Tequila de mujer - Rosa María Seco Mata - E-Book

Tequila de mujer E-Book

Rosa María Seco Mata

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Beschreibung

Rodeada del paisaje de los agaves azules del campo mexicano, surge una relación humana intensa entre dos personajes a los que separa la edad, las vivencias, las costumbres, los hábitos. El tequila es el punto de partida de la biografía que Marina, joven escritora, va gestando durante el transcurso de la novela. Doña Clara María, renuente en un principio a ser tema de un estudio biográfico, va cediendo poco a poco para desvelarle a Marina una extraña historia de vida. Se trata de una novela dentro de otra, mientras la vida pasa entre música y poesía, a la vez que incertidumbres y muerte. El final es inesperado.

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Seitenzahl: 240

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Rosa María Seco Mata

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Dibujo de portada: Elena García Seco

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-472-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para ti, Tomás, mi amor

Para mis adoradas guerreras: Elena y Gabriela

Para Mariano por ser como es

Para mis consentidos: Fer y Álvaro

Para Águeda y José, mis inolvidables padres

Para Feli, mi hermana querida

.

Agradezco a mis compañeras del Taller de Lectura y del Taller de Redacción por sus siempre atinados comentarios; a Elsa y Philippe por sus enseñanzas; a Tomás, Lore, Gabí, Luchi y Pichi por su minuciosa lectura; a Ele por los imaginativos dibujos; a los editores de Letrame por su dedicación a los libros. Finalmente, agradezco también a todos los que tengan la paciencia para leer esta fantasía.

Primera Parte

Oye mi canto: descifrar los secretos de la existencia requiere de una mente osada, libre, capaz de romper moldes. Los timoratos jamás lo logran.

PARA TODO MAL, MEZCAL; Y PARA TODO BIEN… TAMBIÉN

Cuando la conocí tenía poco más de setenta años llevados con la dignidad de una vida cuya misión, era evidente, había sido ya cumplida. En esa primera impresión visual me pareció ver brotar su cabello como un chorro de agua plateada, que al resbalar por el óvalo de su rostro delineaba su amplia frente y acotaba los rasgos lineales y angulosos de sus cejas, ojos, nariz y mentón.

Como consta en la memoria fotográfica familiar, a la que tuve acceso, a los quince años era el ideal de la perfección helénica: trazos firmes, rectos, armónicos. Era una belleza producto de la proporción del conjunto.

Mientras el grupo de escritores y periodistas invitados a conocer la fábrica de tequila EL Caporal —a unos cuarenta kilómetros de la ciudad de Guadalajara—, comentábamos entre risas y bromas los últimos acontecimientos de la Feria del Libro de esa ciudad, que se llevaba cada año a cabo en esos días, ella nos observaba a la distancia, recargada en una de las columnas del patio central.

Su actitud era discreta, mesurada, aunque no por ello su presencia pasara inadvertida; por el contrario, emanaba una luz propia que atraía, a pesar de su voluntaria posición de retraimiento. De menuda complexión y frágil figura, hacía sentir su fuerza interna sin necesidad de aspavientos ni grandilocuencias. Llamaba la atención con su sola presencia.

Cerca de las ocho de la noche, poco después de que el celaje de la tarde diera paso al telón de la oscuridad, nuestra anfitriona, la sobrina de la dueña de la casa, nos invitó a pasar al comedor. Desperdigados como estábamos en pequeños grupos alrededor del patio central, rodeados de plantas cuidadas con esmero, y acompañados por una acuosa melodía de fondo, proveniente de una graciosa fuente en forma de pila bautismal, fuimos congregados en un salón cuya austeridad contrastaba con la munificencia y variedad de los platillos regionales que abarcaban una mesa cuya dimensión delataba la generosidad de ese hogar.

