The Rocky Horror Picture Show - Popy Blasco - E-Book

The Rocky Horror Picture Show E-Book

Popy Blasco

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The Rocky Horror Picture Show, musical de culto por antonomasia cuyo legado pasa de generación en generación, no solo revolucionó el cine y el teatro, sino que dejó también una profunda huella en la cultura pop gracias a su espíritu irreverente y a una mirada queer adelantada a su tiempo. El periodista y cronista cultural Popy Blasco se sumerge con toneladas de glitter en el fenómeno Rocky Horror, desentrañando sus múltiples capas con contagiosa pasión en un ensayo que combina análisis cinematográfico, crónica personal y reflexión histórica. A lo largo del libro, nos cuenta el nacimiento de la obra a partir de la imaginación de Richard O'Brien, cómo fue el paso de los escenarios a la gran pantalla y el proceso por el que, después de su inicial fracaso en taquilla, se convirtió en un inesperado éxito en las sesiones de medianoche, instaurando el concepto de audience participation. Además, el autor examina con detalle la banda sonora, marcada por influencias glam y rock y la desbordante estética camp de un filme repleto de guiños al cine de ciencia ficción y terror de serie B (y Z). Explora también el impacto que ha tenido la película en la contracultura en general y en la comunidad LGTBIQ+ en particular, que la ha abrazado como un espacio de rebeldía y expresión de la identidad que tiene mucho de litúrgico. También nos presenta a sus inolvidables personajes —Frank-N-Furter, Brad, Janet, Riff Raff y compañía—, invitándonos a bailar el «Time Warp» por toda la eternidad.

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Seitenzahl: 167

Veröffentlichungsjahr: 2025

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The Rocky Horror Picture Show

Editorial Dos Bigotes

THE ROCKY HORRORPICTURE SHOW

POPY BLASCO

Primera edición: octubre de 2025

TheRockyHorrorPictureShow. Transgresión, contraculturaypelículasdemedianoche © Popy Blasco, 2025

© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, S.L.

Publicado por Editorial Dos Bigotes, S.L.

www.dosbigotes.es

isbn: 979-13-990579-3-5

e-isbn: 979-13-990579-5-9

Depósito legal: M-20703-2025

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección: Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de The Rocky Horror Picture Show. Transgresión, contracultura y películas de medianoche es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

Índice

1. Mi historia con Rocky

Un espejo para el colectivo LGTBIQ+

2. El origen teatral

It Came from Outer Space: Richard O’Brien, el culpable

They Came from Denton High: la noche del estreno

Double Feature: las fuentes de inspiración

3. Trans-Fusión: los temas de The Rocky Horror Picture Show

Transgresión: cruzar la línea

Liberación sexual: los cuerpos desobedientes

Abolición del género: desmantelando a Adán y Eva

Fusión de géneros de ficción: el mix como manifiesto

4. El salto a la gran pantalla

20th Century Fox: el nacimiento de la película

San Stulberg: la historia de la producción

En el rodaje de la midnight movie por excelencia

De Susan Sarandon a Peter Hinwood: el único casting posible

Crítica y recepción de la película: Thrill me, chill me, fulfill me

5. Diseccionando a Rocky

La música

Las referencias visuales y conceptuales

6. Los personajes

Frank-N-Furter: el trickster

Brad y Janet: la represión a punto de estallar

Riff Raff: el resentimiento cósmico

Magenta: la sacerdotisa del fin del mundo

Columbia: la máscara rota

Rocky, el monstruo: la pureza

Eddie: el rock que llegó tarde a la orgía

El Criminólogo: la imposibilidad de narrar el caos

Dr. Everett V. Scott: el espejo invertido

7. El culto como forma de comunidad

8. Gritar a la pantalla: la interactividad de la película

Audience participation: una nueva forma de vivir el cine

9. Cultura del cosplay: disfrazarse para ser uno mismo

10. Midnight movies como ejemplo de la contracultura

11. Un evento intergeneracional: Let’s do the Time Warp again

12. Shock Treatment, la secuela: el culto dentro del culto

13. Bajo el enfoque crítico del movimiento woke

14. El impacto en la cultura popular: Creatures of the night

15. En la pradera, bajo la lluvia ácida del deseo

«Perdí el mundo, gané el deseo».

