Temas para conversar - Ricardo Ramos Gutiérrez - E-Book

Temas para conversar E-Book

Ricardo Ramos Gutiérrez

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Ricardo Ramos es un referente en España en todo lo que concierne a las terapias posmodernas de tipo construccionista social, narrativista o conversacional. En Temas para conversar, su última obra, los lectores encontrarán la propuesta de un nuevo modelo de terapia sistémica que podríamos denominar "modelo conversacional en red" o, también, "modelo temático". "Modelo conversacional en red" en tanto que en él la terapia aparece como la ponderada actividad de una red de conversaciones dentro de la cual están inmersos no sólo los pacientes y los terapeutas, sino también todos aquellos profesionales, familiares y conocidos que se hallan implicados -de hecho o potencialmente- en el caso clínico que ha suscitado la alarma. "Modelo temático" en cuanto que su autor organiza la estrategia terapéutica en torno a temas a partir de los cuales construye un plan temático que permite al terapeuta estar orientado, ubicar lo que se dice dentro y fuera de la sesión, dirigir ésta y reconducir la conversación en cualquier momento, alejándose así definitivamente de otros modelos sólo confiados al azar o al fluir natural de las conversaciones. Con firme ánimo divulgador, Ricardo Ramos nos inspira diversos modos de conducir la terapia o de caminar hacia la disolución de los problemas por medios conversacionales. Una terapia conversacional, la suya, que no es "desprejuiciada, espontánea, impredecible", sino que está compuesta de conversaciones comprometidas, apasionadas, conflictivas y planeadas, como los numerosos ejemplos que, extraídos de su larga y fecunda trayectoria profesional, ilustran Temas para conversar.

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Seitenzahl: 323

Veröffentlichungsjahr: 2007

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Ricardo Ramos Gutiérrez

______________________

TEMAS PARA CONVERSAR

Grupo: PSICOLOGÍA

Subgrupo: TERAPIA FAMILIAR

Editorial Gedisa ofrecelos siguientes títulos sobre

TERAPIA FAMILIAR

J

UDITH

S. B

ECK

Terapia cognitiva para la

superación de retos

J

UDITH

S. B

ECK

Terapia cognitiva

.

Conceptos básicos y profundización

J

OHN

S. R

OLLAND

Familias, enfermedad

y discapacidad

.

Una propuesta desde la terapia sistémica

E

VAN

I

MBER

-B

LACK

La vida secreta de las familias

S

TEVE

D

E

S

HAZER

En un origen las palabras

eran magia

C

ARLOS

E. S

LUZKI

La red social: frontera de la práctica

sistémica

T

OM

A

NDERSEN

(

COMP

.)

El equipo reflexivo

M

ICHAEL

W

HITE

Guías para una terapia

familiar sistémica

J

AY

S. E

FRAN

, M

ICHAEL

D. L

UKENS Y

R

OBERT

J. L

UKENS

Lenguaje, estructura y cambio

.

La estructuración del sentido

en psicoterapia

R

ALPH

E. A

NDERSON

E

I

RL

C

ARTER

La conducta humana

en el medio social

.

Enfoque sistémico de la sociedad

M

ICHEL

D

URRANT

Y

C

HERYL

W

HITE

(

COMPS

.)

Terapia del abuso sexual

S

TEVE

D

E

S

HAZER

Claves en psicoterapia breve

.

Una teoría de la solución

TEMAS PARA CONVERSAR

IDEAS PARA PLANIFICAR LA CONVERSACIÓN TERAPÉUTICA

Ricardo Ramos Gutiérrez

© Ricardo Ramos, 2008

Primera edición: marzo de 2008, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Editorial Gedisa, S.A.

Avda. Tibidabo, 12 3º

08022 Barcelona, España

Tel. 93 253 09 04

Fax 93 253 09 05

Correo electrónico: [email protected]

http://www.gedisa.com

ISBN: 978-84-9784-234-1

Depósito legal: B. 17.544-2008

Preimpresión: Editor Service, S.L.

Diagonal 299, entresuelo 1ª

Tel. 93 457 50 65

08013 Barcelona

Impreso por:

Romanyà Valls

Verdaguer, 1 (Capellades, Barcelona)

Impreso en España

Printed in Spain

Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.

A quienes ya quería, Rosa, Anna y Ricardo, se añadió otro: Roc.

Índice

PRÓLOGO

Alberto Carreras

INTRODUCCIÓN

1.   Más allá de la familia

1.1. La historia viene de lejos

1.2. ¿Quién determina qué?

1.3. La conversación terapéutica

1.4. Los sistemas y los temas

1.5. De las personas a las perspectivas

1.6. ¿Y si ponemos afectos?

2.   Por un construccionismo más social

2.1. Los límites del modelo

2.2. ¿Y si añadimos complejidad?

2.3. La red conversacional virtual actualizada

2.4. Conversaciones intersistémicas, conversaciones intrasistémicas

3.   Cronología de una primera entrevista

3.1. Un buen comienzo

3.2. La entrevista

3.3. El peso de un escenario

3.4. ¿Quién más tiene algo que decir?

3.5. El sistema extendido de comunicación

4.   ¿Lo «no dicho» o lo «ya dicho»?