Por allí desfilaron las entomatadas, las chalupitas de pollo, los tacos de tinga, las teleritas rellenas, los pambazos, el arroz rojo, los frijoles y las tortillas de maíz recién hechas. Cuando tocó el turno al chocolate espumoso y bien caliente —como debe ser—, acompañado de las conchas, los polvorones, las chilindrinas, las orejas, los buñuelos y las típicas jericayas, reapareció doña Clara María y tomó asiento en una de las cabeceras de la mesa, lugar que había permanecido sin ocuparse.

—¿Cómo los han atendido? —nos preguntó, dándonos a entender su definitiva ascendencia en los asuntos de la casa y, al mismo tiempo, con respeto, dejando en claro el espacio de acción de su sobrina, nuestra anfitriona.

Iba ataviada con sencillez: blusa blanca, falda oscura plisada, zapatos negros de piso y un suéter gris que puso sobre sus hombros al entrar al comedor porque, como nos dijo: «comenzaba a soplar un viento frío del norte». Llevaba unos pendientes de pequeñas perlas y dos argollas de oro en el dedo anular; posiblemente las de su enlace matrimonial: la suya y la de su esposo, ya fallecido.

A partir de ese momento, ella, que llenaba con su sola presencia el recinto, sin propiciarlo —y tal vez sin desearlo—, fue el centro de atención. Unos más y otros menos, los invitados teníamos curiosidad por saber cómo era y qué pensaba la dueña de una empresa tequilera tan exitosa. Nos desbordamos, sin consideración, en preguntas de todo tipo que fueron respondidas sin titubeos, con el expertise del conocedor y el entusiasmo del apasionado, con la visión del gran líder y el detalle del artesano. Nos habló del tequila como el abuelo habla del nieto, el escritor de su novela o el historiador de sus raíces; nos presentó esta bebida a partir de la fusión cultural de dos pueblos, de sagas familiares, de encuentros y desencuentros, de tradiciones y leyendas. Hizo de aquella velada un momento especial en nuestras vidas. Aprendimos que el tequila, el tequila de mujer, es mucho más que una bebida embriagante.

Entre muchas otras cosas, nos narró —como quien relata el más interesante de los cuentos jamás contados— que el agave azul tequilana Weber es endémico de México, producto del mestizaje y que, por varias generaciones en su familia, se había luchado por producir un tequila de calidad. Nos dijo que el tequila blanco era su preferido y distinguible de los demás por su fuerza: «es el que sale directo de la destilación y el que se toma solo, en la copa pequeña conocida como caballito».

—¿Y saben por qué se llama caballito? —nos preguntó, levantando la copa para que la observáramos, y derrochando una coquetería femenina que no tiene edad y que despliegan algunas mujeres al saberse escuchadas con atención—. En otras épocas, antes de la Revolución, los hacendados tequileros salían a caballo a dar sus paseos por los campos de agave, llevando al cuello un cuerno de bovino ahuecado bien servido de tequila para aliviar la jornada. Cuando alguien les preguntaba para qué llevaban el cuerno, contestaban: «es pal´caballito». De ahí, según dicen, tomó la copa tequilera de cristal su nombre y su forma. Una de tantas leyendas —dijo—, dando un sorbo a su copa llena del líquido transparente. El tequila blanco —volvió a su exposición— es fuerte, bronco, ¿cómo explicarlo? Es como una mujer rebelde.

—¿Y el tequila joven? —le preguntó uno de los comensales.

—Se llama joven —nos dijo—, al tequila que reposa menos de dos meses. Es tequila blanco que pasa unos días en los pipones de madera. La graduación del tequila joven alcanza normalmente los treinta y ocho o cuarenta grados Gay Lussac. Es juguetón, alocado e inexperto... Pero creo que justamente en ello reside la seducción que ejerce en el paladar.

