Tierra de nadie - Fernando Ballano - E-Book

Tierra de nadie E-Book

Fernando Ballano

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Beschreibung

«Yo era cartero en Sevilla. Cuando se levantó Queipo de Llano, fueron a mi casa y me preguntaron: —¿Quieres a España? —Sí —contesté. —Pues venga —me dijeron—, que te está esperando en la cama y en camisón. Y de esa manera tan sencilla me vi en un camión y con un fusil en la mano». El autor ahonda en aspectos poco estudiados como el de la lealtad geográfica y las familias divididas entre los dos bandos, la frecuente comunicación a través de las trincheras, la importancia de las canciones, en ocasiones, cantadas juntos. Es la curiosa crónica de los frecuentes intercambios de todo tipo y de las actividades en común con el enemigo: comidas o favores desafiando a los jefes. Este libro también nos ofrece un decálogo del combatiente, a modo de guía para la supervivencia, teniendo en cuenta que, en muchos casos, el enemigo estaba en el propio bando, como ocurría con distintas facciones e ideologías. Por si fuera poco, todos los combatientes tuvieron enemigos comunes y terribles, como las enfermedades, las plagas, el frío, el hambre o todo tipo de incomodidades. Una obra necesaria para desmitificar aspectos de la guerra presentados como épicos sin serlo y para desvelar otros, ocultos, así como las conductas positivas y elogiables en medio de la sinrazón y sin distinguir bandos.

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Seitenzahl: 767

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Texto de contra TIERRA DE NADIE

«Yo era cartero en Sevilla. Cuando se levantó Queipo de Llano, fueron a mi casa y me preguntaron:

—¿Quieres a España?

—Sí —contesté.

—Pues venga —me dijeron—, que te está esperando en la cama y en camisón.

Y de esa manera tan sencilla me vi en un camión y con un fusil en la mano.»

El autor ahonda en aspectos poco estudiados como el de la lealtad geográfica y las familias divididas entre los dos bandos, la frecuente comunicación a través de las trincheras, la importancia de las canciones, en ocasiones, cantadas juntos. Es la curiosa crónica de los frecuentes intercambios de todo tipo y de las actividades en común con el otro bando: comidas o favores desafiando a los jefes. Este libro también nos ofrece un decálogo del combatiente, a modo de guía para la supervivencia, teniendo en cuenta que, en muchos casos, el enemigo estaba en el propio bando, como ocurría con distintas facciones e ideologías. Por si fuera poco, ambos bandos tuvieron enemigos comunes y terribles, como las enfermedades, las plagas, el frío, el hambre o todo tipo de incomodidades.

«Ballano se aparta de la fatigada senda de los grandes personajes que hacen la historia para transitar por la más reveladora e interesante de los que padeciendo las decisiones de los grandes hombres, a menudo tan mezquinas, procuran campear el temporal y salir con bien de los cataclismos históricos que aquellos desencadenan».

Del prólogo de JUAN ESLAVA GALÁN

FERNANDO BALLANO GONZALO (Utrilla, Soria,1956) Licenciado en Psicología y máster en Historia Contemporánea. Ha trabajado como profesor en el Bronx (Nueva York) y en Madrid; fue funcionario del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Burundi. Se especializó en diversos aspectos de las colonias africanas de España y en nuestra guerra civil. Ha publicado diversos ensayos de divulgación histórica: Exploraciones secretas en África y Exploraciones secretas en Asia (ambos en Nowtilus) sobre la historia de las exploraciones a lugares prohibidos; Españoles en África (Tombooktu), sobre la presencia española en el vecino continente; y Aquel negrito del África tropical (Sial), sobre la peculiar colonización española de Guinea y las condiciones de vida de los nativos. Ha traducido y editado Cinco meses con los nómadas del Sahara occidental (Confluencias), de Camille Douls, sobre la primera exploración completa, y de incógnito, del antiguo Sahara español en 1887.

TIERRA DE NADIE

Tierra de nadie

Otra manera de contar la Guerra Civil

© 2021, Fernando Ballano Gonzalo

© 2021, Arzalia Ediciones, S. L.

Calle Zurbano, 85, 3.º-1. 28003 Madrid

Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis BreaAutor de la fotografía de cubierta: José Demaría Vázquez «Campúa».Por autorización del archivo José F. Demaría Campúa®

Todas las fotografías son imágenes procedentes de los fondos de la Biblioteca Nacional de España (Biblioteca Digital Hispánica), excepto la que ocupa la parte superior de la página III, la situada en la parte inferior de la página XVI y las dos de la página XXXII, que provienen del Archivo General de la Administración (Archivo Fotográfico de la Delegación de Propaganda de Madrid).

ISBN: 978-84-19018-03-8

Producción del ePub: booqlab

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.

Impreso en España — Printed in Spain

www.arzalia.com

Índice

Prólogo de Juan Eslava Galán

Introducción

1. Lealtad geográfica

2. Guerra de palabras

3. Guerra de canciones

4. Intercambios… hasta de disparos

5. Paellas y partidos de fútbol

6. Encargos y favores al otro bando

7. Vive y deja vivir. Decálogo del combatiente

8. ¿Dónde está mi bando?

9. El enemigo dentro del mismo bando

10. Enemigos comunes

Bibliografía

Notas

 

No sólo por intereses se matan los hombres entre sí.También por dogmatismo. Nada hay tan peligroso comola certeza de tener la razón. Nada resulta tan destructivocomo la obsesión de una verdad tenida por absoluta.Todos los crímenes de la historia son consecuencia de algúnfanatismo. Todas las matanzas se han llevado a caboen nombre de la virtud, de la religión verdadera,del nacionalismo legítimo, de la política idónea,de la ideología justa, en pocas palabras, en nombredel combate contra la verdad del otro.

FRANÇOIS JACOB

El juego de lo posible

 

 

 

Lo que más se parece a un hombre de izquierdas,en este país, es un hombre de derechas.

JOSEP PLA

El cuaderno gris

 

 

 

… y al acercarse el XX aniversario del comienzo dela guerra civil, el Partido Comunista de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservasa la reconciliación nacional de los españoles,…

DECLARACIÓN DE JUNIO DE 1956 DEL PCE

Prólogo

Hace unos cincuenta años que leo ensayos y novelas relacionados con nuestra Guerra Civil (incluso soy autor de uno de ellos y de dos novelas sobre el tema). Quiero indicar con esto que mi mirada ha dejado de ser inocente para ser crítica e incluso escéptica. Por eso acuso especialmente el deslumbramiento que me ha producido la lectura de este libro. De pronto me encuentro con una obra singular que se aparta del transitado camino de tantas otras para narrarme un aspecto de la guerra que hasta ahora solo conocía por referencias familiares, un aspecto de aquella contienda que, sin embargo, es fundamental: que casi todos los participantes se vieron implicados involuntariamente y durante aquellos tres luctuosos años no tuvieron más aspiración que escapar indemnes del mal paso y a ser posible sin perjudicar a nadie.

La historia es bien conocida. A pesar de esa tercera España más numerosa que las otras, pero tan silenciosa que pasó inadvertida, estalló una cruenta guerra civil en la que las otras dos Españas envenenadas por el odio de clase y por la propaganda buscaron venganza y procuraron exterminar al adversario. Aceptada esta triste realidad, Ballano Gonzalo tiene la virtud de «poner las cosas en razón», como quería Cervantes, otro gran entendedor de las eternas dos Españas, y nos dibuja el tapiz de mil historias de personas sencillas que padecen la locura colectiva sin participar en ella.