4.1. Una visita truncada

4.2. De la mano de Bajtin

4.3. Esto es todo, por ahora

4.4. El gasóleo no va bien

5.   De voces y a voces

5.1. Las voces de Bajtin

5.2. Discurso propio, discurso ajeno

5.3. ¿Qué gritos callan las voces?

6.   Conversaciones pasadas, conversaciones presentes

6.1. Componentes del lenguaje

6.2. Expresiones y relaciones

6.3. ¿Dónde estaba lo «no dicho»?

6.4. La comprensión activa

7.   Problemas y recursos

7.1. El problema de hablar de los problemas

7.2. ¿Cómo se hacen los problemas?

7.3. ¿Qué se consigue hablando?

7.4. ¿De qué hablamos si no hablamos de problemas?

7.5. Una propuesta personal

8.   Los temas obligados

8.1. Un caso trágico

8.2. Un caso dramático

8.3. Un caso tópico

8.4. ¿Qué son los temas obligados?

9.   Los temas acotados

9.1. Una opinión entre tantas

9.2. Los temas acotados

9.3. Acotando para nosotros

10. Los temas libres

10.1. Un caso que llega en marcha

10.2. En el lugar del hijo

10.3. El trabajo siempre es útil

10.4. ¿Qué hacer con un tema libre?

10.5. ¿Cuáles son los temas libres?

11. Metáfora y metonimia

11.1. El efecto de los temas libres

11.2. Dos casos y un terapeuta

11.3. La metáfora y la metonimia

11.4. La metáfora extendida

11.5. Un gato que sí era un gato

11.6. Ahora llegamos al gato

11.7. Por qué este gato sigue siendo un gato

11.8. ¿De qué nos sirven los tropos?

11.9. Los tropos y la conciencia

12. El plan temático de la sesión

12.1. Aguanta, que llegan tarde

12.2. Lo que sabíamos del caso

12.3. El plan temático del caso

12.4. El ordenamiento de los temas

12.5. ¿Qué contempla el plan temático?

12.6. La pareja que sí nos dejó hablar

BIBLIOGRAFÍA

Prólogo

Hablemos primero del autor. Es el referente en España, el especialista, en todo lo que concierne a las terapias posmodernas de tipo construccionista social, narrativista o conversacional. A través de libros,1 revistas, cursos y congresos, las ha dado a conocer y justificado, siempre desde una perspectiva personal.2 Y no sólo las ha explicado, sino que ha cuestionado algunos de sus supuestos o de sus técnicas, las ha corregido o les ha abierto nuevos horizontes, como hace en este libro.

Ricardo Ramos es un terapeuta que escucha, lo que constituye un buen método de fomentar que el otro hable y de hacer posible una conversación interesante sin suscitar rechazo o prevención. Pero su escucha no es silenciosa, sino dialogante. Más aún, en este libro demuestra que no sólo conversa con las personas presentes en el restringido escenario de la sesión terapéutica, sino que se comunica con otros miembros de la red que pueden o deben estar interesados en el tema que ha suscitado la alarma. Y los medios para activar su presencia son diversos, desde los informes, prescritos o no, hasta los mensajes verbales que encarga a sus pacientes transmitir a otros miembros de la red, pasando por el posible uso del teléfono y —sólo cuando sean necesarias— las reuniones de coordinación.

Es además un pensador sólido: de los que dan muchas vueltas a una teoría antes de hacerla suya, y de los que reflexionan sobre lo que leen y lo ponen a prueba. Ramos se responsabiliza de su erudición, y estudia las fuentes (filosóficas, sociológicas, lingüísticas, históricas y de crítica literaria) que han servido de inspiración a otros psicoterapeutas. Al mismo tiempo busca sus propios apoyos teóricos para afianzar un modelo original. Porque lo que encontrará el lector en este libro es eso: la propuesta de un nuevo modelo de terapia sistémica.

Este modelo sintetiza mucha información, unifica numerosas teorías y perspectivas, de dentro y de fuera de la terapia familiar, sin ser por ello ecléctico. La pragmática de la comunicación humana (título original del libro de Watzlawick y cols.) está presente, y se ve reforzada con las aportaciones de la pragmática lingüística; ambas penetran en los modelos que trabajan con el lenguaje, los símbolos, las metáforas o las narraciones. En esta gran síntesis, las terapias narrativas se funden con las conversacionales, y todas ellas con la dimensión del trabajo en red.

Se podría creer que son demasiadas mezclas, pero el modelo de Ramos no es un modelo relativista, en el que todo resulta igualmente válido, ni es ecléctico, mezclando diversas perspectivas sin criterio ni fundamento. Por el contrario, al integrar las aportaciones de otros modelos, las metaboliza. Así su trabajo no es con la red, sino desde la red. Y su terapia conversacional no es «la que se propugna por otros pagos», una terapia «desprejuiciada, espontánea, impredecible»; sino que está compuesta de conversaciones comprometidas, apasionadas, conflictivas y planeadas. Y el sistema que toma en consideración, el «sistema determinable por el problema», difiere del «sistema determinado por el problema»; se puede activar o desactivar momentáneamente, pero no surge al azar ni se disuelve, porque la organización social está presente y permanece, se ha construido a través de conversaciones sedimentadas en archivos, normas, leyes, protocolos, etcétera, los cuales constituyen una cierta estructura y recuerdan a los conversadores que no son los únicos y omnipotentes creadores de realidades. Asimismo, «lo no decible», lo que no conviene decir, tiene poco que ver con «lo todavía no dicho», aunque las dos expresiones se parezcan.