Calló unos instantes, quizá para observar nuestra reacción, y continuó:

—Por otra parte, le llamamos “reposado” al tequila que permanece en pipones o barricas de madera al menos durante sesenta días. En ese lapso, la madera aporta sus aromas y cambia su sabor y un poco su color; el tiempo de reposo puede extenderse a un año... Pero ni un día más. El tequila reposado —nos presumió con humildad y habiendo acaparado la atención de quienes seguíamos la explicación de la experta— es una aportación original, bastante reciente, de esta región al mundo de los tequilas que, por cierto, marcó un enorme cambio en el patrón de consumo. —Y, sin detenerse, continuó—. El reposado es más suave y hasta podría decirse más sofisticado. Tiene un color entre dorado y ámbar, solo igualado por los trigales cuando les da el sol de la tarde. En cuanto al sabor, tiene un regusto de madera muy agradable.

Al terminar esta explicación calló para dar paso a un silencio que permitió a los presentes reposar las palabras y reproducir mentalmente los colores y sabores a los que nos había conducido nuestra amable interlocutora con su plática.

Puso los codos sobre la mesa, entrelazó las manos y, como si estuviera rezando, cerró por un momento los ojos.

—¿Y el añejo? —rompió el silencio una voz que provenía del otro lado de la mesa.

—El añejo —dijo nuestra experta— es un tequila que ha reposado por más de doce meses en barricas de roble. Durante ese lapso, el tequila adquiere un color dorado intenso y su sabor se ha impregnado de la madera de la barrica que lo ha guardado. El añejamiento prolongado durante dos, tres y hasta cinco años convierte el tequila en un producto cuya calidad compite con el buen brandy.

—¿Y cuál es el mejor tequila? —le pregunté yo.

Pareció dudar unos segundos, pero en realidad aprovechó la pregunta para hacer una pequeña pausa y recorrer con la mirada a cada uno de los comensales para asegurar una audiencia atenta:

—Con que sea cien por ciento de agave azul tequilana Weber y esté bien destilado, cualquiera es bueno —me respondió sonriendo, y continuó—. En realidad, un buen tequila se sustenta en un cuidadoso proceso de fabricación: desde la siembra hasta el envasado, pasando por la recolecta, el corte, el cocimiento, la extracción de jugos, la fermentación y la destilación. A mí en lo particular me gusta el tequila blanco. Ese es el que tomamos en la casa, con la familia; se usa hasta para esterilizar las mamilas de los bebés. Con tequila blanco antaño nos curaban el dolor de garganta, los empachos, las heridas y, por supuesto, también el mal de amores —dijo haciendo una mueca con la boca que culminó en una sonrisa pícara. Se puso seria y continuó a modo de sermón maternal—. Hay que ser responsable con su consumo porque puede llegar a tener cuarenta y seis grados de alcohol, seis más que el coñac y tres y media veces más que el vino. Es para adultos. —Hizo un silencio y concluyó tajantemente—. Pero creo que ya los estoy aburriendo, mejor me callo.

Le rogamos que siguiera y ya animados con nuestro caballito en mano, continuamos con las preguntas que dieron pie para que aquella mujer, de apariencia frágil, recordara algunos pasajes por los que había transitado en su vida. Cuando se despidió, dejó flotando en el ambiente una grata sensación que perduró hasta bien entrada la noche.

ME ESTÁN SIRVIENDO AHORITA MI TEQUILA, YA VA MI PENSAMIENTO RUMBO A Ti

Poco más de un año después de la reunión en la hacienda El Caporal, contacté a doña Clara María para solicitarle una entrevista. De inmediato la agendó, pues aunque no se acordaba de mí, tenía muy presente aquella “grata velada con los periodistas”.

Una empresa editorial me había contratado para escribir un capítulo de un libro sobre biografías de mujeres mexicanas destacadas en diversos campos. Entre las posibilidades de personajes femeninos interesantes me vino a la mente doña Clara: ¡ella podría ser una excelente candidata para ese propósito! Y hasta se me ocurrió un nombre para mi capítulo: Tequila de mujer

Llegado el día me presenté con puntualidad en la oficina de Clara María Castillo De León, situada en un edificio de varios pisos frente a la Fuente de Petróleos, monumento icónico de la Ciudad de México.

