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UNO DE LOS MEJORES LIBROS MUSICALES DEL AÑO SEGÚN The Times y Mojo La historia de Joy Division, Siouxsie & The Banshees, The Cure, Bauhaus, The Sisters of Mercy, Killing Joke, The Cult, Echo & The Bunnymen, The Birthday Party, Nick Cave & The Bad Seeds, The Cramps, The Gun Club, Lydia Lunch, Soft Cell, Magazine, Theatre of Hate, New Model Army, Joolz, These Immortal Souls, Crime & The City Solution, Diamanda Galás, Einstürzende Neubauten, Virgin Prunes, Cocteau Twins, Danielle Dax, Cardiacs y muchos más... Con el eco todavía audible de los alaridos e improperios del punk, que arremetió contra el establishment, el buen gusto y la industria musical a mediados de los setenta, un grupo de jóvenes desencantados que recibió su impacto empezó a fraguar una nueva hornada de bandas que se extendió a partir de 1978 por toda Gran Bretaña y más allá. Siouxsie Sioux, parte del conocido como Contingente de Bromley que escandalizó a todo el país cuando apareció acompañando a los Sex Pistols en el Today de Bill Grundy, dio con una primera formación de los Banshees para registrar su primer single, «Hong Kong Garden», más o menos cuando Joy Division, desde Manchester, se dieron a conocer con «Shadowplay» a través del programa de televisión de Tony Wilson —con un Ian Curtis contoneándose como un poseso— y The Cure lanzaron «Killing an Arab», con ecos del existencialismo de El extranjero de Camus. Un año después, en Northampton, los Bauhaus de Peter Murphy rindieron homenaje al mito del cine de terror con «Bela Lugosi's Dead», que pareció volver a la vida con la espeluznante guitarra de Daniel Ash, y desde Leeds, The Sisters of Mercy, liderados por el clarividente Andrew Eldritch, lanzaron en su propio sello «The Damage Done», el embrión de los hits crepusculares que no tardarían en llegar. Nacía así una nueva escena musical que acabaría siendo conocida como rock gótico, y que acogería en su seno otras derivaciones siniestras, como el pyschobilly de The Cramps o The Gun Club. Con un espíritu igualmente combativo que el del punk que los antecedió y alumbró, pero con unas letras más tintadas de poesía y de oscuros referentes literarios, los héroes y heroínas de este libro empezaron a incubar desde sus dormitorios un estilo de guitarras hirientes, bajos estentóreos y voces cavernosas (o a veces etéreas) que darían lugar a algunos de los himnos más imperecederos de los ochenta, a la par que, con el atuendo negro, el pelo crepado que popularizaron Siouxsie, Robert Smith y Nick Cave y una imaginería propia del más lóbrego cementerio, se hicieron eco del descontento social propiciado por el gobierno conservador de Margaret Thatcher y su paulatina criba de los derechos sociales y laborales. Como afirma en el prólogo Ana Curra de Parálisis Permanente, el grupo español que mejor supo empaparse de todo lo que estaba sucediendo desde ultratumba, Cathi Unsworth «disecciona y entreteje con ojos alquímicos una inspirada y laberíntica tela de araña, y pone en contexto planos sociopolíticos, geográficos y culturales para erigir a los hijos del ángel caído y rendir tributo con esta carta de amor a todos sus protagonistas».
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Seitenzahl: 1017
Veröffentlichungsjahr: 2024
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The Sisters of Mercy: Gary Marx (1), Andrew Eldritch (2), Craig Adams (3) y Ben Gunn (4). The Gun Club: Kid Congo Powers (5), Patricia Morrison (6) y Jeffrey Lee Pierce (7). Danielle Dax (8). J. G. Thirlwell aka Foetus (9). The Cult: Ian Astbury (11), Billy Duffy (12) y Jamie Stewart (18). Virgin Prunes: Guggi (13) y Gavin Friday (14). Echo & The Bunnymen: Will Sergeant (15), Ian McCulloch (16), Les Pattinson (20) y Pete de Freitas (26). Joy Division: Peter Hook (10), Ian Curtis (17), Bernard Sumner (21) y Stephen Morris (22). Diamanda Galás (23). Magazine: Barry Adamson (19), Howard Devoto (24), John McGeoch (25), Dave Formula (30) y John Doyle (31). Cocteau Twins: Robin Guthrie (27), Simon Raymonde (28) y Elizabeth Fraser (33). New Model Army: Justin Sullivan (32), Robert Heaton (35) y Jason «Moose» Harris (36). The Cramps: Brian Gregory (29), Poison Ivy (34), Nick Knox (37) y Lux Interior (38). Theatre of Hate: Billy Duffy (39), Nigel Preston (40), Kirk Brandon (41), John Lennard (42) y Stan Stammers (45). Killing Joke: «Big» Paul Ferguson (43), Jaz Coleman (47), Geordie Walker (51) y Paul Raven (52). The Cure: Simon Gallup (44), Lol Tolhurst (48), Robert Smith (49), Boris Williams (53) y Porl Thompson (54). Joolz (46). Bauhaus: Daniel Ash (50), Peter Murphy (55), David J (56) y Kevin Haskins (57). Lydia Lunch (58). The Birthday Party: Mick Harvey (59), Nick Cave (60), Phill Calvert (65), Tracey Pew (66) y Rowland S. Howard (67). Soft Cell: Marc Almond (61) y Dave Ball (68). Einstürzende Neubauten / Bad Seeds: Blixa Bargeld (69). Siouxsie & The Banshees: Budgie (62), Steve Severin (63), Siouxsie Sioux (64) y John McGeoch (70).
Season of the Witch: The Book of Goth
© 2023, Cathi Unsworth
Publicado originalmente en inglés en el Reino Unido por Nine Eight Books, un sello de Bonnier Books UK Limited
Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Diseño: Aina y Berta Obiols, La Japonesa
Maquetación: Endoradisseny
Composición digital: Pablo Barrio
Primera edición: Marzo de 2024
Primera edición digital: Marzo de 2024
© 2023, Contraediciones, S.L.
c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona
www.editorialcontra.com
© 2024, Héctor Castells, de la traducción
© 2024, Ana Curra, del prólogo
ISBN: 978-84-10045-06-4
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
Para mis queridos amigos Joe McNally y Pete Woodhead
¡Larga y eterna vida al cineclub!
«Antiguamente, el Diablo era habitualmente conocido como El Señor del Desgobierno. El objetivo de estos satanistas de alcurnia es entregarle el mundo a Satán, y la única forma que tienen de hacerlo es provocar el colapso del buen gobierno para que el desgobierno ocupe su lugar. Con este objetivo, hacen todo lo que está en su mano para fomentar la guerra, el odio de clases, las huelgas y la hambruna; y para abrazar las perversiones, la laxitud moral y la ingesta de drogas».
DENNIS WHEATLEY, To the Devil a Daughter (1953)
«No me ilumino fantaseando con la luz, sino haciendo consciente mi oscuridad».
—CARL GUSTAV JUNG
El sitio de donde una viene es como el lugar del crimen, siempre se vuelve a él. Mi pueblo era una «zona de poder» antes de que Felipe II mandara construir una gigantesca mole de granito trazada meticulosamente con regla, escuadra y cartabón a semejanza del templo de Salomón. A una hora a pie del real monasterio, se encuentra aún hoy esculpida en piedra la conocida Silla de Felipe II, donde de niña pasé incontables tardes sentada esperando la llegada del crepúsculo. Recuerdo que cuando cursaba Botánica en la Facultad de Farmacia acudía —siempre acompañada de mi madre (a ella le debo mi introducción en la música y la danza, y también la matrícula de honor que nos dieron por el trabajo)— a recoger plantas para el herbario al Bosque de la Herrería, un paraje de robles con abundantes arroyos y setas alucinógenas utilizadas por los prerromanos que habitaron allí para desarrollar sus artes adivinatorias. En este lugar, la naturaleza se entrelaza con la historia, con aves rapaces y una profusión de rayos atraídos por la ferrita de la piedra —el símbolo de Zeus que Bowie materializó en la portada de Aladdin Sane—. Un poco más abajo se encuentra la Cueva de las Zorras, otro enjambre de rocas y fisuras, como la del Diablo, que al atravesarla cabe la posibilidad de caer en su interior; un desafío que hace que corra la adrenalina. Es un lugar encantado al que regresé hace pocos años de nuevo para rodar el vídeo de «Aprendiz de bruja».
