Teorías cínicas - Helen Pluckrose - E-Book

Teorías cínicas E-Book

Helen Pluckrose

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Beschreibung

¿Ha oído que el lenguaje es violencia y que la ciencia es sexista, o que estar obeso es saludable, o que no existe el sexo biológico, o que solo las personas blancas pueden ser racistas? ¿Se pregunta cómo esas ideas han conseguido tan rápidamente poner en entredicho la propia lógica de la sociedad occidental? El presente libro, traducido a más de quince lenguas, documenta la evolución del dogma que subyace a esos postulados, desde sus orígenes en el posmodernismo francés. Hoy, este dogma es reconocible tanto por sus efectos -la cultura de la cancelación y las campañas de acoso en redes sociales- como por sus axiomas, que con demasiada frecuencia son considerados indiscutibles por los medios de comunicación. Helen Pluckrose y James Lindsay desmontan este entramado teórico que sustenta el activismo radical, cuya deriva autoritaria representa una amenaza no solo para la democracia liberal, sino también para la modernidad misma.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Helen Pluckrose y James Lindsay

TEORÍAS CÍNICAS

CÓMO EL ACTIVISMO ACADÉMICO HIZO QUE TODO GIRARA EN TORNO A LA RAZA, EL GÉNERO Y LA IDENTIDAD… Y POR QUÉ ESTO NOS PERJUDICA A TODOS

Traducción de Alejandra Freund

A mi marido, David, que hace que todo sea posible, y a mi hija, Lucy, que no quiere volver a oír hablar de posmodernismo nunca más.Mi trabajo aquí está hecho.

Y a mi esposa, Heather, que lo único que quería era una vida sencilla, y no haberse enterado nunca de que nada de esto existe.

ÍNDICE

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

1. POSMODERNISMO

Una revolución del conocimiento y el poder

2. EL GIRO POSMODERNO APLICADO

Haciendo real la opresión

3. TEORÍA POSCOLONIAL

Deconstruir Occidente para salvar al Otro

4. TEORÍA QUEER

Liberarse de lo normal

5. TEORÍA CRÍTICA DE LA RAZA E INTERSECCIONALIDAD

Acabar con el racismo a base de verlo en todas partes

6. FEMINISMOS Y ESTUDIOS DE GÉNERO

Simplificación y sofisticación

7. ESTUDIOS DE LA DISCAPACIDAD Y DE LA GORDURA

Teoría identitaria del grupo de apoyo

8. ESTUDIOS Y PENSAMIENTO DE LA JUSTICIA SOCIAL

La Verdad Según la Justicia Social

9. LA JUSTICIA SOCIAL EN ACCIÓN

La Teoría siempre pinta bien en teoría

10. UNA ALTERNATIVA A LA IDEOLOGÍA DE LA JUSTICIA SOCIAL

Liberalismo sin políticas identitarias

BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA

CRÉDITOS

AGRADECIMIENTOS

Debemos nuestra gratitud a muchas personas por haber hecho que esta obra fuera posible, accesible y clara, y la lista es mucho más larga de lo que nos podemos extender aquí. Mención especial merece Mike Nayna, el sufrido editor de varios primeros borradores de este libro y nuestro principal asesor sobre cómo llegar a los no especialistas. Esperamos haberle echado suficientes ovarios para su satisfacción (bueno, Jim no, pero vamos). Gracias a Peter Boghossian por su apoyo y consejo editorial y por apremiarnos constantemente para que dedicáramos menos tiempo a debatir los argumentos en Twitter y más a escribir el libro. Especial reconocimiento merece Jonathan Church por las productivas conversaciones sobre la obra de DiAngelo, la fragilidad blanca y su identificación de la falacia de la reificación que nos ayudó a dar forma al tercer estadio del pensamiento posmoderno. Estamos endeudados con Alan Sokal por su atenta lectura de nuestro manuscrito y sus numerosas y útiles sugerencias de aclaraciones, matices y añadidos que mejoraron considerablemente el texto. Estamos agradecidos sobre todo a nuestra editora, Iona Italia, por su inmejorable manejo del lenguaje, y a todos aquellos que nos hicieron críticas constructivas, entre ellos Gauri Hopkins, Dayne y Clyde Rathbone, Heather Heying y Bret Weinstein.

INTRODUCCIÓN

Durante el periodo moderno y particularmente en los últimos dos siglos, la mayor parte de los países occidentales alcanzaron un consenso general a favor de la filosofía política conocida como «liberalismo». Los postulados principales del liberalismo son la democracia política, las limitaciones a los poderes del gobierno, el desarrollo de los derechos humanos universales, la igualdad legal para todos los ciudadanos adultos, la libertad de expresión, el respeto por el valor de la diversidad de puntos de vista, del debate honesto y por las pruebas y la razón, la separación entre iglesia y estado y la libertad religiosa. Estos valores liberales nacieron como ideales e hicieron falta siglos de lucha contra la teocracia, el esclavismo, el patriarcado, el colonialismo, el fascismo y otras muchas formas de discriminación para honrarlos como hacemos hoy en día, aunque todavía de manera imperfecta. Pero la lucha por la justicia social siempre ha sido más fuerte cuando se ha declarado universalmente del lado de los valores liberales, insistiendo en aplicarlos a todos los individuos, no solo a los hombres blancos adinerados. Hay que aclarar que la postura general filosófica que denominamos «liberalismo» es compatible con un amplio abanico de opiniones políticas, económicas y sociales, incluyendo tanto lo que los estadounidenses llaman «liberal» (y los europeos «socialdemócrata») como formas moderadas de lo que habitantes de todos los países denominan «conservador». Este liberalismo filosófico se opone a los movimientos autoritarios de cualquier índole, sean de izquierdas o de derechas, seculares o teocráticos. Por tanto, la mejor manera de concebir el liberalismo es como un denominador común que proporciona un marco para la resolución de conflictos y en el que personas con diversas opiniones políticas, económicas y sociales pueden debatir racionalmente las opciones de la política pública.

No obstante, hemos llegado a un punto en la historia en el que las ideas que sustentaban el liberalismo y la modernidad, es decir, la base de la civilización occidental, se encuentran en grave peligro. La naturaleza exacta de esta amenaza es complicada, pues proviene de al menos dos presiones aplastantes, una revolucionaria y la otra reaccionaria, que están en guerra entre ellas para decidir la dirección anti-liberal que arrastrará nuestra sociedad. Por todo el mundo están apareciendo cada vez más movimientos populistas de extrema derecha que dicen ser la última desesperada línea de defensa del liberalismo y la democracia contra una creciente marea de progresismo y globalismo. Apoyan a líderes dictatoriales y caudillos capaces de mantener y preservar la soberanía y los valores «occidentales». Mientras tanto, los activistas progresistas de extrema izquierda se consideran los únicos y más virtuosos defensores del progreso social y moral sin el cual la democracia carece de sentido y contenido. Estos, nuestra izquierda más extrema, no solo promueven su causa con objetivos revolucionarios que abiertamente rechazan el liberalismo por tratarlo como forma de opresión, sino que también utilizan medios cada vez más autoritarios para intentar establecer una ideología completamente fundamentalista y dogmática con la que organizar la sociedad. En esta batalla, cada bando ve al otro como una amenaza existencial, impulsándose así mutuamente a mayores extremos. Esta guerra cultural se ha vuelto tan intensa que desde comienzos del siglo XXI ya define la vida política —y, cada vez más, la vida social.

Aunque el problema de la derecha es grave y merece su propio análisis cuidadoso, nosotros nos hemos especializado en el problema de la izquierda. En parte porque creemos que, si bien ambos lados están llevándose mutuamente a la locura y a una mayor radicalización, el problema de la izquierda representa un abandono de su postura histórica de razón y fuerza, el liberalismo. Este liberalismo es esencial para mantener nuestras democracias seculares y liberales. Como ya hemos escrito anteriormente, la raíz del problema es que

La izquierda progresista no se ha puesto del lado de la modernidad, sino de la posmodernidad, que rechaza la verdad objetiva como una fantasía de pensadores ilustrados ingenuos y/o llenos de arrogantes prejuicios que subestimaron las consecuencias colaterales del avance de la Modernidad01.