Me encontraba nerviosa y estaba insegura de cómo abordar el proyecto con doña Clara. La personalidad de esa mujer, en aquel primer encuentro en Jalisco, no solo me había apabullado, sobre todo me había intrigado. Me hubiera gustado preguntarle entonces cómo había sido el proceso de transformación de ama de casa a exitosa empresaria, cómo había trocado las sartenes por las barricas, cómo mudaba la timidez por la elocuencia. Se me habían quedado preguntas en el tintero y ahora tenía la oportunidad de conocer un poco más de ella. ¿Qué historias de vida guardaba, qué secretos atesoraba, qué confesiones ocultaba?

Hubiera seguido con mis elucubraciones, si no hubiera sido interrumpida por una atildada secretaria que me condujo hasta llegar a la luminosa oficina donde me esperaba la señora Castillo De León. Atrás hube de dejar mis cavilaciones y enfocarme a la misión inmediata: convencerla de participar en mi proyecto.

—¿Por qué te pusieron Clara María? —le pregunté… Pero me estoy adelantando…

La primera reunión resultó acartonada y tensa. Le expliqué durante un buen rato cuál era mi propuesta mientras ella permaneció en respetuoso silencio. Cuando terminé la perorata, me inundó con preguntas sobre pormenores prácticos: ¿qué beneficio tendría ella? ¿Qué ganábamos en esto mi editor y yo? ¿Quiénes eran las otras autoras, y quiénes eran las biografiadas? ¿Cuál sería el tiraje, cómo se distribuiría?

No supe contestar algunos de sus cuestionamientos porque implicaban conocimientos técnicos desconocidos para mí, así que hube de usar el ingenio para mostrar el proyecto desde diversos ángulos que, a mi juicio, podrían interesarle. Al final, propuso hacer una prueba y quedamos en llamarnos en los siguientes días.

Una semana después, en la segunda reunión, en el mismo lugar, a la misma hora, se mostró colaborativa en un principio, pero a medida que avanzábamos comenzó a manifestarse renuente:

—No creo merecer una biografía —me dijo—, a fin de cuentas: ¿quién soy yo? ¿Quién va a querer enterarse de mi vida; para qué? Quitando mi pasión por el tema del tequila, mi existencia va a aburrir a sus lectores.

Protagonizaba ahora a la mujer tímida que había estado agazapada hasta ese momento. Temí una negativa pero poco a poco, ella misma, preguntándose y contestándose, comenzó a darle un giro a su temerosa actitud:

—Quizá sea una buena promoción para mi fábrica, ¿verdad? ¿Y si hacemos unas buenas presentaciones, en lugares estratégicos…? ¿Y si potenciamos el lado didáctico y promovemos la bebida con moderación? ¿Y si nuestro mensaje es el del esfuerzo y el tesón? Y si, y si, y si… —Hasta que se convenció de participar gustosa.

Salí de esas elegantes, aunque austeras oficinas, con el ánimo a tope. El proyecto estaba asegurado, pero más allá de ello, más allá del trabajo profesional, mi regocijo radicaba en la sintonía que logramos establecer. Me pareció que habíamos hecho clic.

Tuvimos varias reuniones preliminares más, y sin darnos cuenta comenzamos a tutearnos remontando la diferencia generacional, aunque asumiendo los roles correspondientes de entrevistador-entrevistado. Relajamos nuestras circunstancias y así, con ese halo, dimos comienzo a la aventura literaria que nos convocaba. En el camino hubo desconcierto en ocasiones y a veces hubimos de andar por pedregosos senderos antes de alcanzar el nivel de intimidad, de regocijo y de amistad al que habríamos de llegar. Pero otra vez me estoy adelantando…

¿QUIÉN ERES TÚ?