En el libro —y vamos ahora a hablar de él— encontraremos un diálogo abierto, que se aproxima unas veces y toma distancia en otros momentos respecto a las terapias narrativas y conversacionales más conocidas (Anderson y Goolishian, White, Andersen, De Shazer, etcétera), y se pone en relación también con aquellos teóricos posmodernos que les han servido de fundamento. El diálogo se amplia con otros personajes foráneos (como Bourdieu, Bajtin, Ibáñez, etcétera) que también han inspirado a Ricardo Ramos. En su compañía, la lectura del libro nos adentra por nuevos territorios conceptuales.

Ilustrando el camino encontraremos muchos ejemplos extraídos de las terapias que Ramos ha conducido. A menudo estos casos concretos nos ayudan a desentrañar mejor la teoría; en otras ocasiones se convierten en protagonistas del capítulo, conectados entre sí por unas breves anotaciones. Más que nuevos comentarios o explicaciones de sus sesiones, Ramos nos presenta textos transcritos literalmente: que pueden haber sido redactados antes de que comience la terapia por algún miembro de la familia (ficha de solicitud) o por otros miembros de la red (informes del derivante o de otros profesionales); que se escriben y reciben durante el proceso terapéutico, o bien al final del mismo (informe de cierre). Tales textos son conversaciones archivadas, siempre dispuestas a recordarse o a reproducirse.

Animados con esta numerosa compañía de autores y de voces textuales tendremos una serie de encuentros con la pragmática de los actos de habla, las redes conversacionales, la opinión, los campos y los juegos sociales, hasta llegar a una de las aportaciones fundamentales del libro: la red conversacional virtual actualizada (véase el capítulo 2). La terapia aparece ya como la ponderada activación de una red de conversaciones dentro de la cual están inmersos los pacientes y los terapeutas.

Continuamos luego con otros tópicos: el «escenario», el derivante identificado, la alarma, las conversaciones intersistémicas e intrasistémicas en sus dos niveles, los enlaces, sus amplificaciones y sus bloqueos, hasta que llegamos al sistema extendido de comunicación (Ricci y Selvini), con sus tres parámetros (véase el capítulo 3). Los comunicantes nunca están solos y los efectos de su comunicación no se limitan a los que se producen entre sí mismos.

Proseguimos por la senda lingüística: el enunciado, las «voces» interiorizadas y la incorporación del discurso ajeno (Bajtin), nuevos temas de la pragmática del lenguaje de Austin y Searle, las conversaciones pasadas y presentes, el componente semiótico y el simbólico (Ibáñez), el enunciado y la enunciación o lo relatado y el acto de relatarlo (Jakobson), así como los contextos situacional y convencional (Ibáñez). Con todo ello se está resaltando el aspecto pragmático, activo, enunciativo (quién habla, a quién, para qué, qué efecto intenta producir o produce, etcétera) de las conversaciones, lamentando que otros modelos se ocupen sólo de lo enunciado. Se llega así a un nuevo clímax en el capítulo 6, con el desafío planteado a la teoría de lo «no dicho».

A través del capítulo 7 resuenan luego los ecos de las terapias centradas en soluciones (O’Hanlon, De Shazer), la historia alternativa de White, la externalización (Epston, White), así como la rehistorización, los escenarios no problemáticos o la visión preferencial (Eron y Lund), para aconsejar al terapeuta que no hable demasiado de problemas y que lo haga más sobre los recursos. Todas estas alternativas nos inspiran modos de conducir la terapia o de caminar hacia la disolución de los problemas por medios conversacionales.

El diseño del modelo se acerca a su fin con la distinción de tres tipos de temas para hablar: los obligados, los acotados y los libres (véanse los capítulos 8, 9 y 10), según su papel en la red conversacional, y con un capítulo, el 11, dedicado al uso de las metáforas y metonimias alusivas. Todo ello prepara el capítulo final sobre la planificación o el plan temático de la sesión, que condensa los consejos y las reglas metodológicas del modelo.

Y ahora es el momento de hablar sobre este madurado modelo que Ramos nos presenta. Se me ocurren dos nombres para denominarlo: «modelo conversacional en red», o también «modelo temático», títulos que destacarían dos importantes aportaciones.

El primero porque Ramos trabaja con las conversaciones. La novedad que introduce es la de ampliar el número de los que conversan. Toma en consideración a todos aquellos profesionales, familiares y conocidos que se hallan implicados —de hecho o potencialmente— en el tema que ha suscitado la alarma. Trabaja con la red de conversaciones que ha ido construyendo el problema o que puede ayudar a disolverlo o hacerlo más llevadero.

Aclaremos que su red virtual no tiene nada que ver con la informática o el mundo de los ordenadores, pues está compuesta por personajes reales, que desempeñan roles sociales. Podríamos también llamarla potencial por latente, aunque Ramos prefiera enfatizar su virtualidad.