Este es el problema que hemos investigado y que esperamos poder explicar en este libro: el problema del posmodernismo, no solo tal y como surgió en la década de los sesenta sino también su desarrollo durante el siguiente medio siglo. Dependiendo del punto de vista que uno tenga, el posmodernismo se ha convertido o ha dado lugar a una de las ideologías menos tolerantes y más autoritarias a las que se ha tenido que enfrentar el mundo desde el declive general del comunismo y el colapso de la supremacía blanca y el colonialismo. El posmodernismo se desarrolló en los márgenes relativamente recónditos de las instituciones académicas como reacción intelectual y cultural a estos cambios, y desde la década de 1960 se ha extendido a otros ámbitos del mundo académico, al activismo, las burocracias y hasta al núcleo de la educación primaria, secundaria y superior. Desde aquí, ha comenzado a infiltrarse en la sociedad en general hasta el punto de que tanto el posmodernismo como las reacciones en contra —las razonables al igual que las reaccionarias— han acabado dominando nuestro paisaje sociopolítico a medida que nos vamos acercando con cada vez más dificultad a la tercera década del nuevo milenio.

Teóricamente, este movimiento persigue y recibe su nombre de su objetivo más general llamado «justicia social», un término que data de hace casi doscientos años. El concepto, acuñado por diferentes pensadores en distintas épocas, ha adoptado varios significados, que en alguna medida buscan llamar la atención sobre las desigualdades sociales para corregirlas, especialmente en temas de clase, raza, género, sexo y sexualidad, sobre todo cuando estas se hallan fuera del alcance de la justicia legal. La obra más famosa seguramente fue la del filósofo liberal progresista John Rawls, quien escribió extensamente sobre las condiciones bajo las que debe organizarse una sociedad socialmente justa. En ella, lanzó un experimento mental universalista en el cual una sociedad socialmente justa sería aquella en la que, si un individuo tuviera la opción de elegir nacer en cualquier entorno social o grupo identitario, los valoraría a todos igual02. Desde mediados del siglo XX también se ha promovido otro planteamiento para lograr la justicia social, uno abiertamente anti-liberal y anti-universal, basado en la teoría crítica. Una teoría crítica tiene como objetivo principal destapar los prejuicios ocultos y las presunciones no analizadas, revelando lo que tilda de «problemático»: las maneras en que la sociedad y sus sistemas fundacionales están fallando.

En cierto modo, el posmodernismo fue resultado de este planteamiento crítico y siguió su propia senda teórica durante un tiempo para después volver a ser adoptado por los activistas críticos de la justicia social durante las décadas de los ochenta y noventa (activistas que, casualmente, no suelen mencionar a John Rawls). Este movimiento denomina a su propia ideología con cierta arrogancia «Justicia Social», como si fuera el único que trabaja a favor de una sociedad justa mientras los demás defendemos algo completamente distinto. Así, se le ha acabado llamando «Movimiento de la Justicia Social» y sus críticos en redes suelen referirse a él, cada vez más, como «wokismo» (debido a su creencia de que solo sus adeptos están «despiertos» frente a la naturaleza injusta de nuestra sociedad). La Justicia Social, como nombre propio con la J y la S en mayúsculas, se refiere a una interpretación doctrinal muy específica del significado de «justicia social» y de los medios para conseguirla, mientras prescribe una estricta y reconocible ortodoxia alrededor del término. Aunque somos reacios a ceder el objetivo esencialmente liberal de la justicia social a este movimiento ideológico iliberal, es conocido por ese nombre, así que, para mayor claridad, a lo largo de este libro nos referiremos a él como «Justicia Social» con mayúsculas. Reservaremos «justicia social» en minúsculas para describir los significados más amplios y genéricos del concepto. Vamos a dejar claros nuestros propios compromisos sociales y políticos: estamos en contra de la Justicia Social en mayúsculas porque en general defendemos la justicia social en minúsculas.

Cada vez es más difícil no ver la influencia del Movimiento de la Justicia Social en nuestra sociedad —en especial en forma de «políticas identitarias» o «corrección política». Prácticamente todos los días sale una noticia de alguien que ha sido despedido, «cancelado» u objeto de humillación pública en redes sociales, muchas veces por hacer dicho o hecho algo que es interpretado como sexista, racista u homofóbico. En algunas ocasiones, las acusaciones están justificadas y podemos encontrar consuelo en que un intolerante —a quien vemos completamente opuesto a nosotros— está recibiendo la censura que «merece» por sus opiniones llenas de odio. No obstante, cada vez más la acusación es muy subjetiva y su razonamiento, tortuoso. A veces da la sensación de que cualquier persona con buenas intenciones, incluso una que defiende los valores universales de libertad e igualdad, podría decir algo sin querer que no respetara los nuevos códigos del lenguaje, con consecuencias devastadoras para su carrera y su reputación. Es un fenómeno confuso y contraintuitivo en una cultura acostumbrada a dar primacía a la dignidad humana y por tanto a valorar las interpretaciones caritativas y tolerantes de un amplio abanico de opiniones. En el mejor de los casos, esta tendencia tendrá un efecto inhibidor sobre la cultura de la libertad de expresión, que ha resultado tan beneficiosa para las democracias liberales durante más de dos siglos, pues provocará que buenas personas se autocensuren para evitar decir cosas «equivocadas». En el peor, es una perniciosa forma de acoso y —cuando se institucionaliza— una especie de autoritarismo entre nosotros.

Esto merece una explicación. De hecho, la necesita, pues los cambios, que están sucediendo con asombrosa rapidez, son muy difíciles de entender. La razón es que surgen de una visión muy concreta del mundo —una que, en cierta manera, habla su propio lenguaje. En el mundo angloparlante hablan inglés, pero usan palabras cotidianas de forma diferente al resto de nosotros. Cuando mencionan el «racismo», por ejemplo, no se están refiriendo al prejuicio basado en la raza sino más bien, como ellos lo definen, al sistema racializado que impregna todas las interacciones en la sociedad, pero que a su vez es básicamente invisible excepto para aquellos que lo experimentan o que han sido entrenados para verlo con los métodos «críticos» correctos. (Estas son las personas a las que a veces se refieren como «woke», que han despertado a esa realidad). Este uso tan preciso y técnico del término no puede sino confundir a la gente, que, en su confusión, aceptará cosas que no aceptaría si tuviera un marco de referencia común para ayudarla a comprender lo que realmente se está diciendo con esa palabra.

Los activistas académicos no solo hablan un idioma especializado —mientras utilizan palabras cotidianas que otras personas creen erróneamente que entienden—, sino que también representan una cultura muy distinta que está integrada en la nuestra. Aquellos que defienden la Justicia Social pueden hallarse cerca físicamente, pero intelectualmente están a mundos de distancia, lo cual dificulta en gran medida entenderlos y comunicarse con ellos. Están obsesionados con el poder, el lenguaje, el conocimiento y las relaciones entre ellos. Interpretan el mundo a través de una lente que detecta dinámicas de poder en cualquier interacción, declaración y artefacto cultural —incluso cuando no son obvios o siquiera reales. Es una visión del mundo que gira en torno a agravios sociales y culturales y que trata de convertir todo en una lucha política de suma cero alrededor de marcadores identitarios como la raza, el sexo, el género, la sexualidad y otros muchos. Para un extraño, esta cultura parece haberse originado en otro planeta cuyos habitantes desconocen la existencia de especies con reproducción sexual, y que interpretan todas las interacciones sociales de la manera más cínica posible. Pero, de hecho, estas descabelladas actitudes son completamente humanas. Atestiguan nuestra capacidad, demostrada ya numerosas veces, para adoptar visiones del mundo complejas, desde el animismo tribal al espiritualismo hippie pasando por las religiones globales sofisticadas, cada una de las cuales adopta su propio marco interpretativo a través del cual ve el mundo. En este caso no es más que una visión peculiar del poder y su capacidad para generar desigualdad y opresión.