Nací —y ahora vivo— en San Lorenzo de El Escorial, soy hija de un farmacéutico, estudié Farmacia yo misma… a veces pienso que mi destino era ser la hechicera en la que me convertí en mi juventud. Aunque el Escorial también albergaba innumerables conventos, iglesias, parroquias, ermitas y colegios religiosos. Estuve en tres de ellos. El lastre allí acumulado ha requerido a posteriori un auténtico trabajo de reducción de óxido y limpieza. Aquel era un entorno fascinante, sí, pero también un ambiente tremendamente clasista: el último resquicio del franquismo, donde todos los generales y ministros de la dictadura veraneaban y miraban con aire de desprecio y superioridad a los gurriatos oriundos. Lo recuerdo con asco. Mi hermano Javi se enfrentaba continuamente a ellos; era un auténtico justiciero, a su lado ningún atropello quedaba sin saldar. No es sorprendente que mis influencias católicas y monjiles impulsaran una búsqueda espiritual desde muy temprana edad. Por un lado, me fascinaban las reliquias, los cuerpos incorruptos y la idea de levitar por amor a Dios. Por otro, iba informándome sobre la Inquisición que aún persistía y persiste en nuestro ADN. Es chocante cómo el misticismo y la demonología iluminaron a Teresa de Jesús en su vida literaria, tanto que incluso llegó a ser denunciada por la Santa Inquisición y rescatada precisamente por su rey, que vivía encerrado en su monasterio, siempre vestido de negro. La Iglesia ha causado mucho daño, pero también ha alumbrado canciones como «Quiero ser santa». La historia de este tema nace cuando, en 1981, Luz Amparo Cuevas, la vidente de mi pueblo, empezó a padecer misteriosos estigmas. Mi tío, Ricardo Fernández Ruiz-Capillas, que era su médico, recogió unas muestras de la sangre de las palmas de sus manos y se las llevó a mi padre para que las analizara en el laboratorio de su farmacia; lo que pasó después acabó como el rosario de la aurora, pero esa es otra historia. El caso es que, cuando le conté la historia al que entonces era mi pareja, Eduardo Benavente, quiso conocer a la presunta santa de inmediato, y una tarde de sábado fuimos a la finca de Prado Nuevo, donde a Amparo se le había aparecido la Virgen. El sol no quiso bailar con nosotros, pero de allí volvimos con el fruto de una canción.
En España, a Parálisis Permanente y a los Pegamoides de la última etapa nos llamaban «siniestros», un adjetivo mucho más apropiado que el de «gótico», dada nuestra procedencia. Nos identificábamos mucho más con Goya, con sus Caprichos y sus Pinturas negras, con El aquelarre… casi toda su obra emana una oscuridad que nosotros compartíamos. Eduardo y yo empezamos a experimentar el tránsito del tecnicolor al negro con Alaska y Los Pegamoides. Carlos Berlanga no era nada proclive a esa inclinación siniestra y, cuando llegó la hora de grabar el primer elepé, se mostró reacio a temas como «Estrategia militar», coescrito entre Olvido y yo misma, que incluía versos como «Estoy enterrada en el suelo / Aviones que cruzan el cielo / La sangre me nubla la vista / Y lo veo todo muy negro». Pese a todo, Chicho Ibáñez Serrador, hijo del mítico actor de cine de terror Narciso Ibáñez Menta, nos pidió que la tocáramos en su mítico programa-concurso presentado por Mayra Gómez Kemp Un, dos, tres, en lugar de la más previsible y comercial «Bailando». Otras canciones como «Redrum», «En el jardín», «Quiero salir», «Volar» y «Cristal blindado» son un fiel reflejo de los derroteros que estaba tomando la banda antes de su disolución.
Escuché tantas veces en boca de las monjas frases como «eres una fresca» o «estás en pecado mortal» que, cuando inicié mi cruzada personal hacia la rebeldía, me di cuenta de que tenía que apropiarme de ellas para darles la vuelta. Sin eso, quizá nunca hubiese confeccionado mi propia lencería de cuero ni hubiese sublimado el sadomaso para la portada del disco El acto. Las hormonas en plena efervescencia contribuyeron mucho a todo aquello. El punk trajo consigo la electricidad contenida, desbloqueó todos los tabúes, y cuando ya se había instalado y las ansias de conquistar el mundo a base de gritos y sublevación no daban más de sí, se produjo una huida por otros senderos paganos. Una vuelta por otro bosque sin farolas; sueños y pesadillas aún no digeridas que buscaban el exorcismo con el postpunk. Parálisis Permanente y Desechables son dos bandas hermanadas que señalaron ese momento crucial que fue el tránsito del punk a un lugar más oscuro y libidinoso. Las drogas tuvieron un papel esencial, al igual que lo tuvo la carne. Y la muerte. De tanto jugar con ella, terminó por golpearnos: en el caso de Parálisis, fue el accidente de tráfico que se llevó a Eduardo; en el caso de Miguel Desechable, un fatídico disparo le atravesó el pecho. Demasiado injusto, tremendamente doloroso. De golpe y porrazo nos llamó la tragedia. Nunca volveríamos a ser los mismos. Pero tanto Desechables como Parálisis dejaron una huella profunda y salvaje, la de una juventud que cambiaba muy deprisa.
En 1979, tuvimos la suerte de presenciar en el Teatro Barceló el primer concierto en España de Siouxsie & The Banshees, con el repertorio de The Scream, su magnífico primer álbum, donde la esencia de la punk de Bromley fue sometida a la búsqueda de una evolución audaz. La voz de Siouxsie era como un látigo, subía y bajaba hiriendo de muerte el estándar atiplado de una fémina al uso. Me vienen a la mente Nico y posteriormente PJ Harvey, voces que no en vano conforman letanías comunes y rosarios encadenados. Existe una foto absolutamente maravillosa de Siouxsie en un nevado parque del Retiro durante su primera visita a Madrid. Aún no está Budgie a la batería, pero ya se presiente el ritmo tribal que alumbraría el cambio definitivo en Kaleidoscope y Ju Ju, un álbum que, para mí, representa la obra máxima de todo aquello de lo que trata este libro. Unos meses después, ya con Budgie, la imprescindible guitarra de John McGeoch y la determinación de Severin al bajo, alcanzaron el estado de gracia de la oscuridad. Tuvimos la suerte de ver a aquella formación cuando dio los que serían sus dos últimos conciertos en Rock-Ola, en 1982. La primera noche ya se mascaba la tragedia, y la mezcla de alcohol y ansiolíticos le jugaron una mala pasada a McGeoch, que estuvo muy flojo. Aquel día, un 29 de octubre, Eduardo y yo fuimos a la prueba de sonido. Siouxsie estuvo encantadora con nosotros, y estaba guapísima; McGeoch andaba copa en mano, y al principio nos pareció algo raro, pero luego comprendimos el porqué de aquel desfase y de aquella rara tensión. Al día siguiente tocábamos con los Pegamoides en Torrejón de Ardoz en dos sesiones, una por la tarde y otra por la noche, y entre ambas volvimos al Rock-Ola para verlos de nuevo, y esta vez sonaron mucho mejor. Eduardo cumplía veinte años ese día, el 30 de octubre, y aquello fue un magnífico regalo. Para McGeoch, el guitarrista que se alejaba del rock transitando sendas sonoras inexploradas, arpegios creativos y efectos envolventes, fue su último día en la banda y el preludio de su ingreso en una clínica de desintoxicación en Londres. Los Banshees recurrieron entonces a Robert Smith, amigo y alumno aventajado.