Pocos historiadores han reparado en que al menos la mitad de los españoles hicieron la guerra en el bando equivocado, a veces con grave peligro de sus propias vidas. A los tres días del denominado alzamiento, los sectores republicano y nacional estaban determinados. A Manuel Machado, que era el más liberal de los dos hermanos y militante de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, le pilló en Segovia, donde visitaba a una monja, tía de su mujer. Sabiéndose en peligro, adoptó, con la conveniente celeridad, posturas más conservadoras, incluso escribió algún soneto a Franco para demostrar su adscripción al Movimiento. Con otros ocurrió lo contrario: desterraron las sospechosas corbatas —por paradójico que parezca, el comunista Valentín González el Campesino solía usarlas— y aprendieron a levantar el puño y a cantar la Internacional en clases aceleradas.

Tengo un ejemplo en la familia. Mi padre era un sencillo campesino al que le tocó luchar en el bando de la República, pero, aplicando la lógica, pensó que, puesto que la Republica había encarcelado a su padre por el delito de ser pequeño propietario agrícola y le había confiscado las tierras, sería más lógico que combatiera junto a los rebeldes. El primer día que lo llevaron al frente, en el sector de Torrealcázar, entre Torredonjimeno y Porcuna, provincia de Jaén, aprovechó que lo habían designado como escucha (centinela nocturno en posición avanzada) para pasarse al enemigo. Caminaba bajo las estrellas en una noche sin luna cuando, a medio camino de las trincheras nacionales, por la franja de unos tres kilómetros de tierra de nadie, se cruzó con un sastre que hacia el camino contrario: se pasaba a los republicanos y lo hacía en compañía de un asno sobre el que cargaba sus escasas pertenencias, entre ellas una máquina de coser. Se saludaron a lo lejos con cierto reparo, pero poco después, unidos por el desamparo de la noche, se acercaron, al principio con las cautelas de los que se intuyen en bandos distintos. Disipados los iniciales recelos, convinieron en que era mejor aguardar a que amaneciera porque si se presentaban en sus respectivas líneas en plena noche algún centinela podía dispararles. Mientras hacían tiempo tomaron asiento bajo un olivo, trabaron conversación y juntaron meriendas. El sastre sacó una botella de moscatel y medio queso que llevaba en el serón, mi padre un chusco, un puñado de algarrobas, una lata de leche condensada y dos de sardinas. Transcurrieron unas horas de amigable charla en la que cada uno contó al otro su vida y su circunstancia. Los dos eran de parecida formación, o sea, leer y escribir y poco más, pero convinieron en que si los políticos hubieran hablado un poco más a lo mejor no habrían liado el cisco. Se despidieron tan amigos con un apretón de manos después de desearse suerte por lo que pudiera venir.

«Lo que son las cosas —recordaba mi padre—, el que iba con los rojos tenía manos suaves, de señorito, y yo que iba con los señoritos tenía las mías llenas de callos».

En su espléndido libro, Fernando Ballano confiesa que tan solo ha pretendido estudiar la Guerra Civil desde la perspectiva de los actos de confraternización, humanidad y sentido común, de todo tipo, que se dieron durante el enfrentamiento. Al lector le parecerá que el autor peca de modesto, porque el resultado es un libro sobresaliente por su estilo y por su contenido.

Señalaba Unamuno la importancia de la intrahistoria, de los aconteceres cotidianos que no merecen la atención de los periódicos, de todo aquello que está a la sombra de los grandes hitos históricos y sin embargo determina la verdadera Historia, con mayúscula. Ballano Gonzalo se aparta de la fatigada senda de los grandes personajes que hacen la historia para transitar por la más reveladora e interesante de los que, padeciendo las decisiones de los grandes hombres, con frecuencia tan mezquinas, procuran capear el temporal y salir con bien de los cataclismos históricos que aquellos desencadenan. Esta narración, a menudo tan eficaz como la más absorbente novela, nos ofrece la palpitante intrahistoria de la Guerra Civil, basada en recuerdos de los protagonistas, pero lo hace con el necesario sentido crítico, conociendo que a menudo la memoria no es del todo fiable y que hay que contrastarla siempre con los datos objetivos que la historia nos ofrece.

No retendré la atención del lector ni una línea más: pase página y disfrute de este libro asombroso.

JUAN ESLAVA GALÁN

Introducción

Esta obra estudia la Guerra Civil española de 1936-1939 desde la perspectiva de los actos de confraternización, humanidad y sentido común, de todo tipo, que ocurrieron durante el enfrentamiento. Fueron abundantes y muy variados más allá del conocido y continuo intercambio de tabaco por papel de fumar. Muchos de ellos tuvieron lugar entre las dos líneas, en la denominada, tierra de nadie.

El libro comienza analizando la llamada «lealtad geográfica» y los abundantes casos de familiares directos que quedaron en bandos distintos. Continúa presentando las frecuentes interacciones verbales y musicales entre las trincheras enfrentadas y sus diferentes tipos y motivaciones, así como los intercambios de objetos y bienes, para continuar con ejemplos de comidas compartidas y la celebración de partidos de fútbol. Un aspecto a destacar son los casos de favores a combatientes del otro bando.

En el epígrafe titulado «Vive y deja vivir» analizo la filosofía que dirigió la vida de la mayoría de los soldados de ambos bandos y presento un «decálogo del combatiente» con los aspectos más destacados de sus conductas y motivaciones diarias. En el apartado «¿Dónde está mi bando?» muestro la dificultad que entrañaba en muchas ocasiones para los hombres saber a qué unidad o trinchera pertenecían, y las equivocaciones y situaciones que este desconocimiento provocaba. En el capítulo «El enemigo dentro del mismo bando» hablo de las peleas internas dentro de cada uno (en ocasiones muy determinantes y violentas) y, en el último, de la presencia de otros enemigos comunes a ambos contendientes como los jefes, los piojos, el frío o el hambre.

Creo que es un estudio necesario pues pone el acento sobre las similitudes en lugar de hacerlo sobre las diferencias y en lo que hubo de humanidad en medio de la locura y la sinrazón. Quizás haya quien piense que una investigación dedicada a estos aspectos es una falta de respeto a todos los que murieron, a los que perecieron asesinados en cualquiera de las dos zonas, a los que fallecieron en acción, a los que sufrieron castigos en ambos bandos, a los ejecutados tras un juicio más o menos —o nada— justo… ¡En absoluto! Es precisamente un homenaje a ellos, víctimas de un contexto histórico dominado por los totalitarismos de ambos signos. También es preciso recordar algo que se analiza poco o nada: este fue el único país europeo donde ostentó poder el anarquismo. Una ideología que propugnaba la abolición del Estado, hasta que ellos, los anarquistas, se convirtieron en autoridad.

La confraternización con el enemigo fue algo que ambos bandos pretendieron impedir y negar. A pesar de ello siempre se produjo. Temían los mandos que sus soldados se dejaran convencer por el enemigo o que perdieran la moral de combate al percibirlo como persona y no como un monstruo. Se prohibió hablar con los de enfrente, o intercambiar con ellos cualquier cosa, y se amenazó con graves castigos a los infractores. Los corresponsales extranjeros que visitaban la primera línea se sorprendían de estos hechos y caricaturizaban la situación en sus crónicas dando una imagen de poca seriedad y de tragicomedia, lo que tampoco gustaba a ninguno de los bandos.

El 13 de junio del 37, Indalecio Prieto, ministro de Defensa del Gobierno republicano, publicó una orden:

Se prohíbe terminantemente parlamentar con el enemigo, cambiar prensa o impresos de cualquier clase, establecer acuerdos relativos a interrupción de hostilidades cualquiera que sea el motivo que pueda aconsejarlo, siempre que no exista autorización expresa de los Generales del Ejército, o de mi autoridad. Los que contravinieran esta prohibición serán juzgados en juicios sumarísimos por los delitos correspondientes.

