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Tal como éramos relata con rigor y amenidad divulgativa una historia de la evolución humana, abarcando varios millones de años y combinando información textal y visual, porque, como dice el autor, ¡qué importante es verse las caras! Cada capítulo comienza con un rostro, una reconstrucción hiperrealista de catorce miembros de la genealogía humana más Charles Darwin, el homo sapiens que comenzó este largo camino de descubrimiento de nuestros orígenes. Mirar a los ojos de nuestros antepasados remotos (y no tan remotos) es la mejor manera de adentrase en el conocimiento de su estilo de vida, sus orígenes, sus relaciones, sus migraciones, y descubrir cuántas cosas compartimos con ellos: desde el miedo a la muerte, hasta la obsesión por proteger a las crías y la necesidad de alimentarse y guarecerse del frío.
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Seitenzahl: 323
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Guido Barbujani
Tal como éramos
Traducción de Carmen Ternero Lorenzo
A Luca Bazooka
… porque yo era él como era mi madre y mi padre y mi abuelo Paco y mi bisabuela Carolina, del mismo modo que era todos los antepasados que confluyen en mi presente igual que una muchedumbre o una legión innumerable de muertos o una selva de fantasmas, igual que todas las sangres que desembocan en mi sangre viniendo desde el pozo insondable de nuestra infinita ignorancia del pasado.
Javier Cercas, El monarca de las sombras
Planteamiento e invocación
1Erguidos. Australopithecus afarensis. Lucy hace 3,3 millones de años
2Con dos manos. Homo ergaster. Niño de Turkana hace 1,6 millones de años
3En el Cáucaso. Homo georgicus. Dmanisi 2 hace 1,8 millones de años
4En Asia, el fuego. Homo erectus. Trinil hace 500.000 años
5Selva genealógica. Homo heidelbergensis. Steinheim hace 350.000 años
6Un tipo a la antigua. Homo neanderthalensis. Feldhofer 1 hace 40.000 años
7El hombre de la estalactita. Homo neanderthalensis. Altamura hace 150.000 años
8La abuela de todas las abuelas. Homo sapiens. Eva mitocondrial hace 200.000 años
9Mestizos. Homo sapiens. Oase 2 hace 37.000 años
10Bajitos, bajitos. Homo floresiensis. Flo hace 60.000 años
11El arte, las muelas del juicio. Homo sapiens. Abrigo de Cap Blanc hace 15.000 años
12Las Américas. Homo sapiens. Luzia hace 11.500 años
13Europeos de piel oscura. Homo sapiens. Cheddar hace 10.000 años
14Pan, vino, leche. Homo sapiens. Ötzi hace 5.200 años
15Describir, clasificar, comprender. Homo sapiens. Charles Darwin hace 200 años
Despedida
Pequeño glosario
Índice de ilustraciones
Agradecimientos
Créditos
Las palabras en color se definenen el «Pequeño glosario».
Cántame, oh, diva, de Barbuglio. Se trata de un distrito del municipio de Lendinara, provincia de Rovigo. Solo hace falta estar un poco familiarizado con el dialecto véneto para darse cuenta de que la «gl» es sospechosa, ciertamente ajena a nuestra lengua. No creo que los habitantes de Barbuglio lo hayan llamado nunca así. Habrán dicho, y dirán todos, Barbujo; y en dialecto polesano, barbujo es el penacho de la espiga (normalmente llamada mazorca) de maíz. Y aquí empiezan las complicaciones. Mi tío Renzo, fallecido en 1986, estuvo investigando en los registros parroquiales: nacimientos, bautizos, matrimonios, defunciones. Descubrió que en 1500 algunos habitantes emigraron de Barbuglio a Adria, y los llamaron Barbujani. Si no recuerdo mal, el primer Barbujani que rastreó era un campanero, en contraste con sus descendientes actuales, poco dados a las sacristías. Hoy en día, la jota del apellido es un arcaísmo. De hecho, conforme algunos Barbujani fueron cambiando de residencia (Monza, Roma, Biella, Zúrich...), los gafudos funcionarios del registro se encargaron de corregirla, de modo que hay quienes tienen una jota, sobre todo en Adria y alrededores, y quienes tienen una i, sobre todo los emigrantes. Pero hay otra versión de los hechos, de nuevo vinculada a los estudios de mi tío Renzo. Enzo y Giorgio Barbujani me dieron una copia de su árbol genealógico, del que se desprende que ellos y yo compartimos un bisabuelo, Antonio, pero no una bisabuela. Según rumores no confirmados, Renzo llegó a la conclusión de que Barbuglio se llamaba así por nosotros, los barbudos, hábiles constructores que llegaron a Polesine desde Lombardía y, aún antes, desde el sur de Francia. Efectivamente, mi padre era ingeniero, pero yo nunca había oído hablar de esta teoría y, desde luego, si mi tío Renzo llegó a escribir algo sobre el tema, lo dejó en algún lugar que no conocemos ni Enzo ni Giorgio ni yo.