No todos los participantes la red están siempre activados, y los que sí lo están se hallan implicados desigualmente. Entre sus nodos encontramos personajes sobresalientes, como el derivante identificado, u otros que han tenido o conservan una gran influencia en la formulación del problema. Hallamos también algunos hiperactivados, que toman más responsabilidades de las asignadas a su rol; el terapeuta tratará de relajarles, procurando que disminuya su sobreimplicación. Otros todavía no se han activado, pero se juzga conveniente que lo hagan, por lo que se les pueden enviar mensajes con tal fin.

La red conversacional virtual activada no es una red amorfa o anárquica, como en algunos modelos de trabajo en red, sino que está socialmente prediseñada. Tampoco es estática, sino que se encuentra en un continuo proceso de actuación. Constituye el aspecto funcional de lo que Ramos denomina el sistema determinable por el problema.

La activación con tacto de la red será ya un paso terapéutico decisivo, como han mostrado otras terapias de redes, pero no es la única herramienta de la terapia. Ésta pasa también por organizar y planificar los flujos conversacionales, orientarlos hacia la búsqueda de soluciones o el refuerzo de las alternativas ya encontradas, es decir, hallar nuevas descripciones del problema que la red pueda corroborar. Para todo esto hace falta una metodología, a la que nos remite el segundo rasgo del modelo.

El hecho de que también lo he llamado modelo temático es porque Ramos organiza precisamente su estrategia terapéutica en torno a los temas, una aportación que da título al libro y que se expone más extensamente en la segunda mitad de éste.

Éstos nacen de lo «ya dicho» pero están orientados hacia el futuro. Son de varios tipos: en primer lugar, los temas obligados, acerca de los que es necesario hablar y sobre los que los otros miembros de la red tienen que saber que hemos conversado: luego vienen los temas acotados, que debemos tratar con cuidado, sabiendo que otras personas están hablando sobre los mismos y, finalmente, los temas libres, territorios particulares del terapeuta y sus pacientes, pues no han sido hablados antes o no han sido tomados en consideración. Aquí pueden surgir más fácilmente las metáforas y las metonimias que permiten hablar de los otros temas sin mencionarlos explícitamente.

Teniendo en cuenta sus particularidades, se construye el plan temático como columna que vertebrará cada sesión de terapia. Se trata de un conjunto organizado de temas a tratar, que servirá como «orden del día», de manera flexible. Puede incluir temas obligados, acotados o libres y se le propone a la familia, dándole a ésta libertad para empezar por el tema que quiera, pero permitiendo siempre al terapeuta reencuadrar la conversación dentro del plan.

Para construirlo hay que seleccionar unos cuantos temas sobre los que la familia ha hablado ya o desea hacerlo (conjunto temático), y organizarlos con criterio. El objetivo será siempre el de conducir la conversación según las circunstancias de los pacientes y de la red. Este plan atenderá tanto a las personas con las que se ha hablado o se puede hablar (contexto situacional) como a los temas de los que hablar (contexto convencional). De modo que la red está siempre virtualmente presente en el plan, aunque los temas elegidos para una sesión concreta no siempre pretendan trascender a ésta de una forma inmediata.

El plan temático no supone una metodología rígida; sencillamente permite al terapeuta estar orientado, ubicar lo que se dice dentro y fuera de la sesión, dirigir ésta y reconducir la conversación en cualquier momento. Con él, la terapia de Ramos se aleja definitivamente de otras solo confiadas en el azar o en el fluir natural de las conversaciones. El plan viene a «echar una mano» al azar, ayudarle para que las alternativas sean más probables. Ahora bien, si Ramos no confía en que el problema se disuelva por casualidad, tampoco debemos creer que confíe demasiado en los planes racionales. Pues como suele decir a menudo entre amigos, «se hace terapia como se puede y con lo que se puede».

Tras haber hablado del autor, de su obra y de su modelo, ¿qué otra cosa puedo añadir para completar el prólogo de este admirado libro? Quizá debo informar al lector de que el autor y el prologuista han tenido ocasión de hablar varias veces en sus ya largas vidas profesionales. Y que en dichas conversaciones hemos apreciado muchas coincidencias y algunas diferencias.

Pienso que ambos fuimos cautivados por los aspectos pragmáticos del lenguaje y de la comunicación. Por ello, cuando Ramos hace de las conversaciones el centro de su terapia es porque las ve en muchas dimensiones, y la pragmática es una de las principales. En efecto, el lenguaje es multidimensional, ya que en la conversación confluye lo verbal y lo no verbal: conlleva pensamientos, emociones y acciones. De manera que modificar el discurso de alguien es cambiar su forma de pensar (el objetivo de las terapias cognitivas) y de actuar (de las conductistas). Por ello resulta tan difícil conseguirlo y es tan provechoso cuando se logra.

Además, Ramos sobrepasa el aspecto semántico del lenguaje y toma partido por los actos del habla, tan variados como informar, preguntar, amenazar, aconsejar, seducir, consagrar, prometer, atemorizar, consolar, recriminar, etc.; considera los efectos buscados y los que realmente provocamos cada vez que hablamos; y, con Bajtin, describe las conversaciones como procesos continuados de actos y de respuestas a las que les siguen otras respuestas, de un modo que recuerda a los procesos de comunicación de Watzlawick, aquellos que cada uno puntuaba a su manera.

