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El gran campeón del rugby español, Jaime Nava, se une al prestigioso experto en recursos humanos Juan Tinoco para narrar una historia ambientada en el mundo del rugby que nos transmite valores, liderazgo y pasión. Julio, un directivo que está ante una encrucijada decisiva de su carrera al encontrarse en medio de una gran fusión empresarial, descubre el mundo del rugby a través de su hija Marina, que se ha introducido entusiasmada en la práctica de este deporte. Cuando la acompaña a los entrenamientos, conoce a Javier, uno de sus preparadores y experimentado jugador. Javier le propone a Julio unirse al equipo de veteranos. Aunque inicialmente se muestra reticente, al final decide aceptar el reto. Muy pronto, el rugby se convertirá para este ocupado directivo en algo más que un pasatiempo. A medida que Julio conoce sus reglas, estrategias y valores, se da cuenta de que el deporte oval requiere, más que ningún otro, abjurar del individualismo y renunciar al lucimiento personal, para integrarse en una unidad más grande, en un equipo. Descubre que un verdadero "team" de rugby no puede funcionar si alguna de sus piezas desafina o actúa por su cuenta. La práctica del rugby resultará una absoluta revelación para Julio. Disputará sus primeros partidos con éxitos sobre el terreno pero también con inevitables sinsabores. Todos ellos le resultarán una valiosísima fuente de inspiración para las decisiones que ha de tomar en un momento clave profesional. Y el rugby le guiará en una dirección que él nunca pensó que pudiera tomar.
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Seitenzahl: 411
Veröffentlichungsjahr: 2020
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TEAM!
Lecciones y valores del rugby para la vida
Jaime Nava Juan Tinoco
Ilustraciones de
TERESA TEJEDOR DÍEZ
Prólogo de
CÉSAR BONA
Epílogo de
ÍÑIGO MANSO
Primera edición: octubre de 2020
© de esta edición y derechos exclusivos de edición reservados para todo el mundo:
Editorial Diéresis, S.L.
Travessera de Les Corts, 171, 5º-1ª
08028 Barcelona
Tel: 93 491 15 60
© del texto: Jaime Nava, Juan Tinoco
© del prólogo: César Bona
© del epílogo: Íñigo Manso
© de las ilustraciones interiores: Teresa Tejedor Díez
© fotos personajes portada, solapa y contraportada: Carolina Martínez Navarro
© foto campo de rugby (portada): LeArchitecto / iStock
Diseño: dtm+tagstudy
Impreso en España
ISBN: 978-84-18011-13-9
eISBN: 978-84-18011-14-6
Depósito legal: B 17972-2020
Thema: VS
Todos los derechos reservados.
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los autores del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento informático, y su distribución mediante alquiler o préstamos públicos.
editorialdieresis.com
Twitter: @EdDieresis
Índice
Prólogo
¿Rugby? Ni en broma
Tres principios fundamentales
La primera gran lección
Los leones del futuro
Un bloqueo inesperado
El arte de la guerra
Alcatraz
El rey león
Soltando lastre
Liderazgo oval
El legado
The show must go on
Epílogo
Glosario de rugby
Agradecimientos
Los autores
«Caminando con Julio, el protagonista de esta historia, descubrimos la relación del rugby con la vida misma»
César Bona
autor del prólogo y «mejor maestro de España»
«Libros como TEAM! son tan importantes porque ahora más que nunca necesitamos beber de las mejores fuentes de inspiración y recuperar valores»
Íñigo Manso
autor del epílogo y CEO de bChange Mindset Management
Prólogo
por CÉSAR BONA
Yo era un niño pegado a un balón de fútbol.
Mi sueño era jugar con Brasil, un deseo que se antojaba difícil, más que nada porque había que cumplir unos cuantos requisitos a los que un niño español no tenía acceso. La ilusión, motor imparable en cualquier niño, iba conmigo. Se me podía ver, un día sí y otro también, jugando con mis amigos o regateando las líneas del asfalto con un balón en los pies dirigiéndome a la escuela de mi pueblo, y vestido con una camiseta de color amarillo, color de la selección carioca. Pese a que no llegué a cumplir ese sueño, mis amigos terminaron llamándome Zico, como el capitán de Brasil, lo cual se acercaba bastante desde los ojos de un niño.
El fútbol era uno de los deportes que practicábamos en el pueblo. Ahora bien, todo iba por modas, y si uno se compraba un balón de baloncesto, durante una larga temporada todos jugábamos a meter la pelota en dos círculos que pintábamos con tiza en la pared. Así las cosas, alternábamos tenis con cricket, beisbol o pelota vasca.
Un sábado por la mañana, como tantos en el frontón del pueblo, una caterva de niños esperábamos que alguien apareciera con un balón o una pelota para comenzar el juego, fuera el que fuere. Por la puerta ancha que unía el frontón con la calle apareció Diego, uno de los niños que, como cada fin de semana, se unían a la cuadrilla provenientes de la capital. Con él apareció el rugby en nuestras vidas.
Podría hablar como aquel niño que fui, o como maestro, o como espectador o como deportista que he sido. Todos los personajes que conforman a la persona coinciden en algo: es un verdadero honor prologar este libro que ha vuelto a abrir la puerta a aquella sensación que tuve en la infancia. Agradecido a Jaime y a Juan por haberme dado la posibilidad de aprender tanto sobre este deporte leyendo estas páginas. Caminando con Julio, protagonista de esta historia, uno descubre la facilidad con la que juzgamos lo desconocido. Uno descubre, también, la relación de este deporte con la vida misma.
Leyendo el libro recordaba los días previos a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. En televisión habían lanzado una serie de spots que asociaban la práctica del deporte a la actitud fuera de él. Una frase pegadiza decía: «En la vida, como en el deporte…» y tras ella aparecían valores que recordaban la esencia del ser humano. Ojalá encontremos en la vida esos terceros tiempos, esa solidaridad y esa pasión que nos regala el rugby. Éste te enseña que hemos de dar nuestra mejor versión como profesionales y como personas, te descubre que la competitividad no está reñida con la deportividad, y sus reglas no escritas te exigen saber gestionar la frustración cuando pierdes y ser elegante cuando ganas, porquesaber ganar es tan importante como saber perder.
Aquel sábado de infancia en el que por primera vez vi un balón de rugby de cerca, practiqué todo esto que ahora te cuento. No sabíamos pasarlo, pero lo intentábamos; nos descuadraban los botes extraños que daba, pero superábamos el reto. Y en el tiempo que duró aquel partido, todos aprendimos que aquel juego se basaba en reglas que todos acordamos seguir: respeto a uno mismo, a los demás, a las acciones, a los errores y a los aciertos; juego limpio, deportividad, perseverancia, gratitud, entrega o humildad. Y abrazando a todos esos valores, el honor. Esa lección aprendimos ese día en el frontón, cuando un muchacho de ciudad se acercó a nosotros con aquel balón ovalado bajo el brazo.