Interactuar con los defensores de esta postura no solo requiere aprender su lenguaje —lo cual ya es difícil—, sino también sus costumbres y su mitología de los problemas «sistémicos» y «estructurales» inherentes en nuestra sociedad, nuestros sistemas e instituciones. Como sabe cualquier viajero experimentado, para comunicarse con una cultura completamente distinta no basta con conocer el idioma. También hay que aprender las expresiones, implicaciones, referencias culturales y la etiqueta que definen una comunicación correcta. Un mero traductor no siempre es suficiente, hace falta un intérprete en el sentido más amplio de la palabra, alguien experto en ambos conjuntos de costumbres. Esa es nuestra intención en este libro: proporcionar una guía del lenguaje y las costumbres que hoy en día se difunden bajo el apodo tan aparentemente agradable de «Justicia Social». Conocemos tanto el lenguaje como la cultura de los estudios y el activismo de la Justicia Social y queremos guiar a nuestros lectores por este mundo extraño, trazando la evolución de estas ideas desde sus orígenes hace cincuenta años hasta nuestros días.

Empezamos a finales de los años sesenta, cuando emergieron simultáneamente en varias disciplinas de las humanidades los conceptos teóricos centrados en la naturaleza del conocimiento, el poder y el lenguaje que acabaron siendo conocidos como posmodernismo. En esencia, el posmodernismo rechazaba lo que denomina metanarraciones: explicaciones amplias y cohesionadas del mundo y de la sociedad. Rechazaba el cristianismo y el marxismo. También la ciencia, la razón y los pilares de la democracia occidental tras la Ilustración. Las ideas posmodernas han dado forma a lo que desde entonces se conoce principalmente como Teoría —la entidad que, en cierto sentido, es la protagonista de este libro. En nuestra opinión, es crucial comprender el desarrollo de la Teoría desde los años sesenta hasta el presente si queremos asimilar y corregir los rápidos cambios que hemos experimentado en nuestra sociedad desde su concepción, y en especial desde el año 2010. Cabe mencionar que, a lo largo de este libro, Teoría (y palabras relacionadas, como Teórico y Teorético) con T mayúscula se referirán a las ideas de la filosofía social posmoderna.

Teorías cínicas explica cómo la Teoría se ha convertido en la principal fuerza en la guerra cultural a finales de la década de 2010, y propone una forma filosófica liberal de combatirla en el mundo académico, el activismo y en la vida cotidiana. El libro traza el desarrollo de las ramas que han ido surgiendo de la Teoría cínica posmoderna a lo largo de los últimos cincuenta años y muestra la influencia que han tenido sobre la sociedad en ejemplos que el lector reconocerá. En el capítulo 1 le guiaremos por las ideas principales de los posmodernos originales de las décadas de los sesenta y setenta y expondremos los dos principios y cuatro temas que han seguido siendo centrales en toda la Teoría posterior. El capítulo 2 explicará cómo esas ideas han mutado y se han solidificado y cómo fueron aplicadas a la política en unas nuevas Teorías que emergieron a finales de los ochenta y en los noventa. Nos referiremos a esto como posmodernismo aplicado. Los capítulos 3 a 6 analizarán con más detalle cada una de estas: Teoría poscolonial, Teoría queer, Teoría crítica de la raza y feminismo interseccional. El capítulo 7 está dedicado a los recién llegados estudios de la discapacidad y la gordura, inspirados en todas esas Teorías.

En el capítulo 8 exploraremos la segunda evolución de estas ideas posmodernas, que empezó alrededor del año 2010 y promulgó la verdad absoluta de los principios y temas posmodernos. Llamaremos a este planteamiento posmodernismo reificado, pues parte de que los supuestos posmodernos son verdades reales y objetivas: La Verdad Según la Justicia Social. Este cambio tuvo lugar cuando los académicos y activistas combinaron las Teorías y Estudios existentes en una metodología simple y dogmática conocida como «estudios de la Justicia Social».

Este libro pretende contar la historia de cómo el posmodernismo utilizó sus Teorías cínicas para deconstruir lo que podríamos llamar «las viejas religiones» del pensamiento humano —que incluyen las fes religiosas convencionales como el cristianismo y las ideologías seculares como el marxismo, así como sistemas modernos cohesionados como la ciencia, el liberalismo filosófico y el «progreso»— y las reemplazó con una nueva religión hecha a su medida llamada «Justicia Social». También es la historia de cómo el pesimismo encontró una nueva confianza que después creció hasta convertirse en una convicción firme parecida a la observancia religiosa. La fe que surgió es completamente posmoderna, lo cual quiere decir que, en lugar de interpretar el mundo según sutiles fuerzas espirituales como el pecado y la magia, observa sutiles fuerzas materiales, como el prejuicio sistémico, y difusos pero omnipresentes sistemas de poder y privilegio.

Aunque esta nueva convicción ha provocado problemas significativos, es útil que la Teoría cada vez tenga más confianza en sus creencias y objetivos y los explique con mayor claridad. Facilita a los liberales —de izquierda, derecha o del centro político— identificarlos y combatirlos. Por otro lado, esta evolución es alarmante, pues ha convertido a la Teoría en algo mucho más accesible y aplicable para aquellos creyentes que quieren reestructurar la sociedad. Podemos ver el impacto que tienen sobre el mundo en sus ataques a la ciencia y la razón. También es evidente en su descripción simplista de la sociedad, que estaría dividida en identidades dominantes y marginadas, y sustentada en sistemas invisibles de supremacía blanca, patriarcado, heteronormatividad, cisnormatividad, capacitismo y discriminación contra la gordura. Nos enfrentamos al continuo desmantelamiento de categorías como conocimiento y creencia, razón y emoción, y hombres y mujeres, y con una presión creciente para censurar nuestro lenguaje de acuerdo con La Verdad según la Justicia Social. Observamos el relativismo radical en forma de dobles raseros, como en las afirmaciones de que solo los hombres pueden ser sexistas y solo los blancos racistas, y en el rechazo absoluto de los principios coherentes de la no discriminación. Frente a estas políticas identitarias divisivas y restrictivas, cada vez es más difícil e incluso peligroso defender que las personas merecen ser tratadas como individuos o exhortar a reconocer nuestra humanidad común.

Aunque muchos de nosotros ya reconocemos estos problemas e intuitivamente pensamos que este tipo de ideas son poco razonables y nada liberales, puede ser difícil articular una respuesta contra ellas, puesto que las objeciones al irracionalismo y al iliberalismo suelen malentenderse o tergiversarse como ataques a la verdadera justicia social: una filosofía legítima que defiende una sociedad más justa, lo cual disuade a muchas personas bienintencionadas de intentarlo siquiera. Además del peligro que conlleva criticar los métodos del Movimiento por la Justicia Social —ser considerado enemigo de la justicia social—, hay otros dos grandes obstáculos a la hora de hacerles frente. Primero, los valores sobre los que se basa la Justicia Social son tan contraintuitivos que resultan difíciles de comprender. Segundo, pocos de nosotros hemos tenido que defender alguna vez la ética, la razón y la evidencia universalmente liberales contra aquellos que dicen apoyar la justicia social. Hasta hace poco, siempre se ha considerado que eran las mejores formas de trabajar en pro de la justicia social. Por tanto, tras explicar los principios fundamentales de la Teoría de la Justicia Social, pasaremos a analizar cómo reconocerlos y combatirlos. En el capítulo 9 veremos las formas en que estas ideas han sobrepasado los ámbitos académicos y están afectando al mundo real. Por último, el capítulo 10 expondrá que debemos luchar contra estas ideas a través de un compromiso general claramente articulado con los principios universalmente liberales y los conocimientos rigurosos basados en datos que definen la modernidad. Con un poco de suerte, los dos últimos capítulos nos enseñarán a escribir el último capítulo en la historia de la Teoría —esperemos que sea un final discreto e ignominioso.