Pensamiento, lenguaje y acción están tan implicados entre sí que no se puede incidir en uno sin hacerlo en los otros. Ignoro por qué Ramos eligió como centro la conversación; quizá porque el habla es algo observable y manipulable. O quizás haya sido porque domina el arte de hablar en la terapia. Si yo no hice como él y no entré dentro de ese «giro lingüístico» que llegó tardíamente a la terapia familiar, fue en gran parte porque vino de la mano de perspectivas muy diferentes de la que aquí propone Ricardo Ramos. Habiendo sido constructivista bajo la influencia de Lorenz y de Piaget, dejé de serlo cuando se identificó el constructivismo con el maturanismo y su subjetivismo radical. Y habiendo admirado muy pronto la construcción social de la realidad de Berger y Luckmann, no quise afiliarme al construccionismo social cuando éste llegó a la terapia acompañado del idealismo.

Ricardo Ramos y yo hemos ido por caminos distintos, pero casi nos encontramos en el punto de llegada. Él se entusiasmó con las terapias narrativas y conversacionales y, desde dentro de esta corriente, ha llegado a crear un modelo propio, expurgando de él los defectos que yo criticaba en los otros. Me parece, pues, que coincidimos en muchas apreciaciones, aunque diferimos en el énfasis que ponemos en lo que tomamos y en lo que rechazamos.

Muchas de las ideas que ambos criticamos han sido ya mencionadas. Por ejemplo, el relativismo total, la falta de compromiso emocional y pragmático en la terapia y en la vida; el abandono de la razón en favor del azar; el subjetivismo que ignora los condicionamientos naturales y sociales en los que nos movemos y nos representa como habitantes de mundos distintos que no deben interferirse (idea de multiverso), en lugar de haber de compartir el único que tenemos, o al menos disputárnoslo. Y algunas otras ideas más. Entre ellas señalaré el rechazo hacia las entidades «metafísicas», por utilizar ahora la jerga de los filósofos. Siguiendo las críticas de David Hume (siglo XVIII), los empiristas modernos denominaron «metafísico» a cualquier concepto referido a misteriosas entidades ocultas, soportes fijos e inmutables del flujo de la vida, como las «esencias» o las «sustancias». Incluso el «yo», a la manera de un sustrato inmutable de nuestras vivencias, fue denunciado por Hume como un constructo mental inventado por nosotros.

Quizás sea por esta vena antimetafísica, aplicada a la psicología, por lo que Ramos rehúsa considerar «lo no dicho» como si fuera un mal permanente, un cáncer que va minando la salud mientras no se cure maravillosamente al salir a la luz y ser objeto de un discurso. Dicha concepción relaciona más bien la teoría de Goolishian con algunas interpretaciones americanas de «lo reprimido» en Freud. Pero Ramos la rechaza: lo «todavía no dicho» —puntualiza— «no remite, pues, a lo que estando en el corazón o en la memoria, no está en la historia». Pues lo único que de verdad importa es la historia que alguien cuenta a los demás o a sí mismo. Por eso hay que trabajar con lo «ya dicho», es decir, con las historias narradas.

Y quizá por ese mismo principio, Ramos niega que haya voces interiores «con validez ontológica» (sinónimo a veces de metafísica), pues las voces que escuchamos siempre se están emitiendo y actualizando, y cambian sus matices cada vez que son pronunciadas. Es decir, que no hay palabras, ni voces, ni silencios sin contexto o sin historia. Y ésta se está siempre reconstruyendo.

Pero también el presente es construido. Para Ramos, esto tiene lugar a través de lo que se va diciendo; para mí —desde un punto de vista complementario— también sucede en el mundo subsimbólico o prelingüístico, de una manera que puede ser silenciosa.

Pues si es verdad —como sostiene Michael Gazzaniga— que nuestro cerebro izquierdo, el verbal, está siempre inventando historias para que nuestra conducta y experiencia nos resulten congruentes, también parece cierto —como afirma Daniel Dennett— que lo percibido en cada momento sea el resultado de un montaje. Continuamente fabricamos versiones diferentes de la experiencia.

Al hacerse conscientes —quizá por la sincronización de la actividad de muchas neuronas— se mezclan las señales que nos llegan de fuera con las de recuerdos pasados, y con todas ellas hacemos nuestros montajes según unos esquemas que les dan sentido. El mismo «yo», contrapuesto al «no-yo», a los otros, al mundo, no deja de ser otro constructo u otro montaje, aunque nos resulta muy útil. Lo hemos ido elaborando durante los primeros años de la vida y de él formulamos versiones distintas en cada momento, si bien algunos de los episodios y autopercepciones que lo conforman están mucho más enraizados que otros y se resisten más al cambio.