César Bonaes maestro, reconocido entre los mejores docentes del mundo, escritor y divulgador
TEAM!
El lector encontrará ilustraciones que reflejan la práctica del rugby acompañando al texto. En las páginas 309-313 hallará un glosario con los principales términos de rugby utilizados en la obra (N. del E.)
A mi mujer, a mis hijos y a todos los que me han placado dentro y fuera del campo, por ayudarme a ser cada día más fuerte.
Juan Tinoco
A mi familia y amigos, por apoyarme siempre y porque sin vosotros muy probablemente no habría llegado a conseguir nada.
Al rugby, porque al igual que me pasó a mí, muchos de vosotros encontraréis en él una guía.
Jaime Nava
«El deporte tiene el poder de transformar el mundo. Tiene el poder de inspirar, de unir a la gente como pocas otras cosas… Tiene más capacidad que los gobiernos de derribar las barreras sociales».
Nelson Mandela
1
¿Rugby? Ni en broma
El teléfono vibraba con insistencia sobre la mesa de juntas. Era la tercera vez desde el inicio de la reunión.
—¿No vas a contestar, Julio? En la pantalla aparece el nombre de tu mujer y ha llamado tres veces seguidas. A ver si ha pasado algo…
Julio, que se distinguía claramente del resto de asistentes por su envergadura, pelo castaño y ojos claros, tan sólo reaccionó cuando Gerardo le tocó el hombro para llamar su atención y señalarle el móvil. Gerardo, su compañero en el comité de dirección, era el responsable de Operaciones de la empresa. Tenían muy buena relación. Se entendían profesionalmente y habían llegado a forjar amistad.
—¿Perdona?... Ah, pues no sé, luego le devolveré las llamadas.
Julio, flanqueado por Gerardo a su derecha y Luis, el director de Tecnología y Procesos, a su izquierda,aún seguía ensimismado en la reunión del comité de dirección con su mente puesta en las cifras que presentaba el director financiero y los diferentes escenarios con proyecciones sobre los resultados de la compañía. En esta ocasión se encontraba el comité en pleno: el presidente y los ocho directores de departamento. A Julio no le gustaba mucho trabajar con números, pero tenía gran capacidad para interpretar los informes y establecer relaciones con otros aspectos estratégicos de la compañía.
Miró su reloj en un acto reflejo y de repente dio un salto sobre la silla.
—¡¡Las seis menos cuarto!! ¡Dios! Había quedado en llevar a mi hija al entrenamiento de rugby. ¡Mi mujer me va a matar!
Gerardo le miró con cara de preocupación. Desde que comenzó el proyecto de fusión le notaba muy nervioso.
—Anda, corre. Si hay algo realmente importante que no pueda esperar ya te aviso o te envío un mensaje. Mañana, en cualquier caso, nos tomamos un café y te cuento cómo ha terminado la reunión. ¿A qué va a jugar Marina? ¿Al rugby, has dicho?
—Sí —contestó Julio mientras cerraba el portátil a toda prisa y lo metía en su maletín—. En este curso les están presentando distintos deportes en el colegio y algo le han explicado del rugby que le ha gustado, lleva insistiendo ya varias semanas y no me queda más remedio que acompañarla. Yo sinceramente no entiendo qué interés tiene. Alguna vez habrás visto un partido del Seis Naciones, ¿no?
—Claro —asintió Gerardo—. Tengo un amigo que es muy aficionado y en su casa siempre tiene puesto el canal deportivo. Parece que es duro, pero, según él, todos los que lo prueban hablan maravillas.
—No sé, la verdad, yo creo que es una moda —Julio terminó de recoger sus cosas de la mesa, cerró el maletín y se puso la chaqueta—. Desde que le otorgaron a los All Blacks, el equipo de Nueva Zelanda, el Premio Príncipe de Asturias, ponen la haka en todos lados. Ya sabes, el baile de guerra maorí con el que tratan de intimidar a los rivales antes de comenzar los partidos. Tras la charla en el colegio les enseñaron un vídeo de ellos y Marina no para de verlos en YouTube —Julio hizo un gesto entre duda y desaprobación—. Ya sabes que no soy para nada machista, menos todavía cuando soy yo el responsable de los planes de igualdad en la empresa. Pero no sé si para Marina va a ser demasiado. Un juego con tanto contacto, a veces incluso violento, no me acaba de convencer…
Julio se fue corriendo al coche. Marcó el número de su mujer en la pantalla táctil mientras se ponía el cinturón. Imaginaba que estaría enfadada; ya habían discutido varias veces en las últimas semanas porque él llegaba demasiado tarde a casa.
—Blanca, ya estoy en el coche… Me llamabas por el entrenamiento de Marina, ¿no?
—Pues claro, Julio. Ya te había dicho que a Marina le hacía mucha ilusión que fueses tú quien la llevara al primer entrenamiento. Tras tenerla una hora esperando con la equipación puesta, he decidido llevarla yo, si no iba a llegar tarde. Vamos de camino hacia el campo.
—Lo siento, de verdad. Es que teníamos una reunión muy importante, la he dejado a medias para venir.
—Siempre es una reunión muy importante, Julio. No entiendo qué te sucede últimamente. Sé que estáis viviendo un momento complicado con la fusión, pero ¿qué pasa con nosotros? Ni que tuvieras una agenda de ministro.
Se hizo el silencio. Julio no sabía qué contestar.
—Bueno, vamos a enfocarnos —Blanca cambió el tono, estaba acostumbrada a ser resolutiva—. He dejado a Max al cargo de César, pero no quiero que estén demasiado tiempo solos y tengo que prepararles la cena. Haz el favor de ir directamente al campo y quedarte con ella. Le hará ilusión verte allí, aunque no estés desde el principio.
Julio y Blanca tenían tres hijos: Máximo, al que llamaban Max, de 14 años, en plena adolescencia; Marina, de 10, y César, de 7 años. La idea de tener tres niños siempre les había gustado, aunque criarlos resultó duro. Una pareja con puestos profesionales de responsabilidad y la vida estresante de la gran ciudad no eran buenos ingredientes para una placentera vida familiar. Pasaron una época bastante difícil cuando nació César, al ser los demás todavía pequeños. En los últimos años la situación había mejorado bastante y tanto Julio como Blanca descansaban un poco más. Sus amigos con hijos mayores les decían que disfrutaran esa época. Era físicamente agotadora, pero ni se imaginaban lo que les esperaba con la adolescencia de los tres.