Es posible datar el nacimiento del rock gótico en el momento en que los Banshees y The Cure empezaron a grabar discos. Nadie mejor que Cathi Unsworth para explicarnos todo ese trayecto y contarnos esa historia tal y como lo ha hecho en este libro que estás a punto de comenzar a leer. Periodista musical, primero, y escritora de novela negra, después, Unsworth —muy popular en Inglaterra, de la cual podemos disfrutar en España de Bicho raro— se siente deudora de sus influencias musicales y artísticas, ya que desde su más tierna juventud ha convivido con esta subcultura a la cual somete aquí a un meticuloso análisis forense. Con ojos alquímicos disecciona y entreteje una inspirada y laberíntica tela de araña, y pone en contexto planos sociopolíticos, geográficos y culturales para erigir a los hijos del ángel caído y rendir tributo con esta carta de amor a todos sus protagonistas. A través de su relato asistimos al nacimiento de una misa negra que tiene lugar en un club de Londres. The Batcave es la puerta giratoria que conduce a los hermanos pequeños del punk a un lugar ignoto. Son los hijos de Satán. Allí se hacen pactos de sangre, se exhuman cadáveres y se invocan espíritus. Son criaturas diversas, diferentes, los raros y andróginos que huyen de la alienación y la desesperanza; huesos, crucifijos y calaveras adornan rostros con ojos de gato, pinturas tribales y mortuorias, máscaras histriónicas coronadas por crestas hirientes, mohicanos y crepados se elevan y ensanchan desafiando la gravedad, erizándose en acto reflejo a sus estados y conciencias alteradas. La música gótica, y eso lo sabe muy bien Unsworth, va de la mano del misterio y el crimen. Un año antes de que nazca el Batcave, en Yorkshire anda suelto un asesino en serie. Trabaja como sepulturero, tiene gustos macabros, es muy religioso —la religión de nuevo como gran influencia gótica— y obsesivo, y en el transcurso de cinco años asesinará a trece mujeres de forma extremadamente violenta. Mientras tanto, una estricta gobernanta —la Dama de Hierro— lidera a golpe de látigo el Reino Unido con una tasa de paro descomunal, ejerciendo una política perfectamente alineada con la de Ronald Reagan, presidente republicano y exactor mediocre de empalagosa sonrisa. Ambos conformarán la pareja siniestra por antonomasia, solo que en su caso no hay humor ni ironía ni arte, solamente desprecio por los débiles. «Los derechos civiles, los derechos de los homosexuales, los derechos de la mujer. Son todos un error. Llamad al Séptimo de Caballería y al infierno con este retablo de libertad salvaje», proclamó Reagan como epitafio sombrío con su diabólica mueca. La respuesta a aquellos tiempos oscuros llegó desde Inglaterra con una música oscura. Tal como Unsworth nos explica en este libro, ninguno de sus adeptos llegará solo a esa nueva misa del rock. Sobre sus rituales planean los espíritus de padrinos, madrinas y mentores, que les iluminan a la hora de hacer alquimia con el rock, como el controvertido mago Aleister Crowley, cuya máxima reza «haz tu voluntad: será toda la Ley». En la introducción de Ciudades de la noche roja, publicada en 1981, William Burroughs invoca a todos los dioses antiguos y a la Madre de las Abominaciones para inocular su influencia en esta nueva estirpe musical. Y no puede faltar el influjo de William Blake, visionario poeta y pintor, oráculo necesario y esencial. Los jóvenes hijos de la noche no tardarán en crecer y multiplicarse. The Cramps han salido de su cripta neoyorquina y aterrizan en Londres en 1979 para quitarle a The Police la portada del NME y difundir el primer evangelio psychobilly. Los australianos The Birthday Party, con Nick Cave al frente, comenzarán a sembrar las semillas del mal con sus canciones y letanías. Junto a ellos está Lydia Lunch, la pantera negra que grita de frente con valentía y audacia las verdades más incómodas. Bauhaus destilan las esencias de Iggy Pop y David Bowie, y Killing Joke llaman a filas con Turn to Red mientras pugnan con Joy Division por conseguir el directo más demoledor en una gira conjunta en el invierno de 1979. The Damned, auténticos pioneros del punk, comienzan a virar hacia las sombras con su Black Album de 1980. Un año antes, mientras el asesino en serie seguía profanando cuerpos, llegaba a Leeds un jovencísimo caballero, mezcla entre Jim Morrison y Alan Vega, que encarnará el papel de Príncipe del Gótico, se hará llamar Andrew Eldritch y dará voz sepulcral a Las Hermanas de la Misericordia, The Sisters of Mercy. Todo estos y muchos otros nombres que protagonizan de una u otra manera el relato que viene a continuación conforman los tentáculos de una nueva Bestia que tiñó de negro y púrpura el rock durante unos años que para alguien como yo fueron decisivos. Esta historia es el túnel secreto que comunica San Lorenzo de El Escorial con Londres, la Cueva de las Zorras con el Batcave, el relato del nacimiento de mis dioses paganos —ídolos a los que adoraba y adoro— y de la única fe que conozco, la otra cara del único pecado que importa.
ANA CURRA
Me transformé de niña en adolescente durante los cuatro años de mandato iniciales de nuestra primera mujer como primera ministra. Incluso desde la distancia que me confieren cuatro décadas, sigo sintiendo una sombra cerniéndose sobre los soleados y felices días de mi infancia en los años setenta, que coincidieron con el inicio de mi pubertad, la transición de la escuela al instituto y toda su inherente vergüenza y alienación. En 1979 presentí los aires de cambio en el ambiente, aunque a duras penas comprendía las fuerzas que lo orquestaban.
Acontecimientos espeluznantes se sucedían ante mis ojos a través de los informativos de la BBC y de programas televisivos como Top of the Pops y Nationwide. Las huelgas de los trabajadores ferroviarios y funcionarios públicos, que bautizaron como «el Invierno del Descontento» y dejaron un reguero de muertos sin sepelio y de basura pudriéndose en las calles. La muerte del rey del punk, Sid Vicious, en libertad bajo fianza por el asesinato de su novia Nancy Spungen en Nueva York, tras inyectarse un chute de heroína que le había comprado su propia madre, Anne Beverley. El asesinato de Airey Neave a manos del Ejército Republicano Irlandés (IRA). El asesinato de Blair Peach durante una manifestación contra el nazismo celebrada en Southall. Y el Destripador, que seguía campando suelto por Yorkshire, donde se cobró su undécima víctima, una chica de solo diecinueve años.
No tenía muchos amigos en la escuela y, de todos modos, vivía a kilómetros de distancia de ellos, en un caserón laberíntico que se caía a trozos enclavado sobre las ocho hectáreas de tierras cultivables del este de Norfolk, que labraban nuestros únicos vecinos y que quedaba a media hora en bicicleta del pueblo más cercano. Mis padres eran ambos profesores y deseaban que mi hermano y yo creciéramos en una ruralidad idílica; al fin y al cabo, ambos habían vivido sus respectivas infancias en ciudades bombardeadas durante la Segunda Guerra Mundial. Great Yarmouth, el pueblo costero donde ellos trabajaban y nosotros íbamos a la escuela, pasaba por un momento de gran convulsión social a causa de la pobreza y el desempleo: ocupaba el cuarto puesto en la clasificación de los pueblos más deprimidos de Europa.2 El deseo de mis padres de mantenernos a una distancia prudencial de nuestros compañeros nacía, no me cabe la menor duda, de su preocupación por librarnos de presenciar muchos de estos problemas de primera mano. Pero ya se sabe cómo son los niños. Curiosos por las cosas de las que desearías protegerlos; lo que quieren, en realidad, es tratar de entender por qué parecen ser tan distintos a todos los demás. Mi estrepitosa búsqueda de la iluminación me arrojó al lado oscuro.