Tratar con tales montajes es algo parecido a trabajar con «lo ya dicho», pues tanto en el nivel subsimbólico como en el lingüístico, las personas vamos juntando esos montajes o esos dichos en grandes conjuntos, largas cadenas o racimos, que van configurando los diferentes aspectos de nuestra identidad. Cuando el terapeuta pone el dedo en la llaga, intentando modificarlos, encuentra gran resistencia, debido a su coherencia y a que están ligadas a emociones, valoraciones y costumbres, es decir, a la ética y a la estética de la vida. La labor de los terapeutas se beneficiará si otros colaboran en su difícil tarea; por eso conviene que activen con habilidad y prudencia la red conversacional en torno a la alarma. Este es uno de los buenos consejos que podemos encontrar en el libro.

ALBERTO CARRERAS

Notas al pie

1. Véase Ramos, Ricardo: Narrativas contadas, narraciones vividas. Un enfoque sistémico de la terapia narrativa, Barcelona, Paidós, 2001. Así como Linares, Pubill y Ramos: Las cartas terapéuticas. Una técnica narrativa en terapia familiar, Barcelona, Herder, 2005.

2. Sin pretender reseñar aquí las publicaciones de Ricardo Ramos, señalaremos, entre las decenas de ellas, algunas de sus líneas conceptuales sobre terapia familiar. Durante el principio de la década de 1990, Ramos publicó distintos ensayos sobre las estrategias para introducir la perspectiva sistémica y la terapia familiar dentro de contextos clínicos no específicos de ella, como un centro de día con psicóticos crónicos o centros de atención psiquiátrica convencional. A partir de 1996, sin embargo, sus publicaciones se centran en las terapias familiares posmodernas, más concretamente en las terapias narrativas. Y poco a poco se van especializando en la vertiente conversacional de la entrevista (concebida como una narración conversacional) y su inserción en la red pública, temas centrales de este libro. Entre sus actuales líneas de trabajo e investigación —presente también en el libro aunque no como protagonista— figura la aplicación de su modelo conversacional a la familias multiproblemáticas.

Introducción

Los grandes novelistas del siglo XIX no empezaban la novela por el principio de la acción sino por la mitad, in medias res. Después, por medio de retrocesos (flashbacks) y de anticipaciones aportaban la información que faltaba o relanzaban la acción (Genette, 1972). La intención, el motivo, era atrapar la atención del lector, cautivarlo.

Pero esto no es una novela. Y estamos, encima, en el siglo XXI. Em pezaremos, pues, por un final. O casi. La intención, los motivos, son los mismos.

Apreciada compañera:

El motivo de la presente es para hacerte partícipe de nuestra decisión de concluir la terapia familiar que estábamos realizando con tu paciente X.

El paciente X es el benjamín de una familia compuesta por los padres y dos hermanos, y estaba siendo visitado por la compañera a la que se dirige este escrito, la cual, por otro lado, no era quien había derivado el caso a una terapia familiar; consecuentemente, siguió interviniendo durante todo el curso de la misma según su leal saber y entender.

A lo largo del tratamiento hemos realizado un total de N sesiones con la familia, en las que, pese a ausencias puntuales por motivos de estudio o trabajo, hemos podido ver varias veces a todos sus miembros.

Nuestra impresión actual es que la actitud de los padres es, a la vez, más unánime y algo más conciliadora. El padre ha retomado su medicación...

Fue el psiquiatra del padre quien, tras prescribirle una medicación antidepresiva, le recomendó una terapia familiar; el padre sí vino a esta terapia, pero nos informó de que, en cambio, no había estado siguiendo la prescripción farmacológica.

...y a la madre le hemos podido arrancar la promesa de que no intentaría retener a X si este decidiera marcharse de casa y ella comprendiera que eso sería el mal menor.

Al hermano mayor Y no lo hemos podido volver a ver desde que asistió a una visita a la que tú lo convocaste, y en la que, al parecer, salió decididamente en defensa de su hermano. Por ello nos tememos que nuestro proyecto de afianzar el vínculo de solidaridad entre los hermanos se ha quedado a medias.

Entrando a hablar más específicamente sobre X, tu paciente, nos hemos encontrado con que, aunque a nivel cognitivo parecía comprender nuestra posición y parecía aceptar nuestros consejos (cuidarse de sí mismo, de su novia y de su futuro personal y «pasar» un poco más de sus diferencias con su padre), afectivamente nos topábamos con algo interior que se lo dificultaba.

Hemos tratado de incidir en este aspecto a nuestro nivel de terapeutas familiares: así, le hemos revelado a X la promesa que le arrancamos a su madre de no intentar retenerlo si él decidía irse, y también le hemos advertido que no cayera en la tentación de hacer de «paladín vengador» de supuestas afrentas e insatisfacciones que no le competen. Pero nos hemos encontrado con la imposibilidad de quebrar esa resistencia afectiva que te comentábamos. Y nos hemos abstenido de echar el resto para lograr ese objetivo sabiendo que tú continúas tus visitas con él.

De manera que nos hemos encontrado en un dilema: o bien intentábamos forzar una reconciliación que podía producirse en falso, o bien dábamos un margen de tiempo para ver si lo que necesitaban los discretos cambios que habíamos podido observar era tiempo para poder consolidarse. Finalmente hemos optado por esta segunda alternativa.

Nos quedamos, por tanto, a la espera de nuevos acontecimientos o de ver si es posible que X pueda, con tu ayuda, desenredar ese nudo afectivo que parece tenerlo atascado.