Durante varios días estuve pensando cómo abordar el trabajo que tenía entre manos: el ser y el deber ser de una biografía. Me era claro que en cualquier semblanza quedan plasmadas inferencias subjetivas de quien la escribe, pero en general, se espera que las reseñas estén determinadas por hechos concretos, tangibles y medibles. Mi duda tenía su origen en la pretensión de ir más allá de un recuento de datos: quería rebasar las evidencias y penetrar en sentimientos y emociones que, a fin de cuentas, son parte sustantiva de la vida y determinantes en las decisiones. Pero ¿hasta dónde llegar? ¿Es válido exponer las entrañas de los demás?

Sigo dando vueltas a las diferencias entre el novelista y el biógrafo. Mis cavilaciones me llevan por una de las muchas vertientes sobre el tema: ¿el buen novelista es quien logra transformar ficciones en realidades, y el buen biógrafo quien matiza la realidad creando una ficción? ¿Es válido que el biógrafo haga concesiones, y omita o resalte situaciones o rasgos? ¿Se vale que el novelista trastoque realidades, verdades comprobables? No sé contestarme, pero llego a una conclusión: en ambos casos, el producto, novela o biografía tiene que ser verosímil. El lector tiene que saber que no lo engañan, aunque haya ficción.

Leí varias biografías para ilustrarme sobre el tema, unas más acartonadas que otras, pero al final me convenció el formato en el que James Boswell escribió su famoso libro: La vida de Samuel Johnson, considerado la entrada a la biografía moderna, en la que incluyó detalles y anécdotas que le valieron grandes críticas por haber violado intimidades, aunque al mismo tiempo hoy se cataloga como la mejor biografía en lengua inglesa. ¿Cuál, me pregunto, fue el detonador de ese logro? Deduzco que debió ser su cercanía con el entrevistado y si esto es así, la proximidad debe ser la primera meta a lograr con Clara.

—¿Por qué te pusieron Clara María? —te pregunto al empezar formalmente tu biografía, con mi cuaderno de notas en la mano. Te quedas pensativa un par de segundos y con voz titubeante, que me confunde, contestas:

—Mis padres, gente de campo, tuvieron un primer hijo, mi hermano Antonio, y muy pronto después del alumbramiento mi madre volvió a quedar embarazada. A los tres meses tuvo un aborto; nunca me ha quedado claro si fue espontáneo o provocado. A partir de ahí, ese matrimonio, deseoso por construir una familia numerosa, con hijos que ayudaran a sus padres en las labores del campo y de la casa, a la usanza de entonces, se quedó estéril, yermo durante diez años, ¡hasta que llegué yo! Así —prosigues humedeciéndote el labio inferior— fue el arribo de un nuevo miembro a la familia Castillo De León, ¡podrás imaginarte! —dices levantando ligeramente las cejas y mirándome a los ojos quizá buscando alguna reacción de mi parte—. Mi llegada significó para ellos un nuevo amanecer; la claridad de una aurora. ¿Qué tal? Más cursi imposible, aunque esta es la historia contada tantas y tantas veces sobre el origen de mi nombre; por cierto, siempre la decían, él y ella, mis padres, con un dejo de esperábamos más…

Estamos sentadas frente a frente, escritorio de por medio, y eso me da la posibilidad de observarte y tratar de interpretar tu comunicación corporal. Hablas pausadamente dando la impresión de tranquilidad aunque advierto un pequeño temblor en tus labios, tu voz y tus manos. ¿Por qué?, me pregunto, no hay razón para ese nerviosismo, ¿o sí?

Apunto el comentario sobre el aborto provocado o espontáneo de tu madre; lo mismo tu dicho de “esperábamos más…”, pero no hago ningún comentario, pues me parece desmedido abordar esos temas en un primer intercambio y prefiero, por el momento, pasar por alto esas observaciones; no quiero empezar tu biografía por el tercer acto. Das la impresión de querer ir muy rápido.