Los libros y la música eran a la vez mi consuelo y la fuente de toda la información que no obtenía en la escuela. En casa, nuestras numerosas estanterías estaban repletas de literatura intelectual y popular; de historia local, moderna y antigua, y de libros de geografía y arte. Dos de mis libros favoritos de infancia eran el cuento de brujería suburbana The Wickedest Witch in the World [La bruja más malvada del mundo] de Beverley Nichols y 101 dálmatas de Dodie Smith, que leí tantas o más veces que el anterior. También era muy fan de Oscar Wilde, Sherlock Holmes y de las crónicas de Rosemary Sutcliff sobre la historia antigua de Gran Bretaña y Roma. Así que tal vez había empezado ya a encaminarme hacia derroteros particulares cuando, desde un rincón de la habitación de invitados, una montaña de libros de bolsillo de serie pulp me hizo señas para que me alejara de sus más cotizados vecinos literarios.
Gruesas tipografías de color negro anunciaban sus siniestros contenidos en lomos de un sulfuroso color amarillo. The Satanist. The Devil Rides Out. To the Devil a Daughter.3 Su presencia en casa era un acertijo en sí mismo; a pesar de que no solíamos ir a misa, mis padres eran cristianos temerosos de Dios, así que: ¿qué demonios hacían con esto?
Elegí uno. En la portada, una mujer joven con el cuerpo envuelto por serpientes estaba erguida al borde de un abismo y rodeada de demonios que escupían fuego. Una nota del autor antecedía al primer capítulo. Dennis Wheatley relataba que, durante su investigación del tema, «encontré profusas evidencias de que la magia negra sigue practicándose en Londres y en otras ciudades a día de hoy». Acto seguido advertía que cualquier lector ávido de llevar a cabo una indagación más elaborada del «Arte Secreto», «invocará al hacerlo un peligro de naturaleza muy real y específica».
Esto era algo de lo que había oído hablar. Los niños del pueblo hacían circular rumores, advertencias musitadas de noche mientras nos sentábamos bajo la parada de autobús de Belton. No pasar demasiado tiempo mirándote al espejo, a través del cual podía asomarse el Demonio para arrebatarte el alma. No sentarte en los árboles del cementerio a medianoche para intentar invocar al Cerbero de Norfolk, Old Shuck, el infame perro demoníaco. Un joven aspirante a mago lo había intentado, y lo enviaron a un exorcista a consecuencia de ello.
Pero la tentación pronto se impuso al miedo. Me hice con el ejemplar de To the Devil a Daughter de la estantería y atravesé el umbral de mi dormitorio. Devoré sus páginas durante largas noches de invierno en las que el sueño nunca llegaba fácilmente, ni siquiera cuando el sol se había puesto y el viejo caserón empezaba a hacer tintinear las cañerías y el gemido del viento resonaba a través de los páramos, silbando por entre las tejas del techo, acompañado por el lamento de la sirena del puerto de Yarmouth y por los enmarañados dedos del viejo roble que se levantaba detrás de mi dormitorio y tamborileaban contra el cristal de la ventana.
La novela era lo suficientemente absorbente como para mantener a raya esos espantos. La heroína, Molly Fountain, era una elegante mujer que tendría la misma edad que mi abuela Joan, y con quien compartía virtudes similares: ambas eran curiosas y seguras de sí mismas. Molly vivía también junto al mar, pero en un entorno vagamente más glamuroso: la Costa Azul francesa. En el capítulo inicial, Christina, la joven que acaba de mudarse a la casa de al lado, que solo abandona de noche, despierta la curiosidad de la protagonista. Molly —que había trabajado para los servicios secretos durante la Segunda Guerra Mundial— descubre que el padre de Christina ha vendido a su hija a una camarilla de satanistas para sacrificarla durante un importante ritual.
Fue mientras empezaba a dilucidar el talante de estos adoradores del demonio cuando lo vi todo clarísimo. El fomento del individuo y la vocación de desestabilizar el orden social solo podía compararse a la filosofía del Gobierno de Margaret Thatcher. El culto al diablo seguía celebrándose en Londres… ¡tras las puertas del número 10 de Downing Street! Esto explicaba por qué mi madre se quedaba lívida de rabia y repetía una y otra vez la misma cantinela cuando la primera ministra aparecía por televisión, como si se tratara de una maldición: «Esta mujer es una traidora: de su clase, de su sexo y de su país».
Voces incorpóreas acompañaban mi lectura, invocadas a través del transistor radiofónico que descansaba junto a mi cama en la voz de un médium llamado John Peel. Esta era mi segunda línea de defensa contra los ruidos del caserón, la noche y los campos: sonidos que daban todavía más miedo. Algunas de las bandas favoritas del perspicaz DJ resonaban a mayor volumen que otras. Sus rasgos distintivos eran guitarras como machetazos, envolventes teclados de feria, líneas de bajo trepidantes y percusiones que recordaban al estrépito de un martillo neumático o a una procesión de patitas de insectos. La ciencia ficción y el terror se arremolinaban alrededor de mordaces observaciones sociales en la voz de cantantes que destilaban el desarraigo y el desdén de toda una generación —Ian Curtis de Joy Division, Howard Devoto de Magazine, Robert Smith de The Cure, y la más despiadada e irresistible: Siouxsie Sioux, quien, con su banda, los Banshees, tenía una canción sobre una misteriosa chica llamada Christine—.
¿Sería la misma vecina de Molly Fountain? ¿Acaso Siouxsie había investigado seriamente el «Arte Secreto»? Su aspecto sugería claramente que sí. ¿Sabía lo que Margaret Thatcher se traía entre manos e iba a impedir que ofreciera a Gran Bretaña como sacrificio en un ritual satánico? Si alguien parecía capaz de defender a su clase, su sexo y su país, era ella.
Fue Siouxsie quien me guio a través del abismo de los años ochenta, la mejor amiga imaginaria, la que no tenía en la vida real, tan dura y tan guay. Siouxsie y el ulterior aquelarre de mujeres —y de hombres andróginos y nada convencionales— que lucían peinados de mechones puntiagudos o rizos ensortijados en tonos negro azabache y rojo ardiente y que miraban al futuro a través de ojos contorneados de kohl. La incomparable música que hacían y el glamur que proyectaban nos brindó a mí y a otros muchos pequeños inadaptados consuelo, expectación, afinidad e inspiración en el periplo de la infancia a la edad adulta; además de una iluminación: que ser diferente era, de hecho, algo bueno. Gracias a ellos entré a formar parte de una sociedad tan secreta que su nombre no podía ser pronunciado, ni siquiera por sus principales adeptos.
Me hice gótica.
Si existe una palabra que sintetiza la Gran Bretaña de los años ochenta, es «individualismo». Pensadores independientes que desafiaron el consenso y cuestionaron las convenciones sociales establecidas dieron forma a la política y compusieron la banda sonora del profundo cambio social instigado por las elecciones generales del 3 de mayo de 1979. En ambos casos, estas entidades individualistas eran el resultado de improbables alianzas selladas por personajes periféricos que habían dejado sentadas sus lealtades ideológicas a mediados de los años setenta y que, previendo las posibilidades que abrían los inestables días de huelga, bombas y semanas de tres días, trasvasaron sus doctrinas reaccionarias al imaginario popular valiéndose de medios que nadie hubiese anticipado. Tras haberse nutrido del descontento nacional durante el último y amargo invierno de la vieja década, cuando el nuevo amanecer de 1979 se fundió con los nubarrones que anunciaban el inminente desastre financiero, y con montañas de basura por recoger, sus atractivas embajadoras femeninas estaban listas para reclamar el escenario principal:
Margaret Thatcher, una radiante britana con casco de Harrods en pulcro traje de tweed con una gran lazada anudada a su tridente.