Por tanto, hemos escrito este libro para cualquier persona que no tenga conocimientos especializados en este tipo de ideas, pero que vea su influencia en la sociedad y quiera comprender su funcionamiento. Es para el liberal que valora una sociedad justa, pero que no puede evitar darse cuenta de que el movimiento de la Justicia Social no parece propiciarla y quiere ser capaz de dar una respuesta liberal con coherencia e integridad. Teorías cínicas es para cualquiera, de cualquier parte del espectro político, que crea en el libre mercado de ideas como una forma de examinar y desafiar las ideas y de mejorar la sociedad y quiera ser capaz de debatir las proposiciones de la Justicia Social como realmente son.

No es un libro que busque debilitar el feminismo liberal, el activismo contra el racismo o las campañas por la igualdad LGBT. Al contrario, Teorías cínicas nace de nuestro compromiso con la igualdad de género, racial y del colectivo LGBT y de nuestra preocupación porque los planteamientos de la Justicia Social están rebajando de forma alarmante su validez e importancia. Este libro tampoco pretende atacar la cultura académica ni la universidad en general. Al contrario, queremos defender conocimientos rigurosos basados en datos y la función esencial de la universidad como centro de producción de conocimiento contra las corrientes de la izquierda anti-empíricas, anti-racionales e iliberales que amenazan con otorgar el poder a las corrientes anti-intelectuales, anti-igualitarias e iliberales de la derecha.

Este libro, por tanto, quiere plantear una crítica filosóficamente liberal contra los estudios y el activismo de la Justicia Social y sostiene que este activismo académico no promueve los objetivos de la justicia social y de la igualdad. Habrá quienes dentro de los ámbitos que criticamos que reaccionarán con desprecio y dirán que en realidad somos conservadores reaccionarios opuestos a los estudios de la injusticia social que experimentan las personas marginalizadas. Esta interpretación de nuestras motivaciones no sobrevivirá a una lectura honesta del libro. Otros académicos en esos campos aceptarán nuestra postura liberal, empírica y racional, pero la rechazarán como una fantasía modernista que da prioridad a los constructos de conocimiento blancos, masculinos, occidentales y heterosexuales y que mantiene un statu quo injusto, realizando intentos inadecuados de mejorar nuestra sociedad progresivamente. Nos dirán que «las herramientas del señor nunca desmontarán la casa del señor»03. A ellos les reconocemos que nos interesa mucho menos desmontar las sociedades liberales y los conceptos empíricos y racionales del conocimiento y mucho más continuar los avances en justicia social que han generado. La casa está en perfectas condiciones y el problema ha sido que su acceso ha sido limitado. El liberalismo mejora el acceso a una estructura sólida que protege y empodera a todos. Lograr un acceso igualitario a escombros no es un objetivo que merezca la pena. Después habrá algunos académicos de estas disciplinas para quienes nuestras críticas a los estudios de la Justicia Social estarán fundamentadas y debatirán con nosotros de buena fe sobre ellas. Estas son las interacciones que esperamos tener y que nos pueden devolver al camino de las conversaciones productivas e ideológicamente diversas sobre justicia social.

01 James Lindsay y Helen Pluckrose, «A Manifesto against the Enemies of Modernity», Areo Magazine, 22 de agosto de 2017, areomagazine.com/2017/08/22/a-manifesto-against-the-enemies-of-modernity/.

02 John Rawls, A Theory of Justice. (Oxford: Oxford University Press, 1999). [Ed. española: Teoría de la justicia (Madrid: Fondo de Cultura Económica de España, 1999)].

03 Audre Lorde, Sister Outsider: Essays and Speeches (Berkeley, CA: Crossing Press, 2007), 110-114.

1

POSMODERNISMO

Una revolución del conocimiento y el poder

En la década de los sesenta tuvo lugar un cambio fundamental en el pensamiento humano. Este cambio está relacionado con varios teóricos franceses que, pese a no ser demasiado conocidos, levitan en los márgenes de la imaginación popular, entre ellos Michel Foucault, Jacques Derrida y Jean-François Lyotard. Impulsaron una concepción radicalmente nueva del mundo y de nuestra relación con él, revolucionando la filosofía social y quizá todo lo social. Sus ideas han influido durante décadas no solo en qué y cómo pensamos, sino también en cómo pensamos sobre el hecho de pensar. Pese a ser esotérica, académica y estar aparentemente alejada de las realidades de la vida diaria, esta revolución ha tenido profundas implicaciones en nuestra forma de interactuar con el mundo y entre nosotros. En esencia, es una visión radical del mundo que dio en conocerse como «posmodernismo».

Es difícil definir el posmodernismo, seguramente a propósito. Representa un conjunto de ideas y formas de pensamiento que confluyeron en respuesta a unas condiciones históricas específicas, incluyendo el impacto cultural de las Guerras Mundiales y su desenlace, la desilusión generalizada con el marxismo, el declive de las visiones del mundo religiosas en los entornos posindustriales y el rápido avance de la tecnología. Puede que lo más práctico sea entender el posmodernismo como rechazo tanto del modernismo —un movimiento intelectual predominante durante finales del siglo XIX y la primera mitad del XX— como de la modernidad —una época conocida como el periodo Moderno, que comenzó tras el final de la Edad Media y en el que (seguramente) seguimos viviendo. Este nuevo tipo de escepticismo radical, que pone en duda nuestra capacidad para obtener conocimientos objetivos, se ha ido filtrando desde los círculos académicos y está desafiando de formas intencionadamente disruptivas nuestro pensamiento social, cultural y político.

Los pensadores posmodernos reaccionaron al modernismo negando los fundamentos de algunos aspectos del pensamiento moderno, mientras que sostenían que ciertas ideas de ese mismo pensamiento no llegaban lo suficientemente lejos. Sobre todo, rechazaban la búsqueda moderna de la autenticidad, los hilos narrativos unificadores, el universalismo y el progreso, conseguido sobre todo a través del conocimiento científico y la tecnología. Al mismo tiempo, tomaron y llevaron al extremo el relativamente moderado pero pesimista escepticismo moderno hacia la tradición, la religión y la certeza ilustrada —adoptando también su énfasis en la autoconciencia, el nihilismo y la crítica irónica04. Las dudas tan radicales que generó el posmodernismo sobre la estructura del pensamiento y la sociedad lo convierten en una forma de cinismo.

El posmodernismo también es una reacción a la modernidad y un rechazo de la misma, entendida como «la profunda transformación cultural que vio el auge de la democracia representativa, la era de la ciencia, la sustitución de la superstición por la razón, y el establecimiento de las libertades individuales para poder vivir de acuerdo con nuestros valores personales»05. Aunque el posmodernismo rechaza abiertamente los pilares que han construido la modernidad, ha tenido un profundo impacto en el pensamiento, la cultura y la política de esas mismas sociedades que se crearon con la modernidad. Como señala el teórico literario Brian McHale, «durante la segunda mitad del siglo XX [el posmodernismo se convirtió] en la tendencia cultural dominante (puede que sea más exacto decir una tendencia dominante) en las sociedades industriales avanzadas de Occidente, extendiéndose al cabo del tiempo a otras regiones del globo»06.

Desde sus comienzos revolucionarios, el posmodernismo se ha diversificado, manteniendo principios y temas originales, pero ganando cada vez más influencia sobre la cultura, el activismo y la investigación académica, especialmente en las humanidades y las ciencias sociales. Por tanto, es urgente comprender el posmodernismo precisamente porque rechaza las bases sobre las que se asientan las actuales civilizaciones avanzadas, y por tanto tiene el potencial de debilitarlas.

No solo es difícil definir el posmodernismo; también es complicado resumirlo. Era y es un fenómeno multifacético que engloba amplios aspectos de los ámbitos intelectual, artístico y cultural. Para complicar todavía más las cosas, nunca ha habido acuerdo sobre sus límites, su naturaleza y forma, sus propósitos, valores y sus defensores. Esto encaja con un modo de pensamiento que presume de pluralidad, contradicción y ambigüedad, pero no es muy útil a la hora de comprenderlo o de entender a sus descendientes filosóficos y culturales.

