Telarañas entre tus piernas - Edán Rada Alía - E-Book

Telarañas entre tus piernas E-Book

Edán Rada Alía

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Beschreibung

Imagínate despertar en un hotel a orillas de un puerto. Después de escapar del abandono, la muerte de un ser querido e irte porque estás a punto de darle fin a tu vida debido a la inmensa depresión que cargas sobre tus hombros. Eso y tantas cosas que te duelen en el alma. Una carta, miles de cartas que abren los ojos y te aplastan el corazón. Sumérgete en esta historia con tintes feministas, una historia que habla de la mujer, de su lucha en la sociedad, del amor caótico que les ha quitado las ganas de besar.

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Seitenzahl: 164

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Edán Rada Alía

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-072-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Capítulo Uno

Se dio cuenta de que el sol, hace largos momentos de inconsciencia para ella, había salido. Cuando sintió su piel añeja caliente por los rayos que le quemaban, entraban por el cristal de la ventana entreabierta. Se incorporó y desde esa posición aprecióla mañana naciente; a unos metros el viento comenzaba a dibujar olas en el mar. Apartó la mirada tibia del cristal, tomó entre sus dos manos los largos cabellos oscuros que le caían sobre los hombros desnudos y los unió en una coleta despeinada. Bajó sus piernas por la orilla de la cama y metió los pies en las sandalias que descansaban en el suelo frente a la mujer somnolienta, las sandalias tenían el famoso estilo«pata de gallo».Sus cuatro dedos, los dos gordos y los dos adjuntos habían sido violados.

¿Qué hacía ella en ese lugar? No paraba de preguntárselo ahora que había despertado de nueva cuenta a la realidad, su realidad. De lo que estaba segura era la razón por la cual había huido sin previo aviso. Sus dos hijos no tardarían en notar que algo no estaba bien, pasarían por la casa y al no encontrarla podrían pensar que algo malo le había ocurrido.«No, esos definitivamente no serían mis hijos», se decía hacia sus adentros. El viaje hasta el puerto fue abrumador, no había peor peso que el que cargaba en su cabeza; y su corazón latía dolorosamente. Hacíaun mes atrás, podías visitarla. Cruzando la avenida de las mazmorras, caminando derecho por la calle jacaranda, pasando entre dos fábricas, la primera de producto médico Health Labs, y la segunda… Ella meramente ignoraba el producto que ahí elaboraban. A mitad de la calle había un parque solitario, sus mesitas y banquitas estaban en ruinas, la yerba silvestre crecía incontrolablemente. Si caminabas un poco más y te detenías, te darías cuenta que contra esquina había una guardería y frente a esta un parque bien cuidado, cerrado los lunes, y a la derecha un monumento que hacía hincapié al fraccionamiento donde estaba su casa, un sitio pintoresco y tranquilo. Había dos casas y después, enseguida de la de dos plantas, estaban las hileras de maderos incrustados en el suelo, que hacían de cerco en esa propiedad, ahora solitaria.