Un par de años antes, Blanca quiso aprovechar para hacer un Máster de Dirección de Empresas, y Julio, que ya había pasado por eso tiempo atrás y era consciente de que resultaría muy positivo para su carrera, se volcó en el cuidado de los niños. Pero, tras finalizar Blanca el máster, llegó la noticia de la fusión y Julio tuvo que concentrarse totalmente en el trabajo.
—Voy volando, no te preocupes —contestó él, consciente de que no tenía más opción y con un tono de culpabilidad.
Mientras iba hacia el campo de rugby, Julio pensaba en que quería muchísimo a su familia pero que a veces no se sentía comprendido. La razón última de trabajar tanto era para poder sacarles adelante y que no les faltara nunca de nada. Blanca también tenía una buena posición como responsable de contabilidad en una empresa de servicios y, tal y como lo veía Julio, ella debería ser consciente de lo que implica desempeñar un puesto directivo.
Julio sabía que, desde el anuncio de la fusión, había estado más disperso. Cada vez que pensaba en eso volvía a rememorar la imagen de su jefe Alberto, el presidente de la empresa, con gesto serio en la sala de juntas. Recordaba perfectamente el momento, un lunes a última hora, y todo lo que había sucedido. No era normal que el presi convocara reuniones tan tarde, lo cual hizo sospechar a algunos de los directivos. Cuando él entró en la sala, Julio estaba hablando con Gerardo, sentados en sillas contiguas como siempre
—¿Sabes de qué va la reunión de hoy? Me parece un poco raro. El encuentro mensual de dirección es dentro de una semana y, hasta donde yo sé, no hay ningún fuego activo como para convocarnos hoy.
—Ni idea —contestó Gerardo—. También me parece extraño. De hecho, he subido con Lucía, estábamos en su despacho de Marketing revisando un tema y ella me ha comentado lo mismo que tú.
El presidente era una persona cordial, pero ese día tenía un gesto serio, claramente de preocupación. Inició la reunión comunicando que todos debían firmar un documento de confidencialidad. El ambiente en la mesa cambió radicalmente. En ese momento supieron que se trataba de algo muy relevante, algo que no podrían compartir con nadie, ni siquiera con sus propias familias, y que quizá podría afectarles personalmente. Luego, el presidente, sin más preámbulos y con un estilo inusualmente directo y seco, les anunció que se fusionaban con su principal competidor en el sector de servicios jurídicos.
Julio y Gerardo se miraron. Julio nunca ha sido bueno disimulando. Mostró una expresión de sorpresa, primero, e incredulidad, a continuación. Gerardo levantó las cejas como queriendo decir: «Increíble que nos esté sucediendo esto». Dos de los más prestigiosos despachos de abogados internacionales iban a vivir una fusión.
Julio interrumpió sus pensamientos. Estaba llegando al campo de rugby. Maniobró para aparcar su coche y entró corriendo a la instalación, ubicándose en las pequeñas gradas contiguas al campo de juego. Había tres o cuatro grupos de padres y madres hablando. Notó que varios le miraban, al no resultarles familiar su cara. Julio hizo un gesto de saludo con la cabeza; ellos le correspondieron y volvieron a sus conversaciones. Se sentó apartado en un lateral de las gradas. No le apetecía ponerse a hablar con nadie y no sentía que fuera el día para hacer nuevos amigos. Dado que había llegado tarde, prefería centrarse en su hija. Estaba pensando en que, en el camino de vuelta a casa, para compensarla por su despiste, podría preguntarle por lo que viese durante el entrenamiento y mostrar interés por sus sensaciones.
Las gradas no eran cómodas. Pensó que el traje se le iba a arrugar. Eso le llevó a recordar que tenía varios en la tintorería y al día siguiente tendría que volver a ponerse el mismo que llevaba en ese momento. Volvió a recordar la presentación del director financiero y los escenarios de resultados de negocio. Todo aquello le suponía mucho estrés y, con el agotamiento mental acumulado a esas alturas del día, no iba a llegar a ningún tipo de solución. Decidió entonces alejarse del ruido mental de su cabeza, centrarse de una vez en el entrenamiento y ver cómo lo estaba haciendo Marina.
Alzó la vista observando todo el campo. Las medidas eran casi exactas a las de un campo de fútbol, pero con la sensación de mayor amplitud. El césped parecía una moqueta verde, como el green de un campo de golf, perfectamente cortado y muy cuidado. Julio tardó unos minutos en percatarse de que se trataba de un campo de hierba artificial de última generación, tan de moda hoy en día. Sin embargo, la estampa clásica del campo de rugby estaba allí, tal y como Julio la recordaba de los partidos del antiguo Cinco Naciones que había visto en su época universitaria. Desde su posición, los clásicos palos con forma de H coronaban los dos extremos del campo y, entre medias, un jeroglífico de líneas continuas y discontinuas, verticales y transversales, aún imposibles de descifrar para él. El terreno estaba dividido en dos por lo que parecía ser una línea de conos o pivotes pequeños de colores. La parte derecha estaba reservada a la categoría sub-18, y la parte izquierda, para el resto de categorías de base. Escuchó en una conversación cercana a un padre decir que su hijo tenía ganas de que llegase su quinto cumpleaños porque así podría comenzar a jugar. ¡Cinco años! ¿Cómo podía ser que con cinco años jugasen los niños al rugby? No le cuadraba con la idea que tenía sobre ese deporte. Se fijó más detalladamente en la parte izquierda, dividida a su vez en pequeñas áreas marcadas con conos. En el rugby, hasta la categoría sub-14 los niños y niñas juegan juntos en equipos mixtos.
En una parte del campo, lo más pequeños corrían todos hacia un lado, se agachaban para tocar el suelo y se levantaban. Los que habían llegado los primeros aplaudían a los siguientes en entrar. En otra de las áreas, había niñas un poco más mayores pasándose el balón en círculo. Iban contando el número de pases que daban sin que se les cayera el balón. Más alejados, vio a un grupo de niños que debían tener alrededor de diez años, como su hija Marina. Estaban de rodillas por parejas. El entrenador les indicaba que tenían que empujarse para ver quién era capaz de desequilibrar primero al otro. Todos reían cuando terminaban el ejercicio.
No se imaginaba para nada que el entrenamiento de los pequeños fuese así de distendido. También le llamó poderosamente la atención la actitud de los padres. Todos se mostraban relajados y sin estar encima de los niños. Recordaba, en contraposición, cuando había ido con Max al entrenamiento del equipo de fútbol de su colegio. Su hijo mayor decía que, como todos sus amigos jugaban al fútbol, él quería probar. La mayor parte de los padres estaban muy atentos al entrenamiento, diciéndole a sus hijos desde la grada lo que debían hacer. Al principio lo identificó como algo natural y positivo: ¿qué padre no quiere que su hijo lo haga bien entrenando y se gane un puesto en el equipo?