Las dificultades para definir el posmodernismo no son solo filosóficas; también son espaciales y temporales, pues no ha sido un movimiento unitario. Las primeras manifestaciones del fenómeno cultural llamado «posmodernismo» fueron artísticas y aparecieron alrededor de 1940, pero para finales de los sesenta ya era mucho más prominente en distintos campos de las humanidades y las ciencias sociales, entre ellos el psicoanálisis, la lingüística, la filosofía, la historia y la sociología. Es más, el posmodernismo se manifestó de forma distinta en cada uno de estos campos y en momentos diferentes. El resultado es que ningún elemento del pensamiento posmoderno es completamente nuevo, y sus pensadores originales a menudo se basan en precursores provenientes del arte surrealista, la filosofía antirrealista y la política revolucionaria. El posmodernismo también se manifiesta de diferente manera en cada país, dando lugar a variaciones distintivas de los temas comunes. Los posmodernos italianos solían dar primacía a los elementos estéticos, pues lo veían como una continuación del modernismo, mientras que los posmodernos estadounidenses se decantaban más por planteamientos directos y pragmáticos. Por su parte, los posmodernos franceses estaban centrados en lo social y en los enfoques revolucionarios y deconstructivos del modernismo07. Será este enfoque francés el que más nos ocupe a nosotros, pues son principalmente algunas de las ideas francesas, sobre todo aquellas sobre el conocimiento y el poder, las que han ido evolucionando a partir de sucesivas variantes del tronco central del posmodernismo, denominado normalmente Teoría. Estas ideas, simplificadas, más accionables y concretas, se han incorporado al activismo y a los estudios de la Justicia Social, así como a la conciencia social mayoritaria —aunque es interesante señalar que esto ha ocurrido en el mundo angloparlante más que en la propia Francia.

Puesto que nos vamos a centrar en las ramas aplicadas del pensamiento posmoderno que se han vuelto influyentes —incluso poderosas— en la sociedad y en la cultura actuales, este capítulo no pretenderá analizar el amplio campo del posmodernismo08. Tampoco nos pronunciaremos sobre el continuo debate acerca de qué pensadores es aceptable denominar «posmodernos» y si el propio «posmodernismo» es un término válido, o si no sería mejor separar a los críticos de la posmodernidad de los posestructuralistas y de aquellos que basan su trabajo en el método de la deconstrucción. Está claro que hay que hacer distinciones, pero este tipo de taxonomías es de interés principalmente para los académicos. En su lugar, analizaremos algunos temas recurrentes en el posmodernismo que ahora impulsan el activismo actual, dan forma a la teoría y la práctica académica y sirven de base para nuestras conversaciones nacionales. Estos incluyen el escepticismo hacia la realidad objetiva, la percepción del lenguaje como constructor de conocimiento, la «construcción» del individuo y el papel del poder: son los factores que subyacen al «giro posmoderno», producto de las décadas de los sesenta y setenta principalmente. Dentro de este amplio cambio queremos explicar con más detenimiento cómo estas ideas fundacionales han obtenido popularidad y legitimidad cultural a través de las instituciones académicas, creando un cisma conceptual que subyace a muchas de nuestras divisiones sociales, culturales y políticas.

Raíces, principios y temas posmodernos

Se podría decir que el posmodernismo apareció entre 1950 y 1970 —las fechas exactas varían dependiendo si atendemos a sus vertientes artísticas o sociales. Los primeros cambios comenzaron en el arte —podemos remontarlos hasta la década de los cuarenta, en el trabajo de artistas como el escritor argentino Jorge Luis Borges—, pero para nuestros propósitos la clave está a finales de los sesenta, pues fue entonces cuando aparecieron los Teóricos sociales franceses como Michel Foucault, Jacques Derrida y Jean-François Lyotard, los arquitectos originales de lo que más adelante se conocerá simplemente como «Teoría».

A mediados del siglo XX ocurrieron en Europa varios cambios sociales profundos. Las dos guerras mundiales habían debilitado la fe en la idea del progreso y despertado temor entre la población por el poder de la tecnología. Por tanto, los intelectuales de izquierdas de toda Europa empezaron a considerar con recelo el liberalismo y la civilización occidental, que acababan de permitir el auge del fascismo, en algunas ocasiones gracias a la voluntad de votantes agraviados, con resultados catastróficos. Cayeron los imperios y el colonialismo dejó de ser defendible moralmente para la mayoría de las personas. Antiguos súbditos imperiales comenzaron a emigrar al oeste, impulsando a la intelectualidad de izquierdas a prestar más atención a las desigualdades raciales y culturales y, sobre todo, a la manera en que las estructuras de poder habían contribuido a mantenerlas. El activismo a favor de las mujeres y del colectivo LGBT y, en Estados Unidos, el Movimiento por los Derechos Civiles, ganaron un amplio apoyo cultural al mismo tiempo que la desilusión con el marxismo —hasta entonces la principal y más antigua causa de la justicia social de la izquierda— se apoderaba de la izquierda política y cultural. Dados los catastróficos resultados del comunismo allá donde se ponía en práctica, esta desilusión estaba bien fundamentada y alteró radicalmente la visión del mundo de las élites culturales de izquierdas. El resultado fue el cuestionamiento de la ciencia, que aún tenía una posición predominante en todos los aspectos significativos, pues había permitido, producido y justificado los horrores del siglo anterior que antes hubieran sido imposibles. Entre tanto estaba formándose una cultura juvenil dinámica, creadora de una poderosa cultura popular en competencia con la «alta cultura». La tecnología también comenzó a avanzar con rapidez y esto, junto a la producción en masa de artículos de consumo, permitió que esta «cultura media» propulsara un nuevo deseo por el arte, la música y el entretenimiento, tras la época de racionamiento. A su vez, surgieron temores de que la sociedad estuviera degenerando en un mundo de fantasía y juego artificial, hedonista, capitalista y consumista.

La reacción se materializó muchas veces en forma del ubicuo pesimismo que caracteriza al pensamiento posmoderno, alimentando por un lado los temores sobre la arrogancia humana y por otro la pérdida de significado y autenticidad. La desesperanza era tan extrema que el propio posmodernismo podría caracterizarse como una profunda crisis cultural de confianza y autenticidad, acompañada de una desconfianza cada vez mayor hacia los órdenes sociales liberales. Esta época está definida por los crecientes temores acerca de la pérdida de significado causada por los rápidos avances tecnológicos.

El posmodernismo desconfiaba sobre todo de la ciencia y de las demás formas culturalmente dominantes de legitimar afirmaciones para convertirlas en «verdades», así como de las ambiciosas y amplias explicaciones sobre las que se apoyaban. Las denominó metanarrativas09, y las consideraba una especie de mitología cultural y un ejemplo notable de miopía y arrogancia humana. El posmodernismo propuso un escepticismo total y radical hacia este tipo de narrativas. El escepticismo era tan profundo que en realidad sería más adecuado considerarlo una suerte de cinismo acerca de la historia y del progreso humano en su conjunto, y como tal era una perversión de una amplia corriente cultural escéptica que ya existía desde hacía mucho tiempo. La desconfianza —que no el cinismo— hacia las grandes narrativas era una característica predominante en el pensamiento ilustrado y en el modernismo, y llevaba varios siglos cobrando fuerza en las sociedades occidentales para cuando apareció el posmodernismo en los años sesenta.

