y en concreto el amor, cosa tremendamente ambigua— está cedido a la apertura. Lo abierto, como señala Roland Barthes en Crítica y verdad, es aquello que multiplica las posibilidades, que no se puede terminar de captar, que siempre acepta una interpretación igual de plausible que otras, multiplicando los espejos. Si hay una defensa dentro de estas páginas y dentro de mí es que amar y ser amado es algo inescapable a la vida, y que incluso es la vida misma. Para amar, igual que para vivir, necesitamos a los demás. Espero que este libro sea, al menos, un espejito, un pequeño espejo de mano, para poder girarlo y mirar a todas esas personas que hacen nuestro mundo un mundo donde queremos vivir.

Primera partecómo amamos

We accept the love we think we deserve.

Las ventajas de ser un marginado

Era 2008 y yo tendría unos catorce años e iba por el mundo intentando parecer un chico listo y guay. Me había leído libros imposibles, muchas de cuyas palabras no entendía, para tenerlos en una especie de currículum que creía podría impedir que los comentarios de otra gente sobre mí me hicieran daño. Había comprado prendas de ropa distintas a las que llevaban los chicos de mi edad que desataban giros de cuello y que luego vestirían algunos meses o años después las mismas personas que se giraban. No era nada especial, se podría resumir en que era un adolescente que había tenido una infancia gorda y que todavía estaba averiguando su orientación sexo-afectiva y cómo poder dirigirla a un lugar feliz. Eso no impidió que mi adolescencia fuese una etapa que ahora recuerdo con mucho cariño, porque tuve la gran suerte de poder rodearme de gente que me quería y me sigue queriendo. Pero sí, claro, algo faltó. Siempre falta algo. Siempre hay algo que no encaja del todo. Era 2008 y acababa de estrenarse Crepúsculo y yo me di cuenta de que me faltaba El Amor.

Lo cierto es que seguramente había descubierto mucho antes que me faltaba ese tipo de amor porque desde que somos bien pequeños se nos enseña su importancia central en nuestras vidas. Muchas de las películas que vemos y de los cuentos que nos narran nuestras madres en la infancia tienen como núcleo central una historia de amor. Pronto, nosotros mismos nos preparamos, imitando a los mayores, para una vida posterior; jugando con nuestros amigos a las familias, a ser papá y mamá, a tener hijos, un trabajo, a llegar a casa cansados. Cuando ni siquiera tenemos las capacidades de dar nombre a las formas, ya recibimos las preguntas que intentan unirnos a nuestros amigos y amigas de manera distinta: ¿es tu novio/a?, ¿te gusta equis? En esas preguntas se crean (o, mejor dicho, se repiten) las normas, se nos instala en un espacio de la expectativa. El amor que está por venir, un futuro de pareja. El príncipe que llegará al castillo donde espera la princesa, pequeñas personas que ya anticipan un futuro predefinido.

El amor, aunque en formas más o menos visibles, está por todas partes: en las obras de arte, en nuestras casas, en la publicidad, en la cultura del esfuerzo («trabaja de lo que amas y nunca trabajarás» y otros mantras neoliberales que inundan las redes sociales) e incluso hasta en los documentales de animales. La elección vital de la pareja de los pingüinos, sin ir más lejos, se entiende desde nuestros discursos del amor romántico. Parecería que existimos en un mundo sobrecargado de amor, donde este es un prisma fundamental para entender la sociedad. Sin embargo, Roland Barthes escribe Fragmentos de un discurso amoroso en 1977 porque el amor «es hoy [un discurso] de extrema soledad. Es un discurso tal vez hablado por miles de personas (¿quién lo sabe?), pero al que nadie sostiene»[1] y bell hooks, en el 2000, advierte que «[h]oy en día son muy poco frecuentes los debates sobre el amor»[2]. Sus palabras, veintiún años después, ya no tienen mucho sentido o, al menos, no del mismo modo. Ensayos e investigaciones de la sociología y la antropología por parte de Eva Illouz o Tamara Tenenbaum en ámbitos internacionales, o las de Brigitte Vasallo y Mari Luz Esteban en España inundan las librerías. Algunos son incluso éxitos de ventas. Los debates sobre el amor se han vuelto frecuentes y todos ellos han fijado sus miras en visibilizar cómo se interconecta o funciona este afecto con y dentro de otras estructuras, tales como la sociedad y la cultura. Como señala Illouz, aunque los lazos entre el amor y la cultura estén ampliamente aceptados, todavía existe una fuerte resistencia a añadir a ese engranaje la economía como un eslabón imprescindible para entenderlo[3].

Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo xx, no comenzó el amor romántico a instalarse en las investigaciones sociológicas, antropológicas e históricas al mismo tiempo que comenzó, por un lado, a desecharse una distinción entre lo público y lo privado en las emociones y, por otro, a apartarse de la idea de que el amor romántico es algo totalmente irracional, individual, gratuito, orgánico y, por tanto, inaprehensible como objeto de estudio. A partir de los años noventa y de la aparición de figuras como Eve Kosofsky Sedgwick, la investigación de las emociones cobra una importancia que llega hasta nuestros días1, relacionándolas no solo con la cultura y la economía sino afirmando que estas últimas dan forma y definen las emociones. Cultura, economía y emociones quedan, entonces, ligadas2. Pero esta ligazón permanece oculta, casi borrada a través de lo que se denomina amor romántico. Ese es uno de sus mayores logros, hacerse ver como algo inevitable y desvinculado de otras estructuras sociales y económicas y, a la vez, proponerse como uno de los ejes estructuradores más importantes de nuestras vidas.

En 2008 el canal Telecinco comenzó a emitir Mujeres y Hombres y Viceversa, el programa de citas más famoso y duradero hasta la fecha en nuestro país, donde a los tronistas —de ambos géneros— se les disponía una serie de pretendientes —del género opuesto— con la intención de conquistarlos3. El objetivo del programa, que se emitió sin interrupciones hasta marzo de 2021, era la búsqueda del amor a través de distintas citas entre los y las tronistas con los y las distintas pretendientes, que debían hacerse ver y permanecer interesantes a los ojos de a quien querían conquistar. El viaje de los tronistas finalizaba cuando escogía a un/a pretendiente para continuar intimando su relación amorosa fuera del programa (lo que no quería decir fuera de cámaras, pues muchos de ellos permanecían dando cuenta de su vida amorosa en común en otros formatos, convirtiéndose en figuras habituales de la televisión). Los perfiles de los concursantes eran bastante inamovibles: personas que estaban dedicadas a cierto cultivo del cuerpo en los gimnasios, cisheterosexuales, la mayoría de ellas blancas y con una media de edad que, en casi todos los casos, se situaba dentro de la veintena4. Mujeres y Hombres y Viceversa (de ahora en adelante, MYHYV) se presentaba (y puede analizarse) como un reflejo del funcionamiento de un tipo de relaciones románticas en la sociedad y en cuya dinámica subyace una idea del amor como elección.

Programas como MYHYV —a los que también se suman otros con fechas de emisión más recientes como La isla de las tentaciones (2020, emitida también en Telecinco) o Too Hot to Handle (en castellano Jugando con fuego, 2020, Netflix)—sirven para ejemplificar un concepto de relación romántica y una idea de subjetividad particulares dentro de un contexto económico específico. Por un lado, se muestra un yo (y un programa) guiado por la capacidad de elección sexual y emocional, uniendo, en esta posibilidad de elección, la subjetividad con los sistemas políticos y económicos liberales[4]. Por otro lado, se posiciona al yo de la relación romántica como un agente libre y autónomo, capaz no solo de elegir sino también de deselegir5 (no iniciar una relación más involucrada emocionalmente o simplemente terminarla), alimentando una idea de la subjetividad capaz de optimizarse, en búsqueda de un potencial oculto para maximizar el bienestar, la productividad y los placeres propios. El amor en estos reality shows se elige. Es más, el yo o, mejor dicho, una mejor versión del yo se elige o se puede elegir: cambiando al tú (al otro actor o actores de la relación romántica) a medida de las necesidades del sujeto y sus propias previsiones de mejora para la productividad de uno mismo.

También en 2008 se estrenaba la primera película de la saga Crepúsculo(Stephenie Meyer), después de que los libros hubieran vendido más de veinticinco millones de copias en todo el mundo y hubiesen sido ya traducidos a más de treinta y siete idiomas. Su éxito estaba asegurado; y la película acabó recaudando más de diez veces su presupuesto.