Sin embargo, según pasaba el tiempo, había notado que la intensidad del seguimiento de algunos de aquellos padres del fútbol comenzaba a ser excesiva, llegando a ejercer una presión innecesaria sobre sus hijos. También las caras de los niños eran distintas: los del fútbol, con gesto de frustración y quizás demasiada competitividad, sin júbilo, mientras que los rostros que Julio estaba viendo en ese momento de su hija y de los otros niños transmitían lo contrario: relajación, alegría y mucha diversión. Parecían completamente desinhibidos. Pensó que Max quizás habría querido continuar jugando si hubiese podido vivir ese ambiente que estaba observando en el entrenamiento. La tensión en el campo de fútbol probablemente había influido en Max a la hora de no seguir con aquel equipo. Ahora sólo jugaba con sus amigos durante los recreos.
Aquellos recuerdos agridulces le devolvieron de nuevo al trabajo. Los días siguientes a la comunicación del presidente habían sido los peores. Debido al compromiso de confidencialidad, no podían comentar absolutamente nada con ningún miembro de sus equipos por precaución. Julio, como director de Recursos Humanos, estaba muy acostumbrado a la confidencialidad. Pero en esta ocasión era diferente. En la dinámica empresarial, todos sabían que, cuando se habla de fusión entre dos multinacionales tan importantes, en realidad lo que se produciría sería una absorción. Una de las compañías debía prevalecer sobre la otra, tanto en cultura corporativa como en políticas y principios de gestión. En este tipo de situaciones, el director general designado para la nueva compañía creada a raíz de la fusión solía rodearse de directivos de su plena confianza. Eran precisamente los comités de dirección los que podían resultar más redundantes y eso equivalía, de forma inequívoca, a salidas de ejecutivos.
Julio recordó una conversación con su amigo:
—A ver qué hacemos ahora —le había espetado Gerardo mientras apuraba un café en el despacho de Julio—. Lo único que está claro es que nada va a seguir igual.
—Efectivamente —le había contestado Julio con aire pensativo—. Es cierto que nos habían llegado rumores, recuerdo que tú mismo me lo comentaste durante alguna cena, pero de ahí a que se hiciera realidad… Lo que más me preocupa es qué va a pasar con nuestra gente. Si no somos nosotros los fuertes en la «fusión» —hizo el gesto de entrecomillar con sus dedos— nos podemos ir a la calle unos cuantos, ahora que empezábamos a tener una organización estable.
—¿No habías oído nada desde Recursos Humanos de la central? —preguntó Gerardo, consciente de que Julio no podía compartir mucha de la información que le llegaba.
—Nada. absolutamente nada. Es lo que me ha dejado más descolocado y lo que me lleva a pensar que, en este proceso, no vamos a tener el control.
De nuevo la actitud negativa se apoderaba de los pensamientos de Julio, pero algo llamó su atención de repente. Había un grupo de niños y niñas haciendo una piña y gritando «¡Equipo!». Alzó la vista e identificó a Marina en el grupo.
Marina destacaba por su coletero fucsia y porque sobresalía medio palmo. Siempre había sido muy alta, como sus padres. Estaban todos abrazados formando un círculo en torno a un hombre fuerte, con barba, que sin duda era el entrenador. Les hablaba agachado desde dentro del corro y Julio no alcanzaba a oírle. Veía sorprendido cómo los niños escuchaban con atención y muy concentrados lo que aquel hombre les decía. Marina parecía una más del equipo, a pesar de ser su primer día y apenas conocer a nadie. Rompieron el círculo y todos arrancaron en aplausos, era el cierre al entrenamiento. Antes de que los niños acudieran junto a sus padres, recogieron el material utilizado durante aquella hora: conos, balones, petos de colores...
Julio vio que los padres abandonaban sus conversaciones y se dirigían al lateral de la pista para ir al encuentro de sus hijos. Se les veía felices. Marina llegó corriendo muy sonriente.
—¿Qué tal, Marina? ¿Te ha gustado?
—Mucho, papá, me lo he pasado muy bien —contestó.
—¿Y no te has hecho daño? —preguntó Julio, aún sin terminar de creer que todo hubiese ido bien.
—Bueno, me he dado un golpe en uno de los ejercicios con la pierna de otra chica —Marina se tocó el muslo derecho y puso gesto de quitarle importancia—, pero estoy bien, no es nada.
—¿Seguro? Déjame ver.
Julio se acercó a Marina para comprobar si tenía alguna herida o contusión y en ese momento escuchó una voz masculina:
—¿Sigues bien, Marina?
—Sí, no ha sido nada.
—Genial, como dijimos antes, un golpecillo sin importancia.
Julio identificó al entrenador de Marina. Era bastante alto, casi tanto como el propio Julio, pero más fuerte.
—Hola —se dirigió hacia Julio—. Soy Javier, el entrenador de los sub-10 del club. ¿Eres Julio, verdad?
—Sí, encantado.
Julio se extrañó de que supiera su nombre ya el primer día. Se dieron la mano y notó que, efectivamente, Javier era bastante fuerte. Sin embargo, tenía un gesto muy amable.
—Ha sido un pequeño choque mientras jugaban al principio del entrenamiento. Hemos parado para ver si se encontraba bien y ella misma ha dicho que estaba perfectamente y que quería seguir jugando. Es una chica muy fuerte.
—Bueno, no sé si es normal que los niños se hagan daño entrenando —cuestionó Julio con cara seria.
—El rugby es un deporte de contacto, es casi inevitable cierto roce, pero en estas categorías nos enfocamos más a superar al contrario mediante la evasión, sin contacto físico. Si bien, dada la naturaleza del juego, siempre intentamos que los niños asimilen en edades muy tempranas esta faceta.
Julio escuchaba la explicación atento pero escéptico.
—Marina, has visto que los niños se han divertido, ¿verdad? ¿tú te lo has pasado bien? —le preguntó el entrenador, que optó por pasar página y quitar trascendencia al lance.
—¡Pues claro! —dijo la niña con una sonrisa de oreja a oreja.
—Muy bien. Aun así, dado que es tu primera vez, la idea es que pruebes tres o cuatro entrenamientos. Si te sigues divirtiendo, formalizamos tu entrada en el equipo. Si, por el contrario, ves que no te acaba de gustar, no hay ningún problema. Puede que sea otro deporte el que te llene. ¿Probamos entonces?