En su forma original, este amplio pero razonable escepticismo cultural resultó crucial para el desarrollo del pensamiento científico y de otras formas de pensamiento ilustrado que había tenido que alejarse de las metanarrativas dominantes anteriores (en su mayoría de naturaleza religiosa). Durante el siglo XVI, por ejemplo, el cristianismo se vio reevaluado a consecuencia de la Reforma (que fragmentó la religión creando numerosas sectas protestantes enfrentadas a la ortodoxia que las precedía y a la vez rivales entre sí). A finales del siglo XVI también empezaron a aparecer tratados contra el ateísmo, lo cual indica que este había empezado a extenderse. Durante el siglo XVII la medicina y la anatomía, que hasta entonces se habían basado en los conocimientos de los antiguos griegos, vivieron una revolución y el conocimiento sobre el cuerpo avanzó con gran rapidez. La Revolución Científica fue el resultado de un cuestionamiento general de las ideas heredadas y de la rápida proliferación de diferentes tipos de producción de conocimiento. El desarrollo del método científico en el siglo XIX estaba fundamentado en el escepticismo y en la necesidad de realizar pruebas y refutaciones cada vez más rigurosas.

Más allá del «escepticismo» cínico, a los posmodernos, sobre todo a los Teóricos franceses, también les preocupaba la muerte de la autenticidad y del sentido en la sociedad moderna. Jean Baudrillard expresó estas preocupaciones con especial intensidad. Para Baudrillard, cuya desesperanza nihilista por la pérdida de lo real se apoyaba en gran medida en el trabajo del psicoanalista francés Jacques Lacan, todas las realidades se habían convertido en meras simulaciones (imitaciones de fenómenos y sistemas del mundo real) y simulacros («copias» de las cosas sin un original)10. Baudrillard describió tres niveles de simulacros: asociados con lo premoderno, lo moderno y lo posmoderno. Afirmó que en la era premoderna —el periodo anterior a que el pensamiento ilustrado revolucionara nuestra relación con el conocimiento— existían realidades únicas, y las personas trataban de representarlas. En el periodo moderno, esta asociación se rompió porque los objetos empezaron a producirse en masa y cada original podía por tanto tener muchas copias idénticas. En la época posmoderna, concluyó, no existe el original y todo son simulacros, imitaciones e imágenes poco satisfactorias de lo real. Baudrillard definió este estado como hiperreal 11. Esto revela la tendencia posmoderna a buscar las raíces del significado en el lenguaje y a preocuparse excesivamente por las formas en que este configura la realidad social gracias a su capacidad para confinar y conformar el conocimiento —aquello que representa lo que es verdad.

Estos fenómenos que ponían en peligro la autenticidad también eran la principal preocupación de otros pensadores posmodernos. Los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari, por ejemplo, sostenían que la sociedad consumista capitalista estaba reprimiendo el ser12. En líneas similares, el académico marxista estadounidense Frederic Jameson condenaba especialmente la vacuidad de la posmodernidad, a la que consideraba todo superficie sin ninguna profundidad. Al igual que Baudrillard, veía el estado posmoderno como uno de simulación: todo es artificial y está compuesto de copias, sin ningún original. En una expresión característica de la desesperanza que impregna el posmodernismo, diagnosticó un ocaso de los afectos —la idea de que ya no se pone empeño en nada. Para Jameson, la estética superficial cautiva nuestra atención y distancia y distrae a las personas, que entonces no se involucran con todo su ser. Por tanto, esta es otra queja contra el cinismo de la posmodernidad. «La muerte del sujeto», como él la denomina, se refiere a una pérdida de la individualidad y la confianza en un ser estable. El «pastiche», dijo, había reemplazado a la parodia: la imitación no tenía ningún propósito ni tampoco profundidad, solo era un interminable ciclo de tomar prestado y reciclar. La saciedad que proporcionaban las experiencias fácilmente accesibles había evocado un estado sublime constante, una perpetua euforia artificial. En general, la falta de rumbo y de propósito y fundamento había resultado en nostalgia: una constante mirada hacia nuestro pasado en busca del presente13. Es importante remarcar que la profunda desesperanza en el núcleo de las críticas de la posmodernidad era en su mayoría descriptiva, no prescriptiva. Las prescripciones llegarían más tarde.

El escepticismo reaccionario sobre el modernismo y la modernidad que caracteriza al pensamiento posmoderno se expresó con especial nitidez en el descontento y la ansiedad provocados por la tecnología y las sociedades de consumo. En 1979, el crítico literario Jean-François Lyotard resumió las consecuencias de este fenómeno, por lo menos entre los académicos centrados en la crítica cultural, como «la condición posmoderna». La caracterizó como un profundo escepticismo hacia la posibilidad de que exista alguna estructura que dote de sentido a las vidas de las personas. El antropólogo y geógrafo David Harvey denomina esta situación «la condición de la posmodernidad», que considera consecuencia de «la quiebra del proyecto ilustrado»14. En último término, estos pensadores se están refiriendo a un sentimiento generalizado de que las certezas científicas y éticas que habían caracterizado gran parte del pensamiento durante la modernidad eran ahora insostenibles, y la pérdida de sus herramientas analíticas preferidas hizo que la situación no ofreciera ninguna salida. El escepticismo radical y el cinismo tiñeron todas sus observaciones de este estado, sobre todo en lo que se refiere al lenguaje, el conocimiento, el poder y el individuo15.

Pero ¿qué es el posmodernismo? La Enciclopedia Britannica en línea lo define como

Un movimiento de finales del siglo XX caracterizado por un amplio escepticismo, subjetivismo o relativismo; un recelo general hacia la razón; y una aguda sensibilidad al papel de la ideología a la hora de afianzar y mantener el poder político y económico16.

En 1996, Walter Truett Anderson describe los cuatro pilares del posmodernismo:

1.La construcción social del concepto del yo: la identidad es construida por muchas fuerzas culturales, y la persona no la recibe a través de la tradición.

2.Relativismo del discurso moral y ético: la moral no se encuentra, sino que se hace. Es decir, no está basada en tradiciones culturales o religiosas, ni tampoco es el mandato de los Cielos; más bien surge a través del diálogo y la elección. Esto es relativismo, no en el sentido de no emitir juicios, sino por la creencia de que todas las formas de moral son visiones del mundo culturales construidas socialmente.

3.Deconstrucción del arte y la cultura: centra su atención en las infinitas improvisaciones y variaciones burlonas de unos mismos temas, así como en la mezcla de la «alta» y la «baja» cultura.

4.Globalización: las personas consideran cualquier tipo de fronteras una construcción social que puede ser cruzada y reconstruida y tienden a comprometerse menos seriamente con sus normas tribales17.

Muchos están de acuerdo en que el posmodernismo gira en torno a varios temas principales, por más que los posmodernos quieran resistirse a esta caracterización. (Podríamos definir estos temas como la «metanarrativa posmoderna»). Para Steinar Kvale, profesor de psicología y director del Center of Qualitative Research, los temas centrales del posmodernismo incluyen el escepticismo ante la posibilidad de que cualquier verdad humana pueda proporcionar una representación objetiva de la realidad, el énfasis en el lenguaje y en la manera en que las sociedades lo utilizan para crear sus propias realidades locales, y la negación de lo universal18. Esto, explica Kvale, resultó en un mayor interés por la narrativa y el relato, sobre todo cuando «las verdades» se sitúan dentro de determinados constructos culturales, y en un relativismo que acepta que no podemos comparar de ninguna manera definitiva —ergo, objetiva— las diferentes descripciones de la realidad19.

La observación principal, siguiendo a Kvale20, es que el giro posmoderno implicó un alejamiento de la dicotomía modernista entre lo objetivo universal y lo subjetivo individual a favor de las narrativas locales (y las experiencias vividas de los narradores). En otras palabras, rompió la frontera entre lo que es objetivamente cierto y aquello que experimentamos subjetivamente. La concepción de una sociedad compuesta por individuos que interactúan de formas únicas con la realidad universal —que constituye la base de los principios liberales de la libertad individual, la humanidad compartida y la igualdad de oportunidades— fue sustituida por múltiples conocimientos y verdades supuestamente igual de válidos, construidos por grupos de personas que comparten marcadores identitarios relacionados con su posición en la sociedad. Por tanto, según el pensamiento posmoderno, el conocimiento, la verdad, el sentido y la moral son construcciones culturales y productos relativos de cada cultura concreta, y ninguna de ellas posee las herramientas ni los términos necesarios para evaluar a las demás.