ClariceLispector, La pasión según G. H. (1964)

«He puesto mi fe en el caos, porque al menos el caos no tiene prejuicios».

JeanetteWinterson, Fruta prohibida (1985)

1. Mi historia con Rocky

A veces puede suceder. Una canción, una pintura, una novela, una fotografía o una película te habla directamente. Sientes que la letra de ese hit o lo que escribe cierto autor, gracias a algún extraño conjuro, ha dado contigo. Te ha invocado. ¿Cómo es posible que ese pintor, ese director de cine o ese escritor te conozca tan bien? ¿O que, simplemente, te conozca sin haberte conocido? En ese momento sientes que no estás solo, que alguien más vive el desamor del mismo modo que tú, se siente incomprendido igual que tú y ve la realidad como tú la ves.

A lo largo de mi vida, esto me ha sucedido en pocas ocasiones: escuchando a Bola de Nieve, ese médium que captura la emoción, o leyendo a Michael Cunningham. Inmerso en su novela Las horas, de tanto en cuanto me veía forzado a acudir raudo a la foto de estudio de la solapa del libro para verle la cara y mirarle a los ojos. Cosas que creía que solo yo pensaba también las pensaba él. Barajé viajar a Yale, donde Cunningham impartía clases de literatura, para decírselo en persona, pero enseguida me di cuenta de que, como era obvio, no sería el único con aquella idea: habría una larga cola de ingenuos jóvenes gais esperando para contarle lo mismo.

Este shock de identificación lo sentí también con The Rocky Horror Picture Show, siendo yo adolescente. El hermano mayor de un amigo trajo el VHS de Londres; vi la película en inglés sin subtítulos, sin enterarme de nada, pero a la vez enterándome de todo. Se trataba de un musical que me decía directamente que yo no era el raro, que había muchas más criaturas como yo y que, además, íbamos por el buen camino. Que los que se equivocaban eran aquellos que no se consideraban raros, los «normales».

Me decía, además, que yo era el valiente, y que los que me criticaban eran los cobardes. Que ahí fuera había otro mundo, gente como yo. Y no solo me lo contaba el autor del guion —y compositor de las canciones— y la totalidad del equipo: también los fans de una cinta que, sobre todo, era una oda a la autoaceptación. Pero ¿dónde estaban aquellas personas? ¿Dónde vivían? ¿A qué lugares iban? Necesitaba conocerlas, enamorarme de ellas y que ellas se enamorasen de mí.

Todo lo que me había atraído en mi infancia y adolescencia, todo lo que me fascinaba, estaba en esa película musical de extraña factura: la serie B de videoclub, vestirme con la ropa de mi madre, los cuerpos masculinos, cantar delante del espejo, Transilvania, los tacones y el glam. Asimismo, la primera vez que uno ve The Rocky Horror Picture Show siempre es decepcionante. Su mito es tan grande que sorprende por lo cutre que es. ¡Parece que transcurre en el plató de Un, dos, tres! Por cierto, Mayra Gómez Kemp, la presentadora del legendario concurso, interpretó a Magenta en la primera versión teatral que se hizo en España.

Pero, más allá de las expectativas, la película te lleva al huerto y te convoca a un segundo visionado, en el cual descubres más mensajes y subtexto. Seguro que llegará un tercero, en el que percibes nuevas lecturas de una obra de enorme riqueza discursiva.

Todo esto es lo que me dispongo a diseccionar en este sentido ensayo con el que pretendo acompañaros en la disidencia tal y como hace el propio Rocky para deciros que somos muchos —cada vez más— y que no estamos solos. Para muestra, estas páginas.

La primera vez que supe de la existencia de The Rocky Horror Picture Show y del fenómeno fan que había en torno a él fue viendo Fama (Fame, 1980) de Alan Parker —director de El expreso de medianoche (Midnight Express, 1978), Birdy (1984), El corazón del ángel (Angel Heart, 1987) o Evita (1996)—. Siendo niño vi antes la serie de televisión basada en la película original y he de reconocer que la primera me resulta más empática y cercana que la segunda.