Al entrar podías ver lo que parecía un pequeño estanque que encerraba a unos pececillos de plástico panza arriba, de colores naranja y otros casi dorados. Sobre el jardín descansaba desde hace años un enorme arbusto en forma de medio círculo y, caminando sobre las baldosas de adobe, debajo de la sombra que te cobijaba gracias a los altosárboles de sakura, un capricho de Doña Mabela porque para ella era hermoso ver que al caer el otoño las pequeñas hojillas se desprendían de sus copas altas y bañaban todo el suelo del jardín como nieve de un rosa pálido. Losárboles más bajos se encendían de un rosa vibrante y con sus flores hacían juego unas sombrillas rojas de un toque oriental adquiridas en un bazar por menos de ١٠٠ pesos mexicanos cada una, un gusto muy obsesivo que tenía la niña Mariela por la culturajaponesa. Después de quitar la vista del rojo terminabas por descubrir una casita de madera. Una casa pequeña que hace unos cuantos ayeres, por razones del vasto destino, se incrementaba la distancia en cada uno de los cuerpos famélicos que habitaban esa casa. Sus carencias eran cada vez mayores, lo que Monserrat ganaba vendiendo paquetes de fotografías no alcanzaba a cubrir todas sus necesidades. Cuando Mariela, su hija mayor, terminósus estudios en la preparatoria, comenzó a trabajar, pero no era de gran ayuda para su madre; tenía otros planes con el dinero que ganaba. Lo cierto era que su codicia no se lo permitía. Juliancito en ese entonces era remilgoso y muy especial para la comida, una costumbre que su mamá, bajo el chantaje del niño, fue propiciando hasta parecer que su pequeño estomago no permitía otro platillo que no fuera macarrones con trozos de jamón. Doña Mabela, madre de Monserrat, estaba en contra de ella, o al menos eso era lo que cualquiera que estuviera presente cuando entre las dos se debatía algún asunto se daba cuenta o al menos lo sospechaba.

Volviendo al presente, se paró de la cama y caminóal cuarto de baño, se bajó las pantaletas y puso sus sentaderas sobre el escusado. El ruido del líquido que salía como chorrito la aliviódespués de pasar la noche reteniendo los orines. Bajóla palanca y mientras le decía adiós a los líquidos amarillentos que habían sido de ella hace unos momentos, pensó en todo otra vez, el dolor que la atacaba como una tormenta llena de estruendosos rayos y nubarrones. Quiso que todo ese mal se fuera directo por el escusado junto con los orines, pero eso era solo algo más en su lista que no se iba a cumplir. Se miró al espejo, vio su cara, restirósu frente con una de sus manos, se le veía lisa, después la soltó y vio algunas arrugas. Se tocó las mejillas masajeándolas en movimientos circulares. Sus pechos aún tenían cierta firmeza a pesar de sus 45 años. Monserrat tenía buen trasero, bonitas piernas, torneadas, tenía la fortuna de poder usar faldas y shorts sin que se avergonzara. Terminóde despertarla el agua con la que se lavó la cara. Regresóa la cama, tomó su bolso que había estado sobre el buró al lado del colchón y lo abrió. Lo primero que cayó al vaciarlo todo fue un sobre blanco, el cual contenía una carta dedicada para ella de su madre. Ese sobre maltratado estaba en su poder desde hace dos meses, pero desde entonces no se animaba a leer su contenido. Había pensado muchas veces en quemarla, tirarla a la basura o hasta comérsela, pero la carta aún estaba con ella. Al final la guardóen uno de los tres cajones del buró y se acercó a donde estaba la maleta y la aventó a la cama. De ella sacóunos shorts y una blusa de una tela suelta, quería sentirse cómoda. Se colocó bloqueador solar en los lugares donde su piel estaba descubierta y salió de la habitación. Bajóun tramo de escaleras hasta llegar a un pequeño vestíbulo, cruzómiradas y después unas palabras con el hombre que estaba detrás del mostrador.

—¡Buenos días tenga usted, señorita! —Le soltó aquel hombre.

—Gracias, pero no me molesta que me diga señora cuando mi trabajo en la vida ha sido duro —Le regalóuna sonrisa algo incómoda y salió del hotelillo.