La inversión de la causa y el efecto, el topónimo que deriva del apellido y no al revés, tiene implicaciones interesantes pero difíciles de verificar y aún más de investigar. Atengámonos a los hechos: nuestros ancestros pasaron por el apellido Barbuglio, y yo tenía cinco años cuando nos mudamos de Adria a Ferrara, al otro lado del Po, todavía cerca. En resumen, se necesitaron cuatro siglos para que algunos Barbujani recorrieran cuarenta y seis kilómetros desde su lugar de origen, a una media de cien metros al año o poco más. Calculando que de aquí a mediados del siglo XVI han pasado unas veinte generaciones, si se ordenaran los veinte ancestros a lo largo de estos cuarenta y seis kilómetros, habría uno cada dos mil trescientos metros. Me gustaría poder ir a charlar un rato con ellos, con mi padre, Fernando (donde acaba el pueblo y empiezan las gasolineras), y mi abuelo Gino (en la localidad de Barco). Pero ¿qué podríamos decirnos mi trastatarabuelo Matteo y yo (poco después del puente que cruza el Po)? Es más fácil para las familias nobles, que quizá tengan un retrato del abuelo o sepan que fue el marqués de tal que cayó en el campo de cual, por lo que el nombre lleva algún tipo de connotación: se puede notar una forma, indistinta, de familiaridad. Pero para los demás, para casi todo el mundo, en realidad, el pasado, el pasado conocible, se detiene hace dos generaciones: como mucha gente, creo que nunca he llegado a saber el nombre de todos mis bisabuelos. Y eso que si estoy aquí, se lo debo a ellos; si tengo ciertos ojos, o cierta nariz, o cierta forma de pellizcarme la nariz cuando intento acordarme de una palabra, es porque proviene de alguno de ellos. Si pudiéramos vernos, ¿nos entenderíamos? ¿Hasta dónde podría retroceder antes de empezar a pensar que daría lo mismo si ese no fuera un antepasado mío?
En realidad, lo estoy simplificando demasiado. Influidos por la praxis de las familias nobles, pensamos en las genealogías como líneas rectas que conectan el presente con el pasado, estrictamente de hijo varón a padre varón; yo mismo acabo de hacerlo unas líneas más arriba. Pero no funciona así: las genealogías se ramifican, se multiplican. Dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos que a su vez tuvieron otros ocho bisabuelos… Retroceder veinte generaciones significa llegar a una época en la que teníamos 220 ancestros (o poco menos, fíate), es decir, un millón (fíate): la población de Turín, más o menos. O sea que el campanero que emigró de Barbuglio a Adria solo es uno de los muchos, muchísimos, ancestros. Se casaría con alguien de Adria, y si no él, lo haría su hijo, y los hijos de sus hijos, con otros habitantes de Adria; poco a poco, en mi sangre (como se decía antes) o en mi ADN (como se dice ahora), su aportación se ha diluido hasta la millonésima parte del total. ¿Qué nos ha quedado en común, aparte del apellido?
Poquísimo desde un punto de vista estrictamente genético, pero mucho desde otros puntos de vista. Como mínimo, los dos somos Barbujani, originarios de Barbuglio, de Polesine, vénetos, italófonos, italianos, europeos y seres humanos. Por lo tanto, compartimos una lengua, o al menos alguna afinidad lingüística que haría posible la comunicación; un paisaje de tierras bajas, aguas y cañaverales; un sentido de pertenencia a comunidades más amplias. Quién sabe si este antepasado pudo tener alguna curiosidad por su lejana ascendencia. Pero, pensándolo mejor, ¿sería tan diferente si en lugar de hablar con el primer Barbujani históricamente documentado pudiera charlar con otro, u otra, con quien compartiera algunas herramientas lingüísticas y una curiosidad recíproca? ¿Cuánto cuenta realmente esa cantidad, mayor o menor, de ADN que me llega de él? Y mientras seguía el hilo de estos pensamientos, encontré en el periódico una reconstrucción por ordenador del rostro de Nerón, el emperador. Parecía simpático, con una sonrisita que tal vez no fuera una sonrisa de maldad, sino una sonrisa y punto, de alguien que dice: Mirad, no soy tan malo como me pintan algunos; qué importante es verse a la cara, ¿eh?
Este libro, en cierto modo, trata de lo importante que es verse la cara. Literalmente. Nuestro álbum familiar, los restos y rostros de los que han pasado por el planeta antes que nosotros, contienen un mensaje que ha llegado hasta nosotros a través de las generaciones y nos cuenta cómo éramos. Hoy en día, con la capacidad que hemos adquirido de leer a fondo el ADN de tantas personas, pasadas y presentes, y de interpretar sus diferencias, esos restos nos dan una idea de las migraciones, los intercambios y los procesos de adaptación al medio que nos han convertido en lo que somos.