La esencia del giro posmoderno es una reacción y un rechazo al modernismo y la modernidad21. Según el pensamiento ilustrado, podemos conocer la realidad objetiva por medios más o menos fiables. El conocimiento de la realidad objetiva obtenido gracias al método científico nos permitió construir la modernidad y nos sigue permitiendo hacerlo. En cambio, para los posmodernos la realidad es en último término producto de nuestra socialización y de nuestras vivencias, construidas por los sistemas del lenguaje.

El sociólogo Steven Seidman, que acuñó el término «el giro posmoderno», se dio cuenta de la profundidad de este cambio en 1994: «Está teniendo lugar una profunda transformación social y cultural en las sociedades occidentales. El concepto “posmoderno” describe al menos algunos aspectos de este cambio social»22. En 1996,Walter Truett Anderson escribió con más contundencia: “Estamos en medio de una grandiosa, confusa, estresante y enormemente prometedora transición histórica, y tiene que ver con un cambio no tanto en lo que creemos sino en cómo creemos… En todo el mundo hay gente que está cambiando sus creencias —o, para ser más precisos, cambiando sus creencias sobre las creencias»23. Lo que Seidman y Anderson están describiendo aquí son cambios en epistemología, es decir, cómo obtenemos y comprendemos el conocimiento. El giro posmoderno se caracteriza principalmente por su rechazo de los valores ilustrados, sobre todo de aquellos relacionados con la producción del conocimiento, a los que asocia con el poder y su aplicación injusta. La visión posmoderna de la Ilustración es por tanto muy estrecha y eso le permite tratarla con cinismo24. En último término, la Ilustración que los posmodernos rechazaron se define por una creencia en el conocimiento objetivo, la verdad universal, la ciencia (o, en un sentido más amplio, la evidencia) como método para obtener conocimiento objetivo, el poder de la razón, la capacidad para comunicarnos directamente a través del lenguaje, una naturaleza humana universal y el individualismo. También rechazaron la idea de que Occidente había experimentado un progreso significativo gracias a la Ilustración y que seguirá haciéndolo si respeta esos valores25.

Dos principios y cuatro temas

Los pensadores posmodernos enfocaron de maneras muy dispares el rechazo al modernismo y a la filosofía ilustrada, sobre todo en lo que se refiere a las verdades universales, al conocimiento objetivo y a la individualidad. Pero podemos distinguir algunos temas persistentes. El giro posmoderno implica dos principios básicos inextricablemente unidos —uno tiene que ver con el conocimiento y el otro con la política— que sirven de base para los cuatro temas principales. Estos principios son:

•El principio posmoderno del conocimiento: escepticismo radical hacia la posibilidad de alcanzar conocimientos objetivos o la verdad, y defensa del constructivismo cultural.

•El principio político posmoderno: la creencia de que la sociedad está formada por sistemas de poder y jerarquías, los cuales deciden qué se puede saber y cómo.

Los cuatro temas principales del posmodernismo son:

1.La difuminación de los límites.

2.El poder del lenguaje.

3.Relativismo cultural.

4.La pérdida de lo individual y de lo universal.

Juntos, estos seis conceptos básicos nos permiten caracterizar el pensamiento posmoderno y comprender su funcionamiento. Son los principios que configuran la Teoría, y han permanecido prácticamente inalterados a lo largo de la evolución del posmodernismo y sus aplicaciones, desde los comienzos destructivos y desesperanzados hasta el activismo estridente, casi religioso, de nuestros días. Vamos a examinar este fenómeno, que surgió sobre todo durante el último siglo a partir de varios planteamientos teóricos de las humanidades, especialmente los denominados «estudios culturales», y se transformó en los estudios, el activismo y la cultura posmodernos de la Justicia Social que conocemos actualmente.

El principio posmoderno del conocimiento
Escepticismo radical hacia la posibilidad de alcanzar conocimientos objetivos o la verdad, y defensa del constructivismo cultural

El posmodernismo se define por una desconfianza extrema a la posibilidad de acceder a la verdad objetiva. En lugar de considerar la verdad objetiva como algo que existe y que podemos conocer provisionalmente (o a lo que podemos aproximarnos) a través de procesos como la experimentación, la falsación y el descarte —como defiende el pensamiento ilustrado, moderno y científico—, los enfoques posmodernos al conocimiento inflan una pequeña, casi banal semilla de verdad —que estamos limitados en nuestra capacidad para saber y que tenemos que expresar nuestro conocimiento a través del lenguaje, los conceptos y las categorías— para afirmar que todas las aserciones de verdad son constructos cargados de valores culturales. Esto se llama constructivismo cultural o constructivismo social. En concreto el método científico no sería una manera de producir y legitimar conocimientos mejor que cualquier otra, sino un enfoque cultural entre muchos, tan corrompido por razonamientos prejuiciados como los demás.

El constructivismo cultural no es la creencia de que nuestras convicciones culturales crean literalmente la realidad —no sostiene, por ejemplo, que cuando creíamos erróneamente que el Sol giraba alrededor de la Tierra nuestras creencias tuvieran algún efecto sobre el sistema solar y sus dinámicas. Más bien, defiende la postura de que los humanos están tan atados a sus marcos de referencia culturales que cualquier afirmación de verdad o conocimiento no es más que una representación de esos modelos —hemos decidido que «es verdad» o que «es sabido» que la Tierra gira alrededor del Sol por la manera en que establecemos la verdad en nuestra cultura actual. Es decir, aunque la realidad no cambia según nuestras creencias, lo que sí cambia es aquello que podemos considerar verdadero (o falso o «absurdo») sobre la realidad. Si perteneciéramos a una cultura que produjera y legitimara el conocimiento de una manera distinta, dentro de ese paradigma cultural podría ser «verdad» que, pongamos, el Sol girase alrededor de la Tierra. En esta cultura, cambiaría el grupo de personas a quienes tildarían de «locos» por objetar.

Aunque no es lo mismo decir «construimos la realidad con nuestras normas sociales» que «decidimos lo que es verdad/lo que es sabido según nuestras normas culturales», en la práctica es una distinción indiferente. El enfoque posmoderno al conocimiento niega que la verdad objetiva o el conocimiento sea aquello que concuerda con la realidad según ha determinado la evidencia —independientemente de la época o la cultura en cuestión, o de si esa cultura piensa que esas pruebas son la mejor manera de determinar la verdad o el conocimiento. Por el contrario, el enfoque posmoderno, aunque reconozca que existe la realidad objetiva, se centra en las barreras que nos impiden conocerla a base de examinar los sesgos y presuposiciones culturales y de teorizar sobre su funcionamiento26.

A esto se refiere el filósofo estadounidense posmoderno Richard Rorty cuando escribe: «Hay que distinguir entre la afirmación de que el mundo está ahí fuera y la afirmación de que la verdad está ahí fuera»27. En ese sentido, el posmodernismo parte de un rechazo general a la teoría de la correspondencia de la verdad: es decir, la idea de que existen verdades objetivas que podemos establecer como ciertas por su correspondencia con cómo son las cosas en el mundo28. Por supuesto, la creencia de que existen verdades reales sobre una realidad objetiva «que está ahí» y que podemos llegar a conocerlas es la raíz del pensamiento ilustrado y clave en el desarrollo de la ciencia. Por el contrario, un escepticismo profundamente radical ante esta idea es clave para la concepción posmoderna del conocimiento.