Capítulo Dos

El momento en el que dejóel pequeño vestíbulo con aire acondicionado, el clima de afuera la recibió con un golpe de calor que era insoportable. No tardó más de cinco minutos para que comenzara a sudar a cántaros, hacía un viento ligero y el aire que podía respirar era sofocado. Desde afuera podías ver el hotel pintado en un color excéntrico, que hacía alusión al nombre de un ave rosa de piernas largas y tan delgadas como si fueran popotes. Caminóen línea pasando por los hostales, hoteles, restaurantes y tienditas de recuerdos y otras provisiones hasta llegar al muelle donde sus ilusiones se quedaron pasmadas. Si antes había visto tanta agua, no le había prestado tanta atención hasta ese momento en el que parada sobre la madera con la que estaba construido el muelle, el viento le levantaba los cabellos que le colgaban detrás de la nuca cayéndole de la coleta alta. Era lo más hermoso que había visto en su vida, el inmenso espejo donde se reflejaba el cielo azul se estaba volviendo tempestuoso como la tormenta que la inundaba en ese instante. A los demás turistas se les podía ver recostados sobre las camillas bajo la sombra y otros bronceaban sus pieles pálidas al sol; los niños corrían de un lado a otro y otros jugaban con la arena, portaban cubetas de colores vivos y palitas de plástico. Sus mamas tomaban limonada fresca y algunos jóvenes se echaban un chapuzón en el agua. Monserrat dejóde caminar sobre la madera del muelle y después de caminar sobre un tramo de banqueta, sus pies ahora caminaban sobre la arena blanca, sus sandalias coloridas se atascaban y se enterraban en cada paso. Llegóa la orilla, la línea que dividía el suelo sólido y el líquido flotante. Tomóasiento, abrazósus piernas, colocó el mentón sobre sus rodillas y siguió observando los alrededores; la tranquilidad que sentía la comenzó a apreciar. Sus ojos se fijaron en un muchacho parado sobre la orilla del mar, las olas se rompían sobre sus pies salpicando también sus pantorrillas. Comenzó a examinarlo detalladamente, de sus pies mojados y sus pantorrillas salpicadas subió la mirada hasta sus piernas; sus muslos le resultaban hermosamente desarrollados, los músculos eran naturales. Un poco más arriba pudo notar que la talla de su traje de baño era justa, le quedaba ceñida sobre las caderas donde además se pronunciaba una«V»a mitad de la pelvis. A su espalda sus glúteos resaltaban, tenían el tamaño de dos melones grandes partidos a la mitad, pero lo que vio después la hizo ruborizarse. Después de notar que probablemente el muchacho no llevaba ropa interior, cual salvaje, ya que el bulto que se le insinuaba delante de la entrepierna le resultaba muy notorio, pensó«¿Que pinta tendría si aquel traje de baño se mojara un poco?»,«Qué belleza tiene la juventud».Eso de alguna manera la hizo sentir estúpida, estaba apreciando a un niño, para ella lo era, no sabía su edad, pero aparentaba unos 22 años o más. Pero ella no era ninguna mujer cual propósito fuera asaltar cunas. Dejóde ver aquel muchacho con traje de baño ajustado y piel del color del azúcar mascabado y después su estómago comenzó a gruñir. Se levantó y se sacudió la arena del trasero, camino de regreso para poder comer algo. Llegóa un pequeño restaurantito llamado«Las Ranas», se sentó al aire libre en la terraza y pidió al camarero un cóctel de camarones mediano con una limonada mineral para acompañarlo. Mientras traía lo que había ordenado su mente regresóal pasado.