Pero verse la cara significa, en mi opinión, algo más. Este libro comenzó a cobrar forma en el periodo más oscuro de la pandemia de SARS-CoV-2, a finales de 2020. Tras un verano precariamente tranquilo, en el que muchos pensaban que lo peor había pasado, los contagios vuelven a crecer: es la que conocemos como segunda ola. Desde el 8 de octubre de 2020 se hace obligatorio llevar mascarilla; desde el 13 de octubre, los restaurantes, los cines y los teatros reducen su actividad, y a finales de mes tienen que cerrar; es imposible viajar salvo por necesidades graves. A la fatiga acumulada en la primera ola, aún sin superar, se suma la perspectiva de tener unos meses muy duros por delante. Entonces me llama un buen amigo, Raffaele Ghirardi, jefe del departamento de COVID de un hospital de la provincia de Mantua. Necesita hablar, contar; lo escucho, y al final me dice simplemente que cree que no va a poder con eso.
Al final, pudo, Raffaele, como tantos otros pudimos: con dificultad, concentrándonos en el trabajo, jadeando, intentando mantenernos a flote. Pero hubo quienes no lo consiguieron. El 15 de junio de 2020, un ser querido, Giulio Giorello, murió de COVID. No éramos exactamente amigos; diría que nuestros niveles de confianza eran mayores que nuestros niveles de conocimiento mutuo. Sin embargo, teníamos muchos intereses en común y nos gustaba hablar de ciencia. En las semanas en las que esperábamos el comunicado de las cinco de la tarde para sumar los contagios y las muertes, y el balance era siempre el de una catástrofe aérea, las víctimas de la pandemia ya no eran personas, no eran Giulio Giorello y tantos otros: se habían convertido en un número, algo abstracto. Creo que a todo el mundo le pasaba lo mismo. Los muertos se convertían en criaturas del pasado que se podían contar, no conocer. Hasta que un periódico publicaba algunas fotos, unas cuantas historias, y, entonces, por un momento, era capaz de percibir la escala aterradora de los acontecimientos. Giulio Giorello, Lidia Menapace, el director de cine Kim Ki-Duk, mis colegas genetistas Luciano Terrenato y Michele Stanca, uno de los primeros en morir, el peluquero de la esquina y su mujer, que nunca me saludaron a pesar de que nos veíamos todos los días: todos ellos son, eran, figuras conocidas, pero desmaterializadas en la estadística en la que se tradujeron por la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Para pensar en ellos había que hacer un esfuerzo: recordar sus rasgos faciales, verles las caras. Y pensé que ver las caras, de alguna manera, de nuestros ancestros es, o podría ser, una forma de vernos a nosotros mismos, de reflejarnos en lo que fuimos y en lo que somos, eslabones de una cadena genealógica que viene de las profundidades del tiempo y que se extenderá en el futuro, si no somos tan estúpidos como para minarla haciendo inhabitable el planeta Tierra.
Sí, de acuerdo, es una idea descabellada, aunque tampoco tanto. Pese a que no sepamos los nombres, perdidos a lo largo de los siglos, de nuestros ancestros, sí sabemos algo de ellos. Como ya he dicho, los huesos fosilizados y el ADN que hoy muchas veces se logra extraer de esos huesos tienen muchas historias que contarnos. Y además hoy contamos con artistas que se ocupan de reconstruir magníficas imágenes tridimensionales de estos ancestros utilizando técnicas forenses y, lógicamente, completando con la imaginación nuestros conocimientos cuando sea necesario, como los gemelos Adrie y Alfons Kennis, y Élisabeth Daynès. Mirar los rostros de estas esculturas es como cruzar un puente, como establecer un contacto, frágil pero valioso, con nuestro linaje, con lo que éramos hace miles o millones de años. Nuestra curiosidad encuentra un objeto gracias a la habilidad de los artistas, y también de los paleontólogos, que han desenterrado y recompuesto con cariño antiguos esqueletos, y de los genetistas, que a menudo han conseguido leer su ADN. Al pasar ante nuestros ojos, este objeto adquiere la apariencia de un ser humano: más concreto, más susceptible de despertar otras curiosidades, algunas emociones. Y a lo mejor hasta se nos ocurre que podríamos intentar imaginar sus voces: si pudieran, tantos años después, hacerse oír, comentar su insólito destino…
Lucyhace 3,3 millones de años
Lucy es una celebridad: de todos los australopitecos, ella es la única de la que se sigue hablando. Pero cuando estaba viva, era una de tantos. Su fortuna mediática así como la de todos los protagonistas de este libro (excepto el último) dependen de sus muertes, de cómo y dónde murieron. En el caso de Lucy, las circunstancias en las que inició su camino hacia la fama póstuma parecen especialmente desafortunadas. Vamos a ponernos en su lugar. Está terminando un día agotador, pero te sientes bien. Tienes el estómago lleno, lo que no ocurre todas las noches. Bostezas. Con los ojos entrecerrados compruebas la situación por última vez, porque nunca se sabe. Los demás están tranquilos y se preparan para dormir. Ya hay alguno que ronca mientras los últimos rayos del sol pintan de rosa los troncos de las acacias. Bien. Pero de pronto notas algo que te molesta en la espalda. Te das la vuelta para quitártelo. Te resbalas con una rama. El mundo se pone del revés. Alargas el brazo buscando algo a lo que agarrarte. Se oye un grito que a lo mejor has lanzado tú. Y ya está. Así comienza y enseguida termina tu último «loco vuelo».