En una secuencia del filme, Doris, la soñadora protagonista, interpretada con encanto por Maureen Teefy (Grease 2, 1982), acudía con su novio a uno de los pases de medianoche interactivos de The Rocky Horror Picture Show. El público, disfrazado como los personajes —a los que yo aún no identificaba—, respondía a las intervenciones de la pantalla con comentarios y gritos, para asombro de Doris y su acompañante. Cuando los protagonistas salen de un coche bajo la lluvia, los espectadores se cubren la cabeza con un periódico y, al mismo tiempo, rocían el aire con pistolas de agua, recreando la escena. Una vez en el castillo, cuando comienza una canción, la sala entera la canta al unísono y, bajo la pantalla, varios fans interpretan a los personajes, creando un juego de espejos entre el cine y el teatro. Cautivada por la energía de la contracultura neoyorquina, la tímida Doris brinca de su asiento, se arranca la blusa ante la mirada atónita y admirada de su pareja, y sube al escenario para bailar y cantar junto al fandom. Aquel momento me hizo comprender que se trataba de una película especial, capaz de convertirte en parte de un selecto club de personas únicas y modernas. Quise saber cómo se titulaba y se lo pregunté a mi madre, pero ni ella ni nadie lo sabía.

Años más tarde, volví a alquilar Fama en el videoclub y recordé que, al final de los créditos, suele indicarse qué canciones y qué imágenes de otros largometrajes aparecen durante el filme. Al darle a pause, vi un nombre: The Rocky Horror Picture Show. Ya solo quedaba tirar del hilo. Al día siguiente, regresé al videoclub Azata para devolver las cintas alquiladas y preguntar por esa misteriosa película. La reacción fue de absoluta perplejidad, como si estuviera hablando en otro idioma: jamás habían oído hablar de ella.

Todos los meses, junto con la revista Fotogramas, compraba la Fantastic Magazine, publicación especializada en cine fantástico, terror y serie B. En uno de sus artículos se hacía referencia a The Rocky Horror Picture Show y se lo comenté a varios compañeros de clase, cinéfilos y homosexuales —aunque ninguno lo reconocíamos abiertamente, todos sabíamos que lo éramos: nuestra admiración por Alaska y Dinarama, Madonna y Almodóvar así lo evidenciaba—.

Ninguno habíamos visto la película, aunque uno decía que creía que la habían puesto alguna noche en La 2. Como os he contado antes, el hermano mayor de uno de ellos viajó a Londres para ver en directo a algún grupo de britpop y a su regreso le trajo como regalo —a él y, por extensión, a sus amigos de clase— el VHS de The Rocky Horror Picture Show. Y os prometo que fue como recibir el auténtico Santo Grial: sostuvimos la caja con cuidado, admirando la portada, con esos labios que se mordían la comisura inferior y el título escrito con letras sanguinolentas, la perfecta combinación de terror y sensualidad.

Un sábado quedamos para ver la cinta en casa de David, cuyos padres se iban todos los fines de semana al pueblo. En ese momento, no sabía decir si era buena o mala. Todo me pareció feo, barato y absurdo, pero también sexi, atractivo, chispeante y subversivo; la típica película que tu familia no querría que vieses. El mensaje, eso sí, era incendiario, directo y transparente, y su halo de obra prohibida e incomprendida la colocaba en un estatus que estaba por encima de otros aspectos. Cuando acabó y la comentamos, nos entró la risa tonta, como cuando alguien descubre tus sentimientos. Los tres coincidimos, eso sí, en que queríamos volver a verla. Sabíamos que, pese a su envoltorio paródico, era una obra compleja y que, en cierto modo, era como si nos hubiesen confiado un secreto. Ya no había marcha atrás.

Y es que muy pocas películas convierten al espectador en cómplice. Si esa noche hubiera venido la policía para interrogarnos acerca de lo que habíamos visto, no hubiésemos podido hacer otra cosa que contarlo todo, confesar y decir, por primera vez, la verdad acerca de la gran mentira social y de nuestra propia sexualidad. Toda la verdad y nada más que la verdad.