Esa era la tercera vez que Armando se iba para trabajar y mandarles un poco de dinero, o eso era lo que les dijo. Fue exactamente lo mismo de la primera vez que se marchó. ¿Cuánto tiempo tardo en regresar? Dos años, sin contar el recorrido que hacia el avión hasta el aeropuerto porque ese tiempo también es valioso, es tiempo perdido. Pero la segunda vez fue demasiado el tiempo, todavía hasta ese momento Armando brillaba por su ausencia, y el dinero que muchas veces hizo falta tampoco llegóa sus manos. Sus dos hijos, su madre y ella misma hubo veces en las que una sola comida los acompañaba hasta otro día. Miraba las olas en el mar cuando el camarero puso el cóctel de camarones sobre la mesa seguido de la copa de limonada. Esta rebosaba de un verde pálido, el popote se elevaba un poco junto con los hielitos, en medio una bola de nieve del mismo sabor le daba un toque extravagante. Sus camarones eran grandes a diferencia de los que había comido alguna vez en su ciudad. Era positivo tener el mar cerca, los mejores mariscos estaban ahí. Monserrat se sentía sola, pero se inmiscuía sentada comiendo sus camarones y bebiendo su limonada extravagante en aquel restaurante lejos de todo lo que fue. Era una mujer sola o quizás hubo un tiempo en el que no lo era, ¿pero una persona puede estar rodeada de gente y aun así sentirse desdichada? Sus hijos eran unos ingratos, nunca le agradecieron todo lo que hizo por ellos. Cuando ella quiso sentirse comprendida, cuando estuvo a punto de quitarse la vida, ninguno estuvo ahí. Le hubiera gustado que, al menos, uno de ellos la hubiera acompañado al psicólogo para poder estar mejor, pero nada de eso pasó, estaba harta de todo y su costal ya estaba desbordándose de todo lo lleno que estaba. Se levantó de la mesa tras haber terminado su cóctel y bebido su limonada mineral y dejóel dinero para la cuenta. Se fue al hotel. Cuando entróle dio las buenas tardes el hombre detrás del mostrador y, subiendo el tramo de escaleras, llegóa su habitación. Se echó en la cama y hundió su rostro lleno de lágrimas sobre la almohada. La carta que se rehusaba abrir y leer seguía resguardada en aquel buró.

Capítulo Tres

Cuando abrió sus ojos estos estaban hinchados. Se incorporó sobre la cama distendida y vio la noche a través de la ventana entreabierta. Monserrat había dormitado unas horas hasta que cayó la noche sin darse cuenta. Recordó por quéhabía llorado y el dormirse con el corazón hecho añicos y en los ojos derramandolágrimas no se lo deseaba a nadie; eso era en verdad muy triste. No sabía con exactitud qué hora de la noche era. Bajóal vestíbulo y no vio al hombre detrás del mostrador, así que salió de nueva cuenta, pensó en caminar sobre la orilla de la playa, el viento soplaba más fresco que en el día. Caminósobre el pavimento hasta volver a pisar la arena, se sacó las sandalias y se agachópara tomarlas después. Llegóa la orilla y se quedó viendo el mar, el azul de antes se había vuelto muy oscuro; comenzó a caminar, pasólas dos sandalias a una sola mano y con la otra se soltó el cabello, los mechones oscuros volaban en el viento, parte de ellos acariciaban su rostro. Con la mano que tenía en libertad detuvo esos cabellos sueltos detrás de su oído. Había bajado la mirada para después subirla cuando se topó con alguien sentado en la arena, alguien que parecía mirar el mar.

—Hola.

El saludo venía de un muchacho, y aun con la oscuridad sobre ellos, lo reconoció, llevaba puesto su traje de baño azul. Cuando alzóla mirada hacia Monserrat, no pudo notar que ese par de ojos eran bellos. La luna se reflejaba en ellos, tenían el tamaño de un platito de plástico, pieza del juego de té de una pequeña niña.

—Hola.

No pudo decirle nada más, se sentía fuera de lugar. El muchacho que la seguía mirando hizo un movimiento con su mano aplastando la arena e invitándola a sentarse a su lado. Tiróel par de sandalias en la arena y se tiró de rodillas al lado de aquel muchacho.

—¿No es esa una posición incómoda para observar el mar?—Dijo el muchacho.

—Lo es. —Monserrat no pudo evitar que la sangre le enrojeciera las mejillas, pero él no se pudo dar cuenta de eso en aquella oscuridad tenue.

Luego de pensarlo se acomodó, con el calor en el cuello miraba el mar y de reojo veía al muchacho. El viento también jugaba con su cabello, lo levantaba hacia atrás, él sonreía y ella estaba sudando. No era como si fuera a suceder algo en ese momento, ni siquiera podía pensar en ello, estaba con un niño, pero su corazón estaba agitado, era como si todo ese tiempo hubiera estado dentro de un cubo de hielo, inerte sin sentir nada, y ahora con el calor que le producía el estar sentada al lado del muchacho, había terminado por descongelarlo. Temía que, estando él tan cerca, escuchara los golpeteos en su pecho. Se sintió tan tonta, tan fuera de lugar y se levantó de repente, al hacerlo removió un poco la arena. El muchacho levantóla vista hacia ella.