No es que se piense en la posteridad mientras uno se estampa contra el suelo. Es la posteridad la que se ha interesado por Lucy después. Es una estrella porque los que son como ella, de la especieAustralopithecus afarensis, fueron los primeros de los que podemos decir con certeza que caminaban erguidos, como nosotros. No tenían por qué ser necesariamente los únicos, no lo sabemos. Y tampoco tenía por qué dárseles necesariamente muy bien, aun después de millones de años intentándolo. Parece ser que por la noche, por si las moscas, volvían a subirse a los árboles, y adiós a la posición erguida: allí, en lo alto, se sentían más seguros. Según una reconstrucción fiable, Lucy muere precisamente al caer de un árbol. En aquella época, lo de enterrar a los muertos seguía siendo algo inconcebible, de modo que la dejan allí. Sobre ella se van depositando un estrato geológico tras otro; alguno se desprende, otros se depositan encima. Luego pasan dos paleontólogos. Uno la ve. A millones de años de distancia se oye un segundo grito, pero no es como el de Lucy. Esta vez es un grito de triunfo, y enseguida Lucy se convierte en una celebridad planetaria.
Vista así, Lucy parece sonreír, y lo cierto es que un poco sonríe. Se podría decir que tiene una expresión socarrona, pero para obstaculizar el impulso de simpatía ahí están las grandes patillas, hirsutas, proyectadas hacia delante; las patillas negras le dan un aspecto renacentista, en contraste con la nariz muy achatada y el color de la piel, más claro alrededor de los labios (que se muerde como si estuviera reflexionando). Y luego está la frente. En esta reconstrucción, Lucy es coqueta: levanta la barbilla para que se note menos, pero la frente se le proyecta hacia atrás formando un ángulo marcado con el plano de la cara… Es inevitable, viéndola así la sentimos cercana y al mismo tiempo un poco lejana. No podría ser de otra manera: 3 millones de años no es poca cosa. Pero vamos a dar un paso atrás.
Si podemos decir algo sobre el aspecto y la forma de vida de nuestros ancestros lejanos, es porque tenemos tres fuentes de información: los restos fósiles, que alcanzan una antigüedad de hasta varios millones de años; los objetos que estudian los arqueólogos, de hasta 2 millones de años, es decir, desde la Edad de Piedra, y el ADN, digamos, de los últimos 100.000 años, porque llega un momento en el que es demasiado antiguo y está tan dañado que no podemos estudiarlo. Pero la extraordinaria importancia del Australopithecus afarensis para nuestra historia radica en un descubrimiento que no encaja en ninguna de estas categorías: una serie de huellas que se remontan hasta hace más de 3 millones de años.
Las encontró un grupo de paleontólogos dirigido por Mary Leakey, en Laetoli (Tanzania), cerca del volcán Sadiman. Ahora es un volcán extinto, pero durante mucho tiempo estuvo activo e hizo lo que hacen los volcanes: erupcionar y lanzar repetidamente lava y ceniza que se fueron extendiendo a su alrededor. Según una historia que parece inventada pero que varias fuentes confirman, sucedió del siguiente modo. Andrew Hill, miembro del grupo de Mary Leakey, está un día caminando con sus compañeros cuando estos empiezan a lanzarle bolas de estiércol de elefante (parece que por allí no hay muchos pasatiempos y uno se las arregla con lo que tiene). El caso es que, para evitar el estiércol, Hill se tira al suelo, y así ve muy de cerca las cenizas del llamado sitio G de Laetoli. Se da cuenta de que no solo hay huellas de antílopes y gacelas, como creían. Una de las huellas parece ser de un pie humano. En 1978, tras cuatro años de trabajo, se saca a la luz un tramo de ceniza solidificada de 27 m de longitud en el que habían quedado 88 huellas de criaturas que sin duda caminaban erguidas. Los que las dejaron tenían el dedo gordo paralelo a los otros dedos, como nosotros, y no divergentes, como los monos. En cuanto a la edad de esas huellas, disponemos de métodos precisos para datar la ceniza volcánica: tiene 3,6 millones de años. La única criatura que pudo haber caminado sobre esas cenizas en ese momento y lugar es el Australopithecus afarensis.