Quedando a tu disposición etc., etc.

Éste es, excepto algunos cambios de personajes y de expresiones para imposibilitar su identificación, un informe real con el que finalizamos, formalmente, nuestra intervención: un informe de cierre.

Y es un informe delicado. Parecería que da cuenta de un fracaso terapéutico y se diría que propone una tarea terapéutica para paliarlo. Pero se trata de una tarea que tendría que ejecutar otro profesional, alguien que ni siquiera fue quien sugirió la terapia familiar y que, sin embargo, estaba por ahí durante el tiempo que nos encontrábamos. Alguien a quien le mostramos que sabemos cosas de las que él hacía, y a quien queremos poner en conocimiento de cosas que nosotros hacíamos.

El objetivo de este informe apuntaría a intentar que ese alguien viera que debe hacer suya y asumir la tarea terapéutica pendiente a la que se alude en el informe, y a eso responde su redacción.

Estimada colega:

Hemos realizado una terapia familiar con la familia Z, que tú nos dirigiste y la presente es para comunicarte nuestras conclusiones.

Se han efectuado N sesiones, en las que hemos visto a la madre, Encarna, en n ocasiones (una de ellas acompañada de una hermana, en una visita, a decir verdad, algo accidentada), y al hijo, Andrés, en n’ ocasiones, antes y después de las vacaciones estivales.

Nuestra impresión es que Andrés ha salido bastante bien parado de su traumática historia. Creemos que su mundo social interpersonal parece bastante sólidamente anclado, con amistades, aficiones e intereses adecuados a su edad.

La madre, Encarna, parece sufrir más las huellas de su pasado, pero no da la sensación de estar, por ahora, en un riesgo psicológico serio. Eso no es óbice para que siga necesitando un apoyo socioeconómico hasta que se pueda ver el grado de autosuficiencia que puede llegar a alcanzar.

Fuera de los aspectos cotidianos de la organización familiar, el principal problema madre-hijo se centra en los estudios.

La madre mantiene grandes esperanzas acerca del futuro de Andrés y este, lógicamente, no lo tiene todavía decidido. Hoy por hoy está más interesado en actividades propias de su edad, como las amistades, los deportes...

Ya le hemos insinuado a la madre esta discrepancia y hemos insistido en los eventuales riesgos que puede conllevar en el futuro para una relación satisfactoria madre-hijo. Pero creemos que esta advertencia puede adquirir más fuerza si viene respaldada por el contexto escolar (tutor, maestros).

Damos, pues, por finalizada la terapia y así se lo comunicamos a la madre, a quien damos a conocer el contenido de este informe. Le sugerimos un seguimiento para dentro de N meses, a fin de ver si la evolución de la situación nos hace advertir que podemos y debemos actuar más eficazmente.

Éste es un informe curioso. Hace referencia a una familia con una historia desgraciada, que Vds., lectores, tendrán que imaginar (la familia la vivió y el emisor y el destinatario de este informe conocen, al menos, algo de esta historia), y propone unos interlocutores naturales (en el ámbito escolar) cuya opinión es pertinente para uno de los problemas que tienen pendientes madre e hijo (si el hijo parece tener, o no, el futuro académico que su madre manifiesta desearle).

Pero hace también una alusión a algo que si el receptor del informe, la colega que nos derivó el caso, quiere conocer no va a tener más remedio que preguntárselo a la madre: nos referimos al incidente citado a raíz de la presencia de una hermana de Encarna en una visita.

Y para eso precisamente está mencionado, para intentar despertar la curiosidad de la derivante. Porque si lo llegara a preguntar, no va a tener casi más remedio que aceptar la versión que Encarna le dé. Si se decide a preguntarle de qué incidente se trata y a hablar de éste con Encarna es para creerse la versión que ésta provea.

Pedir a alguien una versión de algo es solicitarle su testimonio; y un testimonio evoca no sólo algo de lo que fui testigo, sino algo en lo que reparé precisamente porque, de alguna forma, me afectó. Lo que plantea un testigo de cualquier cosa es que él estaba allí y lo vio porque lo vivió y de alguna manera lo afectó.

Soy testigo y me presto a testificar, pongamos por caso de un accidente, no sólo porque estaba por allí cuando se produjo y lo vi o creí verlo, sino porque me impresionó profundamente a causa de lo horroroso que fue o que podía haber sido. Así, un testimonio transmite simultánea e indisociablemente la huella de algo que pasó y del afecto que produjo (Ricoeur, 1999).

Y, de otro lado, dar testimonio de algo no es reproducir la verdad de lo que pasó, sino dar forma (una forma narrativa, un relato) a algo que pasó y se vivió, para de esa manera hacerlo argumentable y discutible (Pakman, 2004).

De forma que, preguntando (con ánimo de creer) lo que pasó, avalamos (con el compromiso de confirmar) lo que sintió esa persona. Si se cree su versión tácitamente, se coloca a Encarna en posición de ser fiable (al menos en algunos aspectos). Creer la versión de alguien acerca de algo conflictivo es otorgarle credibilidad en lo que dice y en lo que siente al decirlo.