—¿Y el María? —te vuelvo a preguntar, dando por sentado que la explicación anterior me ha dejado satisfecha.

—Lo de María, como segundo nombre, era casi de cajón en aquellos días.

Te interrumpes para ofrecerme algo de beber. Pido un té y acto seguido solicitas —¿ordenas?— mediante el teléfono blanco —hay tres diferentes aparatos telefónicos a tu alcance, de diferentes colores— un té y un café cortado descafeinado.

—¿En qué estábamos? —preguntas volviendo a humedecerte los labios con la punta de la lengua y tú misma te contestas—. Ah, sí; nací el 26 de marzo de 1920 y ese día el sol salió a las 6:59 horas para darme la bienvenida al mundo y a México, en donde, por cierto, prevalecía un ambiente por demás oscuro, tras años de lucha armada. Aquello debe haber sido un caos, antes, durante y después de la Revolución; como si la violencia y el desorden no fueran a acabar nunca. Sin embargo, a nivel familiar, como ya te dije, mi llegada fue causa, al principio por lo menos, de aliento y de luz en el camino. Llegué al mundo, según me dijeron, con un lloro suave pero firme que marcó mi personalidad de por vida: así soy yo, suave pero firme; o como me dijo una vez un amigo: dura, dura, con dulzura.

Percibo un reto en tus palabras a fin de provocar algún tipo de reacción, pero me abstengo de hacer cualquier comentario porque no quiero violentar la entrevista. He decidido ir despacio, con tiento, contrarrestar tus prisas y tus retos.

Los siguientes quince o veinte minutos se nos van en agregar algunos detalles irrelevantes alrededor de la historia que has empezado a contar y, de repente, como salido de la nada, tomas aire y te envalentonas para decirme:

—Pero todo eso, ¿crees que le va a importar a alguien?

Das un paso hacia atrás. Te percibo dubitativa como si quisieras cumplir con tu palabra, pero al mismo tiempo intentaras zafarte del compromiso adquirido. Percibo una leve irritación de tu parte. Callo porque no sé cómo manejar la situación.

El espacio se llena de un tenso silencio. Desde el principio de nuestras pláticas preparatorias, hace ya algunas semanas, me han desconcertado tus ires y venires, tus dudas, tus sutiles cambios de temperamento, tus ambivalencias. Tengo la impresión de estar sometida a una prueba.

Por fortuna percibes mi contrariedad y cambias el tono para pedirme nos traslademos del rígido ambiente del escritorio a una sala un poco más cálida. Me das un respiro. Te sientas en un sillón de una sola plaza con la vista fija hacia el ventanal de un piso catorce que refleja, sin fin, otros ventanales de otros edificios circundantes. Percibo en ese laberinto infinito de cristales, construido a partir de imágenes y proyecciones recurrentes, el mismo complejo patrón con el que estás estructurando tus recuerdos. Tu silencio me obliga a retomar la palabra y pregunto:

—¿Por qué crees que tu historia es insulsa? —de inmediato temo la improcedencia de mi tono y su posible efecto desalentador. Retrocedo, entonces, y replanteo el tema de otra manera—. Clara, mira, acabamos de empezar y las cosas irán saliendo poco a poco. Tendremos que ir con paciencia tirando del hilo del ovillo de tu vida; a ver, te propongo que me platiques lo que quieras y empieces por donde se te ocurra sin preocuparte del orden cronológico ni de la congruencia de los hechos. Yo te escucho, tomo nota y luego vemos qué hacer con el material. ¿Te parece bien?

Mi comentario te hace reaccionar de forma exagerada: te levantas del sillón y, teatralmente, caminas hacia la ventana, dándome la espalda; debo girarme un poco para poder verte.