A Julio le estaba convenciendo el tono amable de Javier. Aquellas palabras le hicieron olvidar sus reticencias e incluso le animaban a él mismo. Hacía tiempo que no veía a Marina con ese grado de entusiasmo y excitación.
—Muy bien, tú eliges, Marina. Si te gusta, seguimos viniendo. ¿Cuándo es el siguiente entrenamiento, Javier?
—Entrenamos todos los miércoles a las seis de la tarde.
—¿A las seis? Me va a ser muy difícil traer a Marina tan pronto. Bueno, lo hablamos con mamá —dijo Julio mientras Marina le miraba muy ilusionada.
—Quiero venir la semana que viene —zanjó Marina, que no quería que los horarios de su padre fuesen un obstáculo para volver.
Mientras Marina se ponía algo de abrigo y se cambiaba las botas, Julio vio a un grupo de hombres, aproximadamente de su edad, que comenzaban a invadir el campo de entrenamiento que aún desalojaban algunos niños rezagados. No se había percatado de que, mientras hablaba con Marina y Javier, las pequeñas áreas delimitadas por marcadores habían desaparecido y el campo estaba siendo tomado por aquel grupo de jugadores ya veteranos.
—Marina, nos vemos el miércoles que viene. Pasad buen fin de semana y encantado de conocerte, Julio —Javier se despidió y se fue trotando hacia el grupo de jugadores.
Julio echó un vistazo e identificó a un par de padres de los que estaban esperando a los niños unos minutos antes. Cuando Javier alcanzó al grupo, comenzó a saludar y a bromear con el resto de jugadores. Era un equipo de lo más heterogéneo, con una variedad muy notable de alturas y envergaduras en sus componentes. Julio no entendía aquella diversidad física, siempre había pensado que todos los que jugaban al rugby eran más o menos como los «armarios de dos cuerpos» que había visto en alguna ocasión por la tele.
—¿Qué tal, Pedro? —preguntó Javier a un hombre de mediana estatura y amplia barriga.
—Muy bien, Javier. Esta semana con muchas ganas de venir a entrenar. He tenido unos días complicados con el cierre de mes y necesito despejarme.
—Ja, ja, ja —rio Javier—. Los financieros vivís muy bien el resto del mes. Hoy entrenamos placaje, así que te vas a quedar a gusto… te lo aseguro.
Julio y Marina recorrían la banda del campo en dirección al aparcamiento. Él se giró para observar cómo aquellos hombres de edad parecida a la suya empezaban la sesión.
—Mira, papá —exclamó Marina—, hacen las mismas jugadas que nosotras.
Julio preguntó nuevamente a Marina al entrar en el coche si se lo había pasado bien. Ella asintió, limitándose a sonreír. Hacía tiempo que no veía a su hija tan contenta practicando una actividad física. Siempre había sido una niña muy sociable y con muchas amigas, pero precisamente una de sus cualidades físicas, la altura, en más de una ocasión la había convertido en objeto de burla de alguno de sus compañeros de clase. Ella siempre decía que únicamente valía para el baloncesto, el cual no se le daba mal, pero no terminaba de gustarle del todo.
Julio arrancó y puso rumbo a casa. Se mantuvo callado durante el trayecto. Observaba a Marina por el retrovisor: seguía sonriendo y mirando por la ventana. Ella ya pensaba en su entrenamiento de la semana siguiente. Julio analizaba el ambiente con el que se había encontrado en aquel campo de rugby. A pesar de sus prejuicios, si su hija se sentía plena y feliz practicándolo, él no podía ser un obstáculo, y mucho menos un impedimento.
Cambio de mentalidad, cambio de vida
Si Julio no hubiera conseguido superar sus propios prejuicios sobre el deporte del rugby, jamás habría accedido a que su hija participase en su primer entrenamiento. Y si no hubiese visto por sí mismo ese primer entrenamiento, no habría cambiado su idea de que el rugby es un deporte violento y no apto para todo tipo de personas.
Todos los seres humanos tenemos mapas mentales que condicionan la manera en la que percibimos nuestra realidad: el trabajo, la vida familiar, el deporte, el ocio… Las personas que adquieren el hábito de cuestionar esos mapas y, en definitiva, de cuestionarse a sí mismas, abren la puerta a vivir nuevas experiencias que conducen al crecimiento personal.
2
Tres principios fundamentales
Julio se encontraba en su despacho escribiendo en el ordenador portátil. Todo estaba impoluto allí, lo tenía perfectamente ordenado y acostumbraba a trabajar sin papeles, algo que sorprendía a todo aquel que entraba en la estancia. Unos libros de gestión y recursos humanos, una foto de su familia en un marco de metacrilato y una planta en la esquina izquierda eran los únicos elementos que alteraban la blancura y el ambiente zen. Se hallaba en un estado de concentración máxima, que se interrumpió bruscamente con el sonido de un portazo.
—Julio, ¿podemos hablar un momento? —Gerardo señaló la puerta para que salieran—. ¿Qué te pasa esta semana? Llevas cabreado desde el lunes. Ya sabes que remamos en el mismo barco, no me gusta que tengamos enfrentamientos delante de nuestros equipos. Si realmente te pasa algo dímelo y lo hablamos, pero no hagamos de esto una batalla interdepartamental.
—No me pasa nada Gerardo, ¿a qué viene esto? —preguntó Julio muy sorprendido.
—¿En serio me dices que no te pasa nada? Estás poniendo objeciones a todas las propuestas que hacemos desde Operaciones y hay varios responsables que me han preguntado qué te ocurre, ya que generalmente no eres así. Estás bloqueando todas las ideas de cambio organizativo que llevamos semanas diseñando. Ninguna te parece buena —Gerardo se le quedó mirando fijamente esperando una respuesta.
La confianza que tenían les permitía poder hablar de forma muy clara el uno con el otro. En alguna ocasión anterior, Julio ya había actuado así con él y siempre fue positivo para evitar que problemas de trabajo nimios se enquistaran y entorpecieran su fluida relación.
—Pues no soy consciente, Gerardo —contestó Julio arqueando las cejas y haciendo una ligera mueca con la boca—. Únicamente pretendía ser realista. Demasiadas veces hemos hecho ya encaje de bolillos con los cambios organizativos por ser «buenistas» y no seguir las pautas corporativas. Al final me ha caído a mí una bronca del presi y luego otra de la central. Si ahora con la fusión no nos mostramos claramente alineados con las políticas de arriba, ya me dirás cómo nos van a percibir y cómo puede influir eso en la decisión final sobre nuestro peso en la futura organización.