—¿Tienes que irte?—Sus ojos detonaban preocupación al verla temblorosa y algo agitada.

—Sí, fue un gusto, pero…

—¿Te espera alguien?

Aquella pregunta le resultóamarga. ¿Era prudente que un mocoso le hiciera esa clase de preguntas? Se sintió molesta, aunque no se lo hizo ver, le había dado una puñalada en el corazón. Era cierto que nadie la esperaba, era cierto que se iba porque estar con un hombre 20 años menor no era correcto. Lo incorrecto no es estar con él, hacer algo tan inocente como ver juntos el mar y cruzar si quiera palabra; lo incorrecto era sentir un poco de eso que ya hacía en sus adentros. Tomóa gachas sus sandalias y corrió hasta estar lejos de la arena, lejos del muchacho, lejos del deseo. Sabía que había sido grosera al no despedirse e irse solo así, como una loca, dejándolo esperando una respuesta a su última pregunta, pero, cómo podía responderla. El solo pensarlo le resultaba vergonzoso,¿cómo iba a decirle que nadie la esperaba? Quería decirle en cambio«que, al regresar al hotel, entrar por el vestíbulo y subir el tramo de escaleras hasta toparse con una puerta blanca, acercarse a ella y colocar la mano en el cerrojo para después girarlo, y al abrirla alguien sobre la cama la invitaría recostarse a su lado», una gran mentira.«La verdad es lo peor».

Entrópor el vestíbulo, ya era tarde. Subió el tramo de escaleras y al estar frente a la puerta blanca se acercó, puso su mano sobre el cerrojo y al girar la manija se abrió la puerta… ¡Alguien la estaba esperando! Todos sus fantasmas estaban sobre la cama saltando.

Capítulo Cuatro

Antes de que dieran las cinco de la mañana podías escuchar el sorgo escobero raspar el suelo. La mayoría de las mujeres en la vecindad se levantaban muy temprano para dar rienda suelta a los labores de la casa. Barrían, trapeaban, limpiaban los muebles, lavaban ropa en el tejado, donde la mayor parte del tiempo todas se hacían compañía. Preparaban los desayunos, cortaban los limones y vaciaban el azúcar en los cantaros para preparar limonada fresca. Despedían a sus criaturas, relamiéndoles el cabello con brillantina, dándoles un beso mientras otro se quedaba en pausa hasta su regreso de la escuela. La mayoría de los niños que vivían en la vecindad no podían ir a la escuela, la crisis económica era desfavorable para muchas familias; para otras era posible, a duras penas, darles una educación básica a sus hijos. Mabela y su hermana Camerina tenían la oportunidad de portar un uniforme, su madre Margaret Cruz, aprendió el oficio de la costura; realizaba algunos trabajos como: levantar bastillas, coser cierres, hacía cortinas y vendía uniformes. Ella misma hizo uno para sus dos hijas. A Mabela le disgustaba la idea de escribir, el simple hecho de pensar en ir a la escuela le parecía abrumador. Nunca abandonó la idea de dejarla hasta que pudo convencer a su mamáde quedarse en casa y aprender el oficio. Lo cierto fue que aprendió rápido y al final las bastillas las subía mejor que su propia madre. Sin embargo, nunca supo apreciar el oficio tanto como su hermana gemela. Cuando le preguntaba acerca de su padre a su madre, siempre se le iluminaba el rostro y su semblante se encorvaba en las comisuras de los labios. Decía que el hombre quien había sido su padre siempre fue un buen hombre, hacía alusión a sus memorias y retrocedía vagamente en el tiempo.