—Mira —me dices hablándole al ventanal—, en resumen, fui una niña pobre, solitaria, de la que se abusaba; mi padre me casó muy joven porque no sabía qué hacer conmigo cuando enviudó. Fui dócil ante esa decisión porque pensé que mi situación cambiaría. Y sí, cambió lo que me rodeaba, para bien y para mal, como suele suceder, pero seguí siendo explotada de otras maneras. Trabajé mucho para superar mi soledad, mis miedos y mi sumisión; tuve dos hijos y construí una familia. Con los años y un golpe de suerte encontré por fin mi camino. Dejé de sufrir penurias económicas y emocionales, y aquí estoy. Hoy soy una mujer realizada y empoderada, como se dice ahora. —Y rematas—. ¿Cómo se llamó la obra? Una historia de tesón: de pordiosera a princesa. ¿Qué tal la moralina barata; le interesará eso a alguien?

Me quedo sorprendida con tu perorata y me vienen a la mente dos o tres de las biografías menores que leí hace poco —y aborrecí— cuyo mensaje principal era esa misma falsa moralidad. Detrás de tu desplante presiento el temor fundado de que te lleve a un lugar común y convierta tu vida en una vulgaridad.

No te apartas del ventanal; en ningún momento das la cara.Reacciono y trato de desengancharme de una situación en la que no estoy segura de lo que pasa por tu cabeza. Aún no te conozco lo suficiente, no estoy al tanto de tus reacciones y me atengo al recurso de la broma:

—¡Muy bien! —te digo en tono burlón—. Pues entonces ya casi hemos acabado tu biografía. Solo me faltan algunos detalles; por ejemplo, ¿cómo eran tus padres?

Haces una especie de respingo con el cuerpo y me doy cuenta de inmediato que he logrado descolocarte y remontarte setenta años atrás, a tus primeros recuerdos de vida. Sigues frente al ventanal, dándome la espalda, pero cuando hablas tu tono es otro:

—La cotidianidad de mis primeros años —sigues— estuvo marcada por la situación del país. No se vivía con tranquilidad. Corría un aire de incertidumbre y zozobra que envolvía todas nuestras actividades y se metía hasta en los juegos infantiles. Nunca se sabía cuándo iban a llegar los de un lado o los del otro, pero teníamos la certeza de lo que siempre traían consigo: pillaje y destrucción. El país vivía revueltas armadas cada dos por tres. Y no habían terminado esos brotes, secuelas de la Revolución, cuando en 1926 aparecieron en el estado de Jalisco los primeros indicios de la Guerra Cristera, que duraría tres años. No fueron pocas las veces en las cuales escuché a los mayores contar historias sobre las hordas de fanáticos religiosos ultrajando a la gente y destrozando casas y sembradíos. En varias ocasiones tuvimos que escondernos porque se anunciaba la inminente llegada de un grupo rebelde —haces una pausa y prosigues— y es muy posible que mis miedos tengan su origen en esa época. El ambiente familiar, por cierto, tampoco ayudaba.

Este último comentario me sorprende. Ahora la descolocada soy yo. Vuelvo a preguntarme en dónde está tu mente: ¿a qué viene esta confesión sobre tus miedos y el ambiente familiar? ¿Empiezas a abrir puertas? Prosigues:

—Mis padres venían de familia de agricultores con recursos suficientes para vivir sin sobresaltos pero con la situación del país, como te he dicho, se fueron empobreciendo, y la pobreza es canija. No solo le tengo miedo a la violencia, a la crueldad, a la profanación, a la oscuridad, a las sombras y a los bichos que reptan, también le tengo miedo a la pobreza. Recuerdo ocasiones en que no teníamos prácticamente nada para comer… Era una situación devastadora, aunque no éramos los únicos. Todos los lugareños de Zapopan y sus alrededores estábamos igual; no deja de ser irónico pero el hecho de que todos estuviéramos jodidos hacía más llevadera la situación.