Tiempo después, los tres amigos gais aprovechamos un puente en el que no había clases en el instituto para organizar un viaje a Barcelona, donde nos habíamos enterado de que se proyectaba The Rocky Horror Picture Showcon público. Queríamos formar parte del espectáculo y «bautizarnos» —también teníamos entradas para una fiesta Xpandelia que Fangoria ofrecía en el Apolo, cuando Alaska aún no era una señora de derechas—. Esa noche cenamos en un McDonald’s de Las Ramblas, con la excitación de las primeras veces. Aunque no nos disfrazamos de ningún personaje, llevábamos nuestras mejores galas «chochi», que era como por aquel entonces se denominaba a todo lo «petardo». Recuerdo que yo me puse mis pantalones de campana comprados en Marmota, tienda de segunda mano del Rastro a la que era asidua Rossy de Palma, junto a mi camisa de estampado de piel de serpiente (¡ya pensando en mudar la piel!) y unas deportivas negras con plataforma. Sin saberlo, estaba evolucionando hasta convertirme en el club kid que, un par de años después, bailaría house en el Bali Hai.

Al entrar en el cine, que creo que estaba por el Eixample, todas las valientes criaturas presentes nos miraron entre amables y competitivas. Había gente guapísima, o así la veía yo. El pase fue excitante e inolvidable, no tan lleno como en Fama, pero efervescente y acogedor. Era como estar en casa. Por fin. Dentro de la sala estábamos con los nuestros y podíamos ser aquello que quisiéramos: bisexuales, gais, hombres y mujeres a la vez… Nos hallábamos al margen —y en los márgenes— del mundo, que era un lugar vulgar, mediocre. Recuerdo, como si fuera ayer, disfrutar cada segundo de esa experiencia y no querer que aquella en apariencia torpe y deslavazada película terminase. Sentí que jamás olvidaría esa noche, en la que, como Doris, fui joven y libre. Y así ha sido.

Un espejo para el colectivo LGTBIQ+

Para la siniestra América de Trump y para la extrema derecha de Europa, para ese mainstream lúgubre que, como decían Mulder y Scully en Expediente X, «está ahí fuera», para toda esa gente, The Rocky Horror Picture Showpuede ser un título absurdo más dentro del catálogo de Disney+, una opción woke para un domingo de resaca o una película para poner en la tele de fondo durante una fiesta de Halloween. Aun así, para todos ellos, es también iconografía popular, y su fuerza no pasa desapercibida. Para el colectivo LGTBIQ+, la cinta ha sido, y sigue siendo, un cálido refugio, un espejo esclarecedor y un grito festivo de libertad. Es entretenimiento, sí, pero también espacio seguro, rito iniciático, rave subversiva y hogar para quienes nunca encajaron del todo en la norma.

Un filme que vio la luz casi medio siglo antes de que existiera el mainstream queer de Netflix —si es que tal cosa existe y no es solo un espejismo—, cuando la homosexualidad aún estaba patologizada, la visibilidad trans era nula y el cine apenas ofrecía personajes LGTBIQ+ que no acabaran muertos, tuvieran un destino trágico o fuesen víctimas de discursos morales. Frank-N-Furter, con sus tacones, corsé, pintalabios y libido desatada, ya rompió todas las normas en la década de los setenta. Era queer, transgresor, pansexual y no pedía perdón ni permiso por ello. Puro deseo sin culpa y exceso sin castigo.

The Rocky Horror Picture Show supuso una revolución que desafió la idea del género y de la identidad cuando no existían referentes positivos, brindándonos la posibilidad del reconocimiento. En una sociedad que insiste en moldearnos desde fuera —por la norma, la costumbre y el algoritmo—, reconocerse no es un gesto menor: es un acto de supervivencia psíquica y de dignidad emocional. Esa chispa íntima que surge cuando te ves reflejado en una historia, una imagen, un personaje o una voz no solo valida tu existencia, sino que la confirma en el plano público. Es el espejo palpitante.

Durante décadas, los relatos dominantes han proyectado un mundo que excluye de forma sistemática ciertos cuerpos, colores y formas de amar, de hablar o de habitar el deseo. Ser mujer, racializade, LGTBIQ+, gordo, pobre o migrante ha significado, casi siempre, no estar en la pantalla mayoritaria y comercial, o aparecer solo como token, chiste, mártir o castigo. Y entonces, de pronto, ocurre el milagro: una niña negra ve la versión en acción real de La sirenita (The Little Mermaid, 2003) y descubre que la protagonista tiene su mismo color de piel —recuerdo todavía ese emocionante vídeo viral—. O un adolescente gay ve Heartstopper (2022-) y, por primera vez, el amor no es trágico, secreto ni enfermo. Ese reconocimiento lo cambia todo. Y The Rocky Horror Picture Show nos ofreció ese reflejo mucho antes.