Para los que no pueden saberlo, se trató de la asistencia inesperada a una sesión de una hermana que, planteando una preocupación, puede que legítima, por el estado de salud de Encarna, se prestaba a hacerse cargo de Andrés, llevándoselo consigo y asegurándole un futuro; ofrecimiento que Encarna experimentaba como una usurpación.

Para quienes no pueden colegirlo, el problema de Encarna, separada, maltratada y encallada en su vida, radica en hasta qué punto no está ahora reaccionando a todo esto con un aislamiento algo paranoide.

En este texto se va a tratar de informes; de los que mandamos y, también, de los que recibimos. Pero no los empleamos como instrumentos de hacer saber a alguien del contexto profesional de la familia que estamos tratando algo que, por alguna razón, estimamos que deben saber, sino que, antes bien, los usamos como medios de hacerles hacer algo: de dar lugar, de dar pie, a conversaciones; de hacerles hablar con nuestros (y también sus) clientes. (Igualmente, cuando somos nosotros los receptores de los informes, los interpretamos como indicaciones acerca de los temas que nuestros informantes nos tratan de inducir que hablemos con sus/nuestros pacientes.)

Y eso porque de hecho ya están hablando, o lo pueden hacer por su cuenta y riesgo, sin que nosotros les digamos nada, y sin que tampoco tengamos manera humana de impedirlo. Así que se trata de intentar hacerles conversar de la manera que más nos interesa y sobre las cosas que más nos interesan.

Se trataría de hacer que los informes funcionen como eco de las conversaciones pasadas (las que los consultantes han estado sosteniendo con nosotros durante el curso de la terapia) y que actúen como promotores de (algunas de) las conversaciones futuras (las que esos profesionales van a tener que seguir sosteniendo con esos mismos consultantes, mientras nosotros actuamos, o al final de que nosotros hayamos hecho, por y con ellos, todo lo que supimos y creímos que podíamos hacer, habida cuenta de las circunstancias en que habían llegado a nuestra consulta).

Se trata, a la postre, de hacer de la necesidad, virtud. De intentar transformar un engorro que a veces nos vemos obligados a hacer en un instrumento técnico que, en determinados momentos y para fines concretos, podemos tener a nuestro abasto.

Pero, en el fondo, de lo que se va a tratar en este libro es de las conversaciones terapéuticas y de la terapia como conversación. Y los informes serían una modalidad más de resumir y promover conversaciones, que está actualmente infrautilizada.

Y ello remite a una cuidadosa reconsideración del papel que hay que reconocerle a la conversación en la terapia: a las conversaciones que tenemos con nuestros clientes, y a las conversaciones que otros tienen acerca de nuestras conversaciones con nuestros clientes. Y también a nuestras conversaciones con nuestros clientes y con otras personas acerca de las conversaciones entre nuestros clientes y esos otros.

Así que la dimensión conversacional de la terapia va a ser, en definitiva, el tema de fondo de este libro.

No quiero acabar esta sesión sin hacerle un comentario a Vd., José.

Como médico que soy, le tengo que decir que ojo con la bebida. Se lo digo yo, se lo diría su cardiólogo y se lo diría cualquier médico. Ojo con la bebida.

Como persona, le tengo que decir que algo le entiendo. Es lo típico: «Con la edad que tengo todavía, y el médico me prohíbe el tabaco, el alcohol y no me extrañaría que el sexo. Entonces, ¿qué demonios hago yo en esta vida?». Eso lo entiendo.

Pero como el terapeuta de pareja de Vds., lo que le tengo que decir es que no haga el tonto. Ahora no; ni con la bebida ni con puñetas. Ahora no haga el tonto.

Ésta fue la última parte de la devolución de una sesión con una pareja de clase obrera de unos cincuenta años. Se trataba de un caso en el que, a raíz de un infarto grave de él, la esposa se había puesto a trabajar y habían entrado en una cierta simetría en la que jugaba un papel el consumo de alcohol por parte de él y las recriminaciones de ella.

En la sesión, de elevado clima emocional, se había estado trabajando con dos cartas que se les pidieron, una a cada uno. Las cartas eran presuntamente para los hijos, y en ellas se contemplaba el supuesto de que él hiciera una «barbaridad». Se les dio el texto, además de papel timbrado del hospital, y ellos tenían que traerlo a esta sesión, copiado de su puño y letra.

El texto de él decía que si llegara a sucederle «lo peor» no querría que los hijos culparan a la madre. Quería hacerle saber a ellos que él se daba cuenta que hacía daño a su mujer y que todavía no sabía cómo evitarlo; y que eso le daba mucha pena porque en el fondo la quería mucho. Finalizaba pidiendo a los hijos que lo recordaran siempre con cariño.

El texto de ella decía que si alguna vez llegara a sucederle a su marido «lo peor» los hijos no deberían culparla a ella porque habría sido una torpeza. Que ella no sabía cómo hacerle entender a su esposo que si ahora parecía que se preocupaba sólo por sus medicinas, por lo que bebía y por lo que comía, no era porque lo estuviera viendo como un niño desvalido. Insistía tan machaconamente en las medicinas, en lo que bebía y en lo que comía porque esa era la manera que tenía en ese momento de asegurarse de que seguiría teniendo a su lado por mucho tiempo al hombre que siempre había sido su compañero, su amante, su marido.