Julio estaba algo molesto. Era una persona de gran capacidad y visión estratégica gracias a su paso por diversas multinacionales desde el inicio de su carrera. Se había dado cuenta de que cada empresa abordaba los problemas de forma distinta en función del negocio y su cultura, pero en todos los casos había un factor común, que Julio resumía como «ver el bosque por encima del árbol». Las compañías más exitosas y duraderas trabajaban en analizar el conjunto y visualizar escenarios en el largo plazo.
Cuando Julio llegó a la empresa se percató rápidamente de que los servicios centrales otorgaban bastante autonomía a la subsidiaria española, gracias a la confianza que ésta se había ganado. Julio había diagnosticado enseguida el liderazgo personal del presidente como fuente de esa diferenciación. Era un gran líder, reconocido tanto a nivel nacional por los clientes como a nivel internacional dentro de la corporación. Como cualquier profesional, tenía áreas de mejora, claro está, pero su carácter era el encaje perfecto en esta empresa: actuaba con un enfoque muy comercial y capaz de hacer que una organización entera se centrase en la consecución de un objetivo común en el corto-medio plazo. Pudo elegir a su equipo y fichó a gente realmente buena. Tanto era así, que el nivel de profesionalidad de la subsidiaria se asemejaba en muchos aspectos al de los propios servicios centrales, pudiendo hablar de tú a tú en cuanto a programas, políticas e iniciativas de negocio.
En ese contexto al que se refería Julio en su conversación con Gerardo, le había tocado justificar ante los servicios centrales decisiones que se habían tomado a nivel local y no habían sido alineadas previamente a nivel internacional. Una cosa era tener cierto grado de autonomía en la toma de decisiones y otra pensar que no existen servicios centrales a los que reportar. Como responsable de la organización, Julio quería evitar a toda costa que, en el proceso de fusión, los jefes corporativos pensasen que la subsidiaria española iba por su cuenta y no hacía un ejercicio de realismo y fidelidad con la compañía a nivel global.
—Creo que estás exagerando, Julio —replicó Gerardo—. Estoy contigo en que hay que mantener las formas, pero estas decisiones no son a nivel global en absoluto. Son de nuestra competencia. No tiene sentido que seamos más papistas que el papa y dejemos de tomar decisiones que son necesarias para el negocio.
Julio mostraba siempre un carácter conciliador intentando satisfacer los intereses de todas las partes. Era una de sus principales fortalezas y sufría cuando no era capaz de llegar a un consenso.
—Mira, Gerardo, en esto no estamos de acuerdo. No me quiero meter en una discusión contigo ahora. En lo que sí te voy a dar la razón es en que no debemos manifestar enfrentamiento ante los equipos. Tengo claro que los trapos sucios debemos lavarlos nosotros solos.
Julio miró el reloj con cara de agotamiento.
—Hoy no es un buen día. Creo que lo mejor es que me vaya ya a casa. Además, es miércoles y quiero llevar a Marina al entrenamiento de rugby, que está muy ilusionada. Se ha pasado el fin de semana hablando de ello. Son las cinco, hora perfecta para relajarme un poco y desconectar. Hablamos mañana.
Gerardo quería llegar a una solución y no dejarla pendiente, pero Julio no le dio opción. Se marchó con una sensación amarga que le hacía plantearse si merecía la pena cargar con toda esa responsabilidad, e incluso pensó en buscar un puesto diferente a Recursos Humanos. Algo de menor carga emocional.
Julio llegó a su casa con tiempo de sobra para recoger a Marina sin demasiadas prisas.
—Vaya, hoy sí que vienes a tiempo —Blanca, su mujer, no se terminaba de creer que estuviese allí a esa hora. No le dijo a Julio que, en realidad, contaba con que llegara tarde de nuevo y se estaba preparando para llevarla, como la semana anterior—. Bueno, pasadlo bien —Blanca notó la cara de circunstancias de su marido, pero decidió no preguntarle en ese momento para que no entrase en su habitual espiral de preocupación.
Julio siguió pensativo en el coche. Reparó por el retrovisor en la cara de su hija y vio que estaba muy contenta y con el mismo aspecto de felicidad de la semana anterior cuando terminó su primer entrenamiento. Julio tenía debilidad por sus hijos y verlos sonreír era como un bálsamo para sus preocupaciones laborales. Preguntó a Marina sobre los vídeos que había estado buscando en internet durante el fin de semana. No les dio tiempo a hablar mucho, ya que el campo estaba cerca de su casa.
Cuando entraron por la verja que rodeaba el perímetro, Marina echó a correr y dejó a su padre atrás.
—¡Disfruta del entrenamiento! —le gritó Julio mientras subía la pequeña cuesta que llevaba hasta el campo de juego.
Julio echó un vistazo a la instalación deportiva. Esta vez llegaba a tiempo y pudo observar qué sucedía antes de que comenzase el entrenamiento. En la parte derecha ya había cuatro o cinco chavales formando una hilera en la que se pasaban el balón mientras avanzaban y recorrían el ancho del campo. No muy lejos de allí, a escasos metros, dos chicos pateaban la pelota intentando atinar con el lanzamiento entre los palos. En la parte izquierda había varios entrenadores que preparaban los espacios que se iban a destinar a desarrollar los ejercicios.
Fue entonces cuando vio a Marina poniéndose las botas y preparándose para empezar la sesión mientras charlaba alegremente con otras chicas. Cerca de ellas distinguió claramente la figura de Javier.
Julio se giró para buscar un sitio en el que poder sentarse. Fue consciente entonces de que ni siquiera era capaz de recordar cómo había llegado al campo y dónde se había ubicado la semana anterior. Su presencia el primer día había sido sólo física y darse cuenta de ello supuso para él una bofetada de realidad. La mente de Julio había estado una vez más monopolizada por su situación laboral, como le solía decir su mujer últimamente.
De repente escuchó una voz familiar. Era Pedro, el hombre de mediana estatura y amplia barriga con quien había hablado Javier al término del entrenamiento la semana anterior. Se acordó de que Javier había mencionado algo de un cierre de mes y se le ocurrió que quizá tendría algún punto profesional en común con él.
—Hola, ¿eres Pedro, verdad? Me llamo Julio —dijo extendiéndole la mano—. Soy el padre de Marina, una de las chicas del grupo de Javier.
—Hola —contestó su interlocutor con gesto sonriente, pero sin lograr identificar a Julio—. Sí, soy Pedro. No sé si nos conocemos…
—No, pero el otro día cuando terminó el entrenamiento de las niñas vi que Javier habló contigo.
—Vaya, qué observador.
—Le escuché decirte que te vendría bien el entrenamiento por ser cierre de mes. ¿Trabajas en Finanzas?
—Sí, en una constructora —contestó Pedro, sorprendido de que Julio tuviese tanta información sobre él, pero con agrado al ver que buscaba aspectos en común para iniciar la conversación.