La psicología del desarrollo demuestra que el reconocimiento externo es esencial para construir la identidad. Necesitamos espejos en la familia, en la escuela y en la cultura que nos digan: «Tú también eres posible». Sin ese reflejo, la autoestima se resquebraja y el mundo se vuelve ajeno y hostil. Por eso, cuando aquella niña vio a Halle Bailey como Ariel, no solo contempló a una sirenita negra: se reconoció como protagonista, portadora de belleza, de magia y de centralidad narrativa. Se sintió visible, no como excepción, sino como norma. Y cuando un adolescente queer ve a Nick y Charlie besarse sin morir después, sin ocultarse ni perderlo todo, no solo se reconoce: se proyecta en el presente y en el futuro. La representación cultural es poder y territorio porque quien controla los relatos decide también quién puede y merece existir en el mundo.

El reconocimiento a través de referentes culturales como Frank-N-Furter, los niños de Luca (2021) de Pixar o la niña lesbiana de The Last of Us (2023-) es también una forma de redistribución simbólica del poder. Cada vez que una persona marginada se ve representada con dignidad, se derrumba un ladrillo del muro que el sistema erige para excluirla. Es un paso hacia un imaginario común más justo, amplio y verdaderamente humano. Y, como demuestra el backlash violento que generan estos gestos —a través de ataques en redes a personajes queer en videojuegos, a protagonistas racializadas en películas de Disney o a personajes femeninos por el mero hecho de serlo—, la representación no es banal: es profundamente política, pues pone en crisis dicha hegemonía.

Ese gesto, esa palabra íntima del «yo también puedo ser eso» cuyas ondas se expanden, no consiste solo en verse a uno mismo, sino en sentirse visto por el mundo sin necesidad de camuflarse. Y eso cambia no solo la autopercepción, sino también la forma en que uno se atreve a actuar con los demás: a amar, a vestirse, a hablar más alto. A hacerlo sin complejos.

Un momento propicio para perder ese complejo fueron las míticas proyecciones de medianoche de The Rocky Horror Picture Show que, más allá de ser un evento lúdico, se convirtieron en ocasiones únicas para encontrarse con la familia elegida: personas que habían vivido lo mismo que tú. Un ritual pagano en el que cualquiera podía ser lo que quisiera sin ser juzgado. Para muchas personas LGTBIQ+, esas proyecciones fueron la primera vez que se sintieron aceptadas y parte de algo: de una comunidad irreverente y divertida que se burlaba del sistema cisheteropatriarcal que las había marginado.

Bienvenidos a la disidencia.

2. El origen teatral

It Came from Outer Space: Richard O’Brien, el culpable

Cerca de Gloucester y Cirencester, en Gloucestershire, al borde de las turgentes colinas Cotswoldsse, se encuentra la pequeña y adinerada ciudad de Cheltenham, conocida popularmente como Cheltenham-spa por sus aguas termales, tan apreciadas por las señoras británicas con problemas de circulación. Con sus casas victorianas y un aroma rancio pero chic, sería el escenario perfecto para que Miss Marple resolviera un crimen. El río Chelt atraviesa la ciudad —con muchachos deportistas remando en piragua— y discurre también bajo sus calles, mientras las damas acuden con sus infieles maridos a las carreras de caballos del Cheltenham Gold Cup.

En esta ciudad, tan ideal como aburrida, que J. R. R. Tolkien visitaba con frecuencia para disfrutar de sus baños mientras pensaba en los hobbits, nacieron Brian Jones, exguitarrista de los Rolling Stones, y un niño llamado Richard Timothy Smith, después conocido como Richard O’Brien. Richie no se sentía niña ni niño; pronto supo que no encajaba, y sus compañeros de colegio se encargaron de dejárselo claro por si albergaba alguna duda. Esa sensación de aislamiento social le llevó a refugiarse en los cómics, las películas y la televisión. También aprendió a jugar solo, a imaginar y a observar la realidad desde fuera, como quien contempla una reunión desde lo alto de una escalera.

Un buen día, a su padre le surgió un trabajo en Nueva Zelanda; la oportunidad de un nuevo comienzo. Tras interminables horas de vuelo, y fascinado por el look