A pesar de las amenazas y castigos, los actos de confraternización continuaron, si bien se tenía en cuenta qué mando estaba al cargo de la posición y quiénes se encontraban enfrente. Llegó un momento en que no solo tomaban parte en ellos los soldados de reemplazo, obligados a pelear, sino grupos de voluntarios, pues todos estaban interesados en conseguir lo que los soldados del otro bando les podían ofrecer.

Uriel, un médico soriano, republicano, a quien le tocó trabajar en zona rebelde, que estuvo preso de los franquistas, y a quien estos le fusilaron a un hermano, lo cuenta en sus memorias:

Los relatos de confraternización entre los dos bandos en algunos frentes me parecían siempre fanfarronadas de combatientes. Pero, precisamente el mismo día de mi llegada a la posición de Azuara [Zaragoza, cerca de Belchite], terminó mi escepticismo. Estábamos haciendo nuestra primera comida al aire libre, junto a la cocina, cuando un sargento se acercó a la mesa: Mi Capitán, los hombres están bajando al barranco […] Nos acercamos a los parapetos, y disfruté la enorme satisfacción de ver que la guerra se había retirado en aquel sector. En la posición enemiga, situada frente a la nuestra, se veían hombres sentados sobre el parapeto, mirando hacia nosotros y haciendo señas. Por las laderas bajaban algunos soldados hacia el barranco, al encuentro de algunos de los nuestros. Pronto se les vio reunidos, formando corros. En las posiciones inmediatas del sector estaba sucediendo lo mismo, y todo tenía un inusitado aspecto de romería.1

Como este, hay muchos relatos de participantes en situaciones similares. Ya en febrero del 37, en el activo frente del barrio madrileño de Usera, hubo un acuerdo para no dispararse.

Me ciño a lo que ocurría en los frentes, entre los que combatían abiertamente, cara a cara. No trato de los que, en ambas retaguardias, asesinaron más o menos impunemente, sino de los que, engañados o no, sufrieron en primera línea, y de la vida que llevaron. De modo tangencial, también aludo a los que se escapaban o intentaban escabullirse de ese infierno. Rindo asimismo tributo a quienes, poniendo un poco de humanidad por encima de aquella locura, trataron bien o ayudaron a personas del otro lado. Como dijo alguien: «La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen, y no se odian, se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan».

La propaganda simplificó los mensajes. Estos se convirtieron en democracia contra fascismo por un lado y patria-religión contra comunismo por otro. Orwell lo explicó: «Lo que había estallado en España no era sólo una guerra civil, sino también una revolución, y éste es el detalle que más se ha empeñado en oscurecer la prensa antifascista no española. El conflicto se ha reducido al enfrentamiento entre fascismo y democracia, y los aspectos revolucionarios se han ocultado al máximo».2

He utilizado y analizado relatos y memorias de combatientes protagonistas de ambos bandos. Uno no puede fiarse de los aspectos hagiográficos de las memorias, sean orales o escritas. No son Historia, suelen ser autojustificación. La psicología tendría que ser tenida más en cuenta. Pero cuando uno confiesa algo en contra de uno mismo, o al menos muestra una actitud de neutralidad, entonces sí que es más fiable. Esta obra se basa, sobre todo, en confesiones en contra de uno mismo o de su grupo u organización. De la exaltación de las bondades propias no me fío. La memoria es un interesante fenómeno psicológico y, como tal, tiene unos mecanismos que la distorsionan y es necesario conocer. Sin entrar en profundidades psíquicas, podemos leer los comentarios de Teresa Ricart al respecto:

—¿Los supervivientes de una época son un material imprescindible para un historiador?

—Lo son, pero hay que aplicarles el mismo sentido crítico que a su memoria. A mí me cuesta trabajo saber lo que hice la semana pasada, y muchas veces preferiría olvidarlo. Si te ocurre algo hoy, dentro de tres meses, cuando estés reunida en una tertulia de amigas, lo contarás de otra forma a como sucedió. Y lo irás moldeando, para que tu papel sea un poco más digno de lo que fue. Lo hacemos todos, y hay que suponer que los protagonistas de la historia, más todavía. No se puede confiar en la memoria de los otros; hay que ir con cuidado.3

Los curiosos mecanismos de la memoria humana se tienen poco en cuenta a la hora de hacer Historia. Rellena huecos como sea. Podemos leer en los recuerdos de un nonagenario tras participar en un pelotón de fusilamiento: «… tras apretar el gatillo, los generales miraban los cerrojos de los soldados para cerciorarse. Y si algunos no lo habían hecho, les disparaban».4 Jamás en la historia un general ha pasado revista de armas a unos soldados. La efectúa un cabo, un sargento o, como máximo, un oficial subalterno. Memoria sí, pero con sentido común y con conocimientos de psicología, de historia y del tema que se trate. Con tanta «memoria», sin saber cómo funciona, hemos desvirtuado la Historia y la hemos reducido a autojustificación —como acabo de apuntar— y propaganda.

Por otra parte, a la gente no le gusta leer u oír lo que rompe sus esquemas previos y simples: estos son los buenos, estos son los malos. En la mayoría de los casos, y sobre todo si considero que así son más ilustrativos, presento los textos originales, tal como fueron escritos por los protagonistas, sin cambiar redacción, puntuación ni ortografía, a pesar de los fallos que puedan presentar. He visto demasiadas manipulaciones y malinterpretaciones. A veces hay por ahí joyas escondidas en forma de libros de memorias que no tendrán ningún valor literario, y serán un horror sintáctico y ortográfico; pero son un tesoro de información de primera mano. Los comentarios entre corchetes —[ ]— dentro de las citas son míos y sirven para aclarar, matizar, rebatir, o para indicar que se ha omitido texto no relevante o demasiado largo —[…]—.

Unos soldados ya nonagenarios del Batallón Alpino de la República, en una entrevista realizada en 2008 por Natalia Junquera para el diario El País, cuentan que a uno de ellos

… estuvieron a punto de fusilarle por organizar un partido de fútbol contra el bando franquista. «Por la noche insultábamos a los otros [a los rebeldes]. Ellos nos gritaban ‘¡Rooojos! ¡Hijos de la Pasionariaaaaa!’, y nosotros, para fastidiar, les llamábamos lo mismo. A veces también les decíamos: ‘Ayer estuve con tu novia. Es muy feaaaa!’, recuerda Adolfo Ruiz, de 92 años. Acudió voluntario a alistarse en el Batallón Alpino cuando estalló la guerra. «Lo hice porque pensé que allí no tendría que pegar tiros y podría seguir esquiando. Era campeón de España». […] No utilizan apenas la palabra enemigo. Eran apenas unos niños. Enrique tenía 16 años cuando le dieron un arma para defender un país en guerra. José, 17. Por eso, Piter pretendía jugar al fútbol «con los otros» para pasar el rato y Alfredo hacía bromas sobre la novia del soldado que no veía al otro lado, como si fuera un amigo del barrio. «Una vez empezaron a dispararnos y uno de nosotros gritó: ‘¡Pero no dispares más, hombre, que le vas a dar a alguien!’. ¡Y pararon!», recuerda José.

Estas últimas frases son más valiosas que algunos libros sobre la Guerra Civil. Por suerte, la mayoría de la gente tenía más sentido común que los dirigentes y exaltados de ambos bandos. Como dice Jordi Canal: «La historia militante y combatiente es un lastre. […] Los libros académicos no pueden convertirse en armas de combate».5

En este libro abordo también aspectos que, a mi juicio, no se han tratado con el rigor necesario: la historia de los ciudadanos corrientes. Sánchez Domingo, un sargento madrileño, republicano y militante socialista en aquella época, comenta al respecto:

He llegado a la conclusión de que leer a los autores de todas las tendencias ideológicas es la única forma de llegar a obtener una ligera aproximación a la verdad histórica […] Tanto unos como otros pretendían tener razón, pero ambos fueron incapaces de reconocer las múltiples barbaridades y errores cometidos antes, durante y después de la tragedia. […] ¿Cuándo se querrán enterar los deformadores de la historia, que solamente se debe escribir historia por razones históricas y no políticas.6

Espero que sirva para que alguna persona relativice esas divisiones tan claras y categóricas, esas verdades absolutas, esas ideologías totalitarias y fanáticas de ambos signos, ese maniqueísmo que emplean algunos para caracterizar un bando y otro. La Guerra Civil fue más complicada de lo que en muchos de sus aspectos se simplifica; y más simple de lo que la complican, en otros. Voy a tratar de exponer el día a día de los combatientes con la mayor objetividad posible. Con hechos, sin ideología, sin absolutos, sin dejes totalitarios de ningún signo salvo el de estar en contra de todos los totalitarismos y dictaduras.

Han pasado más de ochenta años. Vamos a ver la guerra con otra perspectiva y a fijarnos en lo que hubo de humano y sensato en un episodio como ese. Cordón, un general comunista del Ejército Popular de la República (EPR), y después del de la URSS, comenta: «Y al hablar de combatientes de otros países y de su heroísmo acude indefectiblemente a la mente el recuerdo de aquellos aviadores y tanquistas soviéticos que lucharon y murieron combatiendo por la democracia española».7 Decir soviético y demócrata es lo mismo que decir fascista y demócrata. Poco antes de morir, quizás ya más calmado, escribió: «Hace casi treinta años que esto ocurrió. […] Una guerra que los españoles debemos considerar como un hecho histórico, enterrando definitivamente los que en ella participamos, en uno u otro bando, rencores y odios, sin pretender que los hereden las nuevas generaciones».8

1

Lealtad geográfica

Un factor muy importante para determinar en qué facción se luchaba era la zona donde estaba la familia. La gente quería estar junto a sus seres queridos y ello era uno de los aspectos determinantes a la hora de pasarse o no al otro bando. Si sus allegados estaban en el lado donde le había tocado luchar, aunque no coincidiera con sus ideas, si es que estas existían, uno se quedaba allí. En primer lugar porque, enseguida, ambos bandos castigaban a la familia del desertor obligando a que otro miembro masculino (al final también femenino entre los republicanos) del clan, aunque fuera de edad avanzada, pasara a ingresar en las filas del ejército correspondiente y normalmente en trabajos o puestos duros, peligrosos y pesados. No fue la primera vez que ocurrió: en la guerra civil rusa de 1917 a 1922 tal estrategia ya se puso en práctica.

Lo que se ha denominado «lealtad geográfica» consistió en que, aunque no se estuviera de acuerdo con la ideología del bando donde a uno le había tocado, salvo algunas excepciones, se aceptó la situación y se intentó sobrevivir. Los izquierdistas se hacían de Falange para que no les pasara nada y viceversa (lo que se denominaba rojos o azules geográficos). En el lado opuesto, a los de derechas les llamaban rábanos, porque eran rojos por fuera y blancos por dentro.

En otros casos, por ser muy notoria la ideología contraria al bando que dominaba ese lugar, por «haberse significado», uno no tenía más remedio que esconderse o huir al otro lado. Pero salvo excepciones, la gente se alineó con el que triunfó allí donde vivía porque, en primer lugar, ante la dificultad de camuflarse o disimular, lo normal era ser asesinado. Ambos bandos cometieron crímenes, como reconoce Francisco Avellaneda, un almeriense de la quinta del 30 que se presenta voluntario para elegir destino y cobrar la paga:

… después de estar en Jaén 8 o 10 días nos trasladaron a Ciudad Real también en otro Convento de Monjas íbamos de Convento en Convento, aquel Convento de Ciudad Real sí que estaba habitado pero las Monjas ya se habían marchado por que corrían muy malos tiempos para ellas, las perseguían mucho por que en aquellos momentos de los primeros meses de Guerra al que cogían no los sometían a Juicio los cogían y los mataban por que eran muy enemigos del régimen, y por otra parte ellos hacían lo mismo o si cabe peor con Nosotros en la Zona que ellos dominaban, aquello era horroroso tratándose de españoles que éramos todos, pero las guerras civiles son así de crueles.1

En una página web podemos leer sobre la zona de Valsaín:

Nadie duda que los hermanos Isabel Rosendo fueron una familia muy unida antes y después de la Guerra. No obstante, igual que sucedió con otros muchos hermanos, unos se vieron obligados a combatir en «zona roja» y otros en «zona nacional» […] A veces la añoranza de los seres queridos era más fuerte que los riesgos acechantes: Eusebio Martín Herrero, al igual que otros vecinos del pueblo dispersos por la sierra, aguardaba la llegada de la noche para atravesar las líneas del adversario y pasar unas horas junto a su familia.2

Otros no se atrevían a pasarse y a unos terceros les repugnaban ambos bandos por igual. El escritor francés Antoine de Saint Exupéry llegó a Barcelona como periodista del L’Intransigeant en agosto de 1936 y a Madrid en 1937 con Paris-Soir. En su libro Un sentido de la vida cuenta que en Carabanchel estaban a cuarenta metros del enemigo: «La guerra es absurda. No obstante hay que elegir un bando. “Iban engañados, o bien iban engañados los de enfrente”, me dirán ustedes. Pero yo me rio aquí de los políticos, de los logreros y de los teóricos de salón de uno u otro bando».

El investigador Claudio Hernández cita un caso:

El «camisa vieja» [falangista de antes del 18 de julio, cuando mucha gente se afilió para estar seguro] Cecilio Cirre se encontraba en zona «roja» al inicio de la contienda y hubo de combatir a las órdenes de la República. Miquel, a pesar de ser un «hombre de orden» formó parte del ejército republicano al encontrarse en Cataluña el 18 de julio de 1936. José, sargento [nacional] en el frente de Asturias, confiesa no haber tenido problemas con «dos chicos de izquierdas» que tenía en su unidad: «Yo sabía que pensaban de otra forma […] y el resto de compañeros no les decía nada. Al final luchaban como el que más». Lo que en un primer momento pudo ser un accidente de ubicación geográfica, luego pudo crear lealtades duraderas. No podemos descartar, por ejemplo, que muchos individuos inicialmente simpatizantes con la causa republicana cambiaran estas simpatías tras luchar a las órdenes del bando sublevado. Una identificación que se había ido gestando debido a algo a lo que Seidman no presta excesiva atención: la existencia de unos sentimientos colectivos trenzados entre los combatientes durante la guerra.3

La psicología social explica muy bien estos comportamientos. Para sobrevivir donde te había tocado, lo mejor era tener un carnet de alguna organización de las que dominaban esa zona (Falange o Requeté en la rebelde; CNT, UGT, PSOE o PCE en la gubernamental). Con el tiempo los carnets se desvirtuaron y se consideraban de pata negra los que eran anteriores al 18 de julio. Por ejemplo, en la provincia de Soria, los falangistas pasaron de siete miembros —estudiantes afiliados en Madrid, pues allí ni había sede de Falange— a varios miles.

Ignacio Yarza Hinojosa, un joven catalán, requeté, nos relata sus peripecias:

Yo trabajaba en un taller de carpintería […] se me hizo saber que si no tenía carnet sindical, no podía seguir en el taller. En esos momentos, el único documento válido para poder circular, era el carnet de la CNT o de la UGT. Los más poderosos eran los anarquistas. […] Juan Garrigós, Dios se lo pague, se ofreció a responder por mí, a pesar de mis pocas simpatías por ese sindicato y, menos aún, por el partido que representa. Me acompañó y sin más complicaciones, me extendieron el correspondiente carnet de la UGT. […] A primeros de 1937, Pere Ral nos comunica que el taller será incautado de inmediato. Si queremos seguir trabajando, no tenemos otra solución que afiliarnos a la CNT. Juan Garrigós no está de acuerdo con la incautación, ni con el sistema seguido para llevarse a cabo, ni mucho menos que tenga la obligación de afiliarse a la CNT. Pere Ral le recuerda que todo el ramo de la madera está controlado por la CNT y que esta no proporciona trabajo más que a sus afiliados. La única posibilidad de trabajo son los talleres confederales que pertenecen a la CNT. Finalmente Garrigós se da por vencido. ¡Qué remedio! Nos vamos al sindicato que está en la calle Blay, de Pueblo Seco. Subimos al primer piso y nos encontramos con Ventura, antiguo peón de una pequeña carpintería cercana a la nuestra, Sadurní, su dueño ya se quedó sin taller antes que nosotros. Ventura, pistolón en bandolera e ínfulas de mando, ya tiene preparados nuestros carnets y los boletos para los nuevos talleres.4

Pedro Corral, en su libro Desertores, cita el caso de Agustín Castro, cuyo padre, militar, estaba preso en Madrid, él movilizado en la sierra en el ejército republicano, un hermano en África con los franquistas, otro desaparecido y la novia en Córdoba. Muere su padre en la cárcel y deniegan la pensión a su madre. Acaba desertando.5

Algunos se adaptaron enseguida: «Un hermano de mi madre había sido alcalde socialista de la ciudad cordobesa de Lucena durante los años de la República, pero abandonó el cargo y la militancia socialista a finales de 1934. En los años de la guerra volvió a aparecer como falangista e inició una cierta carrera política…».6

Según el historiador Francisco Leira, los afiliados por interés solían ser los más sanguinarios:

Además se tiene que remarcar la existencia de desafectos en estas unidades. Se hace referencia a los conocidos en la memoria colectiva como «chaqueteros». Se trataba de individuos que pertenecían a organizaciones de izquierda, comunistas y especialmente anarquistas, que se alistaron de manera voluntaria en las milicias [de Falange] tanto de segunda fila, como en las dirigidas al frente. La supervivencia ante posibles represalias políticas es la principal explicación ante este cambio de afiliación.

La memoria de las víctimas destaca negativamente esta figura, debido a que en algunos casos participaron como agentes activos en este escenario de violencia. Como afirmaban dos hermanos movilizados por el ejército sublevado en una entrevista realizada en 1988: «eses eran os peores porque para que non os descubriran mataban os outros» [esos eran los peores porque para que no los descubrieran mataban a los otros]. Por eso, se mantiene como hipótesis que algunos individuos que se alistaron a las milicias de falange lo hicieron porque suponía una oportunidad de matar, tanto por cuestiones personales como políticas. El golpe modificó los límites éticos de las relaciones sociales, haciendo que algunos individuos optaran por enrolarse en las milicias para solucionar de una forma violenta un enfrentamiento personal, familiar, local, económico, etc. […] El 10 de diciembre de 1936 el E. M. de las Fuerzas Militares de Asturias expresaba su preocupación por el alto número de desertores al bando enemigo por parte de miembros de las milicias de Falange.7

Leira también comenta que muchos izquierdistas en zona rebelde utilizaban el Ejército como una tabla de salvación pues allí, siguiendo la filosofía legionaria, si cumplías, no les importaba tu pasado:

El ejército, desde los primeros momentos del golpe de estado, desarrolló una política de integración de individuos contrarios ideológicamente con el objetivo de obtener el mayor número de efectivos militares posibles. Por lo tanto, incorporarse en el ejército empezó a considerarse como una forma de sortear una presumible represión política, porque pensaban que existía una mayor posibilidad de conservar la vida dirigiéndose hacia el frente que continuar huidos en la retaguardia. Estos hechos permanecen en la memoria de algunos excombatientes, como recuerda un huido en la zona de Asturias al que le aconsejaron que se presentase para no sufrir represalias. En otra entrevista, un movilizado que estuvo cuatro meses escapado, perseguido y denunciado por las milicias de Falange, afirmaba que le llegó a pedir al sargento que lo enviase al frente porque en retaguardia «non me van deixar en paz».8

Leira presenta una interesante diferencia entre el franquismo, el nazismo y el fascismo: «El golpe de estado de 1936, a diferencia del resto de pronunciamientos militares desarrollados en España, genera una movilización ciudadana en contra y a favor del gobierno republicano».9 En cualquier caso, los voluntarios, en ambos bandos, parece ser que no superaron el 10% del total de efectivos, lo que contradice la visión idílica del pueblo en lucha que se ha tratado de transmitir.

Algunos llegaban al extremo de tener varios carnets, como el caso que cita Seidman de «un chófer que fue expulsado del sindicato de transporte de la CNT por pertenecer a cuatro partidos políticos».10

Otro caso de lealtad geográfica fue el de Vicente Serrano, seminarista en Madrid el 18 de julio. Cuenta cómo el día 20, al ir a misa, tuvo que entrar por la puerta trasera. Tras terminar la celebración la iglesia fue quemada y los dominicos de ese convento asesinados. Su seminario fue asaltado y se escondió en casa de sus padres:

… su familia le recomendó que se alistara al ejército, que de lo contrario, llamaría mucho la atención. Y eso fue lo que hizo. Acudió al Cuartel de la Montaña, ya en poder de la República y fue destinado a la Oficina de Organización: «No me lo podía creer. Solo tenía 18 años en 1936 y me encargaron coordinar todo lo referente a los reclutas». […] Pasados unos meses y tras la estabilización del frente de Madrid, Vicente Serrano tuvo que marcharse al frente a luchar. Por sus estudios, sus superiores le colocaron como ayudante del Comisario Político, por lo que personalmente «no tuve que pegar un solo tiro en el frente. Estaba en la 68.ª División que participó más adelante en la batalla de Teruel» recordaba.11

Familias en los dos bandos

En numerosos casos hubo familias con algunos de sus miembros en un bando y otros en el contrario. Y todos pertenecían a la misma clase social.

Ocurrió en una época muy concreta, con una situación muy especial caracterizada por una gran exacerbación de las ideologías. Estas se convirtieron en las religiones del siglo XX, por tanto irracionales, y, en muchos casos, fanáticas. Fueron una excusa para llevar la intolerancia al extremo, para alcanzar el poder y quitárselo al otro.

Los seres humanos somos irracionales y sociales. La motivación de pertenencia a un grupo, y sentirse arropado por él, es una necesidad fundamental en mucha gente. Puede mucho, algunos lo precisan de forma perentoria, y son capaces de cualquier cosa por sentirse aceptados en el clan. Si además la pertenencia produce beneficios materiales y sirve para resolver frustraciones, se disfraza de cualquier cosa que se pueda vender como positiva. Por otra parte, la psicología social tiene mucho que decir respecto a la aceptación de la autoridad. La psicología de masas lo sabe muy bien: uno hace cosas horribles en grupo, tiene conductas que nunca pondría en práctica cuando está a solas, cuando es él.

El concepto de confraternización con el enemigo no puede ser más indicado pues hubo muchos casos en los que hermanos debieron luchar en bandos diferentes, como se ha apuntado. Buenaventura Durruti Domingo, líder de los anarquistas, tenía un hermano falangista en León, Marciano Pedro Durruti Domingo. Era muy próximo a José Antonio Primo de Rivera y a Manuel Hedilla. En 1937 se opuso a la unificación decretada por Franco y fue juzgado, condenado a muerte y fusilado. Marcelo Durruti, primo de Buenaventura, fue, según el falangista Corniero, «uno de los puntales de nuestra CONS-S [Central Obrera Nacional-Sindicalista. Sindicato de Falange de las JONS], que con tanto acierto y vigor dirige el excomunista Manuel Mateo [También participaron en su organización dos antiguos miembros de la CNT]».12

Recordemos que anarquistas y falangistas tenían muchos puntos en común. A los de la FAI los llamaban failangistas. También coincidían en la bandera: roja y negra, y en la denominación de sus unidades militares (centurias).

Otros reducen la cuestión a una rebelión militar. Pero los aproximadamente trece mil jefes y oficiales en activo del Ejército se dividieron más o menos por mitad en ambos bandos (en torno a 40% leales y 60% rebeldes) y dentro de cada familia:

Los Sáenz de Buruaga tuvieron jefes y oficiales en ambos lados. El jefe de la aviación republicana, Ignacio Hidalgo de Cisneros, tenía un hermano que llegó a mandar una de las célebres Brigadas de Navarra y fue herido en la batalla del Ebro. El general Sebastián Pozas permaneció leal al Gobierno, fue ministro de Gobernación y jefe del Ejército del Centro, mientras su hermano, el teniente coronel de infantería Gabriel Pozas, se unió al golpe en Navarra y fue ayudante del general Emilio Mola. El coronel José Eduardo Villalba Rubio mantuvo asimismo la lealtad al Gobierno, pero cinco hermanos suyos, también militares, lucharon en el otro lado. El coronel Escobar, al mando de la Guardia Civil de Barcelona, se quedó en las filas gubernamentales y logró acabar allí con la rebelión; tenía un hijo fiel al Gobierno y otro falangista que murió en Belchite.

Domingo Rey d’Harcourt, coronel de artillería, jefe de los defensores rebeldes de Teruel, fue fusilado por los republicanos en su retirada, cerca de la frontera francesa. Su primo, Joaquín d’Harcourt Got, era teniente coronel médico, jefe de los servicios quirúrgicos del EPR, y se encontraba en el frente de Teruel cuando la rendición de su primo. Según la hija de Domingo, ambos se dieron un abrazo al encontrarse, prisionero uno, vencedor el otro. Joaquín fue de los afortunados que logró marchar a México eludiendo los campos de concentración de Francia. Allí fue propietario de clínicas y profesor de universidad. Falleció en 1972.

Cuando los rebeldes ocuparon la ciudad de Tarragona, el 13 de enero de 1939, se encontraron los hermanos Machuca; uno vencedor y otro prisionero. Un fotógrafo inmortalizó el momento.

Un hijo del general Asensio Torrado, jefe del Ejército del Centro con Largo Caballero, estaba preso en zona rebelde y en el 38 se alistó en el ejército franquista. El coronel Emilio Alzugaray sirvió en el ejército republicano, y su hijo, en el franquista como alférez provisional. Ignacio Cuartero Larrea, capitán de artillería en la Asturias republicana, fue fusilado al rendirse; mientras que su hermano Miguel llegó a general en el ejército franquista. El general Enrique Ruiz-Fornells, subsecretario en el Ministerio de la Guerra con Azaña, tuvo dos hijos militares, uno en cada bando. El comandante Jaime Solera, de Estado Mayor, demócrata liberal, permaneció fiel al Gobierno. Su hermano, también oficial, estuvo con los rebeldes.

Virgilio Cabanellas era general de división en Madrid, donde desempeñaba la jefatura de la 1.ª División Orgánica que incluía las provincias de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Badajoz. No se sublevó. Su hermano Miguel —a pesar de ser republicano y masón— se alzó en Zaragoza por estar en contra de la política del Frente Popular. Como general de división más antiguo tras la muerte de Sanjurjo, pasó a ser presidente de la Junta de Defensa Nacional. Por ello destituyeron y encarcelaron a Virgilio en Madrid. En el 34-35 Miguel fue diputado del Partido Radical de Lerroux, pero, como anticomunista, decidió unirse a los sublevados. No era partidario de entregar el poder a Franco. Cuando este lo consiguió, el 1 de octubre, puso a Miguel en un puesto meramente representativo, sin ningún mando. En mayo del 38 falleció, a los 66 años de edad. Parece ser que Franco se apresuró a conseguir toda su documentación personal. Guillermo Cabanellas, hijo de Miguel, estaba en Zaragoza el 18 de julio. Era republicano acérrimo, había participado en la sublevación de Jaca y fue candidato por el PSOE en las elecciones de febrero del 36. A pesar de ser hijo de Miguel, fue amenazado y escapó a Francia, luego a Uruguay y Argentina, donde finalmente se instaló.

Hubo casos curiosos como el del comandante (que llegó a general de brigada) Alberto Ruiz Moriones, nieto de Domingo Moriones Murillo, famoso general liberal de la guerra contra los carlistas y marqués de Oroquieta. Como Franco decidió que los oficiales y jefes de las unidades carlistas y falangistas fueran militares profesionales, Alberto mandó el Tercio de Zumalacárregui (en honor del famoso jefe carlista muerto en acción contra los liberales).13 Al otro lado se encontraba su primo, el general Domingo Moriones Larraga, que logró la cuadratura del círculo al ser aristócrata (heredero del marquesado de Oroquieta) y republicano a la vez. Mandó la fallida operación sobre Segovia en mayo del 37 en la que la aviación republicana bombardeó por error a sus propias tropas.14 Se quedó en España y pasó diez años en prisión. Murió en 1964, como marqués, y su hermana Máxima heredó el título.15 Era hermanastro de José Daniel Lacalle Larraga, que comenzó como capitán de requetés en la guerra y terminó como ministro del Aire con Franco entre 1962 y 1969.16

El requeté Javier Nagore también nos aporta datos sobre la división entre hermanos:

Aquello fue, muy en serio, una guerra entre hermanos. No se trata de una metáfora, sino de una verdad cruel que dividió familias, también de militares, y partió en dos el país. Los cinco hermanos Pérez Salas combatieron unos contra otros como oficiales profesionales. Cuatro sirvieron al Frente Popular: Joaquín, coronel de Artillería y luego general, se rindió en 1939 en Cartagena y fue fusilado; Manuel, teniente coronel de Infantería, también fue hecho prisionero por las tropas de Franco, en Valencia; Jesús, coronel de Infantería, cruzó los Pirineos al entrar los nacionales en Cataluña y marchó al exilio; José, comandante de Artillería, fue profesor de la Escuela de su Arma [del EPR]. Y del otro lado de la barricada, Julio, comandante de Caballería, mandó durante la guerra los tercios de requetés de Montejurra, de San Fermín, de Zumalacárregui y de Roncesvalles, fue condecorado con la Medalla Militar Individual y se retiró en la posguerra como teniente general. […] Hermanos contra hermanos, y más como regla que como excepción. Mariano Gómez-Zamalloa, laureado en la defensa del Pingarrón contra los comunistas de Líster, estaba casado con una hermana de los hermanos Leopoldo y Arturo Menéndez, destacadísimos militares frentepopulistas.17

Unamuno se alineó, con reservas y por eliminación, con los rebeldes. Permaneció en Salamanca, mientras sus hijos estaban en Madrid y luchaban en el EPR. Uno de ellos, José Unamuno Lizárraga, fue teniente de artillería. Su hermano Ramón luchó en el batallón Numancia, de las milicias sorianas de Madrid, y fue gravemente herido. Los hermanos Augusto y Camilo Barcia Trelles, abogados asturianos, estuvieron uno en cada bando, Augusto fue ministro republicano y Camilo, falangista.18 El derechista de Acción Católica Ángel Herrera Oria tenía un hermano que era general republicano y otros dos (uno de ellos jesuita) presos en el Bilbao republicano.19 José Laín Entralgo fue dirigente de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y director de la escuela de formación de comisarios políticos del EPR. Su hermano, Pedro Laín Entralgo, médico falangista, trabajó en el Servicio Nacional de Propaganda. Cada uno de los hermanos Machado estuvo en un bando. El falangista Ridruejo y Azaña habían estudiado los dos Derecho en el elitista y selecto centro de los Agustinos de El Escorial. Como era verano, época de vacaciones —de «permiso», como se decía entonces—, el golpe pilló a cada uno donde le pilló. Algunos pudieron huir, otros no.

Según Seidman, en Madrid, con un millón y medio de habitantes, solo se presentaron voluntarios diez mil milicianos. Eso sí, salieron en muchas fotografías porque a los corresponsales extranjeros les resultaba muy exótico. En Barcelona acudieron dieciocho mil, pero solo fueron a Aragón unos pocos miles. El resto se quedó en Barcelona. En total, se calculan entre ciento veinte y ciento cincuenta mil voluntarios republicanos y unos cien mil nacionales en una población de veinticuatro millones de personas.20 Y ya sabemos que muchos contrarios se presentaban voluntarios para no llamar la atención o para poder pasarse (cambiar de bando).

Se habla mucho del Ejército de África, pero las matemáticas están ahí. En agosto, septiembre, octubre y noviembre del 36 pasan de África a España las seis banderas legionarias existentes (entre cuatrocientos y seiscientos por bandera) y nueve tabores de regulares marroquíes —tabor significa ‘quinientos’ en árabe—. A unos quinientos tirando por lo alto cada unidad, suponiendo que estuvieran completas, un total de siete mil quinientos soldados. Eso sí, muy combativos y preparados. Al final de la guerra había dieciocho banderas legionarias (no más de doce mil efectivos), por lo que el protagonismo numérico que se les atribuía desde el otro bando es parte del mito. Los efectivos de regulares sí aumentaron mucho, hasta unos sesenta o setenta mil dependiendo de la fuente.

Según Georges Steer, corresponsal del Times, el coronel Alberto Montaud, jefe del Estado Mayor del ejército vasco, le dijo: «Nuestros campesinos, si quiere oír la verdad, están de corazón más con el enemigo que con nosotros». De hecho, muchos de sus componentes nacionalistas se integraron en el ejército franquista tras la ocupación de Vizcaya. No fue el caso de los sindicalistas, socialistas y comunistas, que se retiraron a Santander y Asturias.

Siguiendo a Seidman, llegó un momento en que los republicanos no podían castigar a los que se ausentaban sin permiso y no regresaban, o regresaban tarde, porque hacerlo hubiera reducido notablemente sus efectivos. Muchos desertaban y se pasaban al enemigo cuando sus pueblos de residencia caían en manos de los rebeldes. De nuevo la lealtad geográfica. Como sus familias ya no podían ser castigadas por los republicanos, y ellos podían ser avalados, consideraban llegado el momento de cambiar de bando.

Además de la lealtad geográfica, un aspecto consustancial a muchos seres humanos es el de ponerse de parte del vencedor. Uriel, el mencionado doctor de izquierdas que estuvo detenido un tiempo en Zaragoza, una vez liberado actuó como médico, movilizado, con los franquistas. Explica la lealtad geográfica de forma muy clara: «En la guerra civil española, los combatientes habían quedado asignados a uno u otro bando no por motivos ideológicos, sino por razones puramente geográficas. Las deserciones eran frecuentes, aunque no tanto como podía suponerse».21 Cuenta que una noche los republicanos de la posición de enfrente preguntaron al capitán nacionalista por su café. Resultó que el asistente (sirviente) de este oficial se había pasado y no le llevaría la bebida a la hora acostumbrada. Al revisar el macuto del desertor encontraron una carta para el capitán: «En la nota explicaba que se había visto obligado a desertar después de su último permiso. En su pueblo había sido amenazado por rojo y no quería seguir la suerte de algunos de sus familiares, que habían sido muertos por los falangistas. Añadía algunas frases de afecto para su capitán, al que sentía mucho dar ese disgusto». El oficial comentó: «Esa no es una razón para marcharse. Bastaba con que me hubiese hablado con franqueza; yo le hubiera protegido en cualquier circunstancia. Nadie se habría atrevido a tocarle».22

Es preciso reconocer que los militares del bando rebelde en general fueron respetuosos con las ideologías de sus subordinados siempre que cumplieran con su deber y obedecieran. Se basaban en la filosofía legionaria del «nada importa tu vida anterior». Otra cosa era si caían en manos de falangistas o requetés fanáticos. De hecho, Uriel, mientras estaba detenido, temía que lo pusieran en libertad cuando llegaban los falangistas, quienes habitualmente se los llevaban para darles el paseo, lo mismo que ocurría en las cárceles de la zona gubernamental cuando los que liberaban eran los milicianos. En ambos casos se acababa muerto en una cuneta. Los militares, tanto franquistas como republicanos, fusilaban casi en el acto, tras juicios o consejos de guerra sumarísimos por desobediencia, cobardía o intento de deserción, con arreglo al terrible Código de Justicia Militar (que ambos bandos compartían) en tiempo de guerra y que permitía incluso disparar directamente a quien flaqueaba frente al enemigo.

En relación con la división de familias, Ignacio Yarza Hinojosa, requeté catalán, que primero fue movilizado por el EPR, relata:

Procedente del hospital se incorpora el Capitán de la Compañía D. Tomás Segura Brotons. Es valenciano, de estatura media, cara redonda, colorada y gruesa nariz, con pelos en la punta. Barba cerrada y aspecto de «venir del huerto». Estaba de guarnición en Pamplona al estallar la guerra y tenía el grado de Brigada. Unos días antes de que empezara la guerra, mandó a su mujer a Valencia para que diera a luz, en casa de sus padres y quedaron separados antes de saber si era padre. Ahora no sabe si, a lo peor, es viudo. Aunque con condicionamientos diferentes, se encuentra un poco como yo, sin saber la suerte que ha corrido su familia. Por ser el oficial de mayor graduación, pasa a mandar el Batallón cesando el que lo mandaba accidentalmente, Teniente Ayudante D. Ildefonso López Arteche. Tenemos un muerto y un herido.23

Como se ve, tampoco andaban sobrados de oficiales, y un teniente llegaba a mandar un batallón (quinientos a ochocientos hombres) en lugar de una sección (veinte a cincuenta).

El diario El Socialista del 19 de julio convirtió al capitán piloto Antonio Rexach en héroe del Gobierno. Ese mismo bando mató a José, su hermano, teniente coronel de artillería, a finales de agosto del 36 porque en el 31 se había opuesto a la quema de edificios religiosos, de la misma manera que paseó a dos hijos de Antonio de 20 y 18 años de edad.24 ¿Lucha de clases o estupidez?

César Lozas comenta que era republicano pero vivía en Salamanca, por lo que se tuvo que incorporar a filas cuando lo llamaron para evitar que su padre, médico, también republicano, fuera objeto de nuevas represalias pues había sido detenido y liberado después, pero con una multa. César argumentaba que, como no había comisarios políticos en el ejército franquista, el adoctrinamiento que se les daba era muy limitado:

Se les decía que España estaba en peligro, que había que salvar a la patria […] a su modo de ver, había una cosa que aliviaba esa resignación. Los campesinos se consideraban parte de un ejército victorioso. A resultas de ello, su objetivo personal era participar en la conquista de alguna capital: Madrid, Barcelona, Valencia. Para muchos de ellos, que jamás habían salido de su aldea antes, esto les brindaba una luminosa esperanza para el futuro.25

El nivel de vida de los campesinos nacionalistas, pequeños o minúsculos propietarios de mala tierra, era parecido o inferior al de los obreros o jornaleros, pero era su propiedad y sabían que en Aragón los anarquistas obligaban a ingresar en colectividades, y no estaban dispuestos a consentir que otro decidiese qué hacer con su pequeño terruño.

Juan José Sanz Jarque, un turolense que vivió la guerra de niño, habla de la angustia de los que tenían hijos en el frente y, muchas veces, frente a frente:

… esta preocupación se agravaba en familias como la nuestra, con hijos, cual le ocurría a mi abuela, [con] soldados en uno y otro ejército. […]26 Nuestra familia estaba sin noticias de los hermanos de mi madre; del tío José, que estaba en una bandera de Falange, y del tío Nicolás, en una unidad de los rojos en el frente de Madrid. Con mejor suerte, el tío Jesús, desorganizada su unidad en una de las retiradas de los rojos, se vino a casa sin que nadie, ni rojos ni azules, le dijeran nunca nada.27

Ángel Longarón Salcedo, un oscense de la CNT, recuerda:

Como anécdota diré que en la misma sección del teniente Rafael Otal [enemigo], iba un primo hermano mío llamado Carlos Loriente Salcedo que años después de la guerra me contó que él había estado en nuestro ataque de Lierta, y que había acompañado a Rafael durante toda su huida, que éste iba completamente hundido y desmoralizado, pero la anécdota está, en que la madre de mi primo, tía Saturnina, muy querida por mí, le había mandado un paquete desde Sta. María y la Pefia, que es donde residían, y que dicho paquete fue cogido sin abrir por uno de la Pefia; Por esto supimos que a nuestro primo Carlos lo habían puesto frente a nosotros en el mencionado combate, digo nuestro primo porque aquel día frente a él estábamos tres primos hermanos suyos: Emilio Loriente, Mariano Fafianas Loriente y el que esto escribe Ángel Longarón Salcedo. Así de cruentas e irracionales son las guerras y más las guerras civiles.28

El requeté José Fernández, del Tercio Isabel La Católica, de Granada, nos dice:

En el ataque republicano del día 6 de Octubre de 1938 en las posiciones del «Barranco de la Sangre» entre Bubión y Capileira, una granada de artillería produce cuatro muertos y tres heridos (uno de los cuales era mi Padre: José Fernández Pérez. Él nunca nos contó nada. Mi Padre tuvo a su Hermano mayor (mi Tío Paco) en las posiciones enemigas Republicanas en el mismo sector.29

Antonio del Rosal, jefe falangista, era hijo de un teniente coronel leal:

Para infiltrarse se eligió fundamentalmente la CNT porque Antonio del Rosal era hijo nada menos que del jefe de columna confederal, Teniente Coronel Del Rosal y podía presentar un carnet de la CNT de 1932. Pero la verdad es que Antonio era falangista y se hizo con un carnet falso de Oficial de complemento con el que se movía, ayudado por su apellido también, en centros militares.30

Por su parte, el general comunista Cordón nos comenta:

Días después [de la toma de Belchite], por dos conductos distintos e independientes, lo que me hacía creer en la veracidad de la noticia, recibí una dolorosa información: mi hijo mayor, Antonio, que aún no había cumplido los 18 años y que, movilizado por los facciosos, figuraba entre los soldados que luchaban en contra de nosotros en las trincheras de Aragón, había resultado gravísimamente herido en la cabeza. Durante bastante tiempo los médicos temieron que quedase ciego, pero felizmente no fue así.31

Cordón afirma que su hijo fue movilizado, es decir, obligado. Debe ser duro para un dirigente comunista reconocer que su propio hijo está luchando a favor de los rebeldes. El reemplazo del 40, al que pertenecía dicho joven, no fue movilizado por los nacionales hasta febrero del 38, mucho después de lo de Belchite, y eso para los nacidos en enero, febrero o marzo de 1919. Cordón miente mucho en sus memorias, pero hacerlo sobre su propio hijo… Debe ser que se presentó voluntario y, claro, eso no lo podía admitir su conciencia. No en vano fue ascendido a general en enero de 1939, un regalo para los «mejores». Pasó al ejército soviético y, en 1944, le nombraron también general de la URSS. ¿Le deberían algún favor? Curiosamente, aparte de esa referencia, no vuelve a hablar de su vástago en el resto de sus memorias.

El hijo de Largo Caballero, Francisco Largo Calvo, cayó en manos de los militares rebeldes pues estaba realizando el servicio militar como soldado de cuota (los privilegiados que pagaban para elegir destino, no ir a África, y estar movilizados durante menos tiempo). Le mantuvieron toda la guerra como prisionero y recibió un buen trato, según dijo él mismo, a pesar incluso de que había participado en la Revolución de Octubre de 1934 y habiendo estado en prisión por ello. Tras la guerra fue liberado y marchó a México, donde se dedicó a los negocios.

Un caso espeluznante que ilustra la sinrazón y demuestra la irracionalidad de todas las ideologías totalitarias es el relatado por el canario Prudencio Doreste en Ocho meses de campaña. Cuenta su paso por la Península como falangista voluntario, dedicado a vivir estupendamente, a emborracharse en retaguardia y a quejarse porque durante una semana tuvo servicio de vigilancia en un lugar frío. Fue de los que actuó en pueblos de retaguardia… Lógicamente, transmite una versión edulcorada de su actuación. Así relata su estancia en Domingo Pérez, un pueblo de Toledo:

En Falange de Domingo Pérez militaba un muchacho que, por su conducta ejemplar, era querido por todos sus compañeros. Además, verdadero falangista, sentía el credo de Falange con todo el corazón. Siempre estaba dispuesto a la cooperación voluntaria y allí, donde había que prestar un servicio de peligro, nunca faltaba. […] Uno de aquellos días, por una confidencia, se nos puso sobre la pista de uno de los rojos más peligrosos de la comarca. Y, daba la desgraciada casualidad, que aquel individuo era precisamente el padre del falangista, cien por cien, como hoy se dice. Nosotros, que conocíamos bien al camarada; que sabíamos de sus buenos sentimientos y de su bondad como hijo, sentimos de veras aquella circunstancia. […] El padre cayó en nuestro poder y el hijo no tardó en enterarse de cuanto ocurría. Fue condenado a muerte como no podía menos de suceder dada la historia negra que pesaba sobre él. Con absoluta indiferencia acogió el reo la fatal noticia. Ni siquiera en esos instantes en que generalmente se ablandan los corazones más duros, hizo la más leve alusión a su hijo. Este, sin embargo, aún sin saber la completa realidad, parecía reflejar en su rostro, triste, el presagio del fin de su padre. […] Llegada la hora de la ejecución nadie se encontraba con arrestos necesarios para comunicarle al hijo, verdadera víctima, la noticia. ¡Era muy duro aquello y nosotros estábamos destrozados por el sentimentalismo! ¡No lo podíamos remediar! Pero, por fin, alguien se decidió y el desgraciado camarada, con la gran entereza que debe distinguir al falangista, llorando interiormente, nos solicitó una concesión que puso de relieve sus buenas dotes filiales: la de que, una vez cumplida la sentencia, le fuera entregado el cadáver de su padre para darle cristiana sepultura. Así se hizo.32

El falangista Corniero cuenta un caso más terrible sucedido en Valladolid:

Ese es Josechu, el flecha [miembro de las juventudes falangistas de entre once y quince años de edad] de Valladolid, que dio cuenta a las milicias de dónde estaba un grupo de rojos escondido, entre ellos, su padre. Bien; pues a todos nos ha parecido poco menos que un héroe, este Josechu: Pero yo me estoy ahora preguntando hasta qué punto el ardor patriótico no debe ceder ante los sentimientos naturales.33

Quizás el caso más espectacular fue el de los hermanos Franco. A Ramón, que era piloto, se le concedió la Medalla Militar individual en 1924. Se hizo famoso por atravesar el Atlántico Sur en el Plus Ultra en 1926. Era republicano y revolucionario. Conspiró contra Alfonso XIII y fue sancionado. Con la llegada de la República fue diputado de Izquierda Republicana de Cataluña. Se llevaba mal con su hermano Francisco; con buena parte del Ejército y con muchos de los políticos republicanos, entre ellos Azaña.