—¡Ah, muy bien! Mi mujer también trabaja en esa área, es responsable de Contabilidad y yo trabajo en Recursos Humanos. Ya sabes, los dos pertenecemos al lado oscuro de la fuerza.
El comentario provocó la risa de Pedro, que resultó ser un gran fan de la saga de La guerra de las galaxias, que tanto había marcado a la generación a la que pertenecían ambos.
—Entonces no llevas mucho tiempo viniendo a los entrenamientos…
—No —contestó Julio de forma amigable—. Mi hija Marina quería empezar a jugar tras las charlas que les han dado en el colegio sobre este deporte. Al parecer, la Federación ha realizado una gira por colegios con entrenadores y jugadores para dar a conocer el rugby y fomentar su práctica entre los más pequeños. Es el segundo entrenamiento al que venimos. Para mí es todo nuevo, la verdad.
Enseguida Julio y Pedro se sintieron a gusto por el entorno, la conversación y el ambiente jovial de los niños.
—Pues no te preocupes, si quieres te voy explicando un poco cómo funciona esto. Una vez que entiendes la dinámica, se ve con otros ojos. Por cierto, creo que tu hija y la mía son compañeras de equipo, se llama Andrea; es la morena con las botas amarillas.
Tras un breve calentamiento y unos estiramientos dirigidos por una de las niñas, el equipo empezó a agruparse por líneas. Marina se colocó de las últimas, junto con otros niños nuevos, para que le diese tiempo a ver qué había que hacer exactamente. No parecía nerviosa ni tener miedo a fallar, pero quería hacerlo bien y observaba lo que hacían los chicos y chicas más veteranos. El ejercicio era un calentamiento de carrera y pases que se hacían de forma lateral. Era una mecánica que se repetía hasta que el último jugador recibía el balón y lo entregaba al compañero de la fila que estaba enfrente.
—Bueno, este es un primer ejercicio de calentamiento —comenzó a explicar Pedro—. Sirve para coger sensaciones con el balón y para que los niños pierdan un poco la vergüenza, empiecen a comunicarse más entre ellos mismos y aprendan a dar información útil a los compañeros sobre cuándo pasar. La comunicación en el rugby es muy importante en todos los aspectos del juego. Supongo que sabes que, en rugby, el balón no se puede pasar hacia delante…
—Sí, he visto algún partido haciendo zapping. Si te digo la verdad, no entiendo mucho —admitió Julio—. Al principio creía que era como el fútbol americano. Ahí sí se puede pasar hacia delante, ¿no?
—Efectivamente. Pero el fútbol americano no es rugby. Es una de las aclaraciones que tenemos que hacer a los primerizos —Pedro imprimió un tono jocoso a sus palabras—. Con tanta SuperBowl, la gente se confunde. El fútbol americano es una adaptación estadounidense del rugby. Las reglas son totalmente diferentes y la mecánica del juego no tiene nada que ver. Para resumirte, el objetivo del rugby es avanzar hasta conseguir llevar el balón más allá de una línea y posarlo en el suelo. Y todo eso lo tienes que hacer avanzando en equipo, sin perder la posesión y, por supuesto, sin pasarle el balón a ningún jugador que esté en una posición más avanzada que la tuya en el campo. Como lo que están haciendo ahora, ¿lo ves? Ir hacia delante y pasar el balón hacia el compañero que está un poco más atrasado. En el fútbol americano sí se puede pasar hacia delante. Hay muchas diferencias, como que se puede placar al jugador que no tiene la pelota, o que el juego se para cuando el portador del balón cae al suelo. Es más explosivo y estático porque hay parones cada dos por tres, mientras que en el rugby el juego es mucho más continuo.
—Vale, entiendo —Julio gesticulaba afirmativamente mientras escuchaba a Pedro, pero en su cabeza surgían infinidad de preguntas.
—Bien. Lo siguiente que hay que saber es identificar las claves del juego. Son tres principios fundamentales: avance, apoyo y continuidad. Esto me lo sé muy bien porque Javier nos lo repite en cada entrenamiento, ja, ja, ja —Pedro soltó una carcajada estruendosa.
A Julio le hacía gracia el tono de su risa y la forma en que Pedro relataba y explicaba las cosas.
—Este ejercicio que acabamos de ver se corresponde con el avance y la continuidad de los pases, pero sin entrar en contacto con el oponente.
Tras una indicación de Javier, los jugadores se agruparon por parejas, en este caso por sexos. Uno de los componentes sostenía el balón y se tumbaba sobre la hierba y el otro se colocaba encima. Dos chicas con experiencia hicieron el ejercicio lentamente para que los nuevos aprendieran la dinámica. La chica de abajo forcejeaba y combatía en el suelo intentando ganar espacio, y así poder liberar los brazos sin perder el control del balón, mientras la de arriba se esforzaba por evitarlo.
A Julio todo aquello le parecía más judo que rugby.
—Este ejercicio —continuó Pedro— tiene como objetivo hacer una buena presentación del balón después de un contacto para facilitar que tu equipo pueda mantener la posesión.
—Pues si este es el calentamiento… ¡deben de acabar agotadas! —dijo Julio con gesto de sentir el esfuerzo de las chicas en sus propias carnes.
—Sin duda, uno de los mejores ejercicios que hay para entrar en calor es el roce y el contacto con el suelo. A mí es de los que más me gustan para empezar, porque te activas enseguida a nivel muscular y de paso trabajas la técnica individual.
Tras varias rondas y algunos cambios de parejas, Javier se dirigió a recoger unos enormes bloques con forma de colchones pequeños. Pedro explicó a Julio que se llamaban «escudos» y servían para practicar placajes y realizar contactos de forma segura y sin impacto físico.
—Vamos a trabajar ahora el apoyo en el contacto —gritó Javier en el campo.
En esta ocasión, los chicos comenzaron a trabajar por tríos: mientras uno de ellos sujetaba el escudo, los otros dos formaban una especie de amalgama humana y chocaban contra el escudo haciendo retroceder al compañero que lo sujetaba.
—Este ejercicio lo llamamos «las cuatro piernas», por aquello de que cuatro piernas pueden más que dos —aclaró Pedro—. Como has oído a Javier, aquí también están trabajando el apoyo, en este caso, el apoyo que ofrece un compañero a otro para poder vencer a un oponente que está en inferioridad numérica.
Julio permanecía muy atento. Reflexionó en ese momento sobre el rugby, recordando que en alguna ocasión había escuchado que era el rey de los deportes colectivos, porque el equipo se imponía siempre a la individualidad. Aquella acción de juego que practicaban en el entrenamiento era el ejemplo perfecto de esa afirmación.
Pedro se dio cuenta de que Julio miraba fijamente el ejercicio, lo cual era indicador de que efectivamente estaba prestando atención y se esforzaba realmente en aprender y entender lo que ocurría en el entrenamiento. Miraba con atención cada movimiento, cada jugada, y aquello le agradaba.
—Y ahora, para terminar el entrenamiento...
—¡Terminar! —exclamó Julio, mirando su reloj y dándose cuenta de que habían pasado ya cuarenta y cinco minutos—. Vaya, se me ha pasado este rato volando… Entonces este último ejercicio es para trabajar la continuidad, supongo.
—Así es. Hay maneras muy distintas de practicar la continuidad. Por lo que veo, Javier va a terminar con una dinámica de juego, que al final es lo que siempre quieren los niños. Lo que hará es organizar dos equipos y él mismo controlará el juego inyectando balones alternativamente a ambos. Jugará un equipo contra el otro con el objetivo de buscar continuidad en el ataque, avanzando y pasando el balón —Pedro señaló con el índice hacia el grupo—, es como un partidillo. El objetivo es evadirse de la defensa, pero si ésta le bloquea, el jugador tiene que intentar pasar el balón a un compañero que llegue en apoyo.
—OK, ya entiendo. Este deporte consiste en avanzar y pasar el balón, e incluso hacerlo cuando alguien te para —resumió Julio, parafraseando lo que había dicho Pedro y confirmando que lo había entendido correctamente.
—Sí, pero no olvides que el compañero no puede estar en fuera de juego.
—Eso es estar por delante del compañero, ¿verdad? —dijo Julio buscando la aprobación de Pedro.
—¡Sí, señor! Exactamente eso —Pedro aplaudía suavemente al ver que Julio había comprendido perfectamente las reglas más básicas del deporte del rugby—. Has dicho que has visto algún partido, ¿verdad?
—Sí. A ver… nunca uno entero, pero sí unos minutos. Alguno del Seis Naciones y de los All Blacks.
—Ah, perfecto —indicó Pedro con cara de satisfacción—, precisamente te iba a recomendar que vieras, si puedes y si de verdad te interesa, partidos de los All Blacks. Son un muy buen ejemplo de cómo se debe jugar a esto. A día de hoy, son uno de los mejores equipos del mundo y un símbolo muy reconocible, precisamente porque son maestros del juego y del espíritu del rugby.
—Sí, es cierto eso que dices de que son muy simbólicos —confirmó Julio, recordando alguna de las imágenes que había visto en la televisión. Se sentía un poco abrumado por el aluvión de información, pero creía haber captado la esencia de lo que Pedro le había contado. Observar el trabajo de Javier con el equipo de Marina también ayudaba a entenderlo.
—La verdad es que el rugby es más técnico y complejo de lo que yo pensaba —concluyó Julio, mientras Pedro le sonreía.
—No te preocupes Julio, poco a poco —contestó Pedro mientras se marchaba hacia la zona de vestuarios—. Se me ha ido el santo al cielo y me tengo que cambiar. ¡Ahora vuelvo y nos despedimos!
Julio continuó observando la parte final del entrenamiento. Tras unos minutos más de juego con Javier como animador, se dio por terminado. El preparador hizo sonar su silbato y todos corrieron y se unieron en torno a él. Éste dijo unas palabras, todos juntaron sus manos y gritaron al unísono: «¡Equipo!». Marina recogió su mochila y corrió hacia su padre muy contenta. Andrea, la hija de Pedro, iba con ella. Marina estaba radiante a pesar de haber terminado mucho más sucia que el anterior entrenamiento. Y esta vez la actitud de Julio era distinta. Veía a su hija con otros ojos. Era una mirada de orgullo y admiración.
Su mente procesaba todo lo que Pedro le había explicado, dándose cuenta de que quizás el rugby era mucho más que un deporte de gente grande y fuerte golpeándose sin sentido alguno. Julio empezaba a hacerse una idea de por qué el rugby enganchaba tanto a los que habían jugado alguna vez, sólo tenía que observar la felicidad que transmitía su hija.
—¿Qué tal, Julio? ¿Te ha gustado el entrenamiento de hoy? —Javier apareció avanzando entre el grupo de padres. Siempre que llegaba alguien nuevo en el equipo intentaba hacer un seguimiento personal durante los primeros días para confirmar que todo estaba bien—. Ya ves que te traigo a Marina sana y salva.
—Sí, sí. Me ha gustado mucho el ejercicio de continuidad —Julio no quería sonar pretencioso, pero le emocionaba la idea de haber entendido por fin algo del juego y, a su manera, quería hacérselo ver al entrenador.
—¡Vaya! —exclamó Javier sorprendido por aquel comentario tan acertado. Iba a preguntarle cómo sabía eso cuando le interrumpió una voz familiar.
—Ya le he explicado a nuestro nuevo amigo que hijas y padres compartimos entrenador y, por tanto, hacemos ejercicios similares, algo que es habitual en rugby independientemente de la categoría.
Era Pedro. Se acercaba trotando desde el vestuario y, al verlos charlando, decidió unirse a la conversación antes de empezar el entrenamiento de veteranos.
Para Julio, la visión de la barriga de Pedro embutida en esa camiseta de jugador de rugby era de lo más curiosa. Mediría aproximadamente un metro setenta, y si bien aquella visión de un hombre bajito y gordito rozaba la comedia, su actitud y el tiempo que había pasado a su lado aquella tarde, hacían que lo viera de otra manera. No se podía negar que físicamente Pedro no era un atleta, pero, al verle sin traje, comprobó que estaba fuerte a pesar de todo, especialmente brazos y piernas. La barriga era grande pero dura. Además, corría y se movía con agilidad; no proyectaba ninguna imagen de fatiga, más bien al contrario.
—Julio, tú tienes pinta de segunda línea. Nos hacen falta refuerzos en la melé. ¿Por qué no te animas y vienes a entrenar? Por probar no pierdes nada —le lanzó Pedro por sorpresa.
—Eh, hum… No sé, la verdad —Julio estaba descolocado, no se esperaba aquella peculiar propuesta de Pedro—. Yo he jugado bastante al baloncesto, pero no sé si estoy capacitado para esto —su cara era de muchas dudas y escepticismo máximo.
Javier, que estaba mirando con curiosidad y atención la escena, puso una mano en el hombro de Julio, mostrando un gesto amable y seguro.
—Te propongo lo mismo que a Marina. Ven a un par de entrenamientos y pruebas. No te preocupes, porque yo soy el capitán de los veteranos, así que al menos en estos dos entrenamientos me encargaré personalmente de colocarte un «calzón dorado».
—¿Un calzón dorado? —preguntó Julio extrañado.