El filósofo francés Michel Foucault —una figura central en el posmodernismo— expresa esta misma duda cuando afirma que, «en una cultura y un momento dados, solo hay siempre una episteme, que define las condiciones de la posibilidad de todo saber, que se manifieste en una teoría o que quede silenciosamente investida en una práctica»29. Foucault estaba interesado sobre todo en la relación entre el lenguaje o, más específicamente, el discurso (las formas de hablar de cosas), la producción del conocimiento y el poder. Exploró estas ideas en profundidad durante la década de los sesenta, en trabajos tan influyentes como Historia de la locura en la época clásica (1961), El nacimiento de la clínica (1963), Las palabras y las cosas (1966) y La arqueología del saber (1969)30. Para Foucault, una afirmación no solo revela información sino también las normas y las condiciones del discurso. Estas entonces determinan la construcción de las afirmaciones de verdad y del conocimiento. Los discursos dominantes son extremadamente poderosos porque determinan lo que consideramos verdad y, por tanto, aplicable en una época y lugar determinados. Por ende, según el análisis de Foucault, el poder sociopolítico es el determinante último de lo que es verdad, no la correspondencia con la realidad. Foucault estaba tan interesado en cómo el poder influye sobre lo que se considera conocimiento que en 1981 acuñó el término «poder-conocimiento» para expresar la unión indivisible entre los discursos dominantes y lo que conocemos. El conjunto de ideas y valores predominantes es para Foucault una episteme porque determina la manera en que identificamos el conocimiento e interactuamos con él.

En Las palabras y las cosas, Foucault ataca las nociones objetivas de verdad y sugiere que en su lugar pensemos en «regímenes de verdad», los cuales cambian según la episteme específica de cada cultura y época. Como consecuencia, Foucault adoptó una posición en la que no hay principios fundamentales a través de los que descubrir la verdad y que todo saber es «local» respecto al conocedor31 —ideas que forman la base del principio posmoderno del conocimiento. Foucault no negó que existiera una realidad, pero dudaba de la capacidad de los humanos para trascender nuestros prejuicios culturales y alcanzarla.

La principal conclusión que se desprende de esto es que el escepticismo posmoderno no es un escepticismo común y corriente, que también podríamos llamar «duda razonable». El tipo de escepticismo empleado en las ciencias y en otras formas rigurosas de obtención de conocimientos pregunta: «¿Cómo puedo estar seguro de que esta proposición es cierta?» y solo aceptará tentativamente como verdad provisional aquello que sobreviva a repetidos intentos de refutación. Estas proposiciones constituyen modelos, es decir, constructos conceptuales provisionales, utilizados para explicar y predecir fenómenos, que son valorados según su capacidad para cumplir esta tarea. El principio escéptico común entre los posmodernos se suele denominar «escepticismo radical». Postula: «Todo conocimiento es una construcción: lo interesante es teorizar sobre los motivos por los que se construyó de esa manera». Por tanto, el escepticismo radical es muy diferente del escepticismo científico que caracterizó la Ilustración. La visión posmoderna sostiene erróneamente que el pensamiento científico no es particularmente fiable y riguroso a la hora de determinar lo que es verdad y lo que no lo es32. El pensamiento científico sería una metanarrativa —una amplia explicación de cómo funcionan las cosas— y el posmodernismo desconfía radicalmente de cualquier explicación de este tipo. Según el pensamiento posmoderno, lo que sabemos solo es posible saberlo dentro del paradigma cultural que produjo ese conocimiento y por tanto es representativo de sus sistemas de poder. El resultado es que el posmodernismo considera que el conocimiento es provincial e intrínsecamente político.

Esta opinión es atribuida al filósofo francés Jean-François Lyotard, que criticó las ciencias, la Ilustración y el marxismo. Para Lyotard, cada uno de estos proyectos era un perfecto ejemplo de metanarrativa modernista o ilustrada. En último término, Lyotard temía que la ciencia y la tecnología fueran solo un «juego del lenguaje» —una forma de legitimar aserciones de verdad— que estuviera dominando a todos los demás juegos del lenguaje. Lamentaba la caída de los pequeños «conocimientos» locales transmitidos a través de la narrativa y consideraba que la pérdida de sentido intrínseca al distanciamiento científico constituía una pérdida de valiosas narrativas. Su famosa caracterización del posmodernismo como «escepticismo hacia las metanarrativas» ha sido muy influyente en el desarrollo de esta corriente como una escuela de pensamiento, una herramienta analítica y una visión del mundo33.

Esta fue la gran aportación del posmodernismo al conocimiento y a la producción de conocimiento. No inventó la revisión escéptica de creencias firmemente arraigadas. Sin embargo, fue incapaz de darse cuenta de que el razonamiento científico y otras formas de razonamiento liberal (como los argumentos a favor de la democracia y el capitalismo) no son tanto metanarrativas (aunque pueden adoptarlas) sino procesos imperfectos, pero con capacidad para autocorregirse, que aplican a todo un escepticismo productivo y útil, incluso a sí mismos. Este error condujo a la posmodernidad a su igualmente descarriado proyecto político.

El principio político posmoderno
La creencia de que la sociedad está formada por sistemas de poder y jerarquías, los cuales deciden qué se puede saber y cómo

En su rama política, el posmodernismo se caracteriza por un intenso énfasis en el poder como fuerza conductora y estructuradora de la sociedad, un énfasis codependiente del rechazo del conocimiento objetivo. El poder y el conocimiento están intrínsecamente unidos —el ejemplo más explícito lo encontramos en la obra de Foucault, que habla del conocimiento como «poder-conocimiento». Lyotard también describe un «hermanamiento»34 entre el lenguaje de la ciencia y el de la política y la ética, y Derrida estaba muy interesado en las dinámicas de poder integradas en las jerárquicas distribuciones binarias de superioridad y subordinación que, según él, existen dentro del lenguaje. De forma similar, Gilles Deleuze y Félix Guattari creían que los seres humanos estaban codificados dentro de diferentes sistemas de poder y contención, siendo libres para operar solo dentro del capitalismo y del flujo del dinero. En este sentido, para la Teoría posmoderna, el poder no solo decide lo que es correcto objetivamente, sino también lo que es moralmente bueno: el poder implica dominación, lo cual es malo, mientras la subyugación implica opresión, y la resistencia contra ella es buena. Durante la década de los sesenta, estas actitudes imperaban en la Sorbona de París, donde muchos de los primeros Teóricos tuvieron profundas influencias intelectuales.

Debido a su obsesión con las dinámicas de poder, estos pensadores sostenían que los poderosos habían organizado la sociedad, tanto intencionada como involuntariamente, para beneficiarlos y perpetuar su poder. Lo consiguieron a base de legitimar como verdaderas ciertas formas de hablar sobre las cosas que después se extendieron por la sociedad, creando unas normas sociales que se consideran de sentido común perpetuadas en todos los niveles. Por tanto, el poder se refuerza constantemente a través de los discursos legitimados o exigidos dentro de la sociedad, incluyendo las expectativas de civismo y el discurso razonado, los llamamientos a la evidencia objetiva e incluso las normas de gramática y sintaxis. El resultado es que es difícil apreciar el enfoque posmoderno desde fuera, ya que parece en gran medida una teoría de conspiración. Es más, las conspiraciones a las que alude son sutiles y, en cierta forma, ni siquiera son conspiraciones, puesto que no hay agentes coordinados manejando los hilos; en vez de eso, todos somos partícipes. Por tanto, la Teoría es una teoría conspiratoria sin ningún conspirador en particular. En la Teoría posmoderna, el poder no se ejerce de forma directa y visible desde arriba, como en el paradigma marxista, sino que impregna todos los niveles de la sociedad y todos lo ejercemos a través de interacciones rutinarias, expectativas, condicionamiento social y discursos construidos culturalmente que expresan una concepción particular del mundo. Con esto se controla qué jerarquías prevalecen —a través de, por ejemplo, las debidas garantías legales o el mecanismo de verificación en las publicaciones científicas— y los sistemas en los que las personas están posicionadas o codificadas. Hay que destacar que en cada uno de estos ejemplos son el sistema social y sus inherentes dinámicas de poder lo que causa la opresión, y no necesariamente agentes individuales con intención. Por tanto, una sociedad, un sistema social o una institución pueden considerarse de alguna manera opresivas sin necesidad de que algún individuo involucrado en ellos demuestre una sola opinión opresora.