Estamos acostumbrados y nos parece trivial, pero en los vertebrados la posición erguida (bipedestación) y la capacidad de avanzar sobre dos extremidades (bipedación) son raras. Fuera de nuestra genealogía —y dejando a un lado las aves, que tienen una historia distinta—, los canguros y ciertos dinosaurios son bípedos, pero no caminaban (los dinosaurios) y no caminan (los canguros) como nosotros. Ambos tienen una cola enorme: cuando se desplazan, el cuerpo se inclina hacia delante y la cola actúa como contrapeso. Caminar erguido y sin cola es una especialidad humana que ha tenido enormes consecuencias y ha requerido profundos cambios —no todos beneficiosos, como veremos— en nuestro esqueleto y musculatura. Si bien es cierto que los chimpancés y los gorilas, e incluso los osos, pueden dar algunos pasos en dos patas, esta no es su forma habitual de proceder. Caminar significa perder y recuperar el equilibrio constantemente, para lo que son indispensables unos glúteos fuertes (que los chimpancés no tienen), una orientación distinta de la pelvis y, sobre todo, una estructura diferente de la columna vertebral. En los cuadrúpedos, la columna vertebral forma un arco horizontal, y debajo de ella cuelgan los órganos y la caja torácica: funciona. Pero al adquirir la posición erguida, resulta que la caja torácica se encuentra como un peso en la parte delantera, donde a ningún diseñador con dos dedos de frente se le habría ocurrido ponerla. La evolución, como es bien sabido, hace lo que puede con lo que tiene: con el paso del tiempo, la columna vertebral se curva en la región lumbar para que los pesos se distribuyan de una forma menos irracional, aunque esto no será suficiente, como todos sabemos, para evitar el lumbago, la ciática y las inyecciones de analgésicos. Y no solo eso. Para permitir la inserción de los músculos del glúteo, la pelvis se modifica y se encoge, lo que hace que el parto humano sea más difícil que el de los gorilas y chimpancés. Por lo tanto, para cambiar a la posición erguida hemos pagado una importante factura. Pero si la hemos pagado y seguimos aquí, debe significar que de alguna manera sus ventajas superaron las desventajas. Volveremos a hablar de ello en los próximos capítulos.
Nuestra historia y la de los chimpancés se separaron cuando unos ancestros nuestros empezaron a caminar erguidos y los de ellos no. No sabemos con certeza cuándo ocurrió, pero sí que, hace unos 6 millones de años, en el África donde vivían los ancestros comunes del ser humano y el chimpancé, el clima cambió. A partir de las regiones más orientales, el clima cálido y húmedo pasó a ser más seco. Las consecuencias se ven en la vegetación, donde el bosque va quedando gradualmente sustituido por un nuevo ambiente, la sabana, en el que no abundan los árboles altos. Al igual que el cambio ambiental, la respuesta de nuestros ancestros a esta alteración requirió cientos de miles de años. Poco a poco, una parte de los ancestros comunes de humanos y chimpancés se fue aventurando cada vez con mayor frecuencia en la sabana, por lo que tuvo que adaptarse al nuevo ambiente; otra parte, simplemente, se quedó en los árboles. Nosotros descendemos de los primeros. Mientras que en las copas de los árboles uno se siente bastante protegido, en la sabana es imprescindible percibir la llegada de alguna criatura hostil con cierta antelación. Mantenerse erguido permite un mejor control del espacio circundante y una huida más oportuna. Quizá (quizá) esta fue la principal razón por la que la bipedestación evolucionó en el nuevo ambiente.
Hace algo más de 3,5 millones de años, tres individuos que caminaban como nosotros y tenían pies similares a los nuestros, tres australopitecos, pasaron por Laetoli. No fueron los únicos: en la ceniza solidificada quedaron otros rastros, de mamíferos, aves, insectos e incluso gotas de lluvia. Podemos decir que eran tres porque las huellas son de distinto tamaño. Unas son grandes, otras más pequeñas y otras diminutas, tan pequeñas que solo se identificaron después, dentro de las huellas más grandes: son las de un pequeño que, para no quemarse, ponía el pie donde ya lo habían puesto los otros dos. Las huellas de su paso se han conservado hasta nuestros días porque se produjeron varios fenómenos sucesivos: una primera erupción, la lluvia, el paso de los tres australopitecos y otra erupción cuyas cenizas lo cubrieron y conservaron todo hasta que el grupo de Mary Leakey desenterró estos conmovedores restos de nuestro pasado.
Haciendo unos cálculos sobre la relación entre el tamaño del pie y la estatura, los dos individuos adultos podían medir entre 1,30 m y 1,45 m, y el pequeño, alrededor de 1,15 m. ¿Un macho, una hembra y una cría? ¿Una familia tradicional anterior a la prehistoria? Calma, las sorpresas no han terminado. Esta hipótesis, que algún estudioso ha formulado, quedó desmentida por una expedición italiana dirigida por Giorgio Manzi. Nos lo cuenta el propio Manzi: en 2015 salió a la luz en Laetoli un nuevo tramo que contenía otras huellas a 100 m de las que se habían encontrado en los años setenta. Esto demuestra que otros dos individuos bípedos pasaron por allí en el mismo momento (la datación de las cenizas no miente), y seguían la misma dirección que los demás. Así que eran cinco, no tres. Pero, sobre todo, uno de ellos era mucho más grande que los otros: medía 1,65 m, con un pie que seguramente calzaría un número 41 actual, y daba pasos mucho más largos. Había, por tanto, grandes diferencias de tamaño entre los australopitecos. En estos casos, los zoólogos hablan de dimorfismo sexual, y en los primates esto quiere decir que los machos eran mucho más grandes que las hembras. Con toda probabilidad, escribe Giorgio Manzi, en Laetoli dejaron huellas de su paso un macho, tal vez tres hembras (o puede que hubiera un adolescente entre ellas) y una cría que ya era capaz de caminar. En resumen, para quienes quieran confirmar sus opiniones sobre lo que es una familia natural, mejor buscar en otra parte. La estructura social de los australopitecos, o al menos de ese grupo, recuerda más bien a la de los gorilas, en la que un macho adulto, el macho alfa, se acompaña de varias hembras (con las que se reproduce).
Pero hasta ahora solo hemos hablado de huellas. Otra cosa muy distinta es encontrar un fósil, como Lucy. Salió a la luz unos años antes del afortunado descubrimiento de las huellas de Laetoli, y en esta ocasión la casualidad también jugó su papel; aunque no hubo bolas de estiércol, sino la elección de una ruta alternativa para volver a casa. Pero vayamos con orden. Donald Johanson, paleoantropólogo de la Universidad Case de la Reserva Occidental de Cleveland, y Tom Gray, un alumno suyo, estaban trabajando en la zona de Hadar, en la región de Afar (Etiopía). Hadar está bastante más al norte que Laetoli, pero dentro de la misma formación geológica, el Gran Valle del Rift, una fractura que cruza África oriental de norte a sur, desde Eritrea hasta Mozambique. Johanson cuenta que el 24 de noviembre de 1974 no tenía muchas ganas de trabajar, pero Gray insistió en que al menos fueran a buscar las coordenadas de un lugar donde pensaban excavar más adelante. Durante el camino de vuelta al Land Rover, para evitar un tramo que estaba a plena luz del sol, se desviaron por una zona por la que aún no habían pasado. Johanson mantenía la mirada gacha, porque es así como se encuentran los fósiles. En un momento dado, vio un codo perfectamente conservado que sobresalía del suelo y, pegado a él, un cúbito, es decir, uno de los dos huesos del antebrazo. La región de Afar está llena de restos de babuinos, pero Johanson se dio cuenta enseguida de que se trataba de un hueso distinto, un hueso de hominino.
(Y aquí necesitamos un paréntesis técnico, pero será breve. Formamos parte de la familia de los homínidos, junto con los gorilas, los chimpancés y los orangutanes: los grandes simios. Los homininos son un subconjunto de los homínidos, lo que técnicamente se denomina una subfamilia, que nos incluye a nosotros, género Homo, y a nuestros parientes extintos de los géneros Australopithecus, Paranthropus,Homo y otros. Así, llamamos australopitecos a algunas especies de homininos pequeños, de las que probablemente proceden las especies del género Homo).
A primera vista, Tom Gray no estaba convencido de haber hecho un descubrimiento importante, pero cambió de opinión cuando poco después se dio cuenta de que estaba a punto de pisar un cráneo. Tom, cuenta Johanson, tenía fama de ser un hombre tranquilo, pero se pasó todo el trayecto de vuelta al campamento tocando el claxon. Sabían que lo que habían encontrado era muy antiguo porque ya habían extraído huesos de elefante del mismo yacimiento y los habían datado en más de 3 millones de años. Era una nueva especie de australopiteco.
Le pusieron el nombre de la región en la que se encontró, Australopithecus afarensis, pero lo que más contribuyó a su fama mundial fue su apodo, Lucy. Los orígenes del apodo son conocidos: mientras recomponía el esqueleto, Johanson estaba escuchando una cinta de los Beatles, y la canción que más le gustaba era Lucy in the sky with diamonds. Desde luego, AL 288-1 (el nombre científico del fósil) no habría tenido el mismo efecto en la imaginación de millones de niños, estudiantes, documentalistas y antropólogos aficionados. Para su venerable edad, el esqueleto de Lucy está relativamente completo: alrededor del 40% del total, incluida una buena parte del cráneo. En Hadar se han encontrado más de 400 restos óseos de Australopithecus afarensis de los que hemos extraído una información importantísima. El estudio de los átomos presentes en los dientes de Lucy (técnicamente, los isótopos) nos da una idea de su dieta, que era típicamente vegetariana: fruta y verdura, y tal vez algún insecto. En la capa en la que se encontró hay muchos fragmentos de huevos de tortuga y de cocodrilo, y probablemente estos huevos también formaban parte del menú. Cuando antes decía que tal vez la especie de Lucy no era la única que caminaba erguida me refería a otros fósiles de 3 o 4 millones de años de antigüedad que se han hallado en Kenia y Etiopía. Sin embargo, se trata de esqueletos muy incompletos, de los que no conocemos, por ejemplo, la forma de los pies. Sin entrar en demasiados detalles, se les ha dado el nombre de Kenyanthropus y Ardipithecus, y no está claro si también pudieron ser bípedos. Sin embargo, por los conocimientos que poseemos actualmente, pocos expertos ponen en duda que los fósiles de Australopithecus afarensis documenten el inicio de la cadena de cambios biológicos que condujo al género humano actual.
Unas palabras, para terminar, sobre lo que antes hemos llamado el «loco vuelo». En 2016, John Kappelman y Adrienne Witzel, de la Universidad de Austin, estudiaron 17 fracturas de los huesos de Lucy y concluyeron que su muerte se produjo al estrellarse contra el suelo tras una caída desde lo alto. Así lo sugieren las lesiones de los brazos, similares a las de cualquiera que intente protegerse al caer. Pequeños detalles, visibles con la TAC, apuntan a que estas fracturas se produjeron en el momento de la muerte, y no durante los más de 3 millones de años que siguieron. Otros científicos, entre ellos Johanson, prefieren otras explicaciones, quizá más sencillas: por ejemplo, que, poco después de la muerte, algunos animales que pasaran por allí hubieran pisado el cuerpo. Yo no estoy en condiciones de adoptar una posición al respecto, pero si suponemos que Kappelman y Witzel están en lo cierto, las consecuencias no serían banales. Según sus cálculos, necesariamente aproximados, Lucy podría haber caído desde una altura de varios metros. Eso significaría que, a pesar de que sus pies eran aptos para caminar y que criaturas como ella inauguraron la aventura humana en posición erguida, Lucy seguía pasando parte de su tiempo en las alturas, entre el follaje de los árboles. Así pues, la transición de la vida arborícola a la bipedación habría tenido lugar por grados, a lo largo de mucho, muchísimo tiempo.
PARA SABER MÁS
D. C. JOHANSON y M. TAIEB (1976): «Plio-Pleistocene hominid discoveries in Hadar, Ethiopia», Nature, 260: 293-297.
J. KAPPELMAN, R. A. KETCHAM, S. PEARCE, L. TODD, W. AKINS, M. W. COLBERT, M. FESEHA, J. A. MAISANO y A. WITZEL (2016): «Perimortem fractures in Lucy suggest mortality from fall out of tall tree», Nature, 537: 503-507.
M. D. LEAKEY y R. L. HAY (1979): «Pliocene footprints in the Laetolil beds at Laetoli, northern Tanzania», Nature, 278: 317-323.
G. MANZI (2021): L’ultimo Neanderthal racconta. Storie prima della storia, il Mulino, Bolonia.
F. T. MASAO, E. B. ICHUMBAKI, M. CHERIN, A. BARILI, G. BOSCHIAN, D. A. IURINO, S. MENCONERO, J. MOGGI-CECCHI y G. MANZI (2015): «New footprints from Laetoli (Tanzania) provide evidence for marked body size variation in early hominins», eLife, 5: e19568.
K. WONG (2014): «40 Years after Lucy: the fossil that revolutionized the search for human origins», Scientific American.
La entrevista a Donald Johanson se encuentra en la página siguiente: https://blogs.scientificamerican.com/observations/40-years-after-lucy-the-fossil-that-revolutionized-the-search-for-human-origins/.
Niño de Turkana hace 1,6 millones de años
El lago de Turkana también está en el Gran Valle del Rift. Si se va desde el sur, la carretera termina en el pueblo de El Molo, habitado por un millar de personas que tradicionalmente se dedicaban a la pesca pero que ahora parecen vivir principalmente de las limosnas de los turistas. Los niños son muy amables, te cogen de la mano y te llevan a un promontorio desde el que se ven los cocodrilos abajo. Uno de ellos (de los niños, no de los cocodrilos) tenía una camiseta descolorida que alguien le había dado con la silueta del lago de Garda. Se rio cuando le señalé, medio metro más allá de su pecho, el lugar del que yo venía, Padua. El lago de Turkana se encuentra más o menos a medio camino entre Laetoli, donde cinco australopitecos dejaron huellas de su paso, y Hadar, donde Donald Johanson encontró los restos de Lucy. Pero ha pasado mucho tiempo, y se nota. Comparado con Lucy, el niño de Turkana enseguida nos parece más humano, aunque tenga esas grandes prominencias sobre los ojos y le falte una cosa importante, la barbilla; será por el palo con el que juega, sujetándolo sobre los hombros, o porque no tiene pelo en la cara y el pecho. De hecho, lo clasificamos ya en nuestro género, Homo. En realidad no podemos saber el pelo que pudo tener; para esto, como para otros detalles, los artistas, los gemelos Adrie y Alfons Kennis, tuvieron que usar la imaginación. Pero no lo hicieron a ciegas. No cabe duda de que a lo largo de millones de años hemos perdido el pelo, hasta convertirnos en lo que Desmond Morris llamó «monos desnudos». Los motivos por los que la evolución nos ha ido desnudando poco a poco es algo sobre lo que se pueden hacer distintos razonamientos: según algunos, fue así porque de esta forma podíamos regular mejor la temperatura corporal; según otros, porque así nos hicimos más atractivos. Son dos explicaciones que no se excluyen mutuamente, pero hablaremos de ello dentro de poco. Por ahora, vamos a ocuparnos de las manos.
Según los quirománticos, en la mano hay una línea de la fortuna. En cambio, los antropólogos afirman que gran parte de nuestra suerte depende del simple hecho de tener manos. Como hemos visto, el paso a la bipedestación no fue indoloro. Pero si en la evolución se establece una solución que a primera vista parece mediocre, debe ser porque de alguna manera aporta otras ventajas mayores. El estar de pie, además de una visión más clara del mundo que nos rodea, y aparte del dolor de espalda y los partos dolorosos, nos proporciona dos nuevas herramientas: las manos. En los monos arborícolas, las manos y los pies son parecidos porque sirven para el mismo fin: mantenerse agarrado a las ramas. En los que se aventuraron a ponerse de pie, las extremidades traseras se convirtieron en inferiores, y las delanteras, en superiores. Llamadlos como queráis, de todas formas siguen siendo lo que son, dirán algunos. Pero no. Poco a poco, y lo vemos en la ilustración, la forma de las extremidades fue cambiando, y las manos del niño de Turkana no son muy distintas de las nuestras, con ese pulgar ya largo. No nos pasó solo a nosotros. Los gorilas y chimpancés también bajaron al suelo, más (los primeros) o menos (los segundos) de modo estable: ellos también tienen manos y saben usarlas para alcanzar sus objetivos, siendo uno de tantos el ayudarse al caminar. Pero nosotros, que hace tiempo que no necesitamos de esa ayuda, hemos tenido más oportunidades de hacer de las manos un órgano cada vez más especializado.
Pero empecemos por el principio: el ancestro común de los primates. Durante años se le han atribuido manos de mono, con el pulgar corto. Pero es una idea ingenua, algo así como decir que descendemos de los monos. En realidad, descendemos de los mismos ancestros de los que descienden los monos; y estos ancestros debían ser tan diferentes de nosotros como de los monos de ahora. Esto también vale para la mano. Si calculamos la relación entre la longitud del pulgar y el anular, el ser humano tiene claramente un pulgar más largo que los gorilas, los orangutanes y los chimpancés. Pero, si nos fijamos bien, las manos que se parecen más a las nuestras son las de los gorilas, aunque nuestros parientes más próximos sean los chimpancés. Del mismo modo, las manos de los orangutanes y los chimpancés se parecen, sin ser parientes tan próximos entre ellos. Sergio Almécija y sus colaboradores, que han trabajado en esto desde un punto de vista estadístico, lo explican señalando que los chimpancés y los orangutanes pasan parte de su vida en los árboles, y los gorilas no. Así pues, las diferentes formas de la mano no dependen tanto de nuestros niveles de parentesco, más o menos estrechos, como del ambiente en el que vivimos. Las distintas especies han adoptado estilos de vida diferentes y, partiendo de un ancestro común (que, conviene subrayar, no conocemos), en las líneas evolutivas que llevaron al ser humano y al gorila se alargaron los pulgares, mientras que en las del chimpancé y el orangután les tocó a los otros dedos.
Se llama adaptación, y es consecuencia de la selección natural. Charles Darwin explicó cómo funciona. Salta a la vista: muchos órganos de los seres vivos parecen estar hechos aposta,diseñados para funcionar bien. Los peces tienen branquias para respirar bajo el agua, y nosotros respiramos en el aire y tenemos pulmones; los guepardos tienen músculos rápidos para perseguir a sus presas, y los antílopes lo mismo, para escapar de los depredadores; las formas de los tiburones son hidrodinámicas para reducir la fricción y, gracias al marsupio, los canguros pueden pasear a sus crías. Pangloss, del Cándido de Voltaire, llegaría a sostener:
La nariz está hecha para llevar gafas, y llevamos gafas; las piernas están visiblemente hechas para ser calzadas, y llevamos calzas; […] y dado que los cerdos están hechos para comer, comemos cerdo todo el año.
Darwin invierte el razonamiento. Ningún arquitecto del cosmos ha diseñado a los seres vivos; pasó lo contrario, fueron los seres vivos los que se adaptaron al ambiente en el que vivían. Al principio, escribe Darwin, tuvo que haber diferencias hereditarias: en nuestro caso, entre los que tienen el pulgar un poco más largo y los que lo tienen un poco más corto. Estas diferencias pueden comportar pequeñas ventajas y desventajas: los que tienen el pulgar más largo pueden ser capaces de realizar ciertas tareas manuales mejor que los que lo tienen más corto. Con el paso del tiempo, estas ventajas y desventajas causan diferencias en la mortalidad (los que pueden hacer más con las manos viven más tiempo de media) y en la fertilidad (al vivir más tiempo de media, dejan más descendencia). De este modo, las características ventajosas se hacen más comunes de generación en generación y se difunden, mientras que las características que suponen una desventaja se vuelven más raras o desaparecen. En nuestra genealogía, la selección natural nos ha dado pulgares más largos, que permiten realizar operaciones manuales imposibles para otros primates: ni el chimpancé más aristocrático es capaz de sostener el asa de una taza entre el pulgar y el índice.