Siouxsie Sioux con su mirada amenazante, en medias de rejilla y botas de látex hasta el muslo, una cabellera como alas de cuervo y los ojos de Cleopatra.
Lo que entonces ignoraba es que la primera ministra y el icono más imperecedero de la música gótica compartían algo muy importante: habían sido inspiradas en sus papeles —conjuradas, se podría decir— por una suerte de mago; se trataba, en ambos casos, de personas ajenas a su ámbito, estrechas de miras y con una fuerte carga ideológica, resueltas a dinamitar el statu quo.
El gurú político de Margaret Thatcher, Alfred Sherman, fue descrito de manera memorable por el comentarista cultural Peter York como «un hombre que se dedicaba profesionalmente a pensar lo impensable para luego ponerlo a prueba con la primera persona que salía a su paso y comprobar qué efecto tenía». Bien podría haber estado hablando de Malcolm McLaren, cuya tienda de moda en King’s Road empezó a incubar el punk en 1974, cuando cambió su nombre, Too Fast to Live, Too Young to Die, por el rotundamente provocador SEX, y reunió alrededor de sus faldas de látex a toda la juventud descarriada, una juventud que daría un paso al frente y propagaría sus formidables ideas.
La vida de Sherman abarca casi todos los extremos sociopolíticos del siglo XX. Nacido en 1919 en una familia que había huido del pogromo ruso rumbo al East End londinense, se unió al Partido Comunista cuando era adolescente. «Ser judío en la Gran Bretaña de 1930 equivalía a ser un marginado. El proletariado nos ofreció un hogar».
A los diecisiete años, se alistó voluntario para luchar en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española, y durante la Segunda Guerra Mundial entró en combate en Oriente Medio. A su regreso, estudió en la London School of Economics, donde se convirtió en presidente de la rama estudiantil del partido. Sin embargo, Sherman se desilusionó con la izquierda y se pasó a la estridente defensa de la economía de libre mercado.
Por decirlo con una frase que acuñó él mismo, con Sherman no había «término medio»: era un hombre que detestaba el consenso y amaba el conflicto. A principios de 1970 escribía discursos para el baronet conservador sir Keith Joseph, en los que ensalzaba las políticas monetaristas como solución a los males de Gran Bretaña. Entre ellos, la crisis del petróleo de 1973 y las huelgas mineras de 1973-74, que sumieron al país en la oscuridad a golpe de cortes del suministro eléctrico y semanas de tres días, y acabaron derrocando al Gobierno de Edward Heath en las elecciones generales del 28 de febrero de 1974, para devolver el poder a los laboristas de su viejo adversario Harold Wilson. Sherman aprovechó el caos para asociarse con la hija de un comerciante de provincias.
La secretaria de estado de Educación y Ciencia, Margaret Hilda Thatcher, no procedía del típico entorno tory. Nacida en 1925, hija del verdulero, concejal liberal y predicador metodista de Grantham, Lincolnshire, Alf Roberts (que no guardaba ningún parentesco con el personaje homónimo de Coronation Street), Margaret demostró tener talento para ascender socialmente desde muy tierna edad.
La joven Margaret se mostró escéptica con el metodismo de su padre. Según su biógrafo Charles Moore, no creía en los ángeles, puesto que había calculado que necesitarían un esternón de al menos dos metros para soportar el peso de las alas. En lugar del metodismo, Margaret abrazó la fe del trabajo duro y la superación personal, y se abrió paso a fuerza de acumular sucesivas becas estudiantiles, que la llevaron de la escuela de Kesteven y el Instituto Grantham, donde fue elegida representante de los estudiantes, hasta el Somerville College de Oxford, donde se licenció en Ciencias Químicas y se convirtió, además, en presidenta de la Asociación Conservadora de la Universidad de Oxford. Fue aquí donde empezó a leer la obra del filósofo economista Friedrich Hayek, quien en su ensayo Camino de servidumbre (1944) condenaba el control gubernamental de la economía a través de la planificación centralizada —como el plan en que se había basado íntegramente el consenso de posguerra— por considerarlo antiliberal y opresivo. Su rechazo al pensamiento marxista clásico también había calado hondo en un comunista reformado llamado Alfred Sherman. Es más, las ideas de Hayek se convertirían en el inagotable manantial de la ideología política que Alfred y Margaret elaboraron juntos.
Después de licenciarse, la señorita Roberts solicitó trabajo en Imperial Chemical Industries (ICI). El Departamento de Recursos Humanos consideró que era una aspirante «testaruda, obstinada y peligrosamente engreída», así que optó por volcarse en sus ambiciones políticas, se sumó a las filas de la organización de simpatizantes tories Vermin Club4 y sedujo a la Asociación Conservadora de Dartford para que la incluyera en su lista de candidatos en 1950. Allí conoció también a su príncipe azul, el acaudalado empresario Denis Thatcher (1915-2003), con quien se casó en 1951. Ahora que gozaba de una desahogada posición económica, y con Denis financiando sus estudios de abogacía especializados en derecho tributario, su trayectoria continuó subiendo como la espuma. Tras las elecciones de 1970, Margaret obtuvo su primer puesto en el gabinete tory y se asoció con Joseph Keith y Alfred Sherman.
El trío fundó el centro de investigación Centre for Policy Studies (CPS) en 1974 con el objetivo puesto, tal y como lo expresó Sherman, «en influir en la opinión general desde lo más alto». Ese mismo año, en octubre, se celebraron unas segundas elecciones, en las que Wilson logró salvar el pescuezo con una mayoría de tres escaños. A pesar de que el Partido Laborista estaba en la picota —Wilson dimitió en marzo de 1976 y fue relevado por su secretario de Asuntos Exteriores, James Callaghan—, Thatcher no era en absoluto la heredera natural de Heath y estaba muy necesitada de un cambio de imagen. Para entonces, ya era conocida en las aulas de todo el país como la «ladrona de leche», tras haber cortado el suministro gratuito de una botella de leche al día para los alumnos de las escuelas primarias, una medida que desató los titulares del periódico The Sun, donde fue señalada como la Mujer Menos Popular de Gran Bretaña.
Sin embargo, los niños eran lo de menos —aunque nunca se debe subestimar el poder de insatisfacción de los tories consigo mismos—. El jefe de campaña de Heath, Airey Neave, condecorado veterano de la Segunda Guerra Mundial y fugado de Colditz, lo instó a dimitir como primer ministro tras la pérdida de dos elecciones. Cuando Ted hizo oídos sordos, Neave convenció a sus tres mayores rivales —William Whitelaw, Edward du Cann y sir Keith Joseph— para que unieran fuerzas y se presentaran en su lugar. Su candidato predilecto, Joseph, declinó la oferta y propuso, a cambio, a su más llamativa y confiada compañera en el CPS. Neave, un hombre que también había trabajado en las entrañas de los servicios secretos durante la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en el director de campaña de Thatcher.
Con Sherman como guionista y el legendario actor Laurence Olivier como profesor de voz a través del National Theatre, el bombón de Grantham supo sacar tajada del momento. Thatcher fue elegida líder conservadora el 11 de febrero de 1975 con 146 votos, dejando atrás a su más inmediato perseguidor, William Whitelaw, con solo 79.
«Es una mujer esbelta y atractiva», dijo The Times, «de rasgos y modales ingleses por excelencia. Rostro delicado y ojos azul grisáceo, francos y avispados. Llevaba un vestido blanco y negro de tweed de Donegal y chaqueta, con las solapas y los bolsillos trenzados, botones de cuero negro y sobrios zapatos negros….».
«¡Menudo bombón!» Una se imagina al comité de 1922 babeando al unísono mientras esos zapatos se abrían paso por los pasillos del poder. «¡Aquí llega la institutriz del látigo!».
Paralelamente, en la temporada 1974-75, una nueva tienda de moda de King’s Road, la principal arteria de la moda juvenil londinense desde los Swinging Sixties, abastecía a las dominatrices. SEX, cuyo nombre estaba provocadoramente expuesto en letras rosas hinchables sobre la puerta, vendía una mezcla especializada de ropa fetichista y diseños extravagantes, camisetas con imágenes y proclamas impresas que podían hacer, como de hecho hicieron, que algunos de los clientes que las llevaban puestas terminaran detenidos. Era la invención de un exestudiante de Bellas Artes, Malcolm McLaren, a quien el periodista David Mays describió a la perfección como «un psicótico visionario de la efímera subcultura del submundo de la moda».5
McLaren deseaba dinamitar el poder establecido y difundir su influencia por todo el país tanto como Alfred Sherman. Nacido en 1945 en Stoke Newington, al norte de Londres, Malcolm tuvo una infancia de todo menos convencional, criado casi exclusivamente por su abuela hebrea, Rose Corré Isaacs. Emily, la irresponsable madre de Malcolm, endilgó a su hijos, Malcolm y Stuart, a la abuela Rose después de que el padre de los niños, un escocés llamado Peter, dejara a su familia en la estacada harto de las reiteradas infidelidades de Emily. La abuela Rose descuidó a Stuart y mimó a Malcolm, a quien permitió que durmiera en su cama y le inculcó su mantra: «Ser malo es bueno, porque ser bueno es sencillamente aburrido». Un consejo que se tomó al pie de la letra y que lo llevó a ser expulsado de la escuela y de más de media docena de las academias de arte en las que estudió. Malcolm encontró un referente imprescindible en un libro escrito por otro coetáneo de Sherman, Alexander Baron (nacido Joseph Alec Bernstein, 1917-1999). The Lowlife (1963), ambientado en las mismas calles de Stokey donde había crecido McLaren, narra la historia de Harryboy Boas, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que vive de su ingenio y de las ganancias en los canódromos, y que derrocha su fortuna en novelas francesas del siglo XIX, en vivir a lo grande y en trajes de dandi. Cuando está en la cresta de la ola, Harryboy regresa a su antigua profesión en la industria textil, donde opera una plancha Hoffman en los talleres textiles clandestinos de Whitechapel. Al igual que Sherman, dos años más joven, el autor del libro había sido un abnegado miembro del Partido Comunista durante su adolescencia y había entrado en combate durante la Segunda Guerra Mundial. Para Baron, escribir The Lowlife fue una forma de asimilar la guerra y el Holocausto. Es posible que todo ello le pasara por alto a McLaren, que utilizaría la esvástica en sus futuros diseños y rebautizaría SEX como «Seditionaries» tras inspirarse en las fotografías del bombardeo de Dresde de 1945.
Sea como fuere, McLaren descubrió su ideología política en el Instituto Croydon de Bellas Artes durante el incendiario año 1968: la Internacional Situacionista, el movimiento contracultural crítico, anticapitalista y antiautoritario cofundado por el filósofo francés Guy Debord, que también rechazaba el pensamiento marxista clásico. Inspirado por los disturbios de los estudiantes parisinos, y con la ayuda de Jamie Reid (1947-2023), su futuro colaborador creativo (el hombre que atravesaría la nariz de la reina de Inglaterra con un imperdible), Malcolm orquestó su propia sentada y disfrutó de un breve curso de iniciación a la mala fama en la prensa local. En respuesta, la cúpula directiva del Croydon College intentó ingresarlo en un frenopático.
McLaren encontró su propia versión de la hija del verdulero en una chica de Tintwistle, en Peak District, llamada Vivienne Isabel Westwood (1941-2022): una exprofesora que, cuando la pareja se conoció en 1971, solo contaba con una formación elemental en orfebrería y que luego aprendió costura y diseño de patrones por insistencia de Malcolm. Sin embargo, Vivienne poseía ya el talento creativo necesario para plasmar sus ideas y eslóganes en prendas duraderas, y producía confecciones incendiarias desde su campamento base en el 430 de King’s Road, en el barrio de World’s End, en Chelsea.
Cuando la pareja acudió por primera vez, la tienda se llamaba Paradise Garage, y era una imitación de una cabaña surfista de los años cincuenta con una entrada de bambú y una gramola de época. El propietario, Trevor Myles, les subarrendó un espacio para que vendieran discos de rock y complementos. (El entusiasmo de Mclaren por los situacionistas solo era igualado, si no superado, por su admiración por el promotor del beat británico Larry «Beat Svengali» Parnes, el hombre que descubrió a Billy Fury y Marty Wilde). Cuando Myles dejó Gran Bretaña a finales de 1971, McLaren asumió el alquiler y convirtió la tienda en Let It Rock, un imperio Teddy Boy. El interior recordaba a una fachada modernista, con pósteres de películas y espejos en forma de guitarra. Como no podía ser de otra manera, la gramola se quedó donde estaba.
Y en idéntico lugar seguía estando cuando el negocio pasó a llamarse Too Fast to Live, Too Young to Die6, en 1973. La tienda se surtía de la cultura juvenil outsider de Estados Unidos —chaquetas de cuero moteras y trajes zoot—, además de las minifaldas de cuero y los suéteres de angora que Westwood se encargaba de customizar, y para cuya producción subcontrataba a amas de casa en Bromley. Cada semana, Vivienne recogía las prendas en Victoria Station y las transportaba hasta la tienda en bolsas de basura. Hasta entonces, ningún hipster de King’s Road había gestionado su negocio de esta manera.
La bandera con la calavera y los huesos cruzados que colgaba de la esquina del World’s End atrajo a toda una generación de insatisfechos e inadaptados. Algunos se convertirían en las mayores estrellas del pop de los años ochenta, como Adam Ant, su guitarrista Marco Pirroni y una tal Susan Janet Ballion, también oriunda de Bromley, aunque no reputada costurera, que se transformaría en Siouxsie Sioux. Igual de importantes para definir el lugar en la historia de McLaren resultaron Steve Jones y Paul Cook, una pareja de depravados adolescentes que habían montado una banda y se presentaron ante Malcolm en busca de asesoramiento.
Los Sex Pistols nacieron del deseo de McLaren de vender ropa y convertirse en el nuevo Larry Parnes, y su nombre quedó para siempre ligado a la siguiente y definitiva identidad de la tienda. Una vez que reunió a la formación perfecta —puso al bajo al chico que trabajaba los sábados, Glen Matlock, y de cantante a un cliente habitual que personalizaba su propia ropa llamado Johnny Rotten (cuyo nombre real era John Joseph Lydon)—, McLaren vistió al grupo con camisetas que fusionaban su filosofía favorita con la pornografía. Haciendo lo imposible por fomentar la perversión y la laxitud moral, estas camisetas mostraban un catálogo de diseños que incluían pechos descubiertos, dos cowboys muy bien dotados que iban desnudos de cintura para abajo, y hasta la estampa de la máscara de un terrorífico delincuente en la vida real, el violador de Cambridge7, que no solo seguía en busca y captura, sino que, como sospechaban Jordan y Michael Collins, los gerentes de SEX, era uno de sus clientes.
Durante los asaltos a las estudiantes en el campus universitario, este maniaco lucía un pasamontañas sadomasoquista de cuero con cierre de cremallera en la boca, en el que había dibujado un par de ojos y escrito «VIOLADOR». Lo primero que hizo Malcolm al advertir el estrés de sus encargados porque el violador hubiese podido adquirir la prenda en la tienda no fue precisamente informar inmediatamente a la Policía, sino plasmar esta potencial asociación en una camiseta que pudiera venderse.
De todos modos, los hombres de azul no tardarían en dar con McLaren; otro exempleado de SEX, Alan Jones, fue detenido en Piccadilly Circus por llevar la camiseta de los cowboys homosexuales en agosto de 1975. McLaren y su tienda fueron procesados por un delito de obscenidad. Lejos de inmutarse, Malcolm y Vivienne procedieron a diseñar la camiseta Destroy, en la que aparecían textos de Karl Marx junto a esvásticas, mientras los Pistols desataban la indignación nacional tras su intervención en el programa de televisión Today, emitido por Thames Television, en que profirieron improperios a diestro y siniestro junto a su borracho presentador, Bill Grundy. No tardaron en llegar los singles del jubileo de plata con el gancho de la reina Isabel II (aderezados con el diseño iconoclasta de Jamie Reid), las redadas policiales en las travesías en barco por el Támesis, las numerosas estafas del rock and roll8 y el reemplazo de Glen Matlock por un fanfarrón Sid Vicious —un amigo íntimo de Rotten a quien, según Vivienne, McLaren tendría que haber elegido como cantante desde un principio—.
Para cuando Margaret Thatcher fue elegida, el infierno de la efímera existencia de los Pistols se había propagado como la pólvora en el imaginario de los chavales de todo el país, que sintieron la necesidad de agarrar el primer instrumento que tuvieran a mano y ponerse a tocar. De manera decisiva para el relato que nos ocupa, las bandas fundacionales del rock gótico le debían su mismísima existencia a la visión de Malcolm. El líder de Magazine, Howard Devoto, formó su primer grupo, Buzzcocks, junto a Pete Shelley, su compañero del Instituto de Tecnología de Bolton, después de que ambos condujeran hasta High Wycombe para ver a los Sex Pistols en directo el 19 de febrero de 1976. Tras charlar con Malcolm al finalizar el concierto, decidieron llevar a los Pistols a Manchester, y organizaron un bolo en el Lesser Free Trade Hall el 4 de junio. Entre el público estaban los futuros miembros de Joy Division —que también acudieron al siguiente concierto de los Pistols en la ciudad el 20 de julio, donde debutaron Buzzcocks—, que en un abrir y cerrar de ojos decidieron que ellos también podían hacer algo parecido.
Dos meses exactos después, la veterana del programa de Bill Grundy Siouxsie (la «Punk Shocker9», según el titular del Daily Mirror que la catapultó a la fama) formó a los primeros Banshees para actuar en el Punk Rock Festival en el 100 Club, otra creación de McLaren. Su novio de entonces, Steve Severin (nacido Steve Bailey), agarró el mismo bajo que había empezado a tocar hacía veinticuatro horas, mientras que Marco Pirroni, otro cliente de SEX y músico veterano en comparación con Severin, estaba a la guitarra. La batería quedó en manos de Sid Vicious. «Dijo que no tenía la más somera idea de cómo tocarla», recordaría más adelante Severin. «Para nosotros sonaba absolutamente increíble». Su actuación consistió en una versión de veinte minutos del padrenuestro.
Junto a todos estos advenedizos musicales creció también una vibrante red de sellos discográficos independientes, redactores de fanzines, fotógrafos, diseñadores de moda, artistas gráficos y estrambóticos peluqueros. Como maestros de ceremonias de una especie de Escuela Abierta de Arte, Malcolm y Vivienne ofrecieron a sus estudiantes —que tal vez no hubiesen pasado el examen de acceso al instituto— una alternativa a los trabajos sin salida que, de otro modo, habrían tenido que aceptar.
Sin embargo, en mitad del desolador Invierno del Descontento, las llamas se cernían sobre McLaren. La irrupción de Vicious en los Pistols aceleró la desintegración de la banda, en gran medida debido a su atracción fatal por la estadounidense Nancy Spungen y su droga favorita, la heroína, que lo distanció de todos sus íntimos. La vida en Londres era cada vez más insoportable para la joven pareja, que se trasladó a Nueva York en agosto de 1978. Nancy había planeado convertirse en la mánager de Sid en su tierra natal; sin embargo, el 12 de octubre, al cabo de solo tres meses, murió apuñalada en la habitación del hotel Chelsea que compartía con Vicious, con un cuchillo que ella misma había regalado a su amado. Sid fue detenido en la escena del crimen tras confesar el asesinato y fue encarcelado en la prisión de máxima seguridad de Rikers Island. Malcolm consiguió reunir la suma de la fianza y ponerlo en tratamiento en el hospital psiquiátrico de Bellevue. Sin embargo, no logró impedir que la madre de Sid, Anne Beverley, tomara un avión para visitar a su hijo y le suministrara las drogas que provocarían su muerte el 2 de febrero de 1979.
Sid sentó las bases para la década venidera tras cosechar un hit de ultratumba. Publicado a toda prisa por Virgin Records solo una semana después de que la suma de la fianza cayera en saco roto, «Something Else» era un tema originalmente grabado por el rockero Eddie Cochran, que tenía solo un año más que Sid cuando murió en un accidente de circulación mientras viajaba como cabeza de cartel de una gira organizada por Larry Parnes en 1960. El disco de los Pistols vendió el doble de copias de las que había vendido «God Save the Queen» cuando fue número uno en plena celebración del jubileo de plata de su majestad la reina de 1977.
El 28 de marzo de 1979, el Partido Laborista de James Callaghan perdió una moción de censura en la Cámara de los Comunes. Dos días después, Airey Neave —quien había sido recompensado por su entrega a Margaret Thatcher con el puesto de portavoz del Partido Conservador en Irlanda del Norte— voló por los aires tras la explosión de una bomba del Ejército Irlandés del Liberación Nacional (INLA) colocada en su Vauxhall Cavalier en el aparcamiento subterráneo reservado a los diputados frente al palacio de Westminster.
Asesinatos, magia y un envilecido clima paranormal: temporada de brujas tenía que ser.
«Donde haya tinieblas….»10. Margaret Thatcher se mudó al número 10 de Downing Street el 4 de mayo de 1979 con la oración de San Francisco de Asís estampada en los labios. Uno de los votantes convencidos de que la conservadora había llegado para instaurar la esperanza era Ian Curtis, el entonces cantante de veintidós años de Joy Division, que acababa de ser padre de una niña llamada Natalie y era el carismático centro de atención «del culto sin nombre», que era como los nigromantes de la prensa musical semanal habían bautizado a los incondicionales de la banda. Más que ningún otro protagonista de este capítulo, la música que Joy Division compuso durante su breve trayectoria concentra el descontento del que hablaba Thatcher, mientras los desilusionados supervivientes de los baldados, denigrados, sucios y viejos años setenta se deshacían de los andrajosos vestigios del consenso de posguerra y proyectaban toda su fe en ella y en la radiante nueva década que estaba al caer.
Curtis bien podría ser el único votante de Thatcher en todo este libro; y lo que es peor: no solo le brindó su papeleta, sino que convenció a su esposa Deborah de que hiciera lo propio para no «anular su voto». Él es, sin lugar a dudas, la única persona que sigue siendo reverenciada como un héroe por todos los que no votaron a Thatcher, lo que atestigua la contradicción que latía en las entrañas de tan carismático y controvertido joven. Ian Curtis se las vio y deseó para contener sus muchas e imposibles identidades, y terminaría poniendo fin a su vida brutalmente en poco más de un año.
Aunque entonces su futuro inmediato parecía señalar que lo tenía todo perfectamente bajo control. Joy Division habían comenzado a hacerse notar obstinadamente desde el 20 de julio de 1976, cuando Ian, el guitarrista Bernard Sumner y el bajista Peter Hook asistieron al segundo concierto de los Sex Pistols en el Lesser Free Trade Hall, organizado por Pete Shelley y Howard Devoto. Tras montar una banda a la que llamaron Warsaw, con Terry Mason como primer batería, su primera actuación despertó el interés de un joven periodista musical, Paul Morley, quien se encargaría de proyectarlos hasta el gran público a través de las páginas de New Musical Express (NME). Cuando Mason fue reemplazado por Stephen Morris, cambiaron su nombre por Joy Division y se autofinanciaron el primer EP, An Ideal for Living, que grabaron en los estudios Pennine Sound, en Oldham, Lancashire, en diciembre de 1977.
Con el artefacto bajo el brazo, Ian Curtis aprovechó el «Battle of the Bands» —el concurso organizado por los sellos de música punk Stiff y Chiswick que tuvo lugar en la discoteca Rafters de Manchester— para conocer a Tony Wilson, la estrella de la televisión local, cuyo programa ocupaba la sección musical del espacio vespertino Granada Reports, el escenario donde todas las nuevas bandas de Manchester suspiraban por tocar. Ian se mostró de todo menos tímido al reivindicarse frente a Wilson.
«Jodido cabronazo, ¿por qué coño no nos has programado todavía?», inquirió.
A Wilson le hizo gracia la afrenta y recompensó a la banda con un momento televisivo para la posteridad cuando Joy Division interpretó la escueta y siniestra «Shadowplay». La batería motorik de Morris, el bajo a propulsión de Hook y la laminada y metálica guitarra de Sumner encajaron como un guante con el metraje de un desolado paisaje urbano extraído de un reportaje dedicado a la CIA emitido por el programa World in Action y proyectado de fondo durante el directo. Con un escalofriante chorro de voz abaritonado, Curtis declamó sus letras como mantras, «to the centre of the city where all roads meet, waiting for you»11, con los ojos como platos clavados en la cámara, mientras su cuerpo largo y delgado se contorsionaba como si estuviese recibiendo descargas eléctricas.
Al poco tiempo, un arrebatadamente enamorado Tony Wilson invertiría su herencia familiar en fundar Factory Records, una fábrica de canciones que operaba desde el norte desafiando a la industria musical centralizada en Londres. El nombre podía leerse como una reverencia al pasado industrial de Manchester o como un guiño al estudio neoyorquino de Andy Warhol, pues tanto los diseños y la peculiar catalogación de sus numerosos lanzamientos —desde discos a entradas de conciertos, pasando incluso por los gatos de la oficina— estaban impregnados del insobornable estilo del rey del arte pop; o, incluso, podría ser una alusión al término coloquial empleado en la época para describir las comisarías de Policía, que ya entonces sonaba en boca de Jack Regan y George Carter en la serie televisiva The Sweeney (ITV). Wilson fichó a Joy Division y los despachó a los Strawberry Studios, en Stockport, donde quedaron en manos de Martin Hannett, aka Martin Zero. No solo era el veterano productor y psiconauta que había producido el EP de debut de Buzzcocks, Spiral Scratch, sino también el compositor fantasma de The Invisible Girls, el grupo surgido del propio estudio para orquestar las grabaciones del inmisericorde bardo de Salford, John Cooper Clarke, de quien también era mánager.
La banda de Curtis tenía sus dudas respecto a este salvaje y desgreñado colgado del ácido, pero Hannett transformó el sonido que habían estado puliendo en sus furibundos directos. El productor recurrió a medios poco convencionales y tecnología de última generación para modelar las canciones de Joy Division hasta convertirlas en «hologramas sónicos», como le gustaba llamarlas; canciones que, según contaba, le provocaban la misma sensación que contemplar «espacios públicos desiertos, edificios de oficinas vacíos»… Una banda sonora épica de la desolación. Al igual que sucedía en el taller radiofónico de la BBC12, Hannett grabó además efectos para fundirlos en sus mezclas, como el sonido de un ascensor antiguo en «Insight» o el de cristales rotos en «I Remember Nothing». Hannett también torturó a diario a Stephen Morris, al que hizo tocar cada tambor de su batería por separado para «limpiar» su sonido, y se recreó en poner el aire acondicionado del estudio al máximo para evitar que los miembros del grupo se enzarzaran en interminables discusiones.
Unknown Pleasures, el álbum de debut de Joy Division, salió a la luz el 15 de junio de 1979. Sus glaciales panoramas sonoros, la transcripción psicogeográfica del paisaje brutalista donde fue concebido y su perturbadora orquestación de la miseria personal y política destilaron el Invierno del Descontento en una rodaja de vinilo negro. El álbum no incluía ninguna fotografía del grupo y apenas ninguna información; en su lugar, el diseño de portada de Peter Saville mostraba la imagen de un púlsar: el gráfico de las emisiones de un sol moribundo.
El disco fue aclamado por las tres voces más influyentes de la prensa musical semanal británica —cuya lectura combinada equivalía a más de dos millones de lectores— como el lanzamiento más significativo desde la publicación del Never Mind the Bollocks de los Sex Pistols. Los críticos quedaron maravillados con la agudeza con que la banda radiografió el malestar generacional. «Explorad estos espacios confinados, las entrañas de estas jaulas, el perímetro de la demencia», escribió Max Bell en NME. «Hacen que te imagines pasillos interminables donde las puertas chirrían al ser abiertas y cerradas en una carrera de obstáculos emocionales infinita», remató. Por su parte, el crítico de Sounds Dave McCullough reseñó el disco como un pastiche de horror gótico sobre un joven asesino llamado Andrew, que percibe su vida entera reflejada en sus surcos hasta que finalmente se degüella «extasiado» al ritmo de «She’s Lost Control». Mary Harron, la crítica del Melody Maker, abundó en esta misma línea: «Los relatos góticos del siglo XIX acudieron a los castillos en ruinas y a los vampiros como símbolos de los vagos horrores del subconsciente. Joy Division son góticos del siglo XX, y su retablo de asesinos, enclaustramiento y persecución se inspira en la pesadilla moderna». Unknown Pleasures es un álbum que suena como si hubiese sido grabado íntegramente de noche, en el sepulcral claustro de una fábrica abandonada que ha caído en irreparable desuso, un recinto cuajado de sonidos metálicos y goteantes e infestado de alimañas.
Lo que ningún crítico podría haber sabido es que, durante la composición y grabación de estas canciones, Curtis padeció una serie de traumáticos episodios que le cambiaron la vida. El 27 de diciembre de 1978, mientras Deborah, su esposa, lo esperaba en casa en avanzado estado de gestación, Ian sufrió su primera crisis epiléptica cuando regresaba de un concierto en Londres. A partir de entonces, la violencia se intensificó, y mientras esperaba que lo viera un especialista, le recetaron una serie de fármacos psiquiátricos que tuvieron un efecto devastador en su salud física y mental.
Hacía solo un año, cuando trabajaba como asistente social para el reasentamiento de discapacitados en la oficina de empleo de Macclesfield, había recibido formación especial para identificar los síntomas de la epilepsia y brindar apoyo a los diagnosticados. Curtis hizo especiales migas con una paciente en particular, una joven que acudía al centro de día donde trabajaba el cantante. Las conversaciones que mantuvieron y el trauma que le ocasionó su repentina muerte a causa de un brote epiléptico quedaron plasmados en la letra de «She’s Lost Control» —«And she turned around and took me by the hand and said, “I’ve lost control again”»13—, que, como bien señaló Mary Harron en su crítica para Melody Maker, «contiene la misteriosa sensación de ternura y pérdida que se percibe en los sueños».