Te escucho utilizar una palabra altisonante por primera vez. La usas con intención, tanto así que la deletreas: jo, di, dos. No me inmuto.

—Mis padres discutían muchísimo —continúas—, no sé si en otras circunstancias hubiera habido en esa casa un mejor ambiente, el caso es que parecía que no se querían. Peor aún, mi hermano y yo éramos ante mi padre, o así lo percibíamos, el producto de una historia de desamor. Mi madre nos regañaba y nos pegaba mucho, era una mujer amargada, pero a su manera nos procuraba, y quizá hasta nos quería. No volvió a embarazarse nunca. Murió muy pronto, en 1928. No le dio tiempo de quererme y a mí no me dio tiempo de entender mi infancia sin ella. Cuando murió era yo aún una niña a la que le sobraban preguntas y le faltaron respuestas. A su muerte, mi hermano Antonio y yo seguimos a mi padre hasta la población de El Arenal, a vivir con el abuelo y su numerosa prole. Mi abuelo paterno era un ranchero preciado entre las mujeres de la región por su varonil apostura a pesar de su hosquedad. Se casó varias veces y tuvo una decena de hijos reconocidos, aunque sospecho fueron muchos más los no admitidos. Varios de los vástagos de don Romualdo, así se llamaba el viejo, trabajaban en su hacienda tequilera, El Caporal, donde recibían sus precisas e inobjetables órdenes; no hacía concesiones. Era un macho duro y rudo. Ni siquiera con los niños se ablandaba. Yo le tenía miedo. Los siete años que estuve allí…

Acompañas tu cruda historia, Clara, con una sonrisa alarmante que no deja ver sentimientos profundos de por medio. Me hablas, sin inmutarte, de tus miedos, de la soledad y del desamor que te rodeó de pequeña. Eres una narradora ajena, pareces estar contando una historia vivida por otro; no te involucras. «Dura, dura con dulzura», me lo habías advertido y lo corroboro cada día que pasa. Mi preocupación es que mi trabajo, mi biografía —tu biografía— resulte, como me lo vaticinaste, un amasijo de lugares, fechas y situaciones, cuyo único camino sea el cronológico. Estoy confundida.

SI LA VIDA TE DA LIMONES… PIDE SAL Y TEQUILA

Cuando releo mis notas de las últimas semanas, Clara, percibo que dejas en el tintero más de lo que estás dispuesta a revelar. No será fácil hallar un hilo conductor atractivo más allá de los interrumpidos episodios de tu vida que hasta ahora has estado dispuesta a contar. ¡Qué trabajo me estás costando! Ojalá, poco a poco, doña Clara María, Clara, como ya me dirijo a ti, te relajes y empieces a soltar; aflojes esas autoimpuestas cadenas limitantes y podamos hacer algo significativo. Mientras tanto, para avanzar, tendré que interpretarte hurgando en tus recovecos. ¿Seré capaz? ¿Qué puedo aportar con mi experiencia? Soy una mujer soltera y sin compromiso, treinta y dos años, clase media mexicana, cinco de familia —padres y tres hermanas solteras—, grado universitario en ciencias políticas con un desempeño escolar excepcional… Dicho sin falsa modestia. Ese notable resultado, junto con mis primeros pininos en revistas y periódicos, me ha valido un lugar promisorio en el mundo de los divulgadores y analistas políticos. Mi deporte favorito es la lectura, leo mucho aunque menos de lo que quisiera debido a la tiranía del tiempo, siempre escaso. Tengo en mi haber varios artículos publicados en periódicos y revistas reconocidas, dos libros de cuentos y dos novelas político-policiacas, de aceptable éxito. Mi nombre se pasea en corrillos literarios; me he sabido mover bien, he aprovechado las oportunidades. Imparto clases en el nivel universitario, ya que, como dijera mi mentor, tutor y guía profesional: la academia